domingo, 30 de enero de 2022

Mugre rosa, por Fernanda Trías


Mugre rosa
, de Fernanda Trías

Editorial Random House. 277 páginas. 1ª edición de 2021.

 

A finales de 2018 leí La azotea de Fernanda Trías (Montevideo, 1976), que inauguró la nueva editorial española Transito. Era una novela ‒publicada por primera vez en Uruguay en 2001‒ claustrofóbica, contada desde el punto de vista de una mujer que decide crear un micromundo dentro de un piso, del que no permitirá salir ni a su débil padre, ni su hija pequeña, ni a sí misma. Me gustó aquella novela enfermiza y potente.

Cuando en 2021 apareció Mugre rosa sopesé la idea de leerla, ya que tenía un buen recuerdo de La azotea. En principio, mi deseo de no leer demasiadas novedades literarias ganó la partida. Pero, meses más tarde, cuando leí que con poco tiempo de diferencia Mugre rosa había ganado el premio Bartolomé Hidalgo en Uruguay a la mejor obra narrativa del año y también el premio Sor Juana Inés de la Cruz en México, me apeteció leerla. Una tarde, al salir del colegio en el que trabajo, caminé hasta la nueva librería madrileña La Mistral, cercana a la plaza de Sol, y que aún no había visitado. Quería comprar allí el libro de Fernanda Trías. La librería me pareció bonito, pero en ese momento no tenía Mugre rosa y la acabé comprando, el mismo día, en la FNAC de Callao.

 

Mugre rosa nos acerca a un futuro ligeramente distópico. La acción se sitúa en una ciudad que el lector sobreentiende que es Montevideo, aunque nunca se especifica en la novela, ni se nombra tampoco a Uruguay. Sí sabremos que la moneda usada en el país es el peso y que la narradora tiene el plan de huir a Brasil, que se intuye que ha de ser un país cercano y colindante al que ella se encuentra. Aparecieron en «el río», que se sobreentiende que es el Río de la Plata, unas algas color borra, que en un principio parecían inocuas, para más tarde empezar a morir peces, y darse cuenta de que era una peligro para la población inhalar sus esporas cuando soplaba el viento. La ciudad aparece continuamente cubierta de niebla, y esta es una buena señal, porque lo contrario de la niebla es «el viento rojo». Cuando empieza a soplar el viento del río, suenan las alarmas y la población debe refugiarse en sus casas con todas las ventanas cerradas, a riesgo de inhalar las esporas rojas y contraer una enfermedad de la piel que les va a conducir a la muerte.

La mayoría de la población ha sido evacuada hacia ciudades del interior del país, pero la narradora no ha querido hacerlo porque hay elementos que la atan a la costa. Por un lado su exmarido Max está internado en el hospital el Clínicas, en la sección de enfermos crónicos. Max ha sido contagiado por el virus del aire pero, extrañamente, no ha muerto. Su caso, y el de algunos compañeros en una situación similar, es importante para la ciencia, porque tal vez en ellos se encuentre la solución a los problemas por los que pasa el país (nunca se llega a aclarar del todo si esta es una crisis del país o mundial).

En uno de los barrios pudientes de la ciudad también permanece, sin evacuar, la madre de la narradora. «Después de la evacuación, mi madre decidió mudarse a una de las casonas abandonadas de Los Pozos. Los dueños las alquilaban por chirolas con tal de mantenerlas vivas. (…) Mi madre tenía una confianza ciega en los materiales nobles y tal vez haya pensado que la contaminación no podía atravesar una buena pared, ancha y silenciosa, un techo bien construido, sin grietas por las que se colase el viento.» (pág. 22)

La narradora y su madre discuten continuamente. La narradora tiene más de una cuenta del pasado pendiente con su madre, que no ha aprobado nunca sus decisiones. Por ejemplo, la madre estuvo en contra de la boda de la protagonista con Max, a quien conocía desde la infancia. La narradora ahora ayuda y provee a la madre, porque se haya en una posición más fuerte que ella, y parece buscar una aprobación que la madre le negará de continuo. De hecho, durante el tiempo de la novela la narradora evocará continuamente a Delfa, que era la sirvienta que trabajaba en su casa cuando era niña. En más de una ocasión pensará en Delfa como en su verdadera madre.

 

La narradora (siempre innominada) se gana la vida cuidando a Mauro, un niño con problemas de obesidad, un niño al que una enfermedad hace tener siempre hambre. Sus padres emigraron a una hacienda del interior y, unas cuantas semanas al mes, traen a Mauro hasta el edificio de apartamento de la narradora para que ésta le cuide y procure hacerle perder algo de peso.

 

La novela parece plantear también un enfrentamiento entre el interior del país y la provincia. Estoy mucho menos familiarizado con la tradición literaria y cultural uruguaya que con la argentina. Pero tengo la intuición de que en Uruguay debe darse una tensión similar a la de Argentina entre el interior, más despoblado y pobre, y la costa, más urbana y rica. En el tiempo de la novela, el interior del país parece estar floreciendo, en contraposición a la decadencia de la costa. Desde el interior llegan alimentos y suministros cada vez más caros a la costa.

En el futuro distópico planteado, además, existen fábricas que elaboran un sucedáneo de la carne que, de forma coloquial, la población llama «mugre rosa», y que también viene a mostrarlos la decadencia de las zonas ricas del país.

 

En gran medida, Mugre rosa es una novela sobre las dependencias humanas: casi todos dependen, de un modo u otro, de la narradora: su orgullosa madre, atrapada en su barrio alto cada vez más precario; su exmarido, atrapado en la clínica de la que no puede escaparse; y sobre todo Mauro, «Él sería, para siempre, el recipiente que contenía la enfermedad.», no dice la narradora en la página 71. En cierto sentido, con Mauro la narradora expía su sentimiento de culpabilidad hacia Max o su madre. Aunque la excusa de ocuparse de él es el dinero que recibe de sus padres por cuidarlo y que, en el futuro, debería permitirle huir a Brasil. Pero este dinero lo ha juntado ya hace tiempo y continúa en la peligrosa costa, entre la niebla y el viento rojo.

 

Si La azotea era una novela opresiva sobre una mujer que decide encerrar a su familia en un piso y olvidarse del mundo exterior, Mugre rosa también lo es. En La azotea la amenaza exterior era más mental que real, y en Mugre rosa la amenaza exterior se ha hecho más real, y esto obliga a los habitantes de este nuevo mundo a vivir, gran parte del tiempo, encerrados en sus casas, temiendo el cambio del tiempo cuando salen al exterior.

