domingo, 31 de agosto de 2025

El Eternauta, por Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López


El Eternauta
, de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López

Editorial Planeta. 373 páginas. 1ª edición de 1957-59; esta es de 2022

Prólogos de Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain

 

Entre abril y mayo de 2025, empecé a recibir información sobre el estreno en la plataforma Netflix de la serie de seis capítulos El eternauta, dirigida por Bruno Stagnaro y protagonizada por Ricardo Darín. También empecé a leer comentarios sobre que esta serie estaba basada en un cómic mítico argentino del mismo nombre, que se publicó, por entregas, entre 1957 y 1959, en la revista Hora Cero. El cómic estaba escrito por Héctor Germán Oesterheld (Buenos Aires, 1919 – Desaparecido, 1977) y dibujado por Francisco Solano López (Buenos Aires, 1928 – 2011). Ya he contado alguna vez que, cuando va a llegar el verano, me suele apetecer leer libros de ciencia ficción o terror, porque son géneros que asocio a la libertad adolescente de las vacaciones escolares, y me empezó a llamar la atención este cómic de El eternauta, con prometedoras dosis de ciencia ficción y terror. También he contado más de una vez que me suelen gustar las narraciones apocalípticas. Se lo solicité a Planeta Cómic para poder leerlo y reseñarlo, y ellos me lo enviaron.

 

No es habitual que yo lea cómics, pero tampoco ha sido algo inédito en mi vida adulta. He leído, por ejemplo, Todo Paracuellos de Carlos Giménez, o una amplia antología de American Splendor de Harvey Pekar.

 

No he visto la serie de Netflix, aunque me han hablado de ella; así que he llegado al cómic con una mirada pura sobre lo que me iba a encontrar. Recomiendo al lector del cómic que espere al final de su lectura para acercarse a los prólogos de Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain, que acompañan a esta edición de Planeta Cómic de 2022. Alguna vez he hablado en mi canal de YouTube -Bienvenido, Bob- sobre la irrelevancia de los llamados «spoilers» en la literatura, si pensamos que esta tiene más que ver con el «cómo se dice» que con el «qué se dice». En otras palabras, para cualquier lector literario que acometa, por primera vez, la lectura de El Quijote, debería ser irrelevante, para el placer que va a obtener de un libro como este, saber que, al final de la historia, nuestro loco de La Mancha, muere cuerdo en su cama o no saberlo. Sin embargo, para una narración (sin dejar de ser literaria) como El Eternauta, donde la sorpresa y la sensación de maravilla con que el lector se va a encontrar, casi en cada página, revelar los secretos de la narración sí puede ser significativo. Señalaré solo algunos asideros argumentales que ocurren muy al principio de la historia.

 

De entrada, debería comentar que El Eternauta cuenta con dos narradores principales (llegará a existir, durante unas breves viñetas, un tercero). El primero de ellos es Oesterheld, el creador de la historieta, que en una madrugada, sobre las tres de la mañana, trabaja en su casa con la ventaba abierta para poder mirar las estrellas. Enfrente de la mesa en la que escribe se empieza a materializar una figura, vestida con una ropa extraña. Durante toda esa noche, esta «figura», a la que acabará llamando «el Eternauta». Así se dará paso al segundo narrador de la historia, el Eternauta, que nos contará que se llama Juan Salvo y que vivía en Vicente López, un municipio al norte de la ciudad de Buenos Aires. Salvo no es alguien rico, pero «mi pequeña fábrica de transformadores me permitía vivir a gusto» (pág. 17). Cuando El Eternauta se materializa ante Oesterheld, se da una coordenada temporal. Dice el Eternauta: «No necesitas contestarme, ya sé que estoy en la Tierra. A mitad del siglo XX, alrededor del 1957» (pág. 14). En la viñeta siguiente leemos: «Esto último lo dijo mirando los libros sobre la mesa. Y las revistas: había un magazine de actualidad con la foto de Krushchev en la tapa». En la página 87 se nombrará a la perrita Laika. Como vemos, el contexto histórico en el que escribió el cómic es el de la guerra fría. Este dato será importante para comprender cuál es la primera interpretación que los personajes dan a los sucesos extraños de los que ellos van a ser testigos.

