domingo, 16 de mayo de 2021

Granta, los mejores narradores jóvenes en español, por VV. AA.

 


Granta, los mejores narradores jóvenes en español, de VV. AA.

Editorial Candaya, 352 páginas. 1ª edición de 2021.

 

El 7 de abril de 2021 la revista Granta, de origen británico, dio a conocer su lista de «los 25 mejores narradores en español, menores de 35 años» en una rueda de prensa por la mañana. Por la tarde había organizado una presentación en el instituto Cervantes de Madrid y me apeteció acudir. En 2010 fue la primera ocasión en la que Granta elaboró esta lista de autores en español, cuando habitualmente lo hacía en inglés y, si bien estaba programada la segunda entrega para 2020, la pandemia la retrasó hasta 2021. No leí el libro de 2010, de cuya publicación se encargó la actualmente inactiva editorial Duomo, pero sí he leído esta de 2021, que viene de la mano de la editorial Candaya.

En 2010 la lista estuvo compuesta por 22 nombres, donde había autores como Andrés Barba, Alberto Olmos, Elvira Navarro, Federico Falco, Patricio Pron, Samanta Swcheblin o Alejandro Zambra, que han desarrollado en la mayoría de los casos una exitosa carrera (dentro de lo exitoso que puede ser un escritor en el siglo XXI, que tampoco es mucho, deberíamos apuntar).

 

El libro empieza con una esclarecedora introducción de Valerie Miles, editora de Granta en español, que nos revela algunos datos interesantes sobre esta selección de autores. Para ser considerados, los autores debían haber nacido a partir del 1-1-85. Esto hizo que algunos autores importantes como Juan Gómez Bárcena o Eduardo Ruiz Sosa se quedaran fuera por poco. Los candidatos que se postularon al premio rondaron los 200, sin llegar, mientras que en la convocatoria de 2010 fueron unos 300. De entrada, he de decir que 200 candidatos me han parecido pocos. El español es una lengua que la hablan unos 500 millones de personas, y de estos, al menos, 200 millones deben tener menos de 35 años, así que la muestra analizada me parece pequeña como para poder seleccionar a los mejores narradores jóvenes.

De entre los 25 seleccionados, 11 son mujeres y 14 hombres. Aunque no se alcanza la paridad, Miles apunta que hay mayoría de mujeres entre los escritores más jóvenes de la muestra. A Miles le llama la atención que esta nueva hornada de escritores apuesta más por el color local de sus lenguas, frente al uso de un español neutro, que fue muy habitual entre los escritores latinoamericanos del 2000, y también considera que ahora hay más empleo del humor. Miles dice que aquí buscaban relatos que se distanciaran del yo, del mero testimonio. «Las narraciones de muchachos en el burdel, o de violencia gratuita, nos parecen ahora insufribles, inequívocamente passé

Al leer estas ideas me empezaron a saltar las alarmas: ¿está Granta buscando marcar unas líneas sobre lo que debe ser la literatura del futuro y lo que no debe ser? Si un joven Mario Levrero se hubiera postulado a esta publicación con La novela luminosa a sus espaldas, ¿hubiera sido rechazado por el «muy cansino uso y abuso de la primera persona, de las figuraciones del yo»? Si un joven Cormac McCarthy se postula con Meridiano de sangre, ¿alguien hubiera considerado que su propuesta estaba passé por tener demasiada «violencia gratuita»? ¿A quién se dirige el dardo de los «muchachos en el burdel»? ¿A Mario Vargas Llosa, que también hubiera sido rechazado por Granta?

 

En el instituto Cervantes pude saludar a Olga y Paco, los incombustibles editores de Candaya, y a algunos de los autores seleccionados, como Mónica Ojeda y Alejandro Morellón, a los que ya conocía, y pude saludar en persona a David Aliaga, a quien seguía en Facebook. Conversé también con Munir Hachemi y no pude cambiar ni una palabra con Irene Reyes-Noguerol, la autora más joven de todo este número de Granta.

Para participar en el proceso de esta selección, además de tener menos de 35 años, había que tener libros de relatos o novelas publicados. Los candidatos las enviaban al jurado y este seleccionaba a los autores que consideraba con más méritos.

En la presentación me enteré de que se envió un mensaje a un grupo de autores para decirles que habían sido preseleccionados, pero que su inclusión en la selección final dependía del texto que mandaran para la revista. El texto tenía que ser inédito, y podía ser un relato o un fragmento de una novela. Esto que comento ahora no lo dice Valerie Miles en su introducción, y tal vez sea una indiscreción contarlo, pero lo hago porque creo que esta premisa competitiva ha influido, en algunos casos, en los textos que los candidatos acabaron mandando a la revista.

 

El orden de los cuentos no se guía por la fecha de nacimiento de los autores, ni por ningún criterio reconocible. Voy a hacer un recorrido breve por todos los cuentos, dando una opinión sincera sobre la impresión que me han causado:

 

1) Inti Raymi, de Mónica Ojeda (Ecuador, 1988). Ojeda era mi apuesta más segura para estar incluida en esta selección de Granta. De ella he leído sus novelas Nefando (2016) y Mandíbula (2018) y me parece una escritora muy talentosa y con un gran mundo propio. Su narración es el comienzo de una novela, y trata sobre la violencia que un grupo de niños quiere ejercer sobre otro, en el contexto de una fiesta rural americana en la que se invocan a fuerzas ancestrales y místicas. La violencia y la cercanía a la extrañeza y el terror están presentes aquí, como en el resto de su obra. Un comienzo de novela muy prometedor. Empezamos bien.

 

2) Juancho, baile, de José Ardila (Colombia, 1985). No conocía de nada a este autor y su cuento me ha impactado. Una gran narración sobre la violencia ejercida por un grupo de adolescentes sobre un hombre con una deficiencia mental, una violencia que tiene que ver con sus frustraciones y su sensación de pertenencia. Una narración violenta, bella y poética.

 

3) Buda Flaite, de Paulina Flores (Chile, 1988). De Flores había leído su libro de cuentos Qué vergüenza (2016), que me gustó bastante. En esta ocasión, su texto es el comienzo de una novela. Buda Flaite es su protagonista, un adolescente no binario, que se ha escapado de un centro de acogida. Por primera vez en un texto narrativo me encuentro con el uso de la partícula neutra «e» para designar un género indefinido. Hasta ahora, había visto en las redes sociales de algunas autoras, sobre todo latinoamericanas, expresiones como «niñes», pero luego veía que no las usaban en sus libros. Flores es la primera autora a la que le veo hacerlo. También usa un vocabulario chileno de la calle que me cuesta entender. La propia Flores detiene su narración y le explica al lector que el lenguaje callejero chileno evolucionó igual que el argentino o el mexicano, pero que las películas o las canciones lo popularizaron y no así el chileno. Esta reflexión me interesa. Aunque no dejo de darme cuenta de que para empezar su novela ultramoderna con un personaje no binario y un vocabulario rompedor, Flores ha de usar un recurso narrativo del siglo XIX: el narrador interviene en lo contado para explicar qué está contando. Me surge otra pregunta ¿que el personaje sea no binario suma algo a la narración o refleja el miedo a no ser lo suficientemente moderna y no ser seleccionada para Granta? Anotemos: primer relato con tema de identidad de género.

Sin embargo, acabo el capítulo de su novela con ganas de leer más. Me ha interesado.

 

4) El niño dengüe, de Michel Nieva (Argentina, 1988). Nieva nos presenta aquí un relato de ciencia ficción, ambientado en una Argentina futurista en la que gran parte de su territorio se encuentra bajo el mar y cuyo protagonista es un niño mutante, mitad humano, mitad mosquito. El niño dengüe no deja de ser una reinvención de La metamorfosis de Franz Kafka. Nieva me parece el heredero de los cuentos más imaginativos del también argentino Elvio E. Gandolfo. El niño dengüe será en realidad una niña. Segundo relato sobre el tema del género. Vamos sumando. Me ha gustado El niño dengüe.

