jueves, 19 de noviembre de 2015

Reseña de Los insignes en la revista Librújula.

El poeta y crítico Enrique Villagrasa ha escrito una reseña de Los insignes para la revista Librújula (existe versión digital y también de papel). Acaba escribiendo lo siguiente: “Una insigne novela de necesaria lectura.”



Esta es la reseña completa:
Una parodia, sin acritud, de los mal o bien llamados círculos poéticos que hay en toda ciudad que se precie, desde una anecdótica y sugerente propuesta: las videoconferencias que mantiene el funcionario Ernesto Sánchez con el líder norcoreano Kim Jong-un, quien quiere entender y saber de poesía y recibe penas y más penas del triste bípedo, que repasa lo habido y por haber en el mundo poético editorial.

DAVID PÉREZ VEGA (Madrid, 1974) es autor de las novelas Acantilados de Howth y El hombre ajeno, tiene además dos poemarios, Siempre nos quedará Casablanca y El bar de Lee. Es profesor de Economía y tiene un blog.

Leer esta novela es como encontrarte en algún momento de tu vida entre esas líneas, si eres aprendiz de poeta, tienes un blog, te ves asediado por los lectores poetas, y quieres tus versos ver publicados en papel. No deja de ser una parodia más bien dulce, no hace sangre, aunque dice nombres con más pelos que señales. A la vez que es una visión particular de ese mundo de payasos donde unos se lucran más que otros, sin ánimo de menospreciar ni faltarles al respeto a estos últimos de profesión tan respetada y agradecida, desde mi infancia; y ya sabemos que cada uno cuenta la feria como le va. En esta aventura narrativa los títulos de libros poéticos significativos y poetas alfa de la tribu que sean reciben su varapalo, aunque me temo que ellos no se molestarán: ni se molestará esta España que no lee. Lo mismo que los premios poéticos instaurados en este país de ellos, tales como los Hipérbole o Bisonte, a los que el protagonista se presenta y no recibe ni acuse de recibo, como tantos otros.
Esta parodia disparatada sobre la obsesión por publicar y de ahí la obsesión por lograr el éxito literario tiene de coprotagonista al líder norcoreano, que tantos quebraderos de cabeza da a las máximas potencias mundiales. No me cabe ninguna duda de que el autor, de la mano de su demostrada inteligencia emocional, logra relatar estas otras vivencias que le son muy cercanas de forma impecable; no digo que algunas otras no sean inventadas o imaginadas. Me ha gustado mucho la anécdota que utiliza de que un poeta líder político con ventas supermillonarias, porque puede, contacte con el protagonista a través de su blog de crítica literaria-poética para que le diga qué le parece su poesía, pues no se fía de las recibidas en su país: que le contacte a él, que apenas ha vendido un cincuentena de ejemplares de su libro. Paradojas reales donde las haya, que le sirven para repasar en qué mundo poético editorial vivimos y con qué bípedos implumes se baten el cobre los poetas. Una insigne novela de necesaria lectura. ENRIQUE VILLAGRASA




domingo, 15 de noviembre de 2015

La huella del crimen, por Raúl Waleis

Editorial Adriana Hidalgo. 313 páginas. 1ª edición de 1877, ésta es de 2009.
Edición, notas y posfacio de Román Setton

En la Feria del Libro de 2013, me acerqué con mi amigo Federico Guzmán Rubio hasta la caseta de la editorial Adriana Hidalgo, allí hablamos con el editor Fabián Lebenglik y el representante de la editorial en España. Ese día acabé comprando los libros Trasfondo de Patricia Ratto –que comenté en el blog hace tiempo- y este titulado La huella del crimen del argentino Raúl Waleis (seudónimo de Luis V. Valera, Montevideo 1845 -  Buenos Aires, 1911). La faja roja de La huella del crimen me convenció para comprarlo: “La primera novela negra publicada en español”. Lo cierto es que yo no soy un gran aficionado a la novela negra, aunque sí que he leído a algunos de sus autores clásicos (Arthur Conan Doyle, G. K. Chesterton, Wilkie Collins, Dashiell Hammett o Raymond Chandler) y me gustaría volver con el género. En cualquier caso, aquella llamada era poderosa: “La primera novela negra escrita en español”.

Me he puesto al fin con el libro dos años después de haberlo comprado, este verano de 2015.
La huella del crimen se publicó primero en forma de folletín en el diario La Tribuna de Buenos Aires, y el mismo año (1877) apareció en forma de libro. En 1974 Fermín Fèvre la cita en su estudio Cuentos policiales argentinos, pero el libro, pese a su gran valor histórico, no había sido nunca reeditado hasta que decide hacerlo Adriana Hidalgo en 2009.

Se apunta en el prólogo que el gran modelo que sigue Raúl Waleis para escribir La huella del crimen son las novelas francesas en forma de folletín de Émile Gaboriau y que también se puede detectar la influencia de Edgar Allan Poe. Debemos recordar que la primera aparición en la escena literaria del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle se produce en 1887, una década después de la novela de Waleis.

Raúl Waleis era jurista y legislador, además de escritor de novelas (hasta con dos seudónimos además de su nombre), de poesía, de obras de teatro y textos jurídicos.

Antes de comenzar la novela se incluye un prólogo muy significativo del autor dirigido al editor y a los lectores. En él afirma, entre otras cosas, lo siguiente:
“Ha muerto últimamente en Francia Monsieur Émile Gaboriau.”
“Declárome uno de sus discípulos.”
“El derecho es que beberé mis argumentos.”
 “Julio Verne ha popularizado las ciencias físico-naturales con sus novelas. Yo trato de popularizar el derecho con mis romances, sin pretender para estos la gloria inmensa de aquellas.”
“Trato de herir la imaginación de la mujer, presentando a sus ojos cuadros que la instruyan.”

En el prólogo podemos ver cómo Waleis considera que su público es femenino, y aunque en una primera instancia esto nos puede parecer condescendiente (es la mujer y no el hombre quien necesita que le instruyan), lo cierto es que Waleis acaba haciendo un alegato en contra de las leyes matrimoniales que perjudican a las mujeres y pidiendo su cambio, lo que hace que su texto (paradójicamente) sea más moderno de lo que parece.

Waleis sitúa la acción de la novela en París. Una mañana de 1873, dos aldeanos atraviesan el Bosque de Boulogne, se encuentran allí un cuerpo degollado y uno de ellos es prendido como posible autor del crimen. En la comisaría, este aldeano tiene la suerte de dar con el comisario de policía Andrés L´Archiduc, quien tras interrogarle se convence de su inocencia y le promete que resolverá el misterio. Aplicando su perspicaz inteligencia, además de recoger pistas a pie de asesinato, L´Archiduc irá desenredando la madeja del que parece ser un crimen pasional en que se verá implicada la nobleza parisina.

