miércoles, 20 de enero de 2016

Reseña de Los insignes en El Cultural

En enero de 2014 aparecí en El Cultural. Habló de mi blog el escritor Gonzalo Torné en su sección Inteligencia ajena. Fue una grata sorpresa. Llevo leyendo El Cultural, casi semana tras semana, desde hace dos décadas. Recuerdo que en aquel momento tuve una sensación rara, porque siempre había soñado con escribir libros, publicarlos y ver alguna reseña en un espacio como aquél. Por fin aparecí allí, pero no para hablar de uno de mis libros, sino de mi blog. Lo que es estupendo, por supuesto, ya que en el blog pongo el mismo empeño que en todo lo que escribo.

El viernes pasado el sueño inicial se ha hecho realidad: después de dos décadas de leer reseñas de libros en El Cultural, he podido leer en él la reseña de uno de los míos, Los insignes. La firma Pilar Castro y, pese a que señala como punto flojo la debilidad de la trama (tiene razón: mi novela no es una novela de trama), también dice cosas como éstas: «Los insignes, salpicada de ingenio a raudales y de una expresividad que anima a no dejar de leerla en ningún momento.» o «Domina el discurso y se mueve por la sátira con admirable soltura.»


Dejo aquí la reseña por si a alguien le apetece leerla (si se pincha en la foto se ve mejor).
(AQUÍ está la versión digital)

(Por cierto, hay un pequeño error: el precio no es de 17,90 € sino de 15 €)





domingo, 17 de enero de 2016

Cómo me hice monja, por César Aira

Editorial Mondadori. 231 páginas. 1ª edición de 1989 y 1990, ésta es de 1998.

Creo que he tenido una relación extraña con este libro. Debió de llegar a la biblioteca de Móstoles como novedad posiblemente cuando fue editado, en 1998, o poco después. En la biblioteca de Móstoles tienen bastantes libros de César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) pero, hasta ahora, que he leído tres libros de Aira comprados de segunda mano, nunca había leído uno de aquéllos. Entre todos estos libros de Aira, que he hojeado muchas veces y nunca leído, mi favorito, el libro de Aira de la biblioteca de Móstoles que más veces he estado a punto de leer en los últimos quince años ha sido éste: Cómo me hice monja (1989), por ser una de las novelas más representativas del autor. Este volumen además contiene las novelas cortas La prueba (1989) y El llanto (1990). Recuerdo que, hace más de una década, este libro desapareció de la biblioteca, en uno de los periodos que más ganas tenía de leerlo. Pregunté por él a los bibliotecarios y me contaron que lo había sacado en préstamo uno de ellos que, había sido trasladado de biblioteca y estaba tardando en devolverlo. Lo tuvo en su poder muchos meses. Cuando regresó, yo había dejado ya de esperarlo. Años después lo saqué, y estuvo en mi casa, junto con otros libros de Aira. Al final me enfrasqué en otras lecturas y devolví aquellos libros sin leerlos. Mientras, he leído Cumpleaños, El tilo y Las noches de Flores. Los dos últimos están comentados en el blog.

Después de haber leído dos novedades literarias, me dije que tenía que parar y leer al menos un clásico, y que valdría si era un clásico moderno, o uno de esos libros que siempre había querido leer y, por un motivo u otro, la lectura se había ido posponiendo. Así que hace unos sábados, que fui a la casa de mis padres en Móstoles, después de comer me pasé por la biblioteca y por fin saqué Cómo me hice monja y por fin lo he leído. No tenía todas conmigo, pensé que al final me iba a volver a liar con otra cosa e iba a seguir sin leerlo.
Pero al fin ha ocurrido: he leído Cómo me hice monja de César Aira y he descubierto que es un libro en el que, en realidad, nadie se hace monja.

Cómo he hice monja está narrado por una persona que evoca sus seis años, un niño llamado César Aira que, junto con sus padres, ha emigrado del pueblo Coronel Pringles (del que no le quedan recuerdos) a Rosario. La narración empieza con uno de los primeros recuerdos de Rosario: el padre quiere invitar a su hijo a probar el helado, algo que no existía en Coronel Pringles. Compran dos helados en una heladería de Rosario, el padre lo come en la calle con delectación y el niño al probar su helado de frutilla siente que es repugnante, que le va a resultar imposible tragarlo. El padre cree que el niño se burla de él y quiere forzarle a comerlo. La escena mínima, pero de una gran violencia contenida, se prolonga hasta que el padre prueba el helado del hijo y descubre que, efectivamente, es repúgnate porque ha sido vendido en mal estado. El padre la tomará ahora con el heladero, al que acabará matando introduciendo su cabeza en un cubo de helado. Todas estas primeras páginas de malentendidos son violentas, grotescas, realistas pero no del todo, ya el lector siente que se ha metido dentro de un mundo onírico, que bordea los límites de una experiencia alucinada o una pesadilla. El niño se quedará solo con la madre cuando el padre es encarcelado.
Al empezar el segundo capítulo he vuelto al capítulo uno y lo he revisado, puesto que había leído el capítulo como si el narrador nos hablase de su infancia y el narrador fuese un niño. En masculino se dirige el padre a él. En el segundo capítulo el narrador se empezará a referirse a sí mismo en femenino. Así que el narrador César Aira, al que los demás perciben como varón, se siente en su interior una chica (aunque no en todas las ocasiones, puesto que también habla de sí mismo en masculino). Se suceden los recuerdos de infancia: la enfermedad que hace que el niño-niña Aira tenga que guardar cama, entre extrañas pesadillas, la estancia en el hospital de Rosario, el colegio… El posible realismo de la narración se ve continuamente alterado por la visión fantasiosa del narrador. En este sentido, Cómo me hice monja me ha recordado a la escritura de Bruno Schulz en su conjunto de relatos Madurar hacia la infancia. El mundo alucinado de Schulz me parece un referente claro de la escritura de Aira en este libro.

Recuerdo que al leer Las noches de Flores y buscar información sobre el libro en internet me encontré con reseñas de lectores que aceptaban que Aira convirtiera lo que parecía una novela realista, sobre dos jubilados afrontando la crisis del 2000 en Argentina, en una novela fantástica, pero lo que no le perdonaban a Aira era que jugase a romper la verosimilitud narrativa, algo que entendían como un error constructivo, cuando esto precisamente –romper la verosimilitud narrativa- es una de las marcas de la narrativa de Aira. Un autor que se ha propuesto desde el principio acercarse a la literatura como si ésta fuese un juego que admite cualquier dislate. Lo bueno de esta propuesta es que uno siempre lee expectante, porque no sabe en cada obra de Aira (o en cada página) por dónde va a salir el autor, aunque a veces la apuesta sea excesiva y se tenga la sensación de que no existe ninguna idea de construcción narrativa y que Aira nos está tomando el pelo.

La primera es la novela corta más larga, con sus 90 páginas. Las otras dos tienen, cada una, unas 60.
La prueba está narrada en tercera persona. Marcia es una adolescente de dieciséis años que vuelve del colegio a casa andando. Por el camino observa como pierden el tiempo los jóvenes, hasta que dos chicas punks la interpelan con una obscenidad. Una de estas chicas, que se llama a sí misma, Mao, le dirá a Marcia que se ha enamorado de ella y que quiere acostarse con ella, que a su compañera –Lenin- no le importa que cambie de pareja. Marcia acaba sintiendo curiosidad y decide unirse a las punks. La narración que empieza siendo realista, con la mirada sobre el mundo de una adolescente algo ingenua, acaba derivando hacia un mundo de violencia expresionista. Me ha gustado esta narración y me ha sorprendido bastante, que es una de las intenciones narrativas de Aira.

