domingo, 8 de septiembre de 2019

La posibilidad de una isla, por Michel Houellebecq


La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq
Editorial Alfaguara. 439 páginas. 1ª edición de 2005.
Traducción de Encarna Castejón

Bajaba por la cuesta de Moyano, sin intención de comprar nada (como siempre) cuando vi en un puesto un montoncito de libros de Alfaguara. Entre ellos se encontraba La posibilidad de una isla, la única novela de Michel Houellebecq (Reunión, Francia, 1958) que no había leído. El libro costaba 10 € y estaba nuevo. Entonces conté las monedas de un euro que llevaba en la cartera, que resultaron ser justo 10 y que me abultaban en el pantalón desde hacía algunos días. Me dejé llevar por el pensamiento mágico: no podía ser una casualidad que el libro costase 10 € y que justo tuviera 10 monedas de un euro. Lo compré. Y digo que me dejé llevar por el pensamiento mágico porque creía recordar que La posibilidad de una isla lo tienen en la biblioteca de Móstoles y que lo podía sacar de allí en cualquier momento sin necesitad de pagar nada. Sin embargo, el libro entró en mi casa y ha permanecido en mi montaña de libros sin leer durante unos pocos años.

Al fin me decidí a tomar La posibilidad de una isla de mis estanterías y acercarme a ella.  Por un lado me parecía recordar que no había leído demasiadas buenas críticas sobre ella y, por otro lado, cuando apareció me extrañó que Houellebecq hubiera pasado de publicar en Anagrama y ahora lo hiciera en Alfaguara. Yo había leído de él en Anagrama Las partículas elementales, Ampliación del campo de batalla y Plataforma. En mi cabeza aparecían dos hipótesis que podían explicar el cambio de editorial: la nueva novela era notablemente peor que las otras y Anagrama, que no se casa con nadie, no había querido publicársela, o bien Houellebecq se había vuelto un autor tan mediático que Alfaguara le hizo una oferta por la traducción de su nueva novela con la que Anagrama no puedo competir.
Después de leer La posibilidad de una isla me inclino por la segunda hipótesis. Sin embargo, después de este cambio a Alfaguara, Houellebecq ha vuelto a publicar sus dos últimas novelas con Anagrama.

Houllebecq había publicado, hasta el momento en el que me acerqué a ésta, siete novelas y ésta era la única que me quedaba sin leer.
El protagonista principal de La posibilidad de una isla es Daniel, que le será presentado al lector a los diecisiete años, justo cuando se va a subir por primera vez a un escenario en un hotel de la playa para ejecutar un número cómico, que iniciará su exitosa carrera como humorista satírico. «Yo era un agudo observador de la realidad contemporánea.», apunta Daniel sobre sí mismo, parafraseando a los críticos de sus espectáculos.
Como suele ocurrir en todas sus novelas, el protagonista de los libros de Houellebecq suele ser un álter ego de él mismo. Cuando en 2005, Houllebecq publica La posibilidad de una isla ya ha conocido el éxito literario y los protagonistas de sus novelas se convierten en personas de gran éxito económico, lo que las hace vivir un tanto apartadas del resto de la sociedad. Daniel declara que casi no tiene ningún amigo, siempre piensa que la gente se le acerca para aprovecharse de su dinero.
En la página 27 leemos: «Ahora me resulta casi imposible recordar por qué me casé con mi primera mujer (…). Probablemente vivimos juntos dos o tres años; cuando se quedó embarazada, me largué enseguida. (…) El día del suicidio de mi hijo me hice unos huevos con tomate. (…) Nunca quise a ese niño: era tan idiota como su madre y tan malo como su padre. Su desaparición estaba lejos de ser una catástrofe; podemos apañárnoslas sin seres humanos como él.» Es por párrafos como éste por lo que un porcentaje alto de los lectores dicen que no aguantan a los cínicos y descarnados narradores de Houellebecq. Diría que Houellebecq no gusta a los lectores que necesitan sentirse identificados en todo momento con la voz narrativa de la novela que leen. Houellebecq es un cínico y un provocador, que no pretende complacer al lector sino zarandearlo, hacer que sus convicciones tiemblen, que se pregunte por sus deseos más hondos.

En La posibilidad de una isla, Daniel nos va a hablar de su relación con dos mujeres. La primera será Isabelle, de su edad, y redactora jefa en Lolita, una revista de tendencias para jovencitas cuyo público objetivo empieza a ser, en realidad, el de mujeres de más edad. La segunda será Esther, una actriz española, veinticinco años más joven que él; la conocerá cuando ella tenga veintidós años y él cuarenta y siete.
Con Isabelle, Daniel empezará a tener cada vez menos relaciones sexuales según pasa el tiempo y ella se acerca a sus cuarenta años, edad en la que parece abandonarse y aceptar una decadencia sin retorno. Ya no se sentirá segura, ni tan siquiera, para dirigir la revista Lolita, porque en ese ambiente laboral la competición profesional pasa, en gran parte, por la belleza y la juventud propias.
Por su parte Daniel cada vez se siente más mayor y desapegado de sus espectáculos cómicos, tomando la decisión de jubilarse a sus cuarenta y siete años, periodo de su vida que coincide con el comienzo de su relación con Esther, una joven que –literalmente– va a volver loco de amor y deseo a nuestro cínico.

Como es habitual, en esta novela se pueden rastrear las relaciones que guarda su protagonista, Daniel, con su autor: ambos encumbrados por una sociedad, que consideran decadente, gracias a sus ideas cínicas (las de uno expresadas mediante sus espectáculos cómicos y las del otro mediante la literatura); ambos han sido acusado de racistas e islamófobos por sus palabras y ambos (posiblemente) están obsesionados con el suicidio y el sexo, la pulsión de muerte y la de vida, el Eros y el Tánatos.

Houellebecq no suele destacar por sus tramas (aunque a mí me parece que la de El mapa y el territorio está muy bien planteada) ni por la creación de personajes (sobre todo femeninos), ni por un gran lenguaje metafórico y literario; y de estos tres problemas se puede acusar a La posibilidad de una isla. Y si no destaca por sus tramas, ni por la creación de personajes, ni por el lenguaje literario, ¿por qué Houellebecq se ha convertido en un autor tan leído, seguido y polémico? La fuerza de las propuestas de Houellebecq está en la potencia de sus ideas, en sus intuiciones fulminantes de la decadencia de nuestra sociedad. «Cuando se me califica de sociólogo, se hace como crítica a mi arte narrativo, pero yo lo recibo como un cumplido. La literatura sin ideas, el estilo como arte puro, no es lo mío. Los partidarios de una literatura purista, bella, son prestidigitadores que no tienen nada verdadero que decir.», leo en una entrevista que Romain Leick le hace a Houellebecq.

