lunes, 31 de octubre de 2011

Umo, por Leandro Hernández Gómez

Editorial Das Kapital. 62 páginas. 1ª edición de 2010.

Para compensar el exceso de populismo de la entrada anterior –hablar de Libertad de Jonathan Franzen, una novela que venden en las librerías en montañas, y que lleva varias semanas en nuestro país como número uno de ventas- voy a hablar hoy de un poemario inencontrable en España, Umo, de Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970); un poemario chileno que posiblemente tampoco se pueda encontrar con facilidad en las librerías de Santiago, puesto que lo ha sacado a la luz, en octubre de 2010, la pequeña editorial Das Kapital, en una cuidada, pero diminuta, tirada de 150 ejemplares.

Soy amigo de Leandro Hernández Gómez desde hace al menos cinco años, aunque nunca nos hayamos visto en persona. Nos conocimos en un foro literario en el que se hablaba sobre todo de la obra de Roberto Bolaño, pero también de otros escritores. Después, él ha participado en este blog más de una vez, nos hemos intercambiado correos electrónicos, enlaces de facebook, y, cuando a los dos nos han publicado algo, libros propios.
Y no he conocido aún a Leandro en persona, pero este verano pude quedar con uno de sus amigos de la infancia, de la ciudad de Osorno, de paso por Madrid, camino de Santiago, y a él le di mi poemario recién publicado, Siempre nos quedará Casablanca,  para que unos días después se lo pudiera entregar a Leandro. Y así, en una cafetería del centro de Madrid, pude hablar de la reciente política y situación chilena con el amigo de un amigo al que realmente nunca he visto en persona. Internet y la globalización era esto.

Entre los poemas de Umo, una aparente apología del hábito de fumar, Leandro Hernández va tomando citas del cuento Humo de William Faulkner, convirtiendo las frases del norteamericano en poemas integrados en su texto. Nos encontramos así con este poema, prestado del cuento de Faulkner, en la página 13 de Umo:

Mississippi/w.f. imported tobacco

hablando una vez más
del hábito de fumar:

la gente
no disfruta
verdaderamente
del tabaco
hasta que
comienza a creer
que le hace daño

Leandro, con sus versos, parece querer, en primera estancia, plantear un desafío a lo políticamente correcto, a la publicidad de lo sano impuesta por el Estado y destinada a una colectividad inocua. El poeta se plantea la aceptación del hábito de fumar como la toma de conciencia de su voluntad individual, como el sarcasmo del que sabe que va a morir tanto por el tabaco como por cualquier otra causa, y decide seguir su propio destino.

En numerosas ocasiones la acción de fumar, y sus aledaños (el humo, la ceniza…) es nombrada en los versos de este poemario:
“intento señales / con la ceniza esparcida / sobre la mesa” (pág. 14)
“el humo llena el departamento / es mi niebla  mi chimenea / mi pequeño incendio que emerge” (pág. 14)
“me acompaña el humo” (pág. 17)
“fumo y hago argollas” (pág. 21)
“yo enciendo mi tercer cigarrillo” (pág. 27)
“paso a comprar cigarrillos a un bar” (pág. 29).

Fumar es el acto que da unidad temática al libro, pero, como he apuntado antes, si en primera instancia este verbo parece representar una toma de conciencia descreída e individualista frente al mundo; la fuerza del poemario reside en el simbolismo otorgado al hecho de fumar, que podría concretarse en tres ideas:

1) Fumar es un hecho tan individual y autodestructivo, un placer tan absurdo y personal como el vicio de escribir. Fumar y escribir se confunden más de una vez en Umo:
“intento escribir / con lo que fumo” (pág. 14)
“el cigarrillo / el que entusiasma mi caricatura / el soplido  el aliento de mis letras” (pág 15)
“fumo y hago argollas / vocales y palabras” (pág. 21)
“creemos que la poesía importa”, escribe Leandro en la página 31, descreído, aburrido, como si estuviese escribiendo versos como el que fuma cigarrillos y no espera nada más del mundo.

2) El cigarrillo inhalado, convertido en humo y en ceniza representa también el paso efímero del tiempo y de la vida.
“es el moho que llena de artritis las bisagras / cuando lo que nos duele realmente nos duele fumamos mucho más” (pág. 38)
“ciertamente escribo fumo y bebo / trinidad de vicios que nada engendran / salvo cenizas resacas dolores” (pág. 41)

3) A través de la transformación del cigarrillo en humo y ceniza el poeta asiste a una mínima descomposición, o movimiento, de los objetos que le rodean. En muchos poemas se hace hincapié en lo cotidiano y anodino de la presencia de los objetos: cafeteras, ventanas, mesas… y el poeta los enumera, y en su enunciado se cifran las claves de la repetición aburrida de los días; la ausencia de grandes temas poéticas sobre los que posar la mirada.
“también hay cola fría una botella / de cerveza a medias / un plumón para pizarra blanca / un descorchador la cajetilla / un paquete roñoso con dos pañuelos desechables” (pag. 45)
“me he sentado a teclear un rato / sobre lo que en la cocina sucede / es el agua sobre el fuego que ebulle / mezclando oxígeno y café” (pag. 56).

Umo como objeto es un bonito y cuidado libro, de una poesía, la chilena, con una gran tradición. Me han gustado estos poemas, como me ha gustado haber podido leerlos en un banco del Retiro de Madrid, a miles de kilómetros del lugar donde fueron editados los 150 ejemplares que componen su edición mínima. Y tener en mis manos, dedicado por un amigo al que nunca he visto, este librito, entre los árboles otoñales del parque madrileño, me ha parecido un privilegio.

Dejo aquí dos de los poemas que más me han gustado, donde además de lo comentado anteriormente se filtra también la idea del amor:

lo que nos duele
a Marcia Ravelo

es una tristeza que de pronto asoma
una marea que viene a mojar los zapatos
que humedece el empeine y se trepa
hasta el bolsillo perro

se guarece ahí y espera
para asaltarnos cuando
tenemos la guardia baja

es un peso, es una sombra
que te atrapa y entonces
estás opacamente bella
y tan cauta tan asustada
como escondida tras los juncos

es un frío que por las hendiduras se cuela
y viene a aterirnos al desayuno
mientras nos aburguesamos cubiertos
a salvo con nuestros chalecos

es un suspiro desganado una exhalación de hastío
(un texto de Bernardo Soares)
un escupitajo en la solapa
del traje nuevo de lino con estilo
una rajadura en el pantalón
un billete que se cae por un tubo
un almuerzo que se enfría y forma
nata cuajada sobre la salsa blanca

es el moho que llena de artritis las bisagras

cuando lo que nos duele realmente nos duele fumamos mucho más



un café para adolfo couve

me siento a observar la cafetera
sobre la llama azul de la cocinilla
con el agua limpia calentándose
como la posa al sol energúmeno

miro sus gorgoritos
que salen a flote
como los ahogados
después de ocho días

el agua caliente se introduce en el filtro
como cuando el sudor traspasa nuestras camisas
moja el café molido y lo decora
le roba el pigmento y el agua
se va ensuciando como el lavatorio
en el que se lavan las costras
que se diluyen
como los reflejos de los cuervos
al caer una piedra sobre el estanque

gotas de café van cayendo una tras otra
y dos o tres a la vez como tus lágrimas
van manchando el agua como la tinta
que se lava del pincel o el dedo
que pinta tres o cuatro tazas

las gotas del café son las gotas de sangre
del pincel que limpia sus naturalezas muertas

corto el gas a la cafetera
lleno una taza recién pintada
y como el vampiro me bebo el café
de un solo sorbo con cuidado
de no ensuciar mi blanca camisa

lunes, 24 de octubre de 2011

Libertad, por Jonathan Franzen


Editorial Salamandra. 667 páginas, 1ª edición de 2010, ésta de 2011.
Traducción de Isabel Ferrer.

