domingo, 27 de marzo de 2011

Glosa, por Juan José Saer

Editorial Destino. 259 páginas. 1ª edición de 1985, ésta de 1988.
(La foto la he tenido que hacer yo, porque no encuentro en internet la imagen de Glosa en la edición de Destino, sólo aparece en la edición Argentina de Seix Barral)

Ya comenté, hace unos meses, al hacer balance de las lecturas de 2010, que uno de los descubrimientos de ese año había sido la literatura de Juan José Saer (Santa Fe, Argentina, 1937; París, 2005), y que me había propuesto seguir con él en 2011. A pesar de que sus libros (salvo La grande) son prácticamente inencontrables en librerías, se pueden conseguir de tres modos: librerías de segunda mano, bibliotecas y librerías especializadas en literatura hispanoamericana, donde sus obras, en las nuevas ediciones de Seix Barral, son importadas desde Argentina.

La Wikipedia, con su difusa acumulación de datos nebulosos, afirma que Glosa es la mejor novela de Saer según “algunos críticos”. La he encontrado en la biblioteca de Retiro, en Madrid (entre noviembre de 1992 y abril de marzo de 2011 ha sido requerida 13 veces, incluyéndome a mí).
Según la Wikipedia, de nuevo, y un interesante artículo que encontré en Internet, publicado por Milly Epstein Jannai (ver aquí), Glosa toma como modelo El banquete de Platón.

La novela nos lleva a la mañana del 23 de octubre de 1961, y discurre en un tiempo real que apenas alcanza los 60 minutos. Ángel Leto, de 21 años, siguiendo un impulso, se baja del autobús que lo lleva al trabajo y empieza a caminar por “la ciudad” (Santa Fe). En su caminata se encuentra con el Matemático, de 27 años, que acaba de regresar a la ciudad tras un viaje por Europa de 3 meses. Ambos son conocidos, de un amplio círculo de amigos. El Matemático le comenta a Leto que la semana anterior se encontró con Botón (a quien Leto no conoce en persona), y éste le estuvo contando, en un trayecto por el río, cómo fue la fiesta celebrada por el 65 cumpleaños de Washington Noriega en una finca de Colastiné. En la escasa hora que ocupa el tiempo de la novela, y en un paseo de 21 cuadras, el Matemático narrará a Leto lo acontecido en la fiesta de cumpleaños a la que no ha asistido ninguno de los dos.

El tema principal de Glosa –y de gran parte del universo saeriano- es la percepción de la realidad; la imposibilidad de captar todos los hilos que mueven nuestro acercamiento a lo real, lo que sólo podemos alcanzar mediante nuestros sentidos, y cómo, a la vez, ellos mismo nos limitan. “(…) el sentimiento, decía, de no pertenecer del todo a este mundo, ni desde luego, a ningún otro, de no poder reducir nunca enteramente  lo externo a lo interno o viceversa, de que por más esfuerzos que se hagan siempre habrá entre el propio ser y las cosas un divorcio sutil del que, por razones oscuras, el propio ser se cree culpable, el sentimiento confuso y tan inconscientemente aceptado que ya se confunde con el pensamiento y con los huesos, de que el propio ser es la mancha, el error, la asimetría que con su sola presencia irrisoria enturbia la exterioridad radiante del universo” (página 91).

El Matemático reconstruye para Leto lo que Botón reconstruyó para él una semana antes. El Matemático conoce a casi todas las personas de las que habla, y el lugar donde tuvo lugar el cumpleaños, no así Leto, nuevo en la ciudad, y para quien la fiesta en la finca de Colastiné, su imagen de ella, será formada por la idea previa de otras fincas y otras personas.
En más de un momento las palabras de ambos evocarán en el otro asociaciones diferentes a las que cada interlocutor podría presuponer. Así, en más de una ocasión, los pensamientos de Leto irán a recaer sobre las circunstancias que rodearon al suicidio de su padre, acaecido un año antes. Y los pensamientos del Matemáticos le llevaran a rechazar a la burguesía, clase social a la que pertenece.

Pasadas las 100 páginas aparece Carlos Tomatis, uno de los personajes emblemáticos del universo saeriano, uno de los protagonistas de la fiesta de Washington, abrumado por un agudo sentimiento depresivo. Tomatis acompaña a Leto y al Matemático durante algunas cuadras más del paseo y dará su propia versión de lo acontecido, una versión que puede contradecir a la de Botón, y, de la que, una vez que Tomatis deja a los andantes, éstos desconfiarán.

En la página 135 tiene lugar uno de los momentos más interesantes de la novela, cuando el narrador nos desvela qué va a ser del Matemático y Leto en 1979, un tiempo que también es ya pasado en la novela. Lo narrado durante la caminata de 1961 se ha incorporado ya a su bagaje de recuerdos, aunque sea recuerdos falsos creados a partir de una evocación personal. El Matemático paseará por París con Pichón Garay en 1979, y evocarán de nuevo la fiesta de cumpleaños. En los recuerdos de Garay, que sí estuvo allí, se ha incorporado la presencia del Matemático, que habrá de desmentir ese recuerdo falso.
En este salto al futuro, Glosa adquiere su dimensión política. A los tres personajes principales del libro, Leto, el Matemático, Tomatis le aguarda, tras su juventud en la ciudad, la muerte violenta a manos de los militares, el exilio, la clandestinidad..., todo un conjunto de despropósitos vitales que hacen trascender el aparentemente banal momento de una mañana de octubre de 1961 y la descripción inocente de una fiesta, en la que el auténtico nexo de unión entre los personajes serían las simpatías políticas.

 
El estilo que Saer despliega en esta novela está muy trabajado, con continuas repeticiones que crean tonalidades poéticas en el texto. El narrador nos acerca a la historia desde la oralidad; formulas como “decía”, “¿no?”, aparecen continuamente. Pero la oralidad es sólo un primer acercamiento al material narrado, los puntos de vista de los personajes se irán matizando por las continuas reflexiones del narrador sobre la capacidad de los sentidos y la memoria para retener lo real. En la página 218 se lee, casi a modo de resumen de lo expuesto: “como se supone que estamos de acuerdo en que todo esto –lo venimos diciendo desde el principio- es más o menos, que lo que parece claro y preciso pertenece al orden de la conjetura, casi de la invención, que la mayor parte del tiempo la evidencia se enciende y se apaga rápido más allá, o más acá, si se prefiere, de lo que llaman palabras, como se supone que desde el principio estamos de acuerdo en todo, digámoslo por última vez, aunque siga siendo la misma, para que quede claro: todo esto es más o menos y si se quiere –y después de todo, ¡qué más da!