El llanto quizás sea el texto que menos me ha gustado de los tres, y con esto no quiero decir que no me ha gustado, porque sí lo ha hecho, pero en menor medida que los otros. El llanto propone una historia más inmóvil, con un hombre que se despierta en la noche y evoca desde un sofá. A nuestro narrador le ha dejado su mujer después de doce años de matrimonio. En realidad el conflicto parece muy cotidiano, pero en Aira el concepto de lo cotidiano es puramente engañoso. Aquí nos encontraremos un complot internacional que lleva al magnicidio y sucesos por completo fantásticos, que son asumidos como reales por el narrador. Así, por ejemplo, podemos leer en la página 187, cuando se describe la cena en un restaurante: “Mucho después supe que lo que había pasado era que el pez había saltado del plato sobre su escote, y le estaba mordiendo los senos con toda la ferocidad que puede esperarse de un resucitado.” Las últimas páginas del libro rompen por completo la verosimilitud narrativa de lo contado (suponiendo que hayamos asumidos como real, dentro del juego del libro, el ataque de un pescado que resucita del plato de un restaurante una vez servido).

Con las tres novelas de este volumen ya he leído seis novelas cortas de Aira, y creo que éstas a las que me acercado en este libro, Cómo he hice monja, son de las mejoras y deben ser de las más representativas del autor.

jueves, 14 de enero de 2016

Un poema de Siempre nos quedará Casablanca

Hacía tiempo que no dejaba aquí uno de mis poemas. En navidades fui al cine a ver El despertar de la fuerza, con un amigo con el que había visto El retorno del jedi hace casi treinta años en unos cines de Móstoles que ya no existen.

Vuelve a estar de moda la saga de La guerra de las galaxias (o Star Wars como dicen ahora),  y me apetece colgar aquí un poema sobre la primera vez que vi La guerra de las galaxias en el cine. Debía ser el año 1981 o 1982 y mi abuelo me llevaba al cine.



Este poema pertenece a mi libro Siempre nos quedará Casablanca.


                 CINE MILITAR


Mi abuelo no tenía que pagar entrada,
con la pinza de su tarjeta de reservista
del ejército colgada de la camisa,
y yo cinco duros que él sacaba del fondo
de su monedero. Era el cine del cuartel,
al que mi abuelo me llevaba cada domingo,
tan alto, con sus largos pasos de determinación
y desfile. Recuerdo el vértigo de esquivar
la prolongación de los cañones de los fusiles.
Me llenaba de orgullo cuando los soldados
se cuadraban alzando su brazo y decían
a mi abuelo: «¡A sus órdenes, mi teniente!»,
y yo apretaba fuerte su mano. Bonitos
y robustos tanques paseaban alrededor
del cine. Yo no sabía nada de política,
tenía siete años. El cuartel era un lugar hermoso
y vital, de recias esquinas y uniformes de piedra
y tenía un cine, donde vi o soñé,
ahora no lo recuerdo exactamente,
La guerra de las galaxias. Su arena sedienta,
los androides brillaban y las espadas láser brillaban,
como la pinza de la tarjeta que colgaba

tan alta de la camisa de mi abuelo.

domingo, 10 de enero de 2016

Las Varonesas, por Carlos Catania

Editorial Seix Barral. 514 páginas. 1ª edición de 1978.

De Las varonesas me habló este último verano el lector santaferino del blog que firma como Criticón, y que en realidad se llama Ignacio Luccisano, el mismo que me envió unas fotos de Santa Fe (Argentina) para poner imágenes a las calles de los personajes de Juan José Saer. Ignacio me comentaba que en 2015 se había reeditado en Argentina este libro inencontrable allá y que fue publicado por primera vez en la Barcelona de 1978. Me decía además que Las Varonesas fue elogiado por Roberto Bolaño y me dejaba (en una entrada de Jorge Ibargüengoitia) un enlace al gran blog La biblioteca de Asterión (ver AQUÍ). Esta entrada del crítico Guillermo Belcore comienza diciendo: “¿Cómo funcionan en la Argentina los mecanismos de consagración literaria? ¿Por qué tantas obras excelentes se hundieron en el olvido? ¿Por qué la crítica periodística y académica festeja fruslerías brevísimas, piezas de época intrascendentes, como si de un Borges se tratase? ¿Son hoy el amiguismo, el esnobismo y las teorías descabelladas provenientes de Francia los únicos parámetros de legitimación? Las preguntas brotan naturalmente desde la lectura maravillada de Las Varonesas.”
Como bien dice Belcore en la entrada de su blog, Bolaño habla de Catania en la página 54 de Entre paréntesis; en un artículo titulado Exilios y que probablemente escribió en los años 90 del siglo XX, cuando aún no estaba generalizado el uso de internet y por eso, imagino, Bolaño recuerda mal el nombre de Carlos Cantania (Santa Fe, Argentina, 1931) y le llama Cataño. Escribe Bolaño: “... El narrador argentino Cataño, creo que ése es su nombre aunque no estoy seguro, autor de una novela notable y olvidada: Las Varonesas, editada en Seix Barral a finales de los setenta, se marchó a Costa Rica, en donde estuvo viviendo hasta el triunfo de la revolución sandinista, tras lo cual se fue a Managua… ¿Dónde está Cataño ahora? No tengo ni idea. Sólo leí de él una novela. Espero que siga escribiendo”

Las Varonesas se editó en Barcelona en 1978 y en su momento recibió buenas críticas en España. Sin embargo, la novela no se pudo distribuir en Argentina porque el país estaba inmerso en la dictadura de Videla y los temas tratados por Catania en este libro –principalmente el incesto y las guerrillas hispanoamericanas- no pasaron la censura militar. Catania, como nos contaba Bolaño, emigró (o se exilió) a Costa Rica, y por lo que sé (me lo ha contado Ignacio Luccisano) Catania reside ahora, de nuevo, en su Santa Fe natal. Desarrolló gran parte de su carrera artística (ha escrito dos novelas más, tres libros de cuentos, una veintena de obras de teatro, y ha sido director de cine) en Costa Rica.

Catania tardó en escribir esta novela cinco años. Desde las primeras páginas observamos que, como otros grandes escritores hispanoamericanos de la época, ha asimilado las técnicas de la narrativa del siglo XX que provienen del mundo anglosajón, principalmente de William Faulkner y de James Joyce. La novela comienza con Alfredo, su protagonista, jugando al billar en un bar de Santa Fe, y mientras juega recuerda: su paso por un colegio de curas y su relación con Aldo, su amigo de la infancia; además de momentos que ha compartido con su hermana Adela. La narración salta de una escena a otra (presente narrativo en el bar o pasado con Aldo o Adela) con absoluto afán de continuidad en el texto, como proponía Faulkner en obras como El ruido y la furia, algo que sería un recurso muy usado por el Mario Vargas Llosa de sus primeros libros (La ciudad y los perros o La casa verde ahondan en ello).

El ambiente familiar descrito por Catania para la casa de Alfredo es asfixiante: después de la muerte de la madre, los cuatro hermanos (Alfredo, el escritor nihilista; Adela, la estudiante de filosofía; Lucía, la beata que escribe un diario; y Patricia, la niña de tres años que habla con los animales) viven (el padre decidió vivir solo en Santa Fe) en una casa familiar ubicada en una de las islas de los riachos del río Paraná, con un jardín plagado de estatuas a las que llaman “Las Varonesas”, y que hacen referencia a las mujeres de la familia (con aspecto hombruno o de varón).

Alfredo quiere ser escritor y reflexiona sobre lo que llama “la teoría del Error”, un texto en realidad elaborado por el niño que fue su único amigo, Aldo. Alfredo además mantiene relaciones sexuales con su hermana Adela, algo que crea un vínculo muy estrecho entre los dos, pero que también los atormenta. El personaje torturado y nihilista de Alfredo tiene algo de Erdosain, el personaje de Los siete locos, la gran novela de Roberto Arlt.

