domingo, 10 de abril de 2022

Del buen salvaje al buen revolucionario, por Carlos Rangel

 


Del buen salvaje al buen revolucionario, de Carlos Rangel

Monte Ávila Editores. 396 páginas. 1ª edición de 1976.

Prólogo de Jean-Francois Revel

 

Cuando en mis redes sociales comenté que estaba leyendo Las venas abiertas de América Latina (1971) de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940 ‒ 2015), no faltó quien se apresuró a afeármelo, ya que ‒según ellos‒ era un libro que no se podía leer porque en él era todo falso, como acabó diciendo el propio autor, cuarenta años después de haberlo escrito. Diría que había gente a la que le costaba comprender que me interesase acercarme a un libro que sabía que había sido muy leído en Latinoamérica durante décadas y traducido a múltiples idiomas. Más de una persona me recomendó que leyera mejor Del buen salvaje al buen revolucionario (1976) del venezolano Carlos Rangel (Caracas, 1929 ‒ 1988), un ensayo que se considera la antítesis del de Galeano.

 

Busqué el libro de Rangel y en España está descatalogado. De hecho, no sé si lo ha llegado a publicar alguna editorial española. En Iberlibro (la web de librerías de segunda mano) tenían algunos ejemplares a precios elevados. Decidí visitar la librería madrileña en la que se vendía con el precio más bajo, que era La Dulcinea (Calle Hermosilla, 132), que la ofrecía por 50 €, un precio bastante superior al que me suelo gastar en libros de segunda mano. Tras hablar con el librero, que era muy simpático, me lo dejó en 40 €, y decidí comprarlo para poder establecer un análisis comparativo con el de Galeano. Como el libro es una «joyita» valiosa y difícil de encontrar sopesé la idea de leerlo sin subrayarlo, como sí había hecho con el de Galiano, y como suelo hacer con los ensayos económicos o históricos que leo. Pero al final lo subrayé a dos colores y anoté ideas a lápiz en los márgenes. Si no lo hacía me iba a resultar mucho más difícil resumirlo y comentarlo.

 

Haré a continuación un resumen del contenido:

 

En la introducción, Rangel apunta: «Los latinoamericanos no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni sobre lo que queremos ser. ¿En qué consiste, exactamente, ese ser latinoamericano, que compartimos desde el Río Bravo hasta la Patagonia?» (pág. 23). Rangel para su libro va a hablar de Latinoamérica, principalmente, como de las 18 naciones americanas de habla española y va a dejar fuera a Brasil.

Rangel cita a Simón Bolívar, que escribió que América Latina es ingobernable para ellos, y caerá en manos de la multitud desenfrenada y después pasará a tiranuelos.

 

CAPÍTULO 1

DEL BUEN SALVAJE AL BUEN REVOLUCIONARIO

Los mitos fundacionales de América no son en absoluto americanos, sino que están creados por la imaginación europea. Colón, en su error histórico avanzando hacia Asia, se encuentra con América, y pensará que ha llegado en las bocas del Orinoco al «Paraíso terrenal». Colón era un hombre más de espíritu medieval que renacentista.

Pronto los conquistares quisieron buscar la Fuente de la Juventud, mito asociado al del Paraíso Terrenal. Además buscaban el Dorado, otro mito ancestral. Los descubridores crearon el mito más potente: el del Buen Salvaje, mito de la inocencia humana, que se daría en el Nuevo Mundo, una civilización donde todos eran iguales y dichosos. «Por causa del mito del Buen Salvaje, Occidente sufre hoy de un absurdo complejo de culpa, íntimamente convencido de haber corrompido con su civilización a los demás pueblos de la tierra.» (pág. 38) Según este mito, cuando América se libre de la corrupción podría volver al Paraíso terrenal, donde todas las personas serían dichosas.

Este mito del Buen Salvaje está mucho menos extendido en Norteamérica, porque sus colonos vinieron buscando tierra y libertad y no oro y esclavos. Solo vieron en el indígena un estorbo y no un siervo. «Los latinoamericanos somos a la vez descendientes de los conquistadores y del pueblo conquistado, de los amos y de los esclavos.» (pág. 40). El Buen Salvaje será alcanzado a través de la revolución, a través del Buen Revolucionario, según este mito.

A los criollos americanos, que formarán la estructura de poder de las futuras repúblicas, les fascinaba la rebeldía exitosa de los colonos ingleses de América del Norte. Aunque como amos en una sociedad esclava se saben rodeados de enemigos. Según Rangel, en las “Leyes de Indias” de los españoles figuraban numerosas disposiciones destinadas a proteger a los indios, y en contraste los gobiernos republicanos de Hispanoamérica van a ser todos representativos exclusivamente de los hacenderos criollos. Criollos que no tendrán otra meta que mantener intactas las estructuras sociales del latifundio y el peonaje. Además, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, estas clases dirigentes latinoamericanas comienzan a formular explicaciones o excusas sobre su fracaso en relación al éxito de Norteamérica y van a culpar al indio, al negro y a la mezcla de razas, y también al imperialismo norteamericano.

 

CAPÍTULO 2

LATINOAMÉRICA Y LOS ESTADOS UNIDOS

En 1700 el Imperio Español de América aparecía a los contemporáneos más rico, potente y prometedor que las colonias inglesas de Norteamérica. En 1700 las colonias inglesas de Norteamérica eran aún muy precarias. El país nacido en 1776 no parecía nada formidable. A finales del siglo XIX, Estados Unidos era sobre todo un país productor de materias primas, que exportaba, e importaba manufacturas y capital, las mismas condiciones que en el siglo XX se asegura que han causado pobreza en Latinoamérica. A comienzos del siglo XX, Estados Unidos pudo ganar la guerra de Cuba y realizar el canal de Panamá. Desde el comienzo prevalece en EE.UU. la idea de que el imperio de la ley es una conquista fundamental. El venezolano Francisco de Miranda será uno de los primeros latinoamericanos que recorran los EE.UU. y anote sus observaciones. Se da cuenta de que la tierra en EE.UU. está dividida en pequeñas parcelas y no en latifuncios.

«El imperialismo norteamericano en América Latina no es, desde luego, ningún mito. Solo que es una consecuencia y no una causa del poder norteamericano.», leemos en la página 55 y aquí Rangel parece encontrar una «justificación» a ese imperialismo.

Rangel habla de la «doctrina de Monroe» del siglo XIX, planteada por EE.UU., según la cual los países americanos llegan a un acuerdo de ayuda mutua en el caso de que los países europeos traten de nuevo de colonizarlos.

Tras la guerra contra España en Cuba de 1898, los Estados Unidos terminan de adquirir conciencia de gran potencia. A principios del siglo XX, Estados Unidos empieza a tratar de realizar la obra del Canal de Panamá, que ha beneficiado a la comunidad internacional. También el Canal supone el inicio del intervencionismo de Estados Unidos en Latinoamérica.

Entre 1905 y 1965 se han producido al menos 29 intervenciones de los Estados Unidos en el Caribe, tras lo cual quedaban en el poder de estos países dictadores al abrigo norteamericano. Estados Unidos pretendía principalmente, según Rangel, proteger el funcionamiento del Canal.

Rangel ironiza con la idea de que los «demócratas» latinoamericanos se alegraron por la desaparición de Trujillo, el dictador de República Dominicana, sin preocuparse de la casi segura participación de la CIA. «En cambio es de buen tono (…) ponernos francamente trágicos con relación al “pobre” Allende, quien sin embargo tenía bien adelantado, con la oposición de una clara mayoría de los chilenos, un proyecto para liquidar la democracia en Chile.» (pág. 70). Reconozco que con las comillas que sobrevuelan la palabra «pobre» en el texto de Rangel sufrí un choque cultural con el texto.

Rangel critica el victimismo latinoamericano que señala que los Estados Unidos son ricos porque ellos son pobres. Según Rangel, es más bien al revés, los Estados Unidos han contribuido de forma positiva al desarrollo de los Estados Unidos. Por ejemplo, la Constitución argentina de 1853 está casi calcada de la de Estados Unidos. Rangel aventura que tal vez, de no haber existido los Estados Unidos y la Doctrina Monroe, Latinoamérica podría haber sufrido un colonialismo europeo como el que sufrieron África o Asia. El éxito en el siglo XX de Estados Unidos se ve por muchos sectores latinoamericanos como una ofensa, que solo se compensa al pensar que ese éxito es a su costa. Pero los hechos lo contradicen: en este momento (mediados de los 70s) la tasa de crecimiento económico latinoamericano es superior a las de los países ahora desarrollados en el siglo XIX. Puerto Rico, bajo bandera norteamericana y sin grandes recursos naturales, ha alcanzado un desarrollo mayor que los países de la región, pero allí es donde se encuentra «la mayor amargura antiyanqui y el mayor resentimiento».

 

En 1941 Estados Unidos entra en la II Guerra Mundial y se despreocupa de Latinoamérica. Entre 1945 y 1952, con el plan Marshall, destina a Europa 45.000 millones en ayudas, y apenas 6.800 a Latinoamérica. Pero a partir de 1952, Estados Unidos sospecha que Stalin se están fijando en Latinoamérica para expandir sus ideas. Y en 1959 Fidel Castro entra en La Habana.

Según Rangel, entre 1898 y 1958 Cuba había sido una dependencia norteamericana y su principal industria era la azucarera. La clase dirigente cubana estaba formada dentro del sistema de valores norteamericanos. En 1959, Castro se transformó en un héroe a la altura de Bolívar para muchos latinoamericanos.

El gobierno de Allende, con su fracaso y su trágico final, contribuyó al repertorio de inexactitudes del que se nutre la conciencia latinoamericana. Rangel dice que ahora se ha descubierto un expediente de la CIA al que atribuir todos los fracasos. Se acabó identificando a toda oposición a Allende con la CIA para desacreditarla.

Rangel pasa a identificar varias situaciones grotescas en la que se culpa a la CIA de los problemas latinoamericanos, como que al abandonar el PC colombiano el escritor Gabriel García Márquez, se le acusó de ser agente de la CIA. Mediante este tipo de razonamientos Rangel trata de desacreditar la idea de una influencia «real» de la CIA sobre los gobiernos latinoamericanos, así que parece decirnos que si «cualquier mal» se atribuye a la CIA, nada se puede atribuir a la CIA en la realidad.

