lunes, 28 de junio de 2021

Comienzo de mi novela Esto no es Bambi

 COMIENZO DE MI NOVELA "ESTO NO ES BAMBI"

 

En la web de la editorial Maclein y Parker se pueden leer las primeras páginas de mi última novela, "Esto no es Bambi". Una novela sobre el exagerado mundo de las auditoras, de las llamadas "big five", donde los jóvenes empleados podían llegar a hacer jornadas laborales de 90/horas a la semana sin quejarse, sino más bien orgullosos por no ser unos "flojos". La novela está construida con seis voces narrativas, tres masculinas y tres femeninas. La primera es la de Marta Lindsay, una chica muy pijita, que usa un vocabulario muy particular (también os digo que al final le acabas tomando cariño). Éste es el enlace: PINCHA AQUÍ

  




domingo, 27 de junio de 2021

La mala hora, por Gabriel García Márquez



La mala hora,
de Gabriel García Márquez

Editorial Debolsillo. 207 páginas. 1ª edición de 1962; ésta es de 2013.

 

Creía que había leído toda la obra narrativa de ficción –sus novelas y cuentos– de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 ­– Ciudad de México, 2014), cuando en la biblioteca de Móstoles me di cuenta de que me faltaba una novela: La mala hora. Quizás debería haberla sacado en préstamo en ese momento, pero no lo hice y, unas semanas después, comentándolo con un amigo escritor me dijo que La mala hora no era una de las novelas buenas de García Márquez y, aunque seguía queriendo leerla por mi afán completista, acabé olvidando un poco esta lectura. Sin embargo, en el verano de 2020, mirando libros en el FNAC de Callao, me encontré con una edición del libro en bolsillo y me apeteció comprarlo y leerlo.

 

La mala hora se publicó en 1962, justo entre mis novelas favoritas de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1961) y Cien años de soledad (1967). En La mala hora, García Márquez nos acerca a un pueblo a las orillas de un río, que parece guardar más de una similitud con el pueblo de El coronel no tiene quien le escriba, aunque en ningún momento he sabido si se trataba del mismo. El pueblo de La mala hora, en cualquier caso, está cerca de Macondo, pueblo al que se nombra al final del segundo capítulo, en la página 49. Nunca aparece el nombre de Colombia, pero se sobreentiende que García Márquez habla de su país, y posiblemente de su zona caribeña, de la que él procede, una zona de excesivo calor, humedad y lluvias torrenciales.

 

La novela está escrita en tercera persona y cuenta con un número suficiente de protagonistas como para que podamos hablar de una novela coral. En la primera página conocemos al padre Ángel, quien se levanta de madrugada, para hacer sonar las campanas de la iglesia a las 5 de la mañana y anunciar así el comienzo de un nuevo día en el pueblo. Esta mañana es la del 4 de octubre, y en la última página, cuando el padre Ángel se vuelva a levantar será el 21 de octubre. En estos diecisiete días, en los que transcurre la novela, serán muchos los acontecimientos que se narren, empezando por un asesinato y acabando con otro.

En el pueblo están apareciendo pasquines en las puertas de las casas, colocados de noche. En ellos se cuentas chismes antiguos, cotilleos sobre hijos ilegítimos o sobre infidelidades. De hecho, será uno de estos pasquines el que provoque la primera muerte. César Montero lee en la puerta de su casa, al salir de madrugada, que uno de sus vecinos se acuesta con su mujer. Ofuscado se presenta en su casa y le descarga la escopeta en el pecho.

Al leer las primeras decenas de páginas de La mala hora me estaba acordando de la novela Juntacadáveres de Juan Carlos Onetti, que habla de un pueblo en el que se abre un prostíbulo y empiezan también a aparecer anónimos –en lugar de pasquines en las puertas de las casas– descubriendo quiénes lo han frecuentado. ¿Qué novela se publicó primero? La mala hora es de 1962 y Juntacadáveres de 1964; así que la idea original de escribir sobre pasquines que se dejan en las casas de un pueblo sería de García Márquez, pero no podemos hablar en ningún caso de plagio, puesto que Onetti tiene un estilo narrativo muy particular y diferente al de García Márquez.

 

Los pasquines están empezando a romper la tensa calma a la que se había llegado en el pueblo, después de haber sufrido el país una guerra civil. Si bien, a algunos personajes los conoceremos por su nombre, a otros García Márquez nos los muestra representados por su profesión, como al alcalde. En principio, el alcalde parece un personaje positivo, alguien que se preocupa por sus vecinos, aunque en diversas situaciones vemos cómo éstos le rechazan. «Ustedes matan sin anestesia.», le dirá el dentista al alcalde en la página 69. El alcalde pregunta a una mujer que hasta cuándo le van a tener rencor y ésta le contesta: «Hasta que nos resuciten los muertos que nos mataron.» (pág. 79). El alcalde, lógicamente, forma parte de los vencedores en la última guerra civil, y además parece que está empezando a hacer buen dinero manejando diversos negocios públicos y privados desde su puesto de privilegio.

El juez Arcadio es otro de los personajes destacados del libro, un hombre preocupado porque a su antecedente en el puesto, once meses antes, le asesinaron tres policías en su despacho, debido a que durante una borrachera afirmó que quería garantizar unas elecciones libres.

 

Aunque el tema de los pasquines podría parecer una nimiedad, ya hay un muerto en el pueblo y las señoras de las familias más importantes se juntan con el padre Ángel, porque quieren que éste intervenga desde el púlpito para que desaparezca la situación. Además el padre Ángel le mostrará su preocupación al alcalde y éste tomará la decisión de establecer un toque de queda y organizar rondas nocturnas, algo que peligrosamente puede hacer recordar a los vecinos épocas violentas y no tan lejanas.

 

Ya he comentado que en La mala hora se nombra a Macondo. Me ha gustado descubrir también que aparece aquí el coronel Aureliano Buendía, quien durmió una noche en el hotel del pueblo. Aún le quedaban al coronel cinco años para ser uno de los protagonistas de Cien años de soledad, y es curioso observar cómo el mundo ficcional de García Márquez se iba ya construyendo. Aparece un circo, pero no creo que sea el mismo de los gitanos que aparecían en Macondo. Además La mala hora todavía no es de forma explícita una novela del «realismo mágico», puesto que no aparecen escenas abiertamente fantásticas en la realidad contada. Sin embargo, una de sus protagonistas se encuentra por las noches en el pasillo de su casa con el fantasma de la Mamá Grande, que es la protagonista de uno de los cuentos más famosos de García Márquez. En otra escena se nos cuenta que el telegrafista del pueblo envía poemas telegrafiados a otra telegrafista que no conoce; y estas imágenes empiezan ya a rozar ese realismo mágico que desbaratará la realidad en su siguiente novela.

 

La prosa de La mala hora, siguiendo la línea de El coronel no tiene quien le escriba, es más contenida que la de novelas como Cien años de soledad. En gran medida la belleza de la prosa de García Márquez –y en La mala hora podemos encontrar muchos ejemplos– se sostiene sobre su capacidad para incorporar los detalles naturales en las escenas que describe a sus personajes: por ejemplo, en más de una ocasión canta a lo lejos un alcaraván, o se describen los colores de los loros que atraviesan el cielo, o el olor de «los nardos bajo la lluvia», en la primera página, que sería un recurso similar al del olor de las «almendras amargas» en Crónica de una muerte anunciada. Los olores son muy importantes en el mundo ficcional de García Márquez. Me ha gustado este detalle: en la crecida del río, las aguas arrastran una vaca muerte; páginas más tarde, cuando el lector ya no piensa en esa imagen, se filtrará por las ventanas de las casas el olor a podredumbre de esa vaca muerta, cuyo cuerpo encalló en alguna orilla del río.

La mala hora está muy emparentada con el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande. De hecho, ambos libros se publicaron el mismo año –1962– y el estilo de composición, seco y con fuerza en los diálogos, es el propio de Ernest Hemingway (más en los cuentos que en la novela). Los cuentos parecen ambientados en el mismo pueblo, y uno de sus centro de reunión es «el salón de billar», que aparece en ambos libros. Además, uno de los cuentos –el titulado Un día de estos– relata una anécdota, en la que el alcalde del pueblo ha de ir al dentista, que también aparece en la novela. La tensión política que subyace a ambas obras es también la misma. Otro cuento se llama La viuda de Montiel, que es un personaje de La mala hora. En este cuento aparece también Carmichael, otro de los personajes de La mala hora.

