lunes, 27 de febrero de 2012

La piedra lunar, por Wilkie Collins

Editorial Homo Legens. 718 páginas, 1ª edición de 1868, ésta de 2008.
Traducción de Horacio Laurora.

En el verano de 2006 pasé un mes en Londres. Dormía en el salón de la casa de unas amigas de la universidad, en el barrio de Mile End (donde, según lo que escribe Ian McEwan en su novela Amor perdurable, viven los asesinos). Por la mañana acudía a unas clases de inglés en el centro, en Oxford Street, y luego paseaba. Cuando me quedé sin referencias turísticas, conseguí en Internet una lista de la ubicación de las placas azules de la ciudad, placas que dejan constancia de los lugares donde han vivido personajes famosos. Seleccioné las direcciones correspondientes a escritores, y con esa lista y un callejero recorría la ciudad. El trofeo era conseguir la fotografía de mí mismo al lado de la placa azul. Como iba solo (mis amigas tenían que trabajar a esas horas) esperaba a que pasase por allí un ciudadano con cara amable para inmortalizar el encuentro. La casa de Wilkie Collins (Londres, 1824-1889) estaba en una de las calles perpendiculares, por la cara norte, a Hyde Park (no recuerdo el nombre de la calle), y en este caso fue un sonriente japonés el que me unió a su placa azul. (Me gustaría colgar aquí esa foto, pero por entonces yo aún usaba una cámara de carrete y no tengo escáner).

Pero había hecho trampa: el juego no tenía sentido si no había leído nada del autor ante cuya casa me retrataba. Para subsanar el despropósito, al regresar a Madrid compré en edición de bolsillo La dama de blanco (1860), novela que leí en agosto de 2006. En ella se salvaguardaba gran parte del sabor de un Londres clásico o victoriano que uno trata de buscar en la ciudad, en más de una ocasión, infructuosamente. Sus mansiones, sus callejuelas, sus parques… estaban en la novela casi con más fuerza que en la realidad. La dama de blanco está considerada una de las primeras novelas de misterio, y me pareció muy atractivo su perspectivismo narrativo, al irse cediendo la primera persona de la historia a diferentes personajes. Esta novela provenía del folletín –caballeros, damas, sirvientes, mansiones, malvados, amores imposibles…-, pero lo sobrepasaba ampliamente porque sus personajes tenían entidad y el ritmo de la trama no decaía. Y La dama de blanco me sorprendió gratamente ese verano.

La piedra lunar me la regaló hace dos navidades la madre de mi novia, y no la había leído hasta ahora por el desbarajuste en que he caído durante los últimos años, al no compaginar bien la lectura de libros largos con otros más cortos. Ahora estoy tratando de arreglar, de nuevo, el problema del crecimiento de mis estantes de libros inleídos, y le ha llegado su turno.

Sabía que La piedra lunar era uno de esos clásicos del siglo XIX que admiraba Jorge Luis Borges y que el aplazamiento de su lectura, después de haberme acercado a La dama de blanco, constituía una torpeza personal. Porque ahora, después de tres semanas de trasladar el libro de casa al trabajo en mi maletín de profesor, puedo decir que me ha entretenido mucho, y que he disfrutado de nuevo de ese atractivo sabor decadente y clasista de la época victoriana inglesa.

 En La piedra lunar, como en La dama de blanco, la novela también va cediendo la voz narrativa a diferentes personajes; pero además de acercarnos al género epistolar o al diario personal, uno de los protagonistas, Franklin Blake, pide a los participantes de la historia que narren su relación con los sucesos. “Fui a ver a mi abogado para tratar algunos asuntos de familia y, entre otras cosas, hablamos de la pérdida del diamante hindú, acaecida hace dos años en la casa de mi tía en Yorkshire. El abogado opina, de acuerdo conmigo, que en honor a la verdad toda la historia debería quedar registrada para siempre por escrito.” (pág. 15)

La novela sitúa su acción en 1848, y después de una carta fechada en 1799 -donde se describe cómo el gran diamante conocido como la Piedra Lunar, llega desde la India a Inglaterra- el primer narrador será Gabriel Betteredge, el anciano mayordomo que lleva más de 50 años al servicio de la familia; y con una socarronería puramente inglesa nos acercará al nudo del misterio: a la desaparición de la Piedra Lunar, en la mansión de la familia en Yorkshire, la noche del cumpleaños de la joven Rachel Verinder, y el acoso de la casa por tres sospechosos hindúes.

La narración de Betteredge, que ocupa unas 300 páginas de las 718 totales, es la más extensa del libro y para mí la más conseguida, por su desarrollo en ella del nudo argumental, por el manejo narrativo de la intervención de múltiples personajes, pero sobre todo por el hallazgo de la propia voz narrativa, la de anciano mayordomo. Y, sin olvidarnos de la aparición de uno de los puntales de esta novela: el sargento Cuff. 
Al principio -creo que lo pensé en el autobús que me lleva al colegio donde trabajo por las mañanas- cuando el famoso sargento Cuff llega de Londres a la mansión de Yorkshire para intentar resolver el enigma de la desaparición del diamante, me pareció que ese policía mayor, en extremo delgado y que se muestra más interesado en el cultivo de las rosas que en el drama que tiene lugar a su alrededor, era un plagio de Sherlock Holmes. Después, pensando un poco en las fechas, me pareció que podía ser al revés. Lo comprobé en Internet: el sargento Cuff aparece en 1868 (más de 20 años después de la aparición en 1841 del Dupin de Poe), y el nacimiento de Sherlock holmes tiene lugar en 1887 en Estudio en escarlata. Así que ya sólo por esta razón empecé a valorar más esta novela; según avanzaba en su lectura no me cabía duda de que Arthur Conan Doyle la había tenido muy presente a la hora de crear a su inmortal personaje. De hecho, la relación que se establece entre el mayordomo Gabriel Betteredge y el sargento Cuff, en la que el primero actúa como asombrado narrador de las peculiaridades del segundo, prefigura la creación de la pareja Watson y Sherlock Holmes.
Y sobre esto imagino que habrá múltiples estudios, pero no existe conocimiento más grato que el que uno descubre por sí mismo.

También resulta fascinante la creación de la segunda voz narrativa, miss Clack, la prima solterona de Rachel Verinder (la joven a la que le es robada la Piedra Lunar). Y con su narración llegamos ya a la página 400 de la historia.

Y hasta aquí la novela, más allá del misterio planteado, funciona perfectamente gracias a las voces narrativas creadas: la del mayordomo y la de la prima solterona, que además son personajes absolutamente literarios, ya que ambos confían para dirigirse en sus vidas en el poder contundente de la palabra escrita. El primero es un gran admirador de la obra Robinson Crusoe de Daniel Defoe, libro que consulta como si fuese un oráculo; y la segunda cree plenamente en la capacidad redentora de sus panfletos religiosos, que intenta siempre repartir entre sus conocidos.

La narración la toma después el abogado Bruff y aquí parecía que ya se caía mi teoría de la creación de personajes literarios que confían por encima de todo en la palabra escrita; pero más tarde, traspasada ya la página 600, en la narración correspondiente al médico Ezra Jennings, nos encontramos al abogado Bruff retratado de esta forma: “Míster Bruff la ha abierto (la puerta) ante mí con sus papeles en la mano… sumergido en las leyes, impermeable a la influencia de la medicina.” (pág 640) y en la página 654: “Apoderándose en seguida de la pluma ha redactado la declaración con la fluida presteza de una mano experta”.

Cuando es Franklin Blake quien toma la voz narrativa la creación del personaje me ha parecido más convencional: aquí está el galán en apuros de la base folletinesca de la historia, el enamorado de Rachel Verinder, separado de ella por el misterio que envuelve la desaparición de la Piedra Lunar (un personaje que guarda más que un parecido con Walter Hartrhigt, el protagonista de La dama de blanco). Pero es él quien ha organizado la redacción de las experiencias del resto de los participantes en la trama y quien puede hacer metaliteratura al comentar los textos de sus compañeros. En uno de los momentos fundamentales para la resolución de su futuro, en concordancia con mi teoría, Blake aguarda su destino leyendo: “Míster Blake ha vuelto a hojear los volúmenes que se hallaban sobre la mesa de su alcoba. El guardián, Tatler y Pamela de Richardson; El hombre sensible de Mackenzie; Lorenzo de Médicis de Roscoe y Carlos V de Robertson…; todas ellas obras clásicas; todas (naturalmente) muy superiores a cualquier obra aparecida con posterioridad y todas, también (según mi actual punto de vista), poseedoras del gran mérito de no encadenar la voluntad del lector ni de excitar el cerebro de nadie”, escribe en la página 638 el médico Jennings al referirse a Blake; Jennings, el hombre solitario que se siente repudiado por los demás debido a su aspecto extraño, es otra de las grandes creaciones del libro; otro personaje puramente literario ya que acostumbra a escribir un diario con el que quiere que le entierren, pero regala a Blake las hojas correspondientes a su relación con él.

Es destacable también la creación del personaje de Rosanna Spearman, en cuya aparición trágica de pobre sirvienta la novela cobra tintes góticos.

La traducción a cargo de Horacio Laurora es correcta, no he detectado errores, como sí los había en La dama de blanco (traducida por Maruja Gómez Segalés); sí se pueden encontrar, en cambio, en esta edición de Homo Legens numerosas erratas, algunas tan evidentes como la no separación entre dos palabras, que, dada la calidad física del volumen afean un tanto la edición. También falta en este libro el prólogo de Jorge Luis Borges con que lo comercializan otras editoriales (imagino que por un tema de derechos). Así que no me gustaría acabar esta entrada sin agradecerle al escritor Carlos Ardohaín, que después de intercambiar algunos correos electrónicos sobre mi lectura de su novela Los incógnitos, me haya enviado este prólogo escaneado de su edición de La piedra lunar (al final va a tener razón el comentarista anónimo que entró en la entrada correspondiente a Los incógnitos: aquí existe un intercambio de favores. Yo le dedico una entrada elogiosa a la novela de Ardohaín y él me envía dos páginas de Borges escaneadas. Chicos dejad de soñar con el fútbol: en la literatura es donde verdaderamente se mueven los maletines llenos de gloria y de billetes).

Borges llama a Collins “maestro de las visicitudes de la trama”, y, entre otras cosas, yo he tratado de llevar a cabo una lectura de La piedra lunar en busca de alguna característica que me haga pensar que Collins influyó en algún aspecto de la obra de Borges. Me ha parecido encontrar rastros de Borges en estos dos párrafos de La piedra lunar:
“Nada hay en este mundo, Betteredge, que nos parezca una cosa probable, si no logramos vincularla con nuestra engañosa experiencia, y sólo creemos en lo novelesco cuando se halla estampado en letras de molde”. (pág. 59)
“Así es como transcurren los años y se repiten los sucesos; y así es como los mismo eventos vuelven a acaecer una y otra vez en los ciclos del tiempo. ¿Cuáles serán las próximas aventuras de la Piedra Lunar? ¿Quién lo sabe? (pág. 718, y párrafo final del libro).
Palabras como estas últimas las usa Borges en su Historia de la eternidad: “Esa pura representación de los hechos homogéneos (…) no es meramente idéntica a la que hubo en esta esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma”.

Además de la atenta lectura que Arthur Conan Doyle hizo de Wilkie Collins, apunto que también otro de los clásicos ingleses de finales del XIX le leyó también con notable fruición: estoy hablando de Bram Stoker, quien considero que aprendió bastante en La dama de blanco y en La piedra lunar sobre la estructura, el ritmo y la creación de un misterio para llevar a cabo la escritura de su Drácula.

La piedra lunar es la primera novela de detectives británica, y una de las primeras del género, donde se prefigura ya de forma clara la que sería una de las parejas más famosas de la literatura, la formada por Sherlock Holmes y Watson; y que se lee como una entretenida novela de trama, pero, sin querer despreciar el misterio que representa la desaparición del diamante (que al final para mí no tiene más relevancia que, como dicen en el cine, ser un Macguffin narrativo), el interés recae en la sabia creación de personajes, y en la capacidad para mostrarnos una época -la victoriana- con sus diferencias de clase, su irrelevancia social para la mujer (como podían hacer las novelas de Jane Austin) y la capacidad de aventura (porque aún existía un amplio mundo por descubrir).
Novela de detectives, de caracteres, de clases, folletín, novela gótica… irónica, divertida, prefiguradora de caminos a seguir, y con una trama que no decae en más de 700 páginas, ¿qué más se le puede pedir a una novela? Un clásico.

jueves, 23 de febrero de 2012

Encuentro de blogs literarios

En noviembre de 2011 me escribió un correo electrónico el escritor y consultor de comunicación Gonzalo Garrido, quien en alguna ocasión había dejado comentarios en mi blog. En este correo, Garrido me invitaba a participar en un encuentro que estaba organizando sobre los blogs como género literario, y planteaba cuestiones como estas:

- ¿A qué llamamos blog literario?
- Qué aporta el blog literario a la narrativa actual?  Como ficción o como realidad?
- Qué papel juegan los escritores profesionales (y no profesionales) en este nuevo terreno de juego. Enriquece o empobrece el espacio creativo?
- En qué se diferencia de otros soportes como el libro físico o digital? Y de otros géneros?
- Puede llegar a convertirse en un género literario por sí mismo? Es complementario o compite con los Diarios, etc?
- Cómo se convierte un blog literario en un libro editado? Es una aspiración natural?
- Qué opinan los lectores sobre el tema? Y los críticos? Y los editores? Y los filólogos? 
- Cómo se puede comercializar un blog literario? 
- Casos de éxito, local o internacional

El evento tendrá lugar en Medialab Madrid, ubicado en la calle de la Alameda 15 de Madrid (para ver mapa pinchar AQUÍ), el sábado 3 de marzo.


Este es el programa del encuentro:

#EncuentroBlogsLiterarios 2012


PROGRAMA ENCUENTRO BLOGS LITERARIOS 2012
Madrid, 3 de marzo, en MediaLab Prado


11h 00   Apertura – 15 min
Gonzalo Garrido. Escritor. Blog Literatura basura. 5 min
Belén Bermejo. Editora de Espasa Ficción. Blog La amena biblioteca de Redfield Hall. 10 min

11h 15   A qué llamamos blogs literarios-Panel – 60 min
         Paloma Bravo. Escritora. Blog La novia de papá. 5 min
David Pérez Vega. Escritor. Blog Desde la ciudad sin cines. 5 min
         Pilar Adón. Escritora. Blog Leo en el océano. 5 min
Jordi Corominas. Escritor. Blog Jordi Corominas. 5 min
Julián Rodríguez. Escritor. Editor de Periférica. Blog de Julián Rodríguez 5 min
Ainize Salaberri y Jenn Díaz. Escritoras. Editoras revista Granite&Rainbow.10 min

Modera: Daniel Arjona. Periodista de El Cultural.25 min

12h 15    Qué aportan y cómo influyen en la narrativa actual-Entrevista a 4 – 45 min
Alberto Olmos. Escritor. Blogs Lector Mal-herido y Hikikomori.
Javier Avilés. Escritor. Blog El lamento de Portnoy.   
Constantino Bértolo. Escritor. Editor Caballo de Troya.

         Pregunta
         Luis Magrinyà. Escritor. Editor de Alba.

