domingo, 4 de septiembre de 2011

Antología del cuento norteamericano, por Richard Ford

Editorial Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores. 1.276 páginas. 1ª edición de 2011, ésta de 2002. Selección de Richard Ford.

Compré este libro hace ya unos cuantos años en la Feria del Libro de Madrid, y me lo llevé a Londres en 2006 para leerlo durante un mes de verano que pasé allí. Pero, como quería mejorar mi inglés, llegué hasta la página 240 y dejé esta antología para realizar una inmersión lingüística, y así me puse con unos cuentos de Lorrie Moore y una novela de Ian McEwan en versión original.

He tardado 5 años en decidirme de nuevo por esta antología, y ahora que ya he acabado su lectura siento que dejar pasar todo este tiempo ha sido un error, puesto que el libro es impresionante. 65 cuentos, que en algunos casos se acercan a las dimensiones de la novela corta, que son una reivindicación absoluta del género del relato, un género fecundo e importante en la gestación de una identidad literaria en Estados Unidos.

El libro abarca una selección de relatos que cubre todo el siglo XIX y el XX, empezando por el Rip van Winkle de Washington Irving, publicado en 1820, y terminando con Como la vida de Lorrie Moore, publicado en 1990.

La elección de Rip van Winkle como primer relato parece bastante acertada, puesto que en este cuento el protagonista se duerme un día en el bosque cuando la tierra que habita pertenece a Inglaterra, y al despertar unas décadas después ya es un ciudadano norteamericano.

La selección ha sido elaborada por el escritor norteamericano Richard Ford (1944), y quizás un hecho que me ha parecido inapropiado, no por falta de méritos sino de elegancia, es que Ford se ha incluido a sí mismo en la antología con un relato titulado Optimistas (1987); un relato magnífico, por otra parte.
Richard Ford es un escritor realista en una línea que considero muy norteamericana, un escritor sutil, que sabe encontrar los momentos epifánicos en las vidas de personajes en principio anodinos, y cuya obra entronca perfectamente con la tradición a la que pertenece (Bierce, Hemingway, Wharton…).

Resulta evidente que a la hora de selección relatos dentro de un marco tan amplio como todos los escritos por ciudadanos de un país durante la historia de dicho país, Ford ha hecho prevalecer su punto de vista, y de los 65 relatos seleccionados la mayoría son realistas; si bien los primeros no lo son (el Rip van Winkle, de Irving, El joven Goodman Brown de Nathaniel Hawthorne), debido a que en esta época las influencias europeas eran las del romanticismo.
También en los primeros relatos aparece al menos uno no realista, pero que tampoco es romántico, que sería el de Bartleby el escribiente (1853) de Herman Melville, que prefigura ya lo que después sería el expresionismo europeo.

Existe dos relatos no realistas porque los autores han utilizado los recursos del género de la ciencia-ficción para hablar de su presente, que serían Bienvenido a la jaula de los monos (1961) de Kurt Vonnegut y Como la vida (escrito en 1988) de Lorrie Moore.

Hay algún relato no realista porque su composición se puede acercar a la del terror psicológico, como Nieve silenciosa, nieve secreta (1934) de Conrad Aiken.
Y el realismo se abandona también en algunos relatos de la década de 1960, cuando primaba el experimentalismo, como en El chico de Pedersen (1968) de William H. Gass, que con sus casi 70 páginas de letra apretada (como toda la de la antología) yo lo llamaría novela y no relato; y que está construido con un punto de vista muy subjetivo, cuyo realismo se acaba rompiendo al final, y constituye un experimento narrativo interesante. Menos interesante me ha parecido el relato El levantamiento indio (1968) de Donald Barthelme, que está construido con párrafos casi inconexos, y que en su semblanza biográfica llaman técnica de collage, e incluyen a Barthelme en la narrativa postmoderna. Este es el cuento que menos me ha gustado del conjunto, ya que su deseo de renovar las formas es contrario a cualquier atisbo de emoción buscada por el lector.

Si hubiera hecho una estadística sobre los escenarios donde se desarrollan estos relatos la ciudad de Nueva York ganaría con diferencia. También, más de uno transcurre en ciudades europeas, como Las fiebres romanas (1936) de Edith Wharton en Roma, o Regreso a Babilonia (1931) de Francis Scott Fitzgerald en París. Los hay con ubicación más exótica, como Un episodio distante (1947) de Paul Bowles, situado en el desierto del Sahara o Las cosas que llevaban (1990) de Tim O´Brien que transcurre en Vietnam.

En esta antología hay relatos que reflejan la vida rural, la vida urbana, relatos de 2 páginas, de 70, relatos que representan a minorías étnicas… y podría hacer distintas clasificaciones usando de guía esos criterios, pero lo me gustaría destacar, para que quede claro, es que lo que hay en esta antología, sobre todo, son obras maestras.
Hay escritores de relatos por los que siento una gran admiración (Raymond Carver, Tobias Wolff, Richard Ford…) y al leer los libros en los que incursionan en este genero encuentro más de un relato que me parece una obra maestra. Pero el caso es que, también, más de uno de estos relatos reflejan un mundo parecido, y los enfoques y, por supuesto, el estilo es similar. En la Antología del cuento norteamericano me ha resultado frecuente encontrarme con una obra maestra seguida de otra, que refleja otra realidad, con otro enfoque y con otro estilo. 
Hay momentos impresionantes, como leer seguidos:

El hotel azul de Stephen Crane, El caso de Paul de Willa Cather, Quiero saber por qué de Sherwood Anderson y El fuego de la hoguera de Jack London.

