martes, 19 de marzo de 2019

Reseña de Los insignes en Me no know nothing


El poeta y editor Juan Peregrina leyó mi novela “Los insignes” (Sloper, 2016) y ha escrito una reseña para su blog “Me no know nothing”. 
Muchas gracias, Juan.



LOS INSIGNES (O NO TANTO), DE DAVID PÉREZ VEGA

Si es que al final, de eso se trata: de reírnos de nosotros mismos.
David Pérez Vega es poeta y novelista y alguna que otra cosa más, y se le nota. Ferocísima y dulce crítica la que hace al mundo de la cultura, centrada en la escritura de poemas, en el mundo de la lírica actual y pasado porque como diría Javier Krahe, cualquier tiempo pasado fue anterior.
Un poeta verdadero, o así se siente él, entabla comunicación y amistad con Kim Jong-un. Y esta es la premisa para repasar unos tiempos grises y oscurísimos sobre nuestra concepción de lo que es la literatura, y como decía antes, la cultura en general, plagada de pobreza crítica, mucho ayuntamiento carnal y primate (de primos/as) e intereses extraliterarios.
Y con un fino sentido del humor que provoca a quienes leemos esta novela, maravillosamente estructura entre una inverosímil relación, el buen carácter de un dictador y las penalidades de un poeta exquisitamente poco atractivo, pero preparado, leído y con ganas de triunfar como el que más, merecedor de coronas y laureles que no llegan pero que nos suenan.
La facilidad que Pérez Vega tiene de componer un drama es apabullante, la verdad. Nos -me- invade raudamente la vergüenza al reconocer ajenas formas y reacciones propias en esto de escribir. Y una envidia poco sana al reconocer a un buen novelista que es capaz de transportarnos al otro lado de mí mismo, es decir, reconozco la calidad de lo intentado, que llega a ser un triunfo de la aparente sencillez y pocas ínfulas que el escritor tiene, comparado con el narrador, el protagonista de la historia y su compañero de fatigas.
Muy recomendable lectura para quienes quiera saber de qué va la película lírica que nos obligan a ver en el cine de la actualidad cultural. Y me atrevo a decir que el arco de edad para leer estas páginas es muy elástico, algo que no es fácil de hacer si tenemos en cuenta que lo que quiere comunicar Pérez Vega es una desazón que podemos sentir desde tempranas edades -cuando vemos que la suerte en premio o publicaciones de nuestro amigo avanzan, como avanzan sus visitas al despacho de, o la casa de, pero no sus calidad de sus versos- o ya mayorcitos si lo que queremos es tomárnoslo como una radiografía divertidísima de lo que nos esperará cuando crezcamos. Más de un/a artista se sentirá reconocido/a.
Y es que somos “unos artistas, todos”, como decía un amigo de Cádiz: o como decimos en Granada, que “hay más Lorcas que panes” y no leemos a Federico. En fin, Bolaño, los poetas chinos y españoles, poetas hispanoamericanas, la decadencia y un pasacalles surrealista de editores, hacedoras de versos, supuestos escritores y otros seres del sinvivir poético que componen un mosaico que despierta simpatía y pena, miradas crueles y sensatas, paradojas entre el bien y el mal y las eternas preguntas que nos hacemos todos los días, algunas como las siguientes:
-¿vendería yo, poeta puro que no me vendo -ni vendo veinte ejemplares de mi último poemario- vendería yo, pregunto, clamo al cielo, a mi madre por un premio literario? Mejor no contestamos.
-¿recomendaría a mi amigo si es mejor que yo a una editora que me propone publicar un par de poemas en una revista extranjera?
-¿se contribuye desde las editoriales a forzar un tipo de lectura para mantener a flote una empresa?
-¿es la autoedición digna y sabemos qué hacemos al mencionar a JRJ o a Lorca?
-¿puede alguien contar con tanta gracia la desaparición de Kafka de la historia de la literatura?
-¿la corrupción moral es inherente al ser humano; al español y al mundo de la economía, la cultura…?, ¿en cualquier ámbito está normaliza la corruptela?
-¿dudamos sobre la limpieza de los premios?
-¿sinceramente es para tanto escribir libros?
A leer, malditos seres hermosos que disfrutáis con la lectura: horas de diversión y reflexiones os aguardan tras la carita feliz del amado y supremo líder.
Y no, no sabemos quiénes serán esos insignes de los que nos habla el señor Pérez Vega. La risa nos impide hablar a veces.

Puedes leer la reseña original pinchando AQUÍ.

domingo, 17 de marzo de 2019

La primera vez que vi un fantasma, por Solange Rodríguez Pappe.


Editorial Candaya. 138 páginas. 1ª edición de 2018.

Ya he comentado más de una vez que confío en el criterio de Olga y Paco, los editores de Candaya, para seleccionar sus libros. Leo bastantes de los que publican, pero tampoco puedo leerlos todos. Por La primera vez que vi un fantasma, de Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, Ecuador, 1976), sentía curiosidad. En 2018 leí dos libros de autoras ecuatorianas, también de Guayaquil, que me gustaron mucho: Mandíbula de Mónica Ojeda y Pelea de gallos de María Fernanda Ampuero. ¿Qué ocurre en Guayaquil? ¿Se está gestando un boom de la literatura hispanoamericana precisamente en esta ciudad de Ecuador?, me preguntaba. Y fue entonces cuando Solange Rodríguez me escribió, a través del chat de Facebook, para proponerme la lectura de su libro. Era lógico pensar que ella había leído mis elogios sobre Ojeda y Ampuero. A estas alturas de la partida, lo normal es que diga que «no» cuando alguien me propone, a través de internet, que lea sus libros, porque no doy abasto, porque no quiero quitarme todo el tiempo para leer a los clásicos que me faltan, porque he de seguir mi propio camino, etc. Pero en este caso sentía una curiosidad real por este libro y dije que «sí». Así que se lo pedí a sus editores, que me lo enviaron a casa tan amablemente como en otras ocasiones.

La primera vez que vi un fantasma está formado por quince cuentos, de muy variada extensión. El primero se titula A tiempo para desayunar, y lo podría describir como una narración de atmósfera. Rodríguez Pappe nos muestra un hotel extraño, donde los comensales pasan casi desapercibidos los unos para los otros. Teniendo en cuenta el título del libro, el lector no tardará en sospechar que el narrador de esta historia es un fantasma. Son interesantes los cambios de punto de vista, pero diría que en este cuento la autora pone su fuerza en dibujar una atmósfera por encima de la resolución bien trabada que requiere (en la mayoría de los casos) un relato corto. Sin embargo, una vez acabado el libro, considero que esta atmósfera de neblina narrativa acaba resultando un buen portal para adentrarnos en estos relatos.