He encontrado algunos paralelismo entre esta novela y la obra póstuma de Saer, La grande. En ambos libros hay una caminada y se narra la conversación que tiene lugar en ella, y los narradores evocan imágenes diferentes; en ambas novelas hay una fiesta, en Glosa ya ha acontecido, y en La grande acontecerá en las últimas páginas; y en ambas, una imagen final nos dará una idea del absurdo del mundo, una pelota de goma en Glosa y una bolsa de plástico en La grande.

Me ha gustado reencontrarme con algunos de los personajes de Saer que ya conocía, Carlos Tomatis, Washington Noriega, Pichón Garay, los Rosenberg… y ese mundo de derivaciones filosóficas, políticas, humanas…

He vuelto a sacar de la biblioteca de Móstoles La grande con la intención de hojearla y comparar el listado de personajes que acuden a la fiesta de Glosa con los que acuden a la fiesta en La grande y he encontrado con más de una coincidencia. Además, casi abriendo La grande al azar, ha aparecido un personaje segundario, un tal César Rey, que intentó conseguir que Gutiérrez perdiera la virginidad en aquella novela y que es el mismo que se emborracha con Leto en Glosa cuando éste se encuentra hundido por el suicidio del padre.

Como comentario final apuntaría que Glosa es una novela plagada de aciertos narrativos, que contiene ideas -innovadoras, profundas- sobre el arte de narrar que aprecio, en buena medida, como escritor. Quizás, como lector, el ritmo me ha parecido un poco lento en algún momento, y la combinación entre lo mundano y lo profundo me interesó más en La grande.
En todo caso, sigo con ganas de profundizar en el rico universo saeriano.

domingo, 20 de marzo de 2011

Limpieza y absorción, por Javier Cánaves

Editorial Delirio. 99 páginas. 1ª edición: febrero de 2011.

Hace un año y medio comenté la aparición de la primera novela de Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) en la editorial Baile del Sol, pero lo que no dije en aquel momento era que a Cánaves le conocía principalmente por su poesía. En 2003 ganó el XVIII premio de poesía Hiperión, con su libro Al fin has conseguido que odie el blues, uno de los mejores premios Hiperión que recuerdo. También he leído de él su poemario posterior, El peso de los puentes, Premio Ciudad de Palma Rubén Darío en 2005 y editado por DVD.
Ahora Javier Cánaves publica un nuevo poemario en la editorial Delirio, de curioso formato: caja de impresión cuadrada, de más o menos la mitad de altura de un libro tradicional, con papel satinado y letra pequeña y apretada.

La poesía de Cánaves se caracteriza por su línea narrativa y clara, de carácter normalmente elegiaco por el amor o el tiempo que se fue. Y en este sentido Limpieza y absorción constituye un paso adelante más de su proyecto poético.

Limpieza y absorción se divide en siete secciones, y los poemas que se encuentran en cada una de ellas están significados por alguna característica común: poemas genéricos con personajes urbanos, poemas sobre el yo, poemas sobre la propia literatura…

Si comparamos Limpieza y absorción con el libro emblemático de Javier Cánaves, Al fin has conseguido que odie el blues, podemos señalar dos características diferenciadoras: aquí nos encontramos con algunos poemas más cortos que los poemas narrativos del libro anterior, y también, por el contrario, con extensos poemas en prosa.

Con los años el tono de los poemas de Cánaves se está haciendo más irónico, más sarcástico en su constatación del absurdo que constituye el mundo. Así llegará a afirmar en la página 55: “Sé demasiadas cosas, unas / del todo inútiles, y otras / inútiles también”.
La ciudad aparece en Limpieza y absorción como un escenario anodino, ajeno, que nos puede recordar a los poemas cortos de Karmelo Iribarren; un lugar donde del caminar del ciudadano  “no quedará ni rastro / de su epopeya, nada / que acredite su paso” (página 32).

En el juego con el lenguaje, Cánaves se vuelve a veces más seco, más cortante al usar de forma efectista e irónica expresiones coloquiales: “Quién coño quiere realidad” (página 21) o escribiendo un poema entero sólo con frases hechas que se suelen usar en las relaciones de pareja, en la página 70-71, el poema titulado L´educacion sentimentale, dejando una sensación de tristeza ante la vida cotidiana, repetitiva, cansina.

Al leer Limpieza y absorción me ha parecido encontrarme con la influencia benefactora de varios poetas que admiro, principalmente de la generación de los 70; con los juegos irónicos y lúcidos sobre el paso del tiempo de Miguel D´ors; o la distancia sobre el absurdo de todo de Juan Luis Panero, como en el poema que da título al poemario. También he sentido la presencia de Roberto Bolaño en el poema más extenso del libro, separadasydivorciadas.org, donde Cánaves se dedica a narrar como fueron asesinadas las 77 mujeres muertas en España por violencia de género en 2008, una cruel enumeración que me ha recordado a La parte de los Crímenes de 2666.

Quizás los poemas que más destacaría han sido los últimos, cuando el tono irónico o de juego inicial da paso a unos versos elegiacos más sentidos, en los que se muestra la pérdida y el miedo a la decadencia sin las capas del distanciamiento irónico. En este sentido resaltaría poemas como Estación de servicio (pág. 72) o Camino del infierno (pág. 75), donde -en este último- el poeta dialoga en el futuro con su hija Floriane.

En las páginas finales el poeta llega a afirmar: “me vendo humo sin escrúpulos” (pág. 87) para dejarnos, conmovidos, en la página 99, sin heroísmos en una tarde de mayo, lejos de cualquier mal de amor o revolución adolescente.
Un logrado libro de poemas.

domingo, 13 de marzo de 2011

Picnic en Hanging Rock, por Joan Lindsay

Editorial Impedimenta. 307 páginas. 1ª edición de 1967, ésta de 2010.

Paseando por las mesas expositorias del Fnac de Callao me encontré con esta novedad de las cuidadas ediciones de Impedimenta, Picnic en Hanging Rock. El título y las frases de la contraportada me hicieron viajar en el tiempo más de 20 años. Yo había visto, recordé entonces, una película basada en este libro cuando tenía entre 10 y 12 años. Y algunas de sus escenas, un recuerdo perdido y entonces recuperado, volvieron a mí en la última planta del Fnac de Callao. La película, cuando la vi, entre los 10 ó 12 años -si no recuerdo mal un viernes por la noche, en un programa que luego tenía un debate-, me generó bastante inquietud. Allí, en Picnic en Hanging Rock (1975, director: Peter Weir), se planteaba un misterio sin resolución final; algo que a mí, a aquella edad remota, me resultó extraño, como si el director me hubiese escamoteado el significado de su película, o esta se hubiese quedado a medias.