 

El Eternauta, le contará a Oesterheld que, la noche que comenzó toda su aventura extraordinaria, se encontraba, como tantos otras veces, jugando al truco en la buhardilla de su chalet con sus amigos. Su mujer, Elena, lee en la cama, en la planta de abajo, y su hija, Martita, está ya durmiendo. Esta imagen de los amigos jugando al truco enseguida se me hizo muy representativa de la cultura argentina, pues el mismo Jorge Luis Borges tiene un poema sobre el truco, que acaba siendo una metáfora de la repetición, del eterno retorno, poema que apareció en Fervor de Buenos Aires (1923). La apacible partida se ve interrumpida porque se va la luz. No se oyen ruidos. Algo está sucediendo. Ha empezado a caer una inesperada nevada fosforescente. Los amigos pronto se dan cuenta de que no deben salir de la casa ni abrir las ventanas. Al entrar en contacto con los copos de nieve, las personas mueren. «Todo hasta donde se podía ver, se cubría ya de aquella nevada. Nevada irreal, nevada de dibujos animados Y mortal, terriblemente mortal…» (pág. 20).

En su prólogo, Guillermo Saccomanno nos explicará que existe una interpretación política sobre el tema inicial de El Eternauta, sobre esa nevada mortal en Buenos Aires. En 1955, los cazas de la Marina de Guerra bombardearon la Plaza de Mayo, tratando de acabar con el peronismo. Estos bombardeos mataron a más de 400 personas.

 

Los protagonistas de la historia, encerrados en la casa de Juan Salvo, que aceptan rápido todo lo que está ocurriendo, sellarán cualquier apertura de la casa con la idea de atrincherarse dentro. Pronto sabremos que la buhardilla de la casa contiene bastante material útil para la supervivencia, porque Salvo y sus amigos tienen aficiones científicas. Así, por ejemplo, Favalli, que va a ser uno de los protagonistas de la historia, es profesor de física en la universidad. Poco antes de que los acontecimientos extraños hayan comenzado, por la radio han escuchado hablar de un ensayo radioactivo, por parte de Estados Unidos, que ha generado polvo radioactivo. Otro de los amigos tendrá en la buhardilla de Salvo un contador Geiger, lo que le permite comprobar si afuera de la casa hay presencia radioactiva. Pronto sabrán que no, aunque la suposición de que la muerte debida a la nieve fosforescente está relacionada con las explosiones atómicas estadounidenses será una hipótesis a barajar en el comienzo de la historia. Ya he dicho que nos encontramos en el contexto de la Guerra Fría. Transformarán también una radio para que funcione a pilas y así saber qué noticias llegan (si alguien está emitiendo) del mundo exterior. Y no será difícil para ellos hacer trajes con una máscara incluida y un filtro, que les permitan salir de la casa y explorar los alrededores sin sucumbir a la toxicidad de la nevada.

Este comienzo, en el que los protagonistas poseen conocimientos científicos y capacidad para usar materiales con los que fabricar productos, que les ayudarán a salir adelante, me ha recordado a las historias escritas por Julio Verne. Aunque, cuando era niño, acabé leyendo algunas de las novelas escritas por Verne, en principio recibí sus creaciones en forma de cómics. Cuando tenía unos ocho años, mi padre me regaló unos libros de tapas duras que se titulaban Grandes novelas ilustradas, y el primero que leí contenía diez historias en forma de cómic, hechas a partir de las novelas de Julio Verne; siempre contadas en 30 páginas. De hecho, incluso la forma de dibujar los rostros de Francisco Solano López me ha recordado a cómo se dibujaban algunos personajes de aquellas Grandes novelas ilustradas. Aunque, en cualquier caso, debo añadir, que el detalle de los dibujos de Solano López es superior a aquellos. He leído que, para esta edición de Planeta Cómic, algunos dibujos originales han sido restaurados. Creo que también están aquí presentes los trazos típicos de los cómics bélicos de la época.

El papel de las mujeres en el cómic es muy limitado (solo aparecen tres), con roles muy secundarios, frente a los hombres, y en cualquier caso muy alejados de la acción. Por lo que me han contado, esto ha sido actualizado en la serie, otorgando a las mujeres más protagonismo.

 

Existe una primera parte del cómic en la que los personajes se organizan para sobrevivir en la casa de Salvo, como si se trataran de Robinsones urbanos; de hecho, se cita la obra de Daniel Defoe. Quizás sea esta parte la mejor de la obra, la más misteriosa y desconcertante. Los personajes se van a cruzar con otros supervivientes, con los que quizás tengan que enfrentarse por conseguir los recursos escasos. En este sentido, El Eternauta me ha hecho recordar algunos planteamientos de series mucho más modernas como The Walking Dead, que se empezó a emitir en 2010, más de 50 años después de que apareciera el cómic argentino. The Walking Dead está basado en un cómic, escrito por Robert Kirkman y dibujado por Tony Moore y Charlie Adlard. Sin embargo, los supervivientes decidirán unirse cuando descubran que tienen un enemigo común, desconocido y misterioso.