 

5) Cápsula, de Mateo García Elizondo (México, 1987). Nos encontramos aquí con otro relato futurista. Un preso es condenado a vivir en una cápsula en el espacio. Me ha parecido un relato demasiado juvenil. García Elizondo presenta aquí a un único personaje en el espacio, que reflexiona, pero que no ha de interactuar con nadie. Recuerdo haber escrito yo mismo relatos así cuando tenía unos dieciocho años, el solipsismo era algo atractivo y sencillo. García Elizondo es nieto de Gabriel García Márquez y de Salvador Elizondo, dos pesos pesados de la literatura latinoamericana. Tengo la impresión de que García Elizondo es alguien que ha tenido todas las puertas abiertas en la literatura desde el primer momento (primera novela publicada en, nada menos, que Anagrama). Cápsula sería un buen relato para una selección sub21, pero no para una sub35. Primer bajón del libro.

 

6) Deshabitantes, de Gonzalo Baz (Uruguay, 1985). Baz evoca aquí una adolescencia difícil en un barrio marginal. Deshabitantes es un relato social, bello, poético y evocador sobre el amor, la familia y la soledad.

 

7) Reinos, de Miluska Benavides (Perú, 1986). Benavides presenta aquí el comienzo de una novela. Empieza bien, un relato social sobre una mina en Perú y trabajadores que sufren abusos, pero el texto se acaba diluyendo en diversas ramificaciones. Seguramente si el lector pudiera acercarse a la novela entera todo tendría más sentido, pero, al leer solo una parte, ve cómo se despliegan ante él caminos narrativos que quedan algo deslavazados.

 

8) Viajeras bajo la marquesina, de Eudris Planche Savón (Cuba, 1985). Dos chicas coindicen en un tres. Se atraen. Una saca un libro de Katherine Mansfield, la otra lo lee. Ambas imaginan escenas con la otra, escenas con Mansfield. Viajeras bajo la marquesina me ha parecido un texto demasiado literario, demasiado cifrado y confuso. Me esperaba (sin fundamento) que un escritor cubano me hablara de la situación actual en Cuba, de su mundo en transición, pero no ha sido éste el camino elegido por Planche Savón y no ha captado mi interés.

 

9) Insomnio de las estatuas, de David Aliaga (España, 1989). El cuento nos habla de un editor español en Canadá llamado David Aliaga que ha de volver a su hotel una noche. Aliaga es un estudioso de la cultura judía y en su cuento el personaje procede de una familia judío europea y habla de la identidad. Su modelo es la narrativa del guatemalteco Eduardo Halfon. El peso de la influencia de Halfon sobre el cuento de Aliaga quizás sea excesivo; siendo un buen cuento, en cualquier caso.

 

10) Mar de piedra, de Aura García-Junco (México, 1988). Otro cuento futurista. Una profesora está liada con una alumna, y en las avenidas de Ciudad de México aparecen estatuas de personas congeladas. El texto es, en principio, sugerente y misterioso, pero se acaba dispersando y no me convence.

 

11) Nuestra casa sin ventanas, de Martín Felipe Castagnet. (Argentina, 1986). Una escultora transexual recibe el anillo de una organización secreta, que la reconoce como la gran artista de su época. Un anillo que habrá de pasar cuando se siente morir a otro artista. Ella elegirá a su rival.

Al toparme con el tercer personaje con problemas de identidad de género, tras once relatos, en los que además hay dos sobre lesbianas, empiezo a plantearme si los candidatos a aparecer en Granta habían sido avisados de que no querían historias sobre violencia gratuita, chicos en el burdel y autoficción del yo. Entonces ¿qué quieren?, me imagino que se preguntarían. ¿Cuáles son los temas sobre los que sí debo escribir? ¿Qué está de moda, que es incuestionable? ¿La transexualidad, el lesbianismo? ¿Esto es incuestionablemente moderno, no? Que el personaje de Nuestra casa sin ventanas sea transexual no aporta nada al relato. Se habla aquí de dos artistas que han competido por las mismas becas. ¿Cómo se compite por las becas?, me pregunto yo. ¿Sabiendo en cada momento cuáles son los temas sobre los que hay que hablar, por ejemplo? Siempre he pensado que los artistas verdaderos tienen unas obsesiones que los acompañan siempre, con pocas variaciones. No me imagino a Kafka eligiendo un tema para un cuento o una novela, considerando lo que estuviera de moda en ese momento, lo que era incuestionable para las autoridades que habrían de juzgarse. Si el joven Cormac McCarthy que he evocado antes, envía Meridiano de sangre al jurado del Granta, ¿hubiera sido rechazado porque su narrativa contiene mucha violencia gratuita? ¿Y si McCarthy entonces hubiera decidido transformar al chico protagonista de Meridiano de sangre en un chico transexual, entonces ya sí, sería elegido como un gran y prometedor escritor?

Hace no mucho la escritora transexual Camila Sosa Villada ha publicado Las malas, una novela que se basa en sus vivencias, y en los problemas que le ha dado su transexualidad. En este caso, el tema de la transexualidad me parece totalmente pertinente, el individuo se enfrenta a un mundo hostil y nos lo narra. En Nuestra casa sin ventanas me parece una impostura que no consigue hacer levantar el vuelo a un relato inane.

 

12) Ruinas al revés, de Carlos Fonseca, (Costa Rica, Puerto Rico, 1987). El protagonista, Carlos Fonseca, sobrevive en Puerto Rico a un huracán que ha dejado su casa sin luz. Encuentra una caja con documentos de un psiquiátrico que hablan de uno de los primeros arquitectos reconocidos de Puerto Rico y se pone a investigar sobre esta persona. Hay algo de Cervantes y Borges en esta narración poética y evocadora. Este cuento me parece uno de los mejores del conjunto.

 

13) Anillos de Borromeo, de Andrea Chapela (México, 1990). Nos encontramos aquí con un relato de ciencia ficción apocalíptica, que nos habla de la supervivencia en México y del pasado de la protagonista en Madrid. Una narración conseguida.

 

14) Mi nuevo yo, de Andrea Abreu, (España, 1995). El nombre de la canaria Abreu ha sonado, durante el último año, gracias al éxito de su novela Panza de burro. En Mi nuevo yo, como hacía en su novela, usa palabras muy canarias, que yo no había oído nunca, y esto da bastante sabor local al relato. En Mi nuevo yo nos habla de una mujer recién divorciada que busca en talleres de comida macrobiótica, yoga, etc. reinventarse a sí misma. Al final veremos cómo ha de enfrentarse a sus dependencias y deseos. Un gran relato.

 

15) Nadie sabe lo que hace, de Camila Fabbri (Argentina, 1989). En este relato una chica evoca su infancia y convivencia con sus dos hermanastras. Nadie sabe lo que hace es un relato poético y potentes sobre las familias disfuncionales y las cicatrices que esto deja en las personas.

 

16) El color del globo, de Dainerys Machado Vento (Cuba, 1986). Una pareja de cubanos que vive en Florida ha sido invitada a una pura fiesta gringa: la prima de uno de ellos celebra un gender reveal, donde una pareja que espera un hijo revela a su familia y amigos el género del bebé que van a tener. La chica despotrica sobre esta fiesta heteropatriarcal, porque no se sabe si el bebé será niño, niña o niñe. Cuarto cuento con el tema del género, anoten. En este caso la narración es irónica, y en realidad nos habla sobre el peso de las costumbres y en la adaptación, por parte de los emigrantes, de las costumbres burguesas del país de acogida. Es el cuento más divertido del conjunto y me ha gustado.

 

17) El gesto animal, de Alejandro Morellón (España, 1985). Morellón es mi amigo y he leído todos los libros que ha publicado hasta ahora, los conjuntos de relatos La noche en que caemos (2013) y El estado natural de las cosas (2016) y la novela Caballo sea la noche (2019). Para Granta ha presentado el comienzo de una novela, una novela sobre la primera papesa católica. Quinto relato sobre el tema del género. Lo cierto es que no ha logrado interesarme. Quizás la novela en su conjunto sea otra cosa, pero el fragmento que nos muestra Granta me ha dejado indiferente.

