domingo, 12 de febrero de 2023

Los chicos, por Toni Sala

 


Los chicos, de Toni Sala

Editorial Trotalibros. 219 páginas. 1ª edición de 2014; ésta es de 2021.

Traducción de Carlos Mayor

 

 

En 2022 estuve hablando con Jan Arimany, el editor de Trotalibros, y quedamos en que me iba a enviar Soledad de la escritora Víctor Català, una novela clave dentro de las letras catalanas, que acabé eligiendo entre mis diez mejores lecturas del año. En el envío de este libro, añadió –sin avisarme– al paquete Los chicos, de Toni Sala (Sant Feliu de Guíxols, 1969), una novela que compartía con Soledad el hecho estar escrita en catalán y que ahora aparecía traducida al castellano en su editorial. Además, con Los chicos, Jan publica en Trotalibros, por primera vez, a un autor vivo. Como él mismo ha dicho en más de una ocasión, Toni Sala es de sus  autores contemporáneos más admirados. A mí no me sonaba de nada, y aquí es donde empiezan a actuar los prejuicios: aunque Sala ha ganado más de un premio en Cataluña, y ha sido traducido a diversos idiomas, si no ha sido apoyado por un grupo grande, para ser traducido y publicado en castellano, es porque no será un escritor tan relevante, llegué a pensar. Pero, por otro lado, soy seguidor del canal Trotalibros de Jan y considero que tiene criterio para hablar de literatura, así que también sentía curiosidad por ver qué clase de novela era Los chicos.

 

En enero de 2023 yo seguía con el ensayo histórico La otra historia de los Estados Unidos de Howard Zinn y decidí hacer un nuevo algo en su lectura, para ponerme con Los chicos según volvía al colegio, después de las vacaciones de Navidad.

 

La novela está dividida en cuatro partes, de una extensión similar. En cada parte, el narrado nos acerca a un personaje diferente para contarnos fragmentos de la misma historia, que acontece en un pueblo del interior de Gerona, llamado Vidreres (lo he buscado en internet, y el pueblo realmente existe con este nombre). El narrador, en tercera persona –siguiendo la técnica del estilo indirecto libre–, en más de un caso, casi acerca al lector hasta el flujo de conciencia de sus personajes.

 

Un hecho vertebra el tiempo narrativo de la novela: dos jóvenes hermanos de Vidreres, de veinte y veintidós años, se han matado, en la noche del sábado al domingo, al salirse su coche de la carretera y estrellarse contra un árbol. El tiempo narrativo será el de los días inmediatos al accidente, que han conmocionado la vida del pueblo, visto desde perspectivas diferentes.


El primer personaje es Ernest, un hombre cercano a los sesenta años, con tres hijas, que trabaja en una sucursal bancaria del pueblo, quien, al llegar al banco, el lunes por la mañana, aún no conoce la tragedia que asola a los vecinos de Vidreres. Ernest, aunque trabaja en el pueblo desde hace años, sabe que será siempre un foráneo, como así se lo hace saber Jaume, su compañero de oficina. Será éste quien vaya al entierro, mientras Ernest se queda en el banco, esperando a unos clientes que no van a aparecer esa mañana.

Las primeras páginas de esta parte –y no serán las únicas– me han recordado a los comienzos de algunas de las novelas de Rafael Chirbes que hablan sobre la crisis económica de 2008-2014, novelas como En la orilla, que no he leído entera, pero sí sus primeras páginas. Páginas que hablan de la paralización de un país, después de los años de expansión de la construcción. «De repente todo parecía culpa de la crisis, pero no era culpa de la crisis aquella exposición de prostitutas en las cunetas de la nacional, pasadas las obras de desdoblamiento dejadas a medias, pasados los puentes a medio construir, (…)», así comienza el libro. Durante varias páginas se habla de ese mercado de prostitución al aire libre que ha de contemplar Ernest cada día, para ir y volver del trabajo. Son páginas que nos meten en una narración dura, oscura, que, en gran medida, nos va a llevar hasta algunos recovecos del mal que anida en las personas.

 

En la segunda parte, conoceremos a Miqui, un camionero de treinta y dos años, que el lunes del entierro de los dos hermanos, tiene que hacer un servicio en una de las casas más adineradas del pueblo, casa desolada porque una de las hijas de los dueños –Iona– era la novia de uno de los hermanos fallecidos. Miqui capea la crisis económica haciendo los servicios que puede con su camión, y chateando con mujeres desconocidas (que pueden ser hombres) en internet. Además de ser una persona adicta al sexo, también se nos mostrará como alguien disocial, con rasgos de psicopata, un personaje violento, siempre a punto de estallar.

 

La tercera parte está protagonizada por Iona, la joven de veinte años, que era la novia de Jaume, uno de los jóvenes muerto en el accidente (el otro es Xavi). Iona es una estudiante de veterinaria, que se debatía, hasta este fatídico fin de semana, entre especializarse en ser veterinaria de granja, y por tanto quedarse a vivir en el campo, o ser veterinaria de mascotas, y por tanto irse a vivir a la ciudad.

Si bien las dos primeras partes están centradas en personajes que no son de Vidreres, como Ernest, que acude allí a trabajar, y Miqui, que ha ido esta vez por un trabajo puntua; con Iona, Sala nos introduce más en el corazón del pueblo, su tragedia y su duelo, con un personaje local más cercano al drama. Además, si la segunda parte suponía una continuidad temporal respecto a la primera, en la tercera retrocedemos hasta la mañana del domingo en la que la madre de Iona tiene que comunicarle a su hija la noticia del accidente.

 

La cuarta parte está protagonizada por Nil, un joven también de Vidreres, unos años mayor de Iona, que trató de huir del pueblo, yéndose a Barcelona para estudiar Bellas Artes, carrera que abandonará tras un curso y medio, para vivir el arte de un modo más real, y empezar un proceso de transformación física, a través de tatuajes o perforaciones. Nil, durante el tiempo narrativo de la novela, ha vuelto ya a Vidreres, y vive en una cabaña, propiedad de su familia, con la idea de reincorporarse a la vida rural de sus antepasados en unos meses. Además, aún quiere despedirse del arte mediante la grabación de unos vídeos que no pretende mostrar a nadie, donde rienda suelta a sus oscuridades y los males que le acompañan.

 

Por encima de los hechos narrados, en Los chicos destaca la maestría del estilo literario, que es realmente muy trabajado e intenso. Abundan en el texto las que podría llamar «metáforas orgánicas», en las que Sala juega con metáforas y comparaciones que dotan de vida animal a los objetos o a las personas. Así en la página 12, cuando se habla de Ernest leemos «Y es que el dinero pasa por los hombres como una ventolera y en un pueblo pequeño, donde siempre es el mismo, lo veías pasar de una cuenta a otra como un pájaro al cambiar de rama.», «Los altos plátanos eran las plumas de un monstruo enterrado.» (pág. 28), «El color brillante de los pendientes, como gusanos de piedra colgados de los lóbulos.» (pág. 50). También abundan en la construcción lingüística las repeticiones poéticas; así, por ejemplo, en la página 37 se repiten en las frases el sujeto «los muertos». También es frecuente encontrarnos preguntas sin respuesta en el texto, que crean una sensación de deriva y desconcierto.