Las pasiones –sobre todos los celos- se desatan en la primera parte de Las varonesas, lo que conducirá al asesinato.

Además de cambiar de escena en el mismo párrafo del texto, como ya apunté antes, otro de los recursos de los se sirve Catania es el de escribir en tercera persona pero ceder la voz narrativa a la primera persona de los personajes cuando le apetece. También, en la primera parte podemos leer páginas de los diarios de Lucía, la hermana mayor, una persona inocente, conservadora, que no acaba de entender la extraña relación que une a Alfredo y Adela.

Al comenzar la segunda parte – en la página 123- tenemos la sensación de que hemos comenzado a leer una novela nueva. Ahora un narrador, en principio innominado, le cuenta a otra persona (por los giros lingüísticos y los comentarios el lector llega a saber que ambos son argentinos) su experiencia como guerrillero en Guatemala. Sobre todo se nos hablará de El Castor, un guerrillero mítico. Aquí (algo que se repetirá en la quinta parte del libro) resultan espeluznantes las descripciones de las torturas a las que el ejército guatemalteco somete a los guerrilleros que captura. Me atrevería a decir que este libro supera en descripción macabra de la tortura a las páginas de La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa. Esta guerra sucia que partió, pasada la mitad del siglo XX, de las cloacas de los estados hispanoamericanos se convierte en uno de los ejes centrales del libro.

Además de esta violencia física de las torturas otro de los motores del libro es el de la sexualidad sin filtros morales. Es, por tanto, Las Varonesas, una obra de trasfondo denso, oscuro.

Debería decir, desde ya, que Las Varonesas no es una obra de cómoda lectura. Su ambición es grande y esto hace que necesite de un lector atento, de un lector que quiera adentrarse en la espesura, en ocasiones asfixiante de sus páginas. Así alcancé la tercera parte, ya en la página 247, sin saber aún si la primera parte estaba conectada con la segunda. Pero como era lógico y como llevaba tiempo sospechando, así era: Julián Brocca, que se presenta en esta tercera parte como técnico de la municipalidad en la casa de la isla, que investiga sobre los daños causados a la propiedad por las últimas inundaciones, y que acabará manteniendo una relación sexual con Lucía, será el guerrillero argentino que le narraba al segundo argentino (que no es otro que Alfredo) sus aventuras en Centroamérica.
Además del diario de Lucía, en otras páginas podemos asistir a los diálogos interiores. de Patricia (la hermana pequeña, de tres años) con los animales de la isla, o leer las cartas que una joven centroamericana, llamada Ciomara, que se decida a viajar por el mundo, se intercambia con Alfredo. El libro acabará con Alfredo conociendo a Ciomara y viajando con ella a su gran casa familiar en Guatemala. Allí Alfredo tendrá ocasión de conocer de primera mano a los compañeros de armas de Julián Brocca.

En algún momento se habla del reciente golpe de estado en Chile, así que lo lógico es pensar que la acción de la novela se sitúa más o menos en 1974.
Me ha resultado curioso, y no quiero dejar de señalarlo, que Catania centra gran parte de su historia en la ciudad de Santa Fe, para mí, hasta ahora, territorio literario de Juan José Saer, y que me ha resultado llamativo que, de repente, los personajes de Catania crucen el puente colgante de las novelas de Saer, visiten el Yacht Club o se acerquen a Rincón.
No sé si Saer y Catania llegarían a conocerse, pero me encanta pensar que sí que ocurrió, que ambos fueron amigos y que en alguno de los bares de la ciudad (tan mítica) hablaron en su juventud de las obras que iban a escribir.

Violencia estatal, incesto, asesinatos, celos incontrolados, existencialismo nihilista… A través de las innovaciones formales de Faulkner o Joyce para tratar de concebir una novela total, Catania consigue escribir esta suerte de ambiciosa novela que es Las Varonesas, un libro en el que si bien, como ya he apuntando, cuesta en algún momento entrar, y requiere de un lector paciente y colaborar, también debemos decir que, como apunta Guillermo Belcore –el crítico literario que lleva el blog La biblioteca de Asterión-, Las Varonesas es una obra bastante destacable dentro del canon de la novela argentina, una obra injustamente olvidada.
Edición de Las Cuarenta, 2015


Yo señalaría que el impacto de El traductor de Salvador Benestra –otra obra injustamente olvidada de la narrativa argentina, que se ha rescatado recientemente- ha sido más grande para mí que el de Las Varonesas, pero sé, sin duda, que este libro puede codearse, en ambición y calidad literaria, con otros de la época del boom hispanoamericano que ahora aparecen en los textos de historia de la novela, de los que Catania ha sido excluido injustamente.

Gracias a que Guillermo Belcore leyó el comentario que Roberto Bolaño dejó en Entre paréntesis sobre Catania, que buscó la edición de Seix Barral de Las Varonesas y percatándose de la importancia de esta novela olvidada convenció al editor Néstor González para que la reeditara en 2015 en la editorial Las Cuarenta, ahora pueden disfrutar de ella los lectores argentinos (aunque uno de ellos me comentó en Facebook que la novela le salía muy cara en su provincia).


Si usted es un lector español del blog y le interesa esta novela está de suerte: se puede conseguir en Iberlibro la primera edición (1978) de Seix Barral (yo la conseguí por 4 € y sin gastos de envío). También puede ser que este libro, que el gran crítico literario argentino Guillermo Belcore llama “la Gran Novela (argentina) de los Setenta”, en España tan sólo me interese a mí. Y tan feliz, como decía George Orwell: «No importa ser una minoría de uno si tienes razón».

jueves, 7 de enero de 2016

Reseña de Los insignes en el blog Devaneos

Desde hace tiempo leo las reseñas del blog Devaneos, escritas por un señor de Logroño –sin nombre propio en las redes sociales-, que lee mucho y que no tiene problemas en decir exactamente lo que opina sobre los libros a los que se acerca. Hace unos años leyó mi primera novela publicada, Acantilados de Howth, y no salí muy bien parado. Parece que ahora, con Los insignes, su veredicto es más favorable.



Esta es la reseña sobre Los insignes aparecida en el blog Devaneos:

