domingo, 29 de marzo de 2026

La maldición de Hill House, por Shirley Jackson


La maldición de Hill House
, de Shirley Jackson

Editorial Minúscula. 265 páginas. 1ª edición de 1959, esta es de 2022

Traducción de Carles Andreu

 

Ya he contado, más de una vez, que de adolescente leía solo literatura de género, ciencia ficción y terror; géneros a los que de adulto regreso en algunas ocasiones. A Almudena, mi mujer, le ocurre algo parecido a mí, aunque ella solo leía terror. Hace unos años leyó La maldición de Hill House (1959) de Shirley Jackson (San Francisco, 1916 – Bennington, 1965) en inglés. Fue un libro que le gustó y empezó a comprar los otros libros que de ella ha publicado la editorial Minúscula, con la traducción de Carles Andreu, del que recientemente he disfrutado de las traducciones que ha hecho de la obra del australiano Gerald Murnane. Mi mujer compró la edición de La maldición de Hill House de Minúscula para regalárselo a su madre. Almudena llevaba años recomendándome que leyera a Shirley Jackon y se estaba acercando la festividad de Halloween me trajo la novela de la casa de sus padres para que pudiera leerla.

 

La novela empieza hablándonos de John Montague, que es doctor en filosofía, pero quien, en realidad, está fascinado por los fenómenos sobrenaturales. Quizás el antecesor literario más claro de Montague sea John Silence, investigador de lo oculto (1908) de Algernon Blackwood, un delicioso libro de terror que en España ha publicado la editorial Valdemar. Montague ha descubierto la mansión de Hill House, en la que se supone que tienen lugar fenómenos extraños, después de toda una vida buscando casas encantadas. La ha alquilado para tres meses y ha empezado a buscar asistentes para su proyecto de investigación de fenómenos paranormales. Su método para conseguirlos consistirá en contactar con personas que, según ha leído en los periódicos, se han visto envueltas en fenómenos paranormales. De este modo, conseguirá que dos chicas acepten ir a Hill House para vivir con él esos meses. Una de ellas será Eleanor, de treinta y dos años, que en su infancia vivió un extraño episodió en el que, sobre su casa, llovían piedras. La otra será Theodora, que ha demostrado tener capacidad para adivinar las cartas que alguien sostiene ante ella. Un tercer invitado será Luke, que es el sobrino de la actual dueña de la casa y futuro heredero de Hill House.

 

La novela está narrada en tercera persona, pero casi siempre la narradora nos contará la historia desde el punto de vista de Eleanor, que será la protagonista principal de la novela. En más de una ocasión, la narradora nos mostrará los pensamientos de Eleanor, algo que no ocurre con el resto de personajes. Así que debemos considerar que la tercera persona, desde la que se narra, no es neutra, sino que su mirada está mediatizada por la de Eleanor, y este uso del estilo indirecto libre será muy importante para poder apreciar los juegos narrativos de los que se sirve Shirley Jackson en este libro. En resumen, el lector ha de saber que la voz narrativa de la novela no es del todo fiable.

 

El lector se acercará a Hill House desde la perspectiva de Eleanor, que viaja en coche hasta allí, una mansión construida ochenta años antes del tiempo narrativo, a las afueras de un pueblo y rodeada de montañas. El texto es bastante sugerente para el lector, que irá siendo sugestionado por la sensación de amenaza que desprende la casa. Desde el comienzo Eleanor siente que la casa tiene vida propia y que algo malvado emana de ella. Me gusta la idea de que Hill House no es una casa en la que haya, por ejemplo, presencias de fantasma, sino que es la propia casa la que es una presencia con vida. En muchos párrafos, se insiste en la idea de que la casa es similar a un depredador en disposición de abalanzarse sobre las personas que atraviesan sus puertas. «La casa le estaba esperando, malvada pero paciente.» o «Hill House se echó sobre ella en tromba» (pág. 43), y en la página 49: «Cuando se plantó en medio de la habitación, el silencio opresivo de Hill House se abalanzó sobre ella. “Soy como una pequeña criatura que un monstruo se come entera –pensó–, y el monstruo siente mis movimientos en su interior.”».

