domingo, 26 de agosto de 2012

Real en el rosedal, por Elvio E. Gandolfo


Editorial Municipal de Rosario. 64 páginas. 1ª edición de 2009.

A raíz de la lectura de los libros de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) que hice durante los pasados meses, pude contactar –gracias a Facebook- con el autor, una persona atenta, simpática y cercana. En junio me escribió al correo electrónico e intercambiamos unos e-mails; en uno de ellos me envió en PDF su novela-crónica Real en el rosedal, editado por el ayuntamiento (o municipalidad) de Rosario, que es realmente la ciudad en la que se crió aunque naciera en Mendoza. Real en el rosedal es una novela-crónica difícil de encontrar, y me imagino que pocas personas la habrán leído, así que me sentí un privilegiado al poder recibirla.
Este tipo de cosas van a conseguir que me acabe comprando un e-book: lo voy a necesitar para leer manuscritos o PDF de forma más cómoda. Como tampoco me gusta leer mucho tiempo seguido en el ordenador, lo imprimí: el texto no es muy extenso y está aderezado con fotografías, así que pude leerlo de una sentada, en una de mis privilegiadas noches de verano en las que no tengo que levantarme pronto al día siguiente porque estoy de vacaciones.

En Real en el rosedal Gandolfo nos narra un viaje de domingo a Rosario: “Más que en cualquier viaje de los últimos veinte años, digamos, había retrocedido… No, de hecho, había sentido que navegaba en ese momento mismo, dentro del ómnibus de larga distancia que entraba en la ciudad, en ese presente, en el viejo Rosario, el anterior, el profundo”, escribe en la página 7 y primera del libro. Y al entrar en este Rosario, que siente como el Rosario de su infancia o juventud, nos acercará a su familia y sobre todo nos hará un recorrido por el lugar más emblemático para él de la ciudad: el Parque Independencia.
Esta vuelta por el parque, le sirve a Gandolfo para lo mismo que le servía caminar al protagonista de El paseo de Robert Walser: para reflexionar un poco acerca de todo, la vida, el arte, el paso del tiempo…

Son numerosos los escritores que se citan en estas páginas. He registrado los siguientes: Alan Pauls, Juan José Saer, Fogwill, Mario Levrero, Ray Bradbury, Silvina Bullrich, Raúl García Brarda, Emilio Salgari, Joseph Conrad

Pero de todos ellos con quien tiene más filiación o deuda esta novela-crónica es con Mario Levrero: al leer el libro (las fotocopias del ordenador) tenía un folio al lado e iba anotando lo que me llamaba la atención, para poder luego comentar en el blog. Destaco la página 25: después de comentar algunas fotos (que aparecen reproducidas en el libro), en las que algunos familiares hacen alguna broma, comenta: “En otro orden de cosas, como diría Fogwill, la experiencia sensible me hace pensar en un humor equivalente expresado en palabras en vez de fotos. Algo del quiebre que me hizo elegir Real en el Rosedal como título de estas páginas, por el sentido múltiple, por la sonoridad repetida. Un esguince mental proveniente de un remoto pasado, un mecanismo infantiloide de la conciencia, la expresión”.
El humor de las fotos al que se refiere queda explicado en la página anterior: “Un humor un poco tonto, un poco choto, un poco descendiente del humor de los Beatles, que junto con la revista Mad y algunas películas nos había marcado mucho.” En la página 11 también ha explicado por qué ha elegido un peculiar recurso literario, el de repetir las mismas palabras seguidas: “Como si en un estado de relax metafísico, que hacía años que no sentía, me sobrara energía, aunque siendo escritor, como para repetir algunas palabras sin un sentido concreto, solo por el placer demorado, la degustación, de ralentizar la frase. Hasta con ganas de hacer algún esguince «tipo criollo», al estilo de: «Como decía, digo», y seguir. Por eso el libro empezaba con estas palabras: “Aquel domingo, (aquel, aquel domingo)”

Con el sentido múltiple del título se refiere a que en el Rosedal del parque es donde su hermano suele encontrarse con Real, un antiguo jugador de fútbol local, al que los Gandolfo admiran. En este paseo proustiano hacia la infancia, los nombres de jugadores de fútbol se acaban entremezclando con los nombres de escritores, al mismo nivel de importancia. Y es allí también donde el autor se siente real (ese apellido tan de Saer, dice, y me encanta tener la referencia: está hablando, claro, del doctor Real, uno de los protagonistas de Las nubes; y también, en un orden de cosas más amplio, de ese deje tan de Saer al analizar la percepción de la realidad de los personajes) en el rosedal del Parque.

Y yo había anotado en mi hoja, a lápiz, sobre la página 25 “muy Levrero”, pensando en esos quiebros con el lenguaje tal metaficcionales y en los juegos de Levrero en libros como El discurso vacío o La novela luminosa; y dos páginas después veo que Gandolfo también estaba pensando en Levrero: “Tal vez todos estos esguinces y garliborleos, como diría Mario Levrero, sean para esquivar el hecho emocional profundo, que me produce un poco de vergüenza, por su magnitud. Sin rebajarlo con comentarios o matices irónicos, debo manifestarlo: el Parque Independencia es el mejor parque si no del mundo, al menos de mi mundo.”

En su paseo también le da tiempo a Gandolfo para hablar de su primera novela El instituto (que leí en el libro Sin creer en nada), y de las escenas de aquélla que situó en el Parque.

El lenguaje de Real en el rosedal me ha parecido poético, evocador, quizás más maduro y elaborado que el del Gandolfo que conocía hasta ahora. He remarcado en especial una frase por su belleza y su sonoridad: “Saltamos en el tiempo y el Parque sigue asomando su gran cabezota archimboldesca, desmesurada, oscura y luminosa a la vez, moviéndose lenta, nimbada de grandes eucaliptos.”

Como ya he dicho, es algo desalentador que un escritor con la calidad de Elvio E. Gandolfo sea tan desconocido en España.
Para ver si los editores españoles toman nota (He escrito a tres editoriales, que supuestamente desean descubrir literatura de calidad, para hablarles de Gandolfo, y una me ha contestando dándome unas razones lógicas para el NO -“falta de capacidad”- y otras dos ni me han contestado) voy a contar una anécdota que he encontrado por internet: un periodista pregunta a Fogwill cuál es el más grande de estos tres escritores argentinos: Saer, Piglia y él mismo; y Fogwill, deportiva o elegantemente, contesta que es Saer (el único que en ese momento está muerto), pero añade que ni Piglia ni él son capaces de escribir un cuento como los que escribe Gandolfo.

domingo, 19 de agosto de 2012

La carretera, por Cormac McCarthy


Editorial Mondadori. 210 páginas. 1ª edición de 2006, ésta de 2007.

Hace unos años leí de Cormac McCarthy (Providence, EE. UU., 1933) la novela No es país para viejos (2005). Fue una lectura interesante: me gustó mucho su ritmo y cómo jugaba con el recurso de las elipsis narrativas, aunque quizás esta obra adolecía para mí de falta de reflexión. Hay algo que suelo buscar en una novela: el reflejo del flujo de conciencia o de pensamientos de los personajes, para poder acercarme a ellos, para que leer sea una experiencia diferente a la de ver una película.
Es decir, si yo leo una novela de Philip Roth acabo sabiendo quiénes son los personajes que la novela nos presenta, porque sé qué piensan sobre el mundo planteado por el escritor, y en No es país para viejos los personajes sólo se definían por sus acciones y sus diálogos. Algo nada novedoso por otra parte: Dashiell Hammett ya había escrito varias novelas policiacas usando técnicas cinematográficas antes que McCarthy naciera.
 No es país para viejos me pareció una historia potente, que ocultaba un guión cinematográfico en su descripción escueta de las escenas narradas. Vi la película y me gustó, pero no tanto como el libro: yo sabía al verla cuáles eran las escenas de la novela que habían sido suprimidas.

En 2010 vi en el cine la adaptación cinematográfica que hizo el director John Hillcoat de La carretera: fue una película que me impresionó. Me pareció que estaba muy conseguida la imagen apocalíptica del mundo imaginado, con esos grises abrumadores, los árboles muertos… Y las actuaciones de Viggo Mortensen y del niño Kodi Smith-McPhee me resultaron muy convincentes.

Un amigo que vio la película y leyó la novela me comentó que la adaptación cinematográfica era bastante fiel al libro. Aún así, después de ver la película me quedé con la idea de leer el libro, que por otra parte está en la biblioteca de Móstoles (aunque casi siempre prestado). Y hace unas semanas me apeteció hacer un alto en el volumen de El Aleph con las 3 novelas de Juan José Saer, y cuando estaba acabando la segunda saqué La carretera de la biblioteca.