Paladar es el relato más extenso del libro (unas veinticinco páginas) y uno de mis favoritos del conjunto. La narradora, de origen centroamericano, está casada con un norteamericano. La pareja ha decidido pasar las vacaciones haciendo un viaje turístico-gastronómico por Perú. Ella se está recuperando de una mastectomía tras haber sufrido un cáncer de pecho, y su relación no pasa por su mejor momento. Esta narración es de corte más realista que la primera (aunque su final puede derivarse hacia la extrañeza de la nueva corriente neofantástica hispanoamericana) y me parece que la tensión narrativa se dosifica de forma muy precisa, consiguiendo un gran final; ya que, si bien, en principio el cierre del relato parece previsible, al dejarlo abierto se potencia su fuerza.
Dejar el final abierto será uno de los recursos habituales de este libro.
En este segundo cuento se insinúa que en el hotel en el que se aloja nuestra pareja hay fantasmas. La presencia o insinuación de la existencia de fantasmas será otro de los recursos del libro, un detalle que conseguirá darle unidad.

El tercer cuento es Instantánea borrosa de mujer con luna, y ocupa sólo una cara. Es, por tanto, un microrrelato. Ya he contado en mis reseñas bastantes veces que no siento un especial aprecio por los microrrelatos, un género con el que no suelo disfrutar demasiado como lector. Sin embargo, sí que me gusta mucho el formato de los libros de relatos; y éstos me gustan cuando suelen tener entre 12 y 25 páginas. Sé que esto no deja de ser un gusto arbitrario, pero lo siento así: me gustan las narraciones cortas en las que al autor le da tiempo a presentar a sus personajes y se desarrolla una mínima trama, con insinuaciones de subtramas y resortes ocultos. Desconfío de los microrrelatos que apuestan todo a mostrar una escena mínima y en el último párrafo cambian el sentido de lo leído por el lector, mediante una pirueta lingüística, que suele conseguirse con un juego de palabras o modificando el punto de vista.
En el libro de Rodríguez Pappe hay unas cuantas narraciones de una o dos páginas. Son las que menos me han hecho disfrutar. Pero estos microrrelatos me han gustado, sin embargo, más que otros que he leído, porque juegan a crear una atmósfera y, en este sentido, se acercan más a un poema que a un microrrelato tradicional. Esto me ha ocurrido con Instantánea borrosa de mujer con luna y Funeral doméstico, dos narraciones breves de corte fantástico y terrorífico.

Un hombre en mi cama, de dieciocho páginas, se ha convertido en otro de mis relatos favoritos de este libro. Rodríguez Pappe juega aquí a la ligera distopía, ya que nos presenta un mundo asolado por las altas temperaturas, que sufre la amenaza de quedarse sin agua. Lo que más le gusta a la narradora es dormir, y su hermana ha sufrido, en otras épocas de su vida, trastornos alimenticios. Los trastornos del sueño de la narradora le han llevado a contactar a través de redes sociales con grupos de sueños, que se conectan para compartir su experiencia. Trasfondo ecológico, apocalipsis, nuevas tecnologías… un cóctel muy bien llevado y resuelto. En este caso, más que jugar la baza del final abierto, lo que hace Rodríguez Pappe es acabar el cuento antes de mostrar su desenlace, algo que también acaba realzando su potencia.

Pequeñas mujercitas es un cuento abiertamente fantástico, de corte surrealista. Me ha recordado a algunas de las narraciones oníricas de Mario Levrero. A diferencia de lo que podemos encontrar en los cuentos de Levrero, muchos relatos de Rodríguez Pappe tienen un trasfondo feminista, pues nos presentan a mujeres combativas frente al mundo machista al que tienen que enfrentarse.

Conversación de los amantes es un microrrelato de media cara. No me convence su juego de confundir a personas con insectos.

Pistola cargada tiene dos páginas y parece un homenaje al Julio Cortázar de Continuidad de los parques, con su juego de mezclar personajes, lectores y autor.

Un paseo de domingo es un cuento de dos páginas sobre una madre y su hija. Un cuento de fantasmas cuyas ideas quedan mejor desarrolladas en otras narraciones más extensas de este libro.

La historia incómoda que nos contó Olivia el día de su cumpleaños me parece otro de los cuentos más destacados del libro. De nuevo tenemos aquí a una narradora a la que los hombres de su vida no parecen hacerla demasiado feliz; entre otras cosas porque parecen querer obligarse a ser siempre joven. El mito de «la mujer del saco» le sirve aquí a Rodríguez Pappe para realizar una denuncia social sobre las desigualdades económicas de las grandes ciudades. «Todas las ciudades están construidas sobre huesos y cementerios, así que, de cada cinco habitantes, uno es un fantasma», leemos en la página 79.

Matadora, sobre los problemas de una madre con su hija adolescente con sobrepeso, me parece también un buen cuento. Está bien traída la desviación de la violencia de su relación a la que la madre establece con la gata que la hija acoge. Me gusta. Su violencia simbólica me ha recordado a la mostrada en los textos de Mónica Ojeda.

El atanudos es, para mí, otro de los cuentos destacados del libro. Una chica cuenta a un grupo de adolescentes durante una fiesta una historia de terror que sufrió su familia. El recurso de la doble narración (descripción de las personas en la casa y la narración oral de una de ellas) me ha parecido bastante conseguido.

Cuento antes de ir a la cama es un microrrelato ingenioso, pero mantengo lo dicho: lo disfruto menos que los cuentos largos. Aún le quedan dos a este libro de los que merece la pena hablar:

Confeti en el cielo es un cuento apocalíptico. El mundo ha colapsado (no sabemos por qué) y una de sus supervivientes sale de casa con su gata para reunirse con un hombre al que ha empezado a rendir culto. La descripción de la ciudad en ruinas está muy conseguida.

La primera vez que vi un fantasma es el último cuento y traslada su escenario a Estados Unidos, a un hotel de Las Vegas en el que parece haber fantasmas. El tema fantástico aquí es un adorno frente al drama que vive su narradora, huída con un joven. Este cuento es un buen broche final para el libro.

