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lunes, 1 de junio de 2026

Tantas veces Pedro, por Alfredo Bryce Echenique


Tantas veces Pedro
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Anagrama. 267 páginas. Primera edición de 1977, esta es de 1997

 El 10 de marzo de 2026 murió Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939 – 2026), a los ochenta y siete años. Unos meses antes, en noviembre de 2025 había leído un libro suyo, Cuentos completos en la edición de 1995, que contenía sus tres primeros libros de cuentos. El mismo día de su muerte grabé un vídeo, haciéndole un homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido Bob, en el que hablaba un poco de cada una de sus obras que había leído (seis novelas y tres colecciones de relatos) y del momento en el que me encontré con ellas. Bryce Echenique es un autor al que guardo un gran cariño. A pesar de que tengo en casa tres libros suyos más sin leer (El huerto de mi amada, La última mudanza de Felipe Carrillo y Guía triste de París) tomé en préstamo Tantas veces Pedro (1977), su segunda novela, de la biblioteca de Móstoles. Allí habían puesto, en un expositor, los libros que tenían de Bryce Echenique y los de Antonio Lobo Antunes, muerto unos días antes, a los ochenta y tres años. Y lo hice porque los libros de los años noventa de la editorial Anagrama siempre me han parecido una preciosidad y porque en el Facebook del escritor peruano Gustavo Faverón había leído que él considera Tantas veces Pedro una de las obras clave de Bryce Echenique, una de las «piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad». Me llamó la atención esta apreciación de Faverón sobre Tantas veces Pedro, una de las novelas de Bryce que no había leído y que no recordaba haber tenido en el punto de mira. Hace unos años, me acerqué a La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, tras leer sobre la admiración que Faverón tiene de esta novela y fue todo un acierto. Me fie del criterio de Faverón y me apeteció leer, por tanto, Tantas veces Pedro.

 El protagonista de esta novela es Pedro Balbuena, un escritor inédito peruano de cuarenta años, un hombre de clase alta que vive fuera de Perú gracias al dinero que le envía su madre desde Lima. «Te prometo no olvidarte, mamá. Y te juro que, aunque necesito tu dinero, no es por tu maldito dinero que no te olvidaré nunca, mamá. Mi proyecto necesita dinero. Buena inversión, madre. No se preocupe. Tendrá usted un hijo feliz y a lo mejor inclusive un Stendhal en la familia», leemos en la página 23.

Vamos a conocer a Pedro cuando arriba al aeropuerto de París acompañado de Virginia, una joven estadounidense de veintitrés, a la que, sabremos pronto, conoce desde hace unas pocas semanas. Pedro y Virginia coincidieron en Berkeley, en una fiesta universitaria, estando Pedro bastante borracho. El viaje a París no parece estar funcionando. Pedro se muestra enervado porque Virginia no tiene sentido del humor y además parece pensar en otra mujer, llamada Sophie, un amor obsesivo del pasado. Se suceden los diálogos, a veces grandilocuentes. «Durante los últimos años he sido un personaje. El personaje de una historia maravillosa que nunca recuperaré y que tal vez nunca lograré escribir porque de pronto fui expulsado de ella, de mi propia historia, y me quedé sin todo lo que faltaba… Que era mucho…» (pág. 19).

 

La novela oscila entre el uso de la tercera persona y la primera. Es habitual que el narrador omnisciente ceda la palabra a Ramón Balbuena que, con un discurso a veces incoherente, conversa con diferentes interlocutores que habitan su cabeza: su madre en Lima; Sophie, su amor de juventud, que se casó con otro hombre; o con Malatesta, un perro de bronce, con el que Ramón viaja en una maleta. Malatesta, en gran medida, simboliza el fin de su relación con Sophie, pues representa a un perro real que tuvo Sophie y actúa, en realidad, como un confidente o un alter ego del propio Ramón, a quien este le cuenta sus penas y el con el que se desahoga.