Además de los cuatro personajes ya nombrados, a estos los acompañarán una pareja de sirvientes, de aire algo siniestro y hosco, que viven en el cercano pueblo y que nunca permanecen en Hill House una vez que ha caído la noche.

 

El doctor John Montague quiere escribir un libro sobre Hill House y por eso instará a sus compañeros a tomar notas sobre cualquier experiencia sobrenatural que vivan. Me ha llamado la atención que, a pesar de que el doctor apunta que le interesa hablar de Hill House desde un punto de vista científico, no ha acudido a la casa con magnetófonos, cámaras de fotos o de películas para tratar de registrar los supuestos fenómenos a los que van a estar expuestos. Es posible que, en el momento que se escribió la novela, en la década de 1950, aún no fuera corriente este tipo de planteamientos, o también es posible que la no existencia de posibilidades reales de registrar los hechos a los que supuestamente se van a enfrentar permita a la autora trabajar con la idea de la ambigüedad narrativa. Me gusta esta idea: al enfrentarse por primera vez a un hecho sobrenatural, nuestros investigadores de lo oculto van a sentir euforia, una euforia que puede irse transformando en miedo. Esta idea se repetirá más tarde en la película Postelgeild (1982) de Tobe Hooper.

Diría que la inspiración más clara para Shirley Jackson, a la hora de escribir La maldición de Hill House es Otra vuelta de tuerca (1898) de Henry James, donde la historia de terror no se acaba de saber si es real o solo ocurre en la mente de los personajes.

Es cierto que Jackson construye una historia trágica sobre el pasado de los habitantes de Hill House, pero nunca acabará de haber una explicación clara sobre si una de las tragedias que sucedieron en el pasado en la casa con los acontecimientos sobrenaturales que los protagonistas del libro pueden vivir en el tiempo narrativo de la obra. Más de una vez he tenido la sensación de que Jackson sí que estaba narrando hechos físicos que suponían cambios palpables y visibles para todos los testigos, pero, al final, por ejemplo, a la mañana siguiente de escuchar golpe afuera de las habitaciones y sentir que ese pasillo había sufrido desperfectos, esto no había influido sobre la realidad o la realidad palpable de todos los personajes.

Eleanor, que ya sabemos que es la protagonista de la historia, no ha tenido una vida fácil, ya que, desde muy joven, quedó encargada de cuidar a su madre impedida, tarea de la que ha librado su hermana, lo que le permitió casarse y a ella no. La madre ha muerte tres meses antes de que ella haya contestado la carta del doctor y haya decidido aceptar su invitación a Hill House. Es posible que el pasado trágico de Eleanor esté influyendo en su percepción de lo que cree estar viviendo en la casa, y también en su percepción de cómo se están relacionando las otras personas con ella.

 

Sin ser ningún experto en novelas sobre casas encantadas diría que La maldición de Hill House ha influido mucho sobre el género, tanto en novelas como en películas. El propio Stephen King se declara un gran admirador de Shirley Jackson. Gracias a su libro, Danza macabra, en el que King hace un estudio sobre le género de terror fue como mi mujer sintió interés por leer a Jackson, tras conocer los elogios que King le declaraba.

Quizás La maldición de Hill House puede decepcionar a aquellos lectores que desean acercarse a novelas cerradas y con explicaciones finales claras, pero les gustará a todos aquellos –como yo– que disfruten de la creación de atmósferas inquietantes y escenas malsanas y ambiguas. Me lo he pasado muy bien con La maldición de Hill House.

domingo, 8 de marzo de 2026

Distritos de frontera, por Gerald Murnane


Distritos de frontera
, de Gerald Murnane

Editorial Minúscula. 135 páginas. 1ª edición de 2017; esta es de 2024

Traducción de Carles Andreu

 

En el verano de 2025 leí Las Llanuras (1982), la obra más conocida de Gerald Murnane (Coburg, Melbourne, 1939). Ya comenté que llegué hasta él cuando estaba indagando, hace unos años, en los nombres que sonaban como posibles candidatos al Premio Nobel de Literatura. La lectura de Las llanuras me resultó desconcertante. Era una novela corta con algunas páginas de una gran brillantez formal y otras, como ya conté, en las que me pareció que el autor repetía un efecto, que era el de crear una extrañeza sobre un objeto observado (las llanuras), con la sensación de enfrentarnos a la inminencia de una revelación que nunca acababa de llegar.