En resumen, no me han convencido las narraciones más cortas del libro (aquellas que ocupan una o dos caras), básicamente porque, como ya he explicado, no acabo de conectar con el género de los microrrelatos. Pero sí que me han parecido valiosas la mayoría de las narraciones más largas. Por supuesto, tengo suerte, porque al gustarme las narraciones de veinticinco o dieciocho páginas frente a las de una o dos páginas, casi todo el tiempo que he leído La primera vez que vi un fantasma lo he disfrutado. En este libro hay algunas narraciones que destacan bastante, como la que ya he comentado: Paladar, Un hombre en mi cama, La historia incómoda que nos contó Olivia el día de su cumpleaños, Matadora, El Atanudos, Confeti en el cielo y La primera vez que vi un fantasma.

Por su apuesta neofantástica, que hace hincapié en el extrañamiento de lo real, algunas de las páginas de Rodríguez Pappe me han recordado a las propuestas por Samanta Schweblin. Y otras en las que, sirviéndose del género del terror, nos muestra un mundo de desigualdades o machismo, me han hecho pensar en los cuentos de Mariana Enríquez.
Me gustan los caminos que están abriendo las nuevas escritoras hispanoamericanas, sobre todo en el mundo del relato (aunque también en la novela), utilizando los géneros –terror, fantástico, policial, onírico– para hablar de muchos conflictos que padecen las sociedades en las que viven: Samanta Schweblin, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Mariana Enríquez, Fernanda Trías, Ariana Harwicz, Liliana Colanzi… lista a la que ahora uno el nombre de Solange Rodríguez Pappe.

domingo, 10 de marzo de 2019

Saturno, por Eduardo Halfon


Saturno, de Eduardo Halfon

Editorial Jekyll & Jill. 68 páginas. Primera edición de 2003, esta de 2018.

Durante el verano de 2018 me apeteció conocer la obra de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), un autor hispanoamericano al que tenía apuntado en mis interminables listas mentales desde hacía tiempo. Me leí seguidos, en la primera semana de julio, cinco libros suyos. Son libros cortos e intensos y uno siempre los acaba con el deseo de leer más páginas de este autor. El último de los cinco que leí entonces fue Biblioteca bizarra, que había publicado hacía poco tiempo la editorial Jekyll & Jill. Cuando Víctor Gomollón vio en las redes sociales que yo estaba comentando mi lectura de Biblioteca bizarra (libro editado por él), me ofreció el envío de Saturno, que yo acepté agradecido.

Saturno es uno de los primeros libros publicados por Halfon. Vio la luz por primera vez en 2003 y ahora, en una edición revisada, ha vuelto a estar disponible para el público. Es una nouvelle de 68 páginas que se puede leer de una sentada. Como suele ocurrir con los libros de Halfon es una novela corta, intensa y poética.

El narrador innominado de Saturno escribe dirigiéndose a su padre. El monólogo que establece con esta figura ausente está cargado de reproches y acusaciones. El narrador y su padre no se ven desde un desafortunado encuentro en el que los dos se acabaron faltando al respeto. «Su cólera durante nuestra última batalla, padre, todavía me está consumiendo. Sus gritos retumbaron en mí como los truenos que preceden la lluvia, la lluvia que jamás escampa. Insultos y amenazas y condenas. Como las de un gigante. Admitió usted, padre, su deseo de vengarse de mí» (pág. 28).
Nuestro narrador, en vez de querer haber sido ingeniero o abogado, profesiones que habrían satisfecho a su padre, eligió el camino de la literatura, una ocupación ridiculizada por el padre. En la página 48 el narrador afirma lo siguiente: «Al sólo mencionar yo el no sentirme judío, usted, echado, su mirada siempre en otro sitio, se enfureció»: un dato importante, puesto que Halfon y su familia son de origen judío y, por tanto, para el lector que conoce la obra de este autor empiezan aquí ya las referencias autoficcionales.
He visto en Youtube una charla de Eduardo Halfon en la que contaba que cuando se publicó Saturno por primera vez en Guatemala se leyó como si se tratara de un texto autobiográfico. La caracterización del narrador como escritor centroamericano de origen judío hizo que un buen número de lectores confundieran a personaje con autor; y esto contribuyó a que, en sus siguientes obras, Halfon decidiera seguir con ese juego de la autoficción, afianzando esta confusión (o juego) al llamar a su narrador, que va saltando de un libro a otro, con su propio nombre.

Los primeros lectores que leyeron Saturno no sólo pensaron que Eduardo Halfon mantenía una muy mala relación con su padre, sino que además temieron por su vida. Si uno de los temas principales de Saturno es del reproche al padre, el otro sería el del suicidio. Parece que, imbuido por la mala relación filial, el narrador de esta novela corta está pensando seriamente en quitarse la vida. De hecho, una de las ideas que se repiten a lo largo de las páginas es que el narrador escucha voces que le hablan de la muerte. Estas voces –se le da a entender al lector– son las de los escritores suicidas que nuestro narrador-escritor admira. En las escasas páginas de Saturno se habla de multitud de escritores suicidas (no en vano el texto se abre con una cita de Cesare Pavese: «El único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él»). El desfile de escritores suicidas es tan prolijo que Halfon los agrupa, incluso, por modos de dejar la vida: por ejemplo, entre los que murieron envenenándose nos encontramos con nombres como Vachel Lindsay, Horacio Quiroga, Manuel de Acuña, George Sterling, Charlotte Mew y Leopoldo Lugones. Y entre los escritores que cometieron suicidio con arma de fuego nos encontramos con Ernest Hemingway, José Asunción Silva, Pablo de Rokha, Costa Cariotakis o Vladimir Mayakosky.

El padre de nuestro narrador nunca leyó lo que éste escribió, aunque –según asegura él mismo– siempre escribió sobre el padre.
No he leído la Carta al padre de Franz Kafka, pero imagino que Saturno es un texto fuertemente influido por el de Kafka. La desesperanza que se desprende de las páginas de Saturno y la repetición de algunas frases y temas, como motivos musicales, me ha hecho pensar también en la prosa afilada, densa y bella del austriaco Thomas Bernhard.

En Saturno, Halfon todavía no ha llegado a su plena madurez narrativa y a su modelo de autoficción más consolidado, ese en el que un narrador con su mismo nombre es el protagonista de libros tan potentes como Monasterio, Duelo y Signor Hoffman. Digo que aún no ha llegado a la madurez de estos libros, pero ya se acerca mucho a ella en Saturno, donde más que por la autoficción apuesta por la metaliteratura. A pesar de la inquietante presencia de la muerte suicida, Saturno también es una reivindicación poderosa de la vitalidad artística y de la pasión por la escritura.
Como ya he comentado al acercarme a otros libros de Halfon, al leer éste también me he quedado con ganas de que fuese más largo, lo que siempre es un elogio hacia cualquier obra literaria.
La edición de Jekyll & Jill es exquisita. Además está numerada. De una edición de 800 ejemplares el mío es el número 613. Me encantan estos detalles tan trabajados.

domingo, 3 de marzo de 2019

El buen salvaje, por Eduardo Caballero Calderón


El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón.
Editorial Destino. 289 páginas. 1ª edición de 1966.

