domingo, 3 de noviembre de 2019

La cabalgata, por Iván Reguera



La cabalgata, de Iván Reguera.
Editorial Sloper. 221 páginas. 1ª edición de 2018.

A Iván Reguera (Bilbao, 1973) le conocí en persona en la presentación del libro de relatos El mosquito de Nueva York de Daniel Díez Carpintero, que tuvo lugar en Madrid a finales de 2016. Aquella noche, tras la presentación fue muy interesante escuchar hablar de cine a Iván y a David Torres. Los cuatro hemos coincidido en la mallorquina editorial Sloper, dirigida por Román Piña. Desde entonces sigo a Iván en Facebook, donde cuelga enlaces a sus potentes artículos sobre cine y despotrica, de un modo muy libre, contra los gigantes que cada semana va encontrando en su camino.

La cabalgata es la segunda novela de Iván Reguera, la primera –titulada Liquidación– también se publicó en Sloper, tras ganar el Premio Cafè Món en 2013. Según he leído en una entrevista, Reguera había pensado antes en el proyecto de La cabalgata, sobre la adolescencia, que en el de Liquidación, sobre el mundo de los críticos de cine. Así que Reguera llegó a la escritura de La cabalgata tras pasar por un amplio periodo de maduración.

El narrador de La Cabalgata es Juan Poza, un adolescente bilbaíno que en la primera página del libro nos cuenta que el verano de 1989 fue el mejor de su vida. Sus padres habían decidido que debía repetir curso y, en consecuencia, no tuvo que estudiar en verano.
Al comenzar mi lectura, tras estar tan acostumbrado últimamente a los libros de autoficción, estaba suponiendo que el protagonista de esta historia había nacido en 1973 (como el autor) y que, por tanto, en 1989 tenía quince años (o iba a cumplir quince años) y el curso que tenía que repetir (en la novela no se dice) era primero de BUP. En el último capítulo parece darse a entender que en realidad el curso repetido es octavo de EGB. Este dato, unido al de que Juan ha sido siempre de los más pequeños de la clase (lo que hace que su cumpleaños sea, posiblemente, en diciembre) me han hecho acabar el libro pensando que al comienzo de la narración el protagonista tenía trece años y la acabará con catorce. No sé si esto es relevante, pero me he estado preguntando por la edad del protagonista en toda mi lectura de La cabalgata.

Debido a diferentes cambios de domicilio de sus padres, Juan no ha podido hacer amigos duraderos, algo que al fin parece que va a poder lograr en el presente curso académico. La amistad es uno de los grandes temas de La cabalgata. Juan basculará entre la amistad de Gonzalo, un joven de clase social alta, cultivado, cínico y abiertamente homosexual (en una sociedad que condena la homosexualidad), y formar parte por primera vez de una cuadrilla de amigos, más cercanos a su clase social humilde, pero menos estimulantes a nivel cultural. Gonzalo representa lo refinado, la distinción y la separación de la realidad a la que conduce la cultura, y la cuadrilla será ese mundo más sencillo, que puede llegar a hartar, pero que a veces es más reconfortante. Por un lado, los discos de jazz, las películas, los cuadros o los libros de culto, y por el otro los bares, los recreativos, los porros, el alcohol, las motos, el parque, las conversaciones sobre chicas, las peleas…

Si el libro empieza con la evocación de unas vacaciones felices en un pueblo de la costa de Cantabria, donde el adolescente disfruta de la libertad y de los entornos naturales, la vuelta al colegio de los padres claretianos en Bilbao vuelve a traer a Juan a una realidad plagada de conflictos: su padre es un bebedor sin trabajo, al que más de una vez su madre le envía a buscar por los bares del puerto. Los estudios no resultan estimulantes para Juan, quien cargará sus críticas principalmente sobre el nacionalismo de su colegio y su entorno.
«España, Euskadi, las fronteras, las banderas, las patrias, los idiomas, las tradiciones… todo eso me resbalaba, aunque no perdonaba a mi padre haberme impuesto aquel colegio, aquella educación, aquel lavado de cerebro que el abuelo tanto aborrecía. Y con razón.» (pág. 88)
«Me obligaban a leer libros infumables de tipos que se apellidaban Aguirre, Altuna, Aresti, Dechepare, Lizardi, Lete, Lauaxeta, Saizarbitoria, Sarrionandia o Txillardegi; literatura vasca que me resbalaba, libros que no era capaz de acabar porque sus historias, personajes y estilos me importaban un pimiento.» (pág. 25)