En La posibilidad de una isla Houellebecq nos habla de una sociedad hedonista que ha encumbrado a la juventud por encima de todo. «Juventud, belleza, fuerza; los criterios del amor físico son exactamente los mismos que los del nazismo.» (pág. 67); «Aumentar los deseos hasta lo insoportable y a la vez hacer que satisfacerlos resultara cada vez más difícil: ése era el principio único en el que se basaba la sociedad occidental.» (pág. 76); «La vida sexual del hombre se divide en dos fases: la primera, en la que eyacula demasiado pronto, y la segunda, en la que ya no se le pone dura.» (pág. 184); «La belleza física desempeña exactamente el mismo papel que la nobleza de sangre en el Antiguo Régimen, y la breve conciencia que estas chicas guapísimas pueden tener en la adolescencia del origen meramente accidental de su rango pronto cede el paso a una sensación de superioridad innata, natural, instintiva, que las sitúa lejos y por encima del resto de la humanidad.» (pág. 197)
Además de hablar sobre la fuerza de la juventud –encarnada en el cuerpo de Esther–, también nos informa Houellebecq de los ancianos que mueren abandonados en Francia durante las olas de calor de todos los veranos y del incremento del número de suicidios a partir de los cincuenta años.

En La posibilidad de una isla, Houllebeq recicla algunos temas narrativos de su novela Lanzarote, que para mí es (con diferencia) su novela más floja. En La posibilidad de una isla, Daniel entra en contacto con la secta de los elohimitas que creen en la vida eterna a través de la clonación de los cuerpos. Quizás las páginas en la que se habla de esta secta sean las menos creíbles del libro, pero gracias a ellas Houellebecq alcanza una vía narrativa interesante.
Es cierto que Houellebecq es un escritor de ideas potentes sobre la decadencia de Occidente y que éstas se repiten de un libro a otro, con ligeras variantes. En sus novelas, después de analizar los problemas del presente, los últimos capítulos trasladan la ficción hacia el futuro y se establece una especulación con una posible evolución del ser humano. Esto ocurría, por ejemplo, en Las partículas elementales y en El mapa y el territorio. En La posibilidad de una isla se da una variante: desde el principio el lector se acerca a los capítulos de la narración de Daniel –llamado, en realidad, Daniel1–, que se encuentran intercalados con los de Daniel24 y Daniel 25, que son clones de Daniel y que comentan la narración de Daniel1 desde una distancia de 2000 años. Esto hace que la estructura de La posibilidad de una isla sea una de las más complejas en las novelas de Houellebecq.

Como me suele ocurrir con Houellebeq, pronto he sucumbido al leer La posibilidad de una isla a la fuerza de su voz narrativa (aunque en realidad, en este caso, había tres voces narrativas). Lo cierto es que tengo la sensación de que las voces narrativas de los libros de Houellebecq son siempre la misma –siempre habla él mismo–, pero su discurso es tan potente y reconocible que me arrastra por la página y siempre quiero seguir leyendo. Los personajes de Houellebecq (posibles trasuntos de sí mismo), tras sus palabras cínicas y nihilistas, muestran tanto desencanto y soledad que acaban inspirándome compasión y ternura. Su deseo de sexo (Eros) es lo único que parece hacerles que se aferren a la vida y venzan su pulsión de muerte (Tánatos).

Pensaba que La posibilidad de una isla me iba a defraudar, pero no ha sido así. Sin haberse convertido en mi libro favorito de Houllebecq, me parece una novela en perfecta consonancia con su obra (como ya he apuntado, sólo Lanzarote me parece claramente inferior).
Ya he leído todas las novelas de Houellebecq y en cuanto publique la próxima sé que me apresuraré a leerla. No se me ocurre un elogio mayor para un autor.

jueves, 5 de septiembre de 2019

El pecado, por Alberto Gómez Vaquero


El pecado, de Alberto Gómez Vaquero

Editorial Carpe Noctem. 333 páginas. 1ª edición de 2019.

En diciembre de 2018 presenté en Madrid la novela Cerrar los ojos de Santiago Casero, publicada por la editorial Carpe Noctem. Meses después su editor que ha hecho llegar la novela El pecado de Alberto Gómez Vaquero (Valladolid, 1984). Alberto Gómez es licenciado en Periodismo, pero también estudia a distancia la carrera de Historia. Estuve en la presentación del libro y el autor comentó que uno de los siglos que más le apasionan es el IV d.C., algo que deja ver en esta novela, ambientada precisamente en esa época. El pecado habla de un personaje histórico que yo no conocía, Prisciliano (nacido en 340, aproximadamente, y fallecido en 385), que fue condenado a muerte por el emperador Magno Clemente Máximo, tras ser acusado de propagar ideas heréticas sobre el cristianismo. Como el propio Gómez apunta en una nota final, aunque Prisciliano es el personaje histórico que le inspira para escribir este libro, prefiere no nombrarlo por este nombre en ningún momento, y siempre se refiere a él con el apelativo de «el Doctor»; de este modo puede sentirse más cómodo creando una ficción en torno a esta figura.

En la década del 370 llega a un valle –situado en la actual provincia de Asturias– el Doctor, seguido por un conjunto de fieles. Son personas austeras, que promulgan la palabra de Jesucristo y que reniegan de los bienes materiales como camino de perfección. Esta nueva comunidad pasará a vivir en unas cuevas deshabitadas desde hace bastante tiempo y ayudarán a los habitantes de la región mientras construyen un templo. Una de las personas que se va a sentir fascinada por el magnetismo del Doctor será la joven Anü, hija de Aufidio, el hombre más rico de la región, que no verá con buenos ojos la relación de maestro-discípula que su hija iniciará con este hombre religioso del que no se acaba de fiar. El discurso del Doctor, además de estar a favor de los derechos de los pobres, también parece estar a favor de la posición de la mujer en la sociedad (en el contexto del siglo IV, claro): «—La mujer —había dicho un atardecer, frente a decenas de fieles— ha de guardar silencio cuando el hombre habla y no ha de creerse capaz de mandar, pero ha de ser en lo demás igual que el hombre. También la mujer puede ser pura, también puede figurar ella entre los elegidos y los santos.» (pág. 23). Anü se va a convertir en una de las protagonistas principales de la novela, una mujer a las que las reglas sobre los casamientos y el papel de madre para la mujer van a vapulear constantemente, impidiéndole desarrollar su vida y la van a llevar a una posición de víctima, frente a las posiciones de poder de los hombres.
Pero no sólo las mujeres van a sufrir en esta novela, también lo hará los campesinos pobres, como la pareja formada por Antonio y Elvira. Cuando pierden sus bienes, la mayor obsesión de Antonio será no volver a la condición de siervo y seguir siendo un hombre libre.
Si bien, sobre todo durante la primera parte de la novela, la narración nos habla de los habitantes del valle asturiano que ya he nombrado, según avanzamos en las páginas de El pecado aparecerá otro personaje principal: el militar Máximo, al que acompañaremos en sus campañas por Britania. Los capítulos que hablan del Doctor y la gente del valle se irán intercalando con otros en los que el personaje será Máximo. Estas dos tramas confluirán en los capítulos finales.

El pecado es una novela en la que no existe la idea de una trama principal; en sus distintos capítulos, Gómez nos acerca a las vivencias de su grupo de personajes, que reúnen a los más bajos de la sociedad de la época junto con los más altos. Así que, más que crear una trama, lo que hace Gómez es recrear un fresco de la época. Este tipo de construcción tiene el problema de que si la época elegida no genera suficiente interés en el lector su atención pueda bajar en algunos momentos. La época elegida, el último cuarto del siglo IV d. C., un momento en el que se está desmoronando el Imperio Romano y la población vive con miedo a los saqueos y ataques de bandas de ladrones y bárbaros, es un tiempo de cambios convulsos, en el que la religión católica se está expandiendo, sin embargo, hasta los rincones más lejanos de Roma. Las luchas por el poder serán militares, pero también religiosas, ya que la Iglesia se está consolidando, pero a la vez surgen grupos, como el del Doctor, que pueden hacerle perder parte de su poder. En el comentario final, Alberto Gómez relaciona este periodo de crisis e incertidumbre que ha elegido para su novela con la crisis de 2008.