Estuve buscando información sobre Murnane y comprobé que, además de Las llanuras, solo tiene otros dos libros traducidos y publicados en España: Distritos de frontera (2017, Minúscula, 2024) y Una vida en las carreras (2015, Minúscula, 2018). A principios de septiembre de 2025, estaba hojeando libros en La Central de Callao, y me apeteció comprar Distritos de frontera, porque a diferencia de Las llanuras, que era una obra de ficción, la contraportada informaba que se trataba de una novela autobiográfica y sentí curiosidad.

 

Este es el comienzo de la novela: «Hace dos meses, cuando llegué a este pueblo próximo a la frontera, decidí adoptar una mirada cautelosa, y pronto me di cuenta de que no podía seguir con este texto sin antes explicar cómo había llegado a aquella extraña expresión».

 

Un Murnane próximo a los ochenta años nos informará de que ha decidido cambiar su residencia habitual en la capital del estado australiano donde vivía (no se dirá, en ningún momento, que esta ciudad es Melbourne) por una casa más pequeña en un pueblo, con el fin de pasar allí los últimos años de su vida. Pronto empezará a echar la vista atrás para hablarnos de su educación por parte de unos hermanos religiosos. Lo que le ha llevado a acordarse de ellos ha sido la forma en la que incide la luz en los cristales esmerilados de las ventanas de una iglesia próxima a su nueva casa. Este detalle minúsculo –la forma de incidir la luz sobre determinadas ventanas– es, en realidad, el hilo conductor más claro de esta novela autobiográfica, que su autor denomina «informe».

Como el lector avezado ya se habrá dado cuenta, una referencia de Distritos de frontera es Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido.

 

En la página 15 leemos un párrafo significativo: «Me trasladé a este distrito próximo a la frontera para poder pasar la mayor parte del tiempo solo y vivir según una serie de reglas a las que hacía ya tiempo que quería ceñirme. Ya he mencionado que he adoptado una mirada cautelosa. Lo hago para poder prestar más atención a lo que aparece en los límites de mi campo de visión, para percatarme de inmediato de cualquier elemento tan necesitado que uno o varios de sus detalles parezcan vibrar o agitarse, hasta que tengo la ilusión de que me hacen señas o un guiño. Hay otra regla que me obliga a tomar nota de cualquier secuencia de imágenes que me venga a la mente después de haber dirigido mi atención al detalle en cuestión».

 

Las referencias metaliterarias son constantes en la escritura de estas páginas, donde se nos cuenta, por ejemplo, que se han tomado notas para la elaboración de las páginas que se van a leer, después de alguna observación de algo que le llamó la atención en la calle, o también leeremos cómo los recuerdos se modifican al consultar alguna foto, por ejemplo, sobre la que el autor nos estaba hablando de memoria. Son constantes, por tanto, los saltos en el tiempo, desde un presente en el que el escritor está sentado en su escritorio, escribiendo sobre el propio acto de escribir, y las evocaciones del pasado; en cuyo caso puede tratarse de un pasado cercano, como un viaje a la capital del distrito una semana antes, o un recuerdo de hace más de sesenta años, cuando al autor le regalaron, por ejemplo, sus primeras canicas y fue formando una colección que le ha acompañado a través de todas las casas en las que ha vivido. Durante el tiempo narrativo de la novela, Murnane buscará su bolsa de canicas, y tratará de forzar sus recuerdos a través de ellas, creando diversas combinaciones de colores. Esta idea, no ya de hablarnos de elementos que evocan recuerdos del pasado, como idea proustiana, sino la de forzar que salte el recuerdo, a través de la combinación de colores, luces y formas, me ha recordado a algunos de los planteamientos que hacía el uruguayo Mario Levrero en novelas como El discurso vacío o La novela luminosa.

