miércoles, 6 de mayo de 2015

Ensayos sobre algunas cuestiones disputadas en economía política, por John Stuart Mill

Editorial Alianza. 188 páginas. Textos escritos en 1829 y 1830, publicados por primera vez en 1844. Ésta edición es de 1997.
Traducción y prólogo de Carlos Rodríguez Braun

Para seguir con mi proyecto de lectura de los textos más relevantes de la historia del pensamiento económico, tras empezar con La riqueza de las naciones (1776) de Adam Smith, seguir con Primer ensayo sobre la población (1798) de Thomas Robert Malthus y Principios de economía política y de tributación (1817) de David Ricardo, me tocaba leer a John Stuart Mill (Londres, 1806 – Aviñón, 1873). Mill probablemente sea más recordado por sus trabajos filosóficos y sociales, gracias a libros como Sobre la libertad (1859), El utilitarismo (1863), El sometimiento de la mujer (1869), pero también fue un destacado economista, siendo su libro más importante el titulado Principios de economía política (1848). Éste último libro lo vi el año pasado en la Casa del Libro de Goya, en un formato enorme, comentado por el economista español Pedro Schwartz. De entrada el formato me pareció inviable: ese libro no cabe en mi maletín de profesor, y yo leo por las mañanas en la ruta del colegio. Ahora sé que existe otra edición (de más de 900 páginas) editado por el Fondo de Cultura Económica que parce más manejable.

A finales de 2014 fui, de nuevo, a la Casa del Libro de Goya con la intención de comprar el ensayo sobre literatura La mala puta, de Miguel Dalmau y Román Piña; me pasé por la sección de economía y vi estos Ensayos sobre algunas cuestiones disputadas en economía política, en un libro nuevo, pero ya amarillento, de Alianza publicado en 1997: la primera traducción al español, a cargo del economista Carlos Rodríguez Braun (del que ya leí la traducción de La riqueza de las naciones, que me pareció un gran trabajo). Compré el libro, si no leía Principios de economía política, estos textos podrían servirme como introducción de la obra económica de Stuart Mill. Sobre ellos escribe Rodríguez Braun en su prólogo: “Son páginas tan notables que su autor habría ganado gracias a ellas un sitio en el podio de los economistas ilustres aunque no hubiese escrito nada más.” (pág. 7)

Cuando Mill escribió estos ensayos tenía unos veintitrés años. Sorprende la precocidad y la madurez de sus ideas. Aunque quizás no sorprenda tanto tras leer este párrafo del prólogo: “Mill padre fue el único responsable de la educación de su hijo. John Stuart no fue al colegio ni a la universidad, pero a los tres años sabía griego, a los seis matemáticas, a los ocho latín y a los trece estudiaba lógica y economía política: leyó a Ricardo y a Adam Smith, y empezó a escribir sobre cuestiones económicas desde muy joven.” (pág. 8)

Yo había leído sobre las ideas económicas de Stuart Mill en el libro Historia del pensamiento económico de Landreth y Colander; y ya sabía que a Mill se le considera el ideólogo de la socialdemocracia en Europa: fue uno de los primeros defensores del feminismo y del voto de la mujer, creía en los sindicatos, la educación universal, la redistribución de la renta por medio del impuesto sobre las herencias, la reducción de la jornada laboral y la limitación de la tasa de crecimiento de la población. Leyó a los socialistas utópicos y llegó a estar de acuerdo con ellos en bastantes aspectos. Aunque sí que creía en la propiedad privada (con algunos matices) y en las ventajas de la competencia, dudada de que los mercados funcionaran a la perfección por sí solos como apuntaban Smith y Ricardo, y consideraba que además de la teoría abstracta (Ricardo) hay que atender a las evoluciones históricas (en esto se parece más a Smith).
Sin embargo, tengo la impresión que sus ideas más modernas y sociales deben encontrarse en el extenso Principios de economía política o en sus textos más filosóficos, porque en estos ensayos juveniles muestra un talante más liberal, aunque en muchos casos matiza el pensamiento de Ricardo o de Smith.
Es curioso que Mill tuviera que esperar más de una década para ver publicados sus valiosos ensayos de juventud por no encontrar editor.

A continuación paso a resumir y comentar cada uno de los cinco ensayos:

I) De las leyes del intercambio entre las naciones y la distribución de las ganancias del comercio entre los países del mundo comercial
Si el libro de David Ricardo, desde la primera frase empieza a conversar con el de Smith: “Fue observado por Adam Smith que (…)”, el de Stuart Mill comienza refiriéndose al de Ricardo: “De las verdades con las que la economía política ha sido enriquecida por el Sr. Ricardo, ninguna ha contribuido a otorgar a esa rama del conocimiento el carácter relativamente preciso y científico que hoy ostenta más que el fino análisis que presentó acerca de la naturaleza de la ventaja que las naciones derivan del mutuo intercambio de sus producciones.” (pág. 25).
La economía, como ciencia política, comienza en gran medida discutiendo sobre la libertad comercial entre los países. Para Adam Smith la liberalización del comercio serviría para que cada país se pudiera especializar en la producción de aquellos bienes que, por clima o por cualquier circunstancia histórica, se le diese mejor, y de esta forma al intercambiarlos, luego, la riqueza general del mundo aumentaría. Smith habla, por tanto, de la ventaja absoluta del comercio.
La aportación de David Ricardo sobre el comercio posiblemente fue su idea más valiosa para el desarrollo de la ciencia económica: aunque un país tenga ventaja en la producción de dos bienes frente a otro, aun así al primero le puede interesar comercial con el segundo, atendiendo al coste de oportunidad de dejar de producir aquello en lo que destaca. Ricardo habla por tanto de la ventaja relativa del comercio.
Y aquí, desde la teoría de la ventaja relativa de Ricardo, es desde donde parte este primer ensayo de Mill. Después de exponer la teoría ricardiana, en la página 29 leemos: “El objetivo de este ensayo es investigar en qué proporción el aumento del producto, resultante del ahorro del trabajo, se divide entre los dos países. Esta cuestión no es abordada por el Sr. Ricardo, cuya atención fue absorbida por asuntos mucho más importantes; como debía crear una ciencia, no tenía tiempo ni lugar para ocuparse de muchas más cosas que no fueran el sentar sus principios. (…) Muy rara vez siguió el hilo de los principios de la ciencia hasta la ramificación de sus consecuencias.”

En mi asignatura de economía del programa del Bachillerato Internacional, el tercer bloque se dedica al comercio internacional. Por supuesto, los primeros temas hablan de las teorías de Smith y de Ricardo, de las ventajas y desventajas del libre comercio y del proteccionismo. El sexto y último se titula Términos del intercambio, y en él se habla de qué país se beneficia más del intercambio según la evolución relativa de la inflación o la elasticidad-precio (en qué medida baja la demanda de un bien cuando aumenta su precio) de los bienes. No sabía que este capítulo de mi temario es debida a la perspicacia de un joven de veintitrés años llamado John Stuart Mill, que apostilla con acierto la teoría clásica de Ricardo.
Cuando Mill escribe este ensayo no está definido aún el concepto de elasticidad-precio (explicado de forma sencilla: los bienes de primera necesidad, como el pan, son muy inelásticos: si su precio sube un 10% su demanda baja pero de forma menos que proporcional, por ejemplo, un 3%; y los bienes elásticos, como los de lujo, serían aquellos que al subir su precio un 10% su demanda baja más que proporcional, por ejemplo, un 20%), pero él lo usa de forma intuitiva. Escribe en la página 33: “Es bien sabido que la cantidad de cualquier mercancía que puede venderse varía con el precio. Habrá menos consumidores y la cantidad vendida será menor cuanto mayor sea el precio. Habrá en general más consumidores y la cantidad vendida será mayor cuanto menor sea el precio. Esto es verdad para virtualmente todos los bienes, aunque la disminución del consumo de alguno de ellos en un grado determinado requerirá una subida de precio mucho más intensa que en otros.”
En la página 45: “Hay diversas proporciones en que puede repartirse la ventaja del comercio entre dos países. (…) Incluso es posible concebir un caso extremo, en el cual la totalidad de la ventaja resultante del intercambio sería para uno de los países, y el otro no ganaría nada.”
Mill hace avanzar en este ensayo a la ciencia económica al analizar la importancia de las ventajas relativas (o demanda recíproca) de cada país en el intercambio, la importancia de la evolución de los precios en cada país y la naturaleza del bien que se comercia en cada caso. Además introduce en su análisis la importancia de los costes de transporte.
Página 41: “No debe concluirse, empero, que los precios monetarios elevados son en sí mismos un bien y que los precios monetarios reducidos son un mal. Pero cuanto más elevados sean los precios monetarios de un país mayores serán habitualmente los medios del país para adquirir aquellas mercancías que, al ser importadas desde el exterior, son independientes de las causas que mantienen altos los precios nacionales.” Comentarios de este estilo los tengo que hacer yo en mis clases cuando explico el tema de los términos del intercambio, al relacionar el comercio internacional con la inflación.

