El cielo es azul, la tierra blanca, de Hiromi Kawakami
Editorial Alfaguara. 211 páginas. 1ª edición de 2001; esta es de 2022.
Traducción de Marina Bornas Montaña
Ya he contado que, después de mi viaje a Japón en julio de 2026, he sentido
un fuerte impulso por leer libros de allá. Después de acercarme a Sopa
de Miso (1997), de Ryu Murakami y
El
Pabellón de Oro (1956) de Yukio
Mishima, me he puesto con El cielo es azul, la tierra blanca (2001)
de la escritora Hiromi Kawakami
(Tokio, 1958). Me había llamado la atención que existen dos escritoras
japonesas con el apellido Kawakami (Hiromi
y Mieko), y estuve preguntando por
ellas a ChatGPT y me aseguró que la que tenía más prestigio literario era
Hiromi Kawakami. Tras ver que en la biblioteca de Móstoles tenían muchas de sus
obras, seguí preguntando a ChatGPT (me estoy enganchando a esto) por las que
tenían más prestigio crítico y me indicó El cielo es azul, la tierra blanca
(2001) y Manazura (2006). Saqué las dos de la biblioteca y empecé por la
más antigua.
En principio, la obra de Hiromi Kawakami la empezó a publicar en España, a
partir de 2009, la editorial Acantilado,
que le sacó cinco novelas traducidas directamente del japonés por Marina Bornas Montaña. En 2017 las
nuevas obras de Kawakami empiezan a salir en Alfaguara con nuevos traductores (también directamente del
japonés). Alfaguara también ha republicado las antiguas ediciones de Acantilado
con las traducciones de Marina Bornas. Imagino que Hiromi Kawakami empezó a
vender bastante en España y Alfaguara pujó más que Acantilado por sus derechos.
Me parece más elegante la portada original de Acantilado para El cielo es azul, la tierra blanca que
la de Alfaguara. En la de Acantilado hay dos personas en una barca y en la de
Alfaguara aparece una chica de rostro japonés con los ojos azules, algo
impropio de una japonesa y que nunca se insinúa en el libro. Quiero decir con
esto que si me hubiera tenido que fiar de mi intuición no me hubiera acercado
de forma directa a este libro, porque su portada parece más propia de un libro
comercial que de verdadera literatura. Me fie de ChatGPT. Los tiempos están
cambiando. El formato de Alfaguara hace que la caja de edición, y también la
letra, sea más grande, así que esto es de agradecer.
Otro hecho curioso de la edición en español es que se eligió el título El
cielo es azul, la tierra blanca, cuando la traducción directa del
japonés sería El maletín del maestro. «El cielo es azul, la tierra blanca»
son los versos de una canción que la narradora trata de recordar y le recordará
el maestro (otro de los personajes), lo que acaba de tener sentido, pero
realmente «el maletín del profesor» será un objeto muy connotado en la historia
y que simbolizará para el lector el misterio que supone el maestro para la
narradora.
La narradora de la novela es Tsukiko Omachi, que tiene unos treinta y ocho
años cuando empieza la historia. Tsukiko no está casada ni tiene hijos, en una
sociedad como la japonesa que parece exigir a las mujeres que cumplan con esos
roles sociales. Tsukiko, en primera persona, le contará al lector los
encuentros que empieza a tener en los bares de su barrio con Hartsuna
Matsumoto, que fue su profesor. «Me había dado clase de japonés en el
instituto. Puesto que no fue mi tutor ni me entusiasmaban sus clases, no
conservaba ningún recuerdo significativo suyo. No había vuelto a verlo desde que
me gradué», nos dirá en el primer párrafo del libro (pág. 9). Tsukiko se
referirá a Hartsuna como «maestro» y le llamará de usted, mientras que Hartsuna
llamará a Tsukiko por su nombre y de tú. Entre Tsukiko y el maestro empezará a
surgir una amistad. «Nos separaban unos treinta años, pero con él me sentía más
a gusto que con algunos amigos de mi edad» (pág. 11).
Tsukiko y el maestro no quedan para verse en el bar, sino que esos
encuentros van surgiendo de forma espontánea, aunque casi siempre se acaban produciendo
en el mismo lugar, que será la taberna de Satoru, quien terminará siendo un
personaje secundario de la novela. Ambos, además, pagarán cada uno sus cuentas,
que es un detalle que parece mostrarnos que no hay ambigüedades en la amistad
que han creado. En principio, la relación que establecen parece bastante
alcohólica: suelen empezar bebiendo cerveza y luego se pasan al sake. En
algunas ocasiones, el maestro propone a Tsukiko acompañarle a su casa para
seguir bebiendo. Tsukiko empezará a sentir curiosidad por el maestro, al que
percibe como un hombre muy seguro de sí mismo, aunque también parece esconder
alguna historia dolorosa. Por ejemplo, Tsukiko creía que el maestro, que vive
solo, es viudo, pero esto no tiene por qué ser cierto.
