domingo, 2 de septiembre de 2018

Duelo, por Eduardo Halfon



Editorial Libros del Asteroide. 106 páginas. Primera edición de 2017, ésta es de 2018.

Ya comenté al hablar de Monasterio y Signor Hoffman que en la pasada Feria del Libro de Madrid compré los tres libros que a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) le había publicado la editorial Libros del Asteroide. Como los libros de Halfon son cortitos y me están gustando mucho, decidí continuar con Duelo, una vez terminado Signor Hoffman. He leído Duelo en un día. Es cortito –106 páginas– pero también es adictivo. Se junta todo.


«Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago de Amatitlán. Así me decían de niño, en Guatemala. Que el hermano mayor de mi padre, el hijo primogénito de mis abuelos, el que hubiese sido mi tío Salomón, había muerto ahogado en el lago Amatiltán, en un accidente, cuando tenía mi misma edad, y que jamás encontraron el cuerpo.», así comienza la novela. El Halfon adulto se dirige a la casa que sus abuelos poseían en las orillas del lago Amatiltán para ver si consigue averiguar algo sobre la muerte del que podría haber sido su tío.

La novela tiene dos tiempos narrativos principales, que se van alternando: uno inicial, en el que el personaje y narrador Eduardo Halfon va en un coche prestado por un amigo (un Saab color zafiro del que también se habla en uno de los cuentos de Signor Hoffman, creando las conexiones subterráneas propias de su obra) a la casa que fue de sus abuelos, en las orillas del lago Amatiltán. Allí quiere ver si puede ponerse en contacto con don Isidoro, un jardinero que había trabajado para sus abuelos en la década de 1970. «Se me ocurrió que ese chalet había tenido ya varios dueños desde que mis abuelos lo habían vendido a finales de los años setenta, pero siempre con don Isidoro ahí para todos, al servicio de todos. Como si don Isidoro, más que un hombre o un empleado, fuese un mueble del chalet, incluido en el precio.», leemos en la página 21. Un párrafo que me ha hecho pensar en esas relaciones de complicidad que los escritores de las clases medias-altas (o clases altas) de Hispanoamérica establecen con el personal de servicio de sus casas, y que han aparecido con tanta fuerza en las historias de escritores como Alfredo Bryce Echenique o Jaime Bayly.
El otro tiempo narrativo es el que habla de la familia Halfon en Estados Unidos, de su traslado a Florida a principios de la década de 1980. «Una mudanza temporal, insistían mis papás, sólo mientras mejorara la situación política del país.» (pág. 16). Una situación política ­­–y bélica– de la que el niño Halfon ha permanecido al margen, a pesar de haber visto las consecuencias de la violencia de cerca («Pese al combate entre el ejército y unos guerrilleros justo delante de mi colegio, en la colonia Vista Hermosa, que nos mantuvo a todos los alumnos encerrados en un gimnasio el día entero.» (pág. 17). Las anécdotas de la familia en Halfon en Estados Unidos me han hecho pensar en la melancolía poética de los cuentos de la inmigración del dominicano Junot Díaz en Los boys.
Entiendo también que estas asociaciones que establezco (Alfredo Bryce Echenique, Jaime Bayly, Junot Díaz…) pueden ser muy subjetivas.

En Duelo, Halfon juega otra vez (como ya hizo en el libro Signor Hoffman) a confundir su nombre con el de Hoffman, un segundo nombre falso que, en más de una ocasión, le abre más puertas que el propio. Y este juego del doble nombre también se repite en una historia (en las que, como es habitual, se bifurca el libro) que tiene que ver con el abuelo materno. Cuando Halfon viaja a Alemania, con la intención de luego pasar a Polonia, y buscar el domicilio en Łódź del abuelo, visita un campo de concentración alemán y el pasar del nombre León Tenenbaum al de Leib Tenenbaum le va a permitir abrir el candado para descifrar las anotaciones sobre el paso de su abuelo por diversos campos de concentración durante los años de la Segunda Guerra Mundial.

Duelo también repite temas narrativos que ya han aparecido en Monasterio y Signor Hoffman: la visita a Polonia, y el alojamiento de Halfon en el Hotel Savoy de Łódź, y como pensé al leer Signor Hoffman –y se afirma aquí– el nombre del hotel es un homenaje a la novela Hotel Savoy, del escritor judío austriaco Joseph Roth. También se habla aquí –como en Monasterio– de la bisabuela enterrada en Córcega; o del número tatuado en el brazo del abuelo (su recuerdo del paso por Auschwitz), quien contaba a sus nietos que era su número de teléfono y que lo llevaba ahí escrito para no olvidarlo (narrado también en Monasterio). Y estas historias se matizan aquí, o se cuentan también aledaños narrativos no contados antes, como la experiencia del abuelo materno como trabajador esclavo en una fábrica de aviones alemana.

Algunas de las ideas recurrentes de la obra de Halfon siguen estando aquí: se narran las experiencias del joven Halfon en torno a su Yom Kipur (o paso a la vida adulta para los judíos) y se habla de su desafecto respeto a los ritos milenarios. «Recuerdo la sensación de que todo era un teatro.» (pág. 34). O bien, la sensación de vacío al visitar los campos de concentración: «Para mí todo campo de concentración no era más que un parque turístico dedicado a lucrar con el sufrimiento humano.» (pág. 39)

En realidad, conoceremos ya avanzada la novela, Halfon ya sabe, cuando ha comenzado esta historia, cómo murió su tío Salomón, y lo que realmente quiere hacer cuando viaja al lago es descubrir de dónde procede lo que sabe que es una confusión, sobre este tema, que se generó en su niñez. Y lo cierto es que si bien el planteamiento de un misterio, en torno a la muerte de un niño, hace que avance la trama y que el lector siga las páginas de la novela con intriga, el recurso de averiguar cómo murió el tío no es más que una excusa narrativa –o leitmotiv– para que Halfon nos hable, como acostumbra, de su familia y de su pasado.