 

García Márquez pasa de una escena a otra, de un personaje a otro, marcando que lo narrado tiene lugar de forma simultánea o sucesiva, con expresiones como «mientras X bajaba las escaleras, Y hacía tal». De este modo, también se incide en la idea de que todo ocurre en un espacio muy limitado, donde todos se conocen y se observan entre sí, a pesar de que no pueden descubrir quién o quiénes están poniendo los pasquines en las puertas de las casas. «Es todo el pueblo y no es nadie.», sentenciará sobre el particular la adivina del circo ambulante. Quizás éste sea un sutil nuevo elemento de realismo mágico.

 

La tensión va aumentando en la novela, pero diría que de un modo menos perfecto que en El coronel no tiene quien le escriba. En la construcción coral ya se adivina la estructura de Cien años de soledad. La mala hora es una buena novela, que no está a la altura de mis favoritas de García Márquez, que parece una obra de transición entre la precisión a lo Hemingway de sus primeras novelas y el desbordamiento posterior de Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Me ha gustado leerla, me ha gustado completar el universo ficcional de Gabriel García Márquez, que ha sido siempre uno de mis escritores de cabecera.

 

 

 

martes, 22 de junio de 2021

Mi novela Esto no es Bambi sale hoy a la venta

SE LLAMA OBSTINACIÓN

 

Me dicen mis sevillanos editores de Maclein y Parker que ya les han llegado de la imprenta ejemplares físicos de mi novela «Esto no es Bambi» y me mandan unas fotos.




 

Empecé a escribir «Esto no es Bambi» en 2001, con un cuaderno y un bolígrafo, en la planta 18 del edificio Windsor, aquel que luego ardería en 2005. La empecé a escribir con traje y corbata, en horas de trabajo, durante un periodo en el que estuve sin asignación en la auditora Arthur Andersen. En Nuevos Ministerios, en pleno centro financiero de Madrid, disfrazado de joven triunfador, yo soñaba ya ‒a mis 26 años‒ con derribar los delirios del capitalismo (jornadas de más de 90 horas a la semana) con un cuaderno y un bolígrafo. Quería dejar testimonio de la locura colectiva de la que era testigo, de lo que estaba viendo en aquella secta laboral destructora de mentes y cuerpos, donde aguantar 50 horas seguidas sin dormir era narrado por las víctimas con orgullo de héroes griegos. Ellos no eran unos «flojos», eran gente que aguantaba los envites de la vida.

 

Tras dos años de trabajo, conseguí una primera versión de unas 600 páginas, que parecía más un diario que una novela. La mandé a editoriales, la corregí varias veces. No funcionaba. Aprendí una valiosa lección: yo era un tipo que podía estar dos años seguidos escribiendo una novela de 600 páginas, aunque no la fuera a publicar nadie, ni la fuera a leer nadie, y podía seguir en ello sin desfallecer.

Años más tarde, trabajé en una segunda versión más corta. Debía ir al grano de lo que quería contar, debía seleccionar la información. La mandé a editoriales. Seguía sin funcionar.

 

Años más tarde, volví a releer mi libro. Le perdía el tono confesional y autojustificativo. Si quería captar la atención de un posible editor o lector, debía explorar nuevos caminos: debía usar el humor y crear voces narrativas que se alejaran de la mía. De este modo, imaginé que el primer curso de formación de la empresa sería más divertido si, en vez de ser contado por una primera persona muy cercana a mía, lo contaba Marta Lindsay, una niña pija de Pozuelo, que no podía soportar que la grúa se lleve a su «golfito», por dejarlo mal aparcado, y tener que usar un día esos «medios de transporte extraños», como llamaba al metro y el autobús. Marta Lindsay, si tenía que ir de pie en el metro y el autobús, no podía agarrar las «barritas esas verticales que salen del techo», a no ser que lo hiciera con una «toallita de lavender». Yo conocí a Marta Lindsay en ese curso de formación, solo que tenía otro nombre. Hablaba así. Yo he visto cosas que no creeríais. No cuentes tú tus penas, me dije, deja hablar a Marta Lindsay. Por supuesto, la desconoces, pero invéntala a partir de los datos que has recabado de la realidad. Y así, hasta crear seis voces narrativas, tres masculinas y tres femeninas; donde solo una se puede parecer a la mía.

 

Normalmente la gente que escribe suele haber estudiado carreras de letras, Filología hispánica, Periodismo, Historia, etc., y no han estado donde yo he estado, en el corazón financiero de Madrid, ni han visto lo que yo he visto, a los jóvenes cachorros de triunfadores del dinero. La gente que ha estado en este corazón financiero y permanece allí o en sus aledaños lo más posible es que no tengan tiempo para leer, y menos para escribir. Soy yo el que ha estado allí y puedo contar cómo era aquello, un mundo que rara vez refleja con verosimilitud la literatura o el cine, al menos en España.

No sé si “Esto no es Bambi” es mi mejor novela, pero desde luego es la que más me ha costado escribir, la historia que más ha perdurado en mi mente y que quería transmitir a otros. Hoy sale a la venta. Hoy, como en un cuento de Borges, pienso en aquel chico abrumado de 26 años que era yo en enero de 2001, en la planta 18 del Windsor, aquel chico que había leído demasiado para desear ser simplemente un vulgar triunfador de traje y corbata, y le digo: aquí lo tienes, chaval, como diría Herman Hesse, hay una virtud, sola una, a la que aprecio mucho, se llama obstinación. Todas las demás virtudes obedecen a leyes creadas por los hombres, pero el que se obstina obedece a una ley interior absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo.

domingo, 20 de junio de 2021

Ronda del Guinardó, por Juan Marsé



Ronda del Guinardó,
de Juan Marsé

Editorial Seix Barral. 141 páginas. 1ª edición de 1984.

 

Hace más de veinte años leí Si te dicen que caí (1973) de Juan Marsé (Barcelona, 1933-2020). Recuerdo que me costó algo entrar en esta novela, pero la acabé disfrutando bastante. Algunos años después leí Últimas tardes con Teresa (1966), que me pareció una novela maravillosa sin reservas y desde la primera página. Incluso a mí me resulta extraño tener en mis estanterías de libros por leer dos novelas más de Juan Marsé: La extraña historia de la tía Montse (1970) y Un día volveré (1982) sin acercarme a ellas desde hace muchos años. Cuando recibí la noticia de la muerte de Marsé –el jueves 18 de julio de 2020– estaba veraneando en el norte de Mallorca. Dos días después, el 20 de junio, me acerqué a Palma, y en una librería de segunda mano de la cadena Re-reader (calle del 31 de diciembre, 13) encontré la primera edición de Ronda del Guinardó por tan solo dos euros. El libro estaba ligeramente anotado a mano por su anterior propietario, pero me apeteció llevármelo conmigo y lo leí en dos tarde afortunadamente nubladas del pasado agosto madrileño.

 

La acción de la novela se va a desarrollar en unas pocas horas en la ciudad de Barcelona. La contraportada del libro señala que la fecha exacta en el que discurre la trama es el 8 de mayo de 1945, algo que no se muestra explícitamente en el texto, sino que se señala que es el día en el que Alemania ha firmado su rendición, y se ha dado fin por tanto a la II Guerra Mundial. Esto da pie a una ligera alegría en los vencidos de la guerra civil: «Había conatos de huelga y un alegre trajín de hojas clandestinas, en el fondo una bobada: ni que los aliados fueran a llegar mañana mismo. “Los exaltados de siempre”, añadió. A través de los enlaces sindicales, las comisarías estaban recibiendo listas de gente que no se había presentado al trabajo o que lo había abandonado, y se estaba procediendo a su detención. Las medidas preventivas dictadas por el Gobierno Civil no indicaban en absoluto una situación de alarma.» (pág. 46)

 

El protagonista de esta novela es un inspector de policía innominado, simplemente será «el inspector», que esa mañana ha recibido de su jefe un encargo desagradable: debe acudir al lugar en el que estaba su antigua comisaria, de la que fue trasladado tres años antes –el popular barrio del Guinardó–, para pedirle a Rosita, una niña de trece años y medio, que vaya al depósito de cadáveres y ver si reconocer a la persona que la violó dos años antes. Rosita vive acogida en una casa de huérfanas que regenta la cuñada del inspector. En esta Casa suele pasar mucho tiempo su mujer, Merche, que ayuda a su hermana.

