En mi canal de YouTube (David Pérez Vega - Bienvenido, Bob) he hecho un recorrido por los libros uruguayos que he leído. Si te apetece verlo, PINCHA AQUÍ.
domingo, 28 de febrero de 2021
miércoles, 24 de febrero de 2021
Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas
Conozco a Jesús Sánchez Seijo de Twitter. Es un lector de este blog. Compró en 2020 mi novela Caminaré entre las ratas porque algunas de mis sugerencias de lectura se había convertido en sus mejores lecturas del 2019. Lo cual me parece un estupendo motivo para comprar y leer mi libro. Además quiso escribir sobre él una reseña que publico aquí.
Muchas gracias, Jesús.
«El
narrador de Caminaré entre las ratas
estudió Administración de Empresas, como David Pérez Vega (Madrid, 1974),
trabajó en la defenestrada firma de auditoría de cuentas Arthur Andersen, como David Pérez Vega, quiere
ser Profesor de Economía en un colegio privado, como lo es David Pérez Vega, y
ha publicado varias novelas, sin mucho éxito, más allá del éxito incuestionable
que supone el mero hecho de que te publiquen, impriman y distribuyan varias
novelas, también como David Pérez Vega. El autor reconoce (no le queda más
remedio) que se trata de una obra parcialmente autobiográfica; yo que solo conozco a David Pérez Vega por su time line de Twitter me atrevería a decir que no ha trabajado nunca
en una sociedad inmobiliaria ni en una cadena de tiendas de ropa para niños,
como el narrador protagonista, pero que sí ha conocido laboralmente hablando a
más de un personaje como Hans El
Destructor –un perfecto inútil, retoño de la aristocracia empresarial, que
dirige la compañía Rentbox, enchufado por su padre. También me parece que, como
el narrador, David Pérez Vega ha follado menos y peor de lo que le hubiese
gustado.
Además
de parcialmente autobiográfica, Caminaré
entre las ratas es una novela de desahogo y aluvión, aunque aluvión
estructurado, minucioso, de técnica recurrente: el narrador exhibe los triviales
sucesos de su vida cotidiana, que le evocan el pasado y sus fracasos obsesivos,
es decir, nos cuenta su vida, cómo hemos
podido llegar a esto, David, cuándo se jodió Domingo, ¿fue entonces, cuando
suspendí todas, por tonto, o más tarde, cuando me dejaron por el músico, por
sinsustancia, o cuando me echaron del trabajo en Arthur Andersen, por
incompetente? ¿Cuándo se jodió Domingo? ¿Cuándo de jodió España? Esta
introspección freudiana facilita las digresiones, especialmente las literarias,
ya que el narrador, como David Pérez Vega, publica un blog de reseñas letraheridas que tiene más éxito que sus
novelas. Algunas reiteraciones nos recuerdan que estamos ante una obra en la
que sus partes están contenidas en el todo: las ratas explícitamente descritas
en forma de plaga que asola Madrid en 2013, y las ratas metafóricamente
aludidas en forma de colegas literarios, amistades de juventud, parejas
sexuales, entornos laborales y círculo
familiar cercano, esas ratas que han roído el espíritu de nuestro protagonista
hasta dejarlo seco como un hueso.
La
novela se lee bien. Prescinde de grandes artificios retóricos y usa una prosa
de línea clara parecida a la de Houellebeq, pero más cuidada, con quien el
autor comparte también la pretensión de infligirle al lector una herida
sentimental mediante el estilo directo y una intimidad primaria. No es éste el
único ascendiente de Michel Houellebeq sobre la novela, pero la sensación que
provoca David Pérez Vega es diferente a la del pirado novelista francés.
Después de todo, ni el narrador de Caminaré
entre las ratas ni David Pérez Vega son unos pirados, y eso se nota tanto
en las peripecias vitales narradas como en la naturaleza de los traumas
expresados. El personaje protagonista de la novela produce algún
estremecimiento, pero resulta demasiado contenido, progre y buena persona. Ni sus vivencias son demasiado excéntricas ni
la herida que han producido es excesivamente profunda, entre otras razones
porque David Pérez Vega, digo, Domingo, es una persona sensata que tiene los
pies en el suelo.
O
quizá no. Quizá solo sea timidez. En algunos momentos, sobre todo cuando el
narrador nos habla de sus experiencias sexuales, y en particular cuando nos
describe los deplorables acontecimientos que le suceden con una chica muy joven
y exuberante, se intuyen una herida más profunda y una cicatrización patológica.
Es posible que la imagen de hombre de
izquierdas que posee un elevado sentido ético, y por lo tanto una
razonablemente buena opinión de sí mismo, sea un mecanismo que conjura los
demonios causados por el escaso atractivo sexual, los fracasos profesionales y
la falta de talento literario. Traumas que en realidad ni siquiera son para
tanto, ya que el protagonista, como David Pérez Vega, es un Licenciado
universitario, aunque no fuese capaz de ser Ingeniero, que ha publicado varias
novelas y que folla con veinteañeras tetudas que ha conocido por Internet. Mierda, si incluso es propietario de un piso
en Móstoles, cuya hipoteca redime cobrando las rentas de su arrendamiento. No
es tan desgraciado, lo que le sucede
no es tan subjetivamente penoso, se
las apaña bastante bien. Hay ego ahí, un ego encauzado por el sentido común y por el miedo,
pero que podría usarse para construir personajes más inquietantes. La otra
opción es dedicarse a escribir ficciones históricas sobre la Guerra de la
Independencia, pero algo así hizo Javier Cercas y no hay punto de comparación
con Michel Houellebeq.
La
novela está muy bien editada por Carpe Noctem, pequeña firma que no es
una de esas editoriales provincianas que tanto irritan a Alberto Olmos. Tampoco
ha ganado ningún Premio convocado por la Administración, lo cual es de
agradecer y otro síntoma de que estamos ante un autor que resulta de interés
por varios motivos. De acuerdo con su fecha de nacimiento pertenece a la
Generación X, y en esta novela nos cuenta el desencanto de esa generación, la
de los nacidos en los 70, que vivimos el fin de la historia en los 90, que
cabalgamos a lomos de la Burbuja y a los que la cruda realidad visitó en 2008
para dejarnos así, desencantados y entre las ratas.»
domingo, 21 de febrero de 2021
Los llanos, por Federico Falco
Los llanos, de Federico Falco
Editorial Anagrama. 234 páginas. 1ª edición de 2020.