“David Pérez Vega despelleja en esta novela el mundillo poético que tan bien conoce, pues su trabajo le costaría (supongo) en su día, colocar y publicar sus dos poemarios y luego sus novelas. Los insignes es la tercera, tras Acantilados de Howth (reseña), y El hombre ajeno.
A David le sigo desde hace unos cuantos años a través de su blog Desde la ciudad sin cines.
El protagonista de la novela, Ernesto Sánchez, también tiene un blog, de poesía. Poco a poco se ha ido haciendo un nombre, aumentando el número de visitantes, e incluso un buen día recibe la visita del señor de la portada, de Kim Jon-un, el Jefe de Estado de Corea del Norte, quien ha escrito un poemario titulado Mi padre, el amado Líder Supremo, y al tiempo que mediante Skype se comunica en castellano con Ernesto, mejorando así el conocimiento de nuestra lengua, le pide a éste, como entendido en la materia que es, que valore su libro. Lo cual sucede al final de la novela. Ernesto además de poeta y bloguero es funcionario de carrera de grupo A, y trabaja como Inspector de Hacienda. Esto es relevante, porque llegado el caso, Ernesto podrá echar mano de su dinero, para financiarse la edición de su libro, y cumplir así su sueño de tener algo publicado.
Así son los escritores, amigos.
Esta novela me ha enganchado porque como bloguero me puedo identificar en mayor o menor medida con Ernesto y sus devaneos globosféricos. En lo tocante al despellejamiento del mundo poético, no sé si los nombres que por ahí salen, son el trasunto de personajes reales o no, pero que ese mundo editorial que nos pinta David huele a podrido es un hecho.
David se explaya sobre los suplementos culturales como por ejemplo Babelia, donde las críticas siempre son favorables, donde se es muy blando con los libros malos, donde las críticas las hacen amigos de los autores, o amigos de los editores, o autores que quieren publicar sus libros en esas editoriales que alaban, etc, donde al final son los intereses crematísticos los que priman, más que el enjuiciamiento crítico de una obra de arte. La cultura como tal se transforma entonces en algo abstracto y esos insignes, que dan título a la novela, son personajes de carne y hueso, que dirigen las editoriales, y que David nos presenta como gente ignorante, con un escaso conocimiento de la literatura en general, circunscrito su saber a conocer los libros que integran sus colecciones.
Ernesto se nos presenta como un Quijote bajo el aspecto de Rompetechos: bajito, calvo, con gafas de aumento, que va denunciando todo aquello que le enerva, ya sea el éxito de cantantes de rock, aclamados también como poetas (como Iniesta, el Rey de Extremadura), a pesar de sus letras sonrojantes, con poetas que hacen del apalizamiento personal una lanzadera al éxito editorial, poetisas que combinando lo bizarro y lo dramático consiguen el beneplácito de todos cuantos las adulan, poetas de melenitas sedosas, que esperan la llegada de las musas, subvencionadas por el Estado, disfrutando de alguna beca otorgada para la “creación literaria”, etc.
A quienes todos estos devaneos propios del mundo editorial le traigan sin cuidado, no sé hasta que punto esta novela puede serles interesante. Al menos a priori. El hecho es que una vez que empiezas a leerla, te ves conminado, al menos en mi caso, a leerla del tirón.
Respecto a Acantilados de Howth la prosa de David ha mejorado, resulta más fresca, más suelta, ha cogido el tono, un tono que se sostiene casi toda la novela. Hay algún bajón también y las páginas donde surge la figura de García Ayuso o donde se detalla hasta la extenuación el empeño de Ernesto por ver publicados sus poemarios, se convierte en algo obsesivo que me recuerda lo peor de Acantilados.
Sin embargo, cuando David se desmelena y se aferra al humor, a la sátira pura y dura, ahí el libro ofrece momentazos como el de la meada catártica, la transcripción de esos poemas que tantos parabienes reciben y se mueven entre lo soez y lo cursi, casi siempre, la poeta perrofláutica que no sabía quien era Catulo, y esos mandobles que el autor va soltando a Izquierda y Derecha.
Tengo la impresión de que David, donde en su blog hace sesudas y valiosas reseñas, como las que también hace Ernesto, parece lamentarse, y mucho, de la medianía en que nos movemos, donde ni siquiera quienes están al frente de editoriales son gente culta, muchos menos, eruditos, convertida la cultura en un bien más, un bien perecedero y fungible, que deja escaso poso, donde comprobamos que quienes se acercan, si es el caso (poco probable) a la poesía, deciden leer antes a Marwan que a Rilke, a Bukowski que a Gamoneda.”


domingo, 3 de enero de 2016

Me casé con un comunista, por Philip Roth

Editorial Alfaguara. 463 páginas. 1ª edición de 1998, ésta es de 2000.
Traducción de Jordi Fibla

Ya comenté hace poco que después de tantos años me apeteció volver con Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933); y que saqué de la biblioteca Eugenio Trías La mancha humana, ya reseñada en el blog. No mucho después tomé prestada de la biblioteca de Móstoles la novela Me casé con un comunista, que junto con la anterior y Pastoral americana forman la llamada Trilogía americana. Hace algunos años ya había sacado de la biblioteca Me casé con un comunista, cuando le descubrí a mi novia Philip Roth y empezó a leerlo de modo compulsivo. Esta vez tuve que pedirle a uno de los bibliotecarios que fuera a buscarlo al archivo, esa mazmorra literaria a la que van a parar los libros de la biblioteca que llevan mucho tiempo expuestos en los anaqueles y que pide poca gente. Ya lo he comentado alguna vez: si se sigue este procedimiento, los anaqueles de las bibliotecas van a acabar abarrotados de libros insustanciales, de bestsellers escritos por presentadores de televisión, y la verdadera literatura va a estar condenada a dormir el sueño de los justos en el archivo. En fin, estos son los tiempos que nos ha tocado vivir.

Si en La mancha humana Roth hablaba de los conflictos raciales de los Estados Unidos, siguiendo (en el sentido cronológico de mi lectura, porque en realidad Me casé con un comunista está escrito antes que La mancha humana) con su disección de la sociedad norteamericana del siglo XX, en esta novela Roth nos va a hablar de la caza de brujas comunista durante la Guerra Fría; es decir, de cómo en el país de las libertades se perseguía a las personas por sus ideas políticas.

Nathan Zuckerman, el alterego de Philip Roth, vuelve a ser el narrador de esta novela. Igual que en La mancha humana, vive ya retirado en su cabaña junto a un lago. Pero un día, al acercarse al pueblo, se encuentra con Murray Ringold, quien a sus noventa años está haciendo un curso de verano en la universidad de Athena (la misma en la que fue decano el protagonista de La mancha humana). Murray fue profesor de lengua y literatura de Nathan en Newark.

Nathan invita a Murray a su casa durante las seis tardes siguientes, y en esas seis tardes, que se harán noches, Murray le contará a Nathan la historia de su hermano Ira: “En la historia del vigor narrativo ya le has quitado el título a Scherezade. Nos hemos sentado aquí seis noches seguidas.” (pág. 377) Durante unos importantes años de su adolescencia, Nathan sintió fascinación por Ira Ringold, un hombre de poca educación formal, pero de grandes ideas políticas sobre la desigualdad social. Un hombre que empezó cavando zanjas en Newark y que, gracias a su altura y porte, acabará haciendo de Abraham Lincoln en modestas representaciones teatrales. Lo que le conducirá a ser una estrella de la radio en el programa Los libres y los valientes (posible nido de comunistas norteamericanos). También se casará con la que fue estrella del cine mudo y es ahora una estrella de la radio Eve Frame; tal vez una persona demasiado diferente a Ira. Ira y Eve vivieron un matrimonio torturado, en el que casi siempre se interponía Sylphid, la hija mimada de Eve.

Murray le cuenta a Nathan, experiencia que recibe el lector, y en otros momentos será Nathan quien narre su propia experiencia sobre los hechos contados. Me casé con un comunista es una novela con diversos niveles de lectura. Me ha gustado, por ejemplo, la importancia que cobra en esta narración la juventud del propio Nathan, aprendiz de escritor fascinado por las ideas comunistas de su mentor Ira, para quien el arte sin duda ha de promover la idea del cambio social. Nathan descubrirá como su relación con Ira, y la caza de brujas a la que fue sometido, acabó perjudicando además de a su hermano Murray a él mismo, al que años después de aquella fascinación adolescente le fue negada una beca de estudios, que podría haber merecido.

En la página 237 Murray le dice a Nathan: “Tenía entendido que la multiplicidad de facetas increíbles de un hombre era el tema principal de tus libros. Tus novelas nos dicen que absolutamente todo es creíble en un hombre.” Obviamente, Nathan Zuckerman es un alterego narrativo de Philip Roth y esta enunciación de los principios literarios de Nathan me parece perfectamente aplicable a la obra de Roth; esa búsqueda de las facetas increíbles de un personaje era el objetivo al hablar de Coleman Silk en La mancha humana, ese negro acusado de racismo contra los negros; el Sueco de Pastoral americana o el Ira Ringold de Me casé con un comunista.