 

Tantas veces Pedro se publicó en 1977 y quizás algunas de las maneras con las que Pedro se dirige a Virginia podían ser modernas y atrevidas en esa época, pero en la actualidad suenan machistas. Así, por ejemplo, en la página 31, en una conversación casual, Pero le dice a Virginia: «Tal vez seas una puta, Virginia, pero una puta tan excelente que cualquier hombre quedaría malacostumbrado para siempre después de haberte conocido», o en la página 17: «Virginia, no llores. Por favor, ya no llores más. Mira, te voy a decir una cosa. Las mujeres bonitas nunca lloran por un hombre. Las mujeres bonitas como tú hacen llorar a los hombres». En otro momento, además de machista, también se muestra racista y clasista: «Fue de una tía mía que se acostaba con un indio. Te lo regalo para olvidar que tuve una tía puta, aunque hoy en día, ser mestizo en América Latina…» (pág. 68)

 

La novela está dividida en cuatro partes. En las tres primeras se nos habla de la relación de Pedro con tres mujeres, Virginia (estadounidense), Claudine (francesa) y Beatrice (italiana) y en la última, al fin, se nos desvelarán los secretos de su relación del pasado con Sophie, relación –como se nos ha recordado múltiples veces durante la novela– que duró «solo tres meses, cinco días, y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces…» (pág. 29).

Además de los monólogos interiores de Pedro, con las personas ya comentadas, el lector también podrá acercarse a algunas cartas, y relatos o conatos de novelas que Pedro escribirá, tratando de empezar esa obra que, en algún momento, le transformará en el escritor soñado. Además, en la página 205, en un nuevo plano narrativo, se manifestará el propio Alfredo Bryce Echenique como narrador: «Pedro Balbuena, como cantan los pescadores menorquines aquí en Fornells canciones mexicanas en el bar La Palma, donde algún día vendría yo a contar tu historia.» Realmente, Bryce Echenique escribió esta novela en el pueblo de Port Fornelles en Menorca.

 

El lector acabará descubriendo pronto que Pedro no es un narrador fiable, que lo contado puede en la novela puede ser real para los personajes o puede ser imaginario, una realidad que solo funciona en la mente de Pedro. Una sensación de desconcierto y confusión me asaltará el final de la primera parte, cuando Virginia ha abandonado París por México, y Pedro se desplaza allí y el lector no acabará de tener claro si realmente se ha reunido con ella o está solo imaginando que está con ella. Supongo que a este tipo de narración es a lo que se refiere Faverón cuando dice que Tantas veces Pedro introduce de forma fundamental a la narrativa latinoamericana en la postmodernidad, en este escepticismo ante el sentido de lo narrado y la presencia de un personaje-narrador en nada confiable. Reconozco que a mí todo esto ha conseguido sacarme bastante de la novela, sobre todo en la cuarta y última parte. En las anteriores, a pesar del uso de estos recursos postmodernos, la narración conseguía tener, más o menos, un orden, aunque caótico, pero en la cuarta parte es como si el sentido de la novela explotara por los aires. Aquí el narrador ya no consigue distinguir entre lo vivido, lo soñado o lo escrito, y el lector –o el lector que soy yo, al menos– acaba naufragando en una sucesión de escenas que he sentido como inconexas y he han ido expulsado del libro.

 

Tantas veces Pedro es la segunda novela de Bryce Echenique. Se publicó en 1977. Un mundo para Julius, la primera novela, se publicó en 1970. Entre medias, Bryce escribió los cuentos de La felicidad ja ja (1974). La historia contada en Un mundo para Julius era más diáfana; el lector se acercaba al niño Julius, que se acabaría convirtiendo, con el tiempo, en un icono de una mirada tierna hacia el Perú, una mirada que no toleraba el clasismo o el racismo. Diría que Tantas veces Pedro es una novela de transición hacia obras como La vida exagerada de Martín Romaña (1981), donde también hay un escritor que bebe, que vive en París, que estuvo enamorado de una mujer que se fue y que mira al pasado con nostalgia e ironía. Pero en libros como La vida exagerada de Martín Romaña o Reo de nocturnidad (1997), donde se vuelve a usar esta fórmula, los parámetros narrativos son menos experimentales y estas novelas se me hicieron más disfrutables.

 

Creo que con Tantas veces Pedro he sufrido una decepción similar a la que me ocurrió hace unos meses, al leer los Cuentos completos de Bryce, y llegar a Magdalena peruana y otros cuentos (1986), donde personajes masculinos borrachos hablaban a chicas jóvenes de aventuras del pasado, que no acababan de interesarme. En Tantas veces Pedro, como ocurrirá en las novelas del Bryce Echenique más adulto, hay ya un uso profuso de los diálogos y la oralidad, con sentido del humor, pero diría que el personaje de Pedro Balbuena acaba siendo más cargante e irritante, que como acabarán siendo personajes del estilo de Martín Romaña, que serán más entrañables.

