domingo, 8 de septiembre de 2013

Piscinas iluminadas, por Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 149 páginas. 1ª edición de 2013.

Ya he comentado en el blog que Javier Cánaves (Palma, 1973) y yo somos amigos, y además compartimos editorial. Hace no mucho él leyó mi poemario El bar de Lee y escribió una introducción similar a ésta para preceder a sus reflexiones sobre mi libro (ver AQUÍ). Ya he comentado en el blog un poemario y las dos novelas anteriores de Cánaves, publicadas también en Baile del Sol.

En la entrada correspondiente a su segunda novela, Los artistas, finalicé apuntando que sabía que Cánaves tenía una tercera novela, pendiente de publicación en Baile del Sol, que se relacionaba con las dos anteriores –La historia que no pude o no supe escribir y Los artistas–, y que todas ellas forman una especie de trilogía sentimental.

Piscinas iluminadas cerraría en principio una etapa creativa de Javier Cánaves y es posiblemente su mejor y más desolada novela hasta la fecha.

En Piscinas iluminadas, como en los dos libros anteriores, Carlos, el protagonista, sería también un trasunto del propio autor: “En mi caso concreto, necesito de los elementos autobiográficos para crear un marco referencial, para no andar perdido. Esto, de algún modo, es una confesión de mis limitaciones como aspirante a escritor (y son tantas)”, apunta el narrador en la página 118 del libro. “No se trata de un libro escrito contra nada ni contra nadie si exceptuamos al propio autor, es decir, yo” (pág. 109).
Como ya comenté, La historia que no pude o no supe escribir versa sobre el fin de la juventud y la constatación de la pérdida de brillo de las relaciones adultas, y Los artistas analiza la sensación de fracaso de un treintañero que tuvo en su juventud sueños artísticos, y que, aunque ha publicado algunos libros y ganado algunos premios, no se encuentra en el lugar que piensa que le debería corresponder.
El tema central de Piscinas iluminadas sería el de la derrota total. Carlos, un hombre que se encuentra en la treintena –aunque posiblemente ya más cerca de los cuarenta que de los treinta– pasa en sus páginas un extenuante verano mallorquín con la aparente tarea de dejarse llevar por la autodestrucción, convencido de que “nada sirve para nada”.
De nuevo la ciudad es Palma de Mallorca, y el protagonista tiene una edad muy similar a la del autor al escribir este libro. Cuando las obligaciones laborales o maritales no se lo impiden, el narrador se encierra en su casa, en el “cuarto del ordenador”, para llevar a cabo lo que denomina “su tarea autojustificativa”, que no es otra que la de escribir historias que tienen que ver en mayor o menor grado con su vida, un tema que entroncaría con la sensación de fracaso de Los artistas. Aunque aquí se lleva la sensación de fracaso un poco más allá, ya que no se sueña con ninguna gloria ni posteridad, si no tal solo con abandonarse del mundo, ya que “nada sirve para nada”.
El título, Piscinas iluminadas, actúa como símbolo: desde la terraza de su casa, más de una noche, Carlos observa la piscina iluminada de su urbanización: “Hay algo hipnótico en las piscinas iluminadas” (se repite la frase varias veces en la novela); desde esa terraza que en el pasado fue símbolo de la unión con su mujer, Luisa, de la que ahora, en el tiempo de la novela, se siente cada vez más distante. Desde el símbolo del que fue su ideal de felicidad (la terraza), Carlos contempla ahora el espejo profundo, hondo, de la piscina, que parece simbolizar el abismo o la derrota, o simplemente la desgana.

Si apunté que en Los artistas Cánaves consigue crear una atmósfera de derrota, opresiva y densa, que emularía la de las obras de Juan Carlos Onetti –autor al que admira–, en Piscinas iluminadas he creído detectar otras influencias. La novela me ha parecido profundamente nihilista, y el homenaje a El extranjero de Albert Camus me parece claro. Durante las escasas semanas en las que transcurre el tiempo de la novela, se insiste en la idea del calor, del verano asfixiante de Palma: “El calor y la elegancia no son compatibles”, apunta el narrador; además la frase “Es el calor” la pronuncia varias veces para justificar su comportamiento errático, igual que Meursault –el extranjero– acabó disparando a alguien en la playa porque hacía calor.
Otra de las influencias sería Michel Houellebecq, heredero también del existencialismo y del nihilismo francés; ya que en Piscinas iluminadas, como una diferencia respecto a sus novelas anteriores, Cánaves insiste en la idea del sexo por el sexo, usando un lenguaje para describirlo más vulgar que el de sus pasadas novelas. Un sexo desprejuiciado que, en todo caso, tampoco consigue aliviar la sensación de perdición del hombre.
Y también me ha parecido percatarme de la influencia de Thomas Bernhard, ya que en Piscinas iluminadas hay frases o párrafos que van repitiéndose a lo largo de sus páginas como en las construcciones musicales de Bernhard.

Carlos conduce por la isla de Mallorca, sin encender el aire acondicionado del coche a pesar del calor asfixiante, toma cafés en terrazas mientras subraya los libros que lee, acude a una oficina a trabajar, donde piensa que a pesar de los años que dedicó a estudiar realiza tareas irrelevantes que cualquiera podría llevar a cabo, bebe solo, no se comunica con su mujer, se masturba, contempla por la noche la piscina iluminada de su urbanización desde la terraza… Y también se encierra en el “cuarto del ordenador” para llevar a cabo su “tarea autojustificativa”.
Respecto a este último punto se usa un tema de construcción narrativa que me ha parecido ingenioso: el narrador nos dice de vez en cuando que se halla en la ciudad de Lanka, en un quinto piso sin ascensor, donde se encuentra con Sophie, una atractiva mulata que responde a todos sus requerimientos sexuales. El lector acabará deduciendo que ese quinto piso sin ascensor se corresponde con el cuarto de escribir de Carlos, y que Lanka y Sophie simbolizan su fantasía de evasión, o en términos freudianos simbolizan el “ello” (donde los deseos sexuales y de evasión se cumplen).

Ya he apuntado al principio de la entrada que Piscinas iluminadas me ha parecido la mejor de las tres novelas de Cánaves, su obra narrativa más madura y desolada. Le puedo achacar un problema, que sería el mismo que detecté en Los artistas, y que el mismo Cánaves apunta como limitación de su escritura en la cita de la página 118 del libro que he recogido antes: su prosa se parece demasiado a su poesía, y en cierto modo el párrafo narrativo está concebido como un poema en el que el autor se explica a sí mismo la realidad. Es decir, el autor, antes que dejar fluir la narración, opina sobre todos los temas de los que habla, y en este sentido la novela es muy discursiva. Es muy frecuente encontrarse con párrafos como éste:
“La vida se alimenta de la violencia nacida de la contradicción. Entre lo que somos y querríamos ser, entre lo que tenemos y querríamos tener, entre lo que soñamos y la realidad que nos rodea. Una disputa silenciosa e invisible que recorre cada centímetro de la ciudad, cada poro de nuestra piel. Hay un pálpito extranjero en cada imagen o gesto, un amago de abismo, una segunda intención desconocida. Basta escarbar un poco, fijar la mirada en un punto cualquiera, rozar con disimulo la mano de un viandante que pasa por nuestro lado. Todo podría estallar, en cualquier momento. Esto es la belleza, la violencia agazapada, el grito amputado, este disfraz de normalidad siempre a un paso de disolverse. Apuro mi copa. Observo cómo las polillas se disputan la luz de la farola, el ritual de los enamorados en la noche, la silueta elástica de un gato en la acera. Luisa ya se habrá acostado. Puedo verla al otro lado de la cama, al otro extremo del hilo. Necesito sexo sucio, amnesia, que algo estalle. Pago mis consumiciones. Camino solo por una ciudad en estado de sitio. Mi sombra se estira como una mentira dicha sin pestañear” (pág. 57).

El párrafo anterior podría ser un poema, está bellamente escrito y en él el autor opina sobre la vida y el mundo; y éste podría ser un ejemplo claro de cómo escribe el Cánaves novelista, que se acaba pareciendo mucho al Cánaves poeta. Opinar sobre todo lo narrado tiene un riesgo al construir una novela: el ritmo se ralentiza y no se permite al lector hacerse una idea propia sobre los hechos narrados, porque estos son continuamente explicados. Esto es interesante siempre que la visión del narrador sea muy original y se tendría que ver entonces la novela como una narración híbrida entre la novela, el diario y el ensayo (aunque como opinión personal diría que es un recurso del que no conviene abusar en una novela, donde la narración debería fluir más oxigenada); pero esto mismo (la mirada original) es muy difícil conseguirlo siempre, y así se corre el riesgo de caer en el lugar común, como ocurre en alguna ocasión en Piscinas iluminadas, y hacer que la trama avance poco en hechos narrados.


En todo caso, reitero que Piscinas iluminadas en la mejor de las tres novelas publicadas por mi amigo Javier Cánaves y que ha conseguido, gracias a muchas de sus páginas, transmitirme la angustia vital del protagonista al enfrentarme a mis miedos como hombre de mediana edad, que también se encierra en el “cuarto del ordenador” para llevar a cabo una “tarea autojustificativa”.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Un paseo (no necesariamente literario) por Dinamarca

Durante los dos últimos años, por estas fechas, he escrito una entrada sobre mis vacaciones de verano, tratando de resaltar el lado literario de alguna ciudad. Este agosto viajé a Dinamarca y en principio el interés del viaje (o una parte de él) no era literario. Creo que a cualquiera de nosotros nos resultaría difícil citar a más de dos escritores daneses. Sin embargo, la figura artística más presente en la historia del país, y más resaltada en sus calles, es la de un escritor: Hans Christian Andersen, recordado por sus cuentos infantiles (en este viaje he descubierto que también escribió novelas para adultos y más de una obra teatral).

Copenhague es una ciudad muy agradable para pasear -y para desplazarse en bicicleta-, con muchas calles peatonales y multitud de espacios verdes. En los jardines del palacio de Rosenborg, podemos encontrarnos con la primera estatua de H. C. Andersen:



Dejo aquí también una imagen del fotogénico castillo de Rosenborg:


Paseando cerca de la costa, podemos encontrarnos también con la famosa estatua de la Sirenita, escultura inspirada en un personaje de uno de los más famosos cuentos de Andersen. Tengo una foto de la Sirenita sola, pero creo que es mucho más realista mostrarla con algún turista que, sorteando el agua de la orilla, jugándose el tipo y saltando de piedra en piedra resbaladiza, se acerca hasta ella:



Pero si uno quiere de verdad empaparse del espíritu de H. C. Andersen, debía acercarse hasta Odense, ciudad natal del autor. Mi novia y yo lo hicimos en tren desde Copenhague (se tarda una hora y media). Como suele ocurrir en el norte de Europa, en Dinamarca los trenes sonn cómodos, eficientes y muy caros. Según se sale de la estación de tren en Odense, la primera estatua con la que nos encontramos ya nos remite a Andersen:




En los parques veremos más estatuas:


En Odense también existía un museo Andersen, donde se conservaban algunas de las prendas de vestir y algunos de los muebles del escritor. Además el visitante puede leer allí (en danés o en inglés) unos paneles donde se relataban los principales acontecimientos de su vida, acompañados de fotos u objetos a los que se hace referencia. El jardín del museo está pensado para los niños y tiene un aire extraño que hace pensar en la casa de Michael Jackson:






De vuelta en Copenhague se puede visitar el cementerio de Assistens. Como suele ocurrir con los cementerios en el norte de Europa, los ciudadanos pasean por él como si fuese un parque más. Esta es la entrada por la que accedimos a él:


Aquí podemos encontrarnos con la tumba de H. C. Andersen:


Y también con la del filósofo Soren Kierkegaard:


En cuanto a librerías, mi interés era mucho menor que el que sentí en otros países, como Argentina o Estados Unidos, donde realmente podía encontrar libros que me interesaban; aún así entramos en alguna. Lo curioso es que en Dinamarca (o en Suecia, donde estuvimos un día) las estanterías dedicadas a la literatura en inglés ocupan casi el mismo espacio que las dedicadas al danés.
Visité la biblioteca central de Copenhague y tenían una sección de libros en español que no estaba mal. Allí hojeé los libros de Roberto Bolaño o los de Mario Vargas Llosa. Este es el interior de la biblioteca:


En una calle del centro (apunté en un papel el nombre y luego, accidentalmente, perdí ese papel) se podía visitar la que se publicitaba como la librería más antigua de Escandinavia. Tengo dos fotos, no son muy buenas porque cuando pude tomarlas había una furgoneta aparcada en la puerta:



En esta misma calle había una librería-cafetería francesa muy interesante. En ella sólo se vendía libros en francés y uno podía tomarse un café en una de sus tres mesas. Llegamos hasta ella porque mi novia se había llevado al viaje un libro de Volaire en francés, lo acabó y quería comprar otro. Un rincón muy agradable:



 Ahora voy a dejar aquí algunas de las fotos que más me han gustado de las que tomé en Copenhague:










También visitamos la ciudad de Roskilde, a media hora en tren de Copenhague, con su famoso museo vikingo. En la primera foto se puede observar la pujante influencia de la cultura española sobre la danesa:






A unos veinte minutos en tren desde Copenhaguen, se puede visitar la ciudad de Malmö, ubicada ya en Suecia. Según me han dicho en esta ciudad es donde el escritor sueco Henning Mankell (del que yo no he leído ningún libro) sitúa la acción de sus novelas de detectives:




domingo, 1 de septiembre de 2013

Casa de campo, por José Donoso

Editorial Seix Barral. 498 páginas. 1ª edición de 1978.

La semana pasada hablé de El jardín de al lado de José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996), y comenté que me había comprado dos libros más de este autor: Casa de campo, la primera edición de 1978 por 8 euros, y El obsceno pájaro de la noche, la cuarta edición de 1974 por 9 euros. Fue en la librería de segunda mano Tikva Book, una nueva librería de viejo muy recomendable, ubicada en la calle Cartagena, en Madrid. Y decidí no seguir comprando más libros de Donoso porque me di cuenta de que en la biblioteca de Móstoles tienen sus obras completas, esperando que alguien las pida para que las saquen del depósito.
Así que terminé El jardín de al lado y empecé con Casa de Campo, cuyo argumento me pareció a priori más interesante (y menos complicado; me iba a acabar llevando esta novela a un viaje a Dinamarca y quizás sólo pudiera leer un rato por las noches, ya cansado) que el de El obsceno pájaro de la noche, aunque sea una novela menos famosa que ésta; sin embargo, Casa de campo fue el Premio de la crítica de narrativa en España en 1978. También es una novela que sólo se puede encontrar en nuestro país en librerías de viejo o bibliotecas.

Donoso la escribió entre el 18 de septiembre de 1973 (y, por tanto, una semana después del golpe militar en Chile) y el 19 de junio de 1978. Se trata de una novela alegórica y la tentación inmediata sería la de relacionar su trama con el golpe militar y la dictadura chilena, ya que podríamos identificar en ella a un personaje –Adriano Gomara– que sería un trasunto de Salvador Allende, y a otro –el Mayordomo– que podría equivaler a Augusto Pinochet; pero, como trataré de explicar a continuación, ésta es una explicación de la novela que tendería a quedarse corta, porque sus hilos subterráneos parecen trascender a los meramente correspondientes a la historia de Chile.

El tiempo de la novela parece transcurrir en algún punto indeterminado del siglo XIX; el lugar sería el del campo chileno, pero un campo chileno transfigurado, ya que debido a un error agrícola toda la región se halla infestada de unas plantas llamadas en la novela “gramíneas”, que al final del verano arrojarán sus temidas tormentas de vilanos. En esta región la poderosa familia Ventura posee una casa de campo, en la que pasan tres meses de verano: se trata de siete hermanos y hermanas y sus correspondientes cónyuges, además de un total de treinta y tres primos. Los Ventura están acompañados cada verano por un ejército de sirvientes y jardineros, que los acompañan desde la capital.
El verano de la novela será especial porque entre los adultos (los “grandes” en el libro) empieza a correr el rumor de que en un punto remoto de sus tierras existe un lugar paradisiaco, en el que estaría bien pasar un agradable día antes de regresar a la capital. El día de campo será sin la compañía de los niños, que se quedarán en la casa de campo (Marulanda). Entre los primos empieza a correr el rumor de que los grandes no van a volver y que han sido abandonados a su suerte. Sólo uno de los adultos –Adriano Gomara–, encerrado por loco en una estancia, no viajará hacia el lugar paradisiaco. Cuando los grandes no aparecen Gomara se hará con el poder, creando alianzas con los nativos, sus amigos, e intentado, con poco éxito, crear una sociedad más justa en Marulanda. Pero, más tarde, tendrá que enfrentarse a la vuelta del Mayordomo, mientras los Ventura regresan a la capital para solucionar sus asuntos. Es decir, los burgueses huyen de Chile, mientras Allende intenta crear una sociedad más justa, que será deshecha por Pinochet (el Mayordomo) en nombre de los oligarcas, que intentan vender Marulanda (Chile) a los extranjeros pelirrojos (los norteamericanos).
Además los Ventura han de pasar tres meses en Marulanda para controlar la producción de oro de los nativos que trabajan en sus tierras, oro que venden en la capital a los extranjeros pelirrojos (la burguesía explota al pueblo para venderle el país a los norteamericanos).

La novela no está escrita bajo los cauces del realismo: para los adultos su estancia en el lugar paradisiaco ha durado un día, pero ha pasado todo un año para los niños de Marulanda. Además, los elaborados parlamentos de los personajes, sobre todo los de los niños –de edades comprendidas entre los cinco y los diecisiete años– serían imposibles en ellos, como el propio narrador apunta en más de una ocasión: “Ésta no es, en esencia, la historia de Wenceslao, como tampoco la de ninguno de estos niños inverosímiles que hacen y hablan cosas inverosímiles” (página 372); “Pese a que he planteado a mis personajes como seres a-psicológicos, inverosímiles, artificiales, no he podido evitar ligarme pasionalmente a ellos y con su mundo circundante” (página 492).
Quizás la construcción más poderosa de la novela sea la de la propia voz narrativa en tercera persona, que imita de forma irónica la de un narrador del siglo XIX, con expresiones como “nuestro amigo Wenceslao”; “Me complacería anunciar a mis lectores”... El narrador –un trasunto del propio Donoso– no tiene reparos a la hora de interrumpir el flujo de la historia narrada para recordarnos su condición de artificio, para explicarnos por qué decide que una escena sea de una forma o de otra, o cómo era en una versión anterior de la novela diferente a la que el lector tiene en sus manos. En algún momento –como en un nivola de Miguel de Unamuno– el autor se sienta en una taberna a conversar con uno de los personajes, al que le lee algunas páginas de lo que está escribiendo sobre su familia. Sus intenciones narrativas parecen desvelarse en la página 400 cuando habla a su personaje Silvestre Ventura: “En el fondo si escribo es para que los que son como él no se reconozcan”; y quizás aquí esté la clave de la novela y quizás de toda la obra de Donoso, que parece concebida como una crítica a la clase alta chilena a la que él mismo pertenecía. Un poco después apunta: “Yo no he podido resistir la tentación –le explico a Silvestre Ventura que me escucha con interés– de cambiar mi registro, y utilizar en el presente relato un preciosismo también extremado como corolario de ese feísmo y ver si me sirve para inaugurar un universo también portentoso, que también, y por costados distintos y desaprobados, llegue y toque y haga prestar atención, ya que el preciosismo es pecado por ser inútil y por lo tanto inmoral, mientras que la esencia del realismo es su moralidad”.

