domingo, 10 de abril de 2016

Andarás perdido por el mundo, por Óscar Esquivias

Ediciones del Viento. 241 páginas. 1ª edición de 2016

Ya comenté la semana pasada que le pregunté a Óscar Esquivias (Burgos, 1972), con el que he coincidido algunas veces, si le parecía bien solicitarle a su editor, Eduardo Riestra, que me incluyera entre los envíos de prensa de su nuevo libro de relatos, Andarás perdido por el mundo. Tanto a Óscar como a Eduardo les pareció bien y el libro me llegó a casa, poco después de aparecer en las librerías. El viernes 26 de febrero fue la presentación del libro en la librería Alberti de Madrid, y me apeteció acudir para que Óscar me firmase su libro y poder saludarle. Fue una tarde agradable.

El viernes de la presentación, ya lo comenté la semana pasada, acabé de leer el último cuento del anterior libro de Óscar –Pampanitos verdes- en el metro de vuelta a casa. El sábado empecé el nuevo libro, más largo que el anterior (241 páginas frente a 158, 14 cuentos frente a 10), y leí de un tirón el primer cuento, de unas 20 páginas, titulado Todo un mundo lejano. Me dejó deslumbrado, me pareció mejor que cualquiera de Pampanitos verdes, y esto teniendo en cuenta que los cuentos de este libro me habían parecido realmente buenos. Al leer Todo un mundo lejano tuve la sensación de estar leyendo una composición clásica del mundo del relato. Me produjo la misma sensación de felicidad lectora que los grandes cuentos de los escritores que más admiro, Raymond Carver, Tobias Wolff o Roberto Bolaño. En este cuento regresamos al escenario más clásico de la narrativa de Esquivias: los pueblos de Burgos, y está contando en primera persona por parte de una persona joven y frágil, como viene siendo habitual, pero considero que existen aquí dos elementos que lo hacen transcender: el narrador es en gran parte un narrador testigo, puesto que nos habla de la evolución de la fe religiosa de un amigo, y además juega, de forma bella y sutil, a encontrar las relaciones y desacuerdos entre homosexualidad y vocación religiosa. Un cuento redondo, como ya he apuntado.

El segundo cuento, Curso de natación, comparado con el primero o el tercero, me parece intrascendente. Es un cuento que apenas sobrepasa una página. Y esto posiblemente sólo sea una cuestión de apetencia personal: me gusta el formato de los libros de cuentos, disfruto con él, pero los cuentos que me gustan suelen tener entre 15-25 páginas, creo que yo no podría ser un gran lector de microrrelatos, es un género que no acaba de convencerme. Curso de natación, en cualquier caso, es una narración correcta, ambienta en Italia, esta vez, y con un narrador niño, pero para mí esa distancia de una página y pico no consigue emocionarme como lector, y el cuento acaba actuando como una mera transición entre el primer cuento magistral y el tercero también magistral (de unas 23 páginas en este caso). El tercer cuento es El Chino de Cuatroca, ambientado en el madrileño barrio de Cuatrocaminos. El narrador, un adolescente de dieciséis años, que ha decidido dejar la casa familiar, podría ser el típico protagonista de un cuento de Esquivias, por su edad, por su fragilidad, por lo cerca que está de descubrir las miserias del mundo de los adultos, pero hay aquí algo nuevo: su narrador ha nacido en España, pero sus orígenes son ecuatorianos, una herencia que el reivindica con su deseo de viajar a Guayaquil, donde fue concebido, y por el uso, en ocasiones, de un vocabulario propio de allá. Además nuestro narrador, con aspecto de “chino” va a compartir piso con un grupo de inmigrantes dominicanos. Este ambiente está muy bien descrito, muy cuidados sus detalles, y la resolución del cuento es tan divertida como cruel y emocionante. Un gran cuento de nuevo.

El cuarto La Florida, me ha parecido una narración muy arquetípica de Esquivias: ambientado en Oña, un pueblo de Burgos, con un narrador adulto que está recordado una vivencia infantil. En este caso las visitas a un psiquiátrico en el que vive recluido su tío. Es un gran cuento, pero me ha sorprendido menos que los anteriores.

Con El joven de Gorea me pasa lo mismo que con Curso de natación, que es demasiado corto para mí. Aunque éste es un cuento algo diferente a los otros, con un aire fantástico a lo microrrelato de Borges.

El príncipe Hamlet de Mtsensk me ha parecido otra de las maravillas del libro: un cuento ambientado en Rusia, con personajes rusos y que hunde sus raíces en la pasión de Óscar por la música. Diría que es un fantástico homenaje a Chéjov, un cuento con un final abierto, ligero y bello. El lenguaje de Óscar suele ser de una aparente y cuidada sencillez al servicio de la historia, pero tengo la impresión de que aquí las descripciones de lugares y ambientes se hacen más trascendentes. Me ha encantado una comparación que aparece en su primera página: “Yo me había puesto mi americana de verano y una corbata de Timoféi Borísovich (tenía docenas de ellas en el antiguo armario de mi padre, colgadas de las perchas como anguilas muertas).” (pág. 79)

Los chinos es un cuento más corto (unas 8 páginas), sobre la frustración adolescente (uno de los grandes temas de Óscar) y me ha gustado, pero no al nivel de los cuentos ya comentados.

Temblad, filisteos quizás tenga al narrador más adulto del libro, puesto que pasa de los treinta. Un cuento sarcástico y correcto (o correcto en relación a los que más me han gustado que eran muy buenos) sobre un director de teatro con deseos de epatar al público.

La última víctima de Trafalgar es la composición más extensa del libro, ya que llega a las 40 páginas y podrías ser considerada una novela corta. Es la única composición del libro escrita en tercera persona. Aquí el tono es burlón y la historia tiende al disparate. Esquivias habló de este cuento el día de la presentación y citó como influencia al Eduardo Mendoza más juguetón. Al principio me estaba costando entrar en el juego, pero el relato fue creciendo con la aparición de legajos históricos perdidos Un juego divertido y disparatado.