Hace unas semanas reseñé la novela
corta Cielos de Córdoba, que acababa de aparecer en España en 2020,
publicada por la editorial barcelonesa Las
Afueras. Originalmente se publicó en la editorial argentina Nudista en 2011. Hasta este momento, de
Federico Falco (General Cabrera,
Argentina, 1977) yo había leído dos colecciones de cuentos publicadas en
España: La hora de los monos (Salto
de página, 2014) y Un cementerio perfecto (Demipage, 2016). Decía en la reseña de Cielos de Córdoba que Federico Falco me
parecía uno de los más destacados escritores latinoamericanos actuales, pero
que no era muy conocido en España porque hasta ahora solo habían aparecido aquí
dos colecciones de cuentos en dos editoriales que, además, están actualmente
paradas. Los libros de cuentos se leen menos que las novelas y si son de un
autor latinoamericano que solo ha publicado libros de cuentos mucho menos.
Pero, sin embargo, me alegraba porque iban a aparecer, de pronto y casi de
forma simultánea, dos novelas de Falco en España, la de Cielos de Córdoba (en realidad una nouvelle o novela corta) y Los llanos, con la que ha quedado
finalista del premio Herralde 2020.
El ganador de este año ha sido Luisgé
Martín, con la novela Cien noches. Yo de Luisgé Martín he
leído dos novelas, La mujer de sombra (2012) y La vida equivocada (2015)
y me parece un buen escritor. Estas dos novelas están publicadas por Anagrama,
que es la editorial que convoca el premio Herralde; así que, como viene siendo
habitual en sus últimas convocatorias, el Herralde es un premio que se encarga
de promocionar a los escritores más destacados de la casa en cada momento. De
este modo, para mí la sorpresa ha sido que se reconozca la obra de Federico
Falco y que su nueva novela aparezca en la flamante Anagrama. Después de la
buena impresión de Cielos de Córdoba
me apetecía ponerme también con Los
llanos, así que se la solicité a la editorial para poder leerla y reseñarla
y, muy amablemente, me enviaron el libro, que pude empezar a leer un día antes
de que estuviera a la venta.
En Los llanos, Federico Falco ha decidido jugar a la autoficción. No
puedo asegurar que el narrador de la novela sea directamente el propio Falco,
pero el autor va dejando caer algunas pistas para que el lector avezado pueda
establecer algunos paralelismos entre la ficción y su vida. Si bien durante
casi todo el libro no conocemos el nombre del narrador, hacia el final nos dirá
«Cuando era chico dejaba mensajes en las hojas “escribiéndolas” con las uñas.
Cada pellizco entre el filo era el palito de una letra. Un pellizco para el
palito vertical de la E, tres pellizcos para los palitos horizontales. FEDE.»
(pág. 225). Así que casi al final de la novela sabemos que autor y protagonista
comparten el mismo nombre. También conoceremos que tienen una edad similar, ya
que en el tiempo narrativo de la historia el protagonista tiene cuarenta y dos
años, que es la edad de Falco si suponemos que está escribiendo su novela en
2019. Además el pueblo del que procede el narrador se llama Cabrera, que parece
el mismo «General Cabrera» del que procede el autor. El narrador también ha
estado trabajando en Buenos Aires como profesor de talleres de escritura y ha
publicado libros de cuentos, como el propio autor. Además, el narrador tiene
una dolencia, su presión sanguínea es demasiado alta e impropia de su edad, que
sé que también sufre Falco. De modo significativo, podemos observar además que
la foto de portada, que parece estar tomada en una parcela de la pampa está
hecha por el propio escritor.
Cuando empieza la acción narrativa,
el protagonista ha dejado la gran ciudad y se ha ido a vivir solo a un pequeño
pueblo del interior de Argentina llamado Zapiola. Compruebo en internet que
este pueblo existe, que se encuentra a 87 kilómetros de Buenos Aires y que está
cerca de otro pueblo, de nombre Lobos, que también aparece en la novela.
El primer capítulo se titula ENERO, y empezaremos a leer un texto muy
similar a un diario, en el que el escritor de cuentos dice sentirse agotado
para la escritura creativa, pero con fuerzas aún para hacer pequeñas
anotaciones sobre su vida cotidiana. El narrador se ha instalado en Zapiola con
la intención de cultivar un huerto y disfrutar de la soledad. Las frases son
escuetas, pero cargadas de fuerza poética al describir la naturaleza que le
rodea. También empezará a evocar los días de la infancia cuando pasaba los
fines de semana en un pueblo con sus abuelos, donde también hacía un huerto.
Así que, en cierto modo, su vida en Zapiola está planteada como un retorno a la
infancia. El lector sabe que el narrador viene huyendo de algo, de un conflicto
que ha dejado en la gran ciudad. En este sentido, la construcción de la primera
mitad del libro mostrando la vida en un lugar que no es el habitual del
protagonista, pero dejando entrever que se está huyendo de un conflicto, me ha
recordado a la novela Bahía Blanca del también argentino Martín Kohan.
El narrador le ha dejado Ciro, quien
ha sido su pareja durante los últimos siete años, y ha decidido pasar el duelo
de la ruptura retirado en el campo. En la página 179 podemos leer: «El tiempo
pasa fácil en las películas, en las novelas. Solo se cuentan las acciones
importantes, aquellas que hacen avanzar la trama. El resto ‒las dudas, el
aburrimiento, los largos días donde nada cambia, la tristeza estancada‒
desaparece a golpe de elipsis, de cortes netos, resúmenes rápidos. (…)
¿Qué hace la gente triste en las
películas con todas las horas del día? ¿Qué hacen cuando no está sonando la
musiquita?
Es como si en el tiempo del duelo no
hubiera narrativa.»
En esta página 179 se encuentra la
clave compositiva del libro: Falco nos va a hablar de esos tiempos muertos del
duelo, de la tristeza del abandono y los días sin nadie. Aquí no va a haber
resúmenes de acontecimientos, y la narración se va a centrar en los sucesos
importantes de una trama, sino que, más bien y por el contrario, va a centrarse
en el envés de la construcción tradicional de una historia romántica. Por esto,
ya he apuntado que Los llanos de
Federico Falco es una novela que tiene mucho de diario íntimo y también de
poesía. En muchas de sus páginas, las descripciones del campo (los llanos de la
pampa son uno de los protagonistas absolutos de este libro) y los recuerdos de
la infancia cobran la intensidad de un poema y, de este modo, algunos párrafos
de la novela de Falco me han recordado a poemas de Jorge Teillier. Voy a poner de ejemplo un párrafo de la página 74:
«Viento sur todo el día. Amaneció así, apenas si calmó un poco a la tarde y
todavía sopla ahora, cuando ya se hace de noche. Día fresco, pero con sol. Secó
bastante la humedad de ayer. El viento ululando entre los árboles.