 

Me falta la lectura de los libros que Rafael Chirbes escribió en el siglo XXI, pero sospecho –por lo que conozco a Chirbes– que, como he dicho al principio, efectivamente este autor puede ser una referencia para Toni Sala. Sin embargo, según he avanzado en la lectura de Los chicos me he encontrado con otra referencia literaria: la de William Faulkner. En algún momento de la lectura de Los chicos me he encontrado pensando en la novela Mientras agonizo de Faulkner. En este libro, por ejemplo, uno de los personajes hacía un ataúd, mientras reflexionaba sobre su vida y la muerte. Algo parecido ocurre en la construcción narrativa de Los chicos: más que narrarnos Sala acciones de los personajes, en las que estos interactúan con otros, nos encontramos aquí, con personajes que realizan actividades sencillas, mientras reflexionan sobre su vida, y en más de un caso sobre la muerte. En el epílogo, el editor Jan apunta que los pensamientos de los personajes de la novela trascienden su experiencia vital concreta para aspirar a la experiencia y el miedo universales. Me parece esta una buena reflexión.

 

He estado buscando en internet reseñas de Los chicos en castellano, y me he encontrado con algunas en blogs, pero con ninguna en periódicos nacionales, fuera de Cataluña; nada en los suplementos literarios más conocidos. Y aquí es donde he pasado del prejuicio inicial que podía sentir hacia Toni Sala y esta novela, a la indignación: Los chicos de Toni Sala en castellano es un libro que debería haberse celebrado en los medios culturales tradicionales con algo de bombo, puesto que la calidad de la novela así lo requiere, y no haber pasado desapercibido, como ha ocurrido. Una muestra más de que al sistema cultural español le cuesta descubrir donde está el riesgo artístico y el talento. Los chicos me ha parecido una grandísima novela –con un final espeluznante– y Toni Sala todo un escritor a celebrar. Ya he visto que Trotalibros acaba de sacar en castellano un nueva novela de este autor, Persecución, que espero leer pronto.

 

 

domingo, 5 de febrero de 2023

El coral y las aguas / Inútiles totales, por Juan Eduardo Zúñiga


El coral y las aguas / Inútiles totales
, de Juan Eduardo Zúñiga

Editorial Cátedra. 270 páginas. 1ª edición de 1951 y 1962; ésta es de 2019

Edición de Luis Beltrán Almería y Ángeles Encinar

 

En 2019 se cumplieron cien años del nacimiento de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919 – 2020), y la editorial Cátedra decidió reeditar su primera novela, Inútiles totales, que Zúñiga se autopublicó en 1951, y El coral y las aguas, su segunda y última novela, que en 1959 ganó el premio literario de la revista Acento Cultural, y que se acabó publicando en 1962 por Seix Barral. Inútiles totales era la primera vez que se reeditaba y El coral y las aguas la había vuelto a reeditar Alfaguara en 1995 y Zúñiga la revisó y la añadió algún capítulo.

 

La presentación del libro tuvo lugar en la Librería Alberti de Madrid. A pesar de que tenía en casa, aún sin leer, la Trilogía de la guerra civil de Zúñiga, me apeteció ir y comprar el libro, porque pensaba que iba a estar el autor y me apetecía que me firmara el nuevo libro y el anterior, que llevé de casa, un escritor de cien años, que intuía que me iba a gustar cuando, al fin, me decidiera a ponerme con él. Zúñiga no acudió a la librería, porque, además de estar muy mayor en ese momento ­‒moriría al año siguiente, a los ciento y un años‒, nunca le habían gustado los actos sociales alrededor de sus libros y había participado en muy pocos eventos literarios. Quizás esto haya contribuido a que Zúñiga, a pesar de su gran calidad, sea un escritor casi secreto; además de haberse dedicado principalmente a los cuentos y no a la novela, género más apreciado por los lectores.

La presentación estuvo a cargo de los profesores universitarios Luis Beltrán Almería y Ángeles Encinar, grandes conocedores y estudiosos de la obra de Zúñiga, y escritores del prólogo del libro, y el escritor Manuel Longares, amigo del autor.

 

He leído el libro en el orden inverso al propuesto: primero Inútiles totales (1951), luego El coral y las aguas (1962) y por fin el prólogo.

 

En esta edición, Inútiles totales es un texto que no llega ni a las cincuenta páginas, y, por tanto, más que de novela podríamos hablar aquí de nouvelle o de relato largo. Tiene un cierto trasfondo autobiográfico, ya que nos presenta a dos jóvenes que se conocen y se hacen amigos en la fila de los «inútiles totales». Zúñiga nació en 1919 y cuando empezó la guerra civil tenía diecisiete años. Esto hizo que no fuera, en primera instancia, llamado a filas para defender a la República; pero según se enquistó la guerra sí fue llamado. Sin embargo, tras observan en el cuartel su aspecto anémico y el grosor de sus gafas de miope se le asignaron tareas de retaguardia, en el Madrid asediado por las bombas. La descripción de uno de los protagonistas de la novela, Cosme, nos puede recordar al propio autor: alto, con gafas y anémico. El otro joven es Carlos, que vive «más allá de Vallecas». De Carlos conoceremos algunos detalles de su familia, algo que nunca ocurrirá con Cosme, lo que hace que la nouvelle quede un tanto desequilibrada. Inútiles totales es una novela de iniciación, sobre dos jóvenes inadaptados, a los que el contexto de la guerra califica de forma real y metafórica como «inútiles», y que sienten ambos gran aprecio por los libros y las ideas. Los dos tratarán de refugiarse del frío y del tedio frecuentando la tertulia de una librería. Allí van a conocer a una joven, que entra en la librería preguntando por los libros de Musset, un poeta francés. «Hacía muchos meses que no hablaban con una mujer joven», leemos en la página 227 y un poco antes: «Ella les miró de arriba abajo. Estaban pobremente vestidos, con caras pálidas entre los cuellos subidos de los abrigos. Como siempre, iban cargados de papeles, libros y cuadernos. Tenían un aspecto infantil y asustado». Maruja, la chica, ha vivido en París y esto disparará las expectativas de poder conocerla, la aventura del encuentro; una aventura que ‒como en todo buen relato de iniciación‒ va a poner a prueba la amistad de Carlos y Cosme.

