domingo, 6 de marzo de 2022

ESPECIAL 8M: ¿DEBO LEER A MÁS ESCRITORAS?

 

Ahora que se acerca el 8M, grabé un vídeo reflexionando sobre mi historia como lector en relación al género. He leído muchos más libros escritos por hombres que por mujeres, y creo que debería leer más libros escritos por mujeres.

 

En los comentarios alguien me dice que "hay que leer lo mejor", sin atender al género. Si quieres leer solo lo mejor, ¿hasta qué punto puedes considerar que el canon no tiene un sesgo de género? O en otras palabras, cuando a los 20 años quise leer a los mejores escritores latinoamericanos, ¿por qué nadie me habló de Nellie Campobello?

 

Si te apetece verlo en mi canal de Youtube: PINCHA AQUÍ.




 

domingo, 27 de febrero de 2022

Un amor, de Sara Mesa

 


Un amor, de Sara Mesa

Editorial Anagrama, 185 páginas. 1ª edición de 2020.

 

Creo que fue con la publicación de Cicatriz (Anagrama, 2015) cuando empezó a sonar con mucha fuerza ‒a nivel de suplementos culturales‒ el nombre de Sara Mesa (Madrid, 1976); aunque ya había leído alguna reseña de su novela anterior, Cuatro por cuatro, que también se publicó en Anagrama en 2012. Y a partir de entonces, a partir de Cicatriz, aparecen libros suyos en Anagrama con una gran repercusión crítica: Mala letra (2016), Cara de pan (2018) y Un amor (2020). Un amor fue elegido como mejor novela publicada en España en 2020 por medios como El Cultural o La Vanguardia. Sara Mesa es una autora que yo había anotado que debía leer; pero, a veces, son tantos los escritores nuevos por los que siento interés, que no puedo abarcarlos a todos, y también es cierto que, en muchos casos, me suelo interesar más por escritores (o escritoras, en este caso) latinoamericanos que españoles. Tendríamos que llamar a Freud, quizás, para explicar esto, pero normalmente presiento que un autor latinoamericano me va a sorprender más que uno español, y Latinoamérica es el campo de lecturas hacia donde he «especializado» mi pasión. Sin embargo, estaba hablando de libros, en el colegio donde trabajo con una profesora de Lengua y Literatura, y acordamos que yo le iba a dejar Los recuerdos del porvenir de Elena Garro y ella me dejaba a mí, Un amor de Sara Mesa. Así que con todo este circunloquio, quería simplemente contar que he llegado tarde a Sara Mesa, de una forma tal vez injustificada. Porque lo cierto es que, lo digo desde ya, me ha encantado Un amor y me gustaría repetir con ella.

 

La protagonista de Un amor es Nat, una joven treintañera que ha alquilado una casa ‒con bastantes desperfectos‒ en el pequeño pueblo La Escapa. Aquí parece buscar un espacio de tranquilidad para ejercer un trabajo de traducción que tiene pendiente. Sin embargo, el lector empezará a vislumbrar desde el principio que Nat, más que buscando el silencio del campo, viene huyendo de algo indeterminado. Desde un primer momento, Mesa dibuja escenas tensas en torno a la llegada de Nat al pueblo. Las primeras tienen que ver con su casero, un tipo de aspecto desagradable, marrullero con el dinero y de ademanes machistas.

Nat, además de traducir el libro, con escenas francesas de teatro, que ha traído consigo, también quiere cultivar un huerto en su jardín. Aquí se ha producido una coincidencia temática con la novela Los llanos del argentino Federico Falco, también publicada por Anagrama en 2020. En Los llanos también hay un personaje treintañero que alquila una casa en el campo y viene huyendo de su pasado en la ciudad. Pero las coincidencias acaban aquí, ya que mientras Los llanos es una novela lírica sobra la pérdida, Un amor es una novela muy tensa sobre las relaciones de dependencia y poder que se establecen entre los seres humanos.

 

Serán pocos los datos que Sara Mesa dé al lector sobre el pasado de Nat, pero estos ‒en las contadas ocasiones que aparecen‒ serán muy significativos y simbólicos. Como promete el título, Nat vivirá una historia de amor en La Escapa, pero no será, en cualquier caso, una historia cómoda o exenta de tensiones. «Ella no pertenece a este sitio, jamás ha pertenecido.», leemos en la página 157 y, esta es de la desubicación, es una sensación que permanecerá en Nat en todo momento y que marcará su paso por el pueblo, como un arrastrar de extrañamientos y desencuentros. Los habitantes de La Escapa se rigen por unas reglas que ella no acaba de comprender, y sentirá de forma continuada los malentendidos como una losa que pesará sobre la inalcanzable tranquilidad de sus días.

 

La novela está escrita en tercera persona, y Mesa hace un inteligente uso del estilo indirecto libre para acercarnos al desasosiego vital de Nat. Además se sirve de los elementos descriptivos del clima para cargar de tensión las escenas desde fuera (el calor, las tormentas, los ladridos de los perros en la noche…). En apariencia, el lenguaje es sobrio y no llama mucho la atención sobre sí mismo. Mesa trabaja con ahínco, sin embargo, la contención narrativa, muy por encima del lirismo.