Empecé a ver repetidas veces este libro en diversas sucursales de las librerías de segunda mano Tik Books. En la primera ocasión lo hojeé y me pareció interesante. Sin embargo, resistí la tentación de comprarlo. Más tarde busqué en internet información sobre el autor, Eduardo Caballero Calderón (Bogotá, 1910-1993), y a la segunda o tercera ocasión que me encontré con el libro en un Tik Books lo compré. Al fin y al cabo, costaba menos de tres euros y era una primera edición de 1966. Este libro fue el Premio Nadal de 1965.

Tengo anotado en la primera página que lo compré en mayo de 2015. Es por este tipo de cosas por lo que me resisto tanto (aunque sea al principio) a comprar libros. Tengo una gran tendencia a acumularlos y no leerlos. Sin embargo, la suerte de El buen salvaje iba a cambiar cuando mi amigo Federico Guzmán me elogiara en México la novela Sin remedio del colombiano Antonio Caballero. Busqué Sin remedio en España a través de Iberlibro, y cuando me llegó a casa e investigué un poco en internet sobre Antonio Caballero, me di cuenta de que era hijo de Eduardo Caballero Calderón. En ese momento supe que tenía que leer las dos novelas seguidas. Posiblemente, lo más lógico habría sido leer primero la novela del padre y después la del hijo, cuya publicación dista dos décadas, pero al final lo he hecho al revés.

Si bien Sin remedio, la novela del hijo, transcurría en Colombia y más de un crítico la considera la gran novela urbana sobre Bogotá, El buen salvaje, la novela del padre, transcurre en París y pertenece a otra tradición narrativa, la de los hispanoamericanos que viajaron a la capital francesa en busca de la inspiración o de la gloria literaria.

Sin remedio estaba escrita en tercera persona (y en contadas ocasiones cedía la palabra al personaje) y El buen salvaje apuesta siempre por la primera persona de un personaje innominado de veintisiete años (Ignacio Escobar, el personaje de Sin remedio, tenía treinta y uno). El personaje de El buen salvaje lleva cuatro años en París. Ha estudiado Derecho y Políticas en su tierra, y llega a París con una beca; ahora ya no estudia y trata de escribir una novela. Ya en la primera frase se hace alusión al dinero y a los problemas económicos que acucian al personaje, que en el tiempo de la novela tendrá algún trabajo eventual pero que, principalmente, se dedicará a dar sablazos a sus conocidos y a ejercer de pícaro moderno. En este sentido el personaje de Eduardo, que proviene de una familia hispanoamericana de clase media, es diferente al de Antonio, que procede de la clase alta de Bogotá. El personaje de Sin remedio encuentra una fuente de dinero inagotable en su madre, gracias a la cual no tendrá que trabajar, mientras que el de Eduardo sentirá vergüenza de los orígenes humildes de su familia (aunque no parezca tener pudor a la hora de dilapidar su dinero y trate de engañar a algunos de sus conocidos, inventando unos orígenes más nobles).

El personaje de El buen salvaje, durante el tiempo de la narración, tratará de escribir varias novelas. En las páginas de este libro el lector podrá acercarse a las ideas del personaje sobre la trama de estas novelas que quiere escribir y que siempre se quedan en proyectos abandonados. La idea de exponer un resumen de las posibles novelas, que sirven aquí como relatos dentro del relato, me ha recordado a las técnicas narrativas de Roberto Bolaño, que utilizó este mismo recurso unas cuantas décadas después (resumiendo novelas, cuentos o películas en las páginas de sus libros).

El personaje de El buen salvaje se siente profundamente hispanoamericano, pero nunca señala de qué país procede. Lo lógico es que el lector suponga que, al igual que el autor, procede de Colombia, pero este dato nunca se muestra explícitamente. No ocurre lo mismo con el resto de personajes hispanoamericanos, porque cuando el personaje empieza a salir con Rose-Marie siempre se señala que es chilena. Hacia el final del libro se refiere a su tierra en estos términos: «País desconocido y lejano» (pág. 224).

En muchos aspectos, El buen salvaje es una novela muy moderna. Diría que Alfredo Bryce Echenique la había leído cuando escribió su divertida y melancólica novela La vida exagerada de Martín Romaña, que se publicó por primera vez en 1981, y sitúa su acción en 1964; así que su tiempo narrativo sería contemporáneo al de El buen salvaje. París no se acaba nunca la publicó Enrique Vila-Matas en 2003 y trata también de un tema parecido a El buen salvaje. Si bien Vila-Matas y Bryce Echenique citan el mito de Ernest Hemingway como fuente de inspiración para peregrinar a París y tratar de ser escritor, Eduardo Caballero no lo hace.

El buen salvaje es una novela profundamente metaliteraria. Su personaje ironiza mucho sobre cómo se debe –o no se debe– escribir una novela. Uno de los juegos internos del libro es que la voz narrativa opina que algo no se debe hacer en una novela (como por ejemplo, describir el físico de los personajes) para, a continuación, hacerlo.

También me he topado con una referencia extraña e inesperada: El buen salvaje me ha hecho pensar en Mario Levrero. En libros como El discurso vacío o La novela luminosa, Levrero apunta que, ante la imposibilidad de enfrentarse a la escritura de una obra literaria, va a escribir sus pensamientos o un diario en unos cuadernos con la intención de ir preparando su mente para la escritura de una novela. En El buen salvaje, escrita unas décadas antes, Eduardo Caballero propone esta misma argucia creativa: su personaje escribe las notas sobre su vida, que al final van a constituir la novela que el lector tiene en sus manos. «De un tiempo a esta parte, desde cuando resolví escribir mi novela y tomar notas en este cuaderno, me sucede que para pensar tengo que ponerme a escribir» (pág. 34); «¿Qué interés puede tener todo esto desde el punto de vista de mi novela? Ninguno, fuera de soltar un poco la mano, distender y relajar la imaginación, dialogar, ejercitar la memoria y sepultar aquello, olvidarlo y sepultarlo dentro de mí bajo una hojarasca de palabras secas» (págs. 40-41).