Salgo a dar vueltas en bici, hasta
el pueblo, por el camino del rectángulo de bosque, y la vuelta por el camino
grande. Los ladrilleros desarmando un horno, cargando un camión hasta muy
arriba de ladrillos. Atardecer hermoso, grisáceo, ahora sí parece un día de
otoño. En el regreso, el viento en contra, la bici pesada. Y sin embargo, esa
sensación de libertad, de espacio abierto, del aire en la cara, del viento
fresco y el cielo azul plomizo y el sol encendido de naranja. Cansancio
agradable. La amplitud de la pampa.»
Hacia la mitad del libro, el
narrador hace un viaje a su pueblo natal, Cabrera, para ver a su familia, unos
campesinos argentinos descendientes de piamonteses, que huyendo de las guerras
cambiaron las montañas por los llanos. Igual que Manuel Puig se evadió de su pueblo de la pampa viendo películas en
el cine, nuestro narrador se va a escapar de su pueblo leyendo, sobre todo a
partir del momento en el que descubre su homosexualidad. Nuestro narrador es
consciente de que algunos de sus amigos, cuando fracasan sentimentalmente,
vuelven a su pueblo, a la casa de sus padres, pero él sabe que no puede hacer
eso, que su personalidad la creó precisamente apoyado en la idea de huir del
pueblo. Es dolorosa la escena en la que, después de la visita a Cabrera, el
padre le dice al hijo que vuelva, pero que no se le ocurra hacerlo con un
novio, que los vecinos no tienen por qué saber.
Cada capítulo refleja las
anotaciones que el narrador hace sobre un mes de su vida en el campo, sobre los
avances y desesperaciones de su huerto, que parecen actuar en él como lo haría
un impulso creativo.
«La horizontalidad. La pampa como el
lugar donde estamos perdidos.» (pág. 137)
«La pampa es un paisaje duro,
exigente, para nada bucólico.» (pág. 140)
En gran medida Los llanos es todo un homenaje al paisaje tradicional argentino, a
su pampa, donde van a luchar contra su tristeza los cowboys de ciudad, los
gauchos de ciudad. Un libro conmovedor y terriblemente bello.
domingo, 14 de febrero de 2021
Irene y el aire, por Alberto Olmos
Editorial Seix Barral. 185 páginas. 1ª edición de 2020.
Sigo la obra de Alberto Olmos (Segovia, 1975) desde que empezó, puesto que leí su
primera novela, A bordo del naufragio, cuando hizo su aparición allá por 1998.
Desde entonces, he leído casi todo lo que ha publicado y me acerco
habitualmente a sus columnas en prensa. También le conozco en persona desde
hace unos cuantos años. De hecho, Olmos me habló de esta nueva obra, Irene
y el aire, tomando un café, al menos un año antes de que haya aparecido
en las librerías.
En Irene y el aire, Alberto Olmos le habla al lector del embarazo de
su novia, Eugenia, y del nacimiento de su hija, Irene. Eugenia e Irene son los
nombres de la novia y la hija reales de Olmos. De hecho, también las conozco en
persona. Así que en su nueva novela, Olmos no ha marcado ninguna distancia
entre el narrador de su libro y el escritor; siendo los dos ‒en principio, o a
esto se juega al menos‒ la misma persona.
La novela está dividida en dos
partes. La primera está formada por nueve capítulos y cada uno de ellos podría
ser un artículo de periódico o revista sobre el tema de la espera del hijo
primogénito de una pareja. Desde hace unos años, Alberto Olmos escribe una
columna semanal en el periódico El Confidencial, y el estilo del
artículo se acopla muy bien a sus dotes de observador y de regate en corto de
la realidad cotidiana. Olmos tiene mucha capacidad en estos artículos para
armar literatura sacándole punta a sucesos en principio nimios. Me ha parecido
que esta ejercitación en la distancia del artículo, hablando de forma habitual
en su primera persona, le sirve, en gran medida, para montar los capítulos de
esta primera parte de la novela; unos capítulos irónicos y costumbristas; unos
aguafuertes de la realidad bastante divertidos. Así, en el primer capítulo,
Olmos nos acercará a una fiesta, a la última fiesta que Eugenia y él van a
poder disfrutar como pareja sin hijos, puesto que Irene va a venir al mundo la
semana siguiente. «Las conversaciones las iniciaba Eugenia, al moverse. Bastaba
su barriga para despertar locuacidades, normalmente muy empáticas. Una
embarazada es, pongamos, el reverso de una detonación. Todo el mundo anhela esa
detonación, esa vida, aunque le tenga un enervante respeto.», leemos en la
página 12.
En otros capítulos se nos va a
hablar de la búsqueda de la vivienda de alquiler, previendo las necesidades de
una pareja con una hija, y de la visita a Ikea para amueblar esa casa. El
costumbrismo irónico con que se narra la visita a Ikea es muy divertido. «Era
la amargura del siervo que elige, y que eligiendo se va dando cuenta de la
dimensión de su servidumbre. Elige porque está esclavizado, porque su
esclavitud es tener que elegir.», leeremos en la página 34, apreciando el gusto
de Olmos (como ocurre en sus artículos) por la asociación de conceptos
paradójicos.
Quizás en una frase de la página 61
se resuma el espíritu del libro: «la épica pequeña de estar protagonizando algo
tan grande.» Eugenia sale de cuentas en febrero de 2016, así que la mayoría de
lo narrado en la primera parte del libro transcurre en 2015.
La novela cambia en la segunda
parte. Si bien en la primera se narraban algunos sucesos curiosos o llamativos,
transcurridos durante unos meses de embarazo, la segunda va a ser el relato de
tan solo unas escasas horas, situadas en el 26 de febrero de 2016; día en el
que Eugenia va a dar a luz a Irene. Aquí Olmos despliega un truco narrativo,
puesto que estas horas serán contadas desde la idea de que algo terrible ha
podido ocurrir, pese a que cualquier lector de las columnas de Olmos en El Confidencial o bien cualquier
seguidor de su Twitter, sabe que Irene realmente llegó al mundo y se ha
convertido en una dicharachera niña de cuatro años. La madrugada del día citado,
Eugenia empezará a sangrar de un modo anómalo; hecho que va a desbaratar los
planes iniciales de la pareja de traer a su hija al mundo en el hospital de
Torrejón de Ardoz, donde se permite tener un parto de un modo más natural, y
complaciente con los deseos de la madre, que en otros hospitales madrileños.
Esta segunda parte está armada consultando, seis meses después, un cuaderno en
el que Olmos hizo breves y alarmantes anotaciones durante esa jornada tan
importante para su vida y la de su familia.
