El Pabellón de Oro, de Yukio Mishima
Editorial Alianza. 363 páginas. 1ª edición de 1956; esta es de 2026.
Traducción de Carlos Rubio
Ya he contado que en julio de 2026 estuve con Almudena, mi mujer, de
vacaciones en Japón. En Kioto visitamos el llamado Templo del Pabellón de Oro.
En japonés esto se escribe (con caracteres occidentales) Kinkaku-ji, que es
exactamente el título de la novela en japonés de Yukio Mishima (Tokio, 1925-1970). En el propio templo me di cuenta
de que en ese lugar era, exactamente, donde Mishima había situado la acción de
la novela que en español se tituló El Pabellón de Oro, y cuya primera
traducción al español fue de Juan Marsé
en 1963, proveniente del francés. El especialista en cultura japonesa Carlos Rubio se encargó en 2017, para
la editorial Alianza, de traducirla
por primera vez de forma directa del japonés, y mantuvo el nombre de El Pabellón de Oro, para que fuese
coherente con la antigua edición que conocía el público español. Desde que
visité este bello lugar deseé leer el libro de Mishima. De Yukio Mishima leí en
el verano de 2024 la tetralogía de El mar de la fertilidad, compuesta
por Nieve
de primavera (1969), Caballos desbocados (1969), El
templo del alba (1970) y La corrupción de un ángel (1971). En
los años 90 había leído Caballos
desbocados –sin saber que formaba parte de una tetralogía– y Después
del banquete (1960). Me gustó mucho la lectura de El mar de la fertilidad y me quedé con ganas de leer más libros de
Mishima. Después del viaje a Japón, esas ganas aumentaron mucho. Además, la
traducción de El Pabellón de Oro es
directa del japonés, y de los cuatro libros de la tetralogía solo lo era el
primero. Por lo que leo en internet, hay más de un crítico que considera que El Pabellón de Oro es la obra maestra de
Mishima.
En Kioto, buscando información sobre el templo del Pabellón de Oro, supe
que en 1950 había tenido lugar allí un hecho trágico, protagonizado por un
novicio del templo, que apareció en los periódicos de la época y que sirvió de
inspiración a Mishima para escribir esta novela. Imagino que este «hecho
trágico» al que hago referencia no es conocido por todo el mundo, así que no
voy a desvelar de qué se trata por consideración a esos lectores de reseñas a
los que preocupan los así llamados «spoilers», aunque estos sean datos
históricos incorporados a la realidad de la ficción. Sin embargo, también puedo
decir que si uno conoce el hecho histórico que tuvo lugar en el Pabellón de Oro
en 1950 puede ir viendo indicios, desde el primer capítulo, en el discurso de
Mizoguchi, el protagonista de la novela, que le van a conducir hasta el
capítulo final. De hecho, Mizoguchi narra desde el futuro, desde algún lugar
que no quedará definido en la novela, y evoca los sucesos de su vida que le
llevaron hasta una noche concreta de 1950, cuando tenía veintiún años. En este
sentido, coincide la edad del novicio del templo que protagoniza la novela con
la edad del novicio que acabó saliendo en los periódicos. Sin embargo, Mishima
no realizó una investigación histórica para reconstruir los hechos reales, sino
que se sirvió de la historia del novicio y del templo para crear una novela
donde reflexiona sobre la belleza y la naturaleza del mal.
«¡Cuántas veces, no siendo yo más que un niño, me hablaba mi padre del
Pabellón de Oro!», esta es la primera frase del libro y realmente es muy
significativa. El narrador de la novela es Mizoguchi, hijo de un monje budista,
destinado a ocuparse del templo de un pueblo, en el que no había un colegio
adecuado para que se educara. Esto hizo que se fuera a vivir con unos tíos a
Maizuru. Mizoguchi es un niño acomplejado porque considera que es feo y, sobre
todo, porque sufre de tartamudez (algo que también le ocurría al protagonista
real de esta historia). «Yo era de complexión débil (…). Para colmo, era
tartamudo de nacimiento, lo cual me hacía encerrarme más y más en mí mismo»
(pág. 11). Como se señala en la primera frase de la novela, el padre de
Mizoguchi irá introduciendo una idea de belleza mitificada y perfecta en la
mente del niño sobre el Pabellón de Oro, que lleva existiendo durante los
últimos quinientos cincuenta años. El padre conoce al monje que dirige el
Pabellón de Oro y un día lleva al niño a visitarlo. Sin embargo, aunque
Mizoguchi había contemplado ya el Pabellón en fotografías, su primera
impresión, al tener la imagen real delante, es de decepción. «No era más que un
viejo, negruzco y pequeño edificio de tres pisos. Hasta el ave fénix del
tejado, ¿acaso no parecía más que un cuervo posado allí arriba para descansar
un rato? Lejos de parecerme bella, la construcción me despertaba una sensación
de desequilibrio y desasosiego. “¿Puede la belleza ser algo con tal ausencia de
belleza?”, me preguntaba» (pág. 40). Sin embargo, no mucho después su amor por
el Pabellón de Oro renacerá: «Después de mi regreso a Yasuoka, la belleza del
templo del Pabellón de Oro, que tan penosamente me había decepcionado al
contemplarlo por primera vez, revivía día tras día dentro de mi corazón hasta
acabar por convertirse en algo aún más hermoso que antes de verlo. Sin embargo,
era incapaz de precisar dónde estaba la belleza. Tenía la impresión de que la
imagen alimentada por mis ensoñaciones se había vuelto real y ahora iba a
impulsar otras nuevas» (pág. 47).
La novela empieza en 1941, poco antes de que Japón entre en guerra con
Estados Unidos, con Mizoguchi en el colegio, separado de sus padres y
sintiéndose distanciado de los otros niños debido a su tartamudez. En un
momento en el que la idea de virilidad estará encarnada por la figura del joven
soldado, Mizoguchi deseará ser monje como su padre, una forma de desligarse de
un mundo que siente que no es para él.
El padre de Mizoguchi es una persona débil y enferma, que morirá unos pocos
años después, en 1944. Su última voluntad será que su hijo entre como novicio
en el templo del Pabellón de Oro, como así será. Normalmente en el monasterio
vivían doce o trece monjes, pero los tiempos de guerra harán que cuando ingrese
Mizoguchi solo sean cinco monjes. El sueño de Mizoguchi será convertirse en el
sumo sacerdote del templo y llegar a «poseer» así el Pabellón de Oro. Por estas
mismas fechas, la idea de que un bombardeo de los estadounidenses destruya el
Pabellón de Oro le obsesionará.
El alma de Mizoguchi parece encontrar un remanso de calma cuando en el
templo conoce a Tsurukawa, otro novicio, que se convertirá en su amigo y que lo
acepta sin problemas, pese a su tartamudez al hablar y también a la «tartamudez
de sentimientos», que piensa Mizoguchi que padece.
Mizoguchi se va a convertir en un personaje confuso, que sufre bastantes
angustias y confusiones interiores. En la misma página 86, cuando el lector
siente que está contento por su amistad con Tsurukawa anotará: «Lo que yo
aprendí de esta admirable transformación era que, tratándose de sentimientos,
no existía divergencia alguna entre los sentimientos más malvados de este mundo
y los más nobles, que el efecto de unos y otros era idéntico, que no existía
una diferencia apreciable entre un deseo criminal y un sentimiento de profunda
compasión», quizás haya aquí una influencia de Fiódor Dostoievski.
Además de a Tsurukawa, Mizoguchi va a tener ocasión de conocer a Kashiwagi,
a otro joven de su edad que ha nacido con la deformidad de unos pies zopos. Sin
embargo, Kashiwagi no es una persona acomplejada como Mizoguchi, sino que ha
aprendido a ser un manipulador y a sacar partido de su defecto, además de ser
una persona cruel con los demás. Mizoguchi no tardará en caer fascinado por la
influencia de Kashiwagi.
El equilibrio mental de Mizoguchi empezará a ser preocupante para el
lector. «Si la gente de este mundo –pensaba– va a saborear la maldad en su vida
y en sus hechos, entonces yo apuraré hasta el fondo, hasta las mismas heces, el
cáliz de esa maldad» (pág. 103), o en la página 105: «¡Ojalá que la maldad que
anida en mi corazón crezca y se multiplique al infinito a fin de que se
relacione íntimamente con cada gota de este mar de luces que yace a mis pies!»
(pág. 105)
Recuerdo que en La corrupción de un
ángel, la última novela de El mar de
la fertilidad, el personaje de Tôru, un adolescente de dieciséis años,
resultaba desconcertante por su tendencia a exaltar la pureza que habitaba en
sí mismo y a la idea de que esta pureza le podía llevar a la destrucción del
mundo, lo que hacía que actuase por pura maldad. Observo ahora que el personaje
de Tôru era para Mishima una nueva recreación de Mizoguchi, creado catorce años
antes. Mizoguchi, consciente de su propia insignificancia, se irá
autoconvenciendo de que solo ejercer el mal puede darle una presencia sólida en
el mundo o ante los demás. De hecho, va a resultar significativo el hecho de
que cada vez que Mizoguchi intenta en la novela tener relaciones sexuales con
una mujer la imagen de belleza inmarcesible del Pabellón de Oro se va a
interponer entre él y su deseo, frustrando sus intenciones. El Pabellón de Oro,
y su belleza paralizante, se va a convertir así en un impedimento de la vida
para Mizoguchi. En la descripción de estas escenas sexuales, en las que Mishima
mostraba cómo el cuerpo femenino acababa decepcionando a Mizoguchi, he creído
percibir atisbos de la homosexualidad reprimida de Mishima. Atendiendo a la
personalidad de Mishima, defensor del Japón tradicional y contrario a los
cambios que sufrió el país, sobre todo tras la derrota de la Segunda Guerra
Mundial, he leído algunos párrafos significativos, como este de la página 106:
«Los soldados de Estados Unidos se sorprendían al vernos: nos tiraban de la
manga del hábito con todo descaro y se reían de nosotros» o en la página 261,
cuando va a visitar el pueblo de su infancia, leemos: «Todo había cambiado.
Letreros en inglés amenazadoramente abundantes en los cruces de las calles
habían convertido aquello en un puerto extranjero. Por todas direcciones iban y
venían soldados de Estados Unidos».
Con
el telón de fondo de la guerra y la ocupación estadounidense, Mishima consigue
crear una historia sobre Japón muy original, hablando del papel de un joven en
un mundo que le es ajeno, una historia sobre el peso de la belleza y la
fealdad, sobre el bien y el mal. En algunas ocasiones, esta novela describe
actos despreciables y crueles, pero siempre con una escritura de una belleza
soberbia. En las novelas de Mishima siempre hay un misterio torturado sobre el
mundo, sobre su belleza y su negrura, que parece que el lector va a poder
aprehender entre los dedos, para sentir siempre que algo se le escapa. El Pabellón de Oro me ha parecido una
novela soberbia. De las mejores novelas japonesas que he leído nunca.

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