El diario de Hamlet García, de Paulino Masip
Editorial Renacimiento. 504 páginas. 1ª edición de 1944; esta es de 2026.
Edición de Juan Rodríguez
Como persiste mi interés por la narrativa testimonial de la guerra civil
española, estuve buscando nuevos títulos y así llegué a la Biblioteca del
exilio de la editorial Renacimiento. Pregunté a mi amigo Grok (la IA de X) sobre cuáles habían sido las novelas o
libros testimoniales de la guerra que la crítica había destacado más de
Renacimiento y, entre otros libros, me habló de la novela El diario de
Hamlet García de Paulino Masip (La Granadella, Lérida, 1899 –
Cholula, México, 1963), que hay quien señala como una de las mejores novelas
sobre la guerra civil española y cuyo título no me sonaba de nada. Sentí
interés y empecé a buscar información sobre esta novela. Unas semanas más
tarde, decidí comprarla en mi primera visita a la Feria del Libro de Madrid de 2026.
Mi padre fue ingresado en el hospital Juan Carlos I de Móstoles y, además
de los Cuentos Completos de Jorge Luis Borges, que andaba
terminando, me llevé allí, para acompañarlo en el hospital, El diario de
Hamlet García. He leído sus 500 páginas en un espacio de tiempo mucho
menor que el que le hubiera podido dedicar en mi vida cotidiana; menos de una
semana.
La novela ocupa unas 400 páginas del volumen y en las cien primeras, el
editor Juan Rodríguez nos habla de la vida de Paulino Masip, de su exilio
en México y nos hace una interpretación de la novela. Estas páginas de
Rodríguez las he leído tras finalizar el libro y así recomiendo hacerlo, puesto
que destripa en ellas todo el argumento.
Aunque la novela está presentada como un diario, Rodríguez nos dirá que es
más una novela, puesto que no cumple con las características de narrar la
cotidianidad de los diarios. De este modo, en las primeras anotaciones, que
empiezan en enero de 1935, Hamlet García (su nombre parece presentar una
dicotomía entre lo elevado y lo popular) nos va a hablar de su infancia y
juventud, sin referencias a su vida presente, lo que no es lo habitual en un
diario. Y más tarde, en las anotaciones correspondientes al tiempo en el que
empieza la guerra civil (que son la mayoría de las presentes en el libro),
habrá días en los que Hamlet no escriba nada y habrá otros, principalmente la
entrada correspondiente a la noche del 19 de julio de 1936, con más de 30
páginas, con toda profusión de detalles y diálogos perfectamente recogidos, sin
mostrar dudas sobre lo que se dijo al tener que escribirlo tiempo después.
La novela empieza con el protagonista reflexionando sobre su propio nombre.
«No soy Príncipe de Dinamarca ni me baten vientos contrarios en la encrucijada
de un drama doméstico» (pág. 101 y primera frase del libro). Sabremos que tanto
el padre como el abuelo de Hamlet fueron catedráticos de Metafísica en la
universidad, y la vida de Hamlet estaba encaminada a heredar ese trabajo y esa
posición social. Sin embargo, en su adolescencia empezará a sentirse demasiado
incómodo al tener que enfrentarse a exámenes, donde los profesores le validan
de modo externo, y dejará de presentarse a ellos. De este modo, acabará el
bachillerato, pero no conseguirá el título, y acudirá a la universidad de
oyente para aprender Filosofía. Hamlet será un buen estudiante, que no falta a
una clase, pero no se examina. En principio, el lector toma esta actitud como
una inicial rebeldía del protagonista frente al determinismo familiar que le
venía impuesto. Hamlet se define a sí mismo como un «profesor ambulante de
Metafísica». Es decir, se dedica a dar clases particulares sobre filosofía en
Madrid. A través del diario, llegaremos a conocer a dos de sus alumnos
favoritos, Eloísa, una adolescente hija de un burgués, y a Daniel, de veinte
años y de ideas socialistas. El lector entiende que Hamlet tiene más alumnos,
pero nunca en el texto se hablará de ellos.
A pesar de que Ofelia, la mujer de Hamlet, le recrimina a este su falta de
ambición, y de que Hamlet se considera a sí mismo pobre, la impresión que le
causa la descripción de su vida al lector es que se encuentra ante un pequeño
burgués. Vive en la calle Torrijos, actual calle Conde de Peñalver, en el
barrio de Salamanca de Madrid, con su mujer, dos hijos y una criada. Y lo más
llamativo: cuando empieza la guerra, su mujer y sus hijos se encuentran pasando
el verano en Ávila, en casa de un familiar de la mujer, y Hamlet, solo en
Madrid, deja de trabajar. En ningún momento del diario, Hamlet insinúa que esta
incapacidad para dar sus clases particulares le suponga un problema económico.
De hecho, no parece tener dificultades para gastar dinero. Al principio, me
estaba pareciendo que este era un error compositivo de la novela, pero Juan
Rodríguez, preocupado por este mismo problema, nos da en su prólogo una
solución: aunque no nos lo cuente, Hamlet recibe ayuda económica de su familia
burguesa. Otro tema que me ha llamado la atención es que, durante las páginas
en las que se narra la guerra, Hamlet no hace ninguna referencia a su madre (su
padre ha muerto cuando él es joven), y no sabremos si aún está viva o muerta. A
pesar de esta apariencia de persona a la que no le interesa lo mundano, Hamlet
tiene arraigadas en su interior, algunas ideas muy burguesas y patriarcales. Al
lector actual le van a chocar algunas de las opiniones machistas de Hamlet: «Como
ellas viven desde que nacen hasta que mueren en función absoluta de los
hombres, creen que a los hombres les sucede lo mismo con respecto de las
mujeres» (pág. 118), o «Más incomprensible el descuido porque yo sabía que,
desde que me casé, mi mujer y yo habíamos entrado en una relación de vasos
comunicantes y sin vanidad varonil, puesto que la dependencia la establece la
especie, puedo decir que el suyo dependía, subordinado, del mío y jamás el mío
del suyo» (pág. 151). Sin embargo, el lector actual de esta novela publica, por
primera vez, en México en 1944 no debe alarmarse, porque la novela, la
intencionalidad de Masip al escribirla, no es machista, puesto que las descripciones
que hará Hamlet en su diario de los días de la guerra nos van a mostrar a más
de una mujer empoderada. Y el lector actual debe entender el libro como una
crítica de Masip a la complacencia de un intelectual como Hamlet, que no quiere
involucrarse en los problemas de su época.
Durante el año 1935 y comienzos de 1936, Hamlet no hará en su diario
ninguna anotación que ataña a la política del momento. A pesar de los tiempos
convulsos que España está viviendo, la intención de Hamlet parece mantenerse
siempre al margen de los problemas políticos, en los que no cree. De hecho, se
llama a sí mismo, más de una vez en la novela, «habitante perpetuo de las nubes».
Sin embargo, durante el año 1935, Hamlet tendrá que enfrentar algún problema
doméstico, puesto que la relación con su mujer Ofelia –que se siente poco
atendida– no pasa por su mejor momento. Y en diciembre de 1935, el padre de
Eloísa, va a intentar atraerle hacia la derecha política, no sabiendo Hamlet ni
siquiera en qué partido milita. Por las mismas fechas, su estudiante Daniel le
comunicará que se ha afiliado al partido Socialista. Una noticia que Hamlet va
a recibir con cierta molestia: «Ni en el fondo ni en la forma me molesta. Sin
embargo, es cierto que hay algo que me irrita en ello. Y es la presencia de un
fenómeno colectivo, de una especie de ventosa gigante que coge a los hombres y
les sorbe lo mejor de su ser. Ha pasado también cerca de mí y con gran trabajo
he conseguido escapar de su terrible succión. Tú no has podido. ¡Es una lástima!»
(pág. 166). Tampoco parece dar mucha importancia a las estampas de pobres en
Madrid de las que le habla Daniel. En estas escenas, Hamlet acaba siendo un
personaje un tanto irritante.
Cuando su sirvienta le comenta a Hamlet (los días previos al golpe militar)
que la calle se está revolucionando, este le quitará importancia, pensando que
esos hechos no van a tener capacidad para afectarle. Como el lector intuye,
Hamlet se va a equivocar y la realidad fáctica le va a obligar a dejar las
nubes en las que quiere vivir, porque estas mismas nubes las atraviesan ahora
bombarderos. La guerra va a empezar a transformar a Hamlet, sobre todo a partir
de la noche del 19 de julio, cuando se ve impelido a salir a la calle a buscar
a su desaparecida sirvienta y conseguirse algo de cenar. En el prólogo, Juan
Rodríguez señalará que este periplo nocturno a Antonio Muñoz Molina (uno
de los escritores que admira y ha avalado esta obra) le recuerda a los paseos
nocturnos de Max Estrella por Madrid en Luces de Bohemia de Ramón
del Valle-Inclán. Rodríguez también habla de la filiación literaria de
Hamlet García con El amigo Manso (1882), la novela de Benito
Pérez Galdós, que también tiene como protagonista a un filósofo al que el
escritor enfrenta a la vida cotidiana. A mí el viaje de esa noche, me ha
recordado a la literatura de Franz Kafka, puesto que la mirada de Hamlet
sobre el Madrid revolucionario no difiere mucho de la del agrimentor K. sobre
el castillo al que quiere llegar. Incluso, esa salida nocturna me ha recordado
a la del personaje de La ciudad de Mario Levrero, errando
por las calles y sufriendo encuentros extraños, novela puramente kafkiana.
El cambio de la mirada de Hamlet sobre la realidad se va a empezar a operar
incluso a nivel físico, ya que hasta ahora ha sido un hombre con baja libido y
la guerra, y la nueva situación vital que atraviesa (es un hombre solo en el
Madrid de la guerra), va a hacer que se acreciente su deseo sexual, como
ocurría en algunos relatos de Juan Eduardo Zúñiga. Como ya he contado
alguna vez, una de las cosas que más me gusta de leer novelas sobre conflictos
históricos es encontrarme con detalles novedosos e inesperados sobre esa
realidad. Por eso, trato de priorizar siempre a los escritores que fueron
testigos de los hechos, frente a aquellos que los recrean desde el futuro. De
este libro me llevo una imagen inesperada, que por extraña debe ser verdadera:
Hamlet ve pasar por debajo del balcón de su casa a coches llenos de milicianos,
que han atado colchones a sus techos para ser menos vulnerables si les disparan
desde arriba. Nunca lo había oído antes y por eso me encanta este detalle.
La prosa de la novela es límpida y también ingeniosa y bella. Por ejemplo,
así describe en las primeras páginas, Hamlet la muerte de su padre: «Entre el
tercero y el cuarto curso mi padre volvió a encogerse de hombros y esta vez
para siempre. Se encogió de hombros ante mi carrera, la suya, la vida, el
Universo, y como, por lo que se advertía, no pensaba cambiar de postura, lo
metimos en una caja de madera forrada de sarga negra y lo archivamos,
cuidadosamente etiquetado, en el Museo de los hombres, a la sombra de unos
cipreses esbeltos y oscuros».
Me ha sorprendido saber que Paulino Masip autopublicó El diario de
Hamlet García en México, y que en España no apareció hasta 1987 y que ni
con esta obra, ni con ninguna otra, tuvo una relevancia real como escritor.
Había empezado como dramaturgo y en México se ganó la vida escribiendo guiones
cinematográficos. Esta dedicación laboral (el cine) y vocacional (el teatro) se
nota en algunas de las páginas de El diario de Hamlet García, ya que los
diálogos del libro son abundantes, ricos y significativos, y algunos de ellos
incluso se encuentran en la novela con anotaciones propias del teatro (persona
que habla y dos puntos) y no con guiones de narrativa.
El diario de Hamlet García me ha parecido una novela relevante e
importante acerca de la guerra civil. Sobre su descripción en Madrid, me sigue
pareciendo mejor y más intensa Días de llamas de Juan
Iturralde, pero, desde luego, El diario de Hamlet García de Paulino
Masip creo que se merece más lectores que los que hasta ahora ha debido de
tener, que intuyo que deben de haber sido pocos.

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