domingo, 18 de noviembre de 2018

La azotea, por Fernada Trías


Editorial Tránsito. 138 páginas. 1ª edición de 2001, ésta es de 2018.

Durante los últimos meses me había encontrado en las redes sociales con la noticia de que iba a aparecer en España una nueva editorial llamada Tránsito, dirigida por la joven Sol Salama. Su primer libro apostaba por la narrativa hispanoamericana, en concreto por la novela corta La azotea, de la uruguaya Fernanda Trías (Montevideo, 1976). Yo soy un gran entusiasta de las editoriales españolas que apuestan por los autores hispanoamericanos, ya que siempre tengo la impresión de que la comunicación literaria entre los dos lados del océano no es todo lo fructífera que debería ser. Aun así, me resistí durante unas semanas a contactar con Sol Salama y a solicitarle el libro para reseñarlo. Como ya he comentado más de una vez, mi lucha entre leer novedades o libros más clásicos suele ser ardua. Me decidí cuando leí que La azotea, y por tanto el nacimiento de la nueva editorial, se iba a presentar en la librería Tipos Infames, con la presencia de Fernanda Trías, y que su presentadora sería la escritora María Fernanda Ampuero. Escribí a Sol y ella me envió este libro y La memoria del aire de Caroline Lamarche (el segundo título de Tránsito) para que los leyera y reseñara.

La voz narrativa de La azotea es la de Clara, quien al comenzar la novela se encuentra en la noche tirada boca arriba sobre su cama. Desde la sensación de mundo acabado, de mundo propio que va a terminar ese mismo día, comenzará a rememorar para el lector, en un tenso monólogo interior, las circunstancias de su vida que la han llevado hasta ahí. «Es increíble pensar que tuve una vida antes que ésta, un trabajo, una casa, de los que sin embargo no recuerdo nada. Para mí la verdadera vida empezó con la muerte de Julia, estos cuatro años que terminaron hoy», leemos en la página 8 (segunda del libro).
Clara nos contará que desde que murió Julia, su madrastra, o tal vez su madre –existe una premeditada ambigüedad sobre este tema– ha decidido salir cada vez menos de la casa en la que vive con su padre. Éste, al principio, protestará mostrando su deseo de salir a pescar, a ver el mar, pero no tardará en sucumbir al poder que Clara acaparará dentro de las paredes de su casa. «Le habría querido decir a papá que el mundo se hundía, que nosotros éramos el único mundo posible y que, de todas formas, terminaría por odiarlo. Pero me salió otra cosa, incontrolable y llena de furia: “No hay rambla ni plaza ni iglesia ni nada. El mundo es esta casa”» (pág. 14).

Clara está embarazada y para el lector existirá cierta ambigüedad sobre la identidad del padre, insinuándose incluso que podría ser su propio padre, puesto que Clara, celosa de Julia –la pareja de su padre o su propia madre– juega a veces con él (en ese micromundo que está creando en su propia casa) a seducirle vestida con la ropa de Julia.
Cuando nace su hija Flor, la familia de Clara acaba constituida: un padre débil, que ya ha renunciado a salir de casa (al que ya no hace falta ponerle candados en las ventanas porque ha asumido que su sitio es el interior del hogar); acompañado de un canario, al que Clara parece odiar; Flor, la niña que desconocerá el mundo exterior; y Clara, reina en un pequeño mundo de tinieblas cada vez más abrumadoras.

El contacto con el mundo exterior será Carmen, una vecina, inmigrante de un país europeo que sufrió una guerra. Carmen será la encargada de hacer recados para Clara a cambio de dinero. Al principio del libro, Clara tiene una actitud más amigable hacia ella, pero al final acabará por dejarle el dinero debajo del felpudo de casa y recogerá sus pedidos sin toparse con ella. En el edificio también viven unas mujeres que parecen ejercer la prostitución y que son las enemigas de Carmen.

La pequeña familia de Clara irá viviendo cada vez más de puertas adentro, mientras que nuestra narradora irá desarrollando un sentimiento paranoide hacia el exterior cada vez más fuerte. Aunque, sin embargo, le gustará asomarse a la azotea del edificio comunal, un lugar que ella siente ajeno al mundo exterior y que supone, a la vez, una elevación sobre el universo de tinieblas en el que vive encerrada. «Quiero reconstruir la vista de la azotea, recordarla de forma tan perfecta que ya no pueda distinguir el recuerdo de la realidad. La azotea era mi lugar, el único donde no pudieron vencerme» (pág. 49).

A pesar del deseo de Clara de permanecer de espaldas al mundo, éste acabará por acosarla: el dinero que Julia dejó debajo de un colchón se empezará a acabar y así tendrá que ir pidiéndole a Carmen menos alimentos, dejará de pagar la comunidad de vecinos, la luz, el agua…

La azotea es una novela claustrofóbica, que adentra al lector en una realidad enfermiza y agobiante. Diría que los últimos libros que he leído de escritoras hispanoamericanas ahondan en la idea de la perturbación del mundo, una perturbación que parte de la mirada de la mujer sobre ese mundo, al que considera dañino y ajeno. En Sangre en el ojo, la chilena Lina Meruane nos hablaba de la enfermedad del cuerpo y del espíritu de posesión de unas personas sobre otras, ideas que entroncan con las propuestas aquí por Fernanda Trías. En Mátate, amor, la argentina Ariana Harwicz también nos habla de la interioridad de las viviendas y de los límites del cuerpo de una mujer embarazada desde un punto de vista enfermizo. Compruebo que Sangre en el ojo y Mátate, amor se publicaron en 2012 y, aunque La azotea le ha llegado al lector español más tarde que estas otras novelas, se publicó en 2001 y ha podido influir en ellas.
Es posible, asimismo, que la argentina Mariana Enríquez, que en 2016 publicó el destacado libro de cuentos de terror Las cosas que perdimos en el fuego, también haya leído a Trías, porque en sus cuentos crea mundos cerrados y enfermizos.
Lo que es seguro es la potencia narrativa de estas nuevas escritoras hispanoamericanas, capaces de mirar de frente a la enfermedad del mundo a través de su mirada, cargada de humanidad y perturbación.