 

18) Rasgos de Levert, de José Adiak Montoya (Nicaragua, 1987). Montoya juega en su relato con la historia bíblica de Jesús, y le sitúa en la Nicaragua actual con el nombre de Levert. Parece que Montaya desea hacer una narración social sobre su país, pero los paralelismos bíblicos han acabado por chirriarme.

 

19) Días de ruina, de Aniela Rodríguez (México, 1992). Un cuento sobre un borracho, cuya adicción provoca la muerte de su hijo. Un cuento brutal con claras reminiscencias de Juan Rulfo. Un cuento que funciona perfectamente.

 

20) Wandaja, de Estanislao Medina Huesca (Guinea Ecuatorial, 1990). A veces se nos olvida que existe un país en África en el que el español es una de las lenguas oficiales. Nunca había leído a un escritor guineano y por esto mismo el relato de Medina Huesca me ha interesado mucho. Nos encontramos con un protagonista que culpa de todos los problemas de su país al hecho de haber sido una colonia de España. Sin embargo, pasó su juventud en España, en Fuenlabrada, y esto creará diferencias sociales con los guineanos que no se han formado fuera. Sin tener el relato ningún alarde técnico, me gusta el rincón de la realidad del idioma desde el que habla. Me gusta Wandaja.

 

21) Soporte vital, de Munir Hachemi, (España, 1989). Hachemi es de padre argelino y madre española, y sitúa su relato en China. Un joven porta el cadáver de su abuela hasta un hospital. Soporte vital es un buen relato.

 

22) Niños perdidos, de Irene Reyes-Noguerol (España. 1997). Reyes-Noguerol escribe un relato poético y potente sobre la infancia y la muerte de la madre. Reyes-Noguerol es la autora más joven de este conjunto y promete mucho.

 

23) Cerezos sin flor, de Carlos Manuel Álvarez (Cuba, 1989). Hace un par de años yo había escuchado hablar a Álvarez en la Casa de América de Madrid y me sorprendió la claridad y la madurez de su discurso. Cerezos sin flor es un grandísimo cuento sobre la nostalgia de la infancia y las personas que nos cuidan en ella. Cerezos sin flor me parece, tal vez, el cuento más talentoso de todo este libro.

 

24) Una historia del mar, de Diego Zúñiga (Chile, 1987). De Zúñiga había leído su novela policiaca Racimo, una obra prometedora. En Una historia del mar lo que parece un cuento sobre la épica de los perdedores, en este caso deportivos, se transforma pronto en un relato sobre los terrores de la dictadura chilena. Un cuento muy bien armado, muy potente.

 

25) Oda a Cristina Morales, de Cristina Morales (España, 1985). Morales habla aquí de mujeres que practican deportes de contacto. Al principio ‒este es uno de los relatos más largos del conjunto‒ parecen unas notas deslavazadas sobre una reivindicación feminista, pero, gracias al humor, va ganando enteros. Una narración muy libre que, pese a su estructura suelta, que hace que parezca estar escrito a buena pluma, acaba funcionando.

 

 

Tengo la impresión de que la labor de Granta más que la de la búsqueda de talento, es la de la confirmación del éxito. La mayoría de los autores aquí presentados han tenido ya un largo recorrido de premios, becas, reconocimientos y traducciones. En general, salvo cuando se ha buscado alguna diversidad curiosa, como la del guineano Estanislao Medina, Granta juega sobre seguro. También trata de marcar un discurso, prohibiendo temas, y premiando otros, por impostados que sean. Ahora mismo, escribir una novela sobre transexuales, sin ser transexual, me parece un tema convencional y trillado, y escribir una novela sobre violencia gratuita y chicos en un burdel me parece profundamente transgresor. Con el primer tema ‒anota esto, joven escritor‒ vas a conseguir reconocimientos y palmadas en la espalda que te digan que haces una literatura «valiente», y con el segundo solo rechazo y marginalidad. Joven escritor, si te obsesiona la violencia gratuita que sufres en tu país y quieres contarla, recuerda que tu personaje ha de ser transexual, o al menos no binario. Es posible que así puedas dar rienda suelta a tus obsesiones de escritor y conseguir, de paso, la beca a la creación y el ansiado reconocimiento.

¿Merece la pena leer este Granta, los mejores narradores jóvenes en español? Sí, merece la pena. En general, me parece que esta selección de Granta contiene grandes relatos y otros que no lo son tanto, o que no funcionan del todo, porque son fragmentos de novelas y no relatos. El nivel es bueno, con los altibajos señalados.

domingo, 9 de mayo de 2021

El alcalde de Casterbridge, por Thomas Hardy

 


El alcalde de Casterbridge, de Thomas Hardy

Editorial Alba. 534 páginas. 1ª edición de 1886; ésta es de 2010.

Traducción de Bernardo Moreno

 

En diciembre de 2020 leí Jude el oscuro (1895), la última novela de Thomas Hardy (Higher BockhamptonStinsford, Inglaterra, 1840 - Max Gate, 1928), un libro que se convirtió en una de mis mejores lecturas del año pasado. Así que a principios de 2021 me apeteció volver en este autor. Ya comenté que Jude el oscuro lo había tomado prestado de la biblioteca de mi suegra, donde también descansaba El alcalde de Casterbridge (1886) y se lo pedí prestado.

 

El arranque de El alcalde de Casterbridge es impresionante: Henchard, un joven de veintiún años camina leyendo junto a su joven mujer, que lleva en brazos un bebé. Entran en un pueblo, donde se está celebrando una feria de ganado. Bajo una carpa, donde sirven comida y bebidas, el hombre se emborracha y empieza a despotricar contra su mujer. Piensa que ella es una carga para él y está dispuesto a venderla en una subasta (junto al bebé) al mejor postor. Lo que parece una broma de mal gusto se complica cuando un marinero ‒de apellido Newson‒ ofrece las cinco guineas que pedía Henchard por la mujer y el bebé y se marcha con ella. La joven Susan parece querer así dar a su marido una lección. Cuando el joven se despierte de la borrachera tratará de buscar a su mujer para enmendar su error sin encontrarla.

Como dije al comentar Jude el oscuro, Hardy me parece el más ruso de los escritores británicos y en esta primera escena del libro me lo vuelve a parecer. Henchard parece un puro personaje de Fiódor Dostoyevski.

 

En este primer capítulo ya veo más de una conexión con Jude el oscuro. De entrada, tenemos al joven Henchard ‒un humilde aparvador de oficio‒ que lee según camina, mostrando así que quiere elevarse respecto a su condición, igual que hacía el joven Jude, cantero de oficio. Henchard y Jude parecen hacerse casado los dos demasiado jóvenes y sienten que la boda les ha truncado sus posibilidades de futuro. Además los dos riegan en alcohol sus frustraciones. Thomas Hardy es un escritor naturalista, y por tanto, en gran medida, el entorno social del que proceden sus personajes va a determinar su destino. «Rápidamente volvió a aflorar a la superficie ese rasgo de su idiosincrasia que había gobernado sus actos desde el principio y que lo había convertido en el hombre que fundamentalmente era.», leemos en la página 489 sobre un personaje.

 

Henchard no encuentra a su mujer y a su bebé y se hace la promesa de no volver a beber hasta que no pase, al menos, el tiempo correspondiente a la edad que tiene en ese momento, que es de veintiún años. El lector intuye que Hardy va a volver a sacar el tema de la adicción al alcohol de Henchard y esto a va a tener su importancia en la trama.

 

Entre el capítulo II y el III han transcurrido unos dieciocho años, y Susan camina con su hija Elizabeth-Jane hacia el pueblo de Casterbridge donde ha oído que quizás viva Henchard. Susan es una mujer crédula y sencilla, que había vivido con el marinero Newson, pensando que su «venta» tenía alguna validez legal. Después de que una vecina le haga despertar de su error y de que a Newson se le dé por desaparecido en un naufragio, decide buscar al que, según la ley, aún debe ser su marido, Henchard.