Realmente, los esfuerzos del narrador para acabar algunas de sus novelas no parecen muy serios (alguna vez he pensado en Arturo Bandini, el protagonista de las novelas de John Fante), y la novela se va desplazando desde la ironía de la picaresca hasta la tragedia de la enfermedad mental; de una forma sutil, se produce el desplazamiento de temas. Lo cierto es que, más que triunfar como escritor, el mayor deseo del protagonista es no volver a su país, y constantemente siente la nostalgia anticipada de dejar París.

Al protagonista de El buen salvaje no le interesan mucho los temas políticos. En una reunión con otros hispanoamericanos, todos ellos muy politizados, «se hablaba mucho de China, de la guerra de Vietnam, de la intervención americana en el Medio Oriente, el amor por la paz que es privativo de Rusia, de la agresión capitalista en Cuba, del nuevo Canal de Panamá, etc. Todos estos temas me aburren y soy incapaz de seguirlos hasta el final» (pág. 121). Esta situación me ha recordado a las impresiones que tenía Ignacio Escolar en Sin remedio sobre sus amigos politizados y su falta de compromiso político.
Otro de los temas de Sin remedio era la pérdida de la juventud: el libro empieza cuando Escolar cumple treinta y un años, y este tema también aparece en El buen salvaje, cuyo protagonista tiene veintisiete años. Que ambos están dejando atrás su juventud queda simbolizado en el hecho de que están empezando a perder el cabello.

Sin remedio era una crítica mordaz a la clase alta de Bogotá, mientras que El buen salvaje es más bien una crítica a una clase media que quiere aparentar un nivel económico superior.
El personaje de Sin remedio tenía aspectos negativos, pues se le presentaba como caprichoso, infantilizado y machista. El protagonista de El buen salvaje es cínico, aprovechado y también algo machista pero, sobre todo, racista; principalmente con los negros. Ambas novelas parten de situaciones más o menos cómicas y se van haciendo más oscuras cuando caminan hacia su desenlace.
Si Antonio mostraba la pobreza y la sordidez de las noches de Bogotá, Eduardo muestra la pobreza y la sordidez de París. Ambas novelas nos hablan también del proceso de creación artística. Eduardo habla del arte de la novela y Antonio de la poesía. La literatura no parece ser una salida vital para ninguno de los dos, sino más bien una fuente continua de frustraciones y de desengaños.

Entre Sin remedio (1984) y El buen salvaje (1965) creo que me quedo con la primera, la novela del hijo, sin desmerecer a la novela del padre, que es una gran novela, y que, en más de un sentido, sobre todo cuando realiza juegos metaficcionales con París de fondo, se adelanta a su tiempo y crea senderos por los que transitarán otros (Bryce Echenique, Bolaño o Vila-Matas).

Ahora mismo, de Sin remedio no existe una edición en España a disposición del público (algo que, de nuevo, no habla nada bien de la comunicación entre ambos lados del Atlántico), pero se puede encontrar en páginas de libros de segunda mano como Iberlibro. De El buen salvaje se puede, buscando en Iberlibro o en librerías como Tik Books, encontrar la primera edición en Destino a buen precio, pero además (y esto es una buena noticia) la editorial española Ediciones del Viento ha sacado hace poco una nueva y bonita edición.

domingo, 24 de febrero de 2019

Sin remedio, por Antonio Caballero


Sin remedio, de Antonio Caballero
Editorial Alfaguara. 574 páginas. 1ª edición de 1984, ésta es de 2006.

La primera vez que supe de Antonio Caballero (Bogotá, 1945) y de su novela Sin remedio fue en el verano de 2017, en Ciudad de México, en el salón de la casa de mi amigo Federico Guzmán Rubio. Observando su biblioteca, me fijé en esta edición colombiana de Sin remedio a cargo de Alfaguara y Federico me dijo que era el libro que más le había gustado de la literatura hispanoamericana después de la lectura de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Federico y yo somos muy admiradores de la obra de Bolaño y aquel elogio sobre el libro de Caballero hizo que pensara que, más tarde o más temprano, iba a tener que leerlo. Al regresar a Madrid lo busqué en Iberlibro y me di cuenta de que sería fácil comprar, por poco dinero, la que creía que era la primera edición (la de Bruguera de 1985). La pedí, más de medio año después de aquel encuentro en  México, a una librería de segunda mano española, que me cobró por ella 4 euros, incluyendo los gastos de envío. El libro estaba nuevo. Sin embargo, dentro de mi desbarajuste de lecturas habitual esta novela ha estado esperando que la tomara de las estanterías de libros sin leer durante bastante tiempo. Además, cuando al final me he decidido a leerlo, en vez de tomar mi ejemplar saqué de la biblioteca de Móstoles la edición de Alfaguara (de su sede colombiana) porque me parecía que el formato era más cómodo (la edición de Bruguera tiene un tamaño de página y de letra pequeños). Además, acabé comprobando que la edición de Bruguera de 1985 no era la primera edición, que en realidad fue la de la colombiana editorial Oveja Negra.

El personaje principal de Sin remedio es Ignacio Escobar que cumple treinta y un años el mismo día que comienza la novela. Además, el libro empieza con una confusión: Escobar cree que treinta y un años es la edad a la murió su admirado poeta Arthur Rimbaud (unas páginas después descubrirá que lo hizo a los treinta y siete años) y se siente anulado frente a él, porque Escolar es, o quiere ser, poeta. A Escobar, como si se tratase de un Oblómov bogotano («Pasaba días enteros durmiendo», pág. 14), le cuesta salir de la cama. Si el día ha empezado mal para él, aún se va a complicar más: Fina, su novia, le deja tras anunciarle que desea tener un hijo y mostrarle él su negativa a tal plan en común.
Desde una tercera persona desdeñosa, Caballero nos presenta a su personaje, Escobar, como a un indolente machista, un adolescente eterno de la privilegiada clase social alta de Bogotá. Además de comportarse de forma grosera con su pareja, llamará a su madre, que se queja de que nunca va a visitarla, tan sólo porque necesita que le haga llegar dinero, y Escobar no trabaja, se dedica a escribir versos. Unos versos de muy poca calidad, por lo que Caballero nos deja ver de su obra.
Al principio del libro, Caballero, de vez en cuando, cede la voz narrativa (en tercera persona cercana al personaje) directamente al personaje y el lector puede acercarse de primera mano a algunos de los pensamientos de Escobar. Esta técnica la irá dejando a medida que avanza la novela.

