domingo, 7 de junio de 2015

El límite inferior, por Nere Basabe

Editorial Salto de página. 244 páginas. Primera edición de 2015.

He hablado con Nere Basabe (Bilbao, 1978) en algunos encuentros literarios, que han tenido lugar en Madrid a partir de 2015. Ya sabía desde enero –más o menos- que iba a publicar una novela en Salto de Página, y meses más tarde me comentó que me había incluido en la “lista de prensa” (o cuál sea su nombre cuando se trata de blogs) de las personas a las que quería que llegase su libro desde la editorial. Así que unas semanas más tarde le escribí a su editor, Pablo Mazo, para recordárselo, y él –igual que en alguna otra ocasión- me envió el libro a casa.

También estuve en la presentación de la novela, que se llevó a cabo hace unas semanas en La Central de Callao, de la mano de Elvira Navarro.

El escritor Miguel Ángel Navarro presentó la novela en Murcia, unas semanas después escribió un artículo sobre El límite inferior (segunda novela de Nere Basabe, la primera se titulaba Clara Venus y la publicó en 2008 la editorial Tropo) para el periódico La opinión de Murcia (ver AQUÍ), y vinculaba la novela con la literatura de la crisis, pero concretaba de este modo: “Basabe sitúa su narración unos años atrás —quizá menos de una década—, en un periodo y un contexto en el que comienza a producirse el inicio del desencanto. No son los años de la bonanza económica o el pelotazo absoluto, ni los del derrumbe total, sino los del quiasmo, el instante intermedio entre el sueño y el despertar.”

Si hablamos de contexto temporal, podemos encontrar en las primeras páginas del libro apuntes como el siguiente: “¿Sabe la última del gobierno? Estos socialistas nos van a llevar a la ruina…” (pág. 21), le dice un taxista a una de las protagonistas.

La acción de la novela se sitúa en un lugar muy concreto: el pueblo levantino de La Solana, de nombre inventado pero que puede erigirse en símbolo de cualquiera de los pueblos del litoral español que durante tanto años de burbuja económica sufrieron la sobreconstrucción territorial, un pueblo levantado sobre una península y que se comunica con tierra firme a través de un istmo.
El tiempo de la novela también es muy concreto: cuatro días, que van desde un viernes hasta un lunes. Un fin de semana en el que La Solana, pueblo turístico de sol y playa fuera de temporada, va a sufrir un fuerte temporal que llegará a dejar a esta comunidad sin agua o luz, e incluso incomunicada por carretera del resto de los pueblos de la costa.

Los personajes principales de El límite inferior son cuatro:
Víctor, geólogo, casado con la bella italiana Valeria, a los que conocemos cuando están llegando –en su coche de alta gama- un viernes a La Solana con la intención de realizar (Víctor) un trabajo para un promotor de viviendas apodado “el Guapo”.
Breogán vive en La Solana y se dedica a vender figuras de barro, que él mismo elabora, en una tienda de recuerdos del Pueblo Viejo. Vive acompañado de su perra Odisea.
El cuarto personaje es Brigitte, una francesa solitaria, que trabaja en La Solana como guía turística de jubilados de su país.

El límite inferior está contado en tercera persona. Sobre este particular le preguntó Elvira Navarro a Nere en su presentación. Elvira comentó que la teoría literaria actual parecía desconfiar de los narradores omniscientes y se decantaba más por el discurso interior. A esto Nere simplemente contestó que ella se sentía cómoda escribiendo en tercera persona, y a mí esta respuesta me pareció más que adecuada.
El narrador de El límite interior normalmente se encuentra muy cerca –siguiendo la técnica del estilo indirecto libre- de la voz narrativa o del flujo de conciencia de los personajes. Por ejemplo, del siguiente modo nos acercamos a Víctor: “Valeria no está, y no sabe dónde se ha metido. Qué más da, no habrá ido muy lejos: en cualquier momento comenzará a llover otra vez y el pueblo parece muerto.” (pág. 47). O leemos esto sobre el pasado de Breogán: “Vaya por dios: al final se ha tropezado y se ha dado de morros con la fuente del jardín; tenía que pasar” (pág. 42).
Pero, en más de una ocasión, el narrador de esta novela busca nuestra complicidad como lectores, con frases que nos involucran. He apuntado los siguientes ejemplos: “Persigue el placer, como todos nosotros, disfruta rodeándose de calidad y belleza” (pág. 113); “Ya lo hemos dicho, La Solana es apenas un cabo, una minúscula península” (pág. 150); “Como cualquiera de nosotros, se siente sola y echa en falta el afecto” (pág. 154).

Víctor y Valeria son un matrimonio a punto de desmoronarse; de hecho, para el lector, teniendo en cuenta las opiniones que tienen el uno del otro, le resulta casi inverosímil creer que pueden seguir juntos.
Breogán y Brigitte podrían llegar a ser una pareja, más de una vez se han encontrado chateando en internet, ligando, pero en la realidad, aunque se cruzan por las calles del pueblo, no se conocen el uno al otro.
Nere Basabe nos presenta en esta novela a cuatro personajes solitarios, cruzándose –encontrándose y desencontrándose- por las calles de La Solana durante un fin de semana de gota fría, unos días bastante oscuros y desolados en los que el lugar (o el paisaje o la climatología) se acaba convirtiendo en el quinto personaje de la historia, un personaje que crea una atmósfera un tanto tenebrosa. Un escenario que me ha recordado a algunas narraciones de Roberto Bolaño, más por la ambientación que por el estilo literario, porque para mí los lugares de vacaciones de sol y playa fuera de temporada me parecen ya unos de los espacios identificativos de las narraciones de Bolaño.

Los personajes se desplazan por las calles de La Solana, pero al final acabaremos conociendo los compartimentos más oscuros de sus mentes, porque lo que nos propone Nere Basabe en esta novela, pese a que se está hablando de una corrupción urbanística embrionaria (sobres de dinero que se aceptan por falsificar mediciones técnicas sobre cimentación y urbanismo), es una historia de personajes. Acabaremos conociendo los traumas más profundos de cada uno: los miedos y los temores de los que han huido (un padre brutal, un hijo abandonado, un pueblo perdido…), y tal vez se vayan a enfrentar  a algún momento epifánico durante los escasos días que delimitan temporalmente la historia.

La primera mitad de la novela acaba con un niño que desaparece en el pueblo y esto hará que la narración cambie de ritmo al dar pie a un misterio e iniciarse una investigación policial que involucrará a nuestros cuatro personajes.

El lenguaje que emplea Nere Basebe en esta novela, además de ceder la voz narrativa a los personajes y ser, por tanto, cercano al habla oral en alguna ocasión, en muchas otras se eleva hasta la cuidada metáfora, con algunos hallazgos muy poéticos. Así se nos presente por primera vez a Valeria: “Una mujer que se parece a un vestido de fiesta arrugado sobre una silla” (pág. 12)

En algunos casos me ha parecido que el análisis de personajes que hace Nere Basabe tiende a un psicologismo demasiado conductista (porque a Breogán le ocurrió esto de niño ahora se comporta de esta manera…), que deja poco espacio para la composición de personajes que podría hacerse el lector si éstos se moviesen ante nosotros un poco más libres de sus mochilas emocionales.

Cuando Miguel Ángel Hernández comentaba este libro citaba a Rafael Chirbes, considerando que El límite inferior podría emparentarse con obras como Crematorio y En la orilla. Yo he anotado que en más de una ocasión Nere utiliza la expresión “en la orilla”; algo que podría ser buscado, pero que en una novela situada en la costa no deja de ser una expresión totalmente adecuada.