Duelo se abre también a núcleos narrativos nuevos en la obra de Halfon (o lo que yo conozco de la obra de Halfon): las historias de la fábrica de bikinis del padre en Miami, conocer a su tío Emile, que estuvo en la cárcel por estafador (de esto se habló de pasada en otro libro); y sobre todo, en su tramo final, la novela propone un nuevo e interesante camino narrativo. En las páginas finales de Duelo, Halfon nos hablará de los ritos ancestrales y mágicos de su país, Guatemala; aunque, en la antepenúltima página, un niño le diga que él no parece de allí. Y en esta búsqueda de la identidad, del ser y no ser, del nombre falso y del verdadero, de las raíces reales e impostadas, se mueve la obra de Eduardo Halfon.
Tengo curiosidad por saber cuáles serán los temas narrativos de sus próximas obras. A mí me gustaría que me hablara más de la guerra en Guatemala, de aquellas horas que estuvo encerrado en el colegio porque había un enfrentamiento en la calle, por ejemplo, o de los cadáveres de guerrilleros que aparecieron muertos en el lago de su infancia. Me está generando mucho interés la obra futura de Eduardo Halfon. Por ahora diré que ayer fue a visitar librerías y me traje a casa tres de sus libros más antiguos, publicados antes de los de Libros del Asteroide. Creo que comentar esto, hace innecesarios más elogios sobre la obra de un autor.

viernes, 31 de agosto de 2018

Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, por John M. Keynes


Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de John M. Keynes
Editorial Fondo de Cultura Económica. 413 páginas. 1ª edición de 1936, ésta es de 2012.
Traducción de Eduardo Hornedo, revisado por Roberto Reyes Mazzoni

Hacía tiempo que no me acercaba a ninguno de los libros clásicos de la historia del pensamiento económico, como me propuse hace años. Estaba claro que si quería seguir con esto debía leer Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, el libro que John Maynard Keynes (Cambridge, 1883 – Sussex, 1946) publicó en 1936 y que posiblemente sea el libro de economía más famoso e influyente del siglo XX.

El libro lo compré en marzo de 2014 en la FNAC de Nuevos Ministerios, un FNAC que ya ni siquiera existe. No fue caro, teniendo en cuenta que es un libro importado de México. En España no existe, ahora mismo, una edición de la Teoría general diferente a ésta del Fondo de Cultura Económico. Como ya comenté cuando hablé de Principios de economía política y tributación de David Ricardo, libro que no se puede encontrar ahora mismo en España, parece que hay mucho interés por parte de los economistas o de los profesores de economía hacia los libros clásicos de esta disciplina.

Lo cierto es que no ha sido una lectura fácil. La Teoría general es un libro muy teórico con pocos ejemplos del mundo real. El propio Keynes comenta, en sus primeras páginas, que escribe para economistas («Dirijo este libro especialmente a mis colegas economistas, aunque espero sea comprensible para quienes no lo son», página 17), aunque le gustaría que sus palabras pudieran ser leídas para el público en general. Este público general debería conocer, si quiere acercarse al libro, conceptos como «Productividad marginal», «Ingreso marginal» o «Elasticidad-precio de la demanda».

En la introducción Keynes dice que él fue educado según los principios económicos de la escuela clásica, y que esas mismas ideas él la ha enseñado como profesor, pero que ahora, con su Teoría general, duda de esas ideas y plantea unas nuevas. «Las ideas aquí desarrolladas tan laboriosamente son en extremo sencillas y deberías ser obvias. La dificultad reside no en las ideas nuevas, sino en rehuir las viejas que entran rondando hasta el último pliegue del entendimiento de quienes se han educado en ellas, como la mayoría de nosotros.» (pág. 19)


LIBRO I

CAPÍTULO 1: «Sostendré que los postulados de la teoría clásica sólo son aplicables a un caso especial, y no en general, porque las condiciones que supone son un caso extremo de todas las posiciones posibles de equilibrio».
Según Landreth y Colander, los autores del libro Historia del pensamiento económico: «Posiblemente no haya ningún libro de teoría económica que contenga un primer capítulo más impertinente que The General Theory de Keynes». Estos economistas hablan un poco de la legendaria falta de modestia de Keynes.

CAPÍTULO 2: Aquí se desmontan algunos supuestos de la teoría clásica sobre la plena ocupación. La teoría clásica de la ocupación, según Keynes, descansa en dos postulados que no se han discutido:
1) El salario es igual al productor marginal del trabajo.
2) La utilidad del salario, cuando se usa determinado volumen de trabajo, es igual a la desutilización marginal de ese mismo volumen de ocupación.

Por “desutilidad” se entiende: «cualquier motivo que induzca a un hombre o a un grupo de hombres a abstenerse de trabajar antes que aceptar un salario que represente para ellos una utilidad inferior a cierto límite».

Según los clásicos, cuando un mercado funciona con libertad la única desocupación que se da en él sería la desocupación “friccional”, que sería la que se da mientras un individuo deja un trabajo para tomar otro, y la desocupación “voluntaria”, que resulta de la negativa de una unidad de trabajo para aceptar una remuneración correspondiente al valor del producto atribuible a su productividad marginal.

Los postulados clásicos no admiten la desocupación “involuntaria”. Según los clásicos (tomándolo del profesor Pigou) sólo hay cuatro posibilidades de aumentar la ocupación:
a) un mejoramiento de la organización que disminuya la desocupación “friccional”
b) una reducción de la desutilidad marginal del trabajo, para que baje la desocupación “voluntaria”.
c) un aumento de la productividad física del trabajo en las industrias que producen artículos para asalariados.
d) un aumento en el precio de los artículos para no-asalariados, relativamente al de los que sí lo son.

Según los clásicos, una reducción del nivel de salarios nominales conduciría a que parte de la mano de obra realmente ocupada se retire del mercado. Pero no se desprende de ello que una baja en el valor del salario nominal, medido en artículos para asalariados, produciría el mismo resultado si fuera debida a un alza en el precio de las mercancías respectivas.
«El aserto de que la falta de ocupación que caracteriza una depresión se debe a la negativa de los obreros a aceptar una rebaja en el salario nominal, no se apoya en hechos». «Los obreros no son –ni mucho menos– más obstinados en la depresión que en el auge».
La teoría clásica supone que los obreros tienen siempre la posibilidad de reducir su salario real, aceptando una rebaja del nominal. El supuesto de que el nivel general  de los salarios reales depende de los convenios entre empresarios y trabajadores sobre la base de salarios nominales, no es cierto.

Objeciones al postulado 2): Cuando los obreros sufren una bajada de sus salarios reales debida a un alza de los precios no se produce, por regla general, una disminución de la oferta de mano de obra disponible al nivel del salario corriente. «Suponer lo contrario equivale a admitir que todos aquellos que por el momento están sin ocupación, aunque deseosos de trabajar al salario corriente, retirarán su oferta de trabajo si el costo de la vida se eleva un poco.», según Keynes la escuela clásica admite, de forma tácita, este supuesto.

Aquí Keynes usa la ironía: «Los trabajadores son por instinto economistas más razonables que la escuela clásica en la medida en que se resisten a permitir reducciones de sus salarios nominales, que nunca o rara vez son de carácter general».

