martes, 17 de mayo de 2016

La editorial Kokapeli publica el poemario "bianca blues"

Mi amiga de Facebook Regina Salcedo Irurzun me comenta que se ha embarcado en el proyecto de crear una nueva editorial de poesía. Comparto con vosotros la información que me ha pasado:

Editorial Kokapeli (ver AQUÍ la web de la editorial) es una editorial joven que en su Colección de Poesía pretende recoger y dar salida a ese deseo que últimamente nos late a muchos en las puntas de los dedos y que tiene que ver con las ganas de liberar la Poesía – a veces entendida como un género estanco y estancado– para avanzar hacia lo Poético, hacia lo que no puede ser encorsetado por definiciones ni fronteras. Hay ganas de “construir” cosas, de fundir, tocar, jugar y explorar por y con diferentes medios.
Queremos además presentar autores y textos heterogéneos, originales y valientes, cuyo nexo de unión sea siempre la exigencia de calidad y pertinencia.

Por este motivo, David Troch (Bonheiden,1977), escritor belga con una larga trayectoria literaria en su país, encajaba a la perfección en nuestro proyecto. David es un asiduo participante de los campeonatos de Slam poetry, colabora en varias revistas y colectivos culturales, escribe y dirige obras de teatro, le gusta incluir música en sus presentaciones…, en definitiva: es un rastreador nato de nuevos caminos, tanto en lo relativo al plano textual como en su plano escénico. 

David Troch


bianca blues, el libro que os presentamos, es una novela en verso que trata de un tema tan aparentemente alejado de la poesía como es el mundo de las pasarelas y las top models. Troch recoge y amontona minuciosamente todos los clichés y prejuicios, y luego sopla sobre ellos para desmontarlos, voltearlos y componer algo distinto, algo chocante que, sin duda, no sólo no dejará al lector indiferente, sino que además le planteará muchas preguntas sobre nuestra sociedad de consumo y sobre el concepto de belleza al que nos somete.



Os ofrecemos el vídeo artístico que se adjunta con el libro. En él podréis disfrutar de la interpretación de varios poemas de bianca blues. Esperamos que os guste.



Dejamos aquí unos poemas del libro:

sobre la pasarela bianca gira la cadera, zancadas
casi mecánicas detrás del decorado.

evita las manos rápidas del modista
toma una bagatela del perchero
–el árbol de la ropa le guarda el equilibrio.

deja que el público sea público.
el vacío se sitúa alrededor de ellos,
él.

a la luz de los focos sueña con el sofá
un arsenal de cleenex ultra suaves.
 
pero ser menos bella tampoco es una opción.

….

bianca es papel satinado. la revista de moda
encima de mesillas de cristal en consultorios médicos

confirma su existencia.
deja huella del lujo.

en qué mundo acabó la muñequita
de campo. su buzón de voz
repleto de graznidos.

borra sus proposiciones mientras resopla.

no puede concebir
manos de hombre.


uñas de gel, pestañas
falsas, senos de silicona.

topmodels:
tipas con mala leche
en busca de colágeno.

bianca conoce los prejuicios,
los alucinantes sucesos.

los tiempos del colegio resultan los
idóneos para amontonar amistades
de por vida.

la celulitis es muerte,
bianca está de pie con nalgas poderosas.
pesadillas en las que se ve con fritos y refrescos    

hundida en el sofá, el pulgar sin parar
sobre el triángulo verde de su x-box:

venga mario, venga. venga bianca, venga.

el noventa y nueve por ciento de sus compañeras
son chicas tan de barrio

que nunca se despegan de su chándal.




queda un recuerdo, bastante
borroso, pero un recuerdo, el aroma de perfume
en el cuarto, el cuello de madre, los labios
y su beso de buenas noches, el vestido con el borde
de encaje, con florecitas, florecitas como
las del papel tapiz sobre el que las ceras
dibujaron un mundo fantástico y privado. madre
que se inclina, madre que acaricia
la lámpara sobre la mesilla, madre que deja la oscuridad
en el cuarto, durante un rato nada, luego el tictac relajante
de un despertador pasado de moda.

domingo, 15 de mayo de 2016

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, por Patricio Pron

Editorial Random House. 199 páginas. 1ª edición de 2011.

Cuando comenté hace poco en mi blog No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, la última novela de Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) dije que me apetecía seguir con sus novelas. En la biblioteca de Móstoles tienen las otras que ha publicado en Random House: El comienzo de la primavera, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia y Nosotros caminamos en sueños. Estos tres libros están –el día que escribo esta reseña‒ en mi casa. Terminé No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles y, en dos horas, de una sentada como ya conté, me leí El Trino del diablo del también argentino Daniel Moyano. Al día siguiente empecé con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, novela que fue publicada en 2011 y de la que leí reseñas muy positivas en su momento.

En El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia Pron juega a la autoficción: el narrador es una autor argentino, nacido en 1975 como él, que vive en Alemania, y que procede de una ciudad del interior de Argentina a la que denomina *osario (por Rosario); además tiene problemas de memoria debido a los medicamentos que tomó, durante un momento de su vida, en Alemania (algo que Pron ha declarado sobre sí mismo en alguna ocasión). Desde hace semanas, el narrador duerme en Alemania en casas de amigos, cuando recibe una llamada desde Argentina: su padre está en el hospital. Después de mucho tiempo, ha de regresar a la casa familiar y enfrentarse a la relación que dejo allí con su familia, pero también, y puede que principalmente, con su país. En la página 12 leemos: «Un día, supongo, en algún momento, los hijos tienen necesidad de saber quiénes fueron sus padres y se lanzan a averiguarlo. Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esta manera, puedan comprenderla». Como en No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, también esta novela se articula en torno a un hijo que busca información sobre su padre.

Si al comienzo de esta reseña apuntaba que Pron jugaba a la autoficción, el límite entre ficción y realidad queda más desdibujado al llamar a su padre en la página 95 «Chacho» Pron, que es su verdadero nombre, o al menos el nombre familiar con el que lo trataban. El libro, se nos comenta en el epílogo, ha sido repasado por el padre, quien ha reparado algunos errores. De hecho, Pron publicó en su blog una carta con los comentarios que el padre hizo de la novela que se puede leer pinchando AQUÍ. Curiosamente, poco después de leer este libro, acudí a la presentación del ensayo La España vacía de Sergio del Molino y allí coincidí con Pron, con el que pude hablar de la reciente lectura que había hecho de sus dos novelas, y quien me confirmó que lo narrado en El espíritu de mis padres... era real; también me habló del impacto que el texto tuvo en su familia.

En su casa de *osario, Pron se enfrenta a los fantasmas de su pasado y al material que su padre ha dejado en unas carpetas. En un momento dado, a media novela parece comenzar otra historia: el narrador abre una de las carpetas de su padre (que ha sido periodista) y encuentra ordenados los recortes de prensa sobre la desaparición de una persona en la localidad de El Trébol, cuyo cadáver aparecerá en un pozo semanas después. El narrador nos dice en la página 91: «Pensé que el misterio era doble: el de las particulares circunstancias en que Burdisso había muerto y el de las motivaciones que habían llevado a mi padre a buscarlo, como si esa búsqueda fuese a aclarar un misterio mayor más profundamente hundido en la realidad». He buscado información en internet sobre la desaparición y muerte de Alberto José Burdisso, y el caso es real, tal y como lo cuenta Pron en su novela. Acabaremos sabiendo que el padre se sentía vinculado a la hermana de Burdisso, desaparecida durante la dictadura de Videla.

Las reflexiones sobre los desaparecidos de la dictadura militar de 1976-1981 y la implicación en ella de los padres de la generación de Patricio Pron me han recordado, por las intenciones narrativas y también porque se trataba de una novela de autoficción, a Formas de volver a casa del chileno Alejandro Zambra, nacido en Santiago de Chile en 1975, el mismo año que Pron, y que también indaga en la relación de sus padres con la dictadura, en este caso la de Pinochet. La novela de Zambra se publicó también en 2011, el mismo año que la de Pron. Las dos novelas también tienen otro rasgo en común: son metaliterarias. En El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia el narrador informa al lector del material que está recogiendo para componer su novela y del modo en que va a escribirla. En la página 144 leemos: «Me dije que yo tenía los materiales para escribir un libro y que esos materiales me habían sido dados por mi padre».

Entre las páginas 142 y 143 encontramos unas reflexiones sobre la construcción de la novela que me resultan particularmente interesantes:

«Comprendí por primera vez que todos los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policíaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policiaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura.
Además, y yo había visto suficientes obras así ya e iba a ver muchas más en el futuro, el relato de lo sucedido por entonces desde la perspectiva del género tenía algo de espurio, por cuanto, por una parte, el crimen individual tenía menos importancia que el crimen social, pero éste no podía ser contado mediante los artificios del género policíaco sino a través de una narrativa que adquiriese la forma de un enorme friso o la apariencia de una historia personal e íntima que evitase la tentación de contarlo todo, una pieza de un puzle inacabado que obligase al lector a buscar las piezas contiguas y después continuar buscando piezas hasta desentrañar la imagen; y, por otra, porque la resolución de la mayor parte de las historias policíacas es condescendiente con el lector, no importa la dureza que haya exhibido en sus argumentos, para que el lector, atados los cabos sueltos y castigados finalmente los culpables de los hechos narrados, pueda devolverse a sí mismo al mundo real con la convicción de que los crímenes están resueltos y permanecen encerrados entre las cubiertas de un libro, y que el mundo de fuera del libro se orienta por los mismos principios de justicia de la obra narrada y no debe ser cuestionado».

Me ha apetecido reproducir aquí este extenso párrafo porque, además de explicar la construcción de esta novela, también puede aclararnos parte de las intenciones narrativas de No derrames tus lágrimas...: en esta última novela no se acababan de desentrañar las claves de la muerte de Luca Borrello; y este crimen individual actúa como la pieza de un puzle inacabado dentro del friso de la literatura fascista de la que se nos hablaba en este libro.

Comentaba al hablar de No derrames tus lágrimas... que destacar la influencia de Roberto Bolaño en sus páginas me parecía difícil de eludir. Esto también ocurre en El espíritu de mis padres... Principalmente he observado aquí dos elementos estructurales que usaba mucho Bolaño: comentar las películas que ven los protagonistas de la novela o cuento, o comentar los sueños que tienen. Estas historias que surgen de la televisión o de los sueños crean un clima en torno a los personajes de las novelas o cuentos, y aquí se convierten en otra pieza fundamental del puzle propuesto e inacabado.


Ya comenté que algunas páginas de No derrames tus lágrimas..., pese a lo bien escritas que estaban, me habían resultado algo distantes; quizás El espíritu de mis padres... sea una novela de construcción más sencilla (aunque no desdeñable en absoluto) que la última, pero yo la he disfrutado más: El espíritu de mis padres... ha tenido más capacidad para emocionarme como lector, porque cuenta una historia en apariencia más pequeña, pero mucho más cercana.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Koundara, mi libro de relatos

Este año volveré a estar en la feria del Libro de Madrid de la mano de la editorial Baile del Sol.
La publicación de Koundara me causa una especial alegría. Después de cinco libros publicados –dos poemarios y tres novelas- Koundara es el primer libro de relatos que puedo mostrar en público. El relato fue el género que primero practiqué cuando comencé a escribir a los quince años. He sido un gran lector de cuentos, y entre mis libros preferido se encuentra más de uno de relatos (estoy pensando en Raymond Carver, Tobias Wolff, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar).

Los libros de relatos son difíciles de ver publicados. Las editoriales de poesía, lógicamente, apuestan por los libros de poesía, pero las editoriales de narrativa suelen preferir las novelas a los relatos, y las editoriales especializadas precisamente en el género del relato también son –por paradójico que suene, lo sé por experiencia- cada vez más reacias a publicar libros de relatos (sobre todo de autores poco conocidos).

Lo bueno de Baile del Sol es que se atreven con todo. Son editores sin miedo, y en estos tiempos convulsos para la literatura lo que necesitamos son editores valientes.

Koundara está formado por siete cuentos, algunos ambientados en mi Móstoles o en mi Madrid habituales, pero otros en lugares más lejanos como Londres o el poco conocido Guinea Conakry.


La portada la ha hecho mi amigo David Moreno Marimbaldo:


domingo, 8 de mayo de 2016

El trino del diablo, por Daniel Moyano

Editorial Sudamericana. 123 páginas. 1ª edición de 1974.

Éste es un libro robado. También es una primera edición. El 28 de marzo de 1974 se terminaron de imprimir en Buenos Aires 3.000 ejemplares de esta novela, leo en la página final del volumen. Unos cuarenta años después, uno de esos 3.000 ejemplares estaba (sin haber sido leído ninguna vez, intuyo por el estado de conservación) de adorno en un bar al que solía ir con mi novia tras salir del cine, uno de esos bares que han empezado a tomar la costumbre de decorar con libros sus paredes, como si de objetos vintage se tratara. Creo que ante estos locales, que lucen paredes adornadas con libros, siento lo mismo que un animalista frente a las jaulas donde están encerrados los últimos ejemplares de una especie en extinción para realizar experimentos químicos: necesito abrir las jaulas. Primero tengo que vencer mi aversión al robo. Cuando vi esta primera edición de El trino del diablo de Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930; Madrid, 1992) al alcance de mi mano, mientras espera unas croquetas y una ensalada ‒por ejemplo‒ pensé en decirle al encargado que se la compraba. Intuía que los del bar eran libros comprados de saldo (también había mucha edición mala de las décadas de los 70 y 80), pero no sabía qué tipo de respuesta iba a recibir. También pensé en cambiarlo por otro: ir al día siguiente al bar con un libro de casa y decirle a algún camarero que se lo cambiaba por otro de las estanterías. Al final mi novia, que es más resuelta que yo para estas cosas, abrió su bolso y lo metió dentro. Luego decidí dejar, para compensar a unos camareros a los que les debía dar igual nuestro latrocinio, pero con el ánimo de acallar mi conciencia pequeñoburguesa, más propina de la habitual.

Tenían más ejemplares interesantes, como algunas primeras ediciones de los libros de Manuel Puig (aunque la verdad es que éstas son fáciles y baratas de conseguir en las librerías de saldo). Con el tiempo he pensado que tenía que haber desvalijado aquellas estanterías: el bar acabó cambiando de dueño, y con él cambiaron a los camareros de toda la vida y la decoración. Desaparecieron casi todos los libros y fueron sustituidos por teléfonos antiguos y artilugios así. La carta empeoró notablemente. En uno de los locales de enfrente, mi novia y yo coincidimos con uno de los antiguos camareros, quien nos contó que, al cambiar el local de dueños, les habían despedido a todos ilegalmente y aún estaban pendientes de juicio. Imagino que aquellos libros se venderían al peso en alguna librería de viejo o irían directamente a la basura cuando cambió la decoración. Creo que está claro que merecían ser robados.

¿Y quién es Daniel Moyano? Yo lo conocía porque la editorial Tropo reeditó en 2009 esta novela que hoy comento junto con un conjunto de relatos, un libro que se tituló El trino del diablo y otras modulaciones.
Daniel Moyano pertenece, junto a escritores como Haroldo Conti o Antonio Di Benedetto, a esa generación de autores argentinos cuyas trayectorias artísticas y personales truncó la dictadura del general Videla. Escritores silenciados durante los años de la dictadura que, con la llegada de la democracia, quedaron eclipsados por el peso de las grandes voces mediáticas del boom hispanoamericano.

Leo en internet que el padre de Moyano asesinó a su madre, y al ser encarcelado perdió la patria potestad de sus hijos. Daniel Moyano fue criado por sus tíos en diversos pueblos de Córdoba y acabó residiendo en La Rioja (Argentina). Moyano trabajó como albañil y periodista, tuvo la oportunidad de estudiar violín con unos vecinos españoles, y acabó trabajando como profesor de este instrumento en el Conservatorio Provincial de Música. También fue violinista del cuarteto de cuerda de esa institución. En 1976, tras el golpe militar, es detenido, y cuando sale de la cárcel se exilia a España. En Madrid se ganó la vida como obrero en una empresa de maquetación y luego fue crítico de libros para El Mundo. He encontrado estas palabras autobiográficas en la wikipedia que quiero reproducir aquí:

«El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa... Me dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo. Esa noche dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día de El trino del diablo y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem y me había puesto custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando mi ingreso a la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas disciplinas. Abrí un libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres caminaron despacio hacia casa. Mi hija María Inés, de siete años, dormía. Mi hijo Ricardo, que tenía catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi mujer. Me apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25. Pregunté si me podía cambiar de ropa. Dijeron: “Sí, pero pronto”, y me acompañaron al dormitorio. “¿Llevo documentos?”. “No los va a necesitar”, dijo uno. Eso me asustó. Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de reaccionar porque eso era insólito. Yo era periodista, además de escritor, trabajaba para Clarín, y músico y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en silencio. Estaba cerca. Al cuartel entré a los empujones. En un salón enorme estaba media La Rioja de pie, contra la pared (no nos dejaban sentar), con un colchón al lado. (...) Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor. Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia, me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. El 24 de mayo de 1976, tomamos el “Cristóforo Colombo”, y el 8 de junio comenzó el exilio en Barcelona».

El domingo 27 de marzo aún estaba disfrutando de mis vacaciones de profesor en Semana Santa. Por la tarde terminé de leer No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles de Patricio Pron y pensé seguir con alguna de las anteriores novelas de Pron, que había sacado de la biblioteca, pero al haberme traído de mis vacaciones en Gran Canaria la novela Tres golpes de timbal, que encontré en una librería de Las Palmas por dos euros ‒que fue la última novela que vio publicada Moyano‒ y buscar información sobre él, me apeteció ponerme con alguno de sus libros y decidí empezar por El trino del diablo porque está escrito antes y porque, además, como se puede deducir del texto que he reproducido antes, pudo contribuir en gran medida a la encarcelación del autor dos años después de ser publicada.

Tenía un poco de sueño ese domingo, pero me tomé otro café sobre las diez de la noche y leí El trino del diablo de un tirón en unas dos horas, sin levantarme ni una vez del sillón.

El trino del diablo es una novela corta, pero de densa trama, que se remonta hasta 1591, cuando el conquistador español Capitán General Brigadier Juan Ramírez de Velasco funda la ciudad de La Rioja en un lugar equivocado. Sobre la ciudad en la que va a nacer Triclinio, el protagonista de la novela, muchos años después, pesa ya desde la primera página del libro un destino trágico. El tono inicial de la novela es bastante irónico; y así apostilla el narrador a uno de los que habló en 1591 sobre la fundación de la ciudad: «El sacerdote del grupo, un cura lampiño, defendió lo mejor que pudo a los pobres del futuro, estableciendo así un remoto antecedente para los curitas del Tercer Mundo» (pág. 9).

Triclinio ha nacido en una familia de mieleros bastante humilde, pero también con un don para la música. A Triclinio, que se va a formar como violista –igual que Daniel Moyano‒ se le llena la cabeza de sonidos y esto hace que no entienda casi nada de lo que le rodea. Desde ya debo apuntar que El trino del diablo no es una novela realista, sino profundamente simbólica, sin que el significado de los símbolos propuestos quede del todo especificado en el texto. Los sonidos que pueblan la cabeza de Triclinio pueden simbolizar, por ejemplo, su condición de artista, que pasa por el mundo ajeno a sus penurias al portar un consuelo permanente.

La novela, en algún caso, juega de forma irónica con los convencionalismos del realismo mágico que tan de moda estuvo en la literatura hispanoamericana por esos años: «La figura flaca y apaisajada de Triclinio se hizo familiar por las calles riojanas, con el violín en una mano, su andar distraído y la abejas que a veces lo seguían desde la casa hasta las proximidades del Conservatorio como en un cuento de García Márquez» (pág. 17).

La ironía y el realismo mágico vuelven a darse la mano en párrafos como éste: «Submarinos capaces de perforar la tierra vinieron desde el Pacífico por debajo del territorio y se bebieron el agua de las vertientes subterráneas, mientras las viejas y los niños salían en procesión con el Santo en andas pidiendo que lloviese» (pág. 21).

Las plagas que se pronosticaron en 1591 acaban de caer sobre la ciudad fundada en el lugar equivocado y Triclinio tiene que emigrar a Buenos Aires con la intención de ganarse la vida con su violín, pero un nuevo hecho surrealista-simbólico va a truncar sus planes. Así se lo cuenta el dueño de la pensión en la que se aloja: «Acá todos somos violinistas y todas las pensiones son para violinistas, incluso algunos hoteles, y esto no es un sueño. Acá en Buenos Aires todos tocan el violín, pero no para ganarse la vida, como parece que usted pretende, y permítame que me meta en sus cosas» (pág. 39).

Triclinio acabará cayendo en la pobreza y viviendo en una villa miseria llamada Villa Violín, donde todos sus habitantes son músicos artríticos y acabados. El tono juguetón e irónico del principio acaba volviéndose más dramático y Triclinio, dentro de una trama cada vez más surrealista y delirante que se parece a la de una novela de Mario Levrero (intuyo que Levrero tuvo que leer a Moyano), se verá envuelto, por ejemplo, en más de un derrocamiento presidencial. Pero mientras las intenciones narrativas de Levrero suelen ser más surrealistas y apelan al inconsciente, las de Moyano se vuelven más políticas, y aparecerán en la novela torturadores y elementos de tortura, que tal vez la música pueda derrocar. La novela antecede dos años al golpe de Estado de Videla, y por tanto está invocando a dictadores anteriores, pero queda claro que a los militares de 1976 no debían de gustarles muchas de las escasas páginas de este libro valiente y original, escrito con un lenguaje cuidado y bello.


Ya saben, si ustedes viven en España y quieren leer este libro tienen dos opciones: o robarlo en un bar, como hice yo, o buscar la reedición de 2009 (que además viene acompañada de unos cuentos por los que siento bastante curiosidad) que sacó la editorial Tropo.

(Esta reseña apareció publicada en la revista Eñe.)

miércoles, 4 de mayo de 2016

El ánimo que dan los lectores agradecidos

El otro día me llegó al correo electrónico un mensaje bastante agradable. Me escribía un lector del blog que nunca había comentado ninguna entrada. Sin embargo, acabamos teniendo a través de un intercambio de emails una buena conversación sobre libros.

Le he pedido permiso para publicar su correo inicial (sin nombre) y él me lo ha dado. Muchas gracias por estas palabras tan emotivas para mí:

«Hola David:
Soy lector asiduo de "Desde la ciudad sin cines" y hace tiempo que quería escribirte para felicitarte por tu blog y agradecerte tus aportaciones.
Además del tuyo, leo asiduamente otros blogs de reseñas literarias (a los que también les debo unos agradecimientos...), no obstante, no suelo opinar ni comentar en ninguna parte y entiendo que eso puede ser importante ya que forma parte de la interacción de los blogs y de las páginas web. Por ello, pensé que bueno, ya que suelo leerte, al menos debía escribirte para agradecerte tus aportaciones.
Hace unos años solía leer suplementos culturales pero paulatinamente he ido abandonándolos y salvo en contadas ocasiones, solo leo blogs de reseñas, de personas que lo realizan simplemente porque les gusta, que lo hacen por pasión por la literatura. Y no es que uno se lea todo lo que se recomienda o se deje de leer todo lo que se desaconseja, pero es interesante conocer los puntos de vistas de otras personas (que dan su opinión personal y no como la mayor parte de la crítica literaria), de algún modo se enriquece la cultura porque existen multitud de formas subjetivas de percibir una obra en concreto. Y por supuesto, es una forma exquisita de descubrir montones de obras y autores que uno no conoce.
En fin, que los blogs de reseñas literarias se han convertido en parte de mi entretenimiento en la red, un entretenimiento que por otra parte es totalmente gratuito y que merece todo mi agradecimiento; porque tú, al igual que otros reseñistas, le dedicáis vuestro tiempo libre a una labor que solo puede otorgar una gratificación a nivel personal, y eso, sobre todo en estos tiempos (que todo es tan tan comercial), hay que agradecerlo.

Aprovecho para enviarte un saludo y espero que sigas con el blog durante mucho tiempo.»


domingo, 1 de mayo de 2016

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calle, por Patricio Pron

Editorial Radom House. 348 páginas. 1ª edición de 2016

Hasta ahora había leído los dos libros de cuentos que Patricio Pron (Rosario, Argentina, 1975) ha publicado en Random House: El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y La vida interior de las plantas de interior (2013). Los dos, y sobre todo el primero, me gustaron bastante y considero a Pron un buen cuentista. Tenía pendiente leer alguna de sus novelas y cuando hace poco más de un mes apareció No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (a Pron le encanta usar títulos muy largos para sus libros), empecé a leer comentarios apuntando que era su novela más ambiciosa, y me apeteció leerla. Se la solicité a Random House y la editorial amablemente me la envió a casa para que la comentara en el blog.

El crítico Nadal Suau publicó a finales de febrero una elogiosa reseña del libro en El Cultural, afirmando lo siguiente: «No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles se convierte en firme candidata, en el mes de febrero, a ser uno de los libros de la narrativa en castellano de este año. Si es que eso tiene alguna importancia.», y también: «La alusión a un congreso de escritores fascistas propiciará que reseñas y comentarios online reproduzcan, casi serializadas, una cadena de alusiones a Bolaño y su La literatura nazi en América, otro gran libro que ciertamente puede relacionarse con este, pero con el riesgo de inducir a equívocos.». La reseña de Nadal Suau, cuyos comentarios en El Cultural me resultan muy atractivos, hizo que se incrementasen mis deseos de leer este libro, algo que hice durante mis vacaciones de profesor en Semana Santa.

El tiempo de la novela se divide en al menos tres momentos, que ordenados de forma cronológica serían los siguientes: un primero a finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando en 1945 tiene lugar un congreso de escritores fascistas en la ciudad italiana de Pinerolo, en apoyo a la República Social Italiana; otro en 1978, cuando la violencia política, que acabó con el secuestro y asesinato de Aldo Moro, se desató en Italia; y un tercero en 2014, también en Italia, y en el contexto de la crisis económica europea y sus políticas de recortes sociales.
La novela también se articula en torno a tres generaciones de la familia Linden, italiana aunque el apellido sea de origen alemán: el abuelo (1945) fue partisano en la Segunda Guerra Mundial, el padre (1978) formó parte de un grupo terrorista de extrema izquierda, y el hijo (2014) acabará viviendo en una casa okupa y participando en manifestaciones antisistema.

Decía en su crítica Nadal Suau que las reseñas y los comentarios online nos remitirán a La literatura nazi en América de Roberto Bolaño. Lo cierto es que este último título parece una influencia difícil de eludir: en el congreso de Pinerolo, además de escritores nazis, y otros españoles (Luys Santa Marina, Rafael Sánchez Mazas, Eugenio d´Ors y Juan Ramón Masoliver), principalmente estarán los escritores del fascismo italiano que abrazaron las teorías futuristas de Marinetti: “Apostábamos por una estética de violencia y por un espíritu de revuelta y pensábamos que la guerra era la única forma de limpiar el mundo”, le dice en 1978 uno de estos escritores futuristas que acudió al congreso de 1945 al joven Linden, que ha acudido a él para preguntarle por Luca Borrello, otro escritor futurista de quien conocía el nombre –y no la obra- porque su padre –el partisano Linde- le había hablado de él.

En 1978 Pietro o Peter Linden pertenece a las Brigadas Rojas, para las que hace seguimientos de posibles objetivos a los que ejecutar. Así se encarga de seguir a uno de sus profesores universitarios de ideas políticas opuestas a las suyas. Linden informará de sus movimientos y el profesor será asesinado días después. En contra de cualquier protocolo de seguridad, Linden sentirá curiosidad por los libros que el profesor había dejado encargados en una librería. Los pedirá y leerá en sus portados los nombres de algunos escritores del periodo fascista que no le suenan de nada. Sí que le sonará, como ya he comentado, el nombre de Luca Borrello, aunque no como escritor sino como el de alguien del que su padre le ha hablado. Decidirá separarse de su grupo terrorista por un tiempo y tratar de entrevistar a los autores fascistas que le pueden poner tras la pista de Borrello.

Si antes hablaba de La literatura nazi en América, la parte en la que los escritores Oreste Cadosso, Atilio Tessore, Michele Garassino y Espartaco Boyano le hablan a Pietro Linden (y a su grabadora) de su experiencia en el congreso de escritores de 1945 y la muerte en él de Luca Borello, desde sus casas de Roma, Florencia, Génova y Ravena, en marzo de 1978, en los días previos al secuestro de Aldo Moro, puede remitirnos también al Bolaño de Los detectives salvajes: una investigación se ha iniciado (se buscaba a Ulises Lima y Arturo Belano en la novela de Bolaño, y en ésta se busca a Luca Borrello) y Linden quiere aclarar algunas sucesos que involucraron a su padre en 1945. Como resultado de sus pesquisas Linden será delatado a la policía y recibirá también un arcón con la obra inédita de Luca Borrello. Una de las partes del libro hace un inventario de estas obras próximas al futurismo y que le serán resumidas al lector: unas obras teatrales o novelísticas surrealistas, imposibles de llevar a escena. Esto nos remite también al universo de Bolaño, pero también, lógicamente, a Jorge Luis Borges, del que Bolaño, con más calle que Borges, acaba siendo un seguidor.

La novela es ambiciosa y compleja, y el discurso se desarrolla desde diferentes perspectivas: las páginas en la que el narrador se aproxima a Pietro Linden (“Al margen de lo que su padre pudiera creer acerca de la literatura y de su utilidad –que para Linden sólo puede existir con relación a otra pregunta, la de «para hacer qué» con la literatura”, página 31), están particularmente bien escritas, con frases en extremo largas, con subordinadas que matizan continuamente el pensamiento principal. Después, cuando se cede la voz narrativa a los escritores fascistas, el discurso de cada uno de ellos se vuelve más evocador, lleno de una épica tan vez equivocada (como la de cualquier literatura) y de una presencia subyugante, inquietante.

Al final de la novela se añade un diccionario de escritores: algunos de sobra conocidos para el lector español, como Ezra Pound. Lo lógico era pensar que se jugaba al diccionario de autores falsos, y esto es cierto, pero no del todo: algunos son auténticos, como Aldo Palazzeschi, al que he encontrado en internet, y otros no, como Flavia Morlacchi que, descubro también en internet, es un personaje de Luigi Pirandello. Algunos se delatan solos, porque resulta que han escrito los libros del propio Pron. Quizás este final me ha resultado algo abrumador: entiendo el juego literario a lo Bolaño, o más bien a lo Borges: con todos esos escritores verdaderos y falsos, y esos resúmenes de una obra inexistente (cuando se hablaba de la obra de Luca Borrello), que acaban siendo un conjunto de microrrelatos, pero tal vez, o quizás, aquí puede encontrarse el mayor problema para el lector: algunas de las páginas de este libro acaban siendo demasiado distantes, disgregadas, un texto que habla sobre escritores auténticos o falsos avanza y más de una vez el lector se pregunta hacia dónde. Algunas de sus páginas, también, son realmente brillantes, páginas que reflexionan sobre la función del arte, o la relación que se puede establecer entre arte y política. Uno acaba el libro con la sensación de que la mayoría de los misterios que propone se quedan sin resolver, pero también con la de haber leído una novela compleja y ambiciosa (deudora de la obra de Roberto Bolaño), pero sin negarle su gran personalidad. Si abandonas el camino trillado puedes perderte, Pron lo sabe y a veces se aventura por ese camino y se pierde, pero posiblemente en lo que uno (escritor o lector) puede encontrar en esos caminos perdidos resida gran parte de la magia de la literatura.


Lo cierto es que los cuentos que ya había leído me dejaron una sensación más clara de obra redonda y conseguida que la que me ha dejado No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles, pero también he decidido que quiero seguir indagando en la obra novelística de Patricio Pron y en breve volveré con alguna de sus otras novelas publicadas en Random House.

jueves, 28 de abril de 2016

Entrevista a Jeymer Gamboa, autor del poemario "Nuestra película de las vacaciones"

Jeymer Gamboa nació el 5 de enero de 1980 en Santa Cruz de León Cortés (zona de Los Santos), al sur de San José, capital de Costa Rica. Actualmente reside en el barrio de Villa Crespo en Buenos Aires, Argentina. Es egresado de la carrera de Diseño de Imagen y Sonido de la Universidad de Buenos Aires (UBA). También estudió periodismo y producción audiovisual en la Universidad de Costa Rica (UCR). Ha trabajado como periodista en distintos medios costarricenses. Como realizador audiovisual ha dirigido documentales y cortometrajes experimentales que se han mostrado en festivales y muestras de México, Costa Rica, Cuba, España, Polonia, Brasil y Argentina, entre los que destacan Rastros (2010), Marino de tierra (2010) y De cómo mirar una ventana con ladrillos (2008). También ha incursionado en proyectos de videoinstalación mostrados recientemente en Buenos Aires bajo el título de Extinciones(2012).
En 2011 la editorial Pre-Textos publicó su primer libro de poemas, Días ordinarios, con el que obtuvo el XI Premio internacional de poesía Emilio Prados, convocado por el Centro Cultural Generación del 27 en Málaga, España. También publicó los libros Nuestra película de las vacaciones (2014, ed. Liliputienses), El desplazamiento circunstancial (2015, ed. Arlekín) y la plaquette La insistencia de la luz (2015, ed. Neutrinos). Ha sido incluido en las antologías Una temporada en el Centro. Panorama actual de la poesía en Costa Rica (2013, ed. Amargord) y 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI  (2014, ed. Municipal de Rosario).
Sus textos aparecen en revistas impresas y publicaciones en Internet como Catálogos de Valverde, revista Ping Pong, El maquinista de la Generación, Campotraviesa, Buensalvaje, Litoral, entre otros.




¿Tu interés por la poesía proviene de tu familia, del colegio o de alguna otra fuente?

Comenzó en el colegio. Viví hasta los dieciocho años en un pueblo de poco más de mil habitantes, un pueblo de primos, endogámico, de fuertes costumbres religiosas y actividades campesinas. Mi familia siempre se dedicó a la agricultura, a sembrar café, aguacate, mora y granadillas. En ese ambiente había muchos estímulos, mucho contacto con la naturaleza, pero no había libros. No había mucho espacio para la lectura. Lo que había era trabajo en la finca, algunas limitaciones económicas y la liturgia de los domingos. La biblioteca del colegio, que estaba en otro pueblo, era muy modesta. Sin embargo, ahí empecé a leer libros de poesía por mi cuenta, a Vallejo, Neruda, Paz. Luego mi profesor de inglés me pasó textos de poesía norteamericana e inglesa, me los pasaba en inglés o me los traducía, de Whitman, Dickinson, Keats. Todavía tengo la carpeta con las fotocopias que él me dio. Este profesor estaba muy interesado en todo eso y empezamos a compartir textos entre nosotros, eran lecturas y actividades por fuera de las clases del colegio, leíamos por gusto. En el colegio también convencí a dos amigos de armar un grupo de lectura, una especie de taller literario. Íbamos a acampar a los cerros del pueblo, con el Land Rover de mi papá, y leíamos poesía junto al fuego, los árboles y las quebradas. Tal vez lo hacíamos de una forma muy ingenua, pero ahí ya había un convencimiento, una fe rara. Yo bajaba de la montaña, después de esas lecturas, y en secreto me decía frente al espejo que era poeta. Por otra parte, cuando estaba en décimo, empecé a viajar en bus del pueblo hasta San José (la capital) para comprar libros, casetes y revistas. Lo que me ganaba en verano recolectando café lo gastaba en ese tipo de cosas. Viajaba los sábados a la capital con ese único objetivo. En uno de esos viajes compré una antología de poesía latinoamericana y descubrí los poemas de Nicanor Parra, esa también fue una experiencia importante. Entonces escuchaba casetes de Caifanes y Pink Floyd en mi walkman, mientras caminaba hacia el cafetal o apeaba aguacates, y regresaba a mi casa a leer a Parra, Cardenal y Girondo. Esa fue mi iniciación. Montaña, rock y poesía.



¿Tus primeras lecturas poéticas fueron de autores de Costa Rica? ¿Existe un tráfico fluido de libros entre los países adyacentes, Nicaragua, Panamá u Honduras? ¿Y de libros hispanoamericanos en general? ¿Es fácil conseguir traducciones de libros de poesía de otras lenguas en Costa Rica?

Mis primeras lecturas fueron principalmente de poetas latinoamericanos. En 1999, cuando entré en la universidad, abrí mi primera cuenta de correo electrónico y empecé a utilizar internet. Eso me abrió un mundo. Por esos años buceaba en una página que se llamaba poesía.com y en otras como Zapatos Rojos, 400 Elefantes, letras.s5.com y en los sitios de la Editorial Vox y Diario de poesía. En esas páginas descubrí una infinidad de autores contemporáneos, sobre todo de poesía sudamericana y varias traducciones del inglés. También salieron los primeros números de la revista Los amigos de lo ajeno, editada por Luis Chaves y Ana Wajszczuk. Esa revista también me abrió la cabeza. Publicaban poesía hispanoamericana, traducciones y textos que rompían con ciertos moldes con los que uno estaba acostumbrado a leer. Durante ese primer año que me fui a vivir a la capital también hice un par de talleres literarios, ahí las lecturas más bien se centraban en escritores costarricenses.
Me parece que nunca hubo un intercambio demasiado fluido de libros hispanoamericanos, por lo menos en esa época de los noventa y principios de siglo. Sí había actividades o encuentros donde participaban poetas de distintos lugares, como los que se realizaban en el Festival Internacional de las Artes en Costa Rica. Ahora tal vez es distinto, en Costa Rica han aparecido cuatro o cinco librerías que están importando libros de Estados Unidos, Inglaterra, España, Argentina y México, libros de muchas editoriales independientes, y también han surgido nuevas editoriales locales que, además de publicar a autores costarricenses, publican autores de Latinoamérica, España y también traducciones del inglés y portugués. Hay más actividad cultural. Por otro lado, está internet y todo el intercambio que se da ahí con los blogs, las revistas digitales y las redes sociales.


En los poemas de Nuestra película de las vacaciones citas a poetas como Ezra Pound, T. S. Eliot y Keats y no a poetas de habla hispana. ¿Debemos pensar que tus influencias son más de autores anglosajones que hispanoamericanos o españoles?

Para mí es difícil determinar cómo y cuánto influyen los textos de esos escritores. Todas esas lecturas llegan muy mezcladas y distorsionadas con otras cosas que uno lee, mira y escucha. En otros poemas que no están en ese libro también cito a escritores de habla hispana, como Saer, Panero y Solves. De todas formas, lo que más leo es poesía latinoamericana.
Me gusta pensar en los procedimientos que usaron Pound y Eliot para construir sus poemas, el uso precisamente de citas y la mezcla de textos de diversas procedencias. Esa forma de pensar la poesía como si no fuera poesía, más bien como un campo de escritura, un terreno para ensayar cosas. En Nuestra película, Eliot aparece citado cuatro o cinco veces, pero son cuestiones de las que no me doy cuenta en el momento de escribir, ese tipo de insistencias o repeticiones. Con la cita uno a veces corre el riesgo de caer en el esnobismo, la impostura, el culturalismo, por no decir directamente la pedantería. Trato de pensar la cita como un recurso literario más, una figura retórica si se quiere, que a veces funciona para quitar cierta pretensión de transparencia en los textos, para entablar un diálogo o incluso cuestionar el texto en el que se usó. Algunas de esas citas salieron de mis libretas de apuntes y las anoté para recordarme cuáles eran mis limitaciones.




  
Has estudiado periodismo y realización audiovisual. En tus poemas podemos encontrar una constatación artística de lo que ves al salir a la calle y existen muchas metáforas cinematográficas –empezando por el título de tu último libro, Nuestra película de las vacaciones-. ¿En qué medida sientes que el periodismo y la realización audiovisual han influido sobre tu poesía?

Sin proponérmelo se ha ido colando mucho lenguaje cinematográfico y procedimientos de las artes visuales en mis textos. Supongo que se debe a los intereses que uno tiene. Para mí son todos oficios distintos. En periodismo y realización audiovisual, por lo general, todo es más metódico, hay planes y objetivos que uno se fija de antemano, hay temas, encargos, tiempos de entrega, etc. La poesía es un misterio. En la poesía no hay nada a priori, uno camina siempre a tientas. Creo que uno escribe poesía para tratar de entender qué es un poema, algo que nunca se termina de resolver y, por eso, uno sigue escribiendo, hay una fuerza misteriosa detrás. El “salir a la calle” de esos poemas en realidad es un andar a la deriva, todo es más caótico y azaroso.


¿Qué opinas de la métrica en el poema? ¿Te parece un concepto anticuado?

Me parece que es una herramienta más, pero en mi caso es una limitación, porque no es algo que domine. No me parece un concepto anticuado y no está mal estudiar métrica, aunque yo no escribo de esa manera. Por otro lado, hay gente que se termina encasillando en una estructura o en ciertas formas de escribir, se ponen la camisa de fuerza. Hace poco leí que a Rodrigo Lira no le gustaba llamar poesía o poemas a sus textos y prefería usar la palabra escrituración. Me gusta más esa idea: una escritura abierta, híbrida, donde se mezclan las formas y los géneros, donde se pueden arriesgar cosas, incluso cometer errores.


¿Lees habitualmente más prosa o poesía?

Seguramente leo más prosa, pero la prosa la leo como poesía. La verdad es que no hago mucha distinción entre los géneros. No entiendo de literatura. Lo que hay son modos de leer. Cuando leo siempre busco las mismas cosas: un clima o una atmósfera, los detalles, la frase sugerente, la descripción de pequeñas situaciones, algún tipo de sentimiento, una incomodidad. Es una lectura de fragmentos, de bloques, de subrayados, de misceláneas. Un lector salteado, como dice Macedonio. Ahora, por ejemplo, estoy leyendo las novelas de Karl Ove y la poesía de Juana Bignozzi y no hago distinción entre esas lecturas y los emails que me mandan mis amigos, en el sentido de que estoy leyendo para encontrar algo: ese fragmento puro y mínimo.


Actualmente vives en Buenos Aires. Al leer Nuestra película de las vacaciones pensé que la segunda parte –Fotos colgadas en un tendedero- que hablaba de tus recuerdos del pasado nos llevaba hasta Costa Rica, y la tercera –La jugadora de Hockey y otros poemas-, en la que usas palabras tan porteñas como «subte» o uno de los poemas se titula Chivilcoy (ciudad de la provincia de Buenos Aires), se ubicaba en Argentina. ¿Estoy en lo cierto? ¿A qué lugar pertenecen las calles poetizadas del extenso primer poema del libro, La insistencia de la luz?

En Fotos colgadas hay una serie de evocaciones a la infancia, al pueblo donde crecí, al vínculo familiar, a la década de los ochenta. Es una especie de arqueología personal. Es un intento por reconstruir recuerdos a partir de ciertas voces, imágenes y sensaciones que aparecen, a veces de manera inesperada y otras veces de forma recurrente, en las conversaciones con la familia, en un objeto del pasado, en fotografías, en viejas libretas, en cajones. Son fotos con poca profundidad de campo, donde hay un detalle que está enfocado y el resto de la imagen sale borroso. Todo es medio espectral. Los poemas de La jugadora de hockey están más anclados en el presente, hay mucho deambular por las calles, desplazamientos en transporte público, largas caminatas; escribo sobre el trayecto de los mandados, para ir a comprar el pan, las verduras y pagar los recibos. Aparecen también los espacios domésticos: la cocina, la mesa, la ventana, las plantas. Y además recurro a los “espacios para ver” de la ciudad: los viejos cafés en ochava; la azotea con el panorama de antenas, tanques de agua, extractores eólicos y ramas de los árboles; las bancas de los parques; la ventanilla del bus.

Hay algunos giros porteños en muchos de mis poemas, al principio eso me generaba conflictos, pensaba que tenía que eliminar esas palabras. Después resolví que debía dejarlas, que de alguna forma el poema pedía que estuvieran ahí. En algunos textos aparece todo mezclado, palabras que vienen de mi pueblo, del lenguaje materno, como siembros, candelillas, cas, etc. con otras que son más porteñas, como ruta, subte, fernet, etc. Eso me parece que está bien, que aparezcan las palabras que el poema necesita o pide. Además así hablo yo, con acento tico y usando algunos giros porteños.

En La insistencia de la luz quería captar ciertos estados de ánimo que surgen al caminar sin un rumbo fijo, es un poema de impresiones y vagabundeos. Buenos Aires es una ciudad para caminar. A veces uno recorre treinta o cuarenta cuadras, casi sin darse cuenta. Siempre aparece ese impulso de bajarse del bus o del subte una o dos estaciones antes de llegar a la casa y caminar ese trayecto. La ciudad también tiene una luz especial, es una ciudad muy luminosa, hay días en que uno sale a la calle y parece que todas las cosas brillan, todo se vuelve muy sugestivo con la trayectoria solar según donde uno esté: la costanera, el parque Centenario, el bar San Bernardo, las calles estrechas del centro, una terraza en Villa del Parque. El poema hace referencia a esta ciudad, pero sería una Buenos Aires enrarecida porque todo está mezclado, las estaciones climáticas, los puntos de referencia, las voces, las digresiones. Para mí es una maqueta deformada por la sugestión, la fuga, la extranjería y el anonimato. Me gusta pensar que en ese texto hay un personaje que soy yo, deambulando, con su ciudadanía costarricense, en una ciudad de la que no puede o no quiere salir.


Con Días ordinarios ganaste en España el premio Emilio Prados para un autor menor de treinta y cinco años. ¿Era la primera vez que veías publicada tu poesía? ¿Por qué enviaste tu libro a un premio que se publicaba en España y no trataste de verlo publicado en Costa Rica o Argentina?

Ese premio me permitió publicar mi primer libro, hasta entonces no había publicado ni siquiera un poema en una revista. Siempre me ha costado acercarme a los editores, o enviarle mis textos a alguien para saber qué opinión tiene, con la excepción de un par de talleres literarios que había hecho hasta ese momento.
Lo del premio me permitía presentarme desde el anonimato, incluso si usaba mi nombre real, y en un lugar donde no conocía a nadie ni tenía relación con su ambiente literario. Ahora esos poemas y los que publicó Liliputienses han ido apareciendo en antologías y plaquetas en Costa Rica y Argentina.


¿Te interesa la poesía española? ¿Has leído a sus clásicos? ¿Qué periodo te interesa más? ¿Lees más a los poetas jóvenes españoles o a los costarricenses o argentinos?

Trato de estar atento a lo que se publica en España, más que todo lo que hago es buscar poemas en internet, leer reseñas, traducciones y revistas digitales. En el colegio y la universidad leí mucho a García Lorca, Rafael Alberti y algunos poemas de Luis Cernuda. Me sigue gustando la poesía de Leopoldo María Panero. Recientemente estuve leyendo algunos textos de Chus Pato y Francisco Ferrer Lerín que me gustaron. También leí buenos poemas de Carlos Pardo, Aitor Francos, Pablo Fidalgo, Julieta Valero, Mercedes Cebrián, Fruela Fernández, Miriam Reyes, entre otros. Me interesan mucho las traducciones y el trabajo editorial que hace Jordi Doce.
Leo más a los escritores jóvenes latinoamericanos, seguramente por cercanía, intereses y afinidades.


Nuestra película de las vacaciones ha aparecido en la editorial cacereña Ediciones Liliputienses, dirigida por el poeta José María Cumbreño, y por tanto vuelves a publicar en España. ¿Cómo conociste a Cumbreño y sus Ediciones Liliputienses?

A Cumbreño lo conocí por email, me escribió hace unos años cuando estaba comenzando Ediciones Liliputienses, en ese momento había publicado los dos primeros títulos de esa colección. En los emails intercambiamos algunas recomendaciones y me comentó su aventura de empezar a editar a poetas latinoamericanos en España. Desde entonces ha hecho circular mucha poesía latinoamericana y española, a través de libros, revistas, blogs, programas de radio y redes sociales. De alguna forma ha ido tejiendo una red de nueva poesía hispanoamericana, a puro pulmón, con recursos autogestionados y desde un lugar periférico. Su proyecto da cuenta de la poesía de esta época, es una pequeña editorial con gran resonancia. Ahora su labor de editor y promotor también ha desembocado en los encuentros de literatura Centrifugados.
Para mí fue algo muy positivo haberle dado un libro inédito a Cumbreño, a través de la publicación en Liliputienses vinieron en cadena otras cosas buenas y seguramente le ha pasado lo mismo a otra gente que él publicó.


Recomiéndanos, por favor, a un poeta clásico costarricense y a otro actual.

Recomiendo a Francisco Amighetti, no sé si llamarlo un poeta clásico, pero sí es de una generación muy anterior a la mía. Sus poemas son sencillos, como dibujos o viñetas sobre la vida en la provincia, o más bien en los límites interprovinciales, una poesía de las orillas. Me gusta la forma en que describe el paisaje, los espacios y los objetos. Sus poemas son sobre tapias, caminos, acequias, pulperías, viejas iglesias, fuentes de piedra y cantinas. También hay una mezcla de asombro místico y curiosidad astronómica en su poesía que me gusta mucho. Tenía la particularidad de acompañar sus poemas con hermosos grabados realizados por él, fue también un conocido artista plástico. Amighetti tiene un libro de crónicas sobre los viajes que hizo por diferentes países, en uno de esos textos habla de la época en que vivió aquí en Buenos Aires, en pensiones y hoteles familiares cerca de Constitución.

Por otro lado, recomiendo a Felipe Granados, un poeta de mi generación que murió joven. En vida solo publicó un libro titulado Soundtrack. Un poemario que me recuerda a esos compilados de música que uno grababa de la radio en casetes TDK, donde pueden convivir perfectamente canciones de José María Arguedas con Nine Inch Nails. El año pasado publicaron en Costa Rica otro libro de él con poemas que dejó inéditos. No puedo decir que Felipe fuera un amigo íntimo ni nada parecido, pero sí lo recuerdo con mucho cariño, las veces que me lo cruzaba por casualidad en la calle siempre sacaba algún libro o fotocopia y me lo leía en voz alta, era algo que hacía con gente conocida; una vez me leyó un poema de Gabriel Ferrater en un restaurante; otro día un cuento de Osvaldo Lamborghini en una venta de libros usados y también me leyó un fragmento de Los detectives salvajes en un bus mientras cruzábamos el centro de San José. Era lindo escucharlo leer. Escribió unos poemas muy potentes.


¿Cuáles son tus nuevos proyectos? ¿Estás rodando alguna película? ¿Estás escribiendo nuevos poemas?

El año pasado la editorial Arlekín me publicó en Costa Rica unos textos inéditos como parte de una antología que lleva por título El desplazamiento circunstancial. Aquí en Argentina la editorial Neutrinos acaba de publicar una selección de mis poemas, Un proyecto de futuro, donde también agregué cosas nuevas. Y en México van a salir otros poemas en una antología colectiva editada por Mamacita Editores.
Con un amigo estamos haciendo unos recorridos por la zona sur de Buenos Aires, nos interesa el paisaje de esa zona, cerca del Riachuelo, estamos tomando fotos, apuntes y videos para después armar algo con eso. Con otra amiga estamos haciendo unas intervenciones con textos y fotos relacionadas con los animales. Y con otra amiga empezamos a coeditar una revista de poesía.


En los mails que hemos intercambiado me comentabas que el escritor argentino Carlos Catania –autor de la novela Las Varonesas- ha sido una figura conocida en Costa Rica como dramaturgo y actor. Puedes hablarnos de esto, por favor.

En la entrevista que le hiciste a Carlos Catania me interesó lo que él cuenta sobre su relación con algunos escritores de Santa Fe, con Juan José Saer, Hugo Gola y Juan Manuel Inchauspe. También me dio curiosidad la novela Las Varonesas a partir de esa entrevista y la reseña que escribiste.
Carlos Catania y su hermano Alfredo, quien falleció hace dos años, forman parte de una generación de artistas, escritores e intelectuales sudamericanos que se exiliaron en Costa Rica en las décadas de los sesenta y setenta y que han tenido mucha influencia en el ambiente cultural de los últimos cuarenta años en el país. Además de los hermanos Catania, llegaron Helio Gallardo, Sara Astica, Rubén Pagura, entre otros.
Los hermanos Catania son conocidos por el impulso que le dieron al teatro independiente en Costa Rica, tanto como actores y dramaturgos. Y en el caso de Alfredo también como docente y gestor de varios grupos de teatro. 


Muchas gracias, Jeymer.
Pinchando AQUÍ puedes leer la reseña que escribí sobre Nuestra película de las vacaciones.
En el siguiente enlace puedes leer nuevos poemas de Jeymer Gamboa: NUEVOS POEMAS.