 

El tema religioso es importante en las páginas de Distritos de frontera. Las palabras de Murnane parecen las de un ateo que observa con curiosidad cómo los demás viven sus experiencias religiosas. Sin embargo, y esto es algo de lo que apenas se habla en el texto, el propio Murnane fue seminarista. Leo en internet que a los dieciocho años ingresó en el seminario y que duró allí tres meses. Más que desear ser religioso por una devoción auténtica a Dios, parecía verse atraído por la vida monacal, por la soledad y la posibilidad de escribir sin ser molestado. En Distritos de frontera sí nos va a hablar, sin embargo, de cómo perdió la fe leyendo a Thomas Hardy y empatizando con sus desesperados personajes. Las referencias literarias son constantes en el texto, aunque Murnane nos acabará diciendo que en la actualidad ya apenas lee ficción.

 

En la página 12 leemos: «Nunca me he alejado más de un día por carretera o en tren del lugar donde nací», que es una de las características –o rarezas– del autor que más se comentan en sus semblanzas. Me ha resultado curiosa la forma en la que Murnane habla de las ideas mentales que se forma de los paisajes sobre los que lee; por ejemplo, sobre la remota Inglaterra, o sobre cómo perduran en su mente ciertas imágenes religiosas de los libros del pasado. Me gusta el concepto que usa de «paisaje-imagen» o «virgen-imagen», queriendo singularizar con ese guion y la palabra «imagen» que está hablando de una representación personal de una realidad que aparece en su mente y que no tiene por qué coincidir con la real. Para él estas «–imágenes» de su mente son tan reales como los propios recuerdos que habitan en su interior.

 

Uno de los primeros temas, que ya he comentado, es que el recuerdo de Murnane se activa al observar cómo la luz incide en las ventanas de una iglesia cercana. El tema de cómo la luz incide en las ventas, sobre todo en las verandas («Galería, porche o mirador de un edificio o jardín.», según la RAE) de las casas se irá volviendo el hilo narrativo más claro del libro, haciendo reflexionar al autor sobre la idea de que en su psiqué primera, la que se correspondería a su infancia más remota, hubo un momento de fascinación sobre los colores de la luz sobre alguna veranda que no recuerda y esto hace que al enfrentarse a una situación similar (en la casa de un amigo, o en cualquier lugar) se active algo profundo y desconocido en su mente. Es una idea muy poética y que nos habla del misterio de la existencia. «A veces he supuesto que de niño debieron de influirme los destellos irisados que veía cuando la luz del sol caía en cierto ángulo sobre el borde biselado de un espejo que colgaba en el salón de una casa de color crema ya mencionada en otra parte de este informe, donde todo me parecía de buen gusto y elegante.» (pág. 78)

 

Otro tema que me llama la atención es la capacidad de Murnane de fijarse en asuntos esquinados, casi fuera de plano. Sobre la biografía de un escritor inglés, más que interesarse el texto en sí mismo, le ha acabado fascinando la foto de la contraportada donde la autora del libro muestra su perfil, y dedicará algunas páginas del libro a describir esa foto y a tratar de desentrañar su misterio. En la página 98 leemos: «una mirada o un vistazo de reojo suelen revelar más que una mirada directa.»; en esta misma página Murnane nos contará que «estas páginas están destinadas únicamente a mis archivos». El lector, lógicamente, sabe que esto no acabó siendo así.

Vi un documental en YouTube, de más o menos una hora de duración, sobre Murnane. Este le mostraba su casa al entrevistador, y ahí pude contemplar el gran número de archivadores metálicos de oficina que tiene en una habitación. De ellos, va extrayendo carpetas. En muchos casos se trata de textos en los que reflexiona sobre muy diversas cuestiones, normalmente de carácter autobiográfico. De todos estos textos, solo una mínima parte es la que se ha acabado convirtiendo en su obra artística publicada. Imagino que si Gerald Murnane acaba recibiendo el Premio Nobel de Literatura antes de morir, mucha gente va a querer saber qué tesoros albergan esos archivadores.

 

Distritos de frontera es una obra bastante peculiar que no gustará a aquellos lectores que deseen acercarse a historias trepidantes o su percepción de lo que debe ser un texto literario dependa mucho de la idea de «trama». En realidad, leer Distritos de frontera es una experiencia que tiene que ver más con la lectura de un poemario que de una novela. Decía Juan José Saer que una obra literaria se ocupa más del cómo que del qué. Murnane sigue este principio. He leído Distritos de frontera con gran curiosidad. Es posible que Las llanuras sea una obra de mayor calidad literaria que Distritos de frontera, pero yo me he sentido más cómodo leyendo Distritos de frontera. Vuelvo a tener curiosidad por Una vida en las carreras. Espero leerla pronto.