En la propia presentación del libro, Gómez comentó que el lenguaje que da a los personajes de la novela es una recreación absolutamente libre, usando un castellano neutro actual, algo que considera habitual en las novelas de época. Al final de la novela existe un glosario de tres páginas con el significado de algunas palabras latinas.
El pecado está escrito en tercera persona y el narrador se dedica a describir las escenas por encina de los pensamientos de sus personajes. Cuando aparecía uno nuevo se le describía físicamente y siempre (no recuerdo excepciones) se comenzaba esa descripción con el binomio «alto/bajo». Creo que el texto se hubiera enriquecido si el autor se hubiera centrado de manera más clara en describir los pensamientos y las percepciones de la realidad de los personajes.
El uso metafórico se adecua a la época, con profusión de comparaciones que tienen que ver principalmente con la naturaleza. Así, por ejemplo, leemos en la página 167: «la casa le pareció a Anü uno de esos hormigueros que podían verse en verano, cuando los pequeños insectos corrían de un lado a otro, abriendo senderos y transportando bajo tierra cuanto pudiera servirles de alimento para el futuro.»

Yo prefiero que un escritor me hable de su propia época y su entorno, y lo cierto es que nunca he sido un aficionado a la novela histórica. Sin embargo, entiendo que los seguidores de este género literario (y sé que a una gran parte de ellos les gustan las llamadas «novelas de romanos») podrán disfrutar perfectamente de los tiempos convulsos, tan similares en algunos aspectos a los actuales, que Alberto Gómez dibuja en El pecado.

domingo, 1 de septiembre de 2019

El beso de la mujer araña, por Manuel Puig


El beso de la mujer araña, de Manuel Puig

Editorial Seix Barral. 287 páginas. 1ª edición de 1976.

 El beso de la mujer araña es la cuarta novela de Manuel Puig (General Villegas, Argentina, 1932 – Cuernavaca México, 1990) que leo en el último mes. La compré en 2012 en una librería de segunda mano de la cadena Tikva Books. Costaba 2,5 € y era la primera edición. No podía dejar allí ese libro, aunque he tardado seis años en acercarme a él. Como ya he contado en las anteriores entradas sobre Puig, he tenido que juntar todas sus novelas para empezar a leerlas. Los obsesivos somos así.

Seguramente El beso de la mujer araña sea la novela más famosa de Manuel Puig, sobre todo debido a que en 1985 la llevó al cine el director brasileño (de origen argentino) Héctor Babenco. No he visto la película. A ver si lo hago ahora que me he hecho socio de la plataforma Filmin y ya he comprobado que la tienen.

Tras la publicación de la novela The Buenos Aires affair en 1973 y haber recibido una amenaza telefónica de la organización de extremaderecha Tripe A, Puig se ha exiliado a México. Aquí será donde termine de escribir El beso de la mujer araña, que –de forma muy significativa– transcurre principalmente en la celda de una cárcel argentina.

Los personajes principales de la novela son Molina, un homosexual afeminado de treinta y siete años, que ha sido condenado a ocho años de prisión por corrupción de menores, y Valentín, de veintiséis años, un idealista político de izquierdas que ha sido arrestado por su activismo clandestino.

El primer capítulo empieza con alguien (más tarde el lector sabrá que es Molina) contándole una película a otra persona (que luego se sabrá que es Valentín). Once páginas más tarde, el lector se acercará a apreciaciones como ésta:

«—No hables de comida.
—Y panqueques…
—De veras, te lo pido en serio. Ni de comidas ni de mujeres desnudas.»

Lógicamente, no es lo mismo ser un lector de esta novela en 1976, cuando se publicó, que ahora mismo, porque aunque –como ya he comentado antes– no he visto la película basada en el libro, sé de qué trata esta historia, y antes de empezar a leerla soy consciente de que los dos protagonistas están encerrados en una celda. Es en la página 23 (la 14 del libro) cuando se hace por primera vez referencia al espacio físico que comparten los dos protagonistas. Valentín le dice a Molina: «Mirá, tengo sueño, y me da rabia que te salgas con eso porque hasta que saliste con eso yo me sentía fenómeno, me había olvidado de esta mugre de celda, de todo, contándome la película.»

En El beso de la mujer araña Puig lleva casi hasta el extremo uno de los recursos literarios que ya ha empleado con profusión en sus tres novela anteriores: la captación de la oralidad mediante la reproducción de los diálogos de los protagonistas. Durante muchas páginas se suceden los diálogos sin ninguna anotación ajena a ellos. Ni siquiera, como ocurría en otros libros anteriores, hay aquí anotaciones sobre las escenas de tipo teatral.
La influencia del cine en la narración de Puig sigue siendo apabullante. Molina, como si se tratase de una Sherezade moderna, le cuenta a Valentín películas para ayudarle a coger el sueño. Estas narraciones se prolongan durante días, porque Molina es muy puntilloso en sus descripciones. La primera película narrada es La mujer pantera, el clásico de 1942 rodado por Jacques Tourneur. Como dije al comienzo de esta reseña, me he hecho socio de la plataforma Filmin y después de leer las páginas en las que Molina cuenta esta película me apeteció verla. Observo algunas diferencias entre el cuento de Molina y la película real. Éste es un detalle curioso: Molina está contando una película recordada y a veces sus recuerdos bailan y hacen que cambie la narración frente al original. Por ejemplo, Molina dice que Irena, la protagonista de la película, es originaria de Rumania, cuando en la película lo es de Serbia. También hay ligeras variaciones con algunas escenas. Molina describe con profusión los interiores de la casa del hombre de la película, un detalle que a mí se me hubiera pasado desapercibido si no hubiera estado alerta por la mirada de Molina sobre estas imágines.
Valentín le hace pequeñas observaciones a Molina sobre su narración de orden psicologista o político, que no son del agrado de Molina, para quien las películas tienen «glamour», algo que se ajusta con su aceptación de los clichés y los convencionalismos más clásicos sobre lo masculino y lo femenino. De hecho, éste será uno de los puntos de fricción en la relación entre los dos presos: Molina se siente una mujer y le gustan los hombres «muy machos», hombres que cumplen un papel muy preestablecido en la sociedad, un papel dominante. Su mujer ideal es sumisa y convencional, una mujer que desea casarse y cuidar a su marido. Esta mirada machista del mundo chocará con las ideas antiburguesas y revolucionarias de Valentín.

Además de La mujer pantera Molina contará otras películas a Valentín. Imagino que todas serán reales, pero no estoy del todo seguro. Sería curioso pensar que alguna de ellas es inventada y funciona como un relato dentro de la narración. La segunda película es muy curiosa: una película política pronazi ambientada en la Francia ocupada. Cuando Molina y Valentín discuten por ella, se termina de narrar para el lector con una nota a pie de página, con una letra minúscula en esta edición. La fuente de la narración es ahora: «Servicio publicitario de los estudios Tobis-Berlín, destinado a los exhibidores internacionales de sus películas, referente a la superproducción “Destino” (páginas centrales).» (pág. 88). He buscado información de la película nazi Destino en internet y no encuentro nada.