El resumen argumental del libro creo que es de sobra conocido: en un futuro cercano, el mundo parece haber sufrido una crisis nuclear. La flora y la fauna han muerto. El suelo está cubierto de cenizas, el sol casi no puede atravesar una capa de sedimentos en suspensión, y la temperatura del planeta ha bajado. Entre árboles muertos, sobre cenizas, un padre y un hijo se desplazan con un carrito de la compra hacia el sur (en la zona donde se encuentran el padre sabe que no podrán resistir otro invierno). Gracias a las indicaciones de un mapa, siguen la línea marcada por las carreteras interestatales. En el mundo quedan algunos humanos, pero cada vez menos comida. Sólo hay dos formas de alimentarse: encontrar latas de conserva que aún no se hayan comido otros o recurrir al canibalismo. Padre e hijo viajan hacia el sur esquivando a grupos armados de caníbales.
“Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía” (pág. 10); como se nos informa en la segunda página del libro, la única motivación del hombre para seguir vivo es proteger a su hijo; continúa el párrafo citado: “Y dijo: si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca” (¿Entre los dos Dios no debería haber una coma?, me pregunto)

La voz narrativa, en tercera persona, acompaña casi siempre el punto de vista del hombre; y digo casi siempre porque en la página 14 (la 5ª del libro) hay una única vez que se cede al niño: “Estuvo mucho rato tratando de dormir. Al cabo se dio la vuelta y miró al hombre. Su rostro a la luz de la pequeña lámpara rayado de negro por la lluvia como un actor dramático de la antigüedad.” Al leer este párrafo en la 5ª página del libro, pensé que el narrador iba a ir distribuyendo el punto de vista entre el padre y el hijo, pero no es así: esta es la única vez (si descontamos las páginas finales, en las que el niño se ha quedado solo, aunque aquí todo está descrito con mucho distanciamiento), y más que otra cosa me ha parecido un titubeo narrativo inicial que el autor se olvidó de corregir en la versión definitiva de la novela (además el niño, debido al momento en que ha nacido, no sabe lo que es un actor dramático de la antigüedad).

Quizás al comenzar a leer La carretera tenía muy presentes las imágenes de la película y el mundo planteado por McCarthy no conseguía sorprenderme. De hecho, temí algo: este libro ha sido un bestseller, no será verdad que tenga concesiones de bestseller, porque lo sospeché en algunos momentos iniciales: el protagonista se interroga en la pág. 15: “¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón?”, pág. 26: “La luz diurna cruda y fría colándose por el tejado. Gris como su corazón”, pág. 47: “El corazón me lo arrancaron la noche en que el nació” y sólo un poco más abajo en la misma página: “Porque yo ya estoy harta de mi prostituido corazón”.
La verdad: demasiados corazones para mí (he estado pensado hacer un chiste con el famoso programa de Anne Igartiburu; pero luego me he dicho: esto es más propio de La medicina de Tongoy; sé fiel a tu estilo sobrio, no le copies los recursos narrativos al amigo Carlos). La frase “Gris como su corazón” estuvo a punto de conseguir que cerrara el libro. No me podía creer que una historia tan dura y tan seca tuviera estas concesiones a la cursilería.

La narración de La carretera es en gran medida descriptiva: aquí abundan las frases cortas, que usan verbos en pasado perfecto simple y que implican movimiento.
Para conseguir que la narración sea más rápida y dinámica se usa otro recurso: en muchas frases se omiten los verbos, por ejemplo: “Ese es el primer ser humano aparte del chico con quien había hablado en más de un año. Mi hermano a fin de cuentas. Las especulaciones de reptil en sus ojos fríos y movedizos. Los dientes grises y podridos. Mazacote de carne humana. Que ha hecho con cada palabra del mundo una mentira.” Los verbos omitidos normalmente son éstos: ser, estar, tener, ver…, y al omitirlos se evita una repetición torpe.
En realidad, los recursos narrativos son bastante sencillos.

En algunos momentos, la lectura de lo narrado, además de ser visual, sí invita a la reflexión; en este sentido, me han gustado párrafos como éste: “Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglobales. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombres de cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él habría pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos” (pág. 69-70).
El párrafo anterior sí entra en el territorio en que la literatura puede luchar contra el cine, en el de la reflexión y las ideas.

Si he de comparar esta novela con Plop de Rafael Pinedo (comentado en el blog AQUÍ), diría que esta segunda –publicada en 2003 y por tanto 3 años antes que La carretera- me pareció más original que la que comento hoy aquí; porque Plop conseguía crear un lenguaje nuevo adecuado al mundo que describía. El narrador de Plop no le explicaba el mundo a un contemporáneo como hace La carretera, sino a un habitante del propio mundo propuesto.
Sin embargo, La carretera tiene una capacitad más grande para resultar empática con el posible lector, ya que de difícil forma podíamos identificarnos con el código de normas deshumanizadas que regían el mundo de Plop, y en La carretera nos encontramos con el sentimiento universal de un padre que desea proteger a su hijo.

Sé que el haber visto antes la adaptación cinematográfica ha hecho que disfrute menos de La carretera: el mundo propuesto por McCarthy ya era territorio conocido para mí, y en esta novela predomina fuertemente la narración del puro movimiento respecto a la reflexión; así que básicamente era como si estuviese leyendo el guión de la película (he podido descubrir qué escenas no se llevaron a la pantalla: en realidad, la adaptación es muy fiel, y sólo tiene alguna supresión).
Quizás también debería apuntar que uno suele esperar mucho de un libro del que se ha hablado tanto y que ha llegado a ganar un premio importante como el Pulitzer de 2007, y que las altas expectativas a menudo llevan a la decepción. Y al revés: si La carretera estuviese escrita por un autor desconocido hace 30 años, un autor que murió en la pobreza -por ejemplo en 1986- y ahora alguien ha rescatado aquel libro que casi no tuvo difusión y lo ha traducido al español y aquí lo comercializa una pequeña editorial –y no ha habido ninguna película- seguramente yo diría en el blog que es un libro que merece mucho la pena.

En todo caso, después de algunos titubeos iniciales, debidos a lo simple que me parecía el lenguaje, y a esos puntos de fuga hacia la cursilada (recordemos el exceso de corazones), he acabado, al acercarme a la mitad del libro, por entrar en la historia y poder disfrutarla más. Pero la he disfrutado como lo que realmente es: una novela de género (una novela visual de acción).
Así que por ahora Cormac McCarthy me está pareciendo un excelente guionista cinematográfico, del que en algún momento me gustaría leer La trilogía de la frontera, de ella –recuerdo haberlo leído en Entre paréntesis- que Roberto Bolaño hablaba muy bien.

domingo, 12 de agosto de 2012

La vuelta completa, por Juan José Saer


Editorial El Aleph. 351 páginas (127-478 de este volumen). 1ª edición de 1966, ésta de 2012.

Después de Responso he seguido con La vuelta completa, segunda novela de Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, Argentina, 1947 – París, 2005). Entre las dos encontramos una primera filiación: el lugar. Aunque, como ya he comentado en el blog, el espacio físico de las historias de Saer nunca es nominado -siempre es “la ciudad”- las calles de este espacio físico se corresponden con Santa Fe. En la página 181 leemos: “El coche llegó al bulevar y dobló a la derecha, en dirección al puente colgante”, este puente colgante es el mismo que cruzaban los personajes de Responso cuando iban en el taxi de Hermosura a la timba de cartas. Y en la página 208 también se nombra al mismo Yacht Club que aparece en la novela anterior. Si bien el tiempo narrativo de Responso se situaba en diciembre de 1962, en La vuelta completa estamos en marzo de 1961.

Al leer La vuelta completa, sin embargo, lo narrado en Responso parece quedarse algo aislado dentro del universo creativo de Saer, puesto que los personajes de esta primera novela no tengo constancia de que vuelvan a aparecer en otras, como sí ocurre con los de La vuelta completa. Aquí podríamos decir que asistimos al primer capítulo de un proyecto narrativo de décadas: en esta segunda novela aparecen ya algunos de los personajes más característicos de Saer, Carlos Tomatis, César Rey, Clara Rosemberg, Barco, Leto… sobre los que podremos leer en Glosa (1998), La pesquisa (1994)… y despedirnos en la comida final de La grande (2005).