 

Me ha parecido que el estilo era un poco torpe al principio. Reproduzco aquí la primera frase: «Bajo el cielo cubierto, gris y frío, al pie de la extraña torre solitaria, la fila indisciplinada de los “Inútiles totales” esperaba que pasasen lista y recoger el panecillo que un hombre colorado iba dando por una ventana del antiguo convento.» El Zúñiga de sus mejores cuentos nunca colocaría tantos adjetivos que frenan el ritmo de la frase. Sin embargo, no mucho después de la primera página el estilo se vuelve más suelto y sus impresiones de un Madrid gris y del carácter de los personajes me han recordado al estilo de Pío Baroja, intuición que ha sido confirmada más tarde, al leer el prólogo, por Luis Beltrán y Ángeles Encinar. De hecho, en la página 232 podemos leer una descripción de la mendiga Tomasa que parece tomada de la trilogía de La lucha por la vida de Baroja: «Sobre un carrito de cuatro ruedas iba por todo el barrio aquella vieja a la que le faltaban las piernas. Apoyándose en dos tacos de madera avanzaba lentamente, pidiendo limosna con un quejido gangoso que todo el mundo conocía; estaba medio ciega, pero iba, solamente por las calles empedradas, de un lado a otro. Se contaba que una tarde se aventuró a cruzar un solar y las ruedecillas del carrito se hundieron en el barro. Intentó retroceder, pero tampoco pudo y se quedó toda la noche allí, bajo la lluvia y las ráfagas de aire, llorando como un niño abandonado, hasta que la encontró una familia de traperos.»

 

Leí Inútiles totales de una sentada. Me ha gustado. Aun pensando que no está a la altura de los grandes relatos de Zúñiga, sí que se ven ya algunos elementos que van a componerlos. Me gusta cómo sabe llevar al lector hasta ese escenario del Madrid de la guerra. También me ha gustado descubrir una nueva palabra en relación a la guerra: «emboscado», que sería el hombre sano que se está ocultando para no ser llamado a filas y no combatir en la guerra.

 

Luego me he acercado a El coral y las aguas, que con sus casi 120 páginas ya sí sería propiamente una novela corta. La acción se sitúa en una isla de la antigua Grecia. La novela empieza con la joven Paracata recibiendo lo que cree que es un presagio de destrucción de la ciudad en la que vive, en una cueva a la que ha ido con un cántaro para recoger agua. Los distintos capítulos de la novela, en los que nos podemos acercar a un niño, a un esclavo, un pescador, un rico, una sacerdotisa, etc. están levemente relacionados entre sí, y casi funcionan como relatos autónomos dentro de un mismo escenario. De hecho, cuando en 1962 Carlos Barral publicó el libro en su editorial se equivocó al definir el libro en la solapa y en la contra como «novela» en un sitio y como «libro de relatos» en otro. En alguna entrevista a Zúñiga le he leído decir que a él le gustaba escribir relatos porque ésta era la distancia de su respiración. El coral y las aguas es su narración más larga (apenas 120 páginas) y para mí no acaba de funcionar como una verdadera novela. Es cierto que su estilo es más cuidado y rico que el de Inútiles totales, pero los capítulos se desarrollan de una forma demasiado autónoma unos de otros, y tampoco acaban de tener coherencia como una unidad completa de significado, como verdaderos relatos. Al conjunto le falta tensión narrativa. En su momento, leeremos en el prólogo, la novela no fue bien recibida ni por la crítica ni por el público. Beltrán y Encinar buscarán sus claves compositivas en el prólogo, el valor simbólico del libro, ya que, aunque Zúñiga se trasladó hasta la antigua Grecia para contar su historia, en realidad quería hablar de la represión franquista, de la falta de libertades del país y de la triste situación de los vencidos. Es cierto, que se puede entender este valor simbólico contenido, por ejemplo, en una rama de coral, que pasa de mano en mano en el libro, y que simboliza la solidaridad y las ansias de libertad de los personajes oprimidos y de otras escenas del libro. Pero una novela debe funcionar por sí misma, más allá de su valor simbólico. Es decir, Rebelión en la granja de George Orwell funciona perfectamente como novela, independientemente de que el lector conozca el contexto histórico que el autor está criticando, y esto no ocurre con El coral y las aguas, un texto que, pese a la admiración que siento hacia Zúñiga me ha resultado decepcionante.

 

Finalmente he leído el prólogo de Luis Beltrán y Ángeles Encinar. Me ha gustado cómo presentaban la vida y la obra de Zúñiga y su análisis de las dos obras comentadas.

Me gustaría destacar también esta Biblioteca Cátedra del siglo XX donde la famosa editorial está publicando libros en una colección diferente a la de Letras Hispánicas (los libros negros), donde a veces se abusa de las notas y de la letra demasiado pequeña.

 

Leer esta edición de El coral y las aguas e Inútiles totales puede tener sentido para conocedores y admiradores de la obra de Zúñiga, pero no se la recomendaría a alguien que no haya nada leído nada de su obra. Esta persona debe leer en primer lugar la Trilogía de la guerra civil, que es un libro muy superior a éste.

 

 

 

 

domingo, 29 de enero de 2023

La fórmula preferida del profesor, por Yoko Ogawa


 La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa

Editorial Tusquets. 308 páginas. 1ª edición de 2003: ésta es de 2022

Traducción de Juan Francisco González Sánchez

  

En 2022 leí diez libros de autores japoneses. Una corriente lectora que no tenía prevista al empezar el año, pero sobre febrero o marzo me acordé de lo mucho que me gustaba Kenzaburo Oé, el premio Nobel de 1994, del que leí cinco libros en la segunda mitad de la década de los 90. Volví con Oé y me encantó el reencuentro. Esto hizo que me interesara por leer más literatura japonesa. Sobre mayo o junio de 2022 vi que Tusquets sacaba una nueva edición de La fórmula preferida del profesor (2003), la obra más famosa de la escritora Yoko Ogawa (Okayama, 1962). Este libro, hasta ahora, lo publicaba en España la editorial Funambulista, que tiene más novelas de Ogawa. No sé si Tusquets habrá comprado los derechos sobre este libro o sobre todos los de Ogawa y los irá sacando en los próximos años. Sé que también tiene el de La policía de la memoria, que se publicó en Japón en 1994, y que ha tenido mucho éxito recientemente en el mundo anglosajón tras su traducción al inglés.

Así que me llegó al correo electrónico la publicidad con las novedades de Tusquets y vi este libro en medio de mi corriente de lecturas japonesas y me apeteció leerlo por varios motivos: porque era japonés, como ya he dicho, y también porque estaba escrito por una mujer. Como suele ser habitual, cuando busco en internet información sobre los escritores más representativos de un país, con ganas de empaparte en su literatura, las referencias suelen ser masculinas. De los diez libros japoneses que leí en 2022 solo había leído uno escrito por una mujer: Una flor de Yuriko Miyamoto. También sabía que La fórmula preferida del profesor había sido un bestseller en Japón, con más de dos millones de ejemplares vendidos y adaptación cinematográfica. Por tanto, existía un riesgo de que se tratase de una novela comercial y no literaria. De todos los elogias que acompañaban a la nota de prensa de Tusquets me convenció uno, el de Kenzaburo Oé, que dice de Ogawa: «capaz de dar expresión a los elementos más complejos de la psicología humana en una prosa sutil pero penetrante».