Me apenó la muerte de Alfredo Bryce Echenique hace un mes. Era un autor al que asociaba con mi juventud y al que tengo, como dije, un gran cariño. A pesar de haber leído de él, hacía no mucho, sus Cuentos completos, me apeteció homenajearle después de muerto leyendo otra de sus obras, y me ha dado pena no haber acabado disfrutando de Tantas veces Pedro como creía que lo iba a hacer. Quizás debería haberme acercado a los cuentos de Guía triste de París, que presiento que me van a gustar más.

 



domingo, 3 de mayo de 2026

Cuentos completos, por Alfredo Bryce Echenique


Cuentos completos
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Alfaguara. 479 páginas. 1ª edición de 1995

Prólogo de Julio Ortega

 

Ya he comentado más de una vez que Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos; del que destaco obras como Un mundo para Julius (1970), No me esperen en abril (1995) o Reo de nocturnidad (1997). Hace más de diez años, hablando en Madrid con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, este me recomendó encarecidamente Cuentos completos de Bryce Echenique. Tenía localizado el libro en la biblioteca Elena Fortún de Madrid, pero al final decidí comprarlo de segunda mano, gracias a Iberlibro. Estos Cuentos completos se publicaron en 1995 y, desde entonces, Bryce Echenique ha publicado dos colecciones más de relatos, Guía triste de París (1999) y La esposa del rey de las curvas (2009).

 

Cuentos completos contiene los siguientes libros: Huerto cerrado (1968), La felicidad ja ja (1974) y Magdalena peruana y otros cuentos (1986), además de algunos cuentos sueltos más, que no sé si al final se integrarían en Guía triste de París o La esposa del rey de las curvas.

 

Huerto cerrado fue el primer libro que publicó Bryce Echenique, en 1968, antes de los treinta años. Contiene doce cuentos. El primero se titula Dos indios y sitúa su acción en París. En este cuento, de una docena de páginas, podemos encontrarnos ya con algunas de las claves de la obra de Bryce Echenique: el cuento nos lleva a París, donde va a situar más de una de sus historias, y trata sobre la nostalgia y los amores del pasado; contado desde un punto de vista humorístico, pero no de un humorismo hiriente o sarcástico, sino de un humor tierno y exagerado. Los dos personajes que se encuentran en París, acabarán rememorando su vida en Lima, mientras comparten tragos de alcohol, detalle este que acabará siendo otro de los rasgos compositivos de las obras de Bryce Echenique.

 

El segundo cuento se titula Con Jimmy, en Paracas y es uno de los mejores cuentos del libro, un cuento sobre el paso de la infancia a la madurez, la caída del mito del padre, las clases sociales y el racismo. La primera frase, marcando el ambiente de amenaza sobre el padre me parece memorable: «Lo estoy viendo realmente: es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones». (pag. 31). En estas primeras narraciones de Huerto cerrado me parece ver la influencia de los cuentos de La palabra del mundo, del también peruano Julio Ramón Ribeyro, sobre todo al tratar estos temas de los que hablaba anteriormente, de las clases sociales y el racismo en la sociedad peruana.

 

Después de unos pocos cuentos, me doy cuenta de que el protagonista de todos ellos se llama Manolo y ya veo que, en realidad, son cuentos entrelazados y que hablan de la misma persona; principalmente de un adolescente, de clase media alta, que está dejando de ser un niño y se está internando en la vida adulta. Los cuentos reflejan diversos momentos de su vida, como el humillante momento en el que, a los trece años, los niños de la clase del colegio van a hacer una excursión en bicicleta a una localidad cercana y él se queda atrás y el profesor le pide que se vuelva a su casa, tema de El camino es así. En el cuarto cuento, ya han pasado unos años, y Manolo le venderá esa bicicleta del relato anterior a un jardinero con el que, de más niño jugaba al fútbol, y del que las diferencias sociales han acabado separando.

Así que el primer cuento de este primer libro, Dos indios, nos presentaba a un Manolo ya adulto, recordando en París algún episodio de su infancia y juventud. A partir de él, los cuentos nos conducen a diversos momentos de la vida de Manolo –en los que el lector entrevé a una especie de alter ego del autor– en orden cronológico; así llegaremos hasta las primeras novias o las primeras visitas al burdel con los amigos, rito de iniciación de la época mostrada. En un cuento como Una mano en las cuerdas aparece ya el Country Club, que será uno de los escenarios esenciales de la primera novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius (1970). Una mano en las cuerdas me ha parecido otro de los mejores cuentos de este primer libro, porque en él usa el recurso de intercalar la primera persona –a través de un diario personal– y la tercera.