La autora de la novela en que se basaba aquella película, Joan Lindsay (1896-1984) pertenecía a una famosa familia de artistas australianos, y Picnic en Hanging Rock es su obra más famosa; “una de las más míticas novelas de culto de la literatura anglosajona”, según apunta la faja de Impedimenta.

La trama se inicia el 14 de febrero de 1900. En este día de San Valentín, las 20 chicas del colegio Appleyard están nerviosas porque pronto saldrán del edificio en que viven confinadas para pasar el día en un lugar de formación volcánica, llamado Hanging Rock, una elevación natural de la planicie australiana de unos 150 metros casi verticales (el lugar existe realmente, se puede buscar en Internet). Y esto ocurrirá después de haberse entregado, entre ellas, tarjetas de San Valentín, como si cada una de ellas tuviese un amante fantasmal esperándolas.

Picnic en Hanging Rock se podría clasificar como una novela gótica, ya que su primer capítulo me ha hecho pensar inmediatamente en el colegio Lowood, donde pasa su infancia Jane Eyre en la novela homónima de Charlotte Brontë; aunque es cierto que el colegio Appleyard no parece tan siniestro, un halo amenazante no deja de cernirse sobre él.

Durante  el Picnic 4 chicas deciden explorar Hanging Rock, y una fuerza poderosa e irracional parece empujarlas hacia su cumbre. En ella se internarán las 3 más mayores, y la cuarta regresará a la zona de picnic presa de un ataque de histeria. También, la profesora de matemáticas, una estricta mujer de 45 años, parece recibir la llamada de la Roca  y se pierde en sus elevaciones.
Nada sobrenatural está ocurriendo aparentemente. Recordaba de la película una carga erótica, unida a la del misterio, en estas escenas del ascenso de las chicas por las rocas, despojadas de calzado y de parte de sus aparatosos vestidos. Este componente erótico se encuentra en la novela; velado, subterráneo, pero está ahí. Además, los relojes de los participantes en el picnic se han parado a las 12 del mediodía, lo que añade una carga más de misterio, puede que sobrenatural, a la escena.

“Se recordó a sí mismo que ahora estaba en Australia: Australia, donde cualquier cosa podía ocurrir”, reflexiona en la página 53 Mike Fitzhubert, llegado al continente-isla, desde Inglaterra, hace apenas unas semanas.

El misterio de la desaparición en Hanging Rock se extiende por la comarca, y Joan Lindsay nos narra, bajo el aparente enfoque de la reconstrucción de unos hechos reales en forma de crónica, como la desaparición de esas 4 personas, sin dejar rastro, afectan a los protagonistas de la novela.

8 días después de los extraños sucesos, Mike, que estaba también de picnic en Hanging Rock en el momento de la desaparición, siente la necesitad de hacer algo (parece que se enamoró a primera vista de una de las chicas, Miranda) y junto a su amigo Albert, el cochero de la familia, decide regresar a la Roca y pasar una noche él solo allí. También, estas páginas me pareció que tenían un gran componente gótico, ya que me ha recordado a las escenas en que Heathcliff llamaba a la desaparecida Catherine en los paramos de Yorkshire en la novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas. Una de las chicas aparece, gracias al empeño de Mike, como si éste hubiese podido invocarla, en la Roca tras estos 8 días, viva, con los pies ilesos, sin recordar nada de lo sucedido.

“El miasma de los miedos ocultos se iba haciendo cada vez más grande y más oscuro”, escribe Joan Lindsay en la página 170, cuando el misterio que emana de Hanging Rock va expandiendo sus círculos concéntricos.

Joan Lindsay parece basarse en el modelo de la novela gótica inglesa para escribir su novela, sobre todo en los libros de las hermanas Brontë. Y, aunque su escritura tiene un cierto aire decimonónico, con un voz narrativa omnisciente, que a veces nos hace reflexionar sobre su propia narración (con expresiones del estilo de “En el capítulo anterior hemos contemplado” página 251), la novela se adentra en el siglo XX al usar sus recursos decimonónicos con una carga irónica, que puede llegar a ser sarcástica, principalmente cuando nos habla de la dueña del colegio, la señora Appleyard, el principal personaje negativo del libro.

El misterio planteado en este libro es interesante y el juego entre ficción / realidad, o relato realista / relato fantástico está bien llevado y uno avanza por sus páginas con una importante dosis de intriga (a pesar de que los recuerdos difusos de la película, vista un viernes de hace más de 20 años, hacían que ya supiera en esencia lo que iba, o mejor dicho no iba, a pasar).
 Sólo había leído antes un libro de un autor/a autraliano/a, Un libro para niños basado en un crimen real, de Chloe Hooper, y ha sido curioso regresar y leer una historia ambientada en este país. Quiero ahora volver a ver la película.

(Son de agradecer las notas que la traductora, y también escritora, Pilar Adón, ha añadido al texto; así como el prólogo, a cargo de Miguel Cane)

domingo, 6 de marzo de 2011

Los suicidas, por Antonio Di Benedetto

Editorial Adriana Hidalgo. 196 páginas. 1ª edición de 1969, ésta de 1999.

Si en El silenciero nos encontrábamos con un narrador obsesionado por el ruido, en esta novela de Di Benedetto, Los suicidas -que según Juan José Saer cerraría una especie de trilogía, comenzada con Zama y seguida por El silenciero, en función de su unidad estilística y temática-, nos hallamos ante un narrador obsesionado con la muerte, en su variante del suicidio.

“Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde.
Tenía 33 años.
El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad”.
Con estas tres frases breves y contundentes arranca la novela. Palabras a las que llegamos tras pasar la página en la que está situada una cita de Albert Camus: “Todos los hombres sanos han pensado en su suicidio alguna vez”.

El narrador trabaja como reportero en una agencia de noticias y recibe de su jefe el encargo de investigar las causas que han llevado a dos suicidas a tomar esta decisión.
Los suicidas está compuesta, hasta cierto punto, como una novela policiaca. Existe la investigación de unas muertes, aunque los asesinos son claros, desconocemos los motivos; el personaje se muestra esquivo, solitario, apartado de los otros; y además se va relacionando con varias mujeres, siempre desde un punto de vista cínico y desapegado. Y, siguiendo las pautas de la novela negra, los misterios, lejos de desentrañarse, nos conducirán a otros mayores, hablándonos por el camino de las contradicciones o zonas oscuras de una sociedad (posiblemente la bonaerense de la década del 60 del siglo XX) y de los rincones turbias del propio personaje, obsesionado con el suicidio del padre y la posibilidad de que esta “enfermedad” sea hereditaria. El abuelo del narrador, como se nos cuenta en la página 45, llevó a decirle en el pasado, cuando era un niño: “Doce, doce suicidas hubo ya entre los nuestros”, “con mi padre, que todavía no entraba en la cuenta de mi abuelo, los suicidas suman 13”.

Si Di Benedetto nos hablaba en Zama de “El horror. El horror del absurdo que nos atrapa”, en El silenciero apuntaba: “¿cómo pueden ignorar lo esencial, que el error se halla incorporado a la raíz del hombre?”, en Los suicidas nos dice: “la cuestión no es por qué me mataré, sino por qué no matarme” (página 52), completando una visión negativa, o existencialista -muy al gusto de la época en que fueron escritas-, del hombre.

En El silenciero el protagonista deseaba aislarse del exterior mediante la escritura de una novela, tarea siempre imposible, y, paralelamente, en Los suicidas el narrador se refugia de la realidad en el cine, “Me voy al mundo sobrenatural del cine” (pág. 99), como si los personajes de Di Benedetto siempre tuvieran que encontrar cobijo frente a las amenazas externas.

La novela avanza, claustrofóbica, en medio de llamadas para investigar nuevos casos de suicidio; entre notas sobre el distinto punto de vista de las religiones, palabras de filósofos sobre el tema; mientras la idea del suicidio va haciendo mella en el protagonista según se acerca a la fecha en la que su edad igualará a la del día de la muerte de su padre, el suicida.

“Yo opino que el tema de la muerte es un tema prohibido”, le dice el narrador a su jefe en la página 131 cuando éste le avisa de que seguramente no encuentren compradores para el reportaje que están llevando a cabo.

Me ha parecido valiente esta narración de Di Benedetto en torno a un tema tabú, con un trasfondo muy existencialista.

Una vez terminada la trilogía formada por Zama, El silenciero, y Los suicidas, opino que Zama es la mejor novela de las tres, pero que, como dice Juan José Saer, el conjunto es realmente notable y el rescate llevado a cabo en Argentina por Adriana Hidalgo editora muy pertinente.
Estos libros pueden encontrarse en España, ya que Adriana Hidalgo tiene distribución aquí. La pena es que no llegan a ser reseñados en los suplementos culturales y puede pasar desapercibido el rescate de una obra de gran calidad, que ya fue lanzada en los 70 en España por Alfaguara.

domingo, 27 de febrero de 2011

El silenciero, por Antonio Di Benedetto

Editorial Adriana Hidalgo. 192 páginas. 1ª edición de 1964, ésta de 2007.

En los Cuentos completos (textos originales) de Franz Kafka, publicado por la editorial Valdemar con traducción de Rafael Hernández Arias, encontramos varias composiciones con el tema del ruido como generador de angustias.
Existe un texto corto de Kafka –apenas media página- titulado El gran ruido (1911), donde escribe: “Estoy sentado en mi habitación, en el cuartel general del ruido de toda la casa”. Pero sobre todo, el tema del ruido como interrupción, como locura, lo desarrolla Kafka en un texto sin título, al que en la edición de Valdemar llaman Blumfeld, un soltero de cierta edad…(1915), 15 páginas abandonadas, quizás el comienzo de una novela, donde el escritor de Praga nos habla de Blumfeld, un hombre que no adquiere un perro por los ruidos y las molestias que le puede ocasionar y que decide vivir sólo, buscando la limpieza y el silencio. Blumfeld llega a su casa, pensando en el perro que pudo tener y no tiene, y ocurre lo siguiente: “le llamó la atención un ruido procedente del interior. Un ruido peculiar, como un tableteo, sin embargo muy vivaz, muy regular. (…) Abrió rápidamente la puerta y encendió la luz. No estaba preparado para esa visión. Dos pequeñas pelotas de celuloide, de color blanco y con rayas azules, botaban en el parqué una al lado de la otra; mientras una tocaba el suelo, la otra estaba en el aire e, incansables, continuaban el juego”. Las pelotas, su ruido, comienzan a perseguirle por toda la casa. Cuando se sienta en una silla ellas se sitúan detrás, las trata de ignorar, las persigue… y 20 páginas después (en la versión de Valdemar) Kafka abandona un texto que podría haber sido una de sus grandes novelas.

El silenciero es una novela de Di Benedetto más kafkiana que Zama, y en ella se nos propone también el ruido como locura, como imposibilidad de enfrentarse a la vida.
El narrador sin nombre de El silenciero, cuya acción se sitúa, como dice Benedetto “en alguna ciudad de América Latina, a partir de la posguerra tardía (el año 50 y su después resultan admisibles)", comienza hablándonos de un pequeño problema doméstico: desde el patio, llega a su casa un ruido, “Yo abro la cancel y encuentro el ruido” (página13 y segunda frase de la novela). El ruido exaspera al narrador, que tiene 25 años y un trabajo de tarde en una oficina, pero durante el comienzo de la novela este hecho no rebasa el orden cotidiano de la narración. Durante la primera parte del libro, el narrador nos habla de su amigo Besarión, compañero de trabajo, de su amor en la distancia por una vecina, Leila, y de su relación con una amiga de ésta, Nina, así como de su madre y del trabajo en la oficina.
El narrador tiene en mente escribir una novela titulada “El techo”, pero el ruido siempre estará ahí para interrumpirle, para desbaratar sus planes y su mente.

El ruido, en más de una referencia en la novela, se une a la idea de progreso. “Lo que entra allí es progreso, pero no está donde tendría que estar, porque todo, alrededor, se halla habitado, y la gente no puede ni dormir, ni comer, ni leer, ni hablar en medio del desorden de los sonidos” (pág. 52).

El ruido empieza a descomponer la posible normalidad en torno al narrador, en torno a su aburrimiento de clase baja-media: su amigo Besarión, posiblemente loco, obsesionado con organizaciones secretas; su relación con Nina, la amiga de la chica del la que se ha enamorado, y que acabará siendo su esposa; la relación con su madre…
En la página 102 el narrador llega a preguntarse: “¿cómo pueden ignorar lo esencial, que el error se halla incorporado a la raíz del hombre?”, frase que podría haber pronunciando también Zama, en la novela anterior, dos siglos antes, y que parece una síntesis de las reflexiones de Benedetto sobre la existencia.
La Ley, como en las novelas de Kafka, no parece poder ayudar al protagonista. La Ley de los hombres sólo conseguirá que se enfrente a los otros, a sus ruidos, sin posibilidad de victoria, o sólo alcanzando victorias temporales, insuficientes.