 

En realidad, yo pensaba acabar 2022 releyendo La otra historia de los Estados Unidos (1980), el ensayo histórico de Howard Zinn. Pero el 29 de diciembre, tras llegar al capítulo en el que Zinn iba a hablarme de las implicaciones de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, decidí darme un descanso del libro de historia, y tomar algo más ligero para acabar el año. Así leí La fórmula favorita del profesor en los días finales de 2022 y los iniciales de 2023.

 

La acción de la novela se sitúa en 1992. Más de una vez se señalará que ese verano tendrán lugar los Juegos Olímpicos en Barcelona. La historia está contada en primera persona por una empleada del hogar, que nunca nos revelará su nombre, de veintiocho años, que trabaja para la agencia Aurora. La narradora tiene un hijo de diez años, al que conoceremos por el apodo de Raíz Cuadrada, nombre cariñoso que le pondrá «el profesor», el peculiar cliente del que la narradora nos va a hablar. «Para mi hijo y para mí, él era simplemente “el profesor”». Ésta es la primera frase del libro y acercarme a ella me hizo pensar, de forma inmediata, en Kokoro (1914), la obra más famosa de Natsume Soseki. El narrador de Kokoro nos hablará de la relación de amistad que estableció, cuando era un joven, con un hombre adulto, al que llamará siempre con el apelativo de «Sensei», que significa «maestro». No estoy seguro, pero tengo la impresión de que Juan Francisco González Sánchez, el traductor, ha podido traducir el término japonés «sensei» por «maestro» y, de esta forma, en el original esta vinculación de la obra de Ogawa con el clásico de Soseki era más evidente. Tras acabar la novela, considero que Kokoro de Soseki es una clara influencia para La fórmula preferida del profesor, porque en esta novela de Ogawa se habla de la relación de amistad, admiración y aprendizaje de una mujer joven y su hijo por un hombre adulto que podría ser el padre de ella y el abuelo de él.

En otros libros japoneses he observado también que se elude el nombre de los personajes, o de algunos de ellos, y se los denomina con apodos. Esto también ocurre aquí.

 

La narradora recibe el encargo de trabajar en la casa del profesor, que tiene fama de ser un cliente difícil. Han sido ya nueve las asistentas que han pasado por allí y han sido retiradas del servicio. A la narradora le explicará una anciana viuda, cuñada del profesor, cuáles serán sus funciones en la casa y cuáles son las particularidades de su cliente. El profesor, un hombre que parece un anciano, pero que apenas sobrepasa los sesenta años (tiene sesenta y cuatro), en su juventud pudo estudiar la carrera de Matemáticas en la prestigiosa universidad de Cambridge inglesa y convertirse en un prestigioso profesor universitario. Sin embargo, en 1975 sufrió un accidente de coche y, desde entonces, su memoria a corto plazo solo dura ochenta minutos. Sus recuerdos son los mismos que tenía en 1975, en la fecha del accidente, y cada día es para él un nuevo comienzo. El profesor lleva prendidos con pinzas a su chaqueta papelitos que le ayudan ‒supuestamente‒ a recordar las cosas importantes. En uno de ellos dibujará, con trazos de niño, la silueta de su asistenta para poder recordarla cada mañana. Las matemáticas es el lenguaje con el que el profesor puede relacionarse con el mundo. Así cada día, preguntará a su asistenta, que vuelve a ser una persona que ve de nuevo por primera, por su número de calzado o su fecha de cumpleaños, y de estos números conseguirá encontrar curiosas relaciones con otros, que consiguen ligar de un modo poético a las personas.

Cuando el profesor descubre que la asistenta tiene un hijo de diez años, le pedirá que lo traiga a su casa, cuando salga del colegio, no le gusta pensar que el niño ha de esperar solo en su casa o en la calle a que llegue su madre, solo por atenderlo a él. Entonces el niño ‒apodado Raíz Cuadrada‒ comenzará a entablar una relación de amistad, al igual que la madre, con el profesor.

Antes de llegar al primer tercio de la novela, sabremos que la asistenta se quedó embarazada muy joven y que dio a luz a los dieciocho años, sin que el padre de su hijo quisiera hacerse cargo de la situación. En realidad, repitió la historia de su propia madre, también madre soltera. De forma sutil, sin que se remarque casi nada, el lector verá que el profesor empieza a representar una figura paterna para la narradora, así como para su hijo.

A medida que la narradora va conociendo al profesor, surgirá en ella ‒al igual que en su hijo‒ una fascinación por las matemáticas. En gran medida La fórmula preferida del profesor es un canto de amor hacia las ciencias exactas, tan a menudo odiadas por muchos estudiantes. En este sentido, la novela podría ser una buena forma de tratar de transmitir comprensión y algo de entusiasmo hacia las matemáticas en el entorno escolar. Yo he sido, durante bastantes años, profesor de matemáticas en 3º de la ESO y sé de lo que hablo. «De mi época del colegio me había quedado tan mal recuerdo de esa asignatura que la simple visión de un libro de texto se me atragantaba y, sin embargo, hablar con el profesor sobre ese tema suponía todo un alivio, y yo empezaba a ver las matemáticas con una perspectiva completamente nueva, nítida; en definitiva, comprensible.», nos dirá la narradora en la página 46.

También entre el profesor y el niño surgirá la amistad porque los dos comparten la pasión por el baseball. El niño desde un punto de vista más pasional, y el profesor desde su visión estadística, pero al final ambos se irán influyendo mutualmente.

 

La composición de las escenas de la novela es muy japonesa, con frecuentes fugas poéticas para describir el clima o la flora. Así, por ejemplo, en la página 11 podemos leer: «Era una tarde gris y lluviosa de principios de abril, y estábamos los tres en el estudio del profesor, en una penumbra apenas rota por la luz de una bombilla.»

 

El lector atento se percatará de que el 1992 del que habla la narradora es una evocación, y que está narrando desde algún punto del futuro (luego sabremos que es desde comienzos del siglo XXI). De forma sutil, el lector comprenderá que la narradora ya no tiene relación con el profesor y será al final de la novela que descubrirá el porqué. Este tipo de composición crea en las páginas del libro una sensación de futura pérdida y de futilidad de la vida y la experiencia humana.

 

Pese al elogio comentado de Kenzaburo Oé, en algún momento tenía la sensación de que la novela podía escorarse hacia una narración comercial y no literaria. Es decir, temía que la autora evitara los conflictos narrativos a favor de una narración «bonita» o puramente «sentimental». Aunque debo apuntar que en esta novela el lector no se va a encontrar con grandes conflictos entre los personajes, sí me parece que la narración es sutil e inteligente y no acaba cayendo en lo cursi, que era un peligro serio. Sí tengo la impresión de que existen en esta novela algunas concesiones, aunque sean leves a una narración «para todos los públicos». Por ejemplo, el profesor está especializado en una rama de estudio de las matemáticas que no sé si existe: la del estudio de los números naturales: números primos, perfectos, etc. De este modo, lo que aparece en la novela sobre teoría matemática puede ser comprendido por cualquier lector, por muy lego que sea en la materia.