Durante la primera parte de la novela –La partida– el narrador se centra en explicarnos las relaciones que existen entre los diferentes grupos de personajes que habitan Marulanda; habiendo decidido dejar atrás la verosimilitud narrativa, estas relaciones son de corte expresionista, y me han recordado a Kafka.
Decía al principio de la entrada que entender la alegoría planteada en Casa de Campo como un simple análisis político del Chile de la década de 1970-1980 podía quedarse corto, porque Donoso, dentro de su crítica al poder en general y más concretamente al que surge de la burguesía ociosa, también plantea una subversión de todos los valores en su análisis de las relaciones de poder que plantea entre los niños; la subversión será política, sexual, de costumbres...
Quizás el fallo que se pueda sacar a Casa de campo es que en algunos puntos el discurso es demasiado detenido y se pierde el ritmo narrativo; aunque es curioso cómo Donoso, en su juego de espejos, ironiza sobre los propios mecanismos de la novelística que hacen avanzar una trama. En todo caso, estoy hablando de un fallo relativo, en comparación con las otras dos novelas –El lugar sin límites y El jardín de al lado– que he leído recientemente de este autor, que eran más compactas. En Casa de campo es de agradecer la ambición y las poderosas imágenes creadas (el sonido de la gramíneas en la lejanía, la tormenta de vilanos...) y el lujo de un lenguaje literario de primer orden dentro de la novelística en español del siglo XX, que hacen de ésta una obra remarcable, donde un autor juega a reinventarse asumiendo el riesgo.

En cualquier caso, el fallo más grande de todos sigue siendo que una novela de la calidad de Casa de campo no la ofrezca actualmente el mercado literario español, y que se esté olvidando a un escritor de primera magnitud, en la historia de la literatura en español del siglo XX, como considero que es José Donoso.

domingo, 25 de agosto de 2013

El jardín de al lado, por José Donoso

Editorial Seix Barral. 264 páginas. 1ª edición de 1981.

La semana pasada hablé de El lugar sin límites, y ya anuncié que este domingo colgaría la entrada correspondiente a El jardín de al lado de José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996). Este libro lo compré hace dos años. Lo había visto con anterioridad en una de las librerías de segunda mano Ábaco –la que está más cercana a Quevedo- y había pensado comprarlo, ya entonces, a principios de 2011, con la intención de leerlo seguido a El lugar sin límites- pero no me hice con él hasta después de la Noche de los libros (23 de abril) de 2011, cuando, tras escuchar en la Casa de América a Rodrigo Fresán, que hablaba de Juan Carlos Onetti, al que relacionó con Donoso; ponderó la calidad de El jardín de al lado, para acabar diciendo con pena que era una novela inencontrable ahora mismo en España. La semana siguiente volví a Ábaco y compré por 12 euros su primera edición de 1981, que creo que es la única.
He esperado a este verano de 2013 para leerla. La lectura consecutiva de El lugar sin límites y El jardín de al lado ha hecho que compre en librerías de segunda mano más libros de Donoso: Casa de Campo (1978) y El obsceno pájaro de la noche (1970).

El jardín de al lado está escrito en 1980, la misma fecha en la que se sitúa su acción. El narrador es Julio Méndez, un escritor chileno radicado en España, en el pueblo costero de Sitges (donde vivió Donoso). Méndez estuvo encarcelado seis días como consecuencia del golpe militar de Pinochet (el Once, se le llama en la novela); y aunque es un exiliado político, no tiene en su pasaporte impresa la letra que le impediría volver. Pero él no quiere volver; tras haber conseguido críticas positivas de los libros que pudo publicar en Chile, quiere escribir la gran novela chilena sobre el golpe militar, hablando de sus seis días de encarcelamiento. La novela comienza cuando la poderosa agente literaria de Barcelona Núria Monclús (posiblemente un trasunto de Carmen Balcells) ha rechazado la novela de Méndez, y le pide que la reescriba. Por las mismas fechas, Pancho Salvatierra, amigo de la infancia de Méndez, le llama a Sitges desde su residencia de Madrid para ofrecerles a Julio y a su mujer –Gloria-, su casa, ya que él tiene un compromiso laboral en Italia. Salvatierra es un cotizado pintor internacional y su piso de Madrid se encuentra en la mejor zona de la ciudad (por las referencias que da, ha de ser en el barrio de Salamanca, aunque nunca se le nombra).

Julio y Gloria son un matrimonio de más de cincuenta años, que supera las dos décadas de convivencia a sus espaldas y que no atraviesa su mejor momento. Ambos son hijos de la burguesía chilena (Julio es hijo de un congresista liberal, por ejemplo; imagen que sirve de contraste con el congreso cerrado del Chile actual) y no llevan del todo bien las estrecheces económicas que están pasando en España, donde sobreviven en los aledaños de la edición: traducciones del inglés, correcciones de libros, la espera del contrato que Julio podría conseguir de Núria Monclús… y además están los préstamos de dinero que el hermano de Julio le envía desde Chile, donde se encuentra correctamente asentado en el nuevo régimen. El matrimonio tiene un hijo, Pato, una de las ausencias significativas de esta novela (vive en Marrakech) plagada de ausencias: la del hijo, la de los padres (es probable que la madre muera en el Chile al que Julio no quiere regresar, aunque puede hacerlo, pero no lo quiere hacer sin haber conseguido publicar en Europa), la del amigo (Salvatierra nunca se hace presente en la novela).

El jardín de al lado comienza en Sitges, donde se describe el ambiente de los exiliados hispanoamericanos: los psicoanalistas argentinos o uruguayos que tienen que pasar consulta en un bar, por ejemplo, o los buscavidas que hacen del compromiso político y el exilio una forma de vida, y aprovechan su situación para vender cuadros o falsa quincalla folklórica. Este primer capítulo de Sitges (unas 60 páginas en la novela) está muy bien narrado, con sus saltos en el tiempo para describir unas pocas horas. En cierto modo, el Méndez de Sitges me ha recordado al Roberto Bolaño de Blanes (“una novela que perdurará en la memoria de sus lectores”, escribió Bolaño sobre El jardín de al lado).

Uno de los temas de esta novela (algo ya sugerido desde el mismo título) es el de la envidia. Así empieza el libro: “A veces, compensa tener amigos ricos. No quiero interceder aquí a favor de una adicción histérica y exclusiva, a lo Scott Fitzgerald, por esa forma de convivencia.” (pág. 11). Julio Méndez siente envidia de los ricos, de los que se encuentra excluido al haber dejado Chile, y también de los escritores hispanoamericanos del boom; principalmente de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, y del inventado Marcelo Chiriboga (inventado porque acabará apareciendo brevemente en la trama). Para el Méndez rabioso de estas páginas (quizás un trasunto exagerado del propio José Donoso), el boom no ha sido más que un invento de oportunistas como Núria Moclús y los editores catalanes, que le dan al público europeo la versión que éste espera de una Hispanoamérica folklórica.

Escribí antes que la envidia era uno de los temas centrales de El jardín de al lado, pero en realidad la envidia es una consecuencia tangible del fantasma más poderoso que recorre a Julio Méndez y a esta novela: la sensación de haber fracasado. “Me doy cuenta de que para mí el único mundo coherente es el del fracaso”. (pág. 128).
El jardín de al lado de la novela es de la casa de una familia de nobles de España. Méndez espía desde la ventana del piso de lujo de Salvatierra a la joven señora que se baña en la piscina, en vez de corregir su novela sobre el Once. El jardín de al lado es también el jardín de la casa de sus padres en Chile, donde no puede volver; es el jardín donde toman el sol bellezas rubias de una juventud desenfadada, que ya no es la que posee Gloria, su mujer; y el jardín de al lado es el mundo que otorgan los privilegios del éxito y la fama, que Méndez ve cómo le son concedidos a escritores como García Márquez o Chiriboga, pero no a él.