  

domingo, 1 de marzo de 2026

Madame Vargas Llosa, por Gustavo Faverón


Madame Vargas Llosa
, de Gustavo Faverón

Editorial Fulgencio Pimentel. 187 páginas. 1ª edición de 2026.

 

De Gustavo Faverón (Lima, 1966) había leído, hasta ahora, toda la obra narrativa y ensayística que ha publicado (después de que algunos de sus libros aparecieran en Perú) en la española editorial Candaya, El anticuario (2010), Vivir abajo (2018), El orden del Aleph (2019) y Minimosca (2024). Y esta no abundante obra le había convertido para mí en uno de los escritores más en forma de la narrativa latinoamericana actual. En algún momento me pareció escucharle a Faverón decir que iba a publicar algunas novelas cortas en la editorial de Logroño Fulgencio Pimentel. Desconozco el motivo por el que estos libros no aparecen en Candaya, su editorial de referencia en España. La primera de esta serie de novelas cortas es Madame Vargas Llosa (2026).

 

Las novelas que más fama han dado a Faverón –Vivir abajo y Minimosca– son bastante largas, novelas ambiciosas que se bifurcan en multiples caminos narrativos y que se dispersan en senderos sin fin. Uno se adentra, en principio, en la lectura de Madame Vargas Llosa con la sensación de que la apuesta, esta vez, está más controlada y que la tendencia al laberinto de sus libros anteriores está aquí minimizada. Pero ese mismo lector no debe descuidarse, porque Faverón vuelve a usar en este nuevo libro sus recursos habituales, como el relato dentro del relato o la digresión disruptiva. Madame Vargas Llosa cuenta con cuatro narradores principales, y está planteada –ya desde el título– como un homenaje al escritor Mario Vargas Llosa, que murió en abril de 2025, y es un autor al que Faverón admira mucho. De hecho, a principios de 2024 leí La guerra del fin del mundo (1981), una de las novelas más importantes de Vargas Llosa que me faltaban por leer, porque sorprendí una conversación, en Facebook, en la que Faverón afirmaba que La guerra del fin del mundo era la mejor novela escrita en español después de El Quijote. De hecho, Madame Vargas Llosa también es, en gran medida, un homenaje a esta novela.

 

El lector debe tener cuidado con los juegos de narradores, porque al empezar la primera parte tendrá la sensación de que el narrador es Mario Vargas Llosa, que ha viajado a Brasil para visitar la zona de Canudos, que fue el escenario de la llamada «guerra de Canudos», cuya historia se recogerá en La guerra del fin del mundo. Así, nuestro narrador, que en apariencia es Vargas Llosa, va a conocer en Río de Janeiro a Manoel Magalhaes, un escritor de telenovelas al que apodan Fittipaldi por su capacidad para acabar rápido los guiones. Vargas Llosa va a llegar a Fittipaldi gracias al cineasta Ruy Guerra, al que conoció en París. He buscado información sobre Ruy Guerra y es un cineasta brasileño de origen mozambiqueño con el que realmente Vargas Llosa trabajó para escribir un guion sobre el libro Los sertones de Euclides da Cunha. La película, por problemas de la productora, no se llegó a rodar, pero toda la investigación llevada a cabo le sirvió a Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo. En la realidad, por lo que he leído en internet, el Guerra y el Vargas Llosa reales se conocieron al trabajar juntos en este proyecto que no fructificó y no en París. Como ocurría con algunas películas de las que se hablaba en Vivir abajo, las telenovelas (en total tres) de Fittipaldi van a tener el poder de adelantar sucesos que le acontecerán al autor más tarde, grandes desgracias familiares a las que tendrá que enfrentarse. Como también ocurría en la narración de Vivir abajo y Minimosca, el tono de Madam Vargas Llosa no acaba de ser realista. En más de un pasaje, el lector tendrá la sensación de haberse dejado arrastrar a la descripción de un sueño, o más bien de una pesadilla.