En Un amigo de cuarenta y cuatro años, Bryce hace el retrato de un profesor de inglés del colegio de Manolo, y su cierre me ha parecido también bastante conseguido. Algunos cuentos, como este, empiezan con descripciones de calles y barrios de la antigua Lima, y de este modo la ciudad –pero más la ciudad de los recuerdos, que la ciudad real– se acaba convirtiendo en un personaje más del libro. Crece y cambia Manolo, crece y cambia también Lima, parece decirnos Bryce Echenique.

 

Los tres últimos cuentos de Huerto Cerrado, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión son más cortos que los anteriores y me han parecido narraciones más apresuradas y de inferior calidad a las ya leídas. Lo que no ha enturbiado la buena impresión que he sacado de este primer libro de Alfredo Bryce Echenique, que imagino que, en su momento, fue celebrado como lo que era: el talentoso debut de una nueva voz latinoamericana en el fantástico contexto del boom.

 

El siguiente libro, La felicidad ja ja (1974) reúne ocho cuentos. El primero es Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, y ya desde el título se percibe un cambio de rumbo respecto a las piezas del libro anterior. En Huerto cerrado, como ya he dicho, creo que Bryce Echenique sigue la estela de narradores clásicos como Ribeyro, que a su vez diría que había leído a los escritores de relatos estadounidenses como Ernest Hemingway, y usa un estilo preciso y realista. En La felicidad ja ja, Bryce Echenique está ya buscando una voz más personal, que va a tener que ver, en gran medida, con la oralidad del lenguaje. Así, en el primer cuento, en Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, se recrea un monólogo, en el que uno de los personajes le habla a otro. Es un cuento sobre las aspiraciones y las diferencias económicas que se crean en la vida adulta entre amigos de la juventud; sobre todo porque el narrador fue un niño rico que acabó perdiendo su fortuna, y además acabó  convirtiéndose en una persona más empática y sensible que su amigo. «Pero, claro, tú siempre has tenido razón. Lo cual no impide que seas una mierda, gordo, una mierda que acierta en las apuestas de la vida.» (pág. 149) Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín me ha parecido un gran comienzo para este segundo libro.

El segundo cuento, Florence y Nós três, sobre un profesor de español en París –tras el que se ve al propio autor– que nos habla de una alumna alocada y enferma de su clase es melancólico y hermoso.

Pepi Monkey y la educación de su hermana sobre unos niños que son educados por una casa rica decadente de Lima me ha parecido que bajaba ya algo el nivel.

De este segundo libro, mis cuentos favoritos acaban siendo los más largos: Baby Schiaffino y Muerte de Sevilla en Madrid. Baby Schiaffino trata sobre la idealización del amor por parte de un joven que se enamora de una chica que lo ve como un amigo. El humor tierno y algo absurdo de Bryce Echenique se manifiesta con elegancia en este cuento. Muerte de Sevilla en Madrid es el único cuento de este libro que había leído previamente. Lo leí en una edición de Alianza 100, uno de esos libritos que lanzó la editorial Alianza en los años 90 y que costaban cien pesetas (0,60 €). En este cuento, un pobre hombre peruano gana un concurso para viajar a España y este será el comienzo de sus problemas finales. Aquí, como también será habitual en la obra de Bryce, se hace uso del humor escatológico; un elemento clave en la composición de su novela La vida exagerada de Martín Romaña.

 

Hasta aquí, habiendo leído los dos primeros libros de cuentos, aunque no todos tienen el mismo nivel, tengo la sensación de que estos Cuentos completos de Bryce Echenique es un gran libro; sin embargo, de forma inesperada, sufro una decepción con el tercer libro, Magdalena peruana y otros cuentos, formado por doce piezas. El primer cuento, Anorexia y tijerita, sobre un exministro con una chica anoréxica, protagonizado por un personaje desagradable, no está mal.

Creo que voy a describir, de un modo general, qué me ocurre con estos cuentos: Bryce Echenique usa aquí también un tono oral, y normalmente leemos el discurso interior de un personaje que suele tener a otro de interlocutor, aunque esto solo ocurra en su cabeza. El narrador suele ser un hombre maduro de éxito –un pintor, por ejemplo– que habla a una jovencita con la que tiene una relación, y en este discurso oral, el narrador empieza a hablar de personajes del pasado, que el lector, al principio, no sabe quiénes son, y al final descubrirá que, normalmente, son compañeros de juergas del pasado del narrador y cuenta sobre ellos algunas anécdotas exageradas, sobre todo relacionadas con el abuso de bebidas alcohólicas, que acaban por no tener demasiada gracia. Así que al final el lector se encuentra leyendo un relato que parece bastante deslavazado sobre personajes por los que no ha conseguido interesarse.

De este tercer libro, me ha interesado sobre todo un cuento titulado El breve retorno de Florence este otoño porque Bryce Echenique plantea en él una segunda parte del cuento Florence y Nós três de La felicidad ja ja, pero creo que el estilo exagerado y el humor absurdo acaban arruinándolo.

 

El libro termina con cuatro cuentos que en 1995, año de la publicación de estos Cuentos completos, no estaban incluidos en ningún libro, y aquí Bryce Echenique deja un tanto de lado el estilo del último libro, con un exceso de oralidad y un discurso interior demasiado disperso y vuelve a un estilo más clásico.

Al finalizar Huerto cerrado, me sentí tan entusiasmado por este primer libro de cuentos de Bryce Echenique que entré en Iberlibro y compré una edición de segunda mano de Guía triste de París, que sería su siguiente libro. Ha sido una pena que mi entusiasmo haya bajando con los cuentos de Magdalena peruana y otros cuentos, pero espero que la obra cuentística de Bryce Echenique remonte con Guía triste de París.

domingo, 20 de enero de 2013

Dos señoras conversan, por Alfredo Bryce Echenique


Editorial Anagrama. 268 páginas. 1ª edición de 1990, ésta de 1998.

Fue en julio de 1995 cuando por primera vez leí algo de Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939); se trataba del relato o novela corta Muerte de Sevilla en Madrid, en aquellas ediciones mínimas de Alianza 100, que costaban 100 pesetas. Me gustó bastante. Estoy consultando –según escribo esta entrada– el archivador donde tengo registradas las fechas de mis lecturas, y me sorprende darme cuenta de que leí antes No me esperen en abril (1995) que Un mundo para Julius (1970), en septiembre de 1996 y en enero de 1998, cuando en mi memoria estaban ordenadas al revés. De los tres libros citados guardo un vivo recuerdo de mí mismo leyéndolos: el primero lo hice de un tirón un sábado por la noche en el salón de la casa de mis padres en Móstoles, un sábado que me había quedado solo (no recuerdo por qué); del segundo tengo una imagen de mí en un pasillo de la facultad de Administración y Dirección de empresas de la Carlos III, sentado en un banco; y del tercero en una parada de autobús en Villaviciosa, trasladándome de la casa de mis tíos hasta Móstoles.
Fueron tres obras que me gustaron mucho (y especialmente Un mundo para Julius, una de las obras maestras absolutas de la narrativa hispanoamericana del siglo XX, a mi entender).

Me recuerdo también en mi época dura y deprimente de auditor en el edificio Windsor, bajando un día a El Corte Inglés de Nuevos Ministerios para comprar La vida exagerada de Martín Romaña (1981) con la idea de animarme gracias al humor irónico, tierno y triste de Bryce Echenique. Lo que realmente llegó a funcionar.
Y he leído también Reo de nocturnidad (1997), que me volvió a parecer muy bueno (se lo dejé a una amiga de la auditoría y nunca lo pude recuperar; lo perdió y era una primera edición), y La amigdalitis de Tarzán (1999), que ya me pareció una obra menor en la que repetía temas de sus obras anteriores.

En 2006 fui a la Fnac de Callao porque pensé que Bryce Echenique iba a dar una conferencia, presentar un libro o tener una conversación con algún periodista... pero en realidad sólo fue allí (llegó media hora tarde) para firmar libros. Yo había comprado la 4ª edición de Anagrama de Un mundo para Julius para que me lo firmara (en 1998 lo había leído de la biblioteca de Móstoles en la edición con notas de Cátedra); y unos días después sí escuché una conferencia que dio en la Casa de América.

En realidad creo que he contado todo lo anterior para llegar al año 2007 y hablar de la decepción que supuso para mí leer la noticia que acusaba a Bryce Echenique del plagio de artículos periodísticos, porque yo le admiraba mucho. La verdad es que ya en 2006, cuando me firmó Un mundo para Julius y pude verlo de cerca me pareció que estaba muy deteriorado físicamente para ser un hombre de 67 años, e imaginé que su adicción al alcohol tenía que ver con aquello, como creo que también tuvo que ver con el tema del plagio y el agotamiento creativo.

Hacía, por tanto, bastante tiempo que no leía un libro de Alfredo Bryce Echenique, y fue en abril de este año cuando, paseando entre las casetas de la Feria del libro antiguo y de ocasión de Recoletos, me encontré con este volumen de Anagrama que reúne tres novelas cortas y decidí comprarlo. Lo he leído durante el mes de diciembre.

La primera de las novelas se titula Dos señoras conversan y en ella, como en los libros de Jaime Bayly que he comentado hace no mucho, volvemos al barrio limeño de San Isidro, como representación de toda la ciudad. Dos hermanas de 78 y 75 años conversan por las noches, tras tomar unas copitas, y sus conversaciones son principalmente una evocación de una Lima que se fue para siempre, una Lima más hermosa, en la que los hijos no emigraban a Miami y el servicio era del pueblo de Cajamarca, de donde procedían los sirvientes más educados, limpios y “blancotes”. Y en la Lima actual el hijo de su chófer negro, hijo a su vez del chófer de la familia, ya no quiere ser chófer de tercera generación y es detenido por meterse a terrorista. La narración en tercera persona cede la voz narrativa más de una vez a los personajes, y Bryce Echenique desarrolla su visión crítica y ácida de la realidad narrada –la clase alta de su ciudad– desde un sarcasmo que acaba siendo más tierno y divertido que hiriente.

Si bien Dos señoras conversan es una buena novela breve, la obra maestra de este libro es para mí la segunda composición: Un sapo en el desierto. En ella cuatro amigos del departamento de letras de la universidad de Austin (Texas) se juntan por las noches a beber cerveza en un local al que llaman La Cucaracha. Y allí, uno de ellos, Mañuco, les cuenta a los otros tres la relación de amistad que tuvo en Perú, unos treinta años antes, con el matrimonio gringo formado por don Pancho y Sally, que se encontraban en su país porque don Pancho trabajaba en explotaciones mineras. Mañuco sabía inglés debido a que su padre se había empeñado en que conociera este idioma con la intención de que algún día pudiese estudiar en Estados Unidos.
Dos señoras conversan es técnicamente, con su juego de transición de la tercera persona narrativa a la primea y su sutil crítica de costumbres, una gran novela; pero Un sapo en el desierto me parece mejor porque en ella Bryce Echenique consigue crear personajes más entrañables y por tanto leerla me ha emocionado en mayor medida.
Siempre me pareció que uno de los logros del estilo de Bryce era saber ser tierno –explotando la nostalgia de la amistad, por ejemplo– sin resultar cursi; porque para no caer en el sentimentalismo simplón siempre tiene a mano el recurso de la ironía. Y en Un sapo en el desierto consigue esto, ser nostálgico y tierno sin ser cursi, a la perfección. Me parece memorable la escena del fin de año que Maruño vive en el campamento minero con sus amigos gringos, y se percata de que él es sólo un peruanito que no va a poder ligar nunca con bellas mujeres rubias.

Y la tercera novela, titulada Los grandes hombres son así. Y también asá, me ha parecido la más floja del conjunto (floja respecto a un nivel muy alto). En ella el espíritu cómico con que Bryce Echenique ha pretendido escribirla es tan exagerado que ahoga la propia historia, proponiendo siempre escenas desmesuradas e inverosímiles. En esta novela se habla sobre la amistad –llena de admiración– de un biólogo experto en arañas –con fobia enfermiza hacia las arañas– con un militante de la izquierda revolucionaria, que no puede dejar de ejercer de revolucionario en ningún minuto de su vida. Y aun así esta historia contiene una frase que bien podría resumir la poética de la obra de Alfredo Bryce Echenique: “Muchas tardes y noches pasaron cosas como ésas, tristes, en el fondo, pero siempre cargadas de vida y de ternura” (pág. 201).

Este año el nombre de Alfredo Bryce Echenique ha vuelto a estar de actualidad debido a la polémica que sigue coleando sobre sus plagios: le han concedido en México el premio FIL de literatura (el antiguo premio Juan Rulfo), y más de uno ha opinado que no se debería premiar con dinero público a un artista que ha demostrado esas malas formas con sus colegas.

Sin querer entrar en la polémica, sí me gustaría opinar que aunque un Bryce Echenique de 68 años, en horas bajas, haya caído en la miseria de plagiar los artículos periodísticos de otras personas, eso no implica que obras escritas mucho antes como Un mundo para Julius, No me esperen en abril, Reo de nocturnidad, o esta misma de Dos señoras conversan sean obras magníficas y de lectura más que recomendable.