En la primera parte habíamos leído
que «Nadie escribía novelas sobre niños felices.» (pág. 48), y esta idea parece
hacerse presente en el planteamiento narrativo de la segunda parte. Sé que
Alberto Olmos es un gran admirador de Francisco
Umbral; de hecho, la portada de Irene
y el aire, con ese ombligo central es muy parecida a la de Historias
de amor y Viagra, un libro que Umbral publicó en 1998. Posiblemente el
libro que Olmos admire más de Umbral sea Mortal y rosa, donde Umbral escribe
sobre su hijo, que murió a los cinco años. Este poso trágico hace que el libro
de Umbral, que es en realidad un libro de duelo, se eleve sobre la mera
historia de la relación de un padre con su hijo. En este sentido, La
hora violeta de Sergio del
Molino, donde también se narra la experiencia de pasar por la muerte de un
hijo, guarda más relación con Mortal y
rosa que Irene y el aire. La idea
se ha insinuado ya en la primera parte de la novela de Olmos: nadie escribe
novelas sobre niños felices; la infelicidad (y la evidente tragedia de la
muerte de un hijo) reviste las propuestas de Umbral y de Del Molino de un halo
trágico y solemne, al que no puede aspirar la novela de Olmos. Por supuesto,
esto no quiere decir que no haya literatura en la novela de Olmos; porque
realmente la hay en casi todas sus páginas. Irene
y el aire es en principio un tratado de costumbres sobre un embarazo,
contado por el hombre, donde muestra como, en muchos contextos, por ejemplo en
el de las visitas a las ginecólogas, es ignorado y desplazado por éstas al ser
hombre («Yo compadecía allí como la pintura de las paredes.», pág. 179), y que
se acabará convirtiendo en una frenética narración sobre la angustia del
alumbramiento de la vida («Pocas veces me he sentido a gusto entre los hombres,
pero siempre seré un padre entre los padres.», pág. 146). Por supuesto, Irene y el aire no es un libro que puede
interesar solo a parejas que van a tener su primer hijo, porque cumple con las
expectativas de cualquier lector literario, al ser un libro sincero, divertido
y conmovedor, al hablar de temas universales y retratar la experiencia humana
como «el vivir irreversible, una sucesión de situaciones únicas que se robaban
protagonismo unas a otras.» (pág. 173)
domingo, 7 de febrero de 2021
Prestigio, por Rachel Cusk
Editorial Libros del Asteroide. 200 páginas. 1ª edición de 2018.
Traducción de Catalina Martínez Muñoz
Ya comenté que saqué de la biblioteca Eugenio Trías los tres
libros de la trilogía de Raquel Cusk
(Canadá, 1967) sobre su alter ego Faye, y que los estaba leyendo seguidos. En
realidad, los he leído como si se tratase de la misma novela. El título de la
primera entrega, A contraluz, hablaba de la capacidad de la autora para observar
el interior de las personas con las que se cruza, o más bien de la posibilidad
azarosa de que estas personas le contasen sus intimidades. A contraluz transcurría en Grecia. El título del siguiente libro, Tránsito,
hacía referencia a la propia vida de Faye, que estaba reformando su nueva casa
en Londres, donde había ido a vivir con sus dos hijos después de su divorcio.
En una frase de la última página de esta
segunda entrega, se insinuaba que la vida de Faye iba a cambiar: «Sentí el
cambio debajo de mí, lejos, agitándose en lo más profundo, debajo de la
superficie de las cosas, como las placas tectónicas moviéndose ciegamente sobre
sus rastros negros.» Yo pensaba que quizás iba a cambiar su vida sentimental,
porque parecía insinuarse que había conocido a un hombre que parecía interesarle
lo suficiente. Pero, como ya he comentado en mis dos reseñas anteriores, el
juego de Cusk en estos libros es el de esconder a su narradora y dejar hablar a
las personas con las que se encuentra. Una lectura atenta de Prestigio me hace ver que no iba
desencaminado; en la página 77 leemos que una periodista le dice a Faye: «He
leído que ha vuelto usted a casarse –añadió–. Reconozco que me sorprendió. Pero
no se preocupe, no voy a centrarme en lo personal.» El lector no sabrá nunca
con quién se ha casado Faye, ni su interés como narradora pasa por
revelárnoslo, ni por hablarnos de su nueva relación.
Prestigio empieza de
un modo similar a A contraluz: Faye
toma un avión porque la han invitado a un evento literario en otro país, y su
compañero de asiento empieza a hablarle de su vida, hasta un punto de intimidad
que puede llegar a romper las barreras del pacto de la ficción entre el autor y
el lector. Ya he comentado en las otras reseñas que para disfrutar de estos
libros de Rachel Cusk uno tiene que aceptar que los desconocidos, que la
narradora va conociendo, están dispuestos a desgranar su vida íntima ante ella
sin pudor, y que la capacidad de estas personas para analizarse a sí mismas es
la propia (siempre) de grandes narradores orales.
Esta primera narración oral de la
que va a disfrutar Faye y el lector con ella, me ha hecho darme cuenta de que
un elemento en común en los tres libros, hasta el punto de que tiene un
carácter unificador, es el de la importancia que tienen las mascotas en las vidas
de las personas. Algunos de los narradores de estos libros sienten, por
ejemplo, que su perro es un medidor del cariño existente entre ellos y sus
hijos, o que el perro es una figura para los hijos más importante que alguno de
sus progenitores. En más de un caso, los perros sufren malos tratos (en este
sentido es estupenda y espeluznante la historia sobre un perro que atacaba la
comida de sus dueños en A contraluz)
y los golpes que reciben simbolizan las frustraciones más oscuras de las
personas.
En Prestigio Faye se va a adentrar, de un modo más intenso y
exhaustivo que como lo hizo en A
contraluz, en el mundo de los festivales literarios. Principalmente, las
personas que van a quedar retratadas en este libro serán editores, escritores,
jefes de prensa o periodistas culturales. El título del libro no deja de ser
irónico, ya que, en gran medida, parece –según lo que nos cuenta Cusk,
camuflada tras la envoltura de Faye– que las personas que forman parte del
mundo literario no suelen hablar mucho de la pasión literaria en sí misma, sino
que hablan de su cansancio como actores de los eventos literarios que repiten
en muchos lugares las mismas frases, o que hablan de dinero o de sus
relaciones. La musa está en otra parte, pero no en los festivales literarios,
ni entre los propios escritores. Sin embargo, esta mirada al mundo de la
literatura desde dentro, de un modo en principio aséptico, pero que no deja de
ser ácido, va a dar algunas de las páginas más interesantes de esta trilogía.
