ME ENTREVISTAN EN EL CANAL "EL LIBRERO DE GOMA"
martes, 31 de agosto de 2021
ME ENTREVISTAN EN EL CANAL "EL LIBRERO DE GOMA"
domingo, 29 de agosto de 2021
Todos los hermosos caballos, por Comac McCarthy
Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy
Editorial Debolsillo. 335 páginas. 1ª edición de 1992; ésta es de 2020.
Ya he comentado que en enero de 2021
empecé el año leyendo Meridiano de Sangre de Cormac McCarthy (Rhode Island, Estados
Unidos, 1933) y que fue una lectura que me impactó mucho. Hasta entonces había
leído de McCarthy No es país para viejos (2005) y La carretera (2006) y, aunque
me gustaron, no habían llegado a deslumbrarme. Cuando comenté esto mismo, hace
años, en las redes sociales, hubo más de un lector de McCarthy que me dijo que
yo no había leído las grandes novelas de este autor, que serían Meridiano de Sangre (1985) y No es país para viejos (1992). Ahora que
he leído las dos ya puedo afirmar que las personas que me comentaron esto
tenían toda la razón.
La acción de Meridiano de sangre se situaba en 1849 y la de Todos los hermosos caballos en 1949; es decir, justo un siglo
después. La elección de la fecha en la que trascurre Todos los hermosos caballos no es una casualidad por parte de
McCarthy, ya que esta novela está escrita justo después de Meridiano de sangre y en gran medida dialoga con ella. Las dos
novelas se desarrollan en el mismo espacio físico, entre los estados del sur de
Estados Unidos y los del norte de México, hablándonos siempre de una frontera
difusa. El escenario de Todos los
hermosos caballos es el mismo que el de Meridiano
de sangre, pero más pacificado un siglo después. En el 1949 de McCarthy ya
no será habitual que tres amigos entren en un bar a tomar algo y de madrugada
solo salgan dos porque uno de ellos ha muerto en una pelea, como ocurría en su
1849, pero, si bien el nuevo mundo que dibuja está soportado sobre las ascuas
del antiguo, aún perviven en él rescoldos de violencia, y en Todos los hermosos caballos el lector
también se va a encontrar con más de una muerte violenta. No, desde luego, al
nivel salvaje y apocalíptico de Meridiano
de sangre, pero la violencia también será uno de los ejes constructivos de Todos los hermosos caballos.
John Grady Cole, de dieciséis años
en 1949 (los mismo del autor en esa fecha, por cierto), es el protagonista de
esta historia. La narración comienza cuando muere su abuelo, con el que vive en
un rancho del oeste de Texas. Los padres de John están divorciados y el padre
es un exsoldado de la Segunda Guerra Mundial que, en 1949, no parece muy
equilibrado para cuidar de su hijo o de sí mismo. La madre de John, la heredera
del rancho, sueña con convertirse en actriz y quiere vender la propiedad, de la
que opina que no da beneficios. John quisiera explotar él ese rancho, cuya casa
se construyó en 1872, antes de que desaparecieran los búfalos de la región en
1886, pero no va a poder ser. Es un momento importante para John, puesto que se
va a quedar sin supervisión de los adultos y la idea de futuro que tenía para
convertirse él mismo en adulto ‒dirigir el rancho familiar‒ va a desaparecer.
Después del entierro del abuelo, John ensilla su caballo y «cabalgaba hacía
donde siempre elegiría cabalgar, allí donde la bifurcación occidental del viejo
camino comanche bajaba de la tierra kiowa en el norte y cruzaba la parte más
occidental del rancho y podía verse su débil rastro hacia el sur.» (pág. 9)
Junto con su amigo Lacey Rawlins, de
diecisiete años, John tomará su caballo y decidirá abandonar su casa y
emprender un viaje de descubrimiento hacia el sur. John y Rawlins cabalgan
hacia México y también hacia el pasado, pues en ellos McCarthy está
simbolizando una forma de vida que está cerca de desaparecer, la de los jinetes
o vaqueros, que cabalgan en un desierto sin alambradas o fronteras. Entre la
página 29 y 30 podemos leer, hablando de John: «El muchacho que montaba un poco
adelantado a él no solo montaba como si hubiera nacido cabalgando, que así era,
sino como si de haber sido engendrado por malicia o mala suerte en un país
extraño donde no hubiese caballos él los habría encontrado. Habría sabido que
faltaba algo para que el mundo estuviese bien o él bien en el mundo y se habría
puesto en marcha para vagar a donde fuese durante el tiempo necesario hasta
encontrar uno y habría sabido que aquello era lo que buscaba y así habría
sido.» Por supuesto, en el 1949 de McCarthy ya hay automóviles, pero el caballo
como medio de transporte persiste en el imaginario de John y de Lacey como
símbolo de su relación con el pasado, como epítome de su conflicto con la época
en la que les ha tocado vivir. John y Lacey van a ser vagabundos, personajes
excluidos de los cambios de una modernidad que no aceptan.
El viaje al sur se complica cuando
empiece a seguir a los dos jinetes Blevins, un chico de unos trece o catorce
años, quien parece que se ha escapado de casa en un caballo robado y no parece
una persona muy estable.
Parece que John y Lacey encuentran
su lugar cuando empiezan a trabajar como vaqueros para un gran terrateniente
mexicano. Son muy bellas las páginas costumbristas en las que McCarthy le
muestra al lector cómo John y Lacey doman a una manada de caballos salvajes.
John quedará prendado de Alejandra,
la hija del hacendado, sin saber aún que un desclasado como él no va a ser
aceptado por el mundo del dinero. Las novelas de McCarthy son eminentemente
masculinas, y lo que más parece interesarle es el paso del hombre de la niñez a
la madurez. Muy rara vez la prosa de McCarthy refleja los pensamientos de los
personajes, y el lector tendrá que deducir lo que piensan de sus actos. Unos
actos que mueven las circunstancias y el duro aprendizaje de la naturaleza y el
mundo. En Meridiano de sangre no
había ningún personaje femenino relevante, y en Todos los hermosos caballos si los hay, representados por Alejandra
y su tía abuela Alfonsa. Son mujeres fuertes y libres. Pero, en cualquier caso,
la mujer parece ser el elemento de la naturaleza que va a debilitar la relación
ancestral de amistad que existe entre los dos amigos.
He comentado que en las novelas de
McCarthy no se narran los pensamientos de los personajes, pero ‒en más de una
ocasión‒ la novela sobrepasa el mero relato de los hechos cuando alguno de
estos personajes emite un parlamento. En Meridiano
de sangre esto ocurría, sobre todo, cuando hablaba el siniestro juez
Holden, y en Todos los hermosos caballos el
mejor parlamento lo emitirá Alfonsa, cuando le hable a John de su vida durante
la Revolución mexicana.