Ira es un personaje muy politizado, vehemente y violento. Me gusta el juego ambiguo de Roth para describirlo: la víctima de una conspiración política también tiene sus lados oscuros, sus facetas desagradables o directamente contradictorias, como sus aspiraciones burguesas. Ira será víctima de palizas durante su servicio militar por hacerse amigo de los negros y por tratar de educar a las clases bajas en la igualdad racial, pero él también será capaz de ejercer sobre los otros una violencia casi irracional cuando trata de defender sus ideas.

Nathan en la universidad dejará atrás las ideas políticas sobre el arte de Ira, al entrar en contacto con profesores más refinados. En la página 324 leemos: “No tienes necesidad de escribir para legitimar el comunismo o el capitalismo; estás al margen de ambos. Si eres escritor, no te alías con uno ni con otro. Ves diferencias, sí, y, por supuesto, ves que esta mierda es un poco mejor que aquella mierda, o que aquella mierda es mejor que ésta. Tal vez mucho mejor. Pero ves la mierda. No eres un empleado del gobierno. No eres un creyente, eres una persona que se enfrenta de una manera muy diferente al mundo y a lo que sucede en el mundo. El militante presenta la fe, una gran creencia que cambiará el mundo, y el artista presenta un producto que no tiene cabida en este mundo, que es inútil. El artista, el escritor serio, introduce en el mundo algo que ni siquiera estaba ahí al comienzo. Cuando Dios hizo todas las cosas en siete días, las aves, los ríos, los seres humanos, no dedicó ni diez minutos a la literatura. «Y entonces existirá la literatura. A algunos les gustará, a algunos les obsesionará y querrán hacerla…» No, no. Él no dijo eso. Si entonces le hubieras preguntado a Dios: «¿Habrá lampistas», te habría respondido: «Sí, los habrá, porque habrá casas y serán necesarios los lampistas». «¿Habrá médicos?» «Sí, porque la gente enfermará y necesitará médicos que le receten medicinas.» «¿Y literatura?» «¿Literatura? ¿De qué estás hablando? ¿Para qué sirve eso? ¿Dónde encaja? Por favor, estoy creando un universo, no una universidad. Nada de literatura.»
En párrafos como éste, Roth me recuerda mucho a uno de sus maestros: Saul Bellow, uno de los grandes decanos de la literatura judía norteamericana.

Igual que ocurría en La mancha humana con el supuesto racismo de su protagonista, algún personaje siniestro de Me casé con un comunista usará el desprestigio de Ira para ascender él socialmente, sin importante, tanto en una novela como en la otra, que ese racismo o esa supuesta amenaza comunista sean reales o sean peligrosos. Este tema me ha recordado a ciertas persecuciones políticas patrias sobre los límites de lo políticamente correcto con motivo de unos tuits en internet (Roth es realmente moderno en esto).


Me casé con un comunista me ha parecido una gran novela, pero creo que su lectura ha resultado para mí demasiado cercana a la de La mancha humana. Considero que el Coleman Silk de este último libro es una creación más conmovedora y memorable que el Ira Ringold de Me casé con un comunista. En cualquier caso, tengo claro que el nivel medio de las tres novelas de La trilogía americana está entre las mejores obras que se pueden leer ahora mismo de un escritor vivo, por mucho que, año tras año, no le den el premio Nobel al maestro Philip Roth.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

LAS MEJORES LECTURAS DE 2015

Como viene siendo tradicional por estas fechas, voy a dejar aquí mi lista de las mejores lecturas del año 2015. Por supuesto esto no tiene nada que ver con una lista de los mejores libros aparecidos en el 2015, tan sólo de los libros que yo he leído este año y que me parecen más destacables. El orden es el cronológico de lectura. Más o menos he leído un libro a la semana, que es el ritmo que me impone el blog. Si leo libros en dos días o así y acumulo reseñas, entonces me digo: este es el momento de leer un libro más largo, y así compenso los libros con los que estoy tres días con los que estoy tres semanas y puedo colgar una reseña cada domingo.

Esta es mi lista:

1) ROJO Y NEGRO, STENDHAL
2) EL MAPA Y EL TERRITORIO, MICHEL HOUELLEBECQ
3) TODOS LOS CUENTOS, GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
4) LA PECERA, JUAN GRACIA ARMENDÁRIZ
5) EL CAPITAL, KARL MARX
6) FELICES PESADILLAS, VARIOS AUTORES DE VALDEMAR
7) LA TRILOGÍA DE AUSCHWITZ, PRIMO LEVI
8) LA MANCHA HUMANA, PHILIP ROTH
9) FABIÁN Y EL CAOS, PEDRO JUAN GUTIÉRREZ
10) EL PERIODISTA DEPORTIVO, RICHARD FORD.

Rojo y negro me pareció que tenía todo el sabor de una gran novela del siglo XIX, ingeniosa, punzante, con mucho ritmo, una delicia.

Con El mapa y el territorio volví a leer a Houellebecq después de muchos años y fue un bonito reencuentro. Disfruté mucho de esta lectura, lo que me llevó a leer también este año Lanzarote (una obra muy menor) y Sumisión, interesante, pero menos redonda que El mapa y el territorio.

El año pasado releí de García Márquez El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad, y fue un buen reencuentro. Así que este año leí estos Cuentos completos. Eran cuatro volúmenes de cuentos, y anteriormente sólo había leído uno. Tiene cuentos muy buenos.

Tuve ocasión de conocer a Juan Gracia y compartir una mesa redonda con él, y me alegré mucho luego de lo buen libro que me pareció La pecera. Uno no conoce en persona a escritores tan buenos (y tan humildes y cercanos) todos los días.

El capital de Marx me sorprendió mucho. Uno de esos libros que todo el mundo piensa que sabe qué hay dentro, pero que realmente poca gente los ha leído y lo sabe de verdad.

Me lo pasé muy bien en las playas de Mallorca con Felices pesadillas, una selección de los mejores relatos de terror aparecidos en la editorial Valdemar. Muchos eran del siglo XIX, y quizás debería decir que también leí, justo antes, Noctuario de Thomas Ligotti y también tenía cuentos muy antologables.

Releí La trilogía de Auschwitz de Primo Levi porque me comprometí a dar una charla en el colegio en el que trabajo sobre el tema, y fue un gran reencuentro también. Levi no es ya un escritor que me encante, sino que posiblemente sea la persona a la que más admiro.

Fue estupendo volver a leer a Philip Roth después de seis años sin hacerlo. Me encantó La mancha humana, sólo un poco más que Me casé con un comunista, que leí casi seguido al otro.

Me encantó que Pedro Juan Gutiérrez volviera a publicar en Anagrama, y según salió al mercado Fabián y el caos no dudé en comprarlo. He leído todo lo que Gutiérrez tiene publicado en Anagrama.

Por fin me decidí a leer todos seguidos los libros que Richard Ford ha escrito sobre su personaje Frank Bascombe. Hace más de una década leí El periodista deportivo y El día de la independencia. Ahora he acabado el primero, estoy releyendo el segundo y tengo el tercero en casa. Luego me haré con Francamente, Frank, que ha salido hace poco.


Este año no voy a hacer una lista de propósitos lectores para el año que viene, porque luego incumplo estos propósitos y esto me acaba angustiando un poco. Ya veremos por dónde sale el sol lector en 2016.