 

Henchard cumplió su promesa y abandonó beber. Con el tiempo dejó de ser un simple aparvador para pasar a ser un hombre próspero de la ciudad, y en el momento en el que Susan y Elizabeth-Jane llegan a ella se ha convertido en su alcalde. La aparición en Casterbrige de las dos mujeres y su irrupción, ya inesperada, en la vida de Henchard va a coincidir con la llegada a la ciudad de del joven escocés Donald Farfrae, que pensaba emigrar a Norteamérica, pero, dada su maña con los granos, Henchard le convencerá para que empiece a trabajar para él.

En El alcalde de Casterbridge nos vamos a encontrar con muchos momentos como el anteriormente descrito, en los que las casualidades y las coincidencias entre personajes van a tener un peso muy importante en la construcción de la trama. También habrá más de un «inesperado giro de guion». El alcalde de Casterbridge se publicó por primera vez en entregas en la revista inglesa Graphic y en la norteamericana Harper´s Weekly, y dependen mucho más de las técnicas constructivas propias del folletín que una obra más madura como es Jude el oscuro. También debo decir que, aunque en gran medida, El alcalde de Casterbrigde depende de las técnicas constructivas del folletín, no quiero que suene esto de un modo despectivo. La novela es muy entretenida y la he leído con un gran interés en cada momento. Lo digo ya, El alcalde de Casterbrigde me ha parecido una buena novela, que ha aguantado muy bien el paso del tiempo; y Jude el oscuro es una obra maestra, una obra en la que Hardy dominaba ya plenamente todos sus recursos y posibilidades literarias.

Además, los personajes de El alcalde de Casterbridge están bien perfilados y sus personalidades y los choques con los demás a los que les lleva su carácter están muy bien hilados. Es interesante ver cómo los motivos de las acciones de los personajes son interpretados de un modo diferente por otros. Como en un buen folletín la fortuna de los personajes va a sufrir grandes altibajos y al final, parece decirnos el Hardy más naturalista, van a sucumbir a sus pasiones más humanas.

Es interesante ver además cómo son los personajes de fuera del espacio de la novela (Casterbridge) en los que se centra la trama. La idea del «forastero» ronda cada página de la novela.

 

Si bien comenté que en Jude el oscuro, publicada en 1895, casi no aparece el narrador omnisciente que interviene en la historia, tan propio del siglo XIX; éste tipo de narrador está algo más presente en El alcalde de Casterbrigde, publicada nueve años antes.  Pero su presencia nunca llega a ser molesta o a sonar anticuada. Me han gustado algunos pasajes en los que se destaca el pasado romano de Casterbrigde, y en los que se describen los barrios marginales de la ciudad: «En Mixed Lane se podían ver muchas cosas tristes y bajas, y algunas funestas. El vicio entraba y salía por sus fueros en ciertas puertas del vecindario; la temeridad habitaba bajo el tejado de la chimenea torcida; la vergüenza, en algunos balcones; el robo (en época de carestía), en las cabañas con paredes de barro junto a los sauces.» (pág. 413)

También me gusta más de una de las mordaces apreciaciones de Hardy: «Exteriormente no había nada que le impidiera empezar de nuevo y, aprovechando su rica experiencia, llegar más alto aún que en el pasado. Pero a ello se oponía el ingenioso mecanismo ideado por los dioses para reducir al mínimo de las posibilidades de mejora de los humanos, y por el cual la pericia para hacer las cosas viene pari passu con la pérdida de ilusión para hacerlas.» (pág. 512)

 

Como ocurría en Jude el oscuro, es importante observar en El alcalde de Casterbridge la posición de la mujer en la sociedad de la época. Como el mundo rural dibujado (vuelve a aparecer aquí el inventado contado de Wessex) parece exigir a las mujeres una conducta más conservadora que a los hombres. Por ejemplo, Elizabeth-Jane será recriminada porque la noche de su llegada a Casterbridge, antes de darse a conocer a Henchard, trabajará durante unas horas en una posada como sirvienta, actividad que será, más tarde, impropia para la hija o la ahijada de alguien con tanta relevancia social como un alcalde. Lucetta, otro de los grandes personajes femeninos del libro, también sufrirá por lo que considera manchas en su pasado, unas supuestas manchas que la sociedad en la que vive le harán pagar muy caras. Hardy parece, en todo momento, tomar partido por estas mujeres y es, por lo que le leído, en su penúltima novela, Tess, la de los d'Urberville (1891), en la que desarrolla este tema como mayor profusión. Tengo ya ganas de leer esta novela.

Normalmente son famosos los comienzos de las grandes novelas, pero en este caso creo que es memorable la última frase del libro: «Al verse obligada a contarse entre los afortunados, no dejaba de asombrarse de la persistencia de lo imprevisto, convencida de que la persona a la que se le había concedido en la edad adulta aquel sosiego permanente no era otra que ella misma, que en juventud había aprendido que la felicidad no es sino un episodio ocasional del drama general del dolor.» En gran medida este cierre de novela concentra gran parte de la filosofía vital y novelística del gran Thomas Hardy.

domingo, 2 de mayo de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas en el blog La esquina de este círculo

 Borja Buzón Bernal, a quien conozco de las redes sociales, leyó mi novela Caminaré entre las ratas y escribió una reseña para su blog La esquina de este círculo:




 

«Los que frecuentan la blogosfera literaria conocerán a David Pérez Vega como ese profesor de economía de Móstoles apasionado por la literatura que sube sesudas reseñas de todo cuanto lee cada domingo a su espacio Desde la ciudad sin cines (y a también a su canal de YouTube). Yo conocía dicho blog mucho antes de compartir por aquí mis impresiones sobre cada lectura y ha sido para mí desde entonces un modelo de crítica literaria que siempre he admirado por la trabazón de su contenido, que, sin rozar la pesada erudición de la academia, daba todas y cada una de las claves interpretativas de las diferentes novelas y colecciones de relatos que iban apareciendo en el panorama editorial como novedades de este siglo XXI o como obras clásicas del XIX o del XX (principalmente narrativa hispanoamericana). Esta labor de Pérez Vega como crítico no es un fin en sí mismo, como él ha afirmado numerosas veces en sus redes sociales, sino un mecanismo para darse a conocer como escritor, para demostrar que su sensibilidad literaria le permite interpretar tanto textos complejos y representativos de la literatura contemporánea como incorporarlos a su imaginario particular y valerse de ellos, junto a su propia experiencia vital, para redactar una prosa de gran valor. A pesar de este extraordinario bagaje lector y hermeneuta que sitúa Desde la ciudad sin cines como uno de los espacios de la blogosfera literaria alejada del circuito del bestseller con más visitas, el propio Pérez Vega no destaca por ser un autor muy leído. Y esto se debe muy posiblemente a que aún no ha podido dar el salto a una editorial grande. Pérez Vega escapó, como su personaje Domingo, protagonista de esta novela que hoy reseño, de la autopublicación, pero se ha movido siempre en editoriales medianas y pequeñas, saltando de una a otra y con un pequeño séquito de lectores que le seguimos la pista. 

