miércoles, 10 de junio de 2020
LECTURA DE UN FRAGMENTO DE "CAMINARÉ ENTRE LAS RATAS" (III)
Me he grabado leyendo un fragmento de mi última novela Caminaré entre las ratas. Esta vez leo las dos primeras páginas de la novela. Si quieres verlo
domingo, 7 de junio de 2020
Trilogía del dolor, por Daniel Mella
Trilogía del dolor, de Daniel Mella
Editorial Comba. 268 páginas. 1ª edición de 1997, 1998 y 2000. Esta de
2020
Entre mis mejores lecturas de 2019
estuvieron el libro de cuentos Lava (2013) y El hermano mayor (2017).
Con ambos, Daniel Mella (Montevideo,
1976) ganó el prestigioso Premio
Bartolomé Hidalgo de Narrativa en Uruguay, en su año correspondiente.
Daniel Mella publicó su primera
novela con veintiún años: se titulaba Pogo (1997). La segunda, Derretimiento,
tan solo un año después, en 1998, y la tercera, Noviembre, en 2000. Es
decir, con menos de veinticinco años, Daniel Mella había publicado ya tres
novelas en Uruguay y empezó a sonar, por entonces, como una de las nuevas voces
más potentes y renovadoras de la nueva literatura uruguaya. Derretimiento
llegó a ser publicada en España por la editorial
Lengua de Trapo. Sin embargo, Mella dejó de escribir (o al menos de
publicar) durante más de una década, hasta que en 2013 apareció su libro de
cuentos Lava.
La pequeña pero pujante editorial
española Comba publicó en 2017 El hermano mayor y en 2018 Lava. Desde que los leí en 2019, les he
contado a muchos lectores que eran dos libros que se habrían merecido sonar más
y tener un mayor recorrido en España, porque eran muy buenos.
Así que, cuando a principios de 2020
Juan Bautista Durán –el editor de
Comba– publicó en España, en un solo volumen, los tres primeros libros de
Daniel Mella, sentí muchas ganas de leerlos. A finales de 2019 estuve tentado
de leer Derretimiento en Lengua de
Trapo, que sé que está en la biblioteca de Móstoles, pero unos meses más tarde
me he alegrado de poder acercarme a estas tres novelas en un solo volumen, bajo
el título de Trilogía del dolor.
Hacia Pogo sentía una doble curiosidad: además de ser la primera novela
de Daniel Mella, en El hermano mayor el
autor reflexionaba sobre ella, sobre el momento de su escritura y su recepción
por parte del público o de su familia. El
hermano mayor era –en gran medida– una novela de autoficción.
Pogo empieza con
un joven de diecinueve años que despide a su padre en el aeropuerto. El padre es
una persona involucrada en su iglesia y está viajando a Brasil en misión
eclesiástica. En La emoción de volar, uno de los cuentos de Lava, el protagonista escribía un diario acerca de su equipo de
baloncesto y acerca de la condición mormona de su familia. Según lo que el
narrador de El hermano mayor contaba de
sí mismo (y que el lector identifica con el propio Daniel Mella), este intenso pasado
religioso de su padre y su familia fue real y en el autor Mella se desatan
algunos conflictos sobre ese pasado a la hora de escribir sus ficciones.
La voz narrativa de Pogo es la de un adolescente nervioso y
en continuo movimiento. De hecho, el término «Pogo» hace referencia al baile
propio del punk, donde los punkis saltan y se empujan. Una buena metáfora de la
narración. Más que reflexionar sobre lo vivido, el narrador le muestra al
lector lo que está viviendo, con pocos filtros. Así, son frecuentes en esta
primera novela las frases cortas y las descripciones de lugares o cosas, con
profusión de enumeraciones. El narrador trabaja de profesor en un colegio,
mientras estudia en la universidad. Son frecuentes los cambios de escenario sin
ninguna indicación por parte del narrador. Por ejemplo, está describiendo lo
que ve a través de la ventana de un autobús y en la frase siguiente ya está
describiendo lo que hay dentro de su habitación, habiéndosele sustraído al
lector la frase de transición, en la que tendría que haber recibido la
información según la cual el narrador ha dejado el autobús y ha entrado en la
casa. Es frecuente también el uso de elipsis narrativas y saltos en el tiempo.
Además de narrar el presente (en el que el padre se ha ido en misión evangélica
a Brasil y la madre está en una habitación de la casa tomando muchas medicinas
que le suministra el protagonista), hay escenas en las que se habla de un
verano en la playa y la muerte de un amigo en accidente de coche. Con la
transición temporal entre escenas ocurre lo mismo que lo expuesto antes con la
transición espacial, que los saltos de lugar y de tiempo son bruscos y el
lector comprende lo que ocurre después de algunas pequeñas confusiones. La
violencia ejercida por el adolescente sobre una madre cada vez más indefensa se
va incrementando hasta niveles intolerables. Sobre la lectura que de estos
capítulos hizo la madre real del autor, Mella reflexionaba en El hermano mayor.
Hasta cierto punto, la lectura de Pogo me ha recordado a aquellas novelas
escritas y protagonizadas por jóvenes de las que se habló en España en la
década de 1990, como Lo peor de todo de Ray Loriga (1992) e Historias
del Kronen de José Ángel Mañas (1994).
No sé si Daniel Mella tuvo ocasión de leerlas y pudieron ser un modelo para él.
Derretimiento empieza con un niño aquejado de una
extraña enfermedad: su cuerpo se ha quedado paralizado. Al principio es objeto
de lástima para su familia, pero luego empezarán a maltratarlo. En este sentido,
la narración nos puede recordar a La metamorfosis de Franz Kafka. La narración, desde la
primera página, incide en el horror: dolor para el niño y violencia. Sin casi
transición, el niño se ha recuperado y convertido en adulto. Entonces será él
quien ejerza la violencia sobre otros; una violencia enloquecida y gratuita.
Una violencia de película slasher, ese
género de terror en que un psicópata persigue a sus víctimas con un cuchillo.
En la tercera parte, el protagonista se habrá convertido en un viejo solitario,
también aficionado a ejercer la violencia. Pogo
no acababa de ser del todo realista, pero desde luego Derretimiento no lo es en absoluto. Derretimiento tiene un aire onírico que me ha recordado a
narraciones uruguayas como La mujer desnuda de Armonía Somers (1950) o París
(1980) y Fauna / Desplazamientos (1987) de Mario Levrero. Hay algo sobrecogedor y repulsivo en Derretimiento, pero a la vez hipnótico.