Debido a la relación que John y
Lacey tuvieron con Blevins, la apacible vida que habían empezado a tener en la
hacienda se volatizará. Hacia el tramo final de la novela, a John, de nuevo
vagabundo, abandonado por el mundo del dinero, McCarthy le concederá un final
épico. Un final que, en gran medida, me ha hecho pensar en Sin Perdón, la gran
película que Clint Eastwood estrenó
en 1992, el mismo año de la publicación de esta novela. Si bien, ambas obras
son desmitificadoras del mundo del Lejano Oeste, en su tramo final no renuncian
a la épica, tanto William Munny (el protagonista de Sin perdón) como John Grady, serán dos hombres a los que no les
importará morir antes que sentirse humillados por otros que arrastraron a sus
amigos (y a sus caballos).
La naturaleza se convierte en esta
novela en un personaje más, y su descripción acaba siendo muy poética, y
también precisa. En más de un caso, en vez de usar puntos, usa la conjunción
«y» para generar una sensación de acumulación sensorial. McCarthy parece
conocer el nombre de cada animal o yerbazo de la frontera. Como ya ocurría en Meridiano de sangre, en el texto hay
muchas palabras que están en español en el original y que en la traducción
aparecen con letra bastardilla. Más de una de estas palabras españolas no las
conocía, puesto que reflejan elementos tradicionales del campo mexicano. John,
gracias al trato con los trabajadores de su rancho, sabe hablar español.
Todos los
hermosos caballos es una obra bellísima sobre un mundo que se agota, un
absoluto western crepuscular. Una obra maestra.
domingo, 22 de agosto de 2021
Meridiano de sangre, por Cormac McCarthy
Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy
Editorial Random House. 347 páginas. 1ª edición de 1985, ésta edición
es de 2020.
Traducción de Luis Murillo Fort
De Cormac McCarthy (Rhode
Island, 1933) había leído hasta ahora dos novelas, No es país para viejos
(2005) y La carretera (2006), que me gustaron pero que no me llegaron a
deslumbrar. Cuando hace ya años comenté en mi blog La carretera y dije que no me parecía un libro tan sobresaliente
como gran parte de la crítica afirmaba, recuerdo que algún lector, en el que yo
confiaba, me dijo que realmente no había leído las obras más importantes de
McCharthy, que serían, en principio, Meridiano de sangre y Todos
los hermosos caballos. Así que me quedé con la idea de que en algún
momento del futuro tenía que acercarme a estos libros. En diciembre, poco antes
de las vacaciones de Navidad de profesor, empecé a buscar información sobre Meridiano de sangre, y vi que muchos
críticos la consideraban una de las grandes novelas norteamericanas del siglo
XX. Me animé y la compré en una librería por internet. La empecé a leer el 1 de
enero de 2021, tras haber llegado al ecuador de los Cuentos completos de Thomas Wolfe.
El protagonista de Meridiano de
sangre es «el chaval», al que McCharty decide no darle un nombre, y de este
modo le convierte en un testigo un tanto genérico de toda la violencia que le
va a hacer contemplar. El chaval nace en 1833, y en el parto muere su madre,
algo que su padre alcohólico parece reprocharle. El chaval ha llegado al mundo
con un pecado original y los catorce años dejará su Tennessee natal, y se
lanzará al mundo. «No sabe leer ni escribir y ya alimenta una inclinación a la
violencia ciega.» (pág. 11)
Aunque McCarthy nació en Rhode Island, en el norte de Estados Unidos,
creció en Tennessee, que ya pertenece al sur, y aquí parece que se establece un
paralelismo entre el personaje y el autor. El chaval vagará por el sur de
Estados Unidos, Menfis, San Luis, Nueva Orleans, Tejas, etc.
La acción principal de la novela se va a desarrollar en 1849, cuando
el chaval tiene dieciséis años. El chaval ha sido arrojado a un mundo
tremendamente violento, un mundo de trabajos precarios, robos y mendicidad. Un
mundo de compañeros fugaces, en el que no es algo extraordinario que entren
tres amigos a beber en un bar y horas más tarde salgan dos, porque uno de ellos
ha muerto en una pelea.
McCarthy sitúa la acción de su novela en una época de fronteras
imprecisas entre Estados Unidos y México. En un principio, el chaval parece
encontrar acomodo como soldado en un ejército irregular que va a hacer su
propia guerra en el territorio mexicano. Cuando este ejército es desbaratado
por los apaches y él sobrevive, se unirá a otra formación mercenaria a la que
le pagan los mexicanos por acabar con los apaches. Una formación que si no
encuentra a apaches a los que arrancarles las cabelleras, para justificar un
cobro, no dudará en arrasar pueblos de mexicanos a los que hará pasar por
apaches para poder cobrar así las recompensas.
El mundo de McCarthy además de ser violento es profundamente amoral,
es un mundo sin Dios, un mundo de hombres que luchan y matan como si fuesen
animales salvajes, bajo la inclemencia de unas condiciones naturales extremas.
La compañía de mercenarios está capitaneada por Glanton, un líder
alocado y violento, pero su líder en la sombra ‒o «líder espiritual», como lo
llaman en la contra del libro‒ es el juez Holden. El juez Holden, que por
supuesto no es un «juez» real, es una de las creaciones más importantes de esta
novela. Holden es un hombre de más de 1,90 metros de altura y 150 kilos de
peso. De piel muy blanca en la que no tiene ni un solo pelo. Un hombre muy
cultivado e inteligente, que habla varios idiomas y cuyo vocabulario e ideas
están muy por encima que los de sus compañeros de aventuras. Sin embargo, el
juez Holden también es un refinado canalla, otro violento amoral muy acorde a
su grupo de acompañantes.
Según lo que he leído en internet, al personaje del juez Holden la
crítica lo relaciona con la obra de Herman
Melville, ya que considera que este personaje de McCarthy podría ser una
evocación del capital Ahab, pero, a la vez, también de Moby Dick. La blancura y
la ausencia de pelo de Holden nos conducen a Moby Dick y la obsesión y la
búsqueda al capital Ahab. Porque además de ser un erudito, Holden es un hombre
curioso, que va recogiendo muestras de rocas o de flora y fauna de cada lugar
por el que pasa la compañía, sobre las que anota en sus cuaderno. «Todo aquello
que existe, dijo. Todo cuanto existe sin yo saberlo existe sin mi aquiescencia.»,
leemos en la página 209 en boca del juez Holden, una muestra de su
autoproyección mesiánica.
En un momento del libro, el chaval y el juez Holden deberán
enfrentarse, y no nos encontraremos aquí, como podía ocurrir en Moby Dick, con una lucha entre el bien y
el mal, sino entre principios vivos diferentes, entre lo amoral y el mal, un
juego más sutil y fuera de las leyes de los hombres.