«Nuestro mayor éxito ha sido el Sudoku», le confiesa un joven y talentoso nuevo
editor a Faye. Los dos saben que la solvencia que los libros de Sudoku han dado
a la empresa es lo que ha permitido, en gran medida, que la editorial se pueda permitir
arriesgarse con propuestas como puede ser la del libro de Faye, que es el
motivo por el que ella se encuentra en este festival. Este libro ha de ser, en
la realidad, A contraluz, pues un
periodista quiere entrevistar a Faye usando una técnica que ella usaba en un
taller de literatura impartido en Atenas y narrado en el libro que se presenta
en el nuevo festival y que el lector atento conoce.
En la página 99 de Prestigio aparece Ryan, un escritor
irlandés con el que el Faye ya se encontró –y conversó, por supuesto– en Atenas,
en otro festival, lo que fue narrado en A
contraluz. Ryan era entonces un profesor universitario que le confesaba a
Faye que le gustaba más disfrutar de los festivales literarios que de escribir.
Ahora, unos años después, se ha convertido en un escritor de éxito, gracias a
un libro firmado con seudónimo, junto con otra autora; por supuesto, hablando
de un tema de actualidad. «No sabía si yo había probado a correr alguna vez,
pero era muy parecido a meditar: se había puesto de moda escribir sobre eso, y
pensaba intentarlo si encontraba el momento.», le dirá en la página 105,
tratando ya de emular a Haruki Murakami y queriendo escribir sobre
otro tema de moda. En un momento dado se cita al escritor austriaco Thomas Bernhard, y aquí parece haber
una pista sobre el verdadero tono ácido de lo contado.
Cuando Faye tiene que entrevistarse
con un periodista se dará la paradoja de que serán los entrevistadores los que
acabarán contándole su vida a la persona que han de entrevistar, y Faye le
ocultará al lector las propias palabras que ella le ha dado al entrevistador.
Es interesante la reflexión que hace
un crítico en la página 157 según la cual los escritores valoran sus obras
según el éxito que tienen ante el público.
El tramo final del libro es un alegato
antimachista, puesto que una traductora le va a narrar a Faye la historia de
maltrato que ha sufrido con su exmarido. Como es costumbre, Faye no juzga las
historias que recibe, solo las reproduce y tendrá que ser el lector quien las
juzgue si así lo desea.
Ya he señalado algunos «peros» de
esta trilogía de Rachel Cusk, en resumen serían que a veces se rompe el pacto
de credibilidad narrativa entre el autor y el lector, porque el lector ha de
aceptar que todos los personajes con los que se cruza la narradora están
dispuestos a desnudar su intimidad ante ella, y que todos estos interlocutores
tienen una capacidad de autoanálisis sorprendente. Además la narración puede
resultar un tanto fría, porque Faye no opina sobre lo narrado, simplemente lo
reproduce. Como narración tradición estos libros serían novelas fallidas,
porque en ellos no hay evolución del personaje y no hay puramente tensión
narrativa, sino una repetición de un juego narrativo (el del encuentro con el
otro). Sin embargo, estos relatos que Cusk nos cuenta sobre esos personajes con
los que se encuentra Faye contienen altas dosis de tensión narrativa y de
momentos brillantes. Así que esta trilogía sería, en gran medida, un conjunto
de cuentos hilvanados de un modo artificioso. La mayoría de estos cuentos son
muy buenos.
domingo, 31 de enero de 2021
Tránsito, por Rache
Tránsito, de Raquel Cusk
Editorial Libros del Asteroide. 221 páginas. 1ª edición de 2016; ésta es de 2017.
Traducción de Marta Alcaraz
Ya comenté la semana pasada que tomé
prestado de la biblioteca Eugenio Trías,
situada en el parque del Retiro en Madrid, la trilogía de Raquel Cusk (Canadá, 1967), formada por A contralúz, Tránsito
y Prestigio,
que le ha publicado en España Libros del
Asteroide.
Después de acabar A contralúz empecé con Tránsito. La narradora de esta segunda
entrega es la misma que la de la anterior; una escritora llamada Faye (igual
que la otra vez, su nombre solo aparecerá hacia el final de la novela), que
tras su divorcio ha dejado la campiña inglesa con sus dos hijos y se ha instalado
en Londres, ciudad en la vivió años atrás. En A contralúz, Faye viajaba a Grecia, para dar un curso de literatura
creativa y la novela retrataba a las personas con la que ella se relacionaba en
este viaje, y que tendían a hablar de sí mismas sin pudor y con una gran
capacidad de análisis.
Ya comenté que, aunque el libro me
acabó gustando, tuve la sensación de que A
contralúz se le podían achacar algunas imposturas: que todas las personas
con las que Faye se cruzaba se abrieran ante ella a un nivel de profundidad
similar, y que todas pudieran conocerse a sí mismas con gran capacidad de
detalle y de autoanálisis; además, casi todas tenían problemas similares
(parejas, divorcios, hijos…); por añadidura, aunque muchas eran griegas no
parecían tener mayores dificultades en hablar, con la profundidad comentada, en
inglés (también es posible que en Grecia el «nivel medio/alto» de inglés de los
currículums sea diferente al de España).
En A contralúz, Faye está tratando de comprar una casa en Londres, y
en plena clase en Atenas recibe una llamada de su banco para comunicarle que le
han denegado la ampliación de su hipoteca. En Tránsito, ya ha comprado esta casa y está reformándola.
Durante la primera parte de esta
segunda novela, Faye nos hablará de algunos de sus encuentros con el agente
inmobiliario y el contratista de la reforma. En estas páginas, la propuesta de
Cusk me ha recordado un poco a algunas reflexiones que el escritor Richard Ford hace en su serie de
novelas protagonizadas por Frank Bascombe, que se dedica –precisamente– a
vender casas. Bascombe reflexionaba sobre las esperanzas a veces desmesuradas
que las personas tienen en cambiar de vida al mudarse de casa, y reflexiones
similares recoge Faye de su agente inmobiliario y también de su contratista.
Lemos en la página 145: «Lo que Gavin entendía era lo vulnerable que eras
cuando tenías la casa hecha jirones. Es como estar en una mesa de operaciones,
dijo Amanda», y sobre esta mesa de operaciones trata en gran medida Tránsito (el propio título nos indica
que la protagonista se siente en un momento de cambio en su vida).
Debería decir, desde ya, que en esta
ocasión la propuesta de Rachel Cusk me ha parecido más conseguida, o al menos
yo he entrado mucho mejor en ella. Faye sigue hablando poco de sí misma y
recogiendo las historias que los demás le transmiten. Ahora el escenario es
Londres y no Atenas, así que la barrera del idioma no existe, y cuando da voz a
algunos de los obreros que trabajan en su casa, como Pavel, que es polaco, sí
quedan registradas sus dificultades con el inglés.