En principio, Noviembre sería la
narración más convencional de las tres reunidas en este libro. La novela
empieza con una pareja joven la noche que deciden separarse. Empezará entonces
una serie de fines de semana en los que el padre tendrá que hacerse cargo de su
hija. Uno de los conflictos que ha sufrido la pareja es que Guzmán, el marido,
no ha querido aceptar el dinero de la familia de su mujer, Ana. Esto ha hecho
que Guzmán haya tenido que trabajar fuera de casa, en una escuela militar,
durante demasiadas horas. El drama se desatará cuando en uno de los fines de
semana en los que Guzmán tiene la custodia de su hija ocurra una desgracia. La prosa
seca y, en general, distante me ha recordado a las narraciones del guatemalteco
Rodrigo Rey Rosa. En Noviembre también son abundantes las
frases cortas y las elipsis. De hecho, algunas de las escenas claves de la
narración son sustraídas al lector, que leerá entonces la novela aquejado de un
creciente extrañamiento.
De las tres novelas de esta Trilogía
del dolor mi favorita ha sido Derretimiento,
que como ya he apuntado es una novela sobrecogedora, intrépida, enfermiza e
hipnótica. De Pogo puedo destacar su
fuerza nerviosa, el talento en bruto que se observa en ella, y Noviembre, pese a que hay escenas muy
bien dibujadas, me ha acabado pareciendo una novela corta un tanto dispersa.
Con Trilogía del dolor, Lava
y El hermano mayor he leído las (casi)
obras completas del uruguayo Daniel Mella. Las dos últimas obras (Lava y El hermano mayor), separadas por más de una década de las otras
tres, me parecen más maduras, destacadas y valiosas, y a alguien que no haya
leído nada de Daniel Mella le recomendaría empezar por ahí. Luego, es probable
que sienta deseos de acercarse también a Trilogía
del dolor. Daniel Mella me está pareciendo un autor latinoamericano
bastante destacado.
miércoles, 3 de junio de 2020
El sueño eterno y Adiós, muñeca, pro Raymond Chandler, (audio reseña)
Me he propuesto leer toda la serie de las novelas protagonizadas por Philip Marlowe (que son siete), del escritor de novela negra norteamericano Raymond Chandler.
Por ahora he leído las dos primeras: El sueño eterno y Adiós, muñeca. De las dos novelas he escrito una reseña, pero me apeteció grabarme hablando de ellas. Así que si te apetece escucharme hablando de las dos primeras novelas de Raymond Chandler puedes hacerlo
Por ahora he leído las dos primeras: El sueño eterno y Adiós, muñeca. De las dos novelas he escrito una reseña, pero me apeteció grabarme hablando de ellas. Así que si te apetece escucharme hablando de las dos primeras novelas de Raymond Chandler puedes hacerlo
domingo, 31 de mayo de 2020
Breves amores eternos, por Pedro Mairal
Breves amores eternos, de Pedro Mairal
Editorial Destino. 284 páginas. 1ª edición de 2001 y 2019. Ésta es de
2019.
Ya he comentado alguna vez que Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) es
uno de los escritores latinoamericanos actuales que más me gustan. Así que
cuando me llegó, hace unos meses, al correo electrónico la nota de prensa que
anunciaba la publicación en España de su libro de cuentos Breves amores eternos se
lo pedí a la editorial para poner leerlo y reseñarlo.
Este volumen está formado por dos
libros de cuentos: Breves amores eternos, publicado en 2019 y Hoy temprano en 2001. Hoy temprano se publicó en Argentina
hace ya casi veinte años y hasta ahora no había aparecido una edición española.
He buscando en internet si hay una edición argentina de Breves amores eternos, pero tengo la impresión de que no, de que ha
salido directamente en esta edición española junto al rescate del otro libro de
cuentos.
Pedro Mairal publicó en España su
novela La uruguaya con la editorial
Libros del Asteroide. Ganó el premio
Tigre Juan de ese año y se convirtió en un pequeño fenómeno editorial, con
un buen número de reimpresiones. Aunque Pedro Mairal había publicado bastantes
de sus libros en España, desde Una noche con Sabrina Love en 2001 (premio Clarín en Argentina en 1998), no
ha sido hasta La uruguaya cuando ha
empezado a vender y a llamar la atención del mercado. Por eso, no es de
extrañar que Destino (perteneciente
al grupo Planeta) le haya fichado su
nuevo libro de cuentos y haya rescatado el primero. Bienvenida sea esta
edición.
Breves
amores eternos está formado por once cuentos y Hoy temprano por doce. El segundo es un libro más largo, con
algunas piezas que superan las treinta páginas.
Un verano feliz es el
primero cuento de Breves amores eternos.
Una familia argentina pasa sus vacaciones de verano en Punta del Este
(Uruguay), el narrador es el padre, un hombre de cuarenta y siete años. Tras
una bronca con su mujer y la negativa de ésta a mantener relaciones sexuales
con él durante las semanas de vacaciones, el hombre comienza a visitar, cada
vez más frecuentemente, a una prostituta. El relato es una evocación del verano
desde algún momento del futuro cercano. El hombre rememora la tranquilidad que
le reportaba la prostituta uruguaya. En apenas seis páginas, el cuento nos
introduce en el universo Mairal, y sobre todo nos conduce al Mairal de su
última novela, de La uruguaya: un
hombre de mediana edad nos habla de la decadencia de una relación, de las
frustraciones del matrimonio burgués y de su destrucción. Además el escenario
es de nuevo Uruguay, donde todo es familiar para un argentino, pero ligeramente
distinto. Un verano feliz es un gran
cuento, con reminiscencias de esa aparente ligereza de un cuento de Antón Chéjov.
El segundo cuento es El
anillo, que también nos habla de un hombre de mediana edad que pretende
ser infiel a su mujer. Ahora estamos en Argentina y la voz narrativa ha pasado
de la primera a la tercera persona. Sin embargo, tras leer Un verano feliz, la sensación es de cuento algo inferior en calidad
al primero y cuya temática se repite.
