domingo, 27 de abril de 2025

Cuentos completos 4, por Philip K. Dick


 Cuentos completos 4, de Philip K. Dick

Editorial Minotauro. 681 páginas. Relatos escritos entre 1954 y 1964; ésta edición es de 2020

Traducción de Carlos Gardini y Manuel Mata. Introducción de James Tiptree.

 

Ya he contado que en julio de 2021 leí Cuentos completos 1 de Philip K. Dick (Chicago, 1928 – Santa Ana, 1982), un autor del que en la adolescencia había leído muchas de sus novelas. En julio de 2022 me acerqué a los Cuentos completos 2 y ya instauré un ritual, al que di continuidad en 2023, leyendo los Cuentos completos 3, y con el que he seguido, por supuesto, en julio de 2024, leyendo Cuentos completos 4. El volumen 1 reunía 25 cuentos, escritos entre 1951 y 1952; el segundo 27, escritos entre 1952 y 1953; el tercero 23, escritos entre 1953 y 1954; y el volumen 4 tiene 18 cuentos, escritos entre 1954 y 1964. Hemos de tener en cuenta que la primera novela de Dick, Lotería solar, no apareció hasta 1955 y, por tanto, las tres primeras recopilaciones de relatos reúnen cuentos escritos por un Dik que, como mucho, contaba con 26 años. Tenía ya ganas de arribar al volumen 4, porque aquí llegamos a relatos escritos en la década de 1960, cuando Dick escribió algunas de sus obras maestras, como El hombre en el castillo (1962) o Tiempo de Marte (1964).

 

De entrada habría que apuntar que este volumen 4 solo tiene 18 cuentos, mientras los otros tres tienen de media 25. Por tanto, los cuentos del volumen 4 son más largos, llegando a contarse aquí más de una posible novela corta, que supera las 50 páginas.

 

Autofab es el primer relato y, como en otros escritos de Dick, se nos presenta aquí un mundo postapocalíptico, un mundo arrasado por cinco años de guerra nuclear. Los supervivientes recogen alimentos y bienes de primera necesidad que las fábricas ubicadas en el interior de la Tierra –de funcionamiento autónomo– dejan para ellos en la superficie. Asistiremos a la conspiración de unos hombres para destruir estas fábricas que les abastecen y les permiten sobrevivir, porque que están convencidos de que volver a realizar las actividades básicas por sí mismo es fundamental para el resurgimiento de la raza humana. Volvemos a dos temas principales en Dick: el miedo a la guerra nuclear, propio de quien fue un adolescente cuando se lanzaron las bombas atómicas sobre Japón en 1945 y asistió a al comienzo de la Guerra Fría; y también aparece aquí la lógica propia de una narración de Dick, que, en muchos casos, parece ser autónoma de la lógica general del resto de los mortales. Como siempre, los detalles de este relato son maravillosos. Así leemos en la página 31: «Un enorme reyezuelo mutante se agitó en su sueño, se envolvió mejor en la capa de harapos con la que se cubría de noche y continuó dormitando.» Este volumen 4 empieza bien.

 

Servicio técnico: un técnico de una empresa del futuro llama a la casa de nuestro protagonista. Aunque al principio el hombre no da credibilidad a lo que escucha, pronto se convencerá de que realmente el visitante viene del futuro –y con malas noticias, pues anuncia dos guerras mundiales– y, lo mejor, rápidamente convencerá a sus compañeros de trabajo de que ese viajero del tiempo es real. De nuevo, nos encontramos aquí con la lógica propia de un relato de Dick, que se aleja de la lógica convencional. El aparato que el vendedor quiere reparar quiere solucionar el problema de la diversidad ideológica, lo que evitaría las guerras.

 

Mercado cautivo: como acababa ocurriendo en el relato anterior, este tercero también es una crítica al capitalismo depredador. Una vieja vendedora de un ultramarinos ha encontrado una grieta en el espacio-tiempo, a través de la cual vender mercancía a unas personas del futuro que, en una tierra desolada, están construyendo una nave espacial para huir. En alguna medida, me ha recordado a algunos de los cuentos de Ray Bradbury en Crónicas marcianas. De nuevo, una narración divertida.

Después de estos tres cuentos iniciales, que ocupan las primeras 100 páginas del libro, empiezo a pensar que estos relatos tienen ya menos titubeos que los de las entregas anteriores, en los que, a veces, un deseo humorístico final, hacía que la narración perdiera algo de su fuerza, sacrificada al convencionalismo de la sorpresa final.

 

El patrón de Yancy nos lleva ya fuera de nuestro planeta: unos expertos de la Tierra van a visitar Calisto porque un ordenador local ha dictaminado que la democracia puede estar en peligro allí. Los terrícolas tendrán que descubrir si la imagen de un amable señor mayor que aparece en la televisión de Calisto, todos los días, es una forma de control mental. De nuevo, la obsesión de Dick por la opresión estatal.

 

El informe de la minoría, el quinto relato, seguramente es el más famoso del libro porque de él existe una versión cinematográfica, la película Minority Report. En este relato, escrito aún en 1954, tenemos a un Dick a pleno rendimiento de sus facultades. La historia sobre la sociedad que ha conseguido controlar los crímenes porque tres precognitores puedes detectarlos y, por tanto, los asesinos son detenidos antes de que puedan llevar a cabo sus acciones, es muy imaginativa y sugerente. Vi la película hace años y su final no es el mismo que el del relato, donde Dick vuelve a insistir en la idea de aspirar a una dictadura desde la toma del poder. El nivel sigue siendo bueno.

 

En Mecanismo de recuerdo un hombre va al psicólogo porque tiene fobia a subir escaleras. El psicólogo descubrirá que su trauma no se originó en el pasado, sino en el futuro. El hombre es un precognitor y la mayor cercanía temporal a un hecho que para él va a ser traumático hace que sus fobias se incrementen. De nuevo, es un cuento tan absurdo en su planteamiento como imaginativo.

 

La M imposible es una breve novela policial. Aquí tenemos un asesinato, un asesino, policías y un detective privado. Esta narración podría ser también una película. Me parece muy factible que funcione cinematográficamente. El asesino material (esto lo sabrá el lector desde el principio) es un robot con forma de caja de zapatos, que puede convertirse en un televisor para disimular su presencia.

De nuevo, los imaginativos detalles de la narración consiguen elevar el relato. Así, leemos en la página 245 un párrafo que me ha encantado: «Habían pasado muchos años desde la última vez que Ackers pagara la fortuna que costaba una taza de café. Con la superficie de la tierra completamente cubierta de instalaciones industriales y residenciales, no había espacio para los campos de cultivo, y el café se había negado a arraigar en otros sistemas. Probablemente Lantano lo cultivaba en alguna plantación clandestina de Sudamérica, cuyos trabajadores creerían que los habían trasladado de manera ilícita a alguna colonia lejana.» Una narración rápida, loca, imaginativa y brillante.