Cuando Molina y Valentín hablan sobre la homosexualidad existen en el texto unos llamados a pie de página en los que Puig nos habla de diversas teorías sobre la sexualidad y homosexualidad humana. La verdad es que al principio he pensado que estas páginas le sobraban al libro, que no aportaban nada a la novela, pero (existen varias notas sobre este tema) las he acabado leyendo con interés.

Como en otras novelas de Puig, aquí también podemos acercarnos al contenido de una carta. Esta vez escrita en clave política, que Valentín tendrá que descodificar para Molina.

También se reproduce alguna conversación entre un recluso (no quiero desvelar quién) y las autoridades de la prisión, y el lector también podrá acercarse a un informe policial, donde queda registrado el seguimiento de un sospechoso por parte de la policía.
Además, en algún momento, se reproduce también el flujo de conciencia de los personajes. Molina se narra una película a sí mismo o Valentín delira.

La relación entre Molina y Valentín se va haciendo cada vez más compleja, según van pasando de la narración de películas a las confidencias personales. Y es posible que esta sea la oportunidad de Molina de ser una mujer (la mujer araña que atrae a los hombre hacia sus redes) con un hombre heterosexual.

Si cuando comenté The Buenos Aires affair (1973) apunté que este libro había influido en una novela como El cojo y el loco (2009) de Jaime Bayly, señalo ahora que El beso de la mujer araña (1976) me parece un antecedente claro de la novela Tengo miedo torero (2001) del escritor chileno Pedro Lemebel.

El beso de la mujer araña posiblemente sea la novela con más contenido político de las que he leído hasta ahora de Puig, aunque uno de los dos protagonistas –Molina– se niegue (en apariencia) a dar importancia a esta dimensión del hombre y quiera refugiarse en una idealización de la sociedad burguesa convencional que, en realidad, es imposible para él.

En El beso de la mujer araña Manuel Puig ha vuelto a usar los recursos de los que ya se ha valido en sus anteriores novelas: conversaciones sin ninguna anotación, cartas, informes policiales, notas al pie de página, narración de películas que mutan según la voz del personaje…, pero considero que esta vez todos estos recursos están mejor medidos y funcionan con mayor precisión, supeditados a la historia narrada. Es posible que El beso de la mujer araña sea, de las cuatro que he leído hasta ahora, la novela de construcción más sencilla (en apariencia) de Manuel Puig, pero también es la más honda y la que ha conseguido que sus personajes me emocionen más. Voy muy bien con Manuel Puig, cada una de sus novelas me parece mejor que las anteriores.

domingo, 25 de agosto de 2019

The Buenos Aires affair, por Manuel Puig


The Buenos Aires affair, de Manuel Puig.

Editorial Seix Barral. 222 páginas. 1ª edición de 1973, esta de 1977.

Tras considerar que mi plan de leer seguidas las ocho novelas de Manuel Puig (General Villegas, Argentina, 1932-Cuernavaca México, 1990) podía resultar excesivo, las he estado alternando con otros libros. Aun así, mantengo el orden cronológico: después de leer La traición de Rita Hayworth (1968) y Boquitas pintadas (1969), me he acercado a la tercera novela de Puig, publicada en la editorial Sudamericana en 1973. The Buenos Aires affair fue censurada en Argentina y llevó a Puig al exilio en México. La dictadura de Juan C. Onganía acusó a Puig de antiperonista y de escribir «obscenidades inadmisibles».
Cuando decidí seriamente leer a Puig tenía seis de sus ocho novelas. Consideré que lo más sensato sería hacerme primero con todas. Así que The Buenos Aires affair ha sido una de mis últimas adquisiciones. La compré por Iberlibro a una librería de segunda mano de Sevilla.

The Buenos Aires affair se abre con un recurso puramente Puig: cada capítulo empieza reproduciendo el diálogo de una película del Hollywood dorado, protagonizada por alguna de aquellas actrices glamurosas que Puig tanto admiraba, Greta Garbo, Joan Crawford, Marlene Dietrich...

En esta tercera novela ya no aparece Coronel Vallejos, un trasunto del General Villegas natal de Puig, donde transcurre casi toda la acción de La traición de Rita Hayworth y Boquitas pintadas. La acción de The Buenos Aires affair se reparte entre el pueblo costero de Playa Blanca, Buenos Aires, California y Nueva York.

En el primer capítulo, situado en «Playa Blanca, 21 de mayo de 1969», Clara, declamadora y poeta, descubre que durante la noche ha desaparecido su hija de treinta y cinco años Gladys, a la que cuidaba en una casa prestada de Playa Blanca para que se recuperase de sus problemas de nervios y angustias, un estado vital al que había llegado durante su estancia en Estados Unidos.
Al título The Buenos Aires affair le acompaña, en las páginas interiores, la apostilla Novela policial. La trama de Boquitas pintadas ya era ligeramente policial, quizás de un modo irónico y transversal, y lo mismo ocurre con The Buenos Aires affair. Es cierto que en las dos novelas nos encontramos con atestados policiales y algún muerto, pero desde luego no con una novela policial al uso. Hay crímenes, pero no investigadores; hay policías, pero aparecen de forma tangente en The Buenos Aires affair, como ya ocurría en Boquitas pintadas.

The Buenos Aires affair comienza con un misterio: Gladys, tal vez una figura del arte plástico, ha desaparecido en una casa de la playa y alguien, tras dormirla con cloroformo, tal vez la ha maniatado en un departamento de Buenos Aires.
A partir de aquí, Puig nos contará el pasado de los dos personajes principales: primero el de Gladys y luego el de Leo, que acabarán encontrándose para mantener un torturado idilio.
Puig nos cuenta el pasado primero de Gladys y después de Leo desde su nacimiento. En este sentido, si quitamos el detalle de abrir los capítulos con los diálogos de las divas del cine, me ha parecido que la narrativa de Puig era más tradicional en esta tercera novela que en las dos anteriores. Ahora es Puig quien cuenta sin ceder la voz narrativa a sus personajes mediante flujos de conciencia, cartas, diálogos… ¿Y cómo es la voz narrativa de Puig? Me ha parecido muy contenida, como si estuviera describiendo escenas cinematográficas, en cuya composición cobra la misma importancia cómo está decorada una habitación o el hecho de que sobre la cama se encuentre una mujer maniatada. Puig es explícito con el sexo y la violencia, a menudo entrelazados con lo grotesco, algo que escandalizará a parte de la sociedad argentina de la época y que, como ya he apuntado al principio, hizo que este libro fuese censurado y que (supuestamente) la policía política llamara a casa de sus padres para invitarle a abandonar el país.
El tratamiento explícito del sexo, la violencia y lo grotesco me ha hecho pensar, por ejemplo, en la novela El cojo y el loco de Jaime Bayly. Descubro ahora que un escritor como Bayly ha tenido que leer con fruición la obra de Puig, tan original, y ha aprendido de él más de uno de los recursos narrativos que usa.