Previamente a Caminaré entre las ratas, Pérez Vega publicó en Sloper su novela Los insignes, que representa una radiografía brutal de los bajos mundos de la comidilla literaria (especialmente de esos círculos poéticos que viven del amiguismo y que son tan frecuentes desde que la poesía se concibió como género). Yo pude leer Los insignes a finales de 2015 y sigo pensando que es una novelas más divertidas que se han escrito jamás en español (a ver si este verano la releo y reseño). Aunque las novelas no están conectadas entre sí, se aprecia en ambas una progresión en el pensamiento de Pérez Vega, que viaja del desenfreno tragicómico de Los insignes al tono predominantemente serio, pero con pinceladas de un humor muy inesperado, en Caminaré entre las ratas. Los protagonistas de ambas obras tratan de abrirse camino en el mundo literario, pero mientras que en Los insignes parece solo importar dicho mundo literario y todo lo que escapa a él se siente sumido por un aire de parodia, en Caminaré entre las ratas Pérez Vega busca construir una novela río, una novela total en la que tocar todos los aspectos que puedan condicionar la vida de un hombre de mediana edad (a punto de cumplir los cuarenta años) y que se siente incapaz de alcanzar una estabilidad vital, económica, sentimental, sexual, etc. Domingo, muy posiblemente al igual que el propio Pérez Vega, sabe que quizás es algo tarde para él dar ese salto a una editorial más grande que le garantice vivir únicamente de la escritura, como soñaba de pequeño. Caminaré entre las ratas es, pues, el relato de un desengaño que resulta no solo doloroso para todos los que hemos fantaseado con la idea de redactar los clásicos del mañana en nuestra adolescencia como estudiantes marginales, como empollones abatidos por las collejas de los más grandes que terminaron trabajando en una obra o en el campo, es la historia de una eterna crisis que nos impide vivir como han vivido nuestros padres, que alcanzaron la estabilidad antes que nosotros y con muchos menos estudios. Es el desengaño del éxito prometido. 

Domingo es forzado durante su juventud para convertirse en ingeniero como sus primos, pero es incapaz de seguir al tercer año y opta por una decisión intermedia entre sus verdaderos deseos de estudiar Filología Hispánica o Literaturas Comparadas y ese ideal de sus padres, inculcado socialmente de manera tácita acerca del éxito de las carreras de ciencias. Se decide por estudiar Economía como el propio Pérez Vega y asume que la literatura puede ser esa luz que le guíe de forma paralela. Asume que renunciar a su vocación de manera temporal por timidez y falta de garbo le garantizará un trabajo digno y estable tras el cual disponer de horas de sobra para cultivar sus sueños y su afición. Sin embargo, Domingo acaba siendo un infeliz, un hombre explotado en un ambiente que lo rechaza por no formar parte de ese linaje aristócrata-burgués de auditores que veranean en Boston y se han educado en las universidades privadas más caras y conservadoras dentro y fuera del país y que creen que todo lo que han conseguido (incluidos muchos de sus puestos por enchufe) se debe a sus dotes innegables para los negocios, que los pobres como Domingo no tienen, por supuesto. 

De un trabajo, Domingo rebotará a otro cada vez peor. Y lo mismo sucederá con sus relaciones sentimentales. Su formación estoica en resolver problemas de matemáticas en la mesa del comedor de su casa lo han convertido en un ser asocial, un hombre que solo ha sido capaz de establecer lazos con mujeres (más allá de su madre y sus hermanas) en su adultez. El tabú cuasireligioso del sexo y el aislamiento en los libros le han llevado a vivir francamente mal los diversos encuentros amorosos en una juventud tardía, en la que ha tenido que fingir muchas veces ser quien no era para granjearse el interés y el amor de sus parejas y compañeras de una noche.

Domingo vive en una crisis perpetua, pero es un disparo el que le hace despertar. Nada más comenzar la novela, se nos revela que uno de sus amigos de la infancia, muy cercano a él, se ha abierto la tapa de los sesos con una escopeta en la tranquilidad de su casa. A partir de aquí, Domingo tendrá que sumar un duelo más a la lista de duelos pendientes y de los que nos iremos enterando a medida que vaya transcurriendo la trama. A pesar de este aura de pesimismo que envuelve toda la obra, el final servirá para redimir en parte al personaje y hacerlo aprender de sus experiencias y errores.

Como ya he ido comentado, hay mucho del propio escritor en la obra. Pérez Vega es un lector entusiasta de autores como Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos Moya o Eduado Halfon, que también vierten mucho de sus vidas en sus historias. Por su parte, hay una herencia indudable aquí con La senda del perdedor de Bukowski, novela que yo no he leído, pero cuya trama y planteamientos conozco. A través de Bukowski, Pérez Vega entronca con Fante y con los personajes propios de Dostoievski: seres marginales que tienen grandes aspiraciones, pero cuyo encontronazo con la realidad resulta en fracaso. De igual forma, el capítulo Tarde bajo el volcán recuerda poderosamente a La uruguaya de Pedro Mairal, que pude leer hace poco, aunque sigo considerando que el escritor mostoleño se muestra aquí muy superior al argentino. Y así puedo ir dando una larga lista de referencias que se aprecian en la novela de manera directa o indirecta y que se hacen evidentes para aquel que, como yo, ha leído algo sin ser mucho. En cualquier caso, no se cae en ningún momento en la pedantería, lo que es de agradecer.

Pérez Vega se muestra constante en la frase larga, donde suele predominar la yuxtaposición y un ritmo muy fluido que hace que, a pesar de contar con párrafos particularmente densos, estos no se hagan pesados en exceso. El narrador es en primera persona y viaja al recuerdo constantemente, a pesar de que los capítulos, largos por extensión, transcurren en períodos de tiempo muy breves, normalmente de días. Como única pega cabría señalar la presencia de erratas diseminadas a lo largo del texto, que indican una corrección incompleta, pero que no son suficientes como para que este no deje de ser disfrutable.

He visto varios comentarios señalando que la novela refleja el sentimiento colectivo de la generación del autor. Esto es como mínimo cuestionable, ya que no me resulta difícil reconocer comportamientos y actitudes mías del pasado en el protagonista. Y Pérez Vega y yo nos llevamos más de 20 años, lo que se dice poco. Sin ser el público objetivo de la novela no me es nada difícil empatizar con el desgraciado personaje de Domingo y sus tribulaciones de proto-adulto de pueblo-ciudad-aldea, así como con su desengaño. En definitiva, que recomiendo la obra plenamente.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.»

 

domingo, 25 de abril de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas en Cuadernos Hispanoamericanos

El escritor y periodista Eduardo Laporte, que ya leyó en su momento mi libro de relatos Koundara, ha leído ahora mi novela Caminaré entre las ratas y ha escrito esto sobre ella para la revista Cuadernos Hispanoamericanos:

 


 

«David Pérez Vega (Madrid, 1974) atesora un puñado de títulos a sus espaldas del que cabría destacar, antes de la obra que nos ocupa, el libro de relatos Koundara (Baile del Sol, 2016). En ellos sentó las bases, como ha comentado él mismo, del que luego sería su proyecto más ambicioso hasta la fecha: la novela Caminaré entre las ratas (Carpe Noctem, 2020), cuya escritura no dista mucho en el tiempo de los citados relatos.

Por señalar algunas concomitancias, en aquellos relatos, Pérez Vega dio muestras de su capacidad para aunar dos virtudes que poseen los grandes textos: la precisión y el misterio. Porque este autor criado en Móstoles confecciona su literatura mediante una observación aguda de la realidad, a veces microscópica, que podría recordar a los universos de dos autoras sutiles pero también certeras como Elvira Navarro o Eider Rodríguez, autoras ambas del sello Literatura Random House.

En Koundara, nos encontramos con algunos de los temas que se desarrollarán en la novela, así como esa querencia por los barrios poco transitados en la literatura actual, es decir, las ciudades dormitorio, y personajes que resultan atractivos por su condición de víctimas silentes, mansas, en un mundo hostil. Entornos familiares donde se cuece una vívida intimidad, y también ámbitos públicos, claustros de profesores con demasiados puntos de divergencia, que generan un cosmos propio, atravesado siempre por esa mirada penetrante y a la vez empática de David Pérez Vega. Todo ello en las antípodas de la solemnidad.

Unos mimbres de escritor con hechuras, con una prosa sobria, realista, pero no exenta de unas capas de misterio que irán surgiendo progresivamente, envolviendo esos escenarios de una fuerza magnética nueva. Pero, a diferencia del torrente de autores y, sobre todo autoras, que trabajan lo oscuro, lo turbio, con una afición a lo mórbido un tanto gratuita, en la prosa de Pérez Vega se adivina un fondo de bondad, de justicia, de rebeldía ante los abusos del sistema (o los sistemas). Huye así del relato de lo sombrío o enfermizo porque sí, lo cual agradecerá el lector cansado de cierto nihilismo resultón.

