domingo, 11 de noviembre de 2012

Chicos prodigiosos, por Michael Chabon


Editorial Anagrama. 335 páginas. 1ª edición de 1995, ésta de 1997.
Traducción de Mauricio Bach.

Ya conté en la entrada del domingo pasado que había sacado tres libros de Michael Chabon (Washington D.C., 1964) de la biblioteca de Retiro. Si a Los misterios de Pittsburgh (1988) me llevó la entrada que la wikipedia dedica a este autor, con esta nueva novela, Chicos prodigiosos, me ha ocurrido lo mismo. Reproduzco aquí el párrafo que consiguió captar mi atención: “Después del éxito de Los misterios de Pittsburg, Chabon pasó cinco años trabajando en su segundo proyecto, al que llamó Fountain City. Se trataba de una ambiciosa obra que giraba alrededor de un arquitecto que construye un campo de béisbol perfecto en Florida. Escribió más de 1.500 páginas que acabó resumiendo en 672 para entregárselas a su agente, quien después de leerlas no dio el visto bueno a la obra.
Después de abandonar el proyecto y pasar por una pequeña crisis creativa, comenzó a escribir la que sería definitivamente su segunda novela, Chicos prodigiosos, en la que se basaría en sus experiencias con Fountain City para contar la historia de un escritor frustrado que pasa varios años escribiendo una novela”. (Ver entrada de la wikipedia AQUÍ).
La acción de Chicos prodigiosos vuelve a situarse en Pittsburgh; pero ya ha pasado una década desde la novela anterior y ahora estamos a principios de los 90. La voz narrativa de Chicos prodigiosos es la de Grady Tripp, un profesor de literatura de 41 años, que en el pasado disfrutó del reconocimiento artístico gracias al éxito de sus primeras novelas y que ahora –desde hace siete años– se encuentra estancado en la redacción de una obra (titulada Chicos prodigiosos), que ya ha alcanzado el desproporcionado número de 2.611 páginas. Aunque se trata de una evocación desde un futuro más o menos lejano (como comprendemos en las páginas finales del libro) y en algunos momentos Tripp evoca su pasado, el cuerpo principal de la narración se desarrolla en tres días, en un fin de semana en el que en la universidad de Pittsburgh tiene lugar un festival literario.

Como era de esperar, el tono de esta novela es mucho más cínico que el de Los misterios de Pittsburgh. Si en esta última Art Bechstein, el joven protagonista, vive un verano crucial que marcará el final de su primera juventud, en Chicos prodigiosos Tripp, adicto a la marihuana (el traductor le llama “porrata”, palabra que nunca había oído; en mi barrio siempre se ha dicho “porreta”) no tiene ningún alto concepto de sí mismo: “No voy a pretender convencer a nadie” (pág. 40); “En un nuevo episodio de su prolongada carrera de hombre insensible y despreocupado” (nota: habla de sí mismo) (pág. 109); “Comprendí que podía escribir diez mil páginas más de brillante prosa y no por ello dejar de ser un minotauro ciego dando traspiés sin ton ni son, un ex chico prodigioso fracasado, adicto a la marihuana, con problema de obesidad y un perro muerto en el maletero del coche” (pág. 253).

En gran medida Chicos prodigiosos habla de escritores, y su retrato no acaba siendo muy favorecedor: “Se me ocurrió la idea de que un editor era una especie de Oppenheimer en versión artística y necesitaba gruesas gafas protectoras para contemplar el tremendo resplandor producido por la vanidad de los escritores” (págs. 266-267).

Durante los escasos días que dura el festival literario, Tripp recibe la visita de su antiguo amigo de la universidad Terry Crabtree, que también es su editor y al que le apetecería echar un vistazo a la novela que Tripp dice que ya ha acabado. Crabtree no va a poder seguir dando la cara por Tripp en la editorial durante mucho más tiempo, y necesitaría de él una buena novela ya.
La abundancia de hechos es apabullante en los tres días de este libro: el mismo viernes que Tripp recoge a Crabtree en el aeropuerto su mujer le ha abandonado, presumiblemente porque ha descubierto la existencia de su amante: Sara Gaskell, rectora de la universidad, y mujer de Walter Gaskell, el director del departamento de Inglés, y por tanto jefe de Tripp. Esa noche, además, Sara le cuenta a Tripp que está embarazada de él. Y por si fuera poco Tripp interrumpe el intento de suicidio –en el jardín de la casa de los Gaskell– de uno de sus alumnos de escritura creativa, James Leer, un joven sensible y atormentado que hasta cierto punto me recordaba al Art Bechstein de Los misterios de Pittsburgh.
Tomando todos estos nudos narrativos la novela avanza con un ritmo frenético: James parece quedar bajo la tutela protectora de Tripp y pasar a ser objeto del deseo homosexual de Crabtree; y después del robo de una extraña posesión fetichista de Walter Gaskell y la muerte de un perro ciego, Tripp, acompañado de James, conduce el sábado hasta la casa de sus suegros con la intención de hablar con su mujer.
Tripp es huérfano (hijo además de un padre suicida) y la familia de sus suegros, que posiblemente va a perder, ha constituido hasta ahora su recreación de un núcleo familiar: sus suegros son judíos, y sus hijos adoptados son judíos procedentes de Corea. Las escenas situadas en la casa de los suegros son vigorosas y divertidas; y con ironía se describen las curiosidades de los ritos judíos (Chabon es un escritor judío, y Art Bechstein, el protagonista de Los misterios de Pittsburgh también lo era).

En cierto modo, me ha parecido que la intención paródica y humorística (quizás como deseo de quitarse la frustración del largo tiempo que había dedicado a su fracasado proyecto anterior) de Michael Chabon en esta novela acaba jugando en su contra, y termina por presentar situaciones rocambolescas y en gran medida inverosímiles, que me han hecho avanzar por un gran número de páginas de la segunda mitad del libro con una mirada escéptica sobre lo leído; aunque también divertida, a pesar de no poder olvidar el delirio narrativo de lo contado. En este sentido me ha recordado a la reciente literatura inglesa satírica, como la novela Barras y estrellas del escritor inglés William Boyd.

Destacaría las reflexiones que Chabon hace sobre los escritores. La presencia de un escritor pulp –que se parece a H. P. Lovecraft– llamado Albert Vetch, que firma sus libros como August Van Zorn, y que vivía en la buhardilla del pequeño hotel de la casa de la abuela de Tripp, en la que éste creció, recorre los pensamientos del protagonista durante toda la novela, y consigue darle al libro un toque misterioso y melancólico. Vetch fue la primera persona que conoció Tripp víctima de lo que él llama el mal de la medianoche: “Este mal es un insomnio de origen emocional: el paciente se siente en todo momento –aunque escriba al amanecer o a media tarde– como si estuviese echado en un asfixiante dormitorio, con la ventana abierta de par en par” (pág. 28).
El mal de la medianoche me ha hecho pensar en el síndrome de Zuckerman del que habla Philip Roth, sobre los conflictos de los escritores con la realidad que los rodea. Pero, en todo caso, Chabon no profundiza en estas ideas como para poder compararse con lo escrito por Roth.

En realidad, el comienzo de Chicos prodigiosos era muy prometedor y, aunque mis expectativas no han acabado de colmarse, la novela tiene mucho sentido del ritmo, las escenas están dibujadas con precisión (aunque se trate de una precisión delirante) y hay más de un momento divertido y brillante en este libro, lo que hace que, aunque no esté a la altura de los grandes clásicos modernos norteamericanos (y estoy pensando de nuevo en Philip Roth), su lectura me haya resultado agradable.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Diablos azules: la lectura del relato


Como ya escribí aquí el martes, ayer estuve en el bar Diablos azules (c/ Apodaca 6, Madrid) leyendo mi cuento más corto –de tan sólo 12 folios- titulado Quitasol.

Había quedado en Callao con mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio (del que acaba de aparecer su primera novela, Será mañana, en Lengua de Trapo) y bajo la lluvia nos acercamos hasta Malasaña a tomar algo antes de aparecer por Diablos azules. Al llegar allí a la hora, a las 9 en punto, primer momento de tensión: salvo la camarera, una chica muy simpática, que no dejará de servirnos palomitas durante la noche, el bar está vacío. Pedimos algo. Marcelo Luján, el organizador de la sala, le manda un mensaje a la camarera para avisarnos de que va a llegar un poco tarde. Federico ya ha leído mi relato. ¿Si no viene nadie lo leo para él, para la camarera? ¿Por qué no le pregunté el nombre a la camarera , y así no tendría que llamarla la camarera? Esperamos. Sobre las 9.30 aparece Marcelo Luján y después de él un chico con sombrero.
Sobre las 10 han llegado al bar los habituales de los miércoles.
La noche está organizada de la siguiente manera: el escritor invitado lee un relato – o conjunto de ellos, si son cortos-, y después inventa una frase. Con ella se organiza un concurso: los participantes toman papel y lápiz y tienen que escribir un relato que contenga esa frase (No vale traer el relato escrito de casa e intentar meter la frase de cualquier forma).
El escritor invitado elige el relato que más le gusta.
El ganador recibe una botella de vino.

Antes de salir a la calle, sobre las 6 de la tarde, leí el relato en el sofá de mi casa. Deteniéndome para tomar un café y haciendo las pausas que marcaba el texto, tardé 24 minutos. Demasiado, pensé.
Marcelo me presenta al público. Subo al estrado y el nerviosismo se me pasa cuando empiezo a leer. Los focos me deslumbran un poco y no veo a las personas que tengo enfrente, que parece escuchar en silencio. Quince personas, si no me equivoco.

                               (Foto espectral que me toma Marcelo)

Acabo. Creo que no me he trastabillado en ninguna palabra. Mi frase es ésta: “Llovía, y sin embargo estaba deseando salir a la calle”.
Me siento junto a Federico. 
Una chica me dice que he cometido un laísmo. ¿Sólo uno?, pienso yo que soy tan de la Madriz.
Los participantes en el concurso escriben sus cuentos. Tras 20 minutos, Marcelo pide a algún voluntario que lea lo que ha escrito. Nadie se ofrece, y él los va nombrando y suben al estrado.
La variedad de relatos es notable: terroríficos, surrealistas, costumbristas, siniestros, humorísticos… La facilidad de los participantes para leerlos en público, con inflexiones de cuentacuentos, también.
Me he acercado de nuevo al escenario y anoto qué me parece lo que escucho en una hoja con un lápiz.
Se leen 11 cuentos.
Elijo el de una chica llamada Ludmila Trachta, porque me gustó el rápido dibujo de personajes en el marco de una historia siniestra.
Marcelo le entrega su botella de vino.

                         (Ludmila Trachta con su premio y su relato)


Se abre el turno para que quien quiera lea algún relato traído de casa. Dos personas leen sus relatos.
Y sobre las 12 todo termina.
Salimos de nuevo a la lluvia y yo empiezo a buscar un taxi, pensando en el sueño que voy a tener al día siguiente cuando me levante a las 6,30 de la mañana. Pero contento también con la experiencia.

En Diablos azules los martes se organizan lecturas de poesía y los miércoles de relato. Una buena iniciativa esta de juntar bares y literatura.

martes, 6 de noviembre de 2012

Diablos azules, lectura de un relato


Conocía al escritor Marcelo Luján en persona en la presentación del libro de relatos Cuentos Pacientes de Goizeder Lamariano.
Después de la presentación, tomando unas cañas, y hablando de lo que escribía cada uno, me invitó a ir un miércoles al bar Diablos azules (Apodaca 6, Madrid), donde junto a Carlos Salem coordina los recitales de poesía y relato, a leer un cuento.
De entrada le vi un problema: si realmente el tamaño importa mis relatos suelen ser bastante largos, normalmente tienen más de 20 páginas con letra de 12 puntos e interlineado 1,5.
Pensándolo de nuevo encontré uno de 12 páginas, que puede adecuarse a los tiempos de los recitales de relato en Diablos azules.
Así que mañana miércoles 7 de noviembre estaré a las 21 horas en Diablos azules leyendo mi relato Quitasol.

Éste es el cartel:


domingo, 4 de noviembre de 2012

Los misterios de Pittsburgh, por Michael Chabon



Editorial Mondadori. 255 páginas. 1ª edición de 1988.
Traducción de Marcelo Cohen.

Al regresar del viaje de San Francisco pensé que me apetecía volver a leer con más frecuencia a escritores norteamericanos y empecé a anotar mentalmente nombres: me gustaría retomar, por ejemplo, a Philip Roth y a Richard Ford, y leer a autores de esa generación o anteriores, como John Updike o Thomas Wolfe, a los que nunca leí (y quizás no estaría mal algo de los beatniks). Pero también me di cuenta de que ya existe una nueva generación de autores norteamericanos, nacidos en los 60, que desconozco. Y entonces comencé a anotar nombres como Jonathan Lethem, Michael Chabon, David Foster Wallace o Dave Eggers. (Se admiten sugerencias sobre esta nueva generación).

Un viernes hojeé libros en Tipos infames, la librería-bar de Malasaña, y me apeteció algo de Chabon y de Lethem, pero decidí no comprar nada y buscar información en Internet sobre cuáles eran sus mejores libros.
Cuando tuve esta información consideré también que debería volver a usar más las bibliotecas públicas, por un tema económico pero sobre todo de espacio: si sigo comprando libros al ritmo actual en unos pocos años no me van a caber en casa.
Y así, el viernes siguiente al de la hojeada de libros en Tipos Infames, tomé Sainz de Baranda y bajé la cuesta de Doctor Esquerdo para acercarme a la biblioteca de Retiro.

No tenían La fortaleza de la soledad de Jonathan Lethem, que posiblemente era el que más me apetecía leer. Y estuve debatiéndome entre algunos de los libros de ensayos de Foster Wallace y los de Michael Chabon. Y de este último, no estaba seguro si lanzarme directamente a su novela Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, que se supone que es su obra maestra, por la que le dieron el premio Pulitzer de 2001, o empezar con sus obras anteriores.

Al final me pudieron dos cosas, la disponibilidad de la biblioteca y la curiosidad. Así que acabé sacando tres libros de Michael Chabon (Washington D.C., 1964): Los misterios de Pittsburgh, su primera novela de 1988, Chicos prodigiosos, su segunda novela publicada (en 1997), y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, su mejor obra (según lo que leo en Internet), publicada en 2001.

Me atrajo la idea de acercarme a Los misterios de Pittsburgh por las siguientes palabras leídas en la wikipedia (ver AQUÍ): “Su primera novela, titulada Los misterios de Pittsburg, la escribió con motivo de su tesis en la UC, Irvine. Cuando la leyó su profesor, el también escritor MacDonald Harris, la envió a un agente literario, quien le propuso editarla ofreciéndole la poco frecuente suma de 115.000 dólares como adelanto. Los misterios de Pittsburgh se publicó en 1988, y rápidamente se convirtió en un best-seller en Estados Unidos, convirtiendo a Chabon en una celebridad literaria en su país.
Su rápida popularidad le reportó una oferta para protagonizar un anuncio publicitario de las tiendas de moda Gap y su inclusión en la lista de las cincuenta personas más atractivas que elabora la revista People, negándose a participar en ambas propuestas”.
En realidad creo que algo así sólo le puede pasar a un escritor de 24 años en un país como Estados Unidos y en ningún otro lugar del mundo, y me imagino que además se corresponde con una época pasada –1988–, un tiempo en el que aún no existe Internet y los escritores en un país opulento como Estados Unidos aún tenían un peso social importante. ¿Se imagina alguien la misma situación en España?

Así que Los misterios de Pittsburgh está escrito por un chico de 22 o 23 años que aún está en la universidad, y lo cierto es que su brillante primer párrafo invita a seguir leyendo: “A comienzos del verano comí con mi padre, el gánster, que el fin de semana había venido a la ciudad para concretar alguno de sus vagos negocios. Acabábamos de atravesar un período de silencio e inquina: un año que yo había pasado enamorado de una chica frágil y extraña con la cual compartía el apartamento, y a quien él, de sólo verla, había detestado con una sinceridad y una furia que no le eran usuales. Pero hacía un mes que Claire se había mudado. Ni mi padre ni yo sabíamos qué hacer con nuestra libertad”.

La acción se sitúa en la ciudad de Pittsburgh (lógicamente) a principios de los años 80 (posiblemente 1981), y todo transcurre durante un verano, el verano del último año de universidad del narrador, Art Bechstein.
Aunque la historia parece muy cercana al tiempo narrado, como si Bechstein nos hablara desde el presente de su verano, por algunas indicaciones del texto descubriremos que en realidad todo es una evocación desde la edad adulta de ese momento crucial en la vida del protagonista. Por ejemplo, leemos en la página 163: “Fuimos hasta la gran BMW negra, dejando en la cerca dos bultos del tamaño de un puño cada uno. Aún hoy es posible distinguirlos a cincuenta metros de distancia”. Y este “aún hoy” nos hace descubrir que el tiempo narrativo es posterior a lo narrado, algo que quedará claro al final de la novela.

En su último verano como estudiante Bechstein conoce a nuevos amigos: al sofisticado y atractivo homosexual Arthur, que le llevará a lujosas fiestas, y que le acercará a Phlox, la chica con la que trabaja en la biblioteca de la universidad; con esta última Bechstein comenzará una relación, aunque también se siente atraído por una de las bellas amigas de Arthur, Jane, que a su vez mantiene una relación con Cleveland, quien se convertirá también en amigo de Bechstein.

La novela tiene mucho sentido del ritmo, su lenguaje es desenfadado, pero en ningún caso el joven Chabon escribe con descuido; como es habitual en la narrativa norteamericana su dibujo de escenas es rápido, preciso y vitalista. Los diálogos abundan, y como se podría esperar de un nuevo narrador de la realidad de los años 80 hay drogas, alcohol, música... pero estos temas no son dominantes en la obra, que avanza inexorablemente hasta hacer descubrir a Bechstein su lugar en el mundo: en algún momento va a tener que elegir entre su relación con Phlox o su nueva relación con Arthur, es decir, habrá de averiguar si es heterosexual u homosexual y también tendrá que aclarar cuál es su verdadera relación con su padre, el contable de los mafiosos. A veces el estilo norteamericano comentado –las escenas precisas, el potente ritmo narrativo, las apreciaciones incisivas sobre los personajes– es tan genuino y característico que tenía la impresión al leer el libro de que si esta novela estuviese escrita por David Leavitt o Richard Ford yo la leería con la misma naturalidad intercambiable que la leo pensando que es de Michael Chabon.

En gran medida Los misterios de Pittsburgh es una novela sobre la impostura. Arthur, el joven refinado, proviene de un entorno social mucho más humilde del que pretende hacer creer a los demás; y por el contrario Cleveland, el rebelde pendenciero de la moto, el alcohólico y posible delincuente juvenil, sí que procede de una familia adinerada.

Me gusta cómo Chabon consigue que la relación de Bechstein con Cleveland (quien querrá que el primero le ayude y le presente a su padre para subir en la organización mafiosa de la que él es un simple peón) hará que aflore la verdadera relación de Bechstein con su padre.
Y así, Chabon conduce a Bechstein desde las más ricas mansiones de Pittsburgh, que Arthur se encarga de cuidar mientras sus dueños están de vacaciones, hasta las casas más miserables, donde Cleveland recauda los intereses de préstamos ilegales.

Hay un detalle que me parece tan ingenuo como encantador en la novela: todos los personajes respetan y se sienten atraídos por la literatura: Bechstein cita a Tolstoi al narrar, Phlox cita a autores franceses, a Arthur le encantan los autores hispanoamericanos como Manuel Puig o García Márquez, a los que lee en su idioma original, y el rebelde Cleveland esconde entre la ropa un libro de relatos de Edgar Allan Poe y en el pasado quiso ser escritor.

Quizás me ha parecido que la disyuntiva que Chabon propone para Bechstein al tener que hacerle elegir drásticamente entre Phlox y Arthur –entre su heterosexualidad o su homosexualidad– es un tanto brusca, o que el final trágico de Cleveland es bastante melodramático. Pero sin ser Los misterios de Pittsburgh una de las obras maestras de la narrativa norteamericana, sí que es una novela solvente, de lectura amena; y si tenemos en cuenta el hecho extraliterario de que está escrita por alguien de 22 o 23 años hace de Michael Chabon un autor realmente prometedor, del que ya llevo por la mitad su segunda novela, Chicos prodigiosos, que ya sé que es superior a su primera obra, y de la que hablaré la semana que viene.

domingo, 28 de octubre de 2012

Fruta podrida, por Lina Meruane


Editorial Fondo de Cultura Económica. 187 páginas. 1ª edición de 2007.

El mismo día de mayo que acudí a la librería Juan Rulfo de Moncloa con la intención de comprar Ferrocarriles argentinos de Elvio E. Gandolfo, curioseando entre los anaqueles de literatura hispanoamericana, me encontré con esta novela de Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970); un libro importado desde América al razonable precio de 12 euros. Como me había entusiasmado la lectura, unas semanas antes, de su última novela Sangre en el ojo, me apeteció llevarme también este libro, que no he leído hasta 4 meses más tarde.
Me resultó curioso que al ir a pagar la cajera comentara que le sonaba mi cara (algo que siempre me ha ocurrido, debo tener una cara muy familiar de español medio) y que después me preguntara si era amigo de Lina. Esto último me hizo más gracia que la pregunta anterior. Parecía un hecho extraño que en un librería de clara vocación literaria un lector comprara un libro de una escritora porque había leído ya una obra suya y le había gustado: la literatura acabará siendo igual que una red social, llegará a ser sólo un vínculo de un grupo de amigos, y escribo esto justo cuando acabo de desayunar –un sábado de septiembre– con la noticia de que la segunda novela de una famosa bestsellera se lanza con una primera edición de 350.000 ejemplares. La literatura con intencionalidad literaria ya, exenta de lectores, va quedando relegada a un reducto mínimo, a libros comprados por familiares y amigos, que leerán esos libros con condescendencia mientras piensan que la verdadera literatura es la de la bestsellera porque vende y porque es lo que leemos todos (estuve por error en una charla suya y durante una entrevista de una hora no llegó a citar, la bestsellera, a ningún escritor, cuando he estado en charlas de Rodrigo Fresán o de Enrique Vila-Matas y, además de que ya de por sí su discurso es literario, no cesan de nombrar a autores).

Fruta podrida es la tercera novela de Lina Meruane, que consiguió el Premio a la Mejor Novela Inédita de 2006 del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en Chile.

Me ha llamado mucho la atención los fuertes paralelismos que podemos encontrar entre esta novela y la siguiente de la autora, Sangre en el ojo. Como en esta última, en Fruta podrida también nos encontramos con la presencia obsesiva de la enfermedad y los hospitales. Aquí Zoila sufre una fuerte diabetes, y una de las posibles soluciones a su mal sería un trasplante de hígado.
Como en Sangre en el ojo, en Fruta podrida también nos topamos con una morbosa dependencia del otro. Si en la primera, Lina –la protagonista que pierde la visión– se aferra a su novio Ignacio, en la segunda, Zoila lo hace de su hermana mayor, María, con quien convive y de quien depende económicamente. María ha tomado sobre sus hombros la dura tarea de salvar a su hermana, que parece empeñada en dejarse morir: “Por qué no concederle la posibilidad instantánea de una muerte que yo misma he deseado siempre, algo que de a poco se ha ido volviendo posible” (pág. 112).
En las dos novelas la presencia de medicinas, hospitales, muertes, ideas sobre la vulnerabilidad del cuerpo, los trasplantes casi de ciencia ficción... son apabullantes.

También en las dos novelas se crea un contraste entre el eficiente y frío Norte (Estados Unidos) y el caótico y disperso Sur (Chile).

El estilo también está en gran parte compartido entre las dos novelas: un lirismo enfermizo, que además en Fruta podrida se interrumpe con poemas que, como descubriremos, están escritos por Zoila: “Esos cuadernos llenos de mapas, de poemas, de recortes sobre hospitales y enfermedades; todos esos cuadernos de composición donde has anotado y memorizado los síntomas y diagnósticos, cuadernos que te han convertido en la especialista en células, en complejos sistemas defensivos, en mutaciones virales y en la resistencia de las bacterias... El lenguaje del organismo es el único que verdaderamente comprendes: ese idioma es tu única lengua y es tu mejor arma de ataque” (pág. 124).
Quizás en Fruta podrida la extrañeza ante el texto es mayor que en Sangre en el ojo, una extrañeza que al comentar este último libro (ver AQUÍ) llamé expresionista, y en el anterior podría ser también expresionista, pero que se acerca más al surrealismo.

En Fruta podrida los enfoques compositivos son más diversos: además de los poemas comentados, una primera parte de la novela está narrada en tercera persona, dos más por la primera de Zoila, y una última por la enfermera de un hospital de (posiblemente) Nueva York, que hasta ese momento no tenía nada que ver con la historia.

En realidad podría apuntar que Fruta podrida me parece una versión menos lograda de Sangre en el ojo; una obra anterior en la que Meruane da salida a temas que le obsesionan (la enfermedad, la dependencia...), pero que no es hasta Sangre en el ojo (apoyada en el trabajo de experimentación y búsqueda que ha realizado en su novela anterior) cuando el sentido y la forma se aúnan para crear una de las grandes obras de la nueva narrativa hispanoamericana.

Todo en Sangre en el ojo fluye de forma más clara que en Fruta podrida: en aquélla, la primera persona de Lina narra la historia completa, y así el avance temporal –la adecuación entre lo contado y su evolución narrativa– se muestra de manera más eficiente.
En Fruta podrida la obsesión sobre la enfermedad y la muerte es demasiado apabullante; en Sangre en el ojo esa obsesión está, pero de forma más sugerida, más sutil, lo que paradójicamente hace que cobre más fuerza.

Las relaciones causales entre los hechos (si bien contienen alguna pincelada expresionista) me parecen más lógicas en Sangre en el ojo. Es cierto que en Fruta podrida comprendemos desde el principio que el texto no aspira a la verosimilitud narrativa, pero su propia naturaleza surrealista (su planteamiento de hechos exagerados o distorsionados) rompe en alguna medida el pacto entre lo contado por el autor y lo asimilado por la experiencia del lector. Y esto me ha conducido a leer la última parte de la novela, Pies en la tierra, donde la primera persona de la enfermera antes citada habla con una mendiga en el banco de un parque, que el lector entiende que es Zoila (convertida en terrorista de hospitales), con una creciente fatiga, ya que el discurso expuesto por este personaje no difería demasiado por el asimilado ya en partes anteriores desde la primera persona de Zoila.

Así que vuelvo a recomendar la lectura de Sangre en el ojo, que como escribí en su día es “una novela angustiosa y eléctrica, potente y rítmica, escrita con un lenguaje muy trabajado –prolijo en metáforas y chilenismos–, que nos hacen pesar en una narradora ya madura”, y como reflexión personal anoto la idea de haberme percatado –una vez más– de lo difícil que es escribir un gran libro, de cómo el autor (en este caso autora) ha de ir ensayando enfoques, ideas, pulsos narrativos...

domingo, 21 de octubre de 2012

The man whose teeth were all exactly alike, por Philip K. Dick


Editorial Tor. 304 páginas. Escrito en 1960, 1ª edición de 1984, ésta de 2009.

Mi relación con Philip K. Dick

Si desde que empecé a escribir en el blog le debía a alguien una entrada, ese alguien era Philip K. Dick (Chicago, 1928-Santa Ana, 1982); un escritor que, más que mi favorito durante una época, constituyó uno de los más obsesionantes pilares de mi adolescencia; de mi formación como persona, posiblemente. Entre los 16 y los 19 años leí todos los libros de Dick que pude conseguir, y hoy en día tengo en mi biblioteca algunas ediciones inencontrables de él, que podrían ser la envidia de cualquiera de los seguidores –escasos pero devotos– de Dick en España.
La historia de mi descubrimiento es sencilla: yo, de adolescente, rechazada la literatura realista; a los 12 años mi mundo era J. R. R. Tolkien, a los 14 Stephen King e Isaac Asimov, a los 16 H. P. Lovecraft y Philip K. Dick (a los dos los descubrí el mismo verano, el del 90). A Lovecraft llegué gracias a la solapa de un libro de Stephen King y a Dick gracias a Desafío total, una película protagonizada por Arnold Schwarzenegger, al que yo respetaba por aquel entonces (cuando las películas eran de los actores y no de los directores) por su versátil interpretación en Terminator.

Veraneaba en Collado Mediano, un pueblo de la sierra madrileña, y los sábados, los amigos de los veranos y yo, solíamos acercarnos (en el Seat 600 del padre de uno de estos amigos que ya había cumplido los 18) al cine de Villalba. Me gustaron las ideas de Desafío total, aquellos planteamientos sobre si la realidad era cierta, un sueño o un recuerdo implantado. Salí feliz del cine. Por entonces una película como aquella podía colmar todas mis expectativas (aún desconocía conceptos como la verosimilitud narrativa, la psicología plana de los personajes…, yo era un cinéfilo y un lector salvaje). Me dio rabia, al salir de la sala, recordar que al principio de la película había aparecido en la pantalla una nota que decía algo así como Basado en un cuento de XXXX.
Aquellos eran los tiempos crueles, impensables ahora, anteriores a Internet: esa noche pensé que si no había podido retener el nombre del escritor ya lo había perdido para siempre. Pero tuve suerte: al día siguiente, en el periódico, toda una página hablaba de Philip K. Dick. Aún tengo guardada esa página de periódico, está en la casa de mis padres en una carpeta. Pero después de 22 veranos –cómo sorprende a veces el poder de los primeros amores– aún recuerdo algunas frases de aquel artículo: “Escribía sus novelas en quince días a base de anfetaminas y aseguraba tener contactos sobrenaturales”. Recorté la noticia y la bajé a la piscina para enseñársela a mis amigos. Ninguno de ellos entendía mi entusiasmo, no sabían cuál era el tesoro que yo pensaba haber descubierto.
Al volver en septiembre a Móstoles, una de las primeras cosas que hice fue ir a la biblioteca pública para ver si tenían algún libro de Philip K. Dick. Volví a tener suerte. Leí Ubik y fue como si me diesen con un martillo en la cabeza (estoy parafraseando a Roberto Bolaño, luego explico por qué), todos aquellos planos sobre lo real, lo soñado, lo percibido; la angustia del existir, en definitiva… Y leí todo lo que encontré: Sivainvi, El doctor Moneda Sangrienta, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Tiempo desarticulado, Ojo en el cielo
Y en lo que respecta a los amigos mi fortuna no fue mayor en Móstoles que en Collado Mediano. Al principio pude convencer a David Antón (el responsable de que empezara con Isaac Asimov y Stephen King; el responsable en realidad de que dejase los tebeos por las novelas) de que leyera Ubik, pero no le entusiasmó y no siguió. Años más tarde, con unos 24 (cuando yo ya estaba profundamente aquejado de la fiebre realista), Antón me acabó pidiendo todos mis libros de Dick. Le terminaría cogiendo el gusto, pero entonces, a los 16, yo estaba solo. Era un adolescente con grandes pasiones y nadie con quien compartirlas. Aunque como dice George Orwell: no importa que seas una minoría de uno si tienes razón. Y yo no sé si tenía razón pero tenía mi razón, que al fin y al cabo es posiblemente lo único que importa cuando uno es un adolescente de suburbio con unas gafas horribles y que pasa más tiempo en la biblioteca pública o solo en su habitación que en el parque.
Llegué a escribir una carta a una asociación de fans de Dick con sede en California para pedirles información (la dirección estaba al final de un libro de la colección Nebulae, creo). Me enviaron un catálogo con fotocopias sobre diversos asuntos relacionados con Dick. Volví a escribirles, pagando el precio requerido en sellos (que iban dentro de la carta), y me enviaron a casa unas fotocopias en inglés sobre Dick, que deben estar en el armario de mi antigua habitación en la casa de mis padres. Para que después tenga que oír hablar a los jóvenes escritores modernitos sobre sus impostados años de freak adolescente.

Luego, a los 19 años, al descubrir a Charles Bukowski dejé de leer terror y ciencia ficción y me inicié en la literatura realista; de forma radical, abandoné los géneros con los que crecí. Pero unos 15 años después ocurrió algo: al leer Entre paréntesis y un libro de entrevistas a Roberto Bolaño, éste hablaba sin tapujos de su admiración (compartida con Rodrigo Fresán) por Dick; de quién leyó –creo que también a los 16 años– Ubik, y escribía sobre esta experiencia lo que he parafraseado en el párrafo anterior. Y me dije: quizás Dick no era sólo un escritor pulp, tal vez mi primera intuición adolescente –intuición de lector salvaje– sobre que Philip K. Dick era un genio, fuese cierta. Y así en 2007 inicié un revival noventero y compré sus novelas que no había leído y que estaba editando Gigamesh (una) y Minotauro (bastantes), con el miedo inicial de quedar decepcionado, que se hubiera perdido la magia y esto modificase el grato recuerdo que tenía. Pero no ocurrió: toda la magia del primer amor seguía allí, intacta. Mi primera intuición de lector salvaje era cierta: Philip K. Dick estaba a años luz del resto de escritores de ciencia ficción, Philip K. Dick era un genio. Leí ya con 33 años Los tres estigmas de Palmer Eldritch y me golpeó con su martillo la cabeza casi con la misma intensidad que Ubik a los 16. Durante más de una semana, después de acabar el libro, sentí que me había quedado atrapado en sus páginas paranoicas, asfixiantes. Y leí también, entre unos cuantos más, El hombre en el castillo, el premio Hugo de 1963, título con el que me he encontrado en alguna lista de las 100 mejores novelas norteamericanas del siglo XX (sin géneros, a nivel absoluto).

En las páginas 183 y 184 de Entre paréntesis Bolaño dice cosas sobre Dick como éstas:
“Dick es uno de los diez mejores escritores del siglo XX en Estados Unidos, que no es decir poco”.
“El acoplamiento entre lo que cuenta y la estructura de lo contado, es más brillante que algunos experimentos sobre el mismo fenómeno debidos a las plumas de Pynchon o Delillo”.
“Dick escribió Dr. Bloodmoney, que es una obra maestra”.

En el libro de entrevistas Bolaño por sí mismo, que publicó en Chile la editorial Universidad Diego Portales, Bolaño afirma sobre Dick:
“Es uno de los grandes escritores del siglo veinte”.
“Sus cuentos, por otra parte, son increíblemente buenos”.
“Dick va camino de ser un clásico y una de las características de un clásico es ir mucho más allá de la buena escritura, que no es otra cosa que una cierta corrección gramatical”.

He encontrado en Internet un artículo de Rodrigo Fresán en el que comparaba las obras de Dick Una mirada a la oscuridad y Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, con Malcolm Lowry y Louis Ferdinand Céline.
Según Fresán, en Japón o Francia a Dick le consideran a la altura de Kafka o Joyce.

El reputado escritor de ciencia ficción polaco Stanislaw Lem escribió un artículo sobre la ciencia ficción norteamericana y concluyó: no vale nada, excepto Philip K. Dick.
Y esto a pesar de que Lem hace hincapié en el mal gusto de Dick, en su estilo palurdo y en sus tramas descosidas. Dice Lem que la distancia entre Dick y sus colegas es la que hay entre Crimen y castigo de Dostoievski y el resto de autores de novelas policiacas. Y destaca sobre todo Ubik.
(Por otra parte, Dick piensa que Lem no existe, y que es una trampa de la KGB para atraerlo al bloque soviético y apresarlo).



La vida de Philip K. Dick
(Si a alguien le interesa le recomiendo la biografía escrita por el francés Emmanuel Carrère, titulada Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos).
 
Dick, que nunca consiguió un título universitario, admiraba a escritores como James Joyce o Thomas Mann; soñaba con ser un valorado escritor de literatura culta, y dedicado a este esfuerzo escribió once novelas realistas que los editores de la época rechazaron sin paliativos una detrás de otra. Mientras tanto escribía relatos de ciencia ficción para revistas pulp, que para él simplemente constituían una forma de ganarse la vida. Cuando desde alguna de las casas en las que vivió en el entorno de la Bahía de San Francisco se desplazaba a la ciudad para escuchar poesía en los locales beatniks de los años 50, tenía que soportar las burlas de cualquier oscuro y olvidado poeta beat cuando decía que él era un escritor de ciencia ficción publicado en revistas pulp.

Dick sólo vio publicada una de sus novelas realistas, la titulada Confesiones de un artista de mierda, en 1975, amparado por el creciente éxito que estaban alcanzando sus novelas de ciencia ficción, sobre todo en Europa. Novela que leí hace ya mucho porque aquí la tradujo la editorial Valdemar, y que no estaba mal, pero no a la altura de sus grandes novelas de ciencia ficción.

Dick vive casi siempre en la pobreza y malvive de sus relatos y novelas de ciencia ficción.
Abusa de las drogas, y cree tener contactos sobrenaturales, experiencias que relata en libros como Valis o Radio Libre Albemut.
Dick cree que la realidad de los años 1970 en California no existe y que él es un cristiano primitivo que sufre persecuciones en la Roma del año 70. Esto lo percibe en sueños y la realidad californiana (una realidad falsa) le va dejando pistas que confirman sus sospechas.
Dick es un esquizofrénico y un paranoico.
Dick escribió Valis y es un genio (esto creo que ya lo escribí).
Dick es famoso por la adaptación cinematográfica de su novela ¿Sueñas los androides con ovejas eléctricas? (Blade Runner en el cine), pero en realidad prácticamente la totalidad del cine de ciencia ficción de las últimas décadas se ha inspirado en sus ideas, empezando por una película como Matrix, que no puede ser más Dick. El problema de la mayoría de las adaptaciones cinematográficas de las obras de Dick es que han convertido sus historias en películas de acción, robándole casi todo su angustioso humor negro.


El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales
Compré esta novela el verano pasado en Boston (junto con algún otro libro en inglés que aún no he leído), convencido de que iba a poder leerla con normalidad durante el siguiente curso académico. Y me dio pena percatarme este nuevo verano, otra vez en Estados Unidos, de que ya había pasado todo un año y no había leído este libro. Así que al volver de San Francisco, la primera noche, al no poder dormir debido al jet lag salí de la cama a las 4 de la mañana de un sábado y me puse a leer esta novela con un diccionario hasta las 7, hora a la que imprudentemente me volví a meter en la cama. Esta novela quedará unida en mi mente para siempre (como una alteración de la realidad madrileña, que posiblemente no existe) a la confusión mental que supuso una semana de jet lag; sólo al viernes siguiente pude dormir con normalidad.

El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales es la última (y su favorita) de las 11 novelas realistas que escribió Dick; esto ocurrió en el invierno de 1960. Después de tomar esta decisión, sintiéndose un absoluto fracasado, escribió El hombre en el castillo, publicada en 1962; e igual que Cervantes murió pensando que El Quijote era sólo una novela de entretenimiento, Dick vivió pensando que esta novela, El hombre en el castillo, una de las obras maestras del siglo XX, sólo era una novela más de entretenimiento.

Leer en inglés con un diccionario, en el que buscaba todas las palabras que no sabía, me resultaba agotador, perdía el ritmo narrativo y la lectura se transformaba en un ejercicio de inglés. Dejé de usar el diccionario, y a pesar de no entender alguna palabra captaba el significado general (la prosa de Dick no es muy complicada, en todo caso).

La acción de El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales se sitúa en el condado de Marin, al norte de San Francisco, en el pequeño e inventado pueblo de Carquinez. El año es 1960. (Me encantaba reconocer las calles de San Francisco citadas en la novela).
Leo Runcible es un judío de la metrópoli, que trabaja como promotor inmobiliario en Carquinez. Walter Dombrosio es su vecino, que trabaja en San Francisco. Entre ellos se produce el siguiente conflicto: Dombrosio invita a cenar a su casa a su mecánico de la ciudad, un hombre negro. Esa misma noche Runcible ha invitado a un matrimonio amigo, al que puede llegar a vender una cara propiedad. Los amigos llegan a la casa de Runcible y le preguntan si hay algún negro en el pueblo, hecho que devalúa (bajo su punto de vista) el valor de la propiedad inmobiliaria que Runcible quiere venderles. Runcible les acusa de racistas y los echa de su casa, para acto seguido telefonear a Dombrosio y hacerle saber que su egoísmo e imprudencia le han hecho perder unos miles de dólares.
Dombrosio, sintiéndose culpable, bebe, días después, en un bar del pueblo. De vuelta a casa, borracho, se sale de la carretera y Runcible avisa a la policía. A Dombrosio le retiran el carnet de conducir durante 6 meses (Dombrosio no sabe aún que Runcible ha sido el delator). Como consecuencia, su mujer ha de conducir el coche de Dombrosio y acercarle a la ciudad. La mujer de Dombrosio se plantea conseguir un trabajo en la misma empresa que su marido. El brutal machismo de Dombrosio se dispara: su mujer intenta ser el hombre de la relación y anularle.

El estilo es el de todas las novelas de Dick: una narración en tercera persona, que cede la voz narrativa a la primera persona de los distintos personajes mediante el recurso de expresiones como pensó, consideró

Este libro describe el ambiente de los años 60 en Estados Unidos, la insatisfacción de la clase media, como Richard Yates pudo hacerlo en su novela Vía Revolucionaria (1961).
En la página 142 leemos (la funcional traducción es mía): “Lo que ha ocurrido, ella decidió, es que la completa estructura de la familia se ha roto desde la Segunda Guerra Mundial. En la Segunda Guerra Mundial las mujeres empezaron a soldar en las plantas de guerra. Como hombres. Y los comunistas han hecho lo mismo igual que en la guerra (…). ¿No podría yo permanecer en casa y hacer mi trabajo, que es tener un niño? Ese es el trabajo de una mujer. No trabajar codo con codo en una fábrica, como esas mujeres campesinas rusas, llamando a todo el mundo camarada. Ese no es el modo de vida americano.
En estos días esos Dombrosio son comunistas, pensó. Ese negro que los ha visitado; consideró. Los matrimonios interraciales son una parte del programa comunista para América”.

Me percato de algo que quizás sea lo que podía echar atrás a los editores para publicar esta novela: Dick percibe este libro como una narración realista, pero el lector la percibe como una narración expresionista. Las relaciones causa-efecto entre los personajes contienen un punto de exageración o de absurdo similar al de las relaciones que se establecen en la novela El desaparecido de Kafka.
Los personajes, perdidos y con un fuerte sentimiento de culpabilidad, se tiran sillas a la cabeza y a continuación se abrazan y se recuerdan lo mucho que se quieren.

Pero hay más: unido al agobiante drama que se cuece entre las dos parejas de vecinos, los Rucible y los Dombrosio (y entre los dos miembros de cada pareja), existe una subtrama de intriga. En el jardín de Runcible, éste encuentra el cráneo de un hombre (que podría ser un neandertal, algo nunca hallado en América), y que conduce a descubrir un extraño secreto del condado de Marin.

El conjunto posee un extraño encanto: una novela realista sobre los años 60 en Norteamérica, que tiene componentes expresionistas, y que deriva en una novela de intriga de especulación científica.
Es cierto que cuando Dick escribe tramas de ciencia ficción, con sus desdoblamientos de la realidad, se vuelve mucho más intenso y poético, pero no es desdeñable una novela como El hombre que tenía todos sus dientes exactamente iguales, y en todo caso la fuerte convicción con que está escrita se impone a todos sus fallos.

En 2007 una editorial llamada Bibliópolis (creo que ya no existe) anunció que iba a traducir y publicar las novelas realistas de Dick. El proyecto nunca se llevó a cabo. A día de hoy tan sólo la editorial Minotauro apuesta por Dick y sigue reeditando sus reveladoras novelas de ciencia ficción en unas ediciones muy bonitas. (Me falta leer los volúmenes de los Cuentos completos).
No entiendo por qué las nuevas editoriales españolas, esas a las que les cuesta tanto leer un manuscrito de un autor vivo español, esas que no paran de escarbar en la tradición anglosajona en busca de alguna supuesta gran novela olvidada, no se han fijado en la obra realista de Dick.
Al final me voy a coger fama en el sector, porque realmente les escribo a los editores para hablarles de estas cosas y ellos –claro– no me hacen caso, pero estoy convencido de que editar en España (con una portada un poco naif y un poco posmoderna) un libro tan bizarro como El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales podría ser algo insuperablemente cool.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Comentario a Siempre nos quedará Casablanca en Notas de Manel



Manel, del blog Notas de Manel, me dio hace unas semanas la sorpresa de decirme que había leído mi poemario Siempre nos quedará Casablanca. Además ha escrito una pequeña nota sobre él.
Para mí, acostumbrado a que me lean familiares y amigos (y en el caso de la poesía sólo como un favor especial) fue una grata alegría.

Dejo el enlace AQUÍ.

Gracias, Manel.

domingo, 14 de octubre de 2012

La ley de Herodes, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 139 páginas. 1ª edición de 1967, ésta de 1997.

Quizás leer en un avión a Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México-1983, Mejorada del Campo, Madrid), que murió en un accidente aéreo, pueda considerarse un homenaje o un acto temerario. Y en mi caso creo que ha sido más bien lo segundo, porque –después de acabar con Maten al león– leí entero este libro en el aire, en el vuelo de Dallas a Madrid, en vez de dormir. Lo que ha contribuido a que después de una semana aún siga teniendo jet lag; y que bajo sus premisas me despierte a las 4 de la mañana con nula capacidad de continuación hasta las 7 (las 10 de la noche en San Francisco), momento en el que me vuelve a entrar sueño.

La ley de Herodes es el único libro de relatos que Ibargüengoitia publicó como tal (aunque mi amigo –a estas alturas ya personaje del blog– el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio me ha comentado que muchas de sus crónicas periodísticas son muy parecidas a estos relatos). El libro está formado por 11 textos de marcado carácter autobiográfico. La unidad compositiva de todos los relatos es muy fuerte; en ellos nos encontramos siempre con una voz narrativa en primera persona, que el lector asume que es en todos los casos la misma y que además se correspondería con la del propio autor. Esta última sospecha es más que razonable al encontrarnos en los relatos, en varias ocasiones, con que los demás personajes implicados en la historia se dirigen al narrador llamándole Jorge o bien Ibargüengoitia. Por ejemplo:
En el tercer cuento: “Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. ‘Jorge’ me dijo” (pág. 23)
En el séptimo cuento: “Pues imagínese, señor Ibargüengoitia –me dijo doña Amalia–, que ya el abogado tiene los papeles y órdenes de embargo” (pág. 66).
En el décimo cuento: “¿No me dijeron que iban a San Antonio? ¡Me han engañado! Yo les di aquella carta creyendo que los Ibargüengoitia eran gente decente” (pág. 124).

Además, nos encontramos con sucesos narrados que fácilmente se pueden relacionar con la propia vida del autor; como las gestiones que tiene que realizar para conseguir alguna de las becas que le concedieron diversas fundaciones, o los momentos en los que habla de su actividad literaria o resulta ganador de un importante premio.

Los cuentos tienen (además de la unidad de voz narrativa) bastantes características comunes. Una de las más claras, que asalta al lector nada más empezar el primer párrafo de cada composición, es que el autor siempre se adelanta a lo narrado. Ibargüengoitia nos expone alguna de las consecuencias de lo que le ha ocurrido, y luego nos explica cómo sucedieron los hechos para llegar hasta allí. Así empieza el primer cuento: “El episodio cinematográfico sucedió hace cuatro años. Yo estaba embargado y mi aventura con Ángela Darley había entrado en una etapa negra. Una noche me salí de su casa olvidando, o mejor dicho, fingiendo olvidar, la cabeza etrusca que ella me había regalado después de tantos ruegos de mi parte. Yo estaba furioso porque ella había insistido en leer las líneas de la mano del joven Arroyo y le había dicho lo mismo que me había dicho a mí tres años antes” (pág. 9).

La mayoría de los cuentos están escritos con mucha ironía, no exenta de sarcasmo, y suelen reflejar momentos de apuro o de frustración que acontecen al narrador. Estos fracasos son en muchos casos sexuales; como ya se deja ver en el párrafo que he transcrito arriba, correspondiente al comienzo del cuento titulado El episodio cinematográfico.
Bajo el impulso narrativo comentado se podría incluir un cuento que reveladoramente se titula La mujer que no, y también La vela perpetua, ¿Quién se lleva a Blanca? y posiblemente What became of Pampa Hash? Estos cuentos podrían interpretarse también como una crítica a unas costumbres sociales, en torno al sexo, que el autor encuentra anticuadas y poco naturales (nada de sexo antes del matrimonio, etc.) y que no acaban de solucionarse al poder relacionarse con la extranjera Pampa Hash del quinto cuento señalado, donde la mexicanidad ejercida por Ibargüengoitia acaba chocando con las costumbres foráneas.

Otros cuentos critican la corrupción de las instituciones; y aquí destacaría la frustración que provoca al autor comprar un terreno que perteneció a la Iglesia, o la posibilidad de que le embarguen la casa –que construye en ese terreno– los usureros que le hicieron un préstamo. El primer cuento sería Manos muertas (“Como las órdenes religiosas no tienen derecho a tener propiedades y sin embargo las tienen, cada orden nombra depositario a una persona de honorabilidad reconocida y catolicismo a prueba de bomba. La función del depositario consiste en hacer fraude a la Nación fingiéndose propietario de algo que es de la orden”, pág. 41), y el segundo Mis embargos (“Doña Amalia tuvo la culpa de que yo no le pagara, por no presentarse a tiempo a cobrar, porque no le convenía que yo le pagara; porque no andaba tras de su dinero, sino de mi casa”, pág. 64).

Si bien en muchos cuentos el tono es irónico, o incluso sarcástico –como ya he apuntado– y en cierto modo, aunque el narrador acaba siendo el perjudicado, son narraciones con un trasfondo picaresco (“Los domingos, invitaba a una docena de personas a comer a mi casa y les decía a todos:
—Traigan un platillo.
Con las sobras comíamos el resto de la semana”, pág. 63 del cuento Mis embargos); hay otros momentos –y el más señalado es la narración Cuento del canario, las pinzas y los tres muertos– en que el tono se vuelve más serio y emotivo. En el cuento citado, Ibargüengoitia nos describe sus diversas reacciones ante gente que llama a su puerta para pedir dinero; mendigos o desconocidos que dicen representar a algún trabajador relacionado con la casa… y ante los que se finge ingenuo y crédulo porque prefiere condescender y ayudarlos a cerrarles la puerta.

Quizás más que en los otros libros que llevo leídos de este autor –siendo siempre una característica de su estilo– en La ley de Herodes el uso del lenguaje oral es más acusado.

Voy a destacar dos cuentos. El primero sería Conversaciones con Bloomsbury, donde el narrador nos acerca a Bloomsbury, un gringo que llega a México, representando a una fundación, con la idea de ayudar a escritores locales, y cómo ninguno de ellos quiere relacionarse con él porque le consideran un espía de la CIA. Este cuento, de un libro publicado en 1967, me ha recordado mucho a algunas páginas de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, publicado en 1998. Aunque Bolaño nunca cita a Ibargüengoitia en Entre paréntesis, estoy seguro de que había leído sus libros en su etapa mexicana y La ley de Herodes y otras obras de este autor influyeron en su obra.
También me parece claro que el estilo irónico, nostálgico y chistoso de Ibargüengoitia ha influido en el escritor mexicano Juan Villoro.

El otro cuento sería Falta de espíritu scout, donde Ibargüengoitia nos conduce a sus 12 años y a su pasado scout, organización que acabará expulsándole de sus filas por cuestionar su competencia. El ansia de mando de Nicodemus, el jefe scout, parece quedarse grabada en el espíritu del niño Ibargüengoitia, y aflorar, años después, en una obra que en gran parte es una gran burla de los dictadores.

La próxima semana ya no hablaré de Jorge Ibargüengoitia, aquí se acaban las lecturas que realicé durante mi viaje a San Francisco. Pero aún tengo en casa sin leer Los relámpagos de agosto y Los pasos de López, libros a los que no creo que tarde mucho en acercarme y a los que uniré la compra de Dos crímenes, para así leer la obra narrativa completa de este destacado autor mexicano.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Presentación de Cuentos pacientes de Goizeder Lamariano




Como ya comenté en el blog la semana pasada, el viernes 5 de octubre estuve en la librería Lé de Madrid (Castellana 154) presentando –junto al escritor argentino Marcelo Luján, que recientemente publicó su novela Moravia en la editorial El Aleph- el primer libro de cuentos de Goizeder Lamariano ( Aquí su blog Cuéntate la vida).
Es extraño pensar que soy profesor, que me gano la vida hablando todos los días ante un público de unos 20-25 adolescentes, y aún así me puse un poco nervioso al tener que hablar ante las 25-30 personas que acudieron a la librería Lé para acompañar a Goizeder. Al hablar me parecía que lo estaba haciendo demasiado deprisa, pero al verme en el vídeo que se grabó no lo percibo. En todo caso me dio la impresión de que Marcelo Luján tenía muchas más tablas que yo en esta clase de eventos.




Voy a dejar a continuación el texto que preparé para ese día (lo que llegué a hablar es parecido pero no idéntico). Antes de mi intervención Marcelo Luján introduce el libro, y habla del cuento como género narrativo. Y para finalizar Goizeder Lamariano nos habla de por qué se decidió a publicar su libro, y lee el primero del conjunto:

Conocí a Goizeder en enero de 2011. El mismo día que regresaba al colegio donde trabajo tras las vacaciones de Navidad saltó la alarma de google en mi correo electrónico: una entusiasta reseña de mi novela Acantilados de Howth en su blog Cuéntate la vida me alegró la semana (y el año) que empezaba.
Este verano Goizeder me comunicó la buena noticia de que iba a publicar un libro de cuentos y me preguntaba si yo querría presentárselo en Madrid. Y yo contesté que sí, claro.
Lo primero que llama la atención de Cuentos pacientes es la sugerente foto de portada, obra de José Luis Ollo, donde un hombre de espaldas, al que acompaña una maleta, nos arroja un puñado de preguntas: ¿Acaba de llegar a una ciudad o se marcha de ella? ¿Es esta su ciudad natal o es una ciudad desconocida para él? ¿Deja a algún ser querido tras de sí o va a su encuentro? ¿De qué ciudad se trata? Preguntas que podrían constituir el punto de partida de cualquiera de las 23 historias que presenta Goizeder Lamariano en su primer libro de cuentos.

Goizeder ha divido su libro en seis bloques: Cuentos de infancia, Cuentos pacientes, Cuentos eternos, Cuentos queridos, Cuentos de Alemania y Cuentos Apasionados.

Casi todos, sin descontamos el único cuento que constituye la sección alemana, son bastante cortos. En unas 3 ó 4 páginas Goizeder crea una situación, y en muchos casos acabaremos el cuento igual que al mirar la foto de la portada: llenos de preguntas.
En el primero, -perteneciente al bloque Cuentos de infancia- por ejemplo, titulado Caramelos de menta, una niña de siete años, nos narra, desde una inocente primera persona, la separación de sus padres. El momento es crucial, la niña no sabe por qué sus padres ya no viven juntos –ellos no discuten como los padres de uno de sus compañeros de clase, también separados- la niña y el lector descubren una realidad más amplia que la narrada; y el relato se cierra abruptamente cuando la niña trata de encontrar culpables a una realidad que se le escapa. Y surgen las preguntas en el lector: ¿cuándo se dará del todo cuenta esta niña de lo que de verdad ocurre con sus padres? ¿Cuándo aceptará los cambios que se va a producir en su vida?
Y la particular visión del mundo de los niños constituye la fuerza compositiva de estos Cuentos de infancia, cerrados con la historia La resaca de Jaime, donde la perspectiva cambia: ahora es el adulto el que evoca la infancia.
Los Cuentos pacientes abren otro camino compositivo, puesto que se trata en gran medida de cuentos sobre hospitales y enfermos. Un tema tan humano como el de la infancia del grupo anterior, pero menos amable (en el supuesto de que los cuentos anteriores lo fueran, que no lo eran).
Y en los Cuentos pacientes nos encontramos con la fatalidad e incluso con las burlas del destino… cuentos que paradójicamente, en algunos casos acaban bien o todo lo bien que puede acabar la vida. Mujeres jóvenes que conversan con ancianas en el pasillo del hospital, y de la conversación se podrán desprender secretos de vida o de amor.
En Cuentos eternos no cambia sólo la perspectiva desde la que se mira la realidad (la infancia, la vejez, la enfermedad…) sino que también se juega con el principio de veracidad narrativa; puesto que en esta tercera parte nos encontramos sorpresivamente con un grupo de cuentos de corte fantástico, con curiosas personificaciones de la muerte, o incluso juegos macabros como volver a narrar la clásica –y también eterna- historia del enterrado vivo.

Los Cuentos queridos posiblemente reúnan las páginas más amables del libro, puesto que en ellos, a diferencia de lo que uno suele esperar en un cuento de amor, más de una de estas historias acaba bien; pero no todas, algunas como el cuento titulado La inglesita, donde las últimas frases vuelven a llenarnos de preguntas e incertidumbres.

En Cuentos de Alemania nos encontramos con un único cuento de 26 páginas titulado El profesor de español, un cuento que podría haber estado incluido en el primer bloque sobre la infancia; ya que en él nos encontramos con una narradora adulta que evoca su percepción del mundo a los 10 años, cuando sus padres decidieron emigrar de su Navarra natal hasta la próspera Alemania de los años 60. Y allí descubrirá por primera vez algunas de las aberraciones de la historia.
En éste, como en otros cuentos del conjunto, la intención social puede hacer de enlace temático entre bloques narrativos: el pasado y las guerras perdidas recorren buena parte de estas páginas.

Y el conjunto se cierra con Cuentos apasionados, donde el amor de Cuentos queridos da un paso al frente para transformarse en erotismo y en sexualidad, cuentos que como aquellos pueden acabar bien o mal; pueden acabar como la vida: de cualquier forma.

No querría acabar de presentar el libro de Goizeder sin hablar de su estilo directo, de su gusto por la narración oral y la pincelada viva; y que lo leí atentamente con la intención de encontrar alguna errata o falta ortográfica que remitirle para la sección de su blog Con premeditación… y sin ortografía, pero no pude. La ortografía de estos Cuentos pacientes es más implacable que la vida que reflejan.

Y así tras acabar los 23 cuentos de este primer libro de Goizeder Lamariano uno tiene la sensación de haber leído más páginas de las 139 de que consta el volumen: los ecos de sus historias sobre niños, enfermos o amantes; historias de un presente muy cercano o de la Guerra Civil; de Pamplona, de Madrid, de Ibiza o de Alemania; historias reales o fantásticas; historias entrañables o terroríficas… se expanden en nosotros y al cerrar el libro y volver a mirar la portada seguiremos sin saber a dónde se dirige ese hombre con su maleta, seguiremos sin saber si llega a su ciudad natal o a una ciudad desconocida, si camina hacia alguien amado o huye de un amor desgraciado, y desearemos de nuevo dejar volar la imaginación para dar continuidad a su historia, para embarcarnos en todos los cuentos posibles, para recrear o inventar su camino, sin final como la vida y como todos los cuentos.




domingo, 7 de octubre de 2012

Maten al león, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 187 páginas. 1ª edición de 1969, esta de 1998.

Había leído ya Las muertas y tenía empezada Estas ruinas que ves, las dos novelas que había comprado –junto con la primera edición de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño en la librería de segunda mano de Fort Mason en San Francisco (de la que ya hablé hace unas semanas en la entrada titulada Un paseo literario por la costa Oeste norteamericana), y me pareció una pena no hacerme con el resto de libros de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid), que tenían allí, con precios de 4 o 5 dólares –dependiendo sólo del grosor del volumen– en las agradables ediciones mexicanas de Joaquín Mortiz.
Así que una mañana que tuve que ir con mi novia a hacer una consulta en internet en la biblioteca de la calle Chestnut, nos acercamos de nuevo a Fort Mason, que quedaba al lado (como cualquier conocedor de San Francisco sabe) y compré Maten al león y La ley de Herodes. Dejando allí de Ibargüengoitia tan sólo Los relámpagos de agosto, por tenerlo ya comprado en Madrid, en la misma edición de Joaquín Mortiz, y Los pasos de López, por encontrarse su último cuadernillo desprendido del lomo. Lo que provocaría una tercera visita a Fort Mason, tras decirme: bueno, qué importa, por 4 dólares puedo pegar ese cuadernillo desprendido (los adictos a la compra de libros somos así y, como dice mi amigo Antón, conozco a gente con adicciones peores).
Leí el comienzo de esta novela en la habitación del hotel de la calle Lombard, donde estábamos alojados en San Francisco, otra parte en una cafetería de la calle Chestnut, más de la mitad en el viaje de vuelta a Madrid: en un avión San Francisco-Dallas, durante la espera en el aeropuerto de Dallas, y la terminé en otro avión Dallas-Madrid.

Maten al león es la segunda novela de Jorge Ibargüengoitia, y si la primera, Los relámpagos de agosto, es una crítica a los últimos años de la revolución mexicana, esta lo es de los dictadores hispanoamericanos, entroncando así con la larga tradición literaria del continente.
La acción de Maten al león se sitúa en la pequeña (“un círculo perfecto, de 35 kilómetros de diámetro”) e inventada isla caribeña de Arepa, y el emplazamiento temporal nos lleva a 1926. El presidente de la República es Manuel Belaunzarán, héroe de las guerras de independencia contra los españoles, que en 1926 está llegando a su cuarto mandato consecutivo en Arepa, último que permite la ley.
En la primera página de la novela, aparece flotando en la playa el cadáver del doctor Saldaña, líder de la oposición y contrincante político de Agustín Cardona, segundo de Manuel Belaunzarán. Tras la llamada telefónica que avisa al presidente de lo que ya sabe (la muerte del doctor Saldaña); al colgar, Belaunzarán se vuelve a Cardona y le espeta: “Ahora sí, Agustín, si no ganas estas elecciones, sin contrincante, es que no sirves para político, ni para nada” (pág. 11).

La novela, escrita en tercera persona, está narrada con un tono más sarcástico que irónico, y en sus primeros y frenéticos capítulos se muestra a un gran número de personajes, descritos escuetamente y con los que, debido a la distancia que impone el sarcasmo, el lector se va a sentir poco identificado.
Tras la muerte del doctor Saldaña, los miembros del partido moderado –los opositores al régimen de Belaunzarán–, ante la preocupación de que vaya a ser aprobada la Ley de Expropiación que haría que sus propiedades pasasen al Estado, deciden contactar con Pepe Cussirat, de 35 años, que salió con su familia de la isla hace 15 años y que vive en Nueva York –el “primer arepano civilizado” (pág. 39)– para proponerle ser candidato a la presidencia de la República.
Tras la espectacular llegada de Cussirat a Arepa en avioneta –“Porque en Arepa nadie había visto un avión” (pág. 41)–, Cussirat se percata de que va a ser imposible ganar a Belaunzarán en las urnas (en la calle el pueblo pide la presidencia vitalicia para el héroe de las guerras de independencia, y en el congreso, aprovechando la ausencia de oposición –en el entierro del doctor Saldaña–, se ha votado la modificación de la ley que prohíbe más de cuatro mandatos presidenciales). En aras del cambio democrático, Cussirat centrará sus esfuerzos en atentar contra la vida del dictador.

La novela resulta cómica al narrar los continuos fracasos de matar al León, aunque todo esto flote sobre un fondo trágico de fusilamientos de falsos terroristas.

Y si Ibargüengoitia realiza en esta novela una crítica de los regímenes dictatoriales hispanoamericanos, también hace, y posiblemente con más fuerza que la aparente primera intencionalidad del libro, una fuerte crítica de la hipocresía social de los poderosos (profusamente descritos en la novela), que bajo el amparo de pedir libertad, democracia o paz, sólo velan por perpetuar sus privilegios de clase, bien sea bajo el amparo de un dictador amigo o de una aparente democracia que ellos controlen, dando así pie al inmovilismo social y a la perpetuación de las injusticias.

Al principio, al presentar Ibargüengoitia un elenco tan grande de personajes, desde los más poderosos –y desagradables– hasta los más desvalidos –representados sobre todo por la figura de Pereira, un triste profesor de dibujo de un colegio–, pensé que la novela corría el riesgo de acabar siendo una obra de tesis, principalmente socialista. Pero su propio tono nada grandilocuente hace que la composición novelística sea más compleja y rica que la achacable a una mera novela de tesis.
Y quizás pensé también que algunos de los personajes no tenían una función muy clara en la trama, principalmente fijándome en Pereira y en la descripción de su hogar humilde, en contraste con la suntuosidad del palacio presidencial o de las casas de los ricos de Arepa. Pero estaba equivocado, la presencia de Pereira queda al final perfectamente justificada en la historia.

Si comparamos Maten al león con otras novelas hispanoamericanas de dictadores, como El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez o La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, la de Ibargüengoitia, pese a ser una obra entretenida y de ritmo dinámico, no está a la altura de las citadas.
De las tres obras que llevo leídas de este autor, ésta me ha parecido la más floja. Y sin embargo me ha agradado leerla. No puedo considerar desdeñable una novela donde uno puede encontrar párrafos como el siguiente (el León Belaunzarán va a sufrir un atentado al acudir al cuarto de baño):
“Al terminar se abrocha, y después, tira de la cadena, con cierta dificultad. Se extraña al oír, en vez del agua que baja, un crujido, un cristal que se rompe, y una efervescencia. Levanta la mirada y la fija en el depósito. En ese momento, como una revelación divina ve la explosión. ¡Pum! Un fogonazo. El depósito se abre en dos, y el agua cae sobre Belaunzarán.
Con las reacciones propias de un militar que ha pasado parte de su vida en campaña, Belaunzarán brinca, es presa del pánico, huye hacia su despacho, y de un clavado se mete debajo del escritorio. Al poco rato, comprende que el peligro ha pasado, se repone y monta en cólera” (págs. 87-88).