El Eternauta, de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López
Editorial Planeta. 373
páginas. 1ª edición de 1957-59; esta es de 2022
Prólogos de Guillermo Saccomanno y
Juan Sasturain
Entre abril y mayo de
2025, empecé a recibir información sobre el estreno en la plataforma Netflix de la serie de seis capítulos El
eternauta, dirigida por Bruno
Stagnaro y protagonizada por Ricardo
Darín. También empecé a leer comentarios sobre que esta serie estaba basada
en un cómic mítico argentino del mismo nombre, que se publicó, por entregas,
entre 1957 y 1959, en la revista Hora
Cero. El cómic estaba escrito por Héctor
Germán Oesterheld (Buenos Aires, 1919 – Desaparecido, 1977) y dibujado por Francisco Solano López (Buenos Aires,
1928 – 2011). Ya he contado alguna vez que, cuando va a llegar el verano, me
suele apetecer leer libros de ciencia ficción o terror, porque son géneros que
asocio a la libertad adolescente de las vacaciones escolares, y me empezó a
llamar la atención este cómic de El
eternauta, con prometedoras dosis de ciencia ficción y terror. También he
contado más de una vez que me suelen gustar las narraciones apocalípticas. Se
lo solicité a Planeta Cómic para
poder leerlo y reseñarlo, y ellos me lo enviaron.
No es habitual que yo lea cómics, pero tampoco ha sido algo inédito en mi
vida adulta. He leído, por ejemplo, Todo Paracuellos de Carlos Giménez, o una amplia antología
de American
Splendor de Harvey Pekar.
No he visto la serie de Netflix, aunque me han hablado de ella; así que he
llegado al cómic con una mirada pura sobre lo que me iba a encontrar.
Recomiendo al lector del cómic que espere al final de su lectura para acercarse
a los prólogos de Guillermo Saccomanno
y Juan Sasturain, que acompañan a
esta edición de Planeta Cómic de 2022. Alguna vez he hablado en mi canal de
YouTube -Bienvenido, Bob- sobre la irrelevancia de los llamados «spoilers»
en la literatura, si pensamos que esta tiene más que ver con el «cómo se dice»
que con el «qué se dice». En otras palabras, para cualquier lector literario
que acometa, por primera vez, la lectura de El Quijote, debería ser
irrelevante, para el placer que va a obtener de un libro como este, saber que,
al final de la historia, nuestro loco de La Mancha, muere cuerdo en su cama o
no saberlo. Sin embargo, para una narración (sin dejar de ser literaria) como El Eternauta, donde la sorpresa y la
sensación de maravilla con que el lector se va a encontrar, casi en cada
página, revelar los secretos de la narración sí puede ser significativo.
Señalaré solo algunos asideros argumentales que ocurren muy al principio de la
historia.
De entrada, debería comentar que El Eternauta
cuenta con dos narradores principales (llegará a existir, durante unas breves
viñetas, un tercero). El primero de ellos es Oesterheld, el creador de la
historieta, que en una madrugada, sobre las tres de la mañana, trabaja en su
casa con la ventaba abierta para poder mirar las estrellas. Enfrente de la mesa
en la que escribe se empieza a materializar una figura, vestida con una ropa
extraña. Durante toda esa noche, esta «figura», a la que acabará llamando «el
Eternauta». Así se dará paso al segundo narrador de la historia, el Eternauta,
que nos contará que se llama Juan Salvo y que vivía en Vicente López, un
municipio al norte de la ciudad de Buenos Aires. Salvo no es alguien rico, pero
«mi pequeña fábrica de transformadores me permitía vivir a gusto» (pág. 17).
Cuando El Eternauta se materializa ante Oesterheld, se da una coordenada
temporal. Dice el Eternauta: «No necesitas contestarme, ya sé que estoy en la
Tierra. A mitad del siglo XX, alrededor del 1957» (pág. 14). En la viñeta
siguiente leemos: «Esto último lo dijo mirando los libros sobre la mesa. Y las
revistas: había un magazine de actualidad con la foto de Krushchev en la tapa».
En la página 87 se nombrará a la perrita Laika. Como vemos, el contexto
histórico en el que escribió el cómic es el de la guerra fría. Este dato será
importante para comprender cuál es la primera interpretación que los personajes
dan a los sucesos extraños de los que ellos van a ser testigos.