En la página 49 se muestra contrario al uso de los aranceles: “Si la moralidad internacional fuese correctamente comprendida y obedecida, estos impuestos no existirían, porque son contrarios a la riqueza universal. Asimismo, el establecimiento de dicho tributo con frecuencia expondrá y siempre podrá exponer a un país a perder esta rama del comercio por completo, o a desarrollarla con una ventaja menor.”
En la página 52: “Un arancel proteccionista jamás puede ser motivo de ganancia y siempre y necesariamente lo es de pérdida para el país que lo impone.” Aunque también habla de la existencia de aranceles no proteccionistas, aquellos que no tienen como objeto favorecer a una industria local menos competitiva que la de otros países, y así habla de aranceles sobre mercancías que no pueden ser producidas localmente y que sí que representarán una fuente de beneficio para el país que lo establece.
Mill apuesta por el bien común internacional de comercio y señala que no le parece incorrecto dejar que los extranjeros se familiaricen con la posible ventaja tecnológica de las máquinas inglesas, ya que “el interés común de todas las naciones es que cada una de ellas se abstenga de toda medida que disminuya la riqueza agregada.”

Los mercantilistas pensaban (se apunta en la página 56) que la ventaja del comercio mundial estribaba en incrementar las exportaciones y disminuir las importaciones, para así mejorar la balanza de pagos. En contra de esta idea, Mill apunta que la importancia del comercio internacional “consiste y debe consistir exclusivamente en las importaciones”, ya que “todo incremento en la demanda de nuestras mercancías desde el exterior permite que nuestro suministro de mercancías extranjeras nos cueste menos.”
En pág. 57: “La división de la ventaja se torna cada vez más favorable a un país en proporción al incremento de la demanda de sus mercancías en países extranjeros”. Esta idea hay que unirla a la de las fluctuaciones del tipo de cambio: al incrementarse nuestra demanda de bienes de otro país, aumenta la demanda de la moneda de ese país, y por tanto se incrementará su inflación, así nosotros estaremos en mejores condiciones para vender más al extranjero.

En la página 58, sin citar a Ricardo parece hacerle una crítica, al opinar en contra de los economistas teóricos que no se fijan demasiado en lo que ocurre en la realidad.

Hacia el final, en la página 67, hay una conclusión que me parece interesante:
“Si se preguntara ahora qué países del mundo ganan más por el comercio exterior la respuesta sería la siguiente.
Si por ganancia se entiende ventaja en su acepción más amplia, el país que más gana es el que más necesita los bienes extranjeros.
Pero si por ganancia se entiende el ahorro de trabajo y capital para obtener las mercancías que el país requiere, cualquiera que sean, entonces el país no ganará en proporción a sus propias necesidades de los artículos extranjeros sino en proporción a las necesidades que los extranjeros tienen de los artículos que dicho país produce.”

II) De la influencia del consumo sobre la producción
En este segundo ensayo Mill discute sobre la llamada
ley de Say. Jean-Baptiste Say es el más destacado economista clásico francés. Su libro más importante es Tratado de economía política (1803) La ley de Say, enunciada de forma muy sencilla, apunta que “toda oferta crea su propia demanda”; es decir, que la sobreproducción general es imposible. Comenta Rodríguez Braun en su prólogo que la ley de Say fue la bestia negra de Keynes, ya que éste, en su crítica del funcionamiento de los mercados, pensaba que puede haber momentos de insuficiencia de la demanda agregada y esto le llevaba a abogar por una intervención gubernamental sobre el gasto público, que actuara de estímulo. Dice Rodríguez Braun que la ley de Say se cumpliría en mercados en equilibrio y con pleno empleo; así que en la actualidad la ley de Say se llama Igualdad de Say, y está condicionada a ese supuesto.
Lo llamativo de este ensayo es que Mill comienza siendo un entusiasta defensor de la ley de Say, para ir matizando sus supuestos y (casi sin darse cuenta) acabar refutándola.
Veamos cómo lo hace. En la página 71 leemos: “Entre los errores cuyas consecuencias directas fueron más perniciosas (…) figuraba la inmensa importancia atribuida al consumo. Según la opinión predominante, el fin principal de la legislación en materia de riqueza nacional era la creación de consumidores.” Hay al comienzo de este ensayo frases que me parecían muy liberales, muy al estilo de las de David Ricardo, y me extrañaba por tanto que Mill fuese en consecuencia el padre de la socialdemocracia europea. Parece mostrarse contrario a la recaudación de impuestos: “Ha dejado de suponerse que uno pueda beneficiar al productor arrebatándole su dinero y entregándoselo después a cambio de sus bienes.” (pág. 72). En la página 72 nos habla directamente de su adhesión a la ley de Say: “El consumo nunca precisa estímulo. Todo lo que se produce se consume”; y aquí llegan las frases más liberales: “Lo que un país necesita para enriquecerse nunca es consumo, sino producción. Cuando haya producción podremos estar seguros de que no faltará el consumo. Producir implica que el productor desea consumir, si no ¿para qué iba a dedicarse a un trabajo inútil? Puede que no quiera consumir lo que él mismo produce, pero su motivación para producir y vender es el deseo de comprar. Por consiguiente, si los productores en general producen y venden cada vez más, ciertamente comprarán también cada vez más.” (pág. 73). Y luego “Nunca habrá una producción general de mercancías mayor que la que puedan absorber los consumidores”.

Mill está hablando al comienzo de su ensayo de una economía de trueque,  y parece afirmar sus ideas con mucha convicción, pero lo cierto es que yo también dudo de que en una economía de trueque esto sea cierto. Supongamos que existen dos pueblos, uno produce 500 kilos de trigo y el otro 1.000 kilos de tomates. Cada uno consume la mitad de su producción y la otra mitad la intercambia. Ambos pueblos consideran que es justo que se intercambie un kilo de trigo por dos kilos de tomates. Si el año siguiente el pueblo que cultiva tomates decide trabajar menos y producir 700 kilos de tomates, y el otro pueblo mantiene su producción constante, a la hora del intercambio en vez de presentarse con 250 kilos de trigo unos y los otros con 500 kilos de tomates, los últimos lo harán con 200 kilos de tomates. ¿Se realizará el trueque de igual manera? ¿Cambiará la relación de intercambio y debido a que el segundo pueblo decidió trabajar menos el valor de su producto subirá o es más probable que el primer pueblo intercambie una menor cantidad de trigo y se quede otra sin intercambiar y por tanto acabe con mercancía sobreproducida? Considero que para que se cumpla la ley de Say en una sociedad de trueque, como apunta Mill, deberían darse las condiciones de competencia perfecta, y en mi ejemplo debería existir el supuesto de información perfecta, y esto daría pie a un pensamiento estratégico sobre la producción de cada pueblo. Y creo que , de forma general, esto no ocurre en la realidad.

Cuando se introduce el dinero en el análisis, apunta Mill: “Nunca existe más capital que el que puede ser empleado, y si una persona no compra sus bienes, entonces lo hará otra; y si no lo hace nadie, y hay sobreproducción en su actividad, puede retirar su capital e invertirlo en otro negocio.” (pág. 77) En la última aseveración (retirar su capital e invertirlo en otro negocio) Mill está asumiendo la condición de competencia perfecta de libertad de entrada y salida de los mercados. Pienso en un reportaje sobre la crisis económica en España que pongo a mis alumnos, en el que se ve un polígono de Andalucía con las naves cerradas y los vehículos de transporte parados, porque sus dueños no se atreven a producir ni a mover sus vehículos porque no hay negocio y por miedo a impagos. Estas personas no pueden retirar su capital y pasar a otro negocio; y en este caso sí que existe capital sin emplear. Alguien tenía cuatro máquinas para producir 1.000 unidades de producto, la demanda se contrae a 500 u. y dejas de utilizar dos máquinas, ¿a quién se las vendes si los demás empresarios estarán igual que tú en un contexto de contracción económica?

Mill comienza a contradecirse (o a matizar sus ideas):”Si cada mercancía permaneciese sin vender en promedio durante un periodo de tiempo igual al requerido para su producción, es patente que en todo momento no habría más que la mitad del capital productivo del país cumpliendo realmente las funciones de capital (…). Cada productor podría producir todos los años sólo la mitad de las mercancías que sería capaz de producir si tuviese la seguridad de que las vendería no bien finalizase la producción.” (pág. 79)

Lo curioso es que Mill tiene una idea intuitiva de la existencia de ciclos económicos, cuya aceptación (como comenté al analizar El crack de 1929 de Galgraith) es relativamente moderna: “El anhelo generalizado de comprar y la renuencia generalizada a comprar se suceden mutuamente de forma más o menos acentuada y con breves intervalos. Salvo durante breves periodos de transición, casi siempre hay una gran actividad en los negocios o un gran estancamiento.” (pág. 92)

Aunque para Mill el cumplimiento de la ley de Say en una situación de trueque es rigurosamente cierto, cuando entra en juego el dinero apunta: “Si suponemos que se utiliza dinero estas proposiciones dejan de ser rigurosamente ciertas.” (pág. 94)
Con el dinero, el intercambio se divide en dos actos separados. “Aunque el que vende en realidad vende para comprar, no necesita comprar en el mismo instante en que vende, y por ello no añade inevitablemente a la demanda inmediata de una mercancía lo que añade a la oferta de otra. Como la venta y la compra están ahora separadas, bien puede ocurrir que en cualquier momento dado haya una inclinación muy extendida a vender con la mayor urgencia posible, acompañada con una inclinación igualmente extendida a diferir todas las compras lo más que se pueda. Esto es precisamente lo que ocurre siempre en los periodos descritos como periodos de sobreoferta general.” (pág. 94)
En esta situación los precios tienden a bajar, y esto beneficia a los que pueden retener su mercancía sin vender y perjudica a los que se ven forzados a vender a precios más bajos, porque esta caída de los precios será temporal.
En la última página del ensayo vuelve a afirmar que cree en la ley de Say, aunque matizada: “Cada incremento de la producción, si se distribuye sin error de cálculo entre todas las clases de productos en la proporción indicada por el interés privado, crea o más bien constituye su propia demanda.” (pág. 98). Parece estar admitiendo también las condiciones de competencia perfecta, y por tanto –como hacía David Ricardo- sigue las directrices marcadas por Adam Smith en este sentido.
Es significativo el último párrafo del ensayo en la página 98: “La esencia de la doctrina se preserva cuando se acepta que no puede haber un exceso permanente de la producción o de la acumulación, aunque admitiendo al mismo tiempo que así como puede existir un exceso temporal de algún artículo considerado individualmente, también puede haber un exceso de bienes en general, no como consecuencia de una sobreproducción sino por falta de confianza en los mercados.” Es aquí donde entraría la teoría de Keynes (defensor de Mill en contra de Ricardo) y la creación de estímulos gubernamental (multiplicador keynesiano) para reactivar la demanda agregada ante contracciones debidas a la falta de confianza en los mercados.

III) Sobre las palabras productivo e improductivo
Aquí Mill retoma una discusión a la que dedicaron muchas páginas Smith, Malthus y Marx, pero que después de éste desapareció de los intereses de la ciencia económica, por la dificultad de distinguir lo productivo e improductivo en una economía de mercado, explica Rodríguez Braun.
Recuerdo que en La riqueza de las naciones Smith apuntaba que si un rico se gasta el dinero en construir una casa este sería un gasto productivo, porque la casa seguirá ahí con el tiempo, pero si se lo gasta en una fiesta éste será un gasto improductivo. Mill parte de esta idea y se interroga por el concepto de riqueza, apunta que muchos economistas clásicos consideran riqueza tan solo a los bienes materiales. Según los fisiócratas, anteriores a Smith, tan sólo el trabajo agrario, generador de alimentos, generaba riqueza para un país. Sobre esto hablaba Malthus, quien pensaba que el trabajo de un agricultor era más valioso que el de un obrero en una fábrica textil, porque este último no contribuye a crear alimentos.
Mill apunta: “Los economistas políticos admiten que un país se enriquece en proporción a la cantidad de trabajo y consumo productivo, y se empobrece en proporción a la cantidad de trabajo y consumo improductivo.” (pág. 105)
Para explicar su punto de vista, Mill toma el ejemplo de la famosa (en su época) soprano italiana Madame Pasta: su trabajo produce una satisfacción inmediata, y gastarse el dinero para verla sería un gasto improductivo. Pero para que ocurra lo anterior alguien tuvo que construir la ópera donde actuaba, y alguien tuvo que fabricar los instrumentos para la orquesta, y los músicos tuvieron que ser formados para tocar los instrumentos; todo esto es productivo para Mill y el canto de Madame Pasta no. Pero lo improductivo genera gasto productivo de forma indirecta, concluye.
Lo cierto es que esta discusión me parece un tanto peregrina. Lo productivo, que se asocia con lo material, puede llevar a un agotamiento de los recursos. ¿Es mejor apostar por la obsolescencia programada y cambiar de móvil cada dos años, generando más residuos y acelerando la sobreexplotación de recursos o es mejor que mantengamos el móvil seis años y gastar el dinero en visitar parques nacionales, que alguien tiene que cuidar?

IV) Sobre los beneficios y el interés
Este ensayo vuelve a ser más interesante, porque aquí Mill retoma su análisis de la obra de Ricardo y comenta uno de los presupuestos básicos de aquel libro con el que yo no estaba de acuerdo: “Cualquier incremento de los salarios supone una disminución de los beneficios.”
Escribe Mill: “Si por salarios se entiende lo que constituye la riqueza real del trabajador, la cantidad del producto que recibe a cambio de su trabajo, entonces la proposición de que los beneficios varían inversamente con los salarios es manifiestamente falsa. La tasa de beneficios no depende del precio del trabajo sino de la proporción entre el precio del trabajo y el producto de éste. Si el producto del trabajo es abultado, el precio del trabajo puede también serlo sin disminución alguna de la tasa de beneficios; y de hecho la tasa de beneficios es máxima en aquellos países (por ejemplo en América del Norte) donde el trabajador recibe una remuneración más elevada, porque los salarios del trabajo, aunque altos, guardan con respecto al abundante producto del trabajo una proporción menos allí que en otros lugares.
Pero esto no afecta la validez del principio del Sr. Ricardo tal como él mismo lo entendía, porque él no consideraba que un incremento en las comodidades reales del trabajador equivalía a un alza en los salarios. En su terminología los salarios sólo subían cuando lo hacían no simplemente en cantidad sino en valor.” (pág. 119-120)
En la página 129: “La única expresión de la ley de los beneficios que parece correcta es que dependen del coste de producción de los salarios.”

Me ha interesado mucho el comentario que hace Rodríguez Braun sobre este ensayo en su prólogo: apunta que la interpretación que hace Mill sobre los beneficios y salarios es muy similar a la que da Karl Marx en El capital al analizar el plusvalor absoluto y relativo. Bela Balassa demostró que Marx se había inspirado en Mill, aunque no lo admitió porque lo despreciaba al considerarlo un tímido reformista.

V) Sobre la definición de economía política, y sobre el método de investigación más adecuado para la misma
Mill se preocupa aquí por definir a la economía política como ciencia moral y conocer cuáles son los objetivos de su estudio.
Empieza por establecer diferencias entre la física y la economía: “Numerosas ciencias físicas pueden ser estudiadas sin referencia alguna a la mente. (…) Pero ningún fenómeno depende en exclusivamente de las leyes de la mente.” (pág. 155)
“Las economía política presupone todas las ciencias físicas; da por supuestas todas las verdades a la producción de las cosas demandadas por las necesidades de las personas.” (pág. 156)
Mill acaba deduciendo una definición para la economía política: “La ciencia que estudia la producción y distribución de la riqueza en la medida en que dependen de las leyes de la naturaleza humana.” (pág. 156)
La economía política: “Se ocupa del ser humano exclusivamente como un ser que desea poseer riqueza y que es capaz de analizar la eficacia comparativa de los medios para alcanzar dicho fin. Sólo predice los fenómenos del estado social que tienen lugar como consecuencia de la búsqueda de la riqueza. Hace abstracción total de cualquier otra pasión o motivación humana, excepto las que pueden considerarse como principios antagónicos perpetuos con respecto al afán de riqueza, es decir, la aversión al trabajo y la aspiración al disfrute presente de costosas complacencias.” (pág. 162)
“La ciencia procede entonces a investigar las leyes que gobiernan esas diversas operaciones, bajo el supuesto de que el hombre es un ser determinado por el imperio de su naturaleza a preferir en todos los casos más riqueza antes que menos riqueza (…). Esto no quiere decir que algún economista político haya sido nunca tan absurdo como para suponer que la humanidad está realmente así constituida, sino que ésta es la manera en que la ciencia debe necesariamente proceder.” (pág. 163)

Para Mill la economía política tiene que usar el método a priori; esto quiere decir que el economista debe razonar a partir de supuestos y no de hechos. “La economía política, entonces, razona desde premisas supuestas, desde premisas que pueden estar por entero desprovistas de fundamento fáctico y que no se pretende que estén universalmente conformes con el mismo. Las conclusiones de la economía política, en consecuencia, igual que las de la geometría, sólo son ciertas, como se dice comúnmente, en abstracto. (…) Lo que es verdad en el plano abstracto, siempre resulta verdad en el plano concreto con las adecuadas concesiones.” (pág. 168-169)
Mill considera que el método a posteriori –el método basado en las experiencias- es inapropiado para los estudios de las ciencias sociales, aunque siempre pueden ser una valiosa ayuda.
Señala además la dificultad que tiene la economía para poder realizar experimentos cuyos resultados nos den una información objetiva.

Conclusión
He buscado en internet y no he encontrado en ningún sitio un comentario de este libro, traducido por primera vez al español en 1997 y que no ha sido reeditado. Uno de los problemas que tiene para su difusión es que para comprenderlo y disfrutarlo enteramente el lector debería haberse acercado antes a La riqueza de las naciones de Adam Smith y sobre todo a Principios de economía política y tributación de David Ricardo. Y, como ya comenté en su momento, no existe ahora mismo ninguna edición de primera mano disponible del libro de Ricardo.
El Mill de veintitrés años es un pensador incisivo, elegante, inteligente y maduro. Las matizaciones que hace del libro de Ricardo me han parecido muy pertinentes.

Espero, en algún momento, acercarme a las más de 900 páginas de Principios de economía política (1848); aunque es probable que antes lea Sobre la libertad (1859), El utilitarismo (1863) o El sometimiento de la mujer (1869).

domingo, 3 de mayo de 2015

Mala suerte, por Juan Aparicio-Belmonte

Editorial Lengua de Trapo. 189 páginas. 1ª edición de 2003.

Recuerdo haber hojeado en la biblioteca de Móstoles algún libro de Juan Aparicio-Belmote (Londres, 1971), novelas como López, López o El disparatado círculo de los pájaros borrachos; pero por ese azar que nos lleva a leer unos libros y otros no (un azar que se multiplica en el jardín de los senderos que se bifurcan que es una biblioteca) no le había leído hasta ahora. Mi interés hacia su obra se reactivó cuando he tenido la oportunidad de conocer a Juan en persona, un escritor muy simpático (aunque tenga un blog de viñetas humorísticas llamado Superantipático).

En la feria del Libro de Madrid de hace un par de años, hablando en la caseta de Lengua de Trapo con sus editores (hasta que la novela Un amigo en la ciudad apareció en Siruela) les pregunté qué libro me recomendaban de Juan y me dijeron que este de Mala suerte, que fue su primera novela publicada. Así que éste fue el que compré. Me he acercado a él en febrero de 2015, dentro de mi campaña “lee-de-una-vez-toda-esa-montaña-de-libros-que-tienes-acumulada” y después de haber vuelto a coincidir con Juan hace unas semanas y haberme vuelto a sonreír con sus consideraciones apocalípticas sobre el futuro del libro.

Mala suerte ganó en diciembre de 2002 la primera convocatoria del hoy extinto premio de Narrativa Caja Madrid. Como en su trama ya aparecen los euros circulando por la calle, deduzco que fue escrita y está ambientada en este 2002, cuando Juan tenía treinta años. Mala suerte es su primera novela. Leo en la wikipedia que Mala suerte también ganó “el III Premio Memorial Silverio Cañada, que se otorga en la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra escrita en español durante el año.”

Son tres los protagonistas principales de esta novela: Esteban Gómez, abogado de treinta y cinco años, que trabaja en un bufete, con continuos miedos a perder a su cliente principal, una aseguradora, y obsesionado con su mala suerte; Sara Lagos, guapa inspectora de policía, que desearía ser más considerada por su trabajo que por sus atractivos físicos; Rafael Pichón, que trabaja en el control de luces de un teatro, paranoico y rencoroso social.

Mala Suerte comienza en la consulta de un sicólogo (Juan le quita la “p” a la profesión). Esteban le narra sus obsesiones a don Fernando. Por esta consulta, y por las manos del sicólogo, irán pasando los tres personajes principales de la novela.
Los capítulos, normalmente breves, se acercan a Esteban, Sara y Rafael, pero sin seguir un perfecto orden: a veces hay dos seguidos sobre Esteban (uno en el diván del sicólogo y otro en su bufete, por ejemplo), luego otro de Rafael, luego otro de Sara, y luego se vuelve a romper el orden. En cualquier caso, el protagonista principal acaba siendo Esteban, ya que el narrador nos acerca a más facetas de su vida que al resto de personajes.

La forma de acercarnos a los personajes es variada: Esteban se retrata por sus largos monólogos con el sicólogo, y sus andanzas por su casa o su bufete se nos narran en tercera persona. Para Rafael predomina la primera persona, un monólogo interior obsesivo, circular. Vemos a Sara desde una segunda persona crítica, y en ocasiones desde una tercera más neutra.

En esta novela hay un asesinato: alguien ha matado al actor Fabio Cotta y a su amante, a golpes con una lámpara. Por supuesto, tanto Esteban como Rafael y Sara están relacionados, en mayor o menor medida, con el crimen. El asesinato será lo que haga que estos personajes interactúen la novela.
En Mala suerte tenemos un crimen pero no un misterio, porque el lector sabe quién es el asesino y sus motivaciones casi desde el comienzo. Y aquí está bien traída la cita de Luis Pellitero que Aparicio-Belmonte coloca al comienzo de su novela: “Lo más difícil no fue dar con el asesino, sino ponerme las esposas.”

Ya he comentado que Mala suerte ganó un premio en la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra. Mala suerte, en sentido estricto, sí es una novela negra: tiene un asesinato, tiene a una bella policía que trata de esclarecerlo, tiene a un asesino bastante desequilibrado, y tiene a un hombre un tanto neurótico que se ve envuelto en el crimen casi de casualidad, en gran medida debido a su “mala suerte”. Pero esta novela no es sólo una novela negra, porque en ella hay también crítica de costumbres (trabajos absurdos, drogas que no sirven para relajar a nadie, sicólogos a los que se acude para desahogarse como se puede acudir al fútbol…) y también hay humor; un humor que proviene en gran medida del disparate. Por ejemplo, en una de las primeras escenas del libro, cuando Esteban está en su despacho bastante colocado por los efectos de la marihuana, irrumpe ante él un hombre tambaleante, con un traje cuyas mangas le quedan grandes, que quiere contratarle para asesinar a alguien, y que lleva en la cabeza, a modo de pañuelo pirata, un calzoncillo masculino. La escena es esperpéntica, juguetona, ¿es real o Esteban está alucinando?

Quizás lo que menos me ha gustado de esta novela es que Juan Aparicio-Belmonte remarca demasiado las características psicológicas de los personajes creados. En los capítulos en los que se acerca a Rafael, por ejemplo, se repite mucho que éste está obsesionado por un complejo de inferioridad social, dividiendo a las personas en pertenecientes a la margen derecha o izquierda (la suya); o el deseo de Sara de ser valorada más allá de su belleza física.
Cuando en nuestro último encuentro, unas semanas antes de escribir esta reseña, hablé con Juan Aparicio-Belmonte, y le comenté que aún tenía pendiente leer su libro Mala suerte, creo que él hubiera preferido que leyera alguno más reciente. Es lógico que un escritor que en 2015 va a publicar su séptima novela considere que ha evolucionado artísticamente desde la primera (escrita ya hace unos trece años). En cualquier caso, Mala suerte es una primera novela de ritmo ágil, que juega a mezclar y trastocar los géneros literarios, intercalando escenas de crítica social (como la descripción surrealista de la empresa de seguros para la que Esteban trabaja), con escenas costumbristas (visita de Esteban a un bar para contactar con su camello, o imágenes de la pequeña burguesía, cuando Esteban se acerca a su chalet de Majadahonda, donde convive con su mujer, pintora de profesión), con otras disparatadas (la visita del hombre con el calzoncillo en la cabeza al bufete de Esteban), con otras puramente policiales (obsesiones de Sara, persecuciones…), y todo ello aderezado con un humor socarrón y disparatado.

Esto es bastante para que en 2003 se celebrara la llegada al panorama literario español de un nuevo autor de treinta años dispuesto a quedarse, y para justificar un premio, hoy desaparecido, el Caja Madrid, que pretendía descubrir a escritores jóvenes.

domingo, 26 de abril de 2015

Lanzarote, por Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 109 páginas. 1ª edición de 2000, ésta es de 2013.
Traducción de Javier Calzada.

Después de la reciente lectura de El mapa y el territorio y mi renovado interés por la literatura francesa, además de sacar de la biblioteca de Móstoles Una novela francesa de Frédéric Beigbeder me llevé a casa Lanzarote de Michel Houellebecq (Saint-Pierreisla de La Reunióndepartamento de ultramar de Francia1958). Ya comenté aquí que después de leer Plataforma me acabé decepcionando un poco con Houellebecq y ya no me interesé por La posibilidad de una isla, que no se lo publicó Anagrama, ni por Lanzarote, que dada su corta extensión pensé que se trataba de una novela menor. Una intuición que podía ser cierta o no, puesto que la calidad literario no tiene que ver demasiado con la extensión de las obras.

De La posibilidad de una isla no me ha hablado muy bien mi novia, que es bastante seguidora de Houellebecq, y que no se leyó Lanzarote. Pero esta novela estaba en la biblioteca de Móstoles, y no me costaba nada echarle un vistazo. Tenía pinta de ser el típico libro que se lee en un día, como acabó siendo.

Lanzarote está escrita en primera persona, un narrador sin nombre nos informa de que el 14 de diciembre de 1999 entra en una agencia de viajes porque está convencido de que su fin de año va a ser de nuevo un fracaso y desea viajar al extranjero en enero. Dadas sus limitaciones económicas, se acaba decidiendo por Lanzarote.
Desde la primera página el tono del narrador es desencantado y un tanto nihilista. “No, no podía ayudarme; nadie podía.” (pág. 9 del libro y primera de la novela).

Me percaté de que en El mapa y el territorio no había ninguna referencia al islam o a la cultura árabe, un tema recurrente en Houellebecq, y que ha dado lugar a más de una polémica. En Lanzarote sí que está presente (en una pequeña dosis) este tema: “Los países árabes podían valer la pena, si uno conseguía que se desentendieran de su ridícula religión.”, apunta el narrador en la página 12, cuando está tratando de elegir destino turístico.

Lo cierto es que en Lanzarote están presenten todos los temas de Houellebecq, aunque desarrollados a una escala menor que en otras de sus obras. En esta novela corta se habla sobre las expectativas de las personas en sus vacaciones, y Houellebecq juega a hacer sociología sobre el tema analizando a los distintos tipos de viajeros por nacionalidades: “El inglés va a un lugar de vacaciones únicamente porque está seguro de que encontrará allí a otros ingleses. En esto se sitúa en las antípodas del francés, un ser vano y tan pagado de sí que no soporta encontrarse con un compatriota en el extranjero.” (pág. 22).
El narrador viaja en enero de 2000, tras lo que él siente como un cambio de milenio (aunque los expertos le aseguren que esto no ha ocurrido), a Lanzarote y no parece sentirse muy feliz en la isla de aspecto marciano. De hecho, casi cualquier manifestación de la vida natural se connota en la novela de forma negativa: “El Jardín de Cactus. Diferentes especies, elegidas por su morfología repugnante.” (pág. 24); “De entre todos los animales de la creación, el camello es, sin discusión, uno de los más agresivos y de los más malignos” (pág. 29); “Dentro de una jaula había un loro que observaba fijamente el mundo con un ojo redondo y furioso.” Así que el narrador ha viajado a una isla volcánica, en las que las únicas muestras de la naturaleza son cactus repugnantes, camellos malvados y loros furiosos. De la propia tierra, con sus fumarolas activas, emana también una fuerza negativa, amenazadora.

Pocos datos acabamos conociendo de nuestro narrador, un ser solitario que en ningún momento parece acordarse de ningún familiar o amigo, y que en ningún momento nos habla de su profesión, de su pasado o de sus gustos. Simplemente parece un ser deprimido, o al borde de una crisis.
Son tres las personas con las que va a relacionarse en su viaje: Rudi, un inspector de policía belga, de origen luxemburgués, que después de su divorcio de una mujer marroquí -que ha vuelto a su país con su hija en común- no parece estar atravesando su mejor momento vital; y con Pam y Bárbara, una pareja de lesbianas alemanas, no exclusivas… Esto llevará a que de un modo muy natural acaben manteniendo relaciones sexuales con nuestro narrador deprimido y nihilista.

Las páginas en las que se describen los encuentros sexuales entre el narrador y Pam y Bárbara son de las más convencionales del libro. Parecen la descripción de una película porno nada imaginativa, una de tantos cortes de película porno de los que se pueden ver en internet nada más teclear en google sobre el tema: “trío con lesbianas”, por ejemplo. Y creo que en esta reflexión radica gran parte de las limitaciones de Lanzarote: el propio Houellebecq ha ido de vacaciones a Lanzarote, seguramente en fechas similares a las que ha adjudica a su narrador, como así lo atestiguan unas fotos que aparecen en esta edición de bolsillo de Anagrama. Unas fotografías a todo color editadas en papel satinado sobre formaciones rocosas de la isla y tomadas por Houellebecq (en la primera se puede ver la sombra de nuestro autor sobre la tierra rojiza). Así que Houellebecq fue de vacaciones a Lanzarote, y esto le sirvió para realizar unas nuevas reflexiones sobre el turismo de masas, y crear una voz narrativa desencantada, que parece muy cercana a la suya propia. Para mover un poco la narración, hace que el personaje interactúe con el deprimido Rudi, quien se acabará uniendo a una secta que opera en Europa y que quiere montar uno de sus enclaves más importantes precisamente en Lanzarote. En cierto modo, la inclusión en la novela de esta secta hace que al final de sus escasas páginas el libro se proyecte hacia el futuro, recurso usado por Houellebecq en otras novelas como Las partículas elementales o El mapa y el territorio. Y el tema de la sexualidad abierta, también importante en libros anteriores, funciona aquí, en realidad, como la mera proyección de una fantasía masculina. Es decir, Houellebecq viajó a Lanzarote, se aburrió visitando las que dice que son las dos únicas atracciones turísticas de la isla, el Jardín de Cactus y el Parque Nacional de Timanfaya, y soñó con que podía liarse con dos lesbianas alemanas, atractivas y femeninas (por supuesto).
Houellebecq nos habla del aburrimiento burgués del turismo, y crea para su narración a Rudi y su secta, y las escenas sexuales de Pam y Bárbara, describiendo unas escenas tórridas posiblemente tomadas de una película porno vista en el hotel de Lanzarote.


Todos los temas que pueblan el universo creativo de Houellebecq están en Lanzarote, pero se presentan aquí a una escala menor que en otros libros. Dije al comienzo de la entrada que, de forma intuitiva, sopesando únicamente su extensión, había concluido que Lanzarote era una obra menor de Houellebecq. Después de haber leído el libro, confirmo que mi intuición era cierta. También es verdad que este libro se lee en un rato y que agradará a los seguidores del autor, sin aportarles nada nuevo.

miércoles, 22 de abril de 2015

La huida hacia delante, por Víctor Peña Dacosta

Editorial La isla de Siltolá. 79 páginas. 1ª edición de 2014.

Conozco a Víctor Peña Dacosta (Plasencia, 1985) de las redes sociales, principalmente de Facebook. Aunque también de twitter y sé que tiene un blog literario llamado Arrebatos alíricos (pinchar AQUÍ). Víctor me escribió a través de Facebook para ofrecerme su primer poemario publicado con La isla de Siltolá. Había leído algún poema de este libro gracias a internet y me pareció que era una poesía con la que conectaba. Al final quedamos en que él me hacía llegar La huida hacia delante y yo le envié (reciclando su propio sobre) mi poemario El bar de Lee.

Ya desde las citas iniciales sabemos que nos encontramos ante un poemario irónico y descreído, puesto que está colocando las palabras de Thomas Mann: «Me pregunto sí, a pesar de mis precauciones, no estaré hablando de mí» junto a las de Homer J. Simpson: «Intentar algo es el primer paso hacia el fracaso». El posmodernismo era esto.
Este juego de las citas se repite a lo largo del libro: desde mensajes de Windows («Error interno 2343», pasando por Michel Houellebecg, Leonard Cohen, Vicente Gallego, Manuel Vilas, Andrés Calamaro, Fidel Castro o incluso Mariano Rajoy («La vida es resistir y que alguien te ayude. Tampoco hacen falta muchos»). Creo, que la cita que más graciosa me ha parecido ha sido una de Mike Tyson: «Todo el mundo tiene un plan hasta que le das la primera hostia.»

El poemario se abre con un poema corto, compuesto en endecasílabos blancos:


Lo mejor del pretérito imperfecto
es su capacidad de convertir
hechos triviales en unas memorias
interesantes o en un poemario
confesional, a medio camino entre
las cosas que mi madre nunca supo
y las que mis nietos deberían saber.


El poemario, como avisa este poema, será confesional, y en la mayoría de los versos se rompe la unidad métrica del endecasílabo. La voz poética evoca, desde la perspectiva de estar acercándose a los treinta años, su juventud o su pasado más inmediato: amigos, juergas, alcohol, ligues, novias, pérdidas de tiempo, lectura, esccritura… El estilo, como ya apuntaban las citas, es irónico, a veces bromista y a veces más serio, desinhibido respecto al sexo, impúdico. Las referencias son muy cercanas: en numerosas ocasiones se compara la propia vida con la del equipo de fútbol, o se habla, por ejemplo, de estados de Facebook.
El lenguaje es en muchas ocasiones bastante coloquial, lo que potencia la sensación de cercanía: “Paso de cuidarme” (pág. 15), “Ese día, ¿recuerdas?, te corriste más que nunca” (pág. 23), “No me las folle” (pág. 27).
Sin embargo, estas composiciones no dejan de tener sentido del ritmo, y consiguen trascender lo meramente anecdótico hacia el campo de la reflexión, con un cierto poso de tristezas simpática.

Reproduzco aquí un poema de la primera mitad del libro, con un tono bromista:


Yo siempre he sido el niño que se aguanta la risa
en el segundo banco de la iglesia
antes de engullir la hostia consagrada.

Un subdelegado votado medio en broma
que reclama imparcialidad ante los exámenes.

Siempre he sido la mancha en la pared
con complejo de rueda de repuesto.

El bufón llorando en el entierro de un amigo.

Yo soy aquel que por las noches te describe.

Ya sobreviví a mi propio holocausto.

Confieso que escribo en verso por pura pereza.



Y aquí otro poema, con una intencionalidad similar, pero con un tono más melancólico:



No soy nada: apenas lo que aparento
y, a veces, ni tan siquiera eso:
pura fachada sin sustancia
de esporádico escritor sin talento
que levanta sus días con gomina,
se calza la cara de ir al trabajo,
bebe un poco y toma alguna pastilla
para paliar pequeños dolores cotidianos.

Soy lo que soy: apenas algo,
una mancha que se oculta a las sombras,
un borracho que lee de vez en cuando.
Un tonto más entre tantos que siguen
con emoción la Liga y frialdad el telediario.

Otro hombre de mediana edad temprana
que hace tiempo emprendió la cuesta abajo.

No soy casi: insisto, existo si acaso.

Ya ni Facebook se altera
con mis golpes de estado.


En algunos poemas el propio Víctor nos indica a quién está realizando el homenaje literario con mensajes como: (FEATURING ÁLVARO VALVERDE); hay otros poemas al estilo de Almudena Guzmán, María López Ponz o Luis Alberto de Cuenca.

Probablemente Luis Alberto de Cuenca sea una de las grandes referencias literarias de este libro, por su tono cercano e irónico frente a las relaciones amorosas. Otra sería la cercanía reflexiva y coloquial de Karmelo C. Iribarren. Y, por supuesto, otra de las influencias más claras sería la de Jaime Gil de Biedma. Sobre todo en el tono confesión y de autorreproche de sus versos. En este sentido destaca este poema, claro homenaje a Contra Jaime Gil de Biedma:

 Tú antes molabas.
Bart Simpson

No quiero ser duro contigo,
que bastante tienes con lo que tienes.
Mírate, esto no era lo pactado:
eres la publicidad engañosa
de lo que yo prometía. El reverso
caducado de una tapa dorada.

Eres Kennedy y Zapatero.
El casi pero al final no.

Eres la alergia de la primavera,
una oferta que sale cara.
El delirio sin aires de grandeza.
Eres la realidad tras la esperanza,
la resaca de las celebraciones
y las agujetas del sexo
mediocremente salvaje.

Eres Rod Stewart.
Guti.
Obama.
Tao Lin.
Eres peor que los Strokes.

Pero no quiero ser duro contigo.
Solo quería despedirme:
no te veré pagar una hipoteca
ni ponerte (aún) más gordo.
No veré cómo te casas y te largas
de luna de miel a un infierno carísimo.
No veré cómo te compras un coche
y malvendes tus discos de vinilo.

No te veré caer en el voto útil
ni en las rebajas de Ikea.
No pasaré la vergüenza
de oírte blasfemar pidiendo
una cerveza sin alcohol.

No te veré morir.


En La huida hacia delante podemos encontrarnos con poemas en prosa más extensos y con poemas cortos que parecen pensamiento o aforismos. Reproduzco algunos de estos últimos:


Algunas de las principales
obras de la literatura
han sido fruto del aburrimiento:
qué lástima de internet, fútbol
y de que no haya Premio Nobel
de Cibersexo.



Te quise desde el principio;
no me di cuenta hasta el final.



El poemario finaliza (además de con alguna reflexión política) proyectando la voz poética hacia el futuro. Después de enfrentarse a su pasado, imagina el poeta lo que le viene por delante en su treintena:


Acostumbrarse a las molestias diarias,
a que se mueran los abuelos.

Hacerse a la idea de que envejecen
los padres y maduran los amigos.

Andar un rato por las tardes.

Verse de pronto envuelto en un debate
sobre hasta cuándo es mejor dar el pecho.
Tener una teoría al respecto.

Apuntarse a cursos de idiomas
o al gimnasio, y actualizar los blogs
al menos una vez a la semana.

Hacer la cama siempre al levantarse
y fregar antes de que se acumule:
hacerse fuerte en la rutina.

Ser un hombre a la hora de hacer colas:
no dejar que se cuelen las marujas
ni nos venza el desaliento.

Medir la vida en estados de Facebook
y la aceptación social en “me gustas”.

Abrir un plazo fijo a un interés
razonable y defender que conviene
una reforma fiscal moderada.

Seguir los partidos sin pegar voces.

Hacerse chequeos de vez en cuando,
que total no cuesta nada. Enterarse
de cuáles son los mejores productos
para mantener limpia la piscina.

Irse de vacaciones con los suegros.

Atender cuando oyes “señor”
por la calle. Aprender a hacerse el nudo
de la corbata y a arreglar los enchufes.

Entender por qué sube la hipoteca.

Asumir que es cada vez más difícil
cumplir el sueño de hacer un trío.

Gastar mucho menos dinero en libros,
reducir el tiempo de siesta.

Hablar en las reuniones de vecinos.

Aprovechar los descuentos del súper,
preferir los conciertos en teatros,
elegir cortinas de seda blancas
que combinen con la mesa camilla,
buscar porno duro gratis, cervezas
negras y ginebras de marca, vinos
con un ligero regusto a manzana
de nombre extranjero. Decir que es suave
pero con mucho cuerpo. Fijarse
en cómo va resbalando la lágrima.

Usar reloj.

Adaptarse, como todos, al miedo.
Amortiguarlo con pastillas.

Apagar el despertador antes de que suene.

Ponerse camisa para ir a trabajar.




 Me ha gustado La huida hacia delante de Víctor Peña Dacosta. Me ha parecido un primer poemario sólido, en el que el autor tenía muy claro cuáles eran sus referentes (Luis Alberto de Cuenca, Jaime Gil de Biedma, Karmelo C. Iribarren y el Vicente Gallego de los primeros libros) y sus intenciones: escribir un poemario confesional, irónico, cercano, simpático, desinhibido, impúdico y antirretórico. Un poemario que consigue hacer sonreír con complicidad al lector.

domingo, 19 de abril de 2015

Una novela francesa, por Frédèric Beigbeder

Editorial Anagrama. 213 páginas. 1ª edición de 2009, ésta es de 2011.
Traducción de Fracesc Rovira; prefacio de Michel Houellebecq.

Tras leer El mapa y el territorio de Michel Houllebecq, y después además de que me acercara a esta lectura tras acabar Rojo y negro de Stendhal, me di cuenta que desde que empecé con el blog sólo tenía comentado un libro francés (Bouvard y Pécuchet, de Gustave Flaubert) cuando, en realidad, yo me formé como lector leyendo bastantes libros del país vecino. Así que tras las buenas sensaciones que había tenido con estas dos lecturas me apeteció seguir buscando a autores franceses. Estuve en la biblioteca de Móstoles y de Retiro hojeando más libros de Stendhal o de Balzac. Y entre los autores modernos, me guié por la selección hecha desde la editorial Anagrama y barajé la posibilidad de leer a Frédéric Beigbeder (Neuilly-sur-Seine, 1965), a Pierre Michon, a Patrick Modiano (a éste menos, la verdad, porque hace años leí un libro suyo y no me gustó mucho) y a Emmanuel Carrère. Me parecía una buena idea leer después de El mapa y el territorio de Houellebecq, el de Una novela francesa de Beigbeder, porque los dos escritores son amigos y aparecen en la novela de Houellebecq como personajes; de hecho, en más de una ocasión en El mapa y el territorio se habla de Beigbeder como el autor de Una novela francesa. Y tal vez, pensé, no sería una mala idea seguir con otro libro de Carrère que se titula Una novela rusa, por la similitud de los títulos y porque también aborda el conflicto de la escritura autobiográfica, algo que siempre me ha interesado. Pero al final me dije que seguramente de Carrére sería mejor leer Limónov, que es la novela que parece haberle consagrado. Y todos estos libros estaban ahí, al alcance de mi mano, en la biblioteca de Móstoles. Tras irme un día sin sacar nada, al siguiente decidí llevarme a casa Una novela francesa de Beigbeder y Lanzarote de Houellebecq.

Hace más de una década leí de Frédéric Beigbeder la novela con la que empezó a sonar su nombre en España: 13,99 euros. Lo saqué también de la biblioteca de Móstoles. Beigbeder trabajaba en una empresa de marketing y escribió este libro con la intención de destapar todos los trapos sucios de la industria, que le despidieran y con el dinero de la indemnización poder dedicarse a escribir a tiempo completo. El protagonista de esta novela parece, en gran medida, un trasunto del autor. Me interesan las novelas que hablan del trabajo, por entonces yo escribía una novela sobre mis experiencias como auditor de cuentas e imagino que esto me llevó a interesarme por 13,99 euros. Recuerdo de ella unas frases sentenciosas, escritas con la intención de epatar al lector, construidas con la contundencia aplastante de los eslóganes publicitarios. En más de una ocasión las páginas iniciales de este libro las he usado en alguna de mis clases de economía de segundo de bachillerato, cuando me toca dar el tema de la función comercial de la empresa y el marketing. Son unas páginas interesantes para fomentar un debate sobre los medios publicitarios. Recuerdo también que aquella novela que se leía con agrado en algún momento descarriló. Tuve la impresión de que, después de contar las anécdotas más sangrantes sobre las empresas que encargaban a la suya campañas publicitarias (“no quiero en mi anuncia tantos chicos negros, que creo que no representan a Francia…” etc.), Beigbeder no sabía qué hacer con su libro y metió de pronto un asesinato en la historia difícilmente justificable. De este modo, una novela que empieza de un modo bastante interesante, acaba perdiéndose en el disparate de la exageración.

Sabía, por comentarios leídos en internet, que era muy probable que Una novela francesa no me pareciera un gran libro. Se le acusa a Beigbeder en ella de ombliguista y banal. Aun así me apeteció leerla, tenía una buena disposición hacia ella. Después de su aparición como personaje en El mapa y el territorio quería saber qué fue de ese Beigbeder al que de vez en cuando leo en mis clases de economía. “La mayor cualidad de este libro es, sin duda alguna, su honestidad”, así empieza su prefacio Houellebecq; y en las dos páginas siguientes del prólogo también se atreve a sacarle los defectos (para esto están los prefacios y los amigos).

La noche del 28 de enero de 2008 Beigbeder es detenido por la policía parisina -junto con un amigo escritor al que llama el Poeta- por consumir cocaína sobre el capó de un coche en plena calle. Esto hace que pase dos días encerrado en un calabozo, hecho catalizador para que a sus cuarenta y dos años decida reflexionar sobre su vida. Sobre todo, lo que desea Beigbeder es reconstruir su infancia de la que se declara amnésico: “No me acuerdo de mi infancia. (…) En mí no queda nada de mí mismo; de los cero a los quince años, me enfrento a un agujero negro.” (pág. 20). A partir de un único recuerdo –su abuelo y él en una playa- irá recomponiendo su pasado; un pasado de niño de clase alta, con familia aristócrata y burguesa; un pasado de niño de clase alta de provincias que se acabará instalando en la capital.
“¿Y de qué me puedo quejar? Escapar al infortunio, la tragedia, el duelo y los accidentes es una suerte en la construcción de todo ser humano. En este caso, este libro sería una investigación sobre el tedio, el vacío, un viaje espeleológico al fondo de la normalidad burguesa, un reportaje sobre la banalidad francesa.” En este párrafo, que escribe el propio Beigbeder en la página 23 del libro, se encuentra posiblemente la crítica más fácil que se le puede hacer a esta novela, y el propio autor lo sabe; aunque también él parece saber (igual que este lector) que la literatura no es el espacio (o no es sólo el espacio) destinado a narrar las grandes aventuras de los hombres extraordinarios (para eso ya están los bestsellers), sino que uno de los grandes retos de la literatura, a partir del siglo XX, es la de acercarse al devenir urbanita del ciudadano de a pie (al fin y al cabo la grandeza del Ulises de Joyce se encuentra en ser una revisión irónica y peatonal de los mitos y los héroes griegos). Lo que parece irritar de este libro -en las críticas que he leído de él en internet- es el propio Beigbeder, su vida mundana de burgués afortunado que, por el espacio de dos noches, ha de dormir en un calabozo de París. Es cierto que alguna crítica que hace de la injusticia cometida sobre él (él no daña a nadie con su consumo de drogas, sólo a sí mismo) suena a lloriqueo de pijo al que nunca dieron un palo; y el propio Beidbeder lo sabe y todavía así nos narra sus cortas desventuras como grandes sufrimientos. Quizás la importancia que se da a sí mismo Beigbeder en este libro es exagerada: el fiscal que le condena se va a hacer inmortal porque él va a hablar de él en su libro. El nombre de Beigbeder queda ahora, tras su condena, nos dice, unido a la de los grandes escritores encarcelados injustamente: Cervantes u Oscar Wilde, nada menos.
A mí, como a otros comentaristas de esta novela en internet, el burgués niño pijo Beigbeder ha llegado a irritarme en más de una ocasión; pero también me ha gustado su honestidad: él es un burgués niño pijo y lo sabe, y te lo dice, y sospecha que el lector lo va a saber y se va a sentir irritado por ello. Beigbeder, como ya ocurría en 13,99 euros, sigue teniendo buena mano para la frase contundente que podría ser un eslogan publicitario (o un aforismo), y los cierres de capítulo suelen estar rematados con frases bastante buenas. “Los nostálgicos de la infancia son aquellos que añoran la época en la que se ocupaban de ellos.” Me gustó, por ejemplo, esta frase de la página 32.
Beigbeder nos habla del divorcio de sus padres o de su hermano mayor, y éstas son posiblemente las páginas más emotivas del libro, las más íntimas y con mayor valor literario. Beigdeber, como él mismo apuntaba, nos habla de la normalidad burguesa, de la banalidad francesa, pero lo hace con un lenguaje elegante y cuajado de referencias literarias, cinematográficas o musicales.


Sabía cuáles iban a ser los puntos flojos de esta novela y aun así me apeteció leerla, me sentía con buena predisposición hacia ella, como dije, y esto ha hecho que su lectura, pese a su ligereza, me haya resultado atractiva, elegante. Un tema aparte sería establecer una comparativa entre dos novelas como El mapa y el territorio y Una novela francesa, entre Houellebecq y Beigbeder. Amigos y escritores de éxito franceses. En El mapa y el territorio Houllebecq habla de sí mismo como del escritor de Las partículas elementales y de Beigbeder como del escritor de Una novela francesa. Sin duda, la prosa de Houellebecq es mucho más trascendente, su análisis social más incisivo y perdurable y Beigbeder es un autor más ligero, más mundano. Su amistad no deja de ser curiosa: los dos parecen el Borges y el Bioy Casares de la literatura francesa. Físicamente disminuido el uno, y atractivo y conquistador el otro; uno retraído y el otro el más sociable de la fiesta. Ese curioso encuentro, después de los años, entre el empollón con problemas sociales y el chico más popular de la clase, que, curiosidades del destino, se han acabado dedicando a lo mismo: uno pone en la relación el talento en bruto; y el otro te va a sacar de fiesta; aunque el talento no le acabe importando a nadie y la fiesta se acabe convirtiendo en un amanecer triste.

sábado, 18 de abril de 2015

Una cita literaria para El día del Libro

Me llega esta nota de prensa de parte de la librería Laie de Barcelona (Carrer de Pau Claris, 85).
Me parece una iniciativa simpática para promocionar el día del libro.
La comparto aquí.




Invitamos a los tuiteros lectores a una cita con la literatura

La librería Laie de Barcelona quiere fomentar la buena literatura desde que abrió sus puertas en Barcelona. Este Sant Jordi, día del libro, queremos que todo Twitter hable de buenos libros.
Para eso, hemos creado un hastag, #Tienesunacita que queremos lanzar desde ahora hasta el día 23 de abril. Invitamos a los lectores a que compartan en Twitter sus citas literarias favoritas acompañadas de #Tienesunacita y @laietana. Los tuits serán retuiteados por Laie y la revistawww.paseodegracia.com para amplificar el impacto.
Nuestra vocación es la lectura y estamos dispuestos a contagiar a Twitter. ¿Te apuntas? A los lectores que vivan en Barcelona y que pasen por Laie mostrando en el móvil un tuit con #Tienesunacita les haremos regalos y descuentos en libros.
¡Por un Trending Topic literario!

miércoles, 15 de abril de 2015

Poemas de El bar de Lee, Día Mundial del Arte

Hoy, 15 de abril, hemos celebrado en el colegio donde trabajo el Día Mundial del Arte. Se han organizado diversas actividades: pintar, tocar música, danzar, interpretar teatro y recitar poesía. La jefa del departamento de Lengua me pidió que recitara alguno de mis poemas, y yo acabé por decir que sí.
Lo cierto es que, a diferencia de las personas que publican libros de poesía (y en más de un caso parece ser una condición necesaria, más importante que la de la calidad, para que esto ocurra), yo no recito mis poemas en bares o en otros lugares parecidos.

Elegí de El bar de Lee (2013) dos poemas, uno de cada poemario que lo componen, Nieve de Móstoles era una fiesta (1998) y Llaves de El calvo del Sonora (2008). Lo que une a los dos es que hablan de la infancia, tema que podía tener en común con los chicos que iban a ser mi público (2º de bachillerato y 4º de la ESO).

Nieve es el primer poema de El bar de Lee, el único escrito en 1997. En un año en el que mi público de esta mañana no había nacido, y en el que yo no había navegado nunca por internet ni tenía teléfono móvil. En diciembre de 1997 yo quería escribir una novela, pero un sábado o un domingo nevó en Móstoles, me asomé a la terraza de mi casa, volví a mi habitación y cogí una carpeta para apoyarme y un folio para escribir. Tomé sobre el natural las primeras palabras del que iba a ser este poema, y del que –siguiendo el tono de esta primera tentativa- iba a salir todo el poemario.

Lo cierto es que me he puesto bastante nervioso al salir a recitar en el salón de actos. Al menos a la mitad de los alumnos (estaban los de todas las clases de 2º de bachillerato) les doy clase de Economía, lo que no me supone ningún problema. Pero recitar algo tan personal como mis poemas ya era otro asunto. En el segundo pase, para 4ª de la ESO, ya estaba más tranquilo.
Los alumnos han escuchado mis versos de una forma muy educada. Creo que tienen una curiosidad sincera por descubrir otras facetas de sus profesores. Otros chicos recitaban poemas de Luis Cernuda o de Blas de Otero. Me ha encantado ver cómo un chico de diecisiete años declamaba un poema propio, un desgarrado texto de desamor, siguiendo ritmos de rap, con bastante más soltura que yo. Y es que en esto del arte todos somos aprendices.



Dejo aquí estos dos poemas:


NIEVE
    
 Montevideo era verde en mi infancia                                                   
                absolutamente verde y con tranvías
                (...) era tan diferente, era verde.                                                                                                                  
                  MARIO BENEDETTI

Blanca, limpia sobre las capotas de los coches,
entre los dedos deshojados de los árboles,
leves puntadas amarillas en las copas
oscuras como un oro enlutado de tiempo
caído en el fango del invierno,
así ha caído esta noche la nieve de la infancia
sobre las capotas de los coches.

Parece ya una fotografía tan lejana,
coches antiguos, rojos desvaídos, camuflados por el esplendor
del blanco, resignados sobre el asfalto roto, enmohecido
sobre el que jugábamos al fútbol, cuando no había
tantos coches rojos cubiertos por la nieve.

Jugábamos en la calle. Veo la farola
escuálida que era un poste y el árbol
deshojado, descarnado, que era el otro, con nieve en sus horquillas
y la puerta verde que no estaba en mi infancia.

Yo era un Arconada de gomaespuma con mis guantes de gomaespuma
bajo los palos del mismísimo cielo;
a veces amanecía nevado, igual que hoy, 14 años atrás, y
nos lanzábamos bolas fulgurantes de risa, de latón y de agua
con la nieve recogida del capó de los coches
que hoy ha vuelto a caer entre los dedos huesudos
de los árboles, con pinceladas impresionistas de hojas
amarillas gastadas por el ladrido de los perros,
sobre el aparcamiento incesante de árboles marrones.
Cuando podaban esos árboles saltábamos sobre las
ramas apiladas, cavábamos túneles en ellas,
eran una cama elástica y un refugio de guerra.

Y ahora, estudiando Análisis Contable, esas ramas
vuelven a crecer igual que vuelve a caer la nieve.
Entre las nubes frías de la mañana lo observo
desde la terraza, esperanzado
de que así vuelva a crecer la infancia.

                                                                 5-12-97.




LLAVES

Como si en realidad fuesen tres hermanos
me sigue pareciendo complicado diferenciar
entre los cuentos de Andersen y los de los Grimn.
Yo aún no sabía leer, esperaba a que mi padre
regresara del trabajo y tras cambiarse de ropa
le hacía sentarse en el sofá. Como en la apoteosis
de un rito antiguo deseaba que cobrasen vida
los signos negros encerrados en el fino papel,
se abrirían para mí entonces, en aquellas tardes
primeras, las vertiginosas puertas de estos libros
que hoy conservo: La sombra y otros cuentos
de Andersen y Cuentos de Jacob y Wilhelm Grimn,
en las baratas y cuidadas ediciones de Alianza.

Se aclaraba la garganta y bajo el bigote la voz,
en ese momento el niño que era yo sucumbía
a la magia que invocaban las palabras,
magia que le conduciría a vigilar su sombra
de repente presentida como un ser autónomo,
a pensar en princesas verdaderas que detectaban
guisantes bajo una montaña de almohadas,
a interrogarse con ceño fruncido si de verdad
en algún lugar del mundo los sapos hablaban.

Ahora sé que sí: lo hacían en los estanques
de aquellas frases que mi padre conjuraba
en el sofá de casa tras su trabajo de ingeniero.
En una ocasión le pregunté si él escribía
cuentos. Yo no sabía leer pero pensaba
que quien leía cuentos debería también querer
escribirlos. Confuso, sorprendido, imaginaba.

Recuerdo entre todos uno: La llave de oro.
Un niño sale a buscar leña en un crudo
día de invierno, entre la nieve encuentra
una llavecilla de oro, después un cofre
y en él una cerradura. Y entonces le dio
una vuelta; y ahora hemos de esperar hasta
 que haya terminado de abrirlo y levante la tapa:
 entonces nos enteraremos de las cosas
 maravillosas que contiene el cofrecillo. Finalizó
mi padre abrupto la lectura. No podía creerlo,
me tomaba el pelo, tenía que saber
qué contenía el cofrecillo, necesitaba saberlo.
Insté a mi padre a que pasase el dedo
por las palabras según las repetía. Ni una más.
Éramos víctimas de un error. Llegué a coger
una lupa en busca de los restos de una supuesta
página arrancada donde, sin otra posibilidad,
tendría que encontrarse resuelto el misterio.

Puedo ver a mi padre: sonreía observando
a aquel niño que no sabía leer, su indagar
en el lomo esquivo de un libro de bolsillo.
Quizás él haya olvidado esta extraña escena
que regresa a mí con terquedad de símbolo,
porque, sin duda, lo más extraño de todo
es que tres décadas después
el niño que era yo, convertido en adulto,
aún sigue
buscando lo que había en aquel cofrecillo.