domingo, 28 de octubre de 2012

Fruta podrida, por Lina Meruane


Editorial Fondo de Cultura Económica. 187 páginas. 1ª edición de 2007.

El mismo día de mayo que acudí a la librería Juan Rulfo de Moncloa con la intención de comprar Ferrocarriles argentinos de Elvio E. Gandolfo, curioseando entre los anaqueles de literatura hispanoamericana, me encontré con esta novela de Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970); un libro importado desde América al razonable precio de 12 euros. Como me había entusiasmado la lectura, unas semanas antes, de su última novela Sangre en el ojo, me apeteció llevarme también este libro, que no he leído hasta 4 meses más tarde.
Me resultó curioso que al ir a pagar la cajera comentara que le sonaba mi cara (algo que siempre me ha ocurrido, debo tener una cara muy familiar de español medio) y que después me preguntara si era amigo de Lina. Esto último me hizo más gracia que la pregunta anterior. Parecía un hecho extraño que en un librería de clara vocación literaria un lector comprara un libro de una escritora porque había leído ya una obra suya y le había gustado: la literatura acabará siendo igual que una red social, llegará a ser sólo un vínculo de un grupo de amigos, y escribo esto justo cuando acabo de desayunar –un sábado de septiembre– con la noticia de que la segunda novela de una famosa bestsellera se lanza con una primera edición de 350.000 ejemplares. La literatura con intencionalidad literaria ya, exenta de lectores, va quedando relegada a un reducto mínimo, a libros comprados por familiares y amigos, que leerán esos libros con condescendencia mientras piensan que la verdadera literatura es la de la bestsellera porque vende y porque es lo que leemos todos (estuve por error en una charla suya y durante una entrevista de una hora no llegó a citar, la bestsellera, a ningún escritor, cuando he estado en charlas de Rodrigo Fresán o de Enrique Vila-Matas y, además de que ya de por sí su discurso es literario, no cesan de nombrar a autores).

Fruta podrida es la tercera novela de Lina Meruane, que consiguió el Premio a la Mejor Novela Inédita de 2006 del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes en Chile.

Me ha llamado mucho la atención los fuertes paralelismos que podemos encontrar entre esta novela y la siguiente de la autora, Sangre en el ojo. Como en esta última, en Fruta podrida también nos encontramos con la presencia obsesiva de la enfermedad y los hospitales. Aquí Zoila sufre una fuerte diabetes, y una de las posibles soluciones a su mal sería un trasplante de hígado.
Como en Sangre en el ojo, en Fruta podrida también nos topamos con una morbosa dependencia del otro. Si en la primera, Lina –la protagonista que pierde la visión– se aferra a su novio Ignacio, en la segunda, Zoila lo hace de su hermana mayor, María, con quien convive y de quien depende económicamente. María ha tomado sobre sus hombros la dura tarea de salvar a su hermana, que parece empeñada en dejarse morir: “Por qué no concederle la posibilidad instantánea de una muerte que yo misma he deseado siempre, algo que de a poco se ha ido volviendo posible” (pág. 112).
En las dos novelas la presencia de medicinas, hospitales, muertes, ideas sobre la vulnerabilidad del cuerpo, los trasplantes casi de ciencia ficción... son apabullantes.

También en las dos novelas se crea un contraste entre el eficiente y frío Norte (Estados Unidos) y el caótico y disperso Sur (Chile).

El estilo también está en gran parte compartido entre las dos novelas: un lirismo enfermizo, que además en Fruta podrida se interrumpe con poemas que, como descubriremos, están escritos por Zoila: “Esos cuadernos llenos de mapas, de poemas, de recortes sobre hospitales y enfermedades; todos esos cuadernos de composición donde has anotado y memorizado los síntomas y diagnósticos, cuadernos que te han convertido en la especialista en células, en complejos sistemas defensivos, en mutaciones virales y en la resistencia de las bacterias... El lenguaje del organismo es el único que verdaderamente comprendes: ese idioma es tu única lengua y es tu mejor arma de ataque” (pág. 124).
Quizás en Fruta podrida la extrañeza ante el texto es mayor que en Sangre en el ojo, una extrañeza que al comentar este último libro (ver AQUÍ) llamé expresionista, y en el anterior podría ser también expresionista, pero que se acerca más al surrealismo.

En Fruta podrida los enfoques compositivos son más diversos: además de los poemas comentados, una primera parte de la novela está narrada en tercera persona, dos más por la primera de Zoila, y una última por la enfermera de un hospital de (posiblemente) Nueva York, que hasta ese momento no tenía nada que ver con la historia.

En realidad podría apuntar que Fruta podrida me parece una versión menos lograda de Sangre en el ojo; una obra anterior en la que Meruane da salida a temas que le obsesionan (la enfermedad, la dependencia...), pero que no es hasta Sangre en el ojo (apoyada en el trabajo de experimentación y búsqueda que ha realizado en su novela anterior) cuando el sentido y la forma se aúnan para crear una de las grandes obras de la nueva narrativa hispanoamericana.

Todo en Sangre en el ojo fluye de forma más clara que en Fruta podrida: en aquélla, la primera persona de Lina narra la historia completa, y así el avance temporal –la adecuación entre lo contado y su evolución narrativa– se muestra de manera más eficiente.
En Fruta podrida la obsesión sobre la enfermedad y la muerte es demasiado apabullante; en Sangre en el ojo esa obsesión está, pero de forma más sugerida, más sutil, lo que paradójicamente hace que cobre más fuerza.

Las relaciones causales entre los hechos (si bien contienen alguna pincelada expresionista) me parecen más lógicas en Sangre en el ojo. Es cierto que en Fruta podrida comprendemos desde el principio que el texto no aspira a la verosimilitud narrativa, pero su propia naturaleza surrealista (su planteamiento de hechos exagerados o distorsionados) rompe en alguna medida el pacto entre lo contado por el autor y lo asimilado por la experiencia del lector. Y esto me ha conducido a leer la última parte de la novela, Pies en la tierra, donde la primera persona de la enfermera antes citada habla con una mendiga en el banco de un parque, que el lector entiende que es Zoila (convertida en terrorista de hospitales), con una creciente fatiga, ya que el discurso expuesto por este personaje no difería demasiado por el asimilado ya en partes anteriores desde la primera persona de Zoila.

Así que vuelvo a recomendar la lectura de Sangre en el ojo, que como escribí en su día es “una novela angustiosa y eléctrica, potente y rítmica, escrita con un lenguaje muy trabajado –prolijo en metáforas y chilenismos–, que nos hacen pesar en una narradora ya madura”, y como reflexión personal anoto la idea de haberme percatado –una vez más– de lo difícil que es escribir un gran libro, de cómo el autor (en este caso autora) ha de ir ensayando enfoques, ideas, pulsos narrativos...

domingo, 21 de octubre de 2012

The man whose teeth were all exactly alike, por Philip K. Dick


Editorial Tor. 304 páginas. Escrito en 1960, 1ª edición de 1984, ésta de 2009.

Mi relación con Philip K. Dick

Si desde que empecé a escribir en el blog le debía a alguien una entrada, ese alguien era Philip K. Dick (Chicago, 1928-Santa Ana, 1982); un escritor que, más que mi favorito durante una época, constituyó uno de los más obsesionantes pilares de mi adolescencia; de mi formación como persona, posiblemente. Entre los 16 y los 19 años leí todos los libros de Dick que pude conseguir, y hoy en día tengo en mi biblioteca algunas ediciones inencontrables de él, que podrían ser la envidia de cualquiera de los seguidores –escasos pero devotos– de Dick en España.
La historia de mi descubrimiento es sencilla: yo, de adolescente, rechazada la literatura realista; a los 12 años mi mundo era J. R. R. Tolkien, a los 14 Stephen King e Isaac Asimov, a los 16 H. P. Lovecraft y Philip K. Dick (a los dos los descubrí el mismo verano, el del 90). A Lovecraft llegué gracias a la solapa de un libro de Stephen King y a Dick gracias a Desafío total, una película protagonizada por Arnold Schwarzenegger, al que yo respetaba por aquel entonces (cuando las películas eran de los actores y no de los directores) por su versátil interpretación en Terminator.