Nunca sabremos qué ha estudiado o en qué trabaja Tsukiko, pero sí que acude
a una oficina donde realiza una tarea indeterminada que no parece satisfacerla.
«Había tenido un mes muy ajetreado en el trabajo y llevaba muchos días saliendo
de la oficina a las doce de la noche. Cuando llegaba a casa ni siquiera me
apetecía bañarme. Me lavaba la cara y me quedaba dormida en el acto. Además,
tuve que ir a la oficina casi todos los fines de semana. Como apenas tenía
tiempo para comer, estaba pálida y demacrada», leeremos en la página 81. Así
que en la novela, principalmente, nos va a hablar de ese poco tiempo libre que
le deja la oficina y que, muchas veces, consiste en ir sola al bar, donde se
suele encontrar con el maestro, con el que acabará cenando y bebiendo más de la
cuenta. En principio, el tono del libro es alegre; aunque tenga un trasfondo
triste, como es el de la soledad de las personas en la gran ciudad. Aunque
nunca se nombra «Tokio», por algunas referencias sabremos que la acción se sitúa
en un barrio de esta metrópoli. La novela abunda en diálogos, en los que el
maestro suele recitar algunos poemas, o nombra a veces a algunos escritores,
que Tsukiko desconoce, porque no atendía mucho en las clases del maestro,
aunque ahora le haya empezado a escuchar con atención. Ya digo que la novela es
amable, y en este sentido se describen con profusión las comidas que toman o la
escena sale de los dos personajes principales para mostrarnos algún personaje
peculiar o algún detalle de las calles, por ejemplo. Estas descripciones
ligeras de las calles, las personas con las que se cruzan, las estrellas o los
parques hacen que los pensamientos de Tsukiko, a pesar de estar narrando en
primera persona, queden desdibujados. Sin embargo, el lector que ha tomado este
libro entre las manos ha leído en su cubierta un subtítulo de la novela: Una historia de amor. Así que al abrir
la novela y leer la primera página ya intuye que lo que siente Tsukiko por el
maestro puede que empiece a traspasar los límites de una amistad, aunque
durante bastantes páginas, ella trate de engañarse a sí misma, y con ella al
lector.
Como ya he dicho, la novela empieza describiendo los encuentros y los
diálogos que Tsukiko tiene con el maestro en una taberna, pero en el capítulo Año
nuevo (pág. 69) asistiremos a un cambio: Tsukiko va a hablar más de sí
misma, de su vida fuera del trabajo y fuera de la taberna, y el lector podrá
sentir la soledad y la incomunicación de su familia, de una mujer que, aunque a
veces se siente como una niña, está empezando a ser una adulta solitaria.
En Kokoro (1914), la novela más famosa de Natsume Soseki, el gran renovador de las letras japonesas, se nos
habla de una relación de un joven con un «maestro» o «sensei». He leído algunas
interpretaciones de esta novela (que no comparto) en clave homosexual. Otro de
los mitos de la literatura japonesa es el del amor y el deseo seniles, que
aparece en obras como La casa de las bellas durmientes
(1961) de Yasunari Kawabata y en Diario
de un viejo loco (1962) de Junichiro
Tanizaki. Considero que El cielo es
azul, la tierra blanca conversa con estas obras clásicas de la literatura
japonesa desde un punto de vista amable, ya que a pesar de mostrar algunos
puntos oscuros de la sociedad japonesa –como la soledad o el exceso de trabajo
alienante– su mirada sobre el mundo es positiva y ligera. En este sentido, me
ha recordado al tono de La fórmula favorita del profesor
(2003), de Yoko Ogawa, que fue publicada
dos años más tarde que la novela de Kawakami. En más de un caso, la novela, con
su profusión de diálogos, es muy cinematográfica y no escapa a algunos
convencionalismos de la comedia romántica, como el hecho de que a los dos
protagonistas del posible romance les surgen otros candidatos amorosos que provocarán
dudas o celos. Esta novela se lee con agrado y sus escenas están bien
perfiladas (rara vez rozan lo cursi), pero, en más de una ocasión, al atravesar
las páginas he pensado que a la prosa le faltaba tensión narrativa. Quizás se
deba a que yo, como lector, estoy acostumbrado a narrativas más duras y
conflictivas y una novela que tiene la aparente ligereza de una comedia
romántica (aunque puede acabar como una tragedia) me parece una propuesta más
ligera que la que ofrece la que para mí sería la gran narrativa japonesa
(Soseki, Tanizaki, Mishima, Oe…). En cualquier caso, la he leído con agrado y
considero que ha estado bien para mí cambiar de aires literarios. Cuando
escribo esta reseña ya he empezado con Manazuru (2006), donde creo que
Hiromi Kawakami sí plantea una historia con más tensión y turbación. Ya hablaré
de ella.

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