jueves, 20 de septiembre de 2012

Visita a la librería La Central de Callao


El pasado miércoles, 12 de septiembre, acudí, junto a unos amigos, a la inauguración de la librería La Central de Callao, ubicada en la calle Postigo de San Martin (la calle paralela por la derecha a Preciados según se accede a Callao desde Gran Vía).
Semanas antes mi amigo canario Samuel Rodríguez me había reenviado la invitación que le había hecho llegar La Central a su correo electrónico. Yo, aunque estoy suscrito a la página de novedades de varias editoriales, no lo estoy a las de las librerías y no la había conseguido.
Nunca he estado en la mítica La Central de Barcelona, librería de la que me han hablando muy bien muchas veces; pero me gusta, y suelo visitar, la sucursal que tienen en el museo Reina Sofía. Una librería muy bien surtida, y con una buena colección de libros de poesía y de narrativa hispanoamericana.

Había quedado con mis amigos a las 18.30 en la puerta de la Fnac en Preciados. Había cola en la calle para entrar a su sala de conciertos o de presentaciones. No sé qué evento esperaban aquellas personas, pero la Fnac debía de haber contraprogramado algo.

La apertura oficial de las puertas de La Central era a las 19.00, y a las 18.35 ya había gente haciendo cola en la puerta. Decidimos tomar unas cañas y volvimos a la calle Postigo de San Martín a las 19.30. La cola era mayor y ya había gente dentro, que se asomaban a la calle desde los balcones del segundo piso.

La presencia en la cola de escritores, editores… cuya cara me sonaba de internet, los periódicos o la solapa de los libros era notable.
Por supuesto, había gente que no hacía la cola; por supuesto, hay gente que no ha nacido para hacer colas; no vas a ser editor y conde y vas a hacer cola.

Al acercarse a la entrada, un simpático joven catalán indicaba a los que esperábamos fuera que nos colocásemos en la zona de la derecha y así dejar salir por la izquierda. Para que entrase un nuevo grupo de curiosos debía salir otro antes, a no ser que ESTUVIESES EN LA LISTA; es decir, que fueses editor, periodista, conde… Así, había gente en la calle que agitaba su invitación a todo color o su acreditación de prensa y quien incluso exhibía su invitación impresa del correo electrónico (no, chaval; esa la tenemos todos, ¿eres conde además de tener ese folio de la impresora?); y había gente que no tenía que agitar nada (como dije): su presencia corpórea servía como invitación.



En realidad, todo no dejaba de ser un poco ridículo, ¿por qué tanta gente queríamos ser los primeros en entrar en una librería que cualquier otro día se va a poder ver mejor? ¿Por qué entrar a un espacio físico saturado de gente donde vamos a tener que estar dándonos codazos para movernos?

Conseguimos meternos dentro. Una joven obsequiaba a cada visitante con una bolsa roja con el logotipo de la librería. Según se entra al edificio, lo primero que te encuentras es el bar. También hay un pequeño patio interior con un ciprés. Tomamos hacia la derecha, siguiendo el letrero de BAÑOS; veo un futbolín y unas estanterías con chocolates, pasta y tazas; un atisbo de libros: recetarios de cocina.


Vamos al baño, seguimos subiendo por un lugar donde no hay nadie hasta que un guardia de seguridad nos dice en la tercera planta que allí no podemos estar. Retrocedemos y empujamos una puerta. Damos a la zona de la librería donde está hablando Mario Vargas Llosa. No consigo verle. Encuentro más estanterías con bolsos, gomas de borrar con forma de dinosaurio, me cruzo con el hermano de Jorge Herralde. Vargas Llosa ya ha acabado de hablar. Hay gente con vasos de vino blanco; conseguimos encontrar donde los sirven. Sienta bien poder tomar algo fresco, el calor es insoportable. Aunque las ventanas están abiertas no entra casi nada de fresco, hay demasiada gente.
Observo las estanterías con libros. Están separados por el idioma de procedencia. Observo la sección de literatura hispanoamericana: parece bien surtida, con muchos títulos que hacía tiempo que no veía en una librería, con libros de importación incluso. Tomo uno: Sombras, nada más de Antonio Di Benedetto, de la editorial Adriana Hidalgo. Lo había visto sólo una vez antes, en la Casa del Libro de Gran Vía, antes del verano, y me había dicho: lo compró en septiembre. Cuando llegué ya no estaba; lo que me alegró (a alguien más que a mí le interesa Di Benedetto) pero también hizo que encontrar ese libro se tornase imprescindible.

Me gusta la selección infantil de la librería: en una esquina hay una cúpula (leo en internet que era una antigua cripta del palacete de finales del XIX donde se ubica esta librería), con un suelo muy pisado, con frescos en el techo.



Y al rato no podemos más. Hace demasiado calor. Me cuesta encontrar una caja en la que pagar mi libro de Di Benedetto. De hecho, parezco el único tipo extraño al que se le ha ocurrido comprar un libro.

Nos vamos a tomar algo.
Y así puedo decir que estuve en la inauguración de La Central de Callao. Y que no me hizo falta ni invitación para entrar. Cuando salió un grupo de gente, nos permitieron entrar a los que estábamos en la puerta y ni saqué la fotocopia del correo electrónico que llevaba en el bolsillo trasero del vaquero. Entré casi como todo un conde.
Nos fuimos a tomar algo.

Volví el domingo con mi novia, que quería ver La Central y no se apuntó el día relatado. Por supuesto, había mucha menos gente que el miércoles. Pedimos una coca-cola y una caña y nos sentamos en una mesa de madera en la zona del bar. Me gustan los detalles de las paredes: partes tomadas (imagino) del antiguo palacete, una puerta, un tablero tallado…
El calor sigue siendo insoportable; pobre camarero que nos sirvió las bebidas, como sudaba…
Subimos por las nobles escaleras de madera, a la izquierda otras escaleras parecen bajar a un sótano, en el dintel de la puerta se anuncia Garito. Estaba cerrado. Me parece que el miércoles tampoco se podía entrar, aunque yo no supe de su existencia hasta que había salido del lugar (en un momento dado me separé de mis amigos por saludar a otro amigo al que hacía mucho que no veía).

Esta vez puedo observar mejor los libros. Me gusta lo que veo, tienen muchos volúmenes de cada autor, y no como pasa en otras librerías grandes sólo cuatro ejemplares de su última obra y nada de lo anterior.
Sigue habiendo un tránsito de visitantes mayor que el de una librería normal en domingo.
Puedo ver la planta de arriba. Me gusta el efecto que crea una cristalera por la que se asome el torreón (leo en Internet que se llama cimborrio) de la cripta donde está la sección de libros infantiles descrita antes.
Me gusta que los libros en el idioma original estén junto a las obras traducidas o que tengan cuatro ediciones en editoriales diferentes del mismo libro.



Quizás, como el lugar es una antigua vivienda, el espacio a veces sea raro: se forman pasillos estrechos y las personas tienen dificultades para pasar de una estancia a otra. Las cajas están abajo y los chicos que ayudan a la búsqueda de libros están con su ordenador situados en dificultosas esquinas.

Sólo un detalle negativo: imagino que La Central no habrá hecho una inversión tan grande para fallar en algo tan sencillo como la refrigeración. No basta con abrir las ventanas, en verano el calor es excesivo, y el miércoles el malestar era normal por el gran número de personas que allí había, pero el domingo el problema se mantenía.

En conclusión: la nueva librería La Central de Callao es muy bonita y está muy bien surtida. Es toda una alegría que alguien se atreva a invertir de un modo tan potente en los tiempos que corren y en un sector en plena transformación (y/o decadencia).
Intuyo que voy a visitar con frecuencia este nuevo espacio dedicado al libro. Sigo resistiéndome al e-book y a comprar los libros a través del ordenador. Me gusta ir a las librerías de primera mano y de segunda, a las bibliotecas, me gusta salir a la calle y tocar los libros…
Y me gustaría recomendar a todo aquel que se pueda pasar por Madrid y que le gusten los libros que se acerque a visitar la nueva librería La Central de Callao.

(Nota: las fotos están tomadas de Internet)

domingo, 16 de septiembre de 2012

Un paseo literario por la costa Oeste norteamericana


En realidad, mi novia y yo no pensábamos volver este verano a Estados Unidos. Pero el año pasado, al tomar el vuelo de Madrid a Nueva York, un fallo mecánico hizo que el viaje se retrasase todo un día. Al volver a casa reclamamos a la compañía aérea y ésta nos indemnizó con dos vales por valor de 500 dólares cada uno, para vuelos en esa aerolínea y con un año de caducidad. Como en septiembre los vales iban a dejar de tener valor decidimos aprovecharlos y visitar en agosto -del 8 al 23- esta vez la costa Oeste norteamericana, volando a San Francisco (buscando el vuelo más barato: conexión Dallas).
Igual que el año pasado colgué algunas fotos en una entrada que titulé Un paseo literario por la costa Este norteamericana (ver AQUÍ), este año he decidido hacer lo mismo con la costa Oeste.

Seguramente el centro neurálgico de la vida literario en San Francisco pasa por la librería City Lights, fundada por el poeta Lawrence Ferlinghetti y lugar de reuniones de la generación Beat, a la que pertenecieron escritores y poetas como Jack Kerouac o Allen Ginsberg.
Esta es una foto de la fachada de la librería City Lights, en la céntrica avenida Columbus:



 Y éste soy yo en la primera planta de la librería:



Y en la segunda:



No compré ningún libro, tal sólo una postal en blanco y negro con una fotografía de Primo Levi. El año pasado compré en Estados Unidos 4 libros en inglés y sólo he leído uno, así que en este viaje me propuse no comprar ningún libro en inglés. Y los libros en español de City Lights se agrupaban en un espacio pequeño y sin sorpresas: eran libros en español editados en Estados unidos, algo de Gabriel García Márquez, Roberto Bolaño o Isabel Allende.

Aquí estoy en la pared del bar Vesuvio, enfrente de la puerta de City Ligths, lugar de reuniones beatnik:



Y aquí está la fachada del museo de los beatniks (donde no entré):



Dashiell Hammett vivió en San Francisco entre 1921 y 1929. El restaurante John´s Grill (Calle Ellis, 63) es uno de los pocos locales mencionados en El halcón maltés que aún siguen abiertos. Al parecer existe una sala llamada Halcón Maltés, en el segundo piso, llena de objetos relacionados con Hammett. (No entramos a John´s Grill por recordar una mala experiencia -una broma cara- en el local Harry´s de Venecia, donde paraba Ernest Hemigway). Esta es la fachada del John´s Grill:



En el grande y brumoso Golden Gate Park no encontramos por sorpresa con esta estatua de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza:




Cruzando la bahía se puede llegar a la ciudad de Oakland, de la que la escritora Gertrude Stein (que creció aquí, aunque nació en Nueva York) dijo que en ella no había nada de interés.
También es el lugar donde creció Jack London, y cerca del puerto se puede ver la cabaña donde este escritor vivió en Alaska, que se trasladó entera hasta Oakland. Es ésta:



Además, cerca, existen dos estatuas: una del propio Jack London, ésta:



Y otra de un perro, que imagino que representa a Colmillo Blanco:




Y estando en California, en la zona de la Bahía, la verdad es que yo no dejaba de pensar en el escritor Philip K. Dick, uno de los mitos de mi adolescencia, que habitó en varias ciudades o pueblos de la región, donde situó muchos de los escenarios de sus novelas de ciencia-ficción.
Así, no pude evitar cruzar el primer día del viaje el Golden Gate a pie, para ir a al pueblo de Sausalito, pensando en una de sus últimas novelas, La transmigración de Timothy Archer (de muy reciente reedición en Minotauro), que comienza así: “Barefoot dicta sus seminarios en su casa flotante de Sausalito. Cuesta cien dólares averiguar por qué estamos en la Tierra. También te dan un sándwich, pero ese día yo no tenía hambre. Acababan de matar a John Lennon y creo que sé para qué estamos en la Tierra: para descubrir que lo que más quieres te será arrebatado, probablemente por un error en un lugar elevado y no intencionadamente”.
Este primer párrafo (que me sabía de memoria) torturó algunas de mis noches de los 18 años.

En realidad, Sausalito es en la actualidad un caro pueblo residencial. Dejo algunas fotos:



Pero, como en muchas zonas de la bahía, aún se pueden encontrar restos de su pasado hippy: existe todo un barrio de casas flotantes. Imagino que en alguna de ellas era donde Barefoot dictaba sus seminarios sobre el sentido de la vida. Dejo algunas fotos:





Por supuesto, también visité Berkeley pensado en Philip K. Dick, ciudad en la que vivió de joven, y donde trabajó en una de las tiendas del recinto universitario. Así comienza el prologo de su novela Radio Libre Albemut: “En abril de 1932, un niño y sus padres esperaban en el embarcadero de Oakland, California, el transbordador de San Francisco”. Y así empieza la primera página de esta novela: “Mi amigo Nicholas Brady, quien, a su entender, contribuyó a salvar el mundo, nació en Chicago en 1928, pero después se trasladó a California. Pasó la mayor parte de su vida en Bay Area, sobre todo en Berkeley, Se acordaba de los amarraderos de metal en forma de cabezas de caballos situados frente a las casas antiguas de la parte montuosa de la ciudad, y de los Trenes Rojos eléctricos que enlazaban con los transbordadores y, en particular, de la niebla. Posteriormente, hacia los años cuarenta, la niebla había dejado de cubrir Berkeley por la noche.”

La verdad es que no vi ni los amarraderos de metal en forma de cabezas de caballo ni ningún tren rojo, y al preguntar por Philip K. Dick a los dos amables mujeres que atendían la oficina de visitas tuve (como ya me ocurrió el año pasado con H. P. Lovecraft en Providence) un vislumbre preciso de la importancia social de la literatura: nunca habían oído hablar de él.
Pero no todo estaba perdido, en una de las numerosas librerías de primera y segunda mano de la ciudad me encontré con un estante bastante bien nutrido de sus obras. Aquí estoy yo posando discretamente con un libro de Dick en la mano:



Visitamos Carmel y Monterey, y al llegar a este segundo pueblo, en su paseo marítimo, llamado Cannery Row nos encontramos con algunos motivos que recordaban que el escritor John Steinbeck (nacido en California, en el pueblo de Salinas) había publicado en 1945 una novela titulada precisamente Cannery Row.
Existe allí este busto:



Y también la figura de Steinbeck es usada como reclamo para el museo de cera (no sé si esto es mejor que lo del olvido de Philip k. Dick):




Y antes he escrito que no pensaba en este viaje comprar ningún libro en inglés, pero no así en español. Las librerías que más me han gustado en San Francisco (dejando aparte City Lights) han sido unas de segunda mano, que vendían libros donados (no sé si todos), estaban atendidas por voluntarios (por sonrientes mujeres que sobrepasaban los 70 años) y cuyos beneficios iban a parar al mantenimiento de las bibliotecas públicas. Algunas estaban ubicadas en el propio edificio de la biblioteca (como en el caso de la biblioteca central), y al menos una más en otra clase de locales (algunos públicos), como la que me pareció la mejor, la de Fort Mason, situada en una antigua instalación militar muy cerca de la costa. En esta última tenían una interesante sección de libros en español. El primer día compré la primera edición de 1998 de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño por 8 dólares. Un libro que ya tengo, en su quinta edición, pero que compré por pura mitomanía y como inversión (consultado iberlibro.com ahora sólo se ofrece una 1ª edición de este libro a 240 euros), y también compré dos libros del escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, Las muertas y Estas ruinas que ves, en las bonitas ediciones mexicanas de Joaquín Mortiz, por 4 dólares cada una.

Unos días después volví a la librería de Fort Mason con la intención de comprar Putas asesinas y Amuleto de Roberto Bolaño, que también eran la primera edición (ya tengo esos dos libros en su 1ª edición) y las vendían a 4 dólares cada una, con el descabellado propósito de revenderlas en Madrid a librerías especializadas y tal vez ganarme algunos euros (y que así se note que al fin y al cabo estudié empresariales). Pero algún inversor tenaz se había también percatado del valor de esos libros y aunque sólo había tardado tres días en decidirme, las dos primeras ediciones de Bolaño que dejé allí ya habían volado. Compré, sin embargo dos libros más de Ibargüengoita, porque estaba leyendo Las muertas y me estaba encantado; los títulos son: Maten al león y La ley de Herodes, y dejé en el estante Los pasos de López, su última novela, porque el último cuadernillo estaba despegado, y Los relámpagos de agosto, porque este último libro lo tenía ya en casa –sin leer aún- comprado de segunda mano, en la misma editorial Joaquín Mortiz. Así que de las 7 obras narrativas de Jorge Ibargüengoitia tenían en la librería de Fort Mason 6, sólo faltaba Dos crímenes.
Me acabé Las muertas y también Estas ruinas que ves, empecé a leer Maten al león y, como supongo que ya habrán adivinado, volví a Fort Mason y me compré Los pasos de López. Me dije: bueno, son sólo 4 dólares y siempre puedo pegar el último cuadernillo y además no estoy seguro de si la editorial RBA (que está rescatando la obra de Ibargüengoitia en España) lo ha sacado ya. Y de paso me compré también Bestiario del nuevamente mexicano Juan José Arreola, libro que no estaba allí en mis pasadas visitas.

Dejo unas fotos de esta librería de Fort Mason. Desde lejos (es el segundo edificio, empezando por la izquierda, de la primera foto con Golden Gate al fondo) hasta llegar a su interior:






Y querría cerrar este paseo literario con una última foto que en el futuro inspirará una novela pulp al estilo de las de Mario Levrero. Queda en ella reflejado el momento clave que dará título a la novela: El ataque de las tortugas gigantes de Chinatown:


domingo, 9 de septiembre de 2012

Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, por Maximiliano Barrientos


Editorial Periférica. 127 páginas. 1ª edición de 2011.

Yo, que sigo bastante los suplementos culturales de los periódicos (consigo reunir casi cada semana los de El país, El mundo y el ABC) y unos cuantos blogs de reseñas, diría que se ha hablado más en España del libro de relatos Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer de Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979), que de Los días más felices de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981). Ambos son amigos y pertenecen a una nueva y prometedora hornada de escritores bolivianos. País del que no llegaba nada de su producción literaria a España hasta que abrió las puertas Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) y nos mostró un panorama más que interesante.

Tenía anotado el nombre de Maximiliano Barrientos, y fue a raíz de colgar la entrada sobre Los días más felices que me apeteció comprar este libro para poder compararlos, para observar qué se está haciendo ahora en Bolivia. Así que salí de casa y me fui andando por la acera de la sombra para evitar el calor de Madrid (Nota: esta entrada está escrita en julio) hasta la Casa del libro de Goya. Como allí no lo tenían (aunque sé que estuvo hace unos meses), me crucé de acera y entré en El Corte Inglés. Estaba el libro de relatos y la novela de Barrientos Hoteles. Además en El Corte Inglés tienen ahora unos sillones y te puedes sentar a leer un rato. El aire acondicionado me convenció. Leí allí el cuento más corto del libro, el segundo, luego lo compré e intrépidamente volví a salir a la calle.

Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer está formado por 5 cuentos. El primero, Primeras canciones, es el más extenso y posiblemente el mejor. De hecho, me atrevería a decir que en Primeras canciones ya están sobre la mesa todos los temas sobre los que va a hablar en este libro Barrientos. El comienzo: “Si hubiera una cámara de seguridad en el baño se los vería desnudos. Chicos recién salidos de colegio, él tiene dieciocho y ella diecinueve. Ninguno de los dos sabe que se harán mucho daño” (pág. 11), me ha recordado al comienzo de la novela Bonsái del chileno Alejandro Zambra: Primeras canciones también parece una novela en miniatura (en la que se nos habla de estos dos chicos, y también de un amplio círculo de personas: padres, amigos…) y el narrador también nos va adelantando los sucesos que van a acontecer. Recordemos el comienzo de Bonsái: “Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia”.

El tema principal de este libro de Barrientos es el paso del tiempo, el momento en que uno empieza a entender que está dejando (o ha dejado ya) atrás la juventud; así que más o menos los personajes de estos relatos están pasando de sus 20 años a sus 30, y están empezando a dejar atrás muchos de sus sueños de juventud. Casi todos los personajes de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer han formado parte de una banda de rock o lo han deseado.

Me ha llamado la atención de Primeras canciones cómo el narrador interviene en lo contado; por ejemplo, así presenta al personaje del chico, Saúl Hernández: “Véanlo a los dieciocho años, todavía no conoce a la chica. Véanlo en su cama dormido. Es sábado, no tiene clases, anoche bebió, y cuando despierte irá al baño y se colgará del grifo porque tendrá la garganta incendiada. Sentirá mareos, vomitará a los pies de la cama. Faltan cinco minutos para que eso suceda” (pág. 13).

Y me ha gustado también otro recurso: hacia el final una nota a pie de página nos adelanta varios años la escena contada (los saltos son constantes en el tiempo), y el contraste con la escena que transcurre en la página normal le da al final del relato un logrado toque melancólico.

De los 5 relatos he leído los 3 primeros dos veces, y esto me ha llevado a darme cuenta de que las historias estaban más conectadas de lo que pesaba. Además de los dos últimos, que comparten personajes y la relación es clara, existen otras confluencias: en Primeras canciones los protagonistas toman algo en un bar llamado Irish: “Véanlos tomando un café en el Irish” (pág. 24). En el tercer cuento, Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, los protagonistas comparten espacio: “El bar era el Irish” (pág. 63). Lo acabo de buscar en google: el Irish pub existe en la ciudad de Santa Cruz (ver AQUÍ). En esta página existe además un mapa de la ciudad que me ha hecho comprender un localismo del texto que no tenía nada claro: los personajes se mueven del “primer anillo” al “segundo anillo”, y ya veo en google esas carreteras que van recorriendo la ciudad y que por lógica se han de llamar allí anillos.

Así que, como ocurre con Juan José Saer y su Santa Fe, en las historias de Barrientos existe también una unidad de lugar, que sería su ciudad natal, Santa Cruz de la Sierra.
Además diría que la clase social reflejada es la media-alta o alta de la ciudad. Así queda descrita una casa en el primer cuento: “La casa tiene una piscina enorme donde la mayor parte de los invitados terminará la fiesta cuando amanezca. Véanlos ahora mientras bailan. A nadie se le ha muerto la hermana o ninguna novia les ha susurrado que ya no los quiere. Nadie ha tenido que cambiar de ciudad o dejar la universidad. Muchos ni siquiera trabajan, viven en las casas de sus padres, duermen hasta el mediodía, almuerzan con resaca” (pág. 34).
Otra conexión temática (además de retratar a la clase media-alta o alta de Bolivia) con el libro de Hasbún es la de la idea de los personajes de abandonar el país: “¿Vos crees que algún día me vaya de este país de mierda?, preguntó” (pág. 67).

Existe otra extraña conexión entre la primera historia y la cuarta: en Primeras canciones al describir el pub Insomnio, se habla de pasada de un tal Esteban Olivares: “Afuera del bar, apoyado en su Toyota Corolla, está Esteban Olivares. Todavía estudia medicina, es novio de Margot” (pág. 20). En el cuento Los adioses Barrientos propone un interesante recurso narrativo, empieza a abrir notas a pie de página que desdoblan el cuento en dos, haciendo un juego metaficcional: el escritor tiene dudas sobre lo escrito (lo que podría recordarnos de nuevo a Zambra) y el nombre de este escritor que está escribiendo el cuento no es otro que el de Esteban Olivares: “Debería comenzar escribiendo mi nombre. Escribiendo Esteban Olivares está en un cuarto oscuro con la laptop encendida” (pág. 85).

El segundo cuento, Suerte, me parece que repite lo contado en el primero, pero en menos páginas y a una escala compositiva menor. Es un cuento que queda bastante anulado tras haber leído el primero. Sería un buen cuento, en todo caso, si uno lo descubre en una antología sin haber leído antes el otro.

El tercero, Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, me gustó más al leerlo por segunda vez, lo que creo que habla a su favor. Quizás me pareció la anécdota un poco exagerada o no acabada de desarrollar: la depresión que sufre la joven Ingrid tras la muerte de su padre.

Me gustaron más los cuentos enlazados Los adioses y Las horas: un hombre tiene una relación con una mujer casada. En Los adioses la perspectiva es la del hombre y en Las horas la de la mujer (unos años después) que decidió quedarse con el marido.

Voy a describir a continuación algunos elementos narrativos que considero que hacen que éste no sea un libro de relatos redondo, que hacen que entre Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y Los días más felices de Hasbún me quede con el segundo:

1) En Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer se repiten con demasiada insistencia las ideas compositivas de un relato a otro –o más bien una idea principal que sería el cambio personal que supone dejar atrás la juventud– que, expresadas de modo genérico, e intercambiables para describir a los personajes de un cuento o de otro, hacen que se conviertan en clichés que tienden a la grandilocuencia:

 Cuento 1, pág. 40: “¿Serías capaz de identificar el momento en el que cambiamos, en el que nos convertimos en esto?”.
Cuento 1, pág. 18: “Editan la vida, la adaptan a sus propias conveniencias, la asemejan a esa que siempre quisieron tener y no pudieron”.
Cuento 2, pág. 48: “Pensé (…) en todo lo que quisimos hacer juntos y no pudimos porque no tuvimos suerte o porque fuimos diferentes o porque simplemente nos faltó paciencia”.
Cuento 3, pág. 62: “Entró en el baño y miró su cara maquillada. ¿Cuánto de eso que vio era lo mismo que veía antes, cuando tenía trece o catorce años? No lo sabía, no podía precisarlo”.
Cuento 4, pág. 88: “Con el tiempo todo será menos importante”.
Cuento 5, pág. 109: “Envejecer, para todos ellos, es ser lo que son, lo que siempre han sido, pero de forma menos intensa”.

2) Había algo que hace 15 años no me gustaba cuando leía la nueva narrativa española representada, por ejemplo, por el Ray Loriga de La pistola de mi hermano o el Benjamín Prado de Raro: los diálogos o las descripciones se asemejaban demasiado a letras de canciones o a guiones de cine pretenciosos y acababan sonando poco naturales. Así se desarrolla un diálogo de Barrientos en la página 96:
“¿En qué película te gustaría vivir?, pregunta Susy.
En Días en el cielo, contesta Sebastián.
Yo quisiera vivir en la cámara de seguridad de una gasolinera, dice Susy.
¿Quisieras volver a vivir algunos fragmentos de tu vida? ¿Quisieras vivirlos nuevamente sin cambiarles siquiera un ápice?”.

3) He tenido la impresión de que algunos cuentos no tenían tanta fuerza como podrían porque Barrientos dibuja una situación (una pareja va a cambiar), la describe de un modo poético, y le falta capacidad anecdótica para hacer avanzar y poder resolver la historia con más intensidad.

Y a pesar de los puntos señalados antes considero que Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer es una muestra notable (con temas por madurar) de la nueva literatura que se está haciendo en un país, hasta no hace mucho desconocido literariamente en España, como es Bolivia. Y su logro principal, saber describir la melancolía del paso de la juventud a la edad adulta, con imágenes sugerentes, no voy a considerarlo menor.
De todos modos, si alguien está interesado, la editorial permite el acceso al último de los cuentos del volumen. Si algún lector de esta reseña no ha leído el libro y quiere juzgar por sí mismo los cuentos de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, puede hacerlo pinchando AQUÍ.

(Nota final: creo que he tardado más tiempo en escribir esta reseña que en leer el libro. Y considero que me ha merecido la pena: yo también escribo relatos y descubrir lo que funciona mejor o peor, reflexionar sobre ello, es una parte fundamental del proceso de aprendizaje y de creación.)

domingo, 2 de septiembre de 2012

Cicatrices, por Juan José Saer


Editorial El Aleph. 294 páginas (481-775 de este volumen). 1ª edición de 1969, ésta de 2012.

Estoy de acuerdo con la entrada de la wikipedia sobre Juan José Saer (Serodino, Santa Fe Argentina, 1947 - París, 2005), cuando afirma sobre Cicatrices (1969) que “la crítica la considera su primera novela madura”, pero ya difiero cuando dice: “Cuatro historias narradas por cuatro protagonistas de cuatro capítulos diferentes que giran en torno a un hecho común: un obrero metalúrgico que mata a su esposa el día del trabajador” (ver AQUÍ).

Sí es cierto que tenemos aquí cuatro historias, narradas en la primera persona del protagonista de cada una de ellas, pero que no creo que giren en torno al obrero que asesina a su esposa.

Me parece la primera novela madura de Saer porque en ella ha encontrado su cauce de expresión real: ya no hay titubeos, ya no juega, como en La vuelta completa, a narrar hechos y no pensamientos. En Cicatrices la primera persona que narra cada historia nos va a llevar hasta el fondo de sus inquietudes a través de su particular visión del mundo.

La primera parte, Febrero, marzo, abril, mayo, junio, está protagonizada por Ángel Leto, joven de 18 años al que ya conocimos en la novela anterior, que convive con su madre y que trabaja en el periódico local, donde coincide con Carlos Tomatis. Leto es un joven lleno de rabia, que se desahoga bebiendo, leyendo hasta tarde en su cuarto o caminando sin cesar por la ciudad. Su voz narrativa juvenil está marcada por expresiones como la siguiente: “Al tipo no lo había visto en su perra vida” (pág. 528).
Tomatis, el personaje donde se ha querido ver representado a Saer con más fuerza, vuelve a expresar alguna de sus teorías sobre la novela: “Hay tres cosas que tienen realidad en la literatura: la conciencia, el lenguaje, y la forma. La literatura da forma, a través del lenguaje, a momentos particulares de la conciencia. Y eso es todo. La única forma posible es la narración, porque la sustancia de la conciencia es el tiempo” (pág. 537).
En esta novela aparece por primera vez el juez Ernesto López Garay (la verdad es que no estoy seguro de cuál de los dos hermanos López Garay es: si el que murió asesinado por los militares o el que vive en París), obsesionado por realizar una nueva traducción de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde.
Quizás lo más llamativo de esta primera parte es su trasfondo metafísico: cómo Leto cree encontrarse en las calles de la ciudad con su doble e intenta perseguirlo.
Esta primera parte termina con una frase que podría ser la que justifica el título del libro: “Cualquiera hubiese sido su círculo, el espacio a él destinado a través del cual su conciencia pasaba como una luz errabunda y titilante, no difería tanto del mío como para impedirle llegar a un punto en el cual no podía alzar a la llovizna de mayo más que una cara empavorecida, llena de esas cicatrices tempranas que dejan las primeras heridas de la comprensión y la extrañeza” (pág. 581). Y dejamos a Leto enfrentado a su doble.

La segunda parte, Marzo, abril, mayo, está narrada por Sergio Escalante, abogado que no ejerce, porque se dedica a dilapidar su dinero –y el heredado de su familia– en el juego. Y en los intermedios entre una timba y otra escribe ensayos sobre filósofos mezclados con cultura popular, con títulos como El profesor Nietzsche y Clark Kent (en realidad, todos los títulos de ensayos que aparecen en esta novela de 1969 podrían ser las novedades de fin de año de la editorial Blackie Books).
Y si en la parte de Leto, gracias al tema del doble, ya habíamos pensado en Dostoyevski, aquí se cita expresamente su novela El jugador, libro que aparece en la trama. Y en algún momento, Escalante dice algo que yo también pensé cuando leí El jugador, que Dostoyevski presupone la adicción y no penetra en ella más que al final de su novela. La narración de la obsesión por el juego es agobiante aquí, y si Saer hubiese publicado esta segunda parte como novela corta independiente, creo que a día de hoy sería recordaba como una de las mejores novelas cortas de la literatura hispanoamericana.
Hay unas páginas un tanto asfixiantes, cuando se describe el juego de cartas favorito de Escalante y se afirma: “De modo que en el juego de punto y banca la repetición es imposible” (pág. 596); en estas palabras creo que Saer dialoga con Borges, cuando en el poemario Fervor de Buenos Aires, éste describe el juego del truco y escribe: “Una lentitud cimarrona / va demorando las palabras / y como las alternativas del juego / se repiten y se repiten”.

Me llama la atención de Saer la capacidad que tiene para narrar sobre la vida, para reflexionar sobre ella, y a la vez para evadirse, para hacer difícil (o irrelevante) el resumen de los hechos. Y también cómo hace propio el mundo de sus protagonistas, donde las referencias al lugar parecen más trascendentes que las propias personas: en la segunda parte, por ejemplo, descubrimos como de pasada que César Rey, uno de los personajes de La vuelta completa, ha muerto en Buenos Aires atropellado por un tren.

La tercera parte, Abril, mayo, está narrada por Ernesto López Garay, el juez con el que se relacionaba Leto en la primera parte, y ahora, 200 páginas después, leemos sobre un encuentro entre López Garay y Leto, narrado desde el punto de vista del juez. Quizás esta parte se hace algo más tediosa que las anteriores porque López Garay está lejos de los hombres (a los que llama dentro de sí gorilas) y para remarcar su distancia, Saer se sirve del recurso de narrar sus largos paseos en coche, describiendo cada calle o peculiaridad del camino.
López Garay sueña, y sus sueños, una orgía caníbal de hombres primitivos o el incendio de una llanura, parecen anticipar las novelas de Saer El entenado y Las nubes.

La cuarta parte, Mayo, es la más corta del libro y en ella se nos narra el último día de la pareja Fiore, cómo van a cazar patos a una laguna por la mañana y a la noche él le pega a ella un tiro mortal en la cara. Una narración costumbrista, con gran profusión de diálogos, cuyo suceso tremendo –del que no podemos escapar– ha afectado ya a los personajes de las otras tres narraciones.

Las dos primeras partes son las más largas y las mejores del libro, y unas novelas cortas estupendas. El único punto de conexión entre ellas es el asesinato del obrero del que hablaba la wikipedia, además de algún personaje secundario aislado, pero lo narrado no gira en torno a este hecho, sólo une débilmente las narraciones.

domingo, 26 de agosto de 2012

Real en el rosedal, por Elvio E. Gandolfo


Editorial Municipal de Rosario. 64 páginas. 1ª edición de 2009.

A raíz de la lectura de los libros de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) que hice durante los pasados meses, pude contactar –gracias a Facebook- con el autor, una persona atenta, simpática y cercana. En junio me escribió al correo electrónico e intercambiamos unos e-mails; en uno de ellos me envió en PDF su novela-crónica Real en el rosedal, editado por el ayuntamiento (o municipalidad) de Rosario, que es realmente la ciudad en la que se crió aunque naciera en Mendoza. Real en el rosedal es una novela-crónica difícil de encontrar, y me imagino que pocas personas la habrán leído, así que me sentí un privilegiado al poder recibirla.
Este tipo de cosas van a conseguir que me acabe comprando un e-book: lo voy a necesitar para leer manuscritos o PDF de forma más cómoda. Como tampoco me gusta leer mucho tiempo seguido en el ordenador, lo imprimí: el texto no es muy extenso y está aderezado con fotografías, así que pude leerlo de una sentada, en una de mis privilegiadas noches de verano en las que no tengo que levantarme pronto al día siguiente porque estoy de vacaciones.

En Real en el rosedal Gandolfo nos narra un viaje de domingo a Rosario: “Más que en cualquier viaje de los últimos veinte años, digamos, había retrocedido… No, de hecho, había sentido que navegaba en ese momento mismo, dentro del ómnibus de larga distancia que entraba en la ciudad, en ese presente, en el viejo Rosario, el anterior, el profundo”, escribe en la página 7 y primera del libro. Y al entrar en este Rosario, que siente como el Rosario de su infancia o juventud, nos acercará a su familia y sobre todo nos hará un recorrido por el lugar más emblemático para él de la ciudad: el Parque Independencia.
Esta vuelta por el parque, le sirve a Gandolfo para lo mismo que le servía caminar al protagonista de El paseo de Robert Walser: para reflexionar un poco acerca de todo, la vida, el arte, el paso del tiempo…

Son numerosos los escritores que se citan en estas páginas. He registrado los siguientes: Alan Pauls, Juan José Saer, Fogwill, Mario Levrero, Ray Bradbury, Silvina Bullrich, Raúl García Brarda, Emilio Salgari, Joseph Conrad

Pero de todos ellos con quien tiene más filiación o deuda esta novela-crónica es con Mario Levrero: al leer el libro (las fotocopias del ordenador) tenía un folio al lado e iba anotando lo que me llamaba la atención, para poder luego comentar en el blog. Destaco la página 25: después de comentar algunas fotos (que aparecen reproducidas en el libro), en las que algunos familiares hacen alguna broma, comenta: “En otro orden de cosas, como diría Fogwill, la experiencia sensible me hace pensar en un humor equivalente expresado en palabras en vez de fotos. Algo del quiebre que me hizo elegir Real en el Rosedal como título de estas páginas, por el sentido múltiple, por la sonoridad repetida. Un esguince mental proveniente de un remoto pasado, un mecanismo infantiloide de la conciencia, la expresión”.
El humor de las fotos al que se refiere queda explicado en la página anterior: “Un humor un poco tonto, un poco choto, un poco descendiente del humor de los Beatles, que junto con la revista Mad y algunas películas nos había marcado mucho.” En la página 11 también ha explicado por qué ha elegido un peculiar recurso literario, el de repetir las mismas palabras seguidas: “Como si en un estado de relax metafísico, que hacía años que no sentía, me sobrara energía, aunque siendo escritor, como para repetir algunas palabras sin un sentido concreto, solo por el placer demorado, la degustación, de ralentizar la frase. Hasta con ganas de hacer algún esguince «tipo criollo», al estilo de: «Como decía, digo», y seguir. Por eso el libro empezaba con estas palabras: “Aquel domingo, (aquel, aquel domingo)”

Con el sentido múltiple del título se refiere a que en el Rosedal del parque es donde su hermano suele encontrarse con Real, un antiguo jugador de fútbol local, al que los Gandolfo admiran. En este paseo proustiano hacia la infancia, los nombres de jugadores de fútbol se acaban entremezclando con los nombres de escritores, al mismo nivel de importancia. Y es allí también donde el autor se siente real (ese apellido tan de Saer, dice, y me encanta tener la referencia: está hablando, claro, del doctor Real, uno de los protagonistas de Las nubes; y también, en un orden de cosas más amplio, de ese deje tan de Saer al analizar la percepción de la realidad de los personajes) en el rosedal del Parque.

Y yo había anotado en mi hoja, a lápiz, sobre la página 25 “muy Levrero”, pensando en esos quiebros con el lenguaje tal metaficcionales y en los juegos de Levrero en libros como El discurso vacío o La novela luminosa; y dos páginas después veo que Gandolfo también estaba pensando en Levrero: “Tal vez todos estos esguinces y garliborleos, como diría Mario Levrero, sean para esquivar el hecho emocional profundo, que me produce un poco de vergüenza, por su magnitud. Sin rebajarlo con comentarios o matices irónicos, debo manifestarlo: el Parque Independencia es el mejor parque si no del mundo, al menos de mi mundo.”

En su paseo también le da tiempo a Gandolfo para hablar de su primera novela El instituto (que leí en el libro Sin creer en nada), y de las escenas de aquélla que situó en el Parque.

El lenguaje de Real en el rosedal me ha parecido poético, evocador, quizás más maduro y elaborado que el del Gandolfo que conocía hasta ahora. He remarcado en especial una frase por su belleza y su sonoridad: “Saltamos en el tiempo y el Parque sigue asomando su gran cabezota archimboldesca, desmesurada, oscura y luminosa a la vez, moviéndose lenta, nimbada de grandes eucaliptos.”

Como ya he dicho, es algo desalentador que un escritor con la calidad de Elvio E. Gandolfo sea tan desconocido en España.
Para ver si los editores españoles toman nota (He escrito a tres editoriales, que supuestamente desean descubrir literatura de calidad, para hablarles de Gandolfo, y una me ha contestando dándome unas razones lógicas para el NO -“falta de capacidad”- y otras dos ni me han contestado) voy a contar una anécdota que he encontrado por internet: un periodista pregunta a Fogwill cuál es el más grande de estos tres escritores argentinos: Saer, Piglia y él mismo; y Fogwill, deportiva o elegantemente, contesta que es Saer (el único que en ese momento está muerto), pero añade que ni Piglia ni él son capaces de escribir un cuento como los que escribe Gandolfo.

domingo, 19 de agosto de 2012

La carretera, por Cormac McCarthy


Editorial Mondadori. 210 páginas. 1ª edición de 2006, ésta de 2007.

Hace unos años leí de Cormac McCarthy (Providence, EE. UU., 1933) la novela No es país para viejos (2005). Fue una lectura interesante: me gustó mucho su ritmo y cómo jugaba con el recurso de las elipsis narrativas, aunque quizás esta obra adolecía para mí de falta de reflexión. Hay algo que suelo buscar en una novela: el reflejo del flujo de conciencia o de pensamientos de los personajes, para poder acercarme a ellos, para que leer sea una experiencia diferente a la de ver una película.
Es decir, si yo leo una novela de Philip Roth acabo sabiendo quiénes son los personajes que la novela nos presenta, porque sé qué piensan sobre el mundo planteado por el escritor, y en No es país para viejos los personajes sólo se definían por sus acciones y sus diálogos. Algo nada novedoso por otra parte: Dashiell Hammett ya había escrito varias novelas policiacas usando técnicas cinematográficas antes que McCarthy naciera.
 No es país para viejos me pareció una historia potente, que ocultaba un guión cinematográfico en su descripción escueta de las escenas narradas. Vi la película y me gustó, pero no tanto como el libro: yo sabía al verla cuáles eran las escenas de la novela que habían sido suprimidas.

En 2010 vi en el cine la adaptación cinematográfica que hizo el director John Hillcoat de La carretera: fue una película que me impresionó. Me pareció que estaba muy conseguida la imagen apocalíptica del mundo imaginado, con esos grises abrumadores, los árboles muertos… Y las actuaciones de Viggo Mortensen y del niño Kodi Smith-McPhee me resultaron muy convincentes.

Un amigo que vio la película y leyó la novela me comentó que la adaptación cinematográfica era bastante fiel al libro. Aún así, después de ver la película me quedé con la idea de leer el libro, que por otra parte está en la biblioteca de Móstoles (aunque casi siempre prestado). Y hace unas semanas me apeteció hacer un alto en el volumen de El Aleph con las 3 novelas de Juan José Saer, y cuando estaba acabando la segunda saqué La carretera de la biblioteca.

El resumen argumental del libro creo que es de sobra conocido: en un futuro cercano, el mundo parece haber sufrido una crisis nuclear. La flora y la fauna han muerto. El suelo está cubierto de cenizas, el sol casi no puede atravesar una capa de sedimentos en suspensión, y la temperatura del planeta ha bajado. Entre árboles muertos, sobre cenizas, un padre y un hijo se desplazan con un carrito de la compra hacia el sur (en la zona donde se encuentran el padre sabe que no podrán resistir otro invierno). Gracias a las indicaciones de un mapa, siguen la línea marcada por las carreteras interestatales. En el mundo quedan algunos humanos, pero cada vez menos comida. Sólo hay dos formas de alimentarse: encontrar latas de conserva que aún no se hayan comido otros o recurrir al canibalismo. Padre e hijo viajan hacia el sur esquivando a grupos armados de caníbales.
“Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía” (pág. 10); como se nos informa en la segunda página del libro, la única motivación del hombre para seguir vivo es proteger a su hijo; continúa el párrafo citado: “Y dijo: si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca” (¿Entre los dos Dios no debería haber una coma?, me pregunto)

La voz narrativa, en tercera persona, acompaña casi siempre el punto de vista del hombre; y digo casi siempre porque en la página 14 (la 5ª del libro) hay una única vez que se cede al niño: “Estuvo mucho rato tratando de dormir. Al cabo se dio la vuelta y miró al hombre. Su rostro a la luz de la pequeña lámpara rayado de negro por la lluvia como un actor dramático de la antigüedad.” Al leer este párrafo en la 5ª página del libro, pensé que el narrador iba a ir distribuyendo el punto de vista entre el padre y el hijo, pero no es así: esta es la única vez (si descontamos las páginas finales, en las que el niño se ha quedado solo, aunque aquí todo está descrito con mucho distanciamiento), y más que otra cosa me ha parecido un titubeo narrativo inicial que el autor se olvidó de corregir en la versión definitiva de la novela (además el niño, debido al momento en que ha nacido, no sabe lo que es un actor dramático de la antigüedad).

Quizás al comenzar a leer La carretera tenía muy presentes las imágenes de la película y el mundo planteado por McCarthy no conseguía sorprenderme. De hecho, temí algo: este libro ha sido un bestseller, no será verdad que tenga concesiones de bestseller, porque lo sospeché en algunos momentos iniciales: el protagonista se interroga en la pág. 15: “¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón?”, pág. 26: “La luz diurna cruda y fría colándose por el tejado. Gris como su corazón”, pág. 47: “El corazón me lo arrancaron la noche en que el nació” y sólo un poco más abajo en la misma página: “Porque yo ya estoy harta de mi prostituido corazón”.
La verdad: demasiados corazones para mí (he estado pensado hacer un chiste con el famoso programa de Anne Igartiburu; pero luego me he dicho: esto es más propio de La medicina de Tongoy; sé fiel a tu estilo sobrio, no le copies los recursos narrativos al amigo Carlos). La frase “Gris como su corazón” estuvo a punto de conseguir que cerrara el libro. No me podía creer que una historia tan dura y tan seca tuviera estas concesiones a la cursilería.

La narración de La carretera es en gran medida descriptiva: aquí abundan las frases cortas, que usan verbos en pasado perfecto simple y que implican movimiento.
Para conseguir que la narración sea más rápida y dinámica se usa otro recurso: en muchas frases se omiten los verbos, por ejemplo: “Ese es el primer ser humano aparte del chico con quien había hablado en más de un año. Mi hermano a fin de cuentas. Las especulaciones de reptil en sus ojos fríos y movedizos. Los dientes grises y podridos. Mazacote de carne humana. Que ha hecho con cada palabra del mundo una mentira.” Los verbos omitidos normalmente son éstos: ser, estar, tener, ver…, y al omitirlos se evita una repetición torpe.
En realidad, los recursos narrativos son bastante sencillos.

En algunos momentos, la lectura de lo narrado, además de ser visual, sí invita a la reflexión; en este sentido, me han gustado párrafos como éste: “Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglobales. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombres de cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él habría pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos” (pág. 69-70).
El párrafo anterior sí entra en el territorio en que la literatura puede luchar contra el cine, en el de la reflexión y las ideas.

Si he de comparar esta novela con Plop de Rafael Pinedo (comentado en el blog AQUÍ), diría que esta segunda –publicada en 2003 y por tanto 3 años antes que La carretera- me pareció más original que la que comento hoy aquí; porque Plop conseguía crear un lenguaje nuevo adecuado al mundo que describía. El narrador de Plop no le explicaba el mundo a un contemporáneo como hace La carretera, sino a un habitante del propio mundo propuesto.
Sin embargo, La carretera tiene una capacitad más grande para resultar empática con el posible lector, ya que de difícil forma podíamos identificarnos con el código de normas deshumanizadas que regían el mundo de Plop, y en La carretera nos encontramos con el sentimiento universal de un padre que desea proteger a su hijo.

Sé que el haber visto antes la adaptación cinematográfica ha hecho que disfrute menos de La carretera: el mundo propuesto por McCarthy ya era territorio conocido para mí, y en esta novela predomina fuertemente la narración del puro movimiento respecto a la reflexión; así que básicamente era como si estuviese leyendo el guión de la película (he podido descubrir qué escenas no se llevaron a la pantalla: en realidad, la adaptación es muy fiel, y sólo tiene alguna supresión).
Quizás también debería apuntar que uno suele esperar mucho de un libro del que se ha hablado tanto y que ha llegado a ganar un premio importante como el Pulitzer de 2007, y que las altas expectativas a menudo llevan a la decepción. Y al revés: si La carretera estuviese escrita por un autor desconocido hace 30 años, un autor que murió en la pobreza -por ejemplo en 1986- y ahora alguien ha rescatado aquel libro que casi no tuvo difusión y lo ha traducido al español y aquí lo comercializa una pequeña editorial –y no ha habido ninguna película- seguramente yo diría en el blog que es un libro que merece mucho la pena.

En todo caso, después de algunos titubeos iniciales, debidos a lo simple que me parecía el lenguaje, y a esos puntos de fuga hacia la cursilada (recordemos el exceso de corazones), he acabado, al acercarme a la mitad del libro, por entrar en la historia y poder disfrutarla más. Pero la he disfrutado como lo que realmente es: una novela de género (una novela visual de acción).
Así que por ahora Cormac McCarthy me está pareciendo un excelente guionista cinematográfico, del que en algún momento me gustaría leer La trilogía de la frontera, de ella –recuerdo haberlo leído en Entre paréntesis- que Roberto Bolaño hablaba muy bien.

domingo, 12 de agosto de 2012

La vuelta completa, por Juan José Saer


Editorial El Aleph. 351 páginas (127-478 de este volumen). 1ª edición de 1966, ésta de 2012.

Después de Responso he seguido con La vuelta completa, segunda novela de Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, Argentina, 1947 – París, 2005). Entre las dos encontramos una primera filiación: el lugar. Aunque, como ya he comentado en el blog, el espacio físico de las historias de Saer nunca es nominado -siempre es “la ciudad”- las calles de este espacio físico se corresponden con Santa Fe. En la página 181 leemos: “El coche llegó al bulevar y dobló a la derecha, en dirección al puente colgante”, este puente colgante es el mismo que cruzaban los personajes de Responso cuando iban en el taxi de Hermosura a la timba de cartas. Y en la página 208 también se nombra al mismo Yacht Club que aparece en la novela anterior. Si bien el tiempo narrativo de Responso se situaba en diciembre de 1962, en La vuelta completa estamos en marzo de 1961.

Al leer La vuelta completa, sin embargo, lo narrado en Responso parece quedarse algo aislado dentro del universo creativo de Saer, puesto que los personajes de esta primera novela no tengo constancia de que vuelvan a aparecer en otras, como sí ocurre con los de La vuelta completa. Aquí podríamos decir que asistimos al primer capítulo de un proyecto narrativo de décadas: en esta segunda novela aparecen ya algunos de los personajes más característicos de Saer, Carlos Tomatis, César Rey, Clara Rosemberg, Barco, Leto… sobre los que podremos leer en Glosa (1998), La pesquisa (1994)… y despedirnos en la comida final de La grande (2005).

La vuelta completa comienza cuando César Rey se encuentra casualmente con Carlos Tomatis en Correos. En realidad, Rey ha quedado con su amigo Marcos Rosemberg para comer. Durante la comida, Marcos le hace saber a Rey las sospechas que tiene sobre que se acuesta con su mujer, Clara; personaje que aparecerá no mucho después acompañando a Rey en coche, hasta un hotel fuera de la ciudad.
La vuelta completa se divide en dos partes, y la primera El rastro del águila termina con uno de los personajes (prefiero no especificar cuál) intentando suicidarse en la habitación de un hotel.

La vuelta completa es una novela de fuerte contenido existencialista, algo por otra parte bastante de moda en la Argentina de la época, como podría atestiguar, por ejemplo, la publicación en 1969 de la novela Los suicidas de Antonio Di Benedetto.
Los jóvenes protagonistas de La vuelta completa, muchos de ellos interesados en la literatura (Rey ha escrito cuentos, y Tomatis está escribiendo una novela) se interrogan constantemente sobre el sentido de la vida; por ejemplo, en el diálogo que se establece entre Rey y Marcos en el restaurante podemos leer: “Primero hay que determinar si la vida merece ser vivida” (pág. 147), y poco después: “Los «curados», o los que nunca han estado «enfermos», se especializan en sí mismos y escriben libros sobre la desesperación” (pág. 153)

En la página 235 empieza la segunda parte de La vuelta completa, titulada Caminando alrededor, y parece en realidad que empieza otra novela. La narración, en tercera persona, como antes, nos acerca ahora al personaje de Pancho, joven profesor de literatura en un instituto, atormentado por –como iremos descubriendo- problemas mentales que le hacen sufrir y no comprender el sentido de la vida.
En Caminando alrededor, acompañamos a Pancho en sus interminables idas y venidas de la casa de sus padres -donde vive- hasta las calles del pueblo; igual durante el día que durante la noche, pues padece insomnio. En la pared de la habitación de Pancho se exhibe los retratos de Nietzche, Freud y Dostoievski, trinidad de autores que parecen regir los designios creadores de Saer en esta obra.

 La narración de Caminando alrededor se ha iniciado un poco antes que la de El rastro del águila, pues según avanza la segunda –de bastantes más páginas que la primera- se alcanza alguna escena ya descrita en la otra, escena que se nos vuelve a describir ahora desde la perspectiva de otra persona. Y esta capacidad para describir las mismas escenas desde perspectivas distintas posiblemente sea uno de los mayores logros de esta novela.

Pancho, como también ocurría en El rastro del águila, está pensando en suicidarse; “La muerte era ridícula. No. La vida era lo ridículo, ese salto mortal sobre el abismo” (pág. 375)

En la página 301 Tomatis expone una teoría de la novela, que podría ser el credo del propio Saer: “El lenguaje de la novela tiene que tener la naturalidad de la vida; y en último caso, si algo tiene la obligación de ser fuerte en una novela (y no creo que sea imprescindible tal cosa) no tienen que ser las palabras sino los hechos”.

La narración de La vuelta completa transcurre en muy poco tiempo, apenas un par de días, y la prosa de Saer persigue los movimientos de los personajes de un modo obsesivo. Para acercarse a César Rey o a Pancho, el autor no nos pone al corriente de sus pensamientos, sino de sus actos; y en la prosa de esta novela abundan los verbos que expresan movimiento, conjugados en pretérito perfecto simple; “Un momento después se irguió, se volvió y se recostó contra la vidriera” (pág. 276).

Leo en la wikipedia que la crítica considera que Cicatrices –novela que cierra este volumen editado por El Aleph- es la primera novela madura de Saer.

Quizás en La vuelta completa se puedan encontrar aún algunos defectos o imprecisiones que hacen que en esta novela Saer no haya alcanzada todavía su madurez narrativa: el trasfondo existencialista y la tendencia al suicidio de los personajes parecen un tanto impostados; la narración pura de acciones –desprovista de pensamientos- a veces se hace algo mecánica y monótona; y la reflexión inserta en los diálogos hace que estos suenen demasiado pomposos y poco naturales.

En todo caso, si bien Responso era una narración clásica con los aciertos y limitaciones de juventud que ya señalé, La vuelta completa se acerca más al Saer de sus grandes obras; y debo señalar que muchos de sus temas y tratamientos narrativos están ya aquí: la amistad, centrada en esos encuentros festivos, donde los personajes parecen conocerse y filosofar comiendo o bebiendo; el cambio del punto de vista sobre la realidad; el gusto por el diálogo; el uso de la historia dentro de la historia (un relato borgiano sobre unos monjes que habitaron en la ciudad en el pasado, contado por Barco a Pancho, es uno de los mejores momentos del libro).
Para mí, lo mejor de todo ha sido conocer los primeros encuentros juveniles de unos personajes que han desarrollado sus historias de madurez en alguna de las mejores novelas que he leído en los últimos años.

domingo, 5 de agosto de 2012

Responso, por Juan José Saer


Editorial El Aleph. 106 páginas. 1ª edición de 1964, ésta de 2012.

Cuando El Aleph publicó hace unos meses un volumen con las 3 primeras novelas de Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, Argentina, 1947 - París, 2005) y lo vi en la mesa de novedades de La Casa del Libro de Goya no dudé en comprarlo. Además, El Aleph –en un volumen de apariencia muy similar– ha reeditado también los Cuentos Completos de Saer, que leeré también.

He decidido hacer una entrada en el blog de cada una de estas novelas.
Así que hoy voy a hablar de Responso (1964), la primera novela publicada de Juan José Saer, después de un volumen de cuentos en 1960, En la zona.

Cuando Saer escribió Responso (fechada entre diciembre de 1963 y enero de 1964), tenía unos 26 años. Me gusta leer las primeras obras narrativas de los escritores que admiro y comprobar que ni siquiera un autor de la altura de Juan José Saer empezó a escribir siendo ya Juan José Saer. Es decir, que tuvieron que pasar años de trabajo, de lecturas, de borradores, de aprendizaje... para poder escribir en 1985 un libro de la calidad literaria de Glosa.
Y no he escrito lo anterior pensando que Responso sea una mala novela, sino que no estoy de acuerdo con una frase del prólogo –por lo demás, excelente– de Ricardo Piglia para este volumen: “La prosa de Saer, que parece surgir de la nada, que se produce a sí misma con la misma perfección desde el principio” (pág. 15).

El planteamiento narrativo de Responso es más clásico que el de posteriores novelas de Saer: estamos en diciembre de 1962 y Alfredo Barrios, un hombre de 45 años y 125 kilos de peso, está de visita en casa de Concepción, su ex mujer desde hace 6 años (estuvieron juntos 8). A Barrios le gusta la casa de su ex mujer, y ella parece abrirle las puertas a una nueva convivencia si él consigue cambiar los malos hábitos de vida que la llevaron a separarse de él en el pasado.
En el segundo capítulo el narrador nos informa de por qué Concepción abandonó a Barrios: en el año 55 Barrios era un periodista afiliado al sindicato. La caída de Perón también va a ser la suya: unos matones le darán una paliza y perderá su trabajo. A partir de aquí empieza la decadencia y el abandono para Barrios: el alcohol, el juego, las malas compañías...

Salvo el retroceso temporal que supone este segundo capítulo, la novela avanza linealmente y toda la trama se desarrolla en unas 12 horas.
En el primer capítulo, Concepción le presta por unos días a Barrios una máquina de escribir propiedad del Ministerio.
Y, como ocurre en el cine neorrealista italiano –estoy pensando en Ladrón de bicicletas de Vittorio De Sica–, uno sabe de inmediato que esa máquina de escribir es un objeto fundamental en la historia: va a simbolizar el destino trágico de Barrios, como así ocurre.

Barrios se reúne en un bar con su amigo Hermosura, un taxista nocturno que antes fue conductor de ómnibus, y quizás cuando Saer nos narra el pasado trágico de Hermosura acaba cayendo en un realismo un tanto tremendista.

Además de haber resaltado ya algunos mecanicismos sencillos (o primerizos) en la construcción de la historia, me voy a permitir resaltar algunas debilidades estilísticas de las que adolece esta novela:

1) En el primer capítulo existe un abuso de adverbios terminados en el sufijo -mente.

2) Se insiste demasiado en lo feliz que haría a Barrios poder volver con su mujer y vivir con ella en su nueva casa: “Aquella limpia imagen que acababa de contemplar, loco de entusiasmo” (pág. 76); ese loco de entusiasmo me ha parecido redundante, puesto que el narrador ya nos ha puesto al corriente de las esperanzas de Barrios unas cuantas veces.

3) Se abusa (en alguna ocasión) de la descripción tópica de la naturaleza: “Iban apareciendo las duras estrellas inmortales” (pág. 115). Ese inmortales sobra, es demasiado modernista para 1964.

¿Y no se anticipa ya en Responso el genio de Juan José Saer? En realidad, sí.

Las reflexiones sobre la naturaleza humana empiezan ya a ser notables. En la misma página 76, que he señalado antes, Saer escribe: “En seguida podía comprobarse que era la esperanza de felicidad lo que hacía que la vida se volviera trágica, no la experiencia del sufrimiento, porque el sufrimiento nos induce a pensar que ninguna de las cosas que constituyen la vida merece nuestra adhesión y nuestro afecto”.

Me ha parecido que Saer muestra ya una gran sutileza en la composición de las escenas:

Un ejemplo es la descripción del viaje nocturno que Barrios y Hermosura realizan junto a un cliente del taxi, un doctor al que llevan hasta una timba de juego: cómo se alternan la conversación, la descripción del viaje y los pensamientos de Barrios me ha resultado notable.
También me ha gustado la composición coral de los personajes alrededor de la mesa de juego.

Responso se desarrolla ya en el territorio mítico de Juan José Saer, la ciudad (que no es otra que la siempre innombrada Santa Fe: “Saer trabaja en cambio la fundación imaginaria de un lugar real: establece un espacio muy preciso para la circulación de sus historias, pero nunca nombra ese lugar con precisión; lo llama desde el principio y siempre, la ciudad. La realidad se mantiene en suspenso, en el borde de la denominación, lo real está fuera de lo real”, escribe Piglia en su prólogo).

Me ha resultado especialmente simpático un detalle de esta novela: Saer aparece como personaje en ella. Concepción, gran lectora, ha comprado un libro de cuentos de un joven autor local: “Concepción le había mostrado su última adquisición, un librito de tapas de cartulina roja, con un círculo blanco en el borde inferior de la portada, donde en grandes letras negras se leía el título de la obra: En la zona. Era de un autor local, y Concepción le contó que el empleado de la librería se lo había recomendado diciéndole que si bien era una obra realista, tenía mucho contenido moral. El empleado le señaló a Concepción un joven que se paseaba por la librería, hojeando libros con aire aburrido: ‘Ese es el autor’, le había dicho el empleado. (...) Un muchacho de ojos soñadores que al darle la mano le había dicho que con mucho gusto iba a firmarle el ejemplar. Parecía una buena persona, y no tenía pinta de escritor. Parecía un hombre como todos” (pág. 54).

Me ha gustado leer Responso porque todo lo escrito por Juan José Saer me interesa, pero creo que me ha gustado más descubrir, al empezar a leer La vuelta completa, que en esta novela ya aparecen los personajes clásicos de Saer: Tomatis, los Rosemberg, etc. 
Ya hablaré de esta obra la semana que viene.