La casa de las mimosas me ha parecido otro de los grandes relatos de este libro. Un cuento ambientado en California, y narrado por alguien nacido en 1918, el hijo de una noble rusa en el exilio de la revolución, y que se decida en el nuevo mundo a invertir en negocios, entre ellos la compra de salas de cine. Igual que me ocurrió con El príncipe Hamlet de Mtsensk me ha gustado la capacidad de Esquivias para situar su relato en otra época o en otra geografía diferentes a las que suelen ser habituales en él. Aunque esto no es nuevo, porque ya en Pampanitos verdes el relato El centurión tenía personajes italianos y estaba ambientado en Roma. Esta tendencia a la deslocalización del relato me parece que beneficia a la narrativa de Esquivias y hace sus libros más diversos y atractivos.

Mambo vuelve  a ser un cuento corto (unas 6 páginas), un buen cuento pero inferior a los mejores del conjunto.

El mejor de los mundos con personajes franceses en un país de África me ha parecido de calado inferior a los otros cuentos con personajes extranjeros y localización foránea.

En El misterio de la Encarnación volvemos a Gamonal (el pueblo convertido en barrio de Burgos, del que es originario Óscar) para acercarnos a un conmovedora historia sobre el despertar sexual y las ideas religiosas.

En El arca eólica viajamos al siglo XIX, y uno de sus personajes es nada menos que el músico Berlioz. Un cuento escabroso que podría estar en cualquier antología de cuentos de terror.

Todos los cuentos de Andarás perdido por el mundo estaban ya publicados en antologías o libros colectivos. Me llama la atención que el impulso inicial para crearlos provenga de una fuente externa. Así, por ejemplo, El príncipe Hamlet de Mtsensk se escribió para el libro Rusa imaginada de Nevsky Prospects, o La casa de las mimosas fue escrito para el libro Ellos y ellas. Relaciones de amor, lujuria y odio entre directores y estrellas para el Festival de Cine de Huesca. Espero que surjan muchos proyecto así, cada vez más originales, para que Óscar Esquivias tenga que escribir un cuento sobre los buscadores malayos de perlas, la cocina japonesa o los mineros de Chile, porque le salen cada vez mejor.


Considero que Andarás perdido por el mundo es el mejor libro de cuentos de Óscar Esquivias, siendo los otros dos que he leído muy buenos, y dentro de lo que yo conozco Óscar Esquivias me parece uno de los mejores escritores de cuentos que hay ahora mismo en España.

jueves, 7 de abril de 2016

Antología de Gerardo Diego: Mauricio Bacarise (14)

El décimo cuarto poeta que antologa Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Mauricio Bacarise (Madrid, 1895 – 1931). La wikipedia dice esto de él: «Un fracaso económico del negocio familiar de joyería le obligó a abandonar sus estudios y buscar trabajo. En 1911 ingresó como meritorio en la compañía aseguradora La Unión y el Fénix. Compaginó la labor profesional con los estudios de bachillerato y, posteriormente, como alumno libre en la sección de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, donde obtuvo Premio Extraordinario de fin de carrera en 1922. Desempeñó la cátedra de filosofía por oposición en los institutos de Mahón, Lugo y Ávila.»



En la antología podemos leer poemas como estos:



Junio
¡Bajo el cangrejo de estrellas se extasiarán las llanuras!
Hacen fecundas promesas a las campiñas los soles;
en los sidéreos trigales lucen espigas maduras
y en el agro hay una roja constelación de ababoles.

El guadañil que hace siega en matemáticas puras,
como Copérnico o Newton igual que dos girasoles
dirigirá sus pupilas hacia algebraicas lecturas
en los cielos recamados que giran cual facistoles.

Todo el misterio de Eleusis ondula en los amarillos
campos humildes al son de albogues y caramillos;
modulaciones gozosas de un hierofante jocundo.

Una oración balbucean los tartamudos cuclillos
y anaxagóricamente la glosan múltiples grillos...
¡Pasa un deleite de ciencia por la vagina del mundo!



Vilanos


Estrellas de último

cielo de verano,

vilanitos tenues,

vilanitos claros.



Por el campo verde

de oro recamado

¿adónde vais ágiles,

sutiles y rápidos?



Tarde de septiembre

que dora los álamos,

y lleva estorninos


al viñedo, grávido


de sombra y dulzura

de sabrosos gajos...


(Contra la bandada

vuelan los vilanos.)



¿Dónde vais pequeños,

pueriles y pálidos,

pajes del invierno,

farolillos blancos?

domingo, 3 de abril de 2016

Pampanitos verdes, por Óscar Esquivias

Ediciones del Viento. 158 páginas. 1ª edición de 2010

Compré Pampanitos verdes en la Feria del Libro de Madrid de 2013, junto con la novela de Óscar Esquivias (Burgos, 1972) Jerjes conquista el mar. Esta novela, así como su libro de relatos La marca de Creta, la leí en 2014, y el conjunto de relatos Pampanitos verdes se me había ido quedado pendiente, a pesar de la buena sensación que me dejó el anterior.
Vi en Facebook que Óscar Esquivias anunciaba que iba a aparecer en Ediciones del Viento un nuevo libro de relatos, titulado Andarás perdido por el mundo. Esto hizo que se renovara en mí la sensación de que tenía una cuenta pendiente con los relatos de Óscar. Le escribí y le pregunté si le parecía bien que le comentara a su editor, Eduardo Riestra, que me incluyera entre los envío de prensa del nuevo libro y yo me leería los dos libros seguidos (éste y el de Pampanitos verdes) y los comentaría en el blog. A Óscar le pareció bien.

Si La marca de Creta estaba formada por dieciséis cuentos, Pampanitos verdes lo está por diez. Como en el caso anterior, la mayoría de estos cuentos ya habían sido publicados en revistas o periódicos.