Como autor del siglo XIX, Waleis narra con autoconciencia de narrador y en más de una ocasión se dirige al lector: “El agente refirió fielmente cuanto los lectores conocen.” (pág. 35) o “L´Archiduc refirió allí al juez, con todos sus detalles, cuanto el lector sabe.” (pág. 157)

L´Archiduc es un policía racionalista, capaz de deducir muchos hechos simplemente pensando y haciendo deducciones lógicas, pero también es capaz de subirse a la parte trasera de un carruaje para escuchar una conversación entre sospechosos o enfrentarse cuerpo a cuerpo con el posible asesino. En este sentido me ha gustado una reflexión de Román Setton en el posfacio cuando habla de la evolución del relato policial: “En la novela policial clásica, el detective batalla en forma privada con el caso, mientras que aquí se enfrenta cuerpo a cuerpo con el criminal: el clímax de la persecución en La huella. (…) Así en contraste con la novela-problema, cuya estructura se vuelve alegoría, las novelas policiacas de Waleis prefiguran el policía de Chandler o Hammett al proporcionar una imagen de la sociedad en su contenido, y no sólo a nivel estructural.” (pág. 289)

La novela es profusa en diálogos y frases cortas, separadas por puntos y aparte. Esto hace que se lea muy rápido.

En más de una ocasión los planteamientos narrativos resultan un tanto inocentes: el policía L´Archiduc ha de explicarle de forma didáctica cómo hace sus deducciones al juez (que en más de un caso parece un personaje poco lúcido), con la clara intención de que el lector pueda seguirlos. La perspicacia del policía lleva al juez a hacer en voz alta apreciaciones como las siguientes: “¡Es indudable! ¡Tenéis razón! Mr. L´Archiduc, ¡sois un gran hombre!” (pág. 50). Este esquema (que en realidad es el mismo, aunque más sutil, que luego seguirá Conan Doyle con su binomio Holmes-Watson) se repite en el capítulo IV, cuando dos médicos forenses están alzando el cadáver y el mayor se dedica a instruir al más joven (y de paso al lector) sobre la técnicas forenses.

No podemos olvidar, tampoco, que La huella del crimen es un folletín y por tanto nos vamos a encontrar aquí con honores mancillados, nobles que caen en desgracia y cuyo honor debería ser rehabilitado… y lo más llamativo: unas casualidades tremebundas, que hacen tambalear los cimientos de cualquier verosimilitud narrativa. Pero lo cierto es que como uno se ha adentrado en estas páginas avisado de lo que va a leer, todo esto acaba resultando divertido. Recuerdo ahora unas palabras de César Aira, gran lector (y renovador de forma irónica) de los folletines del siglo XIX: “Era una novela tan mala que era buenísima.” La huella del crimen está escrita en serio, pero si uno la lee de un modo irónico acaba siendo una novela divertida. Y lo cierto es que tiene pasajes entretenidos: persecuciones, pesquisas en diversas ciudades de Francia, intriga por saber quién es el asesino, cuál es su móvil o cómo ha llevado a cabo el crimen…

Como apuntaba al principio, y aquí sí que existe un tema muy serio, aunque según el prólogo la intención de Waleis es la de instruir a las mujeres y esto podía parecernos condescendiente, acaba siendo un alegato a favor de la mujer y en contra de su discriminación jurídica. La huella del crimen describe al fin y al cabo un crimen machista, un crimen de violencia de género y en esto no puede estar más (trágicamente) de actualidad. El juez (ése que parecía que no se enteraba de nada) acaba diciendo: “No podéis exigir que cuando tratáis a la mujer como cosa en los actos de la vida ordinaria, se le aplique el castigo como persona cuando delinque.”
“Abrid el libro de vuestras leyes civiles. La mujer no tiene derecho que ejercer sin la venia de su esposo. La madre no tiene patria potestad sobre sus hijos. La viuda no administra los bienes de la sociedad conyugal. Os entregan una mujer por compañera, y la ley la hace casi vuestra sierva. Está obligada a obedeceros y a seguiros. Vos sois el amo. Ella la esclava.” (pág. 260-261)

En definitiva, aunque muchos de los planteamientos narrativos de La huella del crimen, en cuanto folletín, estén un tanto anticuados, el tema de fondo que trata (la violencia machista y su tratamiento jurídico) es de plena actualidad; y esta novela (lo que no es ningún punto menor) tiene el privilegio de ser la primera novela policiaca escrita en español. Una novela que cualquier aficionado al género policial –que está ahora tan de moda- debería leer aunque sólo fuese por cultura popular o afán completista.
Por si a alguien le interesa: existe una segunda parte de esta novela, también publicada por Adriana Hidalgo, llamada Clemencia.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Reseña de "Los insignes" en Estado Crítico

Mi editor Román Piña le envió Los insignes a Fran G. Matute, uno de los artífices del estupendo blog de reseñas literarias Estado Crítico. Cuando Fran leyó Los insignes estuvo haciendo algunos comentarios en Twitter y me acabó comentando que el libro le había gustado y que se había reído bastante con él, que además se lo iba a pasar a Antonio Rivero Taravillo, que suele comentar la poesía en el blog, y que quedaría más propia la reseña si la hacía él.



Antonio Rivero Taravillo ha leído Los insignes y ha escrito esto sobre la novela:

Esta novela parte de dos extremos, bien ensamblados contra todo pronóstico en un aliño que une agua y aceite. Uno, hiperrealista, que es moneda corriente, el pan nuestro de cada día: un poeta desconocido español traba amistad y mantiene videoconferencias con Kim Jong-un, el monarca comunista de Corea del Norte. El otro es absolutamente inverosímil, y el autor le ha echado mucha imaginación: esa idea genial de que en las editoriales de poesía españolas pudiera haber corruptelas ligadas a los premios y posibilidad, qué hallazgo, de que la promoción de cierto autores poco tenga que ver con la calidad de estos. Con esos mimbres, uno casi de Galdós, y otro a lo Ray Bradbury, David Pérez Vega consigue una novela entretenida y ágil, en la que cuenta la frustración creciente de un poeta que tiene que lidiar en la selva de ‘jam sessions’, poetisas cuyos únicos acentos bien puestos parecen ser los de sus pezones, licenciados en Filología Hispánica que no leen jamás un libro, editores tan avispados como desaprensivos y reseñistas falsos, interesados, hipocritones, aupados al púlpito de un suplemento.
Curiosamente, Pérez Vega reparte pocos palos en esta piñata a la que él llama editorial Bisonte, fácilmente reconocible, y que es la que más y desvergonzadamente premios controla, para cargar en cambio contra otra, Hipérbole, y especialmente contra una tercera llamada Moby Dick, identificable como las anteriores. Lo bueno es que los rasgos de unas y otras están algo desfigurados, y hay elementos que, siendo por ejemplo de la primera (ese sonido ch del nombre de pila del editor), se trasladan a la tercera. Con ello, más que de ajuste de cuentas con un pecador en particular se trata de señalar el pecado bastante extendido. También aparecen algunos políticos municipales, y sus enjuagues y tejemanejes que hallan, tal para cual, a menudo la complicidad de los editores. Hay episodios que algún lector recordará porque saltaron a la prensa, y quizá podría haber abundado más el autor en otros asuntos como los festivales, pero tiene esta novela la ventaja de su ligereza: se lee con rapidez y no cansa.

Como divertimento, con humor bien medido y prosa a ráfagas brillante, esta novelita ejemplar no cuenta nada que no se sepa en el medio poético, pero lo hace desde la efectividad de no ponerse seria, engolada, solemne, a diferencia de esos poemas glosados del querido Líder Supremo con los que se nos regala de pasada al final del volumen.


Muchas gracias, Antonio

domingo, 8 de noviembre de 2015

El anticuario, por Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 248 páginas. 1ª edición de 2015.

De Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) había sido lector, hasta ahora, de su interesante blog sobre la actualidad peruana (ver AQUÍ); blog al que llegué gracias a una recomendación de Ivan Thays sobre los mejores blogs de la red. Cuando hace unos meses se presentó su novela El anticuario en la librería-bar Tipos Infames de Malasaña barajé la posibilidad de ir. Me interesaba el discurso político y reivindicativo de Faverón, la literatura hispanoamericana y lo que publica la editorial Candaya, una de las apuestas más seguras de la nueva narrativa en español. La combinación parecía irresistible, pero al final no acudí a la presentación. Me convencí a mí mismo de que estaba leyendo demasiadas novedades y de que acumulaba libros sin leer en la parte superior de mis estanterías de Ikea sin sentido. Sin embargo, meses después recapacité y tuve la impresión de que El anticuario era un libro que me iba hacer disfrutar y se lo pedí a los editores de Candaya, con los que he colaborado como reseñista alguna vez, y ellos, muy amablemente, me lo enviaron a casa.

El narrador de El anticuario, se llama Gustavo, como el autor, pero a diferencia de éste –que es profesor universitario de literatura en Estados Unidos- es psicólogo del lenguaje. Gustavo va a contarnos la historia de su amigo Daniel. Después de un capítulo inicial bastante alucinatorio, así comienza el verdadero cuerpo de la narración: “Habían pasado tres años desde la noche en que Daniel mató a Juliana, y su voz en el teléfono sonó como la voz de otra persona.” (pág. 13) Es una primera frase potente, sin duda.

Después de tres años, Gustavo retoma su relación con Daniel, su mejor amigo de la época de la universidad, con el que había perdido el contacto (no sin sentirse culpable) cuando ingresó en una clínica mental después de haber asesinado a su novia Juliana. Daniel fue a parar a la clínica mental y no a la cárcel, simplemente por la intercesión del dinero de su familia. Gustavo empezará a visitar a Daniel a la clínica en los capítulos del presente narrativo de la novela, y en otros intercalados nos irá haciendo conocer las circunstancias en las que conoció al que fuese su amigo cercano y las actividades a las que se dedicaba con él.

Daniel es principalmente un lector de manuscritos antiguos, que ya desde muy joven busca en las librerías de viejo de su ciudad. Una ciudad indeterminada, que debido a la procedencia del autor, uno acaba identificando como Lima, cuando en realidad hay pocas referencias geográficas que nos lleven a esta conclusión. Faverón también parece estar evitando para escribir usar términos puramente peruanos (como hacen con gran gracia y profusión Jaime Bayly o Alfredo Bryce Echenique, por ejemplo). Son realmente pocos los peruanismos que he podido recoger; tal sólo algunos como “quincha” o “tacho”. El lenguaje que emplea Gustavo Faverón para escribir su novela es de un registro muy correcto; cuando se cede la palabra a alguno de los protagonistas también éstos se expresan de forma muy cuidada. Sus frases son largas, ampulosas, ricas en adjetivos e imágenes. Lo cierto es que el estilo es denso, moroso, ralentizador del ritmo narrativo a favor de la recreación de la atmósfera, y en este sentido me ha recordado al estilo literario de H. P. Lovecraft. Pero debemos puntualizar: Faverón no cae en los excesos grotescos de Lovecraft ni en su excesiva adjetivación, su lenguaje pese a que busca reflejar un mundo turbio y opresivo es más elegante que el de Lovecraft. Faverón también recuerda al escritor de Providence en esa búsqueda de los viejos manuscritos, algunos hechos con piel humana (como el famoso Necronomicon lovecraftiano); una característica narrativa que, como ya señalé en su momento, también supuso una influencia narrativa para Jorge Luis Borges.
Creo que para el conocedor de la obra de Lovecraft párrafos de Faverón como el que voy a reproducir le resultarán identificables: “”Lo que pasa no es que me niegue a ver el mundo en el que vivo; es que rehúso darle más importancia que a los demás, ¿me entiendes? Los momentos del pasado o del futuro, los escenarios irreales de los cuentos, los sueños, los proyectos que uno descarta cada día, pero que existen en la duda alternativa de las cosas que dejamos de hacer, todos son mundos tan verdaderos como éste, y yo ni los abandono ni los degrado. Y claro, supongo que si trato de vivir en tantos espacios a la vez es disculpable que me ausente de éste de tanto en tanto, ¿no crees tú?

Faverón, escribe con gran esmero párrafos densos y cincelados, pero, sin embargo y con plena conciencia de estar creando una atmósfera terrorífica, se recrea a veces en la descripción feista de personas. Así, por ejemplo, se describe a dos policías (o uno, ya que al final los dos resultarán ser la misma persona) que entran en la trama: “Dos policías vestidos de civil, había dicho Daniel: los labios ulcerados, el primero, nubes de soriasis en el dorso de las manos y en el arco de las cejas, el segundo” (pág. 174). Y en la misma página, sólo un poco más abajo, así se describe a dos hermanas que regentan un cafetito: “Son bastante jóvenes, y son gemelas, pero, debido a la anorexia de una, lado con lado parecen la misma persona antes y después de la muerte.”

Ya he citado la posible influencia de escritores como Lovecraft o Borges en este libro de bibliotecas misteriosas y mensajes cifrados. Antes de empezar a leer la novela hice algo que en la mayoría de los casos se debe hacer a posteriori (y más las personas que nos dedicamos a escribir reseñas sobre lo leído): leí reseñas ajenas. En algunas de ellas ya hablaban de los escritores que yo he citado, y también de José Donoso, la primera referencia en la que pensé al leer el inicial discurso alucinado: “Según la esposa de Conrado Lyncosthenes, que era extranjera, en su país las mujeres ponían huevos como las gallinas. Conrado la mató, y en el lecho de muerte encontró un huevo amarillo y a través de la rajadura de su cáscara vio el rostro dormido de una criatura idéntica a él.” (pág. 9). En la página 197 se cita directamente a Edgar Allan Poe y La carta robada, otra posible influencia en este texto que nos cuenta una historia de terror y mentes perturbadas, pero que también usa una trama detectivesca, que nos lleva por las páginas del libro hasta poder solucionar el enigma de los asesinatos cometidos por Daniel (o tal vez cometidos por otra persona). En la página 186 leemos: “Jamás había pagado por información: al deslizar los billetes sobre la lámina de plástico me sentí por primera vez como un detective de ficción.”
Pero en las reseñas que he leído no he encontrado ninguna que hablase de una nueva influencia que a mí me ha parecido detectar: la de las nouvelles fantásticas y de terror del escritor argentino José Bianco, estoy hablando de  novelas como Sombras suele vestir o Las ratas, de prosa muy elegante y que también recrean ambientes familiares enrarizados, porque al fin y al cabo El anticuario es una novela que, usando la literatura de género (terror o policiaco) de forma sublimada, en realidad nos está hablando de ambientes familiares enfermizos.


Me ha gustado El anticuario, pese a que la causalidad de situaciones por las que pasa el narrador para, mediante sus pesquisas, solucionar el misterio propuesto me ha parecido en algún momento un tanto artificiosa (este personaje le dice a Gustavo que hable con éste otro, y este otro le dice que hable con el de más allá… y así van avanzando los capítulos del presente narrativo). Que nadie busque en El anticuario una novela policiaca o de terror de gran intriga y ritmo trepidante, porque esta novela, de atmósfera oscura, requiere de un lector exigente y de una lectura atenta y propone otro juego más sutil. Quizá la faja que acompaña al libro, firmada por Mario Vargas Llosa, pueda ayudarnos a comprender cuál es el verdadero alcance e intencionalidad narrativa de este libro: “Al final de la lectura uno queda descontrolado y alucinado… Los lectores que sean capaces de disfrutar las sutilezas y secretos escondidos en un texto tan rico y profundo como el de esta novela, no la olvidarán”.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Alguien habló sobre mi novela Los insignes

En esta entrada voy a dejar los posibles comentarios que aparezcan sobre mi novela Los insignes (Sloper, 2015):


8) Suplemento El Cultural
Reseña escrita por Pilar Castro

7) Blog Mi estantería
Reseña escrita por el bloguero Yossi Barzilai

6) Blog Devaneos
Reseña escrita por un señor de Logroño que lee mucho.

5) Blog Estado Crítico
Reseña escrita por Antonio Rivero Taravillo

4) Revista digital y de papel Librújula
Reseña escrita por Enrique Villagrasa

3) Revista digital La Caja Negra
Reseña escrita por Eugenio Navarro

2) Blog El cuaderno rojo
Reseña escrita por Jesús Artacho

1) Periódico El Mundo Baleares, comentario sobre la presentación en Palma de Mallorca
Noticia escrita por Andreu Vidal Buenafuente.

martes, 3 de noviembre de 2015

Reseña de "Los insignes" en el blog El cuaderrno rojo

Le envié a Jesús Artacho, al que conozco gracias a intenet y con el que he intercambiado algunos libros, Los insignes.
Jesús mantiene un interesante blog literario llamado El cuaderno rojo (Ver AQUÍ)



Tras leer mi novela, Jesús escribió en su blog:

El mostoleño David Pérez Vega, a quien no pocos descubrimos por su blog literario,Desde la ciudad sin cines, salta de archipiélago, sin abandonar la insularidad editorial, y pasa de la tinerfeña Baile del Sol, donde habían aparecido sus cuatro libros anteriores, a la mallorquina Sloper, que hará poco menos de un mes ha publicado su última novela, Los insignes. Agradezco al autor el detalle de enviarme la novela, que he podido ya leer no sin entusiasmo.

El libro se anuncia como parodia del mundillo poético de una gran ciudad española, pongamos que hablamos de Madrid. Tiene una estructura más bien epistolar, y concretamente reproduce las conversaciones por Skype (el monólogo, valdría decir) entre un poeta español y -sorpresa- Kim Jong-un, el Líder Supremo de Corea del Norte, al que descubrimos también poeta y deseoso de mejorar su español. Aquí el lector debe hacer un pequeño acto de fe, pues la vídeo-conferencia, pese a su componente oral, aparece, como por otra parte sea razonable, siguiendo los códigos y convenciones del registro escrito. Como decíamos, al que siempre leemos es al personaje español, mientras que Kim Jong-un ejerce de respetuoso oyente que sólo por momentos abandona la mudez. La aparición del líder norcoreano puede actuar, según el tipo de lector, como un arma de doble filo, y si bien puede atraer lectores y sazonar el conjunto de forma muy apropiada, al colisionar con nuestro horizonte de expectativas, también se puede pensar que con su presencia la verosimilitud pierde algunos enteros (dentro de la excentricidad, por cierto, no deja de tener cierto sentido, pues cuentan que una de las personas de confianza del líder de la hermética república, Alejandro Cao de Benós, es español).

Hechas estas puntualizaciones, en mi caso no he podido sino disfrutar con esta novela que encuentro de estirpe bolañana, por espíritu lúdico, giros verbales, chispa, inteligencia, vértigo y dosis de delicioso disparate. Por riqueza referencial y buen hacer, se nota que el autor, a diferencia de algo que critica, la figura del aspirante a poeta que apenas se preocupa por leer o conocer los rudimentos del oficio, es un gran lector. 

Novela hilarante, en Los insignes se desenmascaran vicios de la poesía (en algunos casos extensibles a la literatura en general), tanto en lo que atañe a autores como a editores. Se critica con gracia, por ejemplo, el exceso sentimentalista, el aplauso amiguetil y acrítico en el que a veces se cae, los egos desmedidos o ciertas poses (el mundo de los blogs y las redes sociales, como no podía ser de otra manera, está muy presente). Se denuncian de forma pormenorizada las corruptelas en el apartado de premios, becas, subvenciones o el comportamiento de ciertas editoriales. El protagonista de esta sátira, un escritor e inspector de Hacienda calvo y bajito, que pretende hacerse un hueco en el mundo literario, peca en ocasiones de ingenuidad y de un deseo desesperado de reconocimiento, pero su punto de vista es generalmente honesto. 

Se atisba que Pérez Vega ha ficcionado pero también ha sabido utilizar de forma acertada su experiencia como bloguero y como escritor. "Me di cuenta de la ridiculez de sufrir por la literatura", declara en una entrevista reciente, haciendo gala de una sana distancia a la que a no todo autor en ciernes parece capaz de llegar, y es que, como decía el otro, los malos escritores (o los que, en general, se afanan por ganar respetabilidad, por alcanzar la gloria) sufren como ratas de laboratorio.

No todo es literatura y humor en el libro, y de forma transversal se hace referencia a la coyuntura político-social del país (la especulación inmobiliaria, el 15-M...).Móstoles, como viene siendo habitual, también está muy presente, y de hecho el protagonista es oriundo de esta "ciudad dormitorio" o "suburbio", según se la califica en el libro, algo que, según comenta el autor en facebook, fue la única pega -curioso- que su madre le puso al libro, que llamara a Móstoles suburbio, que no siéndolo lo llamara así para romantizarlo

Como pequeña crítica, en una edición por lo demás muy pulcra y un texto expedito deerratas, creo que se les ha colado una en la contraportada. Se lee: "Si todos los poetas de España, los que lo son y los que se lo creen, compran este libro, será un súper ventas histórico". Me sonó raro ese "súper" y me fui al diccionario, donde leí que acentuado, "súper" es siempre acortamiento de "supermercado", de ahí que la tilde no venga al caso.



Muchas gracias, Jesús.

as, Jesús.
Muchas 

domingo, 1 de noviembre de 2015

Fabián y el caos, por Pedro Juan Gutiérrez

Editorial Anagrama. 235 páginas. 1ª edición de 2015.

Conocí a Pedro Juan Gutierrez (Matanzas, Cuba, 1950) gracias a una reseña de Babelia firmada por mi admirado crítico Miguel García-Posada. Descubrí mucha literatura moderna en la década de 1990 gracias a sus reseñas, me fiaba mucho de él y nuestros gustos solían coincidir. Tras el verano de 1999 yo había acabado mi licenciatura de Administración y Dirección de Empresas y estaba pensando irme una temporada a Londres, un plan que al final, y por diversas circunstancias, abandoné. Recuerdo que cuando tomé la decisión de quedarme en Madrid y buscar con intensidad trabajo, también, como afirmación de un destino (o algo similar), compré dos libros de relatos de Anagrama: Llamadas telefónicas de Roberto Bolaño y Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez. Ambos libros se encuentras entre mis favoritos de colecciones de relatos. A Bolaño ya lo había leído y por tanto la sorpresa de su lectura fue menor que la que supuso la Trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan; un volumen formado por tres colecciones de cuentos que su autor había tratado de publicar en Cuba sin éxito. Creo que a través de algunos autores españoles consiguió hacer llegar sus libros a Anagrama y Trilogía sucia de La Habana se convirtió en un gran éxito traducido a muchos idiomas (me parece que ya va por los veinte). Roberto Bolaño y Pedro Juan Gutiérrez se convirtieron desde ese año 1999 en mis dos autores de cabecera de Anagrama, los dos autores de los que iba a comprar sus libros según aparecían. De hecho, tengo casi todas las primeras ediciones de sus obras. Quizás Bolaño me ha parecido siempre más versátil que Pedro Juan, pero, a pesar de que Pedro Juan ha conseguido crear un tipo de escritura que puede resultar repetitiva, su forma de narrar era tan potente que siempre era un placer volver a reencontrarse con él.

En Trilogía sucia de La Habana Pedro Juan Gutierrez crea al personaje de Pedro Juan, un alterego de sí mismo, pero más desesperado y furibundo que lo que debe ser el autor en la realidad. Pedro Juan es un tipo que fue periodista en el pasado, pero debido a su individualismo cayó en desgracia (esto nunca se aclara del todo) y se dedica en el presente narrativo del libro a sobrevivir en La Habana, en la dura época de los balseros de los años 90. Trilogía sucia de La Habana se puede leer como una novela formada por pequeñas aventuras de Pedro Juan. Cada cuento refleja una salida de su casa, una tarde de reflexión en su azotea o un encuentro sexual (el sexo, el alcohol y la escritura furiosa son sus válvulas de escape). En realidad estos cuentos entroncan con la tradición picaresca, salvo que la sensación de desesperación supera al uso del humor. Pedro Juan se busca la vida en una Habana caótica, en plena descomposición. Nunca se habla de Fidel Castro ni del poder, pero su crítica está latente en cada página, en cada imagen de edificio derruido o personas desgraciadas en la calle. Al fin y al cabo Gutiérrez (al escritor le llamaré Gutiérrez y al personaje Pedro Juan) pretendía publicar su libro en Cuba y seguir viviendo allí.

Después vendrían Animal tropical (con un impagable Pedro Juan en Suecia), El Rey de La Habana (sin Pedro Juan, con el personaje de un joven analfabeto, un joven salvaje de ciudad, que me gustó menos), el libro de relatos El insaciable hombre araña (que sigue en la línea de la Trilogía) y Carne de perro (unos relatos más sosegados; aunque no se comente en los textos, Gutiérrez ha tenido éxito con sus libros y su personaje se ha sosegado, ya no tiene que salir a la calle a buscarse la vida, y puede ir tranquilamente a la playa o quedarse en casa pintando un cuadro; aumenta aquí la melancolía, pero baja la rabia vital, fuente de la narrativa de Gutiérrez); la novela Nuestro G. G. en La Habana (una curiosa intriga en torno al escritor Graham Greene) y El nido de la serpiente (con un Pedro Juan más joven). Esta última novela fue publicada en 2006. Gutiérrez publicó en Anagrama siete libros en siete años y de repente desapareció. Sé que ha publicado algún libro más en otras editoriales, pero que no he leído debido a mi demencial pasión por Anagrama.
Gutiérrez tiene una página web en la que anuncia sus libros y ahí yo he leído que había escrito alguna novela más que se encontraba libre de derechos de autor. También escribe poesía, que no ha sido publicada en España. En alguna ocasión me pareció que sería una buena idea que esa poesía se viese publicada; incluso me pareció una buena idea comercial, repetir el fenómeno de la poesía de Charles Bukowski o de Raymond Carver, autores con un gran número de lectores en prosa que se consiguen traspasar a su obra en poesía. Se lo comenté a mis editores canarios de Baile del Sol, y dio la casualidad de que les resultó fácil contactar con Gutiérrez ya que desde hace unos años vive en Tenerife, pero no pudieron ponerse de acuerdo: Gutiérrez pedía un adelanto por su obra poética que la editorial no podía permitirse. Una pena, me hubiera encantado haber intervenido de forma tan directa en la vida literaria de este país y poder haber promocionado así  parte de la obra de un escritor del que soy tan seguidor.

Ahora, después de nueve años, cuando estaba pensando en releer los libros que tanto me gustaron de él, Gutiérrez vuelve a publicar en Anagrama, y como en los viejos tiempos yo he comprado el libro según ha aparecido en las librerías. Ha sido un bonito reencuentro.

En Fabián y el caos vuelve a aparecer el personaje de Pedro Juan, pero el encuentro del lector con él no es tan directo como en otras de sus obras. De hecho, el comienzo de la novela me ha desconcertado un tanto. Fabián y el caos empieza en tercera persona acercándose a la figura de Fabián, pero para llegar a él nos contará la historia de sus padres, que emigraron desde España a Cuba. La prosa de Gutiérrez parece haberse vuelto más comedida, menos desmelenada que de costrumbre. De hecho, el estilo indirecto libre de la tercera persona, cuando habla de los padres de Fabián (un catalán y una madrileña que se conocen en Madrid), se olvida de los cubanismos y usa términos castizos; por ejemplo: “Iba por la vida dándoselas de chulita” (pág. 13), “Haber consumado el matrimonio como Dios manda” (pág. 17), “Se iban a joder” (pág. 39).
Los padres de Fabián emigran a Cuba. La madre toca el piano en una guardería y el padre trabaja en la tienda de un tío que emigró una generación antes que él. El padre sueña con el éxito económico y ahorra cada peso. No podrá imaginar que en 1959 va a perder todo su dinero gracias a la revolución.
A pesar del lenguaje más comedido de esta primera parte del libro, Gutiérrez vuelve como otras veces a hablar sin tapujos de sexo, pero lo que más me llama la atención es que ahora habla sin tapujos de política. La primera parte, la de la historia de la emigración de los padres de Fabián, acaba en 1959. Este es su último párrafo: “En ese momento todos los cubanos, seis millones de personas, quedaron igualados por lo bajo. Como un golpe de kárate. Magistral. En un instante dejaron de existir la clase alta, la media y la baja. Mandrake el Mago, con un solo pase de sus manos, hizo un truco perfecto delante de los ojos de todos, y nadie vio la trampa. Ahora todos eran pobres de verdad. En todos los sentidos. No sólo económicamente. Era un golpe genial, algo perfecto. Pero era sólo el comienzo. Lo mejor vendría después.” (pág. 51)

En la segunda parte la voz narrativa es la de Pedro Juan. Recuperamos aquí toda su desesperación y su fraseo cubano. Este estilo narrativo es más potente que el anterior (aunque el anterior llevaba muy bien al lector, que siempre quería saber más sobre lo que iba a pasar). Estamos ante un Pedro Juan joven que nos va a contar su vida en el instituto, centrándose en su relación con el apocado Fabián, aprendiz de pianista. Algunas de las historias que se cuentan ya son conocidas por el lector de Gutiérrez, como la dedicación de Pedro Juan al negocio de los helados.

La estructura del libro es la siguiente: partes 1, 3 y 5 contadas en tercera persona (la primera con casticismos, porque se centra en los padres españoles de Fabián, y las dos siguientes con más sabor cubano, porque el estilo indirecto libre se acerca más a los pensamientos de Fabián, nacido en Matanzas). Las partes 2 y 4 están narradas por Pedro Juan y se centran en sus encuentros con Fabián, el verdadero protagonista de este libro, que como leí en una entrevista está basado en una persona real que Gutiérrez conoció en su juventud.
La crítica al gobierno cubano ya he comentado que se vuelve aquí manifiesta, pero además se centra en un tema concreto: la crítica a la persecución de los homosexuales. Fabián trata de vivir aislado del exterior soñando con convertirse en un gran pianista, además es homosexual. Casi acaba en una cárcel de reeducación cuando es pillado en la playa con otro chico. Así habla uno de los policías cuando son llevados a comisaría: “¿Son los maricones que cogieron en la playa? Si yo fuera el juez les meto veinte años por lo menos. Uhhh, como no. Veinte años. En Agüita, trabajando al sol, pa que se hagan hombres. O se hacen hombres o se mueren.” (pág. 141)
Fabián acabará sufriendo seriamente la persecución por ser homosexual, y aunque en algunos casos se comporta como un ser desagradable y despótico con sus padres, su historia es terrible y uno acaba el libro sobrecogido.


Si alguien no ha leído nunca a Pedro Juan Gutiérrez le recomiendo que empiece por Trilogía sucia de La Habana, un libro que me impactó muchísimo en su momento, que desde hace más de quince años viaja conmigo, en mi imaginario de lector, y que he de releer. Si alguien es lector habitual de Gutiérrez Fabián y el caso le gustará. Fabián, como personaje, es una creación potente. Pedro Juan Gutiérrez ha vuelto a Anagrama y, como ya he apuntado antes me ha encantado este reencuentro.

jueves, 29 de octubre de 2015

Presentación de "Los insignes" en Palma de Mallorca

El fin de semana pasado estuve en Palma de Mallorca presentando ni novela “Los insignes” en la bonita y cuidada librería La Biblioteca de Babel. El presentador fue mi amigo el poeta y narrador Javier Cánaves. Román Piña, el editor de Sloper, nos introdujo a los dos.
La verdad es que fue un fin de semana muy intenso y muy agradable.
Javier Cánaves, yo y Román Piña en La Biblioteca de Babel


El jueves por la noche me entró en la bandeja de correo electrónico un mensaje de un joven periodista llamado Andreu Vidal Bustamante, que trabaja para el diario El Mundo Balear (donde también escribe una columna Román Piña), pidiéndome que le contestara a un cuestionario; y que si podía se lo enviara el viernes. Este día tenía que ir al colegio y desde el trabajo ir al aeropuerto, así que lo escribí la noche del jueves, lo revisé la mañana del viernes y se lo envié a Andreu.
El sábado había quedado a la una de la tarde con Román en la Plaza de España, consulté Facebook en el móvil, tomando un café, en la terraza del Café 1916 y al ver el recorte de prensa de El Mundo Balear me acerqué al quiosco de la plaza para comprar el periódico.
Ya había aparecido en algún periódico antes: en El Cultural, el suplemento de El Mundo, Gonzalo Torné escribió un artículo sobre el blog, y me nombraron en El País y en El Mundo cuando participé en 2012 en el encuentro de blogs literarios (pero creo que esto sólo salió en la versión online). Esta es la primera vez que aparezco en un periódico en papel (y no en un suplemento). No sé si realmente esto puede hacer que en Baleares alguien se interese por mi novela, o si yo comentando lo del periódico aquí y ahora tengo, gracias al blog, más repercusión (dentro de unos niveles de repercusión liliputienses). Lo cierto es que hizo ilusión pasar las páginas del periódico en la plaza de España de Palma y verme allí dentro. Además queda bien poder enseñárselo a familiares y amigos (mi novela va sobre el deseo de reconocimiento desmesurado, aquí estoy yo -el irónico- "hablando de mi libro", en fin).

Voy a dejar aquí un enlace al artículo online que al final salió en el periódico en papel, una foto del periódico escaneado, y el cuestionario tal como yo contesté a las preguntas.


El Mundo Baleares, sábado 24 de octubre de 2015
Si pinchas sobre la imagen se agranda.

 ENTREVISTA REALIZADA POR ANDREU VIDAL BUSTAMANTE:
¿Qué podría contarme de la trama?
Ernesto Sánchez es un inspector de Hacienda de 36 años, que siempre ha soñado con alcanzar la gloria artística gracias a sus poemarios. Mantiene un blog de reseñas literarias dedicado en exclusiva a la poesía. Es habitual que le escriban poetas con el deseo de que reseñe sus libro en el blog. La sorpresa será mayúscula cuando sea Kim Jong-un, el presidente de Corea del Norte, quien le escriba para proponerle que lea y comente en su blog –ya que no se fía demasiado de la excesivamente buena acogida crítica que ha tenido en su país– el libro de poesía que ha escrito sobre la muerte de su padre. Mientras se ultima la traducción del poemario, Ernesto y Kim Jong-un conversan por Skype y el primero aprovechará para desahogarse sobre la relación negativa que ha tenido con un prestigioso editor de poesía español y, de paso –y con humor– describirá las diferentes tribus poéticas de su ciudad.


¿Y del personaje?
El personaje principal, Ernesto Sánchez, es un letraherido que a sus 36 años empieza a pensar que es tarde para alcanzar el deseado prestigio literario. Ese prestigio que le permitirá traspasar las puertas de los bellos jardines soñados.


¿Qué relación guarda el título con el argumento?
Cuando Ernesto habla con su nuevo amigo, Kim Jong-un, de algún personaje del mundillo poético por el que no suele sentir mucho aprecio, suele introducir su nombre de forma sarcástica con el apelativo de “insigne”. Así que “los insignes” serían el conjunto de enemigos y competidores de Ernesto.



¿Por qué decide escribir una novela sobre la frustración del poeta en busca de reconocimiento o de edición?

Porque durante una temporada yo, como tantos otros, sucumbí a la enfermedad de Ernesto. Afortunadamente para mí y para mi salud mental, pude darme cuenta a tiempo de la ridiculez de haber empezado a sufrir por la literatura, precisamente la afición que más alegrías me había dado en la vida.


¿Considera que esta frustración es similar a la que también viven los novelistas?
La frustración de no alcanzar el éxito deseado en la poesía es similar a la de la narrativa o a la de cualquier arte. Diría más: podría extenderse al deporte, a la vida profesional, amorosa, etc. Tal vez, cuanto más pequeña sea la tarta del éxito a repartir (y en poesía, al haber tan pocos lectores reales, esa tarta es realmente pequeña), más ridículas y desproporcionadas sean las ambiciones desmedidas de éxito y de reconocimiento.


¿Y qué tal le han tratado en Sloper?
Muy bien. Les envié mi manuscrito por correo electrónico y Román Piña –el editor– me contestó en menos de dos semanas que quería publicarlo. Siempre han estado claras las condiciones de publicación y los plazos se han cumplido.


¿Por qué ha publicado con ellos?
Una prioridad para un autor que quiere publicar debería ser la de informarse bien de cuál es la editorial en la que mejor puede encajar su manuscrito. Yo suelo estar bastante al tanto de las preferencias de cada editorial. Después de que Sloper publicara La mala puta, el ensayo de Miguel Dalmau y Román Piña sobre el mal estado del mundo literario español, y al ser conocedor –porque lo anuncian en la web de la editorial– de que a Sloper le gustan los libros con humor, tuve claro que mi sátira disparatada del mundo de la poesía española podía encajar en el catálogo de Sloper. Y así fue.


¿Qué hace falta para que los editores españoles dejen de comportarse así?
Si te refieres al comportamiento del editor de mi ficción y no al insigne Román Piña, diría que lo que le hace falta al mundo de la edición emergente en español es más profesionalidad y comportamientos más adultos. Es lamentable (y el ejemplo es real) que un editor de cierto prestigio, que en las redes sociales protesta por las reformas laborales del gobierno que atentan contra la dignidad de los trabajadores, no entienda que su editorial también es una empresa y que debería, por tanto, cumplir con sus compromisos contractuales.


Menciona en su blog que el tema principal es la obsesión, ¿pero obsesión por darse a conocer o por qué motivo?
El tema de fondo de mi novela sería el de la obsesión: obsesión por cambiar de vida principalmente, por llegar a un supuesto mundo soñado e idealizado, que para el protagonista del libro está simbolizado por el éxito literario. Se trata de una obsesión que esconde detrás, en realidad, frustraciones más severas.


También dice que el blog de contracrítica de poesía Addison de Wit es parte de su documentación, ¿por qué?
En mi blog literario Desde la ciudad sin cines usé el término “documentación” de una forma un tanto irónica. Yo mismo tengo un blog de reseñas que trata de evitar la polémica, aunque a veces no lo consiga, y como partícipe en el mundo virtual de la literatura en internet me he interesado por blogs como Addison de Witt, un espacio que leía en su momento con gran interés, igual que he leído El lector Malherido, La medicina de Tongoy o Patrulla de Salvación, blogs en los que la polémica ha sido la nota dominante. Siempre me llamó la atención la virulencia y la pasión con las que los comentaristas (casi siempre anónimos) participaban en estos espacios, que fuera del mundillo de las personas que escriben tienen una influencia muy limitada. Sobre esa pasión y virulencia con las que se sobredimensiona lo que en realidad es pequeño e irrelevante, fuera de su círculo de expertos, trata mi novela.


¿Cómo se ha documentado?
Llevo años leyendo blogs de literatura, bien sea de creación o de crítica. En realidad no he tenido que documentarme, he hablado sobre lo que sabía. Tolstoi decía que si quieres saber cómo es el mundo echa un vistazo a tu aldea. Eso es lo que he hecho: mirar a mi aldea virtual, a mi pequeño mundo de internet.



¿Las situaciones que vive el protagonista son en parte vivencias propias o piezas de diferentes personas?

Algunas de las vivencias de Ernesto han partido de mi propia experiencia y otras son puramente inventadas. Uso experiencias propias, las deformo, me río de mí mismo…



¿En qué momento se le ocurre introducir a Kim Jong-Un como personaje de su novela?
Mi novela acaba siendo disparatada, pero al principio tuve un idea aún más loca: contar lo que quería contar (el tema de la frustración artística) en serio, como un drama real. Menos mal que me evité el fiasco de haber llevado este proyecto inicial a la práctica. Al principio quise que dos poetas frustrados intercambiasen emails, lo que hubiera sido una novela epistolar moderna. Pero si los dos protagonistas eran poetas fracasados, el tono cómico iba a ser mucho más difícil de conseguir. Quizás se iba a parecer demasiado a Juegos de la edad tardía de Luis Landero. El hecho de elegir a un personaje tan excéntrico como Kim Jong-un hace que, lo que la novela pierde en verosimilitud narrativa, lo gane, desde la primera página, en verosimilitud cómica.


¿Cuál es su papel?
Kim Jong-un es un contrapunto de Ernesto: este último publicó un libro y vendió 50 ejemplares y Kim Jong-un publicó un poemario cuya tirada inicial era de 4 millones de ejemplares, pero como buen poeta no está satisfecho: desea más reconocimiento, desea que el ácido crítico literario que es Ernesto le valide de forma ajena a la crítica oficial de su país.


Novela de humor, ¿de qué género?
Los insignes es una novela de humor satírico, con algunos toques de humor absurdo, que acaba siendo una crítica de costumbres y de tipos de personas.

Además de los cuentos de los hermanos Grimm dice que Tolkien fue decisivo a la hora de tomar la decisión de dedicarse a la escritura. Cómo él, usted también es profesor. ¿Cree que ha conseguido llevar esa doble vida entre la enseñanza y lograr perderse en su propio mundo?

Lo cierto es que me di cuenta de que mi vocación laboral debía ser la de profesor algo tarde, después de haber estudiado Empresariales, y trabajado como auditor de cuentas en una empresa norteamericana de horarios delirantes. Ahora doy clases de economía y matemáticas en un colegio. Me gusta estar en contacto con los estudiantes y tener además un mundo propio para el tiempo libre. Aunque siempre seguiré admirando a Tolkien por poder perderse en la Tierra Media.

domingo, 25 de octubre de 2015

Hotel Savoy, por Joseph Roth

Editorial Acantilado. 170 páginas. 1ª edición de 1924, ésta es de 2010.
Traducción de Feliu Formosa

Hace muchos años (calculo que más de quince) leí La leyenda del santo bebedor (1939) de Joseph Roth (Brody, antiguo Imperio Austrohungaro, 1894 – París, 1939). Fue un libro al que me acerqué con grandes expectativas y con el que no acabé de conectar. Sentí deseos, sin embargo, de volver con Joseph Roth (con él en el blog ya tengo comentados a los tres grandes escritores judíos apellidados Roth: Phillip, Henry y Joseph) cuando la editorial Acantilado comenzó a reeditarlos. Una profesora de lengua del colegio donde trabajo me dejó un día esta novela, Hotel Savoy, sin posibilidad de rechazo. Una alumna le devolvía el libro y ella me lo dio a mí. Me lo llevé a casa. Leí en internet que no era una de las novelas más destacadas de Joseph Roth y lo fue dejando. Llegó un momento en el que estaba seguro que a mi compañera del colegio se le había olvidado que me había prestado el libro, así que mi culpa por no leerlo fue disminuyendo, hasta este verano, cuando ya me pareció que debía devolverle el libro y sería una indecencia hacerlo sin haberlo leído. Después de todo este tiempo aguardándome, la lectura de Hotel Savoy ha sido una grata sorpresa, me ha gustado mucho.

El protagonista y narrador de Hotel Savoy es Gabriel Dan, un joven judío –originario de Viena- que ha participado en la Primera Guerra Mundial. Después de luchar en las trincheras y permanecer tres años en un campo de prisioneros en Siberia ha sido liberado y ha vuelto a Europa caminando, trabajando por alojamiento y comida por el camino. Por fin ha llegado a “la ciudad”, un lugar que está ya en Europa pero que nunca se especifica dónde, aunque por las referencias que se dan ha de estar cerca de Polonia o Rumania. Especulo que puede tratarse de Brody (o una proyección), ciudad natal de Roth: dentro del antiguo Imperio Austrohungaro, situada en el reino de Galitzia, una región entre las actuales Polonia y Ucrania. Brody está actualmente en Ucrania, y a principios del siglo XX vivía allí una gran comunidad judía, algo coherente con las calles descritas de esta ciudad –a la que no dejan de llegar expatriados- en el libro.

Gabriel Dan ha conseguido ahorrar algo de dinero por el camino y alquilará una habitación en la planta séptima (las últimas plantas son las que ocupan los más pobre) en el hotel Savoy. Gabriel parece un joven alegre, lleno de deseos de vivir, aunque los recuerdos del pasado le asaltan continuamente: “Aún veo los barracones amarillo que cubren una blanca superficie como sucias costras; aún me parece saborear la última chupada de una colilla encontrada en cualquier parte…, años de peregrinaje, amargura en las carreteras…, campos de terrones endurecidos por el frío, que me lastiman los pies.”, leemos en la página 74.

En la ciudad Gabriel tiene la intención de visitar a un tío rico, que le acabará regalando algún traje, pero nunca el ansiado dinero. Este tema, el de la espera perpetua, en cierto modo me ha recordado a Franz Kafka, pero imagino que esta es casi una asociación libre que establece mi mente entre dos escritores judíos de la misma época, centroeuropeos y que escriben en alemán.
El tema de la identidad judía está muy presente en la novela: “Penetramos en un pequeño callejón. Hay judíos que pasean por el centro de la calzada, llevan paraguas de puño retorcido plegados de un modo ridículo. Se quedan parados con el rostro pensativo o andan incesantemente de un lado para otro. Aquí desaparece uno, allí sale otro de un portal, mira inquisitivamente a izquierda y derecha y comienza a andar lentamente.
Como sombras mudas, los hombres van pasando; es como una reunión de fantasmas, de gente muerta mucho tiempo atrás y que vagan por esta callejuela. Es un pueblo que lleva miles de años vagando por callejones estrechos.” (pág. 47)
“Después volvimos a casa con Stasia. Escogimos callejuelas tranquilas; mirábamos las estancias a través de las ventanas iluminadas; eran viviendas míseras, en las que niños judíos comían pan con rábanos y hundían la cara en grandes calabazas.” (pág. 59)

Gabriel Dan va conociendo a los habitantes del Hotel Savoy: “El Hotel Savoy era como el mundo; hacia el exterior irradiaba una poderosa ostentación; la magnificencia parecía imperar en los siete pisos, pero en el interior habitaba la pobreza. Los pobres estaban en la parte de arriba, enterrados en tumbas bien ventiladas, y las tumbas se amontonaban sobre las cómodas habitaciones de los ricos, instalados abajo, tranquilos y holgados, sin preocuparse por los ataúdes de frágil construcción.” (pág. 42)
Como puede observarse en el párrafo anterior, la crítica social está presente en el libro. De hecho, la Revolución Rusa ha tenido lugar hace muy poco tiempo y los industriales de la ciudad temen que sus ideas se expandan por el resto de Europa. Desde que Gabriel ha llegado al hotel Savoy los obreros de las fábricas de la ciudad están en huelga, y en cualquier momento puede estallar la tensión social que se va acumulando. Para contribuir a esto, Gabriel se va a encontrar en la estación de trenes con Zwonimir, un antiguo compañero de armas y de cautiverio con el que empezará a compartir su habitación en el hotel. Zwonimir está muy politizado (“Quiero hacer la revolución aquí” le dice a Gabriel en la página 86) y se dedicará a expandir ideas revolucionarias por la ciudad.
Gabriel al principio hablará de sí mismo como de un ser solitario y egoísta (pág. 86), pero en la página 100 señala: “He dejado de ser un egoísta.”, algo que le ocurre después de empezar a trabajar como mozo de carga en la estación de trenes y compartir fatigas con sus compañeros.

En algunos casos, la crítica a la situación social que hace Roth parece evidente: “Era una fábrica de cepillos de cerda. Se quitaba el polvo y la suciedad de los pelos del cerdo, y con ellos se hacían cepillos que servían para limpiar otras cosas. Los trabajadores, que se pasaban el día limpiando y cribando las cerdas, tragaban el polvo, cogían hemoptisis y morían a los cincuenta años.
Había toda clase de normas higiénicas; los trabajadores tenían que llevar careta; las salas de trabajo tenían que tener tantos metros de altura y tantos de anchura, las ventanas tenían que estar abiertas. Pero la renovación de la fábrica le habría costado a Neuner más que si hubiera pagado un doble subsidio por cada hijo de sus trabajadores. Por ello, cuando moría un obrero, llamaban al médico militar. Y éste certificaba por escrito que este no había muerto de tuberculosis ni tenía la sangre envenenada, sino que había sufrido un ataque cardiaco. Eran una casta de individuos enfermos del corazón; todos los obreros de Neuner morían de «insuficiencia cardiaca». El médico militar era un buen hombre.” (pág. 108-109)

Pero la literatura de Roth no es en ningún momento panfletaria; por el contrario, los personajes son muy ambiguos y por tanto muy humanos. En contraste con los conflictos obreros, en la ciudad se espera (de nuevo la espera kafkiana) con ansiedad la llegada de Bloomfield, un emigrado de la ciudad, que se ha hecho rico en América. Cada año regresa a la ciudad y todos sus habitantes piensan que les va a poder ayudar con sus negocios.

Gabriel que llegó a la ciudad esperanzado, con deseos de olvidar los años de guerra, prisión y peregrinaje, que por un momento parece que va a conocer el amor de manos de la bailarina Stasia, vecina de hotel, parece ir sucumbiendo al desencanto, a la desesperanza, a la molicie de la ciudad.

El estilo de Joseph Roth me ha parecido muy ligero. Con unas pocas pinceladas describe una calle, una fábrica, una planta del hotel, y entremedias Gabriel reflexiona sobre lo que ve. El fresco humano descrito en la ciudad (expatriados, empresarios, obreros, judíos pobre y ricos…) es muy vivo. El sentido del detalle y del ritmo es apabullante. Hablaba de ligereza, de esa ligereza que casi siempre asocio a la literatura norteamericana y que me ha parecido tan eficaz para levantar el mundo propuesto.

Lo dije al comienzo: Hotel Savoy no es de las novelas más famosas de Joseph Roth y me ha gustado mucho. Ya he visto que en una de las bibliotecas que frecuento tienen casi todos los libros que en Acantilado ha publicado de este autor. Tengo ganas de acercarme a ellos.