El límite inferior es una entretenida novela de personajes perdidos (además de lastrados por su pasado) y en busca de sí mismos, que se encuentran y desencuentran, durante unos días muy concretos, en un lugar de veraneo fuera de temporada, metáfora perfecta de la deriva de sus vidas descolocas.

miércoles, 3 de junio de 2015

Reseña de Siempre nos quedará Casablanca, por Aurora González Paz

Si la semana pasa tuve la grata sorpresa de recibir una crítica muy entusiasta de mi novela El hombre ajeno en la web Anika entre libros, ésta me he encontrado con otra crítica positiva de mi poemario Siempre nos quedará Casablanca en el blog Buhonero de la aurora (pinchar AQUÍ), que lleva Aurora González Paz. Estoy en racha.

Me gustaría hacer una pequeña puntualización a las palabras de Aurora: en la solapa de Siembre nos quedará Casablanca, publicado en 2011 se afirma (como comenta ella) que pronto se publicaría mi poemario Móstoles era una fiesta. Este poemario está recogido en El bar de Lee –publicado en 2013- que recoge dos poemarios: Móstoles era una fiesta (escrito en 1998) y El calvo del Sonora (escrito en 2008).



Aquí está la reseña de Siempre nos quedará Casablanca, aparecida en el blog Buhoneros de la aurora y escrita por Aurora González Paz:

Después de tanta entrada personal tocaba ya una reseña. En esta ocasión no se trata de ninguna novela sino de poesía o más bien prosa poética. David Pérez Vega nos cuenta pequeñas historias de una manera poética que a mí me ha gustado especialmente. Muchas de las que se recogen en este poemario nos hablan del cine, la gran pasión de otro blog al que estaré eternamente ligada, Motel Purgatorio, y he querido compartir con todos vosotros mi parecer sobre el libro.

David Pérez Vega ha publicado la novela "Acantilados de Howth" y próximamente publicará su poemario "Móstoles era una fiesta" escrito en 1998. El que ahora mismo nos ocupa, si te gusta que te cuenten algo en la poesía, te gustará. Casi podría definirlo como un recopilatorio de microrrelatos que en más de una ocasión me han transportado a mi infancia, al cine de mi barrio en Barcelona con sesión continua que si entrabas tarde pues te quedabas y podías ver el principio de la película si te lo habías perdido, es más podías ver toda la película otra vez. De hecho leer estos poemas sobre el cine me han inspirado para escribir yo también sobre mis vivencias cuando era niña cuando de vacaciones en casa de mis abuelos nos cogíamos la silla y nos íbamos a la plaza del pueblo donde iba el cinematógrafo y nos proyectaba las películas, para toda la familia, como las de Marisol. ¡Qué tiempos aquellos! Todo eso ha conseguido este escritor, actualmente profesor de secundaria, con sus historias, sus poemas. Gracias David.

Naturalmente la lectura, como el cine, transmite a unos y a otros cosas diferentes, así que os dejo esta pequeña muestra  para que os animéis a leer el poemario.


BANDA SONORA

Si esto fuese una película, al pronunciar
tú esas palabras, nos miraríamos fijamente
un instante y yo entonces te besaría sin remedio,
con la necesidad de un buzo a su bombona de aire.
La cámara se alejaría de la intimidad de la escena,
en un movimiento elevado de grúa
nos dejaría allí abrazados en la noche,
bajo los oles y los severos edificios de la Castellana.
Sonaría de fondo una suave música clásica,
el Otoño de Vivaldi, aunque obvio y caduco,
resultaría, en todo caso, de una emoción reconfortante.

Pero es la vida real y la banda sonora
es el claxon del coche de un imbécil, la serenidad
incurable de los charcos más hondos de la acera,
y yo he de tragarme una a una tus palabras
con una débil sonrisa. Esas palabras que cada vez
me duelen más puestas en los labios de una chica,
brillantes, con su señuelo de trampa para incautos,
"Pero qué majo que eres", Brillantes.



domingo, 31 de mayo de 2015

Libertad, por Pablo Gonz

Editorial Fantasía. 338 páginas. Primera edición de 2008, ésta de 2015.

No estoy seguro de haber leído alguna reseña de un libro de Pablo Gonz (antes Pablo González Cuesta, Sevilla, 1968) durante los años 90, cuando Pablo tuvo un éxito prematuro entre 1996 y 1998, y formó parte de la llamada generación Kronen. Su tercer libro apareció en la editorial Planeta cuando contaba con treinta años. Me encontré con su nombre, hace unos meses, leyendo el ensayo sobre literatura La mala puta. En la parte escrita por Román Piña se hablaba de aquellos autores que tuvieron un gran ascenso en los años 90 y que luego el mercado dejó caer con brusquedad. Después de comentar en el blog La mala puta, Pablo y yo nos hicimos amigos en Facebook. Pablo vive en la actualidad en Chile, y suele pasar los meses de mayo en España. Hace unas semanas me escribió a través de Facebook para invitarme a participar en una charla de título “Literatura y libertad”, junto a Juan Gracia Armendáriz. Acepté encantado y Pablo me envió por correo su novela Libertad, que fue publicada en Chile en 2008 y que ahora ha sido publicada en España por la nueva editorial Fantasía.

La acción de Libertad nos traslada al siglo XXVII: en el pasado (futuro para el lector actual) una parte de la humanidad decidió aniquilar a gran parte de la otra. La humanidad del siglo XXVII está dividida en dos grupos muy diferenciados: los superiores, grupo minoritario, que viven en ciudades, con unos altos niveles de vida, disfrutando de avances científicos como la clonación, que según se describe en el libro puede conseguir un efecto similar a la inmortalidad, ya que los seres humanos clonados pueden recordar los episodios de sus vidas anteriores. Estas ciudades de los superiores están protegidas del exterior por unos densos muros. Fuera de ellos viven los inferiores, que los superiores perciben (o así les han enseñado a hacerlo) como peligrosos salvajes.

El protagonista principal de la novela es Anto, un superior que acepta un ascenso laboral en el Ministerio del Exterminio, ubicado en la ciudad de Verona. Anto es servido por un inferior –a quien se le permite vivir dentro de los muros de la ciudad- llamado Vogchumián. La relación entre estos personajes –marcada por la rigidez que imponen las reglas de la época entre superiores e inferiores- dejará de estar demasiado clara cuando Anto entre en contacto con Tanna y su amigo el poeta Calcuss. La confianza de Anto en el sistema se tambalea cuando el Ministerio para el que ha comenzado a trabajar en Verona está trazando un plan para destruir la torre de Pisa, con la intención gubernamental de culpar de este destrozo a los rebeldes inferiores y avivar así el odio contra ellos. En este tipo de planteamientos Libertad se muestra deudora de novelas como 1984 de George Orwell. De hecho en la página 83 hay un homenaje explícito a este libro y a otros con los que se podría entroncar esta novela: “P era mi gurú literario. Yo le contaba mis experiencias íntimas y él me mandaba leer tal o cual libro, casi todos inferiores. Eran obras donde yo podía verme reflejado o encontrar modelos sobre los que construirme. Hay tres que me marcaron de manera especial: 1984, de Órgüel, El apoyo mutuo de Kropotkin, y La peste, de Camí. Para mí, 1984 fue y será siempre la ginebra de los obreros, una mujer tendiendo ropa en un patio, una operación matemática injusta, una plancha de cobre atornillada a la pared; y también la esencia de la libertad, el mejor retrato de su ausencia, y el terror que son capaces de infundir los hombres”. (La grafía de los nombres de estos autores ha cambiado en el siglo XXVII)

P será uno de los personajes más importantes de la novela: P amigo de Anto ha escrito un ensayo cuestionando el statu quo político de los superiores, que tendrá una gran influencia sobre Anto. El poeta Calcuss pondrá todo su empeño en conseguir que la publique el influyente editor Zimmermo. La parte de la novela en la que se narran estas peripecias me hizo sonreír más de una vez: han pasado más de seiscientos años, se han producido exterminios aniquiladores que han diezmado a la población, dividida en dos grupos irreconciliables, y los escritores siguen enfrentándose a los mismos problemas de siempre, con editores que han de mirar antes la rentabilidad de la inversión que la calidad de las obras literarias propuestas.

