lunes, 21 de noviembre de 2011

Reseña de Siempre nos quedará Casablanca

Estoy acabando de leer Las correcciones de Jonathan Franzen (más de 700 páginas) y aún me quedan unos cuantos días para poder colgar la entrada.

Quería hoy agradecerle al blog La tienda de Lope la entrada que muy amablemente dedicó a mi poemario Siempre nos quedará Casablanca. Dicha entrada empieza así:

Blog La tienda de Lope: “Por fin me animo a escribir sobre el último libro publicado de David Pérez Vega. Hace algún tiempo que lo leí, de vuelta a Olmedo desde el domingo de clausura de la feria del libro de Madrid. Se trata de una colección de treinta y cuatro poemas dividida en cuatro partes. Su estilo es casi narrativo y su lectura resulta ligera además de reconfortante. (Seguir leyendo AQUÍ)

Gracias Peri.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Basura, por Ben Clark

 
Editorial Delirio. 108 páginas. 1ª edición de 2011.

Lo de leer poesía va por rachas. Puedo estarme meses, incluso años, leyendo prosa y, sin embargo, en algún momento impostergable siento su llamada. Me ocurrió en mayo de 2008: me apeteció leer algún libro de poesía joven española, entré en Internet buscando información y en la página web de algún suplemento cultural destacaban como uno de los mejores poemario de 2006 Los hijos de los hijos de la ira, escrito por un ibicenco, de origen inglés, llamado Ben Clark (Ibiza, 1984), y que en el momento de publicación de su poemario, que fue el premio Hiperión de 2006, contaba tan sólo con 21 ó 22 años. Así que los poemas de Los hijos de los hijos de la ira están escritos cuando Clark tenía 20 ó 21 años.
Los hijos de los hijos de la ira me pareció un poemario de una madurez sorprendente, y me causó una agradable impresión ver cómo el autor se cuestionaba los parámetros bajo los que había crecido («”hijos de la bonanza” nos llamaban», pág. 15) y sentía como propias la angustia existencial y el desamparo de su generación, otra más como cualquier otra.

En mayo de 2011, el poeta mallorquín Javier Cánaves me convocó a la presentación de su nuevo poemario Limpieza y absorción que tendría lugar en Madrid el 2 de junio, publicado con la salmantina editorial Delirio. La presentación tuvo lugar en una agradable librería cercana a la plaza de Tirso de Molina, y como en esto de la poesía nadie es profeta donde no es su tierra estuvimos francamente cómodos y en familia (no llegábamos a las 10 personas). Entre los asistentes se encontraban el editor de Delirio, el divertido Fabio de la Flor (que ofició de maestro de ceremonias) y el amigo de Cánaves, doblemente publicado en Delirio, Ben Clark. Si hubiese sabido que iba a estar allí habría acudido a la librería con Los hijos de los hijos de la ira para que me lo firmara (ya saben ustedes de mis mitomanías), como no lo tenía compré su nuevo libro, Basura (2011) y me lo firmó sobre la barra de un bar de Tirso de Molina.

Y hace unas semanas volví a sentir la llamada de la poesía.

Basura es un poemario que por su propuesta -la denuncia de la sociedad de consumo, analizando su capacidad para generar desechos- me atrevería a englobar dentro de la llamada poesía de la conciencia, de la que ya hablé al comentar el libro Oxígeno en lata de Alberto García-Teresa (AQUÍ la entrada sobre la poesía de la conciencia de la wikipedia). (El editor Fabio de la Flor difiere de esta inclusión en la poesía de la conciencia para Basura, su opinión puede leerle en el primer comentario de esta entrada)

El tomo dolido y lírico de Los hijos de los hijos de la ira ha dado paso en Basura a un desapego desencantado e irónico; el intimismo de aquel poemario se ha transformado en éste en versos expositivos más directos, y a veces cercanos al microrrelato. Pondré un ejemplo (los poemas no van titulados):

Abdullah Samuels quema neumáticos en África.
La nube es negra y densa y el poblado
cierra (cuando es posible) sus ventanas.
Vende hierro.
Lleva así veinte años. Vende hierro.
El gobierno le ha dicho que no puede.
Le ha dicho un periodista que no debe.
Le ha dicho una ONG que se envenena,
que envenena al poblado y a sus hijos.
Pero cada mañana Abdullah Samuels
Se levanta temprano y busca ruedas.
Lleva así veinte años. Vende hierro.

Como podemos observar en el poema anterior (pág. 24) el yo poético de Los hijos del los hijos de la ira se difumina en la creación de personajes de Basura; personajes que a veces son recreaciones de personas reales, relacionadas con la basura, y de los que el autor ha recopilado información en los periódicos o en internet, como los hermanos Homer y Langley Colleyer, habitantes de Nueva York y aquejados del síndrome de Diógenes, a los que se dedica toda una serie de poemas de Basura.

La generación de detritus por parte de las sociedades modernas hace que el poemario nos acerque a cuestiones sociales relacionadas con la soledad y el abandono, tocando así tangencialmente temas como la indigencia o la inmigración. Veamos el poema de la página 42:

Ser inmigrante no es fácil,
pero he comprendido pronto
que si uno se hace pasar
por italiano (aunque es algo
muy odioso para un griego)
los abusos se reducen
casi a la mitad respecto
a que te crean rumano.
Es así. Cuento, además,
con la suerte de saber
que vuestro italiano es más escaso
incluso que el mío.

En los poemas de basura se prescinde de la rima, pero en la mayoría de los versos no de contar las sílabas; como podía observarse en el poema anterior, formado por octosílabos.

En la primera parte del poemario, titulada Historia de la lluvia, me ha dado la impresión de que Ben Clark aún no tenía decidida del todo la evolución temática del libro, puesto que aquí, si bien nos encontramos ya con el retrato de algún personaje, como el capitán Charles Moore -descubridor del continente de plástico del Pacífico-, o Abdullah Samuels -del que hablamos antes-, aún existe una pulsión más lírica e intimista, en la que se va infiltrando también el desencanto. Veamos el poema de la página 22:

Pero si hablo de amor, si llegados a este punto hablo de amor,
es porque todavía me permito cierto engaño;
sobre la tierra fértil y cruel, cuerpo yermo de mercurio,
prometo amar al hijo que no tengo
(y que nunca podré tener)
con el mejor regalo de ese siglo:
permanecer así, materia oscura.

En el poema de la página 21, Clark regresa a Los hijos de los hijos de la ira, con una visión irónica, citando aquí como apertura uno de los versos más representativos de aquel poemario:

«Llovía en todo el sigo XXI»
leíste y sonreí porque te amaba.
«Lo hubiera escrito hoy de otra manera»
te dije y el Retiro era un incendio
de palabras y vasos desechables
y latas de refrescos en la sombra.
«Hoy son libros de viejo y hace apenas
Unos años que…» «¡No! –te interrumpí-.
Lo que importa es que pronto serán sólo materia».


Si bien he leído Basura con agrado, he de decir que me gustó más Los hijos de los hijos de la ira. Y prefiero este poemario porque la suma de la fuerza lírica de cada poema individual me parece superior a la fuerza de denuncia de los poemas de Basura, que actúan más como un conjunto interdependiente.
Teniendo en cuenta la juventud de Ben Clark, su entusiasmo hacia la poesía y su capacidad para reciclarse, es lógico pensar que va a escribir en el futuro, además de los que ya ha escrito, muchos más poemarios interesantes.

