domingo, 6 de marzo de 2016

Familias de cereal, por Tomás Sánchez Bellocchio

Editorial Candaya. 190 páginas. 1ª edición de 2015

En más de una ocasión, los editores de CandayaPaco y Olga- me han mandado sus libros para que yo los comente en el blog; así que habíamos conversado a través de internet, pero nunca nos habíamos visto en persona hasta el diciembre pasado, cuando vinieron a Madrid para la presentación de Familias de cereal, la primera obra de Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981). La presentación fue el sábado 12 de diciembre en la librería La Buena Vida, por la que hacía tiempo que no pasaba (desde la última vez que estuve allí se habían mudado a la acera de enfrente de la calle de Vergara). Paco y Olga estuvieron mandando emails a sus contactos de Madrid porque sentían “miedo a la librería vacía”. La verdad es que aquello me pareció muy simpático y me apeteció pasarme para saludarles. Me ofrecieron también el envío del libro, pero ya que iba a La Buena Vida, donde sabía que vendían mi novela Los insignes, me apeteció comprarlo y poder así apoyarles.

Lo cierto que en La Buena Vida aquel sábado acudieron muchas personas y ese “miedo a la librería vacía” resultó infundado. La presentación corrió a cargo de Juan Carlos Márquez, y resultó bastante amena.

Me he puesto con Familias de cereal en febrero de 2016. El debut narrativo de Sánchez Bellocchio es un libro compuesto por doce relatos, escritos durante un periodo largo de su vida, como explicó el autor en la presentación.

El primer relato se titula precisamente Familias de cereal, y me acerqué a él pensando que debía estar escrito con un fuerte componente autobiográfico, ya que el narrador evoca un momento de su vida –los trece años- en el que recibe de sus padres el regalo de una videocámara y se obsesiona con convertirse en publicista, que es la profesión de Sánchez Bellocchio en la vida real. Por supuesto, mi suposición (basada en los intereses de narrador y autor) no deja de ser subjetiva. Nos encontramos aquí con uno de los relatos más largos del conjunto (26 páginas), que comienza con pulso firme: el niño de trece años analiza los anuncios que ve, crea los suyos propios con sus vecinos, asiste a las cada vez más frecuentes peleas de sus padres… y en un momento dado empieza a grabarlos y estos se comportan de modo extraño ante la cámara. Cuando años después le relate aquellos sucesos a un psicólogo, éste reaccionará así: “En una sesión, mi psicólogo usó dos veces la palabra inverosímil.” (pág. 30). Considero que en esta mirada del psicólogo sobre lo contado se encuentra una de las claves del relato y en general podría guardar la clave poética para interpretar los cuentos escritos por Sánchez Bellocchio para componer este libro. El escritor Jorge Carrión apunta en una cita de la contraportada que Sánchez Bellocchio “pertenece por méritos propios a la tradición del gran cuento realista contemporáneo del Río de la Plata.”, y entre los escritores que considera inscritos en esta línea realista cita a Samanta Schweblin, de la que comenté, el año pasado, su libro Pájaros en la boca. Cuando leí este libro no me pareció que Schweblin fuese una escritora realista, sino que de forma sutil jugaba con los límites entre el cuento fantástico y el realista, creando un territorio lleno de extrañeza. En un contexto realista, los personajes a veces se comportaban de modo inverosímil, y aquí precisamente, en ese territorio lleno de extrañeza es donde Sánchez Bellocchio ha decidido moverse. Antonio Jiménez Morato, en el prólogo de La hora de los monos de Federico Falco, otro gran libro de relatos de la nueva generación de escritores argentinos, apuntaba en la misma dirección. Escribe en este prólogo Jiménez Morato, hablando de la posible filiación de Falco con el realismo: “Hay algo en estos textos que late bajo esa aparente reproducción de lo real, algo que subyace bajo la tersa superficie del relato que obliga a cuestionarse esa idea de que se trata de un cuento cómodamente realista.” Creo que esto es lo que puede ocurrir al leer los cuentos de Sánchez Bellocchio, que, dentro de una construcción de apariencia realista, está jugando con el concepto de verosimilitud, y la lógica que siguen sus personajes es, en muchos casos, una lógica que marca el propio texto. Y esta diferencia entre el realismo costumbrista y este nuevo realismo, que puede ser tomado por una nueva evolución del cuento fantástico, me parece muy interesante y significativa en este caso.

Así que terminé Familias de cereal (en cuento, no el libro) un tanto desconcentrado por la propuesta. El segundo cuento Historia de la caca es uno de los más cortos y de los más flojos del conjunto. Como en el anterior, asistimos aquí a los miedos de un adolescente frente al mundo. Los adolescentes son en gran parte los protagonistas de estas historias de aprendizaje y extrañeza ante el mundo.
El tercero, Animales del imperio, parece un homenaje a Borges, o a Bolaño tras leer a Borges. En él se reproducen las páginas del diario de un padre muerto, leídas por sus hijos. Unas páginas repletas de locuras y pequeñas narraciones de corte fantástico. Este cuento me gusta bastante más que el anterior.

Familias de cereal empieza a conquistarme de forma real a partir del cuarto cuento, Disco rígido. En él, un técnico de computadoras de diecisiete años visita la casa de unos vecinos: el padre quiere que le revise el ordenador de su hijo muerto, un ordenador en el que se pasa las horas rastreando los lugares de internet que visitó su hijo. Este cuento tiene una base más realista que otros del conjunto, y su sutil melancolía me ha recordado a Chéjov, o a Carver (el Chéjov norteamericano).

El siguiente, Interrupción del servicio, me ha gustado mucho también. En él, una madre y un hijo van a visitar la casa de su empleada doméstica de la que no saben nada desde hace días. Aquí de nuevo, asistimos a una sutil ruptura con la verosimilitud narrativa y con el concepto de realismo puro.

Hacedor de dinero, es junto con Historia de la caca, el otro de los dos cuentos que me ha gustado menos. Es un relato muy estático, con una persona adinerada que reflexiona sobre su vida en su lecho de muerte. Teniendo en cuenta la madurez y sutileza de otras historias que se recogen en este libro, diría que es uno de los cuentos más antiguos (o más inmaduros) de los que aquí se muestran.

El siguiente, sin embargo, Cuatro lunas, sobre los esfuerzos de una familia de gordos por adelgazar me ha parecido muy bueno. Muy significativo también dentro del conjunto: a Sánchez Bellocchio le interesan las relaciones que se establecen dentro de la familia –en muchos casos, desde el punto de vista de los hijos adolescentes- y son las suyas unas narraciones de interiores: de dormitorios, comedores, baños… La ciudad de Buenos Aires es nombrada en algún relato, pero no aparecer aquí el reflejo costumbrista de lo que ocurre en sus calles o barrios. Los exteriores no parecen ser de interés como objeto narrado en esta literatura de familias con relaciones enfermizas, donde la enfermedad o la vejez cobran, en muchos casos, fuerza de símbolos.

Mitad de un hermano, sobre la relación entre dos medio hermanos que se sacan bastantes años, es un cuento hermoso y cruel.

Fidelidad de los perros me ha gustado, pero su final me parece en exceso melodramático.

Ciudad de cartón sobre un chico que recoge cartones en la calle, invitado por una familia del barrio donde está trabajando a cenar no acaba de ser un cuento realista y me gusta por la sutil fantasía que crea. Y si éste no es un cuento realista menos lo es La chica del norte, donde uno de sus personajes lleva a una chica atada con una correa, un cuento que se adentra ya en el expresionismo.