Las descripciones de la naturaleza son impresionantes en Meridiano de Sangre. McCarthy se ha
empapado de la fauna, la flora y la historia del territorio y la época que
retrata. En letra bastardilla aparecen en la novela palabras y frases que en el
original están en español. Incluso en estas frases el lector de lengua española
se puede encontrar con un vocabulario desconocido y remoto. En más de un caso,
la violencia de las escenas terrenales se desplaza hacia una mirada sobre las
estrellas, sobre su oscuridad y silencio, como si McCharty le quisiera decir al
lector que, en realidad, todo lo que está contando, todo el desgarro y la
muerte, son insignificantes a los ojos del universo, un universo enorme y sin
dios.
Los detalles narrativos son muy ricos y poéticos. Así, por ejemplo, en
la página 51 leemos: «Pasaron por Castroville, donde los coyotes habían
desenterrado a los muertos y esparcido sus huesos, y cruzaron el río Frío.»
Al leer Meridiano de sangre
he encontrado algunos paralelismos con La
carretera, publicada veintiún años después. La carretera está ambientada en un futuro cercano, en el que ha
habido un desastre (tal vez una guerra nuclear) y los pocos supervivientes
vagan por un mundo en cenizas, buscando latas de comida o recurriendo al
canibalismo. La carretera era una
novela sobre la violencia en el ser humano, una vez que cualquier idea de
Estado o comunidad ha desaparecido. En Meridiano
de sangre la violencia y el poder de las armas rigen los designios de sus
personajes, de un modo casi similar al de La
carretera, porque en esa frontera huidiza el poder estatal parece ausente.
Los norteamericanos, los mexicanos o los apaches, todos son violentos y ejercen
las violencia sobre los demás en la medida que pueden. «El sendero se
estrechaba entre unas rocas y al poco rato llegaron a un arbusto del que
colgaban bebés muertos.», leemos en la página 67 de Meridiano de sangre, un detalle de violencia extrema que podríamos
haber encontrado en La carretera. Una
referencia más directa; en la página 171 de Meridiano
de sangre leemos «Una de las yeguas había parido en el desierto y aquella
frágil criatura pronto fue espetada en una vara de paloverde colgada sobre las
brasas mientras los delaware se pasaban una calabaza que contenía la leche
cuajada extraída de su estómago.» En La
carretera un grupo de hombres tienen retenida a una mujer embaraza y cuando
da a luz también hacen un espeto con el bebé (en este caso humano) y se lo
comen. Imagino que McCarthy sería consciente de la repetición de escenas, y
quiso colocar en La carretera una
mucho más espeluznante que la de Meridiano
de sangre. Sin embargo, me parece que Meridiano
de sangre es un logro literario mucho mayor que La carretera.
Si bien, Meridiano de sangre
huye de la introspección, y todos los personajes van a quedar definidos por sus
palabras y sus actos y no por sus pensamientos, la lectura de Meridiano de sangre acaba siendo
hipnótica por la evocación de una época, una naturaleza y las relaciones
brutales entre los hombres. Meridiano de sangre es una de las más
grandes novelas norteamericanas que he leído.
domingo, 15 de agosto de 2021
Literatura boliviana en mi canal literario
En mi canal literario de YouTube, Bienvenido, Bo, hablo de los libros que he leído de la literatura ecuatoriana.
Si te apetece verlo, PINCHA AQUÍ.
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domingo, 8 de agosto de 2021
Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos
Río de las congojas, de Libertad Demitrópulos
Editorial FCE, 161 páginas. 1ª edición de 1981, ésta es de 2014
Río de las congojas de Libertad
Demitrópulos (Jujuy, 1922 – Buenas Aires, 1998) es el tercer libro que leo
de la Serie del Recienvenido,
colección de libros encargada por la editorial
mexicana FCE al escritor argentino Ricardo
Piglia. La labor encomendada a Piglia consistía en que éste propusiera
rescates de la fértil literatura argentina que hubieran caído injustamente en
el olvido. Le dio tiempo a seleccionar trece libros antes de que le llegara la
lamentable hora de su muerte, siempre prematura. De la Serie del Recienvenido
había leído anteriormente Hombre en la orilla de Miguel Briante y Nanina de Germán García. Uno de mis proyectos es
leer los trece libros, porque Piglia ‒que además de ser un gran escritor era
también uno de los grandes teóricos de la literatura‒ no dispara con balas de
fogueo, y la muestra de tres que llevo de esta colección me parece de un nivel
impresionante.
Desde que empecé a comentar libros en un canal de YouTube (David Pérez
Vega – Bienvenido, Bob) uno de mis vídeos más vistos ha sido el de mi canon de
las diez mejores novelas argentinas. Al finalizarlo, le pedía al público que me
recomendara grandes novelas argentinas escritas por mujeres, porque mi canon
estaba formado solo por hombres y quería romper esa tendencia. Entre las
recomendaciones que recibí destacaba la novela Río de las congojas de Libertad Demitrópulos, libro publicado en
1981 y del que ya había oído hablar porque formaba parte de la Serie del
Recienvenido comentada. Este fue uno de los libros que compré en mi primera
visita a la nueva librería madrileña Lata
Peinada, especializada en literatura latinoamericana.
Dice Ricardo Piglia en el prólogo: «A pesar de nuestra pobre historia
colonial ‒o a causa de ella‒, la literatura argentina puede jactarse de tres
obras maestras que reconstruyen imaginariamente la conquista española del Río
de la Plata. Río de las congojas de
Libertad Demitrópulos es una de ellas ‒quizás la más pasional y la más lírica‒;
las otras dos, inolvidables, son Zama
de Antonio Di Benedetto y El entenado
de Juan José Saer. Las tres forman una suerte de inesperada trilogía y se
instalan en un territorio fantasmal, que está en el principio de nuestra
memoria histórica, delimitado por Buenos Aires, Asunción y Santa Fe.»
En el libro no hay ninguna fecha concreta, pero sí se relatan algunos
hecho históricos constatables y aparecen personajes históricos reales, principalmente
el conquistador español Juan de Garay. En 1573, Garay fundó la ciudad de Santa
Fe, en el que sería su primer emplazamiento; se movería 80 años después para
evitar los ataques de los guaycurúes.
El viaje a Santa Fe se organizó desde Asunción, y desde Santa Fe saldría, río
abajo, la expedición encargada de refundar Buenos Aires en 1580.
Juan de Garay aparece como personaje secundario en la trama de Río de las congojas, pero los principales
son Blas de Acuña y María Muratore.
Blas de Acuña es un anciano de cien años cuando empieza a relatarnos
algunos de sus recuerdos como fundador de San Fe, y como soldado que combatió
en un gran número de ocasiones contra los indios para poder mantener la ciudad.