Deberíamos decir que aunque Libertad cumple más de uno de los presupuestos del género de la ciencia ficción (situar la acción de la novela seis siglos en el futuro, la existencia de avances científicos que tienen una influencia real en el mundo creado (como la clonación), la idea de que las guerras mundiales han diezmado a la población dando forma a un nuevo orden), la intenciones literarias de Pablo Gonz no parecen pasar por dar vida a una ciencia ficción de carácter hard (como se conoce en el género a la ciencia ficción basada en la coherencia científica de las propuestas), sino que la suya sería más bien una ciencia ficción light, que en muchos casos tiene más que ver con el género fantástico que con el de la ciencia ficción, ya que en algunos casos las explicaciones más de carácter mágico que científico tienen cabida en esta narración. En muchos casos, el futuro propuesto por Gonz sería cercano a una fantasía medieval.

Creo que Libertad tarda en acercar al lector a su propuesta literaria: durante los primeros capítulos el narrador en tercera persona (que será la que predomine en la novela, aunque a veces también podremos leer las páginas en primera persona de los diarios de Anto), después de presentar a algunos de los personajes principales, ocupa un buen número de páginas en explicarle al lector cómo es el mundo que ha creado, páginas en las que no avanza la trama y en las que se parecen insinuar caminos narrativos (con algún nuevo personaje) que se quedarán sin desarrollar. Después cuando se tiene más claro que la transformación de Anto -desde su realidad como superior hasta la aceptación de que los inferiores (con los que querrá convivir) son sus semejantes- es el hilo narrativo propuesto es posible que el lector sienta como algo forzados algunos de los cambios en el carácter del personaje, que avanzará por una trama no del todo definida y tendente a la apertura de puertas que acaban actuando en la narración como departamentos estancos.

Los descritos en el párrafo anterior serían los puntos flojos de Libertad de Pablo Gonz, siendo lo más destacado de esta novela la limpieza del lenguaje (Pablo me comentó que suele leer muchas veces sus textos en voz alta hasta pulirlos) y la fuerza lírica de algunas de las escenas creadas, escritas con mucha imaginación. No deja de ser interesante la ironía, sobre el trasfondo del ahora, manejada aquí, como la idea de llamar “alma” a los aparatos que portan los superiores, y que serían algo parecido a los teléfonos móviles actuales.
Libertad es una novela que gustará a los lectores del género fantástico, para los que Rafa Turnes e Inés Arias parecen estar enfocando su recién nacida editorial Fantasía. El libro está estupendamente editado; y le deseo a la editorial Fantasía una gran andadura por el mundo de las letras.


La tarde que pasamos en la librería Cervantes y compañía del la calle del Pez en Madrid, hablando de Literatura y libertad fue estupenda. Me lo pasé realmente bien conociendo a Pablo Gonz, que fue incluido en la “Generación Kronen”, y que él ha bautizado posteriormente como “Generación truncada”, mientras escribe desde Valdivia en Chile, creciendo como escritor con la absoluta libertad que no le daría un gran grupo editorial.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Reseña de El hombre ajeno en Anika entre libros

La semana pasada recibí un mensaje en Facebook de Ysabel Meseguer Serrano: había enlazado en su muro mi nombre a una fotografía de una de las páginas de mi novela El hombre ajeno. Una página en la que hablo del funcionamiento de la biblioteca de Móstoles, esto le había gustado porque Ysabel trabaja como bibliotecaria en El Perelló, un pueblo de la costa valencia.
Ysabel ha escrito una reseña de mi novela para la web Anika entre libros, cuya lectura ha supuesto una muy grata sorpresa para mí. Ysabel habla de mi novela en términos muy elogiosos y quería compartir aquí sus palabras sobre El hombre ajeno. Muchas gracias, Ysabel.

Reseña de El hombre ajeno, por Ysabel Meseguer Serrano para la web Anika entre libros:



Argumento:
Juan es un recién licenciado en Filología Hispánica que, mientras está preparando su Tesis en torno a la figura de uno de los poetas salvadoreños más importantes del siglo XX, trabaja como mozo de carga en un almacén. Sus días transcurren entre el trabajo y sus encuentros con Irina, una emigrante ilegal ucraniana con la que mantiene una relación.
Una vida un poco monótona pero que encierra un secreto que llega a atormentarle.

Opinión:

Si el lector coge en sus manos esta novela de David Pérez Vega y lee el resumen del argumento que ha puesto la editorial en la contraportada puede llevarse una sorpresa al leer toda la novela ya que este resumen argumental no llega a coincidir con lo que nos narra "El hombre ajeno". No es que esté mal solo que, en realidad, la novela no gira en torno a la figura del poeta salvadoreño Héctor Meier sino más bien en torno a la de Juan, un recién licenciado en Filología Hispánica que está haciendo su Tesis Doctoral sobre la vida y la importancia de este poeta. Juan es el auténtico protagonista. El poeta es más bien un secundario, con bastante importancia, pero cuya historia corre paralela a la de Juan.
"El hombre ajeno" ha sido editada por la editorial Baile del Sol dentro de su colección "Narrativa". Es una novela que no solo me ha fascinado sino que me ha impresionado. Tal como la define su autor, es una novela de poetas y no va nada mal encaminado. Al mismo tiempo, es de esas lecturas o novelas que tienen varias lecturas y en las que se aprecian varios géneros. Para mí, va mucho mas allá de una simple novela de poetas, es al mismo tiempo una novela social ya que, aunque sea de forma secundaria, el lector aprecia en ella una fuerte crítica a la situación social y laboral que se vive hoy en día y no a nivel de todos los trabajadores. A través del personaje de Juan, y también de su amigo Rafa, David Pérez Vega expone la realidad que viven muchos universitarios hoy en día. Gente recién licenciada que debe trabajar en lo que sea para poder ganar unos euros. Juan, como digo, es un claro ejemplo de ello: un Filólogo que está preparando su Tesis mientras trabaja de forma temporal como mozo de descarga en un almacén. Leyendo estos párrafos no puedes dejar de ir asintiendo con la cabeza, la realidad es palpable, cierta. Una crítica social narrada con toda la crudeza que debe tener, en ningún momento el autor oculta la realidad y ello hace aún más creíble la historia que nos está narrando.
Junto a esta faceta de novela realista o social, "El hombre ajeno" tiene otra cara: es una novela muy intimista. Cada uno de los personajes, especialmente Juan, van desnudando sus sentimientos y sensaciones ante el lector. De todos ellos, el más directo es Juan. Cada uno de sus pensamientos y diálogos son como una confesión que realiza ante el lector, una exposición sin tapujos, de querer compartir con él sus sentimientos. Ambas facetas o lecturas de la novela ha sido lo que más me ha llamado la atención y me ha gustado ya que aporta mucha madurez.
También tiene su puntito de novela histórica y literaria. Como he comentado, Juan está preparando su Tesis Doctoral sobre un poeta salvadoreño: Héctor Meier. Tomando como pretexto dicho trabajo, David Pérez Vega da a conocer al lector no solo cuál era la situación de El Salvador, y otros países de Centroamérica, en el siglo XX (especialmente en las décadas de los 50 y 80) a nivel histórico, político y social sino también literario. El autor describe, o dicho en palabras más comunes hace un repaso, a la situación de la Literatura Centroamericana. Una revisión no sólo interesante sino muy útil puesto que aprendes de ella.
Una novela cuya acción se desarrolla en Móstoles pero que también tiene a Valencia como protagonista, no solo a la capital sino a su costa. Como valenciana, este detalle me ha encantado lo mismo que el párrafo que dedica a las bibliotecas.
Todos estos ingredientes hacen de "El hombre ajeno" una lectura de lo más interesante y especial. El estilo narrativo de su autor es perfecto, brillante. No deja margen al aburrimiento sino todo lo contrario. Sin ser una novela de acción, engancha. Una vez has iniciado la lectura no puedes parar hasta llegar al final. Una novela que se divide, en el libro, en tres partes pero que se quedan en dos.
"El hombre ajeno" me ha permitido descubrir a David Pérez Vega; creo que es un autor a tener muy en cuenta. Me gusta su forma de escribir, su narrativa. No sólo es capaz de crear diálogos brillantes sino también personajes cercanos, reales. No solo es importante Juan, también lo son el resto, desde su amigo Rafa a Irina sin olvidar a sus compañeros de trabajo.
Toda una lectura más que recomendable sin duda alguna.

domingo, 24 de mayo de 2015

Pájaros en la boca, por Samanta Schweblin

Editorial Lumen. 219 páginas. 1ª edición de 2010.