El Eternauta, le contará a Oesterheld que, la noche que comenzó toda su
aventura extraordinaria, se encontraba, como tantos otras veces, jugando al
truco en la buhardilla de su chalet con sus amigos. Su mujer, Elena, lee en la
cama, en la planta de abajo, y su hija, Martita, está ya durmiendo. Esta imagen
de los amigos jugando al truco enseguida se me hizo muy representativa de la
cultura argentina, pues el mismo Jorge
Luis Borges tiene un poema sobre el truco, que acaba siendo una metáfora de
la repetición, del eterno retorno, poema que apareció en Fervor de Buenos Aires
(1923). La apacible partida se ve interrumpida porque se va la luz. No se oyen
ruidos. Algo está sucediendo. Ha empezado a caer una inesperada nevada
fosforescente. Los amigos pronto se dan cuenta de que no deben salir de la casa
ni abrir las ventanas. Al entrar en contacto con los copos de nieve, las
personas mueren. «Todo hasta donde se podía ver, se cubría ya de aquella
nevada. Nevada irreal, nevada de dibujos animados Y mortal, terriblemente
mortal…» (pág. 20).
En su prólogo, Guillermo Saccomanno
nos explicará que existe una interpretación política sobre el tema inicial de El Eternauta, sobre esa nevada mortal en
Buenos Aires. En 1955, los cazas de la Marina de Guerra bombardearon la Plaza
de Mayo, tratando de acabar con el peronismo. Estos bombardeos mataron a más de
400 personas.
Los protagonistas de la historia, encerrados en la casa de Juan Salvo, que
aceptan rápido todo lo que está ocurriendo, sellarán cualquier apertura de la
casa con la idea de atrincherarse dentro. Pronto sabremos que la buhardilla de
la casa contiene bastante material útil para la supervivencia, porque Salvo y
sus amigos tienen aficiones científicas. Así, por ejemplo, Favalli, que va a
ser uno de los protagonistas de la historia, es profesor de física en la
universidad. Poco antes de que los acontecimientos extraños hayan comenzado,
por la radio han escuchado hablar de un ensayo radioactivo, por parte de
Estados Unidos, que ha generado polvo radioactivo. Otro de los amigos tendrá en
la buhardilla de Salvo un contador Geiger, lo que le permite comprobar si
afuera de la casa hay presencia radioactiva. Pronto sabrán que no, aunque la
suposición de que la muerte debida a la nieve fosforescente está relacionada
con las explosiones atómicas estadounidenses será una hipótesis a barajar en el
comienzo de la historia. Ya he dicho que nos encontramos en el contexto de la
Guerra Fría. Transformarán también una radio para que funcione a pilas y así
saber qué noticias llegan (si alguien está emitiendo) del mundo exterior. Y no
será difícil para ellos hacer trajes con una máscara incluida y un filtro, que
les permitan salir de la casa y explorar los alrededores sin sucumbir a la
toxicidad de la nevada.
Este comienzo, en el que los protagonistas poseen conocimientos científicos
y capacidad para usar materiales con los que fabricar productos, que les
ayudarán a salir adelante, me ha recordado a las historias escritas por Julio Verne. Aunque, cuando era niño,
acabé leyendo algunas de las novelas escritas por Verne, en principio recibí
sus creaciones en forma de cómics. Cuando tenía unos ocho años, mi padre me
regaló unos libros de tapas duras que se titulaban Grandes novelas ilustradas,
y el primero que leí contenía diez historias en forma de cómic, hechas a partir
de las novelas de Julio Verne; siempre contadas en 30 páginas. De hecho,
incluso la forma de dibujar los rostros de Francisco Solano López me ha
recordado a cómo se dibujaban algunos personajes de aquellas Grandes novelas ilustradas. Aunque, en
cualquier caso, debo añadir, que el detalle de los dibujos de Solano López es superior
a aquellos. He leído que, para esta edición de Planeta Cómic, algunos dibujos
originales han sido restaurados. Creo que también están aquí presentes los
trazos típicos de los cómics bélicos de la época.
El papel de las mujeres en el cómic es muy limitado (solo aparecen tres),
con roles muy secundarios, frente a los hombres, y en cualquier caso muy
alejados de la acción. Por lo que me han contado, esto ha sido actualizado en
la serie, otorgando a las mujeres más protagonismo.
Existe una primera parte del cómic en la que los personajes se organizan
para sobrevivir en la casa de Salvo, como si se trataran de Robinsones urbanos;
de hecho, se cita la obra de Daniel
Defoe. Quizás sea esta parte la mejor de la obra, la más misteriosa y
desconcertante. Los personajes se van a cruzar con otros supervivientes, con
los que quizás tengan que enfrentarse por conseguir los recursos escasos. En
este sentido, El Eternauta me ha
hecho recordar algunos planteamientos de series mucho más modernas como The
Walking Dead, que se empezó a emitir en 2010, más de 50 años después de
que apareciera el cómic argentino. The
Walking Dead está basado en un cómic, escrito por Robert Kirkman y dibujado por Tony
Moore y Charlie Adlard. Sin
embargo, los supervivientes decidirán unirse cuando descubran que tienen un
enemigo común, desconocido y misterioso.