Es posible que me podáis encontrar en estos lugares:

Biblioteca de Móstoles


Biblioteca del distrito Retiro, C/ Doctor Esquerdo

Biblioteca Eugenio Trías, parque del Retiro



Felices lecturas en 2016 para todos los lectores de este blog.

domingo, 27 de diciembre de 2015

La mancha humana, por Philip Roth

Editorial Alfaguara. 413 páginas. 1ª edición de 2000, ésta es de 2005.
Traducción de Jordi Fibla

Empecé a escribir reseñas en el blog en el verano de 2009 con dos libros de Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933), El mal de Portnoy y Goodbye, Columbus. Desde que en 2002 leí Pastoral americana, una novela grandiosa que me impactó mucho, vengo considerando a Roth uno de mis escritores favoritos. Además leí de él el volumen Zuckerman desencadenado –formado por cuatro novelas del ciclo de Zuckerman-, Patrimonio y El animal moribundo (creo que no me dejo ningún título). Desde 2009 he tenido en mente leer más libros suyos, como La mancha humana, Me casé con un comunista, La conjura contra América o El teatro de Sabbath; libros que están en las bibliotecas que frecuente al alcance de mi mano. Me sobrecoge lo rápido que pasa el tiempo; desde hace seis años no había vuelto a leer un libro de uno de mis autores favoritos, lanzándome casi siempre al mercado de las novedades editoriales. Ahora que ya he pasado los cuarenta años este asunto cada vez me parece más serio: el tiempo de lectura no es infinito y debería acercarme a esos libros que siempre deseo leer pero que por alguna cuestión  -más o menos seria y que debería analizar con seriedad- siempre voy postergando.

Por un motivo u otro, llevaba un mes leyendo libros por compromiso (un compromiso del trabajo y otros compromisos con amigos y editores que me envían sus novedades) y me apeteció acercarme a un libro del que estaba seguro que iba a disfrutar, un libro de esos que siempre debería escoger a la hora de leer, pero que acabo postergando. Me habían hablado muy bien de La mancha humana, exaltándolo como uno de los mejores libros de Roth. El caso es que hace años vi la película basada en este libro y no me gustó demasiado; me pareció una historia artificiosa, pero también intuía que leer el libro iba a ser una experiencia distinta.

Me ha gustado reencontrarme con el narrador Nathan Zuckerman: La mancha humana forma parte del ciclo Trilogía americana, completado por Pastoral americana y Me casé con un comunista. Me gusta además que Zuckerman, como en otros de sus libros, hable del escritor E. I. Lonoff, el maestro (basado en la figura de Bernard Malamud) al que el joven Zuckerman se atreve a visitar.

Zuckerman es un escritor de sesenta y cinco años que vive retirado del mundo en una cabaña junto a un lago. Sin embargo entablará amistad con su vecino Coleman Silk, durante muchos años rector de la cercana universidad de Athena.
La novela comienza en 1998, cuando Coleman decide visitar a su vecino escritor para pedirle que escriba su historia. Este momento coincide en la política norteamericana con el del escándalo de Bill Clinton con Monica Lewinsky, una época en la que “de un extremo al otro de Norteamérica se desataba una orgía de religiosidad y de pureza, cuando al terrorismo, que había sustituido al comunismo como la amenaza predominante para la seguridad del país, le sucedió la mamada.” (pág. 12), o “Si no habéis vivido en 1998, no sabéis lo que es la gazmoñería.” (pág. 13).

Roth carga en esta novela contra la dictadura de la buena conciencia norteamericana. El conflicto que lleva al hundimiento y pérdida de reputación de Coleman Silk parece nimio, ridículo: en una de sus clases sobre la literatura griega al pasar lista y darse cuenta de que dos alumnos, a los que no ha visto nunca, no están en clase, dice: «¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?» Los alumnos ausentes resultan ser de raza negra y la frase de Coleman que al pronunciarla ha querido imitar la prosodia de Homero ha pasado a ser racista. La opinión pública de la universidad se volverá en su contra y quién tenía alguna cuenta pendiente con el exigente decano Silk aprovechará ahora para cargar contra él, aunque en el fondo sepa que la frase de Silk no puede tener ninguna connotación racista.

Silk, cuando las presiones ya estaban cediendo, decide renunciar a su puesto en la universidad y jubilarse. Cuando irrumpe en la casa de Zuckerman habrá muerto su mujer y él lo achacará a la tensión que propició el episodio del “negro humo”.
Además Silk, de setenta y un año, mantiene una relación con una limpiadora de la universidad de treinta y cuatro: un nuevo escándala para el exdecano que no es muy bien aceptado en la pequeña comunidad conservadora en la que vive.

Zuckerman acabará escribiendo la historia de Silk, pero no del modo en el que éste último le había propuesto, porque Silk había tratado de escribir la historia de lo que le había ocurrido en la universidad sin poder concluirla, sin poder enfrentarse al secreto que esconde ante los demás, al núcleo de su identidad: el decano Silk, que lleva años haciéndose pasar por judío en realidad es de raza negra (Roth mantiene este giro de la trama durante unas cien páginas, si no lo cuento no sé cómo enfrentarme a esta reseña). Recuerdo que al ver la película, este detalle hacía que la verosimilitud narrativa saltara por los aires, pero en la novela esto no es nada ingenuo, Silk no es un hombre evidentemente negro que se hace pasar por lo que no es. Silk en realidad es un mulato claro, algo que en una sociedad no racista resultaría solamente anecdótico, pero en la Norteamérica en la que le toca nacer, una Norteamericana con segregación racial, el detalle genético se vuelve importante: en una sociedad racista con leyes para blancos y para negros ¿cómo clasificar a alguien que es un octavo de negro, un dieciseisavo? Silk, un mulato lo suficientemente claro como para pasar por judío, decide, en la Newark de los años cuarenta, hacerse un hueco en la sociedad como blanco. Su hermano mayor Walter se convertirá, un embargo, en un luchador activo por los derechos de los negros, y renegará de su hermano.

Zuckerman nos va descubriendo a Silk y en algún momento de la novela desaparece su objetividad narrativa de vecino escritor para recrear al Silk niño que vive en Newark. En la página 249 Zuckerman nos dice: “Me enteré del secreto y empecé a escribir este libro –el libro que al principio él me pidió que escribiera, pero escrito no necesariamente como él quería.” La voz narrativa se acerca también a otros de los personajes del drama: Faunia Farley (la joven amante de Silk) o Lester Farley (el exmarido de Faunia, exmarine traumatizado por su experiencia bélica en Vietnam), en algunos casos cediéndosela hasta la primera persona.
En realidad La mancha humana juega con la estructura y la trascendencia de la tragedia griega, un arte narrativo que Silk ha enseñado a sus alumnos de Athena durante décadas: un hombre que guarda un secreto, que prefiere perder su reputación antes que hablar de él, y que se enamora en la última etapa de su vida de una mujer mucho más joven, siendo perseguidos ambos por el exmarido de ésta, un hombre decididamente peligroso. Y todo esto en el contexto de la dictadura de la mojigatería o de lo políticamente correcto que atraviesa el país; un país capaz de hacer renunciar a alguien a su familia y a su identidad para alcanzar la libertad, y años después capaz de hundir a esa persona acusándola de odiar lo que ha rechazado de sí mismo. Sobre esta esquizofrenia habla La mancha humana.
 Pero también esta novela es algo más: un ejercicio sobre los límites de la ficción; en más de una ocasión Zuckerman nos muestra que no conoce del todo la historia que nos está contando y rellena sus huecos con inventiva, con imaginación narrativa.
Y ante todo La mancha humana es un gran artefacto narrativo, una novela honda, compleja, de personajes conmovedores, que sabe aunar lo social a lo individual y entretener y deslumbrar en cada página.

No sé cómo he podido estar tanto tiempo sin Philip Roth.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Y Dios irrumpió de buen rollo, por Román Piña Valls

Editorial Sloper. 246 páginas. 1ª edición de 2015.