La vuelta completa comienza cuando César Rey se encuentra casualmente con Carlos Tomatis en Correos. En realidad, Rey ha quedado con su amigo Marcos Rosemberg para comer. Durante la comida, Marcos le hace saber a Rey las sospechas que tiene sobre que se acuesta con su mujer, Clara; personaje que aparecerá no mucho después acompañando a Rey en coche, hasta un hotel fuera de la ciudad.
La vuelta completa se divide en dos partes, y la primera El rastro del águila termina con uno de los personajes (prefiero no especificar cuál) intentando suicidarse en la habitación de un hotel.

La vuelta completa es una novela de fuerte contenido existencialista, algo por otra parte bastante de moda en la Argentina de la época, como podría atestiguar, por ejemplo, la publicación en 1969 de la novela Los suicidas de Antonio Di Benedetto.
Los jóvenes protagonistas de La vuelta completa, muchos de ellos interesados en la literatura (Rey ha escrito cuentos, y Tomatis está escribiendo una novela) se interrogan constantemente sobre el sentido de la vida; por ejemplo, en el diálogo que se establece entre Rey y Marcos en el restaurante podemos leer: “Primero hay que determinar si la vida merece ser vivida” (pág. 147), y poco después: “Los «curados», o los que nunca han estado «enfermos», se especializan en sí mismos y escriben libros sobre la desesperación” (pág. 153)

En la página 235 empieza la segunda parte de La vuelta completa, titulada Caminando alrededor, y parece en realidad que empieza otra novela. La narración, en tercera persona, como antes, nos acerca ahora al personaje de Pancho, joven profesor de literatura en un instituto, atormentado por –como iremos descubriendo- problemas mentales que le hacen sufrir y no comprender el sentido de la vida.
En Caminando alrededor, acompañamos a Pancho en sus interminables idas y venidas de la casa de sus padres -donde vive- hasta las calles del pueblo; igual durante el día que durante la noche, pues padece insomnio. En la pared de la habitación de Pancho se exhibe los retratos de Nietzche, Freud y Dostoievski, trinidad de autores que parecen regir los designios creadores de Saer en esta obra.

 La narración de Caminando alrededor se ha iniciado un poco antes que la de El rastro del águila, pues según avanza la segunda –de bastantes más páginas que la primera- se alcanza alguna escena ya descrita en la otra, escena que se nos vuelve a describir ahora desde la perspectiva de otra persona. Y esta capacidad para describir las mismas escenas desde perspectivas distintas posiblemente sea uno de los mayores logros de esta novela.

Pancho, como también ocurría en El rastro del águila, está pensando en suicidarse; “La muerte era ridícula. No. La vida era lo ridículo, ese salto mortal sobre el abismo” (pág. 375)

En la página 301 Tomatis expone una teoría de la novela, que podría ser el credo del propio Saer: “El lenguaje de la novela tiene que tener la naturalidad de la vida; y en último caso, si algo tiene la obligación de ser fuerte en una novela (y no creo que sea imprescindible tal cosa) no tienen que ser las palabras sino los hechos”.

La narración de La vuelta completa transcurre en muy poco tiempo, apenas un par de días, y la prosa de Saer persigue los movimientos de los personajes de un modo obsesivo. Para acercarse a César Rey o a Pancho, el autor no nos pone al corriente de sus pensamientos, sino de sus actos; y en la prosa de esta novela abundan los verbos que expresan movimiento, conjugados en pretérito perfecto simple; “Un momento después se irguió, se volvió y se recostó contra la vidriera” (pág. 276).

Leo en la wikipedia que la crítica considera que Cicatrices –novela que cierra este volumen editado por El Aleph- es la primera novela madura de Saer.

Quizás en La vuelta completa se puedan encontrar aún algunos defectos o imprecisiones que hacen que en esta novela Saer no haya alcanzada todavía su madurez narrativa: el trasfondo existencialista y la tendencia al suicidio de los personajes parecen un tanto impostados; la narración pura de acciones –desprovista de pensamientos- a veces se hace algo mecánica y monótona; y la reflexión inserta en los diálogos hace que estos suenen demasiado pomposos y poco naturales.

En todo caso, si bien Responso era una narración clásica con los aciertos y limitaciones de juventud que ya señalé, La vuelta completa se acerca más al Saer de sus grandes obras; y debo señalar que muchos de sus temas y tratamientos narrativos están ya aquí: la amistad, centrada en esos encuentros festivos, donde los personajes parecen conocerse y filosofar comiendo o bebiendo; el cambio del punto de vista sobre la realidad; el gusto por el diálogo; el uso de la historia dentro de la historia (un relato borgiano sobre unos monjes que habitaron en la ciudad en el pasado, contado por Barco a Pancho, es uno de los mejores momentos del libro).
Para mí, lo mejor de todo ha sido conocer los primeros encuentros juveniles de unos personajes que han desarrollado sus historias de madurez en alguna de las mejores novelas que he leído en los últimos años.

domingo, 5 de agosto de 2012

Responso, por Juan José Saer


Editorial El Aleph. 106 páginas. 1ª edición de 1964, ésta de 2012.

Cuando El Aleph publicó hace unos meses un volumen con las 3 primeras novelas de Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, Argentina, 1947 - París, 2005) y lo vi en la mesa de novedades de La Casa del Libro de Goya no dudé en comprarlo. Además, El Aleph –en un volumen de apariencia muy similar– ha reeditado también los Cuentos Completos de Saer, que leeré también.

He decidido hacer una entrada en el blog de cada una de estas novelas.
Así que hoy voy a hablar de Responso (1964), la primera novela publicada de Juan José Saer, después de un volumen de cuentos en 1960, En la zona.

Cuando Saer escribió Responso (fechada entre diciembre de 1963 y enero de 1964), tenía unos 26 años. Me gusta leer las primeras obras narrativas de los escritores que admiro y comprobar que ni siquiera un autor de la altura de Juan José Saer empezó a escribir siendo ya Juan José Saer. Es decir, que tuvieron que pasar años de trabajo, de lecturas, de borradores, de aprendizaje... para poder escribir en 1985 un libro de la calidad literaria de Glosa.
Y no he escrito lo anterior pensando que Responso sea una mala novela, sino que no estoy de acuerdo con una frase del prólogo –por lo demás, excelente– de Ricardo Piglia para este volumen: “La prosa de Saer, que parece surgir de la nada, que se produce a sí misma con la misma perfección desde el principio” (pág. 15).

El planteamiento narrativo de Responso es más clásico que el de posteriores novelas de Saer: estamos en diciembre de 1962 y Alfredo Barrios, un hombre de 45 años y 125 kilos de peso, está de visita en casa de Concepción, su ex mujer desde hace 6 años (estuvieron juntos 8). A Barrios le gusta la casa de su ex mujer, y ella parece abrirle las puertas a una nueva convivencia si él consigue cambiar los malos hábitos de vida que la llevaron a separarse de él en el pasado.
En el segundo capítulo el narrador nos informa de por qué Concepción abandonó a Barrios: en el año 55 Barrios era un periodista afiliado al sindicato. La caída de Perón también va a ser la suya: unos matones le darán una paliza y perderá su trabajo. A partir de aquí empieza la decadencia y el abandono para Barrios: el alcohol, el juego, las malas compañías...

Salvo el retroceso temporal que supone este segundo capítulo, la novela avanza linealmente y toda la trama se desarrolla en unas 12 horas.
En el primer capítulo, Concepción le presta por unos días a Barrios una máquina de escribir propiedad del Ministerio.
Y, como ocurre en el cine neorrealista italiano –estoy pensando en Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica–, uno sabe de inmediato que esa máquina de escribir es un objeto fundamental en la historia: va a simbolizar el destino trágico de Barrios, como así ocurre.

Barrios se reúne en un bar con su amigo Hermosura, un taxista nocturno que antes fue conductor de ómnibus, y quizás cuando Saer nos narra el pasado trágico de Hermosura acaba cayendo en un realismo un tanto tremendista.

Además de haber resaltado ya algunos mecanicismos sencillos (o primerizos) en la construcción de la historia, me voy a permitir resaltar algunas debilidades estilísticas de las que adolece esta novela:

1) En el primer capítulo existe un abuso de adverbios terminados en el sufijo -mente.

2) Se insiste demasiado en lo feliz que haría a Barrios poder volver con su mujer y vivir con ella en su nueva casa: “Aquella limpia imagen que acababa de contemplar, loco de entusiasmo” (pág. 76); ese loco de entusiasmo me ha parecido redundante, puesto que el narrador ya nos ha puesto al corriente de las esperanzas de Barrios unas cuantas veces.

3) Se abusa (en alguna ocasión) de la descripción tópica de la naturaleza: “Iban apareciendo las duras estrellas inmortales” (pág. 115). Ese inmortales sobra, es demasiado modernista para 1964.