Al acabar de leer el libro, he tenido la sensación de que todos los elementos que la autora ha ido dispersando por sus páginas tenían una función específica y que el incremento de tensión narrativa ha funcionado perfectamente, tocando todas las teclas que se había propuesto tocar. Por ejemplo, en sus paseos, Nata pasa por una casa en ruinas con unas pintadas amenazantes. Allí le acabarán contando que vivían unos hermanos que practicaban relaciones incestuosas hasta que los vecinos del pueblo les acabaron expulsando. Y estas páginas en las que se habla de esta casa, cobrarán un significado simbólico unas cuantas decenas de páginas después. Es decir, Un amor es un prodigio de ingeniería narrativa, la obra madura de una autora en pleno dominio de su arte. En una crítica que leí, comparaban la tensión narrativa de Un amor con la que consigue J. M. Coetzee en sus novelas. Y la verdad es que me pareció un comentario bastante acertado, sobre todo pensando en libros de Coetzee como Desgracia. En Un amor leemos esta frase cargada de significado: «Él ostenta el poder de la víctima», sobre el poder de las «víctimas» sobre las personas que se sienten «culpables» trataba en gran medida la novela Desgracia, y así mismo lo hace Un amor. Nat ha estado huyendo del «poder de las víctimas», que pueden perdonarla o ejercer sobre ella sus privilegios en cualquier momento, pero en La Escapa se va, de nuevo, a encontrar con él. El final de Un amor es impactante, y remata de forma estupenda una gran novela. Una novela tensa y sombría sobre las pérdidas y sobre las enfermizas relaciones de poder que se establecen entre las personas. Como dije, Un amor me ha dejado con ganas de seguir con la obra de Sara Mesa. Creo que los siguientes libros suyos que voy a leer serán Cicatriz y Cara de Pan.

domingo, 20 de febrero de 2022

Nancy, por Bruno Lloret

 


Nancy, de Bruno Lloret

Editorial Candaya. 156 páginas. 1ª edición de 2021.

 

La última Feria del Libro de Madrid no tuvo lugar en el parque del Retito en junio, como viene siendo habitual, sino en septiembre. Un sábado tuve que ir yo a firmar ejemplares de mi última novela, Esto no es Bambi, y cuando acabé paseé un rato por la Feria. En la caseta de Candaya saludé a sus editores, Olga y Paco, y les compré dos libros: Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce y Nancy del chileno Bruno Lloret (Santiago de Chile, 1990). Lo cierto es que era la primera vez que veía esta segunda novela, que creo que acababa de aparecer en el mercado por esos días. Sin embargo, sé que los libros latinoamericanos que selecciona Candaya para su colección de narrativa son siempre confiables y me guie por ello.

 

De entrada, uno siente extrañeza al abrir la novela, ya que Lloret ha plagado las páginas de su libro de cruces en negrita, que a veces sustituyen a los puntos o a las comas, y que en otras ocasiones invaden el texto y se expandan por una página entera. Hacia el final de la reseña trataré de dar un significado a esta elección gráfica.

 

La novela está contada en primera persona por Nancy, que en las primeras páginas es una joven, casi una adolescente, y que huye de su casa, en el norte de Chile, en una caravana de camionetas de gitanos que viajan hasta Bolivia. Nancy empieza su narración «in media res», ya que las escenas se suceden de un modo rápido, y el lector tiene la sensación de que se le están escapando algunas de las claves que explican las relaciones que hay establecidas entre los personajes. Así, por ejemplo, Jesulé es el gitano, en cuya camioneta monta Nancy, y el lector sabrá más tarde que ha tenido lugar una relación sentimental entre ellos. Será en Santa Cruz ­­‒Bolivia‒ donde Nancy va a conocer a un norteamericano de treinta y cinco años, llamado Tim. Nancy se va a casar con Tim y juntos regresaran a vivir a un pueblo de la costa de Chile. De repente, se producirá en la narración un salto de veinte años, y sabremos que Tim es un borracho, al que le cuesta regresar a casa por las noches, después de trabajo en los barcos pesqueros japoneses (los únicos que quieren contratarle) y que ella está enferma de cáncer, le han extirpado los pechos y el útero y se encuentra cercana a morir, a pesar de no haber cumplido aún los cuarenta años.

 

Es posible que algún lector de esta reseña piense, con lo leído hasta ahora, que ya he destripado una gran parte del argumento de la novela, pero en realidad todo lo que yo he resumido se narra en un número bastante reducido de páginas.

Una vez que sabemos de este salto hacia el futuro de veinte años que comentaba, la narradora volverá su mirada sobre su pasado y nos hablará de su infancia hasta llegar al punto que ya conocemos en el que abandona la casa familiar para huir a Bolivia. Entre medias, en algunos momentos se nos recordará que Nancy es una mujer de treinta y siete años, próxima a la muerte. «En la calle la gente sencillamente ya no me saludaba, y eso me sumía en la más total desesperación.», leemos en la página 29, cuando Nancy ha entrado ya en plena decadencia física y siente el rechazo a su alrededor.

 

Nancy se ha criado en un hogar difícil, en el que la madre era una fanática religiosa, que trataba al Pato (el hermano mayor) y a Nancy con desprecio, mientras que su padre era una presencia ausente. El Pato se va a ir de casa para trabajar en el «puerto grande», una ciudad más al norte de donde viven, y Nancy, que hasta ahora había encontrado en su hermano un aliando, va a tener que lidiar sola con sus padres. Al pueblo en el que viven se le llama simplemente «Ch».

 

En Ch, durante la adolescencia de Nancy, van a aparecer mujeres muertas en la playa, un detalle que me ha recordado a La parte de los crímenes de 2666 del escritor chileno Roberto Bolaño. Las páginas de la novela están abiertas siempre a la amenaza de este norte de Chile, entre las playas y el desierto, un territorio que también han explorado algunos otros narradores jóvenes chilenos como Diego Zúñiga en la novela Racimo. En algunos momentos la sordidez de la vida en estos pueblos pobres de Chile, me recordaba a los pueblos del interior de Argentina que describía el argentino Carlos Busqued en Bajo este solo tremendo.

 

«Este mundo es un desierto de cruces», dirá el padre de Nancy en la página 86. Y quizás en esta apreciación queda justificada la decisión de Lloret de dejar su texto plagado de esas simbólicas cruces en negrita de la que ya he hablado. Además, también va dejando fotografías de radiografías que muestran el avance de la enfermedad de Nancy.