 

Nosotros, los exploradores puede que sea uno de los relatos que más me han gustado del conjunto, pese a su aparente sencillez. Seis hombres vuelven a la Tierra desde Marte, después de haber sufrido allí un accidente. Sin embargo, no se esperan el recibiendo que van a tener. Este cuento me ha recordado a aquel del volumen 2, titulado Impostor, en el que un robot pensaba que era un hombre. Nosotros, los exploradores es un cuento dramático por lo que tiene de filosófico, ¿quién es humano?, y ha conseguido emocionarme.

 

Juego de guerra me ha hecho pensar en algunos cuentos de Dick de volúmenes anteriores. Un departamento de importaciones de la Tierra tiene que probar si los juguetes que proceden de Gamínedes son actos para el consumo de los niños humanos. ¿Existe alguna conspiración en Gamínedes para dominar la Tierra a través de los juguetes? Su inocencia me ha remitido al primer Dick cuentista.

 

En Si no existiera Benny Cemoli vienen unas naves espaciales desde Centaury a la Tierra, tras una guerra nuclear, con el fin de dirimir responsabilidades entre los terráqueos. Las autoridades locales tratarán de engañan a la delegación extranjera fingiendo que existe un conato de rebelión en la Tierra.

En este volumen, como en los anteriores, existen unas notas finales en las que se aclara cómo fueron escritos los cuentos y dónde y cuándo fueron publicados. También, en algunas ocasiones, Dick comenta sus cuentos. Sobre este dice: «Siempre he creído que al menos la mitad de los personajes famosos de la historia no han existido.»

 

Una actuación novedosa me ha recordado a algunas de las novelas que Dick escribía por esta fecha. Un tipo corriente vive en un edificio de apartamentos. Si no aprueba unos exámenes patrióticos puede ser expulsado de allí. Su sueño es tocar su jarra de barro, junto con su hermano, delante de la Primera Dama, que es quien ostenta el poder real en Estados Unidos, aunque cambien los presidentes. Me ha gustado mucho el detalle de la existencia del papula, un robot que imita a un animal de Marte extinto y que puede controlar telepáticamente a las personas.

 

Araña de agua es un cuento muy divertido. El gobierno está haciendo experimentos para conquistar las regiones más remotas del espacio mandando a presos. Aún no saben cómo hacer volver las naves desde el espacio profundo. Al gobierno se le ocurre la idea de ir al pasado, a una convención de precog, para traer desde allí a uno de ellos que parece conocer la fórmula para hacerlo. Lo gracioso es que en realidad van a una convención de ciencia ficción y Dick hace comparecer allí a casi todos los escritores famosos de la época. El precog que habrá de viajar al futuro no es otro que Poul Ardenson, un escritor real que tenía que ser amigo de Dick, para que le permitiera usar su imagen en este cuento. El propio Dick hace un cameo en este cuento.

 

Lo que dicen los muertos tiene 76 páginas. Es el relato más largo del libro y es casi una novela corta. Creo que está a la altura de algunas de las primeras novelas significativas de Dick, como Ojo en el cielo (1957) o Tiempo desarticulado (1959). Sarapis, un poderoso hombre de negocios, muere. Pero en este futuro la muerte no es el final, porque aún pueden las funerarias activas a estas personas, en un estado de semivida, para poder comunicarse con sus seres queridos. Sin embargo, Sarapis no parece poder acceder a la semivida, mientras que una voz que podría ser la suya empieza a aparecer en los teléfonos o en los televisores. La idea de la semivida la usó Dick también en su novela Ubik (1969) y la de la invasión de la realidad por un ente extraterrestre en Los tres estigmas de Palmer Eldritch (1965). De nuevo, aquí revuela la idea moral de si es justo asesinar a una persona que puede ir a convertirse en un dictador.

 

Orfeo con pies de barro es un relato juguetón, bastante humorístico, que Dick publicó con seudónimo. Una empresa ofrece la posibilidad de viajar al pasado para actuar como «musa», es decir, como alguien que puede sugerir, por ejemplo, a Mozart, que componga alguna de las obras que va a componer. Sin embargo, el nuevo cliente va a ser una musa bastante desastroso. Un cuento inferior a los anteriores.

 

En Los días de Perky Pat de nuevo nos encontramos con una California desolada por la guerra nuclear, en la que los supervivientes (llamados «carambolos») viven en pozos. Mientras que los niños están aprendiendo a sobrevivir en la superficie, los adultos se han refugiado en el juego de Perky Pat, que sería una especie de muñeca Barbie, que recrea las bondades de la vida antes de la guerra. Esta idea la volvería a usar Dick en Los tres estigmas de Palmer Eldritch. El pozo de nuestros protagonistas se acabará enfrentando a otro pozo: estarán en juego sus muñecas. De nuevo, es un cuento con una lógica propia, una lógica que solo parecer existir en la mente de Dick y acaba siendo un cuento fascinante. Quizás el mejor del libro. Me han encantado los detalles del mundo que dibuja, con sus ataques de gatocanes mutantes, mientras los marcianos les envían comida desde el cielo.

 

En El suplente una flota de naves ha entrado en el sistema Solar con intenciones hostiles. El gobierno del mundo lo ejerce una máquina, el Unicéfalon, que siempre ha de tener cerca a un suplente humano por si falla. No lo ha hecho durante las últimas décadas, pero justo ahora ha dejado de funcionar y el suplente (un hombre de un sindicato) toma el poder. ¿Tendrá la tentación de convertirse en un tirano?

 

¿Qué vamos a hacer con Ragland Park? es una segunda parte del relato anterior. Ahora aparecerá un cantante con un extraño poder: los temas políticos que aparecen en sus canciones se convierten en la realidad. Sin ser malos relatos, ni este ni el anterior están entre los mejores del libro. El tema de la toma del poder absoluto ha sido tratado mejor en cuentos anteriores.

 

¿Oh, ser un blobel! es un cuento antibélico. En el pasado los humanos lucharon contra los blobel. El protagonista del cuento será un humano que trabajó de espía y que se transformaba en blodel, que son seres gelatinosos. Ahora, con la guerra ya acabada, habrá doce horas al día en las que seguirá transformándose en blobel, lo que consigue hacerle bastante desgraciado. De nuevo, no es de los mejores cuentos del libro.

 

Como ya he ocurrió en los veranos anteriores, he disfrutado de mi dosis anual de Philip K. Dick, un autor con el que me lo paso muy bien y con el que me cuesta ser objetivo. En cualquier caso, sin querer desmerecer los logros de los volúmenes anteriores, creo que la calidad media de los relatos de este volumen 4 es superior a la de los anteriores. Como he señalado al principio, Dick está empezando a perfilar de una forma más clara sus grandes temas (¿es la realidad real?, el poder absoluto, las paradojas de los viajes en el tiempo, la vida después de una guerra nuclear…) y no pierde el tiempo en dar al relato una vuelta final, normalmente con intenciones cómicas o de generar sorpresa, que hacían sus narraciones anteriores más inmaduras. Cuentos completos 4 de Dick contiene grandes relatos de la fantasía y de la ciencia ficción. En el verano de 2025 leeré el Volumen 5.