En el capítulo V, Puig deja la narración en tercera persona para volver a emplear recursos ya probados en Boquitas pintadas. La escena descrita aquí transcurre en la oficina de un departamento de policía y se transcriben las respuestas que da un policía a una mujer que quiere denunciar un supuesto crimen. La voz de la mujer (igual que ya ocurría en algún diálogo de las dos novelas anteriores de Puig) no se encuentra en el texto y el lector debe imaginarla a partir de las respuestas del policía.

En la página 105, para explicar cómo ha conocido Gladys a Leo, se vuelve a emplear un recurso bastante imaginativo. Así lo anota Puig en la novela: «Entrevista que una reportera de la revista neoyorquina de modas Harper´s Bazaar hizo a Gladys, según imaginación de esta última mientras reposaba junto a Leo dormido», y se da paso a los diálogos que parecen anotados como en un texto teatral. De hecho, cuando se introducen estas partes dialogadas del libro, las anotaciones son las propias de un libreto teatral. Así, por ejemplo, cuando en la página 151 se va a transcribir una nueva llamada telefónica a la oficina de policía, se advierte con esta frase: «La oficina del departamento de Policía ya descrita», anotación que además de teatral también podría ser de un guión de cine.

El capítulo XIII, capítulo que contiene una de las escenas más intensas del libro, escena que se insinúa, se elude y a la que se vuelve varias veces, Puig lo escribe usando un nuevo recurso que me ha resultado tan novedoso y original como irritante. La escena real se describe con cursivas de forma breve y desapasionada. Por ejemplo: «Sensaciones experimentadas por Leo, al notar que también María Esther mira en dirección del lugar ya señalado», y entonces se pasa a contar otra historia con un vago parecido sensorial con la escena real propuesta en la novela. Esto me acabó por desconcertar un tanto.
Otro recurso original y curioso se abre paso en la página 162. Aquí leemos: «A continuación se enumeran las principales acciones imaginarias de Leo durante su insomnio», y se empiezan a describir escenas que parecen escritas por el Mario Levrero más desatado. De hecho, igual que he pensado que Manuel Puig ha influido en un escritor tan pop y provocativo (al menos en sus primeros libros) como Jaime Bayly, también me ha parecido que Mario Levrero lo leyó con interés. El gusto por los policías paródicos de Levrero me parece influido en gran parte por novelas como Boquitas pintadas o The Buenos Aires affair. Igual que estas escenas oníricas de sexo torturado, que Puig coloca en la imaginación de su personaje Leo.

Otros recursos en los que las personas emplean el lenguaje al estilo de Boquitas pintadas son: páginas de un periódico, un atestado policial, una autopsia, conversaciones con el psicólogo. Curiosamente existen unas cartas que un personaje envía a otro, pero Puig no las muestra en esta tercera novela (algo fundamental en la composición de las dos anteriores).

Creo que cada novela que leo de Manuel Puig me gusta más, aunque también es cierto que las páginas de The Buenos Aires affair que más he disfrutado son aquellas en las que el escritor narra en tercera persona y, por tanto, son más tradicionales que las otras, en las que experimenta con diversos recursos. Tengo curiosidad por leer El beso de la mujer araña, que es la siguiente novela que me toca de él (si sigo con el orden cronológico), y que la mayoría de los críticos consideran su obra maestra.

domingo, 18 de agosto de 2019

Boquitas pintadas, por Manuel Puig


Boquitas pintadas, de Manuel Puig

Editorial Seix Barral. 249 páginas. 1ª edición de 1969, esta de 2005.

Cuando reseñé La traición de Rita Hayworth ya comenté que junto con este libro compré en 2006 Boquitas pintadas de Manuel Puig (General Villegas, Argentina, 1932-Cuernavaca México, 1990), pero que, como no me había acabado de convencer en aquel momento la primera novela de Puig, no me acerqué a la segunda. Así que Boquitas pintadas ha permanecido en mi montaña de libros sin leer durante más de una década. Tal vez fue una pena no leer este libro en 2006, porque me ha gustado más que La traición de Rita Hayworth y quizás habría supuesto mi reconciliación inmediata con Puig. O tal vez ahora ha sido el momento más adecuado para leer Boquitas pintadas que, lo digo desde ya, he disfrutado bastante.

Sólo un año separa la publicación de la primera novela de Puig, La traición de Rita Hayworth (1968), de la segunda, Boquitas pintadas (1969), pero intuyo que ambas se escribieron durante un periodo de tiempo largo (La traición de Rita Hayworth se presentó al premio Biblioteca Breve de 1965) y que la buena recepción de la primera facilitó la publicación de la segunda.

La acción de Boquitas pintadas nos traslada de nuevo a Coronel Vallejos, un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, donde también transcurría la acción de La traición de Rita Hayworth. Coronel Vallejos es un trasunto, poco disimulado, del pueblo natal de Manuel Puig, General Villegas.

Boquitas pintadas se abre con una nota de prensa: en ella se da cuenta del fallecimiento de Juan Carlos Etchepare en su natal Coronel Vallejos, el 18 de abril de 1947, a la edad de veintinueve años.
A continuación el lector podrá acercarse a las cartas que Nené Fernández escribe a la madre del fallecido. Nené fue novia de Juan Carlos una década atrás y ahora, casada en Buenos Aires y con dos hijos, al leer la noticia sobre la muerte de su antiguo amor empezará a recordar aquella época de felicidad pasada en Vallejos. Pronto empezará a tomar a doña Leonora –la madre de Juan Carlos– como su confidente y le empezará a hablar de la sensación de fracaso matrimonial que la acecha.

Si bien el lenguaje de la nota de prensa inicial era pomposo y grave, Nené en sus cartas parece que imita el estilo de las novelas folletinescas que escucha en la radio.

Puig denomina a los capítulos del libro con el encabezado de «entregas», dando a entender que escribe influido por la narrativa popular, sobre todo por los folletines. Lo cierto es que Puig en esta obra hará un uso continuo de recursos en apariencia procedentes del mundo de la baja cultura, pero los hará trascender gracias a la ironía.

Tras las palabras escritas en las cartas de Nené, un narrador impersonal describe lo que hace Nené. Por ejemplo, en la página 15 leemos: «Cierra el sobre, enciende la radio y empieza a cambiarse la ropa gastada de entrecasa por un vestido de calle». Son anotaciones similares a acotaciones teatrales o a las que se pueden encontrar en un guión de cine. Puig quiso ser cineasta antes que escritor y, además de estar influenciado por las artes narrativas populares, también lo está por el lenguaje propio del cine.

Igual que en la «Primera entrega» y en la «Segunda entrega», donde aparecían las cartas de Nené, el lector se acercaba a las acotaciones teatrales de los movimientos de Nené, en la «Tercera entrega» el narrador describe, de la misma forma aséptica, las fotos que Nené guarda en un álbum.

Puig nunca juzga a sus personajes, las anotaciones que corresponden al narrador son puramente funcionales. No hay ironía en ellas, ni condescendencia, ni aprobación. Todo esto tendrá que encontrarlo el lector en las palabras que se desprenden de forma directa de los personajes. De hecho, parece que Puig, en Boquitas pintadas, está buscando situaciones de la vida cotidiana en las que los personajes usen de forma real y constatable el lenguaje. Por eso, igual que en La traición de Rita Hayworth, aparecen aquí muchos diálogos sin ninguna acotación. Pero, sobre todo, lo que parece estar buscando el autor es reflejar el habla de los personajes cuando tienen que escribir. Además del recurso de las cartas nos encontraremos, por ejemplo, con unos recortes que Nené tiene guardados de una revista: en ellos, mediante un pseudónimo, Nené ha escrito al consultorio sentimental de la publicación para hablarle de su amor por Juan Carlos y recibir los consejos de una experta desconocida.