 

En la contraportada de la edición de Candaya, unas palabras del reputado escritor chileno Alejandro Zambra avalan a Bruno Lloret: «Inventario de abandonos y abusos, inevitable diario de muerte y de rodaje, diatriba contra la domesticada pasión religiosa, esta extraordinaria novela trasciende ampliamente la denuncia y el ejercicio de estilo, y avanza hacia un realismo nuevo, inesperado, disidente.»

A veces sorprende la cantidad de temas que toca Bruno Lloret en las apenas 150 páginas de su intensa novela corta. Nancy es una novela plagada de muertes, amenazas, enfermedad, sordidez, incomprensión, locura religiosa, etc, pero también de una gran poesía y sutileza. Nancy es una buena novela dura y breve.

 

 

domingo, 13 de febrero de 2022

El despertar y otros relatos, por Kate Chopin

 


El despertar y otros relatos, de Kate Chopin

Editorial Alba. 474 páginas. 1ª edición de 1899.

Traducción y notas de Olivia de Miguel

 

De Kate Chopin (St. Louis, Missouri, 1851 ‒ 1904) había leído hace más de una década Historia de una hora, un relato muy corto, incluido en la Antología del cuento norteamericano a cargo de Richard Ford, un libro magnífico que, ojalá, Galaxia Gutenberg vuelva a reeditar, y lo puedan conocer más lectores, porque era una verdadera delicia.

Sin embargo, diría que cuando a finales de 2019 elegí este libro para regalárselo a mi madre por su setenta cumpleaños, no recordaba el nombre de la autora, pero me fie ‒como siempre hago‒ del criterio de la editorial Alba para seleccionar clásicos, tras leer su sinopsis. Unos meses después mi madre murió de un ataque al corazón fulminante, y El despertar y otros relatos de Kate Chopin fue el último libro que leyó en su vida. De hecho, no lo llegó a terminar, el marcapáginas se quedó anclado en la página 324 de 474. Como este libro está formado por una novela y diecisiete relatos, he sabido ahora, dos años después, que llegó a acabar la novela El despertar, y se quedó a medias de un relato extenso titulado Athénaïse. Ha sido ésta, por tanto, una lectura extraña, una lectura connotada para mí por un aire aciago y de duelo. No me he atrevido a mover el marcapáginas de mi madre del sitio en el que ella lo dejó, y recuerdo perfectamente el momento en el que di la vuelta a la última página de un libro que mi madre leyó en su vida y continué por la que ya no leería nunca. Valga contar todo esto, porque sé que la impresión que le causan a uno los libros depende del momento personal en que los lee y de las connotaciones personales de las que se van recubriendo.

 

El tiempo narrativo de la novela El despertar se sitúa a finales del siglo XIX y su acción comienza en Grand Isle, una isla del río Mississippi, cercana a Nueva Orleans. Una isla en la que unos veraneantes, de posición social acomodada, pasan los días de vacaciones. La protagonista de la historia es Edna Pontellier, una mujer casada de veintiocho años, con dos hijos de cuatro y cinco años. Durante la semana, el señor Pontellier tiene que atender sus negocios en Nueva Orleans y deja a la familia en la isla. Allí Edna se relaciona principalmente con Madame Ratignolle, una bella mujer casada, criolla y de un poco más edad que Edna; y con Robert, un joven de veintiséis años, que ha sido desde mucho tiempo atrás un amigo de la familia. «Robert había vivido a la sombra de Edna todo el mes anterior. A nadie le extrañó. Cuando llegó, muchos habían previsto que se consagraría al servicio de la señora Pontellier. Desde que tenía quince años, había ahora once, cada verano en Grand Isle, Robert se había convertido en el fiel sirviente de alguna hermosa dama o damisela. Unas veces, una jovencita; otras una viuda; pero más frecuentemente alguna casada interesante.» (pág. 45-46)

Poco después leemos en la página 51: «La señora Pontellier estaba empezando a ser consciente de su posición como ser humano en el universo y, como individuo, a reconocer sus relaciones con el mundo que la rodeaba y con su propio mundo interior.» En esta toma de conciencia Edna va a tener que confesarse, ante sí misma, que su matrimonio con Léonce Pontellier fue simplemente un accidente. Lo conoció mientras vivía una gran pasión secreta, un amor platónico por las fotografías de un actor de cine. Ahora está empezando a sentir que se ha enamorado de Robert y esto empieza a dar un sentido diferente a su vida.

La acción se desplazará desde Grand Isle hasta la ciudad de Nueva Orleans. Edna querrá emanciparse de su marido, y ser una persona libre, que trata de vivir de su pasión por la pintura, a la que trata de convertir en una profesión, mientras Robert se ha marchado a México, siguiendo sus planes de futuro.

 

Cuando El despertar se publicó en 1899 la crítica la rechazó con unanimidad, pero más que juzgar la calidad literaria (en el prólogo se dan varios ejemplos), lo que hacía era juzgar moralmente al personaje. No parecía aceptable no ya que Edna quisiera separarse de su marido y que se hubiera enamorado de otro, sino que no quisiera sacrificarlo todo por sus hijos. «Daría mi dinero, daría mi vida por mis hijos; pero no me daría a mí misma. No puedo explicarlo con más claridad; es solo algo de lo que empiezo a ser consciente, que se me está revelando.» (pág. 114). El rechazo a su novela, hizo que Chopin apenas volviera a escribir.

 

El despertar guarda relación con Madame Bovary de Gustave Flaubert. Chopin se ganó también la vida traduciendo libros del francés al inglés, y estaba claro que conocía esta obra y que fue una influencia para la suya. La diferencia entre estas dos novelas es que posiblemente Madame Bovary deseaba más un romance que conocerse a sí misma y ser libre como la señora Pontellier.

El despertar empieza a ser rescatada en Estados Unidos en la década de 1950, a raíz de que Cyrille Arnavon, un crítico francés, le dedica una páginas en un estudio la influencia francesa en las novelas norteamericanas. En 1962 el prestigio crítico norteamericano Edmund Wilson le dio el espaldarazo definitivo para su recuperación como obra valiosa dentro del canon norteamericano.

