domingo, 8 de diciembre de 2013

Sociedad limitada, por Miguel d´Ors

Editorial Renacimiento. 69 páginas. Primera edición de 2010.

Ya he hablando aquí de Miguel d´Ors (Santiago de Compostela, 1946). En uno de los pequeños homenajes poético que últimamente hago en el blog a media semana ya comenté que había leído tres libros suyos: La imagen de su cara (1994), Hacia otra luz más pura (1999) y Sol de noviembre (2005); y colgué unos cuantos poemas suyos (ver AQUÍ esa entrada).

Este libro, Sociedad limitada (2010), lo compré hace unos meses en la Casa del Libro de Goya, en Madrid, pero no ha sido hasta ese otoño que me he puesto con él. En realidad quería leer una detrás de otra las dos grandes novelas argentinas de los años 90: El traductor de Salvador Benesdra y El desierto y su semilla de Jorge Barón Biza. Pero después me pareció excesivo leer seguidas las novelas de dos suicidas y tomé de la estantería este poemario de d´Ors para oxigenar tanta tensión dramática.

Sociedad limitada, al igual que los otros poemarios que he leído de este autor, conjuga las formas clásicas (versos de métrica reconocible, en ocasiones haciendo uso de la rima) con una visión irónica, y en muchos casos desmitificadora del hecho de escribir poesía; efecto que se consigue con el empleo en más de una ocasión de un lenguaje coloquial; por ejemplo, podemos leer en la página 50 el siguiente verso: “Bien miradas las cosas, es un churro de calle”, o en la página 21: “una camisa comprada en las rebajas.”

Los poemas que más me suelen gustar de d´Ors son aquellos en los echa la vista atrás y recrea algún recuerdo de infancia o juventud, como éste:


DE MI NIÑEZ SILVESTRE
                        A mi hermana Paz

Aquel olor de heno recién segado, en julio,
en los prados de «A Costa». La hierba se dejaba
extendida por cuatro o cinco días,
que el sol de por Santiago la secara,
para luego apilarse en el palleiro

y aquel perfume iba creciendo, iba
invadiendo callado nuestras horas,
se adueñaba de los pasillos de la casa,
del lavabo y la ducha, de los juegos reunidos,
del rezo anochecido del Rosario
al borde de la hoguera donde se consumían
los abecés del último verano,
y hasta a veces de noche se infiltraba
en mis sueños, y en ellos
me desataba en un mundo de raras peripecias
por otros prados y otros veranos irreales.

Y hoy sé que iba metiéndome también
de alguna forma inexplicable en mi
futuro: esta mañana estaba aquí,
victorioso del tiempo y la distancia,
y he vuelto a respirarlo, y ha traído a esta página
la luz feliz y pura de mi niñez silvestre
en los prados de «A Costa»
allá por el mil novecientos cincuentayfranco.


Una de los recursos que suele emplear Miguel d´Ors en sus poemas es el de la referencia metaliteraria al momento en el que se escriben los versos (como podemos observar en el final del poema reproducido arriba). El poeta escribe el poema para retener un instante vivido (un paseo por el campo, por ejemplo) y para hacer suya la belleza que observa, normalmente en el entorno natural. Miguel d´Ors en la página 26 escribe un poema para celebrar la belleza efímera de una amapola, y con este verso cierra la composición: “que va a quedarse en mí y en estos versos.” O bien la metaliteratura le sirve a d´Ors para reflexionar sobre su propia condición de artista y el paso del tiempo: “Con la edad uno aprende / a fracasar y a hacer / de la resignación una poética.” (pág. 47)

Creo que en este poemario más en que los anteriores (y si era así lo he olvidado) se puede observar en mayor grado el interés del autor por la presencia de Dios: “en nuestro corazón –arcas de Fe” (pág. 14), “del rostro del Eterno” (pág. 14), “la llama de la Fe” (pág. 44), “la mirada eterna de Dios” (pág. 51).

En un esclarecedor prólogo, el propio d´Ors apunta que una consecuencia de llevar muchos años escribiendo poesía es “la despreocupación por encajar el libro en el corsé de una homogeneidad temática, tonal y formal.” Así en este libro nos podemos encontrar “páginas graves con otras poco menos que disparatadas”. El poema Belinha (págs. 14-15), una elegía por la hermana muerta, es quizás el poema más solemne del conjunto; que puede convivir en la página 24 con una composición humorística, jugando con la forma del haiku japonés:

A LA MANERA DE BASHO

Tantos jazmines,
tantos jazmines, tantos…
¡qué pestilencia!

Nótese, que pese a la intención paródica, el haiku mantiene su estructura silábica clásica 5-7-5.

En el poema A dos sombras de 1874 (pág. 34) d´Ors, a través de la figura de uno de sus antepasados gallegos, realiza un curioso homenaje a la poesía de Jorge Luis Borges y su mitificación de un pasado de familia militar.

Como en las otras ocasiones que me ha acercado a sus libros ha sido agradable volver a leer un poemario de Miguel d´Ors, volver a poder disfrutar de esa mezcla de reflexión, recuerdo, deslumbramiento ante la naturaleza y el uso del humor. He visto en las listas de los libros más vendidos de poesía del ABC cultural que su nuevo libro, Átomos  y galaxias, se encuentra desde hace semanas ahí. Me alegro, y espero que este poeta llegue a un público cada vez más amplio (si en algún sentido se puede considerar amplio al público de la poesía). Dejo aquí algún poema más del libro:


DÍAS FELICES

Aquel apartamento de alquiler,
embaldosado y frío como los mataderos.
Hacia las cuatro y media el sol se me ponía
detrás de aquellos patios desconchados
de cuadro hiperrealista.
Y los 1.800 marroquíes
del tercero. Que Alá no les perdone
aquellas noches de jamalajá
que me volvían musulmán pasivo.
(En la cocina el grifo, desvelado,
goteaba y goteaba, contando los segundos,
las horas, las semanas que me faltaban para
volver al Norte y a mi vida).
                                                Pero
qué extraña beatitud
cuando, ya anocheciendo, regresaba
del trabajo, encendía, sin quitarme el abrigo,
a máxima potencia aquella estufa
prestada y, apretando contra ella,
volaba con la orquesta de Glenn Miller.


REGRESO AL «SAVOY»

No necesito los superbi colli
que meditaron otros, ni los mármoles
ilustres arrasados por la edad,
ni el recuerdo de Itálica famosa:

me basta lo que queda del «Savoy»,
aquel café de espejos infinitos
-Plaza de la Herrería- donde tantos
helados de turrón tomó mi infancia,

para saber que todo está llamado
a la ceniza, que estos ojos míos
que hoy miran estos muros claudicantes

pronto se reunirán con ellos, que
lo que aquí se hunde no es sólo el «Savoy»:

es mi infancia, mi vida, lo que soy.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Llaves, un poema de El bar de Lee


Dejo aquí un poema de la primera parte del poemario El calvo del Sonora (segundo libro incluido en El bar de Lee). Esta primera parte se titula En  mi territorio y pretende ser una indagación en los orígenes de la vocación literaria. La búsqueda de esa vocación se va haciendo en cada poema hacia atrás en el tiempo. El poema titulado Llaves es el último de esta sección; es decir, refleja el recuerdo personal que podría considerar el punto de partida de mi vocación literaria.



LLAVES

Como si en realidad fuesen tres hermanos
me sigue pareciendo complicado diferenciar
entre los cuentos de Andersen y los de los Grimn.
Yo aún no sabía leer, esperaba a que mi padre
regresara del trabajo y tras cambiarse de ropa
le hacía sentarse en el sofá. Como en la apoteosis
de un rito antiguo deseaba que cobrasen vida
los signos negros encerrados en el fino papel,
se abrirían para mí entonces, en aquellas tardes
primeras, las vertiginosas puertas de estos libros
que hoy conservo: La sombra y otros cuentos
de Andersen y Cuentos de Jacob y Wilhelm Grimn,
en las baratas y cuidadas ediciones de Alianza.

Se aclaraba la garganta y bajo el bigote la voz,
en ese momento el niño que era yo sucumbía
a la magia que invocaban las palabras,
magia que le conduciría a vigilar su sombra
de repente presentida como un ser autónomo,
a pensar en princesas verdaderas que detectaban
guisantes bajo una montaña de almohadas,
a interrogarse con ceño fruncido si de verdad
en algún lugar del mundo los sapos hablaban.

Ahora sé que sí: lo hacían en los estanques
de aquellas frases que mi padre conjuraba
en el sofá de casa tras su trabajo de ingeniero.
En una ocasión le pregunté si él escribía
cuentos. Yo no sabía leer pero pensaba
que quien leía cuentos debería también querer
escribirlos. Confuso, sorprendido, imaginaba.

Recuerdo entre todos uno: La llave de oro.
Un niño sale a buscar leña en un crudo
día de invierno, entre la nieve encuentra
una llavecilla de oro, después un cofre
y en él una cerradura. Y entonces le dio
una vuelta; y ahora hemos de esperar hasta
 que haya terminado de abrirlo y levante la tapa:
 entonces nos enteraremos de las cosas
 maravillosas que contiene el cofrecillo. Finalizó
mi padre abrupto la lectura. No podía creerlo,
me tomaba el pelo, tenía que saber
qué contenía el cofrecillo, necesitaba saberlo.
Insté a mi padre a que pasase el dedo
por las palabras según las repetía. Ni una más.
Éramos víctimas de un error. Llegué a coger
una lupa en busca de los restos de una supuesta
página arrancada donde, sin otra posibilidad,
tendría que encontrarse resuelto el misterio.

Puedo ver a mi padre: sonreía observando
a aquel niño que no sabía leer, su indagar
en el lomo esquivo de un libro de bolsillo.
Quizás él haya olvidado esta extraña escena
que regresa a mí con terquedad de símbolo,
porque, sin duda, lo más extraño de todo
es que tres décadas después
el niño que era yo, convertido en adulto,
aún sigue
buscando lo que había en aquel cofrecillo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

El traductor, por Salvador Benesdra

Editorial Eterna Cadencia. 670 páginas. Primera edición de 1996, esta de 2012.
Prólogo de Elvio E. Gandolfo.

En una conversación sobre literatura argentina con Federico Guzmán surgió por primera vez el nombre, para mí desconocido hasta entonces, de Salvador Benesdra (Buenos Aires, 1952-1996). La literatura argentina cuenta con grandes cuentistas, pero, me interrogaba Federico, ¿cuál es la mejor novela argentina? Yo opinaba que alguna de Juan José Saer, seguramente Glosa o La grande, por ejemplo; y él apuntaba que su favorita era El traductor de Salvador Benesdra. A mí me resultaba extraño: ¿es posible que la mejor novela argentina no se haya publicado en España?, me decía. Nos llegan muchos novelistas de Argentina, y precisamente el mejor es desconocido... Ahora que por fin he podido acercarme a El traductor no estoy seguro de poder afirmar que ésta es la mejor novela argentina, pero desde luego es una de las mejores que se han escrito en ese país (o al menos de lo que yo conozco, que obviamente no es todo) y, posiblemente, una de las mejores novelas en lengua española de las tres últimas décadas.

Salvador Benesdra sólo escribió esta novela y un libro de autoayuda; ninguno de los dos los vio publicados en vida. El 2 de enero de 1996 decidió suicidarse: se arrojó a la calle desde su apartamento, un décimo piso. Como cuenta en el prólogo, el escritor y crítico Elvio E. Gandolfo se encontró con esta novela cuando en 1995 formaba parte del prejurado del premio Planeta Argentina. Tras leer las primeras páginas, Gandolfo ya sabía que se hallaba ante una obra especial: “Esto es genial de verdad. No lo van a premiar ni en broma”, escribe.
La novela quedó entre las finalistas del Planeta Argentina porque lectores como Gandolfo o Daniel García Helder la recomendaron y la defendieron de cara a la deliberación final del jurado; pero (lógicamente) no se premió. Era demasiado literaria para un premio tan comercial. No es El traductor una novela de lectura fácil ni, debido a su temática torturada y en ocasiones ensayística, puede gustarle a un público mayoritario. Es decir, si se premiaba una novela como ésta no se iba a recuperar la inversión “ni en broma”.
El traductor se publicó en 1995 gracias al dinero de una beca que solicitó para el libro el propio Benesdra -bajo la recomendación de Gandolfo- y gracias a las aportaciones de los familiares de Benesdra. Durante las dos semanas que he tardado en leerla he intercambiado unos cuantos correos con Gandolfo, al que conozco gracias al blog. En uno de ellos le preguntaba si sabía cuántos ejemplares del libro se habían publicado originalmente en Ediciones de La Flor. Gandolfo no estaba seguro, pero muy amable se lo preguntó a los primeros editores. Parece ser que hubo una primera edición de 1.500 ejemplares y una reedición de 1.000. En 2012 la editorial Eterna Cadencia ha editado 1.800, y algunos de ellos los ha distribuido en España.
Cuando vi El traductor en las librerías de Madrid no dudé en comprarlo.

La novela es en gran parte autobiográfica. Su protagonista, Ricardo Zevi, trabaja, al igual que Benesdra, de traductor en una editorial llamada Turba, que publica principalmente ensayos sobre temas sindicales y de izquierda en general. Turba es la principal editorial progresista de Argentina. Estamos en 1991 y Zevi es un hombre de 36 años que siente cómo se desmorona su mundo de referencias tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética: “La izquierda toda, desde los talmudistas del trotskismo hasta los más tibios socialdemócratas, veía o mejor dicho trataba de no ver cómo desaparecían piedra a piedra bajo sus pies los últimos vestigios que quedaban de lo que alguna vez había sido su mundo, su civilización, su cultura o su cimiento vergonzante y clandestino. La última catedral de la religión atea del socialismo parecía llevarse en su derrumbe hasta el último testimonio de que la izquierda había sido alguna vez una realidad, defectuosa como el mundo, malvada como un gulag, vigente como una piedra” (págs. 218-219).
En cualquier caso, Zevi no es un ortodoxo de la izquierda soviética, con la que se muestra crítico, sino un socialista utópico.

La novela avanza con dos tramas, más o menos paralelas o entrecruzadas.
Una pertenece al ámbito más privado de la vida de Zevi, y nos habla de la relación con Romina, una joven provinciana a la que conoce en un café según comienza la novela, cuando ella se acerca a Zevi para entregarle un folleto de la Iglesia adventista a la que pertenece. La segunda trama corresponde a un ámbito más social para Zevi, el de su trabajo en la editorial progresista Turba. A pesar de los principios que promulga en los libros que publica, en Turba comienza a haber cambios: parece que los dueños de la editorial, los Gaitanes, quieren modernizar la empresa con cambios tecnológicos que van a provocar el despido de más de un trabajador. Zevi, uno de los pocos traductores de Argentina que no trabaja de externo, verá amenazado su puesto.
El protagonista está traduciendo un ensayo de un alemán llamado Brockner (un autor inventado), que contiene ideas racistas y clasistas y que defiende las sociedades jerárquicas. El narrador reproduce varias páginas del ensayo de Brockner, que el protagonista refutará o bien sucumbirá al pragmatismo de sus ideas.

La novela se centra en las dos tramas comentadas, la relación de Zevi con Romina y la relación con la empresa Turba. En ella hay capítulos de gran ritmo narrativo que se adentran en la turbulenta mente del personaje, un trasunto de la personalidad obsesiva de Benesdra, en los que la trama se desarrolla de una forma agobiante y tortuosa, “como en el mundo de Roberto Arlt” (pág. 74), comparación que se repite más de una vez en la novela. Pero quizás la influencia más poderosa a la hora de construir el personaje atormentado de Zevi sería el autor que inspira al propio Arlt: Dostoyevski. Y en otros momentos el ritmo se desacelera y el personaje reflexiona (con gran profusión de citas de filósofos) sobre el mundo que le ha tocado vivir y la deriva política de la izquierda y de su país.

El estilo es denso, barroco. Se nota que Benesdra es un escritor acostumbrado a leer a filósofos y de ellos toma el gusto por una redacción rica en frases largas y subordinadas que van negando o matizando la frase principal.
Un aspecto que no debo olvidar al hablar de este libro es su sentido del humor; un humor a veces cruel, políticamente incorrecto; un humor doloroso que ha provocado en mí más de una carcajada, como le ocurrió al propio Gandolfo según cuenta en el prólogo.

En más de una ocasión esta novela, escrita en 1995, me ha parecido visionaria: El traductor es una obra de profunda actualidad: la España de hoy, con su crisis, su desmantelamiento del Estado del bienestar, sus bajadas de sueldo y sus abusos laborales no se puede parecer más al mundo que describe Benesdra en 1995.
En algún momento, cuando la novela se centraba en la relación de Zevi con Romina, he pensado también que a Benesdra la novela se le iba de las manos, y que la narración entraba en un territorio que, sin abandonar el realismo, casi se volvía expresionista en sus caminos de perversión. Pero en realidad el viaje a los infiernos de Romina y Zevi sigue teniendo mucho del mundo de Dostoyevski. En todo caso, aunque en algún momento parece peligrar la verosimilitud (lo que queda justificado más adelante por el estado mental del protagonista), yo no podía dejar de leer. Necesitaba en todo momento saber qué le iba a ocurrir al torturado judío sefaradí Zevi con la adventista Romina y con la editorial falsamente progresista Turba, en un mundo de dominadores y dominados donde la idea de justicia parece estar desapareciendo de la faz de la Tierra. Entre las páginas 429 y 430, Zevi señala: “Acababa de descubrir un beneficio absolutamente inesperado de mi conducta criminal: haber incurrido de veras en el mal le permitía a uno actuar como un hijo de puta también con quienes se lo merecen de verdad y sólo entienden ese trato”. Al leer este párrafo se me escapó una carcajada. No voy a explicar por qué Zevi acaba incurriendo en el mal para no destripar la novela.

Se lo comentaba a Gandolfo en un correo: a veces es desalentador darse cuenta de que obras tan poderosas como ésta pasan casi desapercibidas. El traductor tiene todos los elementos para ser una obra de culto: su prosa es poderosísima, se adelantó a su tiempo, su sentido del humor es desgarrador, sus dos personajes principales son inolvidables, su análisis de la vida individual y social tiene capacidad para revolver e incomodar la conciencia de cualquier lector. Además, éste es el único libro del autor si obviamos su libro de autoayuda (que desde luego no le sirvió para nada). Con él debería haber entrado en la historia de la literatura escrita en español, pero se suicidó antes de verlo publicado. Benesdra tiene todos los ingredientes para convertirse en un mito. El propio Gandolfo escribe en su prólogo: “Una de las mejores novelas argentinas que se hayan escrito desde 1810”.
Si Salvador Benesdra fuese un autor norteamericano, estaría traducido a todos los idiomas y El traductor sería una obra de culto. Al ser argentino, este libro se pudo publicar gracias a la financiación de sus familiares y calculo que lo hemos leído no más de 3.000 personas.
Según Federico Guzmán yo voy a ser el único receptor en España de esta obra que nos acerca la editorial argentina Eterna Cadencia. Sinceramente espero que Federico se equivoque y que El traductor encuentre a los lectores exigentes que sin duda merece.


Por favor, si algún lector descubre esta obra gracias a esta entrada del blog y decide acercarse al libro, que me lo cuente. Para mí sería muy alentador conseguir al menos un lector para esta magnífica novela.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Reseña de El bar de Lee en Punto de libro

Hace unas semanas me puse en contacto con la interesante revista literaria de internet Punto de libro. Les envié mi poemario El bar de Lee para su sección de reseñas y su comentario sobre mi libro ha aparecido en el número 32 de su revista.
Desde aquí quería darles las gracias por su atenta lectura.
Dejo un enlace a su página: PUNTO DE LIBRO.





Esta es la reseña que han publicado sobre El bar de Lee:

El bar de Lee
David Pérez Vega
Baile del Sol

David Pérez López decidió adoptar el nombre literario David Pérez Vega para no ser confundido con cierto escritor mexicano en esa máquina trituradora de identidades que es Google. Con ese "nombre artístico" firmó su novela Acantilados de Howth (Baile del Sol, 2010) y los poemarios Siempre nos quedará Casablanca (Baile del Sol, 2011) y El bar de Lee (Baile del Sol, 2013). Este último es, en realidad, la publicación en un mismo volumen de dos poemarios distintos pero muy relacionados entre sí: Móstoles era una fiesta y El Calvo del Sonora. Entre ellos hay años de distancia, y juntos forman una auténtica biografía poética del autor.

David Pérez Vega mantiene un interesante blog donde además de poemas -propios y ajenos- se pueden encontrar comentarios y reseñas de poemarios y novelas. El título de esta bitácora, Desde la ciudad sin cines, alude a Móstoles, la ciudad en la que el autor ha pasado prácticamente toda su vida, y que es un personaje esencial en El bar de Lee.

Leer en un mismo volumen dos poemarios escritos con una década de diferencia permite observar no solo la necesaria evolución en el estilo del poeta sino, sobre todo en este caso, la coherencia a la hora de elegir los temas sobre los que escribe. Quizá no sea tanto coherencia como necesidad vital, porque el autor practica un tipo de poesía que es auténtica biografía, un ejercicio de introspección igual al que se realiza al escribir un diario. El resultado es una poesía narrativa que recorre la infancia, adolescencia y juventud del autor, y que recurre al recuerdo, al ejercicio de la memoria, para desentrañar los aspectos más o menos felices de la vida en una ciudad del extrarradio. Y es que si hay algo que da unidad a los poemas de El bar de Lee, además de la propia vida del narrador y protagonista, es el escenario en el que se desenvuelve, ese Móstoles que el título del poemario aboca a una imposible identificación con un París literario, bohemio, lleno de luz y de libros. Una ciudad, París, llena de todo lo que el poeta echa en falta en una ciudad que ve gris, borrosa, triste.

El primero de los dos poemarios, Móstoles era una fiesta, tiene ya quince años. Es, pues, la obra de un jovencísimo poeta que, sin embargo, parece tener muchos más años tanto por el contenido de sus poemas, como por la visión cansada, algo escéptica que muestra de la vida. Es, pues, un poemario muy adulto, pese a la juventud del autor, nada titubeante en su contenido -puede que aún algo oscilante en el estilo y la forma-. En una especie de diario recorremos la ciudad en las diferentes estaciones del año. El poemario arranca con un Móstoles nevado, en un bello poema que muestra, bajo la capa blanca de la nieve, la ciudad oscura, gris y opresiva. Cualidades que, sin embargo, la convierten en un lugar idóneo para escribir, lo que acaba por ser el vínculo que permite asociar esta ciudad con el Paris al que alude el título. Pasamos después por el resto de estaciones del año, cambios de estación que se concretan en ese olmo que el poeta ve a través de la ventana, mientras con la memoria y la poesía regresa una y otra vez a la infancia, a los juegos, a la escuela. Y en ese ejercicio de memoria se hace evidente que el tiempo no cambia las cosas, sino a las personas. Los baches del asfalto -las cicatrices de la ciudad-, o el campo de futbol en el que jugaba de niño no han cambiado. Y si ya no siente lo mismo al verlos, si ese campo ya no le sirve para jugar al balón con sus amigos, entonces es él mismo el que ha sufrido un cambio profundo.

En el segundo poemario, El Calvo del Sonora, el ejercicio de memoria se hace desde una distancia ahora mayor. El paso de los años, los estudios universitarios y, por fin, un trabajo como profesor, son puras anécdotas ante el verdadero cambio que el autor ha sufrido. Ahora es -se declara- un verdadero poeta. Ha conseguido el éxito, un éxito personal que a un poeta nunca le vendrá por el hecho de haber publicado, por haber obtenido reconocimiento público o fama. Viene de la convicción íntima de saber que ha logrado plasmar en palabras todo aquello que siempre ha querido decir. Ese es el verdadero significado del éxito para el poeta. Una realización personal que, quizá, solo logremos entender tras leer el impresionante poema que cierra el volumen.

Si en el primer poemario la forma es muy libre, a veces irregular, y obedece a un estilo puramente narrativo, en el segundo encontramos una poesía más robusta, que cuida más el ritmo y la sonoridad. Pese a esos cambios estilísticos, la publicación conjunta demuestra ser un acierto, pues permite no solo leer la obra como un texto narrativo, sino encontrar las claves y referencias literarias del autor -desde Asimov a Bukowsky, pasando por Cortázar, Hemingway o Melville-. El bar de Lee es poesía con vocación de relato y, por ello, resulta igual de interesante para el lector habitual de este género como para quien aún sienta algo de inseguridad al acercarse a un poemario.

Publicado en el nº 32 de la revista Punto de libro

Ver reseña en la revista Punto de libro: AQUÍ.


domingo, 24 de noviembre de 2013

Un mortal sin pirueta, por Ernesto Calabuig

Editorial Menoscuarto. 180 páginas. Primera edición de 2008.

Conocí en persona a Ernesto Calabuig (Madrid, 1966) en la Feria del Libro de Madrid de 2012. Yo estaba en la caseta de la editorial Menoscuarto, hojeando libros y conversando con su editor, José Ángel Zapatero, cuando Calabuig se acercó para saludar a Zapatero y éste me lo presentó. En realidad, yo le había reconocido. Sabía quién era por fotos de internet. Había leído dos de sus relatos: uno en la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual y otro que leí de pie en la Casa del Libro de Gran Vía, tras abrir su libro Un mortal sin pirueta. También suelo leer sus críticas literarias sobre narrativa hispanoamericana que publica en El Cultural y es bastante habitual que coincida con sus apreciaciones. Me apeteció comprar su libro Un mortal sin pirueta y él me lo dedicó amablemente. Más tarde he coincidido con él en la presentación de dos libros, donde él ejercía de presentador: La vida interior de las plantas de interior de Patricio Pron y Trasfondo de Patricia Ratto.

Ha sido durante este último mes de octubre cuando por fin he cogido Un mortal sin pirueta de entre mi montaña de libros inleídos, colocados ahora no en los anaqueles de las estanterías de Ikea de mi habitación, sino sobre ellas, cercanos al techo, amenazando siempre con caer sobre mí y sepultarme.

Un mortal sin pirueta, el primer libro de Ernesto Calabuig, publicado en su cuarentena, está formado por quince cuentos que –como él mismo me contó– están escritos en etapas bastante diferentes de su vida.

Bertie en el Neckar abre el conjunto: un relato, ambientado en la Alemania del siglo XIX, en el que un comerciante aficionado a la poesía emprende un viaje para conocer a su admirado Friedrich Hölderlin, quien por entonces ya es un viejo decrépito y loco, al que sería mejor no conocer en persona. El relato reflexiona sobre el valor y la idealización del arte frente a la vida cotidiana. Es un relato agradable de leer, pese a la adjetivación excesiva que acaba saturando alguna de sus frases (imagino que éste es uno de los relatos que Calabuig escribió siendo más joven; otro hecho lo delata: en un momento dado el narrador se olvida de las coordenadas temporales que ha elegido para su relato y reflexiona desde el siglo XXI, o tal vez desde finales del XX, sobre la influencia posterior de Hölderlin; un anacronismo narrativo que, recuerdo ahora, Mario Vargas Llosa le perdonaba al Lampedusa de El Gatopardo, y que yo mismo puedo perdonar fácilmente).
Bertie en el Neckar estaría emparentado con el cuento Una pieza para Goethe (o Goethe ante la mujer de hielo), que es el noveno relato del libro. De nuevo, el cuento está ambientado en la Alemania del siglo XIX (Calabuig conoce el idioma alemán y ha viajado frecuentemente a este país) y nos acerca a una de las figuras más destacadas de la literatura de ese momento: Goethe. Frente a la grandeza del arte inmortal nos encontraremos de nuevo con una persona envejecida y acabada.

Voy a hablar ahora de dos de los cuentos que menos me han gustado del conjunto: Gran angular de Enrico Martinetti, que narra una visita a Roma, contada por una persona que parece ser el propio autor, y su estancia en la casa del fotógrafo Martinetti. En este cuento se recrea una Roma del pasado, evocada por el fotógrafo, pero quizás la fuerza de un recuerdo personal agradable para Calabuig no consigue transmitir suficiente carga dramática (nota personal: cuidado con los relatos autobiográficos). Y el otro relato que menos me ha gustado sería Dos hermanos, una narración que rompe con el realismo del libro, con un toque onírico que lo emparenta con ciertas escenas de los cuentos de Kafka, pero cuya intención no me quedó clara.

Desconozco si Ernesto Calabuig ha trabajado (o trabaja) como profesor de Filosofía en un instituto, pero intuyo que sí al leer algunos relatos que me parecen de trasfondo autobiográfico, como el titulado Una nueva manera de mirar, sobre el desconcierto vital de un profesor de mediana edad (cuento que ya había leído en la antología Siglo XXI) y el último del libro, Con el viento de Galicia, que con sus 45 páginas es el más largo de todos y que más que un relato parece ya una novela corta. Intuyo que esta nouvelle pudo abrir caminos narrativos para la que ha sido, hasta ahora, la única novela publicada del autor, titulada Expuestos.
Sea Calabuig profesor de Filosofía o no, sí sé que realizó estos estudios, conoce el idioma alemán, del que ha hecho más de una traducción, y, por supuesto, ha sido escritor de relatos; con estas características autobiográficas están retratados más de uno de sus personajes.
Los dos últimos relatos que he comentado parecen ser los más cercanos en el tiempo a la publicación del libro, ya que parecen escritos con una mayor madurez y precisión narrativas que algunos de los otros comentados. Estos relatos me gustan, pero los que he leído con mayor agrado son aquellos en los que Calabuig vuelve la vista atrás y retrata a personajes de su pasado, que en la mayoría de los casos suelen ser profesores, con los que se encontró cuando tenía trece o catorce años. En ellos el misterio de algún profesor (extranjero muchas veces) parece romper la rutina del colegio de curas posfranquista en el que estudia el personaje.
La nostalgia y la mirada retrospectiva sobre el misterio de la vida adulta desde la primera adolescencia son los dos motores compositivos de los mejores relatos de este libro. Entre ellos destacaría Fotocomposición del señor Gattinara o De nombre artístico Álvaro Labra, ambos sobre profesores (un colectivo muy presente en este libro) y también los titulados La Pinada, sobre una vecina y sus sueños, y Risas bobas, acerca del recuerdo de la muerte de un abuelo. Creo que estos cuatro relatos han sido los que más me han gustado del conjunto.
En conclusión, y pese a alguno de los altibajos señalados, he leído este libro con agrado y considero que en él se incluye más de una pieza destacada.


Ernesto Calabuig quedó entre los finalistas de la última convocatoria del premio Ribera del Duero para libros de relatos, y sé que para mi admirado Enrique Vila-Matas, miembro del jurado, el libro de Calabuig era el favorito. Siento curiosidad por leer este libro, y espero que no tarde mucho en publicarse.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Konstantino Kavafis, unos poemas

Creo que a la poesía de Kostantino Kavafis (Alejandría, 1863-1933) uno siempre llega por referencias en otros textos; por poemas donde encuentra citados algunos de sus versos. Compré mi primer libro de Kavafis por 350 pesetas, una recopilación de 56 poemas. Es un volumen de pequeño formado que sacó Mondadori en una colección llamada Mitos poesía. Seguramente lo compré a finales de los años 90, o en todo caso debía de ser yo muy joven, porque cuando leía los poemas de amor entre jóvenes de 26 años y en ellos el poeta evocaba y exaltaba la juventud, recuerdo que pensaba que 26 no era ser tan joven (qué inocencia, fíjense si yo era joven entonces).
Hace no demasiados años compré las Poesías completas en la cuesta de Moyano, en la edición de Hiperión: 84 poemas escribió Kavafis en toda su vida. No le hicieron falta más para ser uno de los grandes del siglo XX.

Siempre me gustó la celebración de la vida que suponía la poesía de Kavafis, un poeta que siempre parecía decirte: da igual que acabes en una oficina gris, haciendo algo que no te gusta si has amada, si hay bellos recuerdos (si son prohibidos mejor) a los que aferrarte.



Dejo aquí alguno de los poemas de Kavafis:

La ciudad

Dijiste: "Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón - como un cadáver - sepultado.
Mi espíritu hasta cuándo permanecerá en este marasmo.
Donde mis ojos vuelva, donde quiera que mire
oscuras ruinas de mi vida veo aquí,
donde tantos años pasé y destruí y perdí".
Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás
por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo
y en estas mismas casas encanecerás.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otro lugar -no esperes-
no hay barco para ti, no hay camino.
Así como tu vida la arruinaste aquí
en este rincón pequeño, en toda tierra la destruiste.

Itaca

Cuando emprendas el viaje hacia Itaca
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
A los Lestrigones, a los Cíclopes
o al fiero Poseidón, nunca temas.
No encontrarás trabas en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que toca el espíritu y el cuerpo.
Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al feroz Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón.

Ruega que sea largo el camino.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que - ¡con qué placer! ¡con qué alegría! -
entres en puertos nunca antes vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finas mercancías
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y voluptuosos perfumes de todo tipo,
tantos perfumes voluptuosos como puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
para que aprendas y aprendas de los sabios.

Siempre en la mente has de tener a Itaca.
Llegar allá es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que ya viejo llegues a la isla,
rico de todo lo que hayas guardado en el camino
sin esperar que Itaca te de riquezas.
Itaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías aprendido el camino.
No tiene otra cosa que darte ya.

Y si la encuentras pobre, Itaca no te ha engañado
sabio como te has vuelto con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Itacas.


Era pobre y sórdida la alcoba....
     
Era pobre y sórdida la alcoba,
escondida encima de la equívoca taberna.
Desde la ventana se veía el callejón
sucio y estrecho. De abajo
subían las voces de unos obreros
que jugando a las cartas mataban el tiempo.
Y allí, en una cama mísera y vulgar
poseí el cuerpo del amor, poseí los labios
sensuales e sonrosados por el vino -
sonrosados de tanto vino que incluso ahora,
cuando escribo, después de tantos años,
en mi casa solitaria, vuelvo a embriagarme.


Así

En esta fotografía obscena
vendida (a escondida de miradas) en la calle,
en esta fotografía pornográfica
cómo puede haber una cara tan
maravillosa como la tuya.
Quien sabe la vida fatal, sórdida, que harás;
en qué cruel ambiente
te habrás hecho esa fotografía;
qué espíritu tan vulgar el tuyo.
Mas pese a todo permanece, aún vive en mí aquella cara
maravillosa, esa figura
hecha y ofrecida para el placer griego
-así permaneces para mí y así te canto.


Al atardecer

De cualquier forma aquellas cosas no hubieran durado mucho.
         La experiencia
de los años así lo enseña. Mas qué bruscamente
todo cambió.
Corta fue la hermosa vida.
Pero qué poderosos perfumes,
en qué lechos espléndidos caímos,
a qué placeres dimos nuestros cuerpos.
Un eco de aquellos días de placer,
un eco de aquellos días volvió a mí,
las cenizas del fuego de nuestra juventud;
en mis manos cogí de nuevo la carta,
y leí y volví a leer hasta que se desvaneció la luz.
Y melancólicamente salí al balcón -
salí para distraer mis pensamientos mirando
un poco la ciudad que amo,
un poco del bullicio de sus calles y sus tiendas.


domingo, 17 de noviembre de 2013

Trasfondo, por Patricia Ratto

Editorial Adriana Hidalgo. 143 páginas. Primera edición de 2012.

En la Feria del Libro de Madrid de este año, paseaba una tarde por el Retiro con mi amigo el escritor Federico Guzmán Rubio. Éste me propuso que nos acercáramos a la caseta de la editorial argentina Adriana Hidalgo para presentarme al representante de la editorial en España, que es su amigo. Una vez allí, charlamos un rato con el editor, Fabian Lebenglik, que nos estuvo recomendando algunos de sus libros. Yo acabé comprando éste, titulado Trasfondo, de Patricia Ratto (Tandil, Argentina) y La huella del crimen de Raúl Waleis, publicada en 1877, que es la primera novela policiaca en español. Las palabras de Lebenglik sobre Trasfondo lograron convencerme, y además ya había leído una buena crítica sobre esta novela en El Cultural de El mundo, firmada por Ernesto Calabuig, de quien suelo fiarme.

Hace unas semanas recibí un correo de la editorial Adriana Hidalgo en el que me invitaba a la presentación en Madrid de la novela Trasfondo, que tendría lugar en la librería Tipos Infames de Malasaña. Lógicamente, la editorial no había traído a Patricia Ratto expresamente desde Argentina para presentar su libro en Madrid, presentación a la que acudimos unas veinte personas, sino que ella estaba en España de vacaciones y la editorial le pidió que, aprovechando la ocasión, realizase una presentación de su novela.
Acudí esa tarde a Tipos Infames con Federico Guzmán (quien ya había leído Trasfondo y le había gustado). Fue agradable estar allí, poder escuchar a Ratto (presentada por Calabuig) hablar de cómo se interesó por esta historia al escuchar a un veterano de la guerra de Las Malvinas relatar su experiencia, y cómo se puso en contacto con los marineros de un submarino que participó en esa guerra, quienes decidieron entrevistarse con ella a pesar de las recomendaciones negativas de la Armada argentina (la historia no era de la Armada, era suya, alegaban los marineros); cómo Ratto tuvo que vencer la resistencia de los marineros cuando sabían que quería escribir una novela sobre su experiencia y no una crónica periodística, y cómo era la acogida de un libro de guerra escrito por una mujer.

Fotos de la presentación:

Patrica Ratto, Ernesto Calabuig y Fabian Lebenglik

Federico y yo con expresión de "muy interesados"


En Trasfondo, Patricia Ratto novela un episodio real de la guerra de Las Malvinas: la historia de treinta y cinco hombres que estuvieron en un submarino treinta y nueve días de patrulla por el Atlántico Sur encontrándose con barcos y aviones del ejército inglés. Cuando regresaron a puerto, con la guerra perdida, nadie les esperaba para festejarles: “Se me ocurre que quizá lo mejor hubiera sido estallar en mil pedazos y no volver, así seríamos víctimas o héroes, no esta evidencia viva de lo que no funciona, de lo que está mal, del fracaso”, apunta el narrador en la página 136.

En la página 8 el narrador intuye que va a pasar algo fuera de lo normal cuando descubre que sus compañeros están limpiando el submarino de moluscos incrustados en el casco: “Estilo argentino, agrega, buzos con snorkel, chapa y a raspar, a mano nomás, y a pulmón”, esto le dice uno de los personaje a otro, y posiblemente en estas palabras, “estilo argentino”, a la vez irónicas y resignadas, se encuentra condensado el tono de la novela, en realidad más resignada que irónica. Esta es la historia de unos hombres enviados a una guerra que, a todas luces, no pueden ganar, con un submarino en el que no funciona el lanzamiento de torpedos, y que en más de una ocasión parece un ataúd bajo el agua. Hay una serie de detalles que contribuyen a una sensación claustrofóbica: los marineros no deben hacer ruido, porque los barcos o los otros submarinos pueden detectarles; además, en más de una ocasión el submarino no puede subir con facilidad a la superficie a repostar aire y éste va acabándose. “Cuarenta centímetros hasta el techo, y después, toneladas de agua helada, toneladas de océano sobre mi cabeza, sobre las cabezas de los otros”, señala el narrador en la página 23.

Es notable el trabajo de investigación que ha llevado a cabo Patricia Ratto para poder describir la vida dentro de un submarino. Solo documentándose se pueden escribir párrafos con detalles tan técnicos como estos: “Una gota me cae de pronto en medio de la cabeza desde un manifold superior: hasta nuestra respiración se condesa y nos llueve encima” (pág. 31); “Estamos metidos en una napa, una burbuja de agua más fría que el agua ya bastante fría en que veníamos navegando; se han detenido las máquinas y el submarino deriva suavemente, sigue la corriente, con nosotros adentro, y así se vuelve indetectable, los sonidos rebotan en la barrera térmica de la napa y es como si no existiera, como si se hubiera vuelto de pronto agua, todo agua: el barco, nosotros, los objetos, el tiempo, sólo agua en el agua” (pág. 42).

Uno de los grandes puntales de la novela es la elección de la voz narrativa: un marinero innominado nos describe a sus compañeros, quienes nunca fijan la vista en él ni le dirigen la palabra. El narrador describe lo que le rodea de forma aséptica, sin énfasis; y al principio esta distancia –o frialdad– resulta extraña, poco usual en una novela de guerra. Sin embargo, la tensión se va filtrando casi de forma inconsciente en las páginas descritas; y al final se produce un desdoblamiento en el lector: por un lado quiere saber qué va a ocurrir con esos marineros atrapados en el tubo del submarino (a pesar de que ya sabe que regresan a puerto) y quién es el narrador, o al menos dónde está el punto de fuga del narrador, ya que se percibe algo inquietante o inhumano en la distancia de la voz narrativa. Prefiero no desvelar nada más de este tema, porque hacerlo podría arruinar la lectura. “Todo barco guarda un enigma”, se apunta en la página 129, y vamos a dejarlo ahí.

Me gustó estar en la presentación del libro porque, al leerlo unas semanas después, pude darme cuenta de algunos de los trucos compositivos del mismo: en el libro se describen unos sueños que tiene el narrador, en ellos ve a sus compañeros en tierra. La vida que se describe en los sueños es el destino que aguardaba a los marineros reales con los que Ratto se ha entrevistado, y por lo tanto esos sueños resultan anticipaciones del futuro.

Sobre la guerra de Las Malvinas leí, hace ya bastantes años, Los Pichiciegos de Fogwill, y recuerdo que en su momento me pareció una narración fría: no había en ella ningún personaje con el que sentirse identificado. Trasfondo puede resultar también una novela un poco fría, pero al ir avanzando por sus páginas se siente la claustrofobia real de la situación y uno llega a tener muy presentes a los marineros principales sobre los que el narrador posa su mirada. Una vez finalizado el libro, una vez descubierto quién es el narrador, la emoción o la compasión por él aflorarán en el lector.

La propia autora apuntó en la presentación que podría haber escrito una novela de 500 páginas, pero decidió escribir una corta. Quizás me habría gustado leer esa novela de 500 páginas y saber más de la vida de los personajes, pero desde luego esta novela corta –escrita con un esmero cuidadoso– es profundamente literaria, con un interesante guiño: el narrador lee un libro que el lector avezado identificará como La guarida de Franz Kafka, y se establecerá una conexión entre el animal que cava túneles en el relato de Kafka y el narrador.
Ratto consigue trasladarnos a un escenario poco usual, y desde este lugar esquinado nos habla del drama que fue la guerra de Las Malvinas para la nación argentina.


A mí, que me gusta tanto la literatura argentina, este libro me hizo disfrutar. Además es de celebrar que una editorial tan literaria como la argentina Adriana Hidalgo distribuya sus libros ahora en España.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Un poema y una reseña de Siempre nos quedará Casablanca

La semana pasada me llevé la grata sorpresa de encontrarme en el blog de Baile del Sol una reseña sobre mi poemario Siempre nos quedará Casablanca, que había aparecido en la revista literaria La manzana poética (dejo AQUÍ el enlace a su web). Está firmada por Manuel Ángel Jiménez, a quien no conozco de nada. Fue realmente agradable pensar que un desconocido había leído mi libro y le habían podido gustar sus poemas. Me hizo gracia el comentario que hace sobre mi poema Encuentro en el metro con Leopoldo María Panero; escribe Jiménez: “unos versos que huelen a recuerdo imaginado o sueño recordado (?)”. En realidad, estimado Manuel Ángel, lo escrito en ese poema está basado en un encuentro real con Panero. Ambos íbamos a la Feria del Libro de Madrid. Dejo aquí ese poema y la reseña:



ENCUENTRO EN EL METRO CON
LEOPOLDO MARÍA PANERO
Me encontraréis en la siniestra humedad
de un cubo de basura.
                                                             L. M. P.

Un escalofrío (cagadas de mono) al recorrer el andén.
Sin duda. Cuando llegó el metro y entramos
en la garganta fresca del vagón, me situé enfrente
para con discreción poder observarle.
En una bolsa de plástico dos libros de colores chillones
y la oquedad de cuatro cajetillas de tabaco rubio, cuatro,
los pantalones caídos igual que si cubrieran a un esqueleto,
el pelo enrarecido y calcinado: la brocha de Munch en llamas,
de pez fuera del agua la herida de la boca abierta
como si el aire estuviese lleno de partículas nocivas,
de animales crucificados o gritos flotando en semen,
las mejillas hundidas, los ojos perdidos, ¿qué verían?

Nos bajamos en la misma estación,
me adelanté, iba a irme pero me dije:
es él, es el gran maldito de nuestra poesía,
tengo que saludarle. Me di la vuelta:
«Perdona, ¿eres Leopoldo María Panero, verdad?».
A pesar de mis dudas se reconoció con una sonrisa,
estreché su mano de ceniza fría, ceniza fría,
sucia y pisoteada. Salimos a la calle hablando
de él y de su hermano Juan Luis, al que confundía
con su propio destino de interno psiquiátrico.
«Está en un manicomio», dijo con voz de rencor seco
al susurro de una habitación a oscuras. Miraba al suelo.

Me hubiera apetecido invitarle a un café
o a una cerveza, pero no me atreví o sentí miedo
del fondo de sus ojos sin fondo, de las cosas negras
y temibles y sin vuelta atrás que podrían haber visto y yo no.
Esa mañana yo había quedado con mi bella amiga,
me esperaba. Sus ojos también me daban miedo.






SIEMPRE NOS QUEDARÁ CASABLANCA
David Pérez Vega
Ediciones Baile del Sol. Tenerife, 2011

Por Manuel Ángel JIMÉNEZ/La manzana poética - Junio 2013

La pantalla cinematográfica es un espejo, incluso a veces permeable y osmótica (me estoy acordando de La Rosa Púrpura de El Cairo), como los libros. Escribir de cine no es lo mismo que escribir de poesía o sí, quizá sí que sea lo mismo. Porque, al fin y al cabo, es escribir. Sin más.
La poesía de David Pérez Vega en su libro Siempre nos quedará Casablanca nos invita a zambullirnos en una lectura tan narrativa como de sentimientos, con la discreción que ofrece una sala en la penumbra de una proyección o a través de la luminosidad que escupen los sentimientos trasladados en forma de poema. En el equilibrio. Me imagino al autor, sentado en una cafetería, viendo pasar los trenes por la Estación Central de Móstoles, los sábados por la mañana, como en una película de Alain Tanner — pongamos, por ejemplo, En la ciudad blanca- escribiendo en la soledad de un día gris lejano a la rutina del auditor de cuentas, en el principio de este milenio, hace ya una década. La obra está dividida en cuatro segmentos (nombrados como Días de cine, Nos está acorralando el tiempo, Pequeños homenajes de ida y vuelta y Concurso de camiseta frías) que juntos conforman una treintena de poemas narrativos y en verso libre, donde nos encontraremos con más de un homenaje que el autor evoca y retrata, indudablemente cada lector tendrá la oportunidad de hacerlos suyos en mayor o menor medida, en función de afinidades, vivencias y gustos. Porque la obra comienza con todo un canto a lo que se ha convenido en llamar séptimo arte: Casablanca (como a los personajes de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, siempre nos quedará París o como a Woody Allen, siempre nos quedará el recuerdo de un film), prosigue con “Cine de verano” (la nostalgia de la infancia y de esos días tan azules y noches perfumadas a la luz de la luna, grandes pantallas donde los sueños se guardaban para siempre), Banda sonora (la de nuestras vidas que continuamente se va construyendo), “Pan y tupilanes (V.O.S.)” (homenaje a esos locales donde unas inmensas minorías escuchan y saborean las verdaderas voces, con sus acentos y acordes tonos, porque aunque la cinta no sea nada del otro mundo puede trasladarnos a cualquier parte y hacernos caer en el encantamiento), Marta y alrededores (cuando la vida se entremezcla con la ficción en el aquí y ahora, en los Cines Princesa por ejemplo), Multicines ( o la decrepitud del invierno del desencanto cuando las persianas se echan para siempre y los momentos vividos allí se quedan encerrados en el olvido, sin posibilidad de futuro), “Fechas borrosas” (como las de esos boletos que encontramos, ya medio despintados por el tiempo, en cualquiera de los bolsillos y nos hacen recordar), “Cine militar” (cuando el abuelo era el acompañante y su tarjeta de reservista era el salvoconducto para entrar en “La Guerra de las Galaxias”), A oscuras soñándonos (con falsos carnets de estudiante o monedas ganadas en concursos literarios, entrando en espacios creados por Loach o Aristarain para hacerse más sabios), Exorcismos (sufridos por el espectador ávido de otra cosa muy diferente a la que hoy puede encontrar en las butacas del cinematógrafo, ya sea en Gran Vía o cualquier otra parte los sonidos de un teléfono móvil, las palomitas del vecino, los comentarios de un público malcriado gracias a la telebasura te sacarán de la hipnosis y te enfrentarán a la mediocre y endemoniada realidad en forma de estafa), Sesión de las 4 (instrucciones de uso) (esa hora en que los solitarios hacen una pausa para no ser conscientes del espacio que ocupan en la realidad que les espera ahí fuera, en el sitio de costumbre, donde otros tienen pesadillas cuando duermen) Y así, poco a poco, entraremos en un nuevo capítulo, donde una cita del gran Manuel Vicent nos avisará de que La vida es la única película en la que siempre muere el héroe y nos invitará a sumergirnos en un ramillete de poemas de esos que transmiten retazos de alguien que sabe sobrevivir con la ayuda que ofrece el arte a quien necesita alimentarse de algo más que un sándwich barato, pues por algo la lectura de un buen libro (La montaña mágica, Corazón tan blanco), el placer estético que ofrece una obra de arte, o las casualidades del destino que pueden cambiarnos para siempre (un encuentro en el metro con el poeta maldito y el miedo al fondo de sus ojos, tan profundos como los de la mujer que espera) resultan definitivas e influyentes en el modelado del que no se conforma con pasar el trámite de vivir y aspira a algo más, dejando escrito lo que a su vez puede que influya en otros. Para bien. Y como, ya se sabe, es de bien nacido ser agradecido, el autor no ha dejado pasar la ocasión para corresponder, bajo el título de Pequeños homenajes de ida y vuelta, a pintores como Pieter Brueghel el Viejo y su cuadro El triunfo de la muerte, a Van Gogh y su obra Los descargadores en Arles y, de paso, algún que otro impresionista cuyos lienzos cuelgan, en el Museo Thyssen-Bornemisza, junto al del genial loco del pelo rojo; tampoco se olvida del recuerdo al poeta romántico por excelencia, Gustavo Adolfo Bécquer, un fragmento leído en un libro de 2º de BUP le invitará a reflexionar y sonreír con ironía mientras piensa en la brevedad de la vida, en el fracaso amoroso, en la posteridad y el reconocimiento artístico y literario; aparece, así mismo, como un fantasma en la niebla de una escalera de un edificio de Turín, a través de la palabra Wstawac´ la sombra del escritor Primo Levi y su terrible historia hecha poema; y aprovecha para imaginar, de nuevo la infancia, escapando en la aventura más fantástica gracias a Tolkien, nombrando a Erebor, la Montaña Solitaria. Leopoldo María Panero también está homenajeado, abre el poema una cita (Me encontraréis en la siniestra humedad de un cubo de basura) del autor más maldito y reverenciado de nuestras letras, germen para construir unos versos que huelen a recuerdo imaginado o sueño recordado (?)... No sé, quizás... Y, en el trayecto final, el libro se clausura con el capítulo Concurso de camisetas frías que, bajo una bella cita de Roberto Bolaño (En sus ojos veo los rostros de todos mis amores perdidos), reagrupa nueve poemas para recapitular y despedir este canto a la belleza y a la vida, rebosante como una copa de buen vino.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Billie Ruth, por Edmundo Paz Soldán

Editorial Páginas de Espuma. 150 páginas. Primera edición de 2012.

He leído (y comentado en el blog) dos libros de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967), las novelas Río Fugitivo y Norte. La primera es estupenda, y la segunda, con algún altibajo, me pareció una buena novela.
En la pasada feria del Libro de Madrid, cada día del fin de semana rastreaba internet con la intención de detectar la presencia en la feria de algún autor del que me apeteciese que me firmara uno de sus libros y con el que compartir unas breves palabras. Me gusta la feria del Libro de Madrid, y me gusta acudir a ella, comprar libros y apoyarla.

Uno de los últimos días de esta feria de 2013, me bajé (ahora vivo muy cerca del parque del Retiro, donde se celebra) a última hora de la mañana de un domingo (creo) para comprar el libro de relatos Billie Ruth, del que recordaba una buena reseña en El Cultural de El Mundo a cargo del escritor Ernesto Calabuig, con el que sueno coincidir en gustos. Al salir a la calle empezó una leve, pero insistente, tormenta de verano, y me resultó agradable conseguir refugiarme bajo el toldo de la editorial Páginas de Espuma en un Retiro de paseantes en desbandada y allí poder cambiar unas palabras con Edmundo Paz Soldán. Las dos veces que le había escuchado hablar (ambas en la Casa de América de Cibeles: en la presentación de su novela Norte, y en un evento del Día del Libro, donde él hablaba sobre la escritora brasileña Clarice Lispector) me pareció una persona agradable, tímida y sin afectaciones extrañas. Así (a aquella hora no estaba muy ocupado) pudimos charlar unos minutos sobre los autores de ese pequeño boom de la literatura boliviana en España de la que él parece ser el mejor embajador: Rodrigo Hasbún, Maximiliano Barrientos, Giovanna Rivero o Liliana Colanzi.

Ha sido en el mes de octubre cuando me ha apetecido leer Billie Ruth. Como ya he dicho, la reseña de Calabuig en El Cultural fue bastante entusiasta sobre este libro, pero he de decir que lo empecé con cierto recelo: había leído el primer relato hacía semanas y la verdad es que no me había gustado demasiado. Que un escritor sea un buen novelista, en ocasiones, no implica que domine la distancia del relato. Las alarmas me saltaron una vez leídos los tres primeros cuentos: no me gustaron, o al menos no me parecían que tenían la calidad que yo esperaba de un libro de un autor destacado como Paz Soldán y de una editorial de referencia en el mundo del relato como es Páginas de Espuma. Afortunadamente fue una falsa alarma: los tres primeros relatos son los más cortos del conjunto y para mí sin duda los más flojos. Los doce restantes me han gustado bastante más, sin embargo. Además los tres primeros relatos son  sólo ocho páginas, y esta suma es menor que la media de páginas de cada uno de los otros doce.

Para comentarlo voy a dividir al libro en los tres bloques (personales) que me ha parecido detectar:

Primer bloque: sería el formado por los cuatro primeros relatos: El acantilado, Casa tomada, Bernhard en el cementerio y Extraños en la noche. Ya he dicho que entre los tres primeros sólo suman ocho páginas. El acantilado, por temática, podría asociarlo a los relatos que voy a comentar en el segundo bloque, pero por composición es una creación inferior a estos cuentos. Casa tomada es un breve cuento de fantasmas (dos caras de cuento) que no saben que están muertos, un cuento impropio del gran escritor que es Edmundo Paz Soldán, y que parece el ejercicio de un alumno con soltura sintáctica en un taller literario. El de Bernhard, donde se recrea una estampa de la vida del prestigio escritor austriaco, me ha parecido que tampoco tenía el suficiente desarrollo como para ser un relato con capacidad para emocionar.
El cuarto, ya algo más largo, aunque no está a la altura de los restantes del libro, ya me ha gustado más: se recrean los problemas de una pareja en un contexto donde también se habla de diferencias sociales y de violencia. Me ha recordado a alguno de los cuentos del brasileño Rubem Fonseca.

Segundo bloque: formado por seis cuentos, los titulados Díler, Los otros, El ladrón de Navidad, Roby, Volvo y Ravenwood. Estos seis cuentos tienen una temática común: recrear el mundo de los adolescentes que empiezan a ser adultos, normalmente en un contexto de problemas familiares (casi todos los adolescentes sobre los que Paz Soldán posa la mirada en estos relatos sufren la separación o el distanciamiento de sus padres). En Díler un adolescente acompaña a su padre en coche mientras reparte droga en un barrio pudiente de la ciudad, en el que vivía la familia antes del divorcio de los padres. En Los otros un adolescente cree que alguien ha suplantado a su padre: “El que no siente de vez en cuando que sus papás no son sus papás, que levante la mano”, leemos en la página 38. Los mejores de este bloque me parece los relatos El ladrón de Navidad, sobre otro adolescente, aficionado a los pequeños hurtos, que viaja desde Bolivia con su madre a Miami; Roby sobre la fascinación de un chico por el hermano de su amigo, un posible asesino; y Volvo, donde se evoca el viaje de estudios de unos chicos de clases media de Cochabamba a la ciudad de Tarija. Tres cuentos realmente potentes.

Tercer bloque: formado por Billie Ruth, Como la vida misma, El Croata, Srebrenica y Azurduy. Con Ravenwood Paz Soldán abandona la temática de los adolescentes (o niños, en este caso) con padres separados y podríamos decir que a partir de este cuento (donde la visión del hijo sobre sus progenitores no es la dominante, como en los anteriores) se inicia un nuevo camino narrativo, donde se atiende a problemas de personas adultas, aunque casi siempre se trata de personas adultas jóvenes.
Billie Ruth es el relato más autobiográfico del conjunto y uno de los mejores: en él se narra la experiencia de un estudiante boliviano que estudia en el sur de Estados Unidos gracias a una beca deportiva para practicar fútbol; experiencia vivida por Paz Soldán. Billie Ruth es el nombre de una chica muy particular que va a conocer allí.
Como la vida misma es un relato coral sobre la tristeza de los ex jugadores de fútbol.
El croata, por su tono melancólico, me parece uno de los mejores relatos del conjunto. Aquí se narra la relación de un enfermero, que vive con su madre, con un ex ídolo del deporte al que cuida en su lecho de muerte, mientras intenta relacionarse con una vecina.
Srebrenica transcurre en Bosnia: sobre una joven antropóloga que tiene que desenterrar cadáveres en una fosa común de la reciente guerra de los Balcanes.
Azurduy se interna en la Bolivia profunda, donde la superstición y la violencia dominan la vida: un entusiasta maestro de ciudad decide dar clases en un pobre pueblo minero. Este es el cuento con más componente social del conjunto. “A veces me preguntaba si se trataba de una broma o un desafía divinos el haber puesto a gente tan distinta para que se las arreglasen para vivir en el mismo país” (pág. 143)

Como reflexión final apuntaré que realmente me parece muy arriesgado colocar los cuentos más flojos de un libro de relatos justo al principio: es probable que el posible comprador hojee el libro en la librería, lo abra y lea su primer cuento de tres caras, y si no le convence ya no compre el libro. Creo que es mejor usar en los libros de relatos el mismo truco que usaban los músicos en los LPs: coloca el mejor tema el primero para que todo el LP se identifique con su fuerza.
Para mí el libro hubiera sido más redondo si el editor o el autor hubieran tomado la decisión de eliminar los tres primeros cuentos, porque me han resultado muy inferiores a los doce restantes. Pero esto no enturbia la sensación final: Billie Ruth es un más que notable libro de relatos, con algunas piezas verdaderamente grandes, entre las que destaco El ladrón de Navidad, Roby, Volvo, Billie Ruth y El Croata, cuentos donde el gran escritor Edmundo Paz Soldán desarrolla de verdad sus dotes como narrador, y me demuestra que además de ser uno de los novelistas más potentes del nuevo panorama de la narrativa hispanoamericana también puede ser considerado uno de los nuevos nombres del relato hispanoamericano.