Si los poemas de Basura son en general más cortos que los de Los hijos de los hijos de la ira (llegando en algunos casos al poema de un verso, como el de la página 58: “Escribir poco en un país de excesos”), trascribo, para acabar, el que más me ha gustado, que coincide con el más largo (pág. 59, 60, 61):

Nací sin nada y llevo así, sin nada,
unos ochenta y nueve años. Bastante
como para poder desvariar
sobre este banco junto a un Tetra Brick
sin que nadie me escuche ni me crea.
Pero atended –o no; me da lo mismo–.
Hay consenso en creer que tras la Guerra
(que empezará en la costa de Israel)
dominarán las ruinas las manadas
de perros. Las mascotas
adorables de un día crecerán
hasta alcanzar tamaños nunca vistos
(los perros más pequeños serán carne
o quizá incluso esclavos de otros perros).
La basura heredada
será de quien merezca poseerla
(cucarachas y ratas siempre ha habido
y siempre habrá: su mundo es el subsuelo);
la lucha será entonces entre el Hombre
y su fiero mejor amigo. «Es triste»
diríais si estuvierais escuchando
pero yo os diré ahora que es hermoso,
que es un momento bello de la Historia.
Sólo entonces podrá el hombre medirse
con su idioma paupérrimo y ambiguo.
Si los perros actúan como creo
que harán (pues yo soy perro y perro viejo),
esperarán el tiempo que haga falta:
diez años, veinte, treinta, cien ¿quién sabe?
El caso es que algún día los humanos
se encontrarán terriblemente solos
sin saber el motivo.
Vagarán
por las ruinas de centros comerciales,
por escuelas sin techo,
por gimnasios roídos por el óxido,
por piscinas vacías, discotecas
enfangadas y plazas sin palomas.
Se darán cuenta al fin del lodazal
de ismos vacuos y eslóganes que hicieron
y por el cual lucharon.
Y verán los espacios destruidos
sintiendo una nostalgia más antigua
que aquella pantomima de hormigón.
Un arrepentimiento duro y áspero
los sobrecogerá
y por primera vez no habrá poeta
capaz de traducir el sentimiento.
Porque será imposible.
Y saldrán esa noche de las sombras
los perros como ángeles de dientes
y en silencio.
No encontrarán ninguna resistencia.
Y empezará otra cosa para el mundo.
Y empezará otra cosa. Ya sin nombre.


domingo, 6 de noviembre de 2011

Ejército enemigo, por Alberto Olmos

Editorial Mondadori. 279 páginas. 1ª edición de 2011.

(Para lectores con prisa: la reseña de Ejército enemigo empieza debajo de la foto de Alberto Olmos, lo anterior es una introducción sobre la obra de este autor)

Pensaba que había leído a Alberto Olmos (Segovia, 1975) antes que a Roberto Bolaño, pero no fue así; lo acabo de comprobar en el archivador donde voy apuntando lo que leo desde los 12 años: leí Estrella distante y Los detectives salvajes de Bolaño en el verano de 1999, y A bordo del naufragio de Olmos también en el verano de ese mismo año, pero después de a Bolaño.
Recuerdo haber cogido de la estantería de novedades en la biblioteca de Móstoles A bordo del naufragio, y haberme sorprendido de que una persona tan joven entonces –en 1998 Alberto Olmos tenía 23 años– hubiese quedado finalista del premio Herralde y se hubiese publicado su libro en Anagrama, entonces la meta más alta, para mí (y posiblemente ahora también, aunque con algún matiz), a la que debería desear llegar un aprendiz de escritor en España. Es posible que al leer A bordo del naufragio en 1999 leyese por primera vez el libro de alguien más joven que yo.
Y recuerdo que sin que me pareciera ninguna obra maestra –el libro debía de estar escrito cuando Olmos tenía 21 ó 22 años– me gustó porque sentí una conexión inmediata con el personaje, alguien que se acercaba todas las mañanas con desgana a su facultad de periodismo en la misma Universidad Complutense de Madrid a la que yo me acercaba por las mismas fechas con igual o mayor desgana (una desgana la mía llena de angustia y dudas sobre mí mismo), que tenía unos referentes (recuerdo por ejemplo la serie Doctor en Alaska) similares a los míos, y que reflejaba a una juventud con la que yo pude sentirme más identificado que la que mostraban libros como Historias del Kronen de José Ángel Mañas o Lo peor de todo de Ray Loriga.

Después, durante los años siguientes, esperé la segunda novela de Olmos, que pensaba que aparecería en Anagrama. Y esto no ocurría.
Creo que fue en un suplemento cultural donde leí que Olmos había publicado un libro titulado Así de loco te puedes volver en una editorial que dependía de la Caja de Ahorros de Segovia o algo así; pero no llegó a las librerías, lo dejé pasar y me olvidé.

Bastantes años más tarde, paseando entre los anaqueles de la biblioteca de Móstoles, descubrí por azar un nuevo libro de Alberto Olmos, Trenes hacia Tokio, publicado por la editorial Lengua de Trapo, novela ganadora de un premio organizado por la Comunidad de Madrid. No lo podía creer, estoy hablando ya de 2008, habían pasado muchos años desde que me había cansado de esperar la siguiente novela de Olmos. Leí la contraportada y me enteré de que Alberto Olmos se había ido a vivir a Japón, y de que este libro, Trenes hacia Tokio, reflejaba esa experiencia.
Lo saqué de la biblioteca, lo leí, y me gustó el reencuentro. Si bien Trenes hacia Tokio carecía de una estructura interna muy sólida, mostraba unas estampas de Japón que me interesaron, unas estampas que huían de una visión estereotipada del país, y que mostraban la vida de los inmigrantes hispanoamericanos, de aburridas amas de casa, de niños en un colegio… Luego supe que los capítulos de Trenes hacia Tokio provenían de un blog en el que Olmos había narrado su experiencia japonesa de tres años, y así se explicaba su estructura impresionista.
También me percaté de que Alberto Olmos había publicado en 2007 otra novela con Lengua de Trapo, El talento de los demás. Busqué información sobre ella y encontré en Internet un gran número de reseñas elogiosas. Deseé comprarlo y por poco me echa para atrás la única reseña negativa con la que me topé, firmada por un tal Juan Mal-herido, que escribía en un blog llamado Lector mal-herido. No hice caso a la reseña del tal Mal-herido y compré el libro. Y, además, me enganché a aquel blog de reseñas donde en vez de aparecer la portada del libro reseñado o una foto del autor, los comentarios sobre los libros iban acompañados normalmente de la foto de una chica en actitud sexy.
Leí El talento de los demás y leí las críticas del Lector mal-herido. Y El talento de los demás me pareció la mejor novela de Alberto Olmos hasta la fecha, una obra ambiciosa y muy bien perfilada para la juventud del autor en ese momento, que acababa de sobrepasar los 30 años. En El talento de los demás Olmos juega a ser diferentes escritores, y me convenció con su despliegue de recursos: novela expresionista y novela realista polifónica. Y leí las reseñas que hacía el tal Lector mal-herido y en algunos momentos me sonreí por la provocación que suponían sus opiniones, a veces delirantes, políticamente incorrectas, muchas veces certeras, y pensé que quien escribía detrás de la careta de ese blog sabía de literatura y también, más de una vez, que no estaba muy cuerdo; en más de una ocasión también me partí abiertamente de la risa.