La izquierda latinoamericana comparte con el Tercer Mundo la tesis de que los países capitalistas avanzados deben su prosperidad al colonialismo y a la teoría de la dependencia. Parece proponerse una ruptura, con una posible incorporación al bloque soviético. Para Rangel, Latinoamérica y Estados Unidos deben trabajar juntos.

 

CAPÍTULO III

HÉROES Y TRAIDORES

Los latinoamericanos quieren verse a sí mismos como víctimas de España, en la Conquista y en la Colonia, y se quieren ver ajenas a todo lo español.

En 1810, los criollos ricos se vieron estimulados por la lucha de Napoleón contra los Borbones. La mayoría de los criollos eran conservadores y temían una guerra social. Estamos movidos por una aspiración nacionalista de ocupar los puestos de poder. También estaban presentes blancos pobres y una masa de indios, negros y pardos que no tendrían ninguna ventaja en la independencia. Todo esto generó una guerra civil, y la facción nacionalista o patriótica llegó a hacer suya la Leyenda negra contra España, lanzada por Fray Bartolomé de las Casas en 1552. Así los descendientes y herederos de los privilegios de los conquistadores llegaron a convencerse de que eran los descendientes de los indios asesinados y esclavizados. Muy pocos españoles peninsulares tomaron parte en los combates, aquellas fueron guerras civiles. Las nuevas naciones nacieron débiles y divididas. Bolívar no se hacía muchas ilusiones sobre una América unida. Los diferentes jefes van a tener la ambición de conseguir feudos personales.

La América Española se va a disipar durante el siglo XIX en pugnas intestinas, guerras civiles y golpes de estado, motivado todo esto por la falsa disyuntiva entre «Centralismo» y «Federación». En Argentina en pleno siglo XX se ha reivindicado como héroe al sanguinario tirano “federalista” Juan Manuel de Rosas. Según Rangel, en la práctica fue el más centralista de los gobernadores argentinos. Perón quiso renegar del proyecto civilizador argentino, por un plan que fomentaba todo lo contrario. Perón consiguió hacer retroceder a Argentina al oscurantismo “autóctono”.

Para Rangel, donde triunfaron los liberales se hicieron reformas no despreciables, como la separación entre la Iglesia y el Estado.

 

CAPÍTULO IV

ARIEL Y CALIBAN

El argentino Domingo Faustino Sarmiento fue ministro en Washington y trajo consigo un repertorio de ideas progresistas. Para Sarmiento, los Estados Unidos eran el modelo que debía seguir Argentina. Su libro Facundo es la biografía de uno de los caudillos regionales exterminados por Rosas. La «barbarie» sería el estado natural de las repúblicas latinoamericanas. En 1845, los tribunales de, por ejemplo, La Rioja, estaban ocupados por hombres que no sabían nada de derecho, y apenas 35 años antes, había libros, ideas y un espíritu europeo. Sarmiento no idealizó al gaucho, ni al indio ni al folklore. La superioridad de los pueblos europeos no hispánicos y de Estados Unidos le parecía evidente. Para Sarmiento, la Argentina de 1845 era algo parecido a la Edad Media, y la civilización estaba únicamente en las ciudades. A mediados del siglo XIX en Argentina se fomentó la inmigración y el país llegó a tener tantos habitantes nacidos allí como en el extranjero. Hoy (1976) está de moda ‒dice Rangel‒ renegar de las ideas de Sarmiento, Rivadavia o Mitre.

A finales del siglo XIX, la pampa argentina se convirtió en una de las regiones agropecuarias más productivas del mundo, con la combinación de capital y tecnología ingleses y de los inmigrantes italianos. Por eso, a Rangel le extraña que estos hijos de emigrantes europeos se sientan los herederos de los indios en contra del imperialismo yanki.

Como representación de la teoría del «buen salvaje», Rangel habla del «telurismo» que afirmaban que había un genius loci en la tierra, más importante que ningún otro determinante de la cultura o la acción humana. Ese espíritu en Latinoamérica reinaría antes del Descubrimiento. EL “telurista” más legible es para Rangel el argentino Ricardo Rojas: cuando tres siglos después se expulsa al conquistador, se produce una reivindicación nativista. Para Sarmiento, los latinoamericanos pobres sintieron que emanciparse del rey de España sería emanciparse de toda autoridad, y el resultado fue el regreso a la barbarie. Pero Rojas quería “reunir lo indio, lo gauchesco y lo español en lo americano”, según él, la raza es un fenómeno espiritual. Así el hijo de los más recientes emigrantes sería de la misma “raza argentina” que el indio más puro.

Para el mexicano José Vasconcelos el destino de América Latina sería servir de puente entre el mundo industrial blanco y el “Tercer Mundo”. Vasconcelos construyó la fábula de la «raza cósmica».

A Rangel le sorprende que Rojas o Vasconcelos fueran tomados en serio, o que un libro como Ariel (1900) del uruguayo José Enrique Rodó se tomara también serio. Rodó es un admirador de Atenas, y veía que Latinoamérica podía ser la «Nueva Atenas», la “Helena” de Rodó era en realidad Francia. Rangel dice que es ahora el marxismo la promesa de esa “Helena” de Rodó.

 

CAPÍTULO V

LATINOAMÉRICA Y EL MARXISMO

No ha sido exactamente Marx, sino Lenin con su teoría del «imperialismo» y la «dependencia» quien ha ofrecido una respuesta grandiosa y coherente al complejo de inferioridad de los latinoamericanos frente a Estados Unidos. Así el atraso latinoamericano y la riqueza estadounidense serían dos caras de la misma moneda. Los intercambios económicos y culturales, de este modo, solo traerían riquezas a la metrópoli y pobreza a las periferias. Marx nunca expuso algo así. Para Engels, incluso los pueblos precolombinos más adelantados, como México o Perú, se encontraban en estado de barbarie. Marx y Engels no se preocuparon por el mundo afroasiático y latinoamericano, ya se centraban en las relaciones de poder de los países capitalistas desarrollados. Hacia finales de siglo, los salarios reales de los trabajadores (según Rangel) no paraban de subir, y fue aquí cuando Lenin, Hobson y Hilferding promovieron la idea de que en el imperialismo era donde el capitalismo estaba encontrando su fortaleza.

«El proletariado de hombres de los países capitalistas avanzados, se había demostrado en la práctica insuficientemente combativo, decepcionante, vulnerable a mejoras reformistas en su nivel de vida y en sus condiciones de trabajo.», afirma Rangel en la página 153. Aunque no parece hablar nada de los movimientos obreros del siglo XIX que fueron los que consiguieron esas mejoras de las que habla; según se discurso el incremento de salarios o condiciones parece que se desprende del propio capitalismo.

En el Segundo Congreso de la Internacional Comunista (la Tercera Internacional) reunida en Moscú en 1920 se afirma que la gran mayoría de la población mundial está en manos de una minoría insignificante, y deberán apoyar todos los movimientos disidentes tales como el nacionalismo irlandés o el de los negros norteamericanos. Los países atrasados, según esta tesis, podrían llegar al desarrollo a través de la revolución.

El peruano Víctor Raúl Haya de la Torre y su partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) chocó con el leninismo, al no abrazar la idea de que los países atrasados debían ser la carne de cañón de una “Revolución Mundial”. La Internacional Socialista no veía peor enemigo que los socialistas no sometidos a su control.

El aprismo fue, y sigue siendo, la alternativa socialista latinoamericana al marxismo-leninismo. El aprismo no proponía como meta ninguna “dictadura del proletariado” sino la abolición de las estructuras de poder opresivas de Latinoamérica y el establecimiento de democracias reformistas. Según Rangel, los PC latinoamericanos, antes de Fidel Castro, fueron pequeñas sectas. En Cuba, Fidel cambió la dependencia del país de Estados Unidos por la de la URSS. Fidel Castro pasa a ser el ejemplo del «buen revolucionario». El Che apostaría por las «democracias armadas». Con Fiel y el Che en escena, los partidos apristas perdieron sus alas izquierdas y sus juventudes. Pero una vez ocurrida la Revolución Cubana la sorpresa no se podría repetir. Los norteamericanos intervinieron en Repúplica Dominicana en 1965 para evitar una nueva Cuba.

En Chile, el intento de revolucionar una sociedad latinoamericana con el ejército intancto y sin suprimir libertades públicas, desembocó en una dictadura implacable.
(Nota: Rangel parece tratar a Pinochet como a un fenómeno climático: Allende no se abrigó contra el frío y se acabó congelando, la culpa es de Allende).

Para Rangel sigue vigente el mito de que los problemas de Latinoamérica vienen de fuera. El antinorteamericanismo latinoamericano parece empeñado en reproducir más «Vietnams» por el mundo.

 

CAPÍTULO VI

LATINOAMÉRICA Y LA IGLESIA

«La Iglesia Católica tiene más responsabilidad que ningún otro factor en lo que es y en lo que no es la América Latina.» (pág. 197) Hay en Latinoamérica 300 millones de católicos (el libro se publica en 1976).

La Emancipación fue lo primero que en Latinoamérica se hizo sin la voluntad de la Iglesia. Sin embargo, los nuevos países se declarará católicos y la Iglesia siguió conservando sus privilegios, aliándose con los Partidos Conservadores.

Entre la Latinoamérica católica y la Norteamérica protestante se empieza a crear una gran diferencia; ya que el protestantismo está más conforme con las democracias. «La diferencia entre las dos Américas no es solo de éxito económico y de poder, sino de moralidad pública y privada» (pág. 201). En Norteamérica no se da, por ejemplo, la indefensión de la mujer-madre-soltera de Latinoamérica, apunta. En Latinoamérica se da mucha más irresponsabilidad paterna que en Estados Unidos. Y esto se arrastra, según Rangel, desde la época de los conquistadores españoles, que desataron en Latinoamérica su afán de lujuria. La sociedad norteamericana actúa con más fuerza contra los deshonesto, y pone el ejemplo del Watergate. Sin embargo, alguien como el mexicano Leopoldo Zea apunta que gracias al catolicismo el indio tuvo una identidad en Latinoamérica, que le fue despiadadamente negada al indio norteamericano.

 

La evangelización cristiana no se va a distinguir de objetivo político o económico. Los frailes serán tan numerosos como los funcionarios. A favor de la Iglesia, Rangel señala que en el siglo XVI se debatió por primera vez sobre el derecho de los fuertes de esclavizar a los débiles. Aunque los propios principios que se promulgaron desde las instituciones no se llegaron a cumplir. En las minas de Perú a los indios no se les permitía salir a la superficie, vivían y morían en las profundidades de la Tierra (nota: aquí Rangel se parece a lo que apunta Galeano). Rangel sí cuestiona las grandes cifras sobre el exterminio de indios. Los aborígenes de América, lejos de ser exterminados, continuaron siendo la inmensa mayoría de la población.