 

El estilo de Mugre rosa es envolvente y la sensación de opresión y grisura, de nueva realidad colindante con la real, pero diferente, está muy conseguida. Más de una vez se le recuerda al lector que la narradora ha decidido de forma consciente contarnos su historia desde algún punto del futuro. Me ha resultado curiosa esta construcción: a pesar de estar narrado el pasado, en algunos momentos se cambia de una forma verbal pretérita al futuro, dando a las escenas una sensación de inminencia e inevitabilidad.

Si bien una novela como La carretera de Cormac McCarthy es una «distopía de movimiento», en la que los personajes están siempre en continuo peregrinaje, Mugre rosa es una «distopía de la inamovilidad». De hecho, la novela acaba cuando su narradora se va a ver forzada a desplazarse. Y quizás Fernanda Trías podría plantearse escribir una segunda parte, la «distopía del movimiento».

 

Mugre rosa me ha parecido una novela conseguida, de prosa eficaz y estimulante. Una novela que entra con fuerza, y derecho propio, en el canon de la más reciente estirpe de novelas apocalípticas. De vez en cuando, el mundo de los libros te sorprende y los premios literarios cobran todo su sentido. 

domingo, 23 de enero de 2022

Paraíso, por Abdulrazak Gurnah


 Paraíso, de Abdulrazak Gurnah

Editorial Salamandra. 300 páginas. 1ª edición de 1994.

Traducción de Sofía Noguera Mendía

 

Creo que fue una sorpresa para todos (o casi todos o, al menos, en el mundo hispano) la concesión del premio Nobel de Literatura en octubre de 2021 a Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, Tanzania, 1948), autor de diez novelas, cuentos y varios ensayos. En su fallo, la Academia Sueca destacó «su penetración intransigente y compasiva de los efectos del colonialismo y del destino del refugiado en el abismo entre culturas y continentes». De su obra se habían traducido al español y publicado en España tres novelas: Paraíso (1994), Precario silencio (1996) y En la orilla (2001), que en 2021 se encontraban descatalogadas. En noviembre de 2021, la editorial Salamandra anunció la reedición de Paraíso para el mes siguiente. Como sentía curiosidad por la obra de Gurnah se la solicité para poder leerla y reseñarla.

 

«Empecemos por el niño» es la primera frase del libro, que emplea un plural mayestático que no se va a repetir. El niño se llama Yusuf y tiene doce años. Aunque la historia va a avanzar desde aquí, se nos informa de que Yusuf está recordando su vida desde algún punto indeterminado del futuro. En la primera página de la novela, asistiremos al momento en el que Yusuf ve a dos personas blancas por primera vez. Esperan el tren en el andén y el niño no puede apartar la mirada de ellas.

El padre de Yusuf regenta un hotel en la pequeña ciudad de Kawa. Lo he buscado en internet y se encuentra en el interior de la Tanzania continental. Cuatro años antes vivían más al sur. «Se mudaron a Kawa porque esta ciudad prosperó gracias a que los alemanes la utilizaban como depósito mientras construían la línea de ferrocarril que llegaría a las tierras altas del interior. Pero este esplendor fue flor de un día, y ahora los trenes sólo se detenían para recoger madera y agua.» (pág. 14).

En la contraportada de la novela, se nos informa de que la acción está situada «en vísperas de la primera guerra mundial», pero en realidad no aparece ninguna fecha concreta en el texto, así como no, salvo el nombre de algunas ciudades, no aparece tampoco nunca el nombre de «Tanzania», ni de ningún otro país africano. En realidad, a comienzos del siglo XX no existía Tanzania como tal.

Sí sabremos que Yusuf es suajili. Yusuf tendrá que moverse en un mundo de árabes, indios, griegos, alemanes, ingleses, suajilis y otras tribus del interior de África, que van a ser denominadas «salvajes».

Abdulrazak Gurnah creció en Zanzibar, perteneciendo a una minoría árabe, ya que su padre había sido un inmigrante de Yemen. Por motivos de persecuciones étnicas, huyó a Gran Bretaña a los dieciocho años. El idioma materno de Gurnah es el suajili, pero adoptó el inglés como lengua literaria. Ha sido profesor de literatura en la universidad de Kent, y ahora mismo se encuentra jubilado. En Paraíso se muestran en letra bastardilla las palabras que en el original aparecen en suajili, que no están traducida y aportan una nota de color africano.

 

En realidad, cuando uno empieza a leer Paraíso siente que se encuentra ante una obra muy anglosajona, por la precisión del lenguaje y su belleza. Me gustan las páginas en las que Gurnah describe la mirada infantil de Yusuf sobre la pequeña ciudad de Kawa. La acción de la novela comenzará realmente cuando los padres de Yusuf le comuniquen que se va a ir con su tío Aziz, un rico comerciante de la costa, que periódicamente viaja al interior para hacer negocios, intercambiando productos manufacturados, como azadas, por otros, como oro o marfil. Paraíso es, en gran medida, una novela de aprendizaje, pero también una novela de aventuras. Yusuf empezará a trabajar en una tienda, propiedad de su tío Aziz, bajo las órdenes y las enseñanzas del adolescente Khalil. Yusuf descubrirá pronto que, en realidad, el comerciante Aziz no es su familiar, sino una persona a la que su padre debía dinero, que le ha entregado a él como una forma de saldar su deuda. Khalil se encuentra en una situación similar a su suya. Si bien, en un principio parece que Khalil abusa de Yusuf pegándole para «que aprenda», pronto surgirá la amistad entre los dos.

En el África que retrata Gurnah son importantes las historias, que marcarán una diferencia entre las personas que han viajado en el libro y las que no. El viaje será siempre una fuente de misterios y magia.

 

Los años va ir pasando y cuando Yusuf tenga ya diecisiete años, Aziz de lo va a llegar al interior, a uno de sus viajes comerciales. Un viaje de conocimiento de la propia tierra que también va a ser toda una aventura. En el imaginario colectivo occidental aparecen los relatos y las películas en las que los occidentales exploran África, pero en Paraíso serán los propios africanos los que exploren África. Los habitantes de la costa verán a las personas del interior como a «salvajes», con los que en muchos casos es difícil comunicarse y conseguir que les dejen atravesar sus tierras. Los «sultanes» de las tierras por las que atraviesan les irán haciendo pagar diezmos.