Es curioso además leer sobre la visión que de mi ciudad, Madrid, tiene un chileno en 1980; una ciudad llena de pasotas o de informáticos, se nos cuenta.

La novela, llena de reflexiones sobre la condición del escritor, del exiliado político, de la pobreza, del paso del tiempo en la pareja, avanza inexorablemente hacia el fracaso total. Y cuando quedan unas 50 páginas para el final Méndez empieza a tomar decisiones que parecen un tanto incoherentes para el personaje… a las 20 páginas del final nos espera una nueva sorpresa, materializada en un cambio de narrador y en un juego de cajas chinas.
Me han parecido un tanto extrañas las 50 últimas páginas de El jardín de al lado, con esos giros novelísticos inesperados, aunque también es cierto que las he leído con gran interés. Es posible que si en vez de tener 264 páginas, Donoso la hubiese acabado en 210 hubiese sido una novela más redonda. Pero también es de agradecer el riesgo último que decide tomar, el camino del juego y la máscara, que parecía contrarío a la lógica inicial de la novela.
En todo caso, no quiero con este comentario final desmerecer la buena impresión que me ha causado esta novela. En realidad no es sorprendente su final, lo verdaderamente sorprendente es que en el mercado literario español esta novela no se comercialice y sea –como decía Fresán- prácticamente inencontrable.
Prueben a ir a las librerías de primera mano y busquen los libros de Donoso: no creo que encuentren ninguno que no sea El lugar sin límites de Cátedra o Lagartija sin cola, la novela que Alfaguara le publicó de forma póstuma en 2007. He visto en internet que Alfaguara comercializa en Chile los libros de Donoso en una colección José Donoso similar a la que tiene en España para Mario Vargas Llosa. Esperemos que decida comercializar también en España esta colección José Donoso, porque es incomprensible que se pierda un escritor tan destacado como éste.


domingo, 18 de agosto de 2013

El lugar sin límites, por José Donoso

Editorial Cátedra. 215 páginas. 1ª edición de 1966, ésta de 1999.
Edición de Selena Millares.

De José Donoso (Santiago de Chile, 1924-1996) sólo había leído una novela hasta ahora: La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria (1981). Fue hace bastante tiempo: después de un intenso febrero de estudio universitario de los años 90, en la biblioteca de Móstoles elegía libros para disfrutar del recobrado tiempo libre. Tenía anotado el nombre de José Donoso desde hacía meses, por entonces se hablaba bastante de él en los suplementos literarios (quizás el 1996 de su muerte se encontrase cercano). Barajé la idea de leer El obsceno pájaro de la noche, pero su número de página, su complejidad formal y tu temática un tanto deprimente me llevaron a no querer empezar a leer a Donoso por ahí. La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria, de la que no recuerdo casi nada, me pareció entonces una novelita erótica sin mucha trascendencia, y no volví con este autor. Posiblemente elegí mal el libro con el que abordar su obra.

Creo que me volvió la curiosidad por la obra de Donoso, y más concretamente por El lugar sin límites, tras leer en la página 99 de Entre paréntesis de Roberto Bolaño: “Donoso escribió tres libros buenos. Uno de ellos muy bueno y los otros dos con la fuerza suficiente como para perdurar en la memoria de sus lectores. El primero es El lugar sin límites, un libro sobre la desesperación y sobre la precisión. Los otros: El obsceno pájaro de la noche, una obra ambiciosa e irregular, y El jardín de al lado, que se ofrece como juego y testamento.”
Me llamó la atención que Bolaño opinara que El lugar sin límites era el mejor libro de Donoso, cuando yo creía que era unánime la idea de considerar que el mejor era El obsceno pájaro de la noche.
En la página 295 de Entre paréntesis Bolaño también habla de cuatro novelas cortas perfectas de la literatura hispanoamericana del siglo XX, que, según él, son El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, El perseguidor, de Julio Cortázar, El lugar sin límites, de José Donoso, y Los cachorros, de Vargas Llosa.
De las cuatro sólo me faltaba por leer El lugar sin límites y las otras tres –coincidiendo con Bolaño- me parecen magníficas.

El lugar sin límites lo he comprado dos veces. La primera en una de las librerías de segunda mano Ábaco por dos euros, en una barata edición de Bruguera de los años 80. Y después, al ver que la tenía la editorial Cátedra, me dieron más ganas de leerla en esta edición con su extenso cuerpo de notas e introducciones; así que junto con un lote de libros que no quería acabé llevando mi primer ejemplar de El lugar sin límites a otra librería de segunda mano, llamada La tarde libros. La edición de Cátedra que he leído la compré en la feria del libro de Madrid de 2012.

Como casi siempre hago con los libros de Cátedra he leído la introducción (casi de la misma extensión que la propia novela) sólo después de leer la obra, de poco más de 100 páginas de letra apretada y con abundantes notas.

La acción de la novela se sitúa en un pequeño pueblo del campo chileno: Estación El Olivo, un pueblo por el que pasaba el tren pero que ahora se encuentra en decadencia debido a que la carretera, para los más prácticos camiones, la construyeron dejando de lado al pueblo. Un lugar donde la idea de que llegue la luz eléctrica empieza a parecer remota, y donde el cacique local, Alejandro Cruz, parece desear comprar todas las casas para derruirlas y extender en ese terreno sus viñedos.

La acción se sitúa principalmente en el prostíbulo del pueblo, regentado por la Manuela, una loca travesti de 60 años, y su hija –la Japonesita- de 18. Un drama de proporciones bíblicas (la novela tiene fuertes connotaciones religiosas, empezando por los nombres: Estación El Olivo, Alejandro Cruz…) puede acabar desencadenándole la noche del mismo día que comienza la narración, pues la Manuela y la Japonesita saben que Pancho Vega, un bruto local que conduce un camión (del que aún le debe parte de la deuda que supuso su compra a Alejandro Cruz, en cuya hacienda Vega se crió), está en el pueblo y posiblemente se acerque hasta el prostíbulo, donde ya el año anterior quiso hacer daño a la Manuela y a la Japonesita, y solo la intervención del cacique Cruz pudo impedirlo.

El personaje de la Manuela es la creación más potente del libro, un personaje trágico, endeble, que se siente doblegado por la enfermedad y que quizás se encuentre cercano a la muerte y que sin embargo está dotado de una gran fuerza interior, “Entonces, claro, la vida no era tan mala, y había esperanza hasta para una loca fea como yo” (pág. 174); pero los otros personajes, Alejandro Cruz, la Japonesita, la Japonesa, Pancho Vega, el viejo Céspedes, están también sabiamente perfilados.

Aunque he comentado que la acción transcurre en un día, hacia la mitad de la novela hay un salto en el tiempo y nos acercamos al primer día que la Manuela llegó al pueblo sin saber que era para quedarse, y del modo extraño en que acabó acostándose con la Japonesa (ya muerta en el tiempo de la novela) para acabar engendrando a la Japonesita, bajo la mirada omnipotente de Alejandro Cruz, el cacique que todo lo puede, y que es probable además que sea el padre de muchos de los habitantes más jóvenes del pueblo (incluida la Japonesita, y Pancho Vega, que le odia con rencor de clase y de posible hijo bastardo).

El estilo es muy poético, de una precisión y una carga metáforica muy bellas. La novela está escrita en tercera persona, pero es normal que en un párrafo descriptivo en tercera persona el narrador ceda la voz narrativa a la primera persona al personaje del que está hablando. Este ha sido un juego estilístico que me ha recordado a los usados, en la misma época, por escritores de la generación de Donoso, como Mario Vargas Llosa, que luchaban contra las limitaciones de la tradición de sus países y miraban más hacia la tradición europea o norteamericana. El juego de pasar en un párrafo de la tercera a la primera persona me ha parecido de clara influencia faulkneriana, así como el sustrato bíblico del drama.

Lo narrado en El lugar sin límites, pese a la brevedad de sus páginas, es una historia tensa, sutil y repleta de matices. En realidad, dada la densidad de los detalles, uno tiene la impresión de estar leyendo una obra mucho más larga.
Desde luego, El lugar sin límites, por derecho propio puede unirse a la lista de las otras tres novelas breves perfectas de la literatura hispanoamericana del siglo XX que citaba de Bolaño al comienzo de esta entrada.

Donoso, como he leído en el prólogo de Selena Millares, escribió esta novela en dos meses en la casa del jardín de su amigo Carlos Fuentes en México DF, como descanso del trabajo que le estaba llevando enfrentarse a El obsceno pájaro de la noche. En algún momento tendré que acercarme a esta última obra, por ahora estoy leyendo El jardín de al lado, la tercera de las obras que Bolaño señala como memorables de Donoso. La semana que viene hablaré de ella.

domingo, 11 de agosto de 2013

Laberinto de muerte, por Philip K . Dick

Editorial Minotauro. 235 páginas. 1ª edición de 1970, ésta de 2013.
Traducción de Carlos Gardini.

El verano pasado escribí por fin en el blog una entrada sobre Philip K. Dick (Chicago, 1928-Santa Ana, 1982), hablando sobre El hombre que tenía todos los dientes exactamente iguales, una de sus once novelas realistas que nunca vio publicadas, y en aquella entrada –especialmente larga- hablé de mi pasión adolescente por Dick, autor con el que volví pasados los treinta. También me extendí comentando algunos datos curiosos de su biografía o citando lo que escritores como Roberto Bolaño o Rodrigo Fresán han escrito sobre él. Como no voy a repetir todo esto, dejo AQUÍ un enlace a esa entrada.

Es de agradecer la labor que está llevando a cabo la editorial Minotauro rescatando la obra de Dick, dispersa en más de una editorial desaparecida a día de hoy, y muchos de cuyos títulos emblemáticos ya no se podían encontrar en el mercado. Además de volver a publicar estos libros, Minotauro está realizando también nuevas traducciones de las obras de este autor. A veces me han dado ganas de comprar alguno de los libros de Dick que está sacando, aunque ya lo tuviera en las ediciones de los años 80 con la traducción antigua. De todos modos, aún tengo que leer los cinco volúmenes con los cuentos completos de Dick, ya que aunque ahora -de adulto- me gustan mucho los libros de relatos, creo que me está pasando con este autor lo que me pasaba en la adolescencia: que prefería siempre (con la excepción de H. P. Lovecraft) las novelas a los libros de relatos.

Unos de los sábados de julio, por fin, paseando entre las estanterías de La Central de Callao me llevé la grata sorpresa de que Minotauro había al fin rescatado un título de Dick que no tenía y que no había leído; un título que, de hecho, no me sonaba de nada: Laberinto de muerte. Así que lo compré de forma inmediata (desplazándome hasta la Fnac de Callao, porque tenía un vale regalo de cinco euros que caducaba en unas semanas). Pensaba que este libro no se había publicado nunca en España, pero buscando en internet he visto que lo sacó Plaza & Janés en 1999, con la traducción del mismo Carlos Gardini que aparece en la presente edición de Minotauro.

En Laberinto de muerte una serie de personas, hartas de los trabajos que están realizando hasta ahora, han solicitado su traslado a otro lugar de la galaxia donde poder empezar de nuevo una vida más grata, llevando a cabo una misión que les satisfaga más. De este modo, todos (un grupo de unas catorce personas) acaban confluyendo en el planeta Delmark-O. Han llegado allí en unas precarias naves espaciales de un solo uso, y cuando ya creen que han acabado de llegar todos los componentes de la colonia, y se juntas para escuchar la transmisión del motivo de su misión, la conexión se estropea. Se han quedado aislados y sin saber para qué están en Delmark-O, un planeta con atmósfera, fauna y flora, y alguna construcción, que aún no saben si es humana o no.
Entonces empiezan a morir, uno a uno, los componentes del grupo, que no saben lo que está ocurriendo… Quizás alguien esté llevando a cabo un experimento con ellos, en Delmark-O… quizás “nuestro propio gobierno. Como si fuésemos ratas en un laberinto de muerte; roedores encerrados con el adversario máximo, para morir uno por uno hasta que no quede nadie.” (págs. 121-122).

El comienzo de la novela me estaba pareciendo muy teatral; un grupo de personas encerradas en un escenario (aunque este escenario sea un planeta entero), donde se van  produciendo asesinatos. En realidad, si nos abstraemos de las pinceladas de ciencia-ficción, parecía la trama de una novela policiaca barata. Los personajes tampoco estaban bien dibujados (aunque Dick no ha sido nunca un gran escritor de personajes), y las reacciones causa-efecto de sus actos resultaban a veces un tanto ilógicas.
La verdad es que tras leer unas cincuenta páginas, Laberinto de muerte me estaba pareciendo una de las peores novelas de Philip K. Dick que recordaba: un argumento deslavazado, personajes planos, ninguna idea clara de hacia dónde avanzaba la trama… y la seguía leyendo porque era una novela de Dick, y aún sus peores páginas me parecen que contienen elementos valiosos. Dick escribió muchas novelas, la mayoría en plazos de tiempo muy cortos –en escasas semanas- y su producción es, cuanto menos, desigual. Además repite bastantes ideas de un libro a otro, y algunos de sus personajes pueden ser casi transferibles de una novela a la siguiente. Pero Dick también es un escritor poderoso, y eso que he apuntado de que “repite bastantes ideas de un libro a otro” se puede entender como un defecto pero también puede ser una virtud: Dick posee todo un mundo propio de obsesiones autorreferenciales, y aun en sus peores obras nos podemos encontrar con la impronta de Dick, con toda su personalidad angustiada.
Me fascina, en todo caso, su capacidad para sorprender con los detalles, su ilimitada inventiva con los seres que describe y los aparatos que inventa. De este modo, uno de los personajes da una vuelta fuera de los edificios de la colonia y ocurre lo siguiente: “Un bicho se subió a su zapato derecho, se detuvo y extendió una minicámara de televisión." Me cautivó esta imagen absurda, me gusta como Dick, frente a la meticulosidad de otros autores de ciencia-ficción, siente la absoluta libertad surrealista de escribir frases como ésa. Es como si Dick, dentro de los parámetros de una novela barata, dentro de sus clichés, reventara el propio género menor que ha elegido para expresarle, llevándolo hacia otro lugar inesperado. En este sentido, la experiencia de leer un libro como Laberinto de muerte es parecida a la que se experimenta al leer a autores como César Aira, y su obsesión por pulverizar los convencionalismos del género. Quizás la mayor diferencia estriba en que Aira lo hace de forma irónica, y a Dick le salía solo.

Como decía antes, casi todos los temas de Dick se encuentran en esta novela: los matrimonios que no funcionan; la idea de que estamos siendo vigilados por un ente superior, en esta novela existe una realidad donde los dioses se materializan de forma habitual y también pueden escuchar nuestras plegarias (por tanto, es raro encontrarse a un ateo en este mundo); pero también la presencia que nos vigila puede ser ominosa, se puede tratar de una supervisión estatal, que atenta contra la libertad del individuo; la realidad contemplada puede ser verdadera o un simulacro: me ha fascinado también una imagen del libro en la que los personajes atraviesan una zona de humedales y entre las lagunas del camino se ven anfibios nadando, algunos de los cuales es real, pero otros son construcciones humanas. Uno de los personajes agarra a uno, le quita la cabeza y se le ven los cables. Y, de forma más general, la realidad vivida puede ser verdadera o no; como ocurre en otras novelas de Dick, como Ubik u Ojo en el cielo, los personajes pueden estar viviendo una realidad virtual…
Además, dentro de este contexto disparatado de novela pulp, Dick se permite citar a Jung, a Spinoza o a Kant, y filosofar siempre sobre su angustiado concepto de lo real.

Decía al principio de la entrada que según llevaba leídas cincuentas páginas, Laberinto de muerte me estaba pareciendo de las peores novelas de Dick –a lo que se unía la idea de que no conocía de antemano el título, y por tanto, pensaba, que lo más normal era que se tratase de uno de sus título más olvidables-, pero según me adentraba en sus páginas la lectura se me ha hecho más agradable. Su trama, en principio inconsistente, se engrandecía cuando las obsesiones de Dick –dios, la paranoia, lo real, lo imaginario- empezaban a aparecer en escena, y se entreveraban con una libertad compositiva tan surrealista que los defectos de la novela parecían un juego irónico de escritor experimentalista.


Desde luego, a alguien que no conoce a Dick le recomendaría que empezara por títulos más redondos como Ubik, Valis, Dr. Bloodmoney, El hombre en el castillo, Tiempo de Marte o Los tres estigmas de Palmer Eldritch; pero lo curioso de Dick es que incluso su peor novela de ciencia-ficción tiene una poesía propia (consigue conquistar un mundo propio) que la hace superior a su mejor novela realista.

domingo, 4 de agosto de 2013

Leche, por Marina Perezagua

Editorial Los libros del lince. 181 páginas. 1ª edición de 2013.
Prólogo de Ray Lóriga.

La semana pasada hablé de Criaturas abisales (2011), el primer libro de relatos de Marina Perezagua (Sevilla, 1978), y en esa entrada me preguntaba cómo se enfrentaría esta autora a un relato más realista. La respuesta se puede encontrar en este segundo libro, que le vuelve a publicar la editorial Los libros del lince, Leche, y que, como ya conté su editor, Enrique Murillo, me envió a casa.

Leche, al igual que Criaturas abisales, está formado por catorce relatos; pero mientras que los de Criaturas abisales tenían una extensión más pareja (de unas doce páginas, más o menos), los de Leche van desde las casi cuarenta del primero, titulado Little Boy -prácticamente una novela corta-, hasta las escasas dos páginas del titulado Blanquita.

Little Boy cambia más de uno de los parámetros bajo los que está escrito Criaturas abisales: los escenarios de esta novela corta -así como las épocas evocadas- sí que son reconocibles dentro de un contexto puramente realista; con frases como: “Estábamos en el 2008 y ella me había dicho que en 1945 tenía trece años.” (pág. 14). En realidad, el relato es puramente realista y narra el viaje de una joven que comparte piso en Nueva York con su pareja japonesa al país de él, y la relación que allí establece con una vecina anciana, H., que es una superviviente de las bombas atómicas sobre Japón en 1945. Perezagua ha investigado sobre algunos aspectos del Japón de 1945 y nos habla de las consecuencias de los lanzamientos atómicos sobre la población, con algunas imágenes que parecen sacadas de libros testimoniales como el de Tamiki Hara y sus Flores de verano. Más de una de las imágenes evocadas (personas a las que se les desprende la piel como si fuese un calcetín, por ejemplo) son muy poderosas, son imágenes incontestables. Pero siempre he pensado que para saber qué pasó en Auschwitz lo mejor será leer el testimonio de primera mano de los que estuvieron allí, como Primo Levi, Paul Steinberg o Tadeus Borowsky; y para saber qué pasó en Hiroshima lo mejor será leer a Tamiki Hara. Me provoca cierto recelo leer a autores que no estuvieron allí, que han leído los mismos libros testimoniales que tú y luego te los cuentan, autores que parten del conocimiento que dan los libros para evocar una realidad no vivida; cuando creo que es al revés, que el escritor, después de haber aprendido a expresarse a través de lo leído en los libros, después de haber aprendido a tener una visión literaria sobre la realidad, debe mostrar su mundo –o su época- a otros. En todo caso he de decir que, pese a estos pequeños reparos, la novela corta que es Little Boy funciona, porque Perezagua sabe darle a la historia su toque personal, sabe transferir a los personajes su extrañeza ante los límites del cuerpo: H. sufrió una transformación física gracias a la bomba que tiene que ver con su condición sexual, una transformación que se mueve entre los límites del realismo y los del expresionismo. El lenguaje de esta novela corta me ha parecido más seco, más preciso, que el empleado en Criaturas abisales.

El alga, segundo relato del conjunto, donde se habla de una mujer que finge su propia muerte, conteniendo la respiración, me ha recordado al de Fredo y la máquina del libro anterior, con esos personajes que perciben el mundo desde su postración, metáfora de la imposibilidad de actuar sobre él. Más cerca del realismo de nuevo.

Él, el tercero, nos vuelve a mostrar un escenario histórico realista: la Segunda Guerra Mundial en Europa, y en este cuento Perezagua vuelve a inquietarnos con su obsesión sobre las deformidades del cuerpo. De intenciones similares a Little Boy, pero de mucho menor alcance.

La tempestad –el cuarto- me puso sobre aviso de una posible nueva influencia sobre la obra de Perezagua, la de Julio Cortázar: en La tempestad la acción se sitúa a finales del siglo XIX, en una finca de California, y la extrañeza que provoca la actuación de una actriz polaca en una cena me ha recordado a esa extrañeza cuando lo inesperado irrumpe en un escenario realista de Cortázar.

En el quinto, Aniversario, volvemos al realismo, ligeramente expresionista con sabor a Kafka, donde se muestra el odio de una hija hacia un padre que le leía a su hija La metamorfosis antes de dormirse.

Esta incursión en el mundo del realismo falla (desde mi punto de vista) sobre todo en el cuento Trasplante, donde se narra la atracción de un profesor de matemáticas por una alumna ingresada en el hospital. Un cuento demasiado convencional para lo que nos esperamos de esta autora. En cambio, da grandes frutos en dos de los mejores cuentos del libro: Las islas, de estirpe cortazariana, donde se habla de la felicidad de un hombre que se mueve por la costa en una isla hinchable, y en El piloto, donde se habla de un camionero que recorre la misma ruta cada día, cinco horas de ida y cinco de vuelta, pero que no puede recordar ninguna imagen del trayecto de ida.

En el cuento titulado Leche, Perezagua vuelve a elegir un escenario histórico muy concreto, la invasión japonesa de China en la década de 1930 para narrar una historia realista con un componente de extrañeza sexual; y este tipo de relatos, por su atrevimiento para elegir una época lejana y personajes ajenos al autor, y narrar una historia con una resolución extraña y potente, me ha recordado a algunos de los cuentos de Roberto Bolaño.

Aurática es destacable por el extraño mundo creado, un mundo distópico de nieve y carruajes tirados por caballos.

Un solo hombre solo, el penúltimo, donde se habla de un condenado a muerte y se repasa toda su estirpe genética me ha parecido uno de los más flojos, fruto de una pura ocurrencia.

Me dejo el mejor cuento para el final: MioTauro, el segundo más largo, donde se habla de la obsesión sexual de una mujer por el ganado y por los minotauros, que existen en el mundo primitivo creado. El lenguaje con el que está escrito y las imágenes creadas son realmente sugerentes; y de nuevo nos volvemos a encontrar aquí con uno de los grandes temas de la autora: el del sexo anti convencional.

Leche (el libro, no el relato) me ha parecido, con algún pequeño altibajo, un conjunto de relatos poderoso, con un abanico temático mayor que el presentado por la autora en Criaturas abisales. Unos cuentos imaginativos, arriesgados, que abren continuamente nuevas puertas ante el lector, que no se arredran ante lo fantástico sin desdeñar enfoques realistas.

Si escribí la semana pasada que Criaturas abisales suponía un notable debut, Leche es la obra sólida, de una autora joven con mucha madurez narrativa, arriesgada y con un gran potencial aún de crecimiento futuro.

jueves, 1 de agosto de 2013

Armando Álvarez Bravo, unos poemas

Últimamente, en la entrada que cuelgo aquí a media semana, estaba realizando homenajes a poetas que me habían impresionado en el pasado. Hoy voy a darle a este concepto un pequeño giro, que tal vez me permita abrir una nueva ventaja en el blog. Hoy voy a hablar de un pequeño descubrimiento.

El sábado pasado, al pasear por las salas de la librería La central de Callao, cuando me acerqué a la sección de poesía, me llevé de entrada una grata sorpresa: mi libro El bar de Lee se encontraba en la mesa de novedades. Algo que me resultó muy grato, debido a que durante el último año he visitado bastante la librería La Central de Callao. Me gusta el edificio (incluyendo su cafetería), y además me parece que es una librería muy bien surtida. En vez de tener, como en muchas otras librerías, cinco ejemplares del último libro de un autor, en La Central pueden llegar a tener cinco libros diferentes de ese autor, algunos editados en Hispanoamérica, por ejemplo, o en su idioma original. De este modo la capacidad de encontrar libros interesantes es más grande. Así que allí estaba El bar de Lee en la mesa de novedades y de cara. Hasta ahora sólo había visto en librería uno de mis libros, Siembre nos quedará Casablanca, en dos de las Casa del Libro y había sido en la estantería, y por lo tanto colocado de canto.

Estuve hojeando libros en la sección de poesía, sacándolos al azar de las estanterías y leyendo algún poema. Leí más de uno de un libro de la editorial Visor titulado Siempre habrá un poema, una antología de un desconocido para mí poeta cubano llamado Armando Álvarez Bravo (La Habana, 1938). No compré el libro porque tengo ahora muchos por leer, pero lo dejé anotado.




Dejo aquí algún poema de Armando Álvarez Bravo, encontrado en internet:


Páginas en blanco

       Idénticas
a todas las páginas
en blanco.
Sólo un desastre.

       Quien las repudia
cuándo unas palabras
comienzan
a llenarlas,
las borra.

       La cuenta
se pasa
al que les escribe.
Miami, 2 de enero de 2007


La sombra

      Hay una sombra
en la sombra.
Es indescifrable.
¿Qué sabemos de un enigma?
Termina el día,
descienden las sombras.
¿Qué quiere decirnos,
qué nos dice hacia la noche?
Cada instante que transcurre
sabemos menos. Desciende
la oscuridad, su misterio
y su evidencia. No hay más.
Sólo se impone una sombra.
Quizás sólo somos pura,
final sombra. Nada que decir.
Todo es sombra.
 Miami, 25 de abril del 2008


Del paisaje y la presencia

Ya no es la avidez de ver mundo,
sino de poseer como en un sueño
ciertos paisajes
entrevistos o pendientes,
tan especiales en su intimidad.

Pero es difícil arrancarse
del sitio en que se está
parece que desde siempre.
El sitio donde los recuerdos
van convirtiéndose en ficciones
y reinventan esa historia nuestra
que ya es la de nuestros nuevos recuerdos.

¿Cuándo llegamos aquí?
¿Cuánto de nosotros quedó allá?
¿Quién ese uno mismo
que distinto se recuerda a sí mismo?
¿Cuál es su rostro ya enfilando la eternidad?

Quedan algunos viajes por hacer.
Son regresos a lo entrañable.
Son un reencuentro y una despedida
son también ir en secreta busca
de algo desconocido que sabemos nos falta.
Son quedarnos tranquilamente donde estamos.

Ya nuestras huellas
no necesitan el polvo del camino.