En el primer capítulo, el inspector entra en la casa para entrevistarse con su cuñada. El encuentro no tiene lugar en términos cordiales. El inspector ha acabado pegando a Pilarín, una de las huérfanas que su cuñada envió a su domicilio para que trabajara como asistenta del hogar. Según el inspector, el problema ha sido que desde el principio trató a Pilarín como a una hija y no como a una empleada. Según su propio código de valores, el inspector no podía permitir que Pilarín se vistiese de un modo que consideraba provocativo.

Rosita no quiere ir al depósito y enfrentarse al supuesto cadáver de su violador, cuando era una niña de once años, y tratará de poner múltiples excusas, que principalmente tienen que ver con sus obligaciones laborales, pues ayuda en las tareas del hogar de diversas casas del barrio. El inspector accederá a acompañarla en su particular ronda laboral, con la idea de que al final de su jornada le acompañe hasta el depósito de cadáveres.

Este periplo por el barrio le va a servir a Juan Marsé para mostrarnos todas las miserias de la época (1945). Aunque la novela está escrita y publicada en 1984 y, por tanto, ya en democracia, su propuesta parece surgir desde el realismo social de la década de 1950, en el que los escritores españoles que no estaban en el exilio mostraban con crudeza la realidad que les rodeaba como una forma de criticar al régimen franquista y a la vez poder eludir la censura. De este modo, no aparece el nombre de Francisco Franco en la novela, ni se habla de forma directa de vencedores o vencidos; pese a que, como mostré en la cita inicial, desde el estamento de la policía se hablaba de «los exaltados de siempre», que son los rojos que insisten en crear problemas. Sin embargo, la guerra civil y sus consecuencias están presentes en muchas de las escenas del libro: en una de las casas a las que acude Rosita, la dueña le dice al inspector, «con la voz quebrada pero arrogante» que su marido estaba en el exilio en catalán, lo que era toda una provocación.

En otra escena, el inspector mira el escaparate de una tienda de muebles y se fija en que un cojín, adornado con unas franjas amarillas y rojas en las que parece intuirse una bandera catalana. El inspector le hace retirar el cojín del escaparate al vendedor y le amenaza con cerrarle el negocio.

Sin embargo, es curioso como también, de una forma sutil, la novela muestra que en más de un caso los vencidos son las personas más pudientes del barrio, que precisamente hablan en catalán. Rosita, una niña viva y desamparada, tiene acento andaluz, y «en su boca grande plagada de calenturas del sur el catalán era un erizo». En una ocasión se utiliza el término «charnegos» para referirse a unos chicos de la calle.

 

La novela está escrita en tercera persona, pero también, mediante el estilo indirecto libre, se reflejan los pensamientos de los personajes, sobre todo del inspector y en algunas ocasiones de Rosita. El lenguaje de Marsé es rico, sobre todo en la adjetivación, y combina con total soltura un registro culto del idioma con otro más callejero, en el que aparecen términos coloquiales, hoy día ya en desuso, como «kabileño» por «persona pobre» o «chafardear» por «cotillear». En sus descripciones de personas y ambientes Marsé elige un marcado tono feísta: sobacos sucios, hombros llenos de caspa, calenturas en la boca, bocas sin dientes, al inspector le preocupa un testículo que se le sube continuamente hacia los intestinos… De este modo tan significativo se describe a un perro en la página 112: «A pocos metros, un perro flaco y tiñoso arqueó el lomo vomitando sobre el polvo una plasta negra; la removió con la zarpa, la olfateó y se la volvió a comer.» Y sobre todo lo que aparece de forma simbólica en esta particular ronda del Guinardó, del caluroso y polvoriento 8 de mayo de 1945, son personas lisiadas: así nos podemos fijar en la figura de un adolescente sin brazos, debido a que intentó robar un pisapapeles, que resultó ser una granada de la guerra sin desactivar.

Más restos de la guerra se filtran en las escenas: «Inclinado en el terraplén, el esqueleto oxidado de un camión militar hundía el morro en una charca reseca.» (pág. 80-81) Rosita le cuenta al inspector algunas de las leyendas que corren sobre el camión y éste sonríe, «Conocía el ritual colérico, el código de trolas infantiles que aún regía en esta calcinada tierra de nadie.» (pág. 81). En la página 70 Marsé una el término «aventis». Parece que Marsé está creando túneles que comunican entre sus propias obras, y estos niños parecen ser los mismos que los que se cuentan «aventis» en Si te dicen que caí.

 

Rosita recibe algún pago en «dinero rojo», aunque sabe que ya no sirve le dice al inspector que colecciona esos billetes y que tal vez algún día vuelven a servir. El inspector no deja de fijarse en el descaro de Rosita y en sus formas y movimientos que están dejando de ser los de una niña para convertirse en los de una mujer. Mediante algunas escenas sórdidas se le ha mostrado al lector que Rosita está al borde de la prostitución. De  «solitaria ronda al borde del hambre y la prostitución» califica en la página 138 (ya cerca del final) el narrador la jornada de Rosita antes de ir a reconocer el cadáver de su supuesto violador.

La violencia policial y política está presente de forma real y simbólica en cada una de las páginas de esta intensa y dura novela corta; una perfecta novela corta.

domingo, 6 de junio de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas en el blog El cuaderno rojo

 El escritor Jesús Artacho leyó mi novela Caminaré entre las ratas y escribió esto sobre ella en su blog El cuaderno rojo:

 


 

No es el primer libro de David Pérez Vega que comento aquí. En años anteriores ya hablé de Koundara, un muy buen libro de relatos publicado por Baile del Sol; Los insignes, novela aguda y humorística que parodia el mundillo poético y que publicó la mallorquina Sloper; y Acantilados de Howth, el debut literario del autor mostoleño, al que acostumbramos a leer sobre sus lecturas en su blog Desde la ciudad sin cines y, desde no hace mucho, también en su magnífico canal de YouTube: David Pérez Vega - Bienvenido, Bob. Confieso que es mi booktuber favorito. Es un placer oír hablar de literatura a alguien que ha leído tanto y ama los libros como pocos, que sabe establecer relaciones entre ellos y que posee una muy buena memoria lectora, además de la envidiable oratoria que le ha ido dando su experiencia como profesor en un colegio de Madrid.


En 2020 vio la luz su última novela hasta la fecha, Caminaré entre las ratas, publicada por la editorial Carpe Noctem. Se trata de su novela más extensa, escrita entre 2014 y 2016, y protagonizada por un hombre de Móstoles que anda cerca de cumplir los cuarenta -edad crítica- y que ha pasado por distintos trabajos y ahora es teleoperador, empleo que no es el soñado y que le brinda un sueldo precario, al tiempo que hace el máster para formación del profesorado, a fin de obtener una mejor colocación. Estudió Empresariales, tras un intento frustrado en una Ingeniería, estudios a los que lo abocó su familia cuando realmente a él le hubiera gustado una carrera de letras como Filología Hispánica. Domingo, que así se llama, ha publicado algunos libros en editoriales pequeñas, es un gran lector y trata de hacerse un hueco en el inexpugnable panorama editorial. 

"No creo ya a estas alturas que pueda prescindir de la literatura. Estoy podrido de literatura, solo puedo entenderme como sujeto cercano a la literatura"

 

No escasean las concomitancias con el propio autor, como él mismo declara en un vídeo de YouTube sobre su novela, donde afirma que quería emplear un personaje no muy distinto a él, o a cómo sería él un poco pasado de vueltas, a partir del cual narrar todo lo que le ha sido dado observar y conocer, a sus cuarenta años, en su mundo cotidiano, en lo que respecta al mundo empresarial y laboral en general (los efectos de la crisis de 2008, por ejemplo), las relaciones personales y de pareja, política, familia, literatura y todo lo humano y lo divino. Y, a decir verdad, se muestra un fino observador de su realidad, de nuestro mundo.

 

Hay un par de elementos que escapan al realismo: por un lado, comienza a ascender un partido de ultraderecha llamado Puño Patriota Español, elemento con el que el autor se adelanta al renacimiento de la ultraderecha en España, poco después, con la irrupción de Vox y su líder Santiago Abascal; por el otro, la ciudad comienza a ser invadida por una plaga de ratas gigantes, como de medio metro. Esto último me llevó a pensar, en un principio, en el famoso cuento de Julio Cortázar Carta a una señorita en París, en el que el protagonista vomita conejitos y, si no me falla la memoria, lo vive como algo de lo que se siente culpable y que ha de ocultar al resto de la gente. Al principio parece que Domingo es el único que detecta la presencia de las ratas, como si fueran producto de su imaginación, pero conforme avanza la novela se hace evidente que este elemento fantástico, que nos lleva a pensar en  un posible simbolismo, es perceptible por todos los personajes, le den más o menos importancia.