En la página 49 el lector llega a un capítulo titulado «Agenda 1935», donde podrá leer algunas anotaciones que Juan Carlos hace sobre su vida cotidiana. En estas anotaciones hay faltas de ortografía, algo que aparece por primera vez, puesto que Nené, a pesar de imitar el lenguaje de los folletines, escribe sus cartas con corrección. Así, por ejemplo, se puede leer: «Domingo 19, San José. Milonga en el Club, convidé a Pepe y a los hermanos Barros, dos bueltas. Me la deben para la próxima».

Cartas entre personajes, notas del periódico, cartas al consultorio sentimental del periódico, esquelas en las coronas del cementerio, atestados policiales… como ocurría en la novela Drácula de Bram Stoker, donde todos los personajes llevaban un diario, Puig quiere acercar al lector a aquellas situaciones en las que las personas corrientes escriben.
Cuando Puig es el narrador, como ya he dicho, usa técnicas como las acotaciones teatrales o cinematográficas, además de cuestionarios similares donde un narrador contesta qué hacen o sienten los personajes que se enfrentan a unos mismos acontecimientos.

En más de un capítulo se citan letras de tangos, escritas por Alfredo Le Pera y cantados por Carlos Gardel. Los personajes escuchan estos tangos o novelas de la radio, cuyo argumento le llega narrado al lector por alguno de los personajes.

Juan Carlos es un joven aquejado de tuberculosis. También es un crápula que malgasta su tiempo en el Club jugando a las cartas, y que no siente mucho interés en prosperar trabajando, a no ser que, gracias a su encanto, consiga algún puesto privilegiado. Además es un joven atractivo que lo sabe y ejercerá de Don Juan, a pesar de ser un Don Juan aquejado de una enfermedad grave, cuya existencia él trata de negarse a sí mismo.
Si bien la historia empieza una vez que Juan Carlos ha muerto, la trama principal nos lleva a una década antes, cuando en Vallejos Juan Carlos estaba ennoviado con Nené, pero también se veía con Mabel, la amiga de Nené, además de con una viuda mayor que él. Otro personaje importante será Celina, hermana de Juan Carlos, y amiga de Nené y Mabel.
Juan Carlos tendrá que irse a Cosquín, un pueblo de la sierra de Córdoba, para tratar de curarse de su enfermedad. Desde el sanatorio le escribirá cartas a Nené y el lector podrá acercarse a ellas. En realidad, el lector se acercará a los borradores de las cartas de Juan Carlos, y tendrá que leerlas con faltas de ortografía, aunque sabe que Nené las leerá sin ellas, ya que antes de mandarlas, Juan Carlos se las pasará para que las corrija a otro interno del sanatorio con más cultura que él. Me gusta el recurso, aunque implica un trato un tanto cruel de parte de Puig hacia su personaje.

En la «Undécima entrega» se usa también un recurso muy propio de La traición de Rita Hayworth: la transcripción de un monólogo interior en el que habla Raba, una sirvienta que será seducida por un obrero, y tendrá que tener sola a su hijo porque su amante Pancho (un amigo de Juan Carlos) no quiere reconocerlo.
Don Juan, la sirvienta engañada… Puig se sirve de recursos propios de la narración popular, pero los hace trascender totalmente. En Boquitas pintadas queda reflejada una época, con sus mitos (del cine, de la música, de la radio…) y todas las pulsiones subterráneas de una sociedad provinciana: el deseo, las costumbres, el qué dirán, el chisme, el racismo, el clasismo…

Me percato de que Manuel Puig ha influido sobre uno de los autores argentinos más reputados ahora mismo: César Aira.
Me ha gustado bastante más Boquitas pintadas que La traición de Rita Hayworth. Boquitas pintadas es un libro más maduro, Puig ha ensayado recursos en su primera novela que han acabado de cuajar en la segunda. Aquí la trama tiene más peso en la construcción y el final está muy bien enlazado con el comienzo.
Boquitas pintadas es una destacada novela argentina de la segunda mitad del siglo XX. Tengo ganas de seguir con las siguientes novelas de Manuel Puig.


domingo, 11 de agosto de 2019

La traición de Rita Hayworth, por Manuel Puig


La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig.

Editorial Seix Barral. 316 páginas. 1ª edición de 1968, esta de 2003.

Este libro de Manuel Puig (General, Villegas, Argentina, 1932-Cuernavaca, México, 1990) lo leí por primera vez en junio de 2006, hace trece años. En 2006, junto con La traición de Rita Hayworth, compré también una bonita edición de Boquitas pintadas, libros de Puig reeditados por Seix Barral no hacía mucho. Por aquel entonces ya era un gran admirador de la literatura argentina y el nombre de Manuel Puig me aparecía de forma continua como un referente de la literatura de allí. De modo que me acerqué a la lectura de La traición de Rita Hayworth (1968), la primera novela que publicó Puig, con altas expectativas. La lectura me desconcertó entonces y las expectativas quedaron sin cumplir. Esto hizo que no leyera a continuación Boquitas pintadas, como tenía planeado. Sin embargo, cuando en las librerías de viejo me he ido encontrando con primeras ediciones de los libros de Manuel Puig en Seix Barral, las he ido comprando y acumulando con la intención de leerlas algún día. Hace no mucho pensé que tenía una deuda pendiente con Manuel Puig, que debería volver a él. Tenía seis de sus novelas y busqué en internet para saber cuántas había escrito. Me faltaban dos. Las compré a través de Iberlibro y cuando ya tuve las ocho ordenadas, consideré que su lectura debía ser inminente. Al principio pensé en leer las ocho seguidas y en orden cronológico, pero pronto me pareció que de ese modo me iba a cansar, así que he decidido leerlas en un periodo de dos o tres meses, intercalándolas con otros.
Trece años después, empezaba La traición de Rita Hayworth con muchas menos expectativas que la primera vez. Creo que este detalle ha contribuido a que lo haya disfrutado bastante más.

La traición de Rita Hayworth está dividida en dos partes, que en total suman dieciséis capítulos. Los capítulos están precedidos con la indicación de quién habla y en qué momento; por ejemplo, el séptimo se titula «Delia, verano 1943».
El lector empieza la novela con el capítulo «En casa de los padres de Mita, La Plata 1933». Son trece páginas formadas sólo por diálogos. En ellos se le informa al lector de que Mita –originaria de La Plata– se ha ido a vivir con su marido Berto al pueblo de Coronel Vallejos, ubicado en el interior de la provincia de Buenos Aires. La familia no parece tener muy buenas impresiones del pueblo ni del marido.
En este primer capítulo, el lector puede entrar ya en el mundo de Manuel Puig: el gusto por el lenguaje oral, las habladurías, el chisme y la evasión de la realidad que representa el cine.

El segundo capítulo, «En casa de Berto, Vallejos 1933», también está formado sólo por diálogos. En esta ocasión, Puig ha dado la voz narrativa a la sirvienta y a la niñera que trabajan en la casa de los Casals (una familia formada por Berto, el padre, Mita, la madre y Toto, el niño) en Vallejos. De esta forma tangencial, el lector descubre algunas de las intimidades de la familia.