El primero, titulado El chico de las flores, me conquista de un modo inmediato. En seis páginas, Óscar mezcla a los personajes de su cuento con las andanzas de otros de ficción (uno de los personajes es una actriz y se nos habla de su personaje en una serie de televisión), en una bella historia de aprendizaje. Este cuento está situado en Madrid, y me hizo gracia pensar que Óscar, que vive en la ciudad, tiene una visión idealizada de la misma. Muchos de sus cuentos están situados en pueblos de la provincia de Burgos o su capital y en estos cuentos el realismo de sus historias suele ser bastante crudo, aunque también tierno; y sin embargo en los cuentos que sitúa en Madrid, como este inicial, pero también en otros como El hijo de la modista y Monólogo del técnico de sonido parece vincularlos al mundo del teatro, que creía que él asociaba, de forma consciente o inconsciente, a Madrid. Había ido tomando notas a lo largo de la lectura que parecían sostener esta teoría de la capital idealizada y vinculada con el mundo del teatro, pero al acabar el libro me he encontrado con un apunte final en el que se nos aclara que los tres cuentos que he mencionado “nacieron por encargo del Teatro Alcázar de Madrid y se publicaron en el libro de fotografías En el secreto del Alcázar.” En cualquier caso, creo que esto no resta ninguna pertinencia a mi comentario. Monólogo del técnico de sonido sobre un narrador que, poco antes de que empiece una función, evoca la relación que mantuvo su padre con su abuelo, y luego la que él mismo tuvo con su padre, me parece, siendo un cuento más que correcto, un poco inferior a otros del conjunto. Pero, en cambio, El hijo de la modista, sobre un joven vendedor de piscinas a familias pudientes, que es invitado a una fiesta en la casa de una joven y atractiva cliente, con su sutil análisis de las diferencias de clase, me ha parecido uno de los mejores del libro.

El segundo cuento, titulado El estudiante de Salamanca, me ha hecho volver por su planteamiento y temática a las narraciones que más me gustaron de La marca de Creta. En él nos encontramos con un frágil joven de dieciocho años que ha de ir al hospital justo la víspera de su examen de selectividad. Allí le diagnosticarán un principio de tuberculosis. Cuando se recupera, hace su selectividad y es admitido en la universidad de Salamanca, donde quiere ir para dejar atrás la casa de sus padres, pero ya no hay sitio en los colegios mayores y viajará con su padre a Salamanca para ver si puede quedarse durante el curso lectivo en un hotel que el padre conoce de un curso de su empresa. Por su planteamiento este relato se parece al de La fiesta más divertida del libro anterior, pero aquí se ahonda en la relación del chico con el padre y entrará en territorios diferentes.
Este cuento, como otros del libro anterior, tiene una temática homosexual, y aparece aquí el Paseo de la Isla, lugar de encuentros homosexuales de Burgos. En otros cuentos se citarán esos pueblos de Burgos que para el lector de relatos de Esquivias son ya familiares, como Sasamón o Villandiego; citados en el tercer cuento, Viene Gordon. En este cuento, el narrador en primera persona, a diferencia del narrador arquetipo de los cuentos de Esquivias, no es tan joven como suele serlo. Trabaja en una Ikastola del País Vasco, pero le gusta irse a pintar a una casa que ha heredado en un pueblo de Burgos. De este cuento, igual que me ocurrió en el anterior, me ha llamado la atención el tratamiento del sexo, y me ha gustado más el planteamiento que el desenlace. En el anterior me ha parecido que toda la composición funcionaba mejor.

Ya he comentado que los narradores en primera persona de Esquivias, siempre masculinos en este libro, suelen ser jóvenes y la asunción del funcionamiento del mundo de los adultos o las relaciones con sus padres suelen ser los ejes centrales de las temáticas. La mirada de Esquivias sobre estos personajes desorientados y frágiles suele ser la de la ternura. Una ternura elegante y contenida, que no cae nunca en lo cursi y que queda remarcada por un leve sentido del humor que imprime ligereza a sus páginas.

Un tanto desolador resulta el relato Pampanitos verdes, sobre un joven en segundo año de medicina, al que se le muere el hermano en un accidente de tráfico. Más divertido es Mail Pride Chicago 2008 sobre un joven atleta burgalés que trabaja en Madrid como cartero y del que sus superiores quieren que participe en una competición deportiva de carteros que tendrá lugar en Chicago. Aunque el cuento está ambientado en Chicago, su vocabulario castizo le hace profundamente español. Cuando el narrador llega a Chicago y le atiende en el aeropuerto una simpatiquísima policía, no duda en calificarla de “policía locatis”, una expresión que me ha hecho mucha gracia. Este recurso –la cita de expresiones particulares o frases hechas- se usa en el libro para remarcar la diferencia de edades entre los narradores y sus padres u otros personajes de las historias.

El dolor, donde un adulto evoca un episodio que le ocurrió de niño en un pueblo en el que vivía con su tía y donde cayó enfermo, es más que nada, al hablar de sexo entre adultos y niños, bastante perturbador.

El último, Viaje al centro de la Tierra, es el único que podría apartarse del realismo, aunque la visión onírica que tiene lugar en él podría achacarse a un sueño, quizás queda por esta ambigüedad un tanto desdibujado su alcance narrativo.

Me gustó mucho el penúltimo, titulado El centurión y ambientado en Roma, en el que se narra la relación entre dos hermanos, desde el punto de vista del pequeño. Un cuento original y poderoso.

El estilo literario de Óscar Esquivias sigue siendo en apariencia sencillo, pero esta sencillez es sólo aparente: el lenguaje es contenido y recorrido de vez en cuando por potentes imágenes.

Ya comenté aquí que me gustó mucho La marca de Creta, y quizás, habiendo leído antes este libro, Pampanitos verdes ya no me ha sorprendido tanto, porque ya sabía de lo que era capaz Óscar Esquivias, pero me parece que también es un gran libro de relatos y quizás más coherente que el anterior, puesto que aquí la diferencia entre los relatos que más me han gustado y los que menos ha sido menor que en el libro anterior.

Dentro de un rato empezaré con Andarás perdido por el mundo.

domingo, 27 de marzo de 2016

En cinco minutos levántate María, por Pablo Ramos

Editorial Malpaso. 161 páginas. 1ª edición de 2010; ésta es de 2016

Con la lectura de En cinco minutos levántate María acabo, hoy mismo, hace un rato tomando un café en una de las cafeterías de mi barrio, con la trilogía que el argentino Pablo Ramos (Buenos Aires, 1966) dedica a la familia Reyes, del barrio de Avellaneda.
Si en El origen de la tristeza el narrador era Gabriel, un niño de doce años, quien nos habla (ya adulto, el narrador está evocando) de su vida de niño de suburbio en 1978, y en La ley de la ferocidad es Gabriel Reyes, ya adulto, quien nos habla de cómo vivió los días correspondientes al velorio y el enterramiento de su padre, y de paso lleva a cabo un profundo ajuste de cuentas de la relación que tuvo con su progenitor, en En cinco minutos levántate María se recrea todo este mundo ficcional pero, ahora, desde una nueva y original perspectiva: desde el punto de vista de la madre.