En
algún momento, el deseo de ocultarse de la narradora resulta misterioso y
también desconcertante. Por ejemplo, se relata un encuentro literario en el que
dos escritores y Faye tienen que dar una charla sobre sus últimos libros a un
público. Faye registra las historias que cuentan sus dos compañeros de oficio
(ya conté al comentar A contralúz que
Faye es escritora, y que actúa como una especie de alter ego de Rachel Cusk),
que son buenas narraciones, que actúan dentro de la novela como narraciones
cortas de gran potencia, pero a la hora en la que le toca hablar a ella dice
que va a leer un texto que trae preparado de casa y no lo muestra en la novela.
«Leí en voz alta lo que había escrito. Cuando hube terminado, doblé los papeles
y volví a meterlos en el bolso mientras el público aplaudía.» (pág. 100). Este
juego en el texto puede azuzar la curiosidad del lector, ¿habrá hablado de su
divorcio, que fue el tema de sus anteriores novelas, como Despojos. Sobre el matrimonio y la separación (publicado
recientemente en España por Libros del Asteroide)? Poco después sucede algo que
más que curiosidad puede mover al desconcierto del lector: el moderador del
evento literario se empeña en acompañar a la autora hasta su hotel, y Faye
parece darle indicaciones de que no quiere un encuentro sexual, «Me detuve antes
de subir. Le di las gracias por acompañarme, me giré y enfilé los escalones»
(pág. 111), poco después: «Su cuerpo alcanzó el mío; me empujó contra la puerta
y me besó». Se describe esta escena, los olores, la presión de los cuerpos; y,
por fin, Faye le da las buenas noches al moderador, entra en el hotel y cierra
la puerta. Esto es todo, Faye no hará ningún comentario sobre el comportamiento
de su acompañante. Lo ocurrido no será juzgado de ningún modo. Será el lector
el que tenga que interpretar la escena o las emociones de su narradora. En
estos momentos es cuando la propuesta de Cusk me resulta más artificiosa, más
producto de una fórmula preconcebida que fruto de emociones profundas, y estas
ausencias de juicios de valor sobre lo que protagonista ve, en más de una
ocasión, he tenido la sensación de que restaban verdad narrativa a la
propuesta. En cierto modo, me ocurrió algo parecido al leer los libros
autobiográficos de J. M. Coetzee, Infancia
y Juventud,
sobre todo con una escena de Juventud
en la que Coetzee en Londres se acostaba un día con un hombre y decía algo como
«así que esto es lo que siente uno al acostarse con un hombre», y no había
ninguna reflexión más sobre este episodio homosexual en una vida heterosexual.
Así que al final, tanto Coetzee con Cusk se enfrentan a la experiencia vital
desde una mirada un tanto lejana y fría que puede no convencer a algunos
lectores.
Sin embargo, en Tránsito se filtran más elementos de la vida de Faye que los que se
mostraban en A contralúz. Es
interesante el retrato de sus vecinos de abajo, que han establecido con ella
una mala relación. Faye irá a la peluquería y también nos narrará la
conversación que tendrá con el peluquero, que vuelve a ser un interesante
relato corto sobre relaciones personales y la idea de la maduración personal.
Me ha gustado el capítulo en el que
Faye recibe a una estudiante en su casa y ésta le habla de su fascinación por
el pintor norteamericano Marsden Hartley. La estudiante cuenta la vida del
pintor y son páginas muy buenas. Lo he buscado en internet y he descubierto que
Marsden Hartley, al que no conocía, es un personaje real.
Aunque en muchas escenas, Faye no
emite ningún juicio sobre sus interlocutores, hay algunas apreciaciones que
hace sobre ellos que me han parecido certeras y bellas. Por ejemplo ésta:
«Amanda tenía un aspecto juvenil sobre el que la pátina de la edad parecía
torpemente aplicada; era como si, más que envejecer, la hubieran tratado sin el
debido cuidado, como la fotografía arrugada de una niña.» (pág. 141), o ésta: «Lo
malo de ser sincero, dijo Julian, es que tardas mucho en darte cuenta de que
los demás saben mentir.» (pág. 87)
Faye también da clases en un taller
literario fuera de casa, y nos relatará las ideas, relatos y proyectos de sus
alumnos. Sin embargo, nunca le contará al lector sobre qué está escribiendo o
leyendo ella. En algún momento me ha exasperado un poco que esta escritora de
éxito no se acerque a ningún libro; en un escena sale de casa y tiene que
esperar a una amiga más de una hora en un café y no se ha llevado un libro para
leer mientras (¿qué clase de escritor verdadero hace eso?). Sin embargo, sí
sabremos que hay muchos libros en su casa y en un momento dado cita a Samuel Beckett (lo que ha contribuido a
que me pueda tranquilizar).
En el último capítulo hay más
diálogos que en el resto del libro y fluye muy bien. Una frase de la última
página me intriga: «Sentí el cambio dentro de mí, lejos, agitándose en lo más
profundo, debajo de la superficie de las cosas, como las placas tectónicas
moviéndose ciegamente sobre sus rastros negros.» (pág. 221).
Esta trilogía va a más y esta misma noche, cuando termine de escribir esta reseña y cene, empezaré con Prestigio.
A contraluz, por Raquel Cusk
A contraluz, de Raquel Cusk
Editorial Libros del Asteroide. 218 páginas. 1ª edición de 2014; ésta es de 2016.
Traducción de Marta Alcaraz
La primera vez que oí hablar de Raquel Cusk (Canadá, 1967) fue en un
artículo de Alberto Olmos. En una de
sus columnas de Mala fama, escribía sobre literatura femenina y destacaba la
trilogía de Raquel Cusk, formada por A contraluz, Tránsito y Prestigio,
publicadas en España por Libros del
Asteroide.
En septiembre del 2020 visité la biblioteca Eugenio Trías, ubicada
dentro del parque del Retiro en Madrid, y al ver que estaban disponibles los
tres libros los saqué en préstamo.
Una escritora inglesa recibe una
invitación para impartir un curso de literatura creativa en Atenas. Sobre este
viaje a Grecia y los encuentros que va a tener con diversas personas trata esta
novela. Rachel Cusk nació en Canadá en 1967, pasó su infancia en Los Ángeles, y
en 1974 su familia se trasladó a Reino Unido, donde ha seguido viviendo hasta
la actualidad. Así que la experiencia vital de Cusk es más la de una escritora
inglesa que canadiense. Al leer A
contraluz el lector puede pensar que la escritora protagonista de la novela
es la propia autora. Diría que Cusk juega a este equívoco. Durante la mayoría
de las páginas del libro, sin embargo, la narradora no desvela su nombre, pero
en la página 186 –ya cerca del final– se revelará que se llama Faye, y que, por
tanto, se marca así una distancia entre escritora y narradora.