Veraneaba en Collado Mediano, un pueblo de la sierra madrileña, y los sábados, los amigos de los veranos y yo, solíamos acercarnos (en el Seat 600 del padre de uno de estos amigos que ya había cumplido los 18) al cine de Villalba. Me gustaron las ideas de Desafío total, aquellos planteamientos sobre si la realidad era cierta, un sueño o un recuerdo implantado. Salí feliz del cine. Por entonces una película como aquella podía colmar todas mis expectativas (aún desconocía conceptos como la verosimilitud narrativa, la psicología plana de los personajes…, yo era un cinéfilo y un lector salvaje). Me dio rabia, al salir de la sala, recordar que al principio de la película había aparecido en la pantalla una nota que decía algo así como Basado en un cuento de XXXX.
Aquellos eran los tiempos crueles, impensables ahora, anteriores a Internet: esa noche pensé que si no había podido retener el nombre del escritor ya lo había perdido para siempre. Pero tuve suerte: al día siguiente, en el periódico, toda una página hablaba de Philip K. Dick. Aún tengo guardada esa página de periódico, está en la casa de mis padres en una carpeta. Pero después de 22 veranos –cómo sorprende a veces el poder de los primeros amores– aún recuerdo algunas frases de aquel artículo: “Escribía sus novelas en quince días a base de anfetaminas y aseguraba tener contactos sobrenaturales”. Recorté la noticia y la bajé a la piscina para enseñársela a mis amigos. Ninguno de ellos entendía mi entusiasmo, no sabían cuál era el tesoro que yo pensaba haber descubierto.
Al volver en septiembre a Móstoles, una de las primeras cosas que hice fue ir a la biblioteca pública para ver si tenían algún libro de Philip K. Dick. Volví a tener suerte. Leí Ubik y fue como si me diesen con un martillo en la cabeza (estoy parafraseando a Roberto Bolaño, luego explico por qué), todos aquellos planos sobre lo real, lo soñado, lo percibido; la angustia del existir, en definitiva… Y leí todo lo que encontré: Sivainvi, El doctor Moneda Sangrienta, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Tiempo desarticulado, Ojo en el cielo
Y en lo que respecta a los amigos mi fortuna no fue mayor en Móstoles que en Collado Mediano. Al principio pude convencer a David Antón (el responsable de que empezara con Isaac Asimov y Stephen King; el responsable en realidad de que dejase los tebeos por las novelas) de que leyera Ubik, pero no le entusiasmó y no siguió. Años más tarde, con unos 24 (cuando yo ya estaba profundamente aquejado de la fiebre realista), Antón me acabó pidiendo todos mis libros de Dick. Le terminaría cogiendo el gusto, pero entonces, a los 16, yo estaba solo. Era un adolescente con grandes pasiones y nadie con quien compartirlas. Aunque como dice George Orwell: no importa que seas una minoría de uno si tienes razón. Y yo no sé si tenía razón pero tenía mi razón, que al fin y al cabo es posiblemente lo único que importa cuando uno es un adolescente de suburbio con unas gafas horribles y que pasa más tiempo en la biblioteca pública o solo en su habitación que en el parque.
Llegué a escribir una carta a una asociación de fans de Dick con sede en California para pedirles información (la dirección estaba al final de un libro de la colección Nebulae, creo). Me enviaron un catálogo con fotocopias sobre diversos asuntos relacionados con Dick. Volví a escribirles, pagando el precio requerido en sellos (que iban dentro de la carta), y me enviaron a casa unas fotocopias en inglés sobre Dick, que deben estar en el armario de mi antigua habitación en la casa de mis padres. Para que después tenga que oír hablar a los jóvenes escritores modernitos sobre sus impostados años de freak adolescente.

Luego, a los 19 años, al descubrir a Charles Bukowski dejé de leer terror y ciencia ficción y me inicié en la literatura realista; de forma radical, abandoné los géneros con los que crecí. Pero unos 15 años después ocurrió algo: al leer Entre paréntesis y un libro de entrevistas a Roberto Bolaño, éste hablaba sin tapujos de su admiración (compartida con Rodrigo Fresán) por Dick; de quién leyó –creo que también a los 16 años– Ubik, y escribía sobre esta experiencia lo que he parafraseado en el párrafo anterior. Y me dije: quizás Dick no era sólo un escritor pulp, tal vez mi primera intuición adolescente –intuición de lector salvaje– sobre que Philip K. Dick era un genio, fuese cierta. Y así en 2007 inicié un revival noventero y compré sus novelas que no había leído y que estaba editando Gigamesh (una) y Minotauro (bastantes), con el miedo inicial de quedar decepcionado, que se hubiera perdido la magia y esto modificase el grato recuerdo que tenía. Pero no ocurrió: toda la magia del primer amor seguía allí, intacta. Mi primera intuición de lector salvaje era cierta: Philip K. Dick estaba a años luz del resto de escritores de ciencia ficción, Philip K. Dick era un genio. Leí ya con 33 años Los tres estigmas de Palmer Eldritch y me golpeó con su martillo la cabeza casi con la misma intensidad que Ubik a los 16. Durante más de una semana, después de acabar el libro, sentí que me había quedado atrapado en sus páginas paranoicas, asfixiantes. Y leí también, entre unos cuantos más, El hombre en el castillo, el premio Hugo de 1963, título con el que me he encontrado en alguna lista de las 100 mejores novelas norteamericanas del siglo XX (sin géneros, a nivel absoluto).

En las páginas 183 y 184 de Entre paréntesis Bolaño dice cosas sobre Dick como éstas:
“Dick es uno de los diez mejores escritores del siglo XX en Estados Unidos, que no es decir poco”.
“El acoplamiento entre lo que cuenta y la estructura de lo contado, es más brillante que algunos experimentos sobre el mismo fenómeno debidos a las plumas de Pynchon o Delillo”.
“Dick escribió Dr. Bloodmoney, que es una obra maestra”.

En el libro de entrevistas Bolaño por sí mismo, que publicó en Chile la editorial Universidad Diego Portales, Bolaño afirma sobre Dick:
“Es uno de los grandes escritores del siglo veinte”.
“Sus cuentos, por otra parte, son increíblemente buenos”.
“Dick va camino de ser un clásico y una de las características de un clásico es ir mucho más allá de la buena escritura, que no es otra cosa que una cierta corrección gramatical”.

He encontrado en Internet un artículo de Rodrigo Fresán en el que comparaba las obras de Dick Una mirada a la oscuridad y Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, con Malcolm Lowry y Louis Ferdinand Céline.
Según Fresán, en Japón o Francia a Dick le consideran a la altura de Kafka o Joyce.

El reputado escritor de ciencia ficción polaco Stanislaw Lem escribió un artículo sobre la ciencia ficción norteamericana y concluyó: no vale nada, excepto Philip K. Dick.
Y esto a pesar de que Lem hace hincapié en el mal gusto de Dick, en su estilo palurdo y en sus tramas descosidas. Dice Lem que la distancia entre Dick y sus colegas es la que hay entre Crimen y castigo de Dostoievski y el resto de autores de novelas policiacas. Y destaca sobre todo Ubik.
(Por otra parte, Dick piensa que Lem no existe, y que es una trampa de la KGB para atraerlo al bloque soviético y apresarlo).



La vida de Philip K. Dick
(Si a alguien le interesa le recomiendo la biografía escrita por el francés Emmanuel Carrère, titulada Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos).
 