María es la madre de Gabriel, igual que –claro- de Alejandro (el hermano mayor de Gabriel) y de Julia y Manuel, los hermanos pequeños. Además de ser la mujer de Ángel, el padre muerto en La ley de la ferocidad.

María se desvela en la noche, y aunque no le gusta estar despierta en la cama y se dice a sí misma que se da cinco minutos más antes de levantarse, desde la cama, en la oscuridad, empieza a mantener un intenso diálogo consigo misma, en el que repasa durante horas (o una gran suma de cinco minutos postergados) los acontecimientos clave de su vida familiar.
María tiene, en el día que narra, “sesenta y pico de años, cuatro hijos y cinco nietos.” (pág. 14). En ese momento Gabriel tiene treinta y cinco, y (para no revelar sorpresas) diré que el tiempo narrativo es próximo al evocado en La ley de la ferocidad y el padre (que duerme al lado de María) se encuentra cercano a su muerte.

María habla consigo misma en la oscuridad de su cuarto sin ventanas (como ya sabíamos los lectores de Ramos por los otros libros que completan la historia de esta familia), iluminado de vez en cuando por la presencia de una luciérnaga, que será invocada y recordada durante bastantes páginas de este libro (sobre todo al final de los capítulos) con el nombre de luciérnaga-hada.

El tono de este nuevo libro ha cambiado bastante respecto al anterior: si la voz narrativa de La ley de la ferocidad era desgarrada, poderosa y violenta, la voz narrativa de María es mucho más tierna y de una poesía que a veces puede bordear lo cursi (como esa invocación que ya he comentado a la “luciérnaga-hada”, por ejemplo), pero que en realidad se acaba revelando como la de una mujer fuerte y luchadora; una mujer que decidió dejar de llamar “mi marido” al hombre que duerme a su lado y lo cambió por “este hombre” el primer y último día que “este hombre” le puso la mano encima para darle una cachetada. “Porque para él si vas a un psicólogo estás loca, si vas a un ginecólogo varón sos puta, y no sé los miles y miles de prejuicios con que la madre, la santa madre que tenía, le habrá rellenado la cabeza. Conozco muchos de los prejuicios de este hombre pero estoy segura de que ni por asomo los conozco todos.” (pág. 132)

“Desde que me casé que no me acuerdo ni de quién soy. Crío hijos, cocino, lavo, y no hago eso porque tengo miedo de quedar embarazada nomás de hacerlo”, le confiesa María a su primo en una conversación que se evoca en la página 124. María, como mujer de su generación, sometida en gran medida a los mandatos de un hombre autoritario y machista, en más de un momento de su vida se ha llegado a sentir una sombra, alguien anulada, alguien que arrastraba un dolor tan grande que ha querido desaparecer. En este sentido, se recrea aquí, desde el punto de vista de la madre, un episodio que el lector de El origen de la tristeza ya conoce, narrado por Gabriel: el intento de suicidio de María mediante la ingesta de pastillas.

No es éste el único episodio de los otros libros que se vuelve a narra en este tercero desde otro punto de vista; en este sentido destacaría la narración del día en que Gabriel se pierde en la playa, contado ya, desde el punto de vista de este último, en La ley de la ferocidad.

Pero también es mucha la información nueva sobre la familia Reyes que el lector recibe en este tercer libro: en este sentido destacaría las historias del tío Héctor o de la bisabuela gallega de María. O la creación de algún personaje memorable como el niño Pablo que María conoce en el hospital cuando tienen que ingresar a su hijo menor, Manuel. Y también vuelven a aparecer aquí viejos amigos de la familia y del lector, como el trabajador del cementerio Rolando o el vecino homosexual Fernando.

María es una mujer creyente que evoca a Dios, pero que a veces también duda de su fe. Nos habla de sus hijos, pero el discurso hace especial hincapié en la relación que mantiene con Gabriel, quien sabe que ha sido el más propenso a sufrir por la relación con el padre. María sueña con seguir tratando de crear un puente de comprensión que parece imposible entre padre e hijo.

“¿Por qué nacemos predestinados a perseguir una felicidad que vive siempre donde nosotros no estamos”, se pregunta María en la página 44, y este discurso pesimista a veces entronca con el de Gabriel en el segundo libro, pero ya he apuntando anteriormente que a pesar de que María se lamenta de no haber podido vivir más su vida (no ha podido viajar a España, por ejemplo, con lo que soñaba) como le hubiera gustado, y ha tenido que asumir el rol de madre y esposa, el tono de esta novela es muy distinto al de la anterior. María no es un pozo sin fondo de dolor, María es una mujer que ha aprendido a estar conforme con su vida a pesar de los sinsabores del pasado.

La voz narrativa de María me ha parecido muy creíble, una construcción notable tras la la feroz creación del narrador del libro anterior. Creo que En cinco minutos levántate María ha sido un cierre original y brillante para estar trilogía. Aunque digo cierre y dudo de mis palabras, imagino que es posible que Pablo Ramos vuelva a hablarnos de esta familia Reyes y de su alterego Gabriel.

He tardado doce días en leer las 648 páginas de estos tres libros. Han sido doce días intensos, dedicados a una apuesta narrativa de voltaje potente, con páginas tiernas y evocadoras, pero también con otras terribles y desgarradas. Todo un mundo narrativo consistente ha sido levantado ante mí y creo que estos libros se merecerían en España una suerte superior a la que me parece que están teniendo.

Esperemos que la editorial Malpaso se anime y nos acerque los dos libros de relatos que el autor tiene publicados en Argentina.

Si pinchas AQUÍ puedes leer una entrevista que le hago al autor.

jueves, 24 de marzo de 2016

Entrevista a Pablo Ramos, autor de La ley de la ferocidad

Pablo Ramos (Buenos Aires, 1966) es autor de la trilogía de novelas El origen de la tristeza (2004), La ley de la ferocidad (2007) y En cinco minutos levántate María (2010).
Su obra ha sido traducida al francés, el portugués, el ruso y el alemán.
Estas tres novelas han sido publicadas en España por la editorial Malpaso.