En algún momento me ha parecido que la novela rompía levemente sus reglas sobre los ochenta minutos de memoria del profesor, y éste parecía recordar cosas que yo tenía la sensación de que habían ocurrido al menos dos o tres horas antes.

En cualquier caso, he de decir que la lectura de La fórmula preferida del profesor me ha gustado, ha conseguido conmoverme y me ha parecido muy agradable. Los tres personajes principales están bien perfilados y son entrañables, siendo ésta una gran historia sobre la amistad y el deseo de entenderse de las personas.

Me ha llamado la atención un comentario que me ha dejado un comentarista de mi canal de YouTube llamado Nicolás Bascuñán sobre esta novela: «Lo interesante de ese libro de Ogawa es que se trata de un contrapunto peculiar en su obra: el resto de sus libros son oscuros, extraños y juegan con las perversiones sexuales y psicológicas.» Esto me ha interesado mucho y es posible que en 2023 vuelva con esta autora.

domingo, 22 de enero de 2023

Kokoro, por Natsume Soseki


 Kokoro, de Natsume Soseki

Editorial Satori. 326 páginas. 1ª edición de 1914; ésta es de 2021

Introducción, traducción y notas de Carlos Rubio

 

Ya he comentado que al empezar 2022 me apeteció volver con el escritor japonés Kenzaburo Oé, del que había leído cinco libros a finales de los años 90. En esta ocasión releí uno de aquellos y leí dos más. Me pareció buena idea seguir con autores japoneses, y en la lista que elaboré con los nombres a los que debía acercarme aparecía con fuerza la figura de Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916), autor al que se considera el creador de la modernidad literaria en Japón. Leí de él sus dos primeras novelas, Soy un gato (1905) y Botchan (1906), en la editorial Impedimenta, libros que tomé en préstamo de una biblioteca pública. Después pensé que ya estaba preparado para acercarme a la que se considera su obra maestra, Kokoro (1914). Este libro lo tenían en la misma biblioteca de la que saqué los otros dos, y en la editorial Impedimenta. Sin embargo, en la sección de literatura asiática de La Central de Callao vi la bella edición de Kokoro que tiene la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada únicamente en literatura japonesa. Además, la edición de Satori cuenta con un prólogo de 50 páginas sobre la literatura de la era Meiji, Soseki y Kokoro, a cargo de Carlos Rubio, traductor del libro y experto en cultura japonesa, que me apeteció leer. Entré en la página de Satori y estuve leyendo sobre sus libros, algo que recomiendo a cualquier interesado en la literatura japonesa. Les escribí para ver si les parecía bien enviarme Kokoro para que escribiera sobre ella una reseña y grabara una vídeo reseña, y muy amablemente me enviaron el libro.

He empezado leyendo la novela y al final me he acercado al prólogo.

 

Kokoro está dividida en tres partes. La primera se titula Sensei y yo. El narrador es un joven, o tal vez ya un adulto, que evoca por escrito los años en los que era un adolescente, que aún no había comenzado la universidad, y pudo conocer a un adulto, con el que entabló amistad, y al que va a llamar en su narración «sensei», que es una palabra japonesa y que significa «maestro» o bien un título que se otorga a alguien por quien se siente respeto y que es tomado por un ejemplo. El narrador dejará el nombre de Sensei siempre oculto, así como el suyo propio. «Fue en Kamakura donde sensei y yo nos conocimos. Yo entonces era un joven estudiante.» (pág. 63) El narrador ha sido invitado un verano por un amigo para ir a la playa. Allí, de un modo inesperado, el amigo tiene que dejarle, y el narrador se queda solo. Se empieza a fijar en la playa en un hombre que le llama la atención y que, al principio, acompaña a un occidental, y decide conocerle.

 

Los dos, Sensei y el narrador, viven en Tokio, y el narrador le pedirá a Sensei permiso al despedirse en el pueblo de veraneo para ir a visitarle en su casa de la capital. Sensei accede. Sensei vive con su mujer y son un matrimonio sin hijos. Además, Sensei, aunque tiene un título universitario, vive sin trabajar.

El narrador pronto nos hará saber que está narrando una historia del pasado y que cuando escribe Sensei ya ha muerto. La figura del maestro se va revistiendo de un halo trágico y de algunos misterios. Sensei no tiene relación con su familia biológico, por algún conflicto del pasado, y, al menos, una vez al mes visita en solitario una tumba y no le quiere contar al narrador de quién es esa tumba y por qué siente tanto interés por visitarla a solas. Todos estos secretos han oscurecido la personalidad de Sensei, y al joven narrador le gustaría ser digno de la confianza de su Sensei y que le contase estas intimidades.

 

En la página 85 leemos: «Sensei no era un hombre conocido. Sus ideas, su filosofía, excepto por mí, que lo conocía bien, no eran tenidas en cuenta por nadie. Yo le decía a menudo que esto era una lástima.» Me hubiera gustado que el narrador le expusiera al lector cuál era la filosofía de Sensei, esas ideas que a sus ojos le convertían en una persona valiosa y digna de admiración, pero, en todo momento, estas ideas filosóficas le son escamoteadas al lector. Tampoco Soseki le mostrará al lector cuáles son los campos de estudios universitarios tanto de Sensei como del joven narrador, un hecho que me preocupa menos que el primero; pero estos dos detalles me hacen pensar que la composición de la novela sufre una pequeña falta en la que podía ser la suma de sus virtudes, que son bastantes.

 

Sensei, descubrirá el narrador, cuando piense en los pilares sobre los que se estableció su amistar con el maestro, se dará cuenta que él era una persona que experimentaba un constante miedo a ser analizada, y agradece no haberse mostrado como una persona indiscreta, porque de este modo su relación no hubiera sido posible.

 

La segunda parte se titula Mis padres y yo y el narrador ha de volver al pueblo del interior del que procede para hacerse cargo de su padre campesino, aquejado de una enfermedad mortal. En esta parte Soseki nos muestra la relación de un personaje moderno, que ha dejado el campo y ha emigrado a la capital con el pasado del país. La era Meiji (1868 – 1912), cuyas fechas de comienzo y fin casi coinciden con las de la vida de Soseki (1867 – 1916) se caracterizó por ser un tiempo de cambios y modernización para Japón, un tiempo en el que el país pasó casi del feudalismo a un país moderno. En este proceso Japón hizo un esfuerzo por empaparse de las corrientes técnicas y también culturares provenientes de Europa. Y este contraste entre el viejo Japón y el nuevo lo muestra Soseki al enseñarlos las relaciones del narrador con su familia y los choques generacionales que tiene con sus padres. De hecho, en el tiempo de la novela aparece en los periódicos la muerte del emperador Meiji en 1912, lo que hace que el padre del narrador, postrado por su enfermedad, sienta que es un símbolo y que va a acompañarle pronto. También después de la muerte del emperador se va a suicidar el general Nogi, con un harakiri tradicional, todo otro símbolo del Japón del pasado. Me ha gustado esta segunda parte más que la primera, porque Soseki sí nos ha permitido penetrar en los conflictos familiares del narrador, y estos, con problemas sobre herencias y el cuidado de las personas mayores, son realmente muy universales. Esta parte de la novela me ha recordado a las películas de Yasugiro Ozu, para quien Soseki posiblemente sea una inspiración.

 

La tercera parte se titula La carta de sensei y aquí cambia el narrador de la novela, que pasa a ser Sensei, quien ha escrito una larga carta a su joven amigo, donde le explica todos sus secretos y por qué se ha llegado a convertir en una persona melancólica y taciturna.

 

Además de pensar que algunas de las escenas de esta novela han podido influir sobre el cine de Yasugiro Ozu, he pensado que esta obra ha influido también sobre la del premio Nobel de 1994 Kenzaburo Oé. En las novelas de Oé también se establece un juego entre un personaje y otro un poco más mayor que él que actúa como su «maestro» o «sensei», esto ocurría, por ejemplo, en Cartas a los años de nostalgia, donde el narrador se acababa llamando simplemente «k». «K» va a ser la forma en la que se va a nombrar a otro de los personajes del libro, al que no quiero nombrar para no revelar nada importante de la trama.

También hay en Kokoro una obsesión por los suicidios que me ha recordado a la leída en Tokio Blues, la única novela de Haruki Murakami que he leído.

 

Al acabar el libro he leído el prólogo de Carlos Rubio. Me ha llamado la atención saber que del siglo XIX (salvo, tan vez en sus dos últimas décadas) no existe un literatura perdurable de aquel país porque no existía un arte de la novela como tal, sino narraciones locales, sobre «chistes familiares» que no podían tener éxito fuera de Japón y del contexto, chistes y cotilleos sobre los prostíbulos, y que al llegar la era Meiji y mirar hacia Occidente, los escritores empiezan a adquirir técnicas modernas de novela, desconocidas en Japón.

 

Ya dije que Botchan me gustó mucho más que Soy un gato. Y Kokoro me ha gustado más que Botchan. El estilo de Soseki en su última etapa de escritor se ha vuelto más poético y melancólico, más reflexivo y triste. El humor de las primeras obras ha desaparecido en Kokoro. Salvo ese fallo de composición del que he hablado, en el que el lector no acaba de saber por qué el narrador admira a Sensei, Kokoro me ha parecido una gran obra.

 

domingo, 15 de enero de 2023

Cerbantes Park, Carlos Robles Lucena

 


Cerbantes Park, de Carlos Robles Lucena

Editorial NAVONA. 278 páginas. 1ª edición de 2022

 

 

Conozco a Carlos Robles Lucena (Terrassa, 1977) de las redes sociales, y también porque colaboro, publicando reseñas, en su web literaria Revista Kopek. Cuando apareció su primera novela en la editorial barcelonesa Navona, me preguntó si me apetecía que me incluyeran en los envíos de ejemplares de prensa. Al final quedamos en intercambiar libros. Yo le envié a Carlos mi última novela, Esto no es Bambi, y su editorial me envió Cerbantes Park.

 

Al abrir la novela, el lector se encontrará en el primer capítulo con la voz narrativa de Jacob Expósito. Su primera frase es ésta: «Algunas noches me despierto temblequeando y pienso que, en realidad, el parque me lo he inventado yo.» Expósito vive en un parque de atracciones abandonado, junto a su perro Argos. La peculiaridad del parque es que fue el primero del mundo dedicado a la literatura; y en él se ofrecían experiencias literarias, principalmente propias de la narración oral, y que en las atracciones del parque se recrean desde los cuentos populares hasta las referencias de la alta literatura. Expósito y Argos viven en las tripas de una réplica del Nautilus del Capitán Nemo, el personaje creado por Jules Verne. Pasean por las extensas tierras del parque, mientras tratan de evitar quedar expuestos ante el dron del guardia de seguridad. Expósito va narrando su vida y sus recuerdos en notas de voz que deja en un grupo de WhatsApp, en el que solo queda él como miembro. Expósito ha soñado a veces con su «nombre al lado de los grandes creadores de la historia de la literatura», aunque la novela que trató de escribir, sobre la propia historia de la literatura, terminó siendo un fiasco. En otros momentos, abandonados ya sus sueños, Expósito se considera a sí mismo con un escritor ágrafo, un escritor que ya solo tiene fuerzas para grabar audios en ese grupo de WhatsApp muerto del que ya he hablado. También Expósito quiso ser un editor de culto y también fracasó en su empeño.

 

Los capítulos en los que habla Jacob Expósito se suelen intercalar con unos segundos, en tercera persona, en los que se narra principalmente la historia del Comisario, un joven del suburbio barcelonés de Terradell (que parece un trasunto de la Terrassa natal del autor), de donde también es Expósito, y la que va a ser la primera novela del Comisario, Arán. El Comisario es un joven orgulloso de sus orígenes obreros y charnegos, obsesionado con los parques de atracciones, a los que quiere dedicar su tesis doctoral. Para poder escribirla recibe una beca con la que puede viajar a Viena, ciudad en la que a conocer a Almudena, perteneciente a la clase alta madrileña. Para el Comisario los parques de atracciones simbolizan un sueño de equidad social, y en Viena va a comprender que lo que en realidad él siempre quiso no fue hablar de parques de atracciones sino construir uno. Los contactos del mundo de Almudena le pueden aportar financiadores para cumplir este ideal, que, al igual que su amigo Expósito, puede además hacerle alcanzar sus sueños de letraherido.

 

Durante buena parte de los treinta y ocho capítulos del libro se mantiene la alternancia de capítulos, entre los que habla Expósito en primera persona y aquellos en los que se habla del Comisario en tercera, pero no siempre ocurre así, y al final hay más capítulos de los segundos que de los primeros. En cualquier caso, en ambas partes de la novela se suceden las comparaciones o las metáforas cargadas de referencias literarias. Así, por ejemplo, cuando Expósito se despierta en el Nautilus y comprueba que el perro Argos duerme a su lado, comenta: «como el puto dinosaurio de Monterroso» (pág. 75). «El Comisario, en cambio, como buen lector casi adolescente de Kundera, necesitaba algo de peso, algo que le atara al suelo.» (pág. 33)

 

En gran medida, Cerbantes Park es una novela concebida como alabanza a la literatura, como canto de sirena por un arte en decadencia, en peligro de extinción. Así en la página 129 podemos leer: «Tenía ‒y el pasado no es caprichoso‒ la certidumbre de que la gente seguía con ganas de Literatura con mayúsculas, pero carecía de los arrestos necesarios para afrontar su lectura. Querían el brillo carismático, la pátina intelectual que da la familiaridad con las obras maestras de la historia de la Literatura, pero no está dispuesta a hacer el esfuerzo de leerlas, no quieren prescindir de sus dos buenas horas de juegos de mierda con el móvil, la rutina de cardio y la golosina hiperglucémica de las serias.» También hay en la novela un homenaje a Roberto Bolaño como emblema de la resistencia última literaria, sobre todo para Expósito, que soñaba en «la manera de convertirme en el nuevo Roberto Bolaño» (pág. 126)

 

En el epílogo, Robles Lucena evoca una conversación que tuvo en la universidad Pompeu Fabra con un profesor que le conminó a unir los dos caminos que unían su primer libro de relatos. «Había cuentos a lo barrial y otros a lo marciano, ¿qué resultaría de esa mezcla? Esta es mi demorada respuesta.» (pág. 276) Me gusta esta reflexión de Robles Lucena sobre su propia obra, esa mezcla de «lo barrial» y «lo marciano». He de decir que los capítulos en los que el autor tiraba a lo marciano, esos en los que principalmente habla de cómo funciona Cerbantes Park o de las características de su decadencia, me han parecido más conseguidos, más poéticos y evocadores, que aquellos en los que habla de la ciudad dormitorio de Barcelona, Terradell (un trasunto de Terrassa, como ya he dicho), o incluso de Viena. No quiero decir con esto, que el análisis sociológico que se hace de este suburbio esté planteado de un modo pobre, pero sí me ha sonado a algo ya leído. En cambio, los otros capítulos, en los que la novela se adentra en los presupuestos de casi una novela fantástica o futurista, me han parecido mucho más originales e imaginativo. En algún momento, he pensado en la novela corta Pastoralia del escritor norteamericano George Saunders, donde los dos personajes principales han de hacer de trogloditas en una cueva prehistórica para los visitantes de un parque temático. Esta referencia también la evoca el autor en su epílogo. Pero existe para mí otra referencia que el autor no cita, pero que yo sí la he sentido presente, y quizás esto tenga más que ver con mis obsesiones personajes, que con las intenciones literarias de Robles Lucena. Algunas de las escenas del libro, en las que aparecían androides haciendo de humanos, y el aire de simulación, me han hecho pensar en las novelas de Philip K. Dick. Esto lo observo, por ejemplo, el siguiente párrafo de la página 253: «El espectáculo que los esperaba al final del frío tobogán los sobrecogió profundamente. A izquierda y derecha del estrecho camino, descubrieron aguas estancadas llenas de restos de droides, árboles semihundidos en la ciénaga y unos cuantos pozos de lava que despedían un fuerte olor de azufre. Se percataron de que, a medida que avanzaban, los droides iban contando sus trágicas historias con voz quejumbrosa y divinos tercetos.»

Quizás en estas imágenes poéticas y en la idea de la desaparición de la literatura también esté el espíritu de Ray Bradbury.

 

Como ya he señalado, Cerbantes Park contiene algunas páginas muy bellas, poéticas e imaginativas sobre la literatura, los letraheridos y la decadencia del arte, y representa un buen debut de Carlos Robles Lucena en la novela.

 

 

domingo, 8 de enero de 2023

Una flor, por Yuriko Miyamoto

 


Una flor, de Yuriko Miyamoto

Editorial Satori. 372 páginas. 1ª edición de 1927 y 1946. Ésta es de 2017.

Traducción de Hiroko Hamada y Virginia Meza

 

Este 2022 me empezó a interesar la literatura japonesa, tras volver al premio Nobel Kenzaburo Oé, del que había leído cinco libros a finales de la década de 1990. En este contexto me fijé en una bonita edición de Kokoro, la novela más famosa de Natsume Sōseki, a cargo de la editorial Satori, especializada en literatura japonesa y ubicada en Gijón. Tras leer los dos primeros libros de Sōseki ‒Soy un gato y Botchan‒ en la editorial Impedimenta, le solicité a Satori su Kokoro para poder reseñarlo, y leer el prólogo que lo acompaña, a cargo del experto en cultura japonesa y traductor Carlos Rubio. Fue mi cumpleaños y mis suegros quisieron hacerme un regalo y les señalé Una flor de Yuriko Miyamoto (Tokio 1899 – 1951), porque me había convencido la publicidad de la página web de la editorial: «La planicie de Banshū está considerada la mejor narración jamás escrita de la rendición de Japón».

 

Una flor está compuesto por tres narraciones: Una flor de 1927, La planicie de Banshū de 1946 y Hierba de viento de 1946. Las tres tienen un fuerte trasfondo autobiográfico.

Una flor, con sus cerca de 60 páginas, puede considerarse un relato largo o una novela corta. La protagonista es Asako, una mujer de veintisiete años, que trabajo como editora de una revista que está perdiendo suscriptores. Además, se quedó viuda con veinticuatro y vive con Sachiko, una profesora algo mayor que ella. Asako va a tener, durante las páginas del libro, varios encuentros con su vecino Oohira, de treinta y seis años, al que abandonó su mujer. En la página 48 podemos leer: «Asako solía decir que ella y Sachiko eran un par de botellitas de sake sagrados», y en una nota aclaratoria se nos indica que esta expresión hace referencia a dos personas que son muy amigas y que siempre están juntas. En la página 63 leemos: «Asako amaba a Sachiko, conocía la más mínima de sus manías y también sus defectos y también su hermosa bondad.»

En el relato no acaba de quedar del todo claro si Asako y Sachiko son lesbianas y mantienen una relación sentimental o son simplemente amigas. Una flor, en este sentido primero que comento, se ha reivindicado más de una vez desde la comunidad LGTBI.

Ya he dicho que estos relatos tienen un componente autobiográfico. Miyamoto se casó con Araki Shigeo, un investigador de lenguas asiáticas. En 1924 conoce a Yuasa Yoshiko, una estudiosa de la literatura rusa y traductora, y decide divorciarse de Shigeo e irse a vivir con Yuasa. Esta mujer era abiertamente lesbiana, pero en el prólogo del libro se afirma que Miyamoto rechazaba esta preferencia sexual. Al final, Miyamoto volverá a casarse con un hombre, Kenji Miyamoto, crítico literario y militante del Partido Comunista, diez años más joven que ella.

En Una flor se muestran los titubeos de la joven Asako, quien quizás está empezando a sentirse atraída por su vecino Oohira y piensa que dar rienda suelta a este sentimiento puede dañar la actual relación que tiene con Sachiko.