Dick, que nunca consiguió un título universitario, admiraba a escritores como James Joyce o Thomas Mann; soñaba con ser un valorado escritor de literatura culta, y dedicado a este esfuerzo escribió once novelas realistas que los editores de la época rechazaron sin paliativos una detrás de otra. Mientras tanto escribía relatos de ciencia ficción para revistas pulp, que para él simplemente constituían una forma de ganarse la vida. Cuando desde alguna de las casas en las que vivió en el entorno de la Bahía de San Francisco se desplazaba a la ciudad para escuchar poesía en los locales beatniks de los años 50, tenía que soportar las burlas de cualquier oscuro y olvidado poeta beat cuando decía que él era un escritor de ciencia ficción publicado en revistas pulp.

Dick sólo vio publicada una de sus novelas realistas, la titulada Confesiones de un artista de mierda, en 1975, amparado por el creciente éxito que estaban alcanzando sus novelas de ciencia ficción, sobre todo en Europa. Novela que leí hace ya mucho porque aquí la tradujo la editorial Valdemar, y que no estaba mal, pero no a la altura de sus grandes novelas de ciencia ficción.

Dick vive casi siempre en la pobreza y malvive de sus relatos y novelas de ciencia ficción.
Abusa de las drogas, y cree tener contactos sobrenaturales, experiencias que relata en libros como Valis o Radio Libre Albemut.
Dick cree que la realidad de los años 1970 en California no existe y que él es un cristiano primitivo que sufre persecuciones en la Roma del año 70. Esto lo percibe en sueños y la realidad californiana (una realidad falsa) le va dejando pistas que confirman sus sospechas.
Dick es un esquizofrénico y un paranoico.
Dick escribió Valis y es un genio (esto creo que ya lo escribí).
Dick es famoso por la adaptación cinematográfica de su novela ¿Sueñas los androides con ovejas eléctricas? (Blade Runner en el cine), pero en realidad prácticamente la totalidad del cine de ciencia ficción de las últimas décadas se ha inspirado en sus ideas, empezando por una película como Matrix, que no puede ser más Dick. El problema de la mayoría de las adaptaciones cinematográficas de las obras de Dick es que han convertido sus historias en películas de acción, robándole casi todo su angustioso humor negro.


El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales
Compré esta novela el verano pasado en Boston (junto con algún otro libro en inglés que aún no he leído), convencido de que iba a poder leerla con normalidad durante el siguiente curso académico. Y me dio pena percatarme este nuevo verano, otra vez en Estados Unidos, de que ya había pasado todo un año y no había leído este libro. Así que al volver de San Francisco, la primera noche, al no poder dormir debido al jet lag salí de la cama a las 4 de la mañana de un sábado y me puse a leer esta novela con un diccionario hasta las 7, hora a la que imprudentemente me volví a meter en la cama. Esta novela quedará unida en mi mente para siempre (como una alteración de la realidad madrileña, que posiblemente no existe) a la confusión mental que supuso una semana de jet lag; sólo al viernes siguiente pude dormir con normalidad.

El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales es la última (y su favorita) de las 11 novelas realistas que escribió Dick; esto ocurrió en el invierno de 1960. Después de tomar esta decisión, sintiéndose un absoluto fracasado, escribió El hombre en el castillo, publicada en 1962; e igual que Cervantes murió pensando que El Quijote era sólo una novela de entretenimiento, Dick vivió pensando que esta novela, El hombre en el castillo, una de las obras maestras del siglo XX, sólo era una novela más de entretenimiento.

Leer en inglés con un diccionario, en el que buscaba todas las palabras que no sabía, me resultaba agotador, perdía el ritmo narrativo y la lectura se transformaba en un ejercicio de inglés. Dejé de usar el diccionario, y a pesar de no entender alguna palabra captaba el significado general (la prosa de Dick no es muy complicada, en todo caso).

La acción de El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales se sitúa en el condado de Marin, al norte de San Francisco, en el pequeño e inventado pueblo de Carquinez. El año es 1960. (Me encantaba reconocer las calles de San Francisco citadas en la novela).
Leo Runcible es un judío de la metrópoli, que trabaja como promotor inmobiliario en Carquinez. Walter Dombrosio es su vecino, que trabaja en San Francisco. Entre ellos se produce el siguiente conflicto: Dombrosio invita a cenar a su casa a su mecánico de la ciudad, un hombre negro. Esa misma noche Runcible ha invitado a un matrimonio amigo, al que puede llegar a vender una cara propiedad. Los amigos llegan a la casa de Runcible y le preguntan si hay algún negro en el pueblo, hecho que devalúa (bajo su punto de vista) el valor de la propiedad inmobiliaria que Runcible quiere venderles. Runcible les acusa de racistas y los echa de su casa, para acto seguido telefonear a Dombrosio y hacerle saber que su egoísmo e imprudencia le han hecho perder unos miles de dólares.
Dombrosio, sintiéndose culpable, bebe, días después, en un bar del pueblo. De vuelta a casa, borracho, se sale de la carretera y Runcible avisa a la policía. A Dombrosio le retiran el carnet de conducir durante 6 meses (Dombrosio no sabe aún que Runcible ha sido el delator). Como consecuencia, su mujer ha de conducir el coche de Dombrosio y acercarle a la ciudad. La mujer de Dombrosio se plantea conseguir un trabajo en la misma empresa que su marido. El brutal machismo de Dombrosio se dispara: su mujer intenta ser el hombre de la relación y anularle.

El estilo es el de todas las novelas de Dick: una narración en tercera persona, que cede la voz narrativa a la primera persona de los distintos personajes mediante el recurso de expresiones como pensó, consideró

Este libro describe el ambiente de los años 60 en Estados Unidos, la insatisfacción de la clase media, como Richard Yates pudo hacerlo en su novela Vía Revolucionaria (1961).
En la página 142 leemos (la funcional traducción es mía): “Lo que ha ocurrido, ella decidió, es que la completa estructura de la familia se ha roto desde la Segunda Guerra Mundial. En la Segunda Guerra Mundial las mujeres empezaron a soldar en las plantas de guerra. Como hombres. Y los comunistas han hecho lo mismo igual que en la guerra (…). ¿No podría yo permanecer en casa y hacer mi trabajo, que es tener un niño? Ese es el trabajo de una mujer. No trabajar codo con codo en una fábrica, como esas mujeres campesinas rusas, llamando a todo el mundo camarada. Ese no es el modo de vida americano.
En estos días esos Dombrosio son comunistas, pensó. Ese negro que los ha visitado; consideró. Los matrimonios interraciales son una parte del programa comunista para América”.

Me percato de algo que quizás sea lo que podía echar atrás a los editores para publicar esta novela: Dick percibe este libro como una narración realista, pero el lector la percibe como una narración expresionista. Las relaciones causa-efecto entre los personajes contienen un punto de exageración o de absurdo similar al de las relaciones que se establecen en la novela El desaparecido de Kafka.
Los personajes, perdidos y con un fuerte sentimiento de culpabilidad, se tiran sillas a la cabeza y a continuación se abrazan y se recuerdan lo mucho que se quieren.

Pero hay más: unido al agobiante drama que se cuece entre las dos parejas de vecinos, los Rucible y los Dombrosio (y entre los dos miembros de cada pareja), existe una subtrama de intriga. En el jardín de Runcible, éste encuentra el cráneo de un hombre (que podría ser un neandertal, algo nunca hallado en América), y que conduce a descubrir un extraño secreto del condado de Marin.

El conjunto posee un extraño encanto: una novela realista sobre los años 60 en Norteamérica, que tiene componentes expresionistas, y que deriva en una novela de intriga de especulación científica.
Es cierto que cuando Dick escribe tramas de ciencia ficción, con sus desdoblamientos de la realidad, se vuelve mucho más intenso y poético, pero no es desdeñable una novela como El hombre que tenía todos sus dientes exactamente iguales, y en todo caso la fuerte convicción con que está escrita se impone a todos sus fallos.