 

 

domingo, 20 de abril de 2025

La vida suspendida, de Eduardo Laporte

 


La vida suspendida, de Eduardo Laporte

Editorial Sr. Scott. 161 páginas. 1ª edición de 2025.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979), navarro residente en Madrid, es mi amigo. Había leído hasta ahora cuatro de sus libros: La tabla (2015), Diarios 2025-2016 (2017), Tiempo ordinario (2021) y Navarra-Madrid (2024). En enero de 2025 se ha publicado su último libro, La vida suspendida, en la nueva editorial Sr. Scott. Como suele ser habitual, Laporte me incluyó en la lista de la editorial para el envío de ejemplares de prensa; aunque cometió un pequeño error: envió el libro a mi antigua dirección y esto hizo que me tuviera que acercar a la casa en la que viví hasta 2022 para rescatarlo.

 

La vida suspendida empieza con un prólogo del propio Laporte, escrito ya próximo a la publicación del libro, y con más de un año de diferencia respecto a la finalización del texto principal. En este prólogo, Laporte, después de conversar con su nuevo editor en Sr. Scott, Alberto Beceiro, nos expone la idea de «publicar a su pesar». Es un concepto que me interesa, porque alguna vez yo también he sentido ese pudor que parece experimentar Laporte ante la idea de que los demás vayan a leer su texto. «Lo publicaría, por tanto, a mi pesar, porque ya estaba escrito y porque me cansaba de acumular manuscritos en el cajón.» En este prólogo, quizás a modo de advertencia, el autor le adelanta al lector que su obra trata sobre una IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo). Adentrarse en sus páginas –unas páginas en gran medida dolorosas y conflictivas– va a ser, por tanto, un acto que dependerá de la responsabilidad del lector.

 

Todos los libros que he leído de Laporte –así como el resto de los que tiene publicados– están escritos desde el «yo»; o bien son diarios, recopilaciones de artículos o novelas que hablan desde su propia experiencia. La vida suspendida, nos dirá el propio Laporte, también habla de una experiencia personal, pero el autor le ha añadido algunas dosis de ficción: «Es lo que aprendí de esta áspera experiencia y que, de mejor o peor manera, trato de reflejar en este escrito tan verdadero que tuve que recurrir a injertos de ficción, para hacerlo creíble.» (pág. 13). En cualquier caso, a mí, que he leído los diarios de Laporte me resultará complicado (aunque el autor, como veremos, nos va a dar alguna pista), leer este libro pensando que tiene ficción añadida, porque sigo viendo la voz narrativa del autor, y reconozco algunos de sus episodios vitales, ya comentados en otros libros.

 

Laporte conoce a María, a la salida de un cine, alguien que leyó, en algún momento, alguno de sus artículos periodísticos, le agregó a Instagram y, al fin, le ha reconocido ese día azaroso. Empieza una relación con ella y, solo unas pocas semanas después, recibe la noticia de que se ha quedado embarazada. Durante un breve lapso de tiempo, Laporte va a fantasear con la idea de tener ese hijo y convertirse en padre.  De hecho, apuntará que, tras un largo periodo de inestabilidad económica, quizás sea este su momento. Sin embargo, la falta de planificación y la fase tan inicial en la que se encuentra su relación con María harán que ambos tomen la decisión de iniciar una Interrupción Voluntaria del Embarazo en un hospital público de la Comunidad de Madrid. La vida suspendida nos va a hablar de este proceso, desde una perspectiva que puede resultar insólita o impúdica: la voz narrativa de Laporte se va a dirigir de forma directa al feto que no pudo convertirse en persona, en su hijo; al que se referirá con varios nombres, destacando el de «Serafín». «Vuelvo a ti en este ejercicio de literatura de duelo, extremo quizá patético, gratuito y pornográfico. (…) Quizás quiera volver a ti para cerrar también los duelos y quedarme para siembre en la celebración.» Uno de los libros de Laporte que me falta por leer es Luz de noviembre por la tarde (2011), donde homenajea a sus padres, que murieron de cáncer, cuando él era bastante joven, con una diferencia de pocos meses. Así que este nuevo libro se emparentaría con ese otro por temática, pero también con sus diarios. De este modo, La vida suspendida tiene una fuerte filiación con Tiempo ordinario (2021), un diario del que Laporte quitó las referencias a fechas concretas y que se lee como una narración de unos cuantos momentos vitales, sobre los que el autor va reflexionando, como apuntes poéticos de su propia vida. En La vida suspendida la voz narrativa es similar, pero, en este caso, las escenas evocadas son más intensas, al tener más fuerza narrativa y más conflicto.

En la novela existe una escena central, la de la visita a la clínica abortista, que va a coincidir con el día del Padre de 2022, y la narración se irá demorando al acercarse a los días previos y a los posteriores, basculando sobre ese día clave en esta historia, en el que un aspirador acabará succionando al feto de escasas semanas.

 

En gran medida, me ha sorprendido la capacidad de Laporte para mostrarse sin pudor en esta obra. Desde hablar de sus problemas financieros y la necesidad de recurrir a empresas, fuera del circuito bancario habitual, de micropréstamos, hasta sus inquietudes religiosas, de las que nos había empezado ya a hablar en sus diarios, pasando con sus problemas con los clientes de grandes empresas para los que trabaja de autónomo, escribiendo textos corporativos.

 

Quizás la nota de ficción (el propio Laporte así lo insinúa) sea la creación del amigo Petrus (varios de los personajes del libro aparecen aquí con un nombre ficticio), que hará sentir culpable a Laporte, al enfrentar su decisión a sus ideas religiosas. Y este personaje tiene la labor, por tanto, de generar más tensión narrativa a un texto ya bastante tenso y triste.

 

Como ocurría en sus otros libros, Laporte llena con fruición su texto de citas literarias; y su lenguaje tiende a ser reflexivo y poético, con algunos detalles hacia el deje más moderno, como «ese espermatozoide y óvulo que habían logrado ese match» (pág. 20), que otorgan la texto, a veces, un raro deje humorístico; y, en algunos casos, elige mezclar un registro culto del idioma con otro más vulgar: «Miembros de Hamás se han cargado a cientos de jóvenes» (pág. 135) o «sabios del pasado que no se habían coscado de nada» (pág. 147). Sé que estas características son rasgos del estilo de Laporte, pero en algunos casos son construcciones lingüísticas que no me acaban de convencer.

 

Me han gustado las reflexiones que hace Laporte sobre el propio sentido de la obra en marcha: ¿la escribe para pedirle perdón al hijo que nunca nacerá? ¿La escribe para tratar de conseguir algo de reconocimiento literario? O, en cualquier caso, ¿qué sentido tiene enfrentar su dolor al dolor real de un padre que ha perdido a un hijo de quince años, con el que a compartido una cantidad ingente de recuerdos, como le llega a ocurrir al corregir el texto de un cliente?