Keynes sí que cree en la existencia de la desocupación “involuntaria”: «Los hombres se encuentran involuntariamente sin empleo, cuando, en el caso de que se produzca una pequeña alza en el precio de los artículos para asalariados, en relación con el salario nominal, tanto la oferta agregada de mano de obra dispuesta a trabajar por el salario nominal corriente como la demanda agregada de la misma a dicho salario son mayores que el volumen de ocupación existente».

Según Keynes, la escuela clásica plantea simplemente una teoría de la distribución en condiciones de ocupación plena.

Keynes no está de acuerdo con la ley de Say (que Ricardo usaba en sus postulados como cierta). La ley de Say afirma que toda oferta crea su propia demanda, y por tanto, sí que considera que no puede darse el desempleo “involuntario”.

Los clásicos, siguiendo los postulados de la ley de Say creen que cualquier acto individual de abstención de consumir conduce necesariamente a que el trabajo y los bienes retirados así se inviertan en la producción de riqueza en forma de capital. Caen en una falacia al suponer que existe un eslabón que liga las decisiones de abstenerse del consumo presente con las que proveen al consumo futuro.


CAPÍTULO 3: El empleo de un volumen dado de mano de obra hace incurrir al empresario en dos clases de gastos: las cantidades que paga a los factores de la producción (costo de los factores), y las sumas que paga a otros empresarios por lo que les compra (costo de uso).
La teoría clásica supone que el precio de la demanda agregada siempre se ajusta por sí mismo al precio de la oferta agregada (ley de Say). Según Keynes, si esto fuese cierto la competencia entre los empresarios conduciría siempre a un aumento de la ocupación hasta el punto en que la oferta en conjunto cesara de ser elástica.

Según Keynes: cuando aumenta la ocupación plena aumenta también el ingreso agregado real de la comunidad. El consumo agregado crece, pero no tanto como el ingreso. Esto haría que los empresarios se resientan de una pérdida si el aumento total de la ocupación se destinara a satisfacer la mayor demanda de artículos de consumo inmediato.
El volumen de trabajo que los empresarios deciden emplear depende de la suma que se espera que gaste la comunidad en consumo y la que se espera que se dedicará a nuevas inversiones. El sistema puede llegar a un equilibrio a un nivel inferior a la ocupación completa.
La propensión a consumir y el coeficiente de inversión nueva determinan, entre ambos, el volumen de ocupación, y éste está ligado únicamente a un nivel determinado de salarios reales –no al revés–.
Cuando más rica sea una comunidad mayor tenderá a ser la distancia que separa su producción real de la potencial, y mayores serán los defectos del sistema económico. Una comunidad pobre consumirá la mayor parte de su producción, de tal modo que una inversión modesta será suficiente para lograr la ocupación completa. Una comunidad rica tendrá que descubrir nuevas oportunidades de inversión mucho más amplias para que la propensión a ahorrar de sus miembros más opulentos sea compatible con la ocupación de los pobres.

David Ricardo desdeñó en sus análisis la función de demanda agregada; sólo hablaba de la función de oferta. Malthus cuestionó esto, pero no supo dar una explicación clara, y Ricardo conquistó Inglaterra. A la teoría de Ricardo le dio autoridad el hecho de que podía explicar muchas injusticias sociales.

Keynes acaba su Libro 1 cuestionando las bondades del libre mercado de los clásicos: «predican que todo pasa del mejor modo en el más perfecto posible de los mundos, a condición de que dejemos las cosas en libertad», esto provoca que se mire a los economistas como a Cándidos.


LIBRO II

CAPÍTULO 4: La producción de mercancías y servicios realizada por la comunidad es un complejo no homogéneo, que no puede medirse.
Un aumento de la función de demanda agregada provocará otro en la producción agregada.
Para hablar de la teoría de la ocupación Keynes va a usar dos unidades fundamentales de cantidad: cantidad de valor en dinero y cantidades de ocupación.

Si no hay excedente de mano de obra especializada o calificada y el uso de la menos adaptable supone mayor costo de trabajo por unidad de producción, esto quiere decir que la proporción en que disminuya el rendimiento del equipo, a medida que aumente la ocupación, es más rápida de lo que sería si existiera tal excedente.

CAPÍTULO 5: Toda producción tiene, por fin último, la satisfacción de algún consumidor. Normalmente pasa un tiempo entre la producción y el consumo, y el productor tiene que afinar sus previsiones.
La conducta de cada empresario al decidir su producción diaria está determinada por las expectativas a corto plazo.
En términos generales, un cambio en las expectativas solamente producirá plenos efectos sobre la ocupación en un periodo considerable.
El nivel de ocupación depende no sólo del estado actual de las expectativas sino de las que existieron durante un determinado periodo anterior.

CAPÍTULO 6: Definimos el ingreso del empresario como el excedente de valor de su producción terminada y vendida durante el periodo, sobre su costo primo.
Puede haber pérdidas (o ganancias) involuntarias en el valor del equipo de capital.
Ahorro significa el excedente del ingreso sobre los gastos de consumo.
Inversión corriente significa la adición corriente al valor del equipo de capital.
Una idea clave: si la cantidad de ahorro es una consecuencia del proceder colectivo de los consumidores individuales, y la cantidad de la inversión lo es de la conducta colectiva de los empresarios individuales estas dos cantidades son necesariamente iguales.
El concepto de la propensión a consumir tomará el lugar de la propensión o disposición a ahorrar.
Para Keynes el costo de uso tiene para la teoría clásica del valor una importancia que ha sido descuidada.
Llamamos costo de riesgo a las posibilidades ignoradas que pueden hacer diferir el rendimiento real del previsto. Por tanto, el precio de oferta en periodos largos es igual a la suma del costo primo, el costo suplementario, el costo del riesgo y el costo del interés.
Lo que determina la magnitud del coste de uso es el sacrificio previsto de futuras ganancias involucrado en el uso actual.

CAPÍTULO 7: Ahorro es el excedente del ingreso sobre lo que se gasta en consumo.
Inversión, en un sentido vulgar, se refiere a la compra de un activo. La inversión incluye el aumento del equipo productor, ya sea capital fijo, capital en giro o capital líquido.
El empresario fija el volumen de ocupación impulsado por el deseo de obtener un máximo de ganancias presentes y futuras. En tanto que el volumen de ocupación que producirá ese máximo de ganancia depende de la función de demanda agregada.
Para Keynes el concepto de “ahorro forzado” no tiene relación con la diferencia entre inversión y ahorro.
Según Keynes la idea de que el ahorro y la inversión pueden diferir uno del otro sólo se explica por una ilusión óptica. Nadie puede ahorrar sin adquirir un bien, ya sea en efectivo, en forma de una deuda o de un bien de capital.
La concesión del crédito bancario pondrá en movimiento tres tendencias: 1) aumento de la producción, 2) alza en el valor del producto marginal medido en unidades de salarios y 3) alza de la unidad de salarios en términos monetarios.
El punto de vista pasado de moda de que el ahorro siempre supone inversión, aunque incompleto y desorientador, es formalmente más sólido que el novedoso según el cual puede haber ahorro sin inversión o inversión sin ahorro “genuino”.
La proposición fundamental de la teoría monetaria es que los ingresos, lo mismo que los precios, necesariamente cambian hasta que el monto de las sumas totales de dinero que los individuos deciden guardar en el nuevo nivel de ingresos y precios así logrado, llega a ser igual a la suma de dinero crea por el sistema bancario.


LIBRO III

CAPÍTULO 8: El volumen de ocupación está determinado por el punto de intersección de la función de oferta agregada con la de demanda agregada. Mientras que se ha estudiado a fondo la función de oferta, se ha descuidado (según Keynes) el estudio de la función de demanda agregada.
La función de demanda agregada relaciona cualquier nivel dado de ocupación con los ingresos por las ventas que se esperan del mismo.
Keynes define el concepto de propensión a consumir: la suma que se gasta en consumo depende del monto de los ingresos y también de otras inclinaciones subjetivas.

Los principales factores objetivos que influyen en la propensión a consumir son:
1) Un cambio en la unidad de salario.
2) Un cambio en la diferencia entre ingreso e ingreso neto: cualquier modificación del ingreso que no se refleje en el ingreso neto debe desdeñarse, pues no tendrá efecto sobre el consumo.
3) Cambios imprevistos en el valor del capital, no considerados al calcular el ingreso neto.
4) Cambios en la tasa de descuento del futuro, es decir, en la relación de cambio entre los bienes presentes y los futuros.
5) Cambios en la política fiscal: si se crean grandes fondos de reserva, esto reduce la propensión a consumir.
6) Cambios en las expectativas acerca de la relación entre el nivel presente y el futuro del ingreso.

La propensión a consumir es una función bastante estable. Los hombres están dispuestos por regla general y en promedio, a aumentar su consumo a medida que su ingreso crece, aunque no tanto como el crecimiento del ingreso. Así un ingreso creciente irá a acompañado de un ahorro mayor. Por tanto, si la ocupación y el ingreso total aumentan, no toda la ocupación adicional se requerirá para satisfacer las necesidades del consumo adicional.
La ocupación solamente puede aumentar con un crecimiento de la inversión.
Sobre la depresión de 1929: en Estados Unidos la rápida expansión del capital en los cinco años anteriores a 1929 había hecho que se acumulasen los fondos de amortización y se necesitaba un volumen enorme de inversión complementaria para absorber las reservas financieras. Este único factor pudo ser el detonante de la crisis.

El consumo es el único objeto y fin de la actividad económica. Cuando mayor sea la provisión que por adelantado hayamos hecho para el consumo, más grande será la dificultad para encontrar algo más para lo cual proveer y más fuerte nuestra dependencia del consumo presente como fuente de demanda.
Si satisfacemos el consumo con cosas producidas en el pasado (desinversión) puede darse una contracción de la demanda.
Según aumenta el capital es más difícil llenar la laguna entre el ingreso neto y el consumo.

CAPÍTULO 9: Aquí se habla de los factores subjetivos que influyen en la propensión a consumir.
Lista de motivos subjetivos que hacen que los individuos se abstengan de gastar sus ingresos:
1) Reservar para imprevistos.
2) Provisionar para la vejez, estudios…
3) Gozar del interés.
4) Disfrutar de un gasto gradualmente creciente.
5) Disfrutar de sensación de independencia y poder.
6) Tener dinero para proyectos especulativos.
7) Legar una fortuna.
8) Satisfacer la pura avaricia.

Otra parte de los ahorros los retienen los gobiernos, instituciones y sociedades de negocios. Motivos:
1) Motivo empresa: poder hacer mayores inversiones en futuro sin recurrir a deuda.
2) Liquidez para emergencias.
3) Para mejorar la imagen.
4) Prudencia financiera y afán de sentirse seguro.


La influencia de cambios moderados en la tasa de interés sobre la propensión a consumir es generalmente pequeña.
El ahorro total está determinado por la inversión total. Un alza en la tasa de interés hará bajar la inversión.
El alza en la tasa de interés podría inducirnos a ahorrar más, si nuestros ingresos permanecen invariables.
Keynes concluye que las tasas reales de ahorro dependen de la eficiencia marginal del capital.

CAPÍTULO 10: Ya quedó dicho que la ocupación sólo puede aumentar con la inversión. Así se puede establecer una relación entre los ingresos y la inversión que Keynes llama el multiplicador.
Cuando el ingreso real de la comunidad suba o baje, su consumo crecerá o disminuirá, pero no tan deprisa.
El aumento de la ocupación debido a la inversión debe estimular necesariamente las industrias que producen para el consumo y así ocasionar un aumento total de la ocupación.
Cuando se alcanza la ocupación plena, cualquier intento de aumentar la inversión generará inflación.

La propensión marginal a consumir no es constante para todos los niveles de ocupación, y es probable que disminuya según la ocupación crece. Es decir, cuando el ingreso real sube la sociedad deseará consumir una proporción descendente del mismo.
Si lo que se expanden son las industrias de artículos de capital, antes que las de consumo, puede tardar más en llegar la ocupación y puede darse una subida de precios.
El multiplicado tiene más efecto en una comunidad pobre. El empleo de hombres en obras públicas tiene un efecto mayor sobre la ocupación agregada que cuando se esté cerca de la ocupación plena. Keynes ironiza sobre los gastos “ruinosos”, inversiones públicas que servirán (aunque sea cavando zanjas) para bajar la desocupación.


LIBRO IV

CAPÍTULO 11: Si alguien compra una inversión (bien de capital) espera una serie de rendimientos probables.
La tasa de inversión será empujada hasta aquel punto de la curva de demanda de inversión en que la eficiencia marginal del capital sea igual a la tasa de interés del mercado.
La expectativa de una baja en el valor del dinero alienta la inversión y el empleo.

CAPÍTULO 12: La escala de la inversión depende de la relación entre la tasa de interés y la curva de eficiencia marginal del capital.
El estado de las expectativas a largo plazo estima lo que podrá obtener el productor de un producto cuando esté terminado. Esto depende de la confianza en nuestras previsiones. El “estado de confianza” será un concepto importante. En realidad, las previsiones del futuro son difíciles y los hombres de negocios juegan con la habilidad y la suerte. Es el inversionista a largo plazo el que más promueve el interés público.
Keynes se muestra en contra de los especuladores del capital. Él piensa que la compra de una inversión debe ser permanente e indisoluble; así los inversores mirarían más al largo plazo.
Keynes apunta que gran parte de las iniciativas empresariales dependen más de una “energía animal” positiva que de cálculos matemáticos.

CAPÍTULO 13: Necesitamos saber qué determina la tasa de interés. Según Keynes, la tasa de interés no puede ser una recompensa al ahorro o a la espera como tales. La define, más bien, como la recompensa por privarse de liquidez durante un periodo determinado.
La preferencia por la liquidez depende de: 1) tener dinero para transacciones, 2) por precaución y 3) motivo especulativo.
Según baja la tasa de interés, las preferencias por la liquidez debidas al motivo transacción absorben más dinero.
El dinero es el tónico que incita la actividad del sistema económico.
El hábito de desdeñar la relación de la tasa de interés con el atesoramiento puede explicar en parte por qué el interés ha sido generalmente considerado como la recompensa por no gastar, cuando en realidad es la recompensa por no atesorar.

CAPÍTULO 14: La escuela clásica ha considerado la tasa de interés como el factor que equilibra la demanda de inversiones con la inclinación al ahorro.
Según los clásicos, siempre que un individuo ejecuta un acto de ahorro ha hecho algo que automáticamente rebaja la tasa de interés, lo que estimula la producción de capital. Y cada acto adicional de inversión, entonces eleva la tasa de interés. Según Keynes, esta idea es equivocada.

La escuela neoclásica creo que ahorro e inversión pueden ser desiguales, aunque los clásicos sí que consideran que son iguales.
Según Keynes, los clásicos no se han dado cuenta de la importancia de los cambios en el nivel de ingresos.
Ha sido habitual suponer que un aumento en la cantidad de dinero tiende a reducir la tasa de interés, al menos al principio y en periodos cortos. Sin embargo, no se ha dado razón alguna por qué un cambio en la cantidad de dinero debe afectar, ya sea a la curva de demanda de inversiones o a la voluntad de ahorrar parte de un ingreso dado.
El análisis tradicional ha advertido que el ahorro depende del ingreso, pero ha descuidado el hecho de que éste depende de la inversión.
Una menor propensión a gastar no debe tomarse como un factor que reduce la inversión, sino la ocupación.

CAPÍTULO 15: Una alteración de las circunstancias o las expectativas ocasionará un reajuste en las tendencias de dinero de los individuos. La cantidad de dinero que un individuo conserva para transacciones y por precaución es diferente a la que se guarda para especular.
La incertidumbre respecto al curso futuro de la tasa de interés es la única explicación inteligible de la preferencia por la liquidez. La tasa de interés es un fenómeno altamente psicológico. Cualquier nivel de interés que se acepte con convicción como probablemente duradero, será duradero.
Es complicado mantener la demanda efectiva a un nivel lo bastante alto como para provocar la ocupación total, que resulta de la asociación de una tasa de interés a largo plazo convencional y bastante estable con una eficacia marginal del capital movediza y altamente inestable. El público suele conservar más efectivo del necesario para satisfacer el motivo transacción o precaución.

CAPÍTULO 16: Un acto de ahorro individual significa el propósito de no comer hoy; pero no supone la necesidad de tomar una decisión de comer dentro de una semana o de un año.
Esto es importante: La idea absurda, aunque casi universal, de que un acto de ahorro individual es precisamente tan bueno para la demanda efectiva como otro de consumo también individual ha estado alimentada por la falacia mucho más especiosa que la conclusión de ella derivada, de que un deseo mayor de conservar riqueza, siendo en gran parte la misma cosa que un mayor deseo de mantener inversiones, debe al aumentar la demanda de inversión, ser estimulante de la producción respectiva; de modo que la inversión corriente es promovida por el ahorro individual en la misma medida que disminuye el consumo actual.
El engaño proviene de creer que el propietario de riqueza desea un bien de capital por sí mismo, cuando lo que desea es su rendimiento probable.
Debe haber una proporción definida entre la cantidad de trabajo empleada en hacer máquinas y la que se emplea en usarlas.
La posición de equilibrio para una sociedad, en condiciones de laissez faire, será aquella en la que el empleo es lo bastante bajo y el nivel de vida lo suficientemente miserable como para empujar los ahorros hasta cero.

CAPÍTULO 17: La tasa monetaria de interés juega un papel peculiar en la fijación de un límite al volumen de ocupación, desde el momento que marca el nivel que debe alcanzar la eficiencia marginal de un bien de capital durable para que se vuelva a producir.
No hay razón por la cual las tasas de interés deban ser iguales para bienes diferentes.
No solamente es imposible dedicar más mano de obra a la producción de dinero cuando su precio en trabajo sube, sino que el dinero es un sumidero sin fondo para el poder de compra cuando su demanda aumenta.

CAPÍTULO 18: Las variables independientes de la ecuación son, para Keynes, la propensión a consumir, la curva de la eficiencia marginal del capital y la tasa de interés. Las variables dependientes son el volumen de ingreso y el ingreso (o dividendo) nacional medidos en unidades de salarios.
De los capítulos anteriores se deduce que un aumento (o disminución) en la tasa de inversión tendrá que ir acompañado de un aumento (o disminución) en la tasa de consumo.
Un aumento (o disminución) de la ocupación puede hacer subir (o bajar) la curva de preferencia por la liquidez y tenderá a aumentar la demanda de dinero. Esto conlleva que la ocupación plena rara vez se dé.


LIBRO V

CAPÍTULO 19: Los clásicos creen en el ajuste automático del sistema económico sobre una hipotética fluidez de los salarios nominales; y cuando hay rigidez atribuyen a ésta la culpa del desajuste. Keynes no está de acuerdo con la teoría clásica que afirma que una reducción de los salarios nominales estimulará la demanda al hacer bajar el precio de los productos acabados y aumentará la producción y la ocupación. Para Keynes esto supondría aceptar que la reducción de los salarios nominales no afectará a la demanda.
Para Keynes, la baja de los salarios nominales no tenderá a aumentar la ocupación durante mucho tiempo.
Una reducción de los salarios nominales tendrá estos efectos:
1) Una baja de los salarios nominales reducirá algo los precios.
2) Si el sistema es no cerrado y la baja de los salarios también lo es respecto a los extranjeros habrá un cambio favorable a la inversión.
3) Si el sistema es no cerrado, aunque mejore la balanza se estropeará la relación de intercambio.
4) Si se espera que la bajada de salarios nominales dure en el futuro esto mejorará la inversión.
5) La reducción de salarios hará que baje la preferencia por la liquidez, reducirá la tasa de interés y fomentará la inversión.
6) Si la bajada es general puede crear una sensación de optimismo para los empresarios, pero el malestar laboral puede contrarrestar esto.
Un movimiento de parte de los patronos para revisar los contratos sobre salarios nominales con el fin de rebajarlos, encontrará una resistencia mucho mayor que un descenso gradual y automático de los salarios reales por inflación.
7) La influencia depresiva que ejerce sobre los empresarios el aumento de la carga de deudas, puede neutralizar parcialmente cualquier reacción optimista que resulte del descenso de los salarios.

La baja de los salarios, como método de alcanzar la ocupación total está sujeta a las mismas limitaciones que el de aumentar la cantidad de dinero. No hay motivo para creer que una política de salarios flexible sea capaz de mantener un estado de ocupación plena continua.

Cuatro consideraciones principales:
1) Excepto en una comunidad socializada, no hay medio de asegurar reducciones uniformes para cada clase de trabajo. Sin embargo, un cambio en la cantidad de dinero cae dentro de las posibilidades de la mayor parte de los gobernantes. Así que para bajar los salarios Keynes cree que es más conveniente incrementar la masa monetaria y hacer que suba la inflación.
2) Si los salarios monetarios son inflexibles, los cambios que se presenten en los precios corresponderán en primer término a la productividad marginal decreciente el equipo que se tenga.
3) Incrementar la cantidad de dinero en unidades de salarios mediante la rebaja de la unidad de las mismas, eleva la carga de deudas.
4) Si para lograr que la tasa de interés descienda hay que reducir salarios, existe una doble traba sobre la eficiencia marginal del capital.

Suponer que la política de salarios flexibles es un auxiliar correcto y adecuado de un sistema que en conjunto corresponde al tipo del laissez faire es lo opuesto a la verdad. Keynes opina que un nivel general estable de salarios nominales es la política más aconsejable para un sistema cerrado.

CAPÍTULO 20: La función de ocupación solamente difiere de la función de oferta agregada en que es, de hecho, su función inversa y se define en unidades de salario.
Si la elevación de la demanda se dirige hacia los productos que tienen gran elasticidad de ocupación, el aumento global de ocupación será mayor que si el aumento de demanda va a productos con poca elasticidad de ocupación.
Cuando la demanda efectiva es deficiente existe subempleo de mano de obra en el sentido de que hay hombres desocupados dispuestos a trabajar por un salario real menor del existente.

Una deflación de la demanda efectiva, por bajo del nivel requerido para la ocupación plena, hará bajar la ocupación y los precios, pero una inflación de la misma por encima de este nivel afectará sólo a los precios.

CAPÍTULO 21: Los economistas que se ocupan de la teoría del valor enseñan que los precios están regidos por las condiciones de la oferta y la demanda, pero Keynes se ha trasladado a un mundo donde los precios están gobernados por la cantidad de dinero, por su velocidad-ingreso.
Clave en el pensamiento de Keynes: Un aumento en la cantidad de dinero no tendrá el menor efecto sobre los precios mientras haya alguna desocupación, y que la ocupación subirá exactamente en proporción a cualquier aumento de la demanda efectiva producida por la elevación de la cantidad de dinero; mientras que, tan pronto como se alcance la ocupación plena, la unidad de salarios y los precios serán los que crecerán en proporción exacta al aumento de la demanda efectiva. (pág. 284)

Un incremento en la cantidad de dinero va a hacer que baje la tasa de interés, lo que incrementará la inversión.
El nivel de precios se compone de dos factores: la unidad de salarios y el volumen de ocupación.
La opinión de que cualquier aumento en la cantidad de dinero es inflacionista está ligada con el supuesto básico de la teoría clásica de que siempre nos encontramos en circunstancias tales que una baja en las remuneraciones reales de los factores productivos conducirá a una contracción de su oferta.

Durante unos 150 años las tasas de interés han sido lo bastante modestas como para estimular una tasa de inversión compatible con un promedio de ocupación que no era intolerablemente bajo. El nivel de ocupación medio era inferior al de ocupación plena, pero no tan intolerablemente por debajo que provocara cambios revolucionarios.
El elemento más estable y menos fácil de desplazar en nuestra economía ha sido la tasa mínima de interés aceptable por la generalidad de los propietarios de la riqueza.


LIBRO VI

CAPÍTULO 22: Para Keynes la existencia del ciclo económico se debe a un cambio cíclico en la eficiencia marginal del capital.
Los impulsos ascendentes se sustituyen por otros descendentes de un modo repentino, y no ocurre al revés de forma tan cortante.
Keynes cree que la explicación más típica de la crisis no es que se inicie por un alza en la tasa de interés, sino por un colapso repentino de la eficiencia marginal del capital.
Las últimas etapas del auge se caracterizan por las expectativas optimistas respecto al rendimiento futuro de los bienes de capital. Pero cuando el desencanto se cierne sobre los mercados se derrumba la eficiencia marginal del capital, lo que precipita un aumento decisivo en la preferencia  por la liquidez.
Debe transcurrir un intervalo de tiempo antes de que empiece la recuperación: debido a la duración de los bienes de larga vida y por los costos de almacenamiento de las existencias excedentes.

Crisis: mientras el auge continúa, la mayor parte de las nuevas inversiones muestran un rendimiento que no deja de ser satisfactorio, pero de repente surgen dudas en relación al rendimiento probable. Una vez que surge la duda, ésta se extiende rápidamente. El cese de inversiones conduce a una acumulación de existencias excedentes de artículos no terminados.
En condiciones de laissez-faire quizás sea imposible evitar las fluctuaciones amplias en la ocupación sin un cambio trascendental en la psicología de los mercados de inversión. Ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías de seguridad en manos de los particulares.

Del análisis anterior podría desprenderse que la sobreinversión es una de las características del auge, y que podrían evitarse con tasas altas de interés. Keynes no está de acuerdo con esto.
El remedio para el auge está en una tasa más baja de interés, esto puede hacer que perdure. El remedio para el ciclo no es evitar el auge, sino evitar las depresiones.
El auge que acaba en depresión se produce por dos cosas: una tasa de interés demasiado alta para la ocupación plena, y una situación desacertada de expectativas que, mientras dura, impide que esta tasa sea un obstáculo real.

EE.UU. en 1929: resulta absurdo afirmar que en EE.UU. existió sobreinversión en sentido estricto en 1929. Las nuevas inversiones durante los cinco años anteriores se habían realizado en tan enorme escala en conjunto, que el rendimiento probable de posteriores adiciones estaba descendiendo con rapidez. De hecho, la tasa de interés era lo bastante alta para desanimar las nuevas inversiones, excepto en aquellas ramas particulares que estaban bajo la influencia del estímulo especulativo. Subir el tipo de interés para reducir las inversiones especulativas es una clase de remedio que cura la enfermedad matando al paciente.
El remedio está en promover la propensión a consumir.

Es la mayor producción lo que provoca el incremento del ahorro; y el alza de los precios sólo es un subproducto del aumento de la producción.

CAPÍTULO 23: Las ventajas de la división internacional del trabajo son reales y sustanciales, aun cuando la escuela clásica las haya exagerado grandemente. Pero una política inmoderada puede llevar a una competencia internacional insensata por una balanza favorable que dañe a todos por igual. Keynes dirige el peso de su crítica contra lo inadecuado de los fundamentos teóricos de la doctrina del laissez-faire en la que fue educado.
La debilidad del aliciente para invertir ha sido en todos los tiempos la clave del problema económico. Ricardo y los clásicos (con la ligera salvedad de Malthus) no supieron ver el problema del subconsumo.

CAPÍTULO 24: Los principales inconvenientes de la sociedad en la que vivimos son su incapacidad para procurar la ocupación plena y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos.
Los razonamientos de Keynes llevan a la idea de que el crecimiento de la riqueza, lejos de depender de la abstinencia de los ricos, como generalmente se supone, tiene más probabilidades de encontrar en ella un impedimento. Queda así eliminada una de las principales justificaciones de la gran desigualdad de la riqueza. Keynes cree que hay justificaciones sociales y psicológicas para la desigualdad, pero no para tanta como existe en la actualidad.

El estado tendrá que ejercer una influencia orientadora sobre la propensión a consumir, a través de un sistema de impuestos, fijando la tasa de interés y otros medios. Una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a la ocupación plena. Pero, fuera de esto, Keynes no aboga por un sistema de socialismo de estado, que no debe asumir la propiedad de los medios de producir.

Keynes no se opone a la visión clásica de la importancia del interés personal para la sociedad.
Los sistemas de los estados totalitarios de la actualidad parecen resolver el problema de la desocupación a expensas de la eficacia y la libertad.
Hasta ahora con el sistema de laissez-faire nacional y el patrón oro internacional no había medio disponible de que pudiera echar mano el gobierno para mitigar la miseria económica en el interior, excepto el de la competencia por los mercados.


Parece claro que en las últimas páginas de su libro, Keynes trata de evitar que le acusen de «comunista» o «socialista». Pero, como podemos leer en Historia del pensamiento económico de Landreth y Colander, sus teorías le granjearos críticas por los dos bandos. Los que estaban a su izquierda pensaban que era un apologista del capitalismo y de su propia clase y los que se encontraban a su derecha pensaban que era un fanático socialista que trataba de desmantelar el capitalismo.

Como ya señalé al principio, la lectura de Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero no ha sido sencilla, pero creo que, después de acabar el libro, con subrayados a dos colores y anotaciones a lápiz en sus márgenes, y haber realizado su resumen, ahora entiendo a Keynes mejor que antes. Así que su lectura ha merecido la pena.

domingo, 26 de agosto de 2018

Signor Hoffman, por Eduardo Halfon


Editorial Libros del Asteroide. 144 páginas. Primera edición de 2015, ésta es de 2016.

Ya comenté al hablar de Monasterio que, en la pasada Feria del Libro de Madrid, compré los tres libros que a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) le ha publicado la editorial Libros del Asteroide. Como Monasterio me dejó muy buena impresión, me apeteció continuar con Signor Hoffman.
Si el texto de Monasterio estaba organizado como si se tratase de una novela, Signor Hoffman se vende como un libro de relatos. Me parece curiosa esta distinción, porque Monasterio podría ser un libro de relatos y Signor Hoffman una novela, o bien, los dos libros podrían ser partes de una misma novela, puesto que el personaje (y la voz narrativa) son la misma. Monasterio funciona como una novela, que contiene –agazapados en su interior– unos cuantos relatos, y Signor Hoffman está organizado de otra manera: existe un índice en el libro con el título de cada cuento y en la contraportada se afirma que es un libro de relatos. Aunque cada una de estas narraciones, en gran parte, está conectada con la siguiente y, por tanto, podría ser una novela dividida en capítulos, donde se juega a la elipsis entre un capítulo y otro. Me parece relevante tratar este tema para empezar a comentar el libro, puesto que la apuesta de Halfon –en estos libros publicados por Libros del Asteroide, al menos– es muy homogénea, y, como el propio Halfon me contó en la Feria del Libro, en otros países, cuando se traduce su obra, sus libros se agrupan en volúmenes más gruesos.
Sin embargo, y esto me parece muy curioso y sintomático del mercado literario español, que Monasterio se venda como novela y Signor Hoffman como libro de relatos, hace que el primer se venda más. El mercado español no acepta del todo bien los libros de relatos.

Signor Hoffman empieza (con un cuento llamado Signor Hoffman) de forma muy parecida a Monasterio: con nuestro personaje y narrador Halfon recién bajado de un vuelo trasatlántico. Esta vez, ha llegado a Italia. Después del vuelo y un viaje en tren, le esperan en Calabria para dar una charla sobre campos de concentración. Durante el viaje en tren, la narración se abre a la narración de otro viaje, esta vez a Hiroshima. Aquí, de forma más abierta que en Monasterio, Halfon es un escritor que da charlas sobre sus libros publicados, que tienen que ver con las persecuciones sufridas por sus abuelos judíos.
En este primer relato (y en los siguientes) se vuelve a usar el recurso poético del que ya hablé al analizar Monasterio: repetir sintagmas al empezar las frases de un mismo párrafo. En la página 32, por ejemplo, en la parte superior se repite la expresión «Con los dos soldados» y en la parte de abajo «O para».
El día de la charla en un campo de concentración italiano (hasta ese viaje Halfon no sabía que existían campos de concentración de judíos en Italia) coincide con el día de la muerte del actor Philip Seymour Hoffman. Unas horas antes, la persona que tenía que presentar a Halfon a su audiencia se ha equivocado de nombre y le ha llamado «signor Hoffman», y Halfon juega con esta confusión y la muerte de Hoffman, como representación de la muerte de todos los hombres, como juego de cambio de identidades. Estas páginas me han parecido muy logradas. Creo que Signor Hoffman es la mejor narración de las seis que componen este libro.
En la última historia –la titulada Oh gueto mi amor– se vuelve al tema del nombre Hoffman, porque cuando Halfon viaja a Polonia un ascensorista no entiende su nombre (Halfon) y acaba pronunciándolo Hoffman para que se puedan entender. Entre estas dos historias, la primera y la última, existe algún vaso comunicante más: en la primera, en un momento dado, Halfon muestra su extrañeza por encontrarse en Italia y en la última muestra su extrañeza por estar en Polonia. «Pensé en decirle que todos nuestros viajes son en realidad un solo viaje, con múltiples paradas y escalas. Pensé en decirle que todo viaje, cualquier viaje, no es lineal, ni circular, ni concluye jamás», leemos entre la página 75 y 76, en el cuarto cuento (o capítulo). El planteado aquí es un viaje donde prima la búsqueda del pasado familiar, que podría construir la propia identidad, y que suele acabar en el callejón de la extrañeza. Una extrañeza que, desde su propio desconcierto, se acaba volviendo poética.

El segundo relato se titula Bambú y transcurre en Guatemala. Halfon se desplaza desde la capital a una playa de un pueblo. «No sé por qué siempre me resulta difícil convencer a las personas, incluso convencerme a mí mismo, de que soy guatemalteco. Supongo que esperan ver a alguien más moreno y chaparro, más parecido a ellos, escuchar a alguien con un español más tropical. Yo tampoco pierdo cualquier oportunidad para distanciarme del país, tanto literal como literariamente.», leemos en la página 40. Bambú es un relato de anécdota mínima, un relato que sirve a Halfon para reflexionar de nuevo sobre su identidad. Esta vez no se habla aquí sobre el hecho de ser judío sino sobre ser guatemalteco, desde la extrañeza de uno mismo y la de los demás sobre uno. «Quería sentir el bambú en mis manos, la tibieza del bambú en mis manos, la realidad del bambú en mis manos, y así no sentir tanto mi indolencia, ni la indolencia de un país entero.», leemos entre la página 45 y 46, ya al final de relato.

El tercer relato, Han vuelto las aves, también transcurre en Guatemala. Halfon se ha desplazado a un pueblo del norte del país, llamado La Libertad. «Una zona del país notoriamente peligrosa y violenta.» (pág. 50), una ambientación ominosa que me ha recordado a las páginas del también escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. Aquí, Halfon se entrevista con los gerentes de una cooperativa cafetera formada por pequeños agricultores de la región. Existe una realidad violenta que tiene que ver con el hijo de la persona con la que Halfon se entrevista, pero esa historia le será escamoteada al lector. Los relatos de Halfon terminan con una imagen más poética que esclarecedora. Más que terminar con una imagen potente, o con un momento epifánico, lo hacen con un punto de fuga.

El cuarto relato, Arena blanca, piedra negra, nos traslada ahora a la frontera entre Guatemala y Belice. Halfon ha de acudir a Belice para dar una charla, pero tiene problemas en el paso fronterizo con su pasaporte. Además se estropea la batería de su coche y tiene que confiar en desconocidos para que arreglen su coche. «Sentí algo en las rodillas. Acaso impotencia. Acaso una devastadora soledad. Acaso el pánico de estar ingresando, poco a poco, a una extensa telaraña de estafadores.» (pág. 84). Este relato me hace pensar de nuevo en Rodrigo Rey Rosa, pero también en Roberto Bolaño. Cuando hablé de Monasterio escribí que, como Bolaño, Halfon abría su narrativa a pequeñas historia que planteaban un misterio poético, pero que en Bolaño además había en sus páginas una amenaza que no estaba en Halfon. Pues bien, en Arena blanca, piedra negra sí que se encuentra esa amenaza bolañesca de la que hablaba. Otro relato que acaba en una fuga.

Sobrevivir los domingos es una bella narración sobre el jazz, la pérdida y la marginalidad. La acción transcurre ahora en el neoyorkino barrio de Harlem. Halfon va a pasar unos días en Nueva York –tratando de conseguir una beca Guggenheim– antes de viajar a Polonia. Aquí se adelanta la sexta narración, que será la que narre este viaje a Polonia.



El relato que cierra el libro es Oh Gueto mi amor y en él se narra el viaje que hizo Halfon a la casa de su abuelo en Łódź, Polonia. Gran parte de lo narrado aquí ya ha sido contado por Halfon en Monasterio. Como ya apunté en la reseña de este último libro, la literatura de Halfon parece estar concebida como una gran novela en construcción, con temas recurrentes sobre los que se vuelve una y otra vez. Algo parecido hacía el escritor austriaco Thomas Bernhard en sus novelas autobiográficas. Allí se analizaba, por parte de la crítica, como la repetición de temas musicales y del mismo modo (música clásica frente a jazz ahora) hay que entender estas repeticiones temáticas de Halfon. De hecho, es curioso ver cómo la información de un libro es complementada, o explicada, en otro. En Monasterio se muestra, una y otra vez, la presencia de un gabán rosa que Halfon usa en Polonia, y en Signor Hoffman se explica por qué llevaba esa prenda. Imagino que este tipo de confluencias tienen más fuerza y sentido cuando, como yo ahora, se leen estos libros de forma seguida.
De nuevo, se muestra aquí la extrañeza de Halfon cuando puede entrar al apartamento del que fue su abuelo antes de la Segunda Guerra Mundial, ahora –lógicamente– habitado por otras personas. ¿Qué hace él allí con su gabán rosa? ¿Cuál es su búsqueda?

Me resulta curioso pensar en Eduardo Halfon como en un escritor que viaja por el mundo en busca de sus novelas. Su viaje es el tema de su escritura. Su búsqueda es su gran novela en construcción.

El tono y los logros de Monasterio y Signor Hoffman son bastante parejos. Si tuviera que elegir entre una de las dos, creo que me quedaría con Monasterio, porque la leí primero y, por tanto, su impacto sobre mí ha sido mayor, y porque Signor Hoffman repite planteamientos vistos ya por mí, el día anterior, en el otro libro. Sin embargo, también creo que este último comentario en una obra como la de Halfon es irrelevante, puesto que –como ya he apuntado– sus libros son un libro en construcción, una única novela dividida en libritos, elegantes e intensos, de poco más de cien páginas.
Me está gustando mucho Halfon. Empiezo hoy con Duelo.

Por cierto, quería comentar que del último cuento de Signor Hoffman, la editorial Páginas de Espuma ha publicado un libro ilustrado, con el título Oh gueto mi amor. Las ilustraciones de David de las Heras son muy bellas. Ha conseguido darle mucha fuerza al gabán rosa de Eduardo Halfon en Polonia.