En 2007 una editorial llamada Bibliópolis (creo que ya no existe) anunció que iba a traducir y publicar las novelas realistas de Dick. El proyecto nunca se llevó a cabo. A día de hoy tan sólo la editorial Minotauro apuesta por Dick y sigue reeditando sus reveladoras novelas de ciencia ficción en unas ediciones muy bonitas. (Me falta leer los volúmenes de los Cuentos completos).
No entiendo por qué las nuevas editoriales españolas, esas a las que les cuesta tanto leer un manuscrito de un autor vivo español, esas que no paran de escarbar en la tradición anglosajona en busca de alguna supuesta gran novela olvidada, no se han fijado en la obra realista de Dick.
Al final me voy a coger fama en el sector, porque realmente les escribo a los editores para hablarles de estas cosas y ellos –claro– no me hacen caso, pero estoy convencido de que editar en España (con una portada un poco naif y un poco posmoderna) un libro tan bizarro como El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales podría ser algo insuperablemente cool.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Comentario a Siempre nos quedará Casablanca en Notas de Manel



Manel, del blog Notas de Manel, me dio hace unas semanas la sorpresa de decirme que había leído mi poemario Siempre nos quedará Casablanca. Además ha escrito una pequeña nota sobre él.
Para mí, acostumbrado a que me lean familiares y amigos (y en el caso de la poesía sólo como un favor especial) fue una grata alegría.

Dejo el enlace AQUÍ.

Gracias, Manel.

domingo, 14 de octubre de 2012

La ley de Herodes, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 139 páginas. 1ª edición de 1967, ésta de 1997.

Quizás leer en un avión a Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México-1983, Mejorada del Campo, Madrid), que murió en un accidente aéreo, pueda considerarse un homenaje o un acto temerario. Y en mi caso creo que ha sido más bien lo segundo, porque –después de acabar con Maten al león– leí entero este libro en el aire, en el vuelo de Dallas a Madrid, en vez de dormir. Lo que ha contribuido a que después de una semana aún siga teniendo jet lag; y que bajo sus premisas me despierte a las 4 de la mañana con nula capacidad de continuación hasta las 7 (las 10 de la noche en San Francisco), momento en el que me vuelve a entrar sueño.

La ley de Herodes es el único libro de relatos que Ibargüengoitia publicó como tal (aunque mi amigo –a estas alturas ya personaje del blog– el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio me ha comentado que muchas de sus crónicas periodísticas son muy parecidas a estos relatos). El libro está formado por 11 textos de marcado carácter autobiográfico. La unidad compositiva de todos los relatos es muy fuerte; en ellos nos encontramos siempre con una voz narrativa en primera persona, que el lector asume que es en todos los casos la misma y que además se correspondería con la del propio autor. Esta última sospecha es más que razonable al encontrarnos en los relatos, en varias ocasiones, con que los demás personajes implicados en la historia se dirigen al narrador llamándole Jorge o bien Ibargüengoitia. Por ejemplo:
En el tercer cuento: “Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. ‘Jorge’ me dijo” (pág. 23)
En el séptimo cuento: “Pues imagínese, señor Ibargüengoitia –me dijo doña Amalia–, que ya el abogado tiene los papeles y órdenes de embargo” (pág. 66).
En el décimo cuento: “¿No me dijeron que iban a San Antonio? ¡Me han engañado! Yo les di aquella carta creyendo que los Ibargüengoitia eran gente decente” (pág. 124).

Además, nos encontramos con sucesos narrados que fácilmente se pueden relacionar con la propia vida del autor; como las gestiones que tiene que realizar para conseguir alguna de las becas que le concedieron diversas fundaciones, o los momentos en los que habla de su actividad literaria o resulta ganador de un importante premio.

Los cuentos tienen (además de la unidad de voz narrativa) bastantes características comunes. Una de las más claras, que asalta al lector nada más empezar el primer párrafo de cada composición, es que el autor siempre se adelanta a lo narrado. Ibargüengoitia nos expone alguna de las consecuencias de lo que le ha ocurrido, y luego nos explica cómo sucedieron los hechos para llegar hasta allí. Así empieza el primer cuento: “El episodio cinematográfico sucedió hace cuatro años. Yo estaba embargado y mi aventura con Ángela Darley había entrado en una etapa negra. Una noche me salí de su casa olvidando, o mejor dicho, fingiendo olvidar, la cabeza etrusca que ella me había regalado después de tantos ruegos de mi parte. Yo estaba furioso porque ella había insistido en leer las líneas de la mano del joven Arroyo y le había dicho lo mismo que me había dicho a mí tres años antes” (pág. 9).

La mayoría de los cuentos están escritos con mucha ironía, no exenta de sarcasmo, y suelen reflejar momentos de apuro o de frustración que acontecen al narrador. Estos fracasos son en muchos casos sexuales; como ya se deja ver en el párrafo que he transcrito arriba, correspondiente al comienzo del cuento titulado El episodio cinematográfico.
Bajo el impulso narrativo comentado se podría incluir un cuento que reveladoramente se titula La mujer que no, y también La vela perpetua, ¿Quién se lleva a Blanca? y posiblemente What became of Pampa Hash? Estos cuentos podrían interpretarse también como una crítica a unas costumbres sociales, en torno al sexo, que el autor encuentra anticuadas y poco naturales (nada de sexo antes del matrimonio, etc.) y que no acaban de solucionarse al poder relacionarse con la extranjera Pampa Hash del quinto cuento señalado, donde la mexicanidad ejercida por Ibargüengoitia acaba chocando con las costumbres foráneas.

Otros cuentos critican la corrupción de las instituciones; y aquí destacaría la frustración que provoca al autor comprar un terreno que perteneció a la Iglesia, o la posibilidad de que le embarguen la casa –que construye en ese terreno– los usureros que le hicieron un préstamo. El primer cuento sería Manos muertas (“Como las órdenes religiosas no tienen derecho a tener propiedades y sin embargo las tienen, cada orden nombra depositario a una persona de honorabilidad reconocida y catolicismo a prueba de bomba. La función del depositario consiste en hacer fraude a la Nación fingiéndose propietario de algo que es de la orden”, pág. 41), y el segundo Mis embargos (“Doña Amalia tuvo la culpa de que yo no le pagara, por no presentarse a tiempo a cobrar, porque no le convenía que yo le pagara; porque no andaba tras de su dinero, sino de mi casa”, pág. 64).

Si bien en muchos cuentos el tono es irónico, o incluso sarcástico –como ya he apuntado– y en cierto modo, aunque el narrador acaba siendo el perjudicado, son narraciones con un trasfondo picaresco (“Los domingos, invitaba a una docena de personas a comer a mi casa y les decía a todos:
—Traigan un platillo.
Con las sobras comíamos el resto de la semana”, pág. 63 del cuento Mis embargos); hay otros momentos –y el más señalado es la narración Cuento del canario, las pinzas y los tres muertos– en que el tono se vuelve más serio y emotivo. En el cuento citado, Ibargüengoitia nos describe sus diversas reacciones ante gente que llama a su puerta para pedir dinero; mendigos o desconocidos que dicen representar a algún trabajador relacionado con la casa… y ante los que se finge ingenuo y crédulo porque prefiere condescender y ayudarlos a cerrarles la puerta.

Quizás más que en los otros libros que llevo leídos de este autor –siendo siempre una característica de su estilo– en La ley de Herodes el uso del lenguaje oral es más acusado.