De Samanta Schweblin (Buenos aires, 1978) y su libro de relatos Pájaros en la boca, me habían hablado, hace tiempo, Federico Guzmán y Alberto Olmos, ponderándolo como un libro interesante dentro de la nueva narrativa en español. Uno de esos nombres –Samanta Schweblin- y un título –Pájaros en la boca- que uno escucha y acaba por olvidar. Volvió a aparecer su nombre en alguna conversación cuando quedó entre los cinco finalista del IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, junto –precisamente- a Alberto Olmos. El premio (dotado nada menos que con 50.000 €) lo acabó ganando Schweblin con un conjunto de relatos titulado Siete casas vacías que ya ha aparecido (la semana pasada) a la venta editado por Páginas de Espuma.

Hace unas semanas quedé con el escritor Alejandro Morellón para tomar un café e intercambiar algunos libros: yo le dejé alguno de Elvio E. Gandolfo y Haroldo Conti, y él me pasó este de Pájaros en la boca y La mujer desnuda de Armonía Somers (un intercambio muy rioplantese).

Pájaros en la boca está formado por dieciocho narraciones. En comentarios leídos en internet sobre el libro se destaca que muchos de sus cuentos están ambientados en pueblos del interior argentino. Este escenario suele quedar patente en la primera página de cada cuento (y en bastantes casos en la primera frase), con referencias a la ruta o el campo: “Al asomarte a la ruta, Felicidad comprende su destino”, así empieza el cuento Mujeres desesperadas; o En la estepa comienza: “No es fácil vivir en la estepa; cualquier sitio se encuentra a horas de distancia.” La segunda frase del cuento Hacia la alegre civilización es: “Desde un banquito de la estación, mira el inmenso campo seco que se abre hacia los lados e intuye que pronto sucederá algo terrible.” Podría seguir, pero basten estos ejemplos. Este es un rasgo interesante y que da un carácter especial al libro, aunque también hay cuentos aquí que transcurren en Buenos Aires, y debemos considerar que existen también otros cuentistas argentinos que ya han narrado el interior del país; estoy pensando, por ejemplo, en Haroldo Conti y Elvio E. Gandolfo, entre los más clásicos, y Federico Falco, entre los escritores de la generación de Shweblin.

La primera composición, titulada Irman, ya nos da el tono del libro y nos introduce en el universo planteado por Schweblin: dos jóvenes viajan en coche por una ruta del interior de Argentina. Tienen hambre y paran en un restaurante de carretera. Les atiendo un camarero de muy baja estatura. Le piden bebidas y el camarero acaba reclamando su ayuda porque no llega hasta la heladera y su mujer, quien habitualmente se dedica a esto, yace sobre el suelo, tal vez muerta. Acabamos de entrar en un mundo de extrañeza narrado desde la normalidad de la voz narrativa. Nada de lo que ocurre parece, en la mayoría de los casos, perturbar a los personajes o al narrador de estos cuentos.
Estas narraciones se sitúan casi siempre en un territorio ambiguo entre los límites de lo real y el campo de lo fantástico. En este sentido pueden recordarnos a los relatos de un Julio Cortázar que ha regresado de París y se ha perdido en el interior de la Argentina. Por supuesto, la figura de Franz Kafka también está presente aquí: situaciones aparentemente normales en las que sus protagonistas actúan de un modo inusual, atrapados por algunos de sus miedos interiores, observando la realidad desde ángulos distorsionados.

Es curioso observar hasta qué punto cada uno de estos cuentos juega con la extrañeza y lo fantástico. El primero, Irman, podía ser un cuento de extrañeza ante lo real; de comportamientos de los personajes y situaciones inusuales en un contexto realista. Pero el segundo cuento, Mujeres desesperadas, también de ambiente rural, se adentra ya más en el territorio de lo fantástico. Una mujer recién casada es abandonada por su marido, cuando éste para el coche para que pueda ir a un baño. La mujer, con su vestido de novia se sienta a mirar la carretera, esperando que su marido regrese. Una mujer más mayor le dice que se ha ido para siempre, que todos hacen lo mismo. Desde la oscuridad cada vez más honda del campo empiezan a surgir voces airadas de mujeres que también fueron abandonadas, presencias más fantasmales que reales. Se establece un diálogo a voces entre las dos primeras mujeres y el resto, que parecen acercarse a ellas de forma agresiva, sin mostrar su presencia tangible. Éste es un cuento de ambiente amenazante, sugerente, más potente que el anterior. Con Mujeres desesperadas ya estoy de lleno dentro del universo Schweblin.
Cuando termino el cuento En la estapa: sobre una pareja que vive ahora en el campo, preocupada por la fertilidad (se nos dice) y que sale de noche a cazar “eso”, conoce a otra pareja que ya tiene “eso” y son invitados a su casa, donde la primera pareja desea todo el rato poder ver “eso”, algo que se demora para chocar luego con sus expectativas, el lector ya comprende que los cuentos de Schweblin tienen un aire onírico. Sin decirlo nunca “eso” es posiblemente la búsqueda del hijo, aunque, de forma expresionista, se salga con linterna y red a cazarlo al campo. Y la conclusión puede ser la angustia ante las enfermedades o malformaciones con que pueda llegar este hijo. En la estepa se crea una atmósfera propia de las pesadillas, igual que Mujeres desesperadas también podía describir el ambiente de otra pesadilla, que nos desvela el miedo de una mujer a ser abandonada. En el cuento que da título al libro, Pájaros en la boca, un hombre recibe la llamada de su exmujer para que pase por su casa a recoger a la hija adolescente de ambos. El hombre descubre, no sin horror en esta ocasión, que su hija se alimenta ahora de pájaros que engulle vivos. La escenificación de otra pesadilla: el miedo al crecimiento de los hijos, alejados cada vez más de sus padres.

Esta forma de narrar historias, jugando con el subconsciente, con lo onírico, me ha recordado a los planteamientos de la cuentista española Marina Perezagua, también de la generación de Schweblin. Una diferencia importante es que en muchos casos, Perezagua se adentra en el territorio de lo puramente fantástico y Schweblin se sitúa más cerca del realismo; además de que el estilo de Perezagua es más lírico y el de Schweblin es más seco, más directo y contundente.

Sin embargo, existen cuentos en Pájaros en la boca que cumplirían con los parámetros del realismo, y que, ciertamente, se han convertido en algunos de mis favoritos del conjunto: hablo de Cabezas contra el asfalto, que nos acerca a un pintor bastante ensimismado con su exitosa obra pero con problemas sociales para relacionarse con los demás, cuyo comportamiento podría rozar la locura, pero que, en cualquier caso, se mantiene dentro del realismo. Matar un perro es un cuento contundente, una breve narración, que podríamos encuadrar dentro del género negro; además, para mayor variedad, es una historia puramente de ciudad. Un cuento intenso, brillante. En La medida de las cosas los problemas mentales también podrían explicar de forma realista lo que ocurre en una juguetería de un pueblo de Argentina. Papá Noel duerme en casa me ha parecido el cuento más clásico del conjunto, de forma elusiva un adulto evoca un hecho de su niñez que tiene que ver con la distancia creada entre sus padres.