María Muratore será una joven que también llegó en esa expedición y que, más
tarde, continuará hacia Buenos Aires, detrás de su admirado Juan de Garay. En
gran medida, Río de las congojas es
una novela sobre amores contrariados: Blas de Acuña ama a María Muratore sin
ser correspondido, y ésta ama a Juan de Garay sin ser tampoco su amor
correspondido. Isabel Descalzo, por su parte, sin amar apasionadamente a Blas,
sí desea casarse con él, porque su padrastro le dejó una herencia envenenada,
tanto a ella como a Blas: Blas heredaría una chacra, donde le gustaría vivir,
con la condición de que se case con Isabel. Ella está conforme con este
acuerdo, pero Blas no. Los pleitos, los desencuentros ‒y también los encuentros‒
se sucederán entre ellos.
Blas de Acuña es el narrador de una parte de los capítulos de Río de las congojas, y de otra será
María Muratore. Sin embargo, aunque durante los dos primeros tramos de la
novela se van intercalando estos dos narradores, hacia el final nos encontraremos
con un capítulo narrado por Isabel Delcazo, y alguno más por un narrador
innombrado. Así que, como podemos observar, la estructura de la novela es
bastante abierta. El tiempo narrativo tampoco se organiza de un modo lineal,
sino que son frecuentes los saltos temporales hacia delante y hacia detrás. En
este sentido, una de las influencias de la novela puede ser la narrativa de Gabriel García Márquez o la de la Elena Garro de Los recuerdos del porvenir.
Además, en alguno de los últimos capítulos, parece establecerse una
conversación entre algunos de los supervivientes de las peripecias vitales
contadas y algunos de los muertos. En esta parte, Demitrópulos se acerca a lo
«real maravilloso», o más sencillamente al «realismo mágico» de la gran época
del boom latinoamericano.
En María Muratore, Demitrópulos ha querido dibujar a una mujer muy
libre y muy adelantada a su tiempo; una mujer que sabe manejar armas con la
misma destreza que un curtido soldado varón y que decide sobre su destino, sin
que éste sea el de buscar el matrimonio, como ocurría con el personaje de
Isabel Descalzo. María Muratore no dudará en travestirse para hacerse pasar por
hombre, en una época en la que los hombres ‒motivados por la fuerza
eclesiástica‒ están dispuestos a apedrear a una mujer a que consideran
«pecadora», algo que ocurrirá con el personaje de Ana Rodríguez, que ha sido
una de las amantes de Juan de Garay.
En realidad, debería apuntar que, muy por encima de las anécdotas
históricas relatadas, intercaladas con las vivencias de sus personajes
inventados, la gran aventura que propone Río
de las congojas es una aventura del lenguaje. Demitrópulos recrea, o más bien
inventa, un lenguaje arcaizante lleno de lirismo. Por ejemplo usa mucho la
expresión «los despueses» por «el futuro» o usa un apabullante lenguaje que
describe la naturaleza. Por ejemplo, en la página 30 podemos leer «bordea
callejuelas con cercos de tasis y pisingallos». Descubro en internet que
«tasis» es una especie de enredadera y que «pisingallo» es una variedad del
maíz, que se usa para preparar pochoclo. Con esto no quiero decir, que sea muy
complicado leer Río de las congojas,
sino, más bien, que su libertad expresiva es muy estimulante. Y como metáfora
simbólica recurrente siempre nos encontramos con el río Paraná que desembocará
en el Río de la Plata, en el ir y venir de los personajes entre Asunción, Santa
Fe y Buenos Aires. «Garay preparó otra salida al sur, buscando ese puerto donde
hubo una ciudad quemada, para volver a levantarla. Sacó hombres de Santa Fe y
se fue un día por el río tragahombres, más negro que nunca, río de las
congojas, enemigo del amor.» (pág. 37)
Leí El entenado de Juan José
Saer, Zama de Antonio Di Benedetto y
ahora leo Río de las congojas de
Libertad Demitrópulos. Tres obras magníficas, siendo, como dice Piglia ésta
última «la más pasional y la más lírica». Río
de las congojas es una delicia.
domingo, 1 de agosto de 2021
Adiós mariquita linda, por Pedro Lemebel
Adiós mariquita linda, de Pedro Lemebel
Editorial Mondadori. 191 páginas. 1ª edición de 2004; ésta es de 2006.
Ya comenté que había releído Tengo
miedo torero –reeditado recientemente por la nueva editorial Las afueras, la única novela que
escribió Pedro Lemebel (Santiago de
Chile, 1952 – 2015), después de unos quince años, y me que había vuelto a
gustar mucho. A continuación me apeteció seguir con él y tomé de mis
estanterías de libros por leer Adiós mariquita linda, que compré en
el verano de 2020 en una librería de segunda mano de Palma de Mallorca.
Adiós
mariquita linda es un libro en el que se reúnen treinta crónicas,
publicadas en su mayor parte en la revista chilena Clinic. Son textos muy apegados a la primera persona y a la
subjetividad personal, y la diferencia entre el concepto de «crónica» y
«autoficción» me parece, por tanto, muy difuso.
Las crónicas están agrupadas en
diferentes secciones. La primera se titula Pájaros que besan, y contiene cinco
narraciones sobre jóvenes que Lemebel conoce en la calle y que acaban siendo
sus amantes ocasionales. Lo primero que me llama la atención es que, aunque
estaba escrita en tercera persona, la novela Tengo miedo torero, situaba el punto de vista en el de la Loca del
Frente, un gay de edad que se enamora de un joven. En la relación que
establecen en esta novela, el joven es una persona culta y la Loca no lo es. En
estas crónicas existe un paralelismo con la novela, puesto que «la loca» mayor
se enamora de jóvenes que, en más de un caso, son heterosexuales; pero también
hay una clara diferencia: en el caso de las crónicas la persona culta es «la
loca» y los jóvenes suelen ser chicos de baja cultura, escapados a la capital
desde pueblos pobres del sur. Este sería el caso, por ejemplo, de «el Wilson»,
objeto de deseo en la primera crónica, la titulada precisamente El
Wilson. «Algo se podrá hacer, cualquier cosa, cualquier trabajo, todo
sea por unas monedas, porque no tengo dónde quedarme, y ahora estoy parado en
el Hogar de Cristo.», le dice el Wilson a Lemebel en su primer encuentro, tras
reconocerlo por la calle y preguntarle si él era el escritor que salió por la
tele. En estos textos, Lemebel es ya un escritor reconocido y que disfruta de
cierto prestigio social, aunque él parece desear un éxito más sexual que
económico y social y que, en gran medida, ese éxito sexual pertenece ya más a
su pasado que a su presente. Es habitual que los chicos a los que conoce en la
calle le acaben preguntando si los va a sacar en alguna de sus crónicas, y esta
parece ser una de sus aspiraciones.
