domingo, 27 de noviembre de 2022

Un hijo cualquiera, por Eduardo Halfon

 


Un hijo cualquiera, de Eduardo Halfon

Editorial Libros del Asteroide. 139 páginas. 1ª edición de 2022

 

He leído bastantes de los los libros que ha publicado Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), MonasterioDueloSignor HoffmanMañana nunca lo hablamosEl boxeador polacoSaturno, CanciónBiblioteca bizarra, y algunas obras más tempranas como El ángel literarioDe cabo roto y Elocuencias de un tartamudo.

 

Después de algunos titubeos iniciales en busca de una voz propia, Halfon acabó creando al personaje que va a ser el narrador de todas sus novelas: Eduardo Halfon, alguien muy parecido a su autor, pero que no es exactamente él. El Halfon personaje es un fumador empedernido, por ejemplo, y el Halfon autor no fuma. Por lo demás, los dos comparten edad, nacionalidad y peripecias vitales comunes. En los libros que está publicado, desde hace ya unos años (algunos son rescates de editoriales anteriores), en la editorial Libros del Asteroide, está creando una obra que, en realidad, es la misma novela, publicada por partes, ya que todos estos pequeños volúmenes, que apenas superan las cien páginas, están unidos por un mismo narrador y por unos temas comunes. Halfon habla en estos libros de su gran familia judía latinoamericana, proveniente de Europa o de Oriente Medio, e indaga en el tema de la identidad. ¿Es Halfon judío, guatemalteco, norteamericano (donde ha vivido gran parte de su vida), polaco? ¿Cuál es su identidad?

 

En Un hijo cualquiera aparece, en gran medida como hilo conductor de su nueva propuesta, la figura de su hijo real, nacido hace cinco años, y del que en el libro nos va a hablar desde su nacimiento hasta que tiene tres o cinco años. En el primer capítulo, Halfon habla del parto de la mujer para dar a luz a su hijo, y de la decisión inicial de hacerle o no la circuncisión, una decisión que han de tomar los padres, que será irreversible para el hijo, y que, de un modo u otro, formará parte de su identidad. «Y entendí, de una manera categórica o aun mística, que el pene de mi hijo, a partir de ese momento, ya no era suyo», leemos en la página 14, como conclusión de este capítulo. A través de los padres y los antepasados se va ya conformando la que será, por aceptación o rechazo, la identidad del hijo.

Desde aquí, Halfon recuerda algunos episodios de su niñez, uniendo así sus recuerdos iniciales con los primeros pasos de su hijo. «El sentimiento de paternidad, como escribió James Joyce en Ulises, es un misterio para el hombre.» (pág. 11), Halfon, en sus reflexiones sobre la paternidad evoca a algunos autores, como en la cita que señalo.

En Un hijo cualquiera también nos habla de sus comienzos en la lectura y en la escritura, a una edad relativamente tardía, a los veinticinco años, al volver a Guatemala tras una larga estancia en Estados Unidos y un título de ingeniería bajo el brazo. A los veintiocho años viaja a París: «En aquel tiempo, en París, yo estaba en mi primera fase de lector. Es decir, la fase de alguien que, cualquiera que sea su edad, acaba de descubrir la magia de los libros y siente la necesidad de leerlos todos. La lectura, entonces, como acto personal de anarquía o como inmolación literaria (dependiendo si uno está más próximo a Emma Bovary o a don Quijote). Leer como si la literatura fuera una droga. El lector junkie.» (pág. 37). No estoy del todo seguro, pero creo que ya había leído previamente en los libros de Halfon algo sobre sus comienzos en la lectura y la escritura. Sí que estoy seguro, sin embargo, de leer aquí, de forma tangencial sobre algunos temas ya tratados en otros libros: en la página 18 nos habla de cómo en el año 1981, tras la escalada de violencia en Guatemala, los padres de Halfon deciden mudarse a Estados Unidos. Sobre esto había leído en el libro de relatos Mañana nunca lo hablamos. En la página 135 aparece alguna referencia al abuelo polaco que escapó de un campo de concentración, historia que se cuenta en El boxeador polaco.

 

Las fronteras entre lo que es una novela y un libro de cuentos en Halfon son difusas. En sus libros es frecuente que se produzcan saltos en el tiempo y en el espacio y que el Halfon personaje nos cuente historias que se pueden ajustar al tiempo narrativo de un relato, y que no tienen, en realidad, que ver con una composición clásica de novela. En la contraportada del libro Halfon habla de «historias que componen este libro» y los editores de «los textos reunidos en este nuevo libro». Creo que de un modo deliberado se evita hablar de libro de relatos porque esto limitaría las ventas. El mercado del libro en España, e imagino que casi todos los países será igual, acepta mucho mejor las novelas que los libros de relatos. En Monasterio, donde Halfon narra el viaje su viaje a Israel, para asistir a la boda de una hermana, nos encontramos de forma más clara con una novela, y en Signor Hoffman con un libro de relatos, unidos por la persistencia de una misma voz narrativa. Pero, en el fondo, y como ya he apuntado, cada nueva entrega de un librito de Halfon supone, en realidad, un nuevo capítulo de su gran y única novela en construcción.

 

De Un hijo cualquiera me gustaría destacar el relato titulado Beni, en el que Halfon viaja a Guatemala para recoger los restos de su abuelo muerto, y ha de entrar en un cuartel militar acompañado de un viejo guardaespaldas de la familia. Me ha parecido una narración muy poética y con una gran tensión narrativa, que indaga en el pasado de violencia del país dejando sin aliento al lector. Un relato que comparte sequedad y precisión con los textos de su compatriota Rodrigo Rey Rosa.

 

Por el contrario, me parece que tiene menos tensión un relato titulado La pecera, donde un Halfon que acaba de sufrir un accidente se adentra en un cine de Bélgica, donde las cosas parecen normales, pero no del todo, con un ligero toque onírico a lo Julio Cortázar.

 

He leído Un hijo cualquiera en muy poco tiempo. Lo he disfrutado como suelo disfrutar los libros de Halfon, aunque también es cierto que ha desaparecido en parte la sensación de extrañamiento y sorpresa del principio, de la época en la que leí Monasterio y Duelo, quizás sus obras más destacadas. Los relatos o novelas de Halfon siempre son entretenidos y me dejan con sensación de querer leer más, lo que es, claramente, un síntoma positivo. Pero no sé si hay en la propuesta de Halfon algunos indicios de agotamiento, como si los misterios principales de su gran familia judía hubieran sido ya expuestos en sus páginas y él siguiera dando vueltas alrededor de ellos de un modo indefinido. Desde luego, cuando en 2008, Halfon creó en El boxeador polaco al personaje Halfon y la idea de la búsqueda de la identidad en su familia judía dio con una propuesta poderosa, que generó sus mejores frutos en Monasterio y Duelo, pero no sé si la misma fórmula va a poder ser repetida por él para siempre. Por ahora su obra me parece de las más estimulantes de la narrativa latinoamericana del presente. ¿Escribirá Halfon en el futuro algún libro en el que deje de lado al personaje Halfon, se agotará la propuesta o podrá renovarla de forma inagotable? El tiempo nos dirá.

 

 

domingo, 20 de noviembre de 2022

El libro de nuestras ausencias, por Eduardo Ruiz Sosa


El libro de nuestras ausencias
, de Eduardo Ruiz Sosa

Editorial Candaya. 460 páginas. 1ª edición de 2022.

 

En 2016 me sorprendió positivamente la lectura de Anatomía de la memoria (2014) la primera novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), una novela muy madura, en la que, desde el presente, se investigaba sobre un grupo político de los 70 en Culiacán, llamado «los Enfermos» y que deseaban cambiar el mundo, desde la clandestinidad y sus bibliotecas de libros prohibidos. En 2019 leí el libro de cuentos Cuántos de los tuyos han muerto, que también me gustó mucho. Sabía, porque he hablado con Ruiz Sosa en más de una ocasión, que llevaba años trabajando en la novela que ha sido al final El libro de nuestras ausencias, con el que ya estaba enfrascado, por ejemplo, cuando escribió y publicó el libro de cuentos. En un epílogo, el autor nos contará que algunos de los personajes de El libro de nuestras ausencias habían aparecido ya en 2003 en sus escritos.

 

En El libro de nuestras ausencias volvemos a Culiacán, la ciudad natal del escritor, en la costa oeste de México. Volvemos también a los apellidos y nombres que contienen algún significa simbólico para los personajes, como Teoría Ponce o Fernando Ciego. Ahora, en vez de acercarnos a un grupo político, en principio nos acercamos a un grupo de teatro.

Un grupo de amigos, relacionados con este teatro, buscan a Orsina o sus restos. Orsina era la actriz más destacada de la ciudad, a la que tras enfermar de cáncer ha reclamado su familia, quienes la han ido cambiado de hospital a hospital según los amigos indeseados se presentaban allí. La familia, de buena posición, a la que Orsina había dado la espalda, reclama ahora para sí su enfermedad o sus restos. Los personajes sienten en su interior, cada vez de un modo más intenso, la ausencia de Orsina, e inician su búsqueda por las carreteras y campos cercanos a Culiacán. Estos viajes les van a permitir entrar en contacto con otras personas que también persiguen a sus desaparecidos, casi siempre madres en busca de los restos de sus hijos ausentes. En este sentido, destacan las páginas en las que los protagonistas se van a enfrentar al «muro de los desaparecidos», unas vallas, cerca de la carretera, en las que las personas van pegando las fotos de sus familiares ausentes, y a cuya densidad enfermiza ellos contribuirán añadiendo las fotos de Orsina. Un muro que representa más un altar, o un monumento, que una esperanza real de que alguien indique el paradero de los desaparecidos.

 

Además de la ciudad de Culiacán, serán, de forma más concreta, dos los escenarios de la novela: el teatro de la ciudad, que en el pasado fue una cárcel, y la imprenta de los hermanos Teoría Ponce y Roldenas, que se acabará convirtiendo en un lugar de culto a los desaparecidos, gracias a un truco legal para que el negocio no sea embargado.

 

En El libro de nuestras ausencias nos encontramos con un narrador múltiple, un «nosotros», que termina siendo omnisciente, porque los personajes se acaban contando todas sus aventuras en un bar, y así sus experiencias acaban siendo colectivas. Desde el «nosotros» genérico se individualiza hasta un «yo» movible, donde un personaje concreto toma la palabra para contar algo a los demás. Ya comenté en Anatomía de la memoria que detectaba alguna influencia de Gabriel García Márquez, y este recurso de la voz múltiple me ha hecho recordar mi lectura de El otoño del patriarca (1975), donde también existía esta construcción.

También comenté cuando hablé de Anatomía de la memoria que me parecía percibir en Ruiz Sosa una influencia ‒tan común, por otra parte, en los autores latinoamericanos de su generación‒ de Roberto Bolaño. Aunque el estilo de Eduardo Ruiz Sosa es ya marcadamente suyo, y relacionado principalmente con sus libros anteriores, sin acudir a fuentes externas, sí que la propuesta de El libro de nuestras ausencias me ha hecho pensar en La parte de los crímenes de 2666, y su insistencia en dejar constancia de las mujeres desaparecidas y muertas en México. La idea de los muertos, de forma violenta, en México recorre la espina dorsal de la nueva novela de Ruiz Sosa de un modo febril, alucinatorio. De hecho, hay un momento en el que también me parece que se evoca al Juan Rulfo de Pedro Páramo y el lector tiene la sensación de que a través del «nosotros» del narrador múltiple están hablando voces de personas ya muertas sobre otras personas muertas y además desaparecidas.

En la página 408 me parece detectar un homenaje explícito a Bolaño, ya que se cita la ciudad de Gómez Palacio, que da título al segundo relato del libro de Bolaño Putas asesinas. Y poco después, en la página siguiente, se habla de la localidad de Papasquiaro, que es el segundo apellido del nombre artístico del gran amigo de Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro, trasunto de Ulises Lima en Los detectives salvajes.

 

En Anatomía de la memoria Ruiz Sosa escribía su texto con algunas curiosidades tipográficas, como usar un sangrado no usual en muchos de sus párrafos. En los cuentos de Cuántos de los tuyos han muerto rompía la lógica de la prosa y separaba sus palabras como si se tratara de versos. De esta última forma escribe El libro de nuestras ausencias, con saltos textuales propios de la poesía. Además no hay ningún punto en el libro, aunque sí se pueden encontrar comas y puntos y comas. Cuando normalmente regiría un punto, Ruiz Sosa decide empezar en un nuevo renglón. Además no hay mayúsculas, al no haber puntos, salvo las que corresponden a los nombres propios. Todas estas licencias le transmiten al lector la sensación de encontrarse ante un libro que tiene que ver, en muchos aspectos, más con la poesía que con la prosa.

 

Si he de sacarle algún fallo a El libro de nuestras ausencias sería éste: en más de un momento parece estar escrito entre brumas, y esto hace que el lector sienta a los personajes como distantes, resultando difícil ‒tras el velo del narrador múltiple‒ identificar sus aventuras personales e interesarse por ellas, lo que va en perjuicio de la tensión narrativa propia de una novela. De hecho, en más de un caso existen repeticiones en el texto, sobre todo cuando se habla de la ausencia de Orsina, que tienen que ver con las repeticiones musicales al estilo de Thomas Bernhard, y con los ritmos propios de la poesía. Sin embargo, El libro de nuestras ausencias también contiene páginas de gran belleza formal, sobre todo aquellas que hablan de los desaparecidos y de la búsqueda que ejercen sobre ellos sus familiares, que en la mayoría de los casos suelen ser las madres. Se habla poco de las causas de estas desapariciones, y de este modo se nombra al narco casi como de pasada y al final. La sensación es que las desapariciones en México son una realidad cotidiana y cuyas causas están por encima de lo real. Todas las familias mexicanas deben aprender a lidiar con sus ausencias. Son estremecedoras las páginas que hablan de oficios como el de elaborar muñecos que sustituyan al desaparecido o el muerto para poder realizar un enterramiento que calme a las familias, las búsquedas en las morgues, la imposibilidad de encontrar restos reconocibles de los familiares años después de su desaparición, pero aun así la búsqueda incesante, como un medio de vida, como la vida misma.

Pese a la carencia señalada, sobre la distancia que siente el lector hacia los personajes y sus historias personales, El libro de nuestras ausencias me ha parecido una novela valiosa sobre la realidad latinoamericana actual, repleta de páginas estremecedoras, y escrita con una gran belleza formal.

domingo, 13 de noviembre de 2022

El lugar y Una mujer de Annie Ernaux


El lugar
y Una mujer, de Annie Ernaux

Editorial Tusquets y Cabaret Voltaire. 101 y 108 páginas. 1ª edición de 1983 y 1987.

Traducción de Nahir Gutiérrez y Lydia Vázquez Jiménez

 

En 2021, cuando se anunció que el nuevo premio Nobel de literatura era el tanzano Abdulzarak Gurnah, me quedé tan sorprendido como imagino que le ocurrió a la mayoría de las personas del mundo hispano, puesto que casi todos desconocíamos el nombre de este autor. Cuando el 8 de octubre de 2022 se anunció que el premio Nobel era para Annie Ernaux (Normandía, Francia, 1940) sí sabía, esta vez, quién era, pero no había leído ninguno de sus libros. Sabía que estaba incluida en la corriente literaria de la autoficción y que muchas mujeres escritoras, a las que sigo en las redes sociales, la ensalzaban como un icono del feminismo. Me pareció una buena idea pasarme por la biblioteca de Pueblo Nuevo al salir del trabajo, la tarde de ese 8 de octubre, para ver qué libros tenían de Arnaux. Encontré cinco, y los saqué todos. Eran El lugar (1983), Una mujer (1987), El acontecimiento (2000), No he salido de mi noche (2016) y Memoria de chica (2016).

 

Decidí leerlos en orden cronológico. Así que empecé con El lugar. La novela empieza contando un hecho en apariencia trivial: la narradora se está enfrentando a sus exámenes prácticos de aptitud pedagógica para convertirse en profesora de instituto.

«Mi padre murió exactamente dos meses después», leemos en la segunda página, tras narrar la escena anterior. A partir de aquí, la escritora va a mostrarnos el entierro del padre, y desde ahí viajará al pasado para reconstruir su vida, desde que él era un niño, desde antes de tener impresiones propias sobre él.

Desde las primeras páginas de este primer libro, el lector tiene la impresión de que en la narración de Ernaux no existe distancia entre narradora y autora. No sé si Ernaux se inventará algo, pero el lector lee sus libros como si, en todo momento, hablara de distintas facetas de su vida y de la de sus familiares.

Los padres regentaban un café en un pueblo de la región de Normandía, de donde es originaria la familia. Las personas de buen nombre del barrio no fueron al entierro del padre, nos dice en la página 17. El tema de las clases sociales y sus implicaciones (cuando escribo esta reseña ya llevo leídos cuatro de los cinco libros de la biblioteca) es determinante en la obra de Ernaux.

 

«Quería hablar, escribir sobre mi padre, su vida, y esa distancia que surgió durante mi adolescencia entre él y yo. Una distancia de clase, pero especial, sin nombre. Como el amor dividido.» (pág. 20) Por lo que he leído sobre Ernaux sobre este tema de la distancia de clase que surgió entre sus padres y ella, cuando se convirtió en estudiante universitaria, versaba su primera novela, titulada Los armarios vacíos (1974). Es normal en la obra de Arnaux que se repitan escenas de un libro a otro, pero que en cada uno se centre en un tema concreto, en una de las partes de su vida.

Como vemos, a través del párrafo que he señalado más arriba, también es normal encontrarnos en sus novelas anotaciones metaliterarias, en las que la autora reflexiona sobre el propio impulso de la escritura. «Poco después me doy cuenta de que la novela es imposible. Para contar una vida sometida a la necesidad no tengo derecho a tomar, de entrada, partido por el arte, ni a intentar hacer algo “apasionante”, “conmovedor”. Reuniré las palabras, los gestos, los gustos de mi padre, los hechos importantes en su vida, todas las señales objetivas de una existencia que yo también compartí.» (pág. 20)

 

«Al escribir se estrecha el camino entre dignificar un modo de vida considerado inferior y denunciar la alienación que conlleva.», esta frase de la página 48 bien podría tomarse como el lema, o la intención narrativa, de este libro o de toda la obra de la autora.

En El lugar la escritora dice que la familia vivía en Normandía, en el pueblo de «Y.» y, en otras novelas, esta sigla nos muestra a Yvetot.

 

«Escribo, quizá porque no teníamos ya nada que decirnos.» (pág. 74). El padre se queda fascinando cuando ve a su hija hablando en inglés con unos turistas. Le parece increíble que haya podido hablar un idioma sin haber viajado al país en el que se habla. La cultura de la que se va a apropiando Annie Ernaux va creando una diferencia de clase entre su padre y ella. Su padre empezó de niño trabajando en una granja, a principios del siglo XX, (nació en 1899) y de ahí pasó al entorno de las fábricas, hasta que pudo convertirse en tendero (el café que regentaba también era una tienda).

 

El estilo de Ernaux es descarnado, y aparentemente sencillo, pero esta «sencillez» no implica simpleza, sino un deseo escarbar en la esencia de lo que quiere contar hasta dejarlo en el hueso narrativo. Las novelas de Ernaux son cortas, apenas llegan a las cien páginas de letra grande. Se leen en un rato. Me llama la atención que casi nunca se detiene a contar anécdotas concretas, sino que levanta acta notarial de acontecimientos del pasado sin tratar de ser, como ella misma afirmaba en una cita que he recogido más arriba, “apasionante” o “conmovedora”. Pero esto no implica que no acabe siendo “conmovedor” lo que cuenta, porque las escenas que dibuja sí tienen fuerza y poesía. 


 

Tengo la impresión de que sus libros ganan al leer varios de ellos seguidos. Así que justo al acabar El lugar empiezo con Una mujer (1987), publicado cuatro años después de El lugar. Son la cuarta y la quinta novela de la autora. Enseguida compruebo que Una mujer tiene la misma estructura que El lugar: empieza hablando de la muerte de la madre, de ahí nos narra el entierro y, luego, pasa a la reconstrucción de su vida. Este planteamiento inicial me atrae. Me gusta la idea de que la autora me hable de la figura de su padre y luego de la de su madre.

Nos encontramos con la misma voz narrativa sin fisuras entre las dos obras, y aquí se acrecienta mi sensación de encontrarme ante una narrativa puramente autobiográfica. Lógicamente, algunos de los datos o acontecimientos narrados van a ser los mismos, pero Ernaux consigue evitar las confluencias, evitar contar lo mismo dos veces, y cuando algún dato coincide (traslado de un pueblo a otro, por ejemplo) cuenta anécdotas diferentes o pone el foco de su narración en aspectos diferentes.

 

A diferencia del padre, cuya muerte es más repentina, fruto de un infarto en 1967, a la edad de 68 años, la madre ‒siete años menor que el padre‒ va a sufrir un periodo de degeneración física, con enfermedad de Alzheimer, y morirá en una residencia, tras un periodo de desorientación, en el que ya no reconoce a su hija o a sus nietos. Ahora la ciudad de «Y.» de El lugar pasa a ser Yvetot.

En la página 22 leemos: «Mañana hará tres semanas que tuvo lugar la inhumación. Solo anteayer conseguí sobreponerme al terror de escribir en lo alto de una hoja en blanco, como un principio de libro, no de carta a alguien, “mi madre murió el lunes 7 de abril”.», así que de nuevo tenemos aquí reflexiones metaliterarias, en las que la narradora nos habla de cómo surgió el primer impulso para escribir el libro que en el lector tiene en las manos.

«Voy a seguir escribiendo sobre mi madre. Es la única mujer realmente importante en mi vida y estaba demente desde hacía dos años. Quizás haría mejor en esperar a que su enfermedad y su muerte se fundan en el curso pasado de mi vida, como ha sucedido con otros acontecimientos, con la muerte de mi padre y la separación de mi marido, para tener esa distancia que facilita el análisis de los recuerdos. Pero en este momento no soy capaz de hacer otra cosa.» (pág. 23)

«Lo que espero escribir de manera más justa se sitúa sin duda en la intersección de lo familiar y lo social, del mito y la historia.», leemos en la página 24, y puede, de nuevo, ser tomada esta frase como un lema de las intenciones narrativas de la autora. En la solapa de su novela El acontecimiento se recoge una cita del también escritor francés Emmanuel Carrère: «Admiro la manera de narrar que Ernaux ha inventado, mezclando autobiografía, historia y sociología.» Creo que Carrère capta la esencia de la novelística de Ernaux bastante bien. La autora no se limita a indagar en su pasado para extraer de él un significado personal que, quizás, se convierta en universal, sino que también analiza el entorno en el que han crecido los personajes, en este caso sus padres, que quiere retratar.

 

Al igual que en El lugar, en Una mujer, Ernaux también recoge expresiones hechas que usaban sus padres, y que pertenecen al habla colectiva de la región de Normandía de la que proceden, y esto marca una distancia con el lenguaje culto francés. En la primera novela estas frases estaban señaladas con letra bastardilla y en la segunda mediante comillas.

Además del tema social de Un lugar, se une aquí el análisis del machismo de la época. En la página 34 leemos: «Pero en una época y en una ciudad pequeña donde lo esencial de la vida social consistía en saber lo más posible sobre la gente, donde se ejercía una vigilancia constante y natural sobre la conducta de las mujeres, no había otra alternativa que verse atrapada entre el deseo de “aprovechar cuando eres joven” y la obsesión de que “te señalen con el dedo”. Mi madre se esforzó por adecuarse lo más posible al juicio más favorable sobre las muchachas que trabajaban en una fábrica: “obrera pero seria”, practicando la misa y los sacramentos, el pan bendito, bordando su ajuar con las monjas del orfanato, no yendo nunca al bosque con un chico.»

En la página 37, la madre conoce al padre, y se resume un poco la información ya suministrada al lector en Un lugar, que yo tenía muy reciente. Los padres se casarán en 1928.

La madre le pegaba tortas con facilidad, pero a los cinco minutos la estrechaba entre sus brazos. Sobre esto escribe: «Intento no considerar la violencia, los desbordamientos de la ternura, los reproches de mi madre como simples rasgos de su personalidad, sino situarlos también en su historia y condición social. Esta forma de escribir, que me parece ir en el sentido de la verdad, me ayuda a salir de la soledad y la oscuridad del recuerdo individual, por el descubrimiento de un significado más general.» (pág. 54)

A diferencia del padre, la madre de Ernaux sí leía y se preocupaba por la cultura, así que cuando Annie puede ser estudiante, siente que la diferencia con su madre no es tan grande como con su padre, aunque a veces la madre se queja de los «privilegios» a los que ha podido aspirar la hija gracias a sus sacrificios. «En ciertos momentos, tenía en su hija, frente a ella, a una enemiga de clase.» (pág. 67). Esto ocurre cuando la hija entra en la adolescencia y empieza a identificarse con los artistas malditos.

 

«Entre las clases en el instituto de montaña a cuarenta kilómetros, un hijo y la cocina, me convertí enseguida en una mujer que no tiene tiempo.» (pág. 74), los roles machistas también persiguen a la hija, una generación después.

 

«En 1967, mi padre murió de un infarto en cuatro días. No puedo describir esos momentos porque ya lo he hecho en otro libro, es decir que nunca habrá otro relato posible, con otras palabras, con otro orden de las frases.» (pág. 75). Ese libro es El lugar, por supuesto.

 

En la página 93 se muestra ya el título del que va a ser otro de los libros de la autora: «Querida Paulette, no he salido de mi noche», cuando se describe ya el proceso degenerativo provocado en la madre por el Alzheimer en No he salido de mi noche.

 

Como había supuesto al principio, la obra de Annie Ernaux se me ha hecho más interesante al leer estos dos libros seguidos. La misma voz narrativa nos habla de la vida del padre y luego de la madre. Son dos novelas cortas que se complementan muy bien, y que, en realidad, acaban siendo una sola. Biografía y sociología se han mezclado de un modo muy interesante. Ha he leído El acontecimiento y también me ha gustado mucho.

 

domingo, 6 de noviembre de 2022

RESEÑA DE MI NOVELA ESTO NO ES BAMBI


 


El autor emplea seis voces narrativas para mostrarnos el fuselaje del capitalismo más feroz desde distintos puntos de vista. Una propuesta arriesgada, pero resuelta con oficio y soltura. Se nota que es una novela muy trabajada, y, a través de ese juego polifónico en el que las experiencias de los personajes se entrelazan, vamos adentrándonos en un universo de jornadas maratonianas donde las víctimas aspiran a convertirse en verdugos.


Asistimos, en fin, a una triste crónica de nuestro tiempo, no exenta de humor (memorable ese personaje de Martita, con su jovial frivolidad de niña pija), narrada con la minuciosidad de un orfebre y cierta actitud de entomólogo. Entre sus páginas queda poco lugar para la poesía, y es una lástima, porque, a ratos, David Pérez se las apaña para iluminar a sus personajes con revelaciones fuera de plano, instantes en los que intuyen que otra realidad es posible. Es el caso de Daniel Márquez, alter ego del propio autor y quizá el personaje del que se sirve para ajustar cuentas con su pasado, el más desencantado entre los seis protagonistas y el único que cuestiona desde el principio los procedimientos de ‘La Firma’.

La novela concluye con una suerte de clímax, una escena que reúne a dos antiguos compañeros mientras asisten atónitos al incendio del edificio que tantas ambiciones engendró, tantos sueños y pesadillas. Una alegoría sobre el derrumbe de una época: las pavesas flotan sobre sus cabezas, flameantes, y ellos, como aquellos prisioneros en la caverna de Platón, solo ven sombras, aterrados. El capitalismo es un tirano que enamora a sus esclavos.

domingo, 30 de octubre de 2022

Indigno de ser humano, por Osamu Dazai

 


Indigno de ser humano, de Osamu Dazai

Editorial Sajalín. 124 páginas. 1ª edición de 1948, ésta es de 2010.

Traducción de Montse Watkins

 

Ya he comentado que, después de leer casi seguidos tres libros de Kenzaburo Oé, el premio Nobel de 1994, me apeteció seguir con más literatura japonesa. Así, cuando se acercaba la Semana Santa de 2022, me acerqué hasta la biblioteca de Retiro y saqué en préstamo Soy un gato (1905) y Botchan (1906) de Natsume Soseki y El declive (1947) e Indigno de ser humano (1948) de Osamu Dazai (Kanagi, 1909 – Tokio, 1948). He leído las cuatro por este orden cronológico.

 

Dazai publicó la novela El declive en 1947 e Indigno de ser humano en 1948, el mismo año que se suicidó, una semana antes de cumplir treinta y nueve años, arrojándose con su amante a un canal del río Tama en Tokio.

Ambas novelas comparten algunas temáticas comunes y un halo de delicadeza y brutalidad fascinante. Si bien en El declive Dazai usaba una voz narrativa femenina, en Indigno de ser humano usa una masculina, y el lector tiene la sensación de que en esta segunda novela el autor puso más de sí mismo que en la primera.

 

En Indigno de ser humano nos encontramos con un juego de dos narradores, ya que la novela se divide en un cuerpo principal, formado por tres cuadernos, y un prólogo y un epílogo. El narrador del prólogo y el epílogo es una persona diferente a la de los cuadernos. Según comienza la historia, alguien describe tres fotografías de un hombre, siendo niño, adolescente y joven. Se habla de un hombre hermoso, pero de una belleza extraña, «un muchacho extraordinariamente apuesto», pero también alguien con una «desagradable sonrisa». La persona que comenta estas fotos será la misma que en el epílogo nos diga que fue el depositario de los cuadernos a los que se ha podido acercar el lector de la novela. Durante la lectura de los cuadernos no se indican fechas concretas, pero como yo estaba suponiendo que el libro debía tener un trasfondo autobiográfico, le achacaba a Yozo, el protagonista, una edad similar a la de Dazai. Así, como Dazai nació en 1909, cuando estaba en su veintena ‒tiempo vital de protagonista del que se habla en el libro‒ se encontraba en la década de 1930. En cualquier caso, la narración reflejada en los diarios debía haber acontecido antes de la Segunda Guerra Mundial. En el epílogo se centran las fechas del tiempo narrativo de la historia: «Parece que lo relatado en los cuadernos aconteció en Tokio entre 1930 y 1932, pero no fui a ese bar hasta, 1935, cuando los militares empezaron a alborotar las calles.» (pág. 121) Me ha llamado la atención esa referencia final a una época de militarización que precedió en Japón a la guerra. En este epílogo se habla un poco ‒se menciona apenas‒ de los bombardeos de la guerra.

Así que en El declive se habla del Japón inmediatamente posterior a la posguerra, y los personajes no quieren recordar nada de la guerra, y en Indigno de ser humano se habla de los años previos a la guerra. Creo que Dazai no escribió más novelas. En la Wikipedia afirman que La felicidad de la familia es una novela, que publicó en España la editorial Candaya, pero he entrado en su web y en realidad es un libro de cuentos. Me gustaría saber si en alguno de sus cuentos, Dazai habla directamente de la guerra, un suceso que tengo la impresión de que le marcó profundamente.

 

El protagonista de los cuadernos centrales de Indigno de ser humano es Yozo, que nos empieza a relatar su vida desde su infancia en el campo japonés, dentro de una familia tradicional, en la que él es el menor de los hermanos. Yozo va anotando en su cuaderno sus recuerdos, en los que muestra su extrañeza por las relaciones y las costumbres sociales, que constituyen un mundo en el que él siente que nunca llegó a integrarse. «Me convertí en un niño que nunca podía decir la verdad», afirma en la página 17, iniciando una vida de fingimientos ante los demás, tratando de adaptarse a las expectativas puestas sobre él. «Y como no tenía la menor idea de cómo actuar respecto a esa verdad, comencé a pensar que no me era posible vivir con otros seres humanos.», «Por lo general, las personas no muestran lo terribles que son.», la novela se va llenado de frases similares a estas, y continuamente el narrador habla del «ser humano», como una entidad general, un entidad que le preocupa de una forma angustiante.

Igual que ocurría con El declive, Indigno de ser humano está escrita con las premisas de la novela existencialista. Dazai estudió literatura francesa en la universidad, y doy por hecho que tuvo que leer libros como La náusea de Jean-Paul Sartre, que se publicó en 1938.

 

Al no saber cómo comportarse ante los demás, Yozo decide refugiarse en la figura del «bufón», alguien que con sus payasadas hace reír a los demás, aunque por dentro no deje de tener ser descubierto y que los demás sepan que es un inadaptado, alguien «indigno de ser humano», como se acabará definiendo a sí mismo.

Para ir al instituto, Yozo deba su casa paterna y pasa a vivir en la casa de unos familiares. Aunque sus problemas reales con las adicciones, algo que se insinúa antes en el libro, empezarán cuando se mude a vivir a Tokio para cursar unos estudios que le conviertan en un funcionario, como quiere su padre, aunque a él le hubiera gustado entrar en una escuela de arte para ser pintor. Se tendrá que conformar con ir a una academia, tras las clases formales para ser funcionario. En esta academia conocerá a Horiki, que será una persona fundamental en su vida: «Al poco tiempo de estudiar pintura, uno de mis compañeros me hizo conocer el alcohol, el tabaco, las prostitutas, las casas de empeño y el pensamiento de izquierda. Parece una combinación un poco rara, pero así aconteció en realidad.» (pag. 39). Horiki se convertirá en su compañero de juergas, alguien a quien Yozo, perdido en la gran ciudad, no tiene inconveniente en invitar siempre. Horiki lanzará una maldición sobre Yozo: se va a convertir en un seductor, alguien con una gran capacidad para atraer a las mujeres, como así será. También con Horiki va a descubrir el sake: «Mientras tomaba sake, me sentía tan relajado que ni tenía que representar mis bufonerías. Bebiendo en silencio, no ocultaba mi verdadero carácter, callado y sombrío.» (pág. 53)

En Tokio, Yozo acabará yendo cada vez menos a clases, y perdiéndose más en la noche.

 

Me ha vuelto a llamar la atención, al igual que al leer a Kensaburo Oé o a Natsume Soseki, las referencias occidentales que se pueden encontrar en Dazai. Su personaje, por ejemplo, es un admirador de la pintura expresionista europea, compara a algunas mujeres con la virgen María católica, y habla de Crimen y castigo de Dostoievski.

 

Indigno de ser humano es un libro trágico y existencialista, duro y frágil a la vez, de una hermosa belleza oscura. Después de leer las dos novelas seguidas de Osamu Dazai, El declive e Indigno de ser humano, me alegro de haberme acercado a uno de los clásicos de las letras nipones y me quedo con ganas de leer sus libros de cuentos.

domingo, 23 de octubre de 2022

El agua electrizada, por C. E. Feiling


El agua electrizada,
de C. E. Feiling

Editorial La Parte Maldita. 219 páginas. 1ª edición de 1992; ésta es de 2020.

Posfacio de Gabriela Esquivada

 

En 2021 leí Un poeta nacional (1993) de C. E. Feiling (Rosario, Argentina, 1961 – Buenos Aires, 1997) y El mal menor (1996), así que, teniendo en cuenta que Feiling solo puedo escribir tres novelas, me apeteció acercarme a la que me faltaba, que era la primera, la titulada El agua electrizada (1992). Ya he comentado que Feiling era un profesor universitario que dejó la docencia para dedicarse plenamente a escribir y que su proyecto pasaba por emplear los presupuestos de los géneros narrativos para desarrollar su obra. Así El agua electrizada es una novela policial, Un poeta nacional una novela de aventuras y El mal menor una de terror. Murió prematuramente a los treinta y seis años sin poder acabar su cuarta novela, que se titularía Los cuatro elementos y que iba a ser de género fantástico. Hasta ahora había supuesto que su decisión de dedicarse de pleno a la literatura y su prematura muerte eran hechos aislados. Sin embargo, he descubierto, gracias al posfacio de Gabriela Esquivada, que no era así. Feiling había deseado siempre escribir, pero había ido posponiéndolo para asegurarse una posición económica, y es cuando se le diagnostica la leucemia, que le conducirá a la muerte, cuando toma la decisión de dejarlo todo y dedicarse a escribir. Además de las tres novelas mencionadas, pudo escribir el libro de poemas Amor a Roma (1995) y los ensayos Con toda intención (2005).

 

El agua electrizada es, como ya hemos apuntado, la primera novela de Feiling, y en la que el personaje principal guarda una relación más estrecha con el propio autor. El protagonista del libro se llama Anthony Edward Hope, y a veces le llaman Tony o Antonio. El nombre que los padres del autor, le quisieron poner era Charles Edward Anthony Keith Feiling, pero en el registro lo cambiaron por Carlos Eduardo Antonio, y sus familiares y amigos le llamaban Charlie. Además los padres de Tony son ingleses y se relacionan con él en inglés, igual que ocurría con los de Feiling. Tony ha recibido una beca y en breve se irá a trabajar a una universidad inglesa, como hizo en la realidad Feiling.

Tony es profesor de latín, profesión que fue también la de Feiling. Los dos estudiaron en el Liceo Naval, lo que en la vida adulta, tras la dictadura militar de Videla, les va a suponer un choque con sus ideas de izquierdas. En Un poeta nacional, como ya comenté, el protagonista es un trasunto del poeta Leopoldo Lugones, y en El mal menor una joven hostelera que empieza a recibir visitas del más allá y un tarotista con poderes extrasensoriales. Como vemos, en sus siguientes novelas Feiling separó ya más a personaje de la figura del propio autor.

 

El agua electrizada empieza con Tony recibiendo la noticia de la muerte de Juan Carlos ‒El Indio‒, uno de sus amigos del Liceo Naval, que se había convertido en militar. Juan Carlos ha podido morir víctima de un accidente, porque se ha disparado su pistola en la cabeza, o se ha suicidado. Las autoridades dan por buena la teoría del accidente y parecen desear cerrar el caso pronto. Pero Tony sabe que algo no cuadra, porque su amigo era muy cuidadoso con su arma e Irene, la hermana de Juan Carlos, le va a dar más detalles que parecen echar por tierra la idea del accidente y también del suicidio. ¿Ha sido Juan Carlos asesinado? Y si esto ha ocurrido ¿por qué motivos? Además, en los bolsillos de Juan Carlos, Irene ha encontrado una nota, en principio enigmática, pero que parece vincular la muerte de su hermano con el asesinato de dos mujeres, que han aparecido asesinadas en una bañera del departamento de una de ellas.

 

Tony e Irene decidirán emprender una investigación como aprendices de detectives. Además, Tony tuvo un breve encuentro sexual con Irene en su adolescencia y siente de nuevo, tras mucho tiempo sin verla, atracción hacia ella. Así que esta tensión sexual será un nuevo elemento que se incorpora a la trama. Tony es un hombre sin ningún éxito con las mujeres, que trata de afrontar, al menos, el mundo con humor. A pesar de narrar hechos tremendos y ser Tony, en el fondo un personaje con muchos elementos que le pueden convertir en un hombre triste, el tono de la novela es irónico y desenfadado.

 

Los capítulos están titulados con fechas y el tiempo de la novela transcurre desde el 31 de julio al 4 de septiembre de 1989, con un epílogo que nos lleva hasta noviembre de 1989.

Las fechas son importantes para entender el contexto histórico de la novela: en junio de 1989 (un mes antes del comienzo del tiempo narrativo) había llegado a su fin el mandato del presidente Raúl Alfonsín en Argentina, que había hecho volver la democracia al país en 1983, tras el fin de la dictadura de la Junta Militar. Personas como Tony parecen achacarle a Alfonsín que no ha hecho todo lo que estaba en sus manos para aclarar los crímenes de la pasada dictadura, y en consecuencia muchos de los asesinatos de los militares habían quedado impunes. Según avanza la trama, los monstruos de la pasada dictadura van a estar cada vez más presentes en esta novela. Así, la que en principio se muestra como una novela de género acaba siendo una novela también de denuncia política.

 

Como ya he apuntado el tono de la narración, en tercera persona, es irónico y desenfadado. He leído alguna crítica que tacha a la novela de «elitista», aunque use un género popular como el policiaco. ¿Por qué sería «elitista»? Pues porque Feiling usa citas en latín, francés, alemán… o tiene diálogos en inglés. Todo ello sin traducir, lo que puede exasperar a más de un lector. A mí no me ha gustado mucho esto, por ejemplo. Aunque en algunos casos entendía el significado de estas frases o lo podía deducir por el contexto. Además, Feiling hace uso de unos juegos de referencias en algunos casos complicados de seguir. Por ejemplo, en la página 182 podemos leer «lo último que necesitaba eran nuevas caricias y arrumacos, aunque Leopold von Sacher-Masoch denostase desde la tumba tamaño error estético». Yo sí sabía que Sacher-Masoch es un autor austriaco, cuyo apellido dio lugar a la palabra «masoquismo». Pero en la página 199 leemos lo siguiente: «Tras unos instantes que hubieran justificado todas las tonterías de Bergson acerca del tiempo, e incluso algunas de las adicciones, el revolver tembló.» y no tengo la referencia de quién es Bergson. En internet averiguaré que Henri Bergson fue un filósofo y escritor francés que escribió algunas teorías sobre la percepción del tiempo.

Todas estas citas, en idiomas que no son el español sin traducir, y las referencias eruditas (y en más de un caso gratuitas) quizás crean una sensación de estilo un tanto fatuo en El agua electrizada, aunque en otros momentos el estilo sí es chispeante y divertido.

 

En general me ha parecido que El agua electrizada, teniendo en cuenta sus particularidades y sus excesos estilísticos, es una interesante novela policial, que acaba siendo también una novela de denuncia política. Sin embargo, me ha gustado menos que Un poeta nacional y El mal menor. En estas dos obras, Feiling ya ha abandonado el camino del estilo pomposo y excesivamente erudito y consigue una forma de expresarse más suelta. Considero que su talento como novelista se va afinando con cada nueva entrega, culminando en El mal menor, que es una muy conseguida (y divertida) novela de terror.

domingo, 16 de octubre de 2022

El mal menor, por C. E. Feiling


El mal menor,
de C. E. Feiling

Editorial FCE. 192 páginas. 1ª edición de 1996; ésta es de 2012.

 

Hace no mucho leí Un poeta nacional (1993) de C. E. Feiling (Rosario, Argentina, 1961 – Buenos Aires, 1997), una novela de aventuras protagoniza por un trasunto del poeta Leopoldo Lugones. Ya conté que la había comprado en la librería Lata Peinada, una librería de Barcelona, especializada en literatura latinoamericana, que abrió una sede en Madrid. Me llamó la atención ver que, desde tres editorial diferentes, se estaba rescatando la obra de este profesor universitario argentino, que a principios de la década de 1990 dejó la docencia para dedicarse a escribir y a ser periodista cultural, muriendo prematuramente en 1997 de una leucemia, a la edad de treinta y seis años. El proyecto de Feiling pasaba por escribir una obra literaria usando moldes de literatura de género. Algo que se ha reivindicado, con fuerza, desde tiempos más modernos. La primera novela fue El agua electrizada (1992), que era una novela negra, Un poeta nacional (1993), una novela de aventuras, El mal menor (1996), una novela de terror, y murió dejando escrito el primer capítulo de la que iba a ser su cuarta novela, Los cuatro elementos, una novela fantástica.

 

El mal menor se abre con una cita de Stephen King, lo que se puede tomar como toda una declaración de intenciones. La novela está formada por dos grupos de capítulos: los impares recogen la voz narrativa de Inés, una chica joven que se acaba de mudar a una nueva casa en el bonaerense barrio de San Telmo, cerca de donde ella y su socio Alberto regentan un restaurante. Desde el primer momento, la paz de Inés se verá perturbada por una presencia extraña y terrorífica, una presencia indefinida, que se manifiesta con ruido de pasos, frío y calor, olores perturbadores, para la que no tiene una explicación racional; salvo la de que está abusando, tal vez, del consumo de cocaína. Inés, en la primera persona de sus capítulos, está rememorando estos hechos extraños que irrumpieron en su vida cinco meses antes.

Los capítulos pares están escritos por un narrador indefinido y en ellos se habla, principalmente de Nelson Floreal, un tarotista uruguayo que vive con su madre en Buenos Aires y que se gana la vida echando las cartas. Nelson Floreal, mientras toma vino en la puerta de casa con un amigo, puede ver la presencia de «los visitantes», espíritus de gente muerta que solo algunas personas, como él y su madre, pueden percibir. Adela es la madre de Nelson, y una de las doce «arcontes» que custodian «el cerco», una especie de dique de contención entre el mundo de los sueños y el de la realidad. Las arcontes suelen ser mujeres y Betty, una de ella, va a morir en Londres, haciendo que el número de ellas baje de doce. Adela está tratando de formar a Nelson para que pueda sustituirla. Debido a la debilidad de las arcontes, un «prófugo» está consiguiendo atravesar el cerco y hacer acto de presencia en el mundo real. Este prófugo es la presencia que está atormentando a Inés. Adela lo sabe y enviará a Nelson para contactar con ella y poder prestarle su ayuda. Era lógico pensar, después de, más o menos, un cuarto de novela, que los dos personajes principales, Inés y Nelson, iban a tener que encontrarse.

Inés viaja a Cuba con su novio Leopoldo. Una única fecha se da en la novela: 7 de junio de 1993. El prófugo, descubrirá el lector, no dará tregua a Inés aunque se cambie de país. Feiling no tenía necesitad de situar todo un capítulo de su novela fuera de Argentina, pero tengo la sensación de que, además de crear una eficaz historia de terror, también le apetecía hablar del mundo que le rodeaba. De este modo, el capítulo de Cuba le sirve para mostrar la situación en la isla después de la caída del Muro de Berlín. Además de alguna crítica a la situación cubana, Feiling también desliza alguna pulla contra la dictadura de Pinochet: «Francamente, el aeropuerto de Santiago no me pareció gran cosa; si eso era el milagro económico chileno, los grandes éxitos de Pinochet se habían limitado al rubro secuestro, tortura y muerte de opositores.» (pág. 45)

 

Me suele ocurrir que, cuando de vez en cuando, leo novelas o relatos de terror (justo con la ciencia-ficción, el terror fue mi género literario favorito en la adolescencia) más que provocarme miedo, me provocan (si están bien hechas) una agradable sensación de juego y felicidad lectora. Es decir, en vez de pasar miedo con el terror, me divierto con él, que no sé si es el objetivo inicial del autor, pero que para mí, desde luego, funciona perfectamente y me justifica la lectura. El mal menor es una novela de terror perfectamente montada, pero diría que Feiling, sabe que va a provocar en sus lectores más diversión que verdadero terror y, por este motivo, está escrita con mucha ironía y sentido del humor. Y su empeño irónico y juguetón es premeditado muy por encima del deseo de crear atmósferas inquietantes, verdadera fuente del terror que se toma en serio a sí mismo. Además de llevar un restaurante con Inés, Alberto, el amigo de la universidad de Inés, regenta un videoclub, y esta excusa narrativa le sirve a Feiling para hablar en la novela, y realizar un homenaje, de muchas de las películas de terror adolescente de las últimas décadas del siglo XX. El mal menor, con el personaje de Inés, perseguida por una presencia, puede evocarnos, de una forma directa, a la película El ente (1982) de Sidney J. Furie.

 

 

Me gustó mucho la novela Nuestra parte de noche, con la que la también argentina Mariana Enriquez ganó el premio Herralde de 2019. En la novela de Enriquez, existía una división entre la realidad y la Oscuridad, y había una serie de personas que podían poner en contacto una parte con la otra. Como Feiling, Enriquez es también una admiradora de Stephen King (para el que ha pedido el premio Nobel de literatura), y diría que Enriquez conocía El mal menor cuando empezó a escribir Nuestra parte de noche. Enrique no es irónica en su novela, sino que se toma el terror mucho más en serio que Feiling, pero diría que el imaginario de Feiling sí que ha podido ser una influencia para Enriquez.

Me estaba ocurriendo al ir finalizando El mal menor que contaba el número de páginas para llegar a la última y tenía la sensación de que Feiling no iba a poder acabarla de un modo satisfactorio. Pero estaba equivocado. El mal menor es una novela perfectamente medida, y el giro final de las últimas páginas, rompiendo los esquemas mentales del lector, me ha parecido muy hábil y conseguido. De hecho, las últimas páginas dejan atrás un tanto la ironía con la que se ha desarrollado hasta ahora la historia y se adentran en el terror verdadero de un modo más claro.

Yo he leído El mal menor en la edición de la Serie del Recienvenido, que la editorial mexicana FDE encargó a Ricardo Piglia, para que realizara en ella rescates de libros argentinos que considerase valiosos y que hubieran tenido poco recorrido. Mi edición es de 2012. Ahora mismo existe otra que ha sacado La Bestia Equilátera.

 

Cuando comenté Un poeta nacional en mi canal de YouTube, este vídeo ha sido de los que menos visitas ha tenido en los últimos meses. Digamos que, pese a su intento de rescate, nadie parece sentir mucho interés por la obra de Feiling, al menos en España, donde debo ser su único lector, pero uno debe militar en la religión que cree, que en mi caso es la de la literatura. En el cuento Vagabundo en Francia y Bélgica, de Roberto Bolaño, el personaje B. persigue a la sombra del escritor Henri Lefebvre, y el personaje M. le pregunta por teléfono: «¿Por qué te preocupas por él?»; «Porque nadie más lo hace, dice B. Y porque era bueno». Estos son exactamente los dos motivos por los que yo leo a Feiling: porque nadie más lo hace y porque era bueno.