El ruido asedia al narrador: abren un taller mecánico cerca de su casa, y cuando se cambie de vivienda, se irá topando con salas de baile, con mercados, con radios; incluso, durante unas vacaciones en el campo, con los ruidos primitivos de la herrería del pueblo…

En la segunda parte del libro ya no hay tregua, el ruido domina la vida del narrador, cada vez más alejado de la normalidad, de los otros, hasta su aislamiento total… Su amigo Besarión llegará a decirle: "Usted oye ruidos metafísicos" (pág. 175)

El lenguaje, como dice Juan José Saer en el prólogo de este libro, y cuyas palabras ya copié en la entrada sobre Zama, sigue siendo aparentemente lacónico, organizado en frases cortas, pero muy trabajado, despojado hasta lo esencial.

Zama es una novela superior en su concepción, en sus temas y planteamientos de escenas a El silenciero, pero esta novela kafkiana, angustiosa, que funciona como muestra de una posibilidad atroz de la vida, avanza hacia su final desolador sin fisuras.

martes, 22 de febrero de 2011

Zama, por Antonio Di Benedetto

Editorial Alfaguara. 246 páginas. 1ª edición de 1956, ésta de 1979.
(ninguna de las dos portadas que se muestran aquí es la de la edición que he leído. La de Adriana Hidalgo sería la más fácil de encontrar ahora en España, y la de Alfagura debe ser la que precede a la que tengo yo, ya con una imagen en la portada, de 1979)

Sensini es quizás el mejor cuento de Roberto Bolaño, y uno de los mejores que he leído nunca, capaz de emocionarme cada vez que lo releo u hojeo. En él, el narrador nos cuenta que cuando, a los veintitantos años, vivía en Girona y era “más pobre que una rata”, participó en un concurso de cuentos, donde obtuvo el tercer accésit. La sorpresa para él fue que, al recibir el libro editado por el ayuntamiento que organizaba el premio con el ganador y los seis finalistas, se percató de que el segundo accésit (que no el ganador) pertenecía al escritor argentino Luis Antonio Sensini. El narrador pide la dirección de Sensini al ayuntamiento que organizó el premio e inicia una relación, primero epistolar y luego personal, con él.

Dice el narrador de este cuento sobre Sensini: “Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba Ugarte y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. (…) Sensini (…) pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido era Haroldo Conti. (…). A mí me gustaban (…). Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuanto le quería.”

Allá por el año 1999 leí por primera vez, en un tren, el cuento de Sensini, envuelto por la tristeza que Bolaño imprimía al fracaso del sueño del escritor, su escasa relevancia social, su olvido. Lo acabé de leer, intenté empezar otro, bajé el libro, y me dediqué a contemplar el paisaje tras la ventana del tren. Un cuento que había leído como si fuese una invención melancólica y magnífica.

Hoy sé que el narrador de Sensini es el propio Bolaño, que el cuento que le hizo acreedor de aquel tercer accésit se llama El contorno del ojo (está enlazado en este blog en una de las etiquetas de Bolaño), que Luis Antonio Sensini en realidad es Antonio Di Benedetto (Mendoza 1922, Buenos Aires 1986), exiliado en España después de que la dictadura militar argentina le encarcelase y torturara, y que la novela Ugarte en realidad se llama Zama. El libro que he leído durante los últimos días.

De Di Benedetto la editorial Alfaguara publicó casi todas sus obras durante los años 70, fue un escritor reconocido en vida, traducido a varios idiomas, del que Jorge Luis Borges ha dicho: “Ha escrito páginas esenciales que me han emocionado y que siguen emocionándome”, Augusto Roa Bastos: “Zama es uno de ese libros fundamentales que han creado su propio lenguaje; una escritura inimitable hecha de extremo rigor y despojamiento”, Juan José Saer: “Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo”. Y, como diría Bolaño, Di Benedetto es hoy día (al menos en España) un escritor casi olvidado.

En la librería La Central, anexa al museo Reina Sofía de Madrid, pude comprar la semana pasada Zama en la edición de Alfaguara de 1979, un volumen envuelto en su plástico original, totalmente nuevo (impreso en Móstoles, para más información).

Zama es una novela de las que hacen lectores y trata de algunos momentos de la vida de Diego de Zama, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII.

El libro se divide en tres partes marcadas por tres fechas, tres momentos en la vida de Zama, 1790, 1794 y 1799.
En 1790 Zama tiene 35 años y es un burócrata destinado en una ciudad de la que se da alguna referencia y que, tras investigar por Internet, parece ser Asunción del Paraguay. Zama espera un traslado que le acerque a alguna metrópoli, Buenos Aires, Santiago de Chile, donde pueda vivir con su mujer e hijos (en ese momento lejos, en Buenos Aires); mientras espera carta de su familia o noticias sobre su traslada trata de conquista a alguna de las blancas de la colonia, que calme su sed.
La novela escrita en 1956 no pretende ser una novela histórica –aunque la verdad es que la ambientación es magnífica- sino que entroncaría con el existencialismo francés, ya que la espera de Zama acaba teñida de un tinte kafkiano, un abandono cósmico que le hará decir en la página 185: “El horror. El horror del absurdo que nos atrapa. Este es el horror de la fascinación”.

Es 1790, un año después de la Revolución Francesa, y en Asunción de Paraguay la esclavitud sigue estando a la orden del día, y más para Zama, creyente en viejos valores.
En esta primera parte aún nos encontramos con un Zama guerrero, vigoroso, aunque también burlado.

En la parte correspondiente a 1794, la melancolía de la derrota comienza a envolver a Zama, empobrecido por los retrasos que sufre de su sueldo por parte de la corona española.

Y en 1799, Zama, sorpresivamente, se convierte en un hombre de acción, que se une a una partida del ejército que sale de la ciudad, que le tiene atrapado, para intentar capturar a un delincuente huido. Pero la marcha de Zama es contraria a la civilización y la metrópoli que tanto anhela, y en todo momento, en territorio indio, el lector teme que, como al Arturo Cova de La vorágine, lo acabe devorando la selva.

El realismo de Zama se acaba deshaciendo en varios momentos, en varias apariciones o ensoñaciones que dan un aire misterioso al texto. Sobre el lenguaje de esta novela dice Juan José Saer: “Di Benedetto es uno de los pocos escritores que ha sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia soprendente”.

Al leer Zama he supuesto que Gabriel García Márquez lo leyó también y que esta novela influyó sobre su El coronel no tiene quien le escriba, publicada en 1961. También, en su reconstrucción histórica, me ha recordado al Juan José Saer de Las nubes.

Ya he comprado en La Central El silenciero (que leo ahora) y Los suicidas, para completar la trilogía de la que habla Saer, en la editorial argentina Adriana Hidalgo, que tiene distribución en España. Al parecer en Argentina la figura de Di Benedetto está siendo rescatada con éxito, y esperemos que en España su nombre vuelva a sonar junto a los grandes del siglo XX de la narrativa hispanoamericana. Mientras tanto, como dice Roberto Bolaño en su cuento Vagabundo en Francia y Bélgica, hablando de otro escritor olvidado, yo lo leo, yo me preocupo por él, porque nadie más lo hace y porque era muy bueno.

lunes, 21 de febrero de 2011

La ciudad con cines

El año pasado el nombre de mi blog comenzó a ser impreciso. Cuando dejé de vivir en Móstoles, y me mudé a Madrid, ya no escribía mis entradas “desde” esa ciudad sin cines. A partir del 4 de febrero el nombre del blog ha pasado a ser doblemente inexacto: Móstoles vuelve a tener cines.

Los multicines del centro comercial de la avenida Dos de Mayo, después de años de abandono (al menos, que yo recuerde, casi una década) han reabierto las puertas de sus cinco salas. Ayer fui a comer a casa de mis padres y antes de volver a Madrid me pasé por allí.

Tomé las escaleras mecánicas (paradas) del centro comercial y llegué a la segunda planta, subiendo los peldaños de una escalera interior. Creo que todas las luces insertas en los escalones estaban rotas; con los pilotos fundidos y los cables colgando al aire, parecía avanzar por un espacio postapocalístico, pero pude empujar las puertas del cine y entrar al hall. Los mismos colores chillones, rojo, amarillo y azul, me esperaban tras una década. No podía creer que estuviese yo allí de nuevo y que hubiese jóvenes empleados sirviendo palomitas.

En estos cines vi películas como American Beauty, El club de la lucha o El proyecto de la bruja de Blair, y si bien el público, adolescente en su mayoría, dejaba mucho que desear (gritos, personas levantándose en mitad de la proyección para comprar coca-colas…) guardo un buen recuerdo de este espacio; del que, en realidad, casi siempre prescindíamos en favor de los cines con películas en versión original subtitulada de la plaza de los Cubos en Madrid.

Me alegro de que Móstoles vuelva a ser una “ciudad con cines”, y que el título de este blog haya pasado a ser verdaderamente un estado mental.
Que duren allí muchos años.

Dejo aquí un enlace a la cartelera, por si a alguien le interesa: Cartelera de cines en Móstoles



lunes, 14 de febrero de 2011

La novela luminosa, por Mario Levrero

Editorial Mondadori. 567 páginas. 1ª edición de 2005; ésta de 2008.

Hace más o menos un año (entre febrero y marzo de 2010) leí seguidos 5 libros de Mario Levrero. Hacía mucho tiempo que no leía así, de corrido, gran parte de la obra de un autor, y, de forma extraña, me dejé sin leer su libro más emblemático, La novela luminosa; el libro por el que realmente se le ha conocido en España (el que ha suscitado más interés para los no muy numerosos, pero entusiastas, lectores de Levrero en nuestro país).

En extensión, esta novela es equiparable a las otras 5 juntas y supone el corpus y la suma de los temas de la obra de Levrero. Es además una publicación póstuma, pues La novela luminosa aparece en Alfaguara Uruguay en 2005 y Levrero ha muerto en 2004, a los 64 años.

En el año 2000 Levrero recibe una beca Guggenheim, solicitada con la intención de acometer el siguiente proyecto: retomar un texto de 1984 en el que narra algunas experiencias que considera “luminosas”.
Para poder reelaborar su libro, La novela luminosa, el autor debe previamente alcanzar un estado mental apropiado, y que pasará por controlar sus horarios de sueño o sus adicciones a la computadora. Para acercarse a su proyecto, Levrero inicia la escritura de un diario, El diario de la beca, que constituye más del 80% de las páginas de este libro, y ya, sólo al final, se nos mostrará, en unas 100 páginas, la esperada “novela luminosa”, versión modificada (o no) de aquel texto de 1984.

En la página 23 asistimos al comienzo de El diario de la beca, “El objetivo es poner en marcha la escritura, no importa con qué asunto, y mantener la continuidad hasta crearme el hábito”. Este tipo de propuesta morosa enseguida nos retrotrae a El discurso vacío, allí la escritura se iniciaba con él fin de mejorar la grafía de la letra y con ella el estado mental del autor.
En cierto modo, El diario de la beca puede leerse como una continuidad de lo narrado en El discurso vacío; de hecho, algunos acontecimientos de El diario de la beca ya los conocía por El discurso vacío, como la mudanza del narrador de Montevideo a Colonia del Sacramento, debido a su conviviencia con una mujer y el hijo de ésta, Juan Ignacio, quienes vuelven a aparecer en El diario de la beca. La relación con la mujer de El discurso vacío se rompió y Levrero vuelve a vivir en Montevideo, solo. Aunque mantiene una relación afectiva (que no sexual, al menos durante el tiempo en que el diario se desarrolla) con una mujer, llamada en el texto Chl, que fue la que le llevó a la ruptura con la mujer anterior, quien es ahora, de nuevo en Montevideo, su médico.

El diario de la beca, recoge la experiencia vital de Levrero desde agosto de 2000 hasta agosto de 2001. Las entradas del diario pueden estar escritas a las 5.00 ó a las 6.00 de la mañana, horas a las que Levrero no se ha ido aún a acostar, llegando en alguna ocasión a irse a dormir a las 10 de la mañana. Levrero apenas sale a la calle, donde sufre de agorafobia, y sus horarios rara vez se cruzan con los de los comercios abiertos; lo que conlleva más de una dificultad, que en principio podrían parecernos absurdas. Esto hasta que uno se deja atrapar por el ritmo interno de El diario de la beca, y cae en el mundo aparentemente normal, pero rematadamente distorsionado y kafkiano, de Levrero: la adicción a la computadora, la búsqueda de imágenes pornográficas por la red, o de programas que incrementen las prestaciones de la máquina, que él mismo se encargará de mejorar; las conversaciones con Chl, o con otras mujeres que le sacan a pasear… hasta que nosotros mismos nos veremos aquejados de la “angustia difusa” que envuelve al autor. Símbolos de la muerte, mensajes avisando sobre la muerte de amigos en el contestador del teléfono, símbolos de la decadencia, de la soledad… narrados con humor; descripciones e interpretaciones de sueños, autopsicoanálisis de sus adicciones (notables las explicaciones de por qué dedica tantas horas a la computadora); libreros, palomas, talleres de narrativa, oficinas burocráticas delirantes… novelas policiacas al ritmo de una al día, y continuas autorreflexiones sobre la propia escritura, sobre la imposibilidad de acometer la tarea de reescribir La novela luminosa, y sus mea culpa ante el señor Guggenheim…
Según el autor (presentimos) va cobrando algunas fuerzas para enfrentarse a su proyecto (La novela luminosa) en el diario aumentan las reflexiones sobre las percepciones extrasensoriales: telepatía, avistamiento de fantasmas, sueños premonitorios…

Y en la página 455 alcanzamos el texto de La novela luminosa. 100 páginas que ya por sí mismas, si no viniesen acompañadas de El diario de la beca, serían una obra maestra de la última narrativa hispanoaméricana, pero es que además están precedidas de las 450 páginas de El diario de la beca. En La novela luminosa el estilo de Levrero se vuelve más lírico, más denso y anguloso… y Levrero “el loco” nos habla de su convencimiento de que existen más dimensiones de las tres o cuatro conocidas, y nos da ejemplos personales de por qué ha llegado a esos conocimientos.