En cero culpa la
narradora es una mujer. «Cero culpa, le dije a Mayer, pero no es verdad. Y se
dio cuenta. Por ejemplo, ayer entré en la librería y vi una tapa de un libro de
autoayuda que decía Cómo construir una familia, y lo primero que pensé fue
“Cómo destruir una familia”.» (pág. 23), así empieza este relato de
infidelidades, una vez más.
Narrador masculino, narración en
tercera persona y narradora. Tres variaciones sobre un mismo tema: la
infidelidad y el cuestionamiento del matrimonio burgués. El mejor es el
primero, pero los tres son buenos cuentos. El segundo y el tercero pierden por
la presencia del primero. En el libro de artículos Maniobras de evasión,
Mairal cuenta que desde las revistas y los periódicos le piden que escriba
sobre determinados temas, y que en los últimos tiempos parecen haberle
encasillado un tanto y siempre le requerieren narraciones de carácter sexual.
No sé si los relatos de Breves amores
eternos se han publicando antes en revistas argentinas y si éstas le han
pedido a Mairal que escriba cuentos que evoquen lo ya contando en su novela La uruguaya, pero la sensación es que en
bastantes de los cuentos de este libro, Mairal está repitiendo las que
parecieron ser las claves del éxito de su novela más vendida.
Además de los cuentos con la
temática comentada, hay otro tipo de cuentos en Breves amores eternos: aquellos en los que un adulto rememora su
primera relación sexual. De fondo existe el mismo problema que en los
anteriores: la frustración de la relación de pareja en la actualidad y la
nostalgia por los primeros amores, pero el tratamiento es algo diferente. Esto
ocurre en el cuarto cuento, Sudor, donde un joven evoca los
comienzos de una relación con una chica con la que, tiempo después, le costará
tomar la decisión de irse a vivir con ella.
En El hipnotizador personal,
un narrador que parece muy cercano al propio escritor rememora a una chica que
conoció en un taller de cuentos y que pertenecía a una clase social más alta
que la suya. Hoshiko y el primer mandamiento es un buen cuento sobre el
despertar a la sexualidad, bastante parecido a El hipnotizador personal, aunque posee un cierre más bello.
En los cuentos de Breves amores eternos hay muchas escenas
de sexo explícito, algo que nunca ha eludido Mairal, pero que ahí se muestra
como un tema de primer orden.
Coger en castellano es un
desolador y bello cuento sobre la nostalgia del primer encuentro sexual unido a
la distancia física del país de nacimiento.
En El guardián de la guitarra
y La
fuerza se produce una curiosa variante de los temas sexuales de Mairal:
el narrador se siente empequeñecido ante el volumen o la fuerza de la mujer por
la que se siente atraído. La fuerza es el cuento final, el más
extenso de todos y, sin duda, un gran cierre al libro. En él, un hombre evoca
una relación juvenil con una mujer culturista, novia del dueño –también
culturista– del gimnasio en el que trabaja. El deseo y el miedo a las represiones,
el eros y el tánatos entremezclados.
El libro Hoy temprano empieza con
un cuento que se titula igual que el libro. Es un primer cuento muy bueno,
donde un hombre evoca los cambios en su familia y en Argentina, viajando en
auto desde la capital hasta una finca en el campo, desde la niñez a la vida
adulta.
Amor en Colonia es el
segundo cuento, y la temática (un hombre y una mujer porteños que tienen una
relación clandestina y que se van de fin de semana a Colonia, Uruguay) puede
evocarlos de nuevo a La uruguaya y a
los cuentos de Breves amores eternos,
pero en vez de predominar la temática sexual el final nos sorprende con una
resolución fantástica que recuerda a los cuentos de Julio Cortázar.
Cuando leo Amazonía empiezo a intuir que Hoy temprano me ha acabar gustando más
que Breves amores eternos porque sus
temas son más variados. Amazonía es
un relato histórico que nos traslada a la época de la conquista, y que muestra
una selva americana alucinada desde la mirada de un español del siglo XVI o XVII.
Está bastante lograda la reconstruir del lenguaje de época.
Los héroes se ha
convertido en uno de mis cuentos favoritos de este volumen. Sé por un artículo
de Maniobras de evasión (y por una
charla en la Casa de América) que Mairal sufrió un accidente de autobús en su
viaje de fin de estudios de la secundaria, y esta experiencia le sirve de base
aquí para crear un bello relato sobre las amistades del pasado y los hechos
fortuitos que cambian la vida de las personas.
El nieto del viejo Pintos traslada
sus ejes narrativos desde las certezas de la ciudad a las creencias míticas del
campo. Mairal ya supo captar la vida en la provincia en algunos de los
capítulos de Una noche con Sabrina Love. Aquí el viaje se invierte y va
desde la ciudad al campo. Un gran cuento.
Me gusta también la voz narrativa
rural de Marcelino López, que de nuevo nos conduce hasta el campo y sus
gentes.
En El viaje de la profesora Bellini
se enfrentan las teorías de la belleza y el arte con el hedonismo y la belleza
de los cuerpos, ganando los segundos. Es un buen cuento, y me gusta que Mairal
trabaje en cada una de estas composiciones con personajes, temáticas y efectos
diferentes.
En La suplencia, Mairal parece evocar un episodio de su propia
experiencia. Un narrador evoca uno de sus primeros trabajos, como corrector de
textos en una empresa de marketing de los años 90. La realidad idealizada del
trabajo chocará con el caos de la vida real.
En Cuadros la acción se
traslada a Gran Bretaña. Un erudito historiador ciego recorre el país dando
conferencias, ayudado por su pareja, una mujer mucho más joven que él. En
cierto modo, sin que las referencias sean nunca explícitas, Mairal parece
hablar aquí de Borges.
La virginidad de Karina Durán es un
divertido cuento sobre el descubrimiento de la sexualidad y los comienzos del
sexo en internet.
El lenguaje usado en Breves amores eternos es de ese
coloquialismo tan trabajado que Mairal cultivó con tanto éxito y encanto en La uruguaya, y en Hoy temprano se nota, en algunos cuentos, un mayor deseo de cuidar
más las formas y la expresión.