Román Piña (Palma de Mallorca, 1966) es mi editor en Sloper. De él he leído hasta ahora sus novelas El general y la musa y Sacrificio, además del ensayo La mala puta. Cuando el último verano pasé unas semanas en Mallorca, quedamos un día para cenar y me estuvo hablando de esta nueva novela, Y Dios irrumpió de buen rollo, que en aquel momento aún estaba terminando de escribir. Esta vez Román ha decidido editarse a sí mismo, e imagino que esta determinación tiene que ver con el contenido de la novela, muy fuertemente ligado a la actualidad social y política del país, y su deseo de que un escrito que glosa una realidad tan próxima debe ser puesta a disposición de sus lectores lo más cerca posible en el tiempo a los acontecimientos de los que aquí se habla.
Cuando el libro apareció en el mercado, le pedí a Román que me lo enviara para leerlo y comentarlo en el blog.

Y Dios irrumpió de buen rollo empieza presentándonos a sor Eulalia, una monja enclaustrada en un convento de Palma. Sor Eulalia es la encargada de la página web del convento, que promociona sus dulces típicos. Debido a esta función, nuestra monja se relaciona con el mundo exterior a través de internet. La novela sitúa su arranque temporal en junio de 2015, después de las últimas elecciones autonómicas: “España transitaba sin saber muy bien cómo de la dictadura a la democracia. Antes del golpe de Tejero habían pitado al rey Juan Carlos en Euskadi. Ahora, junio de 2015, habían pitado a su hijo Felipe. El pobre Felipe, que estaba portándose tan bien. Los españoles estaban asimilando la abdicación de Juan Carlos. No acababan de acostumbrarse a un rey que no anduviese con muletas ni hablase con un tarugo sobre la lengua.” (pág. 13)
La novela está escrita en tercera persona, pero continuamente, mediante el recurso del estilo indirecto libre, se va cediendo la voz narrativa a los pensamientos de los personajes. De este modo, en el párrafo anterior eran los pensamientos de sor Eulalia los que estábamos leyendo.

A sor Eulalia –que reza en catalán, pero habla y escribe en castellano- le duele España; y sufre continuos devaneos teológicos. Saber si Dios es de izquierdas o de derechas parece ser una de sus preocupaciones principales, y para la que no encuentra respuesta. Contactará, a través de Facebook, con uno de sus articulistas de opinión favoritos: Nofre Pou, personaje también palmesano, y que ha aparecido en otras obras de Román (que yo no he leído). Sor Eulalia se reunirá con Pou –fuera del convento- para analizar la realidad político-social del país y ver si pueden hacer algo por arreglarla y rebajar el clima de crispación al que estamos llegando. Esto les llevará a contacta con Susana, una mallorquina de origen peninsular, que trabaja de dependienta en El Corte Inglés, y que puede ser la clave para conseguir el deseado cambio.
Además de sor Eulalia, Nofre Pou y Susana, Román nos presenta a otros dos personajes: Elena Puig, una pastelera de Palma, que no cree en el bilingüismo, y que reclama para su tierra el uso exclusivo del catalán; y Frederic, natural de Campos (un pueblo del interior de la isla), camionero de profesión, mallorquín y españolista. Y quizás no debería dejar de nombrar que otro de los personajes de esta novela (como ya insinúa el título) es el mismo Dios, que vive cerca de Venus: “Los venusianos se peleaban entre ellos como niños, cogían sus berrinches y tenían sus facciones políticas también, pero si a alguien se le ocurría decir que Dios no existía, lo tomaban directamente por loco, porque tenían a Dios allí mismo. Dios se paseaba a todas horas por las ciudades y los pueblos de Venus. En ese planeta el amor en el ambiente se podía cortar con un cuchillo. Por consiguiente, no había monjas sufriendo y orando, precisamente. En el reparto de bienes divinos, a los venusianos no les había correspondido el concepto de virginidad y, consecuentemente, no se les había ocurrido ningún estilo de vida relacionado con ella.” (pág. 30-31)

Y Dios irrumpió de buen rollo muestra diversos acercamientos a la actualidad, diversas intolerancias nacionales hacia el otro (bien sea éste un nacionalista español, catalán o mallorquín), y pretende desactivar los radicalismos mediante una mirada humorística y simpática sobre las realidades que muestra. También –Román es profesor de instituto de lenguas clásicas- se ocupa de la educación, centrándose en el caso de Mallorca, y la polémica de los últimos años sobre el modelo lingüístico apropiado para las islas (la inmersión lingüística, el trilingüismo, etc); y aquí, en la educación lingüística, puede estar en la novela una de las claves para resolver los conflictos a los que se enfrenta el país (se insinúa, por ejemplo, la necesidad de realizar a los veinte años una mili lingüística, para que unas regiones del país conozcan las lenguas de otras).
La novela está escrita con un lenguaje ágil, cuidado, pero que no deja de lado su uso coloquial con fines humorísticos. Así es posible encontrar en el texto expresiones como “liarla parda” (pág. 12), “ojo al dato” (pág. 63) o “dar el cante” (pág. 69); y, por supuesto, con esta intención humorística y desenfadada está elegido el título.

A cualquier lector español le sonarán los conflictos de los que se habla en esta novela (los tuits de Zapata, la decisión de Carmena de revisar el callejero de Madrid y hacer desaparecer las calles con referencias franquistas, los comentarios nada conciliadores del periodista de cabecera de sor Eulalia, que no es otro que Federico Jiménez Losantos…) y me pregunto, por ejemplo, si se acercara a ella un argentino de Rosario qué podría opinar de esta novela, si lo narrado aquí le resultaría de alguna relevancia, o se perdería por completo dentro de su marco referencial. Quizás podría ir más allá: no sé cómo sería la lectura de un español que cogiera esta novela dentro de diez años, pues es lógico pensar que –como ocurre, por ejemplo, al ver ahora esas películas políticas de la transición española con chistes tan cercanos al momento histórico en que fueron realizadas- de aquí a diez años los tuits de Zapata habrán dejado de ser relevantes. Y éste es quizás el mayor defecto que le encuentro a Y Dios irrumpió de buen rollo: su excesiva dependencia de la actualidad política del último verano y que en más de una ocasión parece más importante para Román apostillar la realidad periodística de última hora (él, además de profesor de instituto, también es columnista de El Mundo Baleares), que dar oxígeno y movimiento a sus personajes. Y a pesar de esto, el desarrollo narrativo de la historia y los personajes –con irrupción de lo sobrenatural incluida y surrealismo delirante- acaba llevando a buen puerto la novela.

Lo mejor de Y Dios irrumpió de buen rollo, por el contrario, sería su irreverencia (se lleva a insinuar que Dios es bisexual o que los gitanos de Palma de Mallorca, por no hablar catalán, son fachas, por ejemplo), y su capacidad para hacernos sonreír con una mirada desenfada y divertida sobre la crispación política actual. Desde luego, si usted quiere leer este libro, no lo deje para dentro de un año, el momento de acercarse a él es ahora.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Los valientes, por Roberto de Paz

Editorial Salto de Página. 257 páginas. 1ª ediciones de 2015.

Conozco a Roberto de Paz (Madrid, 1982) de internet. Hemos coincidido más de una vez en Facebook o en blogs de literatura. Es cierto que nos vimos una vez en persona, en una presentación; pero yo no estaba seguro de que fuera él y no llegué a saludarte. Luego, a través de la red (nuestro medio natural para relacionarlos) ya me contó que a él le había pasado algo parecido. Hace unas semanas quedé en la librería-bar Tipos Infames de Malasaña con su editor actual, Pablo Mazo, para tomar algo y pasarle mi novela Los insignes. Pablo me regaló el libro de Roberto, recientemente publicado. A éste último también le envié Los insignes, y creo –por lo que me contó a través del chat de Facebook- que las impresiones fueron positivas.