 

El hecho de que un amigo cercano se suicide, yéndole, en apariencia, algo mejor en la vida que a él, es otro factor que lo aboca a esa ineludible crisis de los cuarenta, además de las frustraciones laborales, literarias y sentimentales (su novia lo dejó no hace mucho).

 

Se trata de una novela ambientada en Madrid en 2013, que se lee con gran fluidez, un libro complejo a la par que accesible, que me ha parecido muy sólido. Una de sus virtudes es la de llevarnos a otros libros, pues no escasean las referencias literarias y cinematográficas. Aunque el título da cuenta de una individualidad que debe sobreponerse a un entorno difícil, incluso hostil, hay bastantes momentos en los que encontramos un componente social e incluso generacional (más de una generación, diría, puede verse reflejada en los sucesos narrados: tanto la del autor, que nació en 1974, como los ahora treintañeros).

 

Hay un momento en que el protagonista declara juzgar de antemano los libros en función del prestigio de la editorial que los publica, algo tal vez clasista y jerárquico, que dista de considerar con objetividad el texto en sí, y que resulta algo chocante teniendo en cuenta las ideas políticas del personaje (son recurrentes las críticas al neoliberalismo, a las atrocidades capitalistas). Esto, por otra parte, no debería sobresaltarnos, porque ¿quién no tiene contradicciones? El protagonista se ve envuelto en un pequeño embrollo de sexo por internet, y este es el único punto de toda la novela que me ha chirriado, en tanto que no me cuadraba con el personaje. Domingo, tipo serio, se toma unas pequeñas vacaciones, una escapada con fines sexuales para estar con una chica con la que no le une demasiado, más allá de la atracción por su cuerpo. Esta parte me ha recordado (pero no me fío mucho de mi memoria) al ambiente de La uruguaya del argentino Pedro Mairal. Esta actitud del personaje se justifica cuando leemos "es mi aventura sexual, intrascendente y absurda, el rollo de verano que debería haber tenido a los diecinueve pero que no tuve, mi deseo de libertad y superficie". Pero no me acaba de encajar en el hecho de prestarse un tipo como él, por ejemplo, a tener sexo en lugares públicos.

 

Más allá de esta nimiedad, he disfrutado muchísimo la lectura. Bien narrada, contiene reflexiones inteligentes sobre el mundo empresarial y laboral, la deriva de los métodos pedagógicos o las relaciones humanas en general. Eduardo Laporte, que también ha leído con entusiasmo el libro, habla de una "ironía melancólica" que creo que define bien su espíritu: hay momentos humorísticos y sarcásticos, y también un aire general de derrota, una mirada al mundo desde una prosa serena, reflexiva, a través de la luz de la melancolía.

 

Caminaré entre las ratas me parece una muy buena novela, posiblemente lo mejor que he leído en lo que llevamos de 2021, y que veo difícil que no acabe en la clásica lista de mejores lecturas del año que acostumbro a colgar en este blog.

 

Valoración: 5/5

 

"En un vídeo, uno de estos profesores saca su móvil del bolsillo y afirma sonriente ante la cámara que ahí, en su mano, está TODO; que la información está disponible para cualquier persona a un clic de ratón, que ya no hace falta saber. Esto me parece cuestionable, pues a mí como adulto me ha costado, realizando búsquedas en internet, encontrar la información que buscaba para los trabajos requeridos en el máster e imagino que a un niño de catorce años, en el aula o en su casa, le costará más. Esto sin contar que tiene abiertas todas las puertas a la distracción. Hace cincuenta años también estaba TODO en una biblioteca, y no por esto se dejaba de exigir a las personas que estudiasen contenidos."

 

"Hablan de Andrés Torrejón, hablan mal de él, como españoles en un bar".

 

"Pero desde 2008 vivo en el país del volver a empezar, de los aprendices sin edad, de los licenciados que emigran a Londres para trabajar de camareros, de la idea neoliberal del "si estás en el paro la culpa es tuya, aprende a reciclarte. Sé un emprendedor, muchacho""

domingo, 30 de mayo de 2021

Canción, por Eduardo Halfon

 


Canción, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 119 páginas. 1ª edición de 2021.

 

En 2004 Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) publicó en Anagrama la novela El ángel literario. Había quedado entre los finalistas del premio Herralde de ese año. Yo la leí en 2005, tras encontrarla en un puesto de libros de segunda mano de la Cuesta de Moyano de Madrid. En aquel momento me desconcertó su apuesta por la autoficción. Bastante tiempo después empecé a fijarme en las novelas cortas y libros de cuentos que Halfon iba publicando en la editorial Libros del asteroide. Leí buenas críticas sobre estos libros y sería en el verano de 2018 cuando empecé a leer bastantes de ellos seguidos. En un periodo de tiempo relativamente corto leí: Monasterio, Duelo, Signor Hoffman; Mañana nunca lo hablamos, El boxeador polaco, Saturno, Biblioteca bizarra, y algunas obras más tempranas como De cabo roto y Elocuencias de un tartamudo.

 

En sus obras más maduras, Halfon ha definido un mundo propio y, obra tras obra, amplia su propuesta. Ha creado al personaje Eduardo Halfon, un escritor de la misma edad del escritor real Eduardo Halfon y con una biografía muy similar a suya. Existen algunas diferencias entre el Halfon personaje y el Halfon autor: por ejemplo, el primero es un fumador impenitente y el segundo no fuma. Halfon habla en sus libros de su gran familia judía, que emigró a Guatemala desde lugares diversos, como Europa del Este y el Medio Oriente, y sobre la búsqueda de la identidad. Uno lee siempre estas novelas pensando que lo que se cuenta en ellas es real, aunque el autor más de una vez ha comentado en sus entrevistas que esto no tiene porqué ser cierto. De hecho, yo como lector atento descubrí una incoherencia interna en su árbol genealógico, que no voy a desvelar; lo que me indica que nos encontramos ante una obra de ficción y no ante un conjunto de novelas memorialísticas.

 

«Llegué a Tokio disfrazado de árabe» es la primera frase de Canción. Halfon ha sido invitado a un congreso de escritores libaneses, aunque nunca ha estado en Líbano y la única vinculación que tiene con este país es que uno de sus abuelos nació allí. Dos páginas más tarde, llegamos a un párrafo que es clave para entender al personaje Halfon y para entender las intenciones narrativas del autor Halfon: «Estaba en Japón para participar en un congreso de escritores libaneses. Al recibir la invitación unas semanas atrás, y después de leerla y releerla hasta estar seguro de que no era un error o una broma, había abierto el armario y había encontrado ahí el disfraz libanés ‒entre mis tantos disfraces‒ heredado de mi abuelo paterno, nacido en Beirut. Nunca antes había estado en Japón. Y nunca antes me habían solicitado ser un escritor libanés. Escritor judío, sí. Escritor guatemalteco, claro. Escritor latinoamericano, por supuesto. Escritor centroamericano, cada vez menos. Escritor estadounidense, cada vez más. Escritor español, cuando ha sido preferible viajar con ese pasaporte. Escritor polaco, en una ocasión, en una librería de Barcelona que insistía ‒insiste‒ en ubicar mis libros en la estantería de literatura polaca. Escritor francés, desde que viví un tiempo en París y algunos aún suponen que sigo allá. Todos estos disfraces los mantengo siempre a mano, bien planchados y colgados en el armario.» (pág. 11)

 

Además de novelas cortas (Monasterio, Duelo y ahora Canción), Halfon ha publicado también con el mismo personaje libros de cuentos (Signor Hoffman, El boxeador polaco o Mañana nunca lo hablamos). Al tratarse de la misma voz y las mismas intenciones narrativas, no existen muchas diferencias entre los libros de cuentos y las novelas (salvo que el mercado recibe peor los libros de cuentos que las novelas). En gran medida, la narrativa de Halfon es la propia de un escritor de cuentos, y sus novelas no se rigen por una estructura clásica de novela en la que la tensión narrativa va creciendo hasta el desenlace, sino que sus novelas funcionan como narraciones breves cosidas que se van intercalando y yuxtaponiendo a lo largo del libro. Estos núcleos narrativos de las novelas de Halfon se evaden por diversos puntos de fuga que el autor dispersa hábilmente por las páginas, y digo hábilmente porque la trabajada negativa a cerrar una narración, y abrir otra en la página siguiente, va creando una eficaz sensación de misterio en el texto. Según estos parámetros está construida también Canción.