«Escribe para dar a conocer, sin
remilgos ni temores; inventa, fantasea, exagera: entonces la crónica se
aproxima y se funde con la ficción.», dice la contraportada. Pero antes de
leerla, estaba ya pensando que estas crónicas no eran del todo realistas, o que
no tenían por qué serlo. Por ejemplo, en Se llamaba José, Lemebel denomina al
chico que conoce con el calificativo de «felino triste», un poco más adelante
sabremos que en su pueblo le apodaban «el Puma» y más tarde, tras visitar el
zoológico, Lemebel le contará al lector que su puma se ha escapado y vaga por
las calles de Santiago. El juego de paralelismos entre «el Puma» humano y el
del zoológico me parecía demasiado perfecto como para ser real, así que busqué
en internet la noticia sobre un ese puma escapado del zoológico, sin
encontrarla, como esperaba. Aquí ya me quedó claro que lo que leía podía ser
real o ficción y que Lemebel no daba demasiada importancia a esta división, que
lo que le interesaba era la coherencia interna de su texto narrativo.
Me ha hecho gracia que en Ojos
color amaranto, Lemebel conversa con un joven en la fiesta del Partido
Comunista, quien le espeta que hay un error en la escena final de Tengo miedo torero, puesto que desde
Laguna Verde no se ve Valparaíso, como afirmaba él en el libro que ocurría,
ante el disgusto del autor, quien, a pesar de esto, quiere quedar con el chico
para ir a Laguna Verde, comprobarlo y repetir el final de la novela.
La segunda parte se llama Matancero
errar, y las crónicas tratan sobre eventos literarios a los que Lemebel
es invitado. Lo que se narra aquí casi siempre tiene que ver con la incapacidad
del narrador para cumplir con las obligaciones a las que se ha comprometido
como autor, o bien porque le tira más la juerga y el deseo sexual o por
desavenencias políticas con las personas que le invitan. En este sentido es
divertido el texto Welcome, San Felipe, donde Lemebel y su amiga África Sound
viajan hasta un pueblo donde van a homenajear a Lemebel, pero éste se preocupa
cuando descubre que el alcalde es de derechas y, aunque se había prometido no
hacerlo, acabará montando un número en un restaurante en el que coinciden.
Imagino que esto será una exageración o una fantasía, pero, en cualquier caso,
resulta una narración estimulante y atractiva.
En Volando en el ala derecha
se narra un encuentro entre personas destacadas del régimen de Pinochet y
Lemebel en un aeropuerto. «Seré maricón pero no cargo en mi conciencia ningún
asesinato, pude decir con la voz estrangulada por el miedo. (…) Nunca después
de la dictadura me sentí tan desprotegido como en esa ocasión. Nunca más volví
a sentir el terror amargo que se experimentaba cuando ellos tenían el poder,
cuando a uno le podía pasar lo peor y nadie sabía, o a nadie le importaba.»
(pág. 57). De fondo, siempre existe en estas crónicas una crítica, directa o
indirecta, a la pasada dictadura pinochetista.
En Todo azul tiene un color,
el tono de las crónicas se vuelve más serio para relatar un viaje, como
escritor invitado, a Cuba. Especialmente conmovedoras son las páginas que dedica
a un joven que conoce, que es un pintor escapado de un sidario.
El tono más serio continúa en A
flor de boca, donde se recorren distintos paisajes de Latinoamérica,
como el Perú precolombino, y Lemebel se reivindica como descendiente de nativos
americanos.
Chalaco Amor (Sinopsis de novela) es el texto
más extenso del conjunto, y en él Lemebel evoca ‒ante un nuevo chico que ha
conocido en la calle‒ un viaje del pasado por Perú, a la gente que conoció en
él y las aventuras que vivió entonces. En Bésame otra vez, forastero, que
sería la siguiente parte del libro, Lemebel muestra fotos tomadas en los viajes
de las crónicas anteriores, y dibujos que pintaba entonces.
Luego sigue la parte de las Cartas,
donde Lemebel conversa con diferentes personas, algunas ya muertas.
La última parte, Adiós
mariquita linda, reúne diversas crónicas que tienen un poco de todos
los elementos anteriores. Destacaría el texto Un poquito de pintura para Bosé,
donde se habla sobre un desencuentro con el cantante español, que acaba siendo
divertido, y El asalto a los chinos gay, donde Lemebel relata el atraco que
él y unas amigas sufrieron en un restaurante.
Lemebel en más de una ocasión busca
epatar al lector, y elige la descripción de momentos feístas en sus crónicas.
De este modo, empieza una tomando el teléfono «sentado en el trono», y contesta
«con el mojón colgando». En otras ocasiones, se quiere epatar más desde un
punto de vista sexual, como la ocasión de madrugada en la que borracho, Lemebel
acaba masturbando a un perro. Como ocurría con el protagonista de Tengo miedo torero, Lemebel a veces
habla de sí mismo en femenino y a veces en masculino.
En cualquier caso, el lenguaje es
muy rico y exuberante, convirtiéndose en uno de los protagonistas de estas
crónicas. Destaco esta construcción: usar un nombre como adjetivo. Dejo aquí
algunos ejemplos: «agua chocolate», «noche jungla» o «calle dictadura».
Después de acabar Tengo miedo torero, me ha gustado volver
a encontrarme con el humor, la ternura y el pensamiento político de Pedro
Lemebel, en Adiós mariquita linda, un
libro de textos que al final acaban leyéndose casi como los distintos capítulos
de una novela, hermanados por la misma voz narrativa.
domingo, 25 de julio de 2021
El palacio de hielo, de Tarjei Vesaas
El palacio de hielo, de Tarjei Vesaas
Editorial Trotalibros. 204 páginas. 1ª edición de 1954; ésta es de
2021.
Traducción de Kirsti Baggethun y Mª Asunción Lorenzo
Ya comenté en la reseña de La
guardia de Nikos Kavadías,
que había empezado a leer El palacio de hielo (1963) de Tarjei Vesaas (Vinje, Noruega, 1897 –
1970), el segundo libro de la editorial
Trotalibros, especializada en rescates. Trotalibros es una editorial
dirigida por el joven Jan Arimany,
que surge de un canal de Youtube del mismo nombre. El palacio de hielo se publicó por primera vez en España en 2007,
en la última etapa de la editorial
Bruguera, que debió quebrar poco después. Estos libros aún es frecuente
encontrarlos en las librerías de segunda mano. Así que la vida comercial de El palacio de hielo, un clásico de las
letras noruegas, fue bastante efímera en España y es un libro que merecía una
segunda oportunidad.