En algún momento el Lector mal-herido empezó a comentar los cambios que el autor Alberto Olmos deseaba hacer sobre la portada de su libro, Tatami, que también iba a publicar con Lengua de Trapo. Y aquí fue cuando me di cuenta de que Alberto Olmos y el Lector mal-herido eran la misma persona.
Pedí que trajeran Tatami a la biblioteca de Móstoles, y leí su escaso centenar de páginas apenas de una sentada. Olmos regresaba a su temática japonesa, y me pareció que estaba todo bastante bien medido. Además ahora utilizaba un nuevo recurso: el uso de diálogos, con una gran solvencia. Y estamos ya en febrero de 2009.

Me recuerdo comentando (cuando el blog mal-herido admitía comentarios) en la entrada de El tercer Reich de Roberto Bolaño, para decir que a mí no me había parecido tan malo el libro como la reseña insinuaba. Y allí me vi en un terrible fuego cruzado con otros comentaristas (la mayoría anónimos) que querían hacerme ver que Bolaño era, básicamente, una mierda de escritor; y a mí, básicamente, no me parecía que Los detectives salvajes lo escribiese cualquiera una mañana y tal… pero al parecer me faltaba a mí mucho por saber de eso llamado literatura, me decían los anónimos.
Aunque el día que más me molestó leer un comentario de Mal-herido fue cuando apareció allí el libro Los boys del escritor norteamericano de origen dominicano Junot Díaz. Creo que Mal-herido no estaba muy de acuerdo con que a Díaz le hubiesen concedido el premio Pulitzer por La maravillosa y breve vida de Oscar Wao, y leyendo su anterior libro de relatos, de una década antes, tuvo que desmontarlo. Cuando salió en esa década anterior fue cuando lo leí yo, un libro que me encantó y que leí más de una vez y compré de saldo para regalarlo otras tantas. Pero de nuevo lo mejor esta vez fueron los comentaristas, que no habían leído el libro pero abogaban por que a Junot Díaz había que darle, y darle fuerte además: qué se había creído ése, ¿qué nos la iba a dar con unos cuentitos de inmigrantes a nosotros, a nosotros…?

Después, cuando el hecho de que El lector mal-herido y Alberto Olmos eran la misma persona fue público, los comentaristas acabaron volviéndose contra el autor del blog, ya que algunos de ellos empezaron a pensar que Olmos estaba haciendo concesiones dentro de su, hasta entonces, inmaculado reparto de tralla. Se acabaron los comentarios.

En julio de 2009 fui de visita a Segovia, como cada verano, y en la librería Punto y línea, cercana a la plaza Mayor, me apeteció comprar la nueva novela de Olmos en Lengua de Trapo: El estatus; una novela que me pareció bien escrita, pero su desubicación y temática fantástica me descolocó: me pareció extraño que tras escribir El talento de los demás y Tatami Olmos escribiera El estatus; me desconcertaba esa evolución. Por estas fechas ya había abierto este blog de reseñas e hice un comentario sobre El estatus (pinchar AQUÍ), lo que me llevó a contactar, a través del correo electrónico, con Alberto Olmos, y luego lo conocí en persona. Él mismo, tomando un café, me comentó que El estatus no estaba escrito después de Tatami sino antes: había sido una novela rechazada en su momento, que al publicarla fue el Premio Ojo Crítico.
Desde entonces me he visto con Alberto en unas pocas ocasiones, y lejos de la imagen que podría desprenderse de Lector mal-herido en persona es un agradable y educado conversador (aunque, eso sí, al hablar con él, e imagino que en mayor proporción si sabe que eres admirador de Roberto Bolaño, como yo, en la conversación dirá al menos una vez: “¡Bolaño es una mierda de escritor!” y algunas variantes más de esa aseveración).




Tuve en las manos Ejército enemigo semanas antes de que saliese en librerías (aunque este ejemplar no fue el que leí; el mío lo acabé comprando en la Fnac de Callao).
Antes de acercarme a él pude leer dos reseñas: la de Antonio J. Rodríguez, quien afirma que Ejército enemigo es “la mejor historia de 2011” (ver AQUÍ) y la de Patricio Pron, que dice que “es técnicamente pobre y argumentalmente fallida” (ver AQUÍ).
Y lo curioso de estos dos puntos de vista tan diversos es que ambos proceden de autores de la misma editorial en la que ha sido editada esta novela, Mondadori. El primero, Rodríguez, un autor muy joven (1987) y amigo de Olmos, que pronto sacará libro con esta editorial; el segundo, Pron, es un autor de la misma quinta de Olmos (1975) y compañero suyo en la selección que la revista Granta hizo de los 22 mejores autores menores de 35 años de la lengua española. Pron, ante la pregunta que le hicieron en su blog de reseñas sobre por qué no hacía críticas negativas de los libros que leía, contestó (cito de memoria): “Porque leo más de tres libros por semana y prefiero dedicar tiempo y resaltar los buenos libros que leo antes que los malos”. (En el caso de Ejército enemigo parece que se olvidó de su axioma).

He leído Ejército enemigo con creciente curiosidad, tras las dos reseñas anteriores, y tras la desorbitada introducción anterior aquí está mi opinión:

Ejército Enemigo está narrado en primera persona por Santiago, un publicista de segunda fila de 35 años, y ya en la primera frase nos introduce, acercándose al existencialismo francés, en el núcleo argumental de la novela:
“Dijo que tenía algo para mí, por eso estaba aquel día de camino hacia la casa de mi amigo muerto. / Su madre me lo dijo” (pág. 9).

El amigo, Daniel, es más joven que Santiago y más idealista, colaborador habitual de ONGs y asiduo en manifestaciones; también pertenece a una clase social más alta que él. Cuando quedan, suelen discutir de política y de solidaridad. Santiago trata de minar la confianza de Daniel en su compromiso: a pesar de toda la solidaridad del primer mundo y de las ONGs, la pobreza mundial ha aumentado en los últimos 20 años. “La solidaridad ha fracasado”, afirma Santiago. Meses más tarde, Daniel aparecerá muerto violentamente en un descampado –a sus 28 años–, y Santiago recibe una curiosa herencia: la clave del correo electrónico de Daniel. Lo que le permitirá acceder a la intimidad de su amigo sin que nadie más lo sepa.
Santiago se desvela pronto como un ser cínico y un tanto amargado, al que le gusta fisgar en las vidas de los demás, y por tanto la clave del correo de Daniel será para él un vicio y un tesoro. Este rasgo humano, el deseo de penetrar en la intimidad ajena, ya lo exploró Olmos en Tatami, y profundiza en ello aquí desde un punto de vista muy actual, a través de las múltiples posibilidades de Internet.

Santiago es además un gran consumidor de pornografía en la red y le gusta participar en un chat donde el azar le hace encontrarse con otras personas y poder verse, o tener sexo, a través de las webcam.

Santiago se relacionará, después de la muerte de Daniel, con Fátima, la concienciada y joven hermana de este último, y con otros amigos del muerto; encuentros que forzará para poder reconstruir los últimos días de la vida de su amigo. Un hilo argumental que hace que el libro adquiera visos de novela negra, hasta que, siguiendo una investigación centrada en Internet, Santiago creerá haber dado con el asesino de Daniel.

Ejército enemigo está escrita con distintos registros literarios: con una prosa donde resuenan ecos del lenguaje cuidado de Paco Umbral o Javier Marías, y una temática que pretende provocar la polémica y que se acercaría a Michel Houellebecq (Plataforma, Las partículas elementales…) y también a Frédéric Beigbeder, por sus comentarios del mundo publicitario en la novela 13,99 euros; con algún toque del existencialismo francés: en un momento de la novela se reflexiona sobre el yo, evocando, sin nombrarlo, La náusea de Jean Paul Sartre.
También se usa el formato del diario: Santiago va anotando los acontecimientos de su vida en cuadernos, con una prosa muy escueta y casi vacía de sentimiento.
A través del correo electrónico de Daniel la novela se acerca al género epistolar en su versión cibernética.
Se usan las citas, leídas en correos electrónicos, que un amigo enviaba a Daniel: David Fincher, Thomas Bernhard, Jack London, Henry Fielding… (Comentario metaliterario: muchas de ellas provienen de libros que aparecieron comentados en Lector malherido).
Se usa el ensayo: la narración se detiene, y Santiago reflexiona sobre la evolución de la pornografía en Internet y la idea de intimidad; o sobre la evolución mercantilista del concepto de solidaridad.
Se usa el cuadro costumbrista: Santiago vive en un barrio deprimido de Madrid (¿Usera?), y se describe su deterioro y la convivencia entre nativos e inmigrantes. Es interesante el contraste creado con los barrios pijos de la ciudad, de donde proceden los amigos de Daniel.

Como ya he apuntado, Olmos quiere escribir con un lenguaje cuidado, que intenta evocar a sus admirados Umbral o Marías. Muchas páginas me han gustado y en otras me parecía que se hacía difícil la coherencia entre el cinismo desapegado del narrador y su tendencia a un lirismo excesivo y no siempre acertado: “Desde hacía años, el centro de la ciudad se había llenado de esta suerte de propuesta artística [zapatos colgados en cables]. En numerosas calles, numerosos cables mostraban ese inopinado fruto zapatero” (la cursiva es mía).
En muchos casos me he descubierto leyendo el libro como si el narrador de Ejército enemigo fuese el mismo que el de A bordo del naufragio, pero más de una década después, convertido aquel chico dolido y de mirada sensible en un cínico un tanto amargado. Hay un nexo que los une: A bordo del naufragio termina cuando el protagonista roba un libro de Fernando Pessoa en la Fnac de Callao y le atropella un coche; en Ejército enemigo, Santiago ya ha leído a Fernando Pessoa y lo ha reducido a un triste eslogan publicitario para vender refrescos.

(Nota personal: en la página 87 leemos: “En un intento estimable de dar al internauta solitario y enrojecido gato por liebre”. ¿Gato por liebre?, ¿una frase hecha, un cliché? ¿No han sido defenestrados en Lector mal-herido muchos libros, entre ellos los de Bolaño (“más pobre que una rata”), por menos que esto?)

Lo que más me ha gustado de Ejército enemigo han sido las reflexiones de Olmos sobre la evolución de la privacidad y la pornografía en Internet, y el cuestionamiento de la solidaridad como un elemento de márketing para vender cualquier producto (entre ellos los discos del cantante Miguel Basó, muy divertido esto, como otros momentos de la novela, en los que se me ha escapado más de una sonrisa o incluso carcajada).
Destacaría también la captación costumbrista de la vida del barrio de Santiago.

Y efectivamente, como se ha apuntado en alguna crítica, el hilo argumental en más de una ocasión se tambalea, llegándose a casi perder en algún caso la verosimilitud narrativa. Eso me lleva a concebir Ejército enemigo como una novela de corte expresionista: así se justificaría el giro de Daniel y sus amigos hacia un posible terrorismo (algo que seguramente tenga que ver con El club de la lucha de Chuck Palahniuk, pero estoy hablando de oídas, porque yo sólo he visto la película) y la presencia y razón de ser del supuesto asesino. Y salvarse en esta cuerda floja puede que sea un logro y no un demérito de la novela.

Sin ser una novela redonda, Ejército enemigo es más que interesante por sus reflexiones tan contemporáneas sobre la privacidad, el sexo, la solidaridad; por su capacidad para incomodar y generar debate; y por la exploración de caminos narrativos (vinculados a las nuevas tecnologías), unidos a otros más tradicionales, como la novela negra y la costumbrista.

Si la anterior novela de Alberto Olmos, El estatus, era una narración desubicada y con tendencia al escapismo fantástico, su nuevo libro no puede ser más de actualidad; y me sigue sorprendiendo la capacidad de Olmos para reinventarse en cada nueva obra.
Esperaremos las siguientes obras de un autor que aún tiene mucho que decir.

lunes, 31 de octubre de 2011

Umo, por Leandro Hernández Gómez

Editorial Das Kapital. 62 páginas. 1ª edición de 2010.

Para compensar el exceso de populismo de la entrada anterior –hablar de Libertad de Jonathan Franzen, una novela que venden en las librerías en montañas, y que lleva varias semanas en nuestro país como número uno de ventas- voy a hablar hoy de un poemario inencontrable en España, Umo, de Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970); un poemario chileno que posiblemente tampoco se pueda encontrar con facilidad en las librerías de Santiago, puesto que lo ha sacado a la luz, en octubre de 2010, la pequeña editorial Das Kapital, en una cuidada, pero diminuta, tirada de 150 ejemplares.

Soy amigo de Leandro Hernández Gómez desde hace al menos cinco años, aunque nunca nos hayamos visto en persona. Nos conocimos en un foro literario en el que se hablaba sobre todo de la obra de Roberto Bolaño, pero también de otros escritores. Después, él ha participado en este blog más de una vez, nos hemos intercambiado correos electrónicos, enlaces de facebook, y, cuando a los dos nos han publicado algo, libros propios.
Y no he conocido aún a Leandro en persona, pero este verano pude quedar con uno de sus amigos de la infancia, de la ciudad de Osorno, de paso por Madrid, camino de Santiago, y a él le di mi poemario recién publicado, Siempre nos quedará Casablanca,  para que unos días después se lo pudiera entregar a Leandro. Y así, en una cafetería del centro de Madrid, pude hablar de la reciente política y situación chilena con el amigo de un amigo al que realmente nunca he visto en persona. Internet y la globalización era esto.

Entre los poemas de Umo, una aparente apología del hábito de fumar, Leandro Hernández va tomando citas del cuento Humo de William Faulkner, convirtiendo las frases del norteamericano en poemas integrados en su texto. Nos encontramos así con este poema, prestado del cuento de Faulkner, en la página 13 de Umo:

Mississippi/w.f. imported tobacco

hablando una vez más
del hábito de fumar:

la gente
no disfruta
verdaderamente
del tabaco
hasta que
comienza a creer
que le hace daño

Leandro, con sus versos, parece querer, en primera estancia, plantear un desafío a lo políticamente correcto, a la publicidad de lo sano impuesta por el Estado y destinada a una colectividad inocua. El poeta se plantea la aceptación del hábito de fumar como la toma de conciencia de su voluntad individual, como el sarcasmo del que sabe que va a morir tanto por el tabaco como por cualquier otra causa, y decide seguir su propio destino.

En numerosas ocasiones la acción de fumar, y sus aledaños (el humo, la ceniza…) es nombrada en los versos de este poemario:
“intento señales / con la ceniza esparcida / sobre la mesa” (pág. 14)
“el humo llena el departamento / es mi niebla  mi chimenea / mi pequeño incendio que emerge” (pág. 14)
“me acompaña el humo” (pág. 17)
“fumo y hago argollas” (pág. 21)
“yo enciendo mi tercer cigarrillo” (pág. 27)
“paso a comprar cigarrillos a un bar” (pág. 29).

Fumar es el acto que da unidad temática al libro, pero, como he apuntado antes, si en primera instancia este verbo parece representar una toma de conciencia descreída e individualista frente al mundo; la fuerza del poemario reside en el simbolismo otorgado al hecho de fumar, que podría concretarse en tres ideas:

1) Fumar es un hecho tan individual y autodestructivo, un placer tan absurdo y personal como el vicio de escribir. Fumar y escribir se confunden más de una vez en Umo:
“intento escribir / con lo que fumo” (pág. 14)
“el cigarrillo / el que entusiasma mi caricatura / el soplido  el aliento de mis letras” (pág 15)
“fumo y hago argollas / vocales y palabras” (pág. 21)
“creemos que la poesía importa”, escribe Leandro en la página 31, descreído, aburrido, como si estuviese escribiendo versos como el que fuma cigarrillos y no espera nada más del mundo.

2) El cigarrillo inhalado, convertido en humo y en ceniza representa también el paso efímero del tiempo y de la vida.
“es el moho que llena de artritis las bisagras / cuando lo que nos duele realmente nos duele fumamos mucho más” (pág. 38)
“ciertamente escribo fumo y bebo / trinidad de vicios que nada engendran / salvo cenizas resacas dolores” (pág. 41)

3) A través de la transformación del cigarrillo en humo y ceniza el poeta asiste a una mínima descomposición, o movimiento, de los objetos que le rodean. En muchos poemas se hace hincapié en lo cotidiano y anodino de la presencia de los objetos: cafeteras, ventanas, mesas… y el poeta los enumera, y en su enunciado se cifran las claves de la repetición aburrida de los días; la ausencia de grandes temas poéticas sobre los que posar la mirada.
“también hay cola fría una botella / de cerveza a medias / un plumón para pizarra blanca / un descorchador la cajetilla / un paquete roñoso con dos pañuelos desechables” (pag. 45)
“me he sentado a teclear un rato / sobre lo que en la cocina sucede / es el agua sobre el fuego que ebulle / mezclando oxígeno y café” (pag. 56).

Umo como objeto es un bonito y cuidado libro, de una poesía, la chilena, con una gran tradición. Me han gustado estos poemas, como me ha gustado haber podido leerlos en un banco del Retiro de Madrid, a miles de kilómetros del lugar donde fueron editados los 150 ejemplares que componen su edición mínima. Y tener en mis manos, dedicado por un amigo al que nunca he visto, este librito, entre los árboles otoñales del parque madrileño, me ha parecido un privilegio.

Dejo aquí dos de los poemas que más me han gustado, donde además de lo comentado anteriormente se filtra también la idea del amor:

lo que nos duele
a Marcia Ravelo

es una tristeza que de pronto asoma
una marea que viene a mojar los zapatos
que humedece el empeine y se trepa
hasta el bolsillo perro

se guarece ahí y espera
para asaltarnos cuando
tenemos la guardia baja

es un peso, es una sombra
que te atrapa y entonces
estás opacamente bella
y tan cauta tan asustada
como escondida tras los juncos

es un frío que por las hendiduras se cuela
y viene a aterirnos al desayuno
mientras nos aburguesamos cubiertos
a salvo con nuestros chalecos

es un suspiro desganado una exhalación de hastío
(un texto de Bernardo Soares)
un escupitajo en la solapa
del traje nuevo de lino con estilo
una rajadura en el pantalón
un billete que se cae por un tubo
un almuerzo que se enfría y forma
nata cuajada sobre la salsa blanca

es el moho que llena de artritis las bisagras

cuando lo que nos duele realmente nos duele fumamos mucho más



un café para adolfo couve

me siento a observar la cafetera
sobre la llama azul de la cocinilla
con el agua limpia calentándose
como la posa al sol energúmeno

miro sus gorgoritos
que salen a flote
como los ahogados
después de ocho días

el agua caliente se introduce en el filtro
como cuando el sudor traspasa nuestras camisas
moja el café molido y lo decora
le roba el pigmento y el agua
se va ensuciando como el lavatorio
en el que se lavan las costras
que se diluyen
como los reflejos de los cuervos
al caer una piedra sobre el estanque

gotas de café van cayendo una tras otra
y dos o tres a la vez como tus lágrimas
van manchando el agua como la tinta
que se lava del pincel o el dedo
que pinta tres o cuatro tazas

las gotas del café son las gotas de sangre
del pincel que limpia sus naturalezas muertas

corto el gas a la cafetera
lleno una taza recién pintada
y como el vampiro me bebo el café
de un solo sorbo con cuidado
de no ensuciar mi blanca camisa

lunes, 24 de octubre de 2011

Libertad, por Jonathan Franzen


Editorial Salamandra. 667 páginas, 1ª edición de 2010, ésta de 2011.
Traducción de Isabel Ferrer.

Nunca pensé que me ocurriría esto: he comprado un libro que vendían en una montaña. Otras veces he visto montañas desopilantes de libros en La Casa del Libro, en la Fnac, en El Corte Inglés… Recuerdo, como paradigma, hace un par de años, al ser lanzado el libro de un bestsellero de moda, la figura que habían montado en una de las Casas del Libro de Madrid; con los libros usados como ladrillos, habían construido un cilindro que podría ser un faro o un cigarro monstruoso o un pozo… algo, en cualquier caso, muy inquietante. Lo que suele provocarme risa; aunque a veces también me incomoda, por el espacio que la no-cultura roba a la cultura como entretenimiento y reflexión.
Y paso bordeando las montañas y busco otros libros, otros productos confundidos con los anteriores, ediciones nuevas o de bolsillo; y también disfruto de la búsqueda en librerías de segunda mano, en bibliotecas de barrio… y trato de ignorar las montañas, y rescatar a las figuras de grandes escritores olvidados, pero esta vez no he podido: he sucumbido al reclamo de las portadas de los suplementos culturales y a las críticas elogiosas de esta novela de Jonathan Franzen (Illinois, 1959).

Y traté de buscar su anterior novela más elogiada, Las correcciones, pero incomprensiblemente Seix Barral no ha aprovechado el tirón publicitario de Libertad para hacerla accesible en librerías.

Y fui al Fnac de Callao, hace dos sábados, y vi Libertad en una montaña, en una montaña que se aposentaba sobre el suelo, y tomé un volumen como avergonzado y lo hojeé, lo dejé donde estaba, y paseé entre las mesas de novedades. Miré estanterías, y luego, al irme, cuando no me miraba nadie, tomé de nuevo un volumen de Libertad sin aparentes golpes ni defectos y lo pagué y empecé a leerlo sentado en un banco del parque del Retiro. Y hasta ayer, dos semanas después.

Tenía ganas de leer novelas largas, y al igual que cuando hace 2 años, tras mi viaje a Argentina, me dio por leer a escritores de este país, ahora, tras mi viaje a Nueva York, Boston y Providence, me ha apetecido profundizar en la literatura norteamericana, desde siempre una de mis favoritas.

Libertad es una novela profundamente norteamericana; y en ella conocemos los avatares de una familia, los Berglund. La historia contada, si bien se centra en la primera década del siglo XXI (con una extensa parte llamada 2004), también se extiende hasta los años 70, la época universitaria de Walter y Patty (la pareja protagonista); en algún momento hasta las década del 80 y el 90 del siglo XX (cuando Walter y Patty crían a sus hijos, Joey y Jessica, en una urbanización de clase media de Minnesota); y hasta unas décadas anteriores cuando conocemos, de forma más tangencial, las vidas de los padres de Walter y Patty, remontándose la historia hasta la generación de los abuelos de los dos personajes principales).

Y Libertad es una novela profundamente norteamericana porque la familia de la que nos habla, los Berglund, es profundamente norteamericana, al modo en que los Karénin de Liev Tolstoi eran profundamente rusos; y en sus caracteres se concentran las ilusiones y las frustraciones de los distintas épocas que atraviesan sus países.
Walter es en esencia un hombre recto, que ha conseguido superar el pobre ambiente de su entorno familiar gracias al trabajo duro; y está muy concienciado con el medio ambiente y el problema de la sobreexplotación de los recursos y la superpoblación mundial. Un hombre que, tras sus estudios de abogado, trabajará siempre en el entorno de las empresas medioambientales y acudirá al trabajo en bicicleta, a pesar de lo duro que sea el invierno.

Patty es una mujer deportiva y competitiva, que se ha criado en un entorno de clase social alta, pero cuyos padres han fomentado con más entusiasmo las aficiones artísticas de sus hermanos que la suya, donde destaca como deportista (practica baloncesto) de cierto renombre (llegó a ser suplente de la selección nacional femenina de baloncesto). Y que tras la universidad sólo aspira a ser una buena madre y ama de casa; unas expectativas ya algo desfasadas en los años 80, en su entorno de mujeres trabajadoras.

El hijo del matrimonio, Joey, representa a la nueva camada de republicanos neocon, jóvenes de pocos escrúpulos con olfato para los negocios, jóvenes fríos y desapegados. “En su vida social, tendió a acercarse a los compañeros de residencia de familias prósperas que creían que la solución al mundo islámico era el bombardeo por saturación hasta que esa gente aprendiera a comportarse. Él personalmente no era de extrema derecha, pero se sentía a gusto con quienes sí lo eran”. (pág. 288)

La hija del matrimonio, Jessica, inteligente y discreta, se dedicará al mundo de la edición, un mundo en decadencia, en el que va a poder ganar mucho menos dinero que su hermano.

Dentro de la historia matrimonial de Walter y Patty cobra especial relevancia su relación con el músico Richard Katz, antiguo compañero de habitación de Walter en la universidad, un músico minoritario y cínico que en un momento de la novela alcanzará un éxito con el que no contaba y que le cuesta digerir.

La novela, siguiendo la técnica del estilo indirecto libre, centra su mirada en algunos de los personajes principales, a los que acompaña para retratarlos. Así hay extensos capítulos en los que Franzen nos cuenta su historia acercándose a Walter, Richard o Joey… Para hablar de Patty utiliza otro recurso: ella escribe su propia biografía en tercera persona, como ejercicio terapéutico encargado por un psicoanalista. Patty interrumpe a veces su narración porque “la autobiógrafa” reflexiona desde el presente sobre su estado de conciencia del pasado.
Para comenzar la novela Franzen se vale de otro recurso: durante las 30 primeras páginas son en gran medida las palabras de los vecinos de su barrio de Minnesota los que, a través de comentarios tangenciales o las meras especulaciones, retratan a los Berglund de forma poliédrica.

Quizás me ha parecido extraño que Franzen no se haya acercado, a través del estilo indirecto libre, a la hija del matrimonio, Jessica, cuya presencia es más borrosa que la del resto de personajes.
Y esto me da pie a una reflexión: la capacidad que tienen las grandes novelas largas para parecernos incompletas, para hacernos desear que sigan de un modo indefinido.

De entre las reseñas que he leído en suplementos culturales sobre Libertad durante las últimas semanas (Babelia, El cultural, ABC cultural…), donde todos los críticos hacían destacar aspectos positivos de esta novela que justificaban su condición de obra maestra, sólo Andrés Ibáñez en el ABC Cultural parece señalan, tras sus elogios, algún pequeño defectos ya que, por ejemplo, afirma: “Libertad es una novela intensamente política, donde hay largas (y en ocasiones para aquellos no especialmente interesados, quizá algo tediosas) incursiones en el mundo de los negocios (…)”.
He leído Libertad prevenido contra ese posible tedio hacia lo político y los negocios que apunta Ibáñez y la verdad es que he de decir que no me he topado con ese tedio, sino, por el contrario, los comentarios políticos puramente norteamericanos -sobre los republicanos y los demócratas- me han parecido pertinentes para cualquier ciudadano de este mundo globalizado, en el que las decisiones políticas norteamericanas llevan a modificar un panorama internacional que nos afecta a todos. En este contexto son continuas las reflexiones sobre cómo el 11-S ha hecho cambiar a Norteamérica o las razones para la guerra de Iraq, donde Franzen hace más de una crítica a la rapiña republicana del gobierno de George W. Bush al intentar reconstruir el país invadido gracias a privatizaciones de contratas ridículas y abusivas.

No encuentro ningún impedimento que no me haga señalar a Libertad como una obra maestra, y a Jonathan Franzen como uno de los grandes novelistas modernos norteamericanos, que se une en mi imaginario de lector a mis autores norteamericanos favoritos de las últimas décadas: a Richard Ford por su capacidad para analizar al ciudadano medio norteamericano y las relaciones familiares, desde una visión poética; me ha recordado a Don Delillo cuando Walter entra en relaciones con un magnate texano, supuesto filántropo de los pájaros, y empezamos a sospechar que sus intenciones al contratar a Walter no son precisamente ecológicas; y también he pensado en Philip Roth por la capacidad de Franzen –que también aprecié en Roth- para narrar la historia desde una perspectiva, y al narrarla desde otra ir rellenando huecos anteriores.

El estilo de Franzen es muy clásico; de hecho, en un momento central de la novela, Patty lee Guerra y Paz de Tolstoi y después comparará a algunas de sus personas cercanas con personajes de esa novela.
Franzen admira de Tolstoi -como queda plasmado en su novela- su capacidad para desmenuzar los sentimientos; y la modernidad de sus enfoques se limita a reflejar los cambios en la psicología de sus personajes o en la sociología de su entorno. Si un conde de Tolstoi podía morir antes que renunciar a su honor, a quedar deshonrado ante terceros, un personaje de Franzen intentará en la universidad adquirir una pose para ser más guay que sus compañeros. Si en Guerra y paz una carta llegaba a manos de su lector después de viajar en el zurrón de un jinete, los personajes de Franzen leen mensajes sms, escriben en blogs y cuelgan videos en youtube. Y esta es toda la modernidad que necesita Franzen para reflejar el mundo que le rodea. No escribe una novela a base de mensajes sms o entradas en un blog, sino que crea auténticos personajes que están familiarizados con esa tecnología como el Pierre de Guerra y paz podía estarlo con el eje de un carro.

Jonathan Franzen es un narrador puro, sus historias tienden al desbordamiento continuo y me ha gustado su capacidad para perfilar personajes secundarios y circunstanciales. A menudo me olvidaba al leer del estilo de construcción de las frases (algo que no me ocurre con otro tipo de escritores, como, por ejemplo, con Juan José Saer, del que hablé en la entrada anterior, donde la construcción de la frase es fundamental) y me abandonaba al dibujo mental de los personajes y los modos en los que éstos interactuaban.
Las historias de Franzen tienden al drama, pero también me ha parecido percibir mucha ironía y un humor negro triste y socarrón. “Más de cuatrocientas personas asistieron al entierro del padre de Walter. En nombre de Gene, sin haberlo conocido siquiera, Patty se enorgulleció de la gran afluencia de gente. (Si uno quiere un gran funeral, morir a una edad no muy avanzada ayuda)” (pág. 163).

La idea de libertad aparece de forma intensa en este libro, y la libertad parece ser la antesala de la equivocación; o la libertad parece ser la antesala también de la frustración, porque la realidad o los demás no son nunca como nos gustaría que fuesen. “(…) Joey era otra persona. Vio a esa persona con tal claridad que fue como hallarse fuera de sí mismo. Era la persona que había manipulado su propia mierda para recuperar su alianza nupcial. Ésa no era la persona que él creía ser, o la que habría elegido ser si hubiera tenido la libertad de elegir, pero había algo reconfortante y liberador en ser una persona real y definitiva, y no una colección de personas potenciales y contradictorias. (pag. 518); y así madura Joey, buscando el anillo que se ha tragado, mientras lidiaba con una situación comprometida, entre su propia mierda.

La traducción de Isabel Ferrer me ha resultado más que correcta, salvo un pequeño detalle sin mucha importancia: hay muchas frases en las que (supongo) la palabra “then” con que los americanos puedes acabar sus frases, como muletilla, y que yo hubiese traducido por “entonces”, ella lo traduce por “pues”; y a mí, acostumbrado a las traducciones átonas del inglés, me resultaba raro leerlo. Por ejemplo: “-¿Qué hace, pues? –preguntaron las madres” (pág. 19)

Franzen ha sido portada del Times en Estados Unidos, y aquí los suplementos culturales han copiado la idea, porque entre otros méritos, el presidente Obama pidió una copia en galeradas para leer el libro antes de que saliera a la calle. Un buen golpe de efecto de Obama: poner de moda un libro que da cien patadas a la administración republicana a la que él ha sustituido, y su pésima gestión de la guerra de Iraq.
Pero no se preocupen de que el libro sea un bestseller y se venda en montañas en las librerías, no teman ser en esta ocasión vulgares, y como yo, por una vez, sucumban a la idea de poder hablar de un libro de moda con sus compañeros de trabajo.
Libertad sí es una obra maestra.

lunes, 10 de octubre de 2011

La ocasión, por Juan José Saer

Editorial Destino. 250 páginas. 1ª edición de 1988.

He comprado este libro dos veces: la primera hace dos veranos, en la librería de segunda mano Ábaco de Madrid, editado por Círculo de lectores y al precio de 3 euros, y hace unas semanas en la cuesta de Moyano, la edición original de Destino por 8 euros. Creo que cuando compré La ocasión la primera vez me quedé con ganas de haber adquirido la edición original que había visto en la página web Iberlibro por 15 euros (a lo que tendría que sumar los gastos de envío). Son las cosas de la mitomanía libresca. Así que he leído, y podré conservar, la primera edición por un precio total de 11 euros; y, además, tengo la oportunidad de regalar a alguien la edición de Círculo de Lectores (una edición no desdeñable, con tapa dura y contraportada; y el ejemplar está nuevo).

Con La ocasión, publicada por primera vez en 1988, Juan José Saer (del que ya he hablado en 5 ocasiones en el blog) ganó el premio Nadal de 1987.
La acción de esta novela nos lleva hasta la Argentina de 1870, y por tanto la voy a unir, para acercarme ella, a las otras novelas históricas de Saer que he leído: El entenado y Las nubes.

Bianco es un misterioso personaje, que se presenta a los demás como nacido en Malta y que cree tener poderes mentalistas: puede doblar cucharas, hacer funcionar relojes estropeados o comunicarse telepáticamente… En París sufre una humillación pública por parte de los positivistas, que creen en el materialismo.
Un Bianco en horas bajas aceptará la propuesta de moverse por el sur de Italia para reclutar a campesinos que quieran aceptar tierras en Argentina; él, a cambio, recibirá una porción importante de terreno en la pampa.

Al comenzar la novela, Bianco se haya ya instalado en Argentina y todavía sueña con poder vencer a los positivas de París, que 6 años antes le han hundido. La pampa infinita y lisa le parece el escenario perfecto para que fluyan las ideas del tratado que piensa escribir, donde quedarán demostradas todas sus tesis. Sus tierras, en las que ha construido una vivienda precaria, están cerca de la ciudad (que imagino que, como otras veces, debe de ser Santa Fe), donde se ha construido una casa de rico, también pasa sus veranos en Buenos Aires. Sabremos de las andanzas de Bianco ocurridas en Europa por el capítulo dos.

El único amigo de Bianco en Argentina es el doctor Garay López, que lo atendió de la dolencia de un dedo según desembarcó en Buenos Aires. Casualmente se percatan de que las tierras de Bianco en la pampa lindan con las de la familia de Garay López. En este momento Bianco tiene 40 años y Garay López 27.
Quizás, he supuesto, este Garay López sea un antepasado de los hermanos Garay de las novelas contemporáneas y políticas de Saer; quizás (si alguien lo sabe, por favor que me lo diga) en alguna de las novelas de Saer se vincule a este doctor Garay López con los hermanos Garay de La grande o La pesquisa.

Bianco, convertido en un hombre prospero, se casa con la muy joven Gina; y uno de los núcleos centrales de la novela trata del triangulo que forman Bianco, Garay López y Gina. A Bianco le consumen los celos, reales o imaginarios, y a especular sobre la posible infidelidad de su mejor amigo con su mujer se dedican un buen número de páginas.

El primer capítulo, sobre la vida de Bianco en el Nuevo Mundo, y el segundo, sobre su pasado en Europa, me han resultado más interesantes que la parte en la que Saer posa su mirada sobre los vértices del triángulo amoroso que ha dibujado. Esta parte me ha resultado más convencional, me ha sabido a algo ya leído en otros libros; de hecho, la relación de Bianco con Gina y con su amigo me ha recordado a esa actitud vencida que adquieren los personajes de Juan Carlos Onetti con las mujeres y con el mundo. El gran estilo de Saer, rico en matices y frases subordinadas, hace que el texto se sostenga solo, por el propio placer de la dicción idiomática, pero quizás, el contenido de lo contado en la parte central del libro ha bordeado para mí, por momentos, el tedio.

La situación acaba por salvarse cuando Saer introduce un nuevo recurso: entre las páginas 163 y la 186  sitúa un cuento que bien podría funcionar como narración independiente, y que trata de la vida de una familia pobre y extrema de la pampa, y cuyo hijo menor, Waldo, parece ser un idiota con el poder de prever el futuro. En el siguiente capítulo, Bianco visitará a Waldo para intentar descubrir si sus capacidades son reales e indagar si su evidencia la puede usar contra sus enemigos, los positivistas de París.

Las escenas donde se describe la pampa están también muy logradas. Me han resultado muy bellas unas imágenes donde se evoca el paso de unos 2.000 caballos salvajes, o las que describen al hermano menor de Garay López, un gaucho sanguinario, y su relación con su cuadrilla de gauchos animalizados. Una fascinación sobre lo gauchesco que nos remite a Borges, como tantas reflexiones sobre la realidad, sobre la percepción humana de la realidad, de Juan José Saer.

La ocasión, como las otras novelas históricas de Saer, El entenado y Las nubes, más que a la recreación de una época, con datos -como hacen los escritores de bestsellers-, crea escenarios para seguir indagando sobre la realidad, sobre la percepción de la realidad o el acontecer, que sería el gran tema de Saer: en El entenado conocemos a unos indios cuya percepción del tiempo y lo real es netamente distinta de la nuestra; en Las nubes, Saer nos acerca al mundo visto a través de los ojos de los locos; y en La ocasión nos aproximamos a la realidad desde la perspectiva de un mentalista que cree tener poderes sobrenaturales con que poder asir lo real.

La ocasión no es una novela tan lograda como otras que he leído de Saer, pero, aún así, y teniendo en cuenta la marca donde el autor ha situado su listón, es una buena novela, con un uso del lenguaje rico en reflexiones y articulado a través de largas frases sinuosas.
Cualquier libro de Saer se está convirtiendo para mí en un curso de literatura portátil, y éste de La ocasión, a pesar de algún altibajo, me merece la pena leerlo, entre otras muchas cosas, por estudiar cómo coloca las comas y los puntos y comas en las frases; para mí, algo fascinante.

Juan José Saer se está convirtiendo en uno de mis referentes literarios y pienso seguir profundizando en la lectura de su obra.

lunes, 3 de octubre de 2011

Carpe diem, por Saul Bellow

Editorial Galixia Gutenberg. 192 páginas. 1ª edición de 1956, ésta de 2006.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Carpe diem, publicada en 1956, es la cuarta novela de Saul Bellow, al que le quedaban 8 años y otra novela (Herdenson, el rey de la lluvia, 1959) para alcanzar la fama y el gran éxito que le supuso Herzog en 1964.

Carpe diem es una novela corta, de unas 160 páginas -si descontamos el prólogo de la escritora Cynthia Ozick-, y, además, el cuerpo de edición que Galaxia Gutenberg emplea aquí es de 32 reglones por página frente a los 37 de Herzog.

La acción de Carpe diem transcurre en un solo día y son tres los personajes principales: Wilhelm de 44 años, que se encuentra sin trabajo y vive en el mismo hotel neoyorkino que su padre, el doctor Adler; el tercer personaje es el doctor Tamkin, un enigmático psicólogo, que además de atender psiquiátricamente a sus pacientes se dedica a invertir en bolsa. A pesar de algunos indicios que hacen del doctor Tamkin un personaje dudoso, Wilhelm ha confiando en él para invertir en acciones de manteca de cerdo los últimos 700 dólares que le quedan.

Wilhelm está separado de su mujer y tiene dos hijos. Sabe que si los resultados en la bolsa no le favorecen va a tener problemas con el cheque que debe pasar a su ex mujer. Desea pedir ayuda a su padre y éste se muestra implacable con él: considera que Wilhelm está en condiciones de trabajar y no quiere que su hijo sea una carga.

Al comenzar el libro pensé que los personajes no eran judíos, me parecía que Wilhelm era un norteamericano anglosajón; es descrito como un hombre alto, rubio, guapo aunque entrado en carnes; y su fracaso me parecía muy norteamericano o muy inocente o los dos cosas a la vez, ya que Wilhelm en su juventud dejó los estudios universitarios para irse a California y probar suerte como actor de cine, espoleado por el dudoso consejo de un cazatalentos de Nueva York. Wilhelm fracasó en Hollywood  y, hasta no mucho tiempo antes de dar comienzo la novela, trabajaba como representante de ventas de una empresa de juguetes.
Pero estaba en un error: la novela y sus personajes son profundamente judíos. La acción transcurre en el día anterior al Yom Kippur o día de la Expiación en la religión judía, y Wilhelm, el hombre fracasado, el culpable que no sabe ocuparse ni de sus hijos ni de sí mismo, intentará pedir ayuda al padre (el doctor Adler) que le rechazará (por no cumplir con los preceptos de su Ley) y buscará su futuro (el don de la Gracia) en el mesías que parece representar el doctor Tamkin, filósofo callejero y posible embaucador, con las consecuencias que cualquier lector de Franz Kafka, Henry Roth o Philip Roth puede imaginar.
El cierre de Carpe diem es realmente sobrecogedor.

En el prólogo, Cynthia Ozick, llama a Carpe Diem la novela sobre Broadway de Bellow, un espacio de Manhattan que abarca de la calle 70 a la 90, donde se concentran los teatros y los hoteles.

En cierto modo, Carpe diem anticipa más de uno de los temas que Saul Bellow va a desarrollar en Herzog, como la vida del hombre de entre 40 y 50 años en crisis de identidad, que se plantea los errores de su pasado, y que en gran medida parece verse  con dificultades para avanzar porque está atado a una ex mujer –por el amor y la traición en el caso de Herzog, y por el dinero en Carpe diem-. Los pensamientos de los personajes de Bellow sobre sus ex mujeres han hecho que más de una vez se tache a este autor de machista, pero yo diría que, además de ser una obsesión personal de Bellow, que apunta a algún episodio de su vida, parece ser una forma de marcar el fracaso y la deriva de sus personajes, incapaces de disfrutar de su vida y de comenzar otra más satisfactoria. Una imposibilidad existencial que, en todo caso, siempre está narrada con humor.
Tanto en Carpe diem como en Herzog la geografía física (en gran parte neoyorkina) se une de forma tangible a la mente de los personajes, que no dejan de salirse de la realidad mediante evocaciones de su pasado o de otras personas; esto último se desarrolla de forma más intensa en Herzog, mediante el recurso de las cartas no enviadas, que en Carpe diem.

Carpe diem es un buena novela, pero Herzog es una de las obras maestras del siglo XX, y creo que me hubiese gustado acercarme a estos libros en el orden inverso al que lo he hecho. Ir de menos a más me hubiese dejado un mejor recuerdo de esta novela corta; preveo que la evocación futura de sus detalles va a ser barrida en gran parte por el peso mental que me está dejando una creación tan intensa como es Herzog.

He vuelto a Juan José Saer, pero de aquí a navidades pienso seguir con estas cuidadas ediciones que esta haciendo Galaxia Gutenberg de los libros de Saul Bellow. Imagino que el próximo va a ser El legado de Humbolt.