El protagonista de Los valientes es Tirso, un treintañero que ejerce de trabajador social en uno de los últimos veranos de un Madrid ardiente. Roberto de Paz también es trabajador social e imagino que habrá usado su experiencia laboral para ilustrar más de una de las anécdotas que sobre esta profesión recorren el libro. Tirso empieza después de años a cuestionarse su trabajo: “Cómo se sienten las personas cuyos empleos están libres de consideraciones éticas y existenciales.” (pág. 21)

A Tirso le acaba de dejar su novia, y este hecho parece actuar como un motor de impulso para acercarle a su pasado. A través de capítulos que alternan el presente con la historia familiar de Tirso vamos conociendo al resto de personajes: Julia, la madre, fue una destacada licenciada en Físicas, que se casó con William Gibbons, el primer astronauta británico, que murió en 1986, en el accidente del trasbordador espacial Challenger (si bien el Challenger de esta novela se desintegrará al reingresar en la Tierra tras realizar su décima misión y no en el despegue, como ocurrió en la realidad). En la actualidad Julia ha dejado atrás su pensamiento científico y trata de encontrar la presencia de su marido en universos alternativos, a través de las continuas fotografías de los espacios de su casa. David, el hermano de Tirso, también estaba presente en la estación de Robledo de Chabela para ver en directo como su padre volvía a la Tierra cuando ocurrió el accidente. David tiene un carácter introvertido, y junto a su hermano se aficionó de niño a los grupos scouts. Esta afición le llevará a la escalada, hasta que acaba teniendo dos accidentes serios que le llenarán de culpabilidad. En el presente de la novela vive encerrado en un bajo, tratando de encontrar una máquina que consiga el movimiento perpetuo. Otro de los personajes será Helena, vecina de Rosa, la tía de Tirso y David en Alcorcón, ciudad del sur de Madrid a la que se trasladará a vivir Julia con sus hijos después del accidente en el que ha perdido a su marido. Helena es hija de un padre maltratador, y al comienzo del libro, cuando aún el lector no conoce a los personajes,  tienen lugar dos escenas claves, que cobrarán significado, una vez lo acabe: Tirso intentó en el pasado vengarse del padre de Helena, por el daño que le había causado a ésta, y en el presente vuelve a estar dispuesto a terminar el trabajo que dejó inacabado de adolescente.

Los valientes está narrada en tercera persona y en la mayoría de las páginas se acerca al punto de vista de Tirso, pero también nos narrará el pasado de Julia en la sierra de Cádiz o la importancia que tuvo para David la escalada en su formación personal. Helena, David y Tirso han formado desde adolescentes un triángulo amoroso: Tirso creció enamorado de Helena y ésta de David, quien dejó embarazada a una chica y muy joven tuvo que empezar a trabajar en la construcción.

Uno de los recursos estilísticos que más llaman la atención de la prosa de Roberto de Paz es el de la comparación. Continuamente en el texto la realidad descrita se compara con algo más, lo que le dará a la realidad propuesta su tono sensorial. En más de un caso estas comparaciones tienen que ver con el ámbito de la ciencia ficción, género literario al que Tirso parece aficionado. Así el calor de Madrid es como el de los desiertos de Dune, opina Tirso. Y un poco después se dice: “A dejar la ciudad como una maqueta de plástico achicharrada con un soplete.” (pág. 21). En la página siguiente leemos: “Las pintadas que trepan por los muros como enredaderas.”, y “Sigue caminando, y como si las aceras fueran cintas trasportadoras para acercarle de manera imperceptible a su destino, cuando quiere reaccionar está a pocos metros de casa.” En la misma página, Tirso ha pensado que se ha llegado a convertir en el Alex de La naranja mecánica. Vemos que en solo dos páginas podemos encontrarnos dos referentes muy claros de la ciencia ficción: Dune y La naranja mecánica y además tenemos en la novela ese detalle tan extraño para la biografía de un personaje que se ha criado en Alcorcón: un padre astronauta y muerto en el espacio. El tono de la novela es realista, pero no debemos olvidar estas pequeñas señales que se están sembrando en el texto: como ocurre en las novelas realistas de Michel Houellebecq, el final de Los valientes (esas personas que han descubierto que lo realmente valiente es huir) se adentra, aunque sea mínimamente, en la ciencia ficción apocalíptica, y se une así –cuando uno ya no lo esperaba- a la propuesta de otras obras del catálogo de Salto de Página sobre el agotamiento de los recursos y la necesidad de la autosuficiencia.

Como lector, me resultaba reconfortante reconocer casi todos los espacios físicos en los que Roberto sitúa a sus personajes: cuando Tirso pasea por Callao, por ejemplo, y se acerca a un quiosco, puedo ver exactamente de qué quiosco está hablando. O, lo que para mí es aún más curioso, cuando habla de Alcorcón y de la estación de metro Joaquín Vilumbrales, también conozco el lugar bastante bien. Quizás este comentario no sea pertinente, o incluso absurdo, para un lector de fuera de Madrid, pero lo que reconocerá seguro cualquier lector español es el trasfondo histórico-social sobre el que la novela está escrito: los años del pelotazo y los posteriores de la crisis: “Los compañeros de obra de David se empleaban a fondo los fines de semana para dilapidar parte del maná que fluía del ladrillo. Llenaban los centros comerciales, compraban alegremente coches que sus padres sólo se habían permitido tras veinticinco años de vida laboral. España iba bien, eran buenos tiempos y todo estaba a un simple movimiento de tarjeta de crédito.” (pág. 97). “David se fija en el anuncio de la inmobiliaria y recuerda que no hace tanto formó parte de esa locura colectiva.” (pág. 106). “Suelta el aire despacio y durante varios segundos, sólo durante dos o tres, no más, se descubre de acuerdo con la facción neoliberal que tanto detesta, con los mismos que han dejado de ingresarle el sueldo, con los que perciben los servicios públicos como un despilfarro intolerable, como algo cuya gratuidad amenaza la viabilidad del sistema, incluso los valores del esfuerzo, del trabajo duro.” (pág. 111)

Entre las personas a las que Tirso ha de atender como trabajador social aparecerá Rudo, un anciano de más de noventa años que le propone contratarle (sabe que Tirso escribe o al menos lo hacía) para redactar su biografía. Rudo pone en contacto a Tirso (y más tarde a David y Helena) con un grupo de personajes curiosos, el Club de los Oficios Inútiles. Rudo irá contando su vida a Tirso, episodios que tienen lugar al fin de la guerra civil española, en el Caribe o en Israel. Esto hace que la novela se abra a más relatos, al estilo de las propuestas de Roberto Bolaño, y dé más colorido a las páginas de Los valientes.
Como posible punto flojo de la narración podría apuntar que al principio, cuando las escenas saltaban de la vida de Tirso como trabajador social, a las escenas claves de su pasado, y de nuevo a las escenas del presente en que las que se hablaba de su relación con su hermano, su madre o Helena, no tenía muy claro hacía dónde quería ir la novela. Digamos que no estaba seguro de que Roberto de Paz hubiese planteado una historia con una trama precisa que hiciera avanzar la historia -para el lector- hacia una conclusión. Es cierto que leía el libro con agrado –está escrito con un estilo ameno- pero ¿hacia dónde va  esta historia después de habernos presentado a los personajes?, me preguntaba. Según me acercaba hacia el final, y habían aparecido sobre la escena narrativa las historias de Rudo, todo comenzaba a cobrar más forma, y a tensarse los hilos que podían haber estado hasta entonces un poco sueltos, y al final los conflictos del pasado quedarán más o menos resueltos y la novela terminará –como ya he insinuado antes- con un final sorprendente, siendo Los valientes una narración agradable, levantada sobre los mimbres de nuestro pasado más reciente, pero que indaga también en pasados más remotos y nos adentra incluso en futuros aún más inciertos.