 En otro momento llegan seguidos los cuentos de la Generación Perdida: Regreso a Babilonia de Scott Fitzgerald, después El otoño del Delta de William Faulkner, Allá en Michigan de Ernest Hemingway y Los crisantemos de John Steinbeck.

Otro momento excelente me parece el contraste que se establece entre estos dos cuentos Los blues de Sonny de James Baldwin y El negro artificial de Flannery O´Connor, que no sé si Richard Ford habrá buscado a propósito. El primero está escrito por un escritor negro y situado en el barrio de Harlem en Manhattan, y refleja toda la pena y la marginalidad del hombre negro, y el segundo refleja el profundo sur y O´Connor nos acerca a dos personajes blancos, un abuelo y su nieto, que viven en un pueblo sin negros porque al último se le expulso de allí 12 años antes, y acaban perdiéndose en la gran ciudad que es Atlanta, llena de esos negros a los que no pueden entender.

Ahora, que acabo de pasar la 2ª página de word para realizar esta entrada, he decidido que voy a elegir uno de los cuentos de entre los 65 de la antología, mi cuento favorito, el que más me ha conmovido, y éste es Regreso a Babilonia de Francis Scott Fitzgerald. Este autor hace más de 15 años se convirtió en uno de mis favoritos, con las novelas El gran Gatsby y Suave es la noche (algo menos me gustó A este lado del paraíso), pero me quedan libros de él sin leer y he pensado retomarlo.

Me ha encantado también el cuento Mentirosos enamorados de Richard Yates.

A los dos autores anteriores ya los había leído y admirado y, por tanto, que me gusten sus cuentos no me ha parecido muy sorprendente, así que quizás lo más llamativo de la antología era encontrarse con autores de los que nunca había oído hablar con cuentos estupendos, como el caso de Robert Penn Warren y su Invierno de moras o Stuart Dybek y su Chopin en invierno.

Dentro de los múltiples acercamientos que se puede hacer a esta antología me ha parecido interesante el siguiente: descubrir en alguno de estos cuentos, desconocidos para mí, formas embrionarias de narrar desarrolladas en otros autores que sí conozco. Así, por ejemplo, he creído ver que del cuento Un suceso en el puente sobre el río Owl de Ambrose Bierce, Jorge Luis Borges toma la idea para escribir su cuento El milagro secreto.
 En el cuento El caso de Paul de Willa Cather me ha parecido observar el embrión de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger.
El estilo amenazante que Paul Bowles desarrolla en el cuento Un episodio distante es el que usa Rodrigo Rey Rosa en su narrativa.
Y quizás lo que más me ha llamado la atención al leer la antología bajo esta perspectiva es que el cuento Venus, Cupido, Locura y Tiempo de Peter Taylor, publicado por primera vez en 1959, y que es un de los cuentos que más me han gustado de los 65, está escrito en un estilo que usa la primera persona del plural para describir unos hechos ocurridos en el vecindario de los narradores y que tiene que ver con los chicos jóvenes de su comunidad; una primera persona del plural móvil, puesto que el narrador va cambiando. Y así es como está escrito el libro Las vírgenes suicidas (1993) de Jeffrey Eugenides, un libro que en su momento me pareció muy novedoso y que ahora he visto que no lo es tanto.

Desde otro punto de vista, había relatos que ya había leído, y así me ha encantado reencontrarme con Las cosas que llevaban de Tim O´Brien, que es el primer relato o capítulo del libro del mismo nombre y que en su momento me impresionó mucho y que ahora reedita Anagrama y que invito a todo el mundo a leer, porque es un libro antibélico estupendo.
O podría comentar que hay autores de los que he leído todos sus cuentos como Raymond Carver y Tobias Wolff, y que seguramente yo no elegiría como más representativos de ellos los cuentos que elige Richard Ford, que son, respectivamente, Tres rosas amarillas y El otro Miller.
Quizás, si hubiese podido hablar con Richard Ford, yo le hubiese dado una oportunidad al cuento El color surgido del espacio de H. P. Lovecraft.

Antología del cuento norteamericano, editado por Richard Ford, admite una gran variedad de enfoques y acercamientos, pero lo que me gustaría destacar por encima de todos, para finalizar, es su alto valor literario. Éste es un libro que cualquier aficionado al relato debería leer sin falta, como inspiración, como reivindicación de un género que en España no deja de ser minoritario y que, como podemos ver a través de las páginas de este libro, está lleno de posibilidades.

La lista de todos los cuentos que aparecen en esta antología es la siguiente:


