Cuentos, de Thomas Wolfe
Editorial Páginas de espuma. 921 páginas. Publicado en 2020, cuentos
de 1920-1938.
Traducción de Amelia Pérez de Villar.
Durante las vacaciones de Navidad de 2018 y los comienzos de 2019 leí
seguidas las dos grandes novelas de Thomas
Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, 1900 – Baltimore, 1938) traducidas al
español: El ángel que nos mira (editorial Valdemar) y Del tiempo y el río (editorial Piel de Zapa). Desconozco por qué nadie
ha traducido sus otras dos novelas: The web and the rock y You can't go home again.
En realidad El ángel que nos
mira y Del tiempo y el río son la
misma novela, ya que la segunda comienza justo cuando acaba la otra, con el
mismo protagonista y la misma voz narrativa. Esta gran novela, de trasfondo
autobiográfico, está protagonizada por Eugene Gant, del pueblo de Altamont en
Carolina del Norte. Altamont es un trasunto de su Asheville natal. El padre de
Eugene ‒igual que el de Thomas Wolfe en la realidad‒ es escultor de adornos fúnebres.
El ángel al que alude el título de la primera novela es una figura que el padre
había tallado y dejado a las puertas de su casa. En estas dos novelas podemos
seguir la vida de Eugene Gant desde que es un niño sensible, en un pueblo
sureño, hasta su vida adulta en Nueva York como profesor universitario y
escritor, y sus viajes por Europa. Una narrativa que considero que influyó en
escritores norteamericanos posteriores tan dispares como Jack Kerouac, Henry Roth,
Philip Roth o Charles Bukowski. Según William
Faulkner, Thomas Wolfe era el mejor escritor de su generación. Es decir, y
digamos ya, Thomas Wolfe es uno de los grandes pilares de la narrativa
norteamericana.
Además de las dos novelas que comento, en España habían sido
publicadas, en la editorial Periférica,
cinco novelas cortas de Wolfe, o tal vez cuentos largos. Estas cinco
narraciones aparecen contenidas en los Cuentos
publicados ahora por Páginas de
Espuma.
El libro se abre con un interesante prólogo de su traductora, Amelia Pérez de Villar, que nos habla
de la esencia autobiográfica de la narrativa de Thomas Wolfe. Pérez de Villar
ha hecho un gran trabajo para este libro, sin duda.
El primer cuento se titula Un ángel en el porche y su lectura
me lleva de nuevo al pueblo de Altamont, a la familia Gant y a ese simbólico
ángel de piedra que el padre de Eugene ha tallado y ha situado en la puerta de
la casa familiar. Es decir, en unas pocas páginas, después de dos años, estoy
otra vez de regreso al mundo autorreferencial de Thomas Wolfe.
El tren y la ciudad, el segundo relato, parece ‒igual que el
primero‒ un capítulo arrancado de El
ángel que nos mira. Y en gran medida, entiendo que, sobre todo en el primer
tercio del libro, Thomas Wolfe está escribiendo, usando el material de sus
recuerdos como materia prima, y no está considerando si escribe el capítulo de
una novela, un relato o una novela corta, simplemente escribe.
Enseguida empiezo a considerar que la lectura de estos Cuentos ha de ser diferente para alguien
que haya leído las dos novelas traducidas de Wolfe y para alguien que no lo
haya hecho. Para mí es una gozada volver a aquel mundo ficcional con el que tanto
disfruté hace dos años, con su misma voz narrativa, ambiciones artísticas,
obsesiones y recuerdos. Para un lector que se acerca con este libro de cuentos
por primera vez a la obra de Wolfe las sensaciones han de ser diferentes, y no
por ello peores. Estos no son cuentos que se inscriban de una forma clara en la
llamada «tradición norteamericana», que en gran medida procede de la
asimilación del modelo cuentístico de Antón
Chejov. Es decir, si un cuento canónico de estilo norteamericano puede ser
uno escrito por un autor como Raymond
Carver (el mejor discípulo de Chejov, a mi entender), donde nos encontramos
dos historias, una más evidente y otra más subterránea (que es la que tiene más
fuerza para los personajes) y un final epifánico, los cuentos de Wolfe no funcionan
así. Los suyos son narraciones poéticas que evocan instantes importantes para
el narrador. Su fuerza es la de la poesía y la del misterio de la vida y el
recuerdo, pero sin un desarrollo narrativo de introducción-nudo-desenlace,
eludiendo la idea de una sorpresa final. Uno de los grandes autores
norteamericanos que ha influido sobre estos relatos es el poeta Walt Whitman y sus descripciones del
hombre norteamericano corriente y los grandes espacios del país. Diría que, en
algunos momentos, Whitman influye para mal en Wolfe, porque los cuentos que
menos me han gustado de este volumen (con un nivel medio muy alto) son aquellos
en los que ya casi no hay anécdota o recuerdo y el narrador empieza a hablar de
la magnificencia de los grandes espacios norteamericanos con un exceso de
grandilocuencia. Esto me ocurre en un cuento como El prólogo de América,
que comienza así «Una noche de luz refulgente sobre toda América. Al comenzar
la acción se nos revela el esqueleto y el cuerpo del continente americano de
este a oeste.» (pág. 604), y hay algo que, tal vez funcione en un poema, pero
que no funciona en este tipo de cuentos de Wolfe. Dicho esto, debo añadir que
en un libro de 921 páginas y 58 narraciones, en el que el autor prueba
diferentes texturas y tonos, lo comentado es apenas una mácula en un corpus
magnífico.