Según me iba acercando al final del relato estaba pensando que Miyamoto dibujaba escenas precisas, que, en muchos casos, describen escenas de la naturaleza, y que estas páginas era bellas, pero que el texto no tenía tensión narrativa. De hecho, acabé Una flor y que quedé tan desconcertado que decidí volver a empezarlo. En la segunda lectura, una lectura ya con avisado previo de lo que me iba a encontrar, más atenta, he podido apreciar mejor la sutileza del relato, que, en cierto modo, nos puede recordar a cuentos como La dama del perrito de Anton Chejov. Pero es cierto que creo haber experimentado un choque cultural al leer esta narración. Después de leer siete libros japoneses este año, por fin he tenido la sensación de que los parámetros con los que está escrito Una flor eran diferentes a los occidentales. No hay en Una flor una tensión narrativa clara, y al final no hay una explosión de sus nudos argumentales, ni un momento epifánico. El relato acaba como empezó, sin estridencias. Me gusta, sobre todo en su segunda lectura, pero sin llegar a emocionarme.

 

La planicie de Banshū, con sus más de 200 páginas, es claramente una novela. La protagonista es ahora es Hiroko, y la historia, igual que en Una flor, está narrada en tercera persona. Hiroko también es un trasunto de la propia autora.

La planicie de Banshū empieza marcando una fecha clave en la historia de Japón: «Atardecer del 15 de agosto de 1945.» (pág. 81). Éste es el día en el que Japón se rindió ante los Aliados, después de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki del 6 y 9 de agosto de 1945. Por primera vez, la población escuchará por la radio la voz de su emperador Hirohito, quien se suponía que solo hablaba con los dioses y del que los mortales no podían oír su voz. Esto último lo había leído en La presa, la primera novela de Kenzaburo Oé, donde éste recrea su visión de niño de 10 años en 1945.

 

Hiroko vive, cuando comienza la novela, en casa del hermano menor de su marido, porque éste se encuentra en la cárcel desde hace doce años por ser un disidente político. Esto está basado en la vida real de Miyamoto, cuyo marido, Kenji Miyamoto, fue arrestado en 1933 por ser del Partido Comunista, en el contexto de un país muy militarizado y que aceptaba muy mal la disidencia. Como curiosidad decir que he aprendido en este libro que, para lo que el resto del mundo fue la Segunda Guerra Mundial, un periodo que abarca desde 1939 hasta 1945, para Japón la guerra empezó en 1931 con la invasión que hicieron de Manchuria y acabó en 1945. Es decir, ellos consideran que la guerra duró 14 años.

«Lo que asomaba en el rostro de quienes escuchaban era una especie de duda profunda y de aturdimiento que no sabían cómo expresar. Habían cortado en seco la cuerda que hasta ese día había tirado de ellos haciéndoles creer que ganarían la guerra y, como si nada hubiera ocurrido, como si siquiera se hubieran caído hacia atrás debido a la fuerza de la inercia, ahora parecía que se les lanzase otra cuerda diferente y se les dijese: “Ahora agarren esta”. ¿Cuáles serían los sentimientos de toda esta gente?» (pág. 97), y este sería el tema centrar de La planicie de Banshū. Hiroko va a pasar de una casa de familiares a otra, tomando trenes en el Japón del momento, lo que le va a permitir ser testigo de un gran fresco social de desmoralización, derrota y tiempos de cambio social, con un territorio arrasado por la guerra, con soldados de vuelta a casa. «Durante la mitad del día, el tren siguió pasando entre la destrucción y, cuando los viajeros se fueron acostumbrando a ese espectáculo que se repetía una y otra vez, perdieron el interés.» (pág. 131-132)

Lo cierto es que La planicie de Banshū funciona perfectamente como un gran documento histórico de los meses que retrata, los posteriores a la rendición de Japón. La protagonista llega a pasar en tren por una Hiroshima destruida, sin saber aún los peligros de la radiación atómica. La población pensaba que aquellos últimos bombardeos eran como los anteriores de munición convencional. Pero estos días son también de esperanza para Hiroko, puesto que la Declaración de Postdam abre la posibilidad a que salgan de la cárcel los que, hasta entonces, han sido presos políticos.

Hiroko hablará de los «pueblos de viudas», que ahora se encuentran por todo Japón, y nos contará las consecuencias del conflicto desde, principalmente, el punto de vista de las mujeres. «En cierto modo, todas las mujeres de Japón pasaban noches de insomnio.» (pág. 235)

Hiroko es escritora y también ha sufrido cárcel, por sus ideas izquierdistas, y se le ha prohibido publicar. «Deseaba plasmar en una novela las emociones de una mujer, convertidas ahora en sentimientos comunes a todas las mujeres japonesas.» (pág. 234)

En este tipo de comentarios se observa, de nuevo, el trasfondo autobiográfico de estas historias, puesto que a Miyamoto, como a Hiroko en la ficción, también se le prohibió publicar sus libros.

La tensión narrativa de La planicie de Banshū es muy superior a la de Una flor, y me parece la obra más lograda de las tres que contiene este libro.

 

La tercera narración se titula Hierba del viento y tiene unas 80 páginas. La protagonista vuelve a ser Hiroko y si bien en La planicie de Banshū se esperaba con ilusión la salida del marido de la cárcel, y acaba justo antes de que esto ocurra, en Hierba del viento se habla de este reencuentro entre Hiroko y su marido Jukichi, tras doce años de separación y tan solo dos meses previos de convivencia. La salud de Jukichi se ha deteriorado tras su paso por la cárcel, pero al menos no ha muerto como algunos de sus compañeros de militancia y prisión. La «hierba del viento» es una planta que Hiroko tuvo en su casa y también en prisión y que simboliza, dentro del relato, la resistencia o la perseverancia ante situaciones adversas.

En algún momento se dice que el padre de Hiroko fue un afamado arquitecto, y este es un nuevo dato autobiográfico.

A pesar de la gran ilusión que Hiroko sentía en La planicie de Banshū ante la vuelta de su marido, la convivencia, después de tantos acontecimientos vividos, no va a ser fácil. Jukichi le echa en cara a Hiroko que se comporta ya como si fuera una viuda más del Japón de entonces. Sin embargo, la esperanza parece volver a Hiroko cuando puede volver a escribir y a unirse a un nuevo grupo literario. Además parece darse también luz verde a la libertad de que vuelva a funcionar el Partido Comunista.

 

Como ya he dicho, La planicie de Banshū es la obra más interesante y lograda del conjunto de tres que aquí se muestran de la obra de Yuriko Miyamoto, una obra valiosa y un documento histórico sobre la rendición de Japón en 1945. Una flor y Hierba del viento son algo inferiores pero no desmerece la buena calidad de este interesante libro.

 

 

domingo, 1 de enero de 2023

MIS 10 MEJORES LECTURAS DE 2022

 En mi canal de YouTube, "Bienvenido, Bob", publiqué un vídeo hablando de las 10 mejores lecturas de 2022. Lo puedes ver aquí: