domingo, 24 de abril de 2016

Nuestra película de las vacaciones, por Jeymer Gamboa

Ediciones Liliputienses. 87 páginas. 1ª edición de 2103; ésta es de 2015.

Gracias a internet, conozco desde hace años el nombre de José María Cumbreño, el editor de Ediciones Liliputienses; al igual que yo, es un autor que ha publicado alguno de sus libros en la editorial Baile del Sol. Desde hace tiempo he empezado a fijarme también en la labor que está llevando a cabo a favor de la poesía con sus Ediciones Liliputienses, donde principalmente publica a nuevos poetas hispanoamericanos que, pese a haber escrito obras de calidad, difícilmente pueden ver la luz en nuestro país, debido a la condición minoritaria de este género, y a que la edición por la que apuesta Cumbreño es la que está fuera del circuito de los premios subvencionados con dinero público.

Cumbreño, además de apostar por una poesía de calidad, se muestra en las redes sociales combativo con el asunto relativo a los premios convocados por ayuntamientos, que son acaparados por las editoriales punteras y que de esta forma publican a sus autores gracias al dinero público. Por este motivo me pareció que le podía gustar mi novela satírica sobre el mundo de la poesía Los insignes. Le propuse –a través de Fecebook- un intercambio: yo le enviaba Los insignes y él me enviaba algún libro de poesía de su editorial para que lo comentara en el blog. Amablemente me envió más de uno. He empezado por Nuestra película de las vacaciones del costarricense Jeymer Gamboa (San José, Costa Rica, 1980).


El libro se divide en cinco partes. La primera se titula La insistencia de la luz y está formada por un único poema de once páginas. En este extenso poema quedan contenidos casi todos los temas que se van a tocar en el libro. Jeymer Gamboa además de poeta es periodista y realizador audiovisual, y estas dos últimas ocupaciones (y sobre todo la segunda de ellas) tienen un peso importante en su poética. La mirada sobre la realidad que le rodea, en muchas ocasiones, es la del fotógrafo o la del realizador de películas. En este sentido son muy significativos los primeros versos de este primer poema, y por tanto del libro. Dicen así:

Para sacarle ganancia a esta luz
tengo una cámara réflex
y gusto por las azoteas.


Un poco más adelante, en la página 15, nos desvela cuál es el impulso compositivo del poema: “No hay direcciones. Sólo salí a tomar fotos y apuntes / para un ensayo sobre las facultades de la luz”.
Este primer y largo poema me ha gustado mucho, gracias a él ya sabía que iba a adentrarme en una poesía que me iba a convencer; porque Gamboa practica la poesía que a mí más me suele gustar: la poesía narrativa, con bellos apuntes líricos y que no desprecia la reflexión sobre lo cotidiano.

La segunda parte se titula Fotos colgadas en un tendedero, y ya desde el título sabemos que Gamboa va a presentarnos aquí de nuevo algunas estampas que observa en la calle, desde un balcón.. que posiblemente le llevarán a alguna reflexión; y principalmente lo que hace es traer ante el lector la estampa de algunos recuerdo de infancia o juventud.

En este sentido me gustaría destacar esta composición:

ÁRBOLES

Por el parabrisas del viejo Land Rover
veo a las garzas sobrevolar el ganado.
La tarde empieza a declinar con los grillos.
El aire en la finca aún hierve
con los últimos minutos de sol.
Abro la ventanilla para apoyar mi brazo.
Mi padre me alcanza unos limones dulces.
Luego enciende el carro
y lo acelera durante un rato
hasta que nos ponemos en marcha
por el camino polvoriento, lleno de curvas,
bajo la sombra prolongada
de los árboles y la memoria.


En estas estampas del pasado se filtra la nostalgia:

PUNTO PANORÁMICO

Pienso en el pasado
como un punto panorámico
donde cada vez es más extraño
contemplar los escenarios
que recuerdo de la infancia.

Me refiero al potrero donde jugué
a las tandas de penales con mis primos,
al terreno que desmalecé con papá
para sembrar maíz o alistar almácigos,
a los rastrojos que recorrí con mis tíos
durante sus cacerías nocturnas.
Las quebradas desbordadas en invierno
y los caminos de tierra colorada para ir a la iglesia.

La geografía de mi infancia
ahora es puro lenguaje.
Debo elegir bien las palabras
para mantener la brisa fresca en el rostro
al deslizarme en un cartón por el altillo
donde estaba la casa vieja de madera.


La tercera parte se titula La jugadora de Hockey y otros poemas, y en este bloque de forma sutil los temas expuestos en los dos bloques anteriores (la contemplación de la naturaleza o los objetos, y los recuerdos) se abren a alguno más: las relaciones de pareja o el deseo. Si bien he leído la segunda parte (y la primera) considerando que las escenas descritas pertenecían a la Costa Rica natal del poeta, tras leer en internet que en la actualidad Jeymer Gamboa vive en Buenos Aires, y leer en los poemas de esta parte palabras que me sonaban tan porteñas como “subte” (por nuestro “metro”), he empezado a pensar que ahora estábamos en la capital argentina. Como pieza significativa voy a reproducir aquí el poema que da título al bloque:

LA JUGADORA DE HOCKEY
       
Después de entrenar con el equipo del colegio
la jugadora de hockey sube al autobús
y se sienta a mi lado.

Empuña el palo en forma de J contra el piso
y se relaja en el asiento.

La muchacha tiene rostro anguloso,
pelo rubio por la cintura y piernas largas. 
Su piel brilla con la transpiración
y la luz del atardecer.

Afuera el tránsito es lento y ruidoso.
Cada parada es un apunte mental.
Por la ventanilla miro a un paseador de perros
sentado en un cantero donde crecen envoltorios. 
Las cintas amarillas de precaución
rodean la zona en obras de su entusiasmo
y un cartel le ofrece acondicionador
para el deseo, emociones sin frizz. 
Enfrente, un mozo entra a un edificio
con el café expreso sobre una bandeja
mientras alguien sale al balcón en la parte alta
para sacudir el trapo roñoso del pensamiento.

En ese instante la jugadora de hockey y yo sonreímos
como si compartiéramos una clandestinidad fructífera.
Es un segundo cómplice y fortuito
que me acelera el pulso.
Después el trayecto vuelve a su cauce manso,
cada uno en sus fijezas.

Entonces decido sacar un libro
para leer durante las pausas
de los semáforos y las barreras del tren,
pero no logro pasar de la primera página,
de las rodillas manchadas con el jugo del césped.


En los poemas de esta parte hay varias muestras de uno de los recursos que usa Gamboa en estos poemas: la metapoesía, cuando la composición del poema habla del propio proceso de composición: “En “la calidad de la cosecha” / había escrito, pero lo taché / y escribí el presente.” (pág. 45), o unos poemas antes:

Quiero decirle que de esa época siempre permanece
alguna sensación rara dando vueltas dentro de uno.
Pero prefiero callarme porque me parece demasiado
obvia y sentimental mi reflexión.

Comentaba antes que al leer la palabra “subte” pensé que el escenario de los poemas era argentino. Esta idea se confirmó cuando llegué a un poema titulado Chivilcoy, que es el nombre de una ciudad de la provincia de Buenos Aires. Al leer este poema y el siguiente, titulado El samurái pensé que, pese a la mirada moderna de Gamboa sobre la cotidianidad, porque es alguien que posee una gran cultura audiovisual, también había en su mirada algo muy antiguo, muy clásico: esa contemplación de los fenómenos de la naturaleza que se muestra en la poesía china. Unas imágenes sobre flores o frutas muy coloridas, muy hermosas. Reproduzco uno de estos poemas:

EL SAMURÁI

Lluvias breves despiden la primavera.
El sol aparece como un samurái
sobre la llanura del atardecer.
Subimos a la azotea a tomar una cerveza.
El viento sacude la soga del tendedero
con prensas de madera sin nada que sujetar.
Los árboles ondean su óleo verde. 
Escucho el arrullo de las palomas
junto a los tanques de agua.
Cables y antenas enmarañan el cielo.
Charcos secándose en el piso ocre.
Nos quedamos callados, rogando por el alivio
de algo que no entendemos.
Las nubes con domicilio en los suburbios
se mueven apresuradas hacia la estación de trenes.


Ya he comentado más de una vez que cuando reseño libros de poesía a veces me cuesta encontrar las influencias a los libros leídos (en prosa lo tengo más claro, porque he leído más prosa y conozco mejor la tradición). A veces he pensado en el poeta chileno Jorge Teillier al leer estos poemas, pero no estoy seguro de que pueda considerarse una influencia. Gamboa cita en su libro a Ezra Pound, T. S. Eliot y Keats. E imagino que esto puede ser una pista clara de por dónde pueden ir las influencias del libro.

(Ya adelanto hoy que he contactado con Jeymer Gamboa y el autor se ha prestado a que le haga una entrevista, así que estas dudas sobre las influencias quedarán contestadas en los próximos días porque se lo pienso preguntar, iniciando así en el blog una nueva desviación y deriva respecto a la reseña tradicional, ¿qué no tienes algo claro sobre el libro a comentar?, pues nada más fácil que preguntarle al autor.)

La cuarta parte es la que da título al libro. En Nuestra película de las vacaciones se reflexiona sobre los viajes a través de tipo de imágenes que ya sabemos que vamos a grabar. Quizás esta parte me ha parecido menos vistosa que las anteriores. Dejo aquí uno de sus poemas:

UN FILM SOBRE EL INVIERNO

El primer brote
puede marcar el comienzo
de una película dedicada
a la primavera;
un pie, que intenta sumergirse
en el agua de un lago,
puede abrir un film sobre el verano,
como los primeros vientos
agitando las ramas
pueden dar la escena inicial
de la caída de las hojas;
un grupo azorado por el viento,
en torno a un gran termómetro comercial
–que aparece luego en primer plano–
puede comenzar con eficacia un film
consagrado al invierno.

El libro se cierra con un quinto bloque titulado Otros borradores, que, como ya apunté, vuele a jugar con el concepto metapoético de la obra en marcha. Los dos últimos poemas del libro abren nuevos caminos, pues nos encontramos aquí con dos poemas en prosa, y uno de ellos al menos podría pasar por un relato. Voy a mostrar aquí el poema que abre el bloque porque me gusta y porque me parece otro significativo resumen de las intenciones compositivas del libro:

CHAMPÁN AMARGO

Decidiste abrir una botella de champán
que te habían regalado para las fiestas de fin de año,
pero como la semana pasada la refrigeradora
se había desconectado por un corte eléctrico
la bebida ahora estaba amarga.
De todas formas, adormecidos por la luz de enero
y observando los árboles de la avenida,
tomamos varias copas en el balcón.
Después nos mostraste fotos de tus vacaciones en el sur.
“Esta semana me dan los resultados de los análisis”
dijiste repentinamente mientras sostenías la cámara digital
para que viéramos una fila de pingüinos arribando a una playa.
Hoy Ele, buscando otra cosa, encontró en un armario
el tapón de corcho que me regalaste ese día de amuleto.


He disfrutado mucho de este libro. Normalmente leo prosa (novelas y relatos), y cuando regreso a la poesía a veces me siento extraño, pero al poder leer poemas como los de este libro me voy, poco a poco, verso tras verso, sintiéndome cada vez más cómodo, reconfortado; y he acabado el libro, como en otras ocasiones, preguntándome por qué no leo más libros de poesía. El nombre de la editorial de José María Cumbreño –Ediciones Liliputienses- juega de forma irónica con el volumen de las tiradas de estos libros que están lejos de la promoción de los premios vacios y que se ocupan de autores que al vivir fuera de nuestro país no están aquí para promocionar sus poemas en redes sociales o recitales en bares, pero que son verdadera literatura. He buscado información sobre este libro en internet, y la verdad es que hay muy poca. He visto dos portadas de él, así que no le ha debido de ir tan mal: hubo una primera edición en 2013 y otra reimpresión en 2105. ¿Cuántas personas en España habremos leído este libro? Si usted es lector de poesía podría anotar este título, me ha parecido un gran libro de poesía.

Pinchando AQUÍ puedes leer una entrevista que le hago al autor.


jueves, 21 de abril de 2016

Eduardo García, unos poemas

Hace dos días me enteré de la muerte del poeta Eduardo García (1965 – 2016) en Facebook. No soy ningún experto en su obra, no he leído entero ninguno de sus libros, pero sabía que sí que había leído alguno de sus poemas. Lo hice gracias a la antología La generación del 99, coordinada por José Luis García Martín, uno de mis libros favoritos de poesía. Una antología con la que disfrute mucho hace ya tantos años.



Tomé el libro de la estantería y busqué a Eduardo García. Leí otra vez sus poemas. Volvieron a gustarme. Dejo aquí alguno de ellos como homenaje:


CESE  DE  HOSTILIDADES

¿Cómo reconciliarse con el mundo
si es tan necio, veleta, tarambana,
que es capaz de albergar al mismo tiempo
el Taj Mahal, los campos de exterminio,
la mezquindad, tu risa, la traición,
los libros, la ignorancia, un cuerpo que fascina,
el carbón y la sal, los muros y el espacio,
el cáncer y las playas tropicales?

Y sin embargo, y no obstante, y pese a todo,
acudimos al día como quien va a una cita
con una vieja amante casquivana,
la sonrisa planchada y el pañuelo
en el bolsillo izquierdo, fiel, solícito,
y hacemos el amor sin credenciales,
o escribimos poemas que interpretan
la vida a su manera,
                                 como si ésta
hubiera de aguardarnos a la vuelta
de la esquina, con su traje de novia
y su ramo de flores
funerarias.


ANUNCIOS

Nos prometen paisajes de ensueño y chicas rubias
que sonríen a bordo de un último modelo,
repentinos romances, placeres instantáneos,
el sueño de una vida más plena y más dichosa
en un destello frágil como un beso fugaz
que nos tendiera al paso una desconocida.
Son mentiras y son dulces y además nos recuerdan
esa dulce ficción de la literatura.



AL FONDO DE LA ESCENA

He cruzado el umbral. Estoy en casa.
Después del frío, y el viento y los veranos
he venido. Saludo a los objetos
Con un suspiro grave y respetuoso.
La sala decorada con flores que parecen
desplomarse carnívoras sobre los comensales.
He ocupado mi silla. Alguien comenta
el precio escaso de la vida humana
en un país remoto y las noticias
dejan caer promesas de un futuro
que merezca la pena. La mujer
me sirve una sonrisa.
El hombre habla con ella como quien acaricia
un sueño que se hiciera cotidiano.
Bajo el mantel los niños se pelean.
La sal. El pan. La mesa como siempre:
cada cual en su sitio, absorto en la tarea
de ser el personaje que la trama
dispone.
                Así, ya ves, somos felices.
Ignoramos que un día la ausencia de la madre,
esa silla vacía, inconcebible,
hará que el niño aquél -al fondo de la escena-
escriba estas palabras.

domingo, 17 de abril de 2016

No se lo digas a nadie, por Jaime Bayly

Portada de la editorial Seix Barral
Editorial Círculo de lectores. 443 páginas. 1ª edición de 1994; ésta es de 1995

Ya he comentado en el blog dos novelas de Jaime Bayly (Lima, 1965): La noche es virgen y El cojo y el loco. Las dos me gustaron, sobre todo la primera. Seguía teniendo pendiente leer alguna de sus primeras obras. Sé que, ahora mismo, para un joven lector literario el nombre de Jaime Bayly debe estar asociado a un tipo de propuesta bestseller que no le resulta atractiva, pero yo recuerdo que durante los años 90, los primeros libros de Bayly tuvieron una buena acogida de crítica (además de público), y a mí se me fue pasando leerle, aunque siempre lo consideré uno de esos escritores que tenía apuntado que quería leer. Como Bayly fue un autor leído en España en los 90, las tiradas de sus libros eran amplias y ahora es fácil encontrar estas novelas, a precios muy baratos, en las librerías de segunda mano de Madrid. Además, a mí pareja, que en la actualidad cada vez reniega más de la literatura de ficción y de las novedades literarias, le dio por leer a Jaime Bayly al que encuentra muy divertido, independientemente de su calidad literaria, y la mayoría de sus libros están por mi casa.

He leído No se lo digas a nadie en su edición del Círculo de lectores, ejemplar que compré en la librería de segunda mano Ábaco y que en la actualidad pertenece a mi suegra. Le pedí a mi pareja que lo trajera a casa porque me apetecía leerlo; una lectura que se me quedó pendiente de los años 90.

El protagonista de No se lo digas a nadie es Joaquín Camino, perteneciente a la clase alta limeña y alterego de Jaime Bayly. La novela comienza el día en que Joaquín ha terminado quinto de primaria y su madre le anuncia que lo va a sacar del colegio Sagrado Corazón, al que acudía hasta entonces, para llevarlo al Markham, una decisión que se toma sin consultarle a él y que de modo significativo supone el comienzo de esta ficción: la madre opina que el segundo es un colegio mejor y Joaquín debe saber dirigirse en la vida en contra de su voluntad. Por lo que he podido leer en internet sobre la vida de Bayly, él acudió a estos dos colegios en las fechas en las que lo hace Joaquín, y podríamos pensar que, a pesar de usar el filtro de la ficción para exagerar situaciones, muchas de las anécdotas que recoge este libro deben tener una base autobiográfica.

La novela está escrita en tercera persona, siguiendo muy de cerca las andanzas de Joaquín, narrando los aspectos que tienen que ver, sobre todo, con su despertar sexual y la aceptación de su condición de homosexual. El peso narrativo de la novela recae sobre los diálogos, con tanta fuerza que en más de una ocasión las frases que hacen que la escena cambie se pueden leer casi como las anotaciones de una obra de teatro. Son frases cortas, funcionales en la que nunca hay una metáfora ni un juego verbal (me ha parecido detectar sólo una comparación en toda la novela, que sería esta: “se tambaleó como un animal herido”, pág. 150). Estos párrafos que se escapan a la fuerza oral de los diálogos de la novela suelen, además de servir para cambiar de escena, explicar dónde está Joaquín o en qué momento del tiempo nos encontramos, para describir brevemente a los personajes que van apareciendo. Los personajes suelen quedar descritos por tres o cuatro atributos físicos: “Se quedaron callados. No había nadie más en la pequeña sala donde estaban sentados. Alfonso era alto, muy blanco. Tenía el pelo marrón y los ojos celestes. Joaquín lo había visto varias veces dando vueltas por la rotonda de la universidad, y le había parecido un chico bastante atractivo.” (pág. 151)

Dejando atrás la parquedad de los párrafos descriptivos, ésta es una novela de diálogos, en ellos se despliega toda la riqueza del lenguaje peruano, todos sus aumentativos o diminutivos, o el lenguaje de jerga que tiene que ver, sobre todo, con el consumo de droga, y que en la página 160 lleva a Bayly a dar una explicación para el lector de la época: “En Lima, a la coca le decían chamo, paco, paquirri, falso, falso Paquisha, blanca, blancanieves. La más común era decirle chamo.”

Con los aumentativos o diminutivos ocurre aquí lo mismo que en las novelas de Alfredo Bryce Echenique: este lenguaje acaba teniendo una función cómica en el texto. Aunque es cierto que lo que Bryce Echenique tiene de ternura, Bayly lo tiene de acidez, lo que también acaba siendo bastante divertido.
El mundo que se retrata aquí no deja de ser terrible. Joaquín comienza siendo un niño bastante inocente que sufre el abuso de los demás: su mejor amigo en el nuevo colegio, el director de este colegio, un cura que le confiesa, los monitores de un campamento del Opus Dei… acabarán queriendo abusar sexualmente de él. Escenas que, pese a la violencia contenida en ellas, al estar narradas con sentido del humor podrían llevarnos a pesar en una novela erótica del siglo XIX, en la que la expresión de la sexualidad se volviese expresionista: el director del colegio quiere castigar a Joaquín: “Voy a tener que darle unos cuantos palmazos en el poto. ¿Le parece justo, Camino” Empieza a hacerlo y la escena acaba así: “Se había bajado la bragueta. Estaba masturbándose. Joaquín le dio la espalda. Moulbright siguió palmoteándole el trasero. No bien terminó, le dijo a Joaquín que ya podía irse.”

Joaquín se sentirá incomprendido por sus padres: Maricucha, la madre, es una fanática religiosa cercana al Opus Dei, que por supuesto no quiere saber nada de la homosexualidad de su hijo. Y el padre, Luis Felipe, queda retratado como una persona brutal, obsesionado con hacer de su hijo un mujeriego machista, un clasista o un racista como él. Las escenas en las que se retrata al padre acaban siendo cómicas de puro exageradas. En un momento de la novela, por ejemplo, Luis Felipe lleva a Joaquín a cazar, y al regresar a Lima, atropellan a una persona en la carretera, el padre no se detiene para auxiliarla y le dice a su hijo: “-Así es la vida, pues –dijo, sonriendo-. No cacé nada en El Aguerrido, pero al regreso me cargué un cholo. Algo es algo, ¿no?” (pág. 113)

En la boda de una de sus hermanas, después de meses lejos de sus padres, Joaquín vuelve a verlos y decide contar a sus familiares que es homosexual. Su hermana le dirá que le ha arruinado la boda, pero la respuesta más brutal volverá a ser de nuevo la del padre: “-Un hijo maricón –murmuró Luis Felipe-, haciendo un gesto de desprecio-. Hubiera preferido un mongolito, carajo.” (pág. 116)

En cada capítulo se narra la relación de Joaquín con alguna otra persona. Cuando se empieza a convertir en adulto y se independiza, estar personas suelen ser amantes. Son historias llenas de frustración en las que las relaciones homosexuales han de vivirse de forma oculta, y en las que suelen repetirse variaciones de la frase que da título al libro. Su amigo Alfonso vive su homosexualidad como una etapa transitoria de su vida, pues da por descontado que acabará casándose con una mujer y teniendo hijos. Alguna otra de sus parejas tendrán novias formales y otras tendrán que luchar contra sus sentimientos religiosos.
Joaquín, en la medida que puede, trata de ser honesto con aquellas personas con las que se relaciona y hablarles de su condición sexual, algo que rara vez suele ser recíproco; pero él tampoco escapa al mundo y a la clase social a la que pertenece. Su frustración le lleva a cometer algún acto malvado, como echar en la cara gas antiviolaciones a una chica y abandonarla en un descampado, o acompañar a unos amigos a dar una paliza a un transexual, algo de lo que él trata de disuadirles pero de lo que acaba formando parte.
Uno de los puntos a favor de la novela es que no es moralizante; rara vez trata Bayly de situar a su alterego en un posicionamiento moral superior a la sociedad (machista, clasista, racista…) que retrata. Su alterego es un cocainómano y frívolo joven de Lima que trata de divertirse, a pesar de que le ha tocado ser homosexual en una ciudad –o en una clase social, más bien- que no tolera las diferencias, y así, a pesar de que él pertenece a una familia adinerada y es blanco en una sociedad profundamente racista también es una víctima. “-Haber nacido en el Perú y se homosexual es como una maldición –dijo Joaquín” (pág. 166)
“-Ay, hijo, no te imaginas qué alivio salir del infierno de Lima. Yo la verdad que ya estoy harta, harta, hasta la coronilla, de los apagones y las bombas y los cholos apestosos”. Le dice su tía a Joaquín cuando se encuentran en Miami, en la página 325.
“-Lo que creo es que deberías irte del Perú cuanto antes, Joaquín. Aquí te estás desperdiciando, hombre. Tienes que aceptar un hecho irreversible: los blancos, los que éramos dueños de este país, estamos de salida, vivimos encerrados y cada vez somos menos. Los cholos nos están borrando poco a poco. Es normal, pues, así tenía que ser. Los cholos son la mayoría. Ellos son los dueños de este país.” Así le habla a Joaquín un amigo en la página 323.


Me resultó raro que siendo esta una novela tan visual, tan cuajada de diálogos, que se alejaba de cualquier retrato introspectivo, de repente, traspasada ya la página 300, empiezan a aparecer pequeñas frases en la narración para describir algo más que los movimientos de Joaquín: “dijo él, hablando lentamente, sintiéndose cruel” (pág. 316) o “Lástima que justo escogió el de Mecano, pensó”.

También me ha resultado raro que en una novela que tan bien refleja el lenguaje oral de las calles de Lima en la década de 1980, cuando traslada a Joaquín a las calles de Madrid cometa más de un error al hacer hablar a personas españolas con claros peruanismos. He apuntado estos:

Un chico de quince años le dice a Joaquín: “Tú eres muy grande para ser mi amigo” por “Tú eres demasiado mayor para ser mi amigo”.
Un taxista le dice a Joaquín: “Ahora bájese de mi carro, por favor, yo no trabajo con mariconas”. ¿Se imaginan a un taxista madrileño llamando “carro” a su coche?
“-Vete a coger por el culo” –gritó el taxista.” Por “Vete a tomar por culo”.

No se lo digas a nadie se publicó en Seix Barral en los 90, con el aval de Mario Vargas Llosa, ¿no había entonces en una editorial tan potente correctores o editores atentos? ¿No tenía Bayly un amigo español al que consultar? Pero más grave que esto me ha resultado algo que he leído en la wikipedia: «En 2010 publica con el grupo Alfaguara una reedición de sus novelas: No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo, Los últimos días de 'La Prensa' y Yo amo a mi mami, pero suprimiendo los temas eróticos, ofreciendo una versión aún más ligera de ellas.» ¿Será esto verdad? Por lo que sé, Jaime Bayly –exitoso presentador de televisión- tiene que mantener un nivel de vida muy alto, y posiblemente esta noticia, de ser cierta, más bien parece una ocurrencia suya, con el deseo de llegar a un público más amplio, que una imposición de la editorial.

Cuando Jaime Bayly volvió a Lima tras publicar No se lo digas a nadie, le increpaban por la calle llamándole «¡Joaquín, Joaquín!», a modo de insulto. Es decir, en 1994 en Lima la literatura todavía era algo importante, algo capaz de provocar un pequeño escándalo burgués. Posiblemente Bayly haya sido uno de los últimos escritores del mundo hispano en poder conseguir algo así.

Posiblemente Jaime Bayly se ha convertido en la actualidad en un escritor que aspira más a vender que a hacer literatura, pero creo también que sus primeros libros, como éste que hoy comento, merecen la pena. Su ritmo es muy ágil y el retrato despiadado de la clase alta limeña, con unos diálogos tan ingeniosos y humorísticos, acaba haciendo de esta novela un libro divertido y a la vez amargo, algo (a pesar que de que la prosa de, por ejemplo, Alfredo Bryce Echenique, sea más honda) muy cercano a la buena literatura.



miércoles, 13 de abril de 2016

Entrevista a Óscar Esquivias, autor de Andarás perdido por el mundo

Óscar Esquivias (Burgos, 1972), novelista y escritor de relatos, acaba de publicar el libro de relatos Andarás perdido por el mundo en la editorial Ediciones del Viento.





He leído tu novela Jerjes conquista el mar y tus tres libros de cuentos La marca de Creta, Pampanitos verdes y el reciente Andarás perdido por el mundo. Respecto a estas obras, ¿qué me encontraría si me acercara a tu trilogía de novelas Inquietud en el paraíso, La ciudad del gran rey y Viene la noche?

La trilogía no se parece, creo, a ninguna de las obras citadas. Ni siquiera las novelas que la componen se parecen entre sí, ya que cada una de ellas contrasta radicalmente con las otras dos. La primera es una mezcla de una historia aventurera a lo Julio Verne con un relato histórico (como un episodio nacional de Galdós); la segunda se ambienta en el Purgatorio y pertenece al género fantástico (y esconde dentro de su estructura un libro de microrrelatos; si tuviera que emparentarla con otras obras, sería con El otoño en Pekín de Boris Vian, mezclada con las greguerías de Gómez de la Serna y la Leyenda dorada de Santiago de la Vorágine); la tercera está ambientada en la actualidad, es puramente realista y se podría considerar una novela social. El conjunto es un homenaje, sui géneris, a la Divina Comedia de Dante.


¿Te sientes más cómodo escribiendo cuentos o novelas?

Si por «comodidad» se entiende la tendencia innata hacia alguno de estos géneros o la facilidad técnica a la hora de abordarlos, debo decir que ambos me resultan igualmente atractivos, aunque, como es obvio, resulta más largo y trabajoso escribir una novela. Quiero pensar que me sucede como a Schubert, quien escribía lo mismo sinfonías que canciones.


¿Eres más lector de libros de cuentos, de novelas o de poesía?

La verdad es que no llevo la lista de cuántos libros leo de cada género. Frecuento los tres cotidianamente y sin esfuerzo. Supongo que leo más libros de poesía, por ser más breves, pero ni siquiera de esto estoy seguro.


Me llama la atención que muchos de los cuentos que escribes te los solicitan para libros colectivos y tienen que ser escritos bajo algún parámetro concreto. ¿No supone para ti un problema que algún elemento del cuento que vas a escribir venga impuesto desde fuera? ¿O, más bien, esto te resulta estimulante?

No me supone ningún problema. Si un encargo no me inspira, lo rechazo; pero esto sucede muy rara vez.


Además de los anteriores, los cuentos que podríamos llamar «de encargo», ¿existen otros cuentos que los escribas sin que te los pidan para algún clase de antología o libro temático? ¿Consideras estos cuentos más personales que los anteriores?

Creo que la mayoría de mis cuentos han nacido espontáneamente, sin que nadie me los pidiera y sin que supiera dónde ni cuándo se iban a publicar, pero no por ello los he escrito con mayor libertad estilística o con un contenido más personal.





¿Qué escritores españoles de cuentos te han influido más?

Quizá Ramón Gómez de la Serna, sobre todo en los microrrelatos de La ciudad del Gran Rey. Me gustan (pero no sé si me han influido) cuentistas como Ana María Matute, José Jiménez Lozano, Clarín, Quim Monzó, Sergi Pàmies o Julio Cerón (este último no escribía propiamente cuentos, pero sus colaboraciones en la prensa me divertían muchísimo y, de joven, me animaron a escribir). Entre mis contemporáneos, me siento muy cercano a Jon Bilbao, Cristina Grande o Carlos Castán.


¿Has sido un gran lector de la tradición cuentística norteamericana? ¿A qué autores norteamericanos de cuentos admiras más? ¿Son mejores para ti que Antón Chéjov?

Aparte de clásicos como Poe o Melville, he leído con mucha devoción a autores tan diversos como Carson McCullers, Flannery O'Connor, Ray Bradbury y Bernard Malamud. Entre los autores estadounidenses y canadienses más recientes, me gustan David Leavitt, Charles Baxter, Wells Tower y Alice Munro. Algunos cuentos de estos escritores están a la altura de los mejores de Chéjov (y este es el mayor elogio que se puede hacer a un escritor, creo).


¿Y sobre la tradición hispanoamericana qué nos podrías decir? ¿Qué autores hispanoamericanos te han influido más?

Me gustaría pensar que me han influido Borges, Cortázar, Ibargüengoitia, Jorge Riestra, Ribeyro, Rulfo, Arreola, Sara Gallardo, Blas Matamoro, Roberto Arlt, Ana María Shua o Roberto Bolaño. Adoro a estos autores, pero no sé si se les podría englobar a todos ellos en una única «tradición hispanoamericana». Entre los más jóvenes, me gustan mucho Patricio Pron, Samanta Schweblin o Tomás Sánchez Bellocchio.


Recomiéndanos a un autor de cuentos español y a otro extranjero.

Citaré dos libros casi secretos que me entusiasman: La senda de nieve oculta de Alberto Luque y Las vueltas de Costas Taktsís. Ojalá algún editor inteligente los reeditara porque, ambos, son obras maestras del género (el primero está ambientado en América y contiene cuentos casi épicos, muy originales, escritos con una destreza arrebatadora; el segundo es más íntimo, sucede en la Grecia natal del autor y tiene elementos autobiográficos, casi siempre referidos a la educación sentimental –y sexual– de los personajes).


Si hace unos años -los previos a la crisis- se hablaba del auge del cuento como género en España, ¿cómo consideras que es su situación actualmente? ¿Ha cambiado algo en los últimos diez años?

Como se suele decir, el cuento tiene una mala salud de hierro. Tengo la impresión de que la crisis económica general no ha influido especialmente en este campo: se siguen publicando libros extraordinarios que cuentan con un público quizá pequeño pero fiel (y, a veces, más numeroso de lo que se espera: por ejemplo, los últimos libros de Eloy Tizón o Sara Mesa han tenido, con todo merecimiento, varias reediciones).


Muchos de tus cuentos están ambientados en los escenarios de tu infancia, el barrio de Gamonal de Burgos o pueblos de la provincia como Villandiego. ¿Cuándo escribes un cuento ambientado en estos escenarios te guías únicamente por la memoria o también recurres a la inventiva?

En mi literatura, hasta ahora, todo está tan transformado por la fantasía que de ninguna manera puedo considerar el resultado como autobiográfico, por más que se ambiente en lugares muy queridos por mí o recree alguna situación que haya vivido o conocido directamente. En mis obras, lo que parece más verdadero suele ser inventado.


Por contraste con los anteriores, también tienes cuentos (sobre todo en tu último libro) ambientados en lugares muy diversos y protagonizados por extranjeros, como el cuento El príncipe Hamlet  de Mtsensk, ambientado en Rusia y con personajes de aquel país. ¿Un cuento como éste tiene detrás mucho trabajo de investigación o te dejas guiar por tu intuición narrativa?

Mtsensk, gracias a Leskov (y también a Shostakóvich) es un lugar familiar para mí (familiar literariamente, claro, tanto como lo puedan ser Elsinor, Brideshead o Vetusta). Cuando escribí ese cuento, por supuesto, me documenté, pero también me inventé un Teatro Leskov o un Puente de Hierro y mil cosas más que me venían bien para la historia. Yo defiendo la autonomía y autosuficiencia de la verdad literaria. Los escritores somos artistas, no notarios.