No significa esto que Caminaré entre las ratas sea una obra complaciente, un masaje para el lector. La novela de Pérez Vega pone el dedo en la llaga, en la parte sucia del mundo, en la corrupción progresiva de una sociedad –la de los años diez– con un humor desencantado que recuerda a la decepción de aquel estudiante de Medicina llamado Andrés Hurtado que Pío Baroja ideó hace más de un siglo en su novela más redonda, El árbol de la ciencia (1911).

Porque al igual que Hurtado, Domingo Ramírez, que así se llama el protagonista – alter ego del autor –la novela entera es un neto ejercicio de autoficción, con todos los elementos que definen el género–, es un desertor. No un vencido, sino alguien que prefiere no alimentar al monstruo en cuyas fauces ha ido a parar. Aunque, mientras el personaje de Baroja abandona la medicina por una desafección personal, por ser demasiado sensible (un aristócrata, un epicúreo, diría de él su tío Iturrioz) para desempeñar un oficio tan duro, el personaje de Pérez Vega reniega por una cuestión moral de las consultoras, esas KPMG y Price Water House Coopers que exprimen a trabajadores incautos como él, y buscará nuevas soluciones en las que sobrevivir económica pero también anímicamente. Un trabajo que le permita vivir y, con suerte, arañar unas horas al día para leer y escribir. Pero antes, pasará por la consultora William Golding (guiño metaliterario), donde el protagonista conoce personas «que salían de trabajar a las tres o cuatro de la mañana todos los días, fines de semana incluidos, durante meses». Todo ello por un sueldo base de 1.014 euros al mes. Surge entonces una nueva clase social, la de los «pobres y auténticos liberales», que el autor señala con acierto.

Domingo Ramírez escapa de esa espiral de explotación para refugiarse en un trabajo menos considerado socialmente pero que le aleja de la angustia. Como ese Hurtado/Baroja que abandona la medicina y se hace traductor/panadero, el alter ego de Pérez Vega se coloca como teleoperador de una empresa financiera y atiende, sobre todo, a señoras a las que han robado el bolso y la tarjeta de crédito. Un sueldo precario, pero que al menos cuenta con horarios fijos; un trabajo que, como deja caer el protagonista, podría incluso plantearse como opción de futuro si las condiciones fueran un poco mejores. Es uno de los males de la España del primer tramo de siglo: la dificultad de encontrar una ocupación que no genere algún tipo de violencia. Añora Ramírez un empleo que le ocupó durante años, una «Arcadia laboral» que ofrecía nada menos que un buen sueldo, horarios que se cumplían y un trabajo digno que se podía realizar sin especiales padecimientos. Demasiado pedir en la España poscrisis.

Domingo Ramírez, si bien comparte cierta hipersensibilidad con el Hurtado barojiano, representa al español medio, procedente de una ciudad dormitorio (Móstoles), sobre el que cae el peso de un país agrietado. Sus aflicciones son las propias de una sociedad frustrada que irá alimentando monstruos populistas que saben que su electorado les dará sus votos de la catarsis, del descontento. Así, otro de los puntos fuertes del texto tiene que ver con la descripción del caldo de cultivo que desembocará en la fundación de un VOX que, en el momento de la redacción, aún no existía ni en siglas. Pérez Vega se refiere, en cambio, al Puño Patriota de un ficticio Teodoro Rivas, cuyo futuro político pronostica con aguda y misteriosa precisión. «Nos va a pegar una sorpresa en las próximas elecciones europeas. Además, tiene claro el tema de la inmigración y lo de la gente que aquí está chupando del bote», comenta un amigo del protagonista.

Desde su origen mostoleño, lugar elegido por muchos no por sus encantos naturales sino por las posibilidades de promoción personal que significaba vivir al calor de la gran ciudad, Pérez Vega retrata con audacia a una sociedad defraudada que no esperaba tener que ponerse a la cola de las oportunidades. Forman parte de esa derecha cuñada que tiene solución para todo y que en esta novela recibe su dosis de caricatura. Como ese tío Claudio, epítome de la contradicción política al que se define como un «liberal-proteccionista» y «católico-genocida», dando a entender que cierto prototipo del franquistoide avieso y tosco aún goza de predicamento. Tanto él como el primo Jaime se declaran antiabortistas, pero se alegran de que los africanos se ahoguen en el Mediterráneo. Recuerdan a aquel Pepinito, de Alcolea del Campo, al que descalifica Baroja en El árbol de la ciencia: «Era un hombre petulante; sin saber nada, tenía la pedantería de un catedrático. Cuando explicaba algo, bajaba los párpados, con un aire de suficiencia tal que a Andrés [Hurtado] le daban ganas de estrangularle».

Dijo Pablo d’Ors en la presentación de su El estupor y la maravilla que el boom latinoamericano no caló tanto en él como en otros autores de su generación porque esa literatura trataba de grandes colectividades, buscaba una novela social, y él prefería la novela del yo contra los elementos, en la tradición centroeuropea que coloca al hombre frente a sí mismo. La obra de Pérez Vega mezcla con equilibrio ambas dimensiones: la autoficcional y la novela de su tiempo, de su entorno, de tipo social; no en balde son cuantiosas las referencias a los escritores admirados por el protagonista, un letraherido cuyas cuitas con el mundo literario podría haber padecido el propio Pérez-Vega, y que forman parte también de ese canto amargo que tiñe muchas de sus páginas.

Haroldo Conti, José Donoso, Juan Carlos Onetti, Juan José Saer, Roberto Bolaño, Antonio Di Benedetto o César Aira son algunos de los autores latinoamericanos, vivos y muertos, que aparecen como estrellas fugaces a lo largo del texto para compensar la menos agradable aparición de las ratas convertidas en leitmotiv: escritores que David Pérez Vega ha leído con profusión y comentado en diversos medios, como la Revista Eñe o Librújula, pero también a través de sus redes sociales o de su canal personal en Youtube.

Porque la literatura es el asidero de Domingo Ramírez en una novela que apuesta, en su primera parte, por el vitalismo, por la pulsión más o menos erótica (como el dilema del título barojiano), para llegar a esa cúspide en el capítulo cuarto, el central, que nivelará la balanza por el lado de Tánatos. Una subtrama amorosa describe de manera nítida la leyenda de la rana hervida, es decir, aquella trampa que consistiría en entregar sexo, convenientemente dosificado, como estrategia para afianzar un compromiso sentimental posterior, así como una estabilidad económica por parte de ese batracio al que se coció a fuego lento para que se abotargue y no pueda escapar de la olla. David Pérez Vega, distanciándose ahora de ese Baroja con el que hemos establecido un paralelismo, se adentra con soltura y un grato desparpajo, no exento de self-deprecation, en una subtrama erótico-romántica que, si bien ofrece algún brochazo gordo a lo Houellebecq, se mueve en la habitual delicadeza y sutileza en la disección sentimental. En unas páginas inspiradas, con esa comicidad fría marca de la casa, Pérez Vega ensarta otro desencanto para su colección particular con el relato del viaje a Canarias, donde vive ella, para caer en ese cepo que pueden esconder las redes de ligue, con la consiguiente condena en forma de humillación digital y pública que trastornará al personaje en lo que queda de trama.

Domingo Ramírez relata sus reiterados trompicones vitales sin caer en la autocompasión, logrando enseguida el favor del lector. Si bien la novela, abundante, generosa, es un gran ejercicio de autoficción, el lector no se siente desplazado sino cómplice. La prosa no es pretenciosa, pero sorprende con felices descripciones –«Es un tipo calvo y obeso, con una papada inmensa y bailarina»– que resultan adictivas. Como invita a leer más esa ironía templada, apenas perceptible, que va marcando el fluir narrativo de esta novela mayor.