Siss y Unn tienen once años y viven
en un pueblo noruego. Unn ha llegado hace no mucho a este pueblo porque vivía
con su madre en otro lugar y al fallecer ésta ha sido acogida por una tía
mayor, que vivía sola en el pueblo en el que transcurre la narración. Siss es
una chica líder en su clase que, desde el primer día, ha experimentado una
atracción por Unn, a la que siente como alguien cercano. Sin embargo, cuando
empieza la novela aún no ha surgido una posible amistad entre ellas. Siss ha
invitado a Unn a unirse en el recreo a los juegos de los niños de la clase,
pero ella lo ha rechazado y permanece sola pegada a una pared. Los demás
respetan su silencio, su aislamiento voluntario.
La novela empieza el día en el que
Unn invita al fin, en el colegio, a Siss a visitarla en su casa esa tarde. Siss
acudirá allí, horas más tarde, con grandes expectativas, sintiendo que éste es
el comienzo de la que puede llegar a ser una gran amistad. La novela está
contada en tercera persona, pero ‒mediante la técnica del estilo indirecto
libre‒ el autor acerca mucho al lector a los pensamientos de los personajes. De
hecho, en algunos momentos cede la voz narrativa a sus pensamientos.
«Camino de algo apasionante, Siss
pensaba en lo que sabía de Unn, y andaba erguida y terca, procurando mantener a
raya el miedo a la oscuridad», leemos al principio del segundo capítulo, en la
página 13. Estamos en otoño y el invierno se acerca. Aunque ya se está
empezando a hacer de noche, los padres de Siss no tienen ningún problema en
dejarla ir sola a la casa de Unn, ya que no consideran que el pueblo y sus alrededores
boscosos entrañen ningún peligro. El lector siente el miedo de Siss hacia los
bosques oscuros, camino de la casa de Unn, y al no saber hacia dónde se dirigía
la narración, al principio pensé que se podía tratar de una novela de terror, o
con presupuestos cercanos al terror, y El
palacio de hielo me empezó a recordar al Ray Bradbury de La feria de
las tinieblas, que también sitúa su acción en el otoño, se ocupa de niños
que están dejando de serlo y su prosa nos habla de un mundo extraño, repleto de
posibles peligros. «La oscuridad a los lados del camino. No tiene forma ni
nombre, pero el que anda por aquí nota que aparece, que le persigue y le hace
sentir arroyos corriéndole por la espalda.» (pág. 38)
El palacio
de hielo tiene un giro argumental que no me gustaría desvelar, porque quizás esto
pueda estropear en parte la aproximación adecuada del posible lector a esta
notable novela de los países nórdicos. Diré que el tema principal de El palacio de hielo es el de la asunción
del duelo por la muerte de las personas cercanas en la infancia. Es un tema
delicado, que Tarjei Vesaas trata con mucha elegancia. Los personajes
principales de esta novela tienen once años cuando los conocemos y, al
finalizar el libro, no muchos meses después, algo va a haber cambiado
profundamente en ellos, algo que les ha llevado a dejar atrás la infancia, o al
menos una parte muy significativa de ella.
Vesaas da mucha importancia en su
historia a la naturaleza, al paso de las estaciones, que también puede
simbolizar el paso de las etapas vitales de las personas. Así, abundan las
descripciones sobre la naturaleza me muestran su grandeza, su belleza y su
peligro. El gran lago cercano al pueblo (había un lago con estas características
cerca del pueblo natal de Tarjei Vesaas) se encuentra helado al comienzo de la
novela, y en él los niños pueden patinar. Poco después el lago se cubrirá de
nieve, marcando el comienzo del invierno y el fin de la temporada de patinaje.
A este lago viene a dar un río desde una cascada. En otoño parte de la cascada
se congela y el agua fluye por debajo. Esta cascada helada será «el palacio de
hielo» al que alude el título, un lugar de enorme importancia en la trama de la
novela. Un lugar de gran belleza y a la vez terrorífico, un lugar donde la
naturaleza anua su capacidad de fascinación y muerte, el «eros» y el «tánatos».
Un «tánatos» presente de forma explícita en la novela y un «eros» presente de
forma implícita, como la idea de vida que va a florecer en las jóvenes
protagonistas que están dejando de ser niñas.
En la reseña de La guardia (1954) de Nikos Kavadías dije que la decisión de
Jan Arimany de comenzar su editorial Trotalibros con esta novela me parecía
arriesgada y valiente. Lo decía porque Trotalibros es una editorial que surge
de un canal de YouTube, un canal que se relaciona con otros canales que
promueven la lectura de libros LGTBI, literatura de mujeres, libros asiáticos,
antirracistas, etc., y, en este contexto podía chocar la crudeza, no
políticamente correcta, de los marineros de La
guardia. En este sentido, la elección de El palacio de hielo me parece mucho más adecuada a las expectativas
del posible comprador de las narraciones que se ha propuesto rescatar
Trotalibros. El palacio de hielo de
Tarjei Vesaar es un clásico de las letras escandinavas, un libro muy sutil y
poético sobre la infancia, la naturaleza y la belleza cruda y desolada de vivir
y morir, sobre la aceptación de los ciclos de la vida. Sin duda, El palacio de hielo se merecía una nueva
oportunidad en el mercado español. De nuevo, como ya hice al comentar La guardia, quiero desearle desde aquí
una gran andadura a la nueva y elegante editorial Trotalibros.
martes, 20 de julio de 2021
Mi novela Esto no es Bambi en La orilla de las letras
ESTO NO ES BAMBI, en LA ORILLA DE LAS LETRAS
«La mayoría de universitarios sueñan con encontrar un buen puesto de trabajo acorde con su formación, si es posible, nada más acabar la carrera. Pensemos, por ejemplo, en estudiantes de empresariales. Si ese puesto de trabajo es, además, en una de las mejores empresas auditoras de España, el sueño se vuelve pura fantasía. Todos sabemos que, sin embargo, los sueños pueden fácilmente convertirse en pesadillas. Y si no, que se lo digan a los protagonistas de Esto no es Bambi, la novela de David Pérez Vega de la que hoy hablaremos.
La
acción nos traslada a los comienzos del presente siglo. En esta época pocas son
las grandes empresas auditoras de cuentas del mundo. Una de ellas trabaja en
España: William Golding. A ella llegan cada año montones de candidatos, casi
todos procedentes de las más prestigiosas universidades privadas. Los jóvenes
comienzan con entusiasmo e interés los cursos de formación. Algunos incluso
podrán viajar para seguir formándose a la sede de Chicago de la empresa. Una
vez en su nuevo puesto de trabajo, sin embargo, todos se toparán con la cruda realidad:
jornadas maratonianas de trabajo, incomprensión por parte de los jefes,
prácticas del todo dudosas, competencia desleal entre compañeros…
Marta
María Lindsay, Carmen, Alfonso, Nerea, Daniel y Javier son seis de los
universitarios que fueron reclutados al mismo tiempo por parte de la compañía.