La nube y las muertas, con 32 páginas es el cuento más largo del libro y también mi favorito. Un adolescente apático empieza a ganar algo de dinero enseñando a su abuela y sus amigas octogenarias cómo funciona internet. En este cuento se usa algún elemento de la política argentina, ya que las historias de las octogenarias nos acaban llevando hasta la época de la revolución Libertadora, que acabo con el gobierno de Perón. Aquí, con su número mayor de páginas, el autor se sirve de algún elemento constructivo de los que hasta ahora había prescindido, como dar un peso narrativo o simbólico a la lluvia que cae sobre la ciudad. Si en los otros cuentos, el lenguaje era preciso y rítmico, aquí se vuelve algo más poético y evocador. Y quizás, aunque Sánchez Bellocchio apuntó en la presentación del libro que no le gustan las novelas con muchas digresiones, La nube y las muertes sí que apunte a la posibilidad de escribir novelas en el futuro.


En resumen, Tomás Sánchez Bellocchio se suma con fuerza, gracias a Familias de cereal, a la nueva generación de cuentistas argentinos, como Samantha Schweblin o Federico Falco, ya que ha escrito un conjunto de relatos convincentes, con algunos de ellos realmente destacables, y explorando ese territorio híbrido entre el realismo y el cuento fantástico que juega a romper los límites de la verosimilitud narrativa.


En una entrevista reciente le preguntaban al cuentista español Óscar Esquivias por un autor que acabase de descubrir y contestó lo siguiente: «Tomás Sánchez Beollocchio. Su primer libro, Familias de cereal (Candaya, 2015) me ha encantado. Alguno de sus cuentos me habría gustado escribirlo yo.» Que un cuentista tan destacado como Esquivias diga esto de Familias de cereal me parece altamente significativo.

Pinchando AQUÍ puedes leer una entrevista que le hecho a Tomás Sánchez Bellocchio.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Entrevista a Marta Caparrós, autora de Filtraciones

Marta Caparrós (Madrid, 1984) ha publicado a finales de 2015 Filtraciones, un conjunto de cuatro novelas cortas que, con el contexto de la crisis económica de fondo, nos habla de personajes que empiezan a ser treintañeros y no parecen tener muchas expectativas de que el futuro vaya a sonreírles.
Puedes leer la reseña que escribí de Filtraciones pinchando AQUÍ.




Entrevista

Después de la jubilación de Constantino Bértolo -el editor con el que empezó Caballo de Troya, perteneciente al grupo Random House- se inició el innovador proyecto de que cada año dirigiera el sello un editor invitado. Durante 2015 ha ejercido este cargo la escritora Elvira Navarro.
Filtraciones me parece un libro que hubiera encajado en Caballo de Troya perfectamente en la etapa de editor de Bértolo. ¿Eras seguidora de su trabajo? En caso afirmativo, ¿qué libros te gustaron más de su etapa al frente del sello?

Sí que he seguido con mucha atención el catálogo de Caballo de Troya. Empecé a coquetear con la escritura justo en los años de Bértolo, y Caballo de Troya era una de las editoriales donde los primerizos más ansiaban meter cabeza, por la fama de rigor que tenía el editor y por la pertenencia del sello a un gran grupo. Es impredecible si Filtraciones hubiese sido del agrado de Bértolo. Lo que más aprecio de su línea editorial es que, si bien tenía una clara tendencia política, los proyectos por los que solía apostar eran en general bastante sutiles, muy inteligentes y arriesgados. Me gustaron mucho La visita, de José González; Curso de librería, de Fernando San Basilio; La ciudad en invierno, de Elvira Navarro; El agua que falta, de Noelia Pena; Diario de campo, de Rosario Izquierdo Chaparro; Soy una caja, de Natalia Carrero; El hijo del futbolista, de Coradino Vega; Fuera de juego, de Miguel Ángel Ortiz y Las primas, de Aurora Venturini.
                                                                                                                 

Pudiste contactar con Elvira Navarro gracias a la actividad del Festival Eñe 2014 llamada “Cuatro editores en busca de autor”. ¿Resultó fácil que Elvira Navarro se interesara por Filtraciones? ¿Tardó mucho en decidir su publicación?

Elvira leyó las primeras páginas de Filtraciones en el marco del festival. El libro pasó esa primera cata y quedé a la espera de recibir más noticias. Pasaron cinco meses hasta que Elvira finalmente me dio el sí. Aunque viví ese tiempo con ansiedad y muchísima expectación, creo que en realidad fue una espera corta. Sé que hay casos en los que la respuesta se puede demorar incluso años. La figura del editor invitado obliga a los editores a tomar decisiones rápidas, para bien y para mal. Elvira estaba pendiente de fichar algunos libros aún no concluidos que finalmente no fueron terminados a tiempo, lo que es una pena, aunque gracias a eso entramos otros autores.


En la etapa de Bértolo al frente de Caballo de Troya era tradicional que él escribiera los textos de contraportada de los libros que editaba, ¿sigue siendo así en la etapa actual? ¿Es Elvira Navarro la que ha escrito que Filtraciones tiene “ecos gopeguianos”? En caso afirmativo, ¿estás de acuerdo con esa denominación? ¿Eres seguidora de la obra de Belén Gopegui?

En el año de Elvira Navarro al frente de Caballo sí que ha sido ella la responsable de presentar los textos a través de la contra, en la línea de Bértolo, lo cual me parece una excelente idea, ya que refuerza la apuesta personal del editor con sus proyectos. Para autores noveles como es mi caso es un lujazo que te apadrinen y te comenten maestros a los que admiras. Le agradecí mucho a Elvira su interesante y generosa lectura del libro y la filiación que en ella establecía con Belén Gopegui, aunque en su día ya le comenté que yo no sentía una influencia clara de la autora en mí. He leído algunos de sus libros, los he disfrutado mucho, y soy sin duda una seguidora de su pensamiento crítico. Pero creo que no tengo el andamiaje intelectual para poner en pie propuestas tan hondas y reflexivas como las suyas. En todo caso creo que la sombra de Gopegui es alargada y que, independientemente de que guste más o menos, es reconocida unánimemente como una pensadora de mucha profundidad y quizás la autora más sólida de la generación de los sesenta.


Me ha parecido encontrar en Filtraciones una fuerte filiación con la narrativa breve norteamericana. La precariedad laboral y económica de tus personajes me ha recordado a la sufrida por los norteamericanos pobres de los cuentos de Raymond Carver. ¿Es Carver una influencia real en tus narraciones?

He leído bastante a Carver y me apasiona. Puede que sea uno de los escritores más influyentes para mi generación, algo así como un Dios. Cuando empecé a escribir llegué a él y ojalá algo se quedara. De todas maneras, al igual que lo amé, también, en un momento dado llegué a rechazarlo e hice mi particular ejercicio de matar a Carver, que es algo así como matar al padre. Su enseñanza de la contención, de la observación de lo más pequeño, del finísimo sentido de lo indirecto es valiosísima, pero al mismo tiempo imitarle resulta no solo imposible, sino también en ocasiones paralizante. A veces un escritor quiere ir por otro lado, desea o no tiene más remedio que ser más explícito, más reflexivo o más sentimental, y si uno se toma al pie de la letra la poética carveriana puede que acabe atrapado en una camisa de fuerza. No eres el primero que me señala que las nouvelles de Filtraciones tienen un cierto aire carveriano. Paradójicamente, también me han comentado lo contrario: que soy demasiado emocional y explicita en ciertos pasajes. Me lo han señalado lectores excelentes, gente del mundo de la edición. Respeto esta opinión, pero desde mi punto de vista en muchos círculos sigue primando el criterio de que hay que ser carveriano hasta la médula (escénico, seco, sobrio), casi como una religión, y creo que eso es empobrecedor.





¿De qué autores te sientes deudora? ¿Quiénes han sido tus influencias más claras a la hora de escribir Filtraciones?

Es difícil que uno sepa a quienes remiten sus textos, pero sin duda ha habido autores que he leído con entusiasmo. Como señalabas en la pregunta anterior, la narrativa breve norteamericana siempre me ha gustado mucho, y en particular la de John Cheever, que es a mi modo de ver un captador de sentimientos a través de la ambientación excepcional. También me ha interesado el trabajo de Richard Yates, su manera de plantear las consecuencias personales de lo político y social. Junto a ellos Alice Munro y Lorrie Moore están entre mis preferidas por su enorme libertad y su personalísima voz. Pero no solo leí con profusión a los norteamericanos mientras escribía Filtraciones. Me apasionan los libros de Andrés Barba, por ejemplo, por su finura en la indagación en el mundo de la familia y su fuerte introspección. También admiro a Julio Ramón Ribeiro, Julio Cortázar, Carmen Laforet y Natalia Ginzburg.


¿Podríamos decir que tu libro entronca con la tradición literaria del realismo social español que surgió de la postguerra? ¿Te interesan estos autores o, como ya he apuntado antes, tus influencias vienen más del mundo anglosajón o tal vez de escritores españoles más modernos como Belén Gopegui o Rafael Chirbes?

Es indudable que Filtraciones remite en su tono a la narrativa norteamericana, pero también me interesa mucho la obra de escritores españoles de posguerra como Juan Marsé, Mercé Rodoreda, Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet o Miguel Delibes. Quizás, después de años de cierta obsesión por la narrativa foránea, los aprendices de escritores estamos volviendo a mirar a lo patrio con respeto y admiración. No creo que la tradición propia deba ser defendida por que sí, incondicionalmente. Pero tampoco creo que el olvido automático que tiempo atrás muchos teníamos (me incluyo) fuera nada bueno. Como decía antes, Carver era Dios (junto a Foster Wallace, a Easton Ellis), y todo lo demás no existía. Parece que este volver a mirar a los autores de la posguerra entronca además con el escenario de la crisis, que ha vigorizado la literatura más social. En cuanto a referentes españoles modernos, la obra de Chirbes no la conozco suficientemente, aunque tengo muchas ganas de ponerme con ella. Reconozco más la influencia de otros autores que no son explícitamente políticos. Mi literatura preferida siempre ha sido la fuertemente introspectiva e intimista, y creo que eso se ve también en Filtraciones, que es un libro de mirada sociológica pero centrado en la familia y en los afectos. En este sentido me han entusiasmado obras de Andrés Barba, Luisa Castro y Marcos Giralt Torrente.



En 2015 fuiste finalista del certamen de novela corta Encina de Plata, ¿fue con alguna de las historias recogidas en Filtraciones?

Resulté finalista del premio con la última de las nouvelles, titulada Los mejores deseos, que por el momento ha sido la más celebrada por los lectores que me han dado su opinión y por los críticos que han reseñado el libro. Fue muy interesante llegar a finalista ya que tuve ocasión de intercambiar impresiones con los miembros del jurado, entre los que se encontraban José María Merino y Luis Mateo Díez. El premio es un reconocimiento y tiene una dotación económica muy buena, pero finalmente fue una suerte no llegar a ganarlo, ya que eso habría imposibilitado la inclusión de la nouvelle en el libro de Caballo de Troya.





Filtraciones me parece un formato arriesgado para el mercado español, ya que si éste es cada vez más renuente a los libros de cuentos no suele apostar por conjuntos de novelas cortas. ¿Fue tu intención desde el principio escribir un libro formado por novelas cortas o escribiste historias sin una meta clara en mente y al final surgió Filtraciones?

No sabía qué formato iban a tener las historias hasta que me puse a escribirlas. Al principio, de hecho, imaginaba que saldrían cuentos, pero de una manera natural cada trama fue reclamando su extensión, y yo iba viendo que se alargaban. Me tomé la libertad de que así fuera.
El género de la novela corta no es muy practicado en España en la actualidad y soy consciente de que supone una apuesta difícil para una editorial, ya que la mayoría del público no es muy receptivo. La suerte fue dar con una editorial como Caballo de Troya, que no se imponía barreras en este sentido, y en particular con una editora como Elvira Navarro, muy sensible a la narrativa breve y en especial al género de la nouvelle, que ella practica regularmente. Creo que en el caso de la novela corta el rechazo de los lectores es sobre todo por desconocimiento. Filtraciones lo están leyendo muchos familiares y amigos que no son grandes lectores y que por primera vez se enfrentan a la nouvelle, y mi impresión es que el género convence y tiene aceptación, sobre todo en un tiempo en el que la oferta de ocio es cada vez más variada y tenemos menos tiempo de lectura. Sin exigir una lectura exigente como la del cuento, la novela corta condensa todo lo bueno de la novela en un formato breve que proporciona mucha intensidad.


¿Has tenido que hacer muchos descartes para llegar a las cuatro historias que forman Filtraciones o desde un comienzo tuviste clara la estructura del libro y las historias que querías contar?

No he tenido que hacer ningún descarte. La primera nouvelle que escribí fue Filtraciones, la que da el título al libro, y esa historia me proporcionó una intuición de qué resultado final quería perseguir. También me dio una pauta con la que poder continuar. Marcó el género, el tono, el tipo de personajes y conflictos. Necesitaba otras tres o cuatro para componer un conjunto unitario. Me puse a ello y tuve bastante suerte porque todas las historias consiguieron encajar, aunque con bastante trabajo en cada una de ellas.


Siendo Filtraciones un libro social y político, en el que explícitamente se habla del 15M, nunca se nombran las siglas de ningún partido. Dentro del contexto cada vez más politizado de la vida pública española ¿se puede escribir una novela social o política sin nombrar a ningún partido?

Supongo que se puede, porque yo lo he hecho. En el libro, y en concreto en una de las historias, titulada Atrevimiento, no se obvia que vivimos en un tiempo de fuerte politización, y es más, se indaga en ese aspecto. Decidí conscientemente no incluir la mención a partido político alguno por varias razones. En primer lugar, el cuento habla de un tiempo previo al rearme político actual, unos años en los que vivíamos bajo la estela y la emoción del 15M, pero sin que esa energía hubiese tomado el cauce de la política tradicional. En segundo lugar, mi intención era a toda costa evitar lo panfletario, un propósito que era además el de Elvira. En ningún caso quería que fuera un libro alineado con un partido, y de hecho me interesaba mucho señalar que, por el momento, sigue predominando una profunda desconfianza hacia la clase política. También quería explorar qué ocurre en los contextos donde ese rearme político aún no ha llegado, como es el caso de los derechos laborales, un campo en el que se ha retrocedido brutalmente los últimos años y en el que ningún partido ha conseguido aún abrir fuego. Por último, tal y como explica Elvira Navarro en su contra del libro, las ficciones no suelen abordar con literalidad los fenómenos, porque eso supondría la mera mímesis de los acontecimientos. Con esto no quiero decir que no sea lícito que haya narraciones que sean mucho más explicitas y sí nombren siglas de partidos. En mi caso ya me parecieron bastante directas ciertas situaciones recogidas en el libro, y no me pareció oportuno.


En los agradecimientos finales hablas en primer lugar de la ayuda recibida de Juan Gómez Bárcena, ¿has acudido a su taller literario?

Soy alumna del taller de Juan Gómez Bárcena, si bien las historias de Filtraciones no salieron del curso. Conozco a Juan desde hace años, ya que fuimos compañeros en la carrera de Teoría de la Literatura, en la Universidad Complutense.  He tenido la inmensa suerte de contar con el entusiasmo contagioso de Juan por la literatura y con sus consejos desde que empecé a escribir, y su lectura de Filtraciones fue indispensable.  En cuanto a su taller, me sirve mucho y me hace más consciente de los recursos de la escritura. No creo que todo el mundo tenga que asistir a clases, y soy muy consciente de que la creación tiene un componente que no se puede enseñar. Pero opino que trabajar con herramientas variadas, que es lo que se hace en los talleres, nunca estorba. En mi caso las clases de Juan me obligan además a enfrentarme al género del relato breve, que me parece muy difícil.


Me ha llamado la atención la fuerza de los detalles en tus historias: tus conocimientos de la ciudad de Berlín o de la organización de un huerto urbano, por ejemplo. ¿Los conocimientos vertidos en tus novelas cortas provienen de tu experiencia personal o partes del desconocimiento e investigas para conseguir dar verosimilitud a lo narrado?
¿Hablas, por ejemplo, de Conil de la Frontera o de Berlín porque estos lugares tienen alguna vinculación contigo?

Casi todos los lugares y las situaciones que recojo remiten a experiencias personales o muy cercanas. Conil de la Frontera es el pueblo en el que veraneé durante mi infancia y adolescencia, por ejemplo. Nunca he estado vinculada a un huerto urbano, pero sí que he tenido amigos que me han mostrado cómo funcionan. Nunca he vivido en Berlín, pero tuve ocasión de pasar vacaciones largas allí, en el apartamento de unos amigos, que es en el que se ambienta una de las nouvelles. Marsella es otro escenario evocado en el libro. Fui estudiante Erasmus en una ciudad muy cercana, Aix-en-Provence, y tuve oportunidad de visitar la ciudad muchas veces. También hay una buhardilla de Lavapiés que es en realidad la de unos amigos.
El libro está escrito en el marco de una estética realista, y era importante, si bien no indispensable, que los detalles fueran lo más verídicos posibles. En los casos en los que mi memoria o experiencia no llegaba, recurrí a información de blogs y páginas de internet, o a la ayuda de amigos. En el caso de Berlín, por ejemplo, consulté algunos detalles con gente que sí que ha vivido allí. En ningún caso fue una documentación exhaustiva porque todo lo conocía indirectamente. Soy algo perezosa en la labor de documentación y siempre reciclo los lugares y los entornos conocidos para la ficción. Frente a otros escritores que prefieren deslocalizar sus ficciones, en mi caso el que los lugares sean reconocibles es un valor añadido. Además, Filtraciones es un proyecto que se escribe sobre todo con lo vivido, más que con lo leído.



¿Cuánto hay de ti o tus amigos en estas historias y cuánto es inventado?

Ninguna historia es autobiográfica y todos los personajes y situaciones son inventados. Ahora bien, me doy cuenta de que es un libro netamente experiencial que remite a un mundo muy concreto, que es mi propio mundo: el de personas en torno a la treintena que viven o han vivido en Madrid, que tienen estudios y que se ven afectados por el contexto de crisis. Algunas anécdotas concretas están basadas en situaciones reales que he escuchado de la boca de amigos y conocidos y he decidido robar, o que yo he vivido en primera persona. Pero esas situaciones me sirven solo de punto de partida y luego las reelaboro distanciándome bastante del hecho verídico.
Desde el primer momento supe que escribiría un libro muy cercano a mi propia realidad. Esa cercanía me ayuda mucho a la hora de abordar un proyecto, me aporta mucha seguridad. Puede que se pierda capacidad de empatía con otros contextos, pero se gana autenticidad y verdad. No descarto en un futuro inclinarme por historias más ajenas, aunque de momento no haya sido así. En cuanto a lo autobiográfico, tampoco descarto contar alguna historia puramente personal. De todos modos creo que toda la literatura es en cierta medida autobiográfica, incluso aquella que no lo parece.



Comunicación Audiovisual y Teoría de la Literatura –tus estudios no parecen ser de los conocimientos más demandados durante la crisis que empezó en 2008, ¿hasta qué punto has sufrido la situación de precariedad laboral por la que pasan tus personajes?

Como bien apuntas, elegí unos estudios humanísticos con poca proyección profesional. Supongo que me dejé llevar por las querencias sin pensar demasiado en un futuro que ya empezaba a vislumbrarse muy negro. Mi ingreso en el mundo laboral coincidió justo con el inicio de la crisis, y me es imposible abstraerme de ese contexto. He vivido las situaciones propias de este tiempo: becas demasiado largas, salarios que no se corresponden con mi formación, mucha temporalidad. Esto no quiere decir que no haya conocido periodos más estables y no haya tenido trabajos que estuvieran bien. Así mismo, tengo amigos cuya situación laboral es preocupante, y otros a los que no les va mal del todo. Para escribir Filtraciones han sido las malas experiencias las más valiosas. El libro hace una trampa en cierto modo: todos sus personajes tienen problemas laborales. Eso no se corresponde del todo con la realidad. Aunque la precariedad está muy extendida, no a todo el mundo le vienen mal dadas. Escribir es en cierta manera depurar, pulir, para que la ficción no quede desdibujada. Decidí voluntariamente remarcar e intensificar la dificultad a la que nos enfrenta la crisis en vistas a un efecto dramático y crítico mayor.



¿Puedes hablarnos de tus proyectos literarios? ¿Estás trabajando en una nueva obra?


Ahora mismo estoy investigando y madurando ideas sobre la herencia familiar. Ojalá surjan nuevas historias. 

domingo, 28 de febrero de 2016

Filtraciones, por Marta Caparrós

Editorial Caballo de Troya. 267 páginas. 1ª edición de 2015.

Marta Caparrós (Madrid, 1984) me escribió a través de Facebook en octubre de 2015. Me hacía saber que era seguidora de mi blog, que iba a publicar su primer libro en la editorial Caballo de Troya y me preguntaba si me apetecía que me incluyese entre los envíos de prensa del libro. Lo cierto es que últimamente recibo un buen número de propuestas similares y no puedo atender a todas, porque si lo hiciera me quedaría sin tiempo para seleccionar yo mismo mis lecturas y acabaría convirtiendo mi pasatiempo en una obligación, o lo que es peor en un trabajo no remunerado. Pero en este caso me apeteció decir que sí. Fui bastante seguidor del trabajo de Caballo de Troya cuando el editor era Constántino Bértolo, y él mismo me habló de su jubilación a principios de 2014, meses antes de que ocurriera. En aquel momento, Bértolo aún no sabía si Caballo de Troya iba a continuar o qué pasaría con ella. Al final el grupo Random House eligió una solución curiosa: la editorial con editor invitado. Cada año un escritor (creo que vinculado al grupo) iba a hacer de editor. En 2015 esta tarea le fue encargada a Elvira Navarro y lo cierto es me había fijado en los libros que estuvo publicando, pero no había leído ninguno y cuando Marta me propuso leer el suyo sentí curiosidad. El libro llegó a mi casa antes que a las librerías, pero –como le dije a Marta- no lo iba a leer de forma inmediata porque por entonces me había propuesto leer todas las novelas de Frank Bascombe, escritas por Richard Ford.

Después de las casi 2.000 páginas de Bascombe, le ha tocado el turno a Filtraciones de Marta Caparrós. Lo cierto es que había estado leyendo comentarios sobre este libro y lo que me llegaba hacía que me apeteciera acercarme a él.

Filtraciones está formado por cuatro novelas cortas, unidas por su temática y por la franja de edad (los primeros años de la treintena) de los personajes que retrata.

Vacaciones es la primera novela corta, o relato largo (el lector puede elegir, tiene 30 páginas) y en ella asistimos a los conflictos entre dos hermanas: Julia, redactora freelance en un periódico, y su ordenada hermana pequeña Alicia. En contra de lo habitual, Julia decide -en el verano del tiempo en el que transcurre el relato- pasar unos días de vacaciones en Conil de la Frontera, donde acudían las hermanas de niñas y adolescentes con sus padres, y donde Alicia ha vuelto cada verano ya casada y madre de una niña. Para Julia, embarazada y con intención de convertirse en madre soltera, volver al pueblo de su niñez va a ser todo un choque.

Ya en Vacaciones encontramos algunos de los rasgos que van a caracterizar estas historias: el telón de fondo va a ser siempre el de la precariedad laboral en la España de la crisis, cómo la economía está afectando a los jóvenes que estrenan su treintena es el escenario en el que se van a mover unos personajes casi siempre desorientados, muy vivos, muy reales. “Lo cierto es que Julia estaba mucho peor de dinero que Andrés. Después de largos años como redactora autónoma en varios países del norte de África, había vuelto a Madrid, pero ya no había conseguido el contrato indefinido del que sí gozaba antes.” (pág. 11) Julia está mal de dinero, pero su precariedad, no impide que cuando se queda embarazada de su compañero de oficio, Andrés, que no va a ser su pareja y que además es muy probable que no le ayude con su hijo, decida tenerlo. No hay más opciones para que se cumplan tus deseos, parece pensar Julia.
En realidad estas ficciones intentas, y de diálogos muy realistas, me han recordado bastante a la narrativa breve norteamericana, sobre todo a la de autores como Raymond Carver.
Otro rasgo que me ha recordado a la narrativa breve norteamericana, y que en este caso es muy usado por Tobias Wolff, que fue amigo de Carver, es el de connotar la climatología con los estados de ánimo de los personajes. Así, por ejemplo, en Vacaciones la crisis que va a sufrir Julia quedará vinculada al fenómeno meteorológico del viento de Levante, que se cernirá sobre Conil justo en un momento crítico para la protagonista.
La última novela corta del libro es Los mejores deseos (77 páginas) y en ella también se juega con el clima como elemento simbólico: en Los mejores deseos se nos habla del frío invierno en Berlín que sufren Marcos y Álex, que llegaron a la capital de Alemania, desde Brighton, hace cinco años: “«Tengo treinta y dos años, ¿dónde va alguien sin experiencia a los treinta y dos años?». Compartían la misma desesperanza. Las posibilidades de que alguien les diese una oportunidad frente a las nuevas hornadas de titulados universitarios eran poquísimas. Sin embargo, en España, cuando se marcharon la situación era aún peor.” (pág. 223). Los mejores deseos nos habla de otra de las caras de la crisis para los jóvenes españoles: el exilio económico.

Si bien, como estoy resaltando, Marta Caparrós ha querido reflejar de forma clara algunos de los problemas a los que se enfrentan las personas de su generación, no estamos aquí ante un libro de tesis. En ningún caso, el escenario de fondo se acaba comiendo a la historia o a los personajes. Tenemos en Filtraciones, por el contrario, finos retratos de personajes, de parejas rotas, que se recomponen sin saber si estaban mejor antes; de hermanas que, después de décadas, tienen cuentas pendientes; o de amigos que están, tal vez, a punto de dejar de serlo.

La segunda novela corta es Atrevimiento (94 páginas) y creo que se ha convertido en mi favorita del libro: en ella observamos los cambios en la relación entre dos amigas que viven juntas, y leeremos sobre la posible reconciliación de una de ellas con su antiguo novio, que le dejó cuando ella estaba en paro y se encontraba cada día más alicaída. Ahora la situación se ha dado la vuelta: es él quien está sin trabajo y ella empleada, aunque su situación dista de ser estable: en su empresa corren rumores de que va a haber despidos. Cómo la situación laboral de cada uno influye en sus decisiones y en su forma de afrontar la vida me ha parecido que estaba narrado aquí de una forma muy sutil.
En esta novela se habla explícitamente del 15M, y se reflexiona sobre el sentido de las manifestaciones (la mirada de la autora parece menos inocente que la de algunos de sus personajes) y la politización de la vida pública española tras la crisis, así como del sentido de los centros culturales ocupados o de los huertos urbanos, que parecen funcionar como válvulas de escape para los personajes de la novela. “Es lo de siempre, el miedo. Tengo cincuenta y tres años y llevo toda la vida igual. Acojonada por salirme de la rueda y no conseguir volver a engancharme. He perdido trabajos, claro que sí, pero luego he encontrado otros. Así ha sido. Pero este puto miedo siempre a la espalda. Y yo no quiero esto para mis hijos, que vivan agarrotados. Si me quedo en el paro, ya va a ser imposible encontrar otro trabajo.” Dice una compañera de trabajo de una de las protagonistas de esta historia, ampliando la edad de afectados por la crisis.
En Atrevimientos también me ha parecido encontrar otro elemento simbólico que me recordaba al universo de Carver: se connota en el texto la presencia de unas cajas, que recogen ropa y otros objetos que los protagonistas no acaban de desembalar, y esto, por supuesto, me ha llevado a pensar en el cuento Cajas, que aparece en Tres rosas amarillas de Carver.


La tercera historia es la que da título al conjunto. Filtraciones tiene 53 páginas. Aquí se habla de otra realidad patria: la de los hijos de los inmigrantes españoles del franquismo. En ella Julen, nacido en Marsella, de padre español, vive ahora en Madrid. Julen ha sido profesor de academia de idiomas, pero ahora está en el paro. Su pareja, Ana, que trabaja en un colegio privado, en el que no le pagan durante los meses de verano, está embarazada: “Había leído en el Yahoo Respuestas que un recién nacido gastaba unos cincuenta y seis a la semana.” (pág. 152)
En la casa –que pertenece a la familia de ella- se han producido filtraciones en el baño, algo más profundo que unas simples goteras, algo que volverá a surgir por mucho que raspen y pinten las paredes. Un nuevo elemento simbólico. Los problemas económicos de la pareja pueden salir a la luz durante el fin de semana que, desde Marsella, va a pasar en Madrid el esforzado padre de Julen, quien parece sentirse avergonzado ante él de su actual situación económica.


Me ha gustado mucho cómo Marta Caparrós juega con los detalles del libro; si habla de un huerto urbano parece conocer perfectamente los detalles de su funcionamiento, así como parece conocer las calles de Berlín por la que transitan los personajes de Los mejores deseos. Los diálogos son muy naturales, y la prosa es rítmica y eficiente, sin dejar de lado algunos momentos líricos, como la descripción que se hace de Madrid desde el parque del Manzanares en Atrevimiento. El trasfondo de las historias es social, y la autora quiere aquí levantar acta de una época, pero sin dejar de lado la gran creación de personajes. En resumen, Filtraciones me ha parecido un debut editorial de muy alta calidad. Mi enhorabuena para las dos, para la autora, Marta Caparrós, y también para su editora, Elvira Navarro.

PINCHANDO AQUÍ se puede leer una entrevista que le he hecho a la escritora.

domingo, 21 de febrero de 2016

Francamente, Frank, por Richard Ford

Editorial Anagrama. 228 páginas. 1ª edición de 2014, ésta es de 2015.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Cuando vi que esta novedad de Anagrama había llegado a la biblioteca de Móstoles no pude resistirme ya más a llevar a cabo el proyecto de leer seguidos todos los libros de Frank Bascombe, el mítico personaje creado por Richard Ford (1944, Jackson, Mississippi) en su novela El periodista deportivo de 1986. Creo que la primera vez que supe de esta novela fue en el muro de Facebook del gran lector y bloguero literario Joan Flores Constans (ver AQUÍ su blog), quien si no recuerdo mal se acercó al libro en inglés a principios de 2015, antes de que llegara a España.

Lo primero que llama la atención de Francamente, Frank es que es un libro notablemente más corto que los tres anteriores. Aunque Ford no ha querido seguir en su título con el juego de las fiestas, también se articula en torno a una: la de la Navidad de 2012. Ya comenté la semana pasada que existe en esta saga una conexión simbólica entre el periodo del año en que transcurre la acción y la edad del protagonista: el fin de la primavera para El deportista deportivo, el verano para El Día de la Independencia, noviembre para Acción de Gracias, y ahora, definitivamente, Navidad y el fin del año para Francamente, Frank.

Quizás, aventuro, Richard Ford no tenía ya en 2014, a sus setenta años el suficiente aliento para escribir una obra de la envergadura de sus predecesoras (aunque no mucho antes, en 2013 había publicado Canadá, que en la edición de Anagrama tiene 510 páginas), pero esto no significa,  ni quiero insinuar en ningún caso, que Francamente, Frank sea una obra menor en la trayectoria de Richard Ford. Simplemente Francamente, Frank es una obra en cierto modo diferente a sus predecesoras en la saga de Frank Bascombre.

Francamente, Frank está formada por cuatro historias que transcurren en diciembre de 2012, y el tiempo de los relatos se marca por los días o semanas que quedan hasta la fiesta de Navidad. Nos encontramos aquí con un Frank Bascombre de sesenta y ocho años que ha superado el cáncer de próstata que tanto le preocupaba en Acción de Gracias. Hace ocho años decidió dejar –junto a su segunda mujer Sally- la casa en la que vivían en la costa, en Sea-Clift y regresar a Haddam. Sobre la casa de Sea-Clift está articulada la primera historia, titulada Aquí estoy yo. Han pasado seis semanas desde que el huracán Sandy arrasó la costa este de Estados Unidos, y Arnie Urquhart a quien Frank vendió su casa hace ocho años le llama para que le ayude, gracias a su antigua experiencia como agente inmobiliario, a valorar la situación: la casa de Frank yace volcada sobre la calle y Arnie quiere saber si es una buena idea vender el solar por el precio que le han ofrecido. Frank accede a ayudar a Arnie y viaja hasta Sea-Clift. Frank se acerca a la costa: “Una vez me gané muy bien la vida con estos terrenos ahora cubiertos de sal. Debería ser capaz de imaginar el grado de posibilidades que ofrecen sus restos. Pero, de momento, no lo soy.” (pág. 30). Lógicamente este relato está plagado de símbolos negativos, más melancólicos que funestos en realidad. Frank, en esta nueva etapa de su vida, parece que ha asumido con tranquilidad su vejez, y sabe que seguir adelante consiste en “restar”. Recuerdo que en El periodista deportivo Frank se despertaba por la noche con el corazón agitado, lleno de presagios funestos, algo también muy presente en Acción de Gracias, cuando Frank luchaba contra el cáncer. Pero todo parece hacer quedado atrás para alguien que dice de sí mismo: “Ya no me miro en el espejo. Es más barato que la cirugía.”

El segundo relato se titula Todo podría ser peor, y si el primero transcurría “dos semanas antes de Navidad”, el tiempo narrativo de este es “diez días antes de Navidad”. En él, Frank recibe en su casa de Haddam la visita de una mujer negra llamada Charlotte Pine, que le pide visitar la casa en la que vive, la casa en la que ella se crió décadas atrás, y Frank le permite entrar, porque piensa: “Las visitas de antiguos residentes de esta clase son algo bastante corriente, en realidad, y yo las he recibido más de una vez.” (pág. 76). La señora Pine va a realizar alguna revelación inquietante sobre la casa en la que actualmente vive Frank, algo que tiene que ver con la violencia subterránea y que parece intrínseca a los barrios residenciales norteamericanos que recorre esta tetralogía.

El tercer cuento –titulado La nueva normalidad- transcurre cuatro días antes de Navidad, y Frank visita a su exesposa Ann a la residencia en la que vive en Haddam. Ann sufre Parkinson y Frank va a visitarla periódicamente (en esta ocasión para regalarle una almohada anatómica). Como viene siendo habitual en los anteriores libros, los encuentros de Frank con Ann –a pesar de que se divorciaron hace ya más de treinta años- no acaban de ser todo lo relajados que deberían ser. Aquí, como nuevo motivo crepuscular, tiene lugar una conversación sobre cementerios y deseos de enterramiento o donación de órganos tras la muerte.
Me ha hecho gracia que si en Acción de Gracias aparecía por primera vez los móviles (Frank no quería tener uno) e internet (Frank se negaba a que su empresa inmobiliaria tuviera web) ahora aparecen aquí los blogs (“yo ni siquiera sé exactamente lo que es un blog”, pág. 138) o Facebook y Twitter en el cuarto relato: “Podría ponerlo en Facebook o Twitter. Aunque, como dice Eddie Medley, todo el mundo lo sabe todo pero nadie sabe qué hacer con ello. No estoy en Facebook, por supuesto. Aunque sí lo están mis dos esposas.” (pág. 180)

Por supuesto, Frank sigue hablando de política en esta novela: le gusta Obama y no deja de destacar las reacciones furibundas de sus vecinos republicanos de Haddam contra el nuevo presidente (uno de ellos opina, por ejemplo, que Obama debería estar en la cárcel).
Frank sigue leyendo en la radio para los ciegos (ahora está con Naipaul) y se acerca al aeropuerto para recibir a los combatientes que regresan de Irak y Afganistán, porque en el Siguiente Nivel tiene que estar alerta hacia las “cosas positivas que pueda hacer en la recta final de mis días”.

El cuarto relato (o más bien parte, porque en realidad esto no es un libro de relatos sino una novela articulada en cuatro capítulos) se titula Muertes de otros y en él Frank va a visitar a Eddie, un antiguo amigo del Club de Divorciados de Haddam, que le fue presentado al lector en El periodista deportivo. Esto ocurre el día antes de Navidad, y por lo tanto comprobamos que las partes de esta novela se ordenan de forma cronológica y se aglutinan en dos semanas de diciembre de 2012. Eddie yace en su cama esperando la muerte, bajo la asistencia de una enfermera, aquejado de un cáncer terminal. A pesar de su débil estado, aún tendrá capacidad para hacerle la que podría ser una  perturbadora revelación (si Frank estuviese en otro momento de su vida) sobre su exesposa Ann.

Decía al comenzar la reseña que Francamente, Frank tiene un aire más ligero que los tres libros anteriores de la saga. Quizás Ford podría, como en ocasiones anteriores, haber desarrollado la trama en tres días y contar mientras tanto los hechos más importantes de su pasado inmediato, pero ha decidido no hacerlo así, tal vez por falta de fuerzas o de aliento; o no, lo ha hecho así porque le pareció bien hacerlo, y esto debería ser suficiente para nosotros. Es curioso observar que en Francamente, Frank Ford usa técnicas más propias de sus libros de relatos largos o novelas cortas como son De mujeres con hombres o Pecados sin cuento. Lo que relata aquí es más esencial y deja sutiles huecos en la narración para que se acople en ellos la esencia epifánica de una revelación. Francamente, Frank es un gran broche para la tetralogía de Frank Bascombe.

Creo que después de 1.919 páginas y 52 días seguidos de lectura, me va a costar dejar atrás esta voz narrativa tan sugerente y profunda. Una delicia de libros.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Antología de Gerardo Diego: Alonso Quesada (13)

El décimo tercer poeta que antologa Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Alonso Quesada (Las Palmas de Gran Canaria, 1886 – 1925).

Quesada es otro de los poetas de esta antología que ya está muerto cuando lo elige Diego para su libro. Huérfano de padre tuvo que trabajar desde muy joven en una oficina colonial inglesa. Uno de sus libros más famosos es El lino de los sueños (1915), que contiene los poemas titulados Los ingleses de la colonia.




Este es uno de esos poemas que habla de la presencia de los ingleses en Canarias:

UNA INGLESA HA MUERTO

Hoy ha muerto una inglesa. La han llevado
al cementerio protestante, envuelta
la caja blanca en flores y en coronas,
y el pabellón royal, como un trofeo,
lucía entre las rosas sus colores...

Un pastor anglicano le ha leído
toda una historia, al destapar la caja...
La colonia británica, elegante,
discreta y grave, no torcía el ceño...

Solamente el acto fue pasando
sin dolor y sin pena bajo un cielo
español. Más correctos y pulidos
estos amables hombres desfilaron
ante la muerta... ¡y deshojaron rosas
sobre la figulina adormecida!...

Uniforme la marcha, la tristeza,
el tono de la voz y el movimiento
del brazo... una lección bien aprendida:
¡la exquisita mesura de sus modos!...

Y la muerta, a la tierra fue tornada...
Sola, al país del sol, llegará un día
y ni amantes ni hermanos, los azules
ojos cerraron... ¡Los azules ojos!...


¡Todo lo azul de esta Britania grave!

domingo, 14 de febrero de 2016

Acción de Gracias, por Richard Ford

Editorial Anagrama. 731 páginas. 1ª edición de 2006, ésta es de 2008.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez

En 2014 comenté aquí mi relectura de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, y hablé de aquella conversación en un bar de Malasaña, tras la presentación del libro de un amigo, con uno de los editores de una mítica editorial mediana, hoy casi desaparecida. Hablábamos de esos libros que te entusiasmaron en la primera juventud y que si te acercas a ellos de mayor se te caen de las manos. Al editor le había ocurrido esto con Cien años de soledad, algo que, algún año después, no me pasó a mí cuando lo releí. Y, por contraste con García Márquez, ensalzaba al Richard Ford (1944, Jackson, Mississippi) de Acción de Gracias, un libro que le parecía muy superior a Cien años de soledad. Me dio rabia en aquel momento que yo de las de novelas de Bascombe hubiese leído El periodista deportivo y El Día de la Independencia, pero no el cierre de la trilogía: Acción de Gracias. Creo que en aquella tarde de finales de 2012 se fraguó el deseo de leer los tres libros de Frank Bascombe seguidos, un deseo que se avivó cuando apareció Francamente, Frank.

En Acción de Gracias estamos en noviembre del año 2000 y Frank Bascombe ha cumplido ya cincuenta y cinco años. Ha dejado su casa de Haddam (en el interior de Nueva Jersey) y se ha trasladado a vivir a Sea-Clift -un pueblo de nombre inventado, ubicado en la costa de Nueva Jersey- ocho años antes. Sigue dedicándose al negocio inmobiliario. Dejó la inmobiliaria para la que trabajaba en Haddam y ha creado una nueva en Sea-Clift. Además, desde hace un año y medio, le ayuda con el negocio Mike Mahoney, un inmigrante de origen tibetano (a pesar del nombre que ha decidido tomar, de origen irlandés).
Como ocurre en los otros dos libros de esta trilogía, la acción principal transcurre en tres días, en el día de Acción de Gracias del año 2000, aludido en el título y en los previos. Pero existe aquí una variante: a la minuciosa descripción de la vida de Bascombe en tres días le antecede un preludio de ocho página, cuya acción estaría situada en el tiempo unas semanas antes de los tres días del cuerpo principal del libro; y además existe un capítulo final de veinticinco páginas, que se adentra unas semanas en el futuro de los tres días narrados.

Han ocurrido dos acontecimientos importantes en la vida de Bascombe durante el último año: Sally (su segunda mujer, que le fue presentada al lector en El Día de la Independencia) le ha abandonado en junio. Por El Día de la Independencia el lector conocía la existencia de Wally, el primer marido de Sally, que había sido dado por desaparecido después de que regresara traumatizado de la guerra de Vietnam y decidiera abandonar su hogar sin dar señales de vida. Wally, después de tantos años, reaparece en la vida de Sally (casada ahora con Frank) y el impacto que sufre es tan fuerte que decide dejar a Frank por Wally porque quiere volver a conocerle.
Dos meses después del abandono, en agosto, Bascombe ha recibido la noticia de que tiene un cáncer de próstata. Como tratamiento, los médicos le han introducido en ella un cargamento de semillas radioactivas. Una de las molestas consecuencias de todo esto es que necesita orinar cada hora. Debido a que por motivos laborales tiene que viajar mucho en coche por las carreteras de Nueva Jersey, se ha vuelto frecuente para él el hecho de tener que parar en cualquier cuneta o callejón para poder aliviarse. Lógicamente todo esto es leído por el lector como un símbolo de la decadencia física de Bascombe. También existe en el texto otro símbolo que nos indica que Bascombe se está haciendo mayor: en esta novela, hacen su irrupción, por primera vez en la trilogía, internet y los teléfonos móviles. Bascombe –en contra de la opinión de Mike- se resiste a que su empresa inmobiliaria tenga web y ha decidido prescindir del móvil.

Me he percatado, al leer este tercer libro, que las fiestas que se celebran en ellos: la Pascua en El periodista deportivo, el 4 de julio (día de la independencia norteamericana) en El Día de la Independencia, y Acción de Gracias aquí, están unidas de forma simbólica a periodos de la vida de Frank Bascombre: la Pascua se celebra a finales de marzo o principios de abril y en ese primer libro él tiene treinta y ocho años para cumplir treinta y nueve, y por tanto se encuentra al final de la primavera de su vida. En el segundo volumen, nos encontramos en el cálido verano y Frank tiene cuarenta y cuatro años, atravesando su madurez. Acción de Gracias sitúa su acción a finales de noviembre y esta novela está plagada de avisos de muerte, aunque Frank no es aún demasiado mayor, puesto que tiene cincuenta y cinco años.
Sally, que se ha ido a vivir a Gran Bretaña, con su marido resucitado de entre los muertos, no sabe que Frank tiene cáncer.

En los tres días en los que transcurre el tiempo de la novela veremos, como suele ser habitual, a Frank circular por las carreteras de Nueva Jersey, trasladándose de Haddam a Sea-Clift, y relacionándose con Ann, su exmujer, que recientemente ha enviudado de su segundo marido, y parece considerar que puede que no sea una mala idea volver con Frank; o con sus hijos: Paul, que tiene ahora veintisiete años, y vive en Kansas City, trabajando en una empresa que hace tarjetas de felicitaciones, y Clarissa, que tiene veinticinco y se debate entre ser lesbiana o volver a ser heterosexual.
Me ha resultado curioso ver cómo, junto a personajes nuevos –el estupendamente construido Mike Mahoney-, aparecen aquí personajes del pasado de Frank, como por ejemplo Wade Arsenault, el padre de la bella Vicki, con la que viajó a Detroit en El periodista deportivo y con la que estaba dispuesto a casarse, y todo acabó con un puñetazo de ella que le tiró al suelo. Frank, que tiene pocos amigos en su actual Periodo Permanente (“El Periodo Permanente tiene el cometido específico de eliminar preocupaciones sobre la propia existencia y el modo en que se traslada todo a la conciencia.”, pág, 115), volvió a coincidir con Wade, ahora un anciano que vive en una residencia y queda con él para acudir a contemplar demoliciones de edificios. El segundo día de la narración acudirán a una, un símbolo más de todo lo que desaparece, de todo lo decadente.

Como telón de fondo el tema de la política gravita sobre todo el libro: al fin y al cabo la historia está ambientada en el largo proceso electoral entre Gore y Bush, que tras los episodios políticos de Florida, va a dar como ganador a Bush, el candidato que no le gusta a Bascombe.

Me llamó la atención el salto que se da desde El periodista deportivo a El Día de la Independencia en cuestiones políticas: en El periodista deportivo, Frank, todavía inmerso en la nebulosa de dolor que le ha dejado la muerte de su hijo primogénito, no parece preocuparse por la política. En la página 226 de este primer libro una vecina le pregunta: “¿Qué le parece lo que está haciendo nuestro gobierno con esa pobre gente de Centroamérica?” y Frank contesta: “No sigo muy de cerca ese tema.”, y esto parece ser todo. En El Día de la Independencia Frank se declara abiertamente demócrata y lanza sus diatribas contra Bush. Recuerdo que esto me llamó la atención cuando leí el libro por primera vez en 2001: un gran escritor como Ford hacía que uno de sus personajes más emblemáticos se definiera políticamente de forma muy claro, y no supe si eso era una buena idea narrativa, si, tal vez, esta decisión podría quitarle lectores a Ford. Luego me he dado cuenta de que la aspiración artística de Richard Ford es reflejar al ciudadano medio norteamericano de su generación y necesitaba darle una identidad política para hacerlo, para marcar la idiosincracia de los barrios residenciales: “¿Qué dirán los científicos, dentro de unas décadas, sobre nosotros, los que vivimos aquí, en estos barrios residenciales, cada uno en su propia y particular parcela?” (pág. 72)
En Acción de Gracias, las diatribas contra los republicanos no son pocas; esto, por ejemplo, se puede leer en la página 83: “Nos acercábamos a la mitad de la ridícula presidencia de Bush”, o sobre su padre: “Durante el verano de 1991 –cuando el chalado de Bush padre, el viejo, aún seguía ahuecando sus propias alas de pato” (pág. 134). Así se define a sí mismo Frank Bascombe en la página 267: “Soy: un izquierdista, defensor de los negros, partidario de que el gasto público se pague con impuestos, de que haya seguridad social para todos, del derecho al aborto, de los derechos de los homosexuales, de los derechos del consumidor, de la conservación de la naturaleza.”

La tensión política en la norteamericana de finales del 2000 es fuerte y Frank acabará metiéndose en una estúpida pelea de borrachos en un bar de Haddam por estos temas.
Hay aquí una escena que me gusta mucho: a Frank un niño le ha roto con un ladrillo un cristal del coche, encuentra ya de noche un talle abierto para que se lo reparen y mientras lo hacen va a tomar copas a un antiguo local en que el que se juntaba con sus amigos del Club de Divorciados (sobre lo que leímos en El periodista deportivo), mira por la ventana y describe la actividad del taller y del aparcamiento. “Edward Hopper en Nueva Jersey”, dice, y sí, en estas páginas de Ford hay muchos de viñetas de cuadros de Hopper.

Acción de Gracias empieza reflexionado sobre las implicaciones de un disparo y casi termina con otro disparo. La violencia norteamericana sigue aquí presente. Pero diría que al introducir en los pensamientos de Bascombe las reflexiones sobre el fin de la existencia, el discurso de Acción de Gracias se eleva frente al de El Día de la Independencia, y puede que sí, que Acción de Gracias –como suele apuntarse- sea el mejor libro de la trilogía.


¿La lectura de un libro como Acción de Gracias anula, en otro orden de cosas, el poder disfrutar en la vida adulta de la lectura de libros como Cien años de soledad? No, o no al menos para mí. Los dos, con estilos e intenciones muy diferentes, me parecen grandes libros.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Antología de Gerardo Diego: José Moreno Villa (12)

Tenía un poco abandonada esta sección del blog. Vuelvo hoy

El décimo segundo poeta que antologa Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es José Moreno Villa (Málaga, 1887 – México, 1955).
Moreno Villa se fue a los dieciocho años a estudiar química a Alemania. Acabó muriendo en el exilio de México, por haber abrazado durante la Guerra Civil la causa de la República. En México desarrollo gran parte de su obra, pero en 1934, cuando lo antóloga Diego, eso era aún el futuro. 



En la antología aparecen poemas como éstos:

LA VERDAD

Un renglón hay en el cielo para mí.
Lo veo, lo estoy mirando;
no lo puedo traducir,
es cifrado.
Lo entiendo con todo el cuerpo;
no sé hablarlo.



INFINITO Y MOTOR

Diminutas bandas peregrinas del aire
llevan de un hilo
tensa mi atención.
Con su disciplina, su frío y su mecha
¡qué lejos de mi encuentro,
de repente, a mi yo!
¡Nadie dispare sobre esta vida del cielo!
—En pluma y pico,
afán campeador—.
Nadie ponga cepos ni redes
a quienes vuelan volando su corazón.

Hay un ay en la copa del árbol
cuando pasa la banda
rozando su flor.
Hay un ay en el hacho del monte;
hay un ay en la nube sonámbula.
Hay un ay en la corte de Dios.
Sumergido en silencio verde

y en el silencio del campo del sol,
los giros errabundos se trazan
en armonía con mi yo.


Voy dibujando, creo dibujar,
según mi deseo interior,
la elipse, la parábola, el círculo,
y la muda espiral de amor.
Voy con un cántico insonoro
adornando mi aviación:
este vuelo que no sé si es mío,
de los pájaros o del creador.
Se acaban los tamaños del mundo,
y el tiempo pierde su reloj.
Las estrellas se caen al fondo,
no hay más que infinito y motor.