¿Y no se anticipa ya en Responso el genio de Juan José Saer? En realidad, sí.

Las reflexiones sobre la naturaleza humana empiezan ya a ser notables. En la misma página 76, que he señalado antes, Saer escribe: “En seguida podía comprobarse que era la esperanza de felicidad lo que hacía que la vida se volviera trágica, no la experiencia del sufrimiento, porque el sufrimiento nos induce a pensar que ninguna de las cosas que constituyen la vida merece nuestra adhesión y nuestro afecto”.

Me ha parecido que Saer muestra ya una gran sutileza en la composición de las escenas:

Un ejemplo es la descripción del viaje nocturno que Barrios y Hermosura realizan junto a un cliente del taxi, un doctor al que llevan hasta una timba de juego: cómo se alternan la conversación, la descripción del viaje y los pensamientos de Barrios me ha resultado notable.
También me ha gustado la composición coral de los personajes alrededor de la mesa de juego.

Responso se desarrolla ya en el territorio mítico de Juan José Saer, la ciudad (que no es otra que la siempre innombrada Santa Fe: “Saer trabaja en cambio la fundación imaginaria de un lugar real: establece un espacio muy preciso para la circulación de sus historias, pero nunca nombra ese lugar con precisión; lo llama desde el principio y siempre, la ciudad. La realidad se mantiene en suspenso, en el borde de la denominación, lo real está fuera de lo real”, escribe Piglia en su prólogo).

Me ha resultado especialmente simpático un detalle de esta novela: Saer aparece como personaje en ella. Concepción, gran lectora, ha comprado un libro de cuentos de un joven autor local: “Concepción le había mostrado su última adquisición, un librito de tapas de cartulina roja, con un círculo blanco en el borde inferior de la portada, donde en grandes letras negras se leía el título de la obra: En la zona. Era de un autor local, y Concepción le contó que el empleado de la librería se lo había recomendado diciéndole que si bien era una obra realista, tenía mucho contenido moral. El empleado le señaló a Concepción un joven que se paseaba por la librería, hojeando libros con aire aburrido: ‘Ese es el autor’, le había dicho el empleado. (...) Un muchacho de ojos soñadores que al darle la mano le había dicho que con mucho gusto iba a firmarle el ejemplar. Parecía una buena persona, y no tenía pinta de escritor. Parecía un hombre como todos” (pág. 54).

Me ha gustado leer Responso porque todo lo escrito por Juan José Saer me interesa, pero creo que me ha gustado más descubrir, al empezar a leer La vuelta completa, que en esta novela ya aparecen los personajes clásicos de Saer: Tomatis, los Rosemberg, etc. 
Ya hablaré de esta obra la semana que viene.

domingo, 29 de julio de 2012

La banda del Ciempiés, por Mario Levrero


Editorial Mondadori Argentina. 190 páginas. 1ª edición de 2010.

Éste es otro de los libros que, en las pasadas Navidades, me mandó mi amigo Leandro Hernández desde Chile, porque Mondadori no se decide a publicar toda la obra de Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) en España. Así que edita 2.500 ejemplares en el barrio de Avellaneda en Buenos Aires, y de ahí los distribuye a Argentina, Uruguay y Chile. Lo que sigo pensando que es un error: Mario Levrero ya tiene el suficiente número de lectores en España como para que su edición aquí sea rentable, o Mondadori debería apostar –opino, sin tener sus cuentas de resultados en la mano, claro– por el futuro: debería ser un orgullo para ellos tener a un autor de la categoría de Mario Levrero en su catálogo. Yo aún sigo esperando que Mondadori edite la antología de cuentos de Levrero que había seleccionado Ignacio Echevarría y que se anunciaba en la contraportada de La novela luminosa, editada en 2008.

Leo en la wikipedia que de La banda del Ciempiés, fechada en enero-marzo de 1988, apareció una versión abreviada, publicada como folletín, en el suplemento Verano/12 del diario Página/12, Buenos Aires, en enero-febrero de 1989, y que la versión completa la ha publicado por primera vez Mondadori en 2010.
Entre las obras de Levrero que he leído, La banda del Ciempiés guarda una estrecha relación con la novela Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, fechada en 1973, libro que ya comenté en el blog hace unos meses (ver AQUÍ).

Como en Nick Carter, la acción de La banda del Ciempiés se sitúa en una indeterminada ciudad norteamericana, y además los nombres de los personajes son anglosajones; estos dos elementos –ubicación norteamericana y nombres anglosajones– le sirven a Levrero para jugar en su novela al género policial con tintes paródicos.
En ambas novelas nos encontramos con un famoso detective que debe resolver un enigma que supera a la policía.

El hecho terrorífico que asola a la ciudad donde se desarrolla la acción queda descrito en la segunda página de la novela de este modo:

“El origen de todo esto había sido una voz de mujer que gritó apenas dos palabras: ¡El Ciempiés!
En efecto: a pocos metros de la salida del cinematógrafo se había formado una vez más el aterrador muñeco que aparecía a cualquier hora del día y de la noche con la única aparente finalidad de provocar el pánico, y tenía en jaque tanto a la policía como al resto de los ciudadanos. El cuerpo del muñeco estaba formado por un largo trozo de tela muy liviana, calada, con forma de gusano, que cubría a una cincuentena de hombres que, de este modo, cobraban la apariencia de un gigantesco ciempiés. Estos hombres corrían disciplinadamente, moviendo sus piernas en forma perfectamente acompasada, mientras algunos de ellos hacían sonar unas matracas de madera y otros unas pequeñas panderetas (...).
Los hombres corrían, haciendo ondular el largo cuerpo del muñeco, y destruían lo que tocaban: vidrieras, vidrios de automóviles o cualquier otro objeto que encontraban en su camino, mientras que a la gente la golpeaban con gruesos palos o la herían con finos estiletes o la atropellaban y pisoteaban o simplemente la acometían a puñetazos, disparados sin detenerse en ningún momento la marcha del muñeco galopante. Al llegar a la esquina siguiente se quitaban la tela que los cubría, y esa tela o bien era abandonada en la calle o bien era plegada cuidadosamente entre dos de esos hombres, y uno de ellos la guardaba entre sus ropas, mientras los cuarenta y ocho restantes se dispersaban rápidamente”.

Sé que la cita es especialmente larga, pero creo que merecía la pena reproducirla: si uno abre un libro y en la segunda página lee lo entrecomillado arriba creo que será difícil que no se le escape una sonrisa.
Si bien Nick Carter parecía una parodia de los principios freudianos, La banda del Ciempiés es más bien una parodia de los folletines del siglo XIX y de varios géneros de literatura barata (sin olvidar las pulsiones freudianas, como el deseo sexual compulsivo de algunos personajes).
Aquí, a diferencia de lo que ocurría en Nick Carter –aunque en La banda del Ciempiés las relaciones causales entre unos hechos y otros son absurdas–, se conserva más la lógica física; es decir, mientras que en Nick Carter el detective salía de casa saltando cinco pisos desde la ventana, o los espejos mostraban una realidad diferente a la que debería aparecer reflejada en ellos, los personajes de La banda del Ciempiés son más humanos (el detective no lleva a su ayudante en una bolsa) y están más sometidos a leyes universales, como la de la gravedad.

He detectado la parodia en esta novela al menos a los siguientes géneros:

Al de detectives: en este caso el gran detective se llama Carmody Trailler, y sus ayudantes –John Adams o Angus McCoy– tienen también un peso importante en el desarrollo de la historia. Trailler tiene un estricto código de trabajo: no puede actuar contra la banda del Ciempiés porque nadie ha contratado sus servicios.

Al de espías, mezclado con las tensiones de la guerra fría: el conflicto de la banda del Ciempiés lleva al jefe de policía, Smithe Andrews, a seguir una posible pista falsa: detener a los chinos de la ciudad, lo que ocasionará un conflicto internacional, con los embajadores de diversos países. Y que además podrá ocasionar una guerra mundial.

Al puramente folletinesco: una pobre chica que vende flores y que es secuestrada por una banda de criminales –no necesariamente la banda del Ciempiés–, es salvada y protegida por una bailarina de striptease, que la educa y la refina como una moderna Pigmalión.

Al género erótico: existe una fuerte atracción sexual entre la bailarina de striptease y la vendedora de flores.

El ritmo de La banda del Ciempiés es durante casi toda la novela desenfrenado (con acciones que transcurren paralelas en el tiempo), y el planteamiento inicial –detener a la peligrosa banda– se va diluyendo entre variadas digresiones narrativas, que parecen seguir los vaivenes de la imaginación o del capricho de Levrero; y a pesar de esto, no le importa al autor plantear estrictos cambios de ritmo y dibujar, por ejemplo, la escena de unos tranquilos días de playa, o de repente dedica un pequeño capítulo a las extrañas actividades de una ardilla, cuya bellota golpeó en la cabeza a uno de los protagonistas en el capítulo anterior.

Quizás La banda del Ciempiés es un libro más puramente paródico y divertido que Nick Carter, ya que las pulsiones freudianas de esta novela a veces la hacían un tanto angustiosa.
Y como ya apunté al hablar de Nick Carter, La banda del Ciempiés sigue siendo una entretenida novela menor respecto a las obras más destacadas de Levrero, que a mí me gusta leer, entre otras cosas, por afán coleccionista y porque no son fáciles de encontrar.

Es curioso que si hace una semana, al comentar Sin creer en nada de Elvio E. Gandolfo, escribí que la lectura de Gandolfo me hacía pensar en Levrero, ahora debería apuntar –como ya hice en otra ocasión– que la lectura de Levrero (de este Levrero) me ha hecho pensar mucho en César Aira.

Aún tengo en casa sin leer otra obra de Mario Levrero: su libro de cuentos La máquina de pensar en Gladys, y he visto en internet que Mondadori Argentina ha sacado allí, hace poco, uno nuevo: El alma de Gardel, que acabaré comprando (ya veremos cómo).

domingo, 22 de julio de 2012

Los días más felices, por Rodrigo Hasbún



Editorial Duomo. 131 páginas. 1ª edición de 2011.

La primera vez que supe de la existencia del escritor Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981) fue en octubre de 2010, al leer en el periódico El País la lista de la revista Granta con los 22 mejores escritores en español menores de 35 años. Había una única persona de Bolivia: Rodrigo Hasbún.

No mucho después una pequeña polémica –en Internet– salpicó su nombre y el del peruano Carlos Yushimito (también en la lista comentada): a los dos los publicaba en España la editorial Duomo, que pertenece al mismo grupo empresarial que la revista Granta.

Considero que los libros de Duomo tienen un diseño atractivo, y cuando en España una nueva editorial –que parece ofrecer literatura de calidad- comienza su andadura me gusta leer algo de ella. Mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio me ha recomendado muchas veces este libro de relatos, Los días más felices, pensando que a mí –sabiendo él lo que me suele interesar– me iba a gustar, y más de una vez ha querido prestármelo. Yo lo rechazaba porque mi pila de libros acumulados sin leer nunca deja de aumentar, y porque me gustaría acercarme más a autores clásicos; a Federico le suele interesar mucho saber qué están escribiendo ahora los escritores jóvenes. Además le comentaba que no hacía falta que me prestara el libro, que lo tenían en la biblioteca de Móstoles. Más de una vez lo había hojeado allí, hasta que hace unas semanas me decidí a sacarlo.

De Rodrigo Hasbún se ha hablado en los periódicos de tirada nacional, la revista Granta le ha seleccionado como uno de los 22 mejores escritores en español menores de 35 años, además su nombre ha vuelto a sonar en Internet, después de eso, unido a una polémica (y todos sabemos que en publicidad se vende de lo que se habla, sea bien o mal), y a pesar de todo esto estoy casi seguro de que, desde que ingresó en la biblioteca de Móstoles como novedad hace un año, soy la primera persona que ha sacado Los días más felices.

Si uno se acerca a un libro titulado Los días más felices, ha de tener claro que va a leer relatos sobre la infelicidad.
Se trata de un conjunto de 12 cuentos, divididos en 3 bloques.

Al leer los 4 cuentos del primer bloque, diría que su temática principal es la incomunicación, o la soledad intrínseca a la que están condenadas las personas en el ámbito de la familia, la amistad o la pareja. Son cuentos tristes, pero de esa tristeza que emociona, que sabe ser poética.

La idea de soledad y de incomunicación se subraya en la mayoría de los cuentos de este libro gracias al uso del siguiente recurso: aunque los cuentos se desarrollan en apenas 8 o 10 páginas, en muchos de ellos se cambia el punto de vista; el narrador se acerca a la visión del mundo de un personaje u otro en cada página, por ejemplo; o bien la narración en primera persona se traslada de un personaje a otro.
Familia, el primer cuento, nos habla de la casi nula relación de un padre con su joven hija –que abandonó el hogar–, relación que sólo se hace efectiva (por parte de ella) para reclamar dinero y no cariño. Y a pesar de esta mala situación familiar esta chica tampoco puede comunicar qué le ocurre a su pareja o a su grupo de amigos.
En el segundo, Calle, concierto, ciudad, unos insistentes “él” y “ella” alternan el punto de vista narrativo de la historia: dos jóvenes podrían encontrarse, pero el azar no lo permite.

En Larga distancia, además del tema de la familia, la soledad, las elecciones que hemos de tomar cuando somos jóvenes, aparece otro de los grandes temas del libro: las personas jóvenes que pueblan Los días más felices –casi todas pertenecientes a la clase media-alta o alta de un país hispanoamericano no citado por su nombre, pero que entendemos que es Bolivia, y de una ciudad tampoco nombrada, pero que suponemos que puede ser Cochabamba– tienen presente la idea de abandonar su país como única posibilidad de futuro. En este cuento un hijo, radicado en Canadá, conversa por teléfono con su padre, radicado en el país hispanoamericano no nombrado, y las medias verdades y los desencuentros dominan su conversación.

La casa grande es quizás el cuento más clásico de este primer bloque: el narrador evoca los días en que su familia regresa al pueblo con la intención de despedirse de la abuela, aquejada de una grave enfermedad. Su dureza y su precisión me han recordado a alguna de las narraciones breves de Rodrigo Rey Rosa.

Quizás la mejor parte del libro sea la segunda, donde los cuatro cuentos están entrelazados y se nos habla de varios momentos en la vida de los compañeros de una clase en un colegio que parece de clase media-alta o alta: cómo es el día a día en el colegio, cómo son los sueños adolescentes (Ladislao, en el cuento que lleva su nombre, quiere ser cineasta); y en el cuento El futuro, el más extenso del conjunto, asistimos al viaje de fin de estudios del grupo. La narración en tercera persona, siguiendo la técnica del estilo indirecto libre, va cediendo su discurso a los distintos jóvenes: su flujo de conciencia nos acerca a sus ambiciones, miedos, frustraciones. Así, el personaje llamado Alicia reflexiona en la página 70 sobre lo siguiente: “Lo que la espera y lo que les espera a ellos, se queda pensando luego, atemorizada. Lo que serán y dejarán de ser, lo que querrán y nunca serán. El futuro que quizá sea un poco cruel y despiadado con algunos”.

En Reunión los antiguos compañeros se vuelven a encontrar unos años más tarde y, como Alicia temía, el futuro ha sido ya un poco cruel y despiadado con algunos.

El fin de la guerra sigue estando relacionado con los 3 relatos anteriores, aunque de un modo débil, y quizás en él Hasbún pierde un poco su voz propia y se deja poseer por la de Roberto Bolaño –como ya ha señalado Alberto Olmos en su crítica sobre este libro para la revista Qué leer. (Ver AQUÍ)–. Como yo en el blog tengo más espacio voy a señalar el cuento de Bolaño que guarda una gran filiación con este de Hasbún: Vagabundo en Francia y Bélgica, del libro Putas asesinas.

Especulo que es en la tercera parte donde Hasbún ha recluido a sus cuentos menos logrados o escritos cuando era más joven; así, el segundo En la selva me parece más titubeante, más inmaduro que los que llevaba leídos; y en el primero, Huida, tal vez se repiten elementos ya desarrollados con más brillantez en cuentos anteriores.

En general la lectura de Los días más felices me ha resultado grata, y pese a algunos altibajos, la mayoría de los cuentos y las páginas de este libro tienen una gran precisión estilística y de propósitos, lo que me hace alegrarme por el futuro de la literatura hispanoamericana. Si Rodrigo Hasbún nació en 1981, y Los días más felices se publicó en 2011, estos cuentos están escritos cuando su autor no tenía aún 30 años. Su solidez y su madurez narrativa me hacen pensar en un autor con un gran porvenir.

domingo, 15 de julio de 2012

Sin creer en nada (trilogía), por Elvio E. Gandolfo

Editorial Puntosur. 206 páginas. 1ª edición de 1988.
Estudio posliminar de Jorge Lafforgue.

Si leyera en e-book me perdería esto: encuentro en un puesto de libros de segunda mano de la cuesta de Moyano un ejemplar de Dos mujeres de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) editado en Periférica. No he leído nada de Periférica y me apetece probar. El nombre de Gandolfo sólo me suena del prólogo de los Cuentos completos de Fogwill. Investigo sobre Gandolfo en Internet. Es traductor (entre otros de H. P. Lovecraft o de Philip K. Dick, dos de mis mitos adolescentes), es un reputado crítico literario en Argentina y también una especie de escritor secreto o de culto, que gracias a Dos mujeres y a la editorial Periférica llega por primera vez a España.
Leo este libro y me gusta, busco en Iberlibro.com y veo que en la Librería Juan Rulfo tienen Ferrocarriles argentinos. Lo leo y me parece que algunos cuentos, como Un Error de Ludeña o Llano de sol, están a la altura de los mejores cuentos argentinos que he leído. Me sorprende que un libro como Ferrocarriles argentinos no se haya publicado en España.
Sigo buscando en Iberlibro.com y anoto que existe otro libro de Gandolfo en España, Sin creer en nada (trilogía). Además tengo suerte, porque la librería que lo anuncia, Catriel, está en Madrid y si voy en persona (lo que siempre me resulta agradable) puedo ahorrarme los gastos de envío.

Me suena el nombre de esta librería, Catriel, ubicada en la calle del Barco 40, y recuerdo que hace años, al menos 5 o 6, ya intenté buscarla y no la encontré. Recuerdo que llegué allí, al portal 40 de la calle del Barco, a la sombra del edificio de la Telefónica, y no había ningún local, ninguna posible entrada a ninguna librería. Esta vez llamo por teléfono a la supuesta librería y me atiende un hombre con acento argentino. Me busca el libro, si quiero ir a recogerlo en persona tengo que acordar una hora con él, mejor por la tarde. Quedamos a las 17,30. Le comento que la última vez no encontré su local. Es fácil: en el portal debo pulsar el llamador del bajo.
Llego justo a la hora. Llamo al telefonillo (no existe ninguna indicación con el nombre de Catriel, nadie desde fuera puede sospechar que allí se venden libros). Entro en el portal, un portal fresco, del Madrid antiguo, con techos altos. Avanzo hacia el patio: un hombre con aspecto de los países del Este europeo, con ojos claros y flequillo rubio y blanquecino me invita a pasar, con sutil acento argentino, a lo que parece un almacén, a lo que es un almacén. Entre el escaso hueco que dejan unas estanterías industriales, atestadas de libros –en gran parte sobre temas universitarios–, hay una mesa, con una silla a cada lado (en la esquina más alejada de la puerta, y cerca de una de las sillas, el salvapantallas de un ordenador aporta una escasa sensación de movimiento); y, sobre la mesa, hay un cenicero, con un cigarrillo a medio consumir (el olor del humo se mezcla con el olor a encierro y humedad que se desprende de los libros), y de cara a la silla más cercana a la puerta está colocado Sin creer en nada (trilogía) de Elvio E. Gandolfo.
El librero señala esta segunda silla y me invita a sentarme. Me quedo paralizado y permanezco de pie cerca de ella, él se mantiene de pie cerca de la otra; las estanterías repletas de estudios lingüísticos o históricos nos rodean. Le hablo de mi interés por Gandolfo y le digo que mi novia le conoce (al librero). Cuando ella estudiaba su doctorado en literatura hispanoamericana en la universidad Complutense, una de sus profesoras le presentó a la clase, por si necesitaban libros de importación. Y hace bastantes años ella estuvo en esta misma librería-almacén.
El librero –se llama Ricardo– me dice que él se dedica a la importación de libros, y que desde Madrid distribuye los pedidos que le llegan por e-mail. Me dice que, en cualquier caso, cada vez se venden menos. Yo hablo de la crisis y del e-book y él habla de un problema cultural: en realidad, vende más libros de autores hispanoamericanos a profesores universitarios de Francia, Gran Bretaña o de Estados Unidos que de España; igual les ocurre a los de la librería Iberoamericana, apunta. Antes, hace 20 años, se hacían tiradas de libros de filosofía de 2.500 ejemplares, 300 para el ámbito académico, y el resto se vendían. Ahora se editan 300 y no se venden ni siquiera en el ámbito académico (es decir, los profesores de filosofía de la universidad no se leen ni entre ellos). Ricardo me habla de la figura del humanista: el economista, el médico al que le interesaba la literatura, la filosofía… la persona con intereses culturales diversos en recesión. Estoy de acuerdo con él, y pienso en la generación de mi padre, en los que fueron jóvenes en torno a la época de la Transición, con sus ideales, sus discursos…
Catriel, además de una librería y una distribuidora de libros, también es una editorial. Ricardo me habla de los manuscritos que una editorial tan pequeña como la suya recibe a la semana, de su cálculo de que en cada edificio de España debe haber al menos un escritor, y posiblemente bastantes menos lectores.
Ricardo me regala Las mañanas sagradas de Sylvia Miranda, una escritora peruana de su editorial que ha dado clases en la Complutense. Quizás tu mujer la conozca, me dice. Efectivamente, Sylvia Miranda había dado alguna clase en la universidad a mi novia.

Por si alguien le interesa realizar una vista al local: ésta es la página web de la librería-editorial-distribuidora Catriel.

Y así, después de haberse consumido el cigarrillo en el cenicero y tras más de una hora de conversación, pago los 12 euros que cuesta Sin creer en nada (trilogía). En realidad, marcaba 12,12 euros; es decir, costaba 2.000 pesetas y su conversión exacta al euro implicaba esos 12,12 euros. El libro lleva en el almacén de Catriel al menos desde antes de 2002, y me atrevo a sospechar que llevaba allí casi desde que se editó en 1988. Sus páginas amarillentas están perfectamente impregnadas del olor del local: humedad y tabaco (este es un libro con personalidad, un objeto concreto, no una descarga en otro objeto).
Así que puede que en 20 años nadie se haya interesado en España por este libro de Elvio E. Gandolfo, Sin creer en nada (trilogía): algo que nos habla del poder de la publicidad, del poder de las grandes editoriales para acercar sus libros a las mesas de novedades de las librerías o a los suplementos de los periódicos, y no de calidad literaria. Lo digo desde ya: es sorprendente que nadie en España haya publicado un libro de la talla de Sin creer en nada, y que hasta que Periférica editara un libro suyo en 2011, Gandolfo fuese en nuestro país un auténtico desconocido.

Sin creer en nada está formado por tres novelas cortas. El propio Gandolfo apunta en el prólogo: “Siempre vi estas tres novelas cortas como integrantes de un solo volumen, tres pasos de una trilogía urbana donde el clima narrativo se va haciendo progresivamente más espeso y menos atribuible a una ciudad concreta” (pág. 9).

El instituto, la primera novela corta del libro, está firmada en 1967-69; es decir cuando el autor tenía entre 20 y 22 años. Gandolfo ironiza en el prólogo sobre la ambición con que está escrita esta historia, ubicada en Rosario: “Yo creía haber empezado a escribir una novela total que iba a superar al Ulises de Joyce”. La novela comienza con una frase que inmediatamente me hizo pensar en Borges: “En un tiempo creí que el edificio del Instituto Inglés era infinito” (pág. 15). El protagonista acude al último turno de una clase de inglés para adultos, con escasos alumnos, y allí sentirá una fuerte fascinación por la joven profesora. El estilo es prolijo en recursos narrativos: se alterna la 3ª persona con la 1ª de varios personajes, que dejan fluir su conciencia. Y en las últimas páginas se plantea un cúmulo de posibles finales alternativos en los que explota al fin la tensión contenida en el relato.
De El instituto destacaría la atmósfera de extrañeza y misterio creada, aunque son notables los titubeos (o las fuertes influencias joyceanas poco digeridas) del aún aprendiz de escritor.

De más enjundia narrativa me han resultado las otras dos novelas cortas del volumen:

Caminando alrededor, firmada en 1970, es ya una novela madura, con los elementos que definen el estilo de Gandolfo ya perfectamente medidos. Un hombre vive en los pisos más altos de un edificio, en la parte clausurada que amenaza ruina. Llegó allí de forma temporal y el piso ocupado se ha convertido en su hogar. Su trabajo –como al que casi siempre parecen abocados los personajes de Gandolfo– es aburrido, alimenticio, profundamente rutinario: consiste en copiar de forma precaria listas y actas. A pesar de la apatía del personaje, que parece relacionarse tan sólo con su jefe, y con unas pocas personas de su edificio, la realidad social y política de su entorno acabará afectándole: “El de la ceja partida me preguntó si militaba. Le dije que no. Preguntó por qué y le contesté que no tenía ningún trabajo ni estudio fijo, o sea una ubicación concreta desde la cual partir, y antes que luchar por deporte, prefería esperar hasta que surgiera un lugar donde encajar” (pág. 93).
Además del clima de extrañeza que crea el hecho de que el edificio donde vive el protagonista amenaza ruina, una realidad fantástica da un particular toque onírico y amenazante a este relato político: los habitantes de la ciudad comentan que se están encontrando con una raras hormigas azules que caminan sobre las dos patas traseras y que pueden matar a cualquier otra hormiga.
El recurso de introducir un único elemento fantástico o anormal en un relato realista (o casi realista) me ha recordado al que empleó, años después, Roberto Bolaño en su relato El gaucho insufrible: aquí unos conejos agresivos.

La reina de las nieves, firmada en 1977, es la novela corta más extensa de las tres. En ella un hombre que ya ha traspasado la barrera de los 50 años recibe el encargo del señor (su antiguo empleador) de acudir a la ciudad, en la que vivió hace años, para encontrar a su hija, con la que el señor desea ponerse en contacto. El protagonista sólo cuenta con una foto y unas escasas direcciones. El planteamiento de policial clásico pronto se diluye en un policial metafísico, pues las pesquisas del narrador no parecen nunca acercarle a la persona buscada, sino más bien a algunas claves sobre su pasado o sobre sí mismo.
El protagonista es un lector de policiales, y ahondando en la idea comentada en la anterior entrada que escribí de Gandolfo sobre el “lector salvaje”, en la página 158 se describe su método de lectura: “La leyó con demasiada rapidez: repetía con esmero escenas y diálogos de veinte novelas anteriores, y había partes que salteaba enteras, con la seguridad de no perder nada. Cuando el detective entraba en una habitación y la acción se hacía lenta, pasaba directamente a las últimas líneas del capítulo, para saber si le pegaban con una cachiporra o lo rozaba un balazo, o lo desmayaban con un caño envuelto en arpillera”. En la página 163, sin embargo, el protagonista empieza a leer una novela corta que no es un policial, una novela de la que no puede saltarse ninguna línea, y se nos narra, como si se tratase de un cuento, el argumento de esta novela.

Al leer esto no me podido evitar pensar, de nuevo, que Roberto Bolaño –aunque no lo cita en ningún momento en Entre paréntesis– había leído a Gandolfo y se había visto influido por él. Igual que no pude dejar de pensar que Mario Levrero había leído este libro y que su influencia se siente, por ejemplo, en su novela Dejen todo en mis manos (1996).

Sin creer en nada me ha parecido un libro valioso, con una gran cantidad de registros y matices, mezcla de géneros y ambientes, un libro rabiosamente moderno, que considero que ha podido influir en escritores de la talla de Mario Levrero (también escritor semioculto) y en el actualmente muy famoso Roberto Bolaño; y considero también que constituye un pequeño escándalo literario que ninguna editorial española lo haya publicado nunca en nuestro país.

domingo, 8 de julio de 2012

Era el cielo, por Sergio Bizzio


Editorial Caballo de Troya. 253 páginas. 1ª edición de 2007, ésta de 2009.

Este libro me lo regaló el escritor Alberto Olmos hace unos dos meses. Ejerciendo de Lector Malherido (AQUÍ) las editoriales le envían tantos libros que no le queda más remedio que ir desocupando su casa de ellos.

Recuerdo haber hojeado Era el cielo cuando fue novedad editorial en 2009, en la Fnac de Callao: leí la contraportada, escrita por el editor –Constantino Bértolo– y las primeras páginas. Unas primeras páginas que ciertamente descolocan e impactan. Empiezan así: “Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer”. En aquella ocasión no compré el libro, pero anoté el nombre del escritor, Sergio Bizzio (Villa Ramallo, provincia de Buenos Aires, 1956).

Cuando le pedí a Olmos que me recomendara un libro entre los que ofrecía me alargó éste. Imagino que pensaba en mi interés por la narrativa argentina.
Las primeras páginas de Era el cielo me han vuelto a impactar igual que cuando las leí hace tres años, de pie, tomando el libro de una de las mesas de novedades de la Fnac.
El narrador, un hombre de 43 años, regresa a su casa, y desde la ventana observa una escena que le paraliza: con ayuda de un cuchillo y la fuerza física, dos hombres están violando a su mujer. Conserva la cabeza fría, y no se lanza a intervenir por temor a que la maten. Todo termina. Él no ha hecho nada. Ella le llama por teléfono y finge normalidad. Él piensa que ella le va a hacer la confidencia de lo ocurrido. Ella no lo hace. Él no quiere delatarse y contar que lo sabe.

Y yo pensaba que la novela iba a tratar sobre esto: él sabe que los cambios que ella sufre se deben a su experiencia traumática y no puede decir nada; qué va a hacer ella a partir de ahora, qué va a hacer él en consecuencia… Pero este planteamiento novelístico se interrumpe en la página 39 (la historia había comenzado en la 11), y se da pie a la segunda parte.

Esta segunda parte constituye el grueso de la novela, ya que abarca desde la página 43 hasta la 195. Aquí el protagonista retrocede en el tiempo –unos 2 años– y nos empieza a narrar desde el momento en que su mujer y él decidieron separarse. Él, en algún momento, quiso ser escritor, y ahora trabaja como guionista de televisión; ella escribe cuentos para niños; la nueva amante de él también es guionista y escribe una novela.

Él es un hombre insatisfecho, crítico con el mundo en el que vive: “Detesto mi trabajo, detesto el mundo de la televisión; quizás sea por eso que no he podido librarme todavía de él” (pág. 44). Lo único que realmente parece constituir una realidad positiva para él es su hijo, y ahora –al separarse de su mujer– se ha establecido una distancia entre los dos que le resultada dura.
Durante esta segunda parte son constantes las reflexiones sobre el universo vacío que constituye el medio televisivo (egos desmedidos de actores, directores…); el paso del tiempo y la banalidad de la vida (el narrador se encuentra inmerso en una profunda crisis de la mediana edad); y el hecho artístico, principalmente el literario, como un mundo inalcanzable para él, bien por imposibilidad creadora, bien por percatarse del absurdo que le supondría el esfuerzo. “Mi hijo es la mitad de mi destino, la otra mitad es no escribir (…). Reconozco sin embargo un deseo sostenido a lo largo del tiempo: escribir, lo llamo deseo porque no escribo, o porque no escribí (o porque supone la posibilidad de escribir)” (págs. 87-88).

El estilo es seco, frío. Así se describe el fin de uno de sus compañeros de profesión: “Boas se suicidó ese mismo día por la tarde, pero Joan Bardem y yo seguimos adelante. A Bardem le había gustado mi desarrollo de la historia…” (pág. 182).

En la página 190 existe una única referencia al pasado dictatorial del país: “Mis verdaderos amigos estaban en la infancia, donde ya no estamos ni ellos ni yo (…). Algunas amistades se habían deslizado hacia la adolescencia; dos de ellos habían sido asesinados por la dictadura militar y un tercero se había ido a Berlín, de donde no había vuelto más. A partir de entonces tuve amistades fugaces que terminaron en traiciones, decepciones o alejamientos repentinos” (pág. 190).
En realidad, esta segunda parte es en gran medida una crítica a la clase social media-alta de Buenos Aires, a sus egos, a sus falsedades, a sus distancias.

La novela que yo creía al principio que iba a leer se retoma en la tercera parte (pág. 199): él –que ha regresado con su mujer sólo una semana antes de que tenga lugar la violación– tiene que acudir por razones de trabajo a España. Tiene miedo a volar, y debe realizar un cursillo con un psicólogo para superarlo. Mientras, y debido a una serie de casualidades que recuerdan a las propuestas por Paul Auster en sus novelas, entrará en contacto con los agresores de su mujer, y deberá decidir si ejerce sobre ellos algún tipo de venganza o no.

Era el cielo me ha parecido una novela correcta sobre la clase media-alta argentina, o más en general sobre la insatisfacción de la mediana edad, escrita con un lenguaje distante, gélido, no reñido con una cierta poética del detalle bien hallado. Pero, quizás, no he sentido hacia ella un gran entusiasmo porque, tras las expectativas creadas tras leer las escasas 30 páginas de la primera parte, al llegar a la segunda no dejaba de preguntarme cosas como las siguientes: ¿si a este hombre le han violando a su mujer, por qué ahora reflexiona sobre el arte de escribir?, ¿el hecho de que esté en shock no debería impedirle mostrarse mordaz sobre los medios de comunicación?
He leído más de una página del libro –de la segunda parte– pensando que la voz narrativa del autor (guionista de televisión y escritor) ahogaba a la del personaje. Y tal vez la novela inicial se resuelve en la tercera parte, mediante recursos de thriller, de una forma un tanto precipitada.
En cualquier caso, Era el cielo contiene más de una escena brillante –como la tensión que se crea entre los personajes en torno a una piscina con un tiburón, magistralmente narrada–; esto y la contención en la prosa me hacen pensar en Sergio Bizzio como en un escritor dotado. No descarto leer alguno más de sus libros.

domingo, 1 de julio de 2012

Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX, por VV. AA.