Pronto el lector dejará de leer sobre el viaje a Japón y Halfón empezará a hablar del secuestro que sufrió su abuelo en Guatemala en 1967. También nos acercará a algunos hechos históricos sobre el surgimiento de la guerrilla en el país y el intervencionismo de Estados Unidos. Canción, descubrirá el lector, es el seudónimo de uno de los secuestradores de su abuelo, una persona sobre la que se pondrá a investigar Halfon.

 

Canción es una novela de apenas cien páginas y es toda una joya de orfebrería narrativa. De Tokio hemos pasado, casi sin darnos cuenta a un bar de Ciudad de Guatemala donde Halfon espera a alguien que le va a dar datos sobre el secuestro de su abuelo que él ha empezado a investigar. No es raro que las historias de Halfon se planteen como una investigación. Así estaba construida la novela Duelo, donde trataba de esclarecer la supuesta muerte de un hermano de su abuelo en un lago, cuando aún era un niño. ¿Será a Canción, a quién Halfon espera en el bar fumando y bebiendo cerveza mientras nos describe el ambiente sórdido que le rodea?

 

El personaje que al fin se va a entrevistar con Halfon le advierte que no puede escribir nada sobre lo que le va a contar. Con estas negativas a la propia idea de la novela que se está escribiendo también funciona la obra de Halfon. En Duelo también el padre le dirá al personaje Halfon que no puede escribir sobre lo que justo leemos que está escribiendo. Y en la novela corta Saturno ocurría algo parecido, de nuevo con la figura del padre. Esto sumará más tensión y misterio al texto. ¿Lo que leemos es lo que le ha contado en el bar de Guatemala el confidente de Halfon sobre el secuestro de su abuelo o los datos que ha reunido provienen de otra fuente? Por supuesto, el lector avezado, el que sabe cómo se construye una novela, se da cuenta de que tarde o temprano Halfon va a regresar al Tokio desde el que empezó la historia, cerrando así sus muñecas matrioskas narrativas.

 

Cuando Halfon consigue crear en sus páginas la doble sensación de amenaza y misterio me parece uno de los discípulos más aventajados, y a la vez menos evidentes, de Roberto Bolaño.

El estilo narrativo es contenido y a la vez envolvente, con numerosos puntos de fuga poéticos como éste: «Aquel momento, lo sabía pese a mi inmadurez, tenía el resplandor de una piedra negra en la lluvia.» (pág. 83)

 

Tal vez se podría acusar a Eduardo Halfon de ser un escritor que no arriesga, alguien que encontró en libros como Monasterio o El boxeador polaco la fórmula del éxito y la repite en un libro tras otro; pero, en realidad, apuntaría que Eduardo Halfon está creando una obra muy valiosa, una gran novela dividida en pequeños libritos sobre el pasado, el misterio de las familias y la identidad, y que en algún momento del futuro se leerá con una obra unitaria, como una larga e importante novela de 1.000 o 2.000 páginas. A mí Canción me ha parecido un texto tan fascinante como siempre. Háganse un favor, lean a Eduardo Halfon, es uno de los más grandes escritores latinoamericanos actuales.

domingo, 23 de mayo de 2021

El idiota, por Fiódor M. Dostoievski

 


El idiota, de Fiódor M. Dostoievski

Editorial Alba. 775 páginas. 1ª edición de 1868-69; ésta es de 2020.

Traducción de Fernando Otero Macías

 

El idiota era uno de los grandes clásicos que me faltaban por leer de Fiódor M. Dostoievski (Moscú, 1821 – San Peterburgo, 1881), después de haberme acercado a Crimen y castigo (dos veces), Los hermanos Karamázov, Los demonios, Memorias del subsuelo, El jugador y El doble. En realidad es un libro que tenía en casa desde hacía años, comprado en la editorial Alianza; sin embargo, estaba esperando a que Alba se decidiera a hacer una nueva traducción para leerlo. En 2012 leí Los demonios en la edición de Alianza y fue un libro que me gustó mucho, pero me dio algo de rabia ver que, no mucho después, lo publicaba Alba, porque hubiera preferido leer la edición de Alba. Así que decidí esperar. En realidad, las traducciones de Dostoievski de Alianza son perfectamente correctas. Están realizadas por el hispanista Juan López-Morillas, que trabajó en las universidades de Brown y Austin, en Estados Unidos. López-Morillas tradujo varios clásicos rusos al español por primera vez de forma directa desde el ruso. Además de libros de Dostoievski, he leído otros de sus trabajos, como las traducciones de Anna Karenina de Lev Tolstoi o Historias de San Petersburgo de Nikolái Gogol. Al leer a los tres autores me podía topar con un personaje «emperejilado», con ganas de armar «bochinche» o que le duele el «magín» o el «caletre». Es decir, el trabajo de López-Morilla es bueno, pero considero que algunos términos que usa se han quedado anticuados. En Alba he releído la nueva traducción de Crimen y castigo que acometió Fernando Otero Macías, el mismo traductor que El idiota, y me pareció un gran trabajo. Sin embargo, podría apuntar que en su excelente traducción de El idiota me he encontrado expresiones como «tronado» por «loco» o «cocido» por «borracho», que es posible que dentro de treinta años le suenen al lector en español tan ajenas y extrañas como los «magines» de López-Morillas.

 

Después de escribir casi a la vez, y de un modo apresurado, El jugador y Crimen y castigo, publicadas en 1866, Dostoievski escribió y publico por entregas El idiota entre 1868 y 1869. Así que esta obra pertenece a su gran periodo creador final. Entre 1871 y 1872 aún tendría tiempo para escribir Los demonios y entre 1879 y 1880 Los hermanos Karamázov. Es decir, en un periodo de unos quince años, Dostoievski escribió algunas de las obras cumbres de la literatura universal.

 

El idiota comienza con el príncipe Lev Nikoláievich Myshkin llegando en tren a Rusia desde Suiza. El príncipe Myshkin es un joven de veintiséis años que ha pasado los últimos cuatro en un pueblo de Suiza, al que fue enviado por su preceptor para que se curara de su «enfermedad». El príncipe Myshkin sufre ataques de epilepsia y no ha podido recibir una educación formal. Un personaje le dirá al príncipe: «Yo no estoy de acuerdo, e incluso me molesta, cuando alguien, quien sea, le llama a usted idiota; es usted demasiado inteligente para semejante calificativo; pero estará usted de acuerdo en que es demasiado raro para ser como todo el mundo.» (pág. 731) En realidad, más que un idiota, el príncipe es un joven bondadoso e ingenuo, incapaz de juzgar negativamente a los demás y de negarles su ayuda, aunque se estén burlando de él. Estas características, en principio positivas, son las que le convierten en «un idiota» a ojos de la sociedad de su tiempo. He leído en alguna crítica que se considera que en el príncipe Myshkin Dostoievski quiso especular con la idea de una nueva venida de Jesucristo a la Tierra. No me parece una idea descabellada, pero tampoco algo evidente o claro. En un momento de la novela, el príncipe defiende la primitiva fe cristiana rusa frente al catolicismo, al que considera anticristiano por su ostentación de la riqueza y falta de humildad. En películas (no me viene ahora mismo ningún ejemplo literario) como La palabra (Ordet) (1955) de Carl Theodor Dreyer o Rompiendo las olas (1996) de Lars von Trier la idea de trasladar la figura de Jesucristo a los tiempos de la narración me parece mucho más evidente que en El idiota. En esta novela aparece algunas veces mencionado El Quijote de Miguel de Cervantes, y es cierto que el príncipe también tiene algo de Quijote empeñado en salvar a damas en apuros. En este caso, la principal «dama en apuros» será Nastasia Filíppovna.

Se ha comentado muchas veces que uno de los grandes temas de la novela del siglo XIX es el del matrimonio; haciendo especial hincapié en la figura de la mujer en relación al matrimonio. Nastasia Filíppovna es uno de los personajes más interesantes de la novela. De niña, Nastasia se quedó huérfana y fue rescatada de la pobreza (seducido por su singular belleza) por un hombre maduro llamado Afanasi Ivánovich Totsky, dueño de las tierras en las que vivían sus padres. Este hombre le dio una educación y también la convirtió en su amante a una edad impropia. Pasado el tiempo, Totsky podrá casarse con otra joven sin problemas; y será Nastasia Filíppovna la que quedará marcada para siempre como una «mujer perdida».