Nunca pensé que me ocurriría esto: he comprado un libro que vendían en una montaña. Otras veces he visto montañas desopilantes de libros en La Casa del Libro, en la Fnac, en El Corte Inglés… Recuerdo, como paradigma, hace un par de años, al ser lanzado el libro de un bestsellero de moda, la figura que habían montado en una de las Casas del Libro de Madrid; con los libros usados como ladrillos, habían construido un cilindro que podría ser un faro o un cigarro monstruoso o un pozo… algo, en cualquier caso, muy inquietante. Lo que suele provocarme risa; aunque a veces también me incomoda, por el espacio que la no-cultura roba a la cultura como entretenimiento y reflexión.
Y paso bordeando las montañas y busco otros libros, otros productos confundidos con los anteriores, ediciones nuevas o de bolsillo; y también disfruto de la búsqueda en librerías de segunda mano, en bibliotecas de barrio… y trato de ignorar las montañas, y rescatar a las figuras de grandes escritores olvidados, pero esta vez no he podido: he sucumbido al reclamo de las portadas de los suplementos culturales y a las críticas elogiosas de esta novela de Jonathan Franzen (Illinois, 1959).

Y traté de buscar su anterior novela más elogiada, Las correcciones, pero incomprensiblemente Seix Barral no ha aprovechado el tirón publicitario de Libertad para hacerla accesible en librerías.

Y fui al Fnac de Callao, hace dos sábados, y vi Libertad en una montaña, en una montaña que se aposentaba sobre el suelo, y tomé un volumen como avergonzado y lo hojeé, lo dejé donde estaba, y paseé entre las mesas de novedades. Miré estanterías, y luego, al irme, cuando no me miraba nadie, tomé de nuevo un volumen de Libertad sin aparentes golpes ni defectos y lo pagué y empecé a leerlo sentado en un banco del parque del Retiro. Y hasta ayer, dos semanas después.

Tenía ganas de leer novelas largas, y al igual que cuando hace 2 años, tras mi viaje a Argentina, me dio por leer a escritores de este país, ahora, tras mi viaje a Nueva York, Boston y Providence, me ha apetecido profundizar en la literatura norteamericana, desde siempre una de mis favoritas.

Libertad es una novela profundamente norteamericana; y en ella conocemos los avatares de una familia, los Berglund. La historia contada, si bien se centra en la primera década del siglo XXI (con una extensa parte llamada 2004), también se extiende hasta los años 70, la época universitaria de Walter y Patty (la pareja protagonista); en algún momento hasta las década del 80 y el 90 del siglo XX (cuando Walter y Patty crían a sus hijos, Joey y Jessica, en una urbanización de clase media de Minnesota); y hasta unas décadas anteriores cuando conocemos, de forma más tangencial, las vidas de los padres de Walter y Patty, remontándose la historia hasta la generación de los abuelos de los dos personajes principales).

Y Libertad es una novela profundamente norteamericana porque la familia de la que nos habla, los Berglund, es profundamente norteamericana, al modo en que los Karénin de Liev Tolstoi eran profundamente rusos; y en sus caracteres se concentran las ilusiones y las frustraciones de los distintas épocas que atraviesan sus países.
Walter es en esencia un hombre recto, que ha conseguido superar el pobre ambiente de su entorno familiar gracias al trabajo duro; y está muy concienciado con el medio ambiente y el problema de la sobreexplotación de los recursos y la superpoblación mundial. Un hombre que, tras sus estudios de abogado, trabajará siempre en el entorno de las empresas medioambientales y acudirá al trabajo en bicicleta, a pesar de lo duro que sea el invierno.

Patty es una mujer deportiva y competitiva, que se ha criado en un entorno de clase social alta, pero cuyos padres han fomentado con más entusiasmo las aficiones artísticas de sus hermanos que la suya, donde destaca como deportista (practica baloncesto) de cierto renombre (llegó a ser suplente de la selección nacional femenina de baloncesto). Y que tras la universidad sólo aspira a ser una buena madre y ama de casa; unas expectativas ya algo desfasadas en los años 80, en su entorno de mujeres trabajadoras.

El hijo del matrimonio, Joey, representa a la nueva camada de republicanos neocon, jóvenes de pocos escrúpulos con olfato para los negocios, jóvenes fríos y desapegados. “En su vida social, tendió a acercarse a los compañeros de residencia de familias prósperas que creían que la solución al mundo islámico era el bombardeo por saturación hasta que esa gente aprendiera a comportarse. Él personalmente no era de extrema derecha, pero se sentía a gusto con quienes sí lo eran”. (pág. 288)

La hija del matrimonio, Jessica, inteligente y discreta, se dedicará al mundo de la edición, un mundo en decadencia, en el que va a poder ganar mucho menos dinero que su hermano.

Dentro de la historia matrimonial de Walter y Patty cobra especial relevancia su relación con el músico Richard Katz, antiguo compañero de habitación de Walter en la universidad, un músico minoritario y cínico que en un momento de la novela alcanzará un éxito con el que no contaba y que le cuesta digerir.

La novela, siguiendo la técnica del estilo indirecto libre, centra su mirada en algunos de los personajes principales, a los que acompaña para retratarlos. Así hay extensos capítulos en los que Franzen nos cuenta su historia acercándose a Walter, Richard o Joey… Para hablar de Patty utiliza otro recurso: ella escribe su propia biografía en tercera persona, como ejercicio terapéutico encargado por un psicoanalista. Patty interrumpe a veces su narración porque “la autobiógrafa” reflexiona desde el presente sobre su estado de conciencia del pasado.
Para comenzar la novela Franzen se vale de otro recurso: durante las 30 primeras páginas son en gran medida las palabras de los vecinos de su barrio de Minnesota los que, a través de comentarios tangenciales o las meras especulaciones, retratan a los Berglund de forma poliédrica.

Quizás me ha parecido extraño que Franzen no se haya acercado, a través del estilo indirecto libre, a la hija del matrimonio, Jessica, cuya presencia es más borrosa que la del resto de personajes.
Y esto me da pie a una reflexión: la capacidad que tienen las grandes novelas largas para parecernos incompletas, para hacernos desear que sigan de un modo indefinido.

De entre las reseñas que he leído en suplementos culturales sobre Libertad durante las últimas semanas (Babelia, El cultural, ABC cultural…), donde todos los críticos hacían destacar aspectos positivos de esta novela que justificaban su condición de obra maestra, sólo Andrés Ibáñez en el ABC Cultural parece señalan, tras sus elogios, algún pequeño defectos ya que, por ejemplo, afirma: “Libertad es una novela intensamente política, donde hay largas (y en ocasiones para aquellos no especialmente interesados, quizá algo tediosas) incursiones en el mundo de los negocios (…)”.
He leído Libertad prevenido contra ese posible tedio hacia lo político y los negocios que apunta Ibáñez y la verdad es que he de decir que no me he topado con ese tedio, sino, por el contrario, los comentarios políticos puramente norteamericanos -sobre los republicanos y los demócratas- me han parecido pertinentes para cualquier ciudadano de este mundo globalizado, en el que las decisiones políticas norteamericanas llevan a modificar un panorama internacional que nos afecta a todos. En este contexto son continuas las reflexiones sobre cómo el 11-S ha hecho cambiar a Norteamérica o las razones para la guerra de Iraq, donde Franzen hace más de una crítica a la rapiña republicana del gobierno de George W. Bush al intentar reconstruir el país invadido gracias a privatizaciones de contratas ridículas y abusivas.