En otros cuentos el uso de lo fantástico es más que evidente: en Hacia la alegre civilización, un oficinista de la ciudad queda atrapado en la estación de ferrocarril de un pueblo porque el ferroviario nunca da la señal para parar el tren. “Hace años que viajo en este tren, pero hoy al fin he logrado llegar.”, dice alguien en la página 97.
Conservas, donde gracias a unas pastillas se puede invertir un embarazo (nuevo miedo onírico), roza casi la ciencia ficción.

Quizás a Pájaros en la boca se le podría achacar un uso excesivo del recurso de la extrañeza ante las situaciones planteadas, que en algún caso, cuando el cuento está menos conseguido que otros ya leídos, crea en el lector una sensación de repetición. Pero ahora que estoy escrito esta reseña e intento reflexionar sobre las tonalidades de las narraciones leídas, desde su realismo puro (Matar un perro) hasta el cuento fantástico (Hacia la alegre civilización), pasando por la extrañeza onírica (En la estepa), me parece que sí que es un libro de bastantes registros y tonos, con muchos relatos destacables.

La hora de los monos de Federico Falco, otro joven escritor de cuentos también situados en el interior de Argentina, tal vez me deslumbró más, por sus argumentos sorprendentes (que jugaban también con el realismo y lo fantástico) y la belleza de las imágenes creadas y el lenguaje empleado para ello, pero desde luego Pájaros en la boca es un libro de cuentos que ha de satisfacer a cualquier aficionado al género, interesado en sus formas de renovación. Así que, aficionados al cuento, tengan presentes a estos cuentistas argentinos nacidos en la década del 70, como renovadores del género: Federico Falco y Samanta Schweblin. Y si hablamos de España, anoten también a Marina Perezagua, que practica un tipo de escritura emparentada con la de los anteriores.

jueves, 21 de mayo de 2015

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, por Kurt Vonnegut

Editorial Malpaso. 118 páginas. 1ª edición de 2014.
Traducción de Ramón de España
Selección en introducción de Dan Wakefield

Ya comenté hace unos días que la editorial Malpaso me envió los dos libros de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) que han editado, el de relatos La cartera del cretino y éste que comento hoy –qué gran título, por cierto-, Que levante mi mano quien crea en la telequinesis. Un libro que no deja de ser curioso, ya que en él están recogidos algunos de los discursos que dio Vonnegut, principalmente en universidades norteamericanas, siendo contratado para despedir a los recién graduados de ese año. El conjunto incluye ocho discursos dados en universidades a recién graduados y uno más pronunciado con ocasión del premio Carl Sandburg, que parece funcionar por contraste con los otros, ya que su tema es No te aflijas si nunca fuiste a la universidad. Para terminar el volumen nos encontramos con algunos aforismos de Vonnegut (entre ellos el que da título al libro).

Dan Wakefield, que fue amigo de Vonnegut, escribe el prólogo, y, teniendo en cuenta las páginas que el lector se encontrará más tarde, se deja contagiar por el estilo humorístico de su amigo. En el prólogo nos encontramos ya con alguna anécdota divertida sobre el carácter de Vonnegut: “Estaba orgulloso de la educación recibida en el instituto de Shortridge, donde había trabajado para el periódico escolar, The Daily Echo, como al cabo de una década hice yo también. Cuando un entrevistador le preguntó: «¿De dónde saca usted ideas tan radicales?», Kurt le respondió, orgulloso y sin dudarlo: «De la escuela pública de Indianápolis».
Wakefield nos cuenta también que cuando Vonnegut ya se había convertido en un escritor reconocido recibía bastantes encargos para pronunciar discursos de graduación en universidades, pero mientras que otros colegas solían tener un discurso preparado y simplemente cambiaban el nombre de la universidad, Vonnegut elaboraba cada vez uno nuevo.

Es cierto que todos los discursos recogidos en este libro son diferentes pero reflejan algunas obsesiones y referentes comunes. En realidad las páginas que el lector se va a encontrar en Que levante mi mano quien crea en la telequinesis guardan bastante relación con el pequeño ensayo titulado El último de Tasmania que aparece en La cartera del idiota.

Como ya hiciera en su mítica novela Matedero cinco, Vonnegut dedica bastantes palabras en sus charlas a universitarios a prevenirles contra los males de la guerra. El discurso más antiguo es de 1978 y el más moderno de 2004; abundan las fechas de finales de los 90 y principios del siglo XXI. Normalmente, cuando pronuncia sus palabras ante personas de poco más de veinte años, Vonnegut ha pasado ya los setenta años de vida y en algún caso los ochenta. Vonnegut está de vuelta ya en estos discursos y no tiene demasiados problemas en hablar bastante claro a las nuevas generaciones: alguien os dirá que necesitáis ritos de paso para convertíos en adultos, a las chicas os dirán que os convertiréis en mujeres cuando tengáis un hijo y a los chicos cuando vayáis a la guerra. No tenéis que creerles, sobre todo con lo de ir a la guerra como rito de paso, y para reafirmar sus palabras maldice a uno de sus tíos de Indianápolis, que era de esta opinión, y ensalza a otro de ellos, que invitaba a todo el mundo a disfrutar de los placeres sencillos de la vida, como sentarse debajo de un árbol a beber limonada, y a celebrar esa felicidad en voz alta.
Las guerras de las que hablará irán desde la II Guerra Mundial –en la que él combatió-, pasará por la de Vietnam, y llegarán hasta las Guerras del Golfo.

Jesucristo le interesa, pero principalmente su lado humano. Para él si fue o no el hijo de un Dios es irrelevante frente a su mensaje de acercamiento entre los hombres. En casi todos los textos, Vonnegut acaba haciendo referencia al Sermón de la Montaña: la mirada compasiva hacia los demás debería dirigir nuestros actos. Incluso al simpático abuelo Vonnegut le da tiempo a despotricar más de una vez contra el aislamiento al que nos puede conducir internet.

Creo que lo mejor será reproducir algunas de las palabras de Vonnegut:

“Puede que algunos sepáis que soy un humanista, un librepensador, como lo fueron mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos… Por consiguiente, no soy cristiano. Y siendo un humanista honro a mi madre y a mi padre, conducta que está muy bien según nos dice la Biblia.
Pero os digo en nombre de mis antepasados americanos: si lo que dijo Jesús estaba bien (y gran parte de ello era de una extraordinaria hermosura), ¿qué más da si era o no era Dios?
Si Cristo no hubiera pronunciado el Sermón de la Montaña, con su mensaje de piedad y compasión, yo ni siquiera desearía ser humano.” (pág. 33)

“Cuantos de vosotros habéis tenido un profesor, en cualquier fase de vuestra educación, que os haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubierais creído posible?
Levantad la mano, por favor.
Ahora bajadla y decidle el nombre de ese maestro a otra persona y explicadle lo que el maestro hizo por vosotros.
¿Ya está?
Pues no me digáis que esto no es bonito.” (pág. 41-42)

“Os confiaré lo que otro matusalén me dijo. Se trata de Joe Heller, el autor, como ya sabéis, de Trampa 22. Estábamos en una fiesta ofrecida por un multimillonario en Long Island y yo le pregunté: «Joe, ¿qué sientes al darte cuenta de que nuestro anfitrión probablemente ganó ayer más dinero que el recaudado por tu novela, uno de los libros más populares de todos los tiempos, a lo largo de los últimos cuarenta años».
Y Joe replicó: «Pero yo poseo algo que él nunca tendrá».
«¿A qué te refieres, Joe», le pregunté.
Y él me dijo: «La tranquilidad de saber que tengo bastante». (pág. 45-46)

“Ya sé que no existe la más mínima posibilidad de que América se convierta en humanista y razonable. Ello se debe a que el poder nos corrompe y a que el poder absoluto nos corrompe por completo. Los seres humanos son chimpancés borrachos de poder. Yo mismo he experimentado esa intoxicación: llegué a cabo en el ejército.
Al decir que nuestros líderes son chimpancés embriagados por el poder, ¿acaso me arriesgo a minar la moral de esos hombres y esas mujeres que combaten y mueren en Oriente Medio. Su moral, como muchos de nuestros cuerpos, ya está hecha añicos. Se les trata, a diferencia de a mí, como los juguetes que le caen a un niño rico por Navidad.
Pero dejarme decir algo.
Por corruptos y codiciosos que puedan llegar a ser el Gobierno y las grandes empresas y los medios de comunicación y Wall Street y las organizaciones religiosas y caritativas, la música siempre será maravillosamente perfecta.” (pág. 61-61, discurso pronunciado en 2004, cuando Kurt Vonnegut tenía ya más de ochenta años).


Que levante la mano quien crea en la telequinesis me ha parecido (pese a alguna inevitable repetición de ideas entre un discurso y otro) un conjunto de textos bastantes simpáticos, donde Kurt Vonnegut se muestra como un hombre afable, un humanista preocupado por el mundo en el que vive, celebrador del arte y del humor. Una de esas personas a las que uno le gustaría tener como amigo.

domingo, 17 de mayo de 2015

La cartera del cretino, por Kurt Vonnegut

Editorial Malpaso. 143 páginas. 1ª edición de 2013.
Traducción de Ramón de España

Hace unos meses me contacto Belén Feduchi, directora de prensa y comunicaciones de la editorial Malpaso, para mostrarme, a través del correo electrónico las novedades de la editorial. Cambiamos algunos correos y quedamos en que me enviaría los dos libros que han editado de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) para que los comentara en el blog. Por aquel entonces, yo había sacado dos libros de Vonnegut de la biblioteca –Las sirenas de Titán y Galápagos-. Al final leí el primero y acabé devolviendo el segundo sin leerlo. Las sirenas de Titán, como ya comenté en su día, me pareció que estaba bien, pero no acabé de conectar con la propuesta de la novela. Y me empecé a preguntar si había acertado al pedirle a Malpaso –que tan dirigentes fueron en su envío de libros a mi casa- los de Vonnegut y no haber pedido los de otro autor para estrenarme con la editorial.

El caso es que después de Las sirenas de Titán he dejado pasar unos meses hasta que me he puesto con los libros de Vonnegut que me envió Malpaso; me estaba entrando ya cargo de conciencia. Pero, por otro lado, creo que la espera ha sido beneficiosa: he encontrado un gran momento para acercarme a estos libros, que he disfrutado bastante.

La cartera del cretino está formado por seis cuentos inéditos, un ensayo y un cuento final de ciencia ficción (o tal vez el comienzo de una novela) inacabado. No estoy seguro (he mirado alguna página en inglés) si Vonnegut estaba trabajando en este libro cuando murió o son descartes de otros libros de cuentos reunidos en este volumen tras su muerte.

Leo el primer cuento -Entre tibio y Tombuctú- y por el tono me resulta una narración juvenil, un cuento de terror bastante romántico sobre un joven pintor que ha perdido a su mujer y la añora tanto como para intentar morir en vida y de este modo acercarse a ella. El protagonista ha rescatado a un pescador de un lago helado que –en presencia de un doctor incrédulo- dice que ha visto su vida pasar ante él. El pintor querrá reproducir una experiencia similar para acercarse a su pasado y así a su esposa. Entre tibio y Tombuctú me ha recordado a alguna narración de corte macabro de Roald Dahl. Este cuento acaba siendo bastante previsible, aunque, por otro lado no deja de ser simpático.

El libro mejora bastante en la segunda narración, titulada Roma. En ella nos acercamos a un grupo de teatro aficionado y al estilo irónico, descreído y juguetón que uno espera de un escritor con tanta fama de irreverente como Kurt Vonnegut. De él, además de dos novelas (Matadero 5 y Las sirenas de Titán) había leído un cuento en la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford, titulado Bienvenido a la jaula de los monos. Lo cierto es que los primeros seis cuentos de este libro se mantienen dentro de los cauces del realismo, pero el tono desenfadado y humorístico de Roma se parecía mucho más a Bienvenido a la jaula de los monos que Entre tibio y Tombuctú.
En Roma nos encontramos con un cuento muy ajustado a la tradición del relato norteamericana, esa tradición realista que crea un contraste entre la impostura y la ingenuidad. La ingenua es Melody, una chica que ha sido enviada al pueblo de la costa en el que se encuentra nuestra compañía teatral de aficionados por su padre, desde un pueblo del interior (en Oklahoma). En este contraste establecido entre Melody y su padre transcurre el relato:
“-Papá dice que besarse en público es lo más asqueroso que hay.
El hombre que le había dicho eso estaba imputado por un timo de seis millones de dólares a sus vecinos y a su país.” (pág. 30)
Quizás el final de esta narración sea un tanto exagerando, un tanto vodevilesco, pero Roma es una narración muy fresca, muy disfrutable.

Paraíso junto al río es una narración de tono más delicado que transcurre en el interior del país, que muestra la relación entre un chico y una chica, una relación más que ambigua. Un relato más corto que los anteriores que, aunque quizás abusa un poco del efecto sorpresa del final, se lee con mucho agrado.

La cartera del cretino es el cuarto relato y el que da título al libro. Quizás en el título original (Sucker's Portfolio) queda más claro de qué clase de cartera estamos hablando: de una cartera de inversión, y el narrador no es otro que un bróker, un buen hombre preocupado por uno de sus clientes, un joven, cuyos padres adoptivos –que contrataron a nuestro bróker para dejar una herencia a su hijo- se involucra en los asuntos del joven, quien desea liquidar con prontitud su cartera de valores. Otra narración muy solvente, de carácter muy clásico dentro de la tradición norteamericana.

Señorita Snow, está usted despedida nos acerca a una oficina norteamericana, posiblemente de los años 50 o 60, con sus relaciones viciadas, su machismo y su condescendencia hacia la mujer (un aire muy de la serie Mad men recorre este cuento). El tono es irónico, y quizás le ocurre lo mismo que a Roma, que su final, un tanto inverosímil por exagerado, resta un poco de credibilidad al cuento en la última página. Aun así no deja de ser una composición agradable.

París, Francia también sería una narración clásica dentro de la tradición del relato norteamericano: la de los norteamericanos en Europa. Dos parejas de diferentes generaciones (unos de 37 años y los otros de unos 65) se conocen en un tren que les lleva desde Inglaterra hasta París. En el mismo compartimento entrará también otra chica norteamericana muy joven, acompañada de un seductor joven europeo. Después de tres días recorriendo París volverán a encontrarse en el tren de vuelta a Inglaterra. Pese a lo forzado de las casualidades (las tres parejas que se encuentran en el tren saben que van a regresar juntas a Inglaterra), la estructura del cuento me gusta: en su reducido número de páginas casi se desarrolla una novela en miniatura. En la última página todavía tendremos tiempo de conocer la historia de un francés que va de viaje a Londres, y el destino de este último personaje ha creado para mí un poético cierre de relato.

El último de Tasmania es un ensayo escrito en 1992. No es un ensayo muy serio o sesudo, más bien parecen unos apuntes o divagaciones sobre temas diversos que van saltando de una cosa a otra y cuyo hilo conductor parece ser el centenario del descubrimiento de América por los europeos. Que esto no sea serio o sesudo no quiere decir que no sea divertido y simpático de leer. El humor irreverente de Vonnegut tiene en estas páginas rienda suelta. Los temas principales que recorren estas páginas serían: la violencia fundacional de los Estados Unidos -en la que la figura de Cristobal Colón no sale precisamente muy bien parada-, el exterminio de los indios o la esclavitud de los negros. Vonnegut parece querer distanciarse de esto contándonos que él es norteamericano, pero también alemán, y que su familia, en cuarta generación, proviene de Europa y llegó a América en un momento en el que la violencia fundacional parecía haber quedado ya atrás. Se lamenta también de las guerras, sobre todo de la II Guerra Mundial: “Debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.” (pág. 109).
La televisión tampoco parece gustarle mucho a Vonnegut, y no deja de reflexionar sobre la acumulación de residuos y el agotamiento de los recursos naturales.

El último texto incluido en este volumen es un relato –o comienzo de novela- de ciencia ficción inacabado, cuyo título es La ciudad robot y el señor Caslow. La verdad es que las páginas que se pueden leer tienen fuerza y prometían. Una pena que no podamos seguir y que Vonnegut dejara el texto con una frase a medias.


Como conclusión final apuntaré que considero que ha sido un acierto dejar pasar unos meses entre Las sirenas de titán y estos otros dos libros de Vonnegut, porque ahora, al leer estos dos libros de Malpaso (ya estoy acabando el de Que levante mi mano quien crea en la telequinesis) me he encontrado a gusto con Kurt Vonnegut y me he divertido bastante con su humanismo cercano y su humor socarrón.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Archivo Bolaño en el Matadero de Madrid

El pasado sábado por la tarde, mi novia y yo nos acercamos al Matadero de Madrid (metro Legazpi) para ver la exposición Archivo Bolaño.

En una sala bastante grande, compartimentada con paneles, se exponían fotografías de Roberto Bolaño, combinadas con vídeos donde una cámara fija mostraba la calle del Loro, donde vivía en Blanes, o en la calle Tallers, donde vivió en Barcelona.
Había visto bastantes fotos, pero no todas. No sólo había fotos de Bolaño en solitario, sino que también había otras en las que aparecía con los poetas infrarrealistas, en los que se basó para crear a los personajes de Los detectives salvajes.

Las paredes también estaban adornadas con poemas, y en un vídeo se mostraban los dibujos finales de Los detectives salvajes, con esas adivinanzas sobre mexicanos con sombreros (recordaba casi todas antes de que aparecieran en las imágenes).

Vídeo que proyecta los dibujos finales de Los detectives salvajes


En algún ordenador se podían ver escaneadas páginas de periódicos con entrevistas a Bolaño.

Creo que lo que más me gustó fue poder asomarme sobre unas vitrinas en las que estaban expuestos sus manuscritos: cuadernos en los que Bolaño hacía anotaciones para poemas, poemas acabados, o daba continuidad a diarios. También había alguna página mecanografiada de algún cuento inédito, que pude leer y me que pareció que sonaba muy bien.



Me gustó poder ver una primera edición de la antología poética Muchachos desnudos bajo el arco iris de fuego, publicada en México en 1979, donde publicaron los poetas infrarrealistas, entre ellos Roberto Bolaño, Bruno Montané o Mario Santiago, algunos de los trasuntos de los personajes de Los detectives salvajes.
¿Cuándo se decidirá algún editor español a reeditar este libro en España?

Vi una primera edición de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, el primer libro publicado de Roberto Bolaño, por Anthropos en 1984. Y lo primero que pensé fue: mi primera edición está más nueva.

No tenían ninguna primera edición de La pista de hielo, editado por el ayuntamiento de Alcalá de Henares en 1993. Tal vez deberían haberme consultado al hacer la exposición: podía haberles prestado ese libro, lo tengo nuevo, con marcapáginas conmemorativo incluido.

Algún cuaderno parecía contener la copia manuscrita de alguna novela inédita.

No sé, la verdad, por qué todo este material inédito sigue sin ser publicado. Imagino que unos diarios de Bolaño tendrían su público, o esas novelas de juventud escritas en cuadernos.

Teclado de ordenador y gafas de Bolaño


En cierto modo me dio un poco de pena haber leído ya toda su obra editada y no tener nada nuevo que leer de él.
Creo que debería acercarme a algún libro para releerlo, como ya he hecho con Los detectives salvajes y Estrella distante. O tal vez leer Bolaño salvaje, esa compilación de pequeños ensayos que escribieron algunos escritores amigos de Bolaño cuando murió.

He de volver a Bolaño, o he de reencontrarme con el joven que fui leyendo por primera vez a Bolaño y sintiendo el deslumbramiento.


La exposición sigue abierta en el Matadero de Madrid hasta que finalice el mes de mayo.

domingo, 10 de mayo de 2015

Sumisión, por Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 281 páginas. 1ª edición de 2015.
Traducción de Joan Riambau

En los últimos meses he comentado dos libros más de Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, departamento de Ultramar de Francia, 1958). Ya conté aquí que después de muchos años me reencontré con el autor al leer El mapa y el territorio (el paréntesis de Lanzarote, esa obra menor, no tiene la mayor relevancia). Cuando en enero de este año tuvo lugar en París el atentado contra la sede de Charlie Hebdo, la última portada de la revista satírica era una caricatura de Houellebecq, vestido de mago Merlín, prediciendo el futuro de Francia en su última novela, que era –extrañamente- el de que un partido musulmán llegue al poder en las elecciones de 2022.

Desde ese momento empecé a sentir curiosidad por esa novela, curiosidad que, en cierto modo, me condujo a leer primero El mapa y el territorio. Sin embargo, no mucho después de la publicación en Francia de Sumisión leí en algún muro de Facebook alguna crítica no demasiado favorable del libro de personas que lo habían leído en francés, para recibir no mucho después algunos comentarios más favorables. Mi curiosidad se acrecentó y no he podido resistirme a comprarlo en cuanto salió como novedad en La Casa del Libro de Goya.

He tardado cuatro días en acabarlo, lo cierto es que ha sido una lectura bastante adictiva.
François, el narrador de la novela, es un profesor universitario de cuarenta y cuatro años. Dedicó gran parte de su juventud (siete años) a preparar su monumental tesis universitaria sobre  Joris-Karl Huysmans, un escritor del siglo XIX, de gran pesimismo (apunta la wikipedia), que empezó como naturalista para –a la misma edad de François- convertirse al catolicismo y acabar su vida en un convento.

Como ya estamos acostumbrados por sus otras novelas, el narrador de Sumisión es el clásico personaje de Houellebecq, un hombre de mediana edad que acaba siendo un trasunto más de su autor. Una de sus amantes, acusándole de machista, pregunta a François: “Estás a favor del patriarcado, ¿verdad?”, y él contesta: “Sabes que no estoy « a favor de nada»”. François es un nihilista, un hombre frío, que acude a la universidad de la Sorbona a dar una contadas clases de literatura (puede llegar a agruparlas todas en un único día a la semana), por un salario alto, que mantiene relaciones corteses con algunos de sus colegas académicos y que es infeliz, como si la infelicidad fuese el estado natural del alma. Es hijo único y hace años que no ve a sus padres divorciados, las referencias a su familia aparecerán en el libro muy cerca ya del final. François ha mantenido relaciones con mujeres de su edad durante la juventud, relaciones no excesivamente duraderas, porque normalmente ellas conocían a “alguien especial”, que parece ser un eufemismo de alguien con capacidad para involucrarse en una relación. Desde hace años, François mantiene relaciones sexuales con sus alumnas universitarias, a la razón de una al año. Cuando finaliza el curso suele cortar él la relación. Durante el último curso universitario estuvo saliendo con la joven judia Myriam y ya avanzado el presente curso, durante el tiempo narrativo de la novela, no parece encontrarle sustituto. François tiene, ya lo apunté, cuarenta y cuatro años y Myriam veintidós.
Como ocurre en otras novelas de Houellebecq, Myriam es la joven deseable, activa, alegre, con iniciativa que se interesa por el hombre mayor, apático e intelectual. El equivalente de Myriam en Las partículas elementales sería la rusa Olga, personajes que parecen actuar como proyección del inconsciente de Houellebecq.