Escolar, abandonado por Fina y sin un peso, tendrá que tomar decisiones. La primera será visitar, al fin, a su madre para conseguir dinero y después empezará a vagar por la ciudad, en busca de diversión o amigos.

Sin remedio es una novela muy urbana, en la que la ciudad de Bogotá cobra gran protagonismo. «Bogotá es una ciudad horrible», así empieza el segundo capítulo en la página 68, Caballero incide en sus páginas en la violencia, la pobreza, la rapidez, la suciedad, la incomodidad de la lluvia, la fealdad… que asolan Bogotá; pero, extrañamente, también consigue hacer de la gran urbe hispanoamericana un lugar atractivo, vital y lleno de contrastes. Sin remedio es una novela que rompe mucho con la imagen literaria habitual con la que se suele asociar a Colombia, que sería la del Macondo de la realidad rural de Gabriel García Márquez.
El personaje de Escobar le empezará a parecer más inteligente al lector cuando se encuentre con sus amigos de clase alta que juegan a ser revolucionarios de izquierdas. Escobar será capad, desde una distancia irónica, de ver con claridad las contradicciones de clase e ideológicas de sus amigos. «Estar muerto es más bien ser eso que usted llama “comprometido”. Es haber dejado de ser lo que se es. Es haber renunciado a perseverar en el propio ser.», le dice Escobar a uno de sus amigos en la página 92.
Los pensamientos de Escobar –cuando supera su fase de narcisista y mimado adolescente– transitan por el cauce de un nihilismo desesperanzado, una sensación de inutilidad ante los esfuerzos porque, pese a todo, nada cambia («Las cosas son iguales a las cosas», será uno de sus versos), «Estamos todos solos.» (pág. 173), «Todos los días es lo mismo.» (pág. 177)

Escobar tendrá encuentros con sus familiares en la gran casa en la que vive su madre (su padre ya murió y su hermano lo hizo siendo un niño), visitará casas de amigos, entrará en un gran número de bares y tendrá relaciones con un buen número de mujeres, mientras trata de olvidar a Fina.

Igual que ocurre con Escobar, la novela va cobrando enjundia según se avanza en sus páginas. Desde un comienzo en el que aparentemente se retrata un mundo y a un personajes muy superficiales, Caballero va afilando su estilete para diseccionar los distintos estamentos de la sociedad bogotana: desde la alta burguesía, preocupada por la violencia y los secuestros, además de la capacidad que van a tener las inminentes elecciones para modificar los precios del petróleo y la tierra; hasta el corrupto ejercito. No sin ironía, Caballero llama a un coronel corrupto, con el que Escobar se irá encontrando, con el nombre de Aureliano Buendía. La ironía con la obra de García Márquez (que, por cierto, habló bien de este libro) resulta clara.

A Escobar no parecen preocuparle demasiado las elecciones presidenciales de su país, pero sí tiene una conciencia política, que, en cualquier caso, no pasa por el uso de la violencia, como parece haber empezar a seducir a sus amigos burgueses radicalizados de izquierdas, que están considerando la idea de realizar secuestros.

Caballero se sirve del humor para retratar y burlarse de la clase alta de Colombia, una clase alta racista, clasista, improductiva y que, en gran medida, desconoce la realidad del país en el que vive. Diría que en la intención de mostrar, mediante el humor, cómo es la clase alta de su país Antonio Caballero se asemeja a Alfredo Bryce Echenique, cuando éste nos muestra cómo es la clase alta peruana. Pero debo señalar que el humor de Bryce Echenique es más tierno que el de Caballero, que resulta más sarcástico.

En los pocos meses del tiempo narrativo de esta novela, Escobar va a ir sufriendo un proceso de maduración personal, en gran medida debido al abandono de Fina y a la sensación de encontrarse perdido. Sin remedio, además de ser una clara crítica a la clase alta colombiana, y a su imposibilidad de construir un país mejor desde el diálogo, y no a través del juego de la violencia revolucionaria, también es una novela sobre la creación artística. Escobar se va a convertir en un buen poeta cuando todo parece ya estar perdido y éste será además el momento –al conquistar una cima en su arte–, cuando se dé cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos artísticos.
Diría que Sin remedio es una novela que debió leer en su juventud Roberto Bolaño, y que, de un modo vago, se inspiró en ella para retratar a los poetas desesperados que pululan por las calles de Ciudad de México mientras pierden su juventud.

Ahora mismo Sin remedio se publica en Alfaguara Argentina, y aunque en España ha aparecido de la mano de Bruguera, Seix Barral o Tusquet, ahora mismo no está disponible para el lector español, lo que es una pena, porque Sin remedio de Antonio Caballero es una novela ambiciosa y de gran valor. Una novela que retrata con entereza y humor los grandes contrastes de las urbes hispanoamericanas y que da un carpetazo definitivo al realismo mágico de García Márquez.

domingo, 17 de febrero de 2019

El arqueólogo, por Román Piña Valls


Ediciones del Viento. 160 páginas. 1ª edición de 2018.

Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) es el editor de Sloper. En 2015 publicó mi novela Los insignes. Piña también es escritor, y de él he leído las novelas El general y la musa (2013), Sacrificio (2015) y Y Dios irrumpió de buen rollo (2015), además del ensayo La mala puta (2014), escrito con Miguel Dalmau.

Cuando vi anunciado que publicaba una nueva novela en Ediciones del Viento, se la solicité a su editor, Eduardo Riestra, y éste me la envió para que pudiera reseñarla.

El protagonista de El arqueólogo es Claudio Bersani, un profesor universitario emérito de arqueología que, al comenzar la narración –en el año 2007–, tiene setenta años. Vive en una casa de campo en la población de Cicciano, cerca de Nápoles, junto a su mujer Melina. Sus hijos ya no viven con ellos, han formado sus propias familias y Claudio y Melina tienen un buen número de nietos, que suelen visitarlos. Claudio no acaba de tener demasiado tiempo para estos nietos porque, a pesar de sus setenta años, mantiene una gran actividad laboral: clases en la universidad, libros sobre arqueología, artículos semanales para una revista especializada, presidencia de la Sociedad Arqueológica de Nápoles, colaboración en una tertulia de Radio Vaticana los miércoles, etc.
En una caseta del jardín de la casa de los Bersani vive Todor, un jardinero búlgaro que les ayuda con diversas tareas domésticas.