No encuentro ningún impedimento que no me haga señalar a Libertad como una obra maestra, y a Jonathan Franzen como uno de los grandes novelistas modernos norteamericanos, que se une en mi imaginario de lector a mis autores norteamericanos favoritos de las últimas décadas: a Richard Ford por su capacidad para analizar al ciudadano medio norteamericano y las relaciones familiares, desde una visión poética; me ha recordado a Don Delillo cuando Walter entra en relaciones con un magnate texano, supuesto filántropo de los pájaros, y empezamos a sospechar que sus intenciones al contratar a Walter no son precisamente ecológicas; y también he pensado en Philip Roth por la capacidad de Franzen –que también aprecié en Roth- para narrar la historia desde una perspectiva, y al narrarla desde otra ir rellenando huecos anteriores.

El estilo de Franzen es muy clásico; de hecho, en un momento central de la novela, Patty lee Guerra y Paz de Tolstoi y después comparará a algunas de sus personas cercanas con personajes de esa novela.
Franzen admira de Tolstoi -como queda plasmado en su novela- su capacidad para desmenuzar los sentimientos; y la modernidad de sus enfoques se limita a reflejar los cambios en la psicología de sus personajes o en la sociología de su entorno. Si un conde de Tolstoi podía morir antes que renunciar a su honor, a quedar deshonrado ante terceros, un personaje de Franzen intentará en la universidad adquirir una pose para ser más guay que sus compañeros. Si en Guerra y paz una carta llegaba a manos de su lector después de viajar en el zurrón de un jinete, los personajes de Franzen leen mensajes sms, escriben en blogs y cuelgan videos en youtube. Y esta es toda la modernidad que necesita Franzen para reflejar el mundo que le rodea. No escribe una novela a base de mensajes sms o entradas en un blog, sino que crea auténticos personajes que están familiarizados con esa tecnología como el Pierre de Guerra y paz podía estarlo con el eje de un carro.

Jonathan Franzen es un narrador puro, sus historias tienden al desbordamiento continuo y me ha gustado su capacidad para perfilar personajes secundarios y circunstanciales. A menudo me olvidaba al leer del estilo de construcción de las frases (algo que no me ocurre con otro tipo de escritores, como, por ejemplo, con Juan José Saer, del que hablé en la entrada anterior, donde la construcción de la frase es fundamental) y me abandonaba al dibujo mental de los personajes y los modos en los que éstos interactuaban.
Las historias de Franzen tienden al drama, pero también me ha parecido percibir mucha ironía y un humor negro triste y socarrón. “Más de cuatrocientas personas asistieron al entierro del padre de Walter. En nombre de Gene, sin haberlo conocido siquiera, Patty se enorgulleció de la gran afluencia de gente. (Si uno quiere un gran funeral, morir a una edad no muy avanzada ayuda)” (pág. 163).

La idea de libertad aparece de forma intensa en este libro, y la libertad parece ser la antesala de la equivocación; o la libertad parece ser la antesala también de la frustración, porque la realidad o los demás no son nunca como nos gustaría que fuesen. “(…) Joey era otra persona. Vio a esa persona con tal claridad que fue como hallarse fuera de sí mismo. Era la persona que había manipulado su propia mierda para recuperar su alianza nupcial. Ésa no era la persona que él creía ser, o la que habría elegido ser si hubiera tenido la libertad de elegir, pero había algo reconfortante y liberador en ser una persona real y definitiva, y no una colección de personas potenciales y contradictorias. (pag. 518); y así madura Joey, buscando el anillo que se ha tragado, mientras lidiaba con una situación comprometida, entre su propia mierda.

La traducción de Isabel Ferrer me ha resultado más que correcta, salvo un pequeño detalle sin mucha importancia: hay muchas frases en las que (supongo) la palabra “then” con que los americanos puedes acabar sus frases, como muletilla, y que yo hubiese traducido por “entonces”, ella lo traduce por “pues”; y a mí, acostumbrado a las traducciones átonas del inglés, me resultaba raro leerlo. Por ejemplo: “-¿Qué hace, pues? –preguntaron las madres” (pág. 19)

Franzen ha sido portada del Times en Estados Unidos, y aquí los suplementos culturales han copiado la idea, porque entre otros méritos, el presidente Obama pidió una copia en galeradas para leer el libro antes de que saliera a la calle. Un buen golpe de efecto de Obama: poner de moda un libro que da cien patadas a la administración republicana a la que él ha sustituido, y su pésima gestión de la guerra de Iraq.
Pero no se preocupen de que el libro sea un bestseller y se venda en montañas en las librerías, no teman ser en esta ocasión vulgares, y como yo, por una vez, sucumban a la idea de poder hablar de un libro de moda con sus compañeros de trabajo.
Libertad sí es una obra maestra.

lunes, 10 de octubre de 2011

La ocasión, por Juan José Saer

Editorial Destino. 250 páginas. 1ª edición de 1988.

He comprado este libro dos veces: la primera hace dos veranos, en la librería de segunda mano Ábaco de Madrid, editado por Círculo de lectores y al precio de 3 euros, y hace unas semanas en la cuesta de Moyano, la edición original de Destino por 8 euros. Creo que cuando compré La ocasión la primera vez me quedé con ganas de haber adquirido la edición original que había visto en la página web Iberlibro por 15 euros (a lo que tendría que sumar los gastos de envío). Son las cosas de la mitomanía libresca. Así que he leído, y podré conservar, la primera edición por un precio total de 11 euros; y, además, tengo la oportunidad de regalar a alguien la edición de Círculo de Lectores (una edición no desdeñable, con tapa dura y contraportada; y el ejemplar está nuevo).

Con La ocasión, publicada por primera vez en 1988, Juan José Saer (del que ya he hablado en 5 ocasiones en el blog) ganó el premio Nadal de 1987.
La acción de esta novela nos lleva hasta la Argentina de 1870, y por tanto la voy a unir, para acercarme ella, a las otras novelas históricas de Saer que he leído: El entenado y Las nubes.

Bianco es un misterioso personaje, que se presenta a los demás como nacido en Malta y que cree tener poderes mentalistas: puede doblar cucharas, hacer funcionar relojes estropeados o comunicarse telepáticamente… En París sufre una humillación pública por parte de los positivistas, que creen en el materialismo.
Un Bianco en horas bajas aceptará la propuesta de moverse por el sur de Italia para reclutar a campesinos que quieran aceptar tierras en Argentina; él, a cambio, recibirá una porción importante de terreno en la pampa.

Al comenzar la novela, Bianco se haya ya instalado en Argentina y todavía sueña con poder vencer a los positivas de París, que 6 años antes le han hundido. La pampa infinita y lisa le parece el escenario perfecto para que fluyan las ideas del tratado que piensa escribir, donde quedarán demostradas todas sus tesis. Sus tierras, en las que ha construido una vivienda precaria, están cerca de la ciudad (que imagino que, como otras veces, debe de ser Santa Fe), donde se ha construido una casa de rico, también pasa sus veranos en Buenos Aires. Sabremos de las andanzas de Bianco ocurridas en Europa por el capítulo dos.

El único amigo de Bianco en Argentina es el doctor Garay López, que lo atendió de la dolencia de un dedo según desembarcó en Buenos Aires. Casualmente se percatan de que las tierras de Bianco en la pampa lindan con las de la familia de Garay López. En este momento Bianco tiene 40 años y Garay López 27.
Quizás, he supuesto, este Garay López sea un antepasado de los hermanos Garay de las novelas contemporáneas y políticas de Saer; quizás (si alguien lo sabe, por favor que me lo diga) en alguna de las novelas de Saer se vincule a este doctor Garay López con los hermanos Garay de La grande o La pesquisa.

Bianco, convertido en un hombre prospero, se casa con la muy joven Gina; y uno de los núcleos centrales de la novela trata del triangulo que forman Bianco, Garay López y Gina. A Bianco le consumen los celos, reales o imaginarios, y a especular sobre la posible infidelidad de su mejor amigo con su mujer se dedican un buen número de páginas.

El primer capítulo, sobre la vida de Bianco en el Nuevo Mundo, y el segundo, sobre su pasado en Europa, me han resultado más interesantes que la parte en la que Saer posa su mirada sobre los vértices del triángulo amoroso que ha dibujado. Esta parte me ha resultado más convencional, me ha sabido a algo ya leído en otros libros; de hecho, la relación de Bianco con Gina y con su amigo me ha recordado a esa actitud vencida que adquieren los personajes de Juan Carlos Onetti con las mujeres y con el mundo. El gran estilo de Saer, rico en matices y frases subordinadas, hace que el texto se sostenga solo, por el propio placer de la dicción idiomática, pero quizás, el contenido de lo contado en la parte central del libro ha bordeado para mí, por momentos, el tedio.

La situación acaba por salvarse cuando Saer introduce un nuevo recurso: entre las páginas 163 y la 186  sitúa un cuento que bien podría funcionar como narración independiente, y que trata de la vida de una familia pobre y extrema de la pampa, y cuyo hijo menor, Waldo, parece ser un idiota con el poder de prever el futuro. En el siguiente capítulo, Bianco visitará a Waldo para intentar descubrir si sus capacidades son reales e indagar si su evidencia la puede usar contra sus enemigos, los positivistas de París.

Las escenas donde se describe la pampa están también muy logradas. Me han resultado muy bellas unas imágenes donde se evoca el paso de unos 2.000 caballos salvajes, o las que describen al hermano menor de Garay López, un gaucho sanguinario, y su relación con su cuadrilla de gauchos animalizados. Una fascinación sobre lo gauchesco que nos remite a Borges, como tantas reflexiones sobre la realidad, sobre la percepción humana de la realidad, de Juan José Saer.

La ocasión, como las otras novelas históricas de Saer, El entenado y Las nubes, más que a la recreación de una época, con datos -como hacen los escritores de bestsellers-, crea escenarios para seguir indagando sobre la realidad, sobre la percepción de la realidad o el acontecer, que sería el gran tema de Saer: en El entenado conocemos a unos indios cuya percepción del tiempo y lo real es netamente distinta de la nuestra; en Las nubes, Saer nos acerca al mundo visto a través de los ojos de los locos; y en La ocasión nos aproximamos a la realidad desde la perspectiva de un mentalista que cree tener poderes sobrenaturales con que poder asir lo real.

La ocasión no es una novela tan lograda como otras que he leído de Saer, pero, aún así, y teniendo en cuenta la marca donde el autor ha situado su listón, es una buena novela, con un uso del lenguaje rico en reflexiones y articulado a través de largas frases sinuosas.
Cualquier libro de Saer se está convirtiendo para mí en un curso de literatura portátil, y éste de La ocasión, a pesar de algún altibajo, me merece la pena leerlo, entre otras muchas cosas, por estudiar cómo coloca las comas y los puntos y comas en las frases; para mí, algo fascinante.

Juan José Saer se está convirtiendo en uno de mis referentes literarios y pienso seguir profundizando en la lectura de su obra.

lunes, 3 de octubre de 2011

Carpe diem, por Saul Bellow

Editorial Galixia Gutenberg. 192 páginas. 1ª edición de 1956, ésta de 2006.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.

Carpe diem, publicada en 1956, es la cuarta novela de Saul Bellow, al que le quedaban 8 años y otra novela (Herdenson, el rey de la lluvia, 1959) para alcanzar la fama y el gran éxito que le supuso Herzog en 1964.

Carpe diem es una novela corta, de unas 160 páginas -si descontamos el prólogo de la escritora Cynthia Ozick-, y, además, el cuerpo de edición que Galaxia Gutenberg emplea aquí es de 32 reglones por página frente a los 37 de Herzog.

La acción de Carpe diem transcurre en un solo día y son tres los personajes principales: Wilhelm de 44 años, que se encuentra sin trabajo y vive en el mismo hotel neoyorkino que su padre, el doctor Adler; el tercer personaje es el doctor Tamkin, un enigmático psicólogo, que además de atender psiquiátricamente a sus pacientes se dedica a invertir en bolsa. A pesar de algunos indicios que hacen del doctor Tamkin un personaje dudoso, Wilhelm ha confiando en él para invertir en acciones de manteca de cerdo los últimos 700 dólares que le quedan.

Wilhelm está separado de su mujer y tiene dos hijos. Sabe que si los resultados en la bolsa no le favorecen va a tener problemas con el cheque que debe pasar a su ex mujer. Desea pedir ayuda a su padre y éste se muestra implacable con él: considera que Wilhelm está en condiciones de trabajar y no quiere que su hijo sea una carga.

Al comenzar el libro pensé que los personajes no eran judíos, me parecía que Wilhelm era un norteamericano anglosajón; es descrito como un hombre alto, rubio, guapo aunque entrado en carnes; y su fracaso me parecía muy norteamericano o muy inocente o los dos cosas a la vez, ya que Wilhelm en su juventud dejó los estudios universitarios para irse a California y probar suerte como actor de cine, espoleado por el dudoso consejo de un cazatalentos de Nueva York. Wilhelm fracasó en Hollywood  y, hasta no mucho tiempo antes de dar comienzo la novela, trabajaba como representante de ventas de una empresa de juguetes.
Pero estaba en un error: la novela y sus personajes son profundamente judíos. La acción transcurre en el día anterior al Yom Kippur o día de la Expiación en la religión judía, y Wilhelm, el hombre fracasado, el culpable que no sabe ocuparse ni de sus hijos ni de sí mismo, intentará pedir ayuda al padre (el doctor Adler) que le rechazará (por no cumplir con los preceptos de su Ley) y buscará su futuro (el don de la Gracia) en el mesías que parece representar el doctor Tamkin, filósofo callejero y posible embaucador, con las consecuencias que cualquier lector de Franz Kafka, Henry Roth o Philip Roth puede imaginar.
El cierre de Carpe diem es realmente sobrecogedor.

En el prólogo, Cynthia Ozick, llama a Carpe Diem la novela sobre Broadway de Bellow, un espacio de Manhattan que abarca de la calle 70 a la 90, donde se concentran los teatros y los hoteles.

En cierto modo, Carpe diem anticipa más de uno de los temas que Saul Bellow va a desarrollar en Herzog, como la vida del hombre de entre 40 y 50 años en crisis de identidad, que se plantea los errores de su pasado, y que en gran medida parece verse  con dificultades para avanzar porque está atado a una ex mujer –por el amor y la traición en el caso de Herzog, y por el dinero en Carpe diem-. Los pensamientos de los personajes de Bellow sobre sus ex mujeres han hecho que más de una vez se tache a este autor de machista, pero yo diría que, además de ser una obsesión personal de Bellow, que apunta a algún episodio de su vida, parece ser una forma de marcar el fracaso y la deriva de sus personajes, incapaces de disfrutar de su vida y de comenzar otra más satisfactoria. Una imposibilidad existencial que, en todo caso, siempre está narrada con humor.
Tanto en Carpe diem como en Herzog la geografía física (en gran parte neoyorkina) se une de forma tangible a la mente de los personajes, que no dejan de salirse de la realidad mediante evocaciones de su pasado o de otras personas; esto último se desarrolla de forma más intensa en Herzog, mediante el recurso de las cartas no enviadas, que en Carpe diem.

Carpe diem es un buena novela, pero Herzog es una de las obras maestras del siglo XX, y creo que me hubiese gustado acercarme a estos libros en el orden inverso al que lo he hecho. Ir de menos a más me hubiese dejado un mejor recuerdo de esta novela corta; preveo que la evocación futura de sus detalles va a ser barrida en gran parte por el peso mental que me está dejando una creación tan intensa como es Herzog.

He vuelto a Juan José Saer, pero de aquí a navidades pienso seguir con estas cuidadas ediciones que esta haciendo Galaxia Gutenberg de los libros de Saul Bellow. Imagino que el próximo va a ser El legado de Humbolt.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Herzog, por Saul Bellow

Editorial Galaxia Gutenberg. 450 páginas. 1ª edición de 1964, ésta de 2008. Traducción de Vicente Campos.

Sé que durante muchos años he vivido con un prejuicio, adquirido en la infancia, contra Saul Bellow (1915, Montreal - 2005, Massachusetts). En la casa de la sierra madrileña –en el pueblo de Collado Mediano- donde he pasado tantos veranos, mi padre tenía en su biblioteca dos libros de Bellow: El legado de Humbodlt y El otoño del decano en ediciones de bolsillo de los años 70 u 80, de letra apretada y papel barato; unas ediciones poco apetecibles. No recuerdo que mi padre leyera El otoño del decano, pero sí guardo un comentario que me hizo de su lectura de El legado de Humbodlt: era uno de los libros más aburrido que había leído en su vida. Con 12 ó 14 años, me recuerdo hojeando esos dos libros y sobre todo el de El legado de Humbodlt. De un modo peculiar acabé suponiendo que se trataba de una novela de ciencia-ficción, en la que un ser del espacio exterior, llamado Humbodlt, o proveniente del planeta Humbodlt, dejaba constancia de sus experiencias y reflexiones sobre la Tierra a los humanos, en la mayoría de los casos unas reflexiones absurdas y/o delirantes (no sé como llegué a esta idea absurda y delirante; imagino que partí de la fuerza extraña de esa palabra: Humbodlt).
Años después mi madre estuvo suscrita al Círculo de lectores durante bastantes años, y compró una colección de libros llamada Biblioteca de plata, donde Mario Vargas Llosa había seleccionado algunas de las novelas que él consideraba las obras maestras del siglo XX. Al menos he leído la mitad de los libros de esa colección, pero me dejé sin leer Herzog de Bellow, porque le pedí opinión a mi madre (que se leyó toda la Biblioteca de plata) y me dijo que le había aburrido, que iba de un tipo que sólo se dedica a escribir cartas. Aún debía de durarme en la cabeza lo del planeta Humbodlt y no lo leí.

Sin embargo, Herzog no es la primera novela que leo de Saul Bellow, hace unos quince años leí El planeta de Mr. Sammler, y me acerqué a este libro gracias a un artículo leído en la revista Clarín, en el que Antonio Muñoz Molina hablaba de algunos de los libros que más le habían marcado como escritor; y en la lista estaba éste de El planeta de Mr. Sammler (creo que acabé leyendo casi todos los libros de la lista de Muñoz Molina). Y aunque él recomendaba leerlo en inglés porque la traducción existente entonces -de Destino- era mala, lo encontré de saldo en un mercadillo y lo compré. Muñoz Molina tenía doblemente razón: El planeta de Mr. Sammler era un libro realmente bueno y la traducción era realmente mala.
Después leí, cuando Alfaguara lo sacó como novedad, la novela corta La verdadera, que fue saludada por la crítica como una estupenda obra menor.

Años después un profesor de Lengua del colegio donde trabajo –ahora jubilado- me preguntó si había leído a su admirado Saul Bellow y le dije que sí, aunque era consciente de que no había leído los libros que la crítica considera sus obras maestras.

Y desde hace unos meses he llegado a lo conclusión de que estaba cometiendo una torpeza con Saul Bellow, porque mi gusto literario es diferente al de mis padres y, dada mi pasión por la literatura norteamericana, y en gran medida por la literatura judía norteamericana, Bellow era un escritor con ingredientes más que suficientes para que me gustara.
Empecé a buscar por Internet información para saber cuáles eran las mejores ediciones de la obra de Bellow, y más de un artículo me informó de que Galaxia Gutenberg estaba sacando nuevas, y celebradas, traducciones de sus libros.

Compré hace unas semanas Herzog en la edición de Galaxia Gutenberg y la verdad es que tanto el libro (la novela en sí, y el volumen físico) como la traducción me han parecido excepcionales.

En Herzog conocemos a Moses Herzog, judío de 47 años, profesor universitario de filosofía con algún libro de prestigio publicado. Y ya en la primera línea de la novela se presenta así mismo diciendo: “Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer”. Herzog se enfrenta a una situación que lo mantiene desquiciado: su segunda mujer, con la que tiene una hija, le ha abandonado y se ha ido a vivir con su mejor amigo, en una casa de la que el propio Herzog paga el alquiler.

Herzog se dedica a escribir cartas, que nunca envía, en un cuaderno –y a veces tan sólo mentalmente- a familiares, amigos, científicos, estudiosos, personajes famosos… “Mírame a mí, por ejemplo: he estado escribiendo cartas atropelladamente en todas las direcciones. Palabras y más palabras. Persigo la realidad con el lenguaje. Tal vez me gustaría trasformarlo todo en lenguaje”, afirma en la página 361.

El recurso de las cartas escritas le sirve a Bellow para ceder el discurso narrativo a la primera persona del personaje. La novela está escrita en principio en tercera, aunque las palabras del narrador están fuertemente ligadas, siguiendo la técnica del estilo indirecto libro, a las del personaje. De hecho, sin recurrir a las cartas, en muchas ocasiones la voz del narrador es cedida a la primera persona de Herzog.

La estructura narrativa divide al libro al menos en dos partes, una primera en la que la narración avanza interrumpida con continuos saltos temporales hacia atrás, propiciados por la carta que Herzog decide escribir en ese momento (y que presentan a los personajes principales del libro). Una primera parte que se ha de leer con atención, pues los saltos temporales hacia atrás no son lineales, y el autor parece ceder al lector la responsabilidad de reconstruir el orden cronológico de la historia. Y una segunda, en la que el recurso de las cartas se va dejando de lado para presentar una narración más lineal, en la que Herzog interactúa con los personajes de los que se ha hablado durante la primera mitad del libro gracias a los saltos temporales.

El tema principal de Herzog sería el de la inutilidad del intelectual para valerse de sus ideas en un contexto práctico. Herzog puede ser un experto en Hegel, en los románticos… pero no sabe ver que su mujer le está siendo infiel con su vecino y mejor amigo. Bellow presenta también a la generación anterior a la de Herzog y sus amigos, la de los padres emigrantes de la vieja Europa, como personas más prácticas, y en cierto modo más reales. Todo esto narrado con un humor desquiciado e inteligente.
También me he podido percatar de que Bellow utiliza en esta novela bastantes elementos autobiográficos, pues Herzog ha pasado gran parte de su vida en Chicago, aunque nació en Montreal, y su familia proviene de Rusia; como el propio autor.

En muchos aspectos Herzog me ha recordado a las novelas de Philip Roth, quien también nos acerca a la realidad del intelectual –en su caso a la figura del escritor- con escasa capacidad práctica. En la contraportada de Herzog los editores ha colocado una cita de Philip Roth: “Dos autores constituyen la espina dorsal de la literatura norteamericana del siglo XX: William Faulkner y Saul Bellow”. Si Herzog se publicó en 1964, tengo claro que Philip Roth la había leído y estudiado a la hora de escribir El lamento de Portnoy, publicado en 1969, y que Saul Bellow es el padre literario más claro de Philip Roth.
De hecho, en la página 65 aparece una chica de apellido Portnoy, Geraldine Portnoy, que fue alumna de Herzog en la universidad y después es la canguro de su hija. Ella es quien primeramente descubre el lío que la mujer de Herzog tiene con su amigo, sepultando al protagonista de la novela de Bellow en lo que podríamos denominar el mal de Herzog.
Y además de una Portnoy, en Herzog también aparece un Zuckerman en la página 423.

Herzog, en esta edición de Galaxia Gutenberg, es una de las mejores novelas que he leído últimamente, y es un libro que me confirma y me anima en mi proyecto de retomar a los clásicos. De hecho, ya estoy leyendo un segundo libro de Saul Bellow.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Norte, por Edmundo Paz Soldán

Editorial Mondadori. 282 páginas. 1ª edición de 2011.

Estuve en la presentación que se hizo de este libro en la Casa de América de Madrid hace unos meses. Había asistido allí, medio año antes, a la presentación de Blanco Nocturno de Ricardo Piglia y en esta ocasión acudí a la sala con el libro comprado de casa, ya que quería tenerlo firmado y no estaba seguro de que lo fuesen a vender en la propia Casa de América. Los editores de Anagrama habían habilitado una mesa para vender la novela y mi precaución fue innecesaria. Con esta experiencia en el recuerdo, fui de nuevo en la Casa de América para la presentación de Norte sin haber comprado previamente la novela, pensando que podría hacerlo en el momento. No fue así. Los editores de Mondadori no habían pensado en la posibilidad de vender el libro que iban a presentar.
Por favor, señores de Mondadori tomen ejemplo de los de Anagrama. Aún existimos lectores que vamos a las presentaciones de libros porque nos interesa el autor y queremos comprar y leer el libro.

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) conversó sobre su vida y su novela con Rodrigo Fresán. Este último sacó a relucir su faceta de showman para poner en algún apuro a Edmundo y el acto resultó dinámico y agradable. Al final me pude acercar al autor para que me firmara su primera novela, Río fugitivo, en la edición de Libros del asteroide. Una semana después compré Norte (en realidad cambié el regalo que me habían hecho de un libro poco acertado por éste) en El Corte Inglés. Lo he leído la semana pasada sin la firma del autor.

Me interesaba Norte porque había leído en Internet que se trataba de la novela más ambiciosa de Paz Soldán, y este autor me había causado muy buena impresión con Río Fugitivo (ver AQUÍ), su novela de 1998.

Podríamos decir, en una primera aproximación, que Norte está compuesto por tres novelas cortas, unidas por el territorio físico en el que se desarrollan y por la procedencia de los personajes que trata, y que en algunos momentos, estas personas llegan a convergen.

La trama primeramente nos traslada a un pueblo del norte de México, Villa Ahumada, en 1984, y nos presenta a Jesús, un adolescente de 15 años, enclenque y cargado de odio. Pocas páginas después, quien se acabará convirtiendo en uno de los asesinos en serie más buscados de los Estados Unidos, comete su primer asesinato.
En el siguiente capítulo, nos encontramos al sur de Estados Unidos, en Texas (Landslide, 2008), y conocemos a Michelle, una ex estudiante de literatura, cuya familia es de origen boliviano, y que está enamorada del que fue su profesor argentino, Fabián.
El tercer capítulo nos hace retroceder hasta 1931, y nos acerca a Martín Ramírez en Stockton (California), un emigrante mexicano que trabaja en el ferrocarril y que, al perder la cordura, acabará en una institución mental; donde, desde su hermetismo, se dedicará a pintar unos cuadros que con el tiempo acabarán en algunos de los museos más importantes del mundo.

Tanto el personaje de Jesús como el de Martín Ramírez están basados en personas reales. Jesús en el asesino en serie conocido en Estados Unidos con el apelativo The Railroad Killer, por su afición a atacar a personas cerca de las estaciones de tren; y Martín Ramírez aparece en la novela con su nombre original (en Internet se pueden encontrar reproducciones de sus cuadros).
Michelle sí es un personaje inventado y si está basado en alguien real no lo es, al menos, en una persona pública. De las tres historias ésta es la única narrada en primera persona, imagino que al ser un personaje de origen boliviano, como el propio autor, Paz Soldán se sentía más seguro al crear la voz narrativa para ella.

Los capítulos no se van dando paso de forma mecánica en ternas de tres, sino que, tras la presentación de las historias, la que acaba ocupando más espacio y relevancia en la novela es la de Jesús y sus crímenes. Y la de Martín Ramírez es la que se narra en un menor número de páginas.

El tema de la frontera, su concepción física y mental, es fundamental para la construcción del libro. Así se habla de emigrantes de los años 30, cuando la frontera al norte era fácil de pasar; de inmigrantes en Estados Unidos de primera o segunda generación; del incremento gradual de vigilancia en la frontera para evitar su permeabilidad; de norteamericanos de origen hispano, pero cuyos antepasados ya ocupaban el territorio del sur de los Estados Unidos desde antes de que este país se anexionara parte del territorio mexicano.

Empecé a disfrutar realmente de Norte pasadas unas 50 páginas, porque hasta aquí lo leído me estaba resultando territorio trillado: un asesino en serio que mata porque oye voces; un pintor genial y loco, que piensa que los demás desaparecen si él cierra los ojos; y una estudiante de literatura que se enamora de un profesor brillante, pero que empieza a desquiciarse.

Una vez superado el nivel de la introducción de las historias, la que me resulta más floja es la correspondiente al pintor Martín Ramírez. La representación ficcional que hace Paz Soldán de su locura, su mutismo y su posible capacidad para aislarse de los demás, sobre todo al principio, me ha parecido que se exponía de una forma repetitiva. En todo caso, como la novela, esa historia adquiere más fluidez en su segunda mitad.

La historia del psicópata Jesús empieza a adquirir ritmo según le acompañamos al norte, atravesando los agujeros de una frontera que parece conocer a la perfección; y, sobre todo, al entrar en escena, actuando como contrapunto, el sargento Fernandez, de la policía tejana. Un representante del orden norteamericano de origen mexicano, que en más de una ocasión se apiada de los inmigrantes latinos y no los detiene. Fernandez intentará comprender a Jesús, las motivaciones para sus actos…
En el juego presentado entre Jesús y Fernandez, Norte me ha recordado a No es país para viejos de Cormac McCarthy. El propio Paz Soldán habló de McCarthy, en la presentación, como de un autor al que admira.
Y si comparamos Río Fugitivo con Norte, vemos que el estilo de Paz Soldán ha evolucionado desde un lenguaje exuberante, más al estilo hispanoamericano de, por ejemplo, Vargas Llosa o García Márquez (de este último se hablaba en aquella novela, por otro lado, sin mucho amor), hacia la sequedad fría de un norteamericano como Cormac McCarthy. También el empleo de las elipsis narrativas de Norte me ha recordado al de McCarthy en No es país para viejos.

Un hecho interesante que une a las tres historias, y del que me gustaría hablar, es la presencia de la locura, que Paz Soldán parece identificar con la locura creativa. Todos los personajes principales de este libro se acercan a la página en blanco: Jesús escribiendo unos cuadernos delirantes, plagados de faltas de ortografía, y en los que aboga por la destrucción mundial; Ramírez pintará en cualquier superficie que le suministren; Michelle intenta escribir y dibujar un cómic, y Fabián trata de crear una teoría global de la literatura hispanoamericana, pero, cada vez más, se sumerge en la locura de la droga.
La historia de Michelle es la que más postmoderna de todas, ya que las referencias pop -grupos de música, marcas comerciales...- son continuas. La versión Zombi que escribe sobre el cuento de Juan Rulfo Luvina me ha parecido uno de los momentos más brillantes de Norte.

Ya he dicho que el lenguaje de Paz Soldán se ha vuelto seco y preciso (de una sequedad espeluznante al describir los crímenes de Jesús), pero me gustaría destacar el gran trabajo realizado al intentar captar un español fronterizo, con construcciones mexicanas y términos adaptados del inglés, en muchos casos trascripciones fonéticas al español.

Como reflexión final diré que he leído Norte con un interés creciente, tras superar dudas iniciales; y que después de señalar algunas de las debilidades de este libro, su construcción y su ritmo me han parecido notables. Pero la verdad es que disfruté más de Río Fugitivo, y creo que esto es por un motivo claro: en Río Fugitivo Paz Soldán nos acerca a una realidad, la suya que, al menos para mí, era desconocida; la de la Bolivia de los años 80. Un país del que no conocía a ningún escritor para que levantara ante mí su mundo ficcional como interpretación del real. Fue muy interesante poder acercarme a la clase media-alta de la ciudad de Cochabamba y percatarme de que, tras los problemas sociales, raciales, o de cualquier tipo de localismo, las inquietudes de un adolescente, con aspiraciones a escritor, eran las mismas que las de cualquier adolescente del mundo. Y quizás esta sea una de las bazas más importantes de la literatura, la posibilidad de encontrar lo que nos une a los demás sobre el lecho de las diferencias geográficas, culturales o temporales. Y este territorio propio, sobre una base local, había sido conquistado por Paz Soldán en Río Fugitivo.
En cambio, en Norte Paz Soldán se acerca a un territorio que debe conquistar no desde la experiencia propia sino desde la del lector (biografía de Martín Ramírez o de the Railroad Killer) y recreando un lenguaje, el chicano, que no es propiamente el suyo. Y aquí el mérito de la conquista es más grande, pero también la posibilidad de no levantar el vuelo hasta las cotas que uno espera de un buen escritor como es Edmundo Paz Soldán.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El fanzine Vinalia Trippers

Vinalia Trippers es un fanzine que se dio a conocer en los años 90, como exponente de un discurso literario alternativo y más libre que el oficial.

Con el cambio de siglo y la irrupción del formato blog, el futuro de los fanzines se hizo incierto y Vinalia Trippers se dejó de editar una temporada. Desde hace unos años, sus fundadores decidieron darle una nueva oportunidad a la presentación de grapa y papel.


El escritor Vicente Muñoz Alvárez es uno de los fundadores de Vinalia Trippers, y también, entre otras cosas, administra el blog Hankover. A través de este blog, que empezó para promocionar un libro homenaje a Charles Bukowski, conocí a Vicente, que me colgó en Hankover un poema que yo había escrito sobre el autor californiano. Después, alguno más de mis poemas ha ido apareciendo en este espacio.

Hace unos meses Vicente contactó conmigo para proponerme participar en el nuevo Vinalia Trippers, dedicado a los cuentos y los poemas de terror. La idea me pareció divertida, puesto que la literatura de terror fue una de mis aficiones adolescentes.
Vicente me invitaba a escribir un poema de terror, y la verdad es que no estaba seguro de cómo sería enfrentarse a la escritura de un poema de género, puesto que mi poesía suele partir de un proceso de asimilación de experiencias reales.
Pensé, durante unas semanas, en cómo escribir ese poema de terror, y al final me centré en la necesitad de sugerir en unos cuantos versos, más que en mostrar, un mundo disonante; y acabé imaginando una especie de homenaje futurista a H. P. Lovecraft.


Este fanzine, número 11 de Vinalia Trippers, cuenta con 80 colaboradores entre escritores de cuentos o de poemas e ilustradores. El fanzine propiamente dicho está profusamente ilustrado, y a mí me ha hecho mucha gracia, en particular, la página final donde se imita a los anuncios de los tebeos y revistas que leía en los años 80. Además cuenta con un librito extra donde se recogen los poemas.


Dejo a continuación el enlace a la página de Vinalia Trippers, donde se puede encontrar información acerca de puntos de venta del fanzine y sobre sus diversos colaboradores.
Debajo copio el poema con el que participo en este Trippers from the crypt.

Pinchar AQUÍ para entrar en la página de Vinalia Trippers.

Mi poema para el especial Masters of horror:

PERDIDOS, ÚLTIMOS

Se alzan las ondas de las aves 
y en ellas se prenden los presagios,
el aviso de los acuciantes temblores.
Desapareció la luz eléctrica, el grifo,
la gasolina, el profesional, la máquina…
y su hueco lo cubrió esta música
de timbales, de cítaras, de tambor.
Es el sonido que debería contenerLe,
alejarLe, pero, cada vez más,
en mi interior, es el sonido
que Le precede; la ofrenda
que nos oculta es nuestra música,
la que pugna por que Él elija a otros.

Veo alzarse el oleaje de las aves,
tras mi muralla de esqueletos de coche,
el aleteo de sus sombras en el crepúsculo
sobre las antorchas de la ciudad
(de lo que fue la Ciudad, o una Ciudad),
y tomo mi flauta y danzo, mientras
el suelo abierto retumba, acogiendo
Sus pisadas. Su presencia vuelve
a cercarnos y nosotros vibramos
en la envoltura dúctil de la música,
dentro de nuestro círculo de fuego;
sin miedo, ardientes, subyugados,
perdidos, últimos, creyendo.


domingo, 11 de septiembre de 2011

Los andantes, por Federico Guzmán Rubio

Editorial Lengua de Trapo. 253 páginas. 1ª edición de 2010.

Con este libro, Los andantes, Federico Guzmán Rubio (México DF, 1977) ganó en enero de 2010 el VIII Premio de Narrativa Caja Madrid, para escritores en lengua castellana, residentes en España y menores de 35 años. Estuve pendiente del fallo, porque yo también participaba en ese premio (y, dada mi fecha de nacimiento, era el último año que podía hacerlo). Cuando apareció el libro, en marzo de 2010, lo hojeé, leí algunas páginas y pensé en comprarlo. Pero al final no lo hice por el siguiente motivo: llevo unos años intentando no sucumbir a la lectura competitiva; es decir, leer un libro de un autor joven con el afán de compararlo con lo que yo escribo, o en este caso con el libro que yo presenté al premio citado. Intento dedicar mi tiempo a una lectura puramente de disfrute.

Al final sí he leído Los andantes, debido a que hace unos meses tuve la oportunidad de conocer a su autor, con el que he mantenido alguna interesante conversación sobre literatura, y acabamos intercambiando mis Acantilados de Howth por sus Andantes. Y, si he de hacer un comentario comparativo entre este último y el libro que yo envié al premio (sin conocer ninguno de los demás presentados), Los andantes es un ganador más que meritorio, puesto que Federico Guzmán Rubio, con 32 años camino de los 33 a la hora del fallo, presenta una madurez narrativa y un control de muy diversos recursos técnicos encomiables.

Los andantes se divide en cuatro partes, que a su vez se descomponen en cuatro cuentos o capítulos (y en un caso en tres), y digo cuentos o capítulos porque ya la contraportada nos advierte de que “El lector decidirá si lee este libro como un conjunto de cuentos hilvanados o una novela disgregada”. Yo elegí la primera opción, y así en la primera parte conocemos al personaje de Jesús, un mexicano que durante los últimos 10 años ha estado trabajando en Estados Unidos y regresa ahora a su país con el deseo de encontrar a una antigua novia, Josefina; a buscarla parece dedicarse en los dos primeros cuentos. Y en el tercero nos topamos con el primer cráter narrativo que Guzmán Rubio nos propone en este libro; el protagonista vuelve a ser Jesús, pero ahora la acción se sitúa en Estados Unidos y parece ser que Josefina emigró en un primer momento con él y viven juntos. En este tercer cuento, Las mañanitas, se plantea una vida alternativa para Jesús si hubiese tomado sus decisiones en el pasado de otra manera, si su identidad se hubiese formando de otra manera. Y éste parece ser el hilo conductor que hilvana todos los cuentos del libro: la formación de la identidad, la aceptación de una de ellas, el deseo de trastocarla mediante el viaje, el cambio de trabajo, de pareja... Así, en el segundo cuento, La buena suerte, Jesús visita en México un burdel donde le pueden ofrecer el siguiente servicio: una prostituta caracterizada como su antigua novia Josefina, pero tal y como era cuando la dejó 10 años atrás.

En la segunda parte, también nos encontramos con el juego de los cambios de identidad en el primer cuento, Los mil rostros del amor, donde dos mexicanos que trabajan en Londres ayudan a su jefe a reconquistar a su mujer disfrazándole con diversas identidades, de luchador mexicano, de intelectual hispanoamericano, de bombero… En este cuento, como en muchos otros, una intención cómica o paródica domina la composición, que acaba pudiéndose leer como un cuento neofantástico de baja intensidad, al hacernos tomar como real la situación aparentemente disparatada que plantea.
En el tercer cuento de esta parte, La mano de Dios, se introduce un nuevo recurso técnico: en vez de estar narrado en primera persona, como hasta ahora, lo está en la primera persona del plural, y la localización vuelve a ser nueva, ahora nos encontramos en el norte de África. Y en el segundo, La mano de Dios, el escenario es un aeropuerto, donde el protagonista de esta segunda parte sufre un retraso y escucha el discurso que le hace un compañero de vuelo, que dice ser el árbitro del famoso partido Argentina-Inglaterra del Mundial del 86, en el que Maradona consiguió marcar sus dos goles míticos. Un compañero de vuelo que puede no ser quien dice ser, que puede estar de nuevo jugando al trastoque de identidades.

La tercera parte también se acerca a eso que he llamado, por no saber de qué otra forma hacerlo, cuento neofantástico de baja intensidad. Aquí se nos presenta a otro hombre joven mexicano que vive con una mujer francesa en la ciudad de Lyon. Esta mujer desea cumplir cada día con una misma rutina y no admite alteraciones en los elementos de su casa. El hombre mexicano se empezará a preguntar por su función en ese orden de cosas inamovible, qué representa él en ese contexto. Las respuestas las encontrará en los diarios que la mujer escribe y que le ha pedido que no lea. Esta tercera parte es la más hilvanada del libro y la de estructura más lineal. En el último cuento la lectura del diario de ella nos acerca -haciendo uso Guzmán Rubio de un nuevo recurso- al relato erótico.

En la cuarta parte se ensayan nuevos recursos narrativos, y así, el segundo relato, Para eso están los amigos, se construye con los diálogos que tres amigos intercambian en un bar de México, y el autor nos muestra aquí todo un despliegue de lenguaje coloquial mexicano. Uno de los personajes se inventa una identidad, la del conquistador maduro de una joven italiana con la que se ha encontrado, en un viaje de negocios, en su hotel de Bruselas. Por la descripción hecha, esta mujer parece ser la de la tercera parte, que en el tercer cuento de esa sección del libro ha viajado a Bruselas. El encuentro con la supuesta joven italiana (que el lector sabe que es francesa), descrito a los amigos, es falso. Este hombre ya ha desarrollado esta historia falsa en el anterior cuento, al contársela a un camarero de Bruselas que supuestamente, también, vivió en México en el pasado.
En el tercer cuento de esta parte, El otro hombre, se propone directamente el intercambio de identidades entre un mexicano que sueña con ser turco, y viceversa, en un juego muy a lo Julio Cortázar.
En el cuarto cuento, Nombre de guerra, el juego de elementos desarrollados en Los andantes se cierra, y el protagonista de esta sección tiene un encuentro sexual con una prostituta que parece ser la misma Josefina de la primera parte, pero en la versión en la que emigró a Estados Unidos con Jesús. Y también se desmiente el final que según sabemos tuvo el protagonista de la segunda parte.

La prosa desarrollada por Federico Guzmán Rubio en este libro, como ya he dicho, muestra una gran variación de recursos y registros. Y Los andantes es un libro que podría leerse como una novela fantástica (Jesús viajó a Estados Unidos con Josefina, Jesús no viajó a Estados Unidos con Josefina), y que observados uno por uno cada cuento sería realista. Pero no absolutamente realista, o al menos así me lo han parecido los juegos paródicos propuestos, a lo Julio Cortázar (como ese cuento de los disfraces citado) y que he llamado cuento neofantástico de baja intensidad. Y, a veces, la prosa se expande hasta  la reflexión borgiana, como en el siguiente párrafo: “También me alteraba que la escritura sugiera la posibilidad de que fuera viable concebir un día como una unidad casi indivisible o como un conjunto de fragmentos infinito; sé que se trata de una obviedad física, pero me intrigaban las consecuencias que esto pudiera tener en la vida y por lo tanto en la escritura, o viceversa” (pag. 148-149).

Los andantes me ha parecido un libro arriesgado, innovador en su juego de relatos cruzados que se complementan -o bien se niegan- en otros; en el que Federico Guzmán Rubio ha desplegado un medido elenco de recursos narrativos y de registros literarios, y que dada su juventud me hace pensar que tiene un gran mundo literario que desarrollar. Sé que Federico está ultimando ahora una novela, cuyo argumento realmente promete. Esperemos verla pronto publicada.