Debo señalar que el libro, entre otras virtudes, tiene la de mostrarnos
una época, el primer tercio del siglo XX norteamericano. El ángel que nos mira se publicó en 1929; si no recuerdo mal, una
semana antes del crack. En estos cuentos están los recuerdos de principios de
siglo de un joven, y también está reflejada la locura del boom inmobiliario de los años 20, al que sucumbió la madre del
narrador, y que queda retratada en el irónico cuento Boom Town, la ciudad del boom
inmobiliario, que, recordando la
crisis de 2008-14, no puede tener más vigencia.
En algunos cuentos, narradores muy mayores evocan sus andanzas durante
los días de la guerra civil norteamericana como soldados sureños, uniendo a
unas generaciones con otras. Esto ocurre, por ejemplo, en Chickamauga y en El
caballero emplumado.
La muerte, ese hermano orgulloso y No hay puerta son dos
novelas cortas emparentadas. En la primera el narrador nos describe varios
momentos en los que se ha topado con personas muertas en la gran ciudad de
Nueva York, y en el segundo varios momentos en los que sintió un claro
extrañamiento ante la vida. Van seguidos en el libro y uno los puede leer como
si se tratasen de la misma novela, porque la voz narrativa es la misma. En gran
medida, estos cuentos se pueden leer como si fuesen una novela, una novela
sobre un escritor que además de contar su vida, de vez en cuando, escribe una
narración de ficción.
Hacia la mitad del libro nos encontramos con cuentos que podrían
entrar en la tradición norteamericana de forma más clara. Ya no siempre nos
enfrentamos a la misma voz narrativa, y se puede tratar de una narración con
sorpresa final. En este sentido es muy destacable el cuento En el
parque, con una protagonista femenina que recuerda a su padre antes de
que muriera. Un relato muy bello, que me ha hecho pensar en Francis Scott Fitzgerald.
Uno de los grandes temas de la narrativa de Thomas Wolfe es el tiempo,
la idea del paso del tiempo y la necesidad del narrador de retenerlo, gracias a
sus escritos y recuerdos. Imagino que Wolfe fue un lector aventajado de En
busca del tiempo perdido de Marcel
Proust. En cualquier caso, las narraciones de Wolfe (menos cuando vuelcan
por el lado de la grandilocuencia) son mucho más dinámicas que las de Proust.
«Y volví a sentir la conmovedora evocación del tiempo perdido», leemos en la
página 532. En este sentido me ha parecido maravilloso el cuento Katamoto,
donde el narrador recuerda a un escultor japonés que conoció en la gran ciudad,
«sabiendo que esas cosas se pierden en el tiempo y ya nunca regresan.» (pág.
532)
La novela corta El muchacho perdido me lleva de
nuevo a El ángel que nos mira, puesto
que esta narración evoca, con más detalles, la muerte de un hermano de Eugene Gant,
algo que ya conocía por la novela. El muchacho perdido y El
ángel que nos mira son narraciones coherentes dentro de un mismo mundo
ficcional.
En otras narraciones, sobre todo en las que están ambientadas en
Europa, donde Wolfe pasó ocho años, me han recordado más a lo contado en Del tiempo y el río. Respecto a esto son
muy interesantes los cuentos en los se habla del ascenso del nazismo en
Alemania, como en El oscuro Mesías. Varias de estas narraciones europeos están
protagonizados por un escritor llamado George Webber que, según descubro
consultando internet, es el protagonista de las novelas no traducidas al
español The web and the rock y You can't go home again.
En estos cuentos aparece un tercer alter ego escritor que sería el Joseph Doaks
de Semblanza
de un crítico literario.
Una de las cosas que me más me atraen del tramo final del libro es que
Wolfe narra sucesos de su vida posteriores a los de El ángel que nos mira y Del
tiempo y el río, y así habla por ejemplo de su relación con los críticos y
editores (Semblanza de un crítico
literario y El Viejo Rivers), con
los escritores irlandeses que en Estados Unidos se consideran siempre geniales
(Sobre
los leprechaun), relatos llenos de ironía y sarcasmo. También habla de
la recepción de su obra en su pueblo natal, donde la publicación de El ángel que nos mira supuso un pequeño
escándalo, ya que muchos de sus vecinos se vieron retratados en la novela. Esto
se cuenta, por ejemplo, en El hijo pródigo, un cuento que tuvo
que leer el Philip Roth que luego escribió Zuckerman encadenado, donde décadas
después habla del mismo problema.
En resumen, si alguien ‒como yo‒ ha leído y disfrutado las novelas de
Thomas Wolfe El ángel que nos mira y Del tiempo y el río este volumen de Cuentos le va a encantar, porque va a
poder completar el maravilloso mundo autorreferencial de Thomas Wolfe. Si
alguien no ha leído esas novelas, estos Cuentos
le van a descubrir a uno de los más grandes autores norteamericanos, le van a
abrir las puertas de un nuevo mundo, y lo lógico sería que le hicieran correr
hacia las novelas mencionadas.
Si el final del siglo XIX literario de Norteamérica está constituido
por nombres como Walt Whitman, Herman Melville y Mark Twain, y el siglo XX por
Ernest Hemingway, William Faulkner, Henry Roth, Jack Kerouac o Philip Roth,
Thomas Wolfe bien podría ser una suerte de puente entre un siglo y otro, el
eslabón perdido de la narrativa norteamericana en su cambio de siglo.