Entiendo que El diario de la beca pueda exasperar a más de un lector ingenuo, pero he de decir que para mí han constituido un verdadero estímulo creativo. Era adentrarme un día más en las páginas del diario, en esa epopeya de la digresión, de la cotidianidad trastocada, de la lúcida mente loca de un escritor, e incrementarse en mí las ganas de sentarme a escribir, sin pensar en nada más, sólo como un hábito o como un refugio.

La novela luminosa (el libro de 576 páginas) es el más importante de los libros que he leído de Levrero, y creo que ya desde hoy, desde el mes de febrero, uno de las 10 mejores lecturas del año 2011. Posiblemente La novela luminosa sea uno de los libros más destacados de la década pasada en lengua española, aunque para acercarse a él recomendaría leer antes algún otro libro del universo Levrero.

Ya he visto en Internet que Mondadori está reeditando en Uruguay y Argentina al menos dos libros más de Levrero, La banda del ciempiésNick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo. La solapa del libro de Mondadori que he leído termina diciendo "a la espera de la publicación de sus Cuentos escogidos en una edición al cuidado de Ignacio Echevarría", y es un libro de 2008.
Estimados señores de Mondadori: ¿Para cuándo esos Cuentos escogidos, o ya puestos Cuentos completos, para cuando en España La banda del ciempiés o Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo? Yo, como un personaje de Beckett, como un personaje de Levrero, aguardo, inmerso en esta angustia difusa de la vida.

martes, 8 de febrero de 2011

Flores en la cuneta, por Alejandro Céspedes

Editorial Hiperión. 80 páginas. 1ª edición de 2009.

Ya comenté hace un año Sobre andamios de humo, que reunía la poesía de Alejandro Céspedes (Gijón, 1958) correspondiente al periodo 1979-2007. Aunque el último libro incluido en este volumen (Hay un ciego bailando en el andén) era de 1998. Una década después, Céspedes volvió a publicar poesía; en 2008 con Los círculos concéntricos, y en 2009 con este poemario, Flores en la cuneta (premio Jaén de Poesía, 2009).

Si en la primera etapa poética de Céspedes asistimos a un análisis del yo poético, figura que parece irse descomponiendo, desdoblarse o cuestionarse, al llegar a Hay un ciego bailando en el andén; en Flores en la cuneta, el poeta ha hecho desaparecer la indagación interior para volcar su mirada y sus obsesiones sobre un motivo: los accidentes de coche.
Los 25 poemas de Flores en la cuneta giran en torno al tema anterior, idea de la que se servirá Céspedes para hablarnos de algunas de sus obsesiones sin recurrir a un discurso narrativo donde aparezca retratado él mismo, o su “yo poético”. Expresión, esta última, que entiendo diferente a decir que el poeta no utiliza “su voz narrativa”, ya que de hecho muchos de los temas de poemarios anteriores (la muerte, el dolor que deja el azar, la precariedad de la vida…) siguen aquí vigentes, y lo que se ha ampliado es la perspectiva de esa mirada desolada (y a la vez, extrañamente, bella) sobre el mundo.

Los versos de los poemas en la mayoría de las composiciones se han alargado hasta llegar al versículo o a la prosa poética; además de ensayar otras composiciones, como por ejemplo el caligrama.
Al igual que en poemarios anteriores, el lenguaje de Céspedes combina lo cotidiano y actual, con referencias, por ejemplo, al grupo musical The Killers (pág. 9), palabras de uso reciente en el idioma, como iPod (pág. 11), y un lenguaje que se acerca al de los personajes retratados, “se dan de hostias con tres colegas por una chorrada” (pág. 16); con un uso del lenguaje más elevado, de metáfora incluso barroca o críptica, así, por ejemplo, leemos en la página 33: “Aunque la ves erguida en sus esferas y los filos de luz que blande en cada mano te señalan”.
Incluso podemos constatar que algunas imágenes recurrentes se han trasladado de un libro a otro: si en 1998, en una estación de tren subterráneo, la voz poética posa su mirada sobre un ciego que baila en un andén, ajeno al peligro que corre, en Flores en la cuneta vuelve a aparecer la figura del ciego, esta vez cruzando temerario un semáforo.

El título de cada poema está tomado del anuncio publicitario de un coche: ¿Te gusta conducir?, Move your mind, Imagina dominar el espacio, etc. Estos títulos actuarán de un modo irónico, incluso sarcástico, en la composición.
Frente a la sociedad del bienestar, del consumismo, donde los productos que compramos nos hacen vencer el miedo a la muerte y estimulan nuestro anhelo de triunfo sexual (el eros y el tanatos, del que me hablaban a mí en la universidad, en las clases de marketing), Céspedes quiere mostrarnos las fisuras del sueño consumista: no vas a vencer a la muerte, el azar del dolor puede alcanzarte a ti como a cualquiera…

Leí hace una semana este libro sobrecogido: accidentes a punto de ocurrir; accidentes que acaban de ocurrir y los restos del naufragio se desparraman sobre la carretera; accidentes que ocurrieron y los involucrados, en sillas de ruedas, en hospitales... no pueden creer que les tocó a ellos; personas que esperan a conductores que nunca van a llegar a su destino; y, en los poemas finales, cobrando entonces el libro un carácter expresionista, muertos que visitan los propios escenarios de sus accidentes, o nos hablan de la estrechez de sus tumbas…

Además del fuerte impacto emocional, la mirada indagadora del poeta nos conmueve, colocando ante nuestros ojos de consumidores complacidos un espejo tremendo, el de nuestra propia finitud. Y todo a través de un lenguaje cuidado, evocador, poderoso… Un gran libro de poesía.
Un comentario aparte merecería el útil e interesante epílogo de 16 páginas escrito por Julio Mas Alcaraz sobre la poesía de Alejandro Céspedes. 

domingo, 30 de enero de 2011

Las palmeras salvajes, por William Faulkner

Editorial Siruela. 279 páginas. 1ª edición de 1939, ésta de 2010. Traducción de Jorge Luis Borges, prólogo de Menchu Gutiérrez.

Poco antes de cumplir los 20 años (tal vez tarde) sufrí una transformación como lector: dejé de forma radical los libros de género –ciencia-ficción y terror, principalmente-, gracias a los cuales me había evadido de la realidad hasta entonces, y me inicié, sin vuelta atrás e invadido por una gran emoción, en otra literatura. Una que, a diferencia de la ciencia-ficción o el terror, no usaba un artificio para explicar la realidad, sino que parecía enfrentarse directamente a ella, cara a cara. El libro que sirvió como catalizar entre dos concepciones del mundo literario fue La senda del perdedor de Charles Bukowski. En aquel momento yo estaba perdido en la facultad de Físicas y la evasión de la realidad no era suficiente, necesitaba una guía para intentar explicarme el caos. Fue sorprendente toparme con Bukowski entonces, con su Chinaski, aquel alter ego aspirante a escritor que parecía estar tan poco satisfecho con la realidad que le había tocado vivir como yo.

12 libros después de la catarsis personal que supuso La senda del perdedor, tras algún libro más de Bukoswki, Hemingway o Valle-Inclán, llegué a William Faulkner (1897-1962). Imagino que algún Babelia de los años 90 contribuyó al interés por la figura del escritor de Misisipi, premio Nobel de 1949. La novela corta El oso fue el primer texto que leí de Faulkner. Creo que hubo un punto en la narración en el que perdí el hilo. Nunca me había enfrentado a una prosa tan compleja; algo, que en aquel momento, sólo era un aliciente. Después leí de él: El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930) y Santuario (1931).

La sensación que tenía a los 20 años al acercarme al Faulkner era la de encontrarme ante un gran estilista, un genio de las estructuras, de las frases sinuosas y densas, todo un taller de literatura portátil, que me fascinaba como aprendiz de escritor, pero que no me acaba de llenar como lector. Aunque contradiciendo la última aseveración, la primera parte de El ruido y la furia, el monólogo interior del idiota Benjy, puede que contenga las páginas que más me han conmovido como lector. Quizás, reflexiono, yo soy un lector fascinado con la creación de personalidades y el reflejo narrativo de los pensamientos; es decir, aprecio en gran medida la novela psicológica, al estilo de las de Dostoyesvski o Philip Roth.

Los personajes de Faulkner, y en este sentido incluyo a los de Las palmeras salvajes, más que reflejar una evolución psicológica, personalizan la fuerza de las obsesiones, en muchos casos atávicas, y acaban convirtiéndose en arquetipos: el juez, el penado, el campesino… En el prólogo de Menchu Gutiérrez se apunta una idea interesante: la Biblia era el libro fundamental en la casa de los Faulkner, regida por el bisabuelo del escritor. Al sentarse a la mesa se obligaba a niños y a adultos a recitar de memoria versículos de las Sagradas Escrituras. Los niños podían repetir siempre el mismo versículo, pero los adultos tenían que recitar uno nuevo cada día. Si los niños no decían bien sus versículos, se les negaba el pan.

La literatura de Faulkner aspira al versículo, a la representación de un mundo regido por el azar del Viejo Testamento. Faulkner pretende acercarse a la esencia de la experiencia humana intercambiable, al mito, a un mundo ante cuyas fuerzas incontrolables los personajes actúan como peleles, como marionetas de su sangre.

Las palmeras salvajes se compone de dos novelas cortas, la propiamente titulada Palmeras salvajes, y otra llamada El viejo (The Old Man, en inglés, apelativo que se da al río Mississippi). Estas historias aparecen en el libro intercaladas, con 5 capítulos para Palmeras salvajes y 5 para El viejo. Las páginas dedicadas a Palmeras salvajes, que da comienzo al libro, son más numerosas. Faulkner empezó con Palmeras salvajes y al sentir que le faltaba algo imaginó El viejo como contrapunto narrativo.

En Palmeras salvajes asistimos a la historia de amor de Harry, un estudiante de medicina de 27 años (virgen hasta entonces) , con Carlota, una mujer de unos 24 años, casada y con dos hijos. La novela presenta a Harry y Carlota vistos a través de la mirada de un médico, un tipo conservador, su vecino, a quien Harry pide ayuda en mitad de la noche, porque Carlota se está desangrando. Después de este capítulo, pasamos al primero de El viejo, donde dos penados hablan de la inundación del Mississippi en 1927 (Palmeras salvajes transcurre entre 1937 y 1938). Cuando retomamos Palmeras salvajes la historia de Harry y Carlota ha retrocedido un año, hasta el momento en que se conocen en Nueva Orleáns.
Harry y Carlota pasean su relación de una punta a otra de EE.UU., intentado huir de la idea de un matrimonio convencional, principal tesis de la novela: el matrimonio, la vida en pareja, el trabajo, los hijos… arruinan el amor (desde un punto de vista masculino).

En la historia de El Viejo, Faulkner nos describe la Gran Inundación de 1927 del Mississippi: el penado sin nombre, al que el Estado obliga a participar en las tareas de rescate de la población civil, se pierde con su esquife en el río y rescata a la mujer sin nombre. Las descripciones del río desbravado son soberbias, me han recordado a la literatura hispanoamericana, a La Vorágine, a Horacio Quiroga

Las dos historias no se cruzan nunca, aunque tal vez sí su intencionalidad: en ambas hay un embarazo, que para los personajes masculinos representa la pérdida de la libertad. Y estos protagonistas, Harry y el Penado, acabarán en la cárcel, pero por motivos casi contrapuestos de un modo tragicómico: trágico en el caso de Harry, cómico en el caso del Penado.

Una de las cosas más impresionantes de leer a Faulkner es darse cuenta de su influencia sobre una multitud de escritores posteriores: Juan Carlos OnettiJuan RulfoLobo Antunes...
Elegí la traducción de Borges pensando que el maestro argentino representaba una garantía, y sus “valijas” por “maletas” no me han molestado en absoluto, pero tras acabar el libro y buscar información en Internet, me he encontrado con más de un detractor de su trabajo. En más de un caso, la abuelita Borges no se atreve a respetar el original, y así, por ejemplo, la frase final de su versión es ésta: “-¡Mujeres! –dijo el penado alto”; y el “mujeres” del texto original era en realidad “fucking women”. Borges no se atrevió a traducir la mala palabra.

Leer a Faulkner sigue siendo un taller de literatura portátil, sigue siendo el rey de las estructuras, de las frases sinuosas y densas y complejas, que parecen poesía y no narrativa. Faulkner es el rey de la página esculpida.
La semana pasada también compré en la Cuesta de Moyano su primera novela, reeditada en una bonita edición por RBA: La paga de los soldados. Espero que no hayan de pasar años para que me reencuentre de nuevo con the old man, el viejo Faulkner.