 

Según se baja en San Petersburgo del tren, el príncipe irá a visitar la casa de un familiar lejano,  Lizaveta Prokófievna, de apellido Myshkin también. Lizaveta está casada con el militar Iván Fiódorovich Yepanchín (amigo de Totsky), y los dos son padres de tres hermosas hijas casaderas: Aleksandra, Adelaída y Aglaia. El príncipe llegará a su casa únicamente con un hatillo como equipaje y su recepción inicial será bastante tibia, aunque al final se acepte de buen grado su presencia.

En estas escenas iniciales, en las que el príncipe llegaba a la casa y solicitaba una entrevista, he visto de nuevo la influencia de la obra de Dostoievski sobre la de Franz Kafka. Cuando comenté Los demonios y Crimen y castigo ya señalé esta idea, que se me escapó en mis lecturas juveniles de Dostoievski y Kafka y que me resulta evidente de adulto. En las novelas de Dostoievski a veces las acciones de los personajes se rigen por principios no realistas. Muchas veces se han identificado las extrañas acciones de los personajes de Dostoievski con lo exagerado del «alma rusa», pero en otras novelas rusas del siglo XIX esta extrañeza para el lector se produce en mucho menos grado que con Dostoievski. Sus personajes suelen estar desesperados y actúan en gran medida en contra de sus intereses, sucumbiendo de un modo nihilista a sus ansiedades y temores.

El príncipe trata de entrevistarse con Iván Fiódorovich Yepanchín igual que unas décadas después el agrimentor K. tratará de entrevistarse con las autoridades del castillo. Y por el camino le aparecerán al príncipe lacayos con los que tendrá conversaciones banales o tremendamente profundas. Todo esto transcurre en medio de un ambiente vaporoso de ensoñación, igual que en la narrativa de Kafka.

Además lo personajes de Dostoievski a menudo tiemblan y se encuentran enfebrecidos, situaciones muy propias de una narración de Kafka.

El propio Dostoievski sufría ataques epilépticos como le ocurre al príncipe Myshkin y además fue encarcelado por actividades antigubernamentales y condenado a muerte. Sufrió un simulacro de fusilamiento y después se le anunció que su pena había sido conmutada por la de trabajos forzados en Siberia. Sobre este hecho del falso fusilamiento y las condenas a muerte se habla en El idiota e, igual que el tema del suicidio en Los demonios, elevan la novela hacia cimas existencialistas por las que va transcurrir gran parte de la narrativa del siglo XX.

 

La novela está dividida en cuatro partes y en las más de 200 páginas de la primera se describe únicamente el primer día del príncipe en San Petersburgo. Serán multitud los personajes con los que se cruce, creando un gran fresco de la vida en la ciudad. Luego habrá saltos temporales y algunos de los personajes pasarán una temporada en Moscú, un periodo de tiempo que no será narrado en la novela, pero sí evocado con posterioridad. Los escenarios de la novela son San Petersburgo y Pávlovsk, un pueblo de veraneo cercano.

Si bien el príncipe llega a San Petersburgo sin un rublo encima, pronto se verá que es el heredero de una considerable fortuna, lo que hará que pueda ‒de momento‒ vivir sin trabajar. Serán muchos los crápulas que se le acerquen para tratar de sacarle el dinero, pero también su juventud y su bondad serán atractivas para más de una mujer. El príncipe vivirá rodeado de nobles disolutos, mujeres perdidas, jóvenes extremistas, viejos fantasiosos, un joven a punto de morir por tisis y otros jóvenes enamorados y que viven la experiencia del amor como la de una terrible condena. Aquí, como en Crimen y castigo y Los demonios, también nos encontraremos con suicidas, asesinos y posibles asesinos.

 

Mi último acercamiento a Dostoievski había sido la relectura de Crimen y castigo hace tres años, y la sensación que he tenido al leer El idiota es que la estructura del libro estaba menos clara que la de Crimen y castigo. En El idiota Dostoievski plantea muchas escenas en las que entran y salen los personajes y en ellas sitúa al actor principal y distorsionante del príncipe. Y uno transita por las escenas que crea Dostoievski con extrañeza y fascinación, sin saber hacia dónde se dirige, quizás ya enfebrecido y con temblores. Hay escritores que saben levantar bonitas y solidas casas en el campo, pero Dostoievski eleva sobre nosotros turbias catedrales poco iluminadas y uno camina bajo sus bóvedas inestables pensando que en cualquier momento se van a caer y a aplastarnos. En la poca luz de estas catedrales, en precario equilibrio, anida la literatura.

domingo, 16 de mayo de 2021

Granta, los mejores narradores jóvenes en español, por VV. AA.

 


Granta, los mejores narradores jóvenes en español, de VV. AA.

Editorial Candaya, 352 páginas. 1ª edición de 2021.

 

El 7 de abril de 2021 la revista Granta, de origen británico, dio a conocer su lista de «los 25 mejores narradores en español, menores de 35 años» en una rueda de prensa por la mañana. Por la tarde había organizado una presentación en el instituto Cervantes de Madrid y me apeteció acudir. En 2010 fue la primera ocasión en la que Granta elaboró esta lista de autores en español, cuando habitualmente lo hacía en inglés y, si bien estaba programada la segunda entrega para 2020, la pandemia la retrasó hasta 2021. No leí el libro de 2010, de cuya publicación se encargó la actualmente inactiva editorial Duomo, pero sí he leído esta de 2021, que viene de la mano de la editorial Candaya.

En 2010 la lista estuvo compuesta por 22 nombres, donde había autores como Andrés Barba, Alberto Olmos, Elvira Navarro, Federico Falco, Patricio Pron, Samanta Swcheblin o Alejandro Zambra, que han desarrollado en la mayoría de los casos una exitosa carrera (dentro de lo exitoso que puede ser un escritor en el siglo XXI, que tampoco es mucho, deberíamos apuntar).

 

El libro empieza con una esclarecedora introducción de Valerie Miles, editora de Granta en español, que nos revela algunos datos interesantes sobre esta selección de autores. Para ser considerados, los autores debían haber nacido a partir del 1-1-85. Esto hizo que algunos autores importantes como Juan Gómez Bárcena o Eduardo Ruiz Sosa se quedaran fuera por poco. Los candidatos que se postularon al premio rondaron los 200, sin llegar, mientras que en la convocatoria de 2010 fueron unos 300. De entrada, he de decir que 200 candidatos me han parecido pocos. El español es una lengua que la hablan unos 500 millones de personas, y de estos, al menos, 200 millones deben tener menos de 35 años, así que la muestra analizada me parece pequeña como para poder seleccionar a los mejores narradores jóvenes.

De entre los 25 seleccionados, 11 son mujeres y 14 hombres. Aunque no se alcanza la paridad, Miles apunta que hay mayoría de mujeres entre los escritores más jóvenes de la muestra. A Miles le llama la atención que esta nueva hornada de escritores apuesta más por el color local de sus lenguas, frente al uso de un español neutro, que fue muy habitual entre los escritores latinoamericanos del 2000, y también considera que ahora hay más empleo del humor. Miles dice que aquí buscaban relatos que se distanciaran del yo, del mero testimonio. «Las narraciones de muchachos en el burdel, o de violencia gratuita, nos parecen ahora insufribles, inequívocamente passé

Al leer estas ideas me empezaron a saltar las alarmas: ¿está Granta buscando marcar unas líneas sobre lo que debe ser la literatura del futuro y lo que no debe ser? Si un joven Mario Levrero se hubiera postulado a esta publicación con La novela luminosa a sus espaldas, ¿hubiera sido rechazado por el «muy cansino uso y abuso de la primera persona, de las figuraciones del yo»? Si un joven Cormac McCarthy se postula con Meridiano de sangre, ¿alguien hubiera considerado que su propuesta estaba passé por tener demasiada «violencia gratuita»? ¿A quién se dirige el dardo de los «muchachos en el burdel»? ¿A Mario Vargas Llosa, que también hubiera sido rechazado por Granta?