Paraíso es una obra profundamente africana, porque muestra los enfrentamientos de los propios africanos entre sí. La mirada de Gurnah sobre ellos no es nada complaciente, unos se convierten en negreros de otros a los que venden como esclavos. Y de fondo siempre aparece la ‒en principio‒ lejana presencia de los blancos. Los alemanes son seres mitificados en la novela, capaces de comer metal, en un contexto de narraciones orales que se asemejan mucho al «realismo mágico». En las páginas 92-93 leemos: «Los comerciantes, atemorizados por la ferocidad y la crueldad de los europeos, hablaban de ellos con asombro. Se apoderaban de la mejor tierra sin pagar un solo abalorio, obligaban a la gente a trabajar para ellos con engaños, comían lo que fuese, aunque estuviera duro o podrido. Como si de una plaga de langostas se tratase, su voracidad no tenía límite ni decencia. Imponían tributos para esto, tributos para aquello, prisión para el infractor, y en ocasiones el látigo y la horca. Lo primero que construyen es un almacén, luego una iglesia, a continuación un cobertizo para el mercado a fin de poder controlar el comercio y gravarlo con un impuesto. Y todo esto aun antes de construirse un lugar donde vivir. ¿Había alguien oído nada igual? Llevan ropa hecha de metal, pero que no irrita sus cuerpos, y pueden pasarse días sin dormir o beber. Su saliva es venenosa. Wallahi, os lo juro. Si te salpica, te quema la carne. La única forma de matar a uno de ellos es apuñalarlo bajo la axila izquierda; ningún otro sitio sirve, pero resulta casi imposible hacerlo, porque llevan ese punto fuertemente protegido.»

 

En varios momentos de la novela, Yusuf tiene la sensación de encontrarse en «el paraíso». Por ejemplo, en el viaje hacia el interior, atraviesan una montaña y en ella hay una cascada que fascina su mirada adolescente. «Nunca he visto nada tan bonito como aquello. Se podía oír la respiración de Dios. Pero llegó un hombre y quiso echarnos de allí.» Ese hombre es un africano siervo de un «señor» europeo. También Yusuf disfrutará cada vez más del bello jardín de su falso «tío» Aziz, pero éste será otro espacio que no le corresponda. Y esta simbología del paraíso inalcanzable, del paraíso que pertenece a otros irá cobrando cada vez más fuerza en la novela. Además, Yusuf ha sido bendecido o condenado a poseer el don de la belleza, y lo que puede ser algo positivo acabará convirtiéndose en una nueva amenaza sobre su futuro. No hay aquí belleza o paraíso sin su correspondiente amenaza.

 

Cuando Gurnah ganó el premio Nobel, se cuestionó, ‒en la mayoría de los casos sin haber leído sus libros‒ la valía real de su obra. Parecía establecerse el siguiente silogismo: si no había tenido éxito, esto significaba que no era realmente un gran escritor. Después de leer Paraíso tengo esta sensación: quizás las expectativas de descubrir a un nuevo y genial autor eran muy altas, y deseaba quedarse deslumbrando ante la obra del nuevo Nobel, y esto no ha ocurrido. Pero, por otro lado, sé que si hubiera llegado a Paraíso cuando se publicó en España por primera vez me hubiera gustado. Considero que Paraíso, sin ser un libro genial ni rompedor, es un gran libro. Nos muestra la época colonial en África sin maniqueísmos ni falsas bondades, desde una perspectiva nueva e insólita, al menos para mí. El giro que se produce en las tres últimas páginas de la novela me ha parecido magistral, un giro que cubre de nuevo al libro de más variadas lecturas. Paraíso ha sido una gran lectura, a la que no hubiera llegado si el premio Nobel no me hubiera descubierto al escritor Abdulrazak Gurnah.

domingo, 16 de enero de 2022

¿Tiene sentido leer ficción después de los 40 años?

 En mi canal de YouTube trato de contestar a esta cuestión: ¿Tiene sentido leer ficción después de los 40 años?


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domingo, 9 de enero de 2022

La muerte baja en el ascensor, por María Angélica Bosco

 


La muerte baja en el ascensor
, de María Angélica Bosco

Editorial FCE. 154 páginas. 1ª edición de 1955; ésta es de 2013.

 

Ya he comentado más de una vez que uno de mis proyectos es leer todos los libros de la Serie del Recienvenido del FCE. La editorial estatal mexicana encargó al argentino Ricardo Piglia rescatar títulos que hubieran sido olvidados dentro de la fértil narrativa argentina del siglo XX. A Piglia le dio tiempo a elegir y publicar trece títulos antes de su muerte en 2017. Con La muerte baja en el ascensor de María Angélica Bosco (Buenos Aires, 1909 – 2006) ya he leído cinco títulos de esta colección. Los anteriores han sido Nanina de Germán García, Hombre en la orilla de Miguel Briante, El mal menor de C. E. Feiling y Río de las congojas de Libertad Demitrópulos.

 

Me pasé por la nueva librería madrileña Lata Peinada, especializada en literatura latinoamericana y, entre otros libros, compré La muerte baja en el ascensor simplemente porque Piglia lo había incluido en su colección de rescates y este me parecía suficiente aval. De María Angélica Bosco no había oído hablar nunca. En el prólogo que Piglia escribió para La muerte baja en el ascensor, y en la nota de contraportada, descubro que esta novela se publicó por primera vez en la colección El Séptimo Círculo, que nació en la Argentina de 1945 y estaba dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Además este libro ganó el premio Emecé de novela.

 

Casi toda la carrera literaria de María Angélica Bosco se desarrolló dentro del género policial, y dice Piglia que La muerte baja en el ascensor es «una de las mejores novelas policiales escritas en Argentina».