Washington Irving, Rip van Winkle
Nathaniel Harwthorne, El joven good Brown
Edgar Allan Poe, La carta robada
Herman Melville, Bartleby el escribiente
Mark Twain, La famosa rana saltarina de calaveras country
Bert Harte, Los proscritos de Poker Flat
Ambrose Pierce, Un suceso en el puente sobre el río Owl
Henry James, El rincón feliz
Joel Chandler Harris, Free Joe y el resto del mundo
Sarah Orne Jewett una garza blanca
Kate Chopin, Historia de una hora
Edith Wharton, Las fiebres romanas
O. Henry, El poli y el himno
Stephen Crane, El hotel azul
Willa Carther, El caso de paul
Sherwood Anderson, Quiero saber por qué
Jack London, El fuego de la hoguera
William Carlos Williams, El uso de la fuerza
Ring Lardner, Corte de pelo
Raymond Chandler, Sangre española
Conrad Aiken, Nieve silenciosa, nieve secreta
Katherine Anne Porter, Judas en flor
Dorothy Parker, Una rubia imponente
James Thurbes, El lugar del pájaro maullador
Francis Scott Fitzgerald, Regreso a Babilonia
William Faulkner, El otoño del delta
Ernest Hemingway, Allá en Michigan
John Steinbeck, Los crisantemos
Kay Boyle, Amigo de la familia
S. J. Perelman, Hasta el final y bajando la escalera
Robert Penn Warren, Invierno de moras
John O´Hara, ¿Nos marchamos mañana?
Eudora Welty, No hay sitio para ti, amor mío
Paul Bowles, Un episodio distante
John Cheever, Oh ciudad de sueños rotos
Irwin Shaw, Las chicas con sus vestidos de verano
Delmore Schwarzt, En sueños empiezan las responsabilidades
Ralph Ellison, El rey del Bingo
Bernald Malamud, El barril mágico
Peter Taylor, Venus, Cupido, Locura y Tiempo
Grace Payle, Conversación con mi padre
Kurt Vonnegut, Bienvenido a la jaula de los monos
William H. Grass, el chico de Pedersen
James Baldwin, Los blues de Sonny
Flannery O´Connor, El negro artificial
Richar Yates, Mentirosos enamorados
Stanley Elkin, Una poética para bravucones
Donald Barthelme, El levantamiento indio
John Updike, A&P
Philip Roth, La conversación de los judíos
Leonard Michaels, Chico de ciudad
Raymond Carver, Tres rosas amarillas
Bharati Mukherjee, El manejo del dolor
John Edgar Wideman, Papi Basura
Barry Hannah, Testimonio de un piloto
Stuart Dybek, Chopin en invierno
Richard Ford, Optimistas
Joy Williams, Tren
Tobias Wolff, El otro Miller
Richard Bausch, Valentía
Tim O´Brien, Las cosas que llevaban
Ann Beattie, Hora de Greenwich
T. Coraghessan Boyle, El Lago Grasiento
Jamaica Kincaid, La mano
Lorrie Moore, Como la vida

viernes, 26 de agosto de 2011

Severina, por Rodrigo Rey Rosa

Editorial Alfaguara. 104 páginas. 1ª edición de 2011.

En algún momento, para agilizar el trámite, tendremos que ponernos de acuerdo todas, o al menos algunas, de las partes implicadas en esta transacción: el equipo de promoción de Alfaguara, el crítico al que le mandan los libros y no se los lee, el librero de la cuesta de Moyano al que el crítico le vende esos libros -por dos o tres euros, supongo- y yo, que los acabo comprando a mitad de precio.
 De nuevo volví a hacerme la semana pasada en la cuesta de Moyano con una novedad, Severina, la última novela de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958) por 8 euros en vez de por 16, que es su precio de librería. Y con Severina son ya 10 los libros de este autor guatemalteco que guardo en mi biblioteca, casi siempre comprados de saldo. Incomprensiblemente Rey Rosa ha publicado durante las dos últimas décadas en editoriales de gran prestigio –Alfaguara, Seix Barral, Anagrama-, y es uno de los escritores latinoamericanos más importante de los nacidos en los 50 ó 60, pero las ediciones de sus libros no se acaban de vender.
Ya he comentado tres libros de Rey Rosa en el blog, las novelas Que me maten si… y Piedras encantadas y el libro de relatos Ningún lugar sagrado (Ver AQUÍ), y sólo me queda por leer de su obra la novela El material humano y el libro de relatos Otro zoo.
Como se deduce del párrafo anterior, Rey Rosa es uno de los autores actuales por los que siento mayor interés.

Serevina es una novela breve, como todas las suyas, que llega apenas a las 100 páginas. La acción se sitúa en Ciudad de Guatemala, si el cuerpo de referencias presentado no me falla, porque el nombre de la ciudad no se da en ningún momento.

Un librero, que durante unos días a la semana intenta convertirse en escritor, recibe en su local, ubicado en el sótano de un centro comercial y al que atiendo durante los días que no escribe, la visita de una mujer (Severina), por la que desde la primera línea del libro se siente fascinado: “Me fijé en ella la primera vez que entró, y desde entonces sospeché que era una ladrona, aunque esta vez no se llevó nada”.

Las primera mitad, más o menos, de esta novela interna al lector en un mundo de referencias, o de obsesiones, que se repiten en el imaginario de Rey Rosa: la figura del hombre joven y solitario, que se desvincula emocionalmente de un entorno que siente como violento y primitivo, a través de la literatura y la posibilidad de vivir (o el recuerdo de haber vivido) durante un tiempo lejos de Centroamérica, el lugar al que pertenece pero que siente como amenazante.
El tono de amenaza o de extravío, o de denuncia de la violencia o de una sociedad enferma, lo encontramos en Severina como en otras de sus novelas: “oí que pasaron muchas cosas por aquellos días (proliferaron los linchamientos en los pueblos del interior, hubo un golpe de Estado en un país vecino, la coca ganó ventaja en la carrera global de las sustancias controladas” (pág. 19), o “Todavía era una niña, pero su cara tenía una dureza que me hizo recordar la fealdad adquirida de los adolescentes campesinos convertidos de un día para otro en soldados” (pág 30), o “Cerca de la estatua de Tecún Umán (que no existió y sin embargo es nuestro héroe histórico” (pág. 50).

