domingo, 28 de febrero de 2010

Dejen todo en mis manos, por Mario Levrero


Editorial Caballo de Troya. 121 páginas, edición de 2007, texto de 1996.

Empezaba a ser habitual que me encontrase con el nombre del uruguayo Mario Levrero, al deambular por Internet o los suplementos culturales, como referente de la narrativa hispanoamericana última. Había hojeando sus libros en librerías, había visto que a la biblioteca de Móstoles habían traído su última novela póstuma, La novela luminosa, publicada por Mondadori.
Además de ser reivindicado después de muerto, Levrero es un raro, alguien que fue fotógrafo, guionista de cómics, humorista... Sentí curiosidad y hace unas semanas compré en una librería de segunda mano esta novela, Dejen todo en mis manos.

El libro empieza con un escritor –que parece un trasunto del propio Levrero-, hablando con su editor, quien le dice que su novela es “buena, pero…”. Un estatus en el que el protagonista ha encontrado la mayoría de las veces clasificadas sus obras. El editor pagará al escritor una suma que le resulta interesante si averigua quién escribió una novela que les ha llegado firmada con el nombre de Juan Pérez, pero sin dirección. El dato que posee es el matasellos del pueblo del interior de Uruguay del que procede el envío. Por ese libro está interesada una fundación cultural sueca.

El autor acepta el encargo y se desplazará en autobús al pueblo de Penurias. El resto de nombres de pueblos que aparecen en el libro son: Desgracias, Miserias, Lamentos. Como en gran parte de la literatura latinoamericana, Levrero se dedica a analizar la situación social de su país desde un punto de vista cínico y desencantado, marcando la distancia desolada que encuentra entre su cultura de corte occidental y la poca capacidad de salir a flote del mundo que le rodea. “Hay algo terriblemente culpable en el hecho mismo de ser uruguayo, y por lo tanto nos resulta imposible decir no clara, franca y definitivamente”, nos dice el narrador en la primera página del libro.

El tono de la novela es realista, aunque, según me he informado, los primeros libros de Levrero eran deudores de la poética expresionista de Kafka. Ya en la página 13, cuando el narrador espera en la editorial a que el editor consulte a su jefe, escribe: “Debo haberme quedado dormido durante un minuto o dos, porque apareció un hombre con una gran nariz roja, de payaso, y me dijo en francés una frase incompresible de seis sílabas”. Los sueños darán paso a un cierto matiz onírico al libro dentro del contexto de una narración realista, que intenta emular la prosa desengañada de las novelas policíacas, sobre todo siguiendo las huellas de Raymond Chandler, a quien se evoca repetidas veces: “Soy un escritor. No soy Philip Marlowe” (página 17).

El narrador llega al pueblo de Penurias, y como un Marlowe aficionado comienza su investigación. Ya ha leído la novela de Juan Pérez y le ha entusiasmado, dice de ella en la página 19: “Tenía un estilo llano, muy sencillo, y vigoroso, y colorido”, y en la página 20: “esa novela debía publicarse y llegar a muchos que la necesitan tanto como yo, porque allí estaba el germen de los nuevos valores, y allí había razones de vivir para muchos”.

El narrador se aloja en el único hotel del pueblo, y visita el bar, la oficina de correos, conoce a una prostituta, se encuentra con un viejo compañero del colegio…, y nadie parece conocer a Juan Pérez, o a la persona que se puede encontrar detrás de ese pseudónimo.
El narrador tiene más de 50 años, está gordo, fuma demasiado, hace unos meses se ha separado de su mujer…; está cercano a la depresión, al desánimo, pero intenta salvarse a través del cinismo y el sentido del humor, a veces de pincelada gruesa.
En la página 96 se cita al admirado Kakfa: “Este hotel era sólo para ti... La frasecita inconclusa me golpeó la mente. ¿Kafka? Una paráfrasis. Pero ¿Por qué demonios había pensado eso?”

En el texto las referencias a la “baja cultura” son constantes: dibujos animados, ciencia-ficción, cómics…, a los que Levrero era aficionado y a los que se dedicó profesionalmente.

Quizás el tono pretendidamente menor de Dejen todo en mis manos, le haga no alcanzar el nivel de las obras de los grandes autores latinoamericanos, pero su lectura me ha dejado un regusto bastante agradable. El libro de Levrero se podría definir de la misma forma que el de Juan Pérez: un estilo llano, muy sencillo, y vigoroso, y colorido.

La única pega “real” que se me ocurre ponerle es la de un final demasiado redondo y feliz. Quizás como dice Vladimir Nabokov en su novela Pnin: “Hay personas –entre las que me cuento- que detestan los finales felices. Nos sentimos engañados. El mal es la norma. Nada debería entorpecer el destino”.

jueves, 25 de febrero de 2010

Bouvard y Pécuchet, por Gustave Flaubert


Editorial Tusquets. 287 páginas. Edición de 2009, texto de 1881.

El primer libro que leí de Flaubert fue Madame Bovary, exactamente en julio de 1998. Recuerdo el impacto que me causó esa lectura por la sutileza del estilo y la fuerza trágica de la historia.
Lo sorprendente es que no volviera con Flaubert hasta marzo de 2009, cuando me puse con La educación sentimental, seguramente el mejor libro que leí durante el año pasado, y si voy más allá uno de los mejores que he leído nunca. Creo que en pocas novelas queda reflejado mejor que en ésta la forma en que las circunstancias y el tiempo van cambiando y moldeando la personalidad de un individuo.

Pensaba que el siguiente libro que leería de Flaubert iba a ser Salambó o una relectura de Madame Bovary, pero unas páginas leídas en el primer tomo de las Obras Completas de Borges hizo que me interesase por este Bouvard y Pécuchet. Allí, en el artículo titulado Vindicación de Bourard y Pécuchet (Páginas 259-262), Borges escribe: “Las negligencias o desdenes o libertades del último Flaubert han desconcertado a los críticos; yo creo ver en ellas un símbolo. El hombre que con Madame Bovary forjó la novela realista fue también el primero en romperla (…) la obra mira, hacia atrás, a las parábolas de Voltaire y de Swift y de los orientales y, hacia delante, a las de Kafka”.

Bourard y Pécuchet se publicó póstumamente en 1881 (Flaubert murió en 1880) y quedó inacabado; no debía, sin embargo, faltarle mucho a Flaubert para alcanzar su final, que queda esbozado en unos apuntes últimos, con la fuerza suficiente para contener el significado simbólico del libro.

La acción comienza en 1839. Bourard y Pécuchet se sientan casualmente una tarde de mucho calor en el mismo banco de una calle de París, empiezan a conversar y se sorprender de todas las cosas que les unen: ambos tienen 47 años, ambos son copistas en oficinas grises y viven solos (uno es viudo sin hijos y el otro soltero). Se hacen amigos, y gracias a la herencia que recibe Bourard pueden dejar la capital e instalarse en una casa de campo. Aquí empezarán interesándose por la agricultura, pero desoirán los consejos de los lugareños y se guiarán por la lectura de manuales agrícolas. Fracasarán y este será el comienzo de una intensa serie de fracasos en prácticamente todas las disciplinas del saber humano.

Bouvard y Pécuchet son dos imbéciles que, al igual que Alonso Quijano, quieren vivir según lo aprendido en los libros; si bien el último según los libros de caballería, los dos primeros lo quieren hacer según los manuales científicos que no dejan de leer sin asimilar nada útil de ellos.

Bouvard y Pécuchet fracasarán en la agricultura, la anatomía, la historia, la antropología, la filosofía, la religión, la pedagogía… Dice Borges que esta novela transcurre en la eternidad: si en La educación sentimental vemos como el tiempo esculpe la personalidad de un hombre, en Bouvard y Pécuchet el tiempo pasa y no consigue hacer mella en los protagonistas, que seguirán cometiendo los mismos errores de método e interpretación en todos sus empeños.
La novela, al tratarse de una farsa, contiene humor, a veces escatológico. En ella Flaubert se propuso hacer una revisión de todas las ideas modernas, según apunta Borges.

Presupongo que los más correcto a la hora de intentar hacer una crítica o comentario literario sería no leer otras críticas o comentarios previamente, pero tratándose de Borges no he podido respetar esta idea. Me parece muy incisivo uno de sus comentarios: <<(…) Bourard y Pécuchet. Aquellos al principio son dos imbéciles, menospreciados y vejados por el autor, pero en el octavo capítulo ocurren las famosas palabras: “Entonces una facultad lamentable surgió en su espíritu, la de ver la estupidez y no poder, ya, tolerarla”. Y después: “Los entristecían cosas insignificantes: los avisos de los periódicos, el perfil de un burgués, una tontería oída al azar”. Flaubert en este punto se reconcilia con Bourard y con Pécuchet, Dios con sus criaturas. Ello sucede acaso en toda obra extensa, o simplemente viva (Sócrates llega a ser Platón; Peer Gynt a ser Ibsen), pero aquí sorprendemos el instante en que el soñador, para decirlo con una metáfora afín, nota que está soñándose y que las formas de su sueño son él.>>

Es decir Bourard y Pécuchet son dos imbéciles, al principio ridículos y risibles, pero según avanza el libro vemos, como a través de su lúcida simpleza, consiguen poner en duda las convicciones burguesas de los notables del pueblo que siempre los han despreciado. Algo que ya consiguieron hacer unos siglos antes Don Quijote y Sancho con los ricos que se burlaban de ellos.
La simpleza mediocre y tozuda de Bourard y Pécuchet acaba conduciéndolos a una distancia demasiado grande de la sociedad que los rodea y que puede conducirlos incluso al suicidio. La religión, la filosofía... serán puntales que de nuevos los aposenten en su entorno desenfocado.

Si bien Don Quijote puede ser un precedente de esta obra de Flaubert, me gustaría destacar a un autor en el que he creído ver a un descendiente. Hace años leí dos libros de gran calidad del escritor español Luis Landero, Juegos de la edad tardía y Caballeros de fortuna, y ahora tras la lectura de Bourard y Pécuchet percibo las influencias de este libro en la obra de Landero, al que tradicionalmente se le emparenta con Cervantes.
Me gustaría destacar también la traducción, obra de Aurora Bernández. Casualmente la misma persona que tradujo el libro de Salinger que comenté hace unas semanas.

Bourad y Pécuchet, como Borges apunta, prefigura a Kafka o a Becket y su Esperando a Godot. Flaubert da forma a la nueva sensibilidad del realismo con Madame Bovary y adelanta los derroteros del siglo XX por el expresionismo.
Sean absolutamente modernos: lean a Flaubert.

sábado, 20 de febrero de 2010

El Tercer Reich, por Roberto Bolaño


Editorial Anagrama, 360 páginas. Edición 2010.

Debería decir, para empezar, que yo he leído todo lo publicado de Roberto Bolaño en España hasta la fecha. Desde que en 1999 me inicié con la lectura casi seguida de Estrella distante y Los detectives salvajes, su obra se me fue haciendo indispensable. La lectura de cualquier otro libro quedaba postergada ante la aparición de una novedad de Bolaño. Recuerdo con satisfacción una tarde-noche de mis primeros meses como auditor de cuentas -cuando llevaba traje y corbata y el sistema quería catapultarme al triunfo del estrés y los horarios asfixiantes-; en aquella ocasión no salí demasiado tarde de la empresa energética en que estaba asignado, sobre las 7,30, y pensé que me daría tiempo a pasarme por el Fnac de Callao (la empresa estaba cerca de Plaza de Castilla) y comprar el nuevo libro que había visto anunciado de Bolaño. Llegué y pude tener en mis manos la primera edición de Nocturno de Chile, allá por el 2000.
Creo que debo de ser uno de los primeros lectores de libros como La pista de hielo o Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, el primero lo leí en 2001 y el segundo en 2002. En la biblioteca que frecuento en Móstoles tenían las ediciones originales de 1993 y 1984, respectivamente, premios Ámbito literario de narrativa (Editorial Anthropos) y el Premio de narrativa Ciudad de Alcalá de Henares (Editorial Fundación colegio del Rey). Ediciones que más tarde pude comprar por Internet (a bajo precio aún) por un puro afán de coleccionista.

Después de la muerte de Bolaño he leído sus obras póstumas, con entusiasmo ante El gaucho insufrible y 2666, y con más escepticismo El secreto del mal y La universidad desconocida.

Me causó sorpresa e interés el anuncio del nuevo agente de los derechos de Bolaño, Andrew Wylie (apodado el Chacal), en la feria del libro de Francfort de 2008, de la existencia de esa novela inédita y desconocida, El Tercer Reich. Lo compré hace dos semanas en la cuesta de Moyano, el afán coleccionista y la curiosidad me guiaban. También me daba miedo que su lectura me decepcionase demasiado y tuviera que indignarme ante un posible expolio de los papeles desestimados por Bolaño.

A pesar de mis temores, la lectura de El Tercer Reich ha sido gratificante. Me he reencontrado con Bolaño. Casi todos sus temas y obsesiones están presentes en esta novela, si bien de forma embrionaria.

El Tercer Reich está escrito en forma de diario. Udo Berger tiene 25 años y es el campeón alemán de un juego de estrategia sobre la 2º Guerra Mundial, llamado el Tercer Reich. Junto a su novia Ingeborg (el mismo nombre que luego se usará para la novia de Archimboldi en 2666) viaja en agosto a un pueblo de la Costa Brava para disfrutar de unos días de playa. Se instalarán en el hotel Del Mar, el mismo que frecuentaba Udo de adolescente con su familia. Udo inicia la escritura de un diario porque quiere perfeccionar su escritura y así desenvolverse con más solvencia a la hora de elaborar ensayos en los que exponer sus ideas estratégicas sobre el Tercer Reich y poder vendérselos a revistas especializadas. Udo es el campeón de este juego, pero tiene que seguir trabajando en una compañía eléctrica.

En el pueblo de la Costa Brava (no se cita su nombre) pronto conocen a otra pareja de jóvenes alemanes, Hanna y Charly. Con ellos empiezan a compartir las horas de playa y discoteca. Charly es impulsivo, alocado y acostumbra a beber hasta perder el control de sí mismo. Bajo estas circunstancias conocen a dos jóvenes españoles, el Lobo y el Cordero, que trabajan en un bar y un supermercado (o eso cuentan ellos) y al Quemado, un personaje marginal que duerme en la playa, y que posiblemente sea de origen hispanoamericano.
En el hotel, Udo también entabla relación con la dueña, Frau Else, que ya lo regentaba cuando él acudía allí de adolescente.

Los días de discoteca y playa se van sucediendo sin que ocurra, aparentemente, nada extraordinario; sin embargo, Bolaño consigue imprimir ya el sello de su estilo: sobre todas las páginas parece cernirse un misterio y una amenaza. La propia descripción de la playa o un bar se acaban adentrando en un territorio de pesadilla inexplicable.
Udo a veces no acude a la playa porque ha desplegado en su habitación de hotel el juego del Tercer Reich y se dedica a meditar sobre el artículo en el que expondrá una nueva estrategia.
En el personaje de Udo ya se aprecia el gusto de Bolaño por la Alemania nazi y sus derivados en Latinoamérica. Udo parece añorar una cierta grandeza de los ejércitos nazis en la 2ª Guerra mundial. “Viejos con ese carácter, con esa pureza, según Conrad, ya sólo era posible encontrar en Alemania” (página 39), escribe al hablar de un jugador de Wargame alemán que fue soldado en las mismas batallas que evoca ahora sobre un tablero (la novela fue escrita en 1989 y debe de situarse su acción unos años antes).

Los días de discoteca y playa se interrumpen por un suceso inesperado y trágico, que hará que Udo se quede sólo en la Costa Brava a la espera de acontecimientos. Aquí se irá acercando al Lobo, el Cordero y al Quemado, intuyendo una historia de violencia y violaciones. En días afiebrados, como un detective metafísico que desconoce qué busca exactamente, se irá internando en una pesadilla. Los sueños irán cobrando cada vez más importancia en la narración.
“¿Cuántos han mirado el abismo?” se pregunta Udo en la página 246, hablando de los otros jugadores de wargames y escritores de artículos sobre este juego.

En El Tercer Reich los escritores de artículos de wargames simbolizan al artista minoritario e incomprendido, pero lleno de una épica romántica que habrá de conducirle a la soledad y al vacío existencial. Un tema que Bolaño desarrollará de forma más directa en libros posteriores, hablando de la figura del poeta y su inadaptación al mundo cotidiano. También se juega con la leyenda de escritores existentes o inexistentes, como ese escritor de novelas policiacas, llamado Florian Linden, que lee Ingeborg y luego Udo, que acabará soñando con él.


La novela es proclive a la insinuación, y si bien ésta es una de sus bazas para crear una atmósfera asfixiante, la fuerza narrativa quedará algo desdibujada frente a las amenazas más reales de los libros posteriores, en los que Bolaño indaga con más profundidad en la esencia del Mal al adentrarse en la pesadilla de las dictaduras latinoamericanas.

El lenguaje aún no posee la maestría poética, la plasticidad pura y aparentemente sencilla, de obras como Nocturno de Chile, pero ya contiene giros y metáforas muy originales y a la vez muy reconocibles como lo que podríamos llamar “lenguaje de Bolaño”.

Me ha sorprendido esta novela notable. Me llama la atención que Bolaño no intentara publicarla en vida, aprovechando su creciente prestigio. Al principio había pensado que la consideraría inferior a sus libros de madurez y prefería olvidarse de ella, pero tras leerla me pregunto por qué cuando Mondadori le pidió un libro para la colección Año 0, no le entregó éste en vez de Una novelita lumpen, libro que considero bastante inferior.

Todo esto para mí acrecienta, con una obstinación inmadura, la figura que he decidido mitificar de Bolaño.
Tengo que releer sus grandes libros.

domingo, 14 de febrero de 2010

Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, por J. D. Salinger



Editorial Edhasa. 191 páginas. Edición de 1998, textos de 1955 y 1959.

La primera vez que leí El guardián entre el centeno fue en 1992, cuando tenía 18 años, y aún recuerdo la fuerte impresión que me causó. Por aquella época yo leía casi en exclusiva libros de terror o ciencia ficción, pero me sentí atraído por esta novela cuya fama me llegaba por referencias –series de televisión, películas, amigos a los que se la habían hecho leer en el instituto…-. Por aquel año comenzaba la universidad y un desasosiego de destino equívoco empezaba a fraguarse en mi interior; esa impresión se vio reforzada, y así quedó en mi recuerdo, con el deambular errático de Holden Caulfield por Nueva York. Se me grabaron aquellas palabras que Holden mantenía al principio del libro con el profesor Spencer, un hombre mayor que olía a Vicks Vaporub, cuando éste le decía que la vida era como una partida y había que vivirla de acuerdo con las reglas del juego, y Holden piensa que “de partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, eso lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada”. Desde estas palabras ya supe que Holden Caulfield se iba a convertir en un referente para mí, Salinger había captado a la perfección mi angustia adolescente.

En octubre de 2008 volví a leer El guardián entre el centeno. En el colegio donde trabajo la profesora de Lengua se lo mandó, como lectura obligatoria, a los alumnos de primero de bachiller (16-17 años), y me apeteció releerlo para poder intercambiar impresiones con ellos. Su vigencia se me hizo latente desde el primer capítulo; y en este momento, con el peso de la experiencia, quizás ya me sentía a más distancia emocional del libro, pero conseguía penetrar mejor en sus claves y símbolos. (Esto me confirma que cualquier intento literario no debe aspirar nunca a la modernidad, buscando referencias con sus lectores que se van a quedar caducas enseguida, sino a la atemporalidad, al entendimiento de la conducta del hombre en cualquier época o lugar.)
Esta vez no me contenté con la lectura de El guardián, seguí con el libro Nueve cuentos (lo había leído unos años antes en inglés, perdiéndome casi todas sus sutilezas), que contiene algunos de los mejores relatos que he leído nunca, y después con la novela Franny y Zooey.

Me quedaba para completar lo publicado de Salinger en España, este libro que contiene los relatos largos o novelas cortas, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción. El libro estaba en la biblioteca de Móstoles que frecuento, lo tuve en mis manos ya en octubre de 2008, y no lo saqué. Cometí el error afterpop de dar más importancia a la superficie que al contenido: no me gustaba la edición, con tapas duras, pero un volumen casi cuadrado, sin presentación, introducción… y ese título tan largo me pareció poco atractivo.
Lo he leído hace dos semanas (voy con retraso con las reseñas del blog), como un homenaje personal a Salinger tras conocer la noticia de su muerte. Su lectura me ha confirmado algo que ya sabía: Salinger es uno de los escritores más fascinantes del siglo XX, al menos para mí, y este volumen no desmerece para nada al resto de su producción. Es más -y puede que sea debido al gran trabajo de la traducción, llevada a cabo por Aurora Bernárdez- me ha parecido que su prosa era aún mejor que lo que recordaba.

En los dos relatos largos que componen este libro aparecen personajes de la novela Franny y Zooey, y de alguno de los relatos de Nueve cuentos. En el primer relato de este último volumen, Un día perfecto para el pez plátano, se narra el suicidio de Seymour Glass en una habitación de hotel en Florida. Seymour es el hermano mayor de Franny y Zooey, una familia de superdotados, que de niños participaron en un programa de preguntas y respuestas y debates en la radio con nombres falsos.

En Levantad, carpinteros, la viga del tejado Buddy, el segundo hermano de la familia Glass, nos cuenta desde sus 40 años, un episodio sobre su admirado hermano mayor, Seymour, acontecido en 1942, cuando Buddy tenía 23 años. Éste es soldado y está en un hospital militar convaleciente de pleuresía, pero consigue un permiso para acudir a Nueva York a la boda de Seymour. Buddy llega a la iglesia el día de la boda y no hay más miembros de su familia; ni siquiera se presenta Seymour, dejando a la novia plantada en el altar. Los invitados abandonan la iglesia y van montando en coches para acudir a la casa de la novia. En uno de estos coches entra Buddy sin presentarse como hermano del novio, a quien los ocupantes del coche comienzan a criticar, y a hacer insinuación sobre su posible locura. Buddy se siente cercano a un diminuto señor mayor que se mantiene erguido en el coche y no se inmiscuye en la conversación. Sabremos después que es sordomudo. Y en esa simpatía que siente Buddy hacia él parece simbolizar Salinger la cercanía del protagonista al mundo puro de los niños, de los inocentes.

De nuevo aparece aquí el que considero el gran tema de Salinger: la épica de la inmadurez o de la inadaptación al mundo de los adultos. Quizás sus personajes son los primeros Peter Panes realistas de la literatura del siglo XX: niños o jovenes brillantes, exaltados, observadores de las incoherencias y las renuncias de los adultos, niños y jóvenes heridos por los convencionalismos sociales, por las partidas que habría que jugar de acuerdo a las reglas del juego. Unas reglas que ellos se niegan a aceptar, lo que únicamente les puede conducir al desequilibrio, al desvarío, al aislamiento o al suicidio, como en el caso de Seymour, al que seguramente Buddy considera el hermano Glass más dotado, y por tanto con menos posibilidades de adaptación al mundo real.
La capacidad de observación de los personajes en este relato largo es notable en su preciosismo detallista. Me gusta esa imbricación del narrador en la conciencia del joven americano, consiguiendo encontrar metáforas deportivas para describir la conducta de los otros personajes. Una obra maestra de la narrativa norteamericana.

En Seymour: una introducción el narrador es de nuevo Buddy. Ahora nos habla de su hermano Seymour, el gran personaje ausente cuya presencia fantasmal cubre de significado a todo el volumen, desde una perspectiva más global y desde su presente, no evocando un episodio de juventud. Buddy ya ha pasado los 40 años, es escritor profesional y sigue dando clases de literatura en una universidad. Sin embargo, vive retirado en una casa de campo en un bosque (este personaje parece un trasunto del propio Salinger). Para esta introducción a la semblanza de su hermano comienza citando a Kafka y a Kierkegaard, y el relato cambia de tono respecto al anterior, ahora parece la narración de un autor europeo, parece español traducido del alemán, como si quien escribe fuera uno de los dos autores citados o Musil o Thomas Bernhard; con frases largas, alambicadas, llenas de subordinadas que van matizando a la frase principal.
Me ha llamado la atención este cambio de registro narrativo respecto al primer relato, que sería un ejemplo del estilo habitual en la narrativa norteamericana: personajes en movimiento, cuyos actos describen su personalidad sin grandes explicaciones intelectualizadas, con una mirada escueta y poética sobre las escenas que se muestran.
En el texto de escritor centroeuropeo en que se transforma Salinger en este segundo relato, abarcamos más aspecto de la vida de Seymour, con interrupciones en las que Buddy nos informa de la propia evolución de su escritura (cuando lo deja por la noche, cuando lo retoma…), así nos enteraremos de que Seymour ha dejado tras de sí un conjunto de 182 poemas escritos en métrica japonesa, y que Buddy ha ordenado y decidido entregar a un editor. El tema del artista precoz cobra fuerza como metáfora de la inadaptación al mundo.
Un texto muy conseguido, con una imagen final soberbia, en la que Buddy evoca a su hermano y a él de niños acercándose a la práctica de juegos norteamericanos típicos desde una perspectiva filosófica oriental.

Y con éste he terminado de leer los libros publicados de Salinger en España, creo que en Estados Unidos hay algún cuento publicado más. Esperemos que se pueda revisar la traducción de El guardián entre el centeno, algo a lo que se negaba el autor, y que sea cierta la leyenda literaria que afirma que Salinger nunca había dejado de escribir aunque había decidido dejar de publicar y ahora, tras su muerte, se pueda acceder a su legado.
Qué fantástico baúl de Pessoa me gusta imaginar: ocho o diez manuscritos guardados en una maleta debajo de un guante de béisbol o, mejor, debajo de unos floretes de esgrima.

domingo, 7 de febrero de 2010

Nocilla experience, por Agustín Fernández Mallo


Editorial Alfaguara. 205 páginas. Edición de 2008.
Durante al menos los dos últimos años, los interesados en la literatura nos hemos topado continuamente -en Internet, suplementos culturales, propuestas editoriales…- con el nombre de Agustín Fernández Mallo y su propuesta Nocilla.
Después de haber leído opiniones sobre sus libros a favor y en contra, sentí cierta curiosidad por su escritura, y, aunque procuro no sucumbir a las modas, aprovechando que este libro, Nocilla experience, me lo regalaron por mi último cumpleaños, lo he leído durante la semana pasada.

Según las propias palabras de Fernández Mallo, los valores de este libro, y los de sus seguidores, se basan en su materialización como cúspide de lo moderno. Desplegando sus teorías, Fernández Mallo nos ha llenado los oídos de términos como afterpop, postpoesía… ideas siempre jóvenes, posteriores a algo real o impreciso, una narrativa acorde a los tiempos actuales. Y siguiendo la lógica desprendida de las nuevas tecnologías, sobre todo a raíz del uso de Internet y su captación rápida de la realidad, propone una escritura a saltos o fragmentos.

Lo primero que me gustaría apuntar para hablar de este libro es que el simple concepto de moderno no puede en ningún caso, al menos para mí, equiparse o sustituir al de calidad literaria. Una novela del siglo XIX (estoy pensando en La educación sentimental de Gustave Flaubert) nos puede transmitir mucho más y entroncar perfectamente con el espíritu de nuestra época que algo escrito ayer o incluso que se va a escribir mañana (y por tanto, siguiendo la lógica afterpop, más moderno y mejor).

Una de las primeras reflexiones que me vienen a la cabeza sobre la supuesta modernidad de un libro como Nocilla Experience, es en realidad la sensación de propuesta caduca y avejentada. Remitiéndome simplemente a los libros comentados en este blog, Macedonio Fernández ya practicaba esa idea de fragmentalidad en el Buenos Aires de la década de 1920, como pude comprobar leyendo Una novela que comienza. Aquí Macedonio arrancaba con una novela, lo dejaba, comentaba algo personal, hacía un prólogo sobre una novela inexistente… mareaba al lector llevándole de aquí para allá, le contaba luego un chiste… Leyendo Prisión perpetua de Ricardo Piglia, en un momento del libro comienza a hacer microrrelatos, cambia de escenario, de personajes, hace un aparte, un apunte… esto en la década de 1980.

Fernández Mallo parece dar mucha importancia, también, al hecho de expresarse con metáforas que hagan referencia al mundo de los ordenadores o la televisión. Algo que ya leí de adolescente, cuando era un lector aficionado a la ciencia ficción, en libros como Neuromante de William Gibson, publicado en 1989.
“La vida es como un anuncio de teletienda del que han quitado el producto”, escribe Fernández Mallo desde la modernidad de 2008.
“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”, escribe William Gibson desde la modernidad de 1989.

Desmontado el primer supuesto logro del libro, su comentada modernidad, su afteralgo, no nos queda más remedio que analizar simplemente el texto, como un libro más, desprovisto del brillo de ocurrentes teorías que lo sustenten (literatura mutante, literatura de la guerra de las galaxias…)

Al menos un tercio de este libro de 205 páginas no está escrito por Fernández Mallo: copia la voz en off de Apocalipsis Now repetidas veces, fragmentos de un libro llamado El pop después del fin del pop de Pablo Gil, entradas de la Wipikedia… (Se me está ocurriendo, así de repente, crear un movimiento literario nuevo al que llamaré el postafterpop: consiste en escribir una novela en código binario, para centrarme en el lenguaje propio de la informática, 000100111010 etc, y entre medias meter fragmentos de Tolstoi y Joyce, lo completaré con fotocopias de los extractos que me extiende el cajero automático cuando consulto mi saldo, y encima en fosforito la palabra SHIT).

Sobre la parte del libro que sí escribe Fernández Mallo: existen varios personajes, un tipo que vive en una azotea y tiende en las cuerdas de la ropa hojas con teoremas matemáticos, una chica que es paleontóloga y vive en Londres, un percebeiro gallego que compra ordenadores de segunda mano, un hombre que trabaja moviendo una grúa en el puerto de Nueva York, unos tipos que viven en una granja de cerdos en un edificio, unos niños que atraviesan fronteras en la extinta URSS a través de unos túneles, un marine americano en Irak, un tipo que sale a correr…
Los fragmentos de unos personajes se van alternando con los de los otros.

Fernández Mallo cita a Borges cuando habla de sus influencias literarias. Es cierto que se percibe el gusto de Borges por la mezcla de referencias cultas y populares. En la página 74 se habla del proyecto postpoético y en la creación de un libro con partes de otros que parece una idea de Borges. También se siente la lectura de Bolaño sobre la creación de escenas donde aparecen los personajes de F. Mallo, incluso la imitación: ya he dicho que hay un personaje que escribe teorías matemáticas en hojas y las cuelga en las cuerdas de la ropa, como hace el personaje de Amalfitano en 2666. En una nota final F. Mallo hace una aclaración sobre este hecho: nos trascribe un correo que le manda David Torres, donde éste le dice a Mallo que existe en su libro una coincidencia con el de 2666. Y Mallo nos dice que él no había leído ese libro. Es decir Mallo tiene la suerte de tener una coincidencia genial con Bolaño. Aunque también David Torres le podía haber escrito: ey F. Mallo hay un tercio de tu libro que no lo has escrito tú, es de la peli Apocalipsis now, la Wikipedia, y un libro sobre el pop… esto de copiar así directamente debe de molar y ser muy alfterpop y eso. Lo demás son coincidencias geniales.
O David Torres le podía haber escrito en su correo: Ey, Fernández Mallo, ese tío que sale a correr desde su casa y llega a Alaska ¿no hace lo mismo que Forest Gump? ¿Por qué tener coincidencias geniales con Bolaño mola y con Forest Gump no?
Y aquí, creo llegar a una reflexión que me parece interesante. Si el ideólogo afterpop Eloy Fernández Porta afirma que un sample (copiar de otro) vale igual que escribir tú, que es tan valioso el compositor como el disc jockey, entonces los textos de otros que intercala Mallo en su libro valen tanto como lo que escribe él. Y de esta idea se debería desprender un corolario: si da igual el autor, debería dar igual también el reconocimiento de una crítica literaria seria que de una crítica puramente afterpop o el no reconocimiento, el anonimato del graffiti en la pared. Es decir, a Mallo le debería dar igual que se diga que su libro es bueno en la revista Superpop que en el Hola, que en el Babelia, o que se diga que el libro es bueno pero que no aparezca su nombre.
Observamos que en realidad no le da igual, porque al remarcar él mismo en su texto esa coincidencia con Bolaño se está ya dirigiendo a la crítica seria, transmitiendo este mensaje: desde supuestos de partida distintos yo he conseguido llegar al mismo lugar que Bolaño, uno de los autores, posiblemente, con una propuesta  más literaria y seria de su generación y de las últimas décadas en nuestro idioma. Es decir, Mallo trabaja con materiales dudosos pero el reconocimiento al que aspira es al de la crítica institucionalizada que debería reconocerle como próximo en logros a Bolaño. Y aquí un sample no vale ya igual que otro al hablar de reconocimiento, la crítica no debe hablar de que bueno es el guionista de Apocalipsis now sino que bueno es Mallo al haber unido ese texto al suyo.

Los personajes de F. Mallo nos muestran su extrañeza ante el mundo: una extrañeza que proviene del azar de un dado en el juego del parchís, y sobre todo derivadas de ideas artísticas, como decorar los chicles pegados al suelo de Londres, o recorrer Estados Unidos en un coche de madera, y esta extrañeza parece un recurso literario de Bolaño, pero F. Mallo se ha olvidado de algo que sí hace Bolaño: éste crea personajes con entidad, con recorrido en el mundo, con heridas, sufrimientos, con vida... Los personajes de Mallo hacen cosas supuestamente poéticas o extrañas pero nunca llegamos a saber por qué. Muchas metáforas sobre la piel y las superficies tiene Mallo, como un juego paródico consigo mismo y su imposibilidad de penetrar más allá de la piel de sus personajes. Al no evolucionar, pronto perdemos el interés por ellos, en realidad nos acaba dando lo mismo que paseen en moto viendo carteles publicitarios, porque ¿para qué lo hacen?

Siendo Mallo físico, supuse que iba a hacer uso de sus conocimientos científicos para crear en el lector un replanteamiento del mundo y la realidad, algo que hablase de una teoría de partículas humana o algo así, y trata de hacerlo, pero siempre de nuevo desde la superficie. Y llegamos aquí a lo que creo que es la clave del movimiento Afterpop: gente como Macedonio F. cuando escribían sus libros vanguardistas lo hacían con una voluntad de juego y de marginalidad, F. Mallo escribe con una voluntad de juego pero no de marginalidad, sino que por el contrario su propuesta y sus intereses son puramente comerciales.
El mercado lo suelo hacer periódicamente (yo soy profe de eso, también pasé por la facultad de físicas): un estudio de mercado para ver qué segmento del público no tiene el producto que necesita. El resultado del estudio es el siguiente: existen veinteañeros o treintañeros que habitualmente no leen, les gustan las películas, los videojuegos, la ropa, y encontrar novedades dentro de la música pop. Las conclusiones del estudio son: tenemos que captar a este público, y, como hacen ahora los publicistas de la televisión con sus anuncios donde fomentan la nostalgia por la infancia perdida de los treintañeros (los playmovil, el grupo Parchis), F. Mallo con habilidad (esto hay que decirlo) crea un producto para ellos: el concepto nocilla, reconocido por consumidores de música pop, con esa nostalgia infantil de la que hablábamos. El producto no debe de ser demasiado sesudo, o sofisticado, o marginal: se debe deglutir rápido, debe conseguir alguna sonrisa, así se citan a grupos musicales patrios como Astrud, propios de modernos pop, y se elude la introspección filosófica, ¿qué puede hacer sonreír a los treintañeros pop? Uhhmm, pues, hombre, un buen chiste de pedos no debe sobrar, y ahí va en la página 92.
Digamos que aquí hay algunas trazas de Borges y trazas del programa televisivo Muchachada nui: el público de la música pop ve este programa y allá va algún guiño, usando términos como “merienda-cena” o “esquijama”.
Y no hay que olvidar otra de las claves del pop: sé original, pero tienes que hablar de amor adolescente, de esas primeras miradas. Y allá va ese marine americano que entra con una cuerda en una casa irakí y se enamora a primera vista de una mujer irakí… y estribillo de nuevo, venga ahora metemos otro trocito de Apocalisis now

Y yo que estuve por la facultad de Administración y dirección de empresas, y aprobé el examen de estudios de mercado, me digo: adelante postpoéticos, qué hay de malo en mirar al mercado y adaptarse a él. Así triunfaron en los 80 las empresas de coches japonesas con sus técnicas Just in time, y así Zara ha conquistado el mundo. Otra cosa es ¿esto es muy moderno para mí, o lo moderno es un concepto que a mí me interese?, ¿esto me interesa, esto cumple mis expectativas como lector, es decir me habla de una sociedad, de los conflictos del ser humano consigo mismo y el entorno? La respuesta es NO.

Creo que ya se ha caducado el tiempo de mi movimiento postafterpop, y he decidido fundar otro nuevo llamado el afterpostafterpop: consiste en una vuelta a los orígenes (es un poco hippy mi movimiento) dedicarme a leer a Stendhal, Dostoyevski o Flaubert, disfrutar de su creación de personajes y recreación de una época, de la fuerza narrativa de sus historias… disfrutar de ellos y aprender a escribir.
Mi movimiento no es excluyente, se permite citar a Fernández Mallo: “A mí eso de escribir una novela con introducción, nudo y desenlace me parece muy difícil”, y como diría Bolaño “Cuando dices lo que te apetece también tienes que estar dispuesto a escuchar lo que no quieres oír”.

¿Joaquín Reyes, gurú afterpop de Muchachada nui, para cuando un Celebrities con Fernández Mallo?

jueves, 4 de febrero de 2010

Aquí, por Wistawa Szymborska


Bartleby editores, 67 páginas. Editado en 2009.

De la poeta polaca Wistawa Szymborska había leído hasta ahora un volumen editado por Hiperión en 1997, a raíz de la concesión de su premio Nobel en 1996. En él se ofrecía una selección de su obra -poco conocida hasta entonces en España-, con una muestra de poemas extraídos de libros como Llamada al Yeti (1957), Sal (1962), Si acaso (1972) y los poemarios completos El gran número (1976) y Principio y fin (1993).
Posteriormente leí Instante de 2002, editado por Igitur en 2004 y que llegó a la tercera edición (al menos ésta es la que tengo yo).

Aquí aparece en España traducido el mismo año de su publicación en 2009, el año en que la poeta cumple 86 años. En Aquí persisten los temas de madurez creativa de Szymborska: una línea poética clara donde, usando un lenguaje irónico, se dedica a indagar en los misterios de la vida que surgen a partir de observaciones cotidianas.
En el poema Microcosmos leemos: “Hace ya tiempo que quería escribir sobre ellos / pero es un tema difícil, /dejado siempre para más tarde/ y quizás digno de un mejor poeta, / todavía más sorprendido que yo por el mundo. / Pero el tiempo apremia. Escribo.” (página33), y quizás esa premura que le impone la edad es la característica evolutiva en la temática respecto a entregas anteriores, y la filtración de la idea de la vejez y la muerte como se observa en el poema Mi difícil vida con la memoria.
Pero de los intereses de la poeta destaca, se ve en los mismos versos citados, esa sorpresa ante el mundo que le rodea que sería la característica de Szymborska, quien suele elevarse a indagaciones metafísicas a partir de observaciones muy sencillas. Así por ejemplo en el poema final Metafísica (página 67) conjuga el hecho de haber comido ese día fideos con tocino con el tiempo transcurrido en el universo.
Quizás el poema que más me ha gustado ha sido el titulado Adolescente (páginas 23-24), donde Szymborska reflexiona sobre un posible encuentro con ella misma en esa edad pretérita.

El único problema de los libros de Szymborska es que se acaban demasiado rápido y uno desea seguir leyendo esos poemas irónicos donde se investiga sobre la condición humana desde perspectivas variadas y originales.
Aún me quedan por leer algunos libros pasados, como Dos puntos de 2002 y editado por Igitur.

Mención aparte merece el trabajo realizado con la traducción por Gerardo Beltrán y Abel Murcia, sus traductores habituales. Leí en uno de los prólogos de sus libros que a veces el trabajo resulta difícil porque Szymborska mezcla registros cultos del polaco con otros más vulgares.
Como curiosidad apuntar que Abel Murcia publicó en 2008 un interesante poemario con Bartleby titulado Kilómetro 43, donde se filtra en más de un verso la influencia benefactora de su traducida. Por ejemplo se veía de forma clara en el poema de ese libro El principio, que incluso en el título parece un claro homenaje a Szymborska.

domingo, 31 de enero de 2010

El cobrador, por Rubem Fonseca



RBA editores. 179 páginas. Edición de 2009, texto de 1979.

En el blog del escritor peruano Iván Thays, Moleskine literario, leí hace unas semanas una lista de los escritores latinoamericanos más influyentes de la pasada década, según el criterio de Gustavo Faverón (a quien no conozco). En ella encontré nombres de autores que son para mí un referente: Roberto Bolaño, Rodrigo Rey Rosa, Mario Vargas Llosa, Junot Díaz o César Aira; junto con otros que me sonaban, pero de los que no he leído nada: Edmundo Paz Soldán, Mario Levrero y Antonio José Ponte; y otros dos autores de los que, al menos que recuerde, nunca había oído hablar: la chilena Diamela Eltit y el brasileño Rubem Fonseca. Me llamó la atención este último nombre, Favarón le llamaba “el padre de los Guillermo Fadanelli y los Pedro Juan Gutiérrez”, a estos dos sí los he leído y ambos, aunque sobre todo Gutiérrez, me parecen autores de pegada contundente.

Encontré este conjunto de relatos, El cobrador, en el Fnac de Callao. Lo he acabado de leer hace unos días y la impresión ha sido fuerte, me llego a cuestionar: ¿cómo es que no me había sonado de nada este nombre, Rubem Fonseca, hasta hace unas escasas semanas? Nos llegan a España un gran número de escritores argentinos, mexicanos, cubanos… menos de algunos otros países de Hispanoamérica y de otros nada -no recuerdo a ningún escritor de Panamá o de Costa Rica-. Y nos llega también muy poco o casi nada de Brasil, lo que no puede más que achacarse a un tema idiomático y a la necesidad de realizar la inversión en las traducciones, y no a un tema de calidad creativa. Además del escritor de bestsellers Paulo Coelho, yo sólo conocía hasta ahora de Brasil a Jorge Amado, del que he leído dos novelitas muy breves. Desde ya la literatura brasileña se liga para mí al nombre de Rubem Fonseca.

Fonseca es hijo de inmigrantes portugueses en Brasil. Estudió derecho y trabajó de policía (aunque gran parte como portavoz del cuerpo), y sólo a partir de los 38 años empezó a escribir, una interesante edad para haber adquirido ya un gran bagaje de experiencias. En 2003 le fue otorgado el premio Camoes, el equivalente al Cervantes en las letras portuguesas.

El cobrador está formado por 10 relatos. En el primero, Pierrot en la caverna, un escritor misántropo se cuelga al cuello una grabadora donde irá desgranando atropelladamente los detalles de su relación sexual con una vecina de 12 años.”Querer hacer frases hermosas es tan miserable como querer ser coherente” (página 25), escribe Fonseca tras una reflexión sobre los ricos en las novelas de Scott Fitzgerald. Epatante, relato crudo y lleno de desasosiego.

En H. M. S. Cormorant en Paranaguá, la voz narrativa pertenece a un adolescente enfermizo y esquizoide con ínfulas de poeta. Entre brumas de los bajos fondos repletos de prostitutas y borrachos, el joven conversa con un Byron proyectado de su mente, y se reflexiona acerca de la violencia esclavista sobre la que se asienta la sociedad brasileña. El relato está ambientado en 1852.

En El juego del muerto, la violencia se filtra en la vida cotidiana de tres amigos que se dedican a realizar apuestas sobre las cosas más absurdas. Una narración que conduce ineludiblemente a la violencia y la muerte.

Encuentro en el Amazonas quizás sea el cuento que más me ha gustado del conjunto. Aquí la persecución detectivesca de un personaje sobre otro entronca con la búsqueda absurda e irreparable de lo que siempre se nos escapa en nuestras vidas. Los policías y los delincuentes se confunden, como en los relatos de detectives salvajes o metafísicos de Bolaño. Muy intenso cuento sobre un viaje por un río de Brasil, con gran atención a los detalles, a las descripciones de los personajes secundarios que entran y salen de plano, muy plagado de vida, una vida que también habrá de conducir a la muerte. Se describe así al mono de un zoo: “Sus manos parecían las mías. El rostro y la mirada del mono tenían el aire de desilusión y de derrota de quién perdió la capacidad de resistir y soñar” (página 61)

Camino de Asunción es otro texto histórico donde se recrea un episodio de la guerra del Chaco, y que me ha recordado a los relatos gauchescos de Borges. Una nueva reflexión sobre los gérmenes de una sociedad violenta.

En Mandrake conocemos a un personaje de Fonseca que aparece en más novelas y relatos. Mandrake es un abogado especializado en salvar a criminales, un cínico profesional. “Recordé los rostros de los asesinos que conocía. Ninguno de ellos tenía cara de asesino”, nos dice Fonseca-Mandrake en la página 102.

En Crónica de sucesos se nos describen escuetamente 3 posibles informes policiales o periodísticos sobre casos de violencia. Muy breves e impactantes.

En Once de mayo, un viejo nos habla de la institución para ancianos en la que se encuentra recluido, de las vejaciones que él y los otros internos sufren y de un patético intento de rebeldía. El relato se convierte en metáfora de la lucha del individuo frente a las dictaduras.

En Comida en la sierra el domingo de Carnaval, entramos en el jardín de una casa de acaudalados, y asistimos a un episodio poético de rencor social.

En El cobrador, quizás el relato más brutal del conjunto, un psicópata se dedica a matar a casi cualquier persona con la que se cruza, preferiblemente de la alta sociedad, pues todos le deben cosas y él está dispuesto a cobrárselas: “Leo los periódicos, para saber qué es lo que están comiendo, bebiendo, haciendo. Quiero vivir mucho para tener tiempo de matarlos a todos.” (página 161).

El lenguaje de Fonseca es contundente pero no vulgar, su narrativa es rápida, nerviosa, su mirada está siempre en movimiento y consigue arrancar la esencia a cualquier personaje que focalice de una forma clara y que implica un gran derroche de vida. Una contundente reflexión sobre la violencia, las desigualdades, la vida, la literatura…
He comprobado hoy que en la biblioteca que frecuento en Móstoles tienen Agosto, la que la crítica apunta como su mejor novela. La acabaré leyendo.

miércoles, 27 de enero de 2010

La región inmóvil, por Tom Drury


451 Editores. 203 páginas, edición de 2009. Texto de 2006.

Encontré este libro en un rastrillo benéfico durante el pasado diciembre, su precio era de dos euros. En los últimos años me he mentalizado de la necesidad de no acumular libros; es decir, no comprarlos a no ser que vaya a leerlos inmediatamente, aunque estén a un precio muy bajo y me parezcan interesantes.

Según la contraportada, un desconocido -para mí-, Tom Drury es “uno de los grandes talentos ocultos de la narrativa estadounidense, por fin traducido al castellano”, y los Angeles Time dice que el libro tiene algo de los hermanos Grimm y algo de los hermanos Cohen.
Quizás lo que me decidió a llevármelo fue el hecho de que dentro había una carta de la editorial, imagino que dirigida a algún medio de comunicación, donde se dice que el Chicago Tribune había elegido al libro como mejor libro del año. (El ejemplar no había sido leído.)
También tenía curiosidad por leer algo de 451 Editores, una editorial nueva que ha ocupado pronto un gran espacio de mercado y de la que aún no había leído ningún libro. El volumen tiene un diseño interesante y su calidad de edición es alta.

La región inmóvil nos presenta a Pierre Hunter, un joven de 24 años, que tras realizar una carrera universitaria de ciencias regresa a su pueblo en el medio oeste, en Driftless Area (la Región Inmóvil), donde ya han fallecido sus padres, para trabajar como camarero en un bar-restaurante. Asistimos a episodios de la vida de Pierre, contados desde fuera y con abundancia de diálogos. Pierre parece un joven solitario y descentrado. El día de fin de año se emborracha en una fiesta en la que no se encuentra cómodo, sale a tomar el aire y al regresar se equivoca de casa e irrumpe en una fiesta en la que nadie le conoce. Una vez invitado a marcharse insiste en realizar un truco con monedas, que finalmente ejecuta con éxito, lo que no impide que el dueño de la casa haya llamado a la policía, que sea denunciado por allanamiento de morada y que tenga que acudir a un juicio que le condenará a asistir a charlas antialcohólicas.
Durante la descripción de esta extraña nochevieja se marcan algunos de los nudos de la novela: la fuerza del azar y el destino, y también en el parque al que ha salido a tomar el aire Pierre charla con un anciano. Durante la mitad de la novela, narrada en tercera persona, el texto se apega al personaje de Pierre, salvo en una página en la que el anciano anterior sale de escena y visita una casa en una colina. Allí conversa con una chica, y el anciano le dice que el que esperaba ha llegado. Yo seguía avanzando con el libro y volvía a esta página, me resultaba enigmática, se me evadía su significado.
La chica anterior, Estelle, salva de morir a Pierre en el lago helado al que ha caído, y empezarán a relacionarse.
Durante las primeras 100 páginas de la novela, seguimos a Pierre bebiendo y entrando en la fiesta que no es, conversando con su jefe o compañeros del bar donde trabaja, hablando con su abogado, asistiendo a las charlas antialcohólicas, relacionándose con la enigmática Estelle… y gravitando sobre estas escenas la página en la que el anciano le ha dicho a Estelle que tenían que encontrar al que le había conducido a aquella situación, lo que de algún modo se insinúa que va a conseguir Pierre.
El relato fluye durante estas primeras 100 páginas, o 5 capítulos, pero quizás quedan algo imprecisas las intenciones del autor, los temas sobre los que se sustenta la narración. El personaje se perfila por sus conversaciones, le vemos errar, y quizás no conseguimos penetrar en su psicología. Drury, como suelen hacer los escritores norteamericanos, compone escenas en las que posa su mirada sobre objetos o situaciones secundarias curiosas y de las que se desprende una poética propia, pero sin llegar al grado de intensidad, o epifanía, de Charles Baxter, por ejemplo.

En las otras 100 páginas la vida de Pierre se mezcla por casualidad con un tipo turbio que ha cometido un asesinato. Por la mera fuerza del azar y el destino (como en una película de los Cohen, tal vez), le acaba quitando una bolsa con más de 70.000 dólares y el tipo intentará dar con él. En esta parte la novela se acerca más al género negro, y me ha recordado a No es país para viejos de Cormac McCarthy, en su rapidez de escenas y diálogos.
Pero no queda únicamente en el género negro el giro que toma la novela, sino que de forma inesperada se adentra en el género de fantasmas. Uno de los protagonistas (no diré cuál) es el realidad una persona fallecida que ha vuelto al mundo de los vivos en el cuerpo de una persona que quedó en coma, y este hecho entronca con la extraña escena del anciano que visita a la chica de la colina en la primera mitad del libro.

El libro se lee rápido, está escrito con agilidad, su lectura ha sido curiosa, me ha resultado una mezcla de muchas cosas. Quizás le haya perjudicado, para que me hubiese acabado de gustar más, que he leído no hace mucho a Eudora Welty, Alice Munro o a Charles Baxter, quienes consiguen más cotas de hondura siguiendo la tradición norteamericana; aunque en estos casos sus intenciones eran más realistas, más analíticas de las relaciones humanas, y Drury se haya arriesgado en un terreno más complicado, lo que siempre es destacable. Esta novela podría ser la base de una buena película de los Cohen, al estilo de Fargo o El hombre que nunca estuvo allí.

domingo, 24 de enero de 2010

Piedras encantadas, por Rodrigo Rey Rosa



Editorial Seix Barral, 124 páginas. 1ª edición 2001.

Hace alrededor de una década, compré en una caseta de libros de segunda mano, en la avenida de Portugal de Móstoles, montada para conmemorar el día del libro, El cojo bueno de Rodrigo Rey Rosa, por el módico precio de 100 pesetas. Ni siquiera era un libro de segunda mano, tenía toda la pinta de ser un saldo, es decir uno de esos libros que las editoriales no venden y, tras una temporada en un almacén, finiquitan al peso con los libreros de segunda mano. Me sonaba el nombre de Rey Rosa, había encontrado críticas positivas de él en prensa, y aún así no fue hasta 2006 cuando leí ese libro, tras recoger los elogios que le dedicaba Roberto Bolaño en Entre paréntesis. El cojo bueno me sorprendió gratamente, en apenas 124 páginas le daba tiempo a Rey Rosa a diseccionar a la sociedad guatemalteca y a hablarnos de las inquietudes de un escritor (trasunto de él mismo) en Marruecos, conociendo a un admirado Paul Bowles.
Desde entonces, cada vez que en una librería de segunda mano me topo con un libro de Rey Rosa lo compro. Se ha ido convirtiendo durante el último lustro en uno de mis referentes de la nueva narrativa hispanoamericana. Es difícil que decepcione. Sólo me ha parecido un poco más flojo de lo habitual en él Caballeriza, y aún así tiene un primer capítulo soberbio. Quizás también sorprenden por extraños los cuentos del libro El cuchillo del mendigo, basados en tradiciones de su país y demasiado oníricos para mi gusto. En los relatos de El agua quieta ya empieza a mostrar una voz narrativa más reconocible y acorde con su obra posterior. Me gustaron mucho las novelas Cárcel de árboles / El salvador de buques, Lo que soñó Sebastián y La orilla africana (ésta ambientada en Marruecos).

A este último grupo de novelas sumo Piedras encantadas. Otra novela corta, apenas 124 páginas -encontrada, esta vez, por 7 euros, en uno de los tenderetes frente a las casetas de la cuesta de Moyano-, en la que Rey Rosa tiene capacidad para diseccionar a casi todos los estamentos de la sociedad guatemalteca.
En ella, como en casi toda su producción, nos encontramos con un personaje desencantado, en cierto modo solitario o aislando, capaz de vislumbrar el trasfondo de violencia y corrupción de la sociedad donde vive, y de la que parece evadirse a través de la reivindicación de una literatura europea que suele quedar fuera de contexto en su entorno. En Piedras encantadas la presencia de este personaje central queda un poco más desdibujada que en otros libros, dado que aquí cobra más importancia que otras veces la composición coral en personajes del texto.

Joaquín, perteneciente a la clase alta guatemalteca, ha regresado de España a su país. La novela comienza la mañana en que recibe en su casa la visita de Armando, un amigo que le trae marihuana de la ciudad de Cobán, donde vive. Armando acaba de atropellar a un niño en el centro de la ciudad y ha huido sin socorrerlo por miedo a lo que pueda ocurrirle. “Guatemala. La pequeña república donde la pena de muerte no fue abolida nunca, donde el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social” (página 9).
Desde la primera página de Piedras encantadas se filtra una de las ideas principales de la obra de Rey Rosa: la violencia y la corrupción como los cánceres que corroen a todos los estamentos de la sociedad de su país, así como la casi imposibilidad de redención. La visión de Rey Rosa es lúcida, desapasionada, negativa: “Los guatemaltecos eran el resultado de una mezcla de dos (o tres) pueblos, en la cual los elementos negativos de cada uno se combinaban para excluir sus virtudes” (paginas 41-42).
Armando va a visitar a un prestigioso abogado para pedir consejo y acaba abandonando su coche acusador en el garaje de la casa de Joaquín. Quién a su vez, decide tomar este hecho como una señal para regresar a España, aunque antes quiere declararse y pedirle que se vaya con él a su prima Elena.
Joaquín aún tendrá que vérselas con un detective privado, que nos acercará hasta la madre del niño atropellado (un huérfano de 6 años, traído a Guatemala desde Bélgica), y a sus conflictos con su ex marido, ambos pertenecientes a la alta clase social del país, por lo que el asunto del atropello se complica.

Elena trabaja en un periódico, Joaquín piensa que ella puede saber algo o también puede que él acabe hablando de más sobre Armando. “Aunque fuera cierto que prácticamente nadie leía prensa en Guatemala (el 0,7% de la población), que los periódicos no habían hecho nunca ninguna diferencia, pues todo el mundo sabía que estaban vendidos (aun El independiente)” (página 85).

Nuestro Gran Palacio Nacional (…). Dicen que en uno de sus sótanos hay una máquina IBM gigantesca, que trabaja día y noche sin descanso. Baraja toda suerte de datos, elabora fichas periódicamente, clasifica fotos y videocintas, describe relaciones y lugares, hace diagnósticos y recomendaciones. Unos treinta mil informantes trabajan para alimentar al monstruo” (página 94-95), y así se extiende dos páginas hablando del estado policial que Rey Rosa considera que es Guatemala.

Por la novela desfilan las clases altas, y también los niños mendigos de la calle. En la novela aparecen avezados confidentes policiales de 5 años. El título Piedras encantadas hace referencia al nombre de una peligrosa banda de niños delincuentes. “-Mira. Las piedras –dijo Elena. / -¿Qué piedras? / -Las piedras encantadas. / -Entonces mejor vámonos, no vengan y decidan que te tienen que violar. / -Pero si son niños. / -Hnm.”. He transcrito una conversación que Joaquín y Elena mantienen en la página 122. En la misma página se acaba concluyendo que lo mejor sería irse de allí (esa calle, ese país) a cualquier parte.

Una novela dura, desencantada, intensa, que basa su fuerza en el poder elíptico de la insinuación, y que como siempre me ha dejado con ganas de haber podido entrar más a fondo en la vida de los personajes (lo que debe conseguir toda buena novela), y como remedio la decisión de seguir buscando los títulos del guatemalteco en las librerías de segunda mano. Su última novela, El material humano, la ha sacado Anagrama y no Seix Barral. Ahora es una novedad, no sé si lograré esperar a que, incompresiblemente, los lectores españoles la desprecien y pueda comprarla de saldo.

jueves, 21 de enero de 2010

La hija del optimista, por Eudora Welty


Editorial Impedimenta. 222 páginas. Editado en 2009, texto de 1972.

Hace años hojeé un libro de relatos de Eudora Welty. Lo vi en la librería Antonio Machado -al lado del Círculo de Bellas Artes-, y lo tomé en las manos. Encontraba en el volumen una peculiaridad: era un libro de Anagrama y no me sonaba la autora (me debo de saber casi de memoria el catálogo de Anagrama). Y me he decidido ahora a leer esta novela, tras haberme topado asiduamente con el nombre de la autora en prensa o internet. Se ha estado llevando a cabo un relanzamiento de su obra en España durante las últimas temporadas: Lumen ha editado sus Cuentos completos, e Impedimenta lanzó en 2009 esta novela, La hija del optimista, escrita en 1972 -premio Pulitzer de 1973-, que ya va por la tercera edición, y que incomprensiblemente no había sido traducida nunca al español.

La trama es aparentemente sencilla: el retirado juez Mckelva, de 71 años, del pueblo de Mount Salus en el estado de Mississippi, tiene problemas en los ojos. Visita a un amigo oftanmólogo en Nueva Orleans acompañado de su hija Laurel, de unos 50 años, y su segunda esposa, Fay, de unos 40 años.
El juez no parece recuperarse de la operación a la que es sometido y en unas semanas muere en el hospital de Nueva Orleans. En Mount Salus les esperan a las dos mujeres, que regresan con el cadáver, todos los conocidos de los padres de Laurel (su madre ha fallecido una década antes), para acompañarlas en el velatorio del muerto y el entierro.
Fay regresa unos días con sus familiares a Texas y Laurel se queda en su antigua casa familiar hasta que tres días después vuele a Chicago, donde reside sola (es viuda, su marido murió en la Segunda Guerra Mundial).
La tensión entre las dos mujeres es evidente desde el principio. Fay es arrogante, impertinente y sabe que no es bien recibida en Mount Salus, donde piensa quedarse para continuar con su vida. Laurel siente que esa presencia mancilla el recuerdo de su madre y su propio sentido de la pertenencia a la casa familiar, que va a dejar de ser un lugar al que poder volver.

Por lo que he leído, se vincula el nombre de Welty a la tradición de escritores sureños en Estados Unidos, a William Faulkner, Truman Capote, o Carson McCullers. Buscando estas referencias he leído la novela. De los tres escritores diría que a quien más me ha recordado ha sido a Capote. Como él, Welty se vuelca en la sutilidad de la descripción de detalles y logra definir a los personajes a través de los objetos sobre los que posan la vista.
La 2ª parte del libro, formada por la escena del velatorio, me ha parecido un prodigio de composición coral, culminado por la sutilidad de la descripción del entierro.
“La mirada de Laurel fue de un lado a otro entre las estelas que señalaban las tumbas de los McKelva. Fue entonces cuando vio la camelia favorita de su padre, la Chandlerii elegans, antigua y ya pasada de moda, que él mismo había plantado junto a la tumba de su mujer: ahora ya era casi tan grande como un poni, y estaba cargada de flores vivas y muertas, y permanecía erguida sobre una alfombra marchita formada por sus propios pétalos”, escribe Welty en la página 120.

Lo más curioso de mi búsqueda de antecedentes literarios de Welty ha sido toparme con la presencia embrionaria de sus seguidores. Hay una escena bellísima en la 4ª parte de la novela en la que Laurel evoca su amor por su marido muerto, trasladando su recuerdo a la visión conjunta de la confluencia de dos ríos desde un tren, en la que he sentido latir la prosa de Richard Ford (en su novela Incendios describe una escena de una forma bastante similar), y también he visto la forma que tiene luego Raymond Carver de connotar a los objetos de significado y cargarlos de amenazas (algo, por otro lado, muy común en la sutil escuela de creación literaria norteamericana).

Una novela espléndida sobre los lazos familiares y el paso irrevocable del tiempo, que me ancla el nombre de Eudora Welty dentro del canon de la literatura norteamericana.
Lo único extraño de este libro es que se hayan tardado casi 40 años en acercarlo al público español. La edición de Impedimenta está muy cuidada, un lujo de libro.