Entrevista a Pablo Ramos

En la contraportada de las tres novelas que has publicado en España con el sello Malpaso se citan los títulos de tus novelas y libros de cuentos, pero, aunque se dice ahí que también eres poeta no se cita el título de ninguno de tus libros de poesía. ¿Qué relación tienes, por ejemplo, con tu poemario de 1997 Lo pasado pisado? ¿Se ha vuelto a reeditar? ¿Tienes más poemarios publicados?

Creo que soy un poeta ocasional, y ese libro no lo reedito porque es realmente malo.
Ahora, pongo mi ser poeta al servicio de las canciones que compongo. Las mías, las de Gabo Ferro, por ejemplo, y las de algunos otros músicos que me lo solicitan, sin embargo de vez en cuando escribo algún que otro poema.


Serías tan amable de dejarnos a continuación uno de tus poemas, aquel (o aquellos) que consideres más significativo dentro de tu propuesta.

Te dejo uno que no tiene música, que es la poesía tal cual la puedo escribir hoy:

perros rabiosos
estoy por salir
voy a un encuentro o a un congreso, 
y suena el teléfono:
─¿Ramos?
─si
─es por los talleres
─claro
─¿me leíste? 
─un poco:
nada
es una de las tantas veces que termina 
en entrevista
lo de siempre: que escribe
que a su jefe, a sus
amigos
a su maestras y a sus novios (es mujer: casi siempre son mujeres)
les gusta mucho lo que ella 
escribe
yo le digo que está bien
que son $130 por mes 
(estamos en enero de 2008)
una vez por
semana
dos horas y media
todas, la primera vez, vienen acompañadas
jóvenes y lindas a veces
alegres y tan perfumadas que imaginen
las adoro
algunos novios esperan
celosos
en el hall
lógico, las tranquilizo
es la primera vez,
la casa de un hombre solo
empezamos y yo no sé qué decir
silencio de minutos
ellas sacan la libretita y una lapicera de pluma
retráctil
una verdadera novedad
(si no las quisiera tanto)

yo hablo, de golpe hablo y hablo y hablo
ellas anotan
no me escuchan, sólo anotan
intentan pescar el secreto
yo soy sincero, a veces
soy brutal
les digo como mínimo 
tres cosas:
1. hago esto por dinero
2. no sé enseñar nada
3. no escribo desde la sapiencia de nada
se van y supongo que 
piensan
que deben pensar que soy
un amarrete
que me guardo ese secreto que no pudieron anotar: 
el éxito
el éxito es que me hayan publicado
pasármela sin un mango la mayor parte del
tiempo
no ven que es una enfermedad
el mes pasado no pude pagar la luz 
(y eso que trampeo el medidor)
la cuota de mis hijos
4 gatos llenos de pulgas porque el power vale $6
que por 4 da $24 
(recuerden: estamos en enero del 2008)
igual que a ellas
supongo: a mí me pasa lo que le pasa a todos
con el agregado de que si estoy
escribiendo una novela estoy
irascible
soy insoportable cuando
escribo
vuelvo al viaje, 
estoy con mi mujer en un micro
vamos a
San Juan
me gusta San Juan
o adonde sea que vamos
pero supongamos San Juan porque a mí me gusta mucho
ella me dice:
te aburre la tele, te aburre
el cine, te aburre bailar, te aburre
la música para bailar, nada te gusta Pablo
me dice: no sé, a cualquier pendejo le valoras cualquier cosa
lo tratás con respeto
¿pensás que soy una hueca?
y yo que no
que no es eso mi amor
y no es eso: estoy escribiendo 
creo que 
esta vez no me va a salir
me la agarro con los que más quiero
si yo la adoro
le digo: te adoro, te valoro tanto
ella se da vuelta en el asiento y se
duerme
yo me recuesto del lado derecho
por el hígado,
no para darle la espalda
pienso: va a pensar que le doy la espalda
al rato ella me sacude,
quiere ir al baño y yo estoy del lado del pasillo
quiere mear, llevamos diez horas 
en ese micro
sonrío y corro las piernas
ella va y vuelve, serena
(después de una meada siempre se le pasa todo)
se duerme pero esta vez me toma de la mano
y yo estoy por llorar
no me duermo y pienso, pienso kilómetro tras
kilómetro 
ojalá que ella no me deje
ojalá que el chofer no se duerma
rezo
yo a veces rezo, se me va el miedo que tengo
el miedo que me metieron a los golpes
cuando me golpearon
y pido por mis alumnas también,
y por la gente que me da sus manuscritos
tanta confianza, 
tanta esperanza repartida como un volante de comidas
¿qué es lo que buscan?
¿no ven?
no tengo nada de magia
lo hago por el dinero
¿no ven?, por Cristo
que la soledad, el desamor, la angustia y el miedo
son perros rabiosos que a mí también
todavía, 
me siguen mordiendo




El origen de la tristeza me ha parecido una primera novela muy redonda, escrita por alguien que tiene pocos titubeos, y su estructura –dividida en tres partes- me hace pensar en una amplia formación en la escritura de relatos. ¿Esto es realmente así? ¿Habías escrito muchos relatos antes de escribir esta novela? ¿O hubo otros borradores de novelas previos?

Claro, en mi libro de cuentos Cuando lo peor haya pasado, que ganó el premio Casa de las Américas, fue escrito antes que la novela. Se publicó después por una cuestión de estrategia editorial.
Por supuesto es una novela más redonda y los cuentos son más perfectos, en el sentido estricto de la palabra, porque aún creía en la mecánica de relojería de la escritura. Creo que luego entendí que puedo permitirme cierto barroquismo, ensuciar un poco más la cancha y encontrar cosas que trastoquen la forma clásica y se conviertan en una forma más personal. En El camino de la luna, mi último libro de relatos, el cuento La fría oscuridad del universo, que es por lejos lo mejor que escribí en mi vida, es una muestra de la evolución de la que hablo y de la forma que busco. Me refiero al lenguaje como la frontera exterior de la forma literaria, como la consecuencia de la estructura que es a la vez la consecuencia del personaje.


¿Es cierto que sigues escribiendo una primera versión de tus libros en una máquina de escribir en vez de hacerlo en ordenador? ¿Y es cierto, también, que usas una máquina de escribir nueva para cada nuevo libro?

Es cierto, hasta que una reciente tendinitis me está obligando a buscar un nuevo hábito. Pero la máquina de escribir es el camino más corto que yo conozco a un texto definitivo, ya que obliga a partir en el pasaje a computadora de un documento en blanco. Y por supuesto siempre uso una maquina nueva, porque no podría pensar en el nuevo personaje tocando la misma máquina.





Me sorprendió la rabia aniquiladora que transmite tu personaje Gabriel Reyes en La ley de la ferocidad, ¿es un sentimiento que te resulta familiar?

San Agustín dijo que odiar es como beber veneno, y esperar a que el otro se muera. La ira sirve para tapar la angustia. Gabriel no puede más de guardar palabras pero tampoco no puede más de las palabras. Hay un momento que dice «Amar es lo mismo que odiar, es insoportable», también dice: “Pensé que un suicida es aquel que ha perdido por completo su instinto de supervivencia. Un borracho, un drogadicto, es casi lo mismo que un suicida, solamente que un resabio de ese instinto todavía perdura en su alma. Los tres habitan el infierno: la conciencia implacable de que existir es un don inútil.»


Si Gabriel Reyes es un trasunto de ti mismo, ¿el lector puede pensar que la relación con tu padre ha sido tan mala como la que queda reflejada en ese libro?

La relación con mi padre ha sido tan mala que tuve que escribir el libro, el lector no imagina ni por asomo lo malo que es amar tanto a un hombre que pareció haberse olvidado de que tan solo tenía que mirarme.


Hubo un comentario que me llamó la atención en La ley de la ferocidad: Gabriel Reyes usa el apellido español de su madre y ha renunciado al italiano de su padre. ¿Ramos no es tu primer apellido, tienes uno italiano?

Sí, mi padre era de origen siciliano, pero Ramos es mi primer apellido. A veces pienso que soy el fruto de una ilusión que tuvo mi madre. Lo que sí sé es que absolutamente todo se lo debo a ella. Ella amaba España, sus poetas, su música desde el flamenco hasta una jota. Desde Hernández hasta Alberti o Rosalía de Castro. «Vos sos un Ramos», decía mi madre y yo siempre me imaginé el cielo de Galicia, que mi madre no conoció, pero sin embargo tan bien me describía cuando era niño. Una vez mi madre me dijo que había que leer un poema por día, que leer un libro de poemas en un día no era leer. Su biblioteca era pequeña, la Biblia, La casa de Bernarda Alba, una antología de poetas españoles y otra Biblia Poeta en Nueva York de Lorca. Con el tiempo entendí que lo más parecido a rezar si uno perdió a dios es leer un poema por día, dos poemas seguidos es negar que al igual que la música vive en los silencios la poesía se escribe con palabras pero habita cuando ellas al fin se han terminado.  


En La ley de la ferocidad, Gabriel Reyes ya no frecuenta el barrio de Avellaneda donde creció al igual que tú mismo, ¿qué relación tienes en la actualidad con tu barrio?

Una relación rara, ser escritor es casi ser un desclasado, es peor que ser millonario, es peor que ser un traidor; sin embargo la gente se fascina con haber parido un escritor en un barrio tan pobre. Alguien que no terminó los estudios primarios y al que las hijas de alguna vecina estudian en la facultad.


En alguna entrevista he leído que estuviste en la cárcel, y te lo he oído contar a ti mismo en algún vídeo de Youtube. ¿No supone un problema para ti hablar de esto? ¿Por qué ocurrió aquello?

No supone ningún problema y lo cuento porque me veo frente a una obligación moral, una obligación de clase. Casi todos los chicos pobres en cualquier lugar del mundo van a la cárcel o mueren por cosas que a los ricos ni siquiera les supone un cargo de conciencia. Estuve preso por falsificar tarjetas de crédito, pero cuando a los 9 años mi hermano y yo trabajábamos bobinando motores de barco para una importante empresa de una familia patricia, y como éramos chicos nos pagaban la mitad del sueldo a cada uno, ninguno de esa empresa fue preso.


¿Empezaste a publicar tus novelas y relatos en Alfagura Argentina o hubo otras editoriales antes?

Siempre fue Alfaguara Argentina.


Siendo un autor traducido a varios idiomas y con unas obras tan potentes, ¿por qué piensas que Alfaguara no se ha decidido a lanzarte en España?

Porque los editores dejaron de ser editores y responden a la decisión que toma un contador. Las editoriales venden bestsellers pero publican verdaderos autores para mantener determinado prestigio. No soy un escritor fácil de digerir y si bien la responsable de Alfaguara quería publicarme alguien por encima de ella decidió no hacerlo. Es una gran suerte para mí ya que tuve el honor, el placer y la alegría de toparme Malcolm Barral alguien que cree en mí, que se enorgullece de haberme publicado.


¿Estás contento con la acogida que han tenido tus libros en España publicados por Malpaso?

Estoy contento con haber salido en España, por haber llevado el apellido de mi madre de vuelta a España, un lugar que para ella es de honor. Un Ramos escribe, el hijo de mi madre escribe; me gusta más pensarlo así que de otra manera. 


Hace unas semanas entrevisté al joven escritor argentino Tomás Sánchez Belloccio y le preguntaba si considera que en vuestro país podía seguir vigente la polémica entre Boedo y Florida. Él me decía que consideraba que esa era ya una discusión irrelevante y anacrónica. Tú abres El origen de la tristeza con una cita de Roberto Arlt y algún crítico te ha nombrado su heredero, ¿para ti también es ya irrelevante la polémica entre Boedo y Florida?

Creo que nunca fue relevante, creo que la única polémica relevante es hoy la polémica que inauguró Sartre hace mucho tiempo sobre si existe o no una moral del lenguaje, si podemos pensar que la literatura puede tener peso frente a un niño que se muere de hambre. Para qué sirve la literatura de Sartre es la única polémica válida para mí.


Te he escuchado en alguna entrevista que no soportas las obras de autores como Alan Pauls o César Aira. ¿Alguno de los dos te parece más salvable que el otro?

César Aira, por lo menos es auténtico y no representa marcas de ropa. Ni tiene un compromiso explícito con el canon hegemónico. Pauls dijo, frente a la entrega de un premio Konex (premio que a la larga recibe todo el mundo): «Si pusieran una bomba acá se termina la literatura argentina, ya que los que no están acá (los premiados por esta institución) no saben escribir».
Eso es la definición de un pelotudo, pero hay algo mucho peor, es la definición de un obsecuente. No me interesan las personas pelotudas, mucho menos las obsecuentes, y por supuesto que lo que escriben es pelotudo y obsecuente. Lean el principio de Historia del pelo. ¡POR DIOS! Qué imbecilidad.


¿Qué opinas de la obra de Jorge Luis Borges?

Es inopinable. Luego de Kafka es uno de los escritores más importantes de la historia de la literatura universal.


A la hora de convertirte en un narrador argentino, con una tradición tan rica, ¿te has fijado en la propia historia literaria de tu país o te han influido autores como Charles Bukowski o John Fante, con los que siento tu obra emparentada?

Totalmente, Fante mucho más. Y Cheever y Carver, Salinger, Samuel Becket, Donleavy, Auter, etc. etc. etc.
Cientos de escritores han influido en mí.
Y de mi país, todos: Constantini, Conti, Puig, Blaisnten, Castillo, Heker, Arlt, Borges, Di Benedetto, etc. etc. etc.


Tu prosa airada y en ocasiones poética me ha recordado también a la del autor cubano Pedro Juan Gutiérrez. ¿Le has leído? ¿Qué opinas de él?

Él es extraordinario, durísimo, tiene una enorme virtud que trato de imitarle siempre, de cualquier problema sale narrando. Eso es escribir para mí.


Sé que ejerces de profesor de taller literario, ¿cuáles suelen ser tus consejos más repetidos para los jóvenes escritores?

1-Un escritor escribe en contra de su facilidad, no a favor de ella.
2- Ahí donde fracasa el que escribe, vive la novela.
Las conclusiones se las dejos a ustedes.


¿Qué tal te va con tu banda de Rock Analfabetos? ¿Por qué ese nombre?

Por esta broma de la vida, de no haber terminado ningún estudio y de que hoy me estudien en la universidad de BS AS a mí. Je, je.
Una hermosa paradoja, ¿no?
Soy el analfabeto del alma, ya que escribo porque las palabras no me pertenecieron nunca, y quiero apropiarme de ellas.




El último de tus libros que he leído es En cinco minutos levántate María. Háblanos de este libro, ¿en qué momento se te ocurrió regresar a la familia Reyes desde el punto de vista de la madre de Gabriel?

Tengo un proyecto literario claro. En este momento tengo un libro de poemas terminado, uno de relatos y tres novelas a más de la mitad. Ya fuera de los Reyes. Estoy completamente metido en un enorme proyecto que terminará cuando me muera, y seguro incompleto. No existe ningún paso sin calcular.
Este año editaré un libro de crónicas sobre adictos, Hasta que puedas quererte solo es el título. Para terminar también con el tema del alcohol y la cocaína, y salir de todo esto en busca del tema que me importa: Dios, y el destino del hombre.


¿Tienes planificado escribir más libros sobre la familia Reyes, que la trilogía que has escrito por ahora, formada por El origen de la tristeza, La ley de la ferocidad y En cinco minutos levántate María, deje de ser una trilogía?

Tal vez falte el libro desde la voz de mi padre. No sé si tengo las pelotas para escribirlo.


¿Vamos a ver tus libros de relatos publicados en España? ¿Los editará aquí Malpaso? ¿Los libros de relatos que tienes publicados también nos remiten al universo de tus novelas y hablas en ellos de Gabriel Reyes?

Me editará Malpaso hasta que me gane el Alfaguara, es un premio que buscó La ley de la ferocidad y que perdió frente a una novela llamada Mira si yo te querré, una verdadera bosta literaria. Este año presento una novela sobre mi experiencia con los nazis en Berlín, una novela satírica, que no puede perder.


Creo que admiras al escritor argentino Abelardo Castillo. Para alguien que no lo ha leído ¿por dónde le recomendarías empezar?

El que tiene sed, la gran novela sobre el alcohol. Junto con Bajo el Volcán, de Lowry.


Muchas gracias, Pablo Ramos.
Si quieres leer las reseñas que he escrito de sus libros sólo tienes que pinchar en la etiqueta "Pablo Ramos", que aparece abajo.

domingo, 20 de marzo de 2016

La ley de la ferocidad, por Pablo Ramos

Editorial Malpaso. 319 páginas. 1ª edición de 2007; ésta es de 2015

Ya comenté la semana pasada que José Montfort, el encargado de prensa de Malpaso me envió a casa los tres libros que han publicado de Pablo Ramos (Buenos Aires, 1966) y que mi intención era leerlos seguidos, puesto que forman una suerte de trilogía.

Si en El origen de la tristeza el narrador era un Gabriel que evocaba su niñez en el barrio bonaerense de Avellaneda a finales de la década de 1970, en esta nueva novela nos encontramos con un Gabriel adulto que va a escribir sobre la muerte de su padre.

La ley de la ferocidad entre otras cosas es una novela metaliteraria, puesto que en ella se habla de la propia condición de la escritura: Gabriel Reyes decide sentarse ante una máquina de escribir (curiosamente no ante un ordenador) y recrear un suceso trágico de su vida que tuvo lugar cinco años antes: la muerte de su padre. “Cinco años separan al hombre que voy a ser del hombre que soy ahora en el pasado, pero sin embargo los dos ya convergen en una mixtura inestable. Una unión de partes que no llega a ser la esencia de un nuevo todo. El hombre que lo vive no es el hombre que lo escribe, pero va a comenzar a transformarse en él cuando decida escribir. Por el hecho de escribir. Yo soy el hombre que escribe.” (pág. 10)

Si el tono de El origen de la tristeza era evocador y había en él más ternura que rabia, el tono en el que está escrito La ley de la ferocidad es bien distinto: la voz narrativa del Gabriel adulto se ha vuelto más hosca, más violenta, y en cierto modo concibe lo escrito como una expiación por aquello que le hace sentir culpable: “Sería un hombre que intenta aplastar a pura palabra el descomunal malestar que lo consume (…) un hombre que ha dejado a su paso más daños que un huracán.” (pág. 10)

La ley de la ferocidad es sobre todo una diatriba contra el padre, un intento de acercamiento a la que para el narrador resulta una figura terrible, aplastadora. Gabriel Reyes se ha convertido en un hombre de éxito económico: es dueño –junto a un socio, Gastón- de una empresa de construcción que le hace ingresar unos 20.000 dólares al mes. Gabriel se ha convertido en ese hombre de éxito económico para ser más que su padre, para que su padre no pueda considerar que es un «tarado». Además es alguien que escribe. Pero el éxito económico no trae en ningún caso la felicidad a Gabriel, que derrocha su dinero y su vida en alcohol, putas y drogas hasta llegar a la sobredosis.


Cuando Gabriel recibe la noticia de la muerte de su padre lleva más de un año sin probar el alcohol y las drogas. Vuelve desde el centro de Buenos Aires a su barrio de Avellaneda para arreglar el velorio y el entierro con la funeraria de Traum. Ha de llegar un familiar de Italia y el velorio va a ser largo: dos noches y tres días. En este periodo de tiempo, Gabriel va a reencontrarse con su barrio y de nuevo va sucumbir al fuego que lleva en su interior: otra vez va a volver al alcohol, las drogas y las putas. “Cinco años después, en el ahora que escribo, pienso que la ferocidad debe ser un destino genético, una especie de karma biológico, una venérea que condicionó mi vida y mis actos de la misma manera que condicionó la vida y los actos de mi padre, y del padre de mi padre, y de todos los portadores de testículos volcánicos de la isla que nos antecedieron.” (pág. 43-44)

Es cierto que en esta novela nos volvemos a encontrar con personajes que el lector de El origen de la tristeza ya conocía: Alejandro, el hermano mayor de Gabriel (aunque debido a su posición económica sea este último el que parece haber tomado el rol de hermano mayo en la familia), los padres de Gabriel, y Rolando, el enterrador de la primera parte de El origen de la tristeza. Quizás estaba echando de menos a algunos de los amigos de la pandilla del Gabriel niño, que en algún momento  aparecerán en este relato, por ejemplo, así ocurre con Percha, y se nombrará a Marisa o el Tumbeta. Pero el lector comprenderá que Gabriel se ha apartado de su viejo barrio de Avellaneda: “Yo no pertenezco más a este barrio, tampoco a los viejos amigos. Pude salir de lo que ellos no pudieron salir y esto también tiene un precio.” (pág. 279)

En algunos momentos la rabia y el desasosiego sin fondo de Gabriel me han recordado a los de Charles Bukowski y también a los de Pedro Juan Gutiérrez. En los tres casos nos encontramos con narradores refinados, que saben apreciar el arte y la cultura (aunque en ocasiones parecen renegar de ellos), pero su mirada sobre el mundo no deja de ser pesimista y negativa; son narradores que no pueden soportar el mundo y necesitan evadirse de él mediante el sexo, el alcohol o las drogas.
En algunas ocasiones, la rabio (o la ferocidad) de Gabriel parece casi, dentro de la narración, un recurso expresionista. Así trata de describirla en la página 172: “Poco a poco, en mis opiniones, se va filtrando esa gotera ácida del alma, ese designio ancestral del odio, de la no aceptación de los demás sino como enemigos, como la posible competencia a la cual tengo que eliminar. Si hay hombres y hay mujeres el deseo de eliminar la competencia sexual es irrefrenable, asesinaría a sangre fría para ser el único y, luego, cuando lograra ser el único, poseería a las mujeres de manera que no quede ninguna duda de que el único que tiene derecho soy yo, que mi supremacía implica el monopolio de la conversación, del goce, de la satisfacción que nunca llega, porque la simple idea del otro no puede ni siquiera existir en la enfermedad de mi alma, en la enfermedad desatada de mi alma.” (172)
Hay momentos en este libro en los que la voz narrativa de Gabriel llega a ser odiosa (el episodio en el que envenena palomas para verlas caer del cielo es realmente brutal y desolador, y también eléctrico y perturbador), pero uno siempre quiere seguir leyendo, porque La ley de la ferocidad acaba siendo un Viaje al fin de la noche moderno, una expiación existencialista del dolor de la vida por la vía de la abyección primero y después por la vía de la escritura. Me ha llamado la atención la de veces que aparece en esta novela el sustantivo “alma”: “alma podrida”, “alma rota”, “alma sin fondo”, que de nuevo me hacía pensar en el concepto de expiación.


Los momentos más intensos del texto (la narración de las noches y los días del velorio) quedan atemperados por diversos saltos narrativos, como, por ejemplo, la evocación de unos días de playa en la infancia en los que Gabriel se acaba escapando del camping en el que está alojado, porque no quiere ver discutir más a sus padres o la historia del abuelo que llegó de Sicilia a Argentina.

La novela, como ya he apuntado, acaba siendo perturbadora, brutal pero también emocionante. El estilo literario es más contundente que el de El origen de la tristeza, ya que en esta segunda novela se describen más, y con más intensidad, los paisajes interiores que los exteriores. En muchos casos, para mostrar su desgarro el pulso narrativo se vuelve quebrado, eléctrico, expresado en frases muy cortas; por ejemplo leemos en la página 111: “Tan fea que dan ganas de pegarle. Toco timbre. La vieja me mira. Distante. Ojos de sueño, ojeras.”

En resumen, y como ya se ha podido desprender de mis palabras: La ley de la ferocidad es un libro intenso, a veces desagradable en su viaje a la enfermedad del alma del protagonista, pero también poético, desgarrado, frenético, perturbador, capaz de voltear a cada capítulo las expectativas del lector.

Ya estoy con la tercera parte de esta trilogía, y el conjunto me está pareciendo realmente destacable dentro de la nueva narrativa en español. Decía el gran escritor argentino Rodolfo Fogwill: «La ley de la ferocidad me parece una obra maestra.», y creo que está bien que yo recoja aquí este testimonio.

Si pinchas AQUÍ puedes leer una entrevista que le hago al autor.