Alberto Olmos llamó a esta trilogía
de Cusk «autoficción del otro». En gran medida, la apuesta de Cusk es la de
ocultar la vida y los pensamientos de su narradora para dar voz a las personas
con la que se encuentra.
Faye toma en Londres un avión camino
de Atenas, y su «compañero de vuelo» (así será designado en toda la novela) le
empieza a contar su vida. Proviene de una familia griega, que cuando él era
niño emigró a Inglaterra y se educó allí. Ahora, de nuevo, vive en Grecia. El
compañero de vuelo le empezará a narrar su vida a una desconocida hasta unos
grados de intimidad desconcertantes. Principalmente, le hablará de sus
exmujeres y procesos de divorcio. En algún momento la narradora se cuestionará,
ante sí misma, por la verosimilitud de lo que está escuchando, presuponiendo
que su compañero de vuelo está adornado alguna historia, para quedar mejor él
que sus exmujeres. En los días que va a pasar en Grecia, y que van a constituir
el tiempo narrativo de la novela, el compañero de vuelo llamará a Faye más de
una vez para sacarla a navegar en su barco, y seguir contándole la historia de
su vida.
Al principio, durante los primeros
capítulos de A contraluz, la
propuesta de Rachel Cusk me estaba pareciendo un tanto artificiosa. Ella no
cuenta casi nada de sí misma, pero en cambio nos describe de forma detalladas
las conversaciones que tiene con las personas que se va encontrando, y estas
conversaciones –muy lejos de estar constituidas por banales conversaciones de
ascensor– siempre son a corazón abierto, y tratan principalmente de las
relaciones de pareja y su final, y de los hijos.
En Atenas, Faye quedará con Ryan, un
amigo escritor irlandés, con el que hace tiempo que no se ve, y éste también le
contará sus intimidades y los altibajos de sus relaciones. En este caso, al
tratarse de un escritor, que además comparte idioma materno con la protagonista
de la novela, la propuesta parece tener más sentido lógico: Ryan sí posee la
profundidad de reflexión y la capacidad lingüística para expresarse como lo
está haciendo; algo más dudoso en el caso del compañero de vuelo.
En realidad, se dinamitan en A contraluz algunos de los principios
lógicos de la construcción de una novela: si nos fijamos en la historia de
Faye, en el avance anecdótico de lo contado, esta novela carecería de tensión
narrativa. Además, los personajes con los que se encuentra la narradora se
sinceran con ella de un modo muy rápido, y con una gran capacidad de análisis
sobre su vida, algo que no parece muy realista.
En el curso de escritura creativa,
los alumnos de nuestra escritora también contarán historias sobre ellos mismos.
Me estaba extrañando que, siendo estos alumnos griegos de diversas edades y
condiciones, ninguno tuviera problemas con el inglés, idioma en el que se
imparte el curso. El compañero de vuelo, que se ha educado en colegios
ingleses, sí comete algún error con el idioma, algo que queda registrado para
el lector, pero no lo hacen los alumnos griegos del curso literario. Hacia el
final de la novela, Faye se encuentra con otra escritora que también ha acudido
a la ciudad para impartir un taller literario y saca este tema; dice la nueva
escritora: «No estaba muy segura de cómo iría lo de la barrera lingüística:
escribir en un idioma que no era el tuyo se le hacía extraño. Ver a la gente
obligada a utilizar el inglés casi te hacía sentir culpable, pensar en esa
parte de ellos que perdían con la traducción, como quien, expulsado de su
hogar, debe llevarse solo lo imprescindible.» (pág. 203) Me ha gustado leer
esta reflexión, porque hasta entonces (en la página 203 solo quedaban 15 para
el final) esta barrera del idioma no parecía existir. Faye queda con personas
griegas y con ellas se establece una conversación en inglés con total
naturalidad; de hecho, parecía hasta extraño cuando, estando en un restaurante,
nos cuenta Faye que su interlocutora se pone a hablar en griego con un
camarero, cuando lo lógico –según alguna implacable lógica anglosajona– sería
que cualquier persona, de cualquier rincón del mundo, pudiera expresarse, con
un gran nivel de hondura, en inglés.
La narradora, sin embargo, bajará la
guardia en algún momento y nos dejará ver algunos de los problemas de su vida
personal: ha sufrido un proceso de divorcio no hace mucho, y se ha tenido que trasladar
con sus dos hijos del campo a Londres. En la gran ciudad, tiene problemas para
poder comprar una vivienda.
He señalado algunos de los
artificios de la construcción novelística, que han hecho que me costara aceptar
la propuesta. Sin embargo, en algún momento he aceptado el pacto narrativo que
debía establer con Cusk, me he relajado y he acabado disfrutando de A contraluz. Rachel Cusk podía haber
elegido escribir un libro de relatos, cuyos cuentos fuesen las historias que ha
puesto en la boca de los interlocutores de Faye en la novela. Estas historias
son buenas en su mayoría, tienen profundidad y fuerza, y están contadas por una
gran narradora. Pero, quizás resulte más difícil, como ya he apuntado, hacerle
creer al lector que alguien puede cruzarse en un viaje de varios días con un
número azaroso de personas y que todas hablen (más de la mitad en un idioma
además que no es el suyo) con tanta coherencia y hondura de sus relaciones
personajes o sus hijos. En algunas narraciones se entra de refilón la mala
situación económica de Grecia, pero éste no parece un tema que le interese
mucho a Cusk, cuyas obsesiones se vuelvan sobre las relaciones de pareja y la
evolución de los hijos.
A contraluz, tras
alguna reserva sobre su construcción, y lejos de parecerme una novela perfecta
o revolucionaria, me ha acabado gustado cuando he decidido rebajar mi capacidad
de análisis sobre su verosimilitud, y me he dejado seducir por la fuerza de las
pequeñas historias que contiene. Ya estoy con Tránsito, la segunda novela de la trilogía. En unos pocos días os
cuento qué tal.
domingo, 24 de enero de 2021
Las maravillas, por Elena Medel
Las maravillas, de Elena Medel
Editorial Anagrama. 226 páginas. 1ª edición de 2020.
Recuerdo cuando en 2001 Elena Medel (Córdoba, 1985) ganó el premio Andalucía Joven de poesía con Mi
primer bikini, que publicó la ‒para mí mítica‒ editorial DVD en 2002. Leí poemas suyos en la biblioteca de
Móstoles de este poemario y de los siguientes. Cuando hace unas semanas
empezaron a aparecer reseñas positivas de su primera novela, Las
maravillas, se la solicité a la editorial Anagrama para poder
reseñarla.