 

Como dije, la novela cuenta con cuatro narradores. Leí la primera parte pensando que el narrador era Vargas Llosa, para darme cuenta más tarde de que en realidad era Maria Trindade, una brasileña transexual que cree ser Vargas Llosa y que juega a escribir las novelas de Vargas Llosa, antes de que se traduzcan al portugués, por lo que le sugiere el título en español, convirtiéndose así en una especie de Pierre Menard.

Favarón es un gran admirador de Roberto Bolaño y se nota, por ejemplo, en su gusto por hablar en su novela de argumentos de novelas o de películas que funcionan como pequeños relatos dentro del relato. De esta manera, nos acercaremos a los argumentos inventados por Maria Trindade sobre las novelas originales de Vargas Llosa, desarrollados a partir de lo que le sugiere el título. Así funcionan también los argumentos de las telenovelas de Fittipaldi.

 

El segundo narrador será Ruy Guerra, que narrará su ruptura personal con Vargas Llosa, después de su giro ideológico hacia la derecha. Ruy Guerra se irá encontrando en diferentes, e inverosímiles, partes del mundo con Zebode Anzesul, un marroquí que viaja dando ideas a cineastas africanos para que las rueden en sus películas. Este personaje, en cierto modo, me ha parecido un guiño a Miguel de Cervantes y su narrador árabe Cite Hamete Benengeli.

 

El tercer narrador es Fittipaldi, y en esta parte descubriremos quién de verdad ha escrito sus exitosas telenovelas, una persona que se convertirá en un nuevo personaje de esta novela repleta de autores verdaderos, interpretes de la obra de otro y falsos autores. En esta parte va a hacer un cameo el «verdadero» Mario Vargas Llosa que, disfrazado de santón, recorre los sertones brasileños con la intención de documentarse para su novela La guerra del fin del mundo.

Y la cuarta narradora es Rita Fonseca, mujer de Fittipaldi, que puede hablarle al lector desde la ultratumba.

 

La novela también presenta un homenaje a la literatura brasileña, y por ella desfilan nombres como los de Rubem Fonseca o Jorge Amado. Faverón es también un gran amante del cine, y en la novela aparecen continuas referencias al barco de la película Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog.

Durante la primera parte me estaba extrañando que Faverón, que normalmente es un escritor de lenguaje muy cuidado, usase algunas frases hechas en su novela, como las expresiones «haberse metido en camisa de once varas» o «como Pedro por su casa». Más tarde he pensado que, tal vez, quisieran reflejar el lenguaje oral de Madame Vargas Llosa, que al fin y al cabo solo era una imitadora de Vargas Llosa y no el propio Vargas Llosa, o puede que sean expresiones que el verdadero Vargas Llosa ha usado en alguna de sus novelas y Faverón las usa como un juego. Porque en el lenguaje de esta novela Faverón también ha jugado (sin dejar de ser él mismo) a homenajear a Vargas Llosa, y algunas frases o párrafos de la novela me han recordado a las construcciones lingüísticas de La guerra del fin del mundo. Por ejemplo, en la página 54 leemos: «Me vinieron a la memoria, como los rápidos del río, las imágenes de aquel tiempo: yo, adentrándome en un páramo roto como un jagunço de Lampiao; yo, huroneando en bibliotecas paradójicas en pueblecitos de iletrados; yo, tomando notas taquigráficas en papelitos rotos; yo, hundido hasta las rodillas en trincheras imaginarias, fantaseando con las batallas entre los fanáticos milenaristas de Antonio Conselherio y las tropas del demonio del progreso –yo, ¿montado en un burrito entre las dunas, detrás de un hombre a lomo de bestia sobre un caballo raquítico?–», y aquí me ha parecido percibir una emulación del estilo de Vargas Llosa.

Igual que hacía en Vivir abajo y Minimosca, Faverón ha planteado en esta novela un laberinto narrativo sobre la locura, la creación artística y las pesadillas. Quizás he percibido una repetición de esquemas e intenciones literarias, respecto a las obras anteriores, pero, en cualquier caso, Madame Vargas Llosa es una buena novela y Faverón sigue siendo uno de los escritores latinoamericanos actuales más en forma.