 

El Eternauta se publicó en la revista Hora Cero, entre 1957 y 1959, al ritmo de tres páginas por semana. Esto hace que sea frecuente encontrar una última viñeta de página (que hacía la tercera de esa semana) y que la siguiente recoja una información muy parecida, que sirve para recordarle al lector el punto en el que se quedó la historia la semana anterior. Sin embargo, esto no supone ningún problema para el lector actual. He leído en algún comentario sobre el cómic en internet que, para los cánones actuales, resulta excesivo su texto, porque hay pequeñas viñetas verticales que no contienen dibujo sino simplemente texto explicativo. A mí tampoco esto me ha parecido que fuera ningún problema. Sin embargo, sí que he tenido la sensación de que hay ideas que, de forma continua, se repite su exposición en el texto, o bien en la parte que corresponde al narrador, o en los bocadillos de los personajes. Por ejemplo, en la primera salida de la casa de Salvo, al observar la magnitud de la tragedia acontecida, al ver a los muertos, repite varias veces la idea de que ellos tuvieron suerte por tener todas las ventanas cerradas, pero que la gente a la que la nevada le pilló con alguna puerta o ventana abierta pereció. Esto insistencia en ideas ya señaladas es un rasgo de estilo, que se va a repetir a lo largo de la narración. Quizás estos subrayados quitan algo de sutileza a lo contado; pero imagino también que se tratan de convencionalismos del género, sobre todo en publicaciones que había leer de semana en semana.

 

En cualquier caso, lo que verdaderamente consiguen Oesterheld y Solano López es una historia vibrante y llena de tensión narrativa, en la que el lector se encuentra siempre en vilo; siempre queriendo saber qué va a ocurrir en la siguiente página (de hecho, más de una vez me he descubierto adelantando viñetas con la vista, porque no podía contener la curiosidad). Es posible también que una lectura más atenta o analítica nos haga cuestionarlos los límites de la verosimilitud narrativa, puesto que la intensidad de lo contado es tanta, que uno diría que los personajes no hacen nunca una pausa para dormir o comer, por ejemplo. Por supuesto, Oesterheld y Solano López, en su afán de rizar el rizo narrativo, va a situar a los personajes al borde continuo de precipicios narrativos, y se van a librar de una muerte inminente por una pirueta narrativa, a la que acceden por la casualidad o por una solución improvisada a última hora; una casualidad o una solución improvisada común al género de aventuras (muy usada en películas y novelas: se abre una trampilla al final, los personajes se lanzan a un río desde un precipicio, etc.) que podríamos llamar «el método Scooby-Doo» de resolución de escenas narrativas. Con esto no quiero ser despectivo con los recursos narrativos de Oesterheld, porque entiendo que la forma de narrar esta historieta ha de conducir, por fuerza, a este tipo de resoluciones, donde juega un papel importante el pacto narrativo entre autor y lector. También nos vamos a encontrar con otro convencionalismo presente en este tipo de historias: van a morir muchas personas según avanza la trama, pero si algún personaje ha sido individualizado de forma significativa existen altas posibilidades de que su muerte sea aparente y que aparezca de nuevo (cuando el lector le da por muerto) de forma sorpresiva.

En realidad, pese a estos pequeños detalles, en apariencia negativos que muestro aquí, y como ya he apuntado, me ha parecido que esta historieta era muy adictiva y que el lector, de forma continua, desea seguir leyendo para saber hacia dónde se encamina. Desde el principio, en cualquier caso, el lector sabe que Juan Salvo tendrá que entrar en contacto con una máquina del tiempo, o un aparato similar, para poder convertirse en «el Eternauta», un viajero del tiempo.

 

El Eternauta tuvo una continuación, a cargo de Oesterheld y Solano López, en 1976. Años antes Oesterheld se había unido a los montoneros. Esto hizo que, con la dictadura de Videla, Osterheld tuviera que vivir en la clandestinidad, y a veces dictaba sus textos desde un teléfono para que los pudiera recoger Solano López. Finalmente, Oesterheld se convirtió –junto con sus cuatro hijas y sus yernos– en uno de los desaparecidos por la dictadura argentina. Elsa Sánchez, esposa de Osterheld, también fue secuestrada, pero sobrevivió y se convirtió en una de las fundadoras de las Abuelas de la Plaza de Mayo.

Planeta Cómic no ha sacado, al menos en España, esta segunda parte de El Eternauta, pero espero que, gracias al éxito de la serie de Netflix, y la consiguiente revitalización de esta historia, se plantee hacerlo; porque me interesaría leerla. En definitiva, El Eternauta me ha parecido una gran historia, que he leído con gran sentido de la sorpresa y la maravilla, que es como se deben leer las historias de aventuras.

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