 

De las cuatro obras que llevo leídas de Laporte, La vida suspendida es que la que más me ha emocionado. Ya me pareció que Tiempo ordinario daba un salto respecto a su anterior libro de diarios, titulado sencillamente Diarios 2015-2016, y creo que ahora se vuelve a dar un salto desde Tiempo ordinario a La vida suspendida, que me ha parecido una obra desgarrada, sentida, impúdica y bella.

domingo, 13 de abril de 2025

Tennessee, de Luis Gusmán


 Tennessee, de Luis Gusmám

Editorial Contrabando. 138 páginas. 1ª edición de 1996, esta es de 2020.

En 2019 me sorprendió muy gratamente la lectura de Villa (1996) de Luis Gusmán (Buenos Aires, 1944), un autor argentino del que nunca había oído hablar y que en España publicaba la pequeña editorial Contrabando, ubicada en Valencia. Villa hablaba sobre las personas que, en las dictaduras, considerándose apolíticas, tratan de seguir con su vida, mirando siempre para otro lado cuando las consecuencias de esas dictaduras irrumpen en su entorno. Era una novela escalofriante. La elegí entre mis diez novelas argentinas favoritas del siglo XX. Esto hizo que en mi primera visita a la librería Lata Peinada, que abrió su sucursal de Madrid en 2020 (ya ha cerrado) comprara, entre otros libros, Tennessee (1996) de Luis Gusmán. Sin embargo, mi habitual desbarajuste de lecturas, que hace que dé prioridad a aquellos libros que solicito a las editoriales y postergue los que compro, ha hecho que no me haya acercado a esta novela hasta cuatro años después. Por fin, en el verano de 2024, me acerqué a la lectura de Tennessee.

De entrada, me llama la atención constatar que Tennessee se publicó en Argentina el mismo año que Villa. Imagino que Luis Gusmán las habría escrito durante los años anteriores y no tuvo, en principio, mucha suerte a la hora de encontrar editores para sus obras. Lo que, dada su calidad, me resulta extraño.

El personaje principal de Tennessee es Walenski, un cincuentón que, hace años, trabajó como «pesista» o persona que realiza espectáculos levantando pesas. En el mundo de las pesas, le introdujo su amigo Smith, con el que había trabajado en un camión frigorífico de reparto de carne. Smith, en el pasado, llegó a ser medalla de oro, como levantador de pesas, en los juegos olímpicos de Tennessee. Tuve que comprobarlo en internet: nunca ha habido unos juegos olímpicos en Tennessee. Esta ciudad, que da título al libro, simboliza el lugar de la felicidad al que Smith siempre ha soñado con volver, como se sueña con volver, en realidad, no a un lugar físico, sino a la propia juventud y al mundo del éxito y la esperanza. Para Walenski, sin embargo, Tennessee simboliza la idea de aquello que ya no podrá alcanzar nunca, porque tiene más de cincuenta años, y en el pasado nunca llegó a ser tan buen pesista como su amigo.

Walenski vive y trabaja en el Regatas, un club náutico, bastante decadente, a las afueras de la ciudad de Buenos Aires, que, según sople el viento o no, puede impregnarse de un olor fétido. En realidad, el Buenos Aires que retrata Luis Gusmán en esta novela no es, en ningún caso, el de las postales turísticas, sino un Buenos Aires de arrabales, de villas miseria y de oscuridad. Así, por ejemplo, se nos hablará de robos habituales en funerarias o en visitas a los cementerios. «Las viejas hablaban del miedo que les daba ir al cementerio, ubicado cerca de la vía, en los fondos de una villa. “Porque cuando suben las escaleras para poner flores en los nichos altos, desde abajo, pendejos, sobre todo pendejos, les mueven la escalera y las amenazan hasta obligarlas a tirar los monederos. La gente va sin plata, sin relojes, solo con las flores en la mano, cuando los pétalos vuelan por el aire es señal de que han tirado a alguien”» (pág. 20)

«La ciudad tiene otra ciudad clandestina adentro, como si fuera un guante. Hay garitos, peleas a muerte entre perros, lucha entre mujeres; sólo hay que leer los avisos del diario para enterarse.», leemos en la página 96.

Walenski, pese a su tamaño y sus músculos, se siente un hombre desamparado, un hombre que creció sin padres, al amparo de Ema, una mujer que lo había criado, al igual que a otros niños, que son para Walenski sus «hermanos de leche». Cuando comienza la acción de la novela, Ema acaba de morir, lo que le sumirá en una honda tristeza. Para Walenski

ya pasaron sus mejores años y la hernia que le está creciendo, cada vez más, en el abdomen le está haciendo pensar que ya no va a desear, dentro de poco, que le vean desnudo ni las prostitutas que suele frecuentar.

Después de acercarnos, durante unos breves capítulos, al mundo de Walenski, la narración va a empezar realmente cuando este reciba la visita de Deganis, un abogado de la ciudad, que le preguntará por Smith, al que no consigue localizar y que quizás esté relacionado con el pasado de Salermo, el dueño de una de las fábricas más importantes del barrio de Avellaneda y que ha muerto hace poco. Deganis le comunica a Walenski que, quizás, Smith hubiera estado extorsionando a Salermo por algo que sabía de su pasado, y ahora está empezando a extorsionar a su hija Telma, la cliente de Deganis.

En principio, Tennessee se desarrolla bajo los parámetros de una novela negra, más o menos clásica. Walenski, ejerciendo de detective, tendrá que averiguar dónde se oculta su antiguo amigo Smith. Para ello deberá –como marcan los parámetros del género– visitar algunos de los lugares más sórdidos de la ciudad. Por supuesto, en Tennessee también habrá una bella mujer, Telma. Pero, como en toda buena novela negra –o en toda buena novela, en general–, no hallaremos en Tennessee simplemente la narración de una persecución, sino que la historia irá haciéndonos comprender los lazos que han unido, y siguen unido, la vida de estos dos personajes: Walenski y Smith. «Hace mucho tiempo que para la gente nos hemos convertido en una sola persona. No es la primera vez que para encontrar a Smith me vienen a buscar a mí. Si le digo que hace mucho que no lo veo no me va a creer.», leemos en la página 24.

El texto, escrito en tercera persona, nos acerca al punto de vista de la historia de Walenski, pero no siempre es así. De este modo, me sorprendió que en la página 75 empieza un capítulo que se fija en las andanzas de otro personaje, al que Walenski ha tenido que ir a buscar a Pehuajó, un pueblo de la provincia. Los escenarios decadentes no solo se limitan a las afueras de Buenos Aires, sino que también se adentran en su provincia. En los capítulos de Pehuajó conoceremos a Ordóñez, un siniestro jefe de policía, que nos acerca a los presupuestos de Villa, puesto que el narrador nos insinuará que Ordóñez ha sido un torturador en los tiempos de la dictadura de Videla y que, ya en democracia, ha seguido teniendo la capacidad de ejercer su poder con abuso de autoridad; por ejemplo, sobre sus rivales sexuales.