Aunque en la página 37 Bersani declara «Yo soy antipático por voluntad», en realidad es una persona muy extrovertida y alegre, que suele relacionarse con los demás mediante bromas. Piña es habitualmente un escritor humorístico, con tendencia al disparate narrativo (en El general y la musa, por ejemplo, nos hablaba de un Francisco Franco enamorado de la televisiva Patricia Conde). En El arqueólogo ­­–igual que ocurría en Sacrificio– mantiene la trama dentro de los límites del realismo. Si bien en Sacrificio Piña empleaba un humor muy negro, el humor de El arqueólogo es mucho más amable. Claudio Bersani es un entrañable hombre mayor, un erudito que entretiene a sus nietos con chistes, historias de la cultura clásica o narrando historias más o menos inventadas. Bersani es un erudito despistado, que igual desprecia la novela frente al ensayo, que decide él mismo escribir una novela histórica. Además es un erudito imprudente, porque ante el temor a que le asalten (a veces se queda solo en casa) ha conseguido una pistola, que oculta en su vivienda y que podrían encontrar los nietos; o bien les habla a éstos de los grandes tesoros que tiene guardados en la casa, lo que podría hacer que los niños lo cuenten en el colegio y ocurra, precisamente, lo que teme: que le entren a robar en casa.

Bersani, además de simpático, también es un hombre anticuado; alguien que, por ejemplo, no entiende el sentido del lenguaje inclusivo y que no duda en flirtear o en piropear a mujeres mucho más jóvenes que él. En el capítulo 9 se habla de Giovanna, una mujer de treinta y tantos años que trabaja para los Bersani desde hace veinte. «Bersani la piropea sin vergüenza», escribe Piña en la página 65 de su novela. Bersani también es un católico de misa semanal –aunque de credo particular– y que, como ya he escrito, acude los miércoles a una tertulia radiofónica de Radio Vaticano.

La novela se vertebra en torno a pequeñas anécdotas protagonizadas por Bersani, o bien se narra alguna peripecia vital protagonizada por alguna persona cercana a su círculo; como la citada sirvienta Giovanna, o María, una exalumna de Bersani que vive en Suiza y a quien su familia ha denunciado con la intención de quitarle la custodia de su hijo.

La novela es rica en diálogos y la prosa es correcta, sin grandes alardes metafóricos, propia de un escritor con oficio. De vez en cuando, para transmitir mayor sensación de viveza, se hace uso de más de una expresión coloquial: «le resbala», «haciendo cuchufleta», «casi le dio un patatús», etc.

En más de una ocasión –sobre todo durante el primer tramo del libro– me he encontrado preguntándome si la anécdota que estaba contando Piña en ese momento sería la que acabaría de hacer arrancar la trama. Es decir, en los primeros capítulos el narrador (la novela está escrita en tercera persona, salvo unas escasas y muy significativas páginas al final) presenta al personaje de Bersani, y el lector conocerá sus peculiaridades, gustos y manías. Después, Bersani cuenta historias a sus nietos, o se habla de la vida de otros personajes, y las páginas de la novela van pasando sin que una de estas historias cobre más importancia que las otras, lo que podría hacer que Bersani se viese forzado a tomar partido en los acontecimientos y se adentrara en algún territorio ambiguo u oscuro que rompiera con la aparente tranquilidad de su mundo, y que le hiciera transformase en otra persona. Es decir, yo como aprendiz de escritor me estaba esperando un desarrollo novelesco tradicional y terminaba los capítulos pensando que Piña había dibujado una realidad atractiva y amable, pero que a lo leído le faltaba tensión narrativa.
Es cierto que la vida de Bersani se enfrenta a pequeños conflictos: los problemas de su exalumna con su hijo, a la que quiere ayudar; un solar de detrás de su casa donde han empezado a entrar y salir camiones sin permiso (y nadie parece poder prestar ayuda a Bersani); unos mafiosos que parecen interesados en asaltar su casa; o cuando el pueblo de Cicciano sufre una inundación. Pero, como ya he apuntado, ninguno de estos problemas es suficiente para convertirse en un núcleo narrativo potente. Todos serán pequeños núcleos narrativos y el libro, como si fuese una amable novela por entregas, se articula más en torno a la idea de capítulo que a la de novela completa.

En su tramo final, El arqueólogo sufre algunos saltos temporales y esto hará (gracias al recurso de la elipsis) que, en parte, la vida de Bersani cambie y el lector la contemple desde otra distancia.
En las páginas finales (apenas cuatro) se produce al fin un cambio real, un juego en la estructura de la novela: la voz en tercera persona pasa a la primera, y el lector comprenderá que un personaje secundario del libro ha tenido más importancia en lo contado de la que había podido considerar en un principio. Me ha gustado este final, ha conseguido crear en mí una sensación de misterio y de historia más amplia y con más vuelos que la que inicialmente pensaba que había leído.

domingo, 10 de febrero de 2019

Novelas I (1939-1954), por Juan Carlos Onetti.


Novelas I (1939-1954), de Juan Carlos Onetti.
Editorial Galaxia Gutenberg. 1.070 páginas. 1ª edición de 1939-1954; esta de 2005.
Edición de Hortensia Campanella. Preámbulo de Dolly Onetti. Prólogo de Juan Villoro.

Uno de los libros con los que más disfruté en 2017 fue Los adioses de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994). Cuando acabé el año e hice recopilación de las mejores lecturas me prometí a mí mismo que en 2018 leería La vida breve, que se supone que es la obra maestra de Onetti, del que ya he leído un buen número de libros.

Cuando a finales de febrero de 2018 supe que tenía que embarcarme en una mudanza y que estaría, posiblemente, unas semanas sin acceso a internet y sin encontrar tiempo (o un lugar tranquilo) para sentarme y escribir una reseña, pensé que me convenía empezar a leer un libro largo. Entonces consideré que tal vez era un buen momento para sacar de la biblioteca de Retiro este volumen I de las Obras completas de Onetti, que había hojeado más de una vez. En este libro podemos acercarnos a un prólogo de unas 100 páginas (contabilizadas en número romanos) y 970 páginas de novelas, que serían: El pozo (1939), Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), La vida breve (1950), Los adioses (1954) y como anexo: Tiempo de abrazar (1934).

Una primera idea era leer el prólogo y La vida breve. Al final decidí empezar por el principio y seguir, a ver si me lo leía todo de un tirón. El resultado ha sido éste: he leído las 100 páginas del prólogo y las tres primeras novelas, El pozo, Tierra de nadie y Para esta noche; que en total suman 420 páginas. El pozo ha sido una relectura, porque ya lo leí a los veinte o veintidós años, y Tierra de nadie lo he leído dos veces. Este último fue justo el libro que me tocó en medio de la mudanza (el mejor título para esta situación) y no pude leerlo con continuidad; lo acabé (en su primera lectura) con la sensación de haberme perdido. Una vez leído Para esta noche, decidí volver a leer Tierra de nadie, que ha cobrado para mí más sentido en esta segunda lectura.

Las 100 primeras páginas de introducción me han gustado mucho (estoy por volver a leerlas, tal vez lo haga cuando dentro de un tiempo vuelva a acercarme a este libro para leer, al fin, La vida breve).
Como decía, El pozo ha sido una relectura. Ya lo había leído hace, al menos, veinte años. No recordaba su trama, pero sí la honda impresión que me causó en su momento. El pozo tiene apenas treinta páginas, así que aunque está incluida en este volumen de Novelas I, podríamos considerarla un cuento largo. Alguien que al día siguiente va a cumplir cuarenta años («Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza», leemos en la página 4) se sienta y escribe («Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo», página 4).

El pozo recuerda al tono desangelado de Apuntes del subsuelo de Fyodor Dostoievski. Un hombre se sienta y escribe. A los quince años, este hombre trató de abusar de una chica de diecisiete que murió unos meses después. La culpa le corroe. Este hombre tiene ensoñaciones en las que aparecen tierras lejanas, y cuando trata de hablar de ellas a desconocidos se topará siempre con la incomprensión. «Ésta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce. Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender» (pág. 30).

Una vez leídas las novelas Tierra de nadie y Para esta noche, resulta curioso comprobar que su primera novela (El pozo) tiene más que ver con su mundo narrativo clásico que las dos obras siguientes. En El pozo ya nos encontramos al hombre adulto, decadente y superado por un mundo turbio y sin esperanza, que se refugia en recuerdos de juventud (casi siempre suele aparecer en el mundo de Onetti alguna muchacha joven que representa un ideal de plenitud) y en ensoñaciones de tierras lejanas.

Tierra de nadie, como ya he apuntado, la he leído dos veces. Es una novela claramente urbana, ambientada en Buenos Aires: «Diecinueve y nueve, hora de Buenos Aires. Atrás de la cortina y su moña roja estaba la ciudad. Tres millones de personas. Y sin embargo, una vez al día, era forzoso oler un aire de provincias, lento y sin madurar» (pág. 66). Tierra de nadie es una novela coral. En ella, un grupo de hombres y mujeres relativamente jóvenes deambulan por los bares y calles de Buenos Aires. Trabajan, beben, quieren fundar una revista, se enamoran y filosofan sobre su condición de sudamericanos, en contraposición a la de europeos. En el prólogo he leído que Tierra de nadie, publicada en 1941, es una de las primeras novelas hispanoamericanas abiertamente urbana y moderna. Aunque en algún momento se reflejan los pensamientos de los personajes, suele prevalecer la narración de acciones, a veces sin una conexión clara entre sí, muy del gusto de la nouvelle vague. Aunque, eso sí, diez años antes de que se popularizara este movimiento cinematográfico francés. En algún momento. Tierra de nadie me ha hecho pensar en La colmena de Camilo José Cela, que se publicó en 1951. Luego también he pensado en una de las primeras novelas de Juan José Saer, La vuelta completa, publicada en 1966. En ella también se van entrecruzando personajes en el territorio mítico de la ciudad (Santa Fe) y hay un tono marcadamente existencialista. En La vuelta completa podemos leer: «La muerte era ridícula. No. La vida era lo ridículo, ese salto mortal sobre el abismo». En Tierra de nadie leemos: «El primer secreto consistía en que el disco giraba muy lentamente, despacio, despacio. El segundo secreto era que la vida no tenía sentido» (pág. 162). Estoy seguro de que Saer leyó a Onetti y que este autor fue una influencia para él.

Los personajes de Tierra de nadie deambulan por la ciudad, como decía, hablan unos sobre otros y a veces cambian de pareja y también sueñan con islas ideales en la Polinesia. Hacia el final de la novela se produce un salto temporal casi imperceptible, que hace que algunos hechos narrados cobren una nueva dimensión.
En la segunda lectura todo cobró más sentido, aunque realmente ésta no es una novela con una trama demasiado hilada y los personajes entran y salen de la narración muy libremente.
Una curiosidad: en Tierra de nadie aparece por primera vez el personaje del cínico gordo Larsen, un habitual de las novelas de Onetti.

Para esta noche, publicada en 1943, me ha parecido una novela extraña. En El pozo y en Tierra de nadie se filtran ecos lejanos de la guerra europea, y en Para esta noche Onetti escribe un thriller ambientado en el Río de la Plata (o no, no queda claro, aunque sí que se trata de un país latinoamericano), pero que el lector no sabe exactamente si es una novela bélica o de espías, o quiénes son los países o fuerzas en juego. Ossorio busca con desesperación un salvoconducto (¿para cruzar el Río de la Plata?) y durante una interminable noche se irá cruzando con personajes a los que persigue o que le persiguen a él. Todos ellos parecen pender de un hilo y viven cada minuto sintiendo que puede ser el último. En un momento dado, Ossorio ha de hacerse cargo de una niña de trece años. Ha sido él mismo quien ha propiciado su condición de desamparo y se siente responsable de su suerte. Como en tantas historias de Onetti, tenemos aquí de nuevo a la joven inocente que ha de moverse en un mundo de adultos decadentes y desesperados.

Me ha encantado reencontrarme con El pozo, una novela corta que, como Los adioses, invita a ser leída de una sentada. Unas páginas magistrales en cuya musicalidad uno podría perderse una y otra vez. Pero, sin embargo, considero que Tierra de nadie y Para esta noche no se encuentran entre las novelas más importantes de Onetti, un escritor que ha alcanzado cotas de perfección más altas que las mostradas aquí. Como ocurre más de una vez al leer a este autor, el lector tiene que estar muy atento a la narración, porque Onetti no hace muchas concesiones. No explica con detalle las relaciones que unen a los personajes ni tampoco los motivos de sus actos. Al igual que ocurre con William Faulkner, la prosa de Onetti no es cómoda para el lector. A cambio, el ritmo de su escritura es espectacular. Los párrafos de Onetti en cualquiera de sus páginas se pueden leer como si se tratase de una partitura musical desgajada de una trama. Onetti adjetiva como pocos escritores lo han hecho en español.

No he conseguido leer todo este libro seguido; necesitaba un respiro, pero en 2019 leeré La vida breve. No voy a consentir que esta novela, la que se supone que es la mejor de Onetti, se convierta en mi particular versión kafkiana de El castillo.