Un trabajo apenas perceptible el de cuadrar los capítulos, el de pulir aquello que sobra, el de, a pesar de la magnitud del texto, mantener el equilibrio entre lo que se cuenta y lo que no, entre la precisión y el misterio, entre la denuncia social, gremial, económica, política, local y global, pero sin caer en el tono jeremías, de vuelta de todo, en la monserga pesimista de quien da todo por perdido. El protagonista no es un cenizo a pesar de que, como Andrés Hurtado, no encuentre sitio para él. Sin embargo, no hace una enmienda a la totalidad. Intuye que pueden existir intersticios en los que colarse, como ese horizonte en la educación, como profesor de Secundaria, al que aspira como un sendero del medio en el que encontrar cierta paz, sin perder de vista su pasión literaria, su pulsión creativa como antídoto contra un mundo emponzoñado. Quizá no salvará el mundo, pero puede salvarse él sin necesidad de vender su alma, su vida, al diablo. Domingo Ramírez, a diferencia del entorno que lo rodea y lo atosiga, no metamorfoseará en rata. Ese sería otro paralelismo posible con esta obra, el kafkiano, el de un Gregor Samsa que lucha contra esa conversión en bicho repelente. Y en esa resistencia de heroísmo sostenido –decía precisamente Kafka que la paciencia es la mayor virtud– encontramos la luz al final del túnel.»

 

domingo, 18 de abril de 2021

Literatura peruana, un paseo personal

 En mi canal literario, "Bienvenido, Bob", hago un recorrido por todos los libros peruanos que he leído, desde Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro, hasta otros más modernos como Sergio Galarza Puente o Gustavo Faverón.

Si quieres verlo PINCHA AQUÍ.



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domingo, 11 de abril de 2021

Ladrilleros, por Selva Almada

 


Ladrilletos, de Selva Almada

Editorial Lumen. 196 páginas. 1ª edición de 2013.

 

Cuando hace unos meses leí Cometierra (2019) de Dolores Reyes, ya dije que Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) había sido una de sus profesoras de taller, y que me apetecía leer alguno de sus libros. Durante los últimos años me he encontrado con su nombre, cada vez más ponderado en relación a la nueva narrativa argentina. Me pasé por la biblioteca Eugenio Trías, del Retiro en Madrid, y tomé en préstamo Ladrilleros, que es uno de sus libros más conocidos.

 

La acción de Ladrilleros se sitúa en un pueblo del norte de Argentina y nos habla de dos familias, la de los Miranda y la de los Tamai. Miranda padre proviene de una familia de ladrilleros, afincados en el pueblo desde unas cuantas generaciones atrás, y Tamai padre llegó al pueblo como temporero y se acabó asentando en él, tras casarse con Celina, una chica que trabajaba de mesera en el bar que frecuentaba. Celina organizará que Tamai empiece a trabajar de ladrillero, cuando el dueño de una de las ladrillerías de la localidad quiera dejarla y probar suerte laboral en el sur. Miranda y Tamai son vecinos y se odian. Ninguno de los dos tiene muy claro cómo empezaron sus disputas, pero probablemente tengan que ver con algún roce en alguno de los bares del pueblo, donde tuvieron algún lance jugando a las cartas. Miranda y Tamai en realidad son dos hombres bastante parecidos, incapaces de permanecer en su casa muchas horas seguidas, los dos pasan demasiado tiempo en el bar y les cuesta proveer a su hogar. Serán sus mujeres, Estela y Celina, las que saquen adelante sus hogares.

 

En realidad, los protagonistas principales del libro, más que Miranda y Tamai padres, serán dos de sus hijos varones: Pajarito ­­‒hijo de Tamai y Celina‒ y Marciano ‒hijo de Miranda y Estela, una antigua reina de la belleza‒. La novela comienza con Pajarito y Marciano tirados en el suelo de la feria que se ha instalado en el pueblo. Se acaban de pelear a navajazos y los dos se desangran lentamente. La policía o una ambulancia parecen tardar en aparecer. Selva Almada nos narrará los pensamientos de estos dos jóvenes ‒que al comienzo de la narración deben tener unos veinte años‒ a través de capítulos cortos, y también nos irá informando sobre sus respectivas familias y sobre la relación que han tenido en el pasado. Cuando a Pajarito y Marciano les permitieron salir a la calle y juntarse con los otros niños por los descampados del pueblo empezaron siendo amigos inseparables (son prácticamente de la misma edad, unos pocos días separan sus nacimientos), aunque aprenderán pronto que les está prohibido pisar la casa del otro. Sin embargo, un pequeño incidente en el colegio les hará separarse y crear cada uno su propia pandilla de amigos. Los enfrentamientos vendrán más tarde, enfrentamientos que ‒en el tiempo narrativo de la novela, cuando tienen unos veinte años‒ quizás les conduzcan a la muerte.

 

Miranda padre ha muerto de forma violenta cuando Marciano tiene doce años, y Tamai padre abandonará el hogar cuando Pajarito tiene trece. Ninguno de los dos ha sido un buen padre, han sido bebedores, pendencieros, vagos para el trabajo, manirrotos, y los dos han golpeado a sus hijos violentamente. Sin embargo, aunque ha existido un rechazo de los hijos hacia sus padres, tanto Pajarito como Marciano parecen condenados a seguir sus pasos.

 

En gran medida, Almada habla en Ladrilleros del concepto de la «masculinidad tóxica», de esos hombres que se están continuamente retando para probar su hombría, pero que no consiguen sacar adelante a sus familias. También nos habla de las mujeres resignadas a estos hombres, a los que aceptan porque se han criado en entornos machistas y acaban percatándose de que los aman y de que no pueden cambiarlos. Y, sin embargo, serán estas mujeres las que tendrán que cargar con la responsabilidad de saber sacar adelante a sus hijos. Serán ellas las que realmente aporten el dinero que el hogar necesita.

Por supuesto, en este mundo violento la homosexualidad no es una opción socialmente aceptada. Y el desenlace del libro, la pelea final entre Pajarito y Marciano, tiene que ver con este tema de la homosexualidad y la hombría.

Así que el libro de Selva Almada se convierte en un manifiesto contra el machismo y la homofobia. Sin embargo, está bien construido y no es en ningún momento un panfleto.

«Mientras se invitaban copas, se aconsejaban cómo había que tratar a las mujeres para que se estén quietitas y en su sitio.», leemos en la página 39, cuando se describe la vida de Tamai en el bar con sus amigos.

«La primera vez había sido incómoda y dolorosa, lejos de los relatos de Corín Tellado que alimentaban sus fantasías de adolescente. Lo habían hecho en el medio de un baile, en la pista del Húngaro.», así se descrine en la página 21 la primera relación sexual de Celina con Tamai.

 

Como ya he comentado, en las primeras páginas de Ladrilleros nos vamos a encontrar con una pelea a navajazos; por tanto, Almada desde el comienzo conversa con la tradición literaria argentina. Debemos recordar que la figura del cuchillero se encuentra ya en El matadero, el cuento de Esteban Echevarría, publicado en 1871, y que da comienzo a la narrativa argentina.

 

Ladrilleros está construido con capítulos cortos, donde se alterna el presente narrativo (Pajarito y Marciano evocan su vida desde el suelo de la feria tras su pelea) y otros en los que se habla de ellos mismos o sus padres en el pasado. Las frases son escuetas y contundentes, y están salpicadas de ricos argentinismos: «sapucai», «rebenque», «chicotazo», «mencho», etc.

Como mi lectura de Cometierra de Dolores Reyes es reciente, puedo ver en ella la influencia de la narrativa de Almada. Reyes, como Almada, denuncia el desamparo de los más débiles de la sociedad, un desamparo que suele afectar más a mujeres que a hombres. Reyes se servía del género fantástico para realizar sus denuncias, ya que su joven protagonista femenina tenía la capacidad de entrar en contacto con los muertos o personas desaparecidas, y Almada bordea en su novela también el género fantástico, puesto que sus jóvenes protagonistas adolescentes van a conversar, agonizantes en el suelo de la feria, con sus padres, uno muerto y el otro desaparecido.

 

Me ha gustado Ladrilleros, una novela escrita con mucha tensión narrativa y gran sentido del ritmo, y que trasciende a la mera anécdota costumbrista de un pueblo argentino, para hacerse universal y criticar la constitución patriarcal de la sociedad. Me gusta comprobar que gran parte de la mejor literatura argentina actual las están escribiendo las mujeres, poniendo sobre la mesa una problemática, que el siglo pasado, con contadas excepciones ‒como ocurría en Enero de Sara Gallardo‒, era en gran parte ignorada.

domingo, 4 de abril de 2021

Cuántas cosas hemos visto desaparecer, por Miguel Serrano Larraz


 Cuántas cosas hemos visto desaparecer, de Miguel Serrano Larraz

Editorial Candaya. 284 páginas. Publicado en 2020.

 

En enero de 2017 leí Autopsia (Candaya, 2013), la tercera novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), de la que se había hablado bastante unos años antes. Me encantó ese libro, me pareció una de las mejores novelas españolas del siglo XXI, escrita por alguien nacido ‒como yo‒ en la década de 1970. Después había leído de Serrano Larraz los dos libros de cuentos que tenía publicados en Candaya, Órbita y Réplica, gustándome más el segundo, que me pareció un libro más maduro; algo perfectamente lógico, ya que Réplica (2017) se publicó ocho años después que Órbita (2009).

 

El argumento de Autopsia sería algo difícil de resumir; en esta novela un personaje, con más de una característica similar al autor, nos hablaba de su vocación por la lectura y la escritura, mientras recordaba paulatinamente un episodio traumático en el que fue atacado por unos nazis a finales de la década de 1990. Además rememoraba también otro episodio vergonzoso, en el que ‒esta vez‒ él había sido el acosador de una niña en el colegio. También hablaba de las noches zaragozanas que pasó con un músico que fue relativamente popular en los 90. Las capas de la escritura, y las reflexiones vertidas en sus capítulos sobre la vida y los recuerdos, eran muchas y sustanciales.

 

Cuántas cosas hemos visto desaparecer guarda un lógico parentesco con Autopsia. En Autopsia la avalancha de recuerdos que acosaban al protagonista venía provocada por una reunión de antiguos alumnos del colegio de EGB, que se había convocado a través de Facebook, y en Cuántas cosas hemos visto desaparecer las rememoraciones de Sonia, la protagonista principal, se activan cuando, después de bastante tiempo sin tener noticias de ella, empieza a recibir mensajes de voz en WhatsApp de Berta, que en el pasado fue su mejor amiga. Berta va a instar a Sonia a volverse a ver, después de haber dejado de hacerlo por un periodo de cinco años, debido a un episodio que no se acaba de aclarar en la primera parte de la novela y que va generando un misterio en torno a él. Así, en esta nueva novela, será la proximidad de un encuentro con las amistades del pasado lo que active la trama, igual que en la anterior. Muchas de las obsesiones vitales que Serrano Larraz mostraba en Autopsia están también presentes en Cuántas cosas hemos visto desaparecer.

 

Serrano Larraz estudió Ciencias Físicas en la universidad, y al acabar esta carrera empezó a estudiar Filología Hispánica. Aunque parezca irrelevante, este dato del paso del autor por la facultad de Físicas acaba tomando importancia en la novela, porque uno de los temas del libro será el de los viajes en el tiempo. Una idea que de niñas obsesionó a Sonia y a Berta, y que de adultas parece seguir presente en Berta.

 

Autopsia, en gran medida, realizaba un recorrido sentimental por la Zaragoza de las últimas décadas del pasado siglo, desde los barrios nuevos surgidos tras el desarrollismo hasta las calles de los bares de copas noventeros. Y en gran medida, Cuántas cosas hemos visto desaparecer pone su mirada en un espacio, no tratado en Autopsia, pero conviviente con él, un espacio acallado en Autopsia, y que se desliza hasta el primer plano en la nueva novela: el pueblo de procedencia de los padres o abuelos y al que los jóvenes de la generación de Serrano Larraz volvían en verano desde sus centros urbanos de emigración; en este caso, principalmente, desde Zaragoza y Barcelona.

 

El pueblo se llama Ardés. Lo he buscado en internet y no existe un pueblo con este nombre en España. Sonia acude a él durante los veranos desde Zaragoza y Berta desde Barcelona, allí serán amigas de otros jóvenes que viven todo el año en el pueblo, y que en el tiempo narrativo de la novela se comunican principalmente por un grupo de WhatsApp al que se alude en el libro como «el grupo de WhatsApp de los amigos del pueblo». La obsesión de Berta y Sonia por construir una máquina del tiempo cuando sean mayores en este entorno rural es uno de los puntos clave de la novela, que crea una extrañeza muy lograda entre el mundo de los sueños adolescentes y el de la vida adulta.

 

«La vida no tiene trama, solo interpretación.», leemos en la página 156 de la novela, y es una cita que se adecua muy bien al contenido de Cuántas cosas hemos visto desaparecer. El libro no se divide exactamente en capítulos, ya que entre un bloque textual y el siguiente no empezamos una nueva página. Los «capítulos» o «cortes» se suceden unos a otros y el lector sabe que empieza uno nuevo porque sus primeras palabras aparecen en mayúscula. En estos «cortes» se suceden y entremezclan los tiempos narrativos, aunque de forma predominante se avanza desde el pasado (la adolescencia de 1993 en el pueblo), hasta el presente, de tal manera que las dos líneas temporales principales (el presente narrativo y el pasado evocado) acabarán confluyendo hacia el final de la novela.

La vida de Sonia en el presente narrativo, cuando tiene ya cerca de cuarenta años y trabaja como profesora de Lengua en un instituto de Zaragoza, no parece muy alentadora; quizás su vida fue más divertida en el pasado, cuando era la amiga de Berta, y, como queda claro en muchos pasajes del libro, vivía a su sombra. Las dos formaban una pareja de amigas en la que Berta era la más lanzada y la que más personalidad tenía, aunque también puede ocurrir que Berta siempre haya estado un poco loca. Las paradojas temporales que obsesionan a Berta y la constatación que quiere hacer de ellas en la realidad dan a la novela un aire misterioso y melancólico, que hace que la narración se eleve sobre el retrato de costumbres de la juventud que vuelve al pueblo desde las urbes españolas a finales del siglo XX.

 

Como ocurría en Autopsia y en sus cuentos, el lenguaje de Serrano Larraz es envolvente, más inteligente que poético, sin querer decir con esto que no contenga poesía. Las frases se van dando paso, conteniendo reflexiones y pensamientos sobre los personajes densos y ampulosos; en este sentido, Serrano Larraz tiene un aire de escritor centroeuropeo.

Cuántas cosas hemos visto desaparecer ha sido escrita, en gran parte, en la universidad de Iowa, donde Serrano Larraz ha disfrutado de una beca de escritura creativa, con el gran escritor centroamericano Horacio Castellanos Moya como director del proyecto. Sin duda se ha merecido este privilegio, ya que Serrano Larraz es uno de los escritores más destacados dentro de la narrativa española de los nacidos en la década de 1970 y Cuántas cosas hemos desaparecer, aunque me ha sorprendido menos que Autopsia (el listón estaba muy alto) así lo atestigua.

viernes, 2 de abril de 2021

Un poeta nacional, de C. E. Feiling (vídeo reseña)

 UN POETA NACIONAL, de C. E. FEILING


El escritor argentino C. E. Feiling murió en 1997 a la edad de 36 años. En los 90 le dio tiempo a escribir tres novelas: una de aventuras, otra policiaca y otra de terror. Murió cuando estaba empezando una cuarta fantástica.
En cada novela quería usar un género literario, aparentemente menor, para contar sus historias.
Ahora se le está rescatando en Argentina y mi idea es leer sus tres novelas.

En mi canal publico un vídeo con la primera, "Un poeta nacional", la de aventuras, con un trasunto del poeta Leopoldo Lugones de protagonista. Si quieres verlo PINCHA AQUÍ.
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