Editorial Menoscuarto. 428 páginas. 1ª edición de 2011, con textos editados originalmente entre 1819-1934.
Traducción de Ignacio Ibáñez Fernández.
Edición y prólogo de Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan.

Cuando apareció este libro en 2011 pensé que podría ser un interesante complemento a la Antología del cuento norteamericano, a cargo de Richard Ford, que leí durante el verano pasado (ver AQUÍ). Estuve hojeando este Pioneros, cuentos norteamericanos del siglo XIX en la última Feria del libro de Madrid, en la caseta de la editorial Menoscuarto, lo que me llevó a entablar conversación con el que al principio pensé que era un librero para descubrir después que era el editor de Menoscuarto, José Ángel Zapatero.

Una única cosa me hizo dudar a la hora de comprar este libro: de los 16 cuentos que componen esta antología ya había leído 6 en la de Richard Ford. Me decidió el hecho de que los 10 restantes me seguían llamando la atención, y que los 6 repetidos son grandes relatos, así que no me ha importando volver a leerlos y disfrutar con ellos.

Las dos antologías citadas se abren con el mismo cuento: Rip Van Winkle (1819) de Washinton Irving, todo un clásico para entender la tradición del relato norteamericano: Rip Van Winkle se duerme un día siendo inglés y cuando despierta ya es norteamericano.

Para el segundo cuento, las dos antologías repiten autor, Nathaniel Hawthorne, pero cambia el cuento: El joven Goodman Brown (1835) en la de Ford y El experimento del doctor Heidegger (1837) en la de Rodríguez. Sobre El experimento del doctor Heidegger, un cuento moral con elementos fantásticos sobre el deseo de ser eternamente joven, creo que ha pasado el tiempo peor que sobre el misterio arcano de El joven Goodman Brown.

Lo mismo que con el segundo cuento ocurre con el tercero: y ya hemos llegado a Edgar Allan Poe. El cuento de la antología de Rodríguez es El hombre de la multitud, un relato sobre la extrañeza de la condición humana, y también de terror psicológico. En cierto modo, como el de Hawthorne, este cuento explora también, desde otra perspectiva, el miedo a la vejez y a la soledad. Es Poe, es bueno.

En realidad me estoy dando cuenta y me está sorprendiendo ahora, que comparo sobre la mesa en la que escribo una antología con otra, lo ineludible de ciertos nombres en la tradición del relato norteamericano: el cuarto autor también es el mismo, Herman Melville. Si el cuento elegido por Ford es el famoso Bartleby el escribiente (1853), que ya había leído antes de haberme acercado a esta antología, en la de Rodríguez el cuento seleccionado es La mesa de manzano (1856).

Igual que el año pasado me llevé a Mallorca, para pasar la semana del viaje de fin de estudios con los alumnos de 1º de bachillerato del colegio donde trabajo, una antología de relatos, que entonces fue: Mares tenebrosos. Una antología de cuentos de terror en el mar, de la editorial Valdemar, en este viaje me llevé este libro de Pioneros. Me recuerdo perfectamente, hace unas semanas, a las 4 o las 5 de la tarde en la playa, escondido del sol entre las rocas y la sombra de los árboles, leyendo este cuento, La mesa de manzano, pensando que el tiempo no había pasado y que estaba con la antología de relatos de Valdemar, porque La mesa de manzano tiene un planteamiento clásico de cuento de terror: una mesa encontrada en la buhardilla de una casa, que es trasladada al salón y de la que empiezan a salir extraños ruidos. No sabía que Melville hubiera escrito cuentos de terror (o de semiterror, como se verá al final del relato), todo un descubrimiento.

La primera diferencia verdaderamente significativa entre ambas antologías se da en el quinto cuento, al haber seleccionado Rodríguez a una escritora de la que nunca había oído hablar: Rebecca Harding Davis, cuyo relato La vida en la factoría (1861) podría considerarse en realidad una novela corta, ya que tiene unas 60 páginas. La vida en la factoría es una narración peculiar, ya que frente a los escenarios normalmente campestres de los otros cuentos, ésta nos introduce en una ciudad industrial y es un relato social sobre las condiciones de explotación en que vivían los obreros de una fundición al más puro estilo naturalista de Émile Zola. La vida en la factoría me ha interesado leerlo por su valor histórico, pero la verdad es que su estilo exagerado y moralista suena bastante anticuado. Así describe Davis a una mujer: “Quizá esta pobre desgraciada débil y fofa contaba con algún estímulo en su vida gris que le mantuviera el ánimo: puede que algún amor, esperanza o necesidad urgente” (pág. 122).

En el sexto cuento, nueva coincidencia en autor con la antología de Ford: Mark Twain; aquí el cuento es Suerte (1886). La ironía y la ligereza aparente de Twain siempre son encantadoras: uno de mis autores norteamericanos favoritos. Si no lo han hecho antes, lean por favor Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn: no son novelas juveniles.

El séptimo cuento, La garza blanca (1886) de Sarah Orne Jewett, está también en la antología de Ford; lo que no es de extrañar, puesto que es un cuento magnífico sobre el fin de la infancia.
El resto de relatos que coinciden en las dos antologías son: Suceso en el puente de Owl Creek (1890) de Ambrose Bierce, La historia de una hora (1894) de Kate Chopin, Hacer un fuego (1908) de Jack London y Fiebre romana (1934) de Edith Wharton. Es llamativo que los dos últimos relatos señalados ya no son del siglo XIX, como anunciaba la portada del libro, pero Rodríguez en el prólogo justifica su elección por afinidad estética con los relatos anteriores.

Una agradable sorpresa, el tipo de sorpresa con la que deseaba encontrarme al comprar esta antología, ha sido el relato La viña embrujada (1887), del escritor afroamericano Charles W. Chesnut: relato desconocido de un autor desconocido por mí. Trata sobre la convivencia entre blancos y negros y reconstruye el lenguaje popular de las leyendas terroríficas del campo.
Lo mismo puedo afirmar del cuento La monja de Nueva Inglaterra (1891) de Mary E. Wilkins Freeman, un bello y triste retrato sobre la posición de la mujer en la sociedad norteamericana del siglo XIX.

Al menos la lectura de estos dos relatos (y no sólo de ellos) justifica la ambiciosa declaración de principios de la contraportada de Pioneros: “Esta antología de cuentos estadounidenses del siglo XIX se propone reconsiderar el canon literario: junto a nombres mayores y bien conocidos (Poe, Hawthorne, James, Crane…), aparecen en estas páginas autores –sobre todo autoras– menos difundidos entre los lectores hispanos, pero de semejante valía literaria”.

Magnífico el cuento Lo auténtico (1892) de Henry James, cuya lectura me ha hecho intentar retomar un viejo plan: leer las novelas que tengo pendientes de James. No sé por qué no lo hago, puesto que siempre que leo algo de él me parece uno de los mejores escritores estadounidenses.

Otra agradable sorpresa ha sido el cuento El papel de pared amarillo (1892) de Charlotte Perkins Gilman; un cuento de terror psicológico muy en la línea de los de James y que, como el de Freeman, constituye un grito a escuchar sobre el papel social de la mujer. (Mi novia apunta que debería resaltar más este cuento. Ella lo leyó en una antología de la editorial Valdemar, con cuentos de terror escritos por mujeres, y le gustó mucho. A mí la verdad es que me ha llamado más la atención el de La monja de Nueva Inglaterra, que parece adelantar cien años el estilo de la gran escritora de relatos Alice Munro)

Por último, voy a destacar que me ha gustado el conjunto que forman los cuentos El bote raso (1897) de Stephen Crane y el de Hacer un fuego (1908) de Jack London, ambos sobre el hombre enfrentado a la naturaleza: al poder del mar, por parte de los náufragos de un bote en el primer caso, y al poder del frío en el segundo. El nuevo hombre enfrentado con sus fuerzas a la naturaleza, un tema muy norteamericano.

Pioneros es una antología muy recomendable para los amantes del relato norteamericano, que lo más habitual es que conozcan los frutos que ha dado el género durante el siglo XX; una antología que combina cuentos clásicos, ineludibles, con más de una agradable sorpresa, y que reivindica la labor fundacional de la mujer en las letras norteamericanas.