Juan dibuja –es lo que mejor sabe hacer–, y esta habilidad se convertirá en su aliada para conocer a nuevos amigos, pero también va a hacer que Zabala, el director del colegio, le «utilice» (según el vocabulario de Juan) para diseñar las carrozas de una cabalgata que está organizando y así celebrar el cuarenta aniversario de la canonización del fundador de su orden. La temática de estas carrazas será la de la exaltación de los mitos vascos precristianos. Esto le sirve a Reguera para hablarle al lector de esta parte de la cultura vasca. Quizás me ha parecido que la crítica al nacionalismo se ha saltado, en cierto modo, las reglas de la narración, cuando Juan describe la visita que hace con su amigo Gonzalo al museo de arte de Bilbao, unas páginas que acaban siendo excesivamente explícitas, excesivamente «de tesis». «Me repugnaba este tipo de pintura, me recordaba a la cartelería totalitaria, ya fuese nazi o comunista.» (pág. 145)
Esta crítica al nacionalismo, sin embargo, se vuelve más natural cuando se habla de los atentados de ETA que dan las noticias, o del asalto de unos borrokas al autobús en el que viajan Juan y Gonzalo.
Otras realidades de la época, como la proliferación de drogadictos y el SIDA, son tratados con gran naturalidad en la novela; sin ir más lejos, el tío de Juan, que a sus treinta y ocho años vive con sus abuelos, sufre estos dos problemas

El director Zabala usa a Juan para sus fines de propaganda nacionalista, pero también le está dando la oportunidad de descubrir una vocación.
Las críticas al sistema educativo (cuando no son sólo al nacionalismo) me han recordado a las volcadas por Charles Bukowski en su novela de iniciación La senda del perdedor. «Siempre me había sido más sencillo entablar amistad con los degradados, los feos o los defectuosos, que enseguida admiraban mi talento con los dibujos y aceptaban cierto liderazgo intelectual de mi parte. (…) Nunca soporté a los empollones y su competición absurda; todos esos estudiosos que no aprendían, sino que engullían como animales el pienso del saber obligatorio, el reglamentario.» (pág. 27). En La senda del perdedor leí, hace más de veinte años, algunos comentario parecidos.

Como puntos flojos del libro, además de esa crítica demasiado explícita y enumerativa del nacionalismo, podría hablar de un lenguaje, en ocasiones, excesivamente coloquial, que no desprecia el uso de la frase hecha (“tenía todas las papeletas”, por ejemplo). Sin embargo, también he de apuntar que este mismo lenguaje coloquial consigue ser plástico y expresivo en muchas otras ocasiones, creando una sentida sensación de complicidad con el lector. El protagonista cuenta desde un punto indefinido del futuro narrativo, algo que se insinúa en contadas ocasiones. Aunque también reproduce cartas, que se envía con su amigo Gonzalo y que ha conservado desde entonces.
La novela es rica en diálogos muy realistas. En este sentido, La cabalgata me ha hecho pensar en la reproducción del lenguaje juvenil de Historias del Kronen de José Ángel Mañas.

Como puntos fuertes destaco lo bien que está engarzada la trama dentro de una historia en apariencia sencilla; cómo La cabalgata consigue resultar evocadora de las sensaciones explosivas de la primera adolescencia (algunas con total falta de impudicia, algo que también ha de sumarse en el haber del libro) y cómo ha conseguido ser para mí una novela generacional. Reguera ha nacido en 1973 y yo en 1974, sus años 1989 y 1990 son totalmente reconocibles para mí, y a pesar de esto también me muestra una realidad distinta: la de una Euskadi de finales de los ochenta y principios de los noventa, con sus partidos políticos, sus borrokas, su folkore, su música alternativa, sus problemas de terrorismo y otros más cotidianos… Una realidad que me ha resultado estimulante.

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