Los seis pasaron por el curso de contabilidad en Madrid, aunque no todos fueron
después a completar su formación en Chicago. Todos comenzarían con ganas el
trabajo, con dispares resultados al cabo del tiempo.
En
esta novela veremos cómo cada uno de nuestros protagonistas pasa por una
distinta fase. Así, todo comienza con la pija Marta María Lindsay en el curso
de contabilidad y acaba con el triunfador Javier, cuando muchos de sus
compañeros se han quemado con el trabajo y la empresa ha sido absorbida por
otra al estallar un importante escándalo financiero relacionado con la misma.
Marta
María Lindsay es una pija con una forma muy peculiar de hablar; Carmen es una
joven religiosa que sueña con salir con un compañero de trabajo; Alfonso es el
chico ambicioso consciente de los orígenes de su familia; Nerea es la chica que
estudió, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, en una universidad
pública y no se sabe todavía cómo encajar en el grupo; Daniel es el escritor
que definitivamente nunca debería haber empezado a trabajar en la empresa; y
Javier es el hombre triunfador que acabará viendo cómo todo se desmorona a su
alrededor.
¿Qué
tienen en común nuestros seis personajes, además de trabajar todos en el mismo
lugar? Las grandes empresas son mastodónticas máquinas de hacer dinero. No hay
que olvidar que en ellas, sin embargo, trabajan personas. Las personas nunca
podrán ser máquinas, como bien sabe David Pérez Vega. Las personas tienen
sentimientos, son imperfectas, y así las vemos aquí: con sus maneras
características de expresarse, sus anhelos, sus aspiraciones y todos esos
pequeños detalles que nos hacen a todos únicos.
Si
bien todos los personajes me parecen destacables por sus cualidades, a mí el
que más me ha gustado de todos ellos es Daniel, el futuro escritor que tanto se
parece al autor de esta obra (ya que David Pérez Vega se ha basado en su propia
experiencia de juventud a la hora de escribirla). Daniel es un joven que no
entiende bien qué hace en la empresa, por qué le hacen trabajar tanto y qué
tiene que hacer para contentar a sus jefes. Daniel sueña con escribir novelas
literarias mientras averigua que la labor de los auditores no consiste en otra
cosa que en hacer que las cuentas de los clientes no tengan contradicciones
internas, es decir, que no se note mucho que le están mintiendo al fisco.
Daniel es inteligente a la par que inocente: el chico que despierta a la
realidad para darse cuenta de que no todo es siempre más complejo de lo que las
mentes idealistas creen, sino también, más cruel. Daniel, en definitiva, es el
más consciente de todo lo que pasa a su alrededor de todos ellos.
Llegados
a este punto, cabe preguntarse: ¿de qué va en realidad obra? Esto no es Bambi es una novela satírica
con seis narradores distintos (nuestros seis protagonistas) en la que, además
de humanizar al sector, concretamente, a los empleados del mismo, el autor
viene a destacar la impunidad con la que tanto tiempo se hicieron (mal) las
cosas, los acuerdos que tomaban las empresas auditadas y las que las auditaban
y, sobre todo, la esclavitud del sector. Y es que lo que desde fuera puede
parecer una maravilla, un trabajo estupendo en una gran empresa, en realidad es
prácticamente una condena a trabajos forzados. Los empleados del sector son
reclutados jóvenes, formados en clases que duran muchas horas y animados a
estar siempre los unos con los otros para estrechar los lazos con la empresa.
Una vez incorporados a su puesto de trabajo, el auditor de cuentas ha de ver
cómo su pelo se va día tras día por el desagüe por culpa del estrés que supone
trabajar hasta dieciséis horas al día, dormir poco y alimentarse peor. ¿Que el
sueldo merece la pena? Solo para los que están en los escalones más altos.
Mientras tanto, los pececillos del fondo han de matarse entre sí para seguir
escalando posiciones. O rendirse y marcharse a otra empresa.
Esto no es Bambi,
en definitiva, es una original obra sobre el mundo de las grandes empresas. Se
trata esta de una novela con la que despertar conciencias, pero también con la
que divertirse. Una historia con la que plantearse el mundo en el que vivimos y
tomar una decisión: ¿estamos o no de parte del capitalismo más salvaje?»
domingo, 18 de julio de 2021
La guardia, de Nikos Kavadías
La guardia, de Nikos Kavadías
Editorial Trotalibros. 256 páginas. 1ª edición de 1954; ésta es de
2021.
Traducción de Natividad Gálvez García
Después de doce años escribiendo
reseñas literarias en mi blog Desde la
ciudad sin cines y en webs de libros, en 2020 ‒en gran medida imbuido por
el inmovilismo del confinamiento‒ empecé a hacer vídeo reseñas en YouTube, en
un canal llamado David Pérez Vega ‒
Bienvenido, Bob. Para desenvolverme en este nuevo medio, me fijaba en
booktubers con más experiencia que yo, y así llegué al canal de Trotalibros,
conducido por el joven Jan Arimany.
En enero de 2021, Jan ha creado una nueva editorial, llamada igual que su
canal, que supera ahora los 17.000 suscriptores. La editorial Trotalibros que,
ahora mismo, acaba de sacar su cuarto título, está especializada en rescates
literarios. La guardia (1954) del griego Nikos Kavadías (Manchuria, 1910 – 1975), aparecida en enero, es el
primer título de la editorial.
He seguido los vídeos en los que Jan
hablaba de la creación de la editorial y del proceso de su puesta en marcha. Lo
cierto es que todo esto me generó una gran empatía hacia su proyecto, y me
apeteció comprar La guardia para
apoyar su apuesta por la literatura de rescates. Kavadías es recordado en
Grecia principalmente por su obra poética, que aparece en los libros escolares,
y La guardia (1954) es su única
novela. Kavadías nació en Manchuria porque sus padres se dedicaban al comercio
de importación y exportación, y eran griegos de la isla de Cefalonia, de donde
van a ser los personajes principales de su novela. Kavadías pasó ya su
adolescencia en esta isla y, al morir su padre, cuando él tenía diecinueve
años, se embarcó y trabajó durante toda su vida como marinero; mundo que evocan
sus poemas y también su novela. En realidad, su oficio principal en alta mar
fue el de radiotelegrafista. Significativamente, la isla de Ítaca está muy
cerca de la de Cefalonia, y las dos son nombradas en la novela, creando una
comunicación con la literatura clásica griega, principalmente con La
Odisea de Homero. Al igual
que les ocurrían a Ulises y sus marineros, los griegos que viajan en el barco Pytheas
no ven el momento de poder regresar a su hogar. El Pytheas es un viejo
carguero, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, que en el presente
narrativo de la novela navega cerca de Singapur. La traducción de La guardia se publicó por primera vez en
España a principios de los años 90, y he especulado con la idea de que cayera
en las manos del escritor colombiano Álvaro
Mutis y de que pudiera influirle en la creación de las siete novelas de Empresas
y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, donde también muestra una gran
pasión por los marineros y los viejos barcos que recorren los mares, como
apátridas sin hogar.