 

En el instituto Cervantes pude saludar a Olga y Paco, los incombustibles editores de Candaya, y a algunos de los autores seleccionados, como Mónica Ojeda y Alejandro Morellón, a los que ya conocía, y pude saludar en persona a David Aliaga, a quien seguía en Facebook. Conversé también con Munir Hachemi y no pude cambiar ni una palabra con Irene Reyes-Noguerol, la autora más joven de todo este número de Granta.

Para participar en el proceso de esta selección, además de tener menos de 35 años, había que tener libros de relatos o novelas publicados. Los candidatos las enviaban al jurado y este seleccionaba a los autores que consideraba con más méritos.

En la presentación me enteré de que se envió un mensaje a un grupo de autores para decirles que habían sido preseleccionados, pero que su inclusión en la selección final dependía del texto que mandaran para la revista. El texto tenía que ser inédito, y podía ser un relato o un fragmento de una novela. Esto que comento ahora no lo dice Valerie Miles en su introducción, y tal vez sea una indiscreción contarlo, pero lo hago porque creo que esta premisa competitiva ha influido, en algunos casos, en los textos que los candidatos acabaron mandando a la revista.

 

El orden de los cuentos no se guía por la fecha de nacimiento de los autores, ni por ningún criterio reconocible. Voy a hacer un recorrido breve por todos los cuentos, dando una opinión sincera sobre la impresión que me han causado:

 

1) Inti Raymi, de Mónica Ojeda (Ecuador, 1988). Ojeda era mi apuesta más segura para estar incluida en esta selección de Granta. De ella he leído sus novelas Nefando (2016) y Mandíbula (2018) y me parece una escritora muy talentosa y con un gran mundo propio. Su narración es el comienzo de una novela, y trata sobre la violencia que un grupo de niños quiere ejercer sobre otro, en el contexto de una fiesta rural americana en la que se invocan a fuerzas ancestrales y místicas. La violencia y la cercanía a la extrañeza y el terror están presentes aquí, como en el resto de su obra. Un comienzo de novela muy prometedor. Empezamos bien.

 

2) Juancho, baile, de José Ardila (Colombia, 1985). No conocía de nada a este autor y su cuento me ha impactado. Una gran narración sobre la violencia ejercida por un grupo de adolescentes sobre un hombre con una deficiencia mental, una violencia que tiene que ver con sus frustraciones y su sensación de pertenencia. Una narración violenta, bella y poética.

 

3) Buda Flaite, de Paulina Flores (Chile, 1988). De Flores había leído su libro de cuentos Qué vergüenza (2016), que me gustó bastante. En esta ocasión, su texto es el comienzo de una novela. Buda Flaite es su protagonista, un adolescente no binario, que se ha escapado de un centro de acogida. Por primera vez en un texto narrativo me encuentro con el uso de la partícula neutra «e» para designar un género indefinido. Hasta ahora, había visto en las redes sociales de algunas autoras, sobre todo latinoamericanas, expresiones como «niñes», pero luego veía que no las usaban en sus libros. Flores es la primera autora a la que le veo hacerlo. También usa un vocabulario chileno de la calle que me cuesta entender. La propia Flores detiene su narración y le explica al lector que el lenguaje callejero chileno evolucionó igual que el argentino o el mexicano, pero que las películas o las canciones lo popularizaron y no así el chileno. Esta reflexión me interesa. Aunque no dejo de darme cuenta de que para empezar su novela ultramoderna con un personaje no binario y un vocabulario rompedor, Flores ha de usar un recurso narrativo del siglo XIX: el narrador interviene en lo contado para explicar qué está contando. Me surge otra pregunta ¿que el personaje sea no binario suma algo a la narración o refleja el miedo a no ser lo suficientemente moderna y no ser seleccionada para Granta? Anotemos: primer relato con tema de identidad de género.

Sin embargo, acabo el capítulo de su novela con ganas de leer más. Me ha interesado.

 

4) El niño dengüe, de Michel Nieva (Argentina, 1988). Nieva nos presenta aquí un relato de ciencia ficción, ambientado en una Argentina futurista en la que gran parte de su territorio se encuentra bajo el mar y cuyo protagonista es un niño mutante, mitad humano, mitad mosquito. El niño dengüe no deja de ser una reinvención de La metamorfosis de Franz Kafka. Nieva me parece el heredero de los cuentos más imaginativos del también argentino Elvio E. Gandolfo. El niño dengüe será en realidad una niña. Segundo relato sobre el tema del género. Vamos sumando. Me ha gustado El niño dengüe.

 

5) Cápsula, de Mateo García Elizondo (México, 1987). Nos encontramos aquí con otro relato futurista. Un preso es condenado a vivir en una cápsula en el espacio. Me ha parecido un relato demasiado juvenil. García Elizondo presenta aquí a un único personaje en el espacio, que reflexiona, pero que no ha de interactuar con nadie. Recuerdo haber escrito yo mismo relatos así cuando tenía unos dieciocho años, el solipsismo era algo atractivo y sencillo. García Elizondo es nieto de Gabriel García Márquez y de Salvador Elizondo, dos pesos pesados de la literatura latinoamericana. Tengo la impresión de que García Elizondo es alguien que ha tenido todas las puertas abiertas en la literatura desde el primer momento (primera novela publicada en, nada menos, que Anagrama). Cápsula sería un buen relato para una selección sub21, pero no para una sub35. Primer bajón del libro.

 

6) Deshabitantes, de Gonzalo Baz (Uruguay, 1985). Baz evoca aquí una adolescencia difícil en un barrio marginal. Deshabitantes es un relato social, bello, poético y evocador sobre el amor, la familia y la soledad.

 

7) Reinos, de Miluska Benavides (Perú, 1986). Benavides presenta aquí el comienzo de una novela. Empieza bien, un relato social sobre una mina en Perú y trabajadores que sufren abusos, pero el texto se acaba diluyendo en diversas ramificaciones. Seguramente si el lector pudiera acercarse a la novela entera todo tendría más sentido, pero, al leer solo una parte, ve cómo se despliegan ante él caminos narrativos que quedan algo deslavazados.

 

8) Viajeras bajo la marquesina, de Eudris Planche Savón (Cuba, 1985). Dos chicas coindicen en un tres. Se atraen. Una saca un libro de Katherine Mansfield, la otra lo lee. Ambas imaginan escenas con la otra, escenas con Mansfield. Viajeras bajo la marquesina me ha parecido un texto demasiado literario, demasiado cifrado y confuso. Me esperaba (sin fundamento) que un escritor cubano me hablara de la situación actual en Cuba, de su mundo en transición, pero no ha sido éste el camino elegido por Planche Savón y no ha captado mi interés.

 

9) Insomnio de las estatuas, de David Aliaga (España, 1989). El cuento nos habla de un editor español en Canadá llamado David Aliaga que ha de volver a su hotel una noche. Aliaga es un estudioso de la cultura judía y en su cuento el personaje procede de una familia judío europea y habla de la identidad. Su modelo es la narrativa del guatemalteco Eduardo Halfon. El peso de la influencia de Halfon sobre el cuento de Aliaga quizás sea excesivo; siendo un buen cuento, en cualquier caso.

 

10) Mar de piedra, de Aura García-Junco (México, 1988). Otro cuento futurista. Una profesora está liada con una alumna, y en las avenidas de Ciudad de México aparecen estatuas de personas congeladas. El texto es, en principio, sugerente y misterioso, pero se acaba dispersando y no me convence.

 

11) Nuestra casa sin ventanas, de Martín Felipe Castagnet. (Argentina, 1986). Una escultora transexual recibe el anillo de una organización secreta, que la reconoce como la gran artista de su época. Un anillo que habrá de pasar cuando se siente morir a otro artista. Ella elegirá a su rival.

Al toparme con el tercer personaje con problemas de identidad de género, tras once relatos, en los que además hay dos sobre lesbianas, empiezo a plantearme si los candidatos a aparecer en Granta habían sido avisados de que no querían historias sobre violencia gratuita, chicos en el burdel y autoficción del yo. Entonces ¿qué quieren?, me imagino que se preguntarían. ¿Cuáles son los temas sobre los que sí debo escribir? ¿Qué está de moda, que es incuestionable? ¿La transexualidad, el lesbianismo? ¿Esto es incuestionablemente moderno, no? Que el personaje de Nuestra casa sin ventanas sea transexual no aporta nada al relato. Se habla aquí de dos artistas que han competido por las mismas becas. ¿Cómo se compite por las becas?, me pregunto yo. ¿Sabiendo en cada momento cuáles son los temas sobre los que hay que hablar, por ejemplo? Siempre he pensado que los artistas verdaderos tienen unas obsesiones que los acompañan siempre, con pocas variaciones. No me imagino a Kafka eligiendo un tema para un cuento o una novela, considerando lo que estuviera de moda en ese momento, lo que era incuestionable para las autoridades que habrían de juzgarse. Si el joven Cormac McCarthy que he evocado antes, envía Meridiano de sangre al jurado del Granta, ¿hubiera sido rechazado porque su narrativa contiene mucha violencia gratuita? ¿Y si McCarthy entonces hubiera decidido transformar al chico protagonista de Meridiano de sangre en un chico transexual, entonces ya sí, sería elegido como un gran y prometedor escritor?