En el capítulo tres, titulado «Toto, 1939» habla el niño de la casa y principal protagonista de esta novela. Ahora Puig usa el recurso del monólogo interior para dar la voz a sus personajes. En este capítulo tres, Toto tiene seis años y sus preocupaciones son las propias de un niño de su edad, aunque –posiblemente– su discurso y sus pensamientos estén demasiado elaborados para un niño de esa edad. Sin embargo, me gusta más este capítulo que los dos anteriores. Me siento más cómodo con este discurso interior que con los diálogos.

En el capítulo cuatro vuelven los diálogos, esta vez entre Mita, la madre de Toto y Choli, una amiga suya. Sin embargo, las palabras de Mita se encuentran sustraídas de la novela; sólo aparecen los guiones que precederían a sus palabras no mostradas, que podrán ser intuidas a través de las respuestas de Choli.
Creo que este mismo recurso se lo he visto usar a Mario Vargas Llosa. Pero no estoy seguro de si fue en una novela como La ciudad y los perros, publicada en 1963, y por lo tanto anterior a La traición de Rita Hayworth, o en Conversación en la catedral, publicada en 1969, y por tanto después de la primera novela de Puig (1968).
Curiosamente, lo he vuelto a ver en una novela muy reciente: Mandíbula de Mónica Ojeda, publicada en 2018.

Después de este cuarto capítulo, ya no se emplea más el recurso de los diálogos secos, y se da pie a distintas voces interiores. En cierto modo, reflexionando sobre por qué no me acabó de convencer la novela cuando la leí por primera vez en 2006, tengo la impresión de que, en más de una ocasión, me parecía que Puig estaba probando recursos y no acababa de decidir con cuáles de ellos quedarse. En cierto modo, la novela parece un campo de pruebas.
Después, ya hacia el final del libro, los monólogos interiores dan pie a otros recursos: las páginas de un diario, el relato romántico que Toto presenta a un concurso, un anónimo calumnioso enviado al director del colegio al que acude Toto y que habla en su contra, una carta que el padre de Toto envía a su hermano en Europa… Y en cierto modo, estos nuevos recursos finales hacen que la estructura global quede más equilibrada: se ensayan recursos al principio y al final, y entre medias se sitúan los distintos monólogos interiores.

En La traición de Rita Hayworth, Puig nos habla de un pueblo del interior de Argentina llamado Coronel Vallejos, que parece un trasunto poco disimulado de su pueblo natal: General Villegas. De hecho, la novela parece contener mucho material autobiográfico, puesto que la madre del protagonista se llama Mita en la ficción y Male en la realidad, y ambas son licenciadas, algo extraño para la época. El niño (que será llamado Casals en el colegio) será durante gran parte de la novela Toto. Al niño Manuel Puig, su familia le llamaba Coco.

Toto acude con su madre al cine (en la realidad Coco y su madre iban hasta cinco veces por semana al cine) y le gusta recortar las fotos de las actrices de las revistas y montar un álbum con ellas. Toto sabe que ha de tener cuidado con no hacer ruido cuando duerme la siesta su padre, figura algo lejana para él. Se relacionará con sus vecinas y con su primo Héctor, que pasará a vivir con ellos cuando su madre enferme y al final muera. Héctor parece la antítesis de Toto: un hombre de acción, que destaca jugando al fútbol, varonil y conquistador de mujeres, que no dudará en llamar «maricón» a su primo Toto, cuyo entorno (empezando por sus padres) considera que no tiene aficiones propias de varones.

En gran medida, se puede leer La traición de Rita Hayworth como si se tratase de una representación de la vida en la provincia argentina, una vida aburrida, dominada por las habladurías, el chisme y la apariencia. Los personajes de Puig son chismosos, pero la mirada del autor no se sitúa por encima de ellos. De hecho, la mirada del escritor desaparece de estas páginas; son los propios personajes los que se expresan sin cortapisas ni interpretaciones irónicas, celebrativas o de carácter social.
Puig tiene un gran oído para retratar las voces que le rodean y, por tanto, el lenguaje culto con que se expresa Mita, la madre, es bastante diferente al callejero de Héctor, el sobrino adolescente.

Para evadirse de una vida alineada de provincias, los personajes que habitan en Vallejos se sirven de varias herramientas de escape: la principal, la más usada por Toto y su madre, es el cine. En muchas páginas, las situaciones vividas se comparan con las aprendidas en las pantallas, incluso una tan trágica como la de la muerte del segundo hijo de Mita y Berto, Toto la vive como si se tratase de una representación cinematográfica.
Otros personajes piensan en el fútbol, como el atlético Héctor, y otros más en los folletines de la radio, los libros (hacia el final de la novela, cuando Toto sea más mayor sumará la obsesión de los libros a la del cine); o incluso la devoción religiosa o política podrían ser incluidas entre esas formas de evasión del tedio.

Más arriba comentaba que a veces tenía la sensación de que Puig está en esta novela probando recursos, y que, al no acabarse de decidir por unos en concreto, acaba usándolos todos. A veces también he tenido la impresión (y sobre todo la tuve en su primera lectura hace ya trece años) de que la trama del libro no está muy definida. Es cierto que el tiempo pasa –desde 1933 hasta 1948– y que los personajes evolucionan. Muchas veces esta evolución se muestra de modo tangencial, a través de la mirada de otros personajes sobre ellos, pero estoy convencido de que se podía haber quitado algún capítulo de la novela y ésta sería muy similar a la de ahora.

Por ejemplo, el capítulo quince («Cuadernos de pensamientos de Herminia, 1948») tiene unas veinticinco páginas. En él se reflejan los pensamientos de la profesora de piano del Toto adolescente. Creo que podría ser perfectamente un relato autónomo de la novela, que podría haberse eliminado y el libro seguiría funcionando sin él; también considero que podría haber sido incluido en un volumen de relatos y que sería un gran relato.

Como en esta segunda lectura ya sabía que la trama de La traición de Rita Hayworth no avanza hacia ningún clímax narrativo, no he podido sentirme decepcionado, y la he leído disfrutando más de los detalles. Los capítulos en los que se reflejan las voces interiores de los personajes me gustan bastante más que los tres capítulos que sólo contienen diálogos. La traición de Rita Hayworth apareció en 1968 y, por tanto, casi a la vez que dos de mis lecturas favoritas de libros argentinos de 2018 (Hombre en la orilla de Miguel Briante de 1968 y La invasión de Ricardo Piglia de 1968). Y en este contexto me parece, releído ahora, un libro interesante, que no acaba de ser redondo, pero que, esta vez sí, me invita a seguir con Manuel Puig y acercarme ahora (después de la novela que he tomado entre medias) a Boquitas pintadas.

domingo, 4 de agosto de 2019

Una noche con Sabrina Love, por Pedro Mairal


Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal.
Editorial Libros del Asteroide. 151 páginas. 1ª edición de 1998, esta de 2017.

Creo que fue en 2002 cuando en la biblioteca de Móstoles vi por primera vez, en los estantes reservados a las novedades, Una noche con Sabrina Love de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) publicada en la colección Contraseñas, esa sección de Anagrama más gamberra que Panorama de Narrativas o Narrativas Hispánicas. Tuve la impresión de que nunca había visto un libro escrito originalmente en español en esa colección.
Lo leí y me gustó. Fue una de esas narraciones, en apariencia ligeras, que se acaban instalando en el recuerdo del lector. Cuando apareció la película dirigida por Alejandro Agresti en España también fui a verla. Desde entonces he leído todos los libros de Pedro Mairal que han ido apareciendo en España (Una noche con Sabrina Love, Salvatierra, El año del desierto, La uruguaya y Maniobras de evasión) y se ha convertido en uno de mis escritores favoritos de la actualidad.

Cuando se publicó Maniobras de evasión en España, se lo solicité a la editorial Libros del Asteroide para poder reseñarlo y, ya que iba a volver a Mairal, me apeteció releer Una noche con Sabrina Love, que también había vuelto a lanzar esta editorial después del éxito de La uruguaya.

El protagonista de Una noche con Sabrina Love es Daniel Montero, un joven huérfano de diecisiete años que vive con su abuela en el pueblo (inventado) de Curuguazú, en la provincia de Entre Ríos. Ha conectado su televisor al cable del vecino y así puede acceder a una gran cantidad de canales, entre ellos los pornográficos. Se ha hecho seguidor del programa de Sabina Love, «la primera porno star argentina». En el programa se sortea pasar una noche con ella en un hotel de la capital. Daniel llamó al teléfono de pago y consiguió su número, que es el que va a salir en el sorteo; así finaliza el primer capítulo.
Me parece significativa la primera escena del libro: un adolescente hace zapping viendo la televisión. Es una imagen moderna para el momento en el que se escribe la novela, una imagen muy noventera, una rapidez en el salto de una narrativa a otra que antecede en unos años a la revolución que supondrá internet. En este sentido, Una noche con Sabrina Love es una narración que sigue la tradición de influencias radiofónicas y heterodoxas de Manuel Puig y deja al lector en el umbral de un nuevo mundo que se puede intuir de forma velada (o imaginativa) en el libro. Es significativo, en este sentido, la escena final de la novela, con su protagonista reflejándose en una pantalla apagada, una pantalla que se va a encender ya en el siglo XXI de los blogs, las redes sociales y los mails.

Daniel ha de recorrer quinientos kilómetros desde la provincia hasta la capital para poder perder la virginidad con la mujer que representa su ideal erótico. La novela está planteada como una aventura, porque además de que Daniel no tiene dinero, su pueblo se encuentra anegado por una inundación. Deberá tomar una balsa y hacer autostop; como una especie de Huckleberry Finn moderno. En el camino se irá encontrando con diversos personajes, pintorescos, pero a la vez muy realistas.
El viaje de Daniel, que tiene un trabajo poco estimulante en un frigorífico de pollos en su pueblo, a la gran ciudad será iniciático, un viaje de descubrimiento y paso hacia la vida adulta.

La mirada narrativa de Pedro Mairal es muy visual, muy cinematográfica. En Maniobras de evasión escribía esto sobre su ideal de escritura: «Aunque hay autores que confrontan al lector, y lo hacen bien, yo prefiero ir desplegando las escenas delante de los ojos, a la par del lector, sin obstruir el paisaje, prefiero hacerme a un lado, quedar hombro con hombro, escribir como quien va manejando un camión y lleva al lector de acompañante». Esta premisa explica perfectamente el estilo de Una noche con Sabrina Love, que está escrita en tercera persona, pero con un punto de vista muy apegado al del personaje. El narrador rara vez le hace ver al lector que sabe más que su personaje, aunque esto llega a ocurrir en alguna ocasión, sobre todo cuando Daniel llega a la capital, en la que se encontrará perdido, y se le explica al lector por qué calles o plazas está pasando.

La prosa de la novela es de sencillez aparente, de fluir rápido y frase corta y elegante. En una sola ocasión me ha parecido observar un rastro de Gabriel García Márquez (que desde luego no parece ninguna de las influencias fundamentales de este libro), en una frase, inusualmente larga del primer capítulo, cuando Daniel se regocija por haberse conectado al cable del vecino: «Esa noche, teniendo ya todo enchufado, pasado el estupor de las primeras imágenes del canal para adultos, comprendió que ya no serían las revistas compradas por vergüenza en el quiosco de la terminal, con fotos de mujeres que la imaginación debía tomarse el trabajo de articular, sino que ahora una corriente erótica continua llevaría hasta su cuarto aquellos cuerpos en todas sus posturas y jadeos, y se entregó con felicidad a un onanismo estival que lejos de dejarlo ciego lo hizo ver por vez primera los secretos más recónditos de la existencia» (pág. 7).

Aunque en principio el libro parece plantear una historia muy masculina, con esa obsesión por el sexo puro, desprendido del afecto, esa obsesión por la mujer como un objeto de deseo, en realidad plantea un camino de revelación para Daniel hacia el mundo de los afectos (y el mundo de los adultos) una vez superados los rituales de paso.

Daniel se va a ir encontrando en su periplo con distintos modelos de masculinidad: desde el hombre casado, que desea la libertad del soltero, hasta el hombre machista y resentido, que no puede olvidar una relación del pasado. También se encontrará con la opción de la homosexualidad, algo difícil de imaginar para él. Daniel observa a los demás, pero no parece juzgarlos. Lo curioso es que la mayor lección de lo que es una mujer real se la dará la persona que se encuentra bajo el disfraz de Sabrina Love: «¡Qué asquerosos! Después de esas cosas cómo los hombres no nos van a tratar a las mujeres como animales. Ustedes son los animalitos». Para Daniel, la Sabrina Love más real será al final, y éste será uno de los grandes descubrimientos de la novela, la que ve en la pantalla de una televisión y no la de carne y hueso, la que tiene al alcance de la mano.

Si bien La Uruguaya, la última novela de Mairal, está escrita casi dos décadas después de Una noche con Sabrina Love, la primera novela de Mairal, me percato ahora de que tienen bastantes elementos en común: las dos representan un viaje masculino en busca de una idealización de la mujer. De Entre Ríos a Buenos Aires, en el primer caso, y de Buenos Aires a Montevideo, en el segundo. Si en la primera novela el protagonista (Daniel Montero) era un adolescente que quería perder la virginidad con una mujer adulta, un sueño erótico; en la última, el protagonista (Lucas Pereyra) es un cuarentón que quiere revivir la pasión erótica liándose con una mujer más joven que él. Dos momentos de masculinidad en crisis, de masculinidad falta de reafirmación.
He leído alguna crítica que acusaba a Mairal de machista, pero en realidad tengo la impresión de que es un autor que refleja con bastante dignidad la fragilidad del hombre y de la masculinidad como construcción social.

Esta edición de Una noche con Sabrina Love está precedida del texto El sobrino de Bioy, que yo acababa de leer en el libro Maniobras de evasión. En este prólogo, un Mairal adulto reflexiona sobre lo que supuso en su vida ganar el premio Clarín de 1998 a sus veintiocho años. Su novela fue elegida entre 800 candidatas por un jurado compuesto nada menos que por Augusto Roa Bastos, Guillermo Roa Bastos y Adolfo Bioy Casares. Este último le dijo en la entrega del premio: «Arranqué a leer tu novela y no la pude largar hasta terminarla».

He disfrutado mucho con esta relectura de Una noche con Sabrina Love. Es una novela de iniciación deliciosa.