Sin grandes excesos verbales, la prosa con la que Gusmán ha escrito Tennessee es precisa y bella. Me gusta, por ejemplo, la limpieza de esta frase con la que comienza una escena: «Los días fueron pasando como el río, lentos, oscuros, estancados.» (pág. 54). Es destacable la maestría con la que el autor maneja el flujo de la información que le da al lector; cómo la retiene, la sugiera o la expande en los cortos capítulos de la novela.

Entre Villa y Tennessee me quedó con Villa, pero, como ya he dicho, Villa es una novela que me gusta mucho, y Tennessee, pese a no llegar a la hondura de Villa, sigue siendo una gran novela corta, que me ha hecho disfrutar mucho en el caluroso julio de 2024. Como punto final, me gustaría reivindicar la obra de Luis Gusmán, un autor poco conocido en España, y también reivindicar la gran labor de las editoriales pequeñas como Contrabando.

domingo, 30 de marzo de 2025

Minimosca, por Gustavo Faverón


Minimosca,
de Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 715 páginas. 1ª edición de 2024.

 

Había leído, hasta ahora, tres libros de Gustavo Faverón (Lima, 1966): las novelas El anticuario (2010) y Vivir abajo (2019) y el ensayo El orden del Aleph (2021). De este último libro, tuve el privilegio de ser –junto al escritor Javier Moreno– el presentador en Madrid. Faverón ha publicado algún ensayo más, pero su obra narrativa solo consta de estas dos novelas que cito y a las que une Minimosca (2024). Desde hace varios años conocía la existía de Minimosca, porque le había oído hablar de este proyecto al propio Faverón. Al principio, el autor pretendía que se tratase de una novela corta, que se correspondería con la segunda parte de la versión final del libro (que sobrepasa las 700 páginas), que se llama igual que el título, y que escasamente tiene 100 páginas. De hecho, El orden del Aleph –en palabras de Faverón– era otra de las partes de Minimosca, y el contenido de este ensayo, en principio, era fruto del trabajo de uno de los personajes de la novela, una profesora colombiana. Faverón decidió sacar esa parte del libro y crear con ella un nuevo texto sobre la obra de Jorge Luis Borges.

 

El amnésico es la primera parte de la novela que, ciertamente, comienza de un modo desconcertante: un hombre sale a pasear por las noches a un bosque cercano a su casa en un pueblo de Maine, hasta que se da un golpe y pierde la memoria. Esto le llevará a convertirse en un vagabundo que vive con otros vagabundos. La narración comienza a desdoblarse en diversos relatos dentro del relato, de algunos de ellos serán protagonistas artistas reconocibles, como Marcel Duchamp o Stephen King. Aunque Vivir abajo era una novela que acababa entrando en el terreno de los fantástico, su primera parte – titulada La piedra de la locura– mostraba una narración realista, donde un personaje trataba de localizar a otro; al empezar a leer Minimosca, después de la lectura de la anterior novela, el lector va a darse cuenta enseguida de que la apuesta de Faverón es, en su nueva novela, más radical que en la anterior. Un aire onírico, que va a acabar recorriendo todo el libro, impregna ya de un modo potente las páginas de El amnésico. Los personajes, como los de las obras de Franz Kafka, se mueven en la densidad de los sueños y las realidades más mundanas de la vida (como, por ejemplo, la necesidad de ganarse el sustento con un trabajo remunerado) van a tener muy poca relevancia en la narración; o, más bien, en las narraciones, porque Minimosca es una narración de narraciones, una novela formada por múltiples relatos cortos que, en gran parte, pero no en todos los casos, acaban encajando entre sí. El amnésico que podía llegar a hacernos pensar en un alter ego del autor, ve películas en un sótano en su casa, hechas por George Bennett, que era uno de los protagonistas de Vivir abajo. Desde bastante pronto, el lector habitual de Faverón va a saber que ambas novelas, Vivir abajo y Minimosca están relacionadas.

 

Como dije, Minimosca es la segunda parte de la novela, y podría haber sido una novela independiente, como apuntaba Faverón. Al finalizar el libro completo, aunque lo contado en esta parte se complementa con lo expuesto en otras, el lector tendrá la sensación de que, efectivamente, Minimosca (la parte, no la novela) podía haber sido un libro independiente; igualmente El amnésico podía haber sido una novela independiente.

En Minimosca nos trasladamos a Lima y su protagonista va a ser Arturo Valladares, un joven con una historia trágica tras de sí, ya que su padre asesinó a todos sus hermanos y a su madre. A Arturo le van a asaltar dos pasiones: el boxeo y la poesía. De nuevo, el surrealismo dominará la narración: Arturo aprenderá a tumbar a sus rivales en el ring sin golpearlos, usando la técnica de susurrarles versos de César Vallejo, su héroe poético.

Las historias, las narraciones dentro de las narraciones, se van a suceder también en Minimosca. De hecho, en esta segunda parte se usa el recurso del manuscrito encontrado: John Sinclair, en Utah, lee un manuscrito, hallado en un cubo de basura, que cuenta la historia de Arturo. El manuscrito, sabremos, está escrito por Mónica Buchenwald (aunque ella afirmará, más adelante, que nunca lo ha escrito), que acabará teniendo una relación con Arturo. También, entreverada con la historia de Arturo, conoceremos la intricada vida familiar de Mónica, que pasa por los campos de concentración nazis en Europa.

Como ya he apuntado, Faverón, que coqueteaba en Vivir abajo con el género fantástico, se adentra en él de lleno en Minimosca, y no tiene problemas en convertir a unas moscas (muertas, además), que viven en la casa de Mónica, en sus sabias interlocutores.

El título del libro, tiene que ver con la categoría pugilística en la que pelea Arturo y también con un estado de ánimo. «Desnudo sobre la balanza, Arturo siente que esa palabra describe con exactitud el estado de apocamiento y aflicción que lo embarga con frecuencia en tardes como esa. Recibe la palabra con los brazos abiertos, después los cierra para abrazarla.» (pág. 106)

 

La tercera parte se titula Angus, y su personaje va a ser Angus White. Si el lector está atento (aviso de que es posible perderse en el laberinto de nombres e historia que ha perpetrado Faverón) sabrá que Angus es la persona que conversa en la segunda parte con John Sinclair, que ha encontrado el manuscrito donde se narra la historia de Minimosca.

Nos trasladamos ahora a San Francisco y, entre otras cosas, Angus conversará con su amigo Richard Diekenborn sobre un libro que este último ha encontrado, esta vez en un árbol, en el que Esmée Maisse (que es la madre de Mónica Buchenwald) habla de él, pero dice barbaridades y recoge una serie de entrevistas que él (pintor de profesión) nunca ha dado.

En esta parte de la historia harán sus cameos poetas y escritores como como Allen Ginsberg, Martín Adán o Herman Melville.

En el cuarto de baño de Dickenborn aparecerá Arturo Valladares, a quien Mónica busca en Lima. Es normal en esta novela que las personas aparezcan y desaparezcan en los lugares más inverosímiles. En esta novela la realidad tiene grietas y otras realidades paralelas pueden invadirla, y así es posible que puedan convivir dos «yos» de un mismo escritor, por ejemplo.

 

La cuarta parte es Momias y aquí nos trasladaremos a Bolivia, al pueblo de La Higuera, donde se dio muerte a Ernesto Che Guevara. Uno de sus protagonistas principales serán George Bennett que, como ya he apuntado, era una de los protagonistas de Vivir abajo. De hecho, una de las tramas principales de Vivir abajo era localizar a Bennett. Sabremos ahora que, durante muchos años, estuvo viviendo en La Higuera con una mujer argentina llamada Raymunda Walsh, sobrina del escritor Rodolfo Walsh. Bennett, para vengar la obra de su padre –un agente de la CIA que se dedicó a torturar gente y a crear cárceles secretas en Latinoamérica– ha dedicado parte de su tiempo a buscar y a matar a nazis. Uno de ellos era el marido de Raymunda. Los dos conviven con el hijo ciega de Raymunda y el nazi, Mario Ernesto. A La Higuera también se va a vivir un pintor norteamericano, al que se denominará el Pintor Fugitivo, y que el lector acabará sabiendo que se trata de Richard Diekenborn, pero tal vez no el Richard Diekenborn real sino uno falso, sobre el que escribió Esmée Maisse.

 

La quinta parte se titula Utah. Richard Diekenborn se ha trasladado a Utah, porque compró la casa de Uriah Vargas, que es un escultor suicida cuya historia se contaba en la tercera parte. En Utah, Richard se juntará con Angus White y John Sinclair y acabaremos comprendiendo que su historia está, de un modo rocambolesco, unida a la de Mónica Bachenwald.

 

Y aún queda una sexta y una séptima parte, tituladas El museo de la Rue de Babylone y El Sur, donde César Vallejo será uno de sus protagonistas y Angus White se encontrará con Mónica Bachenwald y se cerrarán algunos de los hijos narrativos que estaban quedando pendientes; y así, comprenderemos al final que todas las historias que hemos leído, dentro de esta historia, estaban más hiladas de lo que suponíamos al principio.

 

Cuando, hace unos cinco años, escribí la reseña de Vivir abajo dediqué bastante espacio a comentar las similitudes que encontraba entre la obra de Faverón y la de Roberto Bolaño. La influencia de la obra de Bolaño sigue presente en Minimosca: el gusto por la digresión, por contar argumentos de películas, de relatos, de sueños…, dentro de la historia principal; el gusto por hablar de la literatura como hilo argumental, con la presencia en Minimosca de escritores convertidos en protagonistas de las historias. También se encuentra aquí el gusto de Bolaño por el mal: la presencia de nazis o de discípulos de nazis en Latinoamérica. Pero ahora veo que el estilo y los intereses de Faverón han ido más lejos que en Vivir abajo, que ha dejado ya más atrás la obra del maestro y se ha adentrado en territorios nuevos, en obsesiones ya más personales. De hecho, el interés por «el mal» en Faverón es tan exagerado, con sus asesinos, pedófilos, violadores, torturadores… que no deja de tener un aire paródico. También encontramos en Minimosca la presencia de Jorge Luis Borges, por el gusto por la paradoja y el relato fantástico. Decía Ricardo Piglia que la obra de Borges tenía un único narrador, que era Borges; algo similar podríamos decir del laberinto de historias que nos propone Faverón en Minimosca. Kafka, Bolaño, Borges… además de la presencia –tanto estilística como real– de multitud de escritores. Por ejemplo, y no quería dejar de mencionarlo, el escritor boliviano Jaime Saénz vuelve a aparecer en las páginas de Minimosca, como lo hizo también en las de Vivir abajo.

 

El lenguaje de Minimosca, plagado de referencias literarias y poesía, con frases muy largas, formadas, en realidad y en muchos casos, por más de una frase unida por la conjunción «y», es plástico, original y bello.

Minimosca es una obra muy inteligente, donde, en más de una ocasión, resulta algo complicado acabar de seguir todas las conexiones que Faverón establece entre unas historias y otras, entre unos personajes y otros. Minimosca está escrita con la ambición de las grandes novelas del boom latinoamericano, a cuya estirpe pertenece. Obviamente, no he leído ni una mínima parte del conjunto de la literatura escrita en español en lo que llevamos de siglo, pero, dentro de lo que conozco, o de las referencias que he podido tomar de los más entendidos, considero que Minimosca entra en el olimpo de las grandes obras escritas en español en el siglo XXI, junto con libros como 2666 de Roberto Bolaño o La novela luminosa de Mario Levrero. Si usted no ha leído nada de Faverón, creo que puede ser una experiencia literaria deslumbrante acercarse a Vivir abajo y Minimosca y leerlas seguidas, porque son dos obras (o una sola, tal vez) que van a perdurar.

domingo, 23 de marzo de 2025

Los testamentos, por Margaret Atwood

 


Los testamentos, de Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 506 páginas; primera edición de 2019.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

En mi reseña anterior, dedicada a El cuento de la criada (1985), ya comenté que de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) había leído dos de sus novelas menos famosas: Resurgir (1972) y Por último, el corazón (2015). Por fin me decidí y saqué de la biblioteca de Móstoles El cuento de la criada (1985), y su segunda parte Los testamentos (2019). Treinta y cuatro separan la publicación de ambos libros. Es muy posible que el éxito de la serie de Netflix de El cuento de la criada, que se estrenó en 2017, llevara a Atwood (quizás alentada por los productores) a escribir una segunda parte de su novela más famosa. Debemos saber también que Los testamentos se publicó el año que la autora cumplía ochenta años. Estas circunstancias hicieron que me acercara a esta segunda novela con algo de recelo.

 

Según el resumen de la contraportada, Los testamentos comienza cuando han pasado quince años desde los acontecimientos narrados en El cuento de la criada, pero en realidad el lector se enfrentará a las páginas de esta segunda parte sin unos referentes temporales demasiado claros del tiempo transcurrido entre una narración y otra. De entrada debería señalar que –por si alguien lo estaba esperando– Defred, la protagonista de El cuento de la criada, no aparece en Los testamentos, o aparecerá solo al final, como una referencia vaga, como un posible pariente de alguna de las protagonistas de Los testamentos. Este libro acabará usando el mismo recurso con el que terminaba El cuento de la criada: en un encuentro de historiadores del futuro, interesados en conocer el pasado de la república de Gilead, se comentarán algunos testimonios que les han llegado de esa época que desean analizar.

 

En Los testamentos se intercalan las voces narrativas de tres mujeres. La primera será la de Tía Lydia, personaje que sí que aparece en El cuento de la criada. Tía Lydia ejercía de jefa en el centro de formación para criadas al que acudió Defred. En Los testamentos, Tía Lydia es una mujer mayor, que vive en Casa Ardua –una especie de convento donde viven todas las Tías, que actúan como un cuerpo de sacerdotisas o monjas en la jerarquía de Gilead– y que ha decidido escribir un testimonio (algo que puede traerle problemas) sobre sus experiencias en Gilead. Antes de que el cambio de régimen tuviera lugar, Lydia era una reputada jueza, que tras el golpe de estado será conducida, al igual que otras muchas mujeres que se dedicaban a la justicia, a un campo deportivo. Allí tendrá que tomar la decisión de ser aniquilada o convertirse en un activo para el nuevo gobierno. Lydia debe, en la actualidad, relacionarse y tomar decisiones con el Comandante Judd, un personaje que –sabremos al final– quizás aparecía en El cuento de la criada, pero esto será solo una conjetura. Lydia, en el tiempo narrativo de la novela, parece cansada de la república de Gilead, que para ella está perdiendo sus valores (en los que quizás nunca creyó) debido a la corrupción moral de sus mandatarios, y parece dispuesta a trabajar por su caída. La Tía Lydia, en su texto manuscrito, que ha de esconder cada vez que deja de escribir, interpela a un hipotético lector del futuro.

La segunda narradora será Agnes Jemima, que empezará a contar su historia desde que es una niña de seis o siete años. Agnes ha nacido en la república de Gilead y –a diferencia de los personajes de El cuento de la criada– solo puede hablarnos de este mundo. Pertenece a una familia adinerada y su destino, después de acudir a una escuela de señoritas, donde no la enseñarán a leer y escribir (algo solo permitido en Gilead a las mujeres que ejercen de Tías), su destino será casarse con un Comandante. Al igual que ocurría en El cuento de la criada, en Los testamentos se nos muestra que Gilead vive en un estado de guerra continuo. Esta idea del «estado de guerra continuo» aparecía en 1984, donde George Orwell sostenía que era necesaria, aunque fuese falsa, para mantener a la población siembre sometida al poder. Los problemas en torno a sus orígenes y su identidad pronto empezarán para Agnes.

 

La tercera narradora es Jade, una adolescente de Canadá, que vive con sus padres, unos activistas en contra de las costumbres de Gilead, a las que consideran bárbaras. Es posible que Jade no sea quien realmente ella piensa que es y que su pasado (y también su futuro) tengan que ver mucho con Gilead. Pronto la trama de la novela hará que su aparentemente apacible vida en Canadá empiece a correr peligro.

 

Tanto Agnes como Jade serán narradoras orales, ya que están grabando sus recuerdos en magnetófonos, sin que los historiadores del futuro tengan demasiado claro si esas grabaciones se realizaron en uno de los refugios de Mayday, la asociación que lucha por la caída de Gilead desde dentro, aunque también con conexiones en el exterior.

 

Aunque el lector al principio piensa que las tres voces narrativas están evocando el mismo momento del tiempo, al final se dará cuenta de que no tiene por qué exactamente así. De hecho, durante gran parte de la narración sentí que Agnes y Jade era dos adolescentes de la misma edad, en el mismo momento del tiempo, para descubrir, más tarde que se llevan casi diez años. Con este detalle me ha parecido que Atwood demostraba gran pericia narrativa.

 

Como comenté al hablar de El cuento de la criada, en esta novela la tensión narrativa iba creciendo lentamente hasta acumularse de forma muy eficiente en el tramo final. En este sentido, Los testamentos es una novela más de «acción». Esto no evita que también haya reflexiones sobre el mundo creado y el lector conocerá nuevos detalles del funcionamiento de la república de Gilead. En este sentido, he tenido la sensación de que el mensaje crítico y antimachista de este libro se hace bastante más explícito en esta segunda novela que en la primera; resultando, por tanto, en este sentido El cuento de la criada una novela más sutil que Los testamentos.

 

En la página 354 leemos: «Por ejemplo, el lema de todo lo que había en el Muro solía ser Veritas, que significa “verdad” en latín, aunque luego habían borrado las letras con un cincel y las habían borrado con pintura.» En esta frase he querido ver un homenaje explícito de Margaret Atwood a su admirado George Orwell, porque en Rebelión en la granja también existe un muro en el que, al principio de su revolución, los cerdos escriben sus mandamientos animalistas, para, más tarde, ir acortándolos o tachándolos.

He leído Los testimonios con agrado y me ha parecido la obra de una escritora solvente, con mucho oficio, teniendo además consciencia de que había escrito esta novela ya cerca de sus ochenta años; pero es justo señalar que El cuento de la criada me ha parecido una obra más conmovedora, sutil y magistral en su planteamiento y desarrollo. En otras palabras: Los testamentos es una buena novela, mientras que El cuento de la criada es una obra maestra.

 

domingo, 16 de marzo de 2025

El cuento de la criada, por Margaret Atwood


 El cuento de la criada, de Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 412 páginas; primera edición de 1985; esta edición es de 2017.

Traducción de Elsa Mateo Blanco

 

De Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) había leído dos libros: Resurgir (1972) y Por último, el corazón (2015). Fueron dos libros que me gustaron, aunque, desde luego, era consciente de que no me había acercado a los libros más emblemáticos de esta autora. Y que esos libros llegaran a mí tuvo más que ver con mi condición de reseñista aficionado, que recibe libros de las editoriales, que con una selección eficiente de mis lecturas. Desde hace tiempo me apatecía acercarme a la trilogía formada por los libros Oryx y Crake (2003), El año del diluvio (2009) y Maddadam (2013), o bien al díptico compuesto por El cuento de la criada (1985) y Los testamentos (2019). Los cinco libros están disponibles en la biblioteca de Móstoles y, al fin, en noviembre de 2024, decidí olvidar la montaña de libros que tengo en casa sin leer y saqué de la biblioteca El cuento de la criada y Los testimonios.

 

De entrada debería decir que no he visto la serie de Neflix, que tan popular hizo a este libro a partir de 2017. A pesar de esto, es cierto que resultaría difícil que el mundo creado por Margaret Atwood en este libro, a estas alturas, pille de nuevas al lector, porque sus propuestas son ya icónicas a nivel mundial. Sí que había visto un reportaje sobre la autora en la plataforma Filmin –lo volví a buscar y ahora mismo ya no está disponible–, y ella comentaba que las ideas que usa en El cuento de la criada las ha tomado de la realidad: por poder unos ejemplos, en la Rumania de Ceaușescu se prohibió el uso de métodos anticonceptivos; el robo de los bebés en la Argentina de Videla; o las prácticas de algunas sectas, en cuanto al trato hacia las mujeres. Era un momento muy estremecedor del documental aquel en el que Atwood le mostraba a la cámara recortes de periódico con esas noticias, que tenía guardados en una carpeta, del tiempo que escribía la novela, lo que empezó a hacer en 1984, en Berlín Occidental.

 

Atwood introduce al lector en su historia sin darle demasiados datos sobre cómo es el mundo que se nos presenta, o sobre cómo se ha llegado hasta ahí. Así que entiendo que para los primeros lectores del libro la experiencia tuvo que ser algo diferente que para los lectores actuales. Ya que para estos, como ya he comentado, muchas de las ideas de la novela ya forman parte del imaginario colectivo. Y el libro también será una experiencia diferente para aquellos lectores que se adentren en las páginas de la novela sin leer la sinopsis de la contraportada. Ya que en esta se clarifican algunos puntos clave del libro, que al lector le va a costar alcanzar. Por ejemplo, aunque la escritora es canadiense, la acción de la novela se sitúa en Estados Unidos, y el escenario principal de El cuento de la criada será la ciudad de Boston, cuyo nombre acabará apareciendo en el libro; pero no así, las instalaciones de la universidad de Harvard, lugar cercano a donde se encuentra la casa en la que vive la protagonista de esta historia, ejerciendo de «criada». «Intento imaginar en qué edificio se encuentra. Recuerdo la distribución de los edificios que se alzan al otro lado del Muro; antes, cuando era una universidad, podíamos caminar libremente por el interior.» (pág. 232). En el citado reportaje sobre Atwood, aparecía una conferencia que la autora daba en Harvard y decía que allí, cuando ella era joven, existía una biblioteca a la que no podían entrar las mujeres. Siguiendo la lógica en la que está planteada la novela, ese elemento de la realidad se tomó para la construcción de la novela, ya que en ella las mujeres tienen prohibida la lectura y la escritura, a no ser que sean «tías», que serían una especie de sacerdotisas que velan por el buen comportamiento de las otras mujeres, en el mundo muy jerarquizado de El cuento de la criada.

 

En los Estados Unidos de la década de 1980, un grupo de extremistas religiosos asalta el congreso y da un golpe de Estado. Desea restaurar una serie de «valores tradicionales» que chocan con el supuesto libertinaje de la época, y con las nuevas costumbres para las mujeres. En la nueva «teocracia puritana» que se va a imponer en el país o, al menos en una gran parte, en la que va a ser llamada la república de Gilead (que abarcaría, al menos, el noreste de los antiguos Estados Unidos), una de las primeras medidas será, por ejemplo, hacer desaparecer la independencia económica de las mujeres. Su dinero tendrá que ser administrado por sus maridos o, en el caso de no estar casadas, por un familiar varón. Huir a Canadá no va a ser una tarea fácil.

La novela empieza cuando ya han transcurrido algunos años desde que se perpetró este golpe de Estado y se ha consolidado la república de Gilead, aunque sigue existiendo una guerra permanente en las fronteras de la nueva nación. La narradora de la historia, de la que nunca sabremos su verdadero nombre –el nombre que tenía antes de que existiera Gilead– es Defred, una mujer de treinta y tres años que, en el nuevo régimen, ocupa el puesto de «criada». Fred es el nombre del Comandante en cuya casa vive. Su nombre, «Defred», indica un sentido de pertenencia a este cargo militar. En el futuro distópico del mundo planteado en la novela, las tasas de natalidad han bajado. Los motivos no acaban de quedar del todo claros: quizás la polución, quizás el tipo de armamento usando en las últimas guerras, o una mezcla de ambos. Los matrimonios son concertados en Gilead, y los Comandantes, el estamento social más alto, suelen unirse a jovencitas, recién salidas de la adolescencia, en muchos casos, que no siempre son fértiles. Al darse esta situación, como ocurre en la casa del Comandante Fred, cuya mujer tampoco es especialmente joven, estos matrimonios pueden solicitar los servicios de una criada. La única función de las criadas, que pueden permanecer en la casa de un Comandante durante un periodo máximo de dos años, será la de ser fecundadas por él y dar un hijo a la pareja. «Somos matrices con patas», llegará a decir de sí misma Defred. Por supuesto, las criadas no son bien vistas, ni apreciadas por las esposas, ya que su presencia en la casa supone admitir la existencia de un fracaso personal.

Las mujeres ya no pueden ejercer las antiguas profesiones liberales a las que se dedicaban antes de la republica de Gilead. Ahora son esposas; Marthas, que son las trabajadoras de las casas adineradas; criadas, que tienen una función reproductiva para familias pudientes que no pueden procrear por sí solas; o tías, que son un cuerpo de sacerdotisas, encargadas de disciplinar a otras mujeres. Fuera de este orden jerárquico, que nos mostrará Defred desde su propia experiencia, también existen las econoesposas, que son las mujeres de hombres de escala social inferior, y las mujeres que se han desechado como «no mujeres», por su edad u otra condición, y que han sido enviadas a islas, donde permanecen recluidas y han de realizar tareas poco recomendables, lo que las hará morir pronto.

 

El lector acabará sabiendo que la narración que lee, en realidad, es una trascripción de unas cintas de casetes, que unos historiados del futuro encontraron y que puede servir como testimonio de la extinta república de Gilead.

 

La historia está narrada en presente y cuando Defred recuerda el antiguo mundo anterior a Gilead, cuando rememora, por ejemplo, a Luke, su pareja, a su mejor amiga o a su madre, una feminista combativa, se saltará al pasado perfecto simple. Sin embargo, cuando estos recuerdos, sobre todo en lo que concierne a los primeros tiempos tras el golpe de Estados, se hacen más extensos, se vuelve a usar el presente simple.

Al principio, el lector entrará en una narración en la que se irán describiendo distintos aspectos de la nueva civilización que la autora ha creado, pero sin una línea argumental –más allá de esa descripción– muy clara. Sin embargo, según avance la historia, de un modo lento, pero inexorable, la tensión narrativa se hará cada vez más intensa. Y se crearán, por el camino, algunas imágenes de gran impacto visual: las personas ejecutadas, que se dejan colgando del Muro, por ser disidentes o haber cometido algún delito, para escarnio público; el ritual según el cual los Comandantes tienen relaciones sexuales con las criadas, en presencia de la esposa, o cómo una criada da a luz y el bebé es tomado por la esposa, como si fuera su propio bebé, son realmente espeluznantes.

 

Como ocurría en Por último, el corazón (2015), en El cuento de la criada Atwood también juega a inventar un vocabulario propio, que explique algunos conceptos del mundo que propone. Los hallazgos de Margaret Atwood en El cuento de la criada sobre los miedos, y los sufrimientos reales de las mujeres, en una sociedad patriarcal (también se habla aquí de los abusos que sufrían las mujeres en la Norteamérica real antes de Gilead), son muy destacables.

El cuento de la criada se publicó en 1985, y ahora, casi cuarenta años después, podemos ya hablar de clásico moderno; un clásico que entra, junto con novelas como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley, en el panteón de la novela distópica.