François, como buen personaje de Houellebecq, no cree en la familia ni en una relación de pareja estable: el amor de pareja le parece algo propio de la decadencia física, la relación íntima con la mujer parte del deseo, y este deseo siempre está enfocado sobre el cuerpo joven, vigoroso. En este sentido, leemos de forma explícita en la página 36: “El amor en el hombre no es más que agradecimiento por el placer que se le ha dado.” Sin embargo, François nunca parece minusvalorar a la mujer desde un punto de vista intelectual; habla con colegas de la universidad masculinos o femeninos, incluso parece sentir más simpatía por alguna compañera, por la que no siente ninguna atracción sexual, que por sus colegas masculinos. Pero, en cualquier caso, no parece disfrutar mucho de la compañía de otros seres humanos. Myriam es la mujer que más placer le ha dado nunca, y por tanto hacia la que ha sentido más amor. Pero, aunque Myriam vaya a irse de su lado, no será capaz de intentar convivir con ella, porque sabe que eso matará el interés por el sexo y por tanto el amor, y ya no podrá disfrutar de su soledad.
Esta visión de la mujer o de la sexualidad de François, que puede estar cerca del machismo, es importante en la trama: cuando tenga que analizar los preceptos del islam que la Hermandad Musulmana pretende imponer en Francia (entre otras cosas la poligamia, que implica bodas de hombres poderosos con hasta cuatro jóvenes), su propia constitución mental hará que no sienta el nuevo orden tan lejano de sus deseos internos.

La novela comienza con algunas reflexiones sobre la literatura y los estudios literarios que me han interesado mucho. De hecho, ni siquiera sabía quién era Huysmans, el autor a quién François debe su reconocimiento académico. En este sentido me gusta esta reflexión de la página 13: “Sólo la literatura puede proporcionar esa sensación de contacto con otra mente humana, con la integridad de esa mente, con sus debilidades y sus grandezas, sus limitaciones, sus miserias, sus obsesiones, sus creencias: con todo cuanto la emociona, interesa, excita o repugna.” François habla de Huysmans, pero el lector siente que Houellebecq también está hablando de sí mismo. La sensación de estar acercándonos siempre a la persona que escribe es muy fuerte en Houellebecq y sus obsesiones van saltando de un libro a otro; en cualquier de sus obras siempre estamos ante Houellebecq, apenas disimulado por un narrador u otro (un pintor, un profesor de universidad…), pero las obsesiones de Houellebecq son tan hondas que siempre consigue renovar, desde distintos enfoques, su análisis de su entorno: la sociedad europea es decadente (a las personas no les interesan las familias, sólo el placer. En la sociedad moderna los padres ya no tienen nada que transmite a sus hijos, una idea que aparece en Sumisión y que también recuerdo de Las partículas elementales); y en esta novela la sociedad europea se contrapone a la musulmana, en plena expansión (el análisis entre las dos culturas es muy nietzschano).

“Me sentía tan politizado como una toalla de baño”, afirma François en la página 38, aunque sabe que muchos hombres adultos se interesan por ella (además de por el deporte y la guerra), y como profesor universitario de salario alto no ha llegado a creer nunca que los cambios políticos puedan afectarle. Pero, tal vez, en las próximas elecciones de 2022 la situación cambie: el Frente Nacional de Marine Le Pen ha obtenido más o menos el 50% de los votos en la primera vuelta, el resto se reparte a partes iguales entre los socialistas y el partido de la Hermandad Musulmana del carismático Mohammed Ben Abbes. Un pacto entre la Hermandad Musulmana y el Partido Socialista podría hacer que el musulmán moderado Ben Abbes se convierta en presidente de la República. Y uno de los objetivos políticos más importantes de la Hermandad Musulmana es la educación (por encima de la economía, por ejemplo).

François va a descubrir que la política no es algo tan ajeno a su vida: si la Hermandad Musulmana llegara al poder tal vez se produzca una guerra civil en Francia entre los musulmanes y los identitarios nacionalistas. En esta parte la novela va ganando en emoción (no le recomiendo al lector que lea la sinopsis del libro de Anagrama, ni muchas de las reseñas que se están escribiendo sobre este libro, porque aclaran bastante cómo es la evolución de la segunda parte de la novela), sobre todo cuando François, ante el miedo que siente por un estallido de la violencia, decide dejar París y adentrarse en el campo, al corazón de la Francia católica medieval, donde también huyo su admirado Huysmans.

Se ha acusado más de una vez a Houellebecq de provocador y de islamofóbico. Sin ir más lejos en la novela corta Lanzarote podíamos leer: “Los países árabes podían valer la pena, si uno conseguía que se desentendieran de su ridícula religión.” Ningún comentario de este estilo aparece en Sumisión: no hay aquí ninguna palabra de desprecio hacia el islam o hacia Mohammed Ben Abbes, al que siempre se presenta como un líder inteligente, moderado, capaz. Desde la frialdad de su nihilismo (“Ni siquiera me apetecía follar, en fin, sí me apetecía un poco follar, pero a la vez también me apetecía un poco morir, ya no sabía muy bien qué me apetecía, en resumidas cuentas, empezaba a sentir unas leves náuseas.”, pág. 40), François observa los cambios que se producen a su alrededor con más interés que sumisión, con más curiosidad que miedo.

Es probable (y por aquí iban las primeras críticas que leí en Facebook de los lectores que la leyeron en francés) que la primera mitad de la novela, cuando nos acercamos más al personaje (o al pensamiento de Houellebecq) sea más intensa que la segunda, donde François se diluye un tanto como ente individual para ser el vehículo que describe los cambios a los que conduce la fábula de política ficción que plantea aquí Houellebecq; una novela que más que ser una crítica al islam, platea una sutil reflexión sobre la decadencia o el auge de las civilizaciones. 
También es cierto que la trama abusa de las casualidades: justo el marido de una compañera de la universidad de François es un espía del gobierno que pone al día a nuestro narrador (y de paso al lector) de todos los entresijos políticos que necesita saber. Hacia el final, este personaje vuelve a aparecer en la novela (de forma bastante casual de nuevo) para darnos más información relevante. Y otro asunto sería saber si realmente las mujeres francesas de 2022 aceptarían de forma tan rápida la sumisión al patriarcado que aquí se propone. Lo cierto es que yo leía el libro con interés, sin exigirle un exceso de verosimilitud, entendiendo el texto más de un modo expresionista (al estilo de las relaciones kafkianas: alguien no puede llegar al castillo y el lector se convence de que esto es así), porque las punzantes reflexiones sociológicas -al igual que ocurría con El mapa y el territorio- captaban mi  atención (aunque es cierto que podemos cuestionar aquí la pericia novelística del autor). Sin ser deslumbrante, pero sí efectiva, un tono crepuscular y poético impregna cada vez más la prosa de madurez de Houellebecq.
No me ha importado demasiado el posible bajón de tensión narrativa de la segunda mitad o las posibles inverosimilitudes de la trama, porque, aunque el personaje se diluye un tanto a favor del contexto (un contexto expresionista, un tanto irreal), las reflexiones sobre la sociedad que expone aquí Houellebecq me han parecido tan interesantes que he leído todas las páginas con un gran placer.
A mí Sumisión me parece un libro más que interesante.