En Las maravillas se habla, principalmente, de dos mujeres: Alicia y
María, las dos proceden de un pueblo de Córdoba y en 2018 viven en Madrid.
Aunque no se conocen en persona, Alicia es la nieta de María. Esta información
no la recibirá el lector de forma inmediata en la historia. El tiempo de la
novela abarca desde 1969 hasta 2018.
Las
maravillas empieza con Alicia en 2018, acudiendo a su trabajo como dependienta de una
tienda de bocadillos y chucherías en la madrileña estación de Atocha. «Busca en
sus bolsillos sin encontrar nada.» es la primera frase de la novela, y nos da
una clara medida de la importancia que va a tener el dinero en la narración.
Alicia tiene 33 años en 2018, está casada con Nando, que le saca diez años, y
con quien no parece muy feliz. En este mismo 2018, María tiene 71 años y es una
jubilada involucrada en los movimientos sociales y reivindicativos de su barrio
popular. De forma significativa, la novela empieza el día 8 de marzo de 2018,
el día de la mujer. María se ha estado preparando en su asociación para
manifestarse este día, una fecha que no parece tener mucha importancia para
Alicia.
María se vino de Córdoba a Madrid
cuando de joven fue madre soltera y tuvo que dejar en el pueblo a su hija
Carmen al cuidado de su familia. Desde la capital les enviará dinero. En Madrid
trabaja como mujer de la limpieza, primero como interna en casas de familias
pudientes y luego como empleada de una empresa, que la manda a limpiar
oficinas.
Medel divide la novela en once
capítulos de unas veinte páginas cada uno, en los que va intercalando a sus dos
protagonistas y tiempos narrativos. La novela, desde 1969 a 2018, como ya dije,
abarca unos cincuenta años de la historia de España. En algunos casos, Medel
sitúa a María en algunos momentos muy marcados: en el capítulo cuarto nos la
encontraremos trabajando en una casa burguesa, justo en 1975, en el momento en
el que va a morir el dictador Franco y su familia pudiente siente esta muerte
de un modo muy cercano (como ocurría, por ejemplo, en Los románticos de Manuel Longares). En este capítulo, la
relación de María con la familia de la casa en la que sirve me ha hecho pensar
también en el personaje de Colometa en La plaza del diamante de Mercè Rodoreda. En el capítulo sexto,
María estará de celebración en un bar justo cuando el PSOE de Felipe González
acaba de ganar sus primeras elecciones en 1982.
Los capítulos correspondientes a
Alicia no están marcados de un modo tan directo con acontecimientos históricos.
En el caso de Alicia se narra, más bien, la caída de una familia en apariencia
pudiente tras el suicidio del padre, y cómo la pérdida de capacidad económica
va a determinar la vida de esta chica. De hecho, «Las maravillas» del título
hace una referencia a los bienes de su casa (televisores, ropa de marca, etc.)
que la hermana de Alicia no tiene pudor en mostrar a unas chicas pobres que son
compañeras de clase de Alicia, y que ésta ha invitado a su casa con la aparente
intención de hacerlas daño. Los capítulos de la Alicia adolescente me han
recordado a algunos de Autopsia, la destacada primera
novela del zaragozano Miguel Serrano
Larraz.
En principio, el lector podría
pensar que la personalidad negativa de Alicia es en gran parte consecuencia del
trauma que supuso para ella la muerte del padre (que cada noche recrean sus
pesadillas), pero en la página 128 podemos leer: «ya de pequeña me gustaba ser
cruel».
Dos son las ideas constructivas que
sustentan la novela: cómo el dinero marca la vida de las personas y cómo la
mujer queda subordinada socialmente a la figura del hombre. De forma clara,
esta obra de Elena Medel es más una novela de ideas que de trama. Las
personalidades de sus dos protagonistas, María y Alicia, la abuela y la nieta
que se desconocen, están bien perfiladas; pero en algún momento he sentido que,
si bien el estudio de personajes era bueno, faltaba la trama sobre la que
hacerlos avanzar.
También ocurre que, en algunas
páginas del libro, las tesis que subyacen a su construcción se hacen demasiado
evidentes, y es en estos momentos puntuales cuando la novela pierde. Así, por
ejemplo, en el capítulo que nos remite a 1982 y al triunfo del PSOE se remarca
de un modo insistente la posición secundaria de María en su grupo de amigos, en
el que Pedro ‒su pareja‒ es escuchado cuando repite ideas que María le ha
expuesto, sacándolas de los libros que lee, algo que Pedro no hace.
En cambio, en otras ocasiones, la
potencia de las ideas expuestas es contundente y estos momentos narrativos
remueven al lector. Me han gustado especialmente las páginas en las que se
habla de cómo la cercanía o distancia al dinero no solo impone la mirada de las
personas sobre el mundo, sino que incluso el amor o las relaciones de parejas
vienen determinadas por telarañas de poder que dependen del dinero; y estos
nudos de poder y dinero también dependen de la concepción machista de la
sociedad. De este modo, una de las protagonistas de Las maravillas aceptará involucrarse en una relación de pareja
porque ha perdido el trabajo y si no lo hace se verá abocada a una situación
complicada en lo relativo a su vivienda; y, en cambio, la otra protagonista se
niega a sí misma una situación económica más desahogada, si accediera a vivir
en pareja, porque no quiere renunciar a su libertad de mujer que no da
explicaciones, una libertad duramente conquistada.
El lenguaje de Las maravillas está trabajado, sin duda. Pese a la trayectoria de
la escritora, que debuta aquí como novelista, después de una extensa carrera
como poeta, no sucumbe aquí a descripciones líricas que la despisten de su
propósito marcado ante las ideas que se ha propuesto exponer. De Belén Gopegui solo he leído su primera
novela, La escala de los mapas, pero conozco su trayectoria, y me
atrevería a sugerir que Las maravillas
puede estar influenciada por las novelas sociales y políticas de Gopegui como La
conquista del aire o Lo real. También podría relacionar a
Las maravillas con las novelas de Rafael Chirbes, aunque en Medel hay
menos peso del franquismo sobre la vida de sus personajes que en Chirbes.
Recapitulando, diría que los puntos
flojos de Las maravillas son dos: las
ideas están por encima de la evolución posible de una trama, y que estas ideas
(importancia del dinero en la vida o machismo social) están, en algunos casos,
mostradas de un modo demasiado explícito y descriptivo. Sin embargo, la
creación de personajes es potente, y el lenguaje austero para describir unas
vidas desvencijadas, sin tapujos y concesiones, es poderoso y descorazonador.
En definitiva, y sopesando pros y contras, considero que el debut de Elena
Medel en la novela es más que satisfactorio.