La novela está dividida en tres
partes. La primera contiene cinco capítulos, titulados Primera guardia, Segunda
guardia… y en ellos se le muestran al lector las conversaciones que tienen
lugar entre diversos marineros, en ese tiempo muerto de la noche en el que les
toca vigilar el barco, estando de guardia.
La novela empieza con el joven de
diecisiete años Diamandís, que va a pedir consejo al oficial Yerásimos sobre un
grano que le ha aparecido en sus genitales. Yerásimos lleva a Diamandías ante
el radiotelegrafista Nick (que parece un trasunto del propio autor). Oficial y
radiotelegrafista, que sobrepasan los cuarenta años, tratan de tranquilizar al
chico ante la enfermedad venérea que ha adquirido por acostarse con una
prostituta en Argel. Los dos cuarentones despotrican, en principio, contra el
joven, para acabar recordando que, en realidad, ellos hicieron las mismas
cosas, en sus comienzos como marineros, unas décadas atrás. El oficial y el
radiotelegrafista se dan cuenta de que habían coincidido en otros barcos,
dieciocho años antes, y la enfermedad del joven propiciará su reencuentro y
desencadenará sus recuerdos.
En la segunda parte, el
radiotelegrafista, empezará a beber después de tres años de sobriedad; y el
presente narrativo, el pasado y los sueños se alternarán, dando paso a unas
páginas en apariencia desordenadas y alucinatorias. En la tercera parte
seguiremos algunas de las andanzas de los marineros en tierra, un lugar que no
parece ya adecuado para su alma nómada, su alma maldita.
La novela (sobre todo en su primera
parte) está construida en gran medida con diálogos. Los marineros, en las
largas noches de guardias, hablan de sus hogares, de sus noches de borrachera
en tierra, de sus trapicheos con las cargas y las aduanas, y de mujeres. Alguno
piensa que no es buena idea para un marinero casarse y tener un hogar (el
propio Kavadías nunca lo tuvo), porque las largas temporadas en el mar hacen
que sus mujeres les sean infieles y acabarán desconociendo a sus hijos. Cuando
los marineros hablan de mujeres, principalmente hablan de prostitutas. El libro
es áspero en este sentido, los personajes son profundamente machistas y éste es
el mundo que Kavadías quiere mostrarle al lector. También nos hablará, por
ejemplo, de la compra de una chica de trece años, con fines sexuales, que se
acabará vendiendo en otra ciudad.
Si algún lector busca en la
literatura reconfortarse de los avatares de la vida corriente y desea empatizar
con unos personajes que le refuercen sus ideas, desde luego La guardia no va a ser su libro. A mí,
que considero que una de las funciones de la literatura ha de ser la de
revolver al lector, la de hacerle enfrentarse al límite de sus convicciones y
creencias, esta sórdida realidad mostrada me ha interesado. El estilo de
Kavadías es sobrio, pero repleto de toques poéticos. Sobre todo en la primera
parte, las anotaciones entre un diálogo y otro son, en muchos casos, frases
escuetas que parecen anotaciones teatrales.
Jan, el editor, compara en una vídeo reseña, que se puede ver en su canal,
el estilo de Kavadías con el de sus admirados William Faulkner, Joseph
Conrad o Juan Rulfo. Quizás sea
una exageración, pero este joven editor consigue transmitir un entusiasmo
verdadero.
Si bien el estilo literario de
Kavadías y el mundo marino que retrata han llamado mi atención, creo que,
además del problema comentado sobre la idea del «libro reconfortante» que puede
asustar a más de un lector bisoño, otro factor que impide a La guardia la posibilidad de poder ser
un bestseller es la falta de
continuidad narrativa. Los marineros recuerdan anécdotas, que la lógica nos
dice que, en muchos casos, deben ser reales y tomadas de la memoria del autor,
y el lector lee pequeñas narraciones, recuerdos de borracheras y prostíbulos,
en diversos puertos del mundo, sin que exista una clara construcción
novelística. Y quizás la formación poética del autor se ve más clara en este
defecto de la forma, que en la virtud que le lleva a usar un registro bello ‒aunque
áspero‒ del lenguaje. En algunas páginas, me he encontrado sin saber qué
marinero era el que estaba contando una anécdota, y esto dificultaba mi deseo
de seguir leyendo.
En cualquier caso, me parece que la
decisión de Jan Animary de comenzar la andadura de su editorial con este título
es arriesgada y valiente. Arriesgada porque al público al que, en principio, se
dirige procede de su canal literario Trotalibros. Y las personas que buscan
información literaria a través de YouTube, en vez de a través de suplementos o
webs culturales escritas, es más joven que la segunda, y tengo la impresión de que
más tendentes a la búsqueda de una literatura de valores positivos, que La guardia no promueve. Es decir, he
visto que en algunos canales literarios, conectados con el de Trotalibros, no acaban de apreciar
libros como Crimen y Castigo de Fiódor
Dostoievski o Lolita de Vladimir
Nabokov, porque no pueden aceptar que sus personajes sean un asesino y un
pederasta. Y a este público le enrostra Jan una novela sobre marineros que
comprar y venden a chicas de trece años con fines sexuales.
Me parece valiente la decisión de Jan porque La guardia no es un libro de fácil
lectura, es un libro que requiere de un lector exigente. Y todo esto me hace
pensar que la apuesta literaria de Jan es realmente seria.
En algunos vídeos, he visto cómo Jan
da importancia a la presencia física del libro, y en este sentido la edición de
La guardia es de un diseño y de una
prestancia destacables.
La traducción que Natividad Gálvez García realizó de este
libro a principios de la década de 1990 ha sido profundamente revisada ahora
por ella misma. La calidad del resultado está muy cuidada, y es de agradecer la
personal nota final del editor.
Me interesa este cambio de paradigma
que propone una editorial surgida del mundo de Booktube y, desde aquí, le
quiero desear a Jan Arimany toda la fortuna posible. ¿Un canal de YouTube, en el
que el público puede seguir las decisiones que toma el editor, puede generar
más empatía y deseos de compra de un libro en un lector que las vías
tradicionales, la presencia en librerías del libro o las reseñas en suplementos
culturales? Observo todo esto con gran curiosidad, tanto como lector como
profesor de Gestión de empresas.
Ya estoy leyendo el segundo título
de la editorial, El palacio de hielo, de Tarjei
Vesaas, un clásico noruego de 1963.