Voy a destacar dos cuentos. El primero sería Conversaciones con Bloomsbury, donde el narrador nos acerca a Bloomsbury, un gringo que llega a México, representando a una fundación, con la idea de ayudar a escritores locales, y cómo ninguno de ellos quiere relacionarse con él porque le consideran un espía de la CIA. Este cuento, de un libro publicado en 1967, me ha recordado mucho a algunas páginas de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, publicado en 1998. Aunque Bolaño nunca cita a Ibargüengoitia en Entre paréntesis, estoy seguro de que había leído sus libros en su etapa mexicana y La ley de Herodes y otras obras de este autor influyeron en su obra.
También me parece claro que el estilo irónico, nostálgico y chistoso de Ibargüengoitia ha influido en el escritor mexicano Juan Villoro.

El otro cuento sería Falta de espíritu scout, donde Ibargüengoitia nos conduce a sus 12 años y a su pasado scout, organización que acabará expulsándole de sus filas por cuestionar su competencia. El ansia de mando de Nicodemus, el jefe scout, parece quedarse grabada en el espíritu del niño Ibargüengoitia, y aflorar, años después, en una obra que en gran parte es una gran burla de los dictadores.

La próxima semana ya no hablaré de Jorge Ibargüengoitia, aquí se acaban las lecturas que realicé durante mi viaje a San Francisco. Pero aún tengo en casa sin leer Los relámpagos de agosto y Los pasos de López, libros a los que no creo que tarde mucho en acercarme y a los que uniré la compra de Dos crímenes, para así leer la obra narrativa completa de este destacado autor mexicano.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Presentación de Cuentos pacientes de Goizeder Lamariano




Como ya comenté en el blog la semana pasada, el viernes 5 de octubre estuve en la librería Lé de Madrid (Castellana 154) presentando –junto al escritor argentino Marcelo Luján, que recientemente publicó su novela Moravia en la editorial El Aleph- el primer libro de cuentos de Goizeder Lamariano ( Aquí su blog Cuéntate la vida).
Es extraño pensar que soy profesor, que me gano la vida hablando todos los días ante un público de unos 20-25 adolescentes, y aún así me puse un poco nervioso al tener que hablar ante las 25-30 personas que acudieron a la librería Lé para acompañar a Goizeder. Al hablar me parecía que lo estaba haciendo demasiado deprisa, pero al verme en el vídeo que se grabó no lo percibo. En todo caso me dio la impresión de que Marcelo Luján tenía muchas más tablas que yo en esta clase de eventos.




Voy a dejar a continuación el texto que preparé para ese día (lo que llegué a hablar es parecido pero no idéntico). Antes de mi intervención Marcelo Luján introduce el libro, y habla del cuento como género narrativo. Y para finalizar Goizeder Lamariano nos habla de por qué se decidió a publicar su libro, y lee el primero del conjunto:

Conocí a Goizeder en enero de 2011. El mismo día que regresaba al colegio donde trabajo tras las vacaciones de Navidad saltó la alarma de google en mi correo electrónico: una entusiasta reseña de mi novela Acantilados de Howth en su blog Cuéntate la vida me alegró la semana (y el año) que empezaba.
Este verano Goizeder me comunicó la buena noticia de que iba a publicar un libro de cuentos y me preguntaba si yo querría presentárselo en Madrid. Y yo contesté que sí, claro.
Lo primero que llama la atención de Cuentos pacientes es la sugerente foto de portada, obra de José Luis Ollo, donde un hombre de espaldas, al que acompaña una maleta, nos arroja un puñado de preguntas: ¿Acaba de llegar a una ciudad o se marcha de ella? ¿Es esta su ciudad natal o es una ciudad desconocida para él? ¿Deja a algún ser querido tras de sí o va a su encuentro? ¿De qué ciudad se trata? Preguntas que podrían constituir el punto de partida de cualquiera de las 23 historias que presenta Goizeder Lamariano en su primer libro de cuentos.

Goizeder ha divido su libro en seis bloques: Cuentos de infancia, Cuentos pacientes, Cuentos eternos, Cuentos queridos, Cuentos de Alemania y Cuentos Apasionados.

Casi todos, sin descontamos el único cuento que constituye la sección alemana, son bastante cortos. En unas 3 ó 4 páginas Goizeder crea una situación, y en muchos casos acabaremos el cuento igual que al mirar la foto de la portada: llenos de preguntas.
En el primero, -perteneciente al bloque Cuentos de infancia- por ejemplo, titulado Caramelos de menta, una niña de siete años, nos narra, desde una inocente primera persona, la separación de sus padres. El momento es crucial, la niña no sabe por qué sus padres ya no viven juntos –ellos no discuten como los padres de uno de sus compañeros de clase, también separados- la niña y el lector descubren una realidad más amplia que la narrada; y el relato se cierra abruptamente cuando la niña trata de encontrar culpables a una realidad que se le escapa. Y surgen las preguntas en el lector: ¿cuándo se dará del todo cuenta esta niña de lo que de verdad ocurre con sus padres? ¿Cuándo aceptará los cambios que se va a producir en su vida?
Y la particular visión del mundo de los niños constituye la fuerza compositiva de estos Cuentos de infancia, cerrados con la historia La resaca de Jaime, donde la perspectiva cambia: ahora es el adulto el que evoca la infancia.
Los Cuentos pacientes abren otro camino compositivo, puesto que se trata en gran medida de cuentos sobre hospitales y enfermos. Un tema tan humano como el de la infancia del grupo anterior, pero menos amable (en el supuesto de que los cuentos anteriores lo fueran, que no lo eran).
Y en los Cuentos pacientes nos encontramos con la fatalidad e incluso con las burlas del destino… cuentos que paradójicamente, en algunos casos acaban bien o todo lo bien que puede acabar la vida. Mujeres jóvenes que conversan con ancianas en el pasillo del hospital, y de la conversación se podrán desprender secretos de vida o de amor.
En Cuentos eternos no cambia sólo la perspectiva desde la que se mira la realidad (la infancia, la vejez, la enfermedad…) sino que también se juega con el principio de veracidad narrativa; puesto que en esta tercera parte nos encontramos sorpresivamente con un grupo de cuentos de corte fantástico, con curiosas personificaciones de la muerte, o incluso juegos macabros como volver a narrar la clásica –y también eterna- historia del enterrado vivo.

Los Cuentos queridos posiblemente reúnan las páginas más amables del libro, puesto que en ellos, a diferencia de lo que uno suele esperar en un cuento de amor, más de una de estas historias acaba bien; pero no todas, algunas como el cuento titulado La inglesita, donde las últimas frases vuelven a llenarnos de preguntas e incertidumbres.

En Cuentos de Alemania nos encontramos con un único cuento de 26 páginas titulado El profesor de español, un cuento que podría haber estado incluido en el primer bloque sobre la infancia; ya que en él nos encontramos con una narradora adulta que evoca su percepción del mundo a los 10 años, cuando sus padres decidieron emigrar de su Navarra natal hasta la próspera Alemania de los años 60. Y allí descubrirá por primera vez algunas de las aberraciones de la historia.
En éste, como en otros cuentos del conjunto, la intención social puede hacer de enlace temático entre bloques narrativos: el pasado y las guerras perdidas recorren buena parte de estas páginas.

Y el conjunto se cierra con Cuentos apasionados, donde el amor de Cuentos queridos da un paso al frente para transformarse en erotismo y en sexualidad, cuentos que como aquellos pueden acabar bien o mal; pueden acabar como la vida: de cualquier forma.

No querría acabar de presentar el libro de Goizeder sin hablar de su estilo directo, de su gusto por la narración oral y la pincelada viva; y que lo leí atentamente con la intención de encontrar alguna errata o falta ortográfica que remitirle para la sección de su blog Con premeditación… y sin ortografía, pero no pude. La ortografía de estos Cuentos pacientes es más implacable que la vida que reflejan.

Y así tras acabar los 23 cuentos de este primer libro de Goizeder Lamariano uno tiene la sensación de haber leído más páginas de las 139 de que consta el volumen: los ecos de sus historias sobre niños, enfermos o amantes; historias de un presente muy cercano o de la Guerra Civil; de Pamplona, de Madrid, de Ibiza o de Alemania; historias reales o fantásticas; historias entrañables o terroríficas… se expanden en nosotros y al cerrar el libro y volver a mirar la portada seguiremos sin saber a dónde se dirige ese hombre con su maleta, seguiremos sin saber si llega a su ciudad natal o a una ciudad desconocida, si camina hacia alguien amado o huye de un amor desgraciado, y desearemos de nuevo dejar volar la imaginación para dar continuidad a su historia, para embarcarnos en todos los cuentos posibles, para recrear o inventar su camino, sin final como la vida y como todos los cuentos.




domingo, 7 de octubre de 2012

Maten al león, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 187 páginas. 1ª edición de 1969, esta de 1998.

Había leído ya Las muertas y tenía empezada Estas ruinas que ves, las dos novelas que había comprado –junto con la primera edición de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño en la librería de segunda mano de Fort Mason en San Francisco (de la que ya hablé hace unas semanas en la entrada titulada Un paseo literario por la costa Oeste norteamericana), y me pareció una pena no hacerme con el resto de libros de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid), que tenían allí, con precios de 4 o 5 dólares –dependiendo sólo del grosor del volumen– en las agradables ediciones mexicanas de Joaquín Mortiz.
Así que una mañana que tuve que ir con mi novia a hacer una consulta en internet en la biblioteca de la calle Chestnut, nos acercamos de nuevo a Fort Mason, que quedaba al lado (como cualquier conocedor de San Francisco sabe) y compré Maten al león y La ley de Herodes. Dejando allí de Ibargüengoitia tan sólo Los relámpagos de agosto, por tenerlo ya comprado en Madrid, en la misma edición de Joaquín Mortiz, y Los pasos de López, por encontrarse su último cuadernillo desprendido del lomo. Lo que provocaría una tercera visita a Fort Mason, tras decirme: bueno, qué importa, por 4 dólares puedo pegar ese cuadernillo desprendido (los adictos a la compra de libros somos así y, como dice mi amigo Antón, conozco a gente con adicciones peores).
Leí el comienzo de esta novela en la habitación del hotel de la calle Lombard, donde estábamos alojados en San Francisco, otra parte en una cafetería de la calle Chestnut, más de la mitad en el viaje de vuelta a Madrid: en un avión San Francisco-Dallas, durante la espera en el aeropuerto de Dallas, y la terminé en otro avión Dallas-Madrid.

Maten al león es la segunda novela de Jorge Ibargüengoitia, y si la primera, Los relámpagos de agosto, es una crítica a los últimos años de la revolución mexicana, esta lo es de los dictadores hispanoamericanos, entroncando así con la larga tradición literaria del continente.
La acción de Maten al león se sitúa en la pequeña (“un círculo perfecto, de 35 kilómetros de diámetro”) e inventada isla caribeña de Arepa, y el emplazamiento temporal nos lleva a 1926. El presidente de la República es Manuel Belaunzarán, héroe de las guerras de independencia contra los españoles, que en 1926 está llegando a su cuarto mandato consecutivo en Arepa, último que permite la ley.
En la primera página de la novela, aparece flotando en la playa el cadáver del doctor Saldaña, líder de la oposición y contrincante político de Agustín Cardona, segundo de Manuel Belaunzarán. Tras la llamada telefónica que avisa al presidente de lo que ya sabe (la muerte del doctor Saldaña); al colgar, Belaunzarán se vuelve a Cardona y le espeta: “Ahora sí, Agustín, si no ganas estas elecciones, sin contrincante, es que no sirves para político, ni para nada” (pág. 11).

La novela, escrita en tercera persona, está narrada con un tono más sarcástico que irónico, y en sus primeros y frenéticos capítulos se muestra a un gran número de personajes, descritos escuetamente y con los que, debido a la distancia que impone el sarcasmo, el lector se va a sentir poco identificado.
Tras la muerte del doctor Saldaña, los miembros del partido moderado –los opositores al régimen de Belaunzarán–, ante la preocupación de que vaya a ser aprobada la Ley de Expropiación que haría que sus propiedades pasasen al Estado, deciden contactar con Pepe Cussirat, de 35 años, que salió con su familia de la isla hace 15 años y que vive en Nueva York –el “primer arepano civilizado” (pág. 39)– para proponerle ser candidato a la presidencia de la República.
Tras la espectacular llegada de Cussirat a Arepa en avioneta –“Porque en Arepa nadie había visto un avión” (pág. 41)–, Cussirat se percata de que va a ser imposible ganar a Belaunzarán en las urnas (en la calle el pueblo pide la presidencia vitalicia para el héroe de las guerras de independencia, y en el congreso, aprovechando la ausencia de oposición –en el entierro del doctor Saldaña–, se ha votado la modificación de la ley que prohíbe más de cuatro mandatos presidenciales). En aras del cambio democrático, Cussirat centrará sus esfuerzos en atentar contra la vida del dictador.

La novela resulta cómica al narrar los continuos fracasos de matar al León, aunque todo esto flote sobre un fondo trágico de fusilamientos de falsos terroristas.

Y si Ibargüengoitia realiza en esta novela una crítica de los regímenes dictatoriales hispanoamericanos, también hace, y posiblemente con más fuerza que la aparente primera intencionalidad del libro, una fuerte crítica de la hipocresía social de los poderosos (profusamente descritos en la novela), que bajo el amparo de pedir libertad, democracia o paz, sólo velan por perpetuar sus privilegios de clase, bien sea bajo el amparo de un dictador amigo o de una aparente democracia que ellos controlen, dando así pie al inmovilismo social y a la perpetuación de las injusticias.

Al principio, al presentar Ibargüengoitia un elenco tan grande de personajes, desde los más poderosos –y desagradables– hasta los más desvalidos –representados sobre todo por la figura de Pereira, un triste profesor de dibujo de un colegio–, pensé que la novela corría el riesgo de acabar siendo una obra de tesis, principalmente socialista. Pero su propio tono nada grandilocuente hace que la composición novelística sea más compleja y rica que la achacable a una mera novela de tesis.
Y quizás pensé también que algunos de los personajes no tenían una función muy clara en la trama, principalmente fijándome en Pereira y en la descripción de su hogar humilde, en contraste con la suntuosidad del palacio presidencial o de las casas de los ricos de Arepa. Pero estaba equivocado, la presencia de Pereira queda al final perfectamente justificada en la historia.

Si comparamos Maten al león con otras novelas hispanoamericanas de dictadores, como El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez o La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, la de Ibargüengoitia, pese a ser una obra entretenida y de ritmo dinámico, no está a la altura de las citadas.
De las tres obras que llevo leídas de este autor, ésta me ha parecido la más floja. Y sin embargo me ha agradado leerla. No puedo considerar desdeñable una novela donde uno puede encontrar párrafos como el siguiente (el León Belaunzarán va a sufrir un atentado al acudir al cuarto de baño):
“Al terminar se abrocha, y después, tira de la cadena, con cierta dificultad. Se extraña al oír, en vez del agua que baja, un crujido, un cristal que se rompe, y una efervescencia. Levanta la mirada y la fija en el depósito. En ese momento, como una revelación divina ve la explosión. ¡Pum! Un fogonazo. El depósito se abre en dos, y el agua cae sobre Belaunzarán.
Con las reacciones propias de un militar que ha pasado parte de su vida en campaña, Belaunzarán brinca, es presa del pánico, huye hacia su despacho, y de un clavado se mete debajo del escritorio. Al poco rato, comprende que el peligro ha pasado, se repone y monta en cólera” (págs. 87-88).

miércoles, 3 de octubre de 2012

Presentación de Cuentos pacientes, de Goizeder Lamariano Martín




Tuve la suerte, a comienzos de 2011, de leer una reseña muy positiva de mi novela Acantilados de Howth (AQUÍ) en Cuéntate la vida, el blog de la periodista Goizeder Lamariano (Pamplona, 1984), a quien en aquel momento no conocía de nada (el libro había sido enviado por la editorial). 
En 2011 yo mismo le envié mi poemario Siempre nos quedará Casablanca, y por lo que escribió sobre él (AQUÍ) también pareció gustarle.

Este verano Goizeder me escribió para comunicarme que la editorial Círculo Rojo iba a publicarle en septiembre un libro de relatos titulado Cuentos pacientes, y me preguntaba si me apetecería hacer la presentación del libro en Madrid.

Por supuesto, le contestó que sí, y este viernes de 5 octubre -junto al escritor argentino Marcelo Luján- realizaré la presentación de Cuentos pacientes, el libro de Goizeder Lamariano, en la Librería Lé, ubicada en Madrid, en el Paseo de la Castellana 154 (Ver AQUÍ)

domingo, 30 de septiembre de 2012

Estas ruinas que ves, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 181 páginas. 1ª edición de 1975, ésta de 1997.

Como me gustó mucho Las muertas decidí seguir leyendo a Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid). Estas ruinas que ves es la obra narrativa que había escrito inmediatamente antes de Las muertas. Una obra que sólo consta de 7 libros (6 novelas y una colección de relatos), debido a la prematura muerte del autor a los 55 años, en un accidente aéreo que tuvo lugar cerca de Barajas. Ibargüengoitia viajaba de París –donde residía– a Madrid, con la idea de tomar un avión que habría de llevarle a la feria del libro de Bogotá, cuando el avión que llegaba de París se estrelló al intentar tomar tierra en Barajas. Sin embargo, la obra periodística y de teatro de este autor es bastante extensa.

Estas ruinas que ves está narrada por Paquito Aldebarán, joven licenciado en Literatura que, tras vivir y estudiar durante años en Ciudad de México, regresa a su ciudad natal, Cuévano, en el estado del Plan de Abajo, contratado como profesor en la universidad. Ya escribí en la entrada correspondiente a Las muertas que el estado del Plan de Abajo no existe y que es un trasunto de Guanajuato, el estado natal del autor. Cuévano tampoco existe y sería un trasunto a su vez de la ciudad natal de Ibargüengoitia, Guanajuato. Algún toponímico más es coincidente en Estas ruinas que ves y Las muertas, como por ejemplo el pueblo de Pedrones, que ya no sé si es nombre inventado o existe, o es otro lugar al que Ibargüengoitia le ha cambiado el nombre.

Aldebarán nos hablará en Estas ruinas que ves de los que él denomina intelectuales de pueblo: las vidas de un grupito de profesores de la universidad que se van a convertir en sus compañeros de jarana por las calles y tabernas de Cuévano –“En una ciudad como ésta, tan chica y donde hay tanta gente tan chismosa” (pág. 119)–; y también de su propia persecución de mujeres jóvenes y atractivas (ante la escasez, no le quedará más remedio que fijarse en la mujer de uno de sus amigos, y en una de sus alumnas, además de vecina, comprometida con un joven ingeniero de la capital, atractivo y de prometedor futuro).

Si en la entrada del domingo pasado apunté que el tono con el que está escrito Las muertas es de distanciamiento irónico, debería decir ahora que el tono de Estas ruinas que ves es también irónico pero más cercano y gracioso, más celebrativo de lo contado.
Además, en más de una ocasión, hay una perspectiva pretendidamente ingenua de lo narrado, ya que, por ejemplo, Aldebarán se cree durante un número sorprendente de páginas un chisme de borracho que le cuenta uno de sus compañeros de universidad: que Gloria, la alumna y vecina de la que anda medio enamorado, sufre una grave enfermedad cardiaca, que hará que muera el primer día que tenga un orgasmo; así que su posible boda con Rocafuerte, el ingeniero de la capital, es una condena a muerte en la noche de bodas.
Además, buscando la complicidad continua con el lector, muchos párrafos de la novela se cierran con preguntas en las que el narrador de nuevo finge ingenuidad ante cuestiones que aparentemente le superan. Por ejemplo, leemos en la página 76:
“Es estudiante de Historia, me dice. Está escribiendo su tesis sobre el liberalismo cuevanense.
¿Tendrá Algarilla algún atractivo irresistible para las mujeres?”.

Muchas de las escenas dibujadas por Ibargüengoitia en esta novela, en gran medida provocadas por el contraste entre las grandes ideas intelectuales y el atavismo de una vida de provincias, son decididamente cómicas, y el lector no puede dejar de leer Estas ruinas que ves sin una sonrisa casi constante.

En este libro Ibargüengoitia parece jugar a la autoficción, ya que él también, tras formarse en la capital, fue profesor en la universidad de Guanajuato, y además Paquito Aldebarán nos comenta que ha decidido escribir una historia que el lector atento sabe que va a ser Las muertas. En la página 75 ya aparece una referencia al caso: “Justine ha dejado su trabajo habitual de en las noches –su catálogo de ideas fijas cuevanenses– y está absorta en la lectura de El sol de Abajo. ‘MACABRO HALLAZGO’, dice el encabezado. En el pueblo de Rinconada la policía desenterró los cadáveres de varias mujeres ‘que en vida fueron prostitutas’. El desentierro fue hecho en el corral de una casa que es propiedad de las hermanas Baladro, ‘tres notorias lenonas de la localidad’”.
En la página 135, Aldebarán narra: “Decidí escribir un libro sobre las Baladro, las madrotas asesinas que habían sido juzgadas en Pedrones y condenadas a treinta y cinco años de cárcel, y con ayuda de Justine, que había seguido el caso con atención y tenía los recortes, empecé a recopilar el material necesario: las fotos de las putas, la historia de los burdeles, las declaraciones del defensor de oficio”.

Y según nos acercamos al final del libro, el tono chistoso, de cercana ironía, parece dar cabida a una cierta nostalgia, como si Aldebarán supiera que los divertidos meses que ha pasado entre los intelectuales de pueblo van a dar pie a la repetición y a la monotonía de una vida sin demasiados alicientes.
Este paso de la celebración cómica a la nostalgia me ha recordado, en cierto modo, al Gesualdo Bufalino de Argos el ciego; aunque debería apuntar que esta última novela me parece mejor que Estas ruinas que ves (aunque también debería señalar que para mí Gesualdo Bufalino es uno de los autores europeos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, y del que siempre planeo una relectura; al menos de sus obras La perorata del apestado y de Argos el ciego).

Si bien en Estas ruinas que ves Ibargüengoitia parece elegir un tipo de narración menor, alejada de los posibles grandes temas literarios (si algo así existe), tengo que apuntar también que esta novela es un libro con mucho encanto, que su sentido del ritmo es muy preciso, que me ha mostrado con solvencia la vida en la provincia mexicana, y que me ha costado reprimir la sonrisa de la cara según avanzaba por sus páginas felices.

(Nota: esta entrada está escrita hace un mes. Entonces no estaba seguro de que RBA hubiese reeditado este libro. Por si a algún lector de España le interesa: hoy lo he visto en la Fnac de Callao. RBA lo ha reeditado en una edición muy elegante.)

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Lectura conjunta de Acantilados de Howth




En julio, navegando por internet, descubrí a un grupo de internautas que realizan una actividad a la que llaman Lecturas conjuntas: unos cuantos blogueros se ponen de acuerdo para leer el mismo libro a la vez y comentarlo en sus blogs. El último libro que habían leído era de la editorial Baile del Sol, una novela que salió más o menos en el mismo momento que la mía.
Contacté con Francisco José Portela, que mantiene el blog literario UN LECTOR INDISCRETO, y le pregunté si se sería posible organizar algo parecido para mi novela publicada en 2010 Acantilados de Howth
Francisco es una persona muy afable, a la que le gusta dar cabida y voz en su blog a nuevos escritores, así que no puso ningún problema a organizar una lectura conjunta de mi libro.
Como estaba a punto de entrar ya el mes de agosto, y supusimos que la mayoría de blogueros y de lectores estaría de vacaciones, lo dejamos para septiembre.

Francisco ya ha creado la convocatoria para la lectura conjunta de Acantilados de Howth en su blog y me gustaría crear aquí un enlace por si algún lector de Desde la ciudad sin cines le apetece apuntarse (los libros serían enviados gratuitamente a los posibles lectores por la editorial o por mí).

Las características de la convocatoria están aquí:


Muchas gracias a Francisco José Portela y a todos los interesados.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Las muertas, por Jorge Ibargüengoitia


Editorial Joaquín Mortiz. 157 páginas. 1ª edición de 1977, ésta de 1998.

Para el viaje a San Francisco yo me había llevado el libro de Los cuentos completos del Padre Brown, de G. K. Chesterton, editado por Acantilado, pero, tras el cansancio del largo viaje en avión y las primeras caminatas por la ciudad, me costaba llegar al hotel y tomar el pesado volumen del Padre Brown. Sus cortas historias –unas 20 páginas– de pura trama, en las que hay que estar pendiente de cada detalle, se me acababan escapando. Además, había empezado ya este libro hacía unos 10 días y quizás leer todos los cuentos seguidos del Padre Brown, debido a la repetición de estrategias narrativas, fuera excesivo. Así que cuando, como conté en la entrada del domingo pasado, descubrí en la librería de segunda mano de Fort Mason los libros de Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México - 1983, Mejorada del Campo, Madrid), decidí hacer un alto con el Padre Brown y ponerme con Ibargüengoitia. De quien supe por primera vez al hojear, hace un par de años, en las mesas de novedades de las librerías de Madrid, la reedición que RBA hizo de su libro Dos crímenes, con entusiastas elogios de Javier Marías en la contraportada.

En Las muertas (1977) Ibargüengoitia, siguiendo los pasos de escritores como Rodolfo Walsh o Truman Capote, se propone reconstruir la historia de unos crímenes reales a partir de los testimonios extraídos de los juicios y de entrevistas a los implicados.
En la página 46 descubrimos el momento desde el que la historia es contada: “El resultado de estos trabajos se llamó el Casino del Danzón. Al contemplar este edificio en la actualidad (1976) cuesta trabajo creer que fue construido hace apenas quince años”. Y los acontecimientos narrativos se prolongan desde finales de los años 50 hasta la década del 60.
Para situar la acción de este libro –y para algunos otros también–, Ibargüengoitia se inventa el estado mexicano del Plan de Abajo (al leer la novela yo pensaba que sí que existía, aunque nunca hubiese oído hablar de él), que en la realidad se correspondería con su estado natal: Guanajuato.

Las hermanas Arcángela y Serafina Baladro han llegado a ser madrotas (dueñas de un prostíbulo) casi por casualidad, por haber sido la primera de ellas usurera y, ante el impago de un cliente, haberse quedado con su negocio: un burdel. Debido a la dificultad de su venta, Arcángela decide regentarlo; para darse cuenta, en breve, de las posibilidades lucrativas del negocio, en el que invitará a participar a Serafina, y de forma más secundaria a otra de sus hermanas (que acabará, sin embargo, implicada en la trama de acontecimientos). El negocio se expande y en no demasiado tiempo las hermanas Baladro regentan con éxito tres prostíbulos. Un negocio, con toda la doble moral que suele acompañarlo, no exento de un cierto reconocimiento público de ascenso social: para la inauguración de la más lujosa de sus casas las Baladro contarán con la presencia de un gran número de notables de la región.
Pero las cosas cambian con la llegada al Plan de Abajo de un nuevo presidente –Cabañas–, que, con su Ley de Moralidad, empezará a acosar a las hermanas Baladro, a las que cerrará dos de sus locales. Las madrotas se harán fuertes en su tercer burdel, fuera del estado. Y quiere la casualidad que, debido a un extraño crimen de sangre, también se clausure este negocio.
Las hermanas Baladro no están dispuestas a perder sus inversiones e iniciarán una lucha burocrática para conseguir de nuevo las licencias de sus locales. Mientras tanto, al no desear renunciar a su capital humano (las prostitutas que trabajan para ellas), concentran a sus chicas, de forma clandestina, en uno de los prostíbulos clausurados. A partir de aquí, de esta convivencia en la sombra, los acontecimientos siniestros perseguirán a los implicados en esta novela cada vez más turbia.

El lenguaje que emplea Ibargüengoitia para narrarnos esta historia tiene un profundo sabor mexicano. Por ejemplo: “A la izquierda se divisa el valle de Guardalobos, uno de los más fértiles del estado del Plan de Abajo, en el que no hay pedazo sin cultivar, en donde no hay alfalfa fresa y lo que no es milpa es trigal. Hasta los huizaches que crecen en las acequias están frondosos” (pág. 18).

El narrador, de forma continua, se va adelantando a lo narrado (normalmente en tiempo presente); por ejemplo: “Serafina entra en el templo (después se supo que encendió una vela…” (pág. 10), y, cuando le faltan datos, especula: “Humberto Paredes siguió viviendo en el México Lindo, pero por instrucciones de los que lo empleaban –parece– alquiló una casa en la calle de Los Bridones, en donde en apariencia compraba y vendía semillas” (pág. 59). Además, consciente de que lo narrado es un texto escrito que él va elaborando, el narrador de vez en cuando nos lo recuerda; por ejemplo: “Emprendieron el viaje a Salto de la Tuxpana (véase capítulo 1)” (pág. 129).
En todo caso, el orden de los acontecimientos –con algún salto temporal– está distribuido en el texto con gran sabiduría narrativa.

Pero quizás lo más curioso de Las muertas sea el tono que emplea el autor para narrarnos su historia. Frente a la limpieza un tanto gélida de un libro como A sangre fría, de Truman Capote, Ibargüengoitia elige un tono marcado por el distanciamiento irónico. En la página 109, tras hablarnos de los deseos que durante más de 10 años habían tenido las Baladro de deshacerse de una de sus chicas, Ibargüengoitia escribe: “Es posible que, con la falta de lógica propia de la avaricia, Arcángela haya tenido la esperanza de que Rosa se volviera atractiva de la noche a la mañana y lograra pagarle a la familia todo el dinero que debía”.
Y en esta expresión, la falta de lógica propia de la avaricia, se esconde, parece decirnos Ibargüengoitia, la clave de esta historia tan macabra como absurda.
También la ironía de Ibargüengoitia dispara contra la corrupción de las instituciones de su país y contra la burocracia, dejando en el texto un poso de Kafka mariachi: “A partir de este momento, la averiguación sigue rutas burocráticas, se convierte en papeles que se quedarán días enteros en el cajón, que se multiplican, que regresan al punto de partida, que salen reexpedidos, que llegan a otra oficina, que se quedan otros días en el cajón de otro escritorio. En este caso no sabe uno de qué admirarse más, si de la tortuosidad o de la infalibilidad de la justicia” (pág. 131).
Y después de saber cuáles han sido las penas de prisión impuestas a todos los implicados en Las muertas, uno acaba el libro enfrentado al cuaderno de cuentas de Arcángela, sin poder reprimir una sonrisa: “La tercera parte del libro se titula Entregas. Es lo que paga Arcángela a las autoridades para estar en paz con el municipio. Por ejemplo, diez pesos diarios a los policías que estaban de turno en la cuadra, sesenta al Presidente Municipal, sesenta al inspector de policía, etc.” (pág. 153).

Me ha gustado mucho Las muertas, una de las obras maestras de la narrativa mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Un libro que se sigue reeditando y leyendo mucho en México (me cuenta mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán), que ya se publicó en España en los años 80, y al que el lector español puede de nuevo acercarse gracias a las reediciones que de este autor está realizando la editorial RBA.