Pero en Severina la acción narrada no nos lleva hasta el vórtice de la violencia centroamericana: al linchamiento público en Piedras encantadas, al rapto y la violación de niños en Que me maten sí…, al robo de reliquias con asesinatos de por medio en Lo que soñó Sebastián, al secuestro con mutilaciones en El cojo bueno, al secuestro de niños en Caballeriza

En Severina la violencia es una pincelada de fondo, y el talento de Rey Rosa sigue manteniendo la tensión narrativa que nos acerca a una sensación de amenaza en cada página, pero sin acercarnos a ninguna violencia real.
Sobre la mitad del libro –en la página 57, concretamente-, a través del extraño monólogo de uno de los protagonistas (hasta ahora un tanto lejano) se abre una falla narrativa, y la novela parece transitar desde el realismo hacia el relato fantástico, o quizás hacia la locura; en todo caso a un relato fantástico de baja intensidad o neofantásisco, cuando lo absurdo se asume en lo real sin ninguna extrañeza (lo que tampoco ha sido ajeno a la obra de Rey Rosa, ya lo practica en el libro editado en España por Seix Barral Cárcel de árboles / El salvador de buques).

Quizás a partir de este punto mi interés como lector ha decaído un poco. En otras obras de Rey Rosa también se hablaba de libros, se citaban obras y autores, pero el efecto conseguido en el texto era el de contrastar lo inoperante de la actividad del lector o el escritor dentro de un entorno ágrafo de violencia. En Severina el papel de los libros se torna primordial y la violencia del entorno se muestra más desdibujada que en otras de sus obras.
Severina, la misteriosa ladrona de libros, encarna a un ideal romántico puramente libresco, que encierra un misterio relacionado con el mundo del libro –como recipiente de historias y como objeto en sí- y cuyo final me ha hecho pensar incluso en la película de vampiros Déjame entrar (que por otro lado me gustó bastante, pero que aquí me ha dejado con una sensación de extrañeza).

He leído la primera mitad de Severina con agrado e interés y la segunda mitad algo decepcionado. Las dos novelas anteriores que había leído de Rey Rosa, Piedras encantadas y Que me maten sí… me parecen de las mejores de él, y Severina, teniendo un nivel más que aceptable, se une en mi recuerdo a Caballeriza, que me parece la obra menos lograda de este autor al que tanto admiro.

Tengo que buscar El material humano y Otro zoo, los dos libros de Rey Rosa que me faltan para completar la colección.


viernes, 19 de agosto de 2011

La casa en Mango Street, por Sandra Cisneros

Editorial Vintage Books (Random House). 110 páginas de novela, 17 de prólogo. 1ª edición de 1984, ésta de 2009.

La casa de Mango Street es la primera novela de Sandra Cisneros (Chicago, 1954), una escritora estadounidense cuya familia es de origen mexicano. En la biblioteca de mi madre, desde hace años, está otro libro suyo, titulado Caramelo, cuya contraportada había leído hacía mucho y que realmente no recordaba que fuese de la misma autora hasta después de comprar La casa de Mango Street.

Este libro, como conté en la entrada anterior, lo compré en una librería de Providence, que estaba en la calle Angell, enfrente del solar donde se encontraba la casa en la que nació H. P. Lovecraft.
Los motivos que me llevaron a adquirirlo fueron los siguientes:
1) Al hojearlo me di cuenta de que era muy fácil de comprender en inglés (su idioma original), y quería volver a leer algo en este idioma.
2) Me interesa el tema de la inmigración o la diferencia; la idea (como en el caso de Henry Roth, por ejemplo) de cómo se desenvuelve una comunidad dentro de otra más grande me atrae.
3) Este libro estaba en los estantes de todas las librerías a las que entré en Estados Unidos en un lugar destacado, porque esta edición de 2009 corresponde a la del 25 aniversario desde el año en que fue publicado, 1984. Y esto hacía que pareciese un libro importante y desconocido por mí.
4) Me apeteció comprar un libro en una librería tan cercana al lugar de nacimiento de H. P. Lovecraft, uno de los mitos de mi adolescencia.

He dejado durante unos días aparcada la Antología del cuento norteamericano a cargo de Richard Ford, libro de unas 1.200 páginas y del que aún no he llegado a la mitad, porque una vez que vuelva a trabajar, en septiembre, será más difícil leer en inglés usando un diccionario, y he leído esta pequeña novela.

Al finalizar el libro es cuando me he acercado al extenso prólogo de 17 páginas en el que la autora comenta su obra 25 años después de ser publicada, y algunos más desde que fue escrita, lo que empezó a ocurrir en 1980. Aquí se nos dice que ella, a sus 25 ó 26 años, tras conseguir la ansiada independencia de la casa de sus padres, estaba trabajando en una serie de estampas (“vignettes”) en las que mezclaba recuerdos propios con historias que le contaban los alumnos del colegio donde había empezado a dar clases.
De esta forma va creando la voz narrativa de una niña, Esperanza Cordero, que empieza a convertirse en adolescente en un barrio de los suburbios de Chicago, donde vive principalmente población de origen hispano.
Hasta que se enfrente a la escritura de esta novela, Sandra Cisneros se había dedicado a la poesía. En su prólogo nos dice (las traducciones son mías) que: “llevaba escritas cincuenta páginas, pero todavía no pensaba que eso era una novela” (…) “Yo escribía esas cosas y pensaba en ellas como en pequeñas historias, aunque sentía que estaban conectadas unas con otras”.
Una reflexión que me asaltó tras este párrafo: como ya comenté en el blog, la idea de fragmentariedad del movimiento Nocilla lleva dando vuelta por el mundo unas cuantas décadas.

Después, Cisneros dice algo que no me acaba de gustar: “Ella (se refiere a sí misma en una foto de joven) también quiere que la gente que normalmente no lee libros también disfrute con estas historias. Ella no quiere escribir un libro que un lector no vaya a comprender y pueda sentirse avergonzado por no comprenderlo”. En otras palabras, Cisneros quiere escribir para todos los públicos, como suelen hacer los escritores de bestsellers, y este tipo de declaraciones, de forma indirecta, parecen invalidar a una parte importante de la gran literatura: el Ulises de James Joyce o El ruido y la furia de Faulkner, por citar dos de las obras más influyentes del siglo XX; que quedarían invalidadas desde un punto de vista en principio progresista, pero que no deja de ser condescendiente: en vez de desear una buena educación para todo el mundo, que le pueda llevar a disfrutar del Ulises de Joyce -si así lo desea- se conforma con dar a los pobres una literatura más simple.

Las estampas que escribe Cisneros retratan la visión inocente de Esperanza sobre el mundo, a veces describen a una vecina, a su hermana, a su amiga, a la tienda de la calle…, personas que viven en un entorno en principio hostil y cargado de privaciones, y para las que Esperanza crea una salida a través del mundo de los sueños o la lírica. Esperanza nos muestra un mundo machista, sin muchas expectativas (sobre todo para la mujer) desde una perspectiva más ilusionante que de denuncia.

Existen dos problemas que han llevado a que este libro no me haya convencido:
1) las estampas que dibuja Cisneros parecen el cuaderno de notas de un escritor que está preparando una novela. Reúnes el material sobre el que quieres trabajar y luego elaboras la trama. Tienes el fondo, ahora hace falta la historia. Aquí el fondo se convierte en el todo.
2) la prosa me resulta demasiado naif y a menudo su lírica cae en un sentimentalismo cursi. En el prólogo Cisneros nos dice: “La última frase (de cada pequeña historia o viñeta) debe sonar como las notas finales de una canción de mariachis –tan-tán- para decirte cuando la canción esta hecha”. En realidad es sobre todo en estas últimas frases donde en vez de sentir la belleza poética buscada, he sentido el peso de la sensiblería cursi.
Pondré algún ejemplo: Entre la página 26 y 27 se habla de una vecina, Marin, una chica algo mayor que Esperanza, que ha venido de Puerto Rico para cuidar de sus primos pequeños, cuyo novio se quedó allá, en su isla, y ella, Marin, no puede casi salir de casa. Este es el párrafo final: “Marin, bajo la luz de la calle, bailando consigo misma, está cantando la misma canción en otro lugar. Está esperando a un coche que pare, una estrella que caiga, a alguien que cambie su vida”.
Otro ejemplo, en las páginas 33-34 se habla de Darius, que es un chico al que no le gusta el colegio, casi siempre se comporta como un estúpido, y persigue a las chicas con petardos. Esperanza nos describe un momento epifánico vivido con él: un día Darius señala el cielo lleno de nubes; y de entre todas llama a los demás la atención sobre una que se parece a palomitas de maíz. El micorrelato acaba: “Esa es Dios, dijo Darius. ¿Dios?, preguntó alguien. Dios, dijo él, y lo hizo ser simple”.

La verdad es que como obra literaria, escrita en inglés, sobre la inmigración latina en los Estados Unidos, me gustó mucho el libro Los boys (Drown es su título original) del escritor de origen dominicano Junot Díaz, una obra también compuesta por relatos entrelazados, pero, a mí entender, cargados de más enjundia literaria que esta obra de Sandra Cisneros.

La casa de Mango Street se usa en colegios norteamericanos como libro de iniciación a la lectura, y esto me parece una buena idea. A los 14 años se deben leer libros como éste para algún día poder disfrutar de otros como el Ulises de Joyce o El ruido y la furia de Faulkner. Yo, a mis 37 años, no era el lector adecuado para este libro.

domingo, 14 de agosto de 2011

Un paseo literario por la costa Este norteamericana

He estado de vacaciones 17 días en Estados Unidos, un viaje que incluía como destinos Nueva York, Boston, Salem y Providence. Había visitado antes una sola vez en este país, durante dos semanas en el año 2000, cuando trabajaba de auditor y la empresa norteamericana que me contrató nos llevaba a los nuevos a realizar el conocido coloquialmente como “curso de Chicago”; aunque, en realidad, se impartía en medio de los campos de Illinois en un enorme complejo, y sólo pudimos visitar la ciudad durante un sábado (pasado el mediodía) y un domingo. En esta ocasión mi novia y yo pudimos dedicar todos los días al turismo.

Nueva York es una ciudad que pertenece ya al imaginario colectivo tanto literario como cinematográfico y es fácil visitarla como si uno se moviera (siento el tópico) por un decorado de una película de Woody Allen. Aunque también es observable lo contrario: uno puede darse cuenta en NY de cómo la realidad imita al arte. Basta con ir de paseo a Little Italy, el barrio de los italianos a principios del siglo XX, ahora dos calles repletas de restaurantes, con personas contratadas en las puertas, figurantes, que imitan a los actores de las películas de italoamericanos de los años 70 ó 80. Nos ocurrió la última noche: entramos en uno de estos restaurantes italoamericanos y sin abrir la boca se dirigieron a nosotros en español, todo el personal era argentino, salvo un puertorriqueño. Nos reímos después al ver cómo el maitrre bonaerense se asomaba a la puerta para llamar a unos clientes que consultaban la carta, diciendo: "Hey guys, how are you?", pero, desaparecido su acepto argentino lo pronunciaba con acento italiano, como si fuese Joe Pesci. Y después, cuando los clientes entraron al local, intentaba no hablar, porque resulta que eran argentinos, que por supuesto descubrieron el juego y se reían por lo bajo.
Recorrimos a pie (en diferentes días) casi toda la isla de Manhattan, sin buscar en principio rincones literarios; aunque siempre nos acabábamos topando con alguno. Por ejemplo, en la siguiente foto se muestra la White Horse Tavern, que según un artículo que encontré en Internet era el local favorito de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Norman Mailer:



Pasamos también por Washington Square. En el número 7 de esta plaza vivió Edith Warthon y en el 21 Henry James. No busqué estos lugares porque ese día hacía un calor insoportable y además me había dejado la información (que ahora consulto) en el hotel.

Visitamos el Lower East Side con la idea de descubrir la esencia del antiguo barrio judío de Manhattan y los escenarios de la novela Llámalo sueño de Henry Roth. Comprobamos que ahora el barrio ha pasado a ser principalmente un aledaño de Chinatown, como se puede ver en estas dos imágenes, en un lado de la calle la sinagoga y al otro una concurrida acera de locales chinos:





Inevitablemente visité Central Park pensando en Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Éste es el estanque del que Holden se preguntaba qué hacían los patos en invierno:



También en Central Park existen dos estatuas que homenajean a Hans Christian Andersen y a Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll:



Para leer durante el viaje me llevé la Antología del cuento norteamericano, editada por Richard Ford, en la que bastantes de sus relatos (al menos de los primeros) transcurren en Nueva York, y ahora, visitando la ciudad, ya podía ubicarme si me estaban hablando de la calle 10, de la 40 o de la 110.

Me apenó ver que cerca de Madison Square Garden cerraban una librería BORDERS enorme. Me gustaba mucho visitar las librerías de esta cadena cuando iba a Londres. Supuse que cerraban porque el metro cuadrado de suelo útil debe de ser muy caro en Manhattan y, como me informé en Internet antes del viaje, algunas librerías emblemáticas de Nueva York dedicadas al libro en español, en concreto las librerías Lectorum y Macondo, cerraron sus puertas en 2007.
En el BORDERS de Manhattan los libros tenían un 20 o 30 % de descuento y compré Dr. Futurity, una novela de ciencia ficción de Philip K. Dick que no está traducida al español.

Me gustó mucho una librería llamada McNally & Jackson, que estaba en el 52 de la calle Prince, muy cerca de Little Italy. Además de librería era un espacio cultural con cafetería, coloquios sobre libros, incluso sobre libros en español, y en un rincón (cerca de la sección de libros en español) vi a una chica dando una clase particular de nuestro idioma. Aquí compré el libro de relatos Dusk de James Salter, que creo que no está traducido al español, y el primer libro de relatos de Juan Villoro, La noche navegable, editado en México y que no ha llegado a España.

Llegamos a Boston, cuna de Edgar Allan Poe, pero nada en la ciudad (al menos que descubriéramos) recordaba este hecho; quizás se deba a que Poe era hijo de una pareja de actores itinerantes que murieron antes de que él cumpliera los tres años, y es posible que no tuvieran una residencia fija en la ciudad.
Aquí ya me di cuenta de que la crisis de las librerías BORDERS no sólo afectaba a la de Nueva York, porque la de Boston también estaba a punto de cerrar, igual que luego la de Providence. Leo ahora en Internet que la cadena BORDERS se ha declarado en quiebra y va a cerrar todas sus tiendas en Estados Unidos. Una mala noticia para el mundo de los libros. Imagino que las ventas de libros por Internet (Amazon) o el auge de los e-books, o que simplemente la gente no lee, han provocado el cierre.
En el BORDERS de Boston, aprovechando el descuento por cierre, compré un libro de Alfaguara en español: Palomos, del dominicano Pedro Antonio Valdez. Está editado en República Dominicana e imagino que se ha puesto a la venta en Estados Unidos pensando en los dominicanos que viven allí. No creo que este libro llegue a España, porque hojeándolo he observado que el vocabulario no es muy fácil para un lector medio español, ya que está escrito en un registro callejero dominicano.
En Boston también me gustaron las librerías de segunda mano Raven. En una de ella compré de saldo –porque está nuevo- una de las novelas realistas de Philip K. Dick y que tampoco está traducida al español, a pesar de que hace un par de años una editorial anunció que iba a hacerlo. La novela se titula The man whose teeth were all exactly alike, y el nombre me sonaba ya de adolescente. Según la contraportada ésta era la novela de no ciencia ficción que Dick prefería entre la decena que escribió y que nunca le publicaron en vida. Había más, a precios muy baratos, a 5 ó 7 euros al cambio, pero me contuve: al final sé que no puedo leer con demasiada soltura en inglés.


Desde Boston, a media hora en tren, se encuentra Salem, un pueblo muy conocido y turístico debido a los procesos por brujería que tuvieron lugar allí. Además de por su pasado de fanáticos religiosos el pueblo también muestra otra cara literaria, ya que es el lugar de nacimiento de Nathaniel Hawthorne.
Aquí visitamos la Casa de los siete tejados (The house of the seven gables), construida en 1668, una de las más antiguas de Estados Unidos, y que supuestamente sirvió de inspiración para la novela homónima de Hawthorne (el nombre con que publicitan a la casa está extraído de la novela, publicada en 1851). Esta foto es de dicha casa:


Y anexa a ella, la visita a la casa de los siete tejados incluye la entrada en otra casa más pequeña, que supuestamente es la casa de nacimiento de Hawthorne, que estaba en otra parte del pueblo y luego fue trasladada allí. En realidad, ni el mismo guía que nos lo contaba parecía creer en ello. Seguramente un caso similar al de la casa de Cervantes de Alcalá de Henares o la de El Greco en Toledo. Esta es la supuesta casa de nacimiento de Nathaniel Hawthorne:




Y ya al final del viaje nos acercamos hasta Providence; y si durante el resto de visitas -Nueva York, Boston o Salem- no primaba, sobre otros elementos del turista habitual, el literario, he de decir que, al menos por lo que a mí respecta, la visita a Providence la configuré desde el primer momento como una visita literaria. Conservo de la adolescencia el nombre de dos lugares para mí míticos, el Berkeley de Philip K. Dick y el Providence de H. P. Lovecraft.
Estaba en la estación de autobuses de Boston, ante el letrero del autobús que íbamos a tomar, y leía ese nombre, Providence, y me embargaba la emoción adolescente.
Lovecraft fue uno de mis autores de cabecera durante la adolescencia. Y le he vuelto a leer, ya de adulto, pasaba la treintena, en las cuidadas ediciones de Valdemar, y he encontrado que me sigue fascinando casi tanto como el primer día.
El volumen dos de las Obras completas de Valdemar, comienza con la novela El caso de Charles Dexter Ward, donde según los editores se observa el amor de Lovecraft por su ciudad, pues hace aparecer en ella a un gran número de sus edificios históricos.
Llegamos a Providence a mediodía, y, después de comer, mi novia estaba cansada y le apeteció quedarse en el hotel. Teníamos la idea de realizar un itinerario sobre los lugares de Lovecraft, siguiendo un mapa extraído de Internet (pinchar AQUÍ) al día siguiente. Yo con el mapa que nos habían proporcionado en el hotel emprendí el camino hacia la calle Angell, donde se suponía que había estado la casa natal del autor. Ya nos había advertido un librero, horas antes, que la ciudad no promocionaba nada la figura de Lovecraft, que sólo la tumba se podía visitar.
Avanzo por la calle Angell, y voy sacando fotografías a casas de un estilo que la guía define como neogótico, y que es una mezcla entre el alemán tirolés y las casas con torreones de los cuentos de terror.  Y me sonrío porque me imagino a Lovecraft paseando por aquí 100 años antes, me lo imagino perfectamente, al anochecer, con su cara seria, rascándose con desaprobación su mandíbula prominente, soñando con sus monstruos particulares. Fotografío una casa histórica, el Estudio Fleur de Lys, en el 7 de Thomas Street, que fue usada por Lovecraft como hogar del personaje Henry Anthony Wilcox en La llamada de Cthulhu. Es ésta:




En el número 454 de Angell, donde tenía que haber estado la casa en la que nació Lovecraft me encuentro con un Starbucks, y enfrente una librería, donde los libros de H. P. L. ni siquiera están destacados. Ya sé que para mí Providence, desde la adolescencia, ha significado Lovecraft y que para la gente que vive o trabaja aquí no significa más que esto último. De todos modos, acabo comprando otro libro: Una casa en la calle Mango, de Sandra Cisneros.
Sigo andando y llego al 598 de Angell, donde vivió Lovecraft entre 1904 y 1924. En el solar que estuvo su casa ahora está esta:



En la misma calle Angell, de vuelta al hotel, fotografía Hamilton House, en el número 276, de cuya naturaleza malsana hablaba Lovecraft en carta a sus amigos. Ahora es una residencia de la tercera edad:





Y el domingo 7 de agosto, día programado para seguir el tour de Lovecraft, amaneció lloviendo abundantemente. Como volvíamos a Nueva York al día siguiente, no nos quedó más remedio que esperar a que acampara un poco y visitar Providence bajo la lluvia y la pobre protección de dos paraguas. En realidad sólo a nosotros parece importarnos Lovecraft, o somos los únicos que unimos como un binomio estas palabras: Providence-Lovecraft, porque en la ciudad lo que se está celebrando bajo la lluvia es un maratón suburbano. Una ciudad, por otra parte, Providence, con un aspecto rico, con altos hoteles que parecen promover un turismo de campos de golf y paseos en yate, bastante alejado de cualquier mundo de terrores acuáticos o evadidos de sueños malsanos.

El recorrido marcado principalmente se desarrollaba entorno a la calle Benefit, una de las más antiguas de la ciudad, con casas que muestras orgullosas en sus fachadas las fechas de su construcción, la mayoría del siglo XIX y algunas del XVIII.
Para llegar a la calle Benefit primero pasamos por la calle Church, cuyo cementerio obsesionó tanto a Poe como a Lovecraft. Éste es:



En el 88 de Benefit se encuentra la casa de Sarah Helen Whitman, poetisa cortejada por Poe. Ésta es:



En el 135 de Benefit está Stephen Harris House, usada por Lovecraft para el relato La casa evitada. Ésta:



En los números 175-185 de Benefit existe un edificio de apartamentos despreciado por Lovecraft, ya que (según sus palabras) “este miserable ultra-moderno edificio de apartamentos sustituye a las pocas casas reales que quedan en el país”. La verdad es que Lovecraft debía de tener ya una visión de su ciudad anticuada para su época. Este es el edificio:



En el 10 y 11 de la calle Thomas, Lovecraft y sus tías asistían a exposiciones de arte. Aquí:



En el 251 de Benefit está el Ateneo, frecuentado por Lovecraft y donde Poe cortejó a Sarah Helen Whitman:



En la siguiente foto aparece la biblioteca John Hay, en el 20 de la calle Prospect, lugar frecuentado por Lovecraft. Se supone que posee la mayor colección de manuscritos del autor, pero no pudimos verlo porque era domingo y estaba cerrado (no sé si se exponían al público):



Y junto a la biblioteca existe una placa que conmemora a nuestro autor, erigida en 1990 gracias a S. T. Joshi, Murray, John Cooke y los amigos de Lovecraft. Esta es toda la gloria literaria que su ciudad natal dedica a Lovecraft:


En el 10 de la calle Barnes estuvo el hogar de Lovecraft entre 1926 y 1933:


En el 140 de Prospect Street esta Halsey House, que tenía fama de estar encantada en los tiempos de Lovecraft:



Sé que tengo más fotos de casas en las que supuestamente se sitúa la acción de El caso de Charles Dexter Ward, pero, entre la lluvia y el cansancio no estoy seguro de cuál es cuál; de hecho, la guía que seguíamos tampoco parece estar segura y propone varias. Creo que estas se pueden incluir en esa categoría:





Tras casi tres horas de luchar contra la lluvia, de refugiarnos en porches, de aprovechar momentos de calma en la tormenta, completamos el recorrido y volvimos al hotel. Comimos como a las 4 de la tarde, una hora impensable para un norteamericano y estábamos solos en el restaurante del hotel. Fuera comenzó de nuevo a llover con fuerza. Sobre las cinco paró la lluvia y aunque me sentía algo enfermo, constipado o con gripe, me dio cargo de conciencia quedarme en el hotel. Llevaba 20 años soñando con Providence, con una idea difusa y por supuesto falsa de una ciudad surgida de la mente de un escritor cercano a la perturbación permanente. Así que tomé un café en el Starbucks del hotel y con un plano que me habían impreso en la recepción, una ruta para coche, me encaminé hacia el cementerio Swan Point con la idea de visitar la tumba de Lovecraft (recuerdo hace muchos años una historia: el amigo de un amigo viaja a Estados Unidos y le trae de recuerdo a mi amigo una piedra; pero no es una piedra cualquiera, es una piedra tomada de la tumba de Lovecraft, y mi amigo la expone en su librería).
Temo que vuelva a llover, pero brilla un tímido sol sobre la ciudad empapada. Consigo llegar a la calle Butler, una calle con un bullevar por el que corre la gente o anda haciendo marcha atlética entre mansiones. Después de una hora y cuarto de andar deprisa, llego a las puertas del cementerio. Leo en la entrada que cierran a las 7. Tengo 35 minutos para encontrar la tumba. El lugar parece inmenso y vacío. Hay una casa para atender a las visitas, me acerco y su puerta está cerrada. Por el cristal veo el material impreso para visitantes del cementerio, imagino que allí estará marcado el lugar donde se encuentra la tumba que busco. No hay nadie, me percato de que va a ser casi imposible encontrar la tumba sin ninguna indicación. Me pongo a andar deprisa, pienso en Tuco en la película El bueno, el feo y el malo, buscando también una tumba en un cementerio.
Swan Point es un cementerio anglosajón; es decir, un espacio sin casi ninguna lápida en el suelo, sólo señales verticales, con árboles, colinas, caminos para ir en coche. Todo está mojado, cae el sol y no hay nadie en ninguna parte de este recinto inmenso. Veo a una familia que se ha bajado de un coche, me acerco con cuidado, para no asustarles. El hombre está inclinado sobre una tumba y le cuenta algo a sus dos hijos pequeños. Pregunto por Lovecraft a la mujer y me dice que es la primera vez que entran allí y que su marido está fascinando porque ha encontrado una tumba con su nombre. Sigo andando, un rato después detengo a un ciclista, un chico joven, pelirrojo, con sobrepeso. Me escucha, ladea la cabeza y sin mirarme me dice que no puede ayudarme, y me fijo en cómo se marcha cantando o hablando solo mientras pedalea. Camino entre colinas, tumbas, árboles, miro el reloj, veo que van a ser las 7 y sin indicaciones va a ser imposible hallar lo buscado. Me encamino hacia la salida, tampoco la encuentro, cae el sol, no hay nadie. Temo encontrarme con las puertas del cementerio cerradas y una sensación de soledad y absurdo, de que ya tengo 37 años y no 17, se apodera de mí. Y me paro y me río, y me doy cuenta de que aunque me cierren las puertas la valla de piedra es de un metro de altura. Y de que sin un mapa y sin luz no voy a encontrar nada.
Estas son las fotos del cementerio donde no encontré la tumba de Lovecraft: