La casa en la colina, de Cesare Pavese
Editorial Altamarea. 267 páginas. 1ª edición de 1948. Ésta es de 2023
Traducción de Carlos Clavería Laguarda
Me escribió, a través de Instagram, David
Gargallo, uno de los editores de Altamarea,
especializada en literatura italiana. Me ofrecía enviarme su nueva traducción
de Trabajar
cansa (1936), el libro de poesía más famoso de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950). La
traducción la ha hecho Carlos Clavería
Laguarda, que también traduce esta novela que comento aquí. Acabo de
consultar en mis apuntes que, a finales de 1999, leí El oficio de vivir, el
diario de Pavese, y Poesía completa, y algunos años después la novela La
luna y las hogueras. Fue un autor que me impresionó mucho en su momento
y ninguno de estos tres libros los tengo en casa porque los tomé en préstamo de
bibliotecas públicas. Hacía tiempo que tenía pensado volver a Pavese, del que
me apetecía leer alguna de sus novelas, y del que no me disgustaba la idea de
regresar a su poesía, porque fue uno de los poetas que más me influyó cuando yo
mismo escribía poesía. Me gustaba su poesía narrativa y melancólica. Su poema Los
mares del sur es uno de mis favoritos.
Altamarea ha rescatado casi toda la obra de Pavese, con nuevas
traducciones. Estuve buscando información sobre el autor y visitando la web de
la editorial, y al final quedamos en que Gargallo me iba a enviar tres libros: Trabajar
cansa (1936), El diablo en las colinas (1948) y La
casa en la colina (1948). Me encontraba leyendo los Diarios
(1999-2010) de Iñaki Uriarte y me apeteció hacer un parón en este libro
y leer La casa en la colina. Decidí
empezar por esta última porque en la contraportada del libro se afirma que
«está considerada por la crítica la cumbre de la madurez narrativa de Cesare
Pavese» y porque también se considera que tiene tintes autobiográficos.
La primera frase de la novela me parece muy significativa: «Hubo un tiempo
en que se decía “colina” como si dijéramos “mar” o “bosque”». Pavese, en esta
novela, da mucha importancia al espacio físico en la que se desarrolla gran
parte de ella, la colina, a la que va connotando de símbolos: la colina, o las
colinas, es el lugar en el que está su pueblo, al que hace tiempo que no acude
el narrador, y la colina también simboliza el refugio, ya que Conrado, su
protagonista, asciende a ella después de trabajar en un colegio de Turín, una
ciudad que cada noche puede sufrir un bombardeo, del que la población huye a la
colina para poder resguardarse. El narrador se recreará en la idea de que esa
colina le recuerda a aquellas otras en las que jugó de niño. Más adelante
sabremos que esas colinas, son las cercanas a Santo Stefano Belbo; así que
escritor y protagonista compartes los mismos orígenes. En el poema Los mares del Sur, el narrador y su
primo conversaban mientras ascienden por una colina, hablando del pasado. La
otra novela que me llegó a casa de Pavese también evoca esa idea de «la colina»
en su título.
En ningún momento del libro se da una fecha para centrar los
acontecimientos narrados, pero en la contraportada y las webs que hablan de
esta novela, se nombra 1943. En la página 52 leemos «Mussolini había sido
derrocado». Al buscar este dato en internet, sabré que ocurrió el 25 de julio
de 1943. La guerra no acaba aquí para sus personajes, porque aún seguirán
recibiendo bombardeos de los ingleses, y los alemanes se internarán en
territorio italiano para combatir a los partisanos y a los aliados que suben desde
Sicilia. Los fascistas de Mussolini también se resisten a dejar las armas, y el
ambiente será el de casi una guerra civil. La situación puede llegar a ser
confusa, tanto para los protagonistas de la novela como para el lector. La
sensación de amenaza siempre estará presente.
En el primer capítulo se habla de los habitantes de Turín que suben por la
noche a la colina, para dormir sobre un colchón, a salvo de los bombardeos;
aunque el narrador está alojado en una casa con dos mujeres, madre e hija. Esta
casa simboliza la paz, pero también el aburrimiento para Conrado. La firmeza de
la madre será descrita con la metáfora de ser semejante a una «colina» de
nuevo. Esta mujer le gusta más que la hija, una solterona próxima a los
cuarenta años.
Una noche Conrado se sentirá atraído por las canciones que oye interpretar
en una hostería cercana, a la que empezará a visitar. Allí reconocerá a Cate,
una mujer con la que tuvo una relación ocho años antes. Una relación que acabó
de mala manera por su parte. Conrado se sentía avergonzado de su ignorancia de
mujer sencilla, y pensaba que la relación que tenía con ella era solo sexual.
Ocho años después, cuando Conrado ya ha cumplido los cuarenta años, y parecen
haberse esfumado para él muchos de sus sueños de juventud, esta mirada sobre
Cate quizás pueda cambiar. Así que, con esta idea de un posible amor que vuelve
del pasado y que tal vez se retome, comienza la novela; entre el caos de la
guerra, las bombas, los fascistas y los milicianos.
Conrado tiene una mirada social sobre el mundo que le rodea. Así en la
página 28 leemos: «Un tipo de gente, los afortunados, los
somos-siempre-los-primeros, se iban o se habían ido ya al campo, a las casas en
la montaña o en la playa. Allí llevaban la vida de siempre. Le tocaba al
servicio, a los porteros, a los miserables, custodiarles las casas y, si se
incendiaban, salvarles las pertenencias.» En la página 62 leemos otra frase
que, quizás ahora se ha quedado anticuada, pero que ahonda en la misma idea: «No
te fíes de quien se baña a diario».
La novela está narrada desde algún punto de un futuro relativamente
cercano. En este sentido, leemos en la página 91: «Ahora que incluso aquellos
días parecen un sueño y salvarse casi no tiene sentido, hay en el fondo de
todos los encuentros y de los despertares una paz desesperada, el estupor de
estar vivos un día más, una hora, que da alegría».
Hay un tema en la novela que me llama la atención: Conrado parece ser una
persona que ansía que desaparezcan los alemanes y los fascistas de Italia, pero
no parece acabar de tomar la decisión de convertirse en partisano. Y este
proceso de inmovilidad lo vive como una fuente de frustración. Creo que aquí
hay un paralelismo con la vida privada de Pavese. A través de su triste diario,
El oficio de vivir, sé que era
sexualmente impotente y esto hizo que, en su vida adulta, no quisiera tener
tratos con mujeres y se refugiara en la escritura. En el tramo final de su vida
se enamoró de una actriz, que le correspondía, y al ir a acostarse se volvió a
manifestar su impotencia. La depresión a la que le condujeron estos hechos le
llevaron a su famoso suicido en un hotel de Turín, cuando aún no había cumplido
los cuarenta y dos años. Esto ocurrió en 1950, y la novela está escrita entre
1947 y 1948.
La novela abunda en diálogos, donde se suelen recoger frases esenciales,
muy apegadas a la tierra. La prosa de Pavese, como su poesía, refleja lo
cotidiano y siempre da importancia a la naturaleza, y es habitual que se evoque
el pasado. En las páginas 146 y 147 describe así a una persona: «Era gordo,
taciturno, tenía los ojos ofendidos» y «No era triste, ni arrogante, estaba
solo». Me ha parecido una forma magistral de pasar de lo terrenal a lo
profundo.
Como ya me ocurrió hace unos poco años, al volver a leer al japonés Kenzaburo Oe, al que no regresaba desde
hacía más de veinticinco años; ahora, al volver a Cesare Pavese, desde la
primera página he reconocido su estilo, y he vuelto a tener la sensación de
volver a encontrarme con un viejo amigo. Más allá del valor sentimental de este
reencuentro, La casa en la colina me
ha parecido una gran novela sobre la guerra, la violencia, la soledad y sus
consecuencias. Una novela desgarrada, triste y bella, como toda la obra de
Cesare Pavese.