 

Me ha gustado la descripción que hace Kate Chopin de Nueva Orleans, y su mezcla de razas y culturas, las relaciones que muestra entre los norteamericanos anglosajones, los criollos de origen francés y los negros. Las descripciones de los ambientes y personajes son muy vívidas. El despertar es una novela que en sus planteamientos feministas se adelanta a su época y que leída en la actualidad tiene mucho encanto. Es una gran novela corta dentro del realismo norteamericano.

 

A La tempestad le siguen cuatro cuentos seleccionados del libro De gente de los pantanos (1894). En El hijo de Désirée se habla de conflictos raciales y quizás su resolución, con una «sorpresa final», se ha quedado un tanto anticuada. Me gusta más Una visita a Avoyelles, sobre las decisiones del pasado y la nostalgia, un bello y triste cuento. La bella Zoraïde es un cuento correcto sobre racismo y locura. El divorcio de Madame Célestin tiene unas intenciones narrativas parecidas a Una visita a Avoyelles, y me ha gustado también. En realidad estos cuentos tratan, en gran medida, de personas enfrentadas a los límites de los convencionalismos sociales de su época.

 

Del libro Una noche en Acadia (1897) se han seleccionado cuatro cuentos. El primero, Higos maduros, de apenas una hoja, parece más un poema que un cuento. Arrepentimiento trata de una mujer de cincuenta y dos años independiente, una mujer que no se ha casado ni ha tenido hijos. Me gusta este personaje femenino a contracorriente de su época, que va a vivir una experiencia vital que, tal vez, le haga arrepentirse de sus decisiones. Una mujer respetable trata un tema similar al de la novela El despertar, del deseo femenino de la mujer casada hacia alguien de fuera del matrimonio. El mejor de este grupo de cuentos es el cuarto, Athénaïse, que con sus cincuenta páginas es casi una novela corta, y trata de una joven que vuelve a la casa familiar, unas semanas después de haberse casado con un hombre más mayor que ella. De nuevo, Chopin enfrenta a sus personajes con los convencionalismos sociales.

 

Siguen nueve cuentos, bajo el epígrafe Cuentos no recogidos en forma de libro.

En Un asunto indecoroso una joven de buena familia tal vez se esté empezando a sentir atraída por un hombre que trabaja en una granja y que es un casi un vagabundo.

Historia de una hora, el cuento que ya leí en la antología de Richard Ford, es una pequeña y perfecta pieza de humor negro, algo en lo que Chopin no se había prodigado hasta ahora.

El beso habla de las aspiraciones matrimoniales de una joven, que va a anteponer tal vez la posición económica de un candidato al atractivo físico que siente por otro.

Sus cartas es un buen cuento sobre los secretos de un matrimonio.

Lo inesperado, sobre la pérdida de pasión de una mujer ante la enfermedad de su prometido, es un cuento cruel.

La señorita McEnders es un buen cuento sobre lo efímero de las posiciones sociales y las «buenas costumbres».

Un par de medias de seda es un cuento correcto sobre las aspiraciones y los caprichos de una mujer casada y con hijos.

La tormenta es, de nuevo, un cuento sobre las pasiones, y las tentaciones, que surgen del pasado para una mujer madura.

Charlie tiene cincuenta y cinco páginas y, como Athénaïse, vuelve a ser casi una novela corta. Es el relato que más me ha gustado de esta nuestra de diecisiete. Un viudo rico tiene siete hijas, y la protagonista de la historia es Charlie, la menos femenina de todas, la que se comporta como un chicazo, como el hijo varón que el padre deseaba y no pudo tener. Este juego con los roles de género me ha parecido muy atrevido para la época y Charlie es una gran novela corta.

 

Me ha gustado El despertar y otros relatos, este volumen de Alba que contiene una destacada novela norteamericana del siglo XIX, que se adelantó a su tiempo, y un conjunto de cuentos con algunas piezas, donde se cuestionan los convencionalismos sociales de la época, bastante logradas.

 

 

 

domingo, 6 de febrero de 2022

6 ESCRITORES FRANCESES DEL SIGLO XIX QUE DEBERÍAS LEER

En mi canal de YouTube (David Pérez Vega - Bienvenido, Bob) hablo de 6 escritores del siglo XIX francés, que pueden gustarte.


Si quieres ver el vídeo PINCHA AQUÍ.




domingo, 30 de enero de 2022

Mugre rosa, por Fernanda Trías


Mugre rosa
, de Fernanda Trías

Editorial Random House. 277 páginas. 1ª edición de 2021.

 

A finales de 2018 leí La azotea de Fernanda Trías (Montevideo, 1976), que inauguró la nueva editorial española Transito. Era una novela ‒publicada por primera vez en Uruguay en 2001‒ claustrofóbica, contada desde el punto de vista de una mujer que decide crear un micromundo dentro de un piso, del que no permitirá salir ni a su débil padre, ni su hija pequeña, ni a sí misma. Me gustó aquella novela enfermiza y potente.

Cuando en 2021 apareció Mugre rosa sopesé la idea de leerla, ya que tenía un buen recuerdo de La azotea. En principio, mi deseo de no leer demasiadas novedades literarias ganó la partida. Pero, meses más tarde, cuando leí que con poco tiempo de diferencia Mugre rosa había ganado el premio Bartolomé Hidalgo en Uruguay a la mejor obra narrativa del año y también el premio Sor Juana Inés de la Cruz en México, me apeteció leerla. Una tarde, al salir del colegio en el que trabajo, caminé hasta la nueva librería madrileña La Mistral, cercana a la plaza de Sol, y que aún no había visitado. Quería comprar allí el libro de Fernanda Trías. La librería me pareció bonito, pero en ese momento no tenía Mugre rosa y la acabé comprando, el mismo día, en la FNAC de Callao.

 

Mugre rosa nos acerca a un futuro ligeramente distópico. La acción se sitúa en una ciudad que el lector sobreentiende que es Montevideo, aunque nunca se especifica en la novela, ni se nombra tampoco a Uruguay. Sí sabremos que la moneda usada en el país es el peso y que la narradora tiene el plan de huir a Brasil, que se intuye que ha de ser un país cercano y colindante al que ella se encuentra. Aparecieron en «el río», que se sobreentiende que es el Río de la Plata, unas algas color borra, que en un principio parecían inocuas, para más tarde empezar a morir peces, y darse cuenta de que era una peligro para la población inhalar sus esporas cuando soplaba el viento. La ciudad aparece continuamente cubierta de niebla, y esta es una buena señal, porque lo contrario de la niebla es «el viento rojo». Cuando empieza a soplar el viento del río, suenan las alarmas y la población debe refugiarse en sus casas con todas las ventanas cerradas, a riesgo de inhalar las esporas rojas y contraer una enfermedad de la piel que les va a conducir a la muerte.

La mayoría de la población ha sido evacuada hacia ciudades del interior del país, pero la narradora no ha querido hacerlo porque hay elementos que la atan a la costa. Por un lado su exmarido Max está internado en el hospital el Clínicas, en la sección de enfermos crónicos. Max ha sido contagiado por el virus del aire pero, extrañamente, no ha muerto. Su caso, y el de algunos compañeros en una situación similar, es importante para la ciencia, porque tal vez en ellos se encuentre la solución a los problemas por los que pasa el país (nunca se llega a aclarar del todo si esta es una crisis del país o mundial).

En uno de los barrios pudientes de la ciudad también permanece, sin evacuar, la madre de la narradora. «Después de la evacuación, mi madre decidió mudarse a una de las casonas abandonadas de Los Pozos. Los dueños las alquilaban por chirolas con tal de mantenerlas vivas. (…) Mi madre tenía una confianza ciega en los materiales nobles y tal vez haya pensado que la contaminación no podía atravesar una buena pared, ancha y silenciosa, un techo bien construido, sin grietas por las que se colase el viento.» (pág. 22)

La narradora y su madre discuten continuamente. La narradora tiene más de una cuenta del pasado pendiente con su madre, que no ha aprobado nunca sus decisiones. Por ejemplo, la madre estuvo en contra de la boda de la protagonista con Max, a quien conocía desde la infancia. La narradora ahora ayuda y provee a la madre, porque se haya en una posición más fuerte que ella, y parece buscar una aprobación que la madre le negará de continuo. De hecho, durante el tiempo de la novela la narradora evocará continuamente a Delfa, que era la sirvienta que trabajaba en su casa cuando era niña. En más de una ocasión pensará en Delfa como en su verdadera madre.

 

La narradora (siempre innominada) se gana la vida cuidando a Mauro, un niño con problemas de obesidad, un niño al que una enfermedad hace tener siempre hambre. Sus padres emigraron a una hacienda del interior y, unas cuantas semanas al mes, traen a Mauro hasta el edificio de apartamento de la narradora para que ésta le cuide y procure hacerle perder algo de peso.

 

La novela parece plantear también un enfrentamiento entre el interior del país y la provincia. Estoy mucho menos familiarizado con la tradición literaria y cultural uruguaya que con la argentina. Pero tengo la intuición de que en Uruguay debe darse una tensión similar a la de Argentina entre el interior, más despoblado y pobre, y la costa, más urbana y rica. En el tiempo de la novela, el interior del país parece estar floreciendo, en contraposición a la decadencia de la costa. Desde el interior llegan alimentos y suministros cada vez más caros a la costa.

En el futuro distópico planteado, además, existen fábricas que elaboran un sucedáneo de la carne que, de forma coloquial, la población llama «mugre rosa», y que también viene a mostrarlos la decadencia de las zonas ricas del país.

 

En gran medida, Mugre rosa es una novela sobre las dependencias humanas: casi todos dependen, de un modo u otro, de la narradora: su orgullosa madre, atrapada en su barrio alto cada vez más precario; su exmarido, atrapado en la clínica de la que no puede escaparse; y sobre todo Mauro, «Él sería, para siempre, el recipiente que contenía la enfermedad.», no dice la narradora en la página 71. En cierto sentido, con Mauro la narradora expía su sentimiento de culpabilidad hacia Max o su madre. Aunque la excusa de ocuparse de él es el dinero que recibe de sus padres por cuidarlo y que, en el futuro, debería permitirle huir a Brasil. Pero este dinero lo ha juntado ya hace tiempo y continúa en la peligrosa costa, entre la niebla y el viento rojo.

 

Si La azotea era una novela opresiva sobre una mujer que decide encerrar a su familia en un piso y olvidarse del mundo exterior, Mugre rosa también lo es. En La azotea la amenaza exterior era más mental que real, y en Mugre rosa la amenaza exterior se ha hecho más real, y esto obliga a los habitantes de este nuevo mundo a vivir, gran parte del tiempo, encerrados en sus casas, temiendo el cambio del tiempo cuando salen al exterior.

 

El estilo de Mugre rosa es envolvente y la sensación de opresión y grisura, de nueva realidad colindante con la real, pero diferente, está muy conseguida. Más de una vez se le recuerda al lector que la narradora ha decidido de forma consciente contarnos su historia desde algún punto del futuro. Me ha resultado curiosa esta construcción: a pesar de estar narrado el pasado, en algunos momentos se cambia de una forma verbal pretérita al futuro, dando a las escenas una sensación de inminencia e inevitabilidad.

Si bien una novela como La carretera de Cormac McCarthy es una «distopía de movimiento», en la que los personajes están siempre en continuo peregrinaje, Mugre rosa es una «distopía de la inamovilidad». De hecho, la novela acaba cuando su narradora se va a ver forzada a desplazarse. Y quizás Fernanda Trías podría plantearse escribir una segunda parte, la «distopía del movimiento».

 

Mugre rosa me ha parecido una novela conseguida, de prosa eficaz y estimulante. Una novela que entra con fuerza, y derecho propio, en el canon de la más reciente estirpe de novelas apocalípticas. De vez en cuando, el mundo de los libros te sorprende y los premios literarios cobran todo su sentido. 

domingo, 23 de enero de 2022

Paraíso, por Abdulrazak Gurnah


 Paraíso, de Abdulrazak Gurnah

Editorial Salamandra. 300 páginas. 1ª edición de 1994.

Traducción de Sofía Noguera Mendía

 

Creo que fue una sorpresa para todos (o casi todos o, al menos, en el mundo hispano) la concesión del premio Nobel de Literatura en octubre de 2021 a Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, Tanzania, 1948), autor de diez novelas, cuentos y varios ensayos. En su fallo, la Academia Sueca destacó «su penetración intransigente y compasiva de los efectos del colonialismo y del destino del refugiado en el abismo entre culturas y continentes». De su obra se habían traducido al español y publicado en España tres novelas: Paraíso (1994), Precario silencio (1996) y En la orilla (2001), que en 2021 se encontraban descatalogadas. En noviembre de 2021, la editorial Salamandra anunció la reedición de Paraíso para el mes siguiente. Como sentía curiosidad por la obra de Gurnah se la solicité para poder leerla y reseñarla.

 

«Empecemos por el niño» es la primera frase del libro, que emplea un plural mayestático que no se va a repetir. El niño se llama Yusuf y tiene doce años. Aunque la historia va a avanzar desde aquí, se nos informa de que Yusuf está recordando su vida desde algún punto indeterminado del futuro. En la primera página de la novela, asistiremos al momento en el que Yusuf ve a dos personas blancas por primera vez. Esperan el tren en el andén y el niño no puede apartar la mirada de ellas.

El padre de Yusuf regenta un hotel en la pequeña ciudad de Kawa. Lo he buscado en internet y se encuentra en el interior de la Tanzania continental. Cuatro años antes vivían más al sur. «Se mudaron a Kawa porque esta ciudad prosperó gracias a que los alemanes la utilizaban como depósito mientras construían la línea de ferrocarril que llegaría a las tierras altas del interior. Pero este esplendor fue flor de un día, y ahora los trenes sólo se detenían para recoger madera y agua.» (pág. 14).

En la contraportada de la novela, se nos informa de que la acción está situada «en vísperas de la primera guerra mundial», pero en realidad no aparece ninguna fecha concreta en el texto, así como no, salvo el nombre de algunas ciudades, no aparece tampoco nunca el nombre de «Tanzania», ni de ningún otro país africano. En realidad, a comienzos del siglo XX no existía Tanzania como tal.

Sí sabremos que Yusuf es suajili. Yusuf tendrá que moverse en un mundo de árabes, indios, griegos, alemanes, ingleses, suajilis y otras tribus del interior de África, que van a ser denominadas «salvajes».

Abdulrazak Gurnah creció en Zanzibar, perteneciendo a una minoría árabe, ya que su padre había sido un inmigrante de Yemen. Por motivos de persecuciones étnicas, huyó a Gran Bretaña a los dieciocho años. El idioma materno de Gurnah es el suajili, pero adoptó el inglés como lengua literaria. Ha sido profesor de literatura en la universidad de Kent, y ahora mismo se encuentra jubilado. En Paraíso se muestran en letra bastardilla las palabras que en el original aparecen en suajili, que no están traducida y aportan una nota de color africano.

 

En realidad, cuando uno empieza a leer Paraíso siente que se encuentra ante una obra muy anglosajona, por la precisión del lenguaje y su belleza. Me gustan las páginas en las que Gurnah describe la mirada infantil de Yusuf sobre la pequeña ciudad de Kawa. La acción de la novela comenzará realmente cuando los padres de Yusuf le comuniquen que se va a ir con su tío Aziz, un rico comerciante de la costa, que periódicamente viaja al interior para hacer negocios, intercambiando productos manufacturados, como azadas, por otros, como oro o marfil. Paraíso es, en gran medida, una novela de aprendizaje, pero también una novela de aventuras. Yusuf empezará a trabajar en una tienda, propiedad de su tío Aziz, bajo las órdenes y las enseñanzas del adolescente Khalil. Yusuf descubrirá pronto que, en realidad, el comerciante Aziz no es su familiar, sino una persona a la que su padre debía dinero, que le ha entregado a él como una forma de saldar su deuda. Khalil se encuentra en una situación similar a su suya. Si bien, en un principio parece que Khalil abusa de Yusuf pegándole para «que aprenda», pronto surgirá la amistad entre los dos.

En el África que retrata Gurnah son importantes las historias, que marcarán una diferencia entre las personas que han viajado en el libro y las que no. El viaje será siempre una fuente de misterios y magia.

 

Los años va ir pasando y cuando Yusuf tenga ya diecisiete años, Aziz de lo va a llegar al interior, a uno de sus viajes comerciales. Un viaje de conocimiento de la propia tierra que también va a ser toda una aventura. En el imaginario colectivo occidental aparecen los relatos y las películas en las que los occidentales exploran África, pero en Paraíso serán los propios africanos los que exploren África. Los habitantes de la costa verán a las personas del interior como a «salvajes», con los que en muchos casos es difícil comunicarse y conseguir que les dejen atravesar sus tierras. Los «sultanes» de las tierras por las que atraviesan les irán haciendo pagar diezmos.

Paraíso es una obra profundamente africana, porque muestra los enfrentamientos de los propios africanos entre sí. La mirada de Gurnah sobre ellos no es nada complaciente, unos se convierten en negreros de otros a los que venden como esclavos. Y de fondo siempre aparece la ‒en principio‒ lejana presencia de los blancos. Los alemanes son seres mitificados en la novela, capaces de comer metal, en un contexto de narraciones orales que se asemejan mucho al «realismo mágico». En las páginas 92-93 leemos: «Los comerciantes, atemorizados por la ferocidad y la crueldad de los europeos, hablaban de ellos con asombro. Se apoderaban de la mejor tierra sin pagar un solo abalorio, obligaban a la gente a trabajar para ellos con engaños, comían lo que fuese, aunque estuviera duro o podrido. Como si de una plaga de langostas se tratase, su voracidad no tenía límite ni decencia. Imponían tributos para esto, tributos para aquello, prisión para el infractor, y en ocasiones el látigo y la horca. Lo primero que construyen es un almacén, luego una iglesia, a continuación un cobertizo para el mercado a fin de poder controlar el comercio y gravarlo con un impuesto. Y todo esto aun antes de construirse un lugar donde vivir. ¿Había alguien oído nada igual? Llevan ropa hecha de metal, pero que no irrita sus cuerpos, y pueden pasarse días sin dormir o beber. Su saliva es venenosa. Wallahi, os lo juro. Si te salpica, te quema la carne. La única forma de matar a uno de ellos es apuñalarlo bajo la axila izquierda; ningún otro sitio sirve, pero resulta casi imposible hacerlo, porque llevan ese punto fuertemente protegido.»

 

En varios momentos de la novela, Yusuf tiene la sensación de encontrarse en «el paraíso». Por ejemplo, en el viaje hacia el interior, atraviesan una montaña y en ella hay una cascada que fascina su mirada adolescente. «Nunca he visto nada tan bonito como aquello. Se podía oír la respiración de Dios. Pero llegó un hombre y quiso echarnos de allí.» Ese hombre es un africano siervo de un «señor» europeo. También Yusuf disfrutará cada vez más del bello jardín de su falso «tío» Aziz, pero éste será otro espacio que no le corresponda. Y esta simbología del paraíso inalcanzable, del paraíso que pertenece a otros irá cobrando cada vez más fuerza en la novela. Además, Yusuf ha sido bendecido o condenado a poseer el don de la belleza, y lo que puede ser algo positivo acabará convirtiéndose en una nueva amenaza sobre su futuro. No hay aquí belleza o paraíso sin su correspondiente amenaza.

 

Cuando Gurnah ganó el premio Nobel, se cuestionó, ‒en la mayoría de los casos sin haber leído sus libros‒ la valía real de su obra. Parecía establecerse el siguiente silogismo: si no había tenido éxito, esto significaba que no era realmente un gran escritor. Después de leer Paraíso tengo esta sensación: quizás las expectativas de descubrir a un nuevo y genial autor eran muy altas, y deseaba quedarse deslumbrando ante la obra del nuevo Nobel, y esto no ha ocurrido. Pero, por otro lado, sé que si hubiera llegado a Paraíso cuando se publicó en España por primera vez me hubiera gustado. Considero que Paraíso, sin ser un libro genial ni rompedor, es un gran libro. Nos muestra la época colonial en África sin maniqueísmos ni falsas bondades, desde una perspectiva nueva e insólita, al menos para mí. El giro que se produce en las tres últimas páginas de la novela me ha parecido magistral, un giro que cubre de nuevo al libro de más variadas lecturas. Paraíso ha sido una gran lectura, a la que no hubiera llegado si el premio Nobel no me hubiera descubierto al escritor Abdulrazak Gurnah.

domingo, 16 de enero de 2022

¿Tiene sentido leer ficción después de los 40 años?

 En mi canal de YouTube trato de contestar a esta cuestión: ¿Tiene sentido leer ficción después de los 40 años?


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domingo, 9 de enero de 2022

La muerte baja en el ascensor, por María Angélica Bosco

 


La muerte baja en el ascensor
, de María Angélica Bosco

Editorial FCE. 154 páginas. 1ª edición de 1955; ésta es de 2013.

 

Ya he comentado más de una vez que uno de mis proyectos es leer todos los libros de la Serie del Recienvenido del FCE. La editorial estatal mexicana encargó al argentino Ricardo Piglia rescatar títulos que hubieran sido olvidados dentro de la fértil narrativa argentina del siglo XX. A Piglia le dio tiempo a elegir y publicar trece títulos antes de su muerte en 2017. Con La muerte baja en el ascensor de María Angélica Bosco (Buenos Aires, 1909 – 2006) ya he leído cinco títulos de esta colección. Los anteriores han sido Nanina de Germán García, Hombre en la orilla de Miguel Briante, El mal menor de C. E. Feiling y Río de las congojas de Libertad Demitrópulos.

 

Me pasé por la nueva librería madrileña Lata Peinada, especializada en literatura latinoamericana y, entre otros libros, compré La muerte baja en el ascensor simplemente porque Piglia lo había incluido en su colección de rescates y este me parecía suficiente aval. De María Angélica Bosco no había oído hablar nunca. En el prólogo que Piglia escribió para La muerte baja en el ascensor, y en la nota de contraportada, descubro que esta novela se publicó por primera vez en la colección El Séptimo Círculo, que nació en la Argentina de 1945 y estaba dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Además este libro ganó el premio Emecé de novela.

 

Casi toda la carrera literaria de María Angélica Bosco se desarrolló dentro del género policial, y dice Piglia que La muerte baja en el ascensor es «una de las mejores novelas policiales escritas en Argentina».

 

Nos encontramos ante una novela corta y, por tanto, es necesario que el conflicto ‒en este caso «el muerto»‒ aparezca pronto. Nos encontramos en la calle Santa Fe, una de las más pudientes de Buenos Aires. Piglia señala que, por ejemplo, en las novelas de Arthur Conan Doyle los crímenes que investigaba Sherlock Holmes no ocurrían en los barrios bajos sino en los ricos, en los que Conan Doyle sabía que vivían la mayoría de sus lectores. Y este es el paradigma que sigue Bosco en su novela. A las dos de la madrugada, el disoluto Pancho Soler regresa borracho a su apartamento de la calle Santa Fe. En el ascensor del edificio se va a topar con una sorpresa muy inesperada: una bella mujer rubia baja en este ascensor, apoyada contra la pared, no termina de salir. Pancho va a descubrir que está muerta. Pancho se sentará en uno de los sofás de la entrada, embebido de una turbia sensación de irrealidad. No mucho después llegará al edificio el médico y residente Adolfo Lucher. Al encontrarse en mejores condiciones que Pancho, se mostrará más resolutivo. Lucher hace nueve años que llegó desde Europa a la Argentina. Estamos en 1954 y, por tanto, Lucher emigró justo cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. No será el único personaje que ha emigrado a Buenos Aires desde Europa, y pronto el lector empezará a entender que es posible que el crimen de Frida Eidinger (así se llama la joven muerta del ascensor) se deba a causan que se engendraron y se quedaron pendientes del Viejo Continente.

¿Los emigrados a Buenos Aires que viven en este pudiente edificio de Buenos Aires son nazis, o aliados de los nazis, o por el contrario pertenecen a sus víctimas?, será una de las más interesantes preguntas que van a surgir en la lectura de este texto.

 

El lector conocerá a Andrés y Aurora, el portero del edificio y su mujer, y con ellos a todos los vecinos. Cada una de las familias burguesas, que esconden sus secretos y miserias, puede ser sospechosa de haber cometido el asesinato. También nos serán presentados los policías que van a llevar el caso: el comisario inspector Santiago Ericourt y el joven ayudante Ferruccio Blasi.

La investigación sobre la muerte de Frida Eidinger se irá complicando cuando aparezca más cadáveres por el camino, quizás personas que se han suicidado (una posible hipótesis sobre la muerte de Frida) o que han sido asesinadas. Como suele ocurrir en las grandes novelas policiales (estoy pensando en El sueño eterno de Raymond Chandler), la trama es acelerada y algo confusa. Como también suele ocurrir en las grandes novelas policiales, al menos en las clásicas (y de nuevo podemos pensar en El sueño eterno) aparecerá aquí una joven, que quizás sea una «mujer fatal». Se trata de Betty, la hija de un hombre enfermo, postrado en la cama, a quien cuida la joven madrastra de Betty.

 

La novela está escrita en tercera persona, con un lenguaje certero, que no deja de ser irónico. En algunos momentos el narrador permite que el lector tenga más información que la investigada por la policía y en otras ocasiones policía y lector caminarán a la par. Además el lector podrá acceder al cuaderno de notas de algún policía y así se cambiará el registro narrativo.

 

He citado ya a Raymond Chandler como una de las posibles influencias de esta novela, pero sí que deberíamos añadir que, sin embargo, La muerte baja en el ascensor no cuenta con la baza de tener un detective tan carismático como Philip Marlowe. Aun siendo unos personajes interesantes, Ericourt y Blasi no acaban de tener la suficiente química entre ellos para ser una pareja memorable de policías. «Los hechos hacen la investigación por su cuenta», le dirá Ericourt a Blasi, y esta frase sí me parece memorable. Más interés tienen para el lector, en realidad, los sospechosos que viven en el edificio y su nebuloso pasado europeo. En este sentido, además de una novela policial La muerte viaja en ascensor acaba siendo también una crítica de costumbres de la alta sociedad bonaerense de los años 50.

Otro tema sobre la influencia de Raymond Chandler y el policial clásico sobre el libro de Bosco: la mirada sobre la mujer. Es habitual que personajes como Philip Marlowe tengan una visión anticuada de la realidad, ya que son personajes que atraviesan un mundo corrupto y quieren restaurarlo en función de unos valores tradicionales. En este sentido, alguien como Marlowe no va a ver, en principio, con buenos ojos que una mujer deje a su marido, por ejemplo. Nada extraño con la moral de la época en la que Chandler escribió sus novelas, en las décadas de 1940 y 1950. Diría que Bosco ha leído a Chandler y a escritores similares y ella asimila para sí su modelo novelístico. En este sentido, en La muerte baja en el ascensor tiene personajes que hacen apreciaciones generales sobre las mujeres, y no sobre los hombres, lo que no deja de ser machista. Por ejemplo, Pacho Soler pensará esto: «Las mujeres inevitablemente concluyen por decir que se las deja solas»; el inspector Ericourt: «Admitamos que hay mujeres que no necesitan ser inducidas para crear un clima de tragedia»; el portero Andrés: «cosas de mujeres», «La mía no me deja en paz». En este último caso, podríamos pensar que se trata de una ironía de Bosco, porque la información se muestra así: «Andrés se presentó. Hubo un prólogo en el cual el inevitable estribillo, “cosas de mujeres”, “la mía no me deja en paz”, se repetía con unas confusas apreciaciones sobre “la vida privada”». Sí que podría ser interesante analizar el personaje de Rita, la hermana del siniestro vecino Czerbó, un húngaro con un más que dudoso pasado europeo. Rita es una mujer que vive sojuzgada a la sombra de su hermano y su situación sí se denuncia en la novela. Pero, en cualquier caso, diría que La muerte baja en el ascensor, pese a estar escrita por una mujer, sigue las reglas de construcción de los modelos de novela negra norteamericanos creados por hombres como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, sin desmerecerlos, pero sin dar sobre el género una «mirada más femenina» que la de sus predecesores varones. En cualquier caso, La muerte baja en el ascensor debería ser una novela perfectamente disfrutable para cualquier aficionado actual al género policial.

 

 

domingo, 2 de enero de 2022

LAS 10 MEJORES LECTURAS DE 2021

 Igual que hice el año pasado, esta vez también os remito a mi canal de YouTube, Bienvenido, Bob, para hablar de la lista de las diez mejores lecturas del año 2021, recién acabado.


Si os apetece ver el vídeo PINCHAD AQUÍ.