 

Nos encontramos ante una novela corta y, por tanto, es necesario que el conflicto ‒en este caso «el muerto»‒ aparezca pronto. Nos encontramos en la calle Santa Fe, una de las más pudientes de Buenos Aires. Piglia señala que, por ejemplo, en las novelas de Arthur Conan Doyle los crímenes que investigaba Sherlock Holmes no ocurrían en los barrios bajos sino en los ricos, en los que Conan Doyle sabía que vivían la mayoría de sus lectores. Y este es el paradigma que sigue Bosco en su novela. A las dos de la madrugada, el disoluto Pancho Soler regresa borracho a su apartamento de la calle Santa Fe. En el ascensor del edificio se va a topar con una sorpresa muy inesperada: una bella mujer rubia baja en este ascensor, apoyada contra la pared, no termina de salir. Pancho va a descubrir que está muerta. Pancho se sentará en uno de los sofás de la entrada, embebido de una turbia sensación de irrealidad. No mucho después llegará al edificio el médico y residente Adolfo Lucher. Al encontrarse en mejores condiciones que Pancho, se mostrará más resolutivo. Lucher hace nueve años que llegó desde Europa a la Argentina. Estamos en 1954 y, por tanto, Lucher emigró justo cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. No será el único personaje que ha emigrado a Buenos Aires desde Europa, y pronto el lector empezará a entender que es posible que el crimen de Frida Eidinger (así se llama la joven muerta del ascensor) se deba a causan que se engendraron y se quedaron pendientes del Viejo Continente.

¿Los emigrados a Buenos Aires que viven en este pudiente edificio de Buenos Aires son nazis, o aliados de los nazis, o por el contrario pertenecen a sus víctimas?, será una de las más interesantes preguntas que van a surgir en la lectura de este texto.

 

El lector conocerá a Andrés y Aurora, el portero del edificio y su mujer, y con ellos a todos los vecinos. Cada una de las familias burguesas, que esconden sus secretos y miserias, puede ser sospechosa de haber cometido el asesinato. También nos serán presentados los policías que van a llevar el caso: el comisario inspector Santiago Ericourt y el joven ayudante Ferruccio Blasi.

La investigación sobre la muerte de Frida Eidinger se irá complicando cuando aparezca más cadáveres por el camino, quizás personas que se han suicidado (una posible hipótesis sobre la muerte de Frida) o que han sido asesinadas. Como suele ocurrir en las grandes novelas policiales (estoy pensando en El sueño eterno de Raymond Chandler), la trama es acelerada y algo confusa. Como también suele ocurrir en las grandes novelas policiales, al menos en las clásicas (y de nuevo podemos pensar en El sueño eterno) aparecerá aquí una joven, que quizás sea una «mujer fatal». Se trata de Betty, la hija de un hombre enfermo, postrado en la cama, a quien cuida la joven madrastra de Betty.

 

La novela está escrita en tercera persona, con un lenguaje certero, que no deja de ser irónico. En algunos momentos el narrador permite que el lector tenga más información que la investigada por la policía y en otras ocasiones policía y lector caminarán a la par. Además el lector podrá acceder al cuaderno de notas de algún policía y así se cambiará el registro narrativo.

 

He citado ya a Raymond Chandler como una de las posibles influencias de esta novela, pero sí que deberíamos añadir que, sin embargo, La muerte baja en el ascensor no cuenta con la baza de tener un detective tan carismático como Philip Marlowe. Aun siendo unos personajes interesantes, Ericourt y Blasi no acaban de tener la suficiente química entre ellos para ser una pareja memorable de policías. «Los hechos hacen la investigación por su cuenta», le dirá Ericourt a Blasi, y esta frase sí me parece memorable. Más interés tienen para el lector, en realidad, los sospechosos que viven en el edificio y su nebuloso pasado europeo. En este sentido, además de una novela policial La muerte viaja en ascensor acaba siendo también una crítica de costumbres de la alta sociedad bonaerense de los años 50.

Otro tema sobre la influencia de Raymond Chandler y el policial clásico sobre el libro de Bosco: la mirada sobre la mujer. Es habitual que personajes como Philip Marlowe tengan una visión anticuada de la realidad, ya que son personajes que atraviesan un mundo corrupto y quieren restaurarlo en función de unos valores tradicionales. En este sentido, alguien como Marlowe no va a ver, en principio, con buenos ojos que una mujer deje a su marido, por ejemplo. Nada extraño con la moral de la época en la que Chandler escribió sus novelas, en las décadas de 1940 y 1950. Diría que Bosco ha leído a Chandler y a escritores similares y ella asimila para sí su modelo novelístico. En este sentido, en La muerte baja en el ascensor tiene personajes que hacen apreciaciones generales sobre las mujeres, y no sobre los hombres, lo que no deja de ser machista. Por ejemplo, Pacho Soler pensará esto: «Las mujeres inevitablemente concluyen por decir que se las deja solas»; el inspector Ericourt: «Admitamos que hay mujeres que no necesitan ser inducidas para crear un clima de tragedia»; el portero Andrés: «cosas de mujeres», «La mía no me deja en paz». En este último caso, podríamos pensar que se trata de una ironía de Bosco, porque la información se muestra así: «Andrés se presentó. Hubo un prólogo en el cual el inevitable estribillo, “cosas de mujeres”, “la mía no me deja en paz”, se repetía con unas confusas apreciaciones sobre “la vida privada”». Sí que podría ser interesante analizar el personaje de Rita, la hermana del siniestro vecino Czerbó, un húngaro con un más que dudoso pasado europeo. Rita es una mujer que vive sojuzgada a la sombra de su hermano y su situación sí se denuncia en la novela. Pero, en cualquier caso, diría que La muerte baja en el ascensor, pese a estar escrita por una mujer, sigue las reglas de construcción de los modelos de novela negra norteamericanos creados por hombres como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, sin desmerecerlos, pero sin dar sobre el género una «mirada más femenina» que la de sus predecesores varones. En cualquier caso, La muerte baja en el ascensor debería ser una novela perfectamente disfrutable para cualquier aficionado actual al género policial.

 

 

domingo, 2 de enero de 2022

LAS 10 MEJORES LECTURAS DE 2021

 Igual que hice el año pasado, esta vez también os remito a mi canal de YouTube, Bienvenido, Bob, para hablar de la lista de las diez mejores lecturas del año 2021, recién acabado.


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domingo, 19 de diciembre de 2021

Encrucijadas, por Jonathan Franzen

 


Encrucijadas, de Jonathan Franzen

Editorial Salamandra. 6377 páginas. 1ª edición de 2021.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

En 2011 leí Libertad (2021) de Jonathan Franzen (Illinois, 1959), que fue un libro muy elogiado y popular por aquellos días y, como me gustó mucho, poco después leí Las correcciones (2001). Cuando en 2015, Franzen publicó Pureza, tras el gran éxito que fue cinco años antes Libertad, ya no tuvo tan buena acogida. Pensé en leerlo, pero al final, tras algunos comentarios un tanto negativos o tibios de personas con las que me relaciono en las redes sociales, la dejé pasar. En 2021, Franzen ha vuelto con Encrucijadas y, al revés de lo que ocurrió con Pureza, en mis redes sociales empecé a leer más de un comentario entusiasta sobre el libro. Esto hizo que me apeteciera volver con Franzen y se lo solicité a la editorial Salamandra para poder leerlo y reseñarlo.

 

En Encrucijadas Franzen nos acercará a la familia Hildebrant, que viven en New Prospect, un suburbio de Chicago, y por lo tanto son habitantes de ese territorio mítico en la literatura norteamericana que es el Medio Oeste, un espacio que representa el corazón más conservador del país. También eran del Medio Oeste la familia Berglund, que protagonizaba Libertad, y la familia Lambert, protagonista de Las correcciones.

En las tres novelas que he leído de él, Franzen analiza a la sociedad norteamericana a través del desmenuzamiento de las motivaciones psicológicas de los miembros de una familia. Libertad estaba ambientada en la primera década del siglo XX, y desde ahí retrocedía hasta la generación de los padres de los protagonistas, y Las correcciones situaba su acción en los últimos años del siglo XX. Es decir, tanto Libertad, como Las correcciones partían del presente en el que fueron escritas y, desde ahí, analizaban el pasado de los personajes y por añadidura de las circunstancias históricas que tuvieron que vivir ellos o sus padres. Sin embargo, Encrucijadas, publicada en 2021, sitúa su acción en las Navidades de 1971. Es decir, Franzen nos hablará, en esta ocasión, de la sociedad norteamericana de su infancia, ya que él nació en 1959.

 

La familia Hildebrant está formada por Russ, el padre, reverendo de cuarenta y siete años, que ostenta un puesto secundario en la iglesia Primera Reformada de New Prospect. Russ proviene de una comunidad menonita muy conservadora de Indiana.

Marion, de cincuenta años, es la madre, y proviene de California, de una familia que en algún momento fue próspera para acabar arruinándose durante la década de 1930. El contraste entre el pasado de estos personajes en Indiana y California puede explicar parte de las desavenencias actuales que sufren como pareja.

Clem es el hijo mayor. A sus diecinueve años está en el primer curso de la universidad, y la decisión que ha tomado de ir voluntario a la guerra de Vietnam y dejar la universidad es muy posible que vaya a alterar la convivencia familiar de las Navidades de 1971. Sobre todo, teniendo en cuenta que Russ, el padre, es un pacifista militante, que se negó a participar en la Segunda Guerra Mundial y fue desplazado a sus veinte años a un campamento para objetores en Nuevo México, donde podría entrar en contacto con la comunidad navaja, que le fascina desde entonces.

Becky tiene dieciocho años y se encuentra en el último año de instituto en New Prospect. Es la más guapa y popular de todos los Hildebrant. Hasta ahora ha mantenido una relación muy estrecha con Clem.

Perry tiene dieciséis años y es el más inteligente de la familia, también está empezando a tener problemas con las drogas, con las que él mismo trafica entre sus amigos.

Judson tiene nueve años y es el hermano pequeño, que comparte habitación con Perry.

 

Al igual que ocurría en Libertad, Franzen hace en Encrucijadas uso del estilo indirecto libre para acercarse a sus personajes principales y, aunque el capítulo se extienda por más de cien páginas, siempre lo leeremos bajo la mirada del personaje seleccionado en este momento.

En las primeras doscientas páginas del libro, Franzen se acerca a los que van a ser los cinco personajes principales de la novela, aquellos a los que nos va a mostrar la realidad a través de sus ojos. Así en los cinco primeros capítulos conoceremos a Russ, Perry, Becky, Clem y Marion. Estos capítulos son casi novelas cortas en sí mismas. Diría que el personaje más intenso, más «ruso», posiblemente es Marion, la madre, que en su juventud sufrió brotes de locura, de los que en la actualidad considera que está curada. Franzen es un gran admirador de la obra de Lev Tolstói, y tanto en Las correcciones como en Libertad alguno de sus personajes leía Guerra y Paz, un detalle en el que no reincide en Encrucijadas.

Como esta terna de cinco capítulos ocupaban, más o menos, un tercio de la novela, y el sexto empezaba de nuevo con Russ, en un principio pensé que la terna se iba a repetir por dos veces más y que esta era la estructura de la novela. Pero este sexto capítulo es más corto que los anteriores, y no le sigue otro sobre Perry, sino que Franzen le cede el turno a Becky. Así tras este primer tercio de novela, con unos capítulos de una extensión, más o menos, similar entre los cinco personajes, se suceden capítulos mucho más cortos, donde los puntos de vista cambian de un modo más rápido. Y, de un modo de nuevo inesperado, ya en la recta final del libro Franzen nos presenta un capítulo de más de cien páginas en el que nos habla del pasado de Russ, el padre, en la reserva india de Nuevo México, en el momento en el que va a conocer a Marion, la madre.

 

Algo fascinante en el modo de construir una novela de Franzen, y que me gustaría destacar, es la sensación de control absoluto sobre su material que le transmite al lector. Desde la primera página, el lector percibe que el autor es plenamente consciente de qué ocurre en cada momento de la vida de su primer personaje. Y lo que, por ejemplo, se insinúa en la página 20 será desarrollado en la página 150, desde el punto de vista de un personaje, y en la página 470 desde el punto de vista de otro.

 

Ya me llamó la atención que en Libertad, a través del estilo indirecto libre, Franzen se acercaba a los padres de la familia y al hijo varón, pero no a la hija, creando así una asimetría en el análisis de los Berglund. En Encrucijadas los miembros de la familia son seis y los protagonistas de la novela cinco. Franzen no se fija en la mirada sobre el mundo de Judson, el hijo más pequeño.

Durante el primer tercio comentado la acción narrativa abarca unos dos días, los previos a la Nochebuena de 1971 y, a través del recurso de la analepsis, se acerca al pasado de los personajes. En los primeros capítulos posteriores a esta primera parte el arco temporal tenderá a ir expandiéndose. Así de enero se saltará a marzo de un párrafo a otro, y posteriormente, ya acercándonos hacia el tramo final de la novela, los saltos temporales llegarán a ser incluso de años.

 

Encrucijada es el nombre de un grupo religioso juvenil organizado en la parroquia de Russ. Tres años antes de que empiece el tiempo narrativo de la novela, Russ sufrió una humillación como líder de este grupo, que le hizo dejarlo y enfrentarse a Rick Ambrose, un párroco más joven y que sabe conectar más con la juventud, con su pelo largo, su lenguaje irreverente y sus aires de rockero. Entender los términos en los que se produjo este conflicto es uno de los puntos clave de la novela. Aunque, como en las novelas anteriores, lo contado por Franzen acaba siendo triste, ya que muestra las imposibilidades de conexión dentro de una familia, el tono empleado para contarlo es ligeramente irónico.

Además, los personajes se encuentran en «encrucijadas» vitales, a las que tendrán que enfrentarse: Russ se está empezando a interesar por una feligresa, y su mujer le parece cada vez menos atractiva; Perry quiere ser mejor persona y dejar de traficar; Clem quiere dejar la universidad e ir a la guerra, siguiendo sus ideas políticas; Becky se está enamorando de un músico que tiene novia, y no sabe si es correcto arrebatarle a otra chica el novio, etc. En Libertad la idea era parecida, los personajes tenían «libertad» para tomar decisiones y equivocarse o no. En Las correcciones, los personajes trataban de corregir errores del pasado o de sus padres… Los personajes de Franzen están a la deriva y nunca saben si eligen de un modo correcto.

 

El estilo de Encrucijadas se parece más al de Libertad que al de Las correcciones, donde Franzen coqueteaba con el expresionismo, al estilo de las novelas de Don Delillo. Sin embargo, hay un tema que no aparecía en Libertad y que relaciona Encrucijadas con Las correcciones: el interés de Franzen por la locura. En Las correcciones de hablaba de la demencia senil del padre y esto se unirá a la pérdida de la cordura en Encrucijadas de Marion o de Perry.

El tema religioso también es relevante en Encrucijadas. Casi todos sus personajes buscan la presencia de Dios en sus vidas, como un clavo al que agarrarse cuando todo lo demás parece tambalearse. Y los personajes, aun cuando se sienten cercanos a Dios, han de luchar contra la vanidad que les provoca ese sentimiento. Ya he dicho que la novela sitúa su acción en 1971 y 1972, en un periodo de cambios sociales en Estados Unidos, junto con el fin de la guerra de Vietnam, el país vive el auge del consumo de drogas, además de la marihuana de los hippies, también está apareciendo en escena otra nueva, como es la cocaína. De un modo irónico, Franzen insinúa en el libro que el supuesto contacto con Dios que alcanza alguno de los personas tiene más que ver con el consumo de drogas que con una revelación divina.

 

Como los grandes narradores de la novela del siglo XIX, Franzen es un gran narrador omnisciente que sabe más de las motivaciones de sus personajes que ellos mismo. Es muy interesante el contraste que existe en la mirada de unos sobre otros.

 

Las páginas de Encrucijadas se pasan muy rápido, algo que ya me pasó hace diez años con Libertad y Las correcciones. Uno se olvida de que está leyendo con Franzen y visualiza a los personajes y sus miedos internos. Estoy sintiendo curiosidad por Pureza. ¿Realmente bajó en esta novela el nivel de Franzen? No sé si fue así, pero desde luego en Encrucijadas Franzen está en todo su esplendor. Creo que va a ser difícil que esta novela no esté en la lista de mis diez mejores lecturas del año.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Rey de gatos, por Concha Alós


 Rey de gatos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 207 páginas. 1ª edición de 1972, ésta es de 2019.

 

Ya he comentado, en la reseña de la novela Los enanos (1962) de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011), que los editores de La Navaja Suiza me mandaron en el mismo envío los dos libros que han rescatado de Alós, Los enanos y Rey de gatos (1972). Quise empezar por Los enanos por seguir un orden cronológico de escritura, y leí los dos libros seguidos.

 

Rey de gatos está formado por nueve relatos y un prólogo sin firmar, que entiendo que estará escrito entre los tres editores de La Navaja Suiza. Cuando Agustín Márquez, uno de los editores, me habló, en primera instancia, de Rey de gatos me dijo que se parecía a la propuesta de los cuentos de terror de la argentina Mariana Enriquez. Y esta comparación me hizo sentir bastante curiosidad.

 

Los enanos es una novela que encaja perfectamente con la corriente del realismo social que practicaban los escritores españoles de la época, retratando las vidas precarias de un nutrido elenco de personajes que convivían en una pobre pensión de Barcelona. Alós tiene más novelas que siguen esta línea, y es curioso ver cómo en su único libro de cuentos se convierte en una escritora diferente, y posiblemente más moderna.

 

El primer cuento del libro es La otra bestia, y refleja el disperso y acelerado monólogo interior de una mujer en crisis que conversa con un fantasma. El estilo ha cambiado respecto a Los enanos: si en esta novela Alós usaba la frase precisa y corta, y a veces entrecortada, en La otra bestia la prosa es más envolvente, con frases más profusas en subordinadas y matizaciones. Lila, de familia burguesa, se casó con Nico, un chico guapo de una familia más pobre y al que el padre de Lila no aprobaba. Sin embargo, Lila decidió romper con los tabús familiares y entregarse al amor de Nico. En el tiempo narrativo del cuento Nico le es infiel y ella ha ido hasta el jardín de la casa en la que sabe que se va a encontrar con su amante, y desde la oscuridad espera, conversando con sus fantasmas interiores.

Este esquema narrativo que he descrito se repetirá, con algunas variantes, en otros cuentos del conjunto, y en gran medida responde a la crisis vital que atravesaba Concha Alós en esa época. Alós, originaria de Valencia, se trasladó a vivir a Mallorca. En la isla se casó con el director del franquista periódico Baleares, pero en el periódico conoció al tipógrafo Baltasar Porcel, que deseaba ser novelista. Alós se enamoró de Porcel, once años más joven que ella, y huyeron juntos a Barcelona. Todo un escándalo en la Mallorca de esos años. Alós ayudó a que despegara la carrera literaria de Porcel, ya que entre otras cosas traducía sus novelas del catalán al castellano. Cuando escribe los cuentos de Rey de gatos, Porcel ha abandonado a Alós, y ésta se encuentra sola. Bajo este estado de ánimo y mental están escritos estos cuentos, tenebrosos en gran medida.

 

El segundo cuento es Rey de gatos, y es el único cuyo protagonista es un hombre. Es un cuento diferente al resto, ya que la historia se extiende durante un periodo considerable de años. Un hombre solitario busca el sentido de la vida, tras trasladarse a vivir a una casa heredada, pero acaba sintiendo el peso sobre él de la infelicidad, la soledad y la incomprensión. El relato avanza eficazmente hacia un tenso final con violencia ejercida desde el mundo natural.

 

Cosmo es el tercer cuento y, en esencia, es bastante similar al primero. Aquí de nuevo una mujer, casada con un hombre ‒de nombre Cosmo‒ al que su familia no había dado el visto bueno, sufre de celos y de sensación de abandono.

Tanto el Nico del primer cuento, como el Cosmo de éste, parecen un trasunto de Baltasar Porcel. «Después, bastante tiempo después, llegó Cosmo: “No te conviene. Es demasiado joven. Es alocado. No tiene carrera.”» (pág. 71). Sin embargo, las mujeres de estos relatos no quieren dar su brazo a torcer, no acabarán pensando que su familia tenía razón, y sufrirán por la traición de sus parejas.

En el cuento Cosmo aparecen además tendencias suicidas de la protagonista. «Tía Patricia, cuando llegué a casa, me dijo que yo era peor que las perras.» (pág. 72) También se muestra aquí la crítica social de la época hacia las mujeres que sentían un interés abierto por el sexo.

 

El leproso empieza así: «Siempre estaba encontrando a los leprosos. Eran tres, a veces más, y de noche se instalaban junto a mi cama envueltos en un sudario, me miraban inmóviles. Mis hermanas, que dormían en el mismo cuarto que yo, nunca se dieron cuenta.» (pag. 91). Una joven sin novio nos habla de su casa, mientras que su hermana ‒cumpliendo mejor que ella con las normas sociales‒ va a casarse y ella seguirá estando sola. Además la narradora parece tener apariciones de leprosos. Un relato perturbador que refleja, en gran medida, el temor ‒pero también la atracción‒ hacia la violación.

 

En Los pavos reales el personaje que se ha llamado Nico o Cosmo aquí ha pasado a ser Roberto. La narradora le dirá a su madre: «Yo que dije que no volvería más, que quien rechazaba a Eduardo me rechazaba a mí.» (pág. 111). Y mientras, como un símbolo expresionista, los pavos reales han desaparecido del pueblo.

 

En Mariposas se representa el miedo a la muerte del hijo de una mujer. Como ocurre en más de uno de estos relatos, los animales van cobrando un valor compositivo de símbolo, y en este caso son las llamadas «Mariposas de Satanás», que representarían a la muerte.

 

Sutter´s gold empieza así: «Ahí estaba la muerta. Con el cuello marcado por la soga, desollada en una línea gruesa y roja, rotas las vértebras.» (pág. 141). En este cuento también se habla de una mujer abandonada por su marido, Beltrán en este caso, y la narradora habla de una mujer que no es otra que ella misma. En más de uno de los cuentos de este libro se juega con la idea del desdoblamiento procedente de la locura o de un fuerte choque emocional.

 

En Paraíso la narradora cuestiona a su padre que acoge en casa a chicas sin hogar con intenciones sexuales. Este cuento es un ajuste de cuentas con la figura del padre abusador, pero también hacia la madre pasiva y consentidora.

 

En La coraza leemos: «Hay que trivializar el sexo. Apréndelo. No importa amar a una persona, admirarla, para irnos a la cama con ella. Tienes que despersonalizar el acto sexual.» (pág. 195). A través de la idea de la locura y la antropofagia la narradora se enfrenta al horror social del deseo sexual de las mujeres.

 

 

¿Se parecen realmente estos cuentos de Rey de gatos a los que escribe Mariana Enriquez en, por ejemplo, Las cosas que perdimos en el fuego? Motivo que me llevó, en gran medida, a querer leerlos. En principio podemos encontrar algunos paralelismos, ya que ambas escritoras ‒con casi cuarenta años de diferencia‒ usan el género fantástico para hablar de algunos problemas sociales de su época. En el caso de Enriquez el elenco es más variado y en el de Alós la escritora parte de obsesiones más personas que las de Enriquez. Alós juega con la idea de la locura y el doble para hablar, de forma distorsionada de sí misma, y Enriquez habla más de la sociedad en la que vive que de sí misma. Además Enriquez, a la que supongo más conocedora de la tradición clásica del terror, usa más elementos fantásticos diferentes (fantasma, zombi, etc.) que Alós.

 

Rey de gatos es un libro ciertamente sorprendente, sobre todo por su contexto. Escrito ya en la década de 1970, pero aún en dictadura, llaman la atención sus modernos planteamientos, que dejan ya atrás el realismo social de décadas anteriores. Me llama la atención también, y lo digo otra vez, que nunca hubiera oído hablar de Concha Alós hasta que La Navaja Suiza ha decidido rescatarla, porque me parece una escritora valiosa.

 

domingo, 5 de diciembre de 2021

LITERATURA RUSA EN MI CANAL DE YOUTUBE

 He publicado en mi canal de YouTube un vídeo hablando de toda la literatura rusa que he leído. Empiezo por tres de mis autores favoritos: Fiódor M Dostoievski, Liev Tolstói y Antón P. Chéjov.


Si quieres verlo PINCHA AQUÍ.




domingo, 28 de noviembre de 2021

Los enanos, por Concha Alós


 Los enanos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 255 páginas. 1ª edición de 1962, ésta es de 2021.

 

Coincidí con Agustín Márquez, uno de los editores de La Navaja Suiza en la presentación de la novela Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce, y me informó de la inminente publicación de la novela Los enanos de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011). También me invitó a la presentación que iba a tener lugar en la Residencia de Estudiantes a cargo de Constantino Bértolo y Noelia Adánez. Me apeteció ir, y amablemente los editores de La Navaja Suiza me enviaron Los enanos y el libro de cuentos Rey de gatos para que pudiera leer a Concha Alós y comentarla.

 

Durante una temporada busqué en libros de texto de bachillerato nombres de autores de la época del franquismo, porque me interesaba ver qué se podía escribir entonces y cómo los autores se enfrentaban al problema de la censura. Lo cierto es que nunca me encontré en estos libros con el nombre de Concha Alós, una autora perfectamente olvidada. En 2016 la editorial Recalcitrantes rescató su novela Las hogueras, que ganó el premio Planeta en 1964; pero en la actualidad Recalcitrantes ya no tiene actividad, y está siendo La Navaja Suiza la encargada de acercarnos la obra de esta olvidada e interesante autora.

 

En 1962, Alós presentó Los enanos, su primera novela, al premio Plaza y Janés. Lo ganó, pero el editor acabó pensando que tenía ideas socialistas y frenó su publicación. Alós la presentó el mismo año al premio Planeta y volvió a ganar. Plaza y Janés impidió que se publicara, porque ella tenía los derechos. No encuentro el dato de en qué editorial se acabó publicando Los enanos por primera vez, pero me parece que me he encontrado esta novela en alguna librería de segunda mano y era Áncora y Delfín.

 

En Los enanos, Concha Alós introduce al lector en una pensión humilde de Barcelona, y le acerca a las vidas de sus inquilinos. Diría que una de las influencias de esta novela es La colmena de Camilo José Cela, publicada en Buenos Aires en 1951, que no sé si Concha Alós pudo llegar a leer, puesto que estaba censurada en España.

 

«Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se escondes para reírse.» es la cita con la que inicia el libro. Al principio creía que pertenecía a otro autor y que en la edición de La Navaja Suiza se habían olvidado de señalar su nombre. Pero en realidad es una autocita del libro, tomada del diario de uno de sus personajes. Y es una autocita muy significativa, puesto que Alós va a retratar en su primera novela vidas de «enanos», de personas atrapadas por la miseria y cuyos anhelos de una vida mejor ‒poder comprarse una casa y dejar la pensión, por ejemplo‒, siempre se van a ver truncados por las circunstancias que rodean sus existencias.

 

«Desde la pequeña galería, asomada al sucio patio de luces, se veían las ratas.», es la primera frase de la novela. «Enanos», «ratas»…, las escenas que dibuja Alós en su novela tienden al tremendismo y el feísmo, algo muy típico en la corriente novelística del realismo social de la época.

En la presentación de la Residencia de Estudiantes, Constantino Bértolo y Noelia Adánez hablaron de lo sorprendente que resultaba que algunas de las escenas que dibuja Alós en este libro hubieran podido pasar la censura. Los dos apuntaron ideas interesantes: Bértolo señalaba que al franquismo no le preocupaban los libros de escritores que publicaban en Planeta, o su entorno, porque eran libros que contaban ‒como Los enanos‒ historias de pobres y que iban a leer gente pobre, gente que no tenía poder real frente a la dictadura. Bértolo siguió diciendo que al Régimen le preocupaban los libros de Seix Barral, por ejemplo, porque los leía la clase media alta, o la clase ilustrada, y ellos sí que tenían una opinión que podía influir en la continuidad o no de la dictadura. Adánez, por su parte, se ocupó de las escenas de sexo explícito del libro y la presencia de las prostitutas en los libros de Alós, y dijo que sorteaban la censura porque al censor ni se le pasaba por la cabeza que una mujer pudiera tener pulsiones eróticas, que sus referencias sexuales las asociaba al feísmo y poco más.

 

«Huele a orín y a basura podrida», es una descripción de la pensión que aparece en la página 18, aunque también en otras páginas podemos encontrarnos con más de un toque poético: «La señora Lola lleva siempre unos delantales muy almidonados, muy bordados de pájaros y mariposas. Es como si estuviera en un baile y fuera disfrazada de cometa.» (pág. 30)

 

Usando el presente verbal, Alós va dando paso a escenas protagonizadas por diferentes huéspedes de la pensión. En ningún momento se dan fechas concretas del momento exacto en el que está situada la novela, pero diría que no es el año 1962, en el que está publicada, sino algún punto de la década anterior, la de 1950, porque los recuerdos de la guerra parecen aún muy presentes. Algunos personajes se plantean volver al pueblo del que han emigrado, pero les frena la idea de que sus vecinos les tilden de fracasados. Está muy presente aquí la España de la emigración a las ciudades durante los años 50 y las dificultades con las que se encuentran estas personas en las grandes urbes.

Más de un personaje no deja de pensar tampoco en un supuesto pasado glorioso o mejor, como la señora Cleo, que fue bailarina en un espectáculo de Tánger, hasta que conoció a Alfredo y se casó con él, consiguiendo así la honorabilidad social a la que aspiraba. El problema es que a Alfredo, vendedor ambulante, ya no le va tan bien como antaño y se siente frustrada.

Alfredo es judío y es éste un dato llamativo de la novela. Noelia Adánez señaló en la presentación que Concha Alós se ocupaba de algunos temas que no tocaba nadie en la narrativa española de entonces y habló del tema racial. Alfredo es judío y vive afectado por lo que le ocurrió a los judíos unos años antes en la Alemania nazi. Otro de los inquilinos de la pensión es Mohatá, que es un joven marroquí al que un promotor de boxeo trajo del país vecino porque pensaba que tenía cualidades para el ring, pero pierde una pelea tras otra, mientras no deja de adelgazar. Sobre él, otros personajes vierten algún comentario racista. Hacia el final, también ocupan un cuarto de la pensión unos negros musulmanes, y una china. Además, sin ser nunca de un modo explícito, se insinúa la presencia de la homosexualidad en la pensión, un tema tabú para la época.

 

Sobresale sobre el conjunto el personaje de Sabina, una prostituta que también aspira a poder casarse y conseguir así un ascenso social. Es un personaje con aristas, consciente del privilegio de ser hombre en el mundo que le ha tocado vivir. También es rencorosa de su pasado en el pueblo, del que ha huido a la ciudad, ya que su padre, «el Perlao», mató al cura y al señorito, por lo que sería fusilado, y ella se sentía allí señalada. De forma puntual algún personaje recuerda la guerra y, eso sí, la violencia que se recoge en estas páginas parece ejercida solo desde el lado republicano.

 

También destaca María, una joven emigrada a Barcelona desde Mallorca, donde vivió Alós. María ha comprado un cuaderno y en él vuelca sus impresiones sobre los otros miembros de la pensión y nos narrará su historia de adulterio en la isla. Estas páginas están escritas en primera persona y suponen un cambio de estructura frente a la forma en la que se narra la vida de los otros personajes.

 

Me ha parecido que la mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y que retrata muy bien un periodo del pasado de España, con una prosa punzante, repleta de frases cortas, que no dejan de ser poéticas. Los enanos es un libro destacado del realismo social de la década de 1960, del que nunca había oído hablar, y que rescata ahora con mucho acierto La Navaja Suiza.