Hace no mucho la escritora transexual Camila Sosa Villada ha publicado Las malas, una novela que se basa en sus vivencias, y en los problemas que le ha dado su transexualidad. En este caso, el tema de la transexualidad me parece totalmente pertinente, el individuo se enfrenta a un mundo hostil y nos lo narra. En Nuestra casa sin ventanas me parece una impostura que no consigue hacer levantar el vuelo a un relato inane.

 

12) Ruinas al revés, de Carlos Fonseca, (Costa Rica, Puerto Rico, 1987). El protagonista, Carlos Fonseca, sobrevive en Puerto Rico a un huracán que ha dejado su casa sin luz. Encuentra una caja con documentos de un psiquiátrico que hablan de uno de los primeros arquitectos reconocidos de Puerto Rico y se pone a investigar sobre esta persona. Hay algo de Cervantes y Borges en esta narración poética y evocadora. Este cuento me parece uno de los mejores del conjunto.

 

13) Anillos de Borromeo, de Andrea Chapela (México, 1990). Nos encontramos aquí con un relato de ciencia ficción apocalíptica, que nos habla de la supervivencia en México y del pasado de la protagonista en Madrid. Una narración conseguida.

 

14) Mi nuevo yo, de Andrea Abreu, (España, 1995). El nombre de la canaria Abreu ha sonado, durante el último año, gracias al éxito de su novela Panza de burro. En Mi nuevo yo, como hacía en su novela, usa palabras muy canarias, que yo no había oído nunca, y esto da bastante sabor local al relato. En Mi nuevo yo nos habla de una mujer recién divorciada que busca en talleres de comida macrobiótica, yoga, etc. reinventarse a sí misma. Al final veremos cómo ha de enfrentarse a sus dependencias y deseos. Un gran relato.

 

15) Nadie sabe lo que hace, de Camila Fabbri (Argentina, 1989). En este relato una chica evoca su infancia y convivencia con sus dos hermanastras. Nadie sabe lo que hace es un relato poético y potentes sobre las familias disfuncionales y las cicatrices que esto deja en las personas.

 

16) El color del globo, de Dainerys Machado Vento (Cuba, 1986). Una pareja de cubanos que vive en Florida ha sido invitada a una pura fiesta gringa: la prima de uno de ellos celebra un gender reveal, donde una pareja que espera un hijo revela a su familia y amigos el género del bebé que van a tener. La chica despotrica sobre esta fiesta heteropatriarcal, porque no se sabe si el bebé será niño, niña o niñe. Cuarto cuento con el tema del género, anoten. En este caso la narración es irónica, y en realidad nos habla sobre el peso de las costumbres y en la adaptación, por parte de los emigrantes, de las costumbres burguesas del país de acogida. Es el cuento más divertido del conjunto y me ha gustado.

 

17) El gesto animal, de Alejandro Morellón (España, 1985). Morellón es mi amigo y he leído todos los libros que ha publicado hasta ahora, los conjuntos de relatos La noche en que caemos (2013) y El estado natural de las cosas (2016) y la novela Caballo sea la noche (2019). Para Granta ha presentado el comienzo de una novela, una novela sobre la primera papesa católica. Quinto relato sobre el tema del género. Lo cierto es que no ha logrado interesarme. Quizás la novela en su conjunto sea otra cosa, pero el fragmento que nos muestra Granta me ha dejado indiferente.

 

18) Rasgos de Levert, de José Adiak Montoya (Nicaragua, 1987). Montoya juega en su relato con la historia bíblica de Jesús, y le sitúa en la Nicaragua actual con el nombre de Levert. Parece que Montaya desea hacer una narración social sobre su país, pero los paralelismos bíblicos han acabado por chirriarme.

 

19) Días de ruina, de Aniela Rodríguez (México, 1992). Un cuento sobre un borracho, cuya adicción provoca la muerte de su hijo. Un cuento brutal con claras reminiscencias de Juan Rulfo. Un cuento que funciona perfectamente.

 

20) Wandaja, de Estanislao Medina Huesca (Guinea Ecuatorial, 1990). A veces se nos olvida que existe un país en África en el que el español es una de las lenguas oficiales. Nunca había leído a un escritor guineano y por esto mismo el relato de Medina Huesca me ha interesado mucho. Nos encontramos con un protagonista que culpa de todos los problemas de su país al hecho de haber sido una colonia de España. Sin embargo, pasó su juventud en España, en Fuenlabrada, y esto creará diferencias sociales con los guineanos que no se han formado fuera. Sin tener el relato ningún alarde técnico, me gusta el rincón de la realidad del idioma desde el que habla. Me gusta Wandaja.

 

21) Soporte vital, de Munir Hachemi, (España, 1989). Hachemi es de padre argelino y madre española, y sitúa su relato en China. Un joven porta el cadáver de su abuela hasta un hospital. Soporte vital es un buen relato.

 

22) Niños perdidos, de Irene Reyes-Noguerol (España. 1997). Reyes-Noguerol escribe un relato poético y potente sobre la infancia y la muerte de la madre. Reyes-Noguerol es la autora más joven de este conjunto y promete mucho.

 

23) Cerezos sin flor, de Carlos Manuel Álvarez (Cuba, 1989). Hace un par de años yo había escuchado hablar a Álvarez en la Casa de América de Madrid y me sorprendió la claridad y la madurez de su discurso. Cerezos sin flor es un grandísimo cuento sobre la nostalgia de la infancia y las personas que nos cuidan en ella. Cerezos sin flor me parece, tal vez, el cuento más talentoso de todo este libro.

 

24) Una historia del mar, de Diego Zúñiga (Chile, 1987). De Zúñiga había leído su novela policiaca Racimo, una obra prometedora. En Una historia del mar lo que parece un cuento sobre la épica de los perdedores, en este caso deportivos, se transforma pronto en un relato sobre los terrores de la dictadura chilena. Un cuento muy bien armado, muy potente.

 

25) Oda a Cristina Morales, de Cristina Morales (España, 1985). Morales habla aquí de mujeres que practican deportes de contacto. Al principio ‒este es uno de los relatos más largos del conjunto‒ parecen unas notas deslavazadas sobre una reivindicación feminista, pero, gracias al humor, va ganando enteros. Una narración muy libre que, pese a su estructura suelta, que hace que parezca estar escrito a buena pluma, acaba funcionando.

 

 

Tengo la impresión de que la labor de Granta más que la de la búsqueda de talento, es la de la confirmación del éxito. La mayoría de los autores aquí presentados han tenido ya un largo recorrido de premios, becas, reconocimientos y traducciones. En general, salvo cuando se ha buscado alguna diversidad curiosa, como la del guineano Estanislao Medina, Granta juega sobre seguro. También trata de marcar un discurso, prohibiendo temas, y premiando otros, por impostados que sean. Ahora mismo, escribir una novela sobre transexuales, sin ser transexual, me parece un tema convencional y trillado, y escribir una novela sobre violencia gratuita y chicos en un burdel me parece profundamente transgresor. Con el primer tema ‒anota esto, joven escritor‒ vas a conseguir reconocimientos y palmadas en la espalda que te digan que haces una literatura «valiente», y con el segundo solo rechazo y marginalidad. Joven escritor, si te obsesiona la violencia gratuita que sufres en tu país y quieres contarla, recuerda que tu personaje ha de ser transexual, o al menos no binario. Es posible que así puedas dar rienda suelta a tus obsesiones de escritor y conseguir, de paso, la beca a la creación y el ansiado reconocimiento.

¿Merece la pena leer este Granta, los mejores narradores jóvenes en español? Sí, merece la pena. En general, me parece que esta selección de Granta contiene grandes relatos y otros que no lo son tanto, o que no funcionan del todo, porque son fragmentos de novelas y no relatos. El nivel es bueno, con los altibajos señalados.