Me ha gustado más Hoy temprano que Breves amores eternos, porque –como ya he ido contando– en el libro
de 2001 existe una mayor variedad temática que en el de 2019. Esto no quiere
decir, que Breves amores eternos no
contenga buenos cuentos, porque sí los tiene. El conjunto me ha resultado muy
satisfactorio. Pese a algún altibajo, fruto de la repetición formal, he
disfrutado mucho con este libro y Pedro Mairal sigue siendo, por supuesto, uno
de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos.
miércoles, 27 de mayo de 2020
The price of love, por Claudio Bertoni (audio reseña)
El escritor y editor ecuatoriano Augusto Rodríguez me regaló unos cuantos libros de su editorial en una visita que hizo a Madrid en octubre de 2019.
Entre los libros que edita está una antología del poeta chileno Claudio Bertoni, titulada The price of love.
En vez de comentar aquí el libro o dejar algunos de sus poemas, me he grabado hablando de él y recitando algunos de sus poemas.
Desde la ciudad sin cines entra en una nueva era: la de la audio reseña. Si os apetece escucharme recitar a este poeta chileno debéis
Entre los libros que edita está una antología del poeta chileno Claudio Bertoni, titulada The price of love.
En vez de comentar aquí el libro o dejar algunos de sus poemas, me he grabado hablando de él y recitando algunos de sus poemas.
Desde la ciudad sin cines entra en una nueva era: la de la audio reseña. Si os apetece escucharme recitar a este poeta chileno debéis
domingo, 24 de mayo de 2020
Bajo este sol tremendo, por Carlos Busqued
Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued
Editorial Anagrama. 182 páginas. 1ª edición de 2009.
Hace unas semanas publiqué una
reseña de Magnetizado, la segunda novela de Carlos Busqued (Roque Peña, Chaco, Argentina, 1970), publicada en
2018 en Anagrama. Magnetizado era una
novela de no ficción, en la que Busqued entrevistaba a un famoso asesino en
serie de la década de 1980 en Argentina. Ya comenté que me pareció que esta
obra tenía algunas páginas realmente interesantes y que me quedaba con ganas de
leer la primera novela de este autor. Hacía tiempo que me venía fijando en Bajo este sol tremendo, que se publicó
en 2009, tras quedar entre las novelas finalistas del premio Herralde de 2008.
Ese año ganó Casi nunca de Daniel
Sada y quedó finalista Un lugar llamado Oreja de Perro de Iván Thays. Leí estas dos novelas. De
las novelas que habían pasado a la deliberación final se llegaron a publicar
tres: Temporada de caza para el león negro de Tryno Maldonado (que también leí), Asuntos propios de José
Morella y Bajo este sol tremendo de Carlos
Busqued. Si bien las dos últimas no las leí en su momento, sí que las hojeé
varias veces y leí reseñas sobre ellas. Sabía que Bajo este sol tremendo estaba en la biblioteca de Móstoles y que,
más tarde o más temprano, la acabaría leyendo. Ahora le llegó su momento.
La novela empieza con Javier Cetarti,
un cuarentón indolente y solitario, viendo documentales sobre naturaleza en la
televisión y fumando porros. Está a punto de recibir una llamada terrible: su
madre y su hermano han sido asesinados por disparo de bala en el pequeño pueblo
de Lapachito, en la provincia del Chaco. Cetarti debe viajar hasta allí para
reconocer los cadáveres. En realidad, el primer párrafo de la novela es una
descripción de la pesca de calamares que está emitiendo Discovery Channel. Este
primer párrafo, copiado del audio del documental, y por tanto ajeno a la voz
narrativa, introduce ya al lector en un mundo de extrañeza y violencia.
De hecho, en Bajo este sol tremendo los animales van a tener una carga simbólica
cada vez mayor: o bien son animales de los que los protagonistas tienen noticia
gracias a los documentales o bien aparecen en las escenas narradas. Los
animales siempre sufren violencia en esta novela: desde el insecto que es
pisoteado, hasta unos perros que serán golpeados y matados, hasta los peces de
una pecera que morirán por falta de atenciones. La doble sensación de estar
atrapados y sufrir violencia que Busqued confiere a los animales de su novela
se irá constituyendo en el sustrato moral y corpóreo de este libro. Los
personajes también van a estar atrapados y sufrir violencia.
Cetarti viaja desde Córdoba
(Argentina) hasta Lapachito y allí se encontrará con Duarte, un militar
retirado que se le presentará como el albacea de Daniel Molina. Molina es el
hombre que convivía con la madre de Cetarti y que mató a la madre de Cetarti y
a su hermano para posteriormente suicidarse. Desde el primer momento, Duarte es
un hombre de aire siniestro, cuya afición –sabrá Cetarti– es ver pornografía
violenta. Cetarti vomitará al ver los cadáveres, aunque las muertes de sus
familiares no parecerá afectarle demasiado a nivel emocional. Es más, le
empezará a ilusionar la insinuación de Duarte de que pueden cobrar un seguro
por sus muertes.
La descripción de Lapachito es
desoladora: los árboles han muerto y las calles están embarradas, sin haber
llovido. Los pozos sépticos de la ciudad se han roto y los desechos de las
cañerías anegan las calles. Cetarti está en paro y se trasladará a la casa que
tenía su hermano alquilada en un barrio humilde de Córdoba. La descripción del
interior de la casa, con montañas de papeles y basura llenándolo todo, y del
barrio tampoco son muy halagüeñas: todo parece ser feo, sucio, violento y
corrupto en esta novela.
Además de Cetarti y Duarte aparecerá
un tercer personaje principal: Danielito, el hijo del asesino Daniel Molina.
Duarte y Danielito tienen una estrecha relación entre ellos, que según avanza
la novela se irá tornando más oscura.
Si bien al principio el protagonista
principal era Cetarti y el narrador, a través de cortos capítulos, le seguía a
él, al acercarnos a la mitad los capítulos se van alternando entre los que
describen lo que hace Cetarti y los que hablan de Danielito y Duarte. Quizás
hacia la mitad del libro los capítulos que hacen avanzar la trama de un modo
más claro son los de Danielito y Duarte. Los que hablan de Cetarti parecen algo
más morosos, algo más fuera de una lógica narrativa clara. Por pura lógica
narrativa, el lector intuye que los destinos de Cetarti (en Córdoba) y de
Danielito y Duarte (en Lapachito) han de volver a encontrarse en el tramo final
de la novela, como así será.
Nuestros tres personajes principales
son adictos a los porros: esto puede explicar el aire errático y nebuloso de
sus pensamientos y acciones. «Duarte le siguió hablando. Cetarti lo escuchaba
como si la voz le llegara de un lugar muy lejano. De tanto en tanto incluso se
escuchaba responderle» (págs. 163-164).
En el prólogo del libro de cuentos La
hora de los monos de Federico
Falco (Salto de página, 2014), el escritor y crítico Antonio Jiménez Morato habla de un grupo de narradores jóvenes del
interior de Argentina, afincados en Córdoba. Apunta que estos escritores han
roto con los convencionalismos del realismo y se han abierto a nuevos espacios
de lo fantástico, un «espacio fantástico» sutil que no tiene nada que ver con
la exuberancia del «realismo mágico» de Gabriel García Márquez, por ejemplo. En
esta nueva corriente del cuento «neofantástico» argentino, Jiménez Morato sitúa
a escritores con Federico Falco o Carlos Busqued. En La hora de los monos, Falco escribe un cuento sobre un circo que
deja abandonado a un elefante en un pueblo. El lector puede imaginar esas
escenas, pero la naturalidad con la que los habitantes del pueblo asumen la
presencia del elefante no acaba de ser realista. En Bajo este sol tremendo también hay un elefante abandonado en un pueblo,
un elefante que a estas alturas ya parece una broma privada entre escritores
cordobeses que se quieren saltar las normas del realismo. Además, en Bajo este sol tremendo los personajes también
hablan sobre un documental de animales en el que unos elefantes maltratados de
la India llaman con la trompa a las puertas de las casas y cuando les abren
matan a golpes a las personas. Un documental que no parece tampoco muy
realista.
La prosa de Bajo este sol tremendo es concisa, escueta, algo gélida. Describe
lo sórdido y lo oscuro del mundo (representado por la vida animal) de un modo
muy vívido. Los personajes parecen anestesiados, o bien por la droga o por el
propio peso de su distanciamiento del mundo y su zozobra. Teniendo en cuenta
las imágenes simbólicas de animales que jalonan el libro, el homenaje final a
Julio Cortázar con un hombre y un ajolote que parecen intercambiar sus papeles
me ha parecido bastante bueno.
Después de leer Magnetizado y Bajo este sol
tremendo siento que Carlos Busqued, ingeniero de profesión y nacido en un
pueblo del interior de Argentina, se ha convertido en uno de esos autores
escondidos, casi secretos y poco prolíficos a los que merece la pena seguir la
pista.
miércoles, 20 de mayo de 2020
Caminaré entre las ratas, mi nueva novela (lectura de un fragmento)
Me he vuelto a grabar leyendo unas páginas de mi nueva novela, Caminaré entre las ratas. En esta ocasión se trata de las dos primeras páginas del libro.
Si bien hubo problemas con las distribución hace unas semanas, ahora, con la reapertura de las librerías se puede comprar en de forma física o pedirlo por internet.
Si te apetece escucharme leyendo las dos primeras páginas del libro
Si bien hubo problemas con las distribución hace unas semanas, ahora, con la reapertura de las librerías se puede comprar en de forma física o pedirlo por internet.
Si te apetece escucharme leyendo las dos primeras páginas del libro
domingo, 17 de mayo de 2020
Poeta chileno, por Alejandro Zambra
Poeta chileno, de Alejandro
Zambra
Editorial Anagrama. 421 páginas. 1ª edición de 2020.
De Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) había leído y comentado
en mi blog las tres novelas que, hasta ahora, había publicado con Anagrama: Bonsái (2006), La vida
privada de los árboles (2006) y Formas de volver a casa (2011). Al
ver anunciada su nueva novela –Poeta chileno– en la web de la
editorial me apeteció volver con Zambra y se la pedí a Anagrama para poder
leerla y reseñarla. Sobre todo me llamó la atención un hecho extraño en
relación a la obra de Zambra: su última novela tiene 421 páginas, cuando este
autor chileno se había caracterizado por escribir novelas cortas y de tramas esenciales.
El autor de Bonsái, un prodigio de
contención narrativa y elipsis, el autor de una obra que apareció en Anagrama
en un formato pequeño que alcanzaba las 94 páginas y que el propio Zambra decía
que la novela le ocupaba a él 20 páginas de Word, de repente ha escrito una
novela de más de 400 páginas. Recuerdo que cuando salió en 2011 Formas
de volver a casa, un libro que llegaba a 164 páginas, el escritor y
crítico Alberto Olmos comentó esto
diciendo que para Zambra esta longitud debía ser aventurarse ya en la «novela
río».
Cuando comenté seguidas La vida privada de los árboles y Formas de volver a casa señalé que había
en las dos novelas algunas escenas que se repetían, y de aquí deducía que
Zambra estaba trabajando con sus propios recuerdos. Sobre todo en Formas de volver a casa (aunque también
en La vida privada de los árboles)
Zambra pisó los terrenos de la autoficción, y reflexionaba sobre el pasado de
Chile y la generación de sus padres desde una voz narrativa que sonaba muy
cercana a la suya.
El comienzo de Poeta chileno nos lleva hasta el Santiago de 1991 y me ha recordado
a las primeras páginas de Bonsái, ya
que ambos libros empiezan con una pareja de adolescentes que se están
conociendo y están a punto de dejar de ser vírgenes. Julio y Emilia, los
adolescentes de Bonsái, han pasado a
ser ahora Gonzalo y Carla, que pasan el invierno de 1991 viendo la televisión
en la casa de Carla debajo de un cómplice poncho andino. El tono de la primera
parte de la novela ––titulada Obra temprana– es bastante
humorístico, de un humorismo juguetón que me ha hecho pensar en Alfredo Bryce Echenique, y también es
bastante celebrativo del sexo libre. Cuando Gonzalo se sienta despechado por
Clara, comienza a escribir poemas. Ésta será esa «obra temprana» a la que alude
el título. «A Gonzalo no le quedó más remedio que apostarlo todo a la poesía:
se encerró en su pieza y en tan solo cinco días se despachó cuarenta y dos
sonetos, movido por la nerudiana esperanza de llegar a escribir algo tan
extraordinariamente persuasivo que Carla ya no pudiera seguir rechazándolo.»,
escribe Zambra en la página 17. Pero el adolescente Gonzalo fracasará como
poeta (no consigue escribir buenos poemas) y fracasará como seductor (no
consigue que Carla vuelva con él). Zambra reproduce en la novela uno de los
poemas que escribe Gonzalo. «Gonzalo sí que se quería morir. No tiene gracia
que nos burlemos de sus sentimientos; burlémonos mejor del poema, de sus rimas
obvias o mediocres, de su sensiblería, de su involuntaria comicidad, pero no
subestimemos su dolor, que era verdadero.», leemos en la página 18, un párrafo
que marca ya el tono con el que el narrador Zambra va a describir, más adelante
a la fauna que puebla el ecosistema poético chileno; hará humor sobre él, pero
será un humor mucho más compasivo que cruel. Poeta chileno, que podría haberlo sido una novela cruel, no es en
ningún momento. Poeta chileno es una
novela divertida y amable.
En la página 42 leemos: «Gonzalo
nunca vinculó su repentina pasión por los haikús con sus problemas de
eyaculación precoz.» El narrador de Zambra sabe más de la historia que cuenta
que sus personajes, pero a diferencia de un narrador del siglo XIX no es
omnisciente. La frase anterior también podría ser una muestra del humorismo del
autor.
En la segunda parte –Familiastra–
el lector descubre que han pasado nueve años. Estamos ya en el 2000. Un Gonzalo
veinteañero va a reencontrarse con Carla en una discoteca gay, aunque los dos
siguen siendo heterosexuales. Nueve años después volverán a iniciar una
relación. Carla tiene un hijo, Vicente, fruto de su esporádica relación con
León. Gonzalo se mudará a vivir con Carla y Vicente. Uno de los temas del libro
sigue siendo el sexual, y más de una de las situaciones que se describen aquí
son propias de una comedia de enredo; por ejemplo, las dificultades de Gonzalo
para disfrutar del sexo con Carla sin las interrupciones de Vicente.
En esta parte, la novela avanza de
un modo amable, mostrando situaciones ligeras y cómicas, aunque quizás
adoleciendo un tanto de falta de tensión narrativa. Ni siquiera Gonzalo, que se
ha convertido en profesor de literatura parece darle mucha importancia a su
propia obra poética. Entonces ¿quién es el «poeta chileno» al que alude el
título? ¿Hacia dónde va aquí Zambra? Un autor que nos había acostumbrado a sus
esculpidas miniaturas narrativas, ¿por qué rellena ahora páginas hablando de la
existencia o no de Papá Noel (o el Viejito Pascuero) para el niño Vicente? ¿Por
qué especula sobre la palabra «padrastro», eso que es Gonzalo para Vicente?
Como ya he dicho, la escritura de Zambra tiene encanto y es disfrutable, pero
me parecía, por momentos, que de repente había decidido jugar a convertirse en
un escritor diferente al que había sido en el pasado. Un escritor de
acumulación y no de contención. Sin embargo, la novela se rompe de nuevo al
llegar a la tercera parte, la titulada Poetry en motion.
En esta tercera parte, los ejes
narrativos cambian. Alguno de los personajes de las otras dos partes
desaparecen, otros cobran mayor relevancia y surgen nuevos. Me siento, como
lector, positivamente desconcertado. Quiero saber hacia dónde me quiere llevar
Zambra en este momento. Vicente tiene ahora dieciocho años, y como su
padrastro, va camino de convertirse en otro «poeta chileno».
Un reportaje que quiere hacer la
norteamericana Pru sobre la poesía chilena le va a permitir al lector acercarse
a un muestrario amplio de los poetas que pululan por el Chile actual. Por
supuesto, Zambra sabe que es un narrador chileno que va a hablar sobre poetas,
y sabe que la sombra de Roberto Bolaño
es alargada. En gran medida, Poeta
chileno es una obra que desmitifica la imagen que del poeta había creado
Bolaño. Cuando Pru propone a Gregg –su jefe en el periódico– la idea de
escribir un reportaje sobre los poetas chilenos, éste contesta: «Vamos a descubrir
a un montón de detectives salvajes.» (pág. 250). Pru entrevistará a poetas
chilenos, irá a alguna fiesta de poetas chilenos e incluso podrá conocer al
decano de los poetas chilenos, a un Nicanor
Parra de noventa y nueve años.
Los poetas de Roberto Bolaño eran
heroicos y desesperados, eran jóvenes y trágicos, en sus vidas había oscuridad,
amenaza y belleza. Los poetas de Alejandro Zambra son mucho más mundanos; pese
a sus diversas formas de afrontar la poesía, hay elementos de cohesión entre
ellos: todos (y todas) no paran de contemplar las tetas de la joven y rubia Pru
cuando los está entrevistando. De nuevo aparece aquí el humorismo burlón y
amable de Zambra en torno al sexo. Sin embargo, Zambra nunca acaba de ser cruel
con sus personajes.
Entre Pru y una mujer amiga de
poetas se produce el siguiente diálogo:
«—Es un mundo divertido, pero
cansador —dice Pru, para reanudar el diálogo—. Son todos muy intensos.
—Pero es un mundo mejor. Un poco. Es
un mundo más genuino. Menos fome. Menos triste. O sea, Chile es clasista,
machista, rígido. Pero el mundo de los poetas es un poco menos clasista. Solo
un poco. Por último creen en el talento, tal vez creen demasiado en el talento.
En la comunidad. No sé, son más libres, menos cuicos. Se mezclan más.» (pág. 317).
Creo que está claro que, pese a su labor desmitificadora del poeta bolañesco,
Zambra tiene intención de salvar a sus más mundanos poetas chilenos.
Aunque Zambra ya ha jugado con esto
en la primera y segunda parte, en la tercera los juegos con la voz narrativa se
hacen más presenten. Ya he comentado antes que la voz narrativa sabía más que
los personajes, pero que no era omnisciente. En esta tercera parte, de vez en
cuando el narrador interviene en la narración. «Y entonces Pru piensa en
quedarse en Chile, pero su vida no es una maravillosa película mala, así que se
sube al avión y a mí me dan ganas de subirme con ella y de acompañarla y de
seguirla, como el perrito Ben, a todas partes, pero ahora mismo hay como un
millón de novelistas escribiendo sobre Nueva York, probablemente mientras
escuchan y tararean esa canción tan hermosa que dice “New York I love you / but
you´re bringing me down”, y yo quiero leer sus sofisticadas novelas, que casi
siempre me gustan, voy a tratar de leerlas todas para ver si en alguna de ellas
sale Pru o alguien parecido a Pru –de verdad me encantaría subirme con ella al
avión, pero tengo que quedarme en territorio chileno, con Vicente, porque
Vicente es un poeta chileno y yo soy un novelista chileno y los novelistas
chilenos escribimos novelas sobre los poetas chilenos.» (pág. 334). Si bien el
recurso de que el narrador intervenga en el texto es muy propio del siglo XIX, y
que en el siglo XX casi desapareció, Zambra lo retoma en el siglo XXI desde un
punto de vista juguetón y burlesco, que encaja muy bien con el tono ligero de
la novela.
En gran medida, uno de los temas
centrales de Poeta chileno acaba
siendo el de la paternidad vicaria. ¿Si Gonzalo fue durante años un padrasto
para Vicente, lo sigue siendo aunque haga años que ya no lo ve o solo un padre
es siempre padre de su hijo? En Poeta
chileno la voz del primer Zambra (el de Bonsái)
es perfectamente reconocible, pero a la vez se ha vuelto más socarrona, y juega
a esconderse de sí misma. La capacidad de Zambra para quebrar los ejes
narrativos de su libro y jugar con las expectativas del lector sigue siendo
también muy alta. Poeta chileno es
una buena novela; una novela elegante, tierna y divertida.
domingo, 10 de mayo de 2020
El patio, por Jorge Edwards
El patio
Jorge Edwards. Nana
Vizcacha
El patio, formado por ocho cuentos, es el primer libro que publicó el premio
Cervantes de 1999, el chileno Jorge Edwards (Santiago, 1931). El patio se publicó en 1952, cuando
Edwards aún era estudiante de Derecho y contaba, a lo sumo, con veintiún años. Sería
casi recomendable al leerlo olvidar el dato de la precocidad del escritor,
porque estos ocho cuentos, que suman unas escasas cincuenta páginas, son una
obra sorprendentemente madura y valiosa. Para esta edición, Edwards ha escrito
un bello prólogo en el que rememora el Santiago perdido de su juventud y las
anécdotas reales que le impulsaron a escribir estas narraciones.
El tema principal de El patio es
el de la fragilidad de la infancia. Principalmente sus historias nos mostrarán
a niños que no entienden aún las reglas del mundo de los adultos y sienten
sobre sí, en el tiempo del cuento, toda su extrañeza memorable. Así en El regalo un niño (trasunto del autor)
se desilusionará cuando su tía, tras prometerle un regalo, ponga en sus manos
un libro con ilustraciones bíblicas. En Una
nueva experiencia un niño que está entrando en la adolescencia se
emborrachará por primera vez en una fiesta familiar, sin llegar a entender de
dónde procede el calorcillo que le recorre por el cuerpo. En El señor una niña se pierde en su
ciudad, durante una fiesta de disfraces y le pedirá ayuda a un desconocido para
volver a casa, empezando a sentir que tal vez dejarse acompañar por un
desconocido no ha sido una buena idea. En La
virgen de cera un niño desafía a una niña a quitarse los calzones en medio
de un patio, sin entender aún el impulso sexual que los motiva. La perspectiva
narrativa de Los pescados es
diferente a la del resto de los cuentos, ya que aquí será un adulto el que no
logre comprender el mundo de los niños. En La
salida una niña, a la que no vienen a recogerle al colegio, empezará a
asomarse a los problemas de la soledad y el abandono. En La señora Rosa un niño tendrá su primer atisbo de la finitud, al
ser testigo de la enfermedad y la muerte de un familiar mayor. Y en La desgracia un niño enclenque y con
problemas de salud habrá de sufrir en el colegio la crueldad de sus compañeros
y profesores, dándose cuenta de que habrá de vivir en un mundo verdaderamente
hostil.
La prosa del joven Edwards es en apariencia sencilla, pero en realidad
estos cuentos son un prodigio de contención. Más que en lo narrado en primer
plano, el peso de las escenas se halla en su capacidad para sugerir lo inasible
del miedo y el cambio. Uno de los recursos más usados de Edwards es el de convertir
en símbolo las mutaciones de la luz en oscuridad y del sonido en silencio. La
fuerza expresiva de estos cuentos se consigue mediante el vaciamiento, el día
va desapareciendo y la amenaza de las sombras (o los descalabros de la vida
adulta) acechan. “Pronto se extendió, casi oscuro, frente a sus ojos. En la
penumbra, la silenciosa victrola evocaba otros tiempos” (pág. 20); “La
oscuridad iba creciendo” (pág. 40); “El patio estaba oscuro ahora” (pág. 45);
“La casa estaba sola y oscura” (pág. 47).
Ha sido una verdadera y grata sorpresa poder acercarme a este libro,
inencontrable en España y rescatado hace unos meses gracias a la labor de zapa
de la nueva editorial madrileña Nana Vizcacha, de la que esperamos en el futuro
más sorpresas como ésta. El Patio es
una delicada delicia.
(Esta reseña es más corta de lo habitual por exigencias de espacio en la revista Librújula en papel)
domingo, 3 de mayo de 2020
Eisejuaz, por Sara Gallardo
Eisejuaz, de Sara Gallardo
Editorial Malastierras. 200 páginas. 1ª edición de 1971; ésta es de
2019.
Ya conté la semana pasada que los
editores de Malastierras me enviaron
juntos los dos libros que, por ahora, han rescatado, y sacado en España, de la
escritora argentina Sara Gallardo
(Buenos Aires, 1931 – 1988), que son Enero (1958) y Eisejuaz (1971). Después
de la buena impresión que me dejó Enero,
su primera novela, decidí continuar con su obra de madurez, Eisejuaz.
De entrada voy a decir que me costó
entrar en el libro. Debido a un problema familiar grave, no leí los primeros
capítulos con la atención y la cercanía temporal necesaria y tuve que empezar
el libro dos veces; además de retomar la lectura –en otras dos ocasiones– un
capítulo antes de donde la había dejado el día anterior. Es decir, las
circunstancias de lectura no fueron las óptimas debido a un problema externo y
completamente ajeno al libro de Sara Gallardo. Sin embargo, aunque sopesé la
idea de abandonarlo y retomarlo más adelante, consideré finalmente que debía
leerlo entero en ese momento y lo acabé. Creo que fue una buena decisión; pese
al accidentado comienzo, acabé disfrutando bastante de esta novela.
El protagonista de este libro es un
indio americano, llamado Eisejuaz entre los indios, y Leandro Vega entre los
blancos. Los protagonistas indios de Eisejuaz tendrán siempre dos
nombres; es decir, dos identidades que suponen para ellos un desdoblamiento de
su personalidad, de sus costumbres y lealtades. Este desdoblamiento va a ser
especialmente acusado y dramático en el caso de Eisejuaz.
Eisejuaz ha sido educado en el
cristianismo en una comunidad de misioneros noruegos. Ideas religiosas mal
entendidas, o demasiado mezcladas con otras ideas animistas propias de la
cultura de su gente, van a hacer que crea vivir apariciones del Señor. Eisejuaz
considera, por ejemplo, que el Señor le habla de forma directa cuando está
fregando los platos en la cocina del hotel en el que se encuentra empleado. El
mensaje del Señor llevará a Eisejuaz a rescatar de una zanja al Paqui. Me he
quedado sin saber si el término «Paqui» significa algo especial para Eisejuaz;
si en lenguaje coloquial argentino de 1970 «Paqui» tiene algún significado. El
Paqui es un viejo blanco, que Eisejuaz se empeñará en «salvar» por encomienda
del Señor. Sin embargo, el Paqui en realidad se acabará sintiendo secuestrado
por Eisejuaz, quien se lo acabará llevando al monte, donde los dos vivirán en
una cabaña construida por el segundo, y alimentándose ambos de las alimañas que
puede cazar Eisejuaz.
Es cierto que, a pesar del problema
personal que tuve al comienzo de la lectura, Gallardo le suministra, al menos
en los primeros capítulos, una información no demasiado clara al lector. La
autora dibuja escenas alucinadas, con un aire onírico, donde los pensamientos
extravagantes y mesiánicos de Eisejuaz se mezclan con descripciones poéticas de
la naturaleza. Como ya ocurría en Enero,
las descripciones del paisaje o el ambiente natural acaban siendo importantes
para describir el carácter o la sensación de opresión de las situaciones
dibujadas. Mientras que en los días que se retrataban en la trama de Enero predominaba la canícula, en Eisejuaz, cuyo arco temporal es mayor,
convive el calor extremo con el frío extremo. Las condiciones naturales
extremas parecen pruebas a las que el Señor somete a Eisejuaz.
Si al principio tenía la impresión
de que Gallardo narraba momentos de la vida de Eisejuaz sin demasiado nexo
entre sí, una vez superados los primeros capítulos el lector si percibirá que
existe aquí una estructura más o menos narrativa fuerte y que la trama y el
personaje van a avanzar hacia el final de la novela.
Pese a que las intenciones de los
actos de Eisejuaz son nobles y sacrificadas, casi siempre acaba siendo mal
considerado por todas las comunidades con las que tiene contacto: los indios
renegarán de él porque había de ser un gran jefe y se fue con los blancos, los
misioneros le rechazarán porque consideran que no sigue de forma adecuada los
preceptos de su fe, y en su pueblo por ser un paria, por hacer secuestrado al
Paqui. El camino de rectitud que ha elegido Eisejuaz para la salvación propia o
la de quienes le rodean acabará siempre en la incomprensión y en la
marginalidad para Eisejuaz. «Mi pueblo me odia; el blanco no me quiere; y tengo
que servir todavía a ese que me entregaron y que no sé dónde está.» (pág. 170)
Eisejuaz se preocupará a lo largo de
la novela porque las voces que escucha (y que él considera que provienen de «el
Señor») le abandonan periódicamente y él siempre desea que vuelvan.
La prosa de Gallardo es aquí más
rica y mucho menos contenida que la que empleó para escribir Enero. De hecho, en más de un caso las
construcciones son extrañas; por ejemplo: «Nadie no me contestó» (pág. 39) o
«Nadie no podrá» (pág. 38) o «él tampoco no la tuvo» (pág. 40). Estas
expresiones pretender reflejar el funcionamiento de la mente perturbada de
Eisejuaz. Desde un punto de vista clínico, el protagonista de esta novela
posiblemente sea un esquizofrénico, alguien que oye voces que le ordenan hacer
cosas, y alguien que se encuentra con presencias en la noche contra las que tiene
que combatir. Desde un punto de vista poético, Eisejuaz es un hombre perdido
entre varios mundos, alguien en quien se manifiestan presencias del pasado,
fantasmas inconclusos.
La tercera persona se alterna con la
primera. La narradora nos habla de Eisejuaz, o él mismo nos cuenta sus
impresiones sobre la realidad en la que cree vivir. Además, la prosa de
Gallardo sufre aquí más desdoblamientos: puede ser la narradora la que hable de
Leandro Vega, o bien Vega y Eisejuaz hablan de sus sensaciones como si fueran
personas distintas.
Si bien en Enero la acción se situaba en un pueblo indeterminado del interior
de Argentina, en Eisejuaz sí que se
nombran algunas poblaciones concretas: Salta, Orán Tartagal. Es éste un
contraste curioso, puesto que la narración de Enero es mucho más realista que la onírica de Eisejuaz.
«Lugares tristes hay muchos y los
conozco todos», nos acabará diciendo Eisejuaz en la página 161, cerca ya del
fin de sus fuerzas. Eisejuaz es una
novela profundamente poética; una novela desolada sobre la marginación, la
inadaptación y la incomprensión del mundo. También es una novela que encierra
un misterio hondo, un misterio que el lector siempre piensa que va a poder
tocar, pero que siempre se le acaba escurriendo entre los dedos. Eisejuaz se acabará
convirtiendo en el arquetipo de los indios perdidos y marginados de América,
desde Canadá hasta la Patagonia. En la contraportada del libro, la escritora Liliana
Colanzi dice que Eisejuaz es «uno de los personajes más enigmáticos e
inolvidable de la literatura latinoamericana.» Creo que lo mismo podría decirse
de Sara Gallardo, una escritora enigmática e inolvidable que murió, nada menos,
que en 1988 y que hasta, que no lo ha hecho la nueva y pequeña editorial
Malastierras, nunca había sido publicada en España. Qué gran labor hacen estas
editoriales para enriquecer el panorama literario.
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