Fernanda Trías ya había publicado en España en 2014 su novela La ciudad invencible, de la mano de la editorial Demipage, y me alegra que la editorial Tránsito inicie su andadura en el difícil mundo de la edición en España con su novela La azotea, publicada en Uruguay en 2001, donde recibió más de un premio a la creación joven. Una novela claustrofóbica, tensa, enfermiza y potente –escrita con un lenguaje escueto, pero con tintes poéticos–, que ha podido influir en otras escritoras hispanoamericanas que han llegado con más facilidad a España. Además, Fernanda Trías tiene publicado en Hispanoamérica un libro de cuentos, No soñarás flores, que espero que podamos ver pronto en España.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Días de llamas, de Juan Iturralde


Días de llamas, de Juan Iturralde.

Editorial Debolsillo. 503 páginas. Primera edición de 1978, ésta es de 2006.

La primera vez que leí sobre Días de llamas de Juan Iturralde (Salamanca, 1917-Madrid, 1999) fue en el blog de Alberto Olmos. Hablaba de esta novela sobre la Guerra Civil española y comentaba que no había sido más famosa porque no se había publicado en su momento, cercana en el tiempo a los hechos narrados, sino que el autor había esperado hasta la vuelta de la democracia a España para sacarla a la luz. Creo que a Olmos se la recomendó Constantino Bértolo, que ha sido el editor que definitivamente se ha convertido en el gran valedor de este libro.

Como yo ahora ando a vueltas con una novela que estoy escribiendo que tiene que ver, en parte, con la Guerra Civil, me apeteció aprender más sobre este conflicto y para ello me compré el ensayo histórico La Guerra Civil española de Paul Preston y, tras leerlo, me acerqué a Días de llamas, que había sacado de la biblioteca Eugenio Trías. Tras leer y subrayar el libro de Preston, tomé Días de llamas con una gran disposición y conocimiento del entorno histórico en el que se situaba la novela (algo que no es estrictamente necesario para disfrutar de ella, pero que, sin duda, me ha sido de gran ayuda).

Juan Iturralde es el seudónimo de José María Pérez Prat, que tenía diecinueve años cuando comenzó la guerra y se encontraba entonces en Ciudad Real. Por cuestiones familiares estaba significado con la derecha y tuvo que permanecer bastante tiempo escondido. Le descubrieron y estuvo en la cárcel, de donde salió para participar en la guerra como soldado republicano. Cuando finalizó el conflicto bélico, terminó sus estudios de Derecho y en 1942 ingresó en el cuerpo de abogados del Estado. Estos datos los estoy tomando del prólogo de Alejandro Pérez-Prat, hijo del autor. Creo que es relevante comentar esto porque Días de llamas es una narración tan intensa que el lector tiene la impresión de que puede tratarse de una novela autobiográfica, lo que no es cierto.

El protagonista y narrador de Días de llamas se llama Tomás Labayen y en 1936 tiene treinta y cuatro años y trabaja como juez para la República. Vive con su familia en la calle Princesa de Madrid. Esta ubicación, elegida por Iturralde, va a permitir a Labayen encontrarse cerca de varios lugares donde van a darse algunos de los hechos históricos más relevantes de esos días. Así, por ejemplo, Labayen será testigo presencial del asalto al cuartel de la Montaña (que estaba ubicado en el cerro de Príncipe Pío) y de la toma de la cárcel Modelo (que estaba en Moncloa) para ejecutar a sus presos.

Cuando empieza la novela, Tomás Labayen se encuentra preso en un garaje, en una pequeña checa de Madrid. Labayen no se relaciona mucho con sus compañeros de celda porque escribe compulsivamente en un cuaderno sus recuerdos de la guerra. Desde el 18 de julio de 1936 hasta el momento en que Labayen empieza a narrar su experiencia han transcurrido unos cinco meses y medio; por lo tanto, nos encontramos a principios de 1937. Así, en la novela se van intercalando dos tiempos narrativos principales: el del presente, en el que se describe el terror de la checa, en la que casi todas las noches se llevan a alguien para darle el temido «paseo», y adonde van llegando nuevos compañeros de angustias; y en un segundo tiempo narrativo (que ocupa bastantes más páginas que el anterior) Labayen nos cuenta su vida desde el 18 de julio de 1936.

Tomás Labayen pertenece a una familia de clase media de origen vasco que reside en Madrid. Su padre, Fernando, es un militar de carrera retirado, que se siente del lado de los militares rebeldes. Su hermano Miguel es también militar, un militar que en 1934 se negó a participar en la represión de la Rebelión de Octubre y que ahora, pese a estar a favor de la República, por fidelidad a sus compañeros se acaba alzando con ellos en su cuartel de Campamento. Esto hará que sea detenido y encerrado en la cárcel Modelo. Laura es la hermana de Miguel y Tomás; y está casada con un hombre atractivo que también era militar, pero que fue expulsado del ejército por un fraude económico. Este hombre desaparecerá en los primeros meses del conflicto, y Tomás y otros amigos tratarán de buscarle en el descontrol de Madrid.

Tomás está enamorado de Luisa, a la que ha conocido seis meses antes de que comenzara la guerra. Luisa está casada con Norte, un destacado líder de la Revolución de Octubre, y quiere separarse de él y vivir su relación con Tomás, pero el inicio del conflicto bélico podrá hacer, tal vez, que Norte quiera estar más cerca de ella, lo que, unido a la incertidumbre y el caos de la guerra, hará que se complique bastante la vida amorosa de Tomás.

Además de la familia, conoceremos a algunos de los amigos de Tomás, casi todos simpatizantes de la República en mayor o menor grado.