El Eternauta se publicó en la
revista Hora Cero, entre 1957 y 1959, al ritmo de tres páginas por semana. Esto
hace que sea frecuente encontrar una última viñeta de página (que hacía la
tercera de esa semana) y que la siguiente recoja una información muy parecida,
que sirve para recordarle al lector el punto en el que se quedó la historia la
semana anterior. Sin embargo, esto no supone ningún problema para el lector
actual. He leído en algún comentario sobre el cómic en internet que, para los
cánones actuales, resulta excesivo su texto, porque hay pequeñas viñetas
verticales que no contienen dibujo sino simplemente texto explicativo. A mí
tampoco esto me ha parecido que fuera ningún problema. Sin embargo, sí que he
tenido la sensación de que hay ideas que, de forma continua, se repite su
exposición en el texto, o bien en la parte que corresponde al narrador, o en
los bocadillos de los personajes. Por ejemplo, en la primera salida de la casa
de Salvo, al observar la magnitud de la tragedia acontecida, al ver a los
muertos, repite varias veces la idea de que ellos tuvieron suerte por tener
todas las ventanas cerradas, pero que la gente a la que la nevada le pilló con
alguna puerta o ventana abierta pereció. Esto insistencia en ideas ya señaladas
es un rasgo de estilo, que se va a repetir a lo largo de la narración. Quizás
estos subrayados quitan algo de sutileza a lo contado; pero imagino también que
se tratan de convencionalismos del género, sobre todo en publicaciones que
había leer de semana en semana.
En cualquier caso, lo que verdaderamente consiguen Oesterheld y Solano
López es una historia vibrante y llena de tensión narrativa, en la que el
lector se encuentra siempre en vilo; siempre queriendo saber qué va a ocurrir
en la siguiente página (de hecho, más de una vez me he descubierto adelantando
viñetas con la vista, porque no podía contener la curiosidad). Es posible
también que una lectura más atenta o analítica nos haga cuestionarlos los
límites de la verosimilitud narrativa, puesto que la intensidad de lo contado
es tanta, que uno diría que los personajes no hacen nunca una pausa para dormir
o comer, por ejemplo. Por supuesto, Oesterheld y Solano López, en su afán de
rizar el rizo narrativo, va a situar a los personajes al borde continuo de
precipicios narrativos, y se van a librar de una muerte inminente por una
pirueta narrativa, a la que acceden por la casualidad o por una solución
improvisada a última hora; una casualidad o una solución improvisada común al
género de aventuras (muy usada en películas y novelas: se abre una trampilla al
final, los personajes se lanzan a un río desde un precipicio, etc.) que
podríamos llamar «el método Scooby-Doo» de resolución de escenas narrativas.
Con esto no quiero ser despectivo con los recursos narrativos de Oesterheld,
porque entiendo que la forma de narrar esta historieta ha de conducir, por
fuerza, a este tipo de resoluciones, donde juega un papel importante el pacto
narrativo entre autor y lector. También nos vamos a encontrar con otro
convencionalismo presente en este tipo de historias: van a morir muchas
personas según avanza la trama, pero si algún personaje ha sido individualizado
de forma significativa existen altas posibilidades de que su muerte sea
aparente y que aparezca de nuevo (cuando el lector le da por muerto) de forma
sorpresiva.
En realidad, pese a estos pequeños detalles, en apariencia negativos que
muestro aquí, y como ya he apuntado, me ha parecido que esta historieta era muy
adictiva y que el lector, de forma continua, desea seguir leyendo para saber
hacia dónde se encamina. Desde el principio, en cualquier caso, el lector sabe
que Juan Salvo tendrá que entrar en contacto con una máquina del tiempo, o un
aparato similar, para poder convertirse en «el Eternauta», un viajero del
tiempo.
El Eternauta tuvo una continuación,
a cargo de Oesterheld y Solano López, en 1976. Años antes Oesterheld se había
unido a los montoneros. Esto hizo que, con la dictadura de Videla, Osterheld
tuviera que vivir en la clandestinidad, y a veces dictaba sus textos desde un
teléfono para que los pudiera recoger Solano López. Finalmente, Oesterheld se
convirtió –junto con sus cuatro hijas y sus yernos– en uno de los desaparecidos
por la dictadura argentina. Elsa Sánchez, esposa de Osterheld, también fue
secuestrada, pero sobrevivió y se convirtió en una de las fundadoras de las
Abuelas de la Plaza de Mayo.
Planeta Cómic no ha sacado, al menos en España, esta segunda parte de El Eternauta, pero espero que, gracias
al éxito de la serie de Netflix, y la consiguiente revitalización de esta
historia, se plantee hacerlo; porque me interesaría leerla. En definitiva, El Eternauta me ha parecido una gran
historia, que he leído con gran sentido de la sorpresa y la maravilla, que es
como se deben leer las historias de aventuras.
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