En México la Iglesia llegó a poseer la quinta parte del territorio.

Los jesuitas llegaron a Paraguay en 1588, y en un siglo llegaron a crear 30 misiones (llamadas «reducciones») con 100.000 indios. La actitud de los jesuitas hacia los indios era la de adultos a cargo de niños. En 1767, el rey Carlos III expulsó a los jesuitas del Imperio Español y confiscó sus propiedades. Clero no jesuita y funcionarios civiles se trasladaron a Paraguay y en pocos años los indios se dispersaron. En el siglo XIX se despoja en Latinoamérica a la Iglesia de muchos de sus privilegios y propiedades. A la Iglesia siempre le costó diferenciar entre liberalismo y marxismo.

En el siglo XX se está dando una simpatía entre comunistas y la Iglesia, ya que los comunistas se han convertido en apologistas de la pobreza ejemplar.

Según Rangel, en las sociedades liberales, incluso en Latinoamérica, las iglesias están vacías, mientras que en ninguna parte está la fe católica tan viva como en las comunistas Polonia o Hungría (nota: esta tesis me parece exagerada).

 

CAPÍTULO VII

ALGUNAS VERDADES

«La Iglesia Católica, la influencia de los Estados Unidos, y más recientemente del marxismo, no son elementos exteriores a Latinoamérica, sino, de una manera o de otra factores de la esencia latinoamericana.» (pág. 237)

En México, Hernán Cortés y todos los conquistadores son tenidos por execrables invasores y ocupantes, contra los que la nación mexicana (pre-colombina), reaccionó exitosamente trecientos años más tarde.

Para Rangel, existe en su actualidad una sobrevalorización “comprometida” del componente aborigen de la cultura latinoamericana. Lo que se buscaba en ese momento era potenciar el mito del «buen salvaje». Dice Rangel, que indios puros hay en Latinoamérica entre 15 y 20 millones, menos del 10% de la población. Lo que es falso es postular que el ser esencial de los latinoamericanos se derive de las culturas precolombinas. Para Rangel, las culturas precolombinas merecen todo el respeto, pero ni siquiera las civilizaciones Inca y Azteca tuvieron ni remotamente la importancia y el brillo que se les ha atribuido. «La verdad es que somos sobre todo herederos biológicos y culturales de los presuntos invasores.» (pág. 242). A Rangel, la primera mentira es la idea de que los aborígenes fueron demográficamente importantes. El padre Bartolomé de las Casas usó datos inflados para su denuncia. Entre los animales que no existían en América antes de los españoles estaban los caballos, asnos, vacas, cerdos, cabras, conejos, aves de corral, no se conocía tampoco el trigo, el centeno, la vid, la caña de azúcar, los cítricos… Según Federico Engels las sociedades americanas desprovistas de casi todos los cereales y animales domésticos (salvo la llama) debían ser pobres en población y vitalidad.

Mancio Sierra de Leguízamo fue el último de los supervivientes del grupo de aventureros que viajaron al Perú con Pizarro, y en su lecho de muerto declaró que estaba arrepentido de haber contribuido a destruir la cultura Inca, que le parecía perfecta. Sin embargo, Rangel señala que la población estaba organizada en una pirámide de jerarquías rígidas y sacralizadas. Los campesinos rasos no recibían educación. Cortés conquistó México con 600 hombres, y Pizarro el Imperio Inca con 180. La población de América va a empezar a aumentar en este momento.

El andaluz, el extremeño o el castellano que iban a “las Indias” no se sentían «de España», dice Rangel, y mucho menos se iban a sentir de «América», como sí se van a sentir los emigrantes a los Estados Unidos. Entre los españoles florece la figura del «indiano» que sueña con regresar a España, aunque muchos se quedaron y engendraron hijos bastardos. (Nota: Rangel decía que iba a aplicar en su ensayo el método científico, pero hace muchas apreciaciones de «opinador»).

El colono norteamericano llegó a América dispuesto a ser un pequeño agricultor él mismo, y en Latinoamérica el colono llegó a América para fundar pueblos y controlar el territorio, organizado en encomiendas y trabajado por esclavos.

Según Rangel, se comenta que uno de los problemas de Latinoamérica es la mala repartición de la tierra. Pero las reformas agrarias han resultado decepcionantes. El latifundio le parece un lastre cuando tiene su origen en una sociedad esclavista. Las dificultades de las reformas vienen porque los descendientes de los esclavos han heredado la idea de que otros decidan por ellos, y cuando los beneficiarios de la tierra son los indios no hispanizados el resultado es peor, porque están acostumbrados a vivir en la economía no monetaria.

Las haciendas latinoamericanas no producían para la autosuficiencia, sino para la exportación. Casi toda la tierra cultivable se concentra en manos de una minoría, y existe un excedente de población, gente que construye chozas y desarrolla una agricultura de subsistencia.

Para Rangel no es una casualidad que el sur de los Estados Unidos haya tenido una evolución similar a Latinoamérica, al partir las dos de una sociedad esclavista. Los esclavos tienden, con razón, a realizar el mínimo esfuerzo y los amos tienden a considerar el trabajo algo propio de esclavos. La sociedad hispanoamericana del siglo XVI tiene una proporción de hidalgos, clérigos, licenciados… mayor que la de la sociedad europea de la época. Además la sociedad esclavista riñe con el ánimo de la revolución industrial.

En Estados Unidos fue en Nueva Inglaterra, lejos de los campos de algodón, donde se desarrolló una industria textil, al amparo de un arancel proteccionista. En pocos años el Norte se industrializó. En 1860 el Sur fue a la guerra convencido de que debía romper la dependencia que tenía con el Norte.

 

CAPÍTULO VIII

ALGUNAS VERDADES MÁS

España, en 300 años de imperio en América, llegó a no diferenciar rígidamente entre «metrópoli» y «colonias», sino que lo logró trasladar su cultura a Hispanoamérica.

Los colonos norteamericanos, al emigrar a América, se libraron de los resabios del feudalismo. Para los norteamericanos declararse independientes no supuso un desgarro espiritual, pero para los latinoamericanos sí fue una profunda crisis moral.

En la guerra de la independencia, Venezuela perdió a más de la mitad de su población. Uruguay también. En 1800 el naturalista Humboldt se maravilló de la celeridad y seguridad con la que una carta podía llegar de Buenos Aires a México, y en el siglo XIX las comunicaciones quedaron más de un siglo interrumpidas. La estructura productiva y financiera quedó en ruinas. España creó en Latinoamérica sociedades cerradas, poco propensas al comercio. En 1824 las repúblicas latinoamericanas se van a ver forzadas a participar en el mercado mundial capitalista.

Los criollos, que dirigirán los países latinoamericanos, serán descendientes de los que se quedaron en América habiendo deseado volver, y una parte de ellos permanecerá fuera de la sociedad.

Para Rangel, la universidad latinoamericana es uno de los más importantes bastiones para el mantenimiento de los privilegios tradicionales, porque a ellos solo acuden personas de clase media o alta.

«Los llamados “intelectuales” latinoamericanos están más llenos de falsedades y trampas que casi cualquier otro (…). Intelectuales han sido y siguen siendo los encargados de formular las apologías para todos los poderosos; han sido y siguen siendo los “secretarias” de todos los caudillos.», y según él la mayoría al abrazado el marxismo. (Nota: de nuevo Rangel, parece dar opiniones y no datos científicos). Después rebaja este comentario, diciendo que no todos son así, y cita a Borges, Sábato, Rulfo, etc.

 

CAPÍTULO IX

LAS FORMAS DEL PODER POLÍTICO EN AMÉRICA LATINA (1)

Las repúblicas latinoamericanas no han logrado restablecer un equilibrio institucional en el reemplazo del que fue destruido entre 1810 y 1824. En los últimos 50 años, México ha sido el único país latinoamericano sin cambios de gobierno. En Bolivia desde 1835 hasta 1976 ha habido más de 160 guerras civiles o golpes de Estado. Al final ha ocurrido que en estos países han surgido “caudillos” que han llegado a Hispanoamérica a un feudalismo primitivo. Sarmiento relata en Facundo que, entre 1835 y 1840, casi toda la población adulta de Buenos Aires conoció la prisión.

Rangel afirma que para ser un “Caudillo” en Latinoamérica durante 50 años hace falta el apoyo de los Estados Unidos, y aquí parece darle la razón a las tesis de Eduardo Galeano.

Según Rangel, Argentina es el más exitoso de los países hispanoamericanos, pero sufre un gran complejo de inferioridad respecto a Estados Unidos. La Constitución argentina de 1853 se asemeja a la de los Estados Unidos, y también le copiaron la política de inmigración abierta. Entre 1860 y 1910, el periodo de máximo crecimiento de Argentina, el país logró parecerse a los Estados Unidos. Pero fue incapaz de conducir el periodo de acumulación de capital hacia una distribución de la riqueza y del poder. En 1943 tiene lugar el golpe militar del Grupo de Oficiales Unidos, del que forma parte el general Perón. En 1943 había en Argentina más empleados en la industria que en la ganadería y en la agricultura. Perón fortaleció a los sindicatos. En 1946 llega al poder democráticamente, en un momento en el que el país había acumulado un excedente de recursos y de reservas. Perón dilapidó este exceso. Los salarios de los trabajadores fueron aumentando sin ninguna relación con la productividad. Desde entonces, según Rangel, la Argentina ha sido prácticamente ingobernabable. «Demagogo brutal e inescrupoloso que fue Juan Domingo Perón, uno de los más perniciosos faltos héroes de nuestra historia latinoamericana.», con estas palabras termina Rangel de hablar de Perón en la página 331.

