Editorial Alba. 426 páginas. 1ª
edición de 1909; esta de 2007.
Traducción de Marta Salís.
La primera vez que me encontré
con Jack London (San Francisco,
1876-Glen Ellen California, 1916) debió de ser leyendo alguno de mis libros de Grandes
novelas ilustradas, que –como ya he comentado en el blog– eran esos
volúmenes de tapa dura que contenían diez adaptaciones de textos clásicos
(normalmente de literatura juvenil) en treinta páginas de formato cómic. Eran
los años 80 y las novelas adaptadas debían ser posiblemente Colmillo
Blanco y La llamada de la selva. No fue, sin embargo, hasta 1995 cuando
leí alguno de los relatos de London, concretamente los dos contenidos en uno de
aquellos pequeños volúmenes de Alianza 100, titulado Por un bistec. El chinago.
Y yo, que era entonces –1995– gran admirador de Ernest Hemingway, los disfruté bastante.
Tras el pequeño libro de Alianza
100 busqué más libros de London. Si no recuerdo mal, quería comprar para las
vacaciones de Navidad de 1995 el de Martin Eden, pero en aquel momento sólo
encontré la edición de Alianza de El lobo de mar (1904). Ahora, tras
haber leído Martin Eden (un libro que
siempre tuve pendiente), sé que fue una pena que a mis veintiún años leyera El lobo de mar, un libro del que tengo
un recuerdo grato, y no Martin Eden;
porque si hubiese leído entonces Martin
Eden, ahora, a mis treinta y ocho años, ese libro habría crecido conmigo
como un referente absoluto. Leerlo en 2013 me ha gustado mucho y me ha
emocionado profundamente, pero si lo hubiera hecho en 1995 lo habría convertido
en un mito personal.
Acaba de ocurrir algo extraño:
para escribir el párrafo anterior estaba consultando el archivador en el que
llevo anotando los libros que leo desde 1986; y para buscar a Jack London me he
ido directamente a las anotaciones posteriores a marzo de 1994, cuando me
encontré con Charles Bukowski y su
novela La senda del perdedor, lo que me llevó a abandonar la ciencia-ficción
y el terror y a leer novelas más adultas.
Y estaba convencido de que mi lectura de London era posterior, y por eso he
escrito, en el párrafo anterior, que mi primera lectura de alguno de sus libros
fue ese volumen de Alianza 100. Ahora sé que estaba equivocado, aunque he
decidido dejar tal cual lo escrito más arriba: tras anotar la lectura de El lobo de mar he tratado de encontrar
la referencia a John Barleycorn. Las memorias alcohólicas (1913), y, tras
pensar que me había olvidado de anotarlo en su día, me he percatado de que lo
leí en octubre de 1993, cuando pensaba que sólo leía ciencia-ficción o terror.
Me ha resultado raro encontrarlo ahí, en esa etapa de mi vida, porque fue un
libro que me impresionó mucho, un libro que aleja definitivamente a Jack London
de la literatura juvenil, y que posiblemente prefiguró el camino para
encontrarme con Bukowski. (No quiero hablar aquí de John Barleycorn, porque lo he releído tras Martin Eden y será la reseña de la próxima semana).
El deseo de encontrarme por fin
con Martin Eden creo que se gestó en
un hotel de Boston. Cuando en el verano de 2011 viajé a Estados Unidos, me
llevé conmigo la Antología del cuento norteamericano, editada por Richard Ford; y una noche en Boston leí
de un tirón el relato El fuego de la hoguera: un gran
relato que releí el verano de 2012, al encontrármelo de nuevo en la antología Pioneros,
Cuentos norteamericanos del siglo XIX. Cuando en este mismo verano de
2012 viajé a California, y visité la Oakland natal de London, la lectura de Martin Eden fue inevitable. Me regalé
por Reyes el libro a mí mismo en la cuidada edición de Alba.
Martin Eden es un joven de veinte
años, marinero de profesión, que de forma casual conoce a otro joven de clase
social superior a la suya porque le
salva de una pelea. Este último le invitará a cenar en su casa, donde Eden,
sintiéndose profundamente torpe, se encontrará con la hermana del joven, Ruth. Ruth
es una joven de veintitrés años, muy culta, de la que Martin Eden se enamorará
perdidamente. Con la idea secreta de ser digno del amor de Ruth, Eden toma la
decisión de conquistar el mundo de la cultura y de las ideas que le ha sido
negado por su entorno pobre: es huérfano y empezó a trabajar a los once años.
“Allí estaba la vida intelectual, pensó, y allí estaba la belleza... mucho más
cálida y maravillosa de lo que él nunca había soñado. Se olvidó de sí mismo y
miró a la joven con ojos hambrientos. Allí había algo por lo que vivir, algo
que ganar, algo por lo que luchar...” (pág. 19).
Martin Eden, a pesar de su
tosquedad, es un joven inteligente y decidido, que ya ha disfrutado de los libros
de la biblioteca pública. Allí seguirá acudiendo para intentar mejorar su
formación en campos como la literatura, la ciencia o la filosofía.
Gran parte de la trama nos
describirá esto: la lucha titánica de un chico inteligente de la calle, un
trabajador manual de escasa formación, por conquistar el mundo de la palabra y
las ideas. Martin Eden, tras sus primeros acercamientos a la cultura, sucumbe
al descabellado sueño de convertirse en un escritor de éxito para ser digno de
la refinada Ruth.
Quizás se pueda acusar al estilo
de Jack London de poco sutil; los contrastes en los que quiere que el lector se
fije están remarcados de forma obvia. Por ejemplo, en la página 49 nos
encontramos con el siguiente párrafo: “A la mañana siguiente, despertó de sus
felices sueños para encontrar una atmósfera de vapores que olían a jabón y a
ropa sucia, y en la que vibraba el ruido y el ajetreo de una vida de
sacrificio. Al salir del dormitorio, oyó el chapoteo del agua, una exclamación
de ira y un bofetón con el que su hermana desahogaba su irritación en uno de
sus numerosos hijos. El alarido del niño le atravesó como un cuchillo. Era
consciente de que todo, incluso el aire que respiraba, era repulsivo y
mezquino. Cuán diferente, pensó, del ambiente de belleza y serenidad que
reinaba en la casa donde vivía Ruth. Allí todo era espiritual. En casa de su
cuñado todo era material, groseramente material”. Aunque las ideas sobre las
que London quiere incidir estén muy claramente remarcadas, la propia fuerza de
lo contado y la vehemencia con la que lo expresa acaban superando el escollo de
un posible error narrativo y hacen de este uno de los rasgos más representativos
de la obra. No hay aquí espacio para la sugerencia: una mano poderosa está
depositando palabras verdaderas sobre la página en blanco, y es tanta la fuerza
de lo contado que en muchas ocasiones es difícil no estremecerse ante ello (y
sobre todo un aprendiz de escritor. Como dije antes, qué pena no haber contado
con la compañía de Martin Eden a los veinte años).
El libro tiene un halo
profundamente romántico: el amor guía a Eden en el sacrificio, en el camino
hacia la lejana cumbre a la que aspira. “Abajo, donde él moraba, se hallaba lo
más innoble, y Martin deseaba purificarse de toda la vileza que había manchado
sus días, y alcanzar aquel reino sublime donde habitaban las clases altas”
(pág. 75).
Pero, lógicamente, Martin Eden no podría ser un gran libro,
un clásico de la literatura norteamericana, si sólo nos hablase de un chico de
la calle que consigue convertirse en un escritor de éxito espoleado por el
amor. La historia nos ofrece un giro más interesante cuando Martin Eden se alza
verdaderamente hasta alcanzar el mundo de las ideas y de la belleza, donde
creía que habitaban los burgueses, para darse cuenta de su error: “Así pensaba
y continuó pensando Martin hasta que cayó en la cuenta de que la diferencia
entre aquellos abogados, oficiales, hombres de negocios y cajeros de banco que
había conocido y los miembros de la clase obrera radicaba en los alimentos que
comían, la ropa que llevaban, los barrios donde residían. Desde luego, en todos
ellos faltaba ese algo más que encontraba en sí mismo y en los libros” (pág.
269).
Para un joven con aspiraciones
literarias, este libro debería ser como una biblia: “Vencerás a los directores
de las publicaciones, aunque te cueste treinta y tres años conseguirlo. No
puedes detenerte aquí. Tienes que seguir. Saber que hay que luchar hasta el
final” (pág. 149).
Martin Eden se encontrará muy
solo en el triunfo, rodeado de admiradores: “Valgo lo mismo que cuando nadie me
quería. Y lo que me desconcierta es por qué me quieren ahora. Está claro que no
es por mí, pues soy exactamente el mismo que antes repudiaban” (pág. 429).
Me gustaría finalizar esta
entrada con el siguiente apunte: resulta sorprendente pensar en la gran
influencia que ha tenido la figura de Jack London en la mítica literaria
norteamericana. Como el chico humilde de Oakland, el trabajador manual atado a
los catorce años a una máquina infernal, el joven delincuente (el pescador
pirata de ostras a los quince años), el marinero, el buscador de oro, el
autodidacta... marcó una de las líneas más claras de la narrativa de su país:
para ser escritor debes primero acumular experiencias, vivir, salir ahí fuera y
luego hablar sobre lo vivido. Una estela que han seguido escritores como Ernest Hemingway, Jack Kerouac, Charles
Bukowski, Tobias Wolff, o
incluso escritores latinoamericanos como Roberto
Bolaño. Todos ellos son deudores de la obra de London, que conoció las
esclavitudes de la pobreza y la riqueza, que lo vivió todo y que murió a los 40
años, dejando uno de los más bonitos cadáveres de la historia de la literatura.
Da igual que vaya a cumplir dentro
de poco treinta y nueve años, el adolescente que hay en mí opina que Martin Eden ha sido una lectura
impresionante.