Casi todos los narradores de tus cuentos son muy jóvenes, en muchos casos niños o adolescentes que acaban el instituto o empiezan la universidad, ¿te llama especialmente la atención como narrador la fragilidad de esta etapa de la vida?

Los adolescentes suelen ser duros (aunque sufran –o crean sufrir– mucho). Me interesan mucho esos momentos de la vida en los que se forja nuestra personalidad, en los que somos conscientes de nuestra identidad. El autoconocimiento quizá sea una de mis preocupaciones literarias recurrentes.


Creo que no he leído ningún cuento tuyo narrado por un personaje femenino, ¿lo leeremos algún día?

Hay varios, aunque ciertamente no es la norma. En los relatos escritos en primera persona, la voz narradora que me surge de forma espontánea es la masculina, pero si un relato requiere una femenina, no tengo ningún problema en utilizarla. Aparte de ciertos cuentos publicados en obras diversas que no he recogido luego en mis tres libros, en La marca de Creta figura «El origen de las especies», en el que la protagonista cuenta el deterioro de su relación de pareja con otra mujer. Por su parte, Pampanitos verdes y Andarás perdido por el mundo son dos libros muy masculinos en sus voces narrativas, sentimientos y preocupaciones (me parece a mí).


En Andarás perdido por el mundo me ha parecido detectar una nueva inquietud religiosa, ¿ha sido algo consciente o involuntario?

Eso es cosa de mis personajes, no mía. En cualquier caso, el mundo espiritual y el arte religioso (en todas sus manifestaciones) siempre me han atraído mucho.


Casi todos tus cuentos son realistas, ¿te gusta la narrativa fantástica? ¿Escribirías un libro de cuentos de ciencia ficción o de terror?

Me gustan los libros bien escritos, con independencia de su género. Por citar un ramillete de autores que tocan lo fantástico, el terror o la ciencia ficción, adoro los cuentos de Heine, Lem, Poe, Bécquer, Mérimée, Ángel Olgoso, Buzzati, Cărtărescu o Bradbury, y podría añadir las hagiografías de Santiago de la Vorágine y las narraciones de la tradición oral. Muchos de los cuentecillos incluidos en La ciudad del Gran Rey son fantásticos. Si se me ocurrieran historias potentes que transcurrieran en otra galaxia, en la aldea pitufa o en los calabozos de la Inquisición toledana, no las rechazaría.


¿Cuándo le vas a entregar a tu editor, Eduardo Riestra, esa nueva novela que te reclamaba en la presentación de Andarás perdido por el mundo en la librería Alberti?

No lo sé, pero desde luego no antes de que esté satisfecho con el resultado.



Muchas gracias, Óscar.

Si desea leer las reseñas que he escrito de los libros de Óscar Esquivias pulse la etiqueta con su nombre que está abajo.

domingo, 10 de abril de 2016

Andarás perdido por el mundo, por Óscar Esquivias

Ediciones del Viento. 241 páginas. 1ª edición de 2016

Ya comenté la semana pasada que le pregunté a Óscar Esquivias (Burgos, 1972), con el que he coincidido algunas veces, si le parecía bien solicitarle a su editor, Eduardo Riestra, que me incluyera entre los envíos de prensa de su nuevo libro de relatos, Andarás perdido por el mundo. Tanto a Óscar como a Eduardo les pareció bien y el libro me llegó a casa, poco después de aparecer en las librerías. El viernes 26 de febrero fue la presentación del libro en la librería Alberti de Madrid, y me apeteció acudir para que Óscar me firmase su libro y poder saludarle. Fue una tarde agradable.

El viernes de la presentación, ya lo comenté la semana pasada, acabé de leer el último cuento del anterior libro de Óscar –Pampanitos verdes- en el metro de vuelta a casa. El sábado empecé el nuevo libro, más largo que el anterior (241 páginas frente a 158, 14 cuentos frente a 10), y leí de un tirón el primer cuento, de unas 20 páginas, titulado Todo un mundo lejano. Me dejó deslumbrado, me pareció mejor que cualquiera de Pampanitos verdes, y esto teniendo en cuenta que los cuentos de este libro me habían parecido realmente buenos. Al leer Todo un mundo lejano tuve la sensación de estar leyendo una composición clásica del mundo del relato. Me produjo la misma sensación de felicidad lectora que los grandes cuentos de los escritores que más admiro, Raymond Carver, Tobias Wolff o Roberto Bolaño. En este cuento regresamos al escenario más clásico de la narrativa de Esquivias: los pueblos de Burgos, y está contando en primera persona por parte de una persona joven y frágil, como viene siendo habitual, pero considero que existen aquí dos elementos que lo hacen transcender: el narrador es en gran parte un narrador testigo, puesto que nos habla de la evolución de la fe religiosa de un amigo, y además juega, de forma bella y sutil, a encontrar las relaciones y desacuerdos entre homosexualidad y vocación religiosa. Un cuento redondo, como ya he apuntado.

El segundo cuento, Curso de natación, comparado con el primero o el tercero, me parece intrascendente. Es un cuento que apenas sobrepasa una página. Y esto posiblemente sólo sea una cuestión de apetencia personal: me gusta el formato de los libros de cuentos, disfruto con él, pero los cuentos que me gustan suelen tener entre 15-25 páginas, creo que yo no podría ser un gran lector de microrrelatos, es un género que no acaba de convencerme. Curso de natación, en cualquier caso, es una narración correcta, ambienta en Italia, esta vez, y con un narrador niño, pero para mí esa distancia de una página y pico no consigue emocionarme como lector, y el cuento acaba actuando como una mera transición entre el primer cuento magistral y el tercero también magistral (de unas 23 páginas en este caso). El tercer cuento es El Chino de Cuatroca, ambientado en el madrileño barrio de Cuatrocaminos. El narrador, un adolescente de dieciséis años, que ha decidido dejar la casa familiar, podría ser el típico protagonista de un cuento de Esquivias, por su edad, por su fragilidad, por lo cerca que está de descubrir las miserias del mundo de los adultos, pero hay aquí algo nuevo: su narrador ha nacido en España, pero sus orígenes son ecuatorianos, una herencia que el reivindica con su deseo de viajar a Guayaquil, donde fue concebido, y por el uso, en ocasiones, de un vocabulario propio de allá. Además nuestro narrador, con aspecto de “chino” va a compartir piso con un grupo de inmigrantes dominicanos. Este ambiente está muy bien descrito, muy cuidados sus detalles, y la resolución del cuento es tan divertida como cruel y emocionante. Un gran cuento de nuevo.

El cuarto La Florida, me ha parecido una narración muy arquetípica de Esquivias: ambientado en Oña, un pueblo de Burgos, con un narrador adulto que está recordado una vivencia infantil. En este caso las visitas a un psiquiátrico en el que vive recluido su tío. Es un gran cuento, pero me ha sorprendido menos que los anteriores.

Con El joven de Gorea me pasa lo mismo que con Curso de natación, que es demasiado corto para mí. Aunque éste es un cuento algo diferente a los otros, con un aire fantástico a lo microrrelato de Borges.

El príncipe Hamlet de Mtsensk me ha parecido otra de las maravillas del libro: un cuento ambientado en Rusia, con personajes rusos y que hunde sus raíces en la pasión de Óscar por la música. Diría que es un fantástico homenaje a Chéjov, un cuento con un final abierto, ligero y bello. El lenguaje de Óscar suele ser de una aparente y cuidada sencillez al servicio de la historia, pero tengo la impresión de que aquí las descripciones de lugares y ambientes se hacen más trascendentes. Me ha encantado una comparación que aparece en su primera página: “Yo me había puesto mi americana de verano y una corbata de Timoféi Borísovich (tenía docenas de ellas en el antiguo armario de mi padre, colgadas de las perchas como anguilas muertas).” (pág. 79)

Los chinos es un cuento más corto (unas 8 páginas), sobre la frustración adolescente (uno de los grandes temas de Óscar) y me ha gustado, pero no al nivel de los cuentos ya comentados.

Temblad, filisteos quizás tenga al narrador más adulto del libro, puesto que pasa de los treinta. Un cuento sarcástico y correcto (o correcto en relación a los que más me han gustado que eran muy buenos) sobre un director de teatro con deseos de epatar al público.

La última víctima de Trafalgar es la composición más extensa del libro, ya que llega a las 40 páginas y podrías ser considerada una novela corta. Es la única composición del libro escrita en tercera persona. Aquí el tono es burlón y la historia tiende al disparate. Esquivias habló de este cuento el día de la presentación y citó como influencia al Eduardo Mendoza más juguetón. Al principio me estaba costando entrar en el juego, pero el relato fue creciendo con la aparición de legajos históricos perdidos Un juego divertido y disparatado.

La casa de las mimosas me ha parecido otro de los grandes relatos de este libro. Un cuento ambientado en California, y narrado por alguien nacido en 1918, el hijo de una noble rusa en el exilio de la revolución, y que se decida en el nuevo mundo a invertir en negocios, entre ellos la compra de salas de cine. Igual que me ocurrió con El príncipe Hamlet de Mtsensk me ha gustado la capacidad de Esquivias para situar su relato en otra época o en otra geografía diferentes a las que suelen ser habituales en él. Aunque esto no es nuevo, porque ya en Pampanitos verdes el relato El centurión tenía personajes italianos y estaba ambientado en Roma. Esta tendencia a la deslocalización del relato me parece que beneficia a la narrativa de Esquivias y hace sus libros más diversos y atractivos.

Mambo vuelve  a ser un cuento corto (unas 6 páginas), un buen cuento pero inferior a los mejores del conjunto.

El mejor de los mundos con personajes franceses en un país de África me ha parecido de calado inferior a los otros cuentos con personajes extranjeros y localización foránea.

En El misterio de la Encarnación volvemos a Gamonal (el pueblo convertido en barrio de Burgos, del que es originario Óscar) para acercarnos a un conmovedora historia sobre el despertar sexual y las ideas religiosas.

En El arca eólica viajamos al siglo XIX, y uno de sus personajes es nada menos que el músico Berlioz. Un cuento escabroso que podría estar en cualquier antología de cuentos de terror.

Todos los cuentos de Andarás perdido por el mundo estaban ya publicados en antologías o libros colectivos. Me llama la atención que el impulso inicial para crearlos provenga de una fuente externa. Así, por ejemplo, El príncipe Hamlet de Mtsensk se escribió para el libro Rusa imaginada de Nevsky Prospects, o La casa de las mimosas fue escrito para el libro Ellos y ellas. Relaciones de amor, lujuria y odio entre directores y estrellas para el Festival de Cine de Huesca. Espero que surjan muchos proyecto así, cada vez más originales, para que Óscar Esquivias tenga que escribir un cuento sobre los buscadores malayos de perlas, la cocina japonesa o los mineros de Chile, porque le salen cada vez mejor.


Considero que Andarás perdido por el mundo es el mejor libro de cuentos de Óscar Esquivias, siendo los otros dos que he leído muy buenos, y dentro de lo que yo conozco Óscar Esquivias me parece uno de los mejores escritores de cuentos que hay ahora mismo en España.

jueves, 7 de abril de 2016

Antología de Gerardo Diego: Mauricio Bacarise (14)

El décimo cuarto poeta que antologa Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Mauricio Bacarise (Madrid, 1895 – 1931). La wikipedia dice esto de él: «Un fracaso económico del negocio familiar de joyería le obligó a abandonar sus estudios y buscar trabajo. En 1911 ingresó como meritorio en la compañía aseguradora La Unión y el Fénix. Compaginó la labor profesional con los estudios de bachillerato y, posteriormente, como alumno libre en la sección de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, donde obtuvo Premio Extraordinario de fin de carrera en 1922. Desempeñó la cátedra de filosofía por oposición en los institutos de Mahón, Lugo y Ávila.»



En la antología podemos leer poemas como estos:



Junio
¡Bajo el cangrejo de estrellas se extasiarán las llanuras!
Hacen fecundas promesas a las campiñas los soles;
en los sidéreos trigales lucen espigas maduras
y en el agro hay una roja constelación de ababoles.

El guadañil que hace siega en matemáticas puras,
como Copérnico o Newton igual que dos girasoles
dirigirá sus pupilas hacia algebraicas lecturas
en los cielos recamados que giran cual facistoles.

Todo el misterio de Eleusis ondula en los amarillos
campos humildes al son de albogues y caramillos;
modulaciones gozosas de un hierofante jocundo.

Una oración balbucean los tartamudos cuclillos
y anaxagóricamente la glosan múltiples grillos...
¡Pasa un deleite de ciencia por la vagina del mundo!



Vilanos


Estrellas de último

cielo de verano,

vilanitos tenues,

vilanitos claros.



Por el campo verde

de oro recamado

¿adónde vais ágiles,

sutiles y rápidos?



Tarde de septiembre

que dora los álamos,

y lleva estorninos


al viñedo, grávido


de sombra y dulzura

de sabrosos gajos...


(Contra la bandada

vuelan los vilanos.)



¿Dónde vais pequeños,

pueriles y pálidos,

pajes del invierno,

farolillos blancos?

domingo, 3 de abril de 2016

Pampanitos verdes, por Óscar Esquivias

Ediciones del Viento. 158 páginas. 1ª edición de 2010

Compré Pampanitos verdes en la Feria del Libro de Madrid de 2013, junto con la novela de Óscar Esquivias (Burgos, 1972) Jerjes conquista el mar. Esta novela, así como su libro de relatos La marca de Creta, la leí en 2014, y el conjunto de relatos Pampanitos verdes se me había ido quedado pendiente, a pesar de la buena sensación que me dejó el anterior.
Vi en Facebook que Óscar Esquivias anunciaba que iba a aparecer en Ediciones del Viento un nuevo libro de relatos, titulado Andarás perdido por el mundo. Esto hizo que se renovara en mí la sensación de que tenía una cuenta pendiente con los relatos de Óscar. Le escribí y le pregunté si le parecía bien que le comentara a su editor, Eduardo Riestra, que me incluyera entre los envío de prensa del nuevo libro y yo me leería los dos libros seguidos (éste y el de Pampanitos verdes) y los comentaría en el blog. A Óscar le pareció bien.

Si La marca de Creta estaba formada por dieciséis cuentos, Pampanitos verdes lo está por diez. Como en el caso anterior, la mayoría de estos cuentos ya habían sido publicados en revistas o periódicos.

El primero, titulado El chico de las flores, me conquista de un modo inmediato. En seis páginas, Óscar mezcla a los personajes de su cuento con las andanzas de otros de ficción (uno de los personajes es una actriz y se nos habla de su personaje en una serie de televisión), en una bella historia de aprendizaje. Este cuento está situado en Madrid, y me hizo gracia pensar que Óscar, que vive en la ciudad, tiene una visión idealizada de la misma. Muchos de sus cuentos están situados en pueblos de la provincia de Burgos o su capital y en estos cuentos el realismo de sus historias suele ser bastante crudo, aunque también tierno; y sin embargo en los cuentos que sitúa en Madrid, como este inicial, pero también en otros como El hijo de la modista y Monólogo del técnico de sonido parece vincularlos al mundo del teatro, que creía que él asociaba, de forma consciente o inconsciente, a Madrid. Había ido tomando notas a lo largo de la lectura que parecían sostener esta teoría de la capital idealizada y vinculada con el mundo del teatro, pero al acabar el libro me he encontrado con un apunte final en el que se nos aclara que los tres cuentos que he mencionado “nacieron por encargo del Teatro Alcázar de Madrid y se publicaron en el libro de fotografías En el secreto del Alcázar.” En cualquier caso, creo que esto no resta ninguna pertinencia a mi comentario. Monólogo del técnico de sonido sobre un narrador que, poco antes de que empiece una función, evoca la relación que mantuvo su padre con su abuelo, y luego la que él mismo tuvo con su padre, me parece, siendo un cuento más que correcto, un poco inferior a otros del conjunto. Pero, en cambio, El hijo de la modista, sobre un joven vendedor de piscinas a familias pudientes, que es invitado a una fiesta en la casa de una joven y atractiva cliente, con su sutil análisis de las diferencias de clase, me ha parecido uno de los mejores del libro.

El segundo cuento, titulado El estudiante de Salamanca, me ha hecho volver por su planteamiento y temática a las narraciones que más me gustaron de La marca de Creta. En él nos encontramos con un frágil joven de dieciocho años que ha de ir al hospital justo la víspera de su examen de selectividad. Allí le diagnosticarán un principio de tuberculosis. Cuando se recupera, hace su selectividad y es admitido en la universidad de Salamanca, donde quiere ir para dejar atrás la casa de sus padres, pero ya no hay sitio en los colegios mayores y viajará con su padre a Salamanca para ver si puede quedarse durante el curso lectivo en un hotel que el padre conoce de un curso de su empresa. Por su planteamiento este relato se parece al de La fiesta más divertida del libro anterior, pero aquí se ahonda en la relación del chico con el padre y entrará en territorios diferentes.
Este cuento, como otros del libro anterior, tiene una temática homosexual, y aparece aquí el Paseo de la Isla, lugar de encuentros homosexuales de Burgos. En otros cuentos se citarán esos pueblos de Burgos que para el lector de relatos de Esquivias son ya familiares, como Sasamón o Villandiego; citados en el tercer cuento, Viene Gordon. En este cuento, el narrador en primera persona, a diferencia del narrador arquetipo de los cuentos de Esquivias, no es tan joven como suele serlo. Trabaja en una Ikastola del País Vasco, pero le gusta irse a pintar a una casa que ha heredado en un pueblo de Burgos. De este cuento, igual que me ocurrió en el anterior, me ha llamado la atención el tratamiento del sexo, y me ha gustado más el planteamiento que el desenlace. En el anterior me ha parecido que toda la composición funcionaba mejor.

Ya he comentado que los narradores en primera persona de Esquivias, siempre masculinos en este libro, suelen ser jóvenes y la asunción del funcionamiento del mundo de los adultos o las relaciones con sus padres suelen ser los ejes centrales de las temáticas. La mirada de Esquivias sobre estos personajes desorientados y frágiles suele ser la de la ternura. Una ternura elegante y contenida, que no cae nunca en lo cursi y que queda remarcada por un leve sentido del humor que imprime ligereza a sus páginas.

Un tanto desolador resulta el relato Pampanitos verdes, sobre un joven en segundo año de medicina, al que se le muere el hermano en un accidente de tráfico. Más divertido es Mail Pride Chicago 2008 sobre un joven atleta burgalés que trabaja en Madrid como cartero y del que sus superiores quieren que participe en una competición deportiva de carteros que tendrá lugar en Chicago. Aunque el cuento está ambientado en Chicago, su vocabulario castizo le hace profundamente español. Cuando el narrador llega a Chicago y le atiende en el aeropuerto una simpatiquísima policía, no duda en calificarla de “policía locatis”, una expresión que me ha hecho mucha gracia. Este recurso –la cita de expresiones particulares o frases hechas- se usa en el libro para remarcar la diferencia de edades entre los narradores y sus padres u otros personajes de las historias.

El dolor, donde un adulto evoca un episodio que le ocurrió de niño en un pueblo en el que vivía con su tía y donde cayó enfermo, es más que nada, al hablar de sexo entre adultos y niños, bastante perturbador.

El último, Viaje al centro de la Tierra, es el único que podría apartarse del realismo, aunque la visión onírica que tiene lugar en él podría achacarse a un sueño, quizás queda por esta ambigüedad un tanto desdibujado su alcance narrativo.

Me gustó mucho el penúltimo, titulado El centurión y ambientado en Roma, en el que se narra la relación entre dos hermanos, desde el punto de vista del pequeño. Un cuento original y poderoso.

El estilo literario de Óscar Esquivias sigue siendo en apariencia sencillo, pero esta sencillez es sólo aparente: el lenguaje es contenido y recorrido de vez en cuando por potentes imágenes.

Ya comenté aquí que me gustó mucho La marca de Creta, y quizás, habiendo leído antes este libro, Pampanitos verdes ya no me ha sorprendido tanto, porque ya sabía de lo que era capaz Óscar Esquivias, pero me parece que también es un gran libro de relatos y quizás más coherente que el anterior, puesto que aquí la diferencia entre los relatos que más me han gustado y los que menos ha sido menor que en el libro anterior.

Dentro de un rato empezaré con Andarás perdido por el mundo.