 

CAPÍTULO X

LAS FORMAS DEL PODER POLÍTICO EN AMÉRICA LATINA (2)

Dice Rangel que son mucho más famosos en Latinoamérica los caudillos demagogos, como Perón o Castro, que los políticos más moderados y liberales como Rómulo Betancourt, Eduardo Frei, Rafael Caldera o Carlos Andrés Pérez. Y dice que un lector europeo se preguntará quiénes son estos hombres de los que nunca ha oído hablar. En mi caso, he de reconocer que Rangel tiene razón. Para Rangel, Frei (Presidente de Chile, 1964-70) y Caldera (presidente de Venezuela, 1969-74) son los dos más destacados dirigentes demo-cristianos del Hemisferio Occidental. Betancourt creó el partido Aprista venezolano, y rechazó la obediencia servil exigida por los comunistas ortodoxos de la URSS. Betancourt se convirtió en el presidente de Venezuela, y su ministro Juan Pablo Pérez Alfonzo en el promotor de la OPEP. Rangel dice que los países ricos habían comprado el petróleo de los países pobres a precios injustos, y en esto se parece a las ideas de Galeano. Pero los comunistas latinoamericanos tacharon a Betancourt y Pérez Alfonzo de traidores y lacayos del imperialismo. Según Rangel, esta nacionalización del petróleo de Venezuela ha funcionado mejor que las expropiaciones de Cuba, sin necesidad de «vietnamizar» el país. Pronto Betancourt estuvo entre dos aguas, por un lado la República Dominicana de Trujillo y por otro los procastristas venezolanos. Trujillo facilitó a los detractores de Betancourt armas para realizar un atentado contra él en 1960.

 

En 150 años de independencia, Chile había llegado a formar una sociedad con unos valores homogéneos para toda la sociedad. Chile se había abierto a los avances culturales de Occidente. Allende fue electo en Chile por el 36,2% de los votos, mientras que el candidato conservador, Jorge Alessandri, recibió un 34,9%.

«Salvador Allende estaba comprometido, si no consigo mismo, sí con los elementos castristas y guevaristas de la Unidad Popular, a intentar convertir la sociedad democrática, de transición, de valores compartidos, homogénea, tolerante, respetuosa de las ideas ajenas que efectivamente existía en Chile hasta 1970 (según reconocen hasta algunos allendistas, tales como Matner) en una sociedad marxista-leninista.» (pág. 355)

Según Rangel, Allende enfrentó a los chilenos haciéndoles ver que existía un conflicto de clases irresoluble. Y según Rangel, Chile apoyó con júbilo y alivio el golpe de Estado de 1973.

Sobre el golpe de Estado: «Nadie sino el propio Allende y sus colaboradores pueden ser culpados por semejante trágico desenlace.», escribe Rangel. Ya he dicho que al golpe de Estado de Pinochet lo trata como a un fenómeno meteorológico. Según Rangel Allende llevó a Chile a una dictadura.

Creo que cuando Rangel ha analizado el caso de Chile, de Allende y Pinochet, ha sido el momento en el que más he chocado con sus ideas.

Allende empezó subiendo los salarios en Chile, congelando los precios y subiendo el gasto público. Esto provocó un inicial incremento del empleo en 1971 y de los salarios reales un 30%, pero esta riqueza se basaba en la liquidación de haberes y en disipar la acumulación de riqueza anterior. Apareció el mercado negro. Chile se declaró insolvente y solicitó una moratoria para la deuda externa. Luego estalló la inflación. En 1972 hubo una huelga de camioneros.

Por lo que conozco del periodo de Allende por otros medios, tengo la sensación de que Rangel está obviando el bloqueo y el boicot de la clase alta chilena al proyecto de Allende con la ayuda de los Estados Unidos.

En la página 365, Rangel admite que en la huelga de camioneros pudo estar implicada la CIA. Pero si recordamos ya, astutamente, en el capítulo 2 de su libro había desacreditado la idea de que la izquierda latinoamericana achacaba todos los problemas de sus países a la intervención de la CIA, mediante el recurso narrativo de encontrar ejemplos exagerados, grotescos y falsos donde se atribuía a la CIA un intervencionismo ridículo, y esto parecía sugerirnos que «cualquier» sugerencia en este sentido era ridícula.

 

CAPÍTULO XI

LAS FORMAS DEL PODER POLÍTICO EN AMÉRICA LATINA (3)

En Perú hubo un golpe de Estado militar en 1968. La función del ejército desde 1924 había sido la de bloquear al APRA, partido que se oponía al poder criollo. Pero en 1968, el ejército en su golpe de Estado decidió asimilar al APRA, para en vez de “gorilas” ser nacionalistas, revolucionarios y antiimperialistas. El gobierno militar peruano nacionalizó empresas norteamericanas.

Según Rangel, todo esto que hicieron los militares lo podía haber hecho el APRA, pero los militares además eliminaron la prensa independiente, y la izquierda latinoamericana entendió esto último como un “golpe” al imperialismo.

El libro finaliza con una diatriba contra Fidel Castro y los regímenes marxista-leninistas.

 

CONCLUSIÓN

Me ha resultado interesante haber leído casi seguidos Las venas abiertas de América Latina (1971) de Eduardo Galeano, y Del buen salvaje al buen revolucionario (1976) de Carlos Rangel. Creo que con los dos libros he conseguido conocer mejor Latinoamérica, o al menos en una época, la correspondiente a la Guerra Fría, y formas diferentes de mirar la realidad histórica del continente.

 

Creo que Galeano peca de victimista y de aceptar a pie juntillas la teoría de la dependencia, según la cual Latinoamérica es pobre porque otros son ricos. Creo que no analiza bien la historia de la riqueza de Argentina entre 1860 y 1910, por ejemplo. Y yerra en su exaltación del modelo cubano de Castro.

Me gusta el análisis que hace Rangel del posible «fracaso» de Latinoamérica como de un fracaso propio, a raíz del tipo de sociedades que se constituyeron, con amos y esclavos,  o con el poder de la iglesia. Y de cómo están constituidos los países latinoamericanos, que en su gran mayoría descienden más (biológica y culturalmente) de los conquistadores que de los indios. Creo que yerra cuando en su afán anticomunista minimiza la importancia de la intervención de Estados Unidos en los conflictos latinoamericanos del siglo XX. El libro de Rangel se publica en 1976, y es posible que aún no conociera el apoyo de Estados Unidos a la dictadura de Videla en Argentina en 1976, pero no se puede decir lo mismo del golpe de Estado en Bolivia en 1971 por el general Hugo Banzer, Republica Dominicana en 1961 por Trujillo. O no habla de los intereses de compañías norteamericanas como la American Fruit Company, que hicieron que Estados Unidos ayudara a establecer dictaduras en Centroamérica, como en El Salvador o Nicaragua. De estas realidades, Rangel ha preferido no hablar en su libro, porque ya tenía a Cuba para hablar y de Chile, donde, como hemos visto, Allende «llevó al país a una dictadura».

domingo, 3 de abril de 2022

Las venas abiertas de América Latina, por Eduardo Galeano

 


Las venas abiertas de América Latina
, de Eduardo Galeano

Editorial Siglo XXI. 349 páginas. 1ª edición de 1971, ésta es de 2021.

 

Lo cierto es que nunca había leído nada de la obra de Eduardo Galeano (Montevideo, 1940 ‒ 2015) porque le tenía mentalmente catalogado (sin estar seguro de tener o no razón) como «escritor cursi». Sin embargo, hace unos ocho años mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, cuando vivía en Madrid, me preguntó si había leído Las venas abiertas de América Latina, un libro ‒aseguraba‒ que todos los latinoamericanos habían leído. Le dije que no, y entonces él le quitó importancia a su pregunta, diciendo que tampoco hacía falta que lo hiciera. Me quedé con la intriga desde esos días.

Normalmente elijo ficción para leer, porque considero la lectura un entretenimiento, un refugio del cansancio diario, pero, de vez en cuando, me he estado acercando, durante los últimos años, a algún ensayo, sobre todo de teoría económica, y pensé que Las venas abiertas de América Latina podía encajar en este tipo de lecturas. Además quería conocer de primera mano un texto que sabía que había sido importante para varias generaciones de latinoamericanos, zona del mundo que suele ser de mis preferidas para elegir mis lecturas de libros de ficción.

 

En 2021 se han cumplido cincuenta años desde la publicación original del libro y, por el mismo precio, me compré la «edición conmemorativa» que tiene tapas duras, sobrecubierta, es más grande (y esto hace que los reglones se muestren en la página más oxigenados), ilustraciones, y venía acompañado de unas láminas ilustradas.

 

El libro empieza con el siguiente párrafo: «La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones.» En estas palabras se encuentra resumido el ensayo de Galeano, que, desde la primera línea, establece una conversación con el escocés Adam Smith, cuyo ensayo La riqueza de las naciones (1776) comienza así: «El mayor progreso de la capacidad productiva del trabajo, y la mayor parte de la habilidad, destreza y juicio con que ha sido dirigido o aplicado, parecen haber sido los efectos de la división del trabajo.»

Si Smith nos habla de las bondades de la especialización, Galeano nos va a mostrar sus problemas, extrayendo ejemplos de la historia de Latinoamérica, así que Las venas abiertas de América Latina fue escrito como una antítesis de La riqueza de las naciones.

 

Una de las tesis del liberalismo económico es que la economía no es un juego de suma cero, ya que consideran que si el mercado funciona de un modo libre todos sus participantes saldrán ganando. Galeano no comparte esta tesis: «La historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial.» (pág. 16)

 

Las venas abiertas de América Latina se estructurada ocupándose, en cada una de sus partes, de la explotación de algún tipo de bien. El texto se divide en dos bloques, el primero se llama La pobreza del hombre como resultado de la riqueza de la tierra. Y su primero capítulo es Fiebre del oro, fiebre de la plata. Galeano se remonta a la época del descubrimiento de América, por parte de los europeos, para hablarnos de la obsesión inicial de los conquistadores por el oro. «La hazaña del descubrimiento de América no podría explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas que imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado del mar.» (pág. 27).

En algunas islas del Caribe, como en Dominica, los nativos fueron exterminados en la imposición de las duras tareas de los lavaderos de oro. Algunos indígenas se suicidaban y mataban a sus hijos.

 

Una de las críticas a Galeano consiste en señalar que cae en el mito del «buen salvaje». Es cierto que no habla de las luchas que existían entre los pobladores de Mesoamérica o los incas, que permitieron que Hernán Cortés o Francisco Pizarro pudieran realizar sus conquistas, y sí señala, sin ahondar en ello, una realidad que no es falsa: «Había de todo entre los indígenas de América: astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra.» (pág. 30). Además fueron elementos como los caballos, desconocidos en América, los que ayudaron en la conquista, y las enfermedades diezmaron a los indios.

En 1521, Cortés conquista Tenochtitlán, y durante años excavaron el fondo del lago en busca de oro.

 

Es muy interesante el capítulo España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche. En él se habla de que la Corona española estaba endeudada, y casi todos los cargamentos de oro y plata que llegaban a España se iban a los banqueros alemanes, genoveses o flamencos. «Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible.» La Corona española abría frentes de guerra y la aristocracia se dedicaba al despilfarro. Los capitalistas españoles compraban títulos de la Corona y se convertían en rentistas, en vez de incrementar el desarrollo industrial. Los telares españoles, por ejemplo, fueron desapareciendo durante el siglo XVI.

En las colonias no se diversificaron las economías internas y las clases dominantes se dedicaron a despilfarrar. El número de europeos y criollos desocupados aumentaba  sin cesar. «El valor de las exportaciones latinoamericanas de metales preciosos fue, durante prolongados periodos del siglo XVI, cuatro veces mayor que el valor de las importaciones.» (pág. 43), ésta es una idea sobre la que Galeano volverá varias veces en el libro.

 

Me ha sobrecogido la historia de la ciudad de Potosí, actualmente en Bolivia. En 1650 se convirtió en una de las más grandes y ricas del mundo, debido a sus minas de plata, edifica sobre ocho millones de cadáveres de indios, apunta Galeano (una cifra que parece una exageración). En la actualidad (el libro se escribió en 1970) Potosí tiene tres veces menos habitantes que hace cuatro siglos.

 

Galeano afirma: «Los indios de las Américas sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio después se habían reducido, en total, a sobre tres millones y medio.» (pág. 53) la fuente que cita Galeano es la de Darcy Ribeiro, con datos de Henry F. Dobyns y Paul Thompson. He buscado en internet información sobre estas cifras y no parece haber un consenso muy claro sobre ellas. Galeano toma, en cualquier caso, las estimaciones más altas posibles de muertes de indígenas americanos.

 

Galeano habla de las Leyes de Indias, pero que en muchos casos se incumplían, y los indios trabajaban en las montañas de Potosí en muy malas condiciones. Al usarse mercurio para extraer la plata, los trabajadores morían envenenados.

Desde 1536 los indios eran otorgados en encomienda junto a su descendencia. Es decir, debían trabajar como esclavos para un líder procedente de España, y además debían ser evangelizados.

 

Después, Galeano habla del oro de Brasil, que se tardó más en descubrir que el de México, o la plata de Potosí. Pero dos siglos más tarde el oro apareció en Minas Gerais. 10 millones de negros se trasladaron desde África hasta la abolición de la esclavitud en Brasil. Muchos de estos negros morían en la travesía marítima, y de media solían aguantar 7 años trabajando antes de morir.

Más de la mitad del oro de Brasil acababa en Inglaterra y Holanda, que usaban este oro para concentrar inversiones de capital en el sector manufacturero.

 

El segundo capítulo se titula El rey azúcar y otros monarcas agrícolas, y en vez de la explotación de los minerales de Latinoamérica, Galeano nos habla ahora de los problemas que sufrió la región con los monocultivos.

Colón llevó el azúcar a América y se convirtió, durante tres siglos, en su producto agrícola más solicitado. Y para su producción se usaba mano de obra esclava. Hasta mediados del siglo XVII, Brasil fue el mayor productor de azúcar del mundo, a la vez que Brasil era el mayor mercado de esclavos del mundo. Las empresas holandesas participaban en la instalación de los ingenios y en la importación de esclavos, además de recoger el azúcar en bruto en Lisboa.

Según Galeano, en 1970 el nordeste de Brasil es, en la actualidad, la región más subdesarrollada de Occidente, y esto es una herencia de la dependencia del monocultivo del azúcar.

 

En Cuba también entró con fuerza el monocultivo del azúcar, una industria creada sobre las necesidades de otras naciones. La dictadura de Batista vendía casi todo su azúcar a Estados Unidos. «El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos.» (pág. 95). Aunque Adam Smith decía que el descubrimiento de América había «elevado el sistema mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no se hubiera alcanzado jamás», según Sergio Bagú, el más formidable motor de acumulación de capital mercantil europeo fue la esclavitud americana. Un dato escalofriante: de los 70.000 esclavos que la Compañía Africana embarcó entre 1680 y 1688 solo 46.000 sobrevivieron a la travesía, y, sin embargo, esta compañía daba un 300% de dividendos y entre sus accionistas figuraba Carlos II.

Aunque Inglaterra fue la gran potencia esclavista, en el siglo XIX pasó a ser la principal potencia antiesclavista, porque ahora necesitaba mercados con mayor poder adquisitivo, y esto hacía que prefiriese asalariados a esclavos.

 

La trata de esclavos en Nueva Inglaterra facilitó también la acumulación de capital que dio origen a la revolución industrial en Estados Unidos: en el siglo XVIII, los barcos de Boston, Newport o Providence llevaban barriles de ron hasta las costas de África; allí cambiaban el ron por esclavos, que se vendían en el Caribe y de allí llevaban melaza a Massachussetts, donde se destilaba y se convertía en ron. En Estados Unidos se quedaban los grandes beneficios de este proceso.

En 1888 se abolió la esclavitud en Brasil.

 

Otro monocultivo al que se entregó Brasil fue al del caucho, que disponía de casi las reservas mundiales de goma. Los ingleses consiguieron trasladar las semillas a Malasia y la prosperidad de la goma de Brasil se hizo humo.

 

La prosperidad de Venezuela se identificó con el cacao, pero de nuevo los ingleses desarrollaron sus propias plantaciones en África y se acabó esta prosperidad.

Brasil también se dedicaba al algodón, pero la producción a gran escala del sur de Estados Unidos y sus mejoras tecnológicas tiraron los precios y Brasil quedó fuera de juego.

 

Uno de los grandes problemas que ve Galeano a los monocultivos es la dependencia de las fluctuaciones de precios internacionales, que hace que los mercados de Latinoamérica acaben hundiéndose. Además, los productores sufren bajadas de precios para los trabajadores en sus sectores, pero en los países ricos las personas que distribuyen o manipulan esos productos reciben salarios mucho más altos.

 

«En toda Centroamérica los embajadores de los Estados Unidos presiden más que los presidentes.» (pág. 125). Los Estados Unidos ocuparon Haití durante 20 años, a partir de 1915. En otros países, como en Guatemala, cuando el gobierno quiso iniciar una reforma agraria (en 1952, con el presidente Juan José Arévalo), Estados Unidos ayudó a derrocar al presidente electo, imponiendo a un dictador, para perpetuar el poder latifundista sobre la tierra.

 

En Argentina, José Artigas sí inició realmente una reforma agraria en 1815 y luchó contra el centralismo de Buenos Aires o Montevideo. Pero la intervención extranjera acabó con esto de nuevo.

La Revolución mexicana también sufrió varias veces la intervención de los Estados Unidos. Según Galeano, una de las claves de la prosperidad de Estados Unidos es que los peregrinos del Mayflowers no atravesaron el mar en busca de tesoros legendarios, ni para explotar a la mano de obra indígena, sino para establecerse con sus familias y reproducir el sistema de vida europeo. Así en las 13 colonias originales el centro de la vida económica estuvo en las granjas y en los talleres y no en el monocultivo.

 

El tercer capítulo de la primera parte se titula Las fuentes subterráneas del poder. Los norteamericanos importan la séptima parte del petróleo que consumen, un quinto del cobre y la mitad del cinc. Estados Unidos sigue comprando estas materias primas en Latinoamérica. Según Galeano, los golpes de estado en Argentina han seguido los ciclos de las licitaciones del petróleo.

En Perú, a mediados del siglo XIX, se desarrolló la industria del guano como fertilizante.

La guerra entre Chile, Perú y Bolivia, que tuvo que ver con los impuestos al salitre, fue la Guerra del Pacífico entre 1879 y 1883. Sin embargo, en 1890 Chile destinaba a Inglaterra las tres cuartas partes de sus exportaciones, y Chile funcionaba como un apéndice de la economía británica.

Según Galeano, Simón Patiño era el dueño de la mejor veta de estaño de Bolivia y ponía y quitaba presidentes a su antojo, desde Europa.

El control del petróleo en el mundo está en manos de un cártel nacido en 1928, cuando la Standard Oil de Nueva Yersey, la Shell y la Anglo-Iranian (hoy British Petroleum) se pusieron de acuerdo para dividirse el planeta. Según Galeano, los intereses de este cártel fueron los que promovieron la guerra del Chaco (1932-35).

De Venezuela proviene casi la mitad de los capitales que Estados Unidos sustrae de Latinoamérica y en 1970, Venezuela es uno de los países más pobres de la zona. Además los indígenas fueron despojados de sus tierras, en las que había petróleo.

 

La segunda parte del libro se titula El desarrollo es un viaje con más náufragos que navegantes.

Su primer capítulo es Historia de la muerte temprana y en él se habla de la influencia de Gran Bretaña sobre los países latinoamericanos, una vez que estos se independizaron de España y Portugal. Así los cueros del Río de la Plata eran pagados con tejidos ingleses. Como imagen significativa, Galeano apunta que cuando el 25 de mayo de 1810 se constituyó en Buenos Aires la junta revolucionaria una salva de cañonazos de los buques británicos la celebró desde el río. Galeano sigue cuestionando las ideas de Adam Smith al escribir que el liberalismo económico dañó las incipientes manufacturas locales. Galeano da cifras del crecimiento industrial manufacturero, anterior a la independencia, y así señala, por ejemplo, que en Cochabamba había 80.000 personas dedicadas a la producción de lienzos de algodón.

Los gauchos argentinos acabaron llevando ponchos fabricados en Yorkshire.

Según Galeano, el liberalismo económico se convirtió en una verdad revelada para Gran Bretaña solo a partir del momento en el que estuvo segura de ser la más fuerte y después de haber desarrollado su propia industria textil al abrigo de la ley más proteccionista de Europa. Latinoamérica entró en la órbita británica como suministradora de materias primas y compradora de productos elaborados, de la que solo saldría para cambiar a Gran Bretaña por Estados Unidos.

En 1844, las plantas de Puebla (México) producían 1.400.000 cortes de manta gruesa, pero la inestabilidad política y las presiones europeas hicieron que esta industria hubiera desaparecido en 1850.

«La casi totalidad de los ingresos de Buenos Aires provenía de la aduana nacional, que el puerto usurpaba en provecho propio, y más de la mitad se destinaba a los gastos de guerra contra las provincias, que de este modo pagaban para ser aniquiladas.» (pág. 207)

El gobierno de Juan Manuel de Rosas dictó en 1835 una ley de aduanas proteccionista, hasta la batalla de Caseros de 1852, en la que de venció a Rosas, había en Buenos Aires más de cien fábricas prósperas. El gobierno inglés intervino frente a las restricciones del comercio de Rosas. Para Sarmiento, Rosas solo era el símbolo de la barbarie. El presidente Bartolomé Mitre inició en 1862 una guerra de exterminio contra las provincias.

 

En la guerra de la Triple Alianza, Brasil, Argentina y Uruguay destruyeron la prosperidad de Paraguay. El dictador Gaspar Rodríguez de Francia había mantenido al país en el aislamiento, y el comercio internacional no era el eje de su economía. En 1865, la balanza comercial arrojaba superávit. La guerra duró cinco años y fue una carnicería. Las tropas invasoras llegaron en 1870 a redimir al pueblo paraguayo, pero en realidad le habían exterminado. Solo 250.000 paraguayos (la sexta parte del país) sobrevivió, y los ganadores quedaron en manos de los banqueros ingleses, que fueron los que financiaron la aventura. Del Paraguay derrotado desapareció la población, las aduanas, los hornos de fundación y los ríos clausurados al comercio.

 

En Brasil los precios de sus exportaciones entre 1821 y 1830 y entre 1841 y 1850 bajaron casi a la mitad, mientras que los precios de las importaciones permanecieron estables.

 

Mientras tenía lugar la guerra del Chaco, en Estados Unidos el norte industrializado ganaba al sur en su guerra de Secesión. El general Ulysses Grant declaraba que durante siglos Inglaterra había confiado en el proteccionismo y que Estados Unidos debía hacer lo mismo, y adoptar el liberalismo cuando el proteccionismo ya no pueda darles más. Los Estados Unidos empezaron a exportar la doctrina del libre cambio solo después de la Segunda Guerra Mundial.

 

El segundo capítulo se titula La estructura contemporánea del despojo. A partir de la Segunda Guerra Mundial se repliegan en América Latina los intereses europeos a favor de los norteamericanos. En Latinoamérica un puñado de empresas norteamericanas controlan casi todas las inversiones. Por ejemplo, en Brasil el trato a las empresas extranjeras es de los más liberales del mundo; no hay allí limitaciones a la repatriación de capital.

Galeano es crítico con las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Latinoamérica, ya que según él sus actuaciones agudizan los desequilibrios. Todos los países latinoamericanos juntos no suman la mitad de los votos de los que dispone Estados Unidos para orientar las políticas del FMI.

Solo en 1968, más de 70 nuevas filiales de bancos norteamericanos abrieron en América Central, el Caribe y los países más pequeños de América del Sur. Todo esto sirve para que el ahorro latinoamericano se vaya a empresas norteamericanas. Sin embargo, según la ley norteamericana, ningún banco extranjero puede operar en los Estados Unidos como receptor de depósitos.

«El Imperio envía al exterior sus marines para salvar los dólares de sus monopolios cuando corren peligro y más eficazmente, difunde también sus tecnócratas y sus empréstitos para ampliar los negocios y asegurar las materias primas y los mercados.» (pág. 253)

«En Bolivia, los préstamos norteamericanos no proporcionaron un solo centavo para que el país pudiera levantar sus propias fundiciones de estaño, de modo que el estaño continuó viajando en bruto a Liverpool.» (pág. 258)

«Es el círculo vicioso de la estrangulación: los empréstitos aumentan y las inversiones se suceden y en consecuencia crecen los pagos por amortizaciones, intereses, dividendos y otros servicios; para cumplir con estos pagos se recurre a nuevas inyecciones de capital extranjero, que generan compromisos mayores, y así sucesivamente.» (pág. 262)

Cada vez vale menos lo que Latinoamérica vende al primer mundo y cada vez es más caro lo que ha de comprar. Los salarios bajos determinan los precios bajos en los países pobres, y las barreras arancelarias protegen los salarios altos en los países ricos.

 

El ensayo original acaba con la siguiente inscripción: «Montevideo, fines de 1970», pero luego hay un apéndice titulado Siete años después. Galeano habla aquí de la recepción del libro, que fue prohibido por las dictaduras de Uruguay, Chile y Argentina.

 

Han sido muy comentadas unas declaraciones que hizo Eduardo Galeano en la Segunda Bienal del Libro en Brasilia, que tuvo lugar entre el 11 y el 21 de abril de 2014. Allí Galeno pronunció frases como éstas sobre Las venas abiertas de América Latina: «No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado.», «Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital.», «Yo no tenía la formación necesaria. No me arrepiento de haberlo escrito, pero es una etapa que, para mí, está superada.», «En todo el mundo, experiencias de partidos políticos de izquierda en el poder a veces fueron correctas, a veces no, y en muchas ocasiones fueron demolidas porque estaban correctas, lo que dio margen a golpes de Estado, dictaduras militares y periodos prolongados de terror, con sacrificios y crímenes horrorosos cometidos en nombre de la paz social y del progreso. En otras ocasiones, la izquierda ha cometido errores muy graves.»

 

Estas declaraciones de un Galeano de 73, que moriría al año siguiente, en 2015, comentando el libro que escribió con 30 años, le han servido a más de uno para querer invalidar por completo su ensayo. Diría que Galeano matizaba sobre todo sus comentarios en Las venas abiertas sobre el gobierno de Castro en Cuba, como se desprende de las últimas frases entrecomillas. Como ocurre en casi todos los ensayos políticos, resulta mucho más fácil dar el diagnóstico de lo que no funciona en economía que sus soluciones. De este modo, Karl Marx en El capital, por ejemplo, propone la nacionalización del capital empresarial, algo que, como la historia mostró más tarde, puede generar errores de previsión, excesiva burocracia y falta de incentivos. Pero que esta solución de Marx falle, no resta validez a los problemas económicos que señalaba sobre la economía británica del siglo XIX. De forma clara, y en contra del liberalismo de David Ricardo, afirmaba que los niños de 7 años no debían estar en las fábricas sino escolarizados, y que las jornadas de trabajo debían tener límites razonables; asuntos con los que un lector actual difícilmente puede estar en desacuerdo.

 

Sé, por ejemplo, que Argentina a finales del siglo XIX y principios del XX era una superpotencia mundial. «Argentina podía verse como una economía avanzada en esos años, por detrás de las economías inglesas (Estados Unidos, Reino Unido y Australia) pero por delante de economías europeas como la italiana, la francesa y la alemana. Argentina se posiciona entre los mejores. Su renta per cápita ajustada a la capacidad de compra era el 92% del promedio de las 16 economías más avanzadas del mundo.» (Fuente: El blog salmón de economía). Así que hay algunas realidades que Galeano no está contando de forma fideligna. Según El Blog Salmón, el problema para Argentina empezó cuando usaron políticas proteccionistas para su sector primario.

Es posible que Galeano haya tomado fuentes que trabajan en beneficio de sus tesis, como esa que ya he comentado sobre los indígenas americanos que murieron con la conquista, cifras que siguen generando controversia, pero no creo que TODAS las ideas mostradas en Las venas abiertas sean erróneas. Me ha gustado conocer los excesos que se dieron en la ciudad de Potosí, por ejemplo, o los problemas que generaron los monocultivos en Latinoamérica, así como la influencia de Gran Bretaña sobre la región una vez que los países de Latinoamérica se independizaron.

 

Cuando en mis redes sociales comenté que estaba leyendo Las venas abiertas de América Latina, más de uno me lo vino a afear, a decirme ‒básicamente‒ que no debía leer aquello. Usaban el argumento de autoridad de que Galeano no lo leería (creo que daban mucha credibilidad a este anciano sabio llamado Galeano). Me ha gustado leer este libro que ha influido tanto en Latinoamérica y que se ha traducido a muchos idiomas. Me recomendaron también que leyera el libro Del buen salvaje al buen revolucionario del venezolano Carlos Rangel, que se supone que es la antítesis del de Galeano. Ya he comprado este libro y lo leeré para establecer una comparativa, sin aspavientos, ni escándalos, por el afán de conocer.

domingo, 27 de marzo de 2022

El amor es un perro que ruge desde los abismos, por J. J. Maldonado

 


El amor es un perro que ruge desde los abismos, de J. J. Maldonado

Editorial Emecé. 238 páginas. 1ª edición de 2021.

 

Gracias a mi canal de YouTube Bienvenido, Bob pude intercambiar algunos comentarios sobre libros con J. J. Maldonado (Lima, 1990) y convenimos en que me iba a enviar su primera novela, publicada hacía poco en la editorial Emecé Cruz del Sur, perteneciente al grupo Planeta Perú, y titulada con el extenso título El amor es un perro que ruge desde los abismos. No suelo aceptar este tipo de ofrecimientos, porque si lo hiciera no podría elegir yo nunca mis propias lecturas (y es posible que tampoco me quedara tiempo para dormir o respirar), pero en este caso sentí curiosidad, y me lo hicieron llegar desde la editorial limeña.

 

J. J. Maldonado es periodista y, hasta ahora, había publicado tres colecciones de relatos, que llevan por título Los Buguis (2015), Quien golpea primero golpea dos veces (2019) y El demonio camuflado en el asfalto (2020). El amor es un perro que ruge desde los abismos (2021) es su primera novela.

 

Diosito es el narrador y protagonista de esta novela de iniciación. Vive en un bloque del Callao, una población cercana a Lima, y nos va a hablar de sus dieciocho años. Diosito está contando su historia desde algún punto indefinido del futuro, y la historia ‒en la que no se dan fecha concretas‒ debe estar ambientada posiblemente en la primera década del siglo XXI (tal vez en 2008). Diosito no conoció a su padre y se ha criado con su madre, que fallece al comienzo de esta historia en un accidente de coche. Tras regresar del cementerio descubrirá que su tía ha albergado en su casa a unos parientes lejanos, que por una desgracia habían perdido su terreno en el norte, y que van a convivir con ellos una temporada. Para Diosito su propia casa pasará a convertirse en un lugar lejano y hostil, y empezará a pasar cada vez tiempo en la calle con sus «bróders». En la novela se usa en ocasiones un lenguaje coloquial, que convive con otro más elevado y poético. Diosito y sus amigos se autodenominan los Big Boys, y no parecen tener demasiadas ocupaciones, ni estudian ni trabajan. Salvo uno de ellos que se dedica a trapichear con drogas blandas en el bloque y otro que acude a la universidad.

 

A Diosito lo que realmente le gusta es entrenar con su BMX con la que recorre pedaleando las calles de su barrio, teniendo mucho cuidado con las calles en las que puede entrar y en las que no. Siempre lo hace bajo su «chullo» (gorro de lana propio de la región andina), que es el símbolo de su individualidad y también de su inmadurez. Mantiene una relación con Romana, una chica de otro bloque, que forma parte de un grupo llamado Las Heathers, de la que Romana es la líder. Son chicas más duras y alocadas que los Big Boys. La pareja que forman Romana y Diosito es desigual, Romana domina a Diosito, y éste sabe que es no es el único con el que ella se acuesta.

 

El tono inicial de la novela, pese a los sucesos tremendos que cuenta, es levemente irónico y no carece de exageraciones cómicas. Romana le exige a Diosito que se corra dentro de ella cuando hacen el amor y esto provocará que más de una vez tengan que temer que se haya quedado embarazada. La creencia de que ella, tras varios avisos en falso, se ha quedado embarazada hará que Diosito tenga que empezar a buscar trabajo y esto dará lugar a algunas de las escenas que más me han gustado de la novela. En ellas, Maldonado parece emular para Diosito a Charles Bukowski, al escritor de Los Ángeles, y a su famoso personaje Henry Chinaski, narrando lo sórdido que puede llegar a resultar para el ser humano la búsqueda infructuosa de empleo y los sinsabores de los trabajos ingratos y mal pagados. De hecho, al espíritu de Bukowski, Maldonado lo empieza a invocar desde el título de su primera novela, ya que unas de las antologías de poemas más famosas de Bukowski se titula precisamente El amor es un perro del infierno.

 

Así que una de las influencias más clara de la novela parece Bukowski, con sus descripciones descarnadas del Callao y sus gentes, y el humor herido para enfrentarse a las situaciones desagradables. Otra podría ser la de Roberto Bolaño, una de las referencias más persistentes en las últimas generaciones de escritores latinoamericanos. Uno de los amigos de Diosito es Smiley, el único del grupo que va a la universidad. Quiere ser un poeta reconocido, que se queja de la situación de la poesía patria, y que cultiva sus versos grandilocuentes con la idea del cambiar el panorama poético del país. Junto con Diosito, Smiley mantiene un proyecto poético: dejar versos en los billetes de diez soles, y así, juntos, han de configurar un gran poema narrativo.

Otros miembros del grupo son poetas callejeros, jóvenes a los que les gusta el rap, sobre todo el improvisado, y tratan de ganar dinero cantando sus versos rimados sobre una base musical en los autobuses de la ciudad. Como Maldonado va dejando pistas sobre sus influencias en la novela, me ha parecido detectar que la expresión «pobre como una rata», muy del gusto de Bolaño, estaba presente en su libro con esa intención.

En la página 89, Maldonado usa la expresión «inevitable tentación por el fracaso» que nos trae al diario del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, titulado La tentación del fracaso. No he leído los cuentos de Maldonado, pero quiero imaginar que están escritos bajo la influencia de los de Bukowski o Ribeyro.

 

Me gustaría comentar algunos aspectos que creo que podían haber sido mejorables en la novela: Maldonado, en algunos tramos de su libro, se dedica más a explicar que a mostrar. Es decir, que dibuja escenas precisas, pero en más de un caso cae en la tentación de explicarle al lector «el significado» de estas escenas, y no solo a mostrárselas. En literatura suele funcionar mejor que el autor muestre y que sea el lector el que interprete las escenas leídas, a no ser que seas un autor como Thomas Bernhard y este sea precisamente tu estilo. Pero en cualquier caso, hay que tener cuidado con este tema. Además, diría que hay alguna idea principal demasiado remarcada, sobre todo esa en la que Diosito le quiere mostrar al lector lo duro que es vivir en su bloque y en su barrio. De nuevo, con las escenas mostradas debería haber sido suficiente. Por ejemplo, en el tramo final de la novela, en la página 179 leemos: «En el bloque, al igual que en el mundo, todos seguía más o menos como siempre. No había ningún cambio significativo o determinante para la gente. Día a día se seguía sobreviviendo, robando, matando, traficando o engañando. Nada nuevo ni sorprendente.» y tal solo en la página siguiente leemos «creando espacios de luz en medio de aquel agujero negro que era entonces nuestros bloque». Estas ideas se han reiterado demasiado en el texto.

Un aspecto que no me ha convencido de la creación del personaje es que Diosito, al contar unos hechos que sucedieron en el pasado, los relata de tal manera que el lector sabe lo que está ocurriendo en cada momento (por ejemplo, en su casa los familiares lejanos han montado un prostíbulo), pero Diosito no va a decirnos que lo ha descubierto hasta bastantes páginas después, cuando en realidad no parece un chico tonto, sino reflexivo y con capacidad de análisis. Había una contradicción aquí.

 

Una vez analizados estos aspectos mejorables de la novela, me gustaría acabar destacando los aspectos positivos: Maldonado ha creado un mundo marginal bien definido, con la descripción de un barrio y las peculiaridades de sus vecinos, con un vocabulario juvenil, pero no descuidado, irónico y ágil en cada momento. Además ha sabido mover la trama de una forma eficaz. Como ya he dicho, hasta ahora Maldonado era un escritor de relatos, y El amor es un perro que ruge desde los abismos es su primera novela, una primera novela prometedora de un joven escritor al que quiero desearle mucha suerte en su camino.

domingo, 20 de marzo de 2022

¿TIENE SENTIDO LEER NOVEDADES LITERARIAS DESPUÉS DE LOS 40 AÑOS?

 En mi canal de YouTube, hice un vídeo titulado ¿Tiene sentido leer ficción después de los 40 años?, y como se me quedaron algunos temas pendientes, grabé otro titulado ¿Tiene sentido leer novedades literarias después de los 40 años?:


Si te apetece verlo PINCHA AQUÍ.




domingo, 13 de marzo de 2022

Aquí hay demasiada gente, por Carlos Castaño Senra


Aquí hay demasiada gente
, de Carlos Castaño Senra

Editorial Sloper, primera edición de 2022

 El viernes 11 de marzo, presenté en la librería Lé de Madrid la primera novela de Carlos Castaño Senra. Escribí unas palabras sobre ella, y luego conversé con el autor, que ha elaborado con la calma las respuestas a las preguntas y las dejo aquí.

 Leemos en la contraportada del libro que Carlos Castaño nació en Barcelona en 1972, que cursó estudios de Filosofía en Madrid, donde vive, y que Aquí hay demasiada gente es su primera novela.


Tras un elogioso prólogo del escritor Francisco Ferrer Lerín, en el que sostiene opiniones como éstas «Qué sagaz novela, qué salutación de la realidad disfrazada de absurdo, qué modo fluido y satisfactorio de cerrarla», la novela se abre con un aforismo del escritor polaco Stanilaw Jerzy Lec, que dice: «¡Ay, cómo me gustaría ser viejo una vez más!, dijo el joven difunto.» Y así, tras esta sentencia, ya entro en la novela con una sonrisa, porque me hace recordar lo bien que lo pasé con el librito Pensamientos despeinados de Lec, que en España editó Península y que contenía frases tan punzantes como estas: «Esta noche he soñado con la realidad, con qué alivio me he despertado.», «Cread mitos sobre vosotros mismos, los dioses no empezaron de otro modo.» «Su pensamiento es puro deleite, No fecunda a nadie», o «Hay en él un enorme vacío repleto de erudición.»

 

En las primeras páginas de Aquí hay demasiada gente el lector habrá de conocer al narrador de la novela, Félix Margallo, un hombre de treinta y siete años, que lleva una ya larga temporada en paro, y que ha de enfrentarse ese día al complicado dilema de cortarse o no el pelo. Operación que siente, desde que era niño, condenada al fracaso y a la frustración. Margallo es hombre que pisó una peluquería por primera vez a los dieciocho años debido a que su madre había sido peluquera y le cortaba hasta entonces el pelo, lo que siempre fue una fuente de problemas. Félix Margallo, para evitarse las dificultades de este aparentemente leve trámite humano, va a tomar la decisión de empezar a usar una peluca. Se comprará dos, una castaña y otra de pelo cano. Así podrá llevar siempre el pelo con el corte que él quiera.

 

En estas primeras páginas de la novela, el lector ya puede comprender que no se encuentra ante una obra realista, sino ante un libro que va a jugar en los márgenes de lo real, que va a crear una idea de verosimilitud particular y esquiva, y que va a conversar con algunos de los escritores que, en nuestros intercambios de impresiones vía email, Carlos me ha comentado que admira, como podría ser el Mario Levrero de El discurso vacío, el Robert Walser de El paseo o Jakob von Gunten, o el Thomas Bernhard de Hormigón o Tala.

 

Pronto descubriremos que Margallo atraviesa una crisis personal, que se acabará convirtiendo en existencial. Así, la inquietante presencia de su nueva peluca conducirá a una ruptura con su esposa, Marisa. Pasará a vivir en un piso vacío, propiedad de su familia, donde una vez una tía convivió con un mono. Margallo establecerá una rutina de vida bastante sencilla: ir a comer un menú del día y pasear, principalmente, mientras sueña que en vez de un parado es un jubilado, alguien a quien la vida le permite dejar atrás las obligaciones. Margallo desea «un tiempo limitado en longitud, pero amplísimo en anchura, un tiempo más ancho que largo». Según me comentó Carlos, la idea de la jubilación cumple en una novela una función de «McGuffin», ese término que creó Alfred Hitchcock para hacer avanzar la trama de sus películas, envolviendo a los personajes en una consecución de persecuciones y misterio.

Margallo será crítico con personas como su padre, a las denominará «antijubilados», personas excesivamente dinámicas. En detalles como éste, la novela se adentra en el humorismo, un humorismo en cualquier caso triste, cargado de trascendencia dramática. Para Margallo su padre «no para de hablar de negocios y deportes, y siempre repite lo mismo: Flexibilidad, movilidad, adaptación, trabajo en equipo. Es un plasta.»

 

Me comentó también Carlos que le gustaba la estructura de novela construida con cuentos, al estilo de las de Roberto Bolaño Amuleto o Nocturno de Chile. Así es como ha decidido construir Aquí hay demasiada gente. Margallo, una vez que se ha separado de su mujer irá narrando diversos encuentros con personas a cada cual más peculiar: algunos programados, como el que tiene con su amigo Pluncheti, con el que estuvo en la facultad de Filosofía (como el propio autor), y otros que van a depender del azar: una señora mayor con mentalidad paranoica, convencida de que las autoridades han prohibido el consumo del mazapán; una joven, que lee la mano, pero a la que en realidad lo que le gusta es predecir anticiclones y borrascas; o un anticuario solitario, obsesionado con los ceniceros y los recuerdos del pasado.

Además Margallo elaborará una lista con los ex compañeros de trabajo de las empresas en las que ha estado y de cada uno de ellos nos contará su historia, volviendo al juego de la narración (o el cuento) dentro de la narración.

 

Si bien la lógica realista de causa-efecto de la novela se va rompiendo de forma constante (como el hecho de que Margallo en su nueva casa considera que una hormiga con la que de vez en cuando se cruza es su mascota), y esto redunda en generar un efecto humorístico surrealista, también es cierto que la tristeza o la presencia de la muerte es constante en casi cada escena, convirtiendo a Aquí hay demasiada gente una novela cercana al existencialismo y el desapego de escritores como Thomas Bernhard.

Aquí hay demasiada gente es una novela tan inquietante como desconcertante, una invitación a adentrarse en caminos literarios, como dije, de los márgenes o de la extrañeza.

 

 

ENTREVISTA A CARLOS CASTAÑO

 

1. Me decías en un correo que entiendes el «realismo» como un género literario, podrías hablarnos de esto.

Está muy extendida la idea de que el llamado «realismo», no solo en literatura, también en cine, por ejemplo, consiste en una representación fiel de la realidad. Yo lo que sostengo, sin la menor pretensión de decir algo original, es que no es así. Puede haber muchas formas de aproximarse a la realidad, o las realidades, y a menudo aceptar de manera acrítica esa versión dominante constituye, además de una simplificación empobrecedora, un sometimiento a ―o un apuntalamiento de― los poderes que interesadamente la difunden. Esto no significa en ningún caso dar por buenos toda clase de disparates, teorías conspiratorias o lunáticas versiones alternativas de la historia, sino ser consciente de la complejidad y diversidad (mucho más habitual y común de lo que pueda parecer) de nuestra percepción del mundo, sea esto lo que sea. Por otra parte, algunos defensores del realismo ―que conste que yo no soy un detractor― postulan de manera ingenua una serie de normas sobre cómo se ha de contar una historia (esto de que lo importante es «contar una historia» les encanta) como si esas normas vinieran del cielo y no fueran una opción más. En cualquiera de nuestras acciones hay un momento previo de ficción, de representación mental de posibilidades, y la llamada realidad pasa inevitablemente por ahí. Nuestra relación con lo real es inseparable de la inventiva. Si no recuerdo mal, al inicio de Cosmos de Gombrowicz un personaje va caminando y empieza a enumerar todo lo que ve hasta sentirse abrumado, casi asediado: aunque redujéramos la realidad únicamente a lo que percibimos con los sentidos (y evidentemente es mucho más), dar cuenta de ello sería una batalla perdida. En mi caso particular me gusta utilizar algunos métodos y recursos del llamado realismo, pero sin descuidar la parte interior, la imaginación, la duda, y más aún si la narración es en primera persona, ¿cómo saber si lo que nos cuenta el narrador es una mentira, una percepción errónea o la puritita verdad?   

 

2. Nos puedes hablar del ensayo La corrosión del carácter de Richard Sennett en relación con la novela.

En la novela hay una frase que se repite varias veces, tú mismo la has citado en tu introducción. «Flexibilidad, movilidad, trabajo en equipo». En La corrosión del carácter se reflexiona sobre las nuevas formas de trabajo y cómo afectan, entre otras muchas cosas, a la construcción de la identidad de los trabajadores. Se habla de la desaparición de los oficios, que son sustituidos por tareas en constante cambio que obligan al trabajador a estar en permanente estado de alerta y aprendizaje, sin que nunca pueda sentir que sabe hacer bien su trabajo, con lo que esto implica para su bienestar personal, para su posible encaje en la sociedad y para la utilización de un tiempo libre cada vez más reducido. Margallo se niega a formar parte de esto. Necesita todo el tiempo, no quiere ser joven y dinámico, no quiere estar eternamente en edad de trabajar, siempre disponible, con cada vez mayores retrasos en la edad de jubilación, que casi obligan a los trabajadores a morir trabajando. Quiere vivir, eso es todo. Y si para ello necesita ser viejo, pues su deseo es adelantar ese envejecimiento. El pensamiento progresista soñó en el pasado con sociedades en las que cada vez se trabajara menos, pero parece que la tendencia, aceptada incluso por gran parte de los llamados progresistas, es exactamente la contraria. Por cierto, me gusta emparejar este libro con Elogio de la ociosidad de Bertrand Russell.

 

3. ¿Hasta qué punto es Félix Margallo un hombre sin atributos?

No sé. No estoy muy seguro de qué significa ser un hombre sin atributos. Habría que definir la expresión para intentar averiguar si Margallo es o no un hombre sin atributos. Te confieso (y lo hago un poco avergonzado, no soy de los que presumen de no haber leído determinados libros, tachándolos despectivamente de «sesudos») que, a pesar de tenerla en dos tomos desde hace más de veinte años, no he leído todavía la novela de Musil. Sin duda Margallo es un hombre perplejo, un hombre que duda. Pero su perplejidad (que en algún sentido es una cierta aceptación, que no hay que confundir con el abatimiento o la renuncia) no supone para él un estorbo para disfrutar de la vida a su manera, como diría Sinatra. Para mí alguien perplejo es alguien que comprueba que el intento de comprensión racional del mundo es insuficiente, pero se niega a caer en cualquier tipo de creencia no argumentada, más allá de las que ineludiblemente aceptamos para poder empezar a razonar, y que de hecho nos constituyen como seres pensantes: una cautelosa confianza en el lenguaje, en la posibilidad de comunicarse, en nuestros sentidos, etc.

 

4. ¿Hasta que punto Félix Margallo es un hombre que duda?

En parte ya he respondido a esto en la pregunta anterior. Diría que duda hasta donde es razonable dudar. Principalmente duda de las certezas, pero también de su propia percepción de las cosas y sus afirmaciones, estando dispuesto a cambiar de opinión y recular las veces que haga falta. Esto es una constante en la novela. Afirma, duda, recula, matizando una y otra vez sus afirmaciones y modificando su criterio. Practica una especie de duda metódica, con la conciencia de que la posibilidad misma de la duda ya implica la aceptación de algún tipo de certeza. Creo que lo único que se mantiene inalterable es su deseo de jubilación y envejecimiento, pero es que el «McGuffin», como bien has explicado en tu presentación, se alimenta de esa constancia. Margallo siente el vértigo de una existencia incomprensible y la posibilidad de la muerte como un estimulo vital, aunque no renuncia a intentar comprender algo. Es un ser, como lo somos todos, lleno de contradicciones.

 

5. ¿Aquí hay demasiada gente puede leerse también como una novela social, una novela en la que cuestionas el mundo del trabajo y las obligaciones?

Es evidente. Pero antes diría que toda novela es social, no hay actividad humana que no lo sea y la novela en particular quizá sea el artefacto social por excelencia. Otra cosa es la novela pedagógica, que sostiene una tesis y nos la reboza burdamente en cada página. Aquí también se sostienen tesis, claro (todos lo hacemos, aunque no siempre de manera consciente), pero se discuten, aunque, en la mayoría de los casos, las dos partes en pugna surgen de un mismo sujeto que se desdobla. Por otro lado, cualquier novela, aunque sea a la contra, o por negación, lo quiera o no, refleja siempre algo de la sociedad de su tiempo. Me interesa también cómo asumimos ciertas expresiones del lenguaje y con ello interiorizamos ciertos discursos, como si lo hiciéramos «por nuestro bien», como se les dice a los niños, y de manera voluntaria. A este respecto, siempre tengo presente la reflexión de Sánchez Ferlosio sobre la expresión «merecido descanso».

 

 

 

6. Margallo nos cuenta sus aventuras en un taller literario de poesía, ¿qué relación tienes tú o tu novela con la poesía?

En primer lugar, aclaro que jamás he asistido a ningún taller, ni de poesía ni de nada. En la novela utilicé algunos datos sobre su funcionamiento que me facilitaron personas que conocen el mundo de los talleres literarios, y también investigué un poco en Internet.

  Si me gustaran las declaraciones cursis, reduccionistas, grandilocuentes y melodramáticas, te diría que la poesía me salvó la vida. Como me horrorizan este tipo de pronunciamientos, será mejor matizar un poco. De muy joven tuve una grave crisis de ansiedad que me aisló de todo y, como suele decirse, me refugié en la poesía. Quería ser poeta, a ser posible maldito o romántico. Rimbaud, Keats, o un raro, como Henri Michaux o el Vallejo de Trilce. Escribí mucho y, tal vez para bien, nunca publiqué nada.

  Aquí hay demasiada gente está llena de pequeños poemas en prosa. Poemas a la orina que produce los espárragos, a una lluvia nocturna sobre un abrigo, a los hurones y los castores, a los viejos westerns, a la ceniza y los ceniceros, a una hormiga, a una manta, etc. Yo creo que cuando Gombrowicz escribió su famoso texto contra los poetas, en realidad estaba escribiendo una defensa de la poesía, y para defender la poesía lo primero que se ha de hacer es atacar duramente a los poetas.

domingo, 6 de marzo de 2022

ESPECIAL 8M: ¿DEBO LEER A MÁS ESCRITORAS?

 

Ahora que se acerca el 8M, grabé un vídeo reflexionando sobre mi historia como lector en relación al género. He leído muchos más libros escritos por hombres que por mujeres, y creo que debería leer más libros escritos por mujeres.

 

En los comentarios alguien me dice que "hay que leer lo mejor", sin atender al género. Si quieres leer solo lo mejor, ¿hasta qué punto puedes considerar que el canon no tiene un sesgo de género? O en otras palabras, cuando a los 20 años quise leer a los mejores escritores latinoamericanos, ¿por qué nadie me habló de Nellie Campobello?

 

Si te apetece verlo en mi canal de Youtube: PINCHA AQUÍ.