13h 00   Break – 15 min

13h 15   ¿Puede convertirse en un género literario?-Panel – 60 min
         Enrique Redel. Editor de Impedimenta. 5 min
         Gregori Dolz. Editor de Alrevés. 5 min
         Juan Aparicio Belmonte. Escritor. 5 min
         Sergio del Molino. Escritor. Blog de Sergio del                   Molino. 5 min
         José Antonio Valverde. Librero. 5 min


Modera: José A. Muñoz. Director de Revista de Letras. 35 min



14h 15    ¿Tiene sentido editarlos en libro? ¿Cómo se comercializan los blogs?-Panel – 45 min
Eduardo Laporte. Escritor. Blog El náuGrafo digital.5 min
         Imma Turbau. Escritora. 5 min
         Emi Lope. Editora Plaza & Janés. 5 min
         Amalia López. Editora Sinerrata. 5 min
Jorge Degeneffe. Jefe de compras del departamento de librería de Hipercor. 5 min
         Javier López. Librero La Independiente. 5 min

         Modera: Ana Tagarro, Subdirectora de XL Semanal. 15 min


15h  00   Finalización

19h  30   Vino en La Independiente y firma de libros de los autores participantes en el Encuentro


Interior de la librería La Independiente




La librería La independiente está en Malasaña, en la calle Espíritu Salto 27. Ver mapa (AQUÍ)
Yo estaré firmado mi poemario Siempre nos quedará  Casablanca.


domingo, 19 de febrero de 2012

Dos mujeres, por Elvio E. Gandolfo

Editorial Periférica. 124 páginas. 1ª edición de 1992, ésta de 2011.

Llevaba tiempo barruntando la idea de acercarme a la nueva, o estas alturas ya relativamente nueva -fue fundada en 2006- editorial Periférica, de la que no había leído nada. Hace años tuve en las manos algunos de sus libros de pequeño formato y color amarillo, y más tarde pensé que el cambio a un formato más grande con portadas rojas y fotos le favorecía. Además está publicando a muchos autores hispanoamericanos, una literatura que me suele interesar.
En la librería de la cuesta de Moyano donde compro novedades a mitad de precio porque, como ya he contado alguna vez aquí, a ellos se las venden los periodistas a los que los editores envían los libros con la esperanza de que los lean y los reseñen en los periódicos o revistas culturales, aparecieron de una tacada 4 libros nuevos de la editorial, de 3 escritores hispanoamericanos. Si no recuerdo mal los libros eran de un panameño, un costarricense y un argentino. Siento ser tan previsible: ganó el argentino.

En realidad el nombre de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, 1947) era el único que me sonaba de los tres. Había leído su prólogo de los Cuentos completos de Fogwill y llegué a citar sus palabras aquí, cuando hablé de ese libro; y recuerdo que en aquel momento me llamó la atención que no supiera quién era, que no lo recordara de ninguna librería, ni de ninguna reseña en un periódico. La explicación era sencilla: la obra de Gandolfo no había llegado aún a España, a pesar de que al buscar en Internet (antes de comprar el libro) me encontré con una reseña de Dos mujeres firmada por el escritor Patricio Pron donde se afirma lo siguiente: “Elvio E. Gandolfo (Argentina, 1947), un escritor admirado por autores como Mario Levrero, Juan José Saer y Fogwill cuya obra es tan numerosa y extraordinaria que resulta difícil de creer que durante años se impidiese a los lectores españoles acceder a ella”. (ver AQUÍ); y por si esto fuese poco, también descubrí que Gandolfo había traducido al español a los dos grandes mitos de mi adolescencia: H. P. Lovecraft y Philip K. Dick (además de escribir un ensayo sobre este último). Después de esto no me quedó más remedio que dejar el ordenador, salir de casa, atravesar el Retiro y acercarme hasta la cuesta de Moyano, deseando que nadie hubiese hecho antes que yo el descubrimiento que movía mis pasos. Tuve suerte: la literatura nos interesa a 4, y los otros 3 no habían pasado aún por ese puesto de la cuesta de Moyano.

Dos mujeres está formado por dos novelas cortas o nouvelles o relatos largos, puesto que yo diría que en los Cuentos completos de Fogwill había relatos más largos que estas nouvelles y se llamaban relatos. Lo mismo da. La primera historia, Rete Carótida (firmada en 1980-1987) tiene unas 40 páginas, y la segunda, Escamas, piel (firmada en 1990-1991), unas 80.
Ambas son fantásticas y ambas parecen algo misóginas, sin consideramos misógino pensar que los protagonistas masculinos están solos y sobre ambos pesa la amenaza alarmante de dos mujeres nada convencionales. En Rete Carótida, el narrador anda “en una etapa de insensibilidad, pero no tanta como para que no me causase una leve irritación la perspectiva de que alguien me viera con semejante esperpento carnavalesco” (pág. 9). El esperpento carnavalesco no es otra que Rete Carótida, una mujer de 135 kilos, maquillaje excesivo, ropas estrafalarias y edad indefinida que empieza a acosar a nuestro narrador. La mujer se aparece en el bar, en el ómnibus…y comienza a entregar al protagonista sobres con fotos pornográficas, que éste trata de devolverle. “Con el tiempo llegué a pensar que lo de Rete Carótida había sido una empresa filosófica” (pág. 7), es la frase con la que empieza la nouvelle, la frase que trastoca una realidad vulgar (“Yo hacía varios meses que andaba solo, un poco taciturno, con costumbres sencillas como cumplir metódicamente con el trabajo, tener la sensibilidad reducida a cero, comer siempre en la misma mesa de la misma pizzería, ir a ver, metódicamente, las películas más comentadas”, pág 7), una realidad de clase media, de oficinista con pocas expectativas a quien sorprende de golpe la ruptura de lo real, para dejarlo, ya en la página 20, “al borde del abismo”: una aventura metafísica o filosófica.

En Escamas, piel una historia con un planteamiento parecido al de la nouvelle anterior se desarrolla en un espacio superior, separado por cortos capítulos, que permiten marcar las elipsis narrativas. Aquí la mujer también es una amenaza para un hombre joven de vida rutinaria, Berti (ahora la narración transcurre en tercera persona), pero la mujer no representa un miedo repulsivo sino una pulsión erótica difícil de eludir. Berti es el encargado, en la ferretería donde trabaja, de ir a media mañana a comprar los bollos del desayuno a la panadería de la calle. Allí se encontrará a diario con la mujer misteriosa, sobre la que recaen habladurías extrañas.

En esta novela corta la influencia de H. P. Lovecraft, en especial de su novela La sombra sobre Innsmouth, es notoria.
Aunque, en todo caso, habría que apuntar que si bien Escamas, piel en la temática se acerca a la de Lovecraft, no así en el estilo, mucho más contenido y sobrio en Gandolfo que en Lovecraft; porque Gandolfo juega a la literatura pulp con controladas herramientas puramente literarias (como por ejemplo sucede con Carlos Fuentes y su Aura) y Lovecraft crea un mundo propio de obsesiones, ajeno para él a cualquier idea de baja o alta cultura, con un lenguaje plagado de errores, cuya acumulación acaba creando el reconocible y magnífico estilo Lovecraft.

Dos mujeres es un libro feliz, literario y agradablemente pulp; pero de ese sabio estilo pulp del que se valen los grandes y secretos escritores del Cono Sur, como el mismo Levrero; un estilo pulp que trasciende a la baja cultura, al usarla –con respeto- para hablar de inquietudes, o de empresas filosóficas.
Me uno a Patricio Pron y como él espero que Dos mujeres sea el inicio de la publicación de todos los libros de Elvio E. Gandolfo en España.


domingo, 12 de febrero de 2012

Los incógnitos, por Carlos Ardohain

Editorial Caballo de Troya. 203 páginas. 1ª edición de 2011.

Hablé de esta novela una tarde, en una cervecería de Santa Ana, con mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio. Ninguno de los dos la había leído pero opinábamos, gracias a algún comentario extraído de Internet, que tenía, así en general, buena pinta. A los dos nos suele interesar el trabajo que el editor Constantino Bértolo lleva a cabo en Caballo de Troya, y en mi caso ese interés se une -como queda recogido en este blog- a la especial querencia que siento por la literatura argentina. Justo al día siguiente de la conversación comentada, recibí un e-mail del autor, Carlos Ardohain (Mar del Plata, Argentina), en el que me decía que había leído reseñas de mi blog, que le gustaban… y me ponía sobre aviso de la publicación de su novela (pensando que podía interesarme), dentro de la campaña de autopromoción que había iniciado.
Yo le contesté comentándole la casualidad que suponía para mí su correo yuxtapuesto a mi conversación del día anterior; y que no podía asegurarle nada pero que era posible que leyera su novela, puesto que ya había caído en mi radio de interés, un radio de interés fluctuante, hedonista, poco serio…

Algunas semanas después, un viernes, al entrar a curiosear en la librería de segunda mano Ábaco, en la calle Raimundo Fernández Villaverde, me encontré con un ejemplar nuevo de Los incógnitos a menos de la mitad de su precio de venta y decidí hacerme con él.

Los incognitos es la primera novela de Carlos Ardohain, que tal vez por descuido, por coquetería o por una propensión personal al misterio, ha omitido su año de nacimiento en la solapa del libro; pero al que yo, observando la foto del perfil de su blog tancarloscomoyo (pinchar AQUÍ) acercaría a los 40 años (si no es así que me corrija), y proviene del mundo de la poesía y el relato.
Al plantearse su primera novela, Carlos Ardohain parece desarrollar una idea que leí (si no recuerdo mal) en Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato: El Quijote moderno no se escribiría hoy para criticar a las ya inexistentes novelas de caballería, sino que tendría que consistir en lanzar al mundo a un pobre tipo que se creyese el detective de una novela negra. Equis e Igriega (los incógnitos) son dos porteños, aspirantes a escritores, que en algún momento de su pasado ganaron algún modesto premio literario, pero que viven alejados del mundillo, y que sobreviven gracias a sus trabajos esporádicos en el sector de la publicidad mientras siguen soñando con escribir la gran obra.
Como si se tratase de un juego de la edad tardía (y aquí también el inicio de Los incógnitos me ha recordado al de la primera novela de Luis Landero), Equis e Igriega deciden alquilar un local en un pasaje de las afueras de la ciudad con la intención de abrir una agencia de detectives y poder así recabar hechos que usarán en sus obras, igual que hasta entonces paseaban por las afueras de Buenos Aires con la intención de registrar “todo lo que veían y oían; eran como cazadores buscando modismos, personajes, escenas; todo lo atesoraban para utilizarlo como material de posibles historias” (pág. 9). La agencia de detectives va a ser para ellos “una aventura textual” (pág. 14), “tenían como sustrato pericial la incesante lectura de novelas policiales que ambos habían practicado durante décadas” (pág. 11) y además “De paso, mientras esperaban clientes, podrían usar ese espacio y ese tiempo para escribir, tenerlo como un lugar de trabajo con las palabras, hasta que llegara el trabajo con las cosas o las personas” (pág. 11)

Y lo que en principio parece una sátira de las novelas de detectives, con un comienzo simpático, pero de una simpatía más triste que regocijante, similar a la que desarrolla el mencionado Landero en su Juegos de la edad tardía, pronto adquiere otro matiz menos caricaturesco y la novela se acerca a unos presupuestos más metafísicos. Principalmente ocurre esto al entrar en escena el personaje de Fausto, un famoso cantante de los años 60, ahora solo y en horas bajas, quien pretende iniciar -para lo que pedirá ayuda a Equis e Igriega- una particular búsqueda del sentido de la existencia.

La aventura textual en la que estos particulares quijotes del siglo XXI se han embarcado parece pronto reportarles (como en cualquier novela negra que se precie de serlo) nuevas posibilidades sexuales. Al buscar información sobre esta novela, he leído en el blog Estado crítico una interesante reseña firmada por Daniel Ruiz García (pinchar AQUÍ) en la que se decía que Los incognitos contenía algunas escenas de sexo un tanto gratuitas. Y al pasar páginas había estado en principio de acuerdo con esta apreciación, pero al seguir adentrándome en el texto he vuelto a recapacitar sobre la necesitad o no de estos pasajes, quizás demasiado explícitos en una novela de capítulos cortos y de escenas escuetamente perfiladas, donde se jugaba hábilmente con las elipsis, y me ha parecido encontrar una explicación para ellos:

La aventura textual propuesta pasa a ser literal desde el momento en el que descubrimos que las páginas leídas son la novela que está escribiendo Igriega, quien al comienzo del libro  no mantiene ninguna relación sexual o de pareja, y quien nos contará que Equis, además de estar casado, inicia una relación sexual con una tarotista, vecina en la galería donde está la agencia. Igriega parece (especulo) describir los encuentros sexuales de Equis como una compensación de su deseo sexual frustrado. De hecho, cuando él mismo inicia una relación con el personaje de Margarita (la asistenta de Fausto), sus encuentros serán narrados con más sensibilidad y poesía que los correspondientes a su amigo.
Y la novela juega inteligentemente con la metaficción, porque en algún momento será equis quien siga con su escritura, permitiéndose modificar parte de la trama; y de este modo resucitarán personajes muertos y otros morirán hasta dos veces.

En las que quizás sean las mejores páginas de la novela (unas páginas que nos remiten a la extrañeza ante el mundo de Franz Kafka o de Felisberto Hernández) se cruza un puente, de forma completa pero especular. Los incógnitos conseguirán llegar hasta la mitad para luego retroceder, tal vez como metáfora de la imposibilidad de llevar a buen puerto su aventura, su juego de la edad tardía, o tal vez como metáfora de la vida de todos nosotros o de la imposibilidad de la ficción para redimirnos.
Una grata lectura, un debut novelístico maduro y más que interesante.

domingo, 5 de febrero de 2012

La casa verde, por Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 525 páginas. 1ª edición de 1965, ésta de 2004.

Recuerdo perfectamente la primera vez que leí a Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936): yo tenía 21 años y, después de 3 cursos cuajados de penalidades, decidía que dejaba la facultad de CC. Físicas de la Complutense. Por la calidad de la enseñanza, los próceres de la universidad habían diseñado un nuevo plan de estudios; por la calidad de la enseñanza, había que conseguir menos alumnos por clase; por la calidad de la enseñanza, la mitad de los de mi promoción y de la anterior sobrábamos. Recuerdo la fila ante secretaría, esperando para conseguir los papeles que me permitieran realizar el cambio de carrera: el chico que me precedía se iba a Educación Física, y la chica que le precedía a él a Óptima, el drama del éxodo.
Y aún me quedaba realizar otro trámite: una de aquellas mañanas de junio del 95 me acerqué a la facultad para devolver unos libros de la biblioteca. Llegué más de una hora antes de que abrieran y me senté en el suelo, delante de la puerta; con la espalda apoyada en un pasillo que los estudiantes de esa época llamábamos el pasillo de Poltergeist, ya que nos recordaba a aquella escena de la película de terror de Spielberg en la que el niño asustado sale de su habitación y trata de llegar a la de sus padres, y el pasillo se hace cada vez más largo: para llegar a la biblioteca de Físicas había que adentrarse en un pasillo interminable, ridículamente estrecho (poco más de un metro de ancho); y al final de ese pasillo, metafórica y físicamente tirado en el suelo ante una puerta cerrada, yo esperaba leyendo La ciudad y los perros (1962). No sacaba la cabeza del libro y las penalidades que sufrían los estudiantes del colegio militar Leoncio Prado, se fundían en mi cabeza con mis propias penalidades de estudiante frustrado, con esa identificación de acero que sólo se puede sentir con el arte en la juventud y en la necesidad. Y Vargas Llosa había acabado de escribir ese libro con tan sólo 26 años, no podía creerlo.

Después leí (es posible que el orden no sea éste) los libros de relatos Los jefes (1959), Los cachorros (1967), y las novelas Conversación en la catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), Elogio de la madrastra (1988) Lituma en los Andes (1993), y La fiesta del Chivo (2000).

Desde que Mario Vargas Llosa recibió el premio Nobel en 2010 me apetecía leer algo más de él. En la pasada feria del libro me acerqué un sábado por la mañana al Retiro para ver si podía comprarme otra obra suya y que me la firmara; pero había quedado una hora más tarde y en ese tiempo calculé que no iba a poder hacer la cola, que partía de una carpa, y llegar hasta el autor. Así que lo dejé pasar. Ya algunos años antes había hecho cola para que me firmara Conversación en la catedral, una cola razonable, de 10 minutos; pero quizás lo sorprendente es que en otra ocasión anterior, al pasear por la feria del libro descubrí a Vargas Llosa en una caseta contemplando la mañana, ninguna persona se acercaba para saludarle ni para que le firmara un libro. En esta ocasión compré Pantaleón y las visitadoras y pude decirle lo mucho que me había impresionado La ciudad y los perros, lo que significó para mí en aquel momento frágil de mi vida. Y creo que fue un lujo poder hacer eso.

He vuelto a Vargas Llosa, después de 3 ó 4 años, para leer La casa verde, su segunda novela, publicada en 1965, y escrita cuando el autor se encontraba entre los 26 y los 29 años.

La casa verde está considerada como una de las novelas fundacionales del Boom latinoamericano y, como el propio Mario Vargas Llosa apunta en una nota, firmada en 1998 y que precede a la edición que he leído, su principal deuda es con William Faulkner. La influencia del norteamericano abruma en la concepción narrativa de esta novela, que en cierto modo parece planteada como un alarde estilístico por parte del autor. Uno lee La casa verde pensando que un joven Vargas Llosa que no llega aún a los 30 años, pero que es ya conocedor del talento que posee, y que ya ha dado obras como Los jefes o La ciudad y los perros, se ha propuesto utilizar todas las técnicas modernas de escritura narrativa que ha asimilado de algunos de los más grandes del siglo XX; sobre todo de Faulkner, pero también de James Joyce.

Así en el primer capítulo de la novela podemos encontrarnos con párrafos donde las frases que los forman se encuentran entrelazadas. Por ejemplo, leemos en la página 18: “Y en eso brota un cacareo y un matorral escupe una gallina, el Rubio y el Chiquito lanzan un grito de júbilo, negra, la corretean, con pintas blancas, la capturan (…)”.

Aunque lo normal en la estructura es lo siguiente: cada parte (4 y un epílogo) tiene un primer capítulo donde la acción transcurre en un mismo espacio-tiempo, con innovaciones formales como la ya comentada de desordenar la lógica de las frases o bien ceder la voz narrativa a distintos personajes que además están contando lo sucedido a otra persona que no sabemos quién es. Y en los capítulos posteriores se suceden, dentro de cada uno, 4 ó 5 escenas, con personajes diferentes que al final, en mayor o menor grado, quedarán entrelazados.
Dentro de cada escena existen, en realidad, dos escenas en dos tiempos narrativos distintos para esos personajes, y entre un tiempo narrativo y el siguiente no hay separación, el lector salta de uno a otro sin aviso; sólo lo ilógico de toparse con un suceso sin sentido le indicará que la escena ha cambiado.

Al llegar a un nuevo capítulo la terna de 4 ó 5 escenas (con dos tiempos narrativos distintos) se repetirá, pero el orden de enlace de las escenas de un capítulo con otro tampoco es lineal.

Y estas son principalmente los juegos técnicos de construcción del artefacto literario que se impuso el joven Vargas Llosa para acometer la escritura de su segunda novela. El empeño y el alarde son importantes, la ambición también; y el esfuerzo de lectura que solicita del lector acaba siendo intenso: en más de una ocasión el lector (o hablo de mí como lector, un lector de autobuses,  trenes y cansancios nocturnos) acaba preguntándose cosas como ¿dónde va esta escena?, ¿estoy encajando bien esta pieza del puzzle propuesto, o la estoy colocando al revés?, ¿va esto antes que lo que leí 40 páginas atrás o va después?
El lector también necesitará paciencia: hacia la mitad del libro, por ejemplo, un personaje da una paliza a otro, las causas que le llevan a ello las conoceremos unas 200 páginas más adelante.

Para un lector español existe otra dificultad añadida: el vocabulario que emplea Vargas Llosa es profundamente peruano, y a veces sirve para marcas las diferencias entre los peruanos que viven cerca de la selva o los que lo hacen en la costa. Así, por ejemplo, uno puede leer frases como esta: “Me picaron cuando me metí a la cocha a sacar la charapa que se murió.” (pág. 390)
(Nota para un posible lector español: un “práctico” en esta novela no es un médico, sino un guía fluvial, al igual que un guía selvático era un “rumbero” en La vorágine de José Eustasio Rivera; novela con la que La casa verde parece conversar en clave paródica).


Además el joven Vargas Llosa añade a su libro una dificultad más que me parece ya un poco tramposa: hay un personaje (Lituma) que en unas escenas se le llama por su nombre y en otras con el calificativo de “sargento”; así el lector tendrá que tener un poco más de paciencia hasta que comprenda que esos dos personajes (al principio) son en realidad la misma persona. También se nombra a dos lugares diferentes con el mismo nombre: La Casa Verde.
Si no recuerdo mal ya ocurría algo así, aunque al revés, en La ciudad y los perros: dos personajes tenían el mismo nombre y pasé bastantes páginas hasta que me percaté de que eran, efectivamente, dos personajes diferentes.
Este tipo de trucos narrativos están tomados directamente de William Faulkner: en El ruido y la furia también se juega a la confusión con dos personajes que tienen el mismo nombre.

¿Y de qué tratan las tramas y subtramas de La casa verde?
La historia transcurre en dos escenarios principales: Piura, ciudad costeña rodeada por un desierto, y Santa María de Nieva, pueblo de la Amazonía.
Lituma, piurano, es un sargento del ejército destinado en Santa María de Nieva, que regresará a su ciudad con una mujer que conoce en su destino en la selva. Esta mujer, Bonifacio, es de origen indio, y ha sido expulsada de la misión religiosa donde se formaba para ser monja.
Fushía, de origen brasileño, recorre el río en un barco dirigido por el viejo Aquilino. Y los dos evocan el pasado de contrabandista de jebe (caucho) de Fushía.
Don Anselmo, arpista, llega un día a Piura y pronto se convierte en un personaje muy popular, aunque pocos sospechan que su objetivo es montar el primer prostíbulo de la ciudad, la Casa Verde.
Los inconquistables son unos jóvenes de Piura que se dedican a beber y vaguear, y que acuden a la Casa Verde (la segunda Casa Verde). Son los amigos que Lituma ha dejado en Piura.

Contado por mí, el resumen del argumento parece fácil.

Creo que por los comentarios que he escrito sobre la dificultad formal de esta novela podría parecer que no me ha gustado. En realidad, sí me ha gustado. Las escenas que escribe Vargas Llosa, aunque a veces nos cueste ubicarlas, están dibujadas con gran precisión y resultan dinámicas y evocadoras.
El ritmo se hace más pausado y poético cuando se habla de Don Anselmo, y me atrevería a afirmar que otro joven escritor de un país vecino, Gabriel García Márquez, había leído este libro y asimilado estas páginas en su proceso creativo a la hora de construir una mitología propia en su Macondo y su Cien años de soledad, publicado en 1967.
Cuando se habla de los inconquistables predominan los diálogos, y hacia el final Vargas Llosa nos acerca al discurso interior joyceino de la mente de Don Anselmo.

También podría apuntar, como me he percatado al recordar otras obras del autor, que Vargas Llosa tiende al tremendismo a la hora de dibujar a sus personajes: en la página 510 se habla así de Don Anselmo: “Robarse a una ciega, meterla a un prostíbulo, ponerla encinta. ¿Muy bien que hiciera eso? ¿Lo más normal del mundo?” También hay aquí chicas indias robadas por monjas de sus poblados para que sean las nuevas novicias, que son expulsadas del convento y acaban de prostitutas, etc.
Pero estos personajes de folletín se sostienen por lo ajustado de la prosa de Vargas Llosa y la barroca arquitectura de la trama.

Como reflexión final voy a apuntar que quizás todos los alardes técnicos con que está escrita una novela como ésta y que, como ya he dicho, requieren un esfuerzo intenso del lector, consiguen que percibamos a los personajes desde una distancia gaseosa y que disminuya nuestra posible identificación con ellos, frente a una estructura menos retorcida. No obstante, al llegar al epílogo, donde podemos despedirnos de todos los personajes, sí he sentido la emoción de haber realizado con ellos un extraño y vivo viaje. Así que, a pesar de los briosos obstáculos a saltar, el puzzle de esta novela (aunque las mejores del autor me siguen pareciendo La ciudad y los perros y Conversación en la catedral) se ha conseguido ordenar correctamente en mi mente.

domingo, 29 de enero de 2012

Este libro vale un cadáver, por Marcelo Lillo

Editorial Mondadori Chile. 143 páginas. 1ª edición de 2010.

Ya he hablado en el blog de los dos libros de cuentos de Marcelo Lillo (Chile, 1963) que se han publicado en España: El fumador y otros relatos (Caballo de Troya, 2008) y Cazadores (Mondadori, 2010), que reunía todas las cuentos del libro anterior más una amplia selección de su segundo libro publicado en Chile, Gente que baila sola (Chile, 2009); y ya he escrito que ese libro, Cazadores, es un conjunto de relatos que debería entusiasmar a cualquier aficionado al género en España (o al menos, concretando más, a los aficionados al relato de corte norteamericano: admiradores de Raymond Carver, principalmente). Pero Marcelo Lillo es un autor hispanoamericano no afincado en España, que no se prodiga en actos públicos ni en Internet, y sus estupendos relatos han pasado de forma casi desapercibida en nuestro país. Lo que conduce a que Mondadori España se lo piense mucho (tanto como para no hacerlo) a la hora de lanzar aquí su primera novela publicada en Mondadori Chile: Este libro vale un cadáver.

En realidad yo estaba esperando a que Mondadori se decidiera a publicar en España las dos novelas de Mario Levrero que ha reeditado para Sudamérica y que no han llegado al mercado español: Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y La banda del ciempiés; y al observar que estas novelas si están disponibles en Chile (al igual que en Argentina y Uruguay), harto de esperar, le escribí un correo a mi amigo chileno Leandro Hernández para ver si podía recibir mi dinero, comprarlas y enviármelas. Para aprovechar, uní al lote Este libro vale un cadáver de Lillo y algún libro de poesía, que la editorial de Santiago de Chile Das Kapital ha tenido la amabilidad de regalarme. Recibir en pocas semanas este paquete trasatlántico fue una grata sorpresa de fin de año.

Este libro vale un cadáver está narrada en primera persona, una primera persona adulta (un varón de 50 años) que posa su mirada descreída y cansada, y a menudo también triste, sobre su entorno; un narrador muy similar al que ya conocía de la mayoría de los cuentos de Lillo.
La tensión narrativa de la novela comienza desde la primera frase: “En la madrugada sonó mi teléfono dos veces: primero escuché una risa nerviosa y después un grito seguido de un gimoteo sin fin, de una mujer que parecía estar sufriendo demasiado para continuar viviendo o de alguien que ya había terminado de vivir.” (pág. 7).
El narrador recibe, en esta primera página, la noticia de la muerte de su hijo de 22 años: se ha suicidado cortándose las venas en la casa de su novia.
Si, como hablé en la entrada anterior, el motivo generador de Los hermanos Karamazov de Fiódor Dostoyevski podía ser la frase “¿Quién no ha querido alguna vez matar a su padre”, Marcelo Lillo escribe en la página 15 de su novela: “Todavía no conozco a un padre que no quiera asesinar a sus hijos cuando estos han crecido y no se dejan enseñar.”
Lo más interesante del libro son los planteamientos mentales del narrador al negarse a sufrir por el suicidio del hijo, el intento de evitar que el hijo le traslade su fracaso. En la página 65, en un diálogo con otro personaje, el narrador afirma: “Los hijos que han crecido y quieren ser amargos lo son de verdad, ojalá que nunca lo compruebes. Te harán daño si eso está en su plan, querrán verte sufrir porque ellos se sentirán traicionados por cualquier motivo, y lo peor: harán lo que esté a su alcance para traspasarte su fracaso.”

El estilo del Lillo novelista concuerda en gran parte con el del Lillo cuentista: además de ese habitual personaje descreído, del que ya he hablado, usa frases escuetas, secas, y los estados de ánimo se transmiten gracias a la mirada que el narrador posa sobre los objetos o gracias a las descripciones del tiempo medioambiental; que en este libro sería un invierno frío, oscuro y neblinoso.

Pero Lillo ha hecho un añadido estilístico a su prosa al pasar de cuentista a novelista que no ha acabado de convencerme. Si recuerdo, por ejemplo, el primer cuento de Cazadores, Hielo,  en él también se describe cómo la muerte de un familiar (en este caso la de la madre del narrador) afecta a los seres cercanos, y en este cuento el protagonista describe olores, ropas… y las acciones técnicas en torno a la muerte (hablar con funerarios, curas…), como se hace en Este libro vale un cadáver (hablar sobre cremaciones, cementerios…), pero en Hielo se elude cualquier apreciación sentimental acerca de la enfermedad y desaparición de la madre: la descripción fría de los acontecimientos crea una atmósfera narrativa que envuelve al lector y crea una empatía con él, gracias a su halo de sugerimiento.
Lillo vuelve a hacer esto en su novela, pero añade un nuevo tipo de párrafos: las reflexiones generales sobre la muerte a través del planteamiento de preguntas retóricas; por ejemplo: “¿Es la obligación de un padre amar a su hijo? Magnífica pregunta, aunque perfectamente podría haber comenzado con esta otra: ¿qué es un hijo? (pág. 25); o “¿Qué es lo que estoy haciendo?, me pregunté de pronto, y me respondí sin dudar: es compartir una pérdida, es sentir la cercanía de otro aunque ese otro no nos haya sido presentado jamás. (pág. 56). Y es aquí, a mi entender, cuando la narración sufre un envaramiento, cuando la prosa deja de ser sutil para no conseguir despegar del lugar común; algo que vuelve a ocurrir, por ejemplo, en las reflexiones del narrador en la página 79: “Porque a eso iba, ni más ni menos, a traerme una respuesta que iluminara mi entendimiento y me hiciera saber por qué sufren los hombres o por qué deben sufrir… ¡Por qué soportar tanto castigo! ¿Qué permanece más allá de desaparecer, del fin de la corrupción corporal, la culminación de una enfermedad, un accidente o un crimen o una casualidad?”
Un problema similar al descrito aqueja a algunos de los diálogos de la novela, su tendencia a las frases metafísicas o filosóficas restan naturalidad a los personajes, de los que el lector, suponiéndoles dolor y un estado de shock, no se imagina este tipo de discurso tan cerebral.

En otras palabras, la novela gana cuando Lillo nos habla de sus personajes, de sus historias únicas, de su concreción individual, y se vuelve más ampulosa y menos sutil cuando busca la explicación metafísica de lo general, dejando momentáneamente de lado a los personajes creados.
En este sentido me ha gustado bastante el capítulo 11 (pág. 89-101), donde se habla de la relación del narrador con su ex mujer, la madre del hijo muerto: aquí se dan algunas de las claves para entender el drama, con el trasfondo político de las últimas décadas del siglo XX en Chile. Al oxigenar la carga metafísica del texto y hablar de las relaciones que han surgido entre los personajes, la fuerza de la novela se acerca a la prosa ajustada y aguda de los relatos. Asimismo me ha gustado también el cierre, donde se relata el encuentro del protagonista con una mujer mayor, y la muerte del hijo suicida se convierte en una metáfora de la muerte de muchos hijos unas décadas antes a manos de los militares de Pinochet.

Hay un párrafo en la página 49 que me descolocó bastante, ya que hasta entonces yo pensaba que la novela reflejaba los estados de ánimo y los discursos interiores del protagonista, pero en esta página recibimos esta información: “¡Bravo!, he hallado la expresión exacta y como premio debería finalizar el capítulo, el libro y comenzar otra novela.” ¿Es una novela lo que escribe el protagonista?

La temática elegida por Marcelo Lillo para su primera novela publicada me ha parecido valiente y ambiciosa, y quizás el lastre de su obra haya sido precisamente un exceso de ambición, el afán totalizador y explicativo sobre un temática tantas veces tratada por la filosofía o la religión, que hubiera necesitado, para ganar en altura, un tratamiento más cercano a la sutilidad del detalle minúsculo de sus mejores relatos, como Hielo, El fumador o La felicidad.

Espero que las obras publicadas de Marcelo Lillo sigan creciendo en número y en calidad y que en el futuro podamos disfrutar de ellas en España.

domingo, 22 de enero de 2012

Los demonios, por Fiódor Dostoyevski

Editorial Alianza. 906 páginas. 1ª edición de 1871-1872 en publicación periódica, 1873 como libro; esta edición es de 2011.
Traducción de Juan López-Morillas.

Fue con 20 años cuando leí por primera vez a Fiódor Dostoyevski (Moscú, 1821- San Petesburgo, 1881), y el estreno tuvo lugar con la novela corta El jugador (1866). Quizás porque había puesto demasiadas expectativas en su lectura, al acabarla me sentí un tanto defraudado. El verdadero descubrimiento de Dostoyevski ocurrió para mí unos años después, cuando a los 22 leí Crimen y castigo (1866). Ya me había cambiado de carrera (de la Complutense a la Carlos III) y recuerdo aún aquellas mañanas de diciembre del 96 cuando me acercaba en tren a la universidad de Getafe y leía Crimen y castigo electrificado, con la piel de gallina, y me deslumbraba pasando las páginas que transcurrían ante mis ojos. Esta lectura fue un verdadero descubrimiento que convirtió a Dostoyevski en uno de los escritores de mi vida. Y lo raro es que dejara pasar 4 años hasta acercarme de nuevo a él: en el 2000 leí Los hermanos Karamazov (1879-1880), atraído –lo recuerdo- por una frase que cita de este libro Charles Bukowski en su novela La senda del perdedor: “¿Quién no ha querido alguna vez matar a su padre?”. Otro deslumbramiento poderoso. Recuerdo que en junio del 2000 paseaba por la feria del Libro de Madrid con este libro en la mano y en una de las casetas cambié 4 palabras con Javier Tomeo. Le dije (en la conversación tenía sentido) que me solía gustar todo lo que leía y Tomeo se sonrió con un bufido, para acabar posando su mirada sobre el libro de la biblioteca que llevaba bajo el brazo y decir: “Bueno, si siempre lees libros como ese no me extraña”. Y le acabé comprando su novela El castillo de la carta cifrada, que por cierto me encantó.

Y más raro aún: tuvieron que pasar 5 años más para que volviera con mi querido Dostoyevski: en noviembre de 2005 leí seguidos: El doble (1846) y Apuntes del subsuelo (1864).

Más tarde compré El idiota (1868-1869) en los dos volúmenes de bolsillo que tiene Alianza, y al final no me decidí a leerlo porque me encontré con alguna opinión en Internet que afirmaba que Los demonios era mejor. Así que después de dejar durante un par de años El idiota en mi anaquel de libros inleídos, al final me decidí a comprar en este último diciembre –para aprovechar las vacaciones de Navidad de profesor- Los demonios. Como no encontré la edición en dos volúmenes de Alianza, compré el libro en su nuevo formato de bolsillo, aunque las tapas me parecían muy endebles y temí que se me fuera a desmontar durante la lectura. La verdad es que ha aguantado bien mis subrayados y notas en los márgenes, y sólo se ha doblado alguna esquina.

Hacía tiempo que no leía un libro de un autor ruso en la editorial Alianza y para empezar a hablar de Los demonios quiero apuntar que las traducciones de Juan López-Morillas (1913-1997) son toda una experiencia. Imagino que su trabajo se realizó en la década del 50, 60, 70 del siglo XX y frente a las antiguas traducciones de los rusos que había en España, que se tomaban de francés, su labor es encomiable y valiosa. Pero diría que son traducciones que se encuentran ya desfasadas, pues López-Morilla usa un registro del español, cuando quiere ser coloquial, que debía de ser usual hace medio siglo y que hoy día está cuajado de palabras y expresiones que no reconozco o que me parecen poco apropiadas: “escándalo morrocotudo” (pág. 45), “aumentó su pachorra” (pág. 50), “Era, por añadidura, un chismorrero impenitente” (pág. 51), “No haga usted el pazguato” (pág. 350), “¡Detesto su clemencia! ¡Me jeringo en ella…!” (pág. 374), “tomó para sí el oficio de truchimán” (pág. 430), “¡Si te llevaba en brazos cuando eras tamañita!” (pág. 511); además usa frases hechas que no he oído en mi vida, por ejemplo, repite varias veces: “a quien ponía como chupa de dómine” (pág. 588) que debe ser una expresión equivalente a “poner a parir a alguien” y que me suena a Quevedo; usa variantes de palabras poco usuales, como “onceno” (pág. 711) por undécimo, o “femenil” (pág. 182) por femenino; y se repite una construcción que me sonaba extrañísima: “Volví en mi acuerdo” (pág 123, 187…), que, consultando un diccionario de Internet, significa “Volver en sí, recobrar el uso de los sentidos perdidos en algún accidente”.
Imagino que cualquier lector español de literatura, nacido en las décadas del 60, 70, 80 del siglo XX, se ha tenido que encontrar alguna vez con un libro ruso traducido por Juan López-Morillas, y la verdad es que su trabajo tiene un aire reconocible que hace que mi reencuentro literario de estas navidades haya sido tanto con Dostoyevski como con él; ya que hace que en mi cabeza resuenen otros libros de Dostoyevski pero además Anna Karenina de Tolstoi o Historias de San Petersburgo de Gogol, que también me llegaron gracias al filtro de Juan López-Morillas; y sé que leyendo a los tres autores me podría topar con un personaje “emperejilado”, con ganas de armar “bochinche” o que le duele el “magín” o el “caletre”.
Otra característica de estas ediciones es que no se traducen las frases que están en francés en el original.

En realidad, aunque a veces al pasar las páginas de Los demonios me entraba -debido al vocabulario empleado- la risa; una risa que nada tenía que ver con la intención de Dostoyevski, también he de decir que al final López-Morilla me acaba pareciendo simpático. Y habría de añadir algo más importante: parafraseando a Borges, cuando afirma que la traducción de El Quijote aguanta el traspaso a cualquier idioma porque Cervantes consiguió crear una historia y unos personajes con la suficiente entidad como para atravesar cualquier frontera lingüística o cultura, Dostoyevski tiene tanta fuerza narrativa que arrastra sin resuello al lector durante estos cientos de páginas sin importar bochinches, emperejilamientos, dómines… o no entender una frase en francés.

Dostoyevski comienza la escritura de Los demonios a raíz de una noticia de la época (1869): la muerte de un estudiante a manos de unos compañeros, que formaban una célula revolucionaria de 5 personas, tal como apuntaba la teoría de Bakunin. La intención política de la novela es clara: Dostoyevski no comparte los métodos violentos de cambio social que llegan de Europa por parte de nihilistas, anarquistas o socialistas; que le parecen propios de personas endemoniadas.

La novela comienza hablando de Stefan Trofimovich Verhovenski, figura intelectual venida a menos, que sobrevive como profesor y protegido de la potentada Varvara Petrovna Stravrogina, en una ciudad de provincias. El comienzo de la narración es amable, y el narrador se muestra condescendiente e irónico al retratar a estos personajes.
Si las primeras páginas parecen hacernos creer que Los demonios está escrito por un narrador omnisciente, pronto el texto nos indica que el narrador está implicado en la historia: “Yo todavía no he aparecido en escena” (pág. 64), “Aquí tuve ocasión de verle por primera vez” (pág. 67), “Entro ahora en la descripción de la circunstancia, hasta cierto punto divertida, con la que propiamente empieza mi crónica” (pág. 93); y en la página 97 tenemos esta revelación: “Como cronista, me limito a presentar los acontecimientos con fidelidad, exactamente como ocurrieron, y no tengo la culpa de que parezcan improbables.”. Y en la página 160 conseguimos leer una pequeña descripción del narrador por parte de otro personaje: “Es el señor G-v, joven que posee una educación clásica y que está relacionado con lo mejor de la sociedad.” Consultando lo escrito en Wikipekia sobre Dostoyevski me ha encantado poder ampliar mi vocabulario de comentador de libros; allí se afirma que el narrador de Los demonios es “homodiegético: Donde homo significa «mismo» y diégesis «historia». Dentro de esta categoría se considera al narrador como alguien que ha vivido la historia desde dentro y es parte del mundo relatado.”
G-v, el narrador, es uno de los amigos de Stefan Trofimovich Verhovenski, que unos meses después de los acontecimientos inusuales (muertes violentas, incendios…) que han asolado a su ciudad de provincia, decide redactar una crónica que reconstruya lo ocurrido. Algunos sucesos los puede describir G-v como testigo, y otros tiene que reconstruirlos a través de testimonios. Y en más de un caso, el lector tiene la impresión de que G-v sucumbe a la tentación de hacer literatura, recreando unos diálogos de los que nadie puede guardar un recuerdo fidedigno, y otorgando a los personajes del drama unos pensamientos que sólo pueden ser reconstrucciones especulativas.

Si en un principio las intenciones de Dostoyevski fueron las de novelar el asesinato de un estudiante por parte de un grupo de extremistas, tal como ya apunté, pronto el talento del ruso se desborda, creando un impresionante fresco de época, que trasciende a la pura novela política o costumbrista, pero también al relato psicológico (del que Dostoyevski fue maestro); ya que, quizás, lo más interesante de esta novela sea lo que tiene de precursora de muchos de los cauces por los que iba a transcurrir la narrativa del siglo XX: prácticamente todo lo que fue, 70 ó 80 años después, el existencialismo francés; casi todo Sartre o Camus, se encuentra ya aquí, en estos personajes desesperados y suicidas, en estos hombres en busca de un sentido que se les escapa en medio de la angustia del existir, cuando se percatan de que la idea de dios los ha abandonado. Como dice la solapa de Alianza entre los personajes de Los demonios destaca con fuerza Nikolai Stravrogin, “figura atormentada que casi un siglo después habría de fascinar a Albert Camus”: Nikolai Stravrogin, o el padre literario de Meursault, el extranjero.

Y quizás lo más interesante para mí ha sido darme cuenta de la influencia de Dostoyevski en Franz Kafka, de quien releí sus 3 novelas seguidas (en la edición de Valdemar) hace 3 navidades: las conversaciones delirantes, sin entenderse, casi monólogos absurdos a dos voces de los personajes de Los demonios, preceden a las conversaciones de los personajes de El desaparecido, El proceso o El castillo; así que si Los demonios adelante casi un siglo el existencialismo del siglo XX, adelanta también unas cuantas décadas el expresionismo de Robert Walser o Kafka.

Y los acontecimientos narrados en Los demonios se agolpan en nuestra memoria según avanzamos por sus páginas, deseosos de conocer, intrigados por una trama envolvente, que tiene mucho que ver con la mejor novela negra.

Destacan como personajes Piort Stepanovich, el hijo de Stefan Trofimovich, intrigante y sibilino; y por supuesto, como afirmaba Camus, Nikolai Stavrogin, el hijo de Varvara Petrovna Stravrogina; pero también otros secundarios, como el infeliz Shatov, o Kirillov con sus delirantes teorías sobre el suicidio.
Me parece un poco irrelevante resumir el argumento de las obras maestras de la literatura, y como curiosidad me interesa apuntar que mucha de la fuerza de esta novela se haya en un capítulo final, que queda fuera del texto y que se añadió a las ediciones de Los demonios  a partir de 1921 cuando fue hallado entre los papeles de la viuda de Dostoyevski, y que el director de la revista en la que se estaba publicando la novela se negó a dar el visto bueno en su momento, y que tampoco pasó la censura en 1873 cuando se publicó como libro.

Me parecía al ir acabando la novela que el personaje de Stavrogin salía del foco de la acción y que acababa quedando un poco desdibujado frente a los otros personajes de la historia; pero mi impresión era falsa: Dostoyevski sí tenía intención de definir más a su criatura; y este trabajo estaba en estas página que sólo vieron la luz décadas después. ¿Por qué? Porque en este capítulo Stavrogin visita a un religioso y le confiesa sus crímenes y su locura, sus visiones y sus atrocidades: “Le contó que era víctima, sobre todo de noche, de cierta clase de alucinaciones; que a veces veía o sentía junto a sí  a un ser maligno, burlón y «racional».” (pág. 871); “Le diré en serio y sin empacho que creo en el demonio, que creo en él canónicamente, en un demonio personal, no alegórico.” (pág. 872); “Toda situación extremadamente vergonzosa, completamente degradante, detestable y, sobre todo, ridícula, en que me he hallado en mi vida ha despertado siempre en mí, junto con una cólera desmedida, un deleite indescriptible.” (pág. 879). Y aquí descubrimos su verdadera personalidad, asocial, psicopática, nihilista.

Para acabar, voy a reproducir una cita que tengo anotada en la primera página de mi edición de Crimen y Castigo, una cita tomada del Trópico de Capricornio de Henry Miller, y que me tomé la molestia de escribir ahí en 1996, cuando ya había dejado de ser un estudiante de CC. Físicas y me había convertido en un descreído estudiante de Empresariales. Vuelvo a hacer mías, más de 15 años después, las palabras de Miller: “La noche que me senté a leer a Dostoyevski por primera vez fue un acontecimiento en mi vida, más importante incluso que mi primer amor. Fue el primer acto deliberado, consciente, que tuvo sentido para mí; cambió la faz del mundo por completo. Ya no sé si es verdad que el reloj se paró en aquel momento, cuando alcé la vista después del primer trago intenso. Fue mi primer vislumbre del alma del hombre, ¿o debería decir que Dostoyevski fue el primer hombre que me reveló su alma? Quizás hubiese sido yo un poco raro antes, sin darme cuenta, pero desde el momento en que me sumergí en Dostoyevski fui clara e irrevocablemente raro y me sentí satisfecho de serlo. El mundo ordinario, despierto, cotidiano había acabado para mí. También murió cualquier ambición o deseo de escribir que tuviera, y por mucho tiempo. Era como los hombres que han estado mucho tiempo en las trincheras, demasiado tiempo bajo el fuego. El sufrimiento humano ordinario, la envidia humana ordinaria, las ambiciones humanas ordinarias… eran mierda para mí.”