Diría que es posible que en la construcción de Tomás Labayen, Iturralde haya tenido en cuenta al Doctor Zhivago de Boris Pasternak, que –compruebo en la Wikipedia– es una novela que apareció en España en 1958. Como Zhivago, Labayen no es un hombre de acción. Labayen se siente ideológicamente más cerca de la República que de los militares rebeldes, pero tampoco le gustan los desmanes justicieros de los milicianos de Madrid.
Antes decía que Labayen pertenece a la clase media, pero para un miliciano de clase obrera, que está llevando a cabo la revolución, perfectamente puede tratarse de un burgués al que hay que eliminar, a pesar de que se muestre afín a la República. Esta situación será la que haga que Labayen sea detenido y permanezca, en el tiempo de la narración, en una checa a la espera de un juicio rápido y su posible fusilamiento. Sin embargo, unos meses antes ha aceptado el cargo de juez de la República. Su intención ha sido poner freno al descontrol justiciero de los milicianos en la calle. Labayen piensa que todos los detenidos en Madrid (o Toledo, donde se trasladará a trabajar) merecen un juicio justo. Esto, en su fuero interno, puede hacer más por la credibilidad internacional de la República que los ajusticiamientos indiscriminados de los milicianos. Pero, a la vez, puede hacer también que los milicianos piensen que Labayen se interpone en su misión revolucionaria y, por tanto, podrían no situarle en su bando, sino en el de los enemigos del pueblo. Sin embargo, para Fernando, el padre de Labayen, éste les está haciendo el juego a los asesinos, y se ha convertido en su cómplice.
El conflicto moral planteado es muy interesante. Días de llamas muestra una España (centrándose, sobre todo, en Madrid y Toledo) en descomposición.
«Pienso como ellos, coincido con ellos pero no soy de ellos, no me he manchado tan sólo por adhesión, y la conciencia de haberme manchado es prueba de que no soy uno de ellos, sino de sus enemigos. Ha habido muy poca adhesión, soy de la clase que tendrán que extirpar, de los que hacen de cualquier nimiedad una tragedia y se permiten el lujo de una sensibilidad desvergonzada, precisamente porque se cree sensibilidad»: así reflexiona en la página 491 Labayen sobre sus captores, los que puede que estén a punto de matarle.

Las casi quinientas páginas de la novela no están organizadas en capítulos. Tenemos aquí un texto continuo, dividido de vez en cuando por un punto y aparte, o por un espacio. El ritmo narrativo es frenético; debemos recordar que se supone que Labayen escribe en la checa de forma compulsiva en su cuaderno mientras espera que le llamen para ser fusilado. En ocasiones, el narrador pasa de un tiempo narrativo a otro (checa y acción en Madrid o Toledo en los meses previos) sin previo aviso y el lector tiene que hacer, durante unas cuantas palabras, un esfuerzo de comprensión. También es frecuente que, cuando se narran los hechos del pasado, se salte de un escenario a otro casi sin pestañear. Por ejemplo, Labayen está en el café con sus amigos y en la siguiente frase se encuentra en su casa. Sabremos que esto ha ocurrido porque en esa siguiente frase se habla de alguien (madre, hermana…) que no se encontraba en el café y sí en la casa. Diría que estos saltos de tiempo y espacio hacen que el lector sienta el tempo de unos momentos convulsos. La sensación de miedo y de inminencia del peligro está muy bien captada en la novela.

Iturralde siente, a veces, una obsesión casi notarial por mostrar el recorrido de sus personajes por las calles de Madrid, una ciudad que se muestra aquí de forma muy viva. Me ha gustado ver esas calles, por las que he caminado tantas veces, repletas de milicianos armados, tanques y amenazas en cada esquina… Las páginas de Iturralde me han hecho ver mi ciudad con otros ojos.

Iturralde publicó dos novelas cortas, El viaje a Atenas y Labios descarnados, en un volumen de Seix Barral en 1975. Éste sería su primer libro publicado. Al parecer había escrito Días de llamas (o al menos alguna versión inicial) ya en los años 60, pero no quiso publicarlo con las mutilaciones que llevaría a cabo la censura franquista sobre el texto, y fue en 1978 cuando publicó la novela la editorial La Gaya Ciencia. Entonces tuvo alguna elogiosa crítica, pero pasó desapercibida para el gran público. En 1986 la volvió a sacar Ediciones B, con una suerte similar. En 1999 aparece en Debate (creo que gracias al empeño de Constantino Bértolo), y tiene algo más de fortuna. Desde entonces se reedita periódicamente en Debolsillo, por lo que es un libro que se puede conseguir ahora mismo en España.

Durante una temporada busqué y leí bastantes libros publicados en España durante la época de Franco. Buscaba libros de escritores que vivían por entonces en España. Quería saber qué se escribía bajo el régimen de la censura. Sin embargo, no busqué de igual modo libros que hablaran de la Guerra Civil. Sí que he leído algunos de los que han tenido más éxito durante las últimas décadas, como Soldados de Salamina de Javier Cercas y Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, pero no muchos más. Tengo en casa, pendientes de leer, libros como Trilogía de la Guerra Civil de Juan Eduardo Zúñiga y Las últimas banderas de Ángel María de Lera. A ver si los leo.

A día de hoy, puedo decir que Días de llamas de Juan Iturralde es una novela magnífica, una de las mejores que voy a leer este año. Una novela viva y vibrante sobre la Guerra Civil española y sus contradicciones, que voltea al lector en cada una de sus páginas. Días de llamas es un libro que se merece tener más éxito y reconocimiento del que ha tenido hasta ahora. Es una obra maestra de la literatura en español de la segunda mitad del siglo XX.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Invasión, por David Roas


Editorial Páginas de Espuma. 123 páginas. 1ª edición de 2018.

En la pasada Feria del Libro de Madrid, entrados ya en el último fin de semana, me acerqué a la caseta de la editorial Páginas de Espuma. Quería saludar a su editor, Juan Casamayor, y comprar Invasión de David Roas (Barcelona, 1965). Ya he contado más de una vez que cuando llega el verano me apetece leer literatura de género, concretamente ciencia-ficción y terror, los géneros con los que crecí.

David Roas es profesor de literatura en la Universidad Autónoma de Barcelona y, por lo que sé, está especializado en literatura fantástica. Hace unos años fui a la librería Tipos infames de Madrid para escuchar una charla sobre este tipo de literatura en la que él participaba, y recuerdo que sus aportaciones me resultaron muy interesantes. Sabía también que Roas había recibido en 2010 el premio Setenil al mejor libro de cuentos con Distorsiones, y tenía curiosidad por los cuentos de Invasión.

Invasión está formado por diecinueve cuentos, divididos en tres bloques. Sus dimensiones son bastante variables; desde las catorce páginas de La casa vacía hasta las dos líneas del microrrelato En la consulta del doctor Schrödinger.

El lector comienza el libro acercándose a su relato más extenso, La casa vacía, que es un homenaje explícito al maestro de Providence H. P. Lovecraft. Así que para mí, que he recorrido las calles de Providence en busca de los pasos de Lovecraft, y me he alojado en un hotel que aparece en una de sus novelas, éste es un buen comienzo para acercarme al universo de Roas. En La casa vacía se narra la historia de un profesor –posiblemente español– que se encuentra becado en la universidad de Providence para estudiar, precisamente, la obra de Lovecraft. Nuestro narrador empezará a obsesionarse con un jardín en el que no parece haber nunca ardillas o pájaros. Un cuento que puede acabar siendo tanto un homenaje a Lovecraft como a Poe.

Diría que, en muchos de estos relatos, Roas juega al modelo de cuento de terror de Henry James; es decir, en gran parte de estos cuentos –por ejemplo en el comentado, La casa vacía–, puede existir una interpretación fantástica (existe en el universo planteado algo que rompe las normas de lo real; por ejemplo, el narrador puede verse a sí mismo desde fuera, o puede ver un fantasma o a una persona muerta) o una interpretación psicológica (el narrador está perturbado y cree ver lo que no existe).
Bajo este prisma de la doble interpretación se pueden leer también relatos como Cerezo Rosa, que juega con la idea del asesinato con complemento fantástico (o de locura) y Casa de muñecas, que se adentra (y no será la primera vez) en el mito de las muñecas diabólicas. Me llama la atención el acercamiento a la cotidianidad española que plantean estos dos relatos, con un viaje a Benidorm de por medio y una infelicidad muy de clase media en Cerezo rosa, y la extrañeza de un hombre ante los gustos de la mujer con la que ha ligado esa noche y que le ha llevado a su casa en Casa con muñecas.
Aunque el primer cuento, La casa vacía, resultaba para el lector español más exótico, al estar localizado en Providence, en realidad hablaba también de realidades muy cotidianas.

Digamos también que, en la mayoría de sus narraciones, David Roas juega a la elegancia del cuento de terror inglés a lo M. R. James: la imagen de algo que no es real (un fantasma, por ejemplo) rompe con una cotidianidad que no parece, en principio, amenazante. Otros escritores de terror actuales, como Thomas Ligotti o Mariana Enríquez, apuestan por crear una atmósfera muy asfixiante y enfermiza, que introduce al lector en un mundo ya de por sí perturbado y fuera de lo cotidiano.
Sin embargo, Roas practica muchas variantes del cuento de terror en Invasión, y en Altruismo sí que nos introduce, como punto de partida, en un universo perturbado. En Altruismo, una epidemia ha convertido en «bestias» (seres muy parecidos a los «zombis», o bien «zombis» propiamente dichos, al estilo de George A. Romero) a la mayoría de la población, y el narrador sobrevive en un edificio, junto a un grupo de ancianos que cada vez le van irritando más. Creo que Altruismo se ha convertido en mi cuento favorito de este libro; es el cuento en el que Roas se ha acercado más a la serie B y donde le he visto más suelto y desmelenado, con unos toques de humor negro muy divertidos.

No me ha acabado de convencer Hambre, un cuento que acaba siendo una broma sobre un editor que publica bestsellers infumables y que, debido a unas estrambóticas circunstancias, se tiene que acabar comiendo (literalmente) sus libros.
Tampoco me ha gustado el microrrelato de cinco líneas Mitos omitiéndose, demasiado conceptual, o demasiado corto para mi gusto. Lo mismo ocurre con el microrrelato En la consulta del doctor Schrödinger, de dos páginas. En cambio, sí que he disfrutado con otros microrrelatos de este libro, en los que se plantea un inquietante juego con los espejos.

En un relato como Trabajos manuales, sobre un niño obsesionado con la muerte y los ataúdes, se juega a la idea de la persona perturbada (en la inquietante modalidad del niño), sin que aparezca ningún elemento fantástico. Por tanto, Trabajos manuales representa otra variante en este conjunto de cuentos.
Guerreros es un relato que juega con el punto de vista narrativo, sin llegar a incluir elementos fantásticos. En él, el lector leerá con desconcierto unas páginas que cobrarán su verdadero sentido al final del relato.
Estos dos cuentos me han gustado especialmente.

Agua oscura es el relato que abre el segundo bloque, Cuerpos. Es una apertura similar a la del primero, ya que si La casa vacía homenajeaba a Lovecraft en su Providence natal, Agua oscura es un homenaje al Frankenstein de Mary Shelley y sitúa su acción junto al lago Lemán de Suiza, en la Villa Diodati. De nuevo un profesor de literatura viaja para asistir a un congreso en el que se hablará del nacimiento del mito de Frankenstein, de Mary Shelley, Polidori o Lord Byron, y de nuevo el profesor verá algo que puede ser una ruptura de lo real o una consecuencia de su mente perturbada.

Un relato como Amor de madre sí se adentra en lo siniestro y lo perturbador. Me ha gustado este relato. Simbiosis nos lleva también a un juego de invasión perturbadora, que me ha recordado a algunas narraciones del Stanisław Lem en Máscara.

Invasión es un libro de cuentos de terror muy variado. Se nota que David Roas es un experto en la materia, en la que además de teórico ejerce de creador, y se mueve con soltura en diferentes registros literarios. Lógicamente, he conectado con algunas de sus propuestas narrativas más que con otras, pero, en general, considero que Invasión es un buen libro de relatos.

domingo, 28 de octubre de 2018

Mundo cruel, por Luis Negrón.


Mundo cruel, de Luis Negrón.

Editorial Malpaso. 102 páginas, 2016. Primera edición: 2010.
Prólogo de Ignacio Echevarría.

No suele ocurrirme que le pida un libro a una editorial para reseñarlo, que la editorial me lo envíe y que este libro se quede demasiado tiempo sin leer. Si la editorial decide enviarme libros que no le solicito, no me puedo hacer cargo de ellos, pero al revés soy muy responsable. Sin embargo, no estaba cumpliendo mis propias reglas con Mundo cruel de Luis Negrón (Guayama, Puerto Rico, 1970), que me fue enviado (tras yo pedirlo) por José de Montfort de Malpaso y tras un año o dos seguía sin leerlo. Y todo esto de un modo absurdo, porque una vez que decidí tomarlo de las estanterías lo acabé en un solo día y me pareció un libro bastante bueno.

De Mundo cruel me habían hablado bastante bien en alguna reunión literaria y me había apetecido leerlo. Como acabo de contar, encontrar tiempo dentro del desbarajuste de mis lecturas empieza a ser un problema serio.

Mundo cruel es el debut narrativo de Luis Negrón, que trabaja como librero en Puerto Rico. La verdad es que uno de los motivos por los que quería leerlo era porque creo que nunca he leído antes a un escritor portorriqueño y quería saber cómo eran los giros del español de allí. Tras leer el libro compruebo que el lenguaje de Puerto Rico es bastante caribeño, con expresiones similares a las propias de Cuba o República Dominicana y con más de un préstamo del inglés.

Mundo cruel lo componen nueve relatos. Es un libro relativamente corto, que se puede leer de una sentada. Empecé por el primer cuento y me dejé el prólogo de Echevarría, al que admiro mucho, para el final. Este primer cuento se titula El elegido y nos habla de un adolescente (en realidad un niño cuando empieza a contarnos su historia) del que el pastor de la iglesia había profetizado que «no sería como los demás niños, que cada paso mío sería un peldaño hacia Jehová. Crecí con la certeza de ser ungido» (pág. 25). En realidad, el narrador de esta historia parece haber sido ungido, más que con la gracia divina, con el perturbador don de la belleza, que hará morir de deseo a todos los hombres con los que se cruza. En este primer relato nos encontramos ya con gran parte de la temática que Negrón desarrollará en estas narraciones: la naturaleza subversiva de la condición homosexual (en el libro no aparece este término, y a los homosexuales se les denomina con el coloquial y despectivo «pato»), que va a suponer un perjuicio para la familia, la cual deseará exterminarla en sus hijos, y para ello no tendrá reparo en usar la violencia. Nuestro narrador sufrirá golpes tanto de su padre como de su madre, que no puede soportar su condición de «pato»; sin embargo, el tono del relato, como el de todo el libro, no es lastimero, sino celebrativo de la sexualidad, predominando un tono vital y jocoso.

En El elegido, el deseo que genera nuestro narrador no parece que esté tratado de modo realista, sino que el texto entra en el terreno de la exageración carnavalesca. Si bien ­­–como apunta Echevarría en su prólogo– gran parte de la intencionalidad del libro es costumbrista, el tono cómico de las páginas trasciende ese costumbrismo.

El vampiro de Moca es el segundo cuento y su tono es más contenido y más melancólico que el primero. De nuevo se habla aquí del deseo, pero ahora desde la perspectiva de un pato atraído por un jovencito al que considera inalcanzable. Hacia el final del cuento, nuestro narrador apunta: «Me senté en el balcón a reírme de mí mismo y de Carlos y de todos nosotros los gais, habitantes eternos de Santurce, que hemos pulido esas aceras cangrejeras una y otra vez buscando machos, velando machos o simplemente borrachos tarde en la madrugada, echados todos del brazo, riéndonos triunfantes de los carros que pasan gritando “¡maricones!”» (pág. 43).
En este cuento se le presenta al lector el territorio narrativo de Santurce, barrio de San Juan de Puerto Rico, donde suelen reunirse los gais. Santurce se describe como un conglomerado de oficinas de médicos, iglesias de variados credos y bares de copas, un lugar de «calor insoportable» y «peste a alcantarilla las veinticuatro horas del día».

En el tercer cuento, Por Guayama, vuelve la exageración. Un gai (lo escribo con la grafía de Negrón en este libro) reclama el dinero que le debe otro por unas cortinas para poder disecar a su perro muerto. Como el cuento se articula a base de notas que uno de los dos protagonistas le deja al otro, el lector avezado pensará, de forma inmediata, en la influencia narrativa del argentino Manuel Puig. Ignacio Echevarría habla de esta influencia en el prólogo y el propio Negrón la asume. Otros cuentos de este libro, siguiendo la estela de Puig, están construidos sólo con diálogos, sin ninguna anotación añadida, y también se hace uso del chismorreo y de la cultura popular (música, películas…) para definir a los personajes.
Echevarría también habla de la influencia del escritor chileno Pedro Lemebel. Yo de Lemebel leí un libro, Tengo miedo torero, del que guardo buen recuerdo, pero ya hace tanto tiempo que no sabría ver claramente las influencias sobre Negrón. Recuerdo el tono ingenuo del narrador homosexual de Tengo miedo torero, enamorado sin esperanza de un joven revolucionario heterosexual; y puede que esto sí esté presente en el cuento La Edwin, donde se cuestiona, con humor, la idea de que ser gai o bisexual pueda ser una identidad política. La Edwin recoge una conversación telefónica y es, por tanto, pura narración oral.

Junito es, de nuevo, una narración puramente oral. El narrador se encuentra con un antiguo compañero del colegio esperando el autobús. Le habla con el sobreentendido de saber que el otro es gai y le comunica que piensa mudarse a Boston porque su hijo pequeño también es gai y piensa que allí va a poder tener una mejor vida que en Puerto Rico, que se da a entender que es un lugar más retrógrado que Estados Unidos.

Botella es un cuento intenso. En sus pocas páginas nos encontraremos con dos crímenes. Un hombre casado con una mujer se dedica a hacer de chapero con viejos de San Juan. El relato es vivo, y aparece aquí un componente importante en el libro y del que todavía no he hablado: la picaresca. En las páginas de Mundo cruel nos encontramos con muchas personas buscándose la vida, sobreviviendo en el vital barrio de Santurce. En este sentido, algunos de estos cuentos me han hecho pensar en los del cubano Pedro Juan Gutiérrez, cuentos donde el sexo (heterosexual en el caso del cubano) es muy importante en la composición, así como la descripción de la vida en la calle y la supervivencia. También creo que he pensado en Gutiérrez porque, como he apuntado al principio, el lenguaje portorriqueño de Negrón me recuerda al español cubano, del que he leído más libros.

Muchos o de cómo a veces la lengua es bruja es puro Manuel Puig. Dos mujeres maduras chismorrean sobre todos los gais que viven cerca de ellas. Además de la homofobia, en este relato también aparece la xenofobia, porque estas señoras despotrican de una mujer de origen dominicano cuyo hijo parece gai.

El jardín está ambientado en 1989 y es un relato de tono más melancólico que el resto. Un joven nos habla de su pareja, a quien le falta poco para morir de sida. El narrador vive fascinado por su novio y la hermana de éste, que pertenecen a una clase social superior a la suya.

El último cuento, Mundo cruel, es el que da título al volumen, y se trata de un título irónico. En clave humorística, se nos presenta aquí a un gai horrorizado porque empieza a encontrar que su condición homosexual es cada vez más aceptada en San Juan de Puerto Rico. Esta situación de tolerancia parece molestarle, porque prefiere vivir en un gueto secreto y privilegiado. El tema aquí tratado no deja de ser original.

Mundo cruel es el primer y único libro de Luis Negrón. Es un libro que ha tenido mucho éxito en Puerto Rico y también, con su traducción al inglés, en Estados Unidos. Además se ha comercializado en, al menos, media docena de países de habla hispana.
Luis Negrón, gracias a este único y potente libro, une su nombre al de otros ilustres escritores de literatura gai hispanoamericana como Manuel Puig, Pedro Lemebel o Reinaldo Arenas. En cualquier caso, aunque la idea de retratar a la comunidad gai de San Juan es clara en Negrón, hablar de «literatura gai» me parece una forma de restar importancia a estos grandes escritores –Puig, Lemebel, Arenas o Negrón– que practican, desde la perspectiva de sus sensibilidades particulares, gran literatura.

domingo, 21 de octubre de 2018

Huérfanos de Brooklyn, por Jonathan Lethem


Editorial Random House. 340 páginas. 1ª edición de 1998, esta de 2015.

En la primavera de 2013 leí Chronic City, publicada originalmente en 2009. Fue mi primera incursión en el universo de Jonathan Lethem (Nueva York, 1964) y se convirtió en una de mis mejores lecturas de aquel año. Realmente me impresionó ese libro y empezaba a ser extraño para mí mismo no haber repetido con este autor, después de lo que me había gustado aquella novela. No sabía si acercarme a La fortaleza de la soledad (2003) o a Huérfanos de Brooklyn (1999); ninguna de las dos estaba en las bibliotecas que suelo frecuentar. Al final, me decidí por Huérfanos de Brooklyn cuando esta novela volvió a la mesa de novedades de las librerías porque Random House volvió a ponerla en circulación, con una faja que apunta que es un libro de «Fondo de editor», algo parecido a lo que hizo Anagrama con sus rescates de color rojo.

En enero de 2017 me lo regaló mi novia por Reyes, después de haberme visto más de una vez hojeando el ejemplar en La Central de Callao.

Cuando comenté Chronic City escribí lo siguiente: «Chronic City puede leerse como un sentido homenaje, como una carta de amor desde el espacio, de Jonathan Lethem a la isla de Manhattan. “Manhattan es eso, un universo de bolsillo”, se afirma en la página 369». En este caso, Huérfanos de Brooklyn es un sentido homenaje al barrio neoyorquino de Brooklyn, si bien la acción de la novela no transcurre sólo aquí, ya que también aparece con fuerza Manhattan y, hacia el final de la narración, la historia traslada sus escenarios a un pueblo de Maine.

Chronic City era una novela de personajes en una Nueva York distópica, una narración influida por Philip K. Dick o Thomas Pynchon, y Huérfanos de Brooklyn está escrita al estilo de las novelas negras. Como buen posmoderno, Lethem usa los géneros literarios para hablar de otros asuntos, y, sin bien en Huérfanos de Brooklyn hay un crimen, una agencia de detectives, varios sospechosos, persecuciones en coche por las calles de Nueva York y personajes que son encañonados con pistolas, decir que Huérfanos de Brooklyn es sólo una novela negra sería una forma de desmerecerla.

La novela empieza con su narrador, Lionel Essrog, y su compañero, Gilbert Coney, vigilando desde un coche la entrada de un zendo en Nueva York. Aparecerá su jefe, Frank Minna, que se dispone a entrar en el zendo y les pedirá que le escuchen a través de un micrófono. Si pronuncia unas palabras clave, ellos deberán entrar en el centro a rescatarle. Minna sale del local, acompañado de un personaje al que Lionel siempre se referirá como un «gigante», y comienza una trepidante persecución por Nueva York, que acabará con Minna asesinado.
En el segundo capítulo, Lionel nos explicará la relación que tiene con Minna: junto con Gilbert y dos chicos más (Tony y Danny) se ha criado en un orfanato de Brooklyn llamado Saint Vincent. Cuando Lionel tiene trece años, en 1979, los cuatro empiezan a recibir las visitas de Minna, que entonces tiene veinticinco. Minna requiere sus servicios para una empresa de mudanzas que, desde el principio, parece esconder algo turbio. Minna desaparece y dos años después volverá para acoger definitivamente a los cuatro huérfanos (los «Hombres de Minna»), bajo el amparo de una empresa de detectives, que se hace pasar por un servicio de limusinas.

Tras el segundo capítulo, en el que después del acelerado comienzo de persecuciones y disparos, el lector acaba conociendo los lazos que unen a los personajes, la narración vuelve a 1994. Lionel se ha propuesto descubrir quién ha asesinado a Minna, que no sólo es su jefe, sino también una figura paterna para los cuatro «huérfanos de Brooklyn».

Uno de los grandes logros de esta novela es la creación de la voz narrativa de Lionel, quien sufre el síndrome de Tourette, lo que le lleva a comportarse de modo compulsivo, pues a veces siente, por ejemplo, el irresistible deseo de tocar los hombros de sus interlocutores un número determinado de veces, o debe repetir series de palabras, que normalmente acaban en ladridos o insultos. Lógicamente, este comportamiento desconcierta a sus interlocutores (sobre todo cuando no le conocen) y hace que sus tareas de detective no puedan ser discretas y tiendan siempre al disparate y el caos. El lenguaje de Lionel, además de describir sus ataques de tics, juega de forma dinámica con la modernidad, y sus comparaciones y metáforas se adaptan bien a su experiencia de urbanita, de chico de una calle de Brooklyn, acostumbrado al cine. Así, por ejemplo, en la página 26 podemos leer: «Nuestro grupo se fragmentó y alcanzó la cola del suyo, ambos se fundieron, como naves espaciales en un videojuego antiguo» y un poco más abajo: «Los dientes musitaron un a la mierda con mueca de Joker por mero placer».

Lionel es una gran construcción, y esto hace que Huérfanos de Brooklyn no sea sólo una novela negra, como apuntaba más arriba (aunque, por supuesto, las grandes novelas negras no son sólo eso). Huérfanos de Brooklyn es consciente de las fuentes narrativas de las que bebe y así, en más de una ocasión, se cita, por ejemplo, a Philip Marlowe, y además de a detectives literarios, se cita a otros del cine o de las series de televisión. También, en alguna ocasión, se interpela de forma irónica al lector de la novela.

«Nueva York es una ciudad touréttica», nos dice Lionel en la página 129. Ya he apuntado que Huérfanos de Brooklyn es, como parece habitual en la obra de Lethem, una canción de amor a su ciudad, un lugar del que su narrador casi nunca ha salido.

Me ha resultado curioso que en el 1994 de la novela, el uso del móvil es aún una novedad tecnológica que llama mucho la atención del narrador.

Huérfanos de Brooklyn es una novela prolija en diálogos, como ocurre en cualquier buena novela negra, aunque se trate de una con más de un componente irónico como ésta. Huérfanos de Brooklyn tiene sentido del ritmo; menos en el explicativo capítulo dos, la novela avanza en su planteamiento detectivesco de forma bastante acelerada y el lector tendrá que tener cuidado con los detalles, puesto que los motivos que hacen avanzar la narración suelen estar escondidos, a menudo, en pequeños vericuetos de la más pura minucia narrativa. Huérfanos de Brooklyn es, en definitiva, una grata lectura, narrada por un personaje memorable, aquejado por el llamativo síndrome de Tourette, pero que para mí no alcanza las cotas de excelencia literaria de Chronic City, una novela más compleja y honda, con mucha más capacidad para despertar la capacidad de maravillarse del lector. Tengo ganas de acercarme a otros libros de Lethem; me han hablado muy bien de Los jardines de la disidencia, su última novela, y sobre La fortaleza de la soledad me estoy encontrando con opiniones enfrentadas. La verdad es que me está apeteciendo leer las dos. De la generación literaria de escritores norteamericanos nacidos en la década de 1960, Jonathan Lethem me sigue pareciendo uno de los más interesantes. Volveré a él.

domingo, 14 de octubre de 2018

Fantasmas de la ciudad, por Aitor Romero Ortega


Editorial Candaya. 234 páginas. 1ª edición de 2018.

Conocí en persona a Aitor Romero Ortega (Barcelona, 1985) en una presentación de un libro de la editorial Candaya en Madrid. Por entonces faltaban algunos meses para que publicara con esta editorial su libro de relatos Fantasmas de la ciudad.
El último día de la Feria del Libro de Madrid de 2018 decidí pasarme por el Retiro para saludar a Aitor, despedirme de sus editores, Olga y Paco, y comprar Fantasmas de la ciudad.

Durante este último verano decidí alejarme una temporada de las novedades literarias, y me he puesto con este libro al comenzar el nuevo curso. Fantasma de la ciudad está formado por ocho relatos, normalmente largos, y un prólogo que acaba funcionando como otro relato.

En el Prólogo, Romero Ortega nos presenta a «el escritor». No será ésta la única vez en la que denomine así al protagonista de uno de sus relatos. El escritor regresa a su ciudad (Barcelona) después de haber vivido fuera. «El escritor no dijo a nadie que había regresado. Alquiló un pequeño estudio en el centro donde se encerraba cada noche a escribir. Tenía la impresión de estar viviendo como un extraño en su propia ciudad.» (pág. 9). Si el relato empieza en tercera persona, Romero Ortega lo acabará en primera, jugando a romper la distancia entre narrador y personaje, o creando a un segundo personaje que imagina al primero. En estas primeras páginas podemos sentir ya el gusto del autor por autores como Roberto Bolaño o Jorge Luis Borges. Este Prólogo funciona como un aviso, o un aperitivo, de lo que viene a continuación, relatos, en general extensos, en los que los temas que se muestran aquí tendrán más espacio para desarrollarse.

Conexión Montserrat nos habla de la obsesión del narrador por la figura de León Trostki. Romero Ortega juega a la idea de que en sus cuentos (o en la mayoría de ellos) no existe distancia entre él, como escritor, y el narrador que nos propone. «León Trostki estuvo en Barcelona.», así empieza este relato (pág. 15), que se va bifurcando por meandros narrativos en los que el protagonista expone aquellos momentos de su vida en los que se ha topado con la figura del revolucionario ruso y trata de explicarle al lector el porqué de su fascinación. El narrador recorrerá en estas páginas muchas librerías de viejo y nos hablará de su pasión literaria, lo que se une a la idea de vislumbrar a Trostki como un escritor perdido en la vorágine del siglo XX. Este enfoque, la búsqueda de un escritor por otro desconocido, o al menos desconocido en su faceta de escritor (Trostki) parece muy inspirada en las propuesta de Roberto Bolaño, cuya figura magistral sobrevuela las páginas de Fantasmas de la ciudad como una presencia benefactora.
Conexión Montserrat desprende una melancolía propia, sobre el pasado, la búsqueda y la literatura, y funciona perfectamente como un estimulante relato-ensayo.

El aeropuerto del sur trata de un grupo de personas que se quedan atrapadas en la terminal de un aeropuerto sin poder tomar su avión. Tendrán que organizar su vida allí hasta que consigan volar. En la nota final, Romero Ortega nos cuenta que los cuentos de este libro están escritos entre 2015 y 2017, salvo El aeropuerto del sur que es de 2012. Diría que esta diferencia temporal se puede apreciar, ya que el resto de los cuentos forman en conjunto un cuerpo más homogéneo y en El aeropuerto del sur se perciben más los costurones de principiante, al ser un su homenaje explícito y rotundo al Julio Cortázar de La autopista del sur. El aeropuerto del sur es un cuento correcto, pero inferior a la modernidad y a la seguridad narrativa mostrada en el resto de la propuesta.

Naima con sus 45 páginas es el cuento más largo (casi una novela corta) del libro y es posible que sea mi narración favorita del conjunto. De entrada diré que me ha gustado mucho su estructura, en la que se habla de Naima, una chica francesa, en tercera persona, pero se va anticipando que le está contando su historia a un tercero, y hacía el final éste tercero (el escritor) se descubre e interviene en la narración.
Decía que Naima es casi una novela corta porque, en gran medida, rompe con los convencionalismos del relato. En vez de acercarnos a un momento de especial tensión en la vida de su protagonista, nos narra casi toda su vida, desde que es una niña en un pueblo de Francia, hasta que se convierte en una mujer siempre en movimiento. En este relato, así como en todo el libro, son muy importantes los viajes y los paseos. El desplazamiento y la desorientación definen, en gran medida, a los protagonistas de Fantasmas de la ciudad. Una idea que recuerda a las narraciones del argentino Sergio Chejfec, admirador a su vez de Juan José Saer, otro gran amante del paseo en la literatura.
Cuando he hablado con Romero Ortega, me ha comentado que fue gracias a mi blog de reseñas como conoció a Juan José Saer. Así que me gusta pensar que yo he podido contribuir, aunque sea en una pequeña medida, a que éste buen libro llegue al lector tal y como ha acabado siendo.
Es cierto que Naima gana en su segunda parte, la que tiene que ver con la protagonista en Argentina y el rodaje de una película de terror. Un detalle éste muy del gusto de Roberto Bolaño.

En Hotel Torino el protagonista viaja hasta Italia como homenaje a su padre, muerto recientemente. Un padre barcelonés que creció amando la intensidad política y cultural de la Italia de la segunda mitad del siglo XX. En este relato, como en la mayoría de los que componen este libro, las referencias literarias son explícitas, Cesara Pavese, Roberto Bolaño. «¿Puede recordarse una sensación?», se pregunta el protagonista de este relato. Una pregunta muy a lo Juan José Saer, así como esa sensación de viaje y desubicación, reflexiones durante el paseo y los encuentros casuales con un viajero argentino que se dedica a escribir una guía sobre Italia.

La colmena, un cuento popular urbano recrea la vida de un personaje barcelonés, el Kubalita, supuesto hijo de Kubala, el jugador de fútbol. Siguiendo la premisa de Borges que afirma que un relato debe ser como una novela en miniatura, Romero Ortega recrea en dieciocho páginas la vida entera de una persona. Su composición es simular a Naima, donde también se recreaba toda una vida y, además, hacia el final se hace presente el narrador de la historia. Como aquel (aunque quizás con un menor alcance) es también un gran cuento.

Considero  que Spaghetti western es uno de los cuentos más destacados de este libro. Como en otros, tenemos aquí un viaje, en este caso a Nashville, y una obsesión adolescente, un disco de Bob Dylan. Me gusta que la primera parte transcurra en Nashville y la segunda en Grenoble. De nuevo un juego de narradores interpuestos, el narrador-inventado y el narrador-verdadero, que hace que estas historias cobren más matices al negarse o reinventarse a sí mismas.

Fantasmas de la ciudad, con su personaje genérico «el escritor» entronca con la propuesta del Prólogo. Diría que sus planteamientos acerca de la experiencia del arte, sus términos genéricos –«el escritor», «el periodista»–, sus periplos por la ciudad y la percepción de una persona sobre la otra y viceversa, me han hecho pensar en Sergio Chejfec tras leer a Juan José Saer.

El último relato, Puentes de Bosnia, trata sobre una pareja española que visita la antigua Yugoslavia y cada uno reflexiona sobre sus impresiones de aquella guerra desde las perspectivas de sus momentos vitales (existe una diferencia de edad entre ellos). Al leerlo he experimentado una ligera sensación de agotamiento, de propuesta narrativa ya leída en anteriores piezas del libro. Y esto no hace que Puentes de Bosnia sea un mal relato, que no es, pero es cierto que en los libros de relatos de contenidos muy homogéneos a veces se produce, hacia el final, esta sensación de repetición de planteamientos.

Con la excepción de algunas expresiones coloquiales que no me han gustado («salir por patas», pág. 25; «vender como churros», pág. 27; «pensión de mala muerte», pág. 76; «estaba de muy malas pulgas», pág. 146), el lenguaje de Fantasmas de la ciudad es, en general, elegante, con gusto por la frase larga y angulosa.
Se nota el gran trabajo literario y la ambición de Aitor Romero Ortega en estos relatos, que frente a la búsqueda del relato clásico, con un nudo narrativo de gran intensidad, apuestan por la página reflexiva y por la referencia literaria explícita («como bien escribió Gil de Biedma», pág. 139; «cuya atmósfera atrapó Laforet como nadie», pág. 140 o una cita de un cuento de Bolaño en la página 115).
Las influencias de Romero Ortega son claras y bien tomadas: Enrique Vila-Matas, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Roberto Bolaño, Sergio Chejfec o Juan José Saer… lo que hace que su discurso se encuadre en una narrativa de propuesta bastante moderna, en una ruptura clara con el cuento carveriano, que tanto ha sido imitado en España.
Como ocurre en todos los libros de relatos, no todos los textos están a la misma altura, pero nos encontramos aquí con un nivel medio muy alto y con relatos realmente destacados (Conexión Montserrat, Naima, La colmena o Spaghetti western).
En 2015 Aitor Romero Ortega publicó la novela Deflagración y Fantasmas de la ciudad es su primer libro de cuentos. Como aficionado al género, considero que el debut de Aitor Romero Ortega en el cuento es digno de celebración.