domingo, 23 de septiembre de 2018

Vivir en la salina (cuentos completos), por Elvio E. Gandolfo


Vivir en la salina (Cuentos completos, 1970-2016), de Elvio E. Gandolfo.
Editorial Caballo negro. 481 páginas. 1ª edición de 2016.

De Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) había leído hasta ahora ocho libros, aunque sólo uno de ellos (Dos mujeres, editorial Periférica) ha sido publicado en España. El resto lo encontré en librerías hispanoamericanas de Madrid, en Iberlibro o bien, después de un tiempo, cuando contacté con Gandolfo, me los empezó a enviar él mismo desde Argentina; o, como en este caso, Gandolfo le pidió a su editor de Caballo negro (Córdoba, Argentina) que me lo enviara.

De este volumen de Cuentos completos había leído, antes de ponerme con él, casi la mitad: los relatos contenidos en los volúmenes Ferrocarriles argentinos (1994) y Cada vez más cerca (2013). Los he vuelto a leer, quería absorber entera la experiencia de acercarme a este libro.
El orden no es cronológico. Primero se suceden tres libros de relatos enteros: Ferrocarriles argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir (1998) y Cada vez más cerca (2013). Después hay otros libros de los que faltan los relatos más largos; al parecer, Gandolfo y su editor decidieron retirar los de más de veinte páginas para sacar otro volumen de Novelas cortas. En esta segunda parte, que aparece en el libro con el epígrafe de Otros cuentos, tenemos narraciones de La reina de las nieves (1982), The Book of Writers (2010) y Libro de mareo (2016). El volumen se cierra con una sección titulada De antologías, e inéditos. En total tenemos aquí cincuenta y siete cuentos de Elvio Gandolfo.

El primer cuento al que se acercará el lector que abra este libro es La oscuridad bajo la mesa. En él, un oficinista regresa a su casa para recoger unos papeles en un momento inesperado y descubrirá a su mujer con un amante. Observará sus movimientos escondido debajo de la mesa, sin intervenir y pese a que su mirada llega a cruzarse con la de su mujer. Aunque la situación descrita parece realista, en realidad no lo es. Una corriente turbia recorre este relato cargado de extrañeza. El segundo relato, No es una línea recta, se adentra de forma más clara en el género fantástico, con un hombre que vende cajitas en las que unos «muñequitos» cobran vida si se les da cuerda. El tercero, Un error de Ludueña, es un cuento policial, uno de los mejores de Ferrocarriles argentinos y quizás de toda la producción de Gandolfo.

Lo que más me llama la atención de los libros de cuentos de Gandolfo es su capacidad para romper con las expectativas del lector. Cuando se empieza a leer uno de sus cuentos, nunca se sabe hacia dónde va a evolucionar la narración: puede ser un cuento puramente realista, que describe la vida en la provincia, uno de ciencia-ficción, policial, onírico, y lo mejor: un cuento donde se mezclan géneros, ciencia-ficción apocalíptica con un relato romántico; denuncia de los abusos militares en la dictadura con terror, etc. La pura libertad creadora parece dirigir los pasos de Gandolfo.

Andante es un relato realista del que, como la primera vez que lo leí, he tenido la sensación que me perdía algo. Andante antecede a Llano del sol, un relato apocalíptico, en el que una guerra civil ha devastado Argentina y un hombre solitario trabaja vigilando una decrépita planta de paneles solares; además, éste es un cuento de amor en la provincia. Llano del sol es uno de los cuentos que más me gustan de Gandolfo.
El bulto en el casino, sobre casualidades que se dan en los sueños, podría ser un relato de corte borgiano.
Estrategia mezcla el costumbrismo de la vida en un pueblo con el relato negro.
En La yanqui y el polaco, Gandolfo hace comparecer a una escritora real, en este caso Susan Sontag. Este recurso lo volverá a usar en otro relato (Corta amistad en Londres), en el que describe los divertidos momentos en los que «trató» con H. G. Wells en Londres.
El último cuento de este primer libro, Ferrocarriles argentinos, nos habla de un viaje en tren y de la desaparición de una mujer en la noche. Una anécdota mínima que sirve de metáfora para hablar de una realidad más amplia y terrorífica.

Cuando Lidia vivía se quería morir se divide en tres partes. En la primera, compuesta por tres relatos, Gandolfo posa su mirada sobre su vida en Rosario. A pesar de haber nacido en Mendoza, la familia de Gandolfo es de Rosario y él, que creció en esta ciudad, se siente rosarino. El primer cuento da título al libro y narra un simpático recuerdo acerca de un primer amor en la provincia. El segundo, El polvo del mediodía, es otro relato realista que me ha recordado el tono de los cuentos de Juan José Saer. Filial trata de la relación de Gandolfo con su padre, poeta aficionado que montó una imprenta en Rosario; uno de los cuentos más hermosos de este libro.

La segunda parte de Cuando Lidia vivía se quería morir también comienza con un tono realista, aunque más lírico (Con los pies en el agua) que la parte anterior; y El sol y el hielo es un cuento fuertemente erótico, que toca otra vía temática en esta colección de cuentos tan diversa. En Me saqué los anteojos, nena, el sexto cuento de este segundo libro, Gandolfo parece volver al género abiertamente fantástico, con unas gafas que cuando el protagonista se las pone o quita le permiten viajar en el tiempo. Cuando en la página 173 leí: «Las tropas francesas siguen resistiendo el avance del Ejército Islámico, cerca de París» me sentí desconcertado, pero cuando un poco más abajo de esta misma página se habla de «la colonia lunar angloindia», me invadió una plácida sensación de felicidad lectora. Gandolfo había vuelto a la ciencia-ficción con estas ligeras pinceladas.
La tercera parte de Cuando Lidia vivía se quería morir se abre de forma clara al relato fantástico. El viaje relata una travesía por el desierto en un mundo apocalíptico, que no tiene por qué ser exactamente el nuestro y, debido a la presencia de una nube anaranjada que persigue a los protagonistas, me ha hecho pensar en el relato Gelatina de Mario Levrero, que fue un íntimo amigo de Gandolfo.
El manuscrito de Juan Abad, sobre un apocalipsis en el que las vacas voladoras (sí, han leído bien) han conquistado el mundo, es grandioso; pura felicidad lectora. Pura sensación de vuelta a la infancia y a la lectura de descubrimiento e imaginación.
El momento del impacto trata sobre una gran ballena que cae desde el cielo sobre la ciudad de Rosario. No llega a la altura de El manuscrito de Juan Abad, pero también es un relato muy libre e imaginativo.

Quince años separan la publicación de Cuando Lidia vivía se quería morir de Cada vez más cerca, libro que ganó el Premio de la Crítica de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en 2014. El libro se abre con El cuerpo, donde se unen dos tiempos narrativos, el recuerdo de un amor y una visita al dentista que, desde luego, no me parece de los mejores cuentos aquí incluidos. Me gusta bastante Más bien bajo, sonriente, diminuto un cuento de terror clásico con un aire a H. P. Lovecraft.
En Cada vez más cerca nos encontramos cuentos, en general, más cortos que en los dos libros ya comentados. De este libro destacaría Los pasos en las huellas, sobre un policía secreta que, durante años, vigila a un tipo que no hace nada especial; Clasificación, que mezcla el relato sobre escritores con la narración fantástica; Pegando la vuelta, un relato postapocalíptico, que por su temática me ha recordado a Llano del sol; Caballero estafador, un relato picaresco sobre el hampa de Buenos Aires; y sobre todo, Las negritas, otro relato de terror clásico, aderezado además con un rico lenguaje de la calle bonaerense; Contacto, sobre un militar retirado y los extraterrestres, es también muy desconcertante. En los últimos cuentos, Gandolfo vuelve a Rosario y al costumbrismo de la provincia. Es muy hermoso el cuento El tango y Tito Lamónica.

La siguiente sección del libro, la que se denomina Otros cuentos, se abre con Vivir en la salina, que se supone que es el mejor cuento de Gandolfo. Explico esto: votaron unos 70 conocedores del cuento en Argentina (escritores, críticos y editores) sobre cuál era el mejor cuento de Argentina, con el criterio de que sólo se podía elegir un cuento por autor. El primero de esta lista es Esa mujer de Rodolfo Walsh, el segundo es El aleph de Borges y el decimocuarto es Vivir en la salina de Gandolfo. Es posible que a mí, por ejemplo, me guste más Llano del sol, pero, sin duda, Vivir en la salina es un cuento redondo, magnífico en contenido, forma y ritmo. Un relato en apariencia realista, pero que es más bien expresionista.
Sobre las rocas es otro relato estupendo, con un personaje varado en una playa que come cangrejos, mientras el mundo conocido se acaba. Muy original.

Los relatos tomados del libro The Book of Writers tratan sobre escritores. De ellos destaco Actos de desaparición, que trata de la relación del autor con otro polémico escritor de provincia.
Con los cuentos de Libro de mareo conecto menos que con los que llevo leídos hasta ahora. Son cuentos de poco más de una página, y ya he comentado más de una vez que a mí los microrrelatos no me gustan mucho.

En la última parte, De antologías, e inéditos, destaco dos grandes momentos de felicidad lectora: encontrarme con los cuentos La mosca loca y El problema de Van Doren, que rescatan el mundo creado en el relato El manuscrito de Juan Abad, el maravilloso y sugerente mundo de las vacas voladoras. En serio, Gandolfo escribe relatos postapocalípticos sobre vacas voladoras que no podemos leer en España. Lo pregunto ya: ¿por qué esta condena? Le he escrito un correo a Gandolfo, se lo he pedido, quiero, por favor, una novela sobre las vacas voladoras; quiero entrar y perderme en ese mundo. Imagino que no me hará caso, pero debería.

Como ya he comentado antes, leer los cuentos de Gandolfo es toda una aventura literaria: el lector nunca sabe, cuando empieza uno, hacia dónde se dirige. Se puede tratar de un cuento policial, costumbrista, de ciencia-ficción, de terror, onírico, y lo mejor de todo, con varios géneros mezclados. Ahora que se habla tanto del neofantástico en Argentina, con voces sugerentes como las de Samanta Schweblin, Federico Falco o el auge de un nuevo relato de terror con autores como Mariana Enríquez, creo que sería de justicia reivindicar la figura de Elvio E. Gandolfo. En Argentina sí que es un escritor considerado, pero es una pena que el lector español casi no lo conozca.

En el prólogo de los Cuentos completos de Fogwill, escrito por Gandolfo, éste afirma que el libro de Fogwill «contiene seis o siete de los mejores cuentos de la literatura argentina». Sé que no soy el primero que lo dirá en una reseña, porque ya se escribió en Los inRocktibles, pero yo lo había pensando antes de leerlo ahí (y, por tanto, creo que esto me legitima para escribirlo): lo mismo se podría decir de Gandolfo.
Recapitulo los cuentos que me parecen más sobresalientes de este libro: Un error de Ludueña, Llano del sol, Filial, El manuscrito de Juan Abad, Las negritas, El tango y Tito Lamónica, Vivir en la salina y Sobre las rocas. Cualquiera de estos ocho cuentos podría estar en las mejores antologías del cuento en español de las últimas décadas, y repito: que el lector español no tenga a su alcance un libro como Vivir en la salina, Cuentos completos no habla nada bien de la sana confluencia que debería existir (pero que suele fallar) entre los países de habla hispana.

No me resisto a comentar que yo he leído un cuento más de los que están aquí, un cuento escrito con posterioridad al cierre de este volumen (2016) y que Gandolfo me envió por mail, un cuento de ciencia-ficción postapocalíptica que me gustó mucho.
Como sé que es difícil para la mayoría de los lectores tener en sus manos este libro y quizás les entró la curiosidad hacia los cuentos de Gandolfo, voy a dejar, para finalizar, un enlace a una web en la que se puede leer el cuento Vivir en la salina, que da título a estos Cuentos completos. Así podrá juzgar por sí mismo si mis palabras sobre la calidad de los cuentos de Gandolfo son exageradas o le hacen justicia.

PINCHANDO AQUÍ se puede leer el cuento Vivir en la salina. Disfrútenlo.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Biblioteca bizarra, por Eduardo Halfon


Editorial Jekyll & Jill. 110 páginas. Primera edición de 2018.

Después de leer los tres libros que Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) ha publicado en la editorial Libros del Asteroide (Monasterio, Signor Hoffman y Duelo) en tan sólo cuatro días, me apeteció seguir con su obra y compré en La Central de Callao los libros Mañana nunca lo hablamos y Biblioteca bizarra.
Lo cierto es que intuía que si le escribía a Víctor Gomollón, el editor de Jekyll & Jill, al que sigo en Facebook, el libro de Biblioteca bizarra para reseñarlo, me lo enviaría. Pero ocurrieron dos cosas: quería leerlo de forma inmediata, tras los otros libros de Halfon, y además me di cuenta de que ya había salido al mercado la segunda edición, pero que en La Central aún quedaban ejemplares de la primera. Y al abrir ejemplares de la primera edición vi que los libros estaban numerados. Busqué el número más bajo y me lo llevé a casa. Tengo el 126 de la primera tirada de este libro. Éste tipo de detalles libresco-fetichistas se inventaron para gente como yo.

Después de acabar con Mañana nunca lo hablamos, el mismo día empecé (y terminé) Biblioteca bizarra. Este libro está formado por seis textos que fueron publicados en revistas literarias entre 2011 y 2017. Los seis han sido revisados y quizás ampliados o reescritos. Al final, en la nota que explica su lugar de procedencia, se da la siguiente información de cada una de estas composiciones: «Una primera versión de XXX fue publicada en YYY, con tal fecha.»

Los seis textos de Biblioteca bizarra podrían ser calificados de relatos, pequeños ensayos o artículos. En realidad, creo que no tiene mucha importancia la distinción, puesto que Eduardo Halfon, como otros escritores actuales, juega a la mezcla y confusión de géneros narrativos.

El primer texto es el que da título al libro, y en él se describen diversas bibliotecas que Halfon ha podido ver (o de las que ha oído hablar) a lo largo de su vida. La primera biblioteca es la de una de sus tías abuelas, que ha muerto recientemente, y Halfon va a su casa a ver la enorme biblioteca que esta mujer ha dejado tras de sí. «Me vestí con el entusiasmo que sólo conoce un bibliófilo.», leemos en la página 15. Se trata de una biblioteca dedicada a un único tema: el sionismo. Un aire melancólico acaba impregnando las reflexiones de Halfon, que, como en otros de sus libros, medita aquí sobre su condición de judío. Otra de las bibliotecas de las que habla es llamada La biblioteca salvaje y aquí se habla de la relación de Roberto Bolaño con Antonio di Benedetto que dio pie a la existencia del cuento de Bolaño titulado Sensini. En realidad este primer relato (o miniensayo o artículo) tiene un aire muy bolañesco, de ese Bolaño salvaje y erudito, del Bolaño que acaba de leer a Borges. De hecho, diría que además de hablar del cuento Sensini, existe aquí otro homenaje a Bolaño en las páginas de La biblioteca mojada, en las que se habla de un médico riojano que regala todos los libros que compra y que lee en la bañera. En una entrevista, Bolaño comentaba que su amigo el poeta Mario Santiago (que da origen al personaje Ulises Lima) leía en la ducha.
También, Biblioteca bizarra me ha hecho pensar en muchas de las páginas de un bibliófilo como Enrique Vila-Matas.

El segundo relato se titula Los desechables y habla de una conferencia sobre literatura que Halfon tuvo que dar en Bogotá para un público formado por personas de la calle en proceso de integración social. No es la primera vez que me ocurre al leer a Halfon, pero en estas páginas he sentido más que en otras la conexión de algunas de sus propuestas con las del escritor argentino Sergio Chejfec. En el libro de relatos de Chejfec Modo linterna, el autor también convierte en objeto del cuento los actos y las charlas literarias.

Halfon, boy es el texto que más me ha gustado de este libro. En este relato, Halfon habla del nacimiento de su hijo en Nebraska, donde trabajo como profesor de literatura. Se habla aquí del hijo y de los problemas que encuentra en la traducción de la obra del autor norteamericano William Carlos Williams, que a su vez fue traductor del español al inglés, y un médico pediatra que ayudó a que llegaran muchos niños al mundo. La forma en la que Halfon une sus reflexiones sobre la obra de Williams y el nacimiento de su propio hijo me ha parecido brillante.

Saint-Nazaire es el texto, de los presentes aquí, que más se relaciona con la parte de la obra de Halfon que ha tenido más repercusión (Monasterio, Signor Hoffman y Duelo), puesto que habla de una de las experiencias europeas de su abuelo polaco. También se habla aquí de escritores, y esto entronca más con el espíritu ensayístico de Biblioteca bizarra. «¿No es la nimiedad, pues, la materia prima del cuentista? ¿No son las anécdotas en apariencia mínimas, es decir, insignificantes, la arcilla misma con la cual el cuentista trabaja su artesanía y moldea su arte?», escribe Halfon en la página 78, comentando los cuentos de Chejov y también su propia obra.

El quinto texto se titula La memoria infantil y se subtitula Notas a pie de página. Me he sentido afortunado al leerlo, porque ha dado la causalidad de que estas páginas son un comentario al libro Mañana nunca lo hablamos que, como comentaba al comienzo de esta reseña, había acabado el mismo día que leía esta reflexión personal sobre los cuentos de ese otro libro. De hecho, el comienzo de este miniensayo es el texto de contraportada de Mañana nunca lo hablamos. Aquí se apostillan los cuentos del otro libro, y se explica, en cierta medida, cómo están hechos  y por qué; cómo es el recuerdo o el impulso que lleva a Halfon a escribir un cuento a partir de un recuerdo o una sensación del pasado. «Un escritor escribe desde allí: desde lo que ha visto, desde lo que ha escuchado, desde los olores y sonidos que revolotean como mariposas en su memoria. No escribe su memoria. Escribe solamente a partir de ella. Desde ella. Hacia delante.» (pág. 88), «Veo esas imágenes en el álbum de mi memoria: inconexas y opacas y acaso inventadas. El hilo que las une es la literatura. La literatura, hilvanándolas, les da sentido. El oficio de un escritor no difiere del oficio de un sastre. Parches, remiendos, costuras, hilos, retazos que, con oficio, crean la ilusión de un todo.» (pág. 89)
De los recuerdos que cita lo que más curioso me ha resultado es ver cómo algunos de ellos servían de base a relatos que estaban en el libro Mañana nunca lo hablamos y otros no llegaban a relatos de ese libro; recuerdos que se perderán o que, tal vez, den lugar en el futuro a nuevas narraciones.
En esta quinta narración también nos encontramos con Rol, uno de los trabajadores de la casa familiar de Halfon, que protagonizaba uno de los relatos de Mañana nunca lo hablamos y del que se habla aquí, de nuevo, muchos años más tarde.

Cierra el volumen la narración más ominosa de todas, Mejor no andar hablando demasiado. Aquí Halfon reflexiona sobre la condición del escritor en un país como Guatemala, además de su propio proceso de transformación desde ser un ingeniero hasta convertirse en un escritor. «Durante el último siglo, los escritores guatemaltecos han estado escribiendo, y muriendo, en el exilio.» (pág. 102). Aquí hablará de Miguel Ángel Asturias, Augusto Monterroso, Luis Cardoso y Aragón o Luis de Lión. La escena final que cierra el relato y el libro es terrible: Halfon recibe una visita amenazante en su casa después de haber publicado su primer libro en Guatemala.

Biblioteca bizarra es un libro que gustará a los lectores habituales de Eduardo Halfon, a los que le conozcan por sus libros más famosos (los publicados por Libros del Asteroide), aunque creo que también podría ser una buena puerta de entrada a su obra.  Hasta ahora no había leído ningún libro de la editorial Jekyll & Jill, dirigida por Víctor Gomollón y la verdad es que me ha impresionado el cuidado con que está editado Biblioteca bizarra, un precioso libro-objeto.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

Unos poemas de La pierna ortopédica de Rimbaud, de José Luis Gracia Mosteo


El poeta José Luis Gracia Mosteo (Calatorao, Zaragoza, 1957) ha ganado el I Premio de Poesía Melaza Villa de Salobreña con el libro titulado La pierna ortopédica de Rimbaud. El libro saldrá próximamente a la venta.



Dejo aquí tres poemas de este nuevo poemario:




LA RESURRECCIÓN DE DANTE

Pintó Giorgio Vasari seis poetas:
dos sin laureles; con, otros cuatro;
cinco llevan cubierta la cabeza,
dos tienen un libro entre las manos.
Pintólos Vasari en una mesa
cubierta con un liso y verde paño,
pintólos entre libros y entre esferas,
sospecho de lo que estarán hablando.
No es Beatriz ni Laura en quienes piensan,
ni en Mandetta ni amor ni desengaños;
tampoco en la Toscana ni en Florencia,
ni en sus bellos campos y palazzos.
Es en ti, lector, para que entiendas,
en ti, que soy yo mismo y miro el cuadro;
es en quien al mirarlos los recrea
y al leer los está resucitando;
es en quien la vida les devuelva
y les saque del lienzo congelado,
es en quien les exhume de la tierra
y se torne en poeta al recitarlos.
Pintó Giorgio Vasari seis poetas,
lo hizo en mil quinientos cuarenta y cuatro,
hurtó sus rostros vagos a la hierba,
juntó lo que el tiempo no ha juntado;
pensó que la poesía es eterna,
que los seis seguirán siempre charlando,
seis que tienen tu edad y hablan tu lengua,
nacieron en tu casa y son toscanos.


EL ÚLTIMO VIAJE DE JAIME GIL DE BIEDMA

Si el tiempo es una rueda y somos polvo
que flota en el aire como un punto;
si la vida cabe en un poema,
si la historia cabe en un segundo,
si somos lanzamiento de un discóbolo,
si somos una broma del destino,
si el arte es circular y somos arco,
si somos poco más que un verso anónimo…,
bebamos, caro Jaime, hasta perdernos
en esa lejanía de aire en vilo,
pues polvo es el alma y polvo somos,
polvo de píxel, papel y olvido,
polvo que un día quiso transformarse
en poema, ensayo o vino tinto,
polvo cual Catulo, que acaso fuiste,
polvo de la nada de este mundo;
si el tiempo es una rueda y somos polvo,
no gastemos, Jaime, ni un gemido,
dejemos que nos pise alegremente,
seamos polvo sucio del camino.


NIEZTSCHE, ENTRE ALEJANDRO Y DARÍO

Escribe el filósofo en La gaya ciencia
que todo se repite, y en Zarathustra,
que la historia no es lineal
sino circular, algo en que García Márquez
insiste en Cien años de soledad,
o Milan Kundera en La insoportable
levedad del ser, algo en lo que abunda
Borges; escribe Friedrich Nieztsche
y mi memoria yerra en sus palabras
al leer Batallas decisivas de Occidente,
de Fuller, donde se cuenta la apetencia
de Europa a los pueblos del desierto,
yerra y pienso en él, pues aparece
Gaugamela, la batalla en que Alejandro
persigue a Darío y derrota a su ejército;
pienso en él y en Así habló Zaratustra,
pues la capital del Estado Islámico,
Mosul, está a pocos estadios; pienso
y me digo si Borges, pero también
García Márquez, Milan Kundera o yo
mismo éramos soldados en esa época,
servíamos al macedonio o al persa.
Escribe el filósofo en La gaya ciencia
que el fin es el comienzo y se repite.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Mañana nunca lo hablamos, por Eduardo Halfon


Editorial Pre-textos. 138 páginas. Primera edición de 2011.

Ya he comentado que en la pasada Feria del Libro de Madrid compré los tres libros que a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) le ha publicado la editorial Libros del Asteroide. En cuatro días, he leído los tres seguidos. El lunes que iba a acabar Duelo estaba ya de vacaciones y decidí irme de librerías. Compré tres libros más de él: Mañana nunca lo hablamos, Biblioteca bizarra y De cabo roto. Ese mismo lunes que acabé Duelo, por la noche leí los dos primeros cuentos de Mañana nunca lo hablamos. Creo que me estoy convirtiendo en un adicto a la prosa de Halfon. No sé si hacía falta señalarlo. Mañana nunca lo hablamos y Biblioteca bizarra los compré en la librería La Central y De cabo roto en una librería de segunda mano, cerca del metro de Alfonso XIII.

Mañana nunca lo hablamos está formado por diez relatos, y se abre con una cita de Virginia Woolf que dice: «Ese gran espacio de catedral que fue la infancia.». La contraportada del libro está redactada por el propio Halfon y resulta muy significativa. En ella podemos leer: «Toda infancia tiene sus puertas de salida. En toda infancia hay momentos –a veces magnánimos, a veces prolijos, a veces breves y volátiles– que son como pórticos hacia la grandeza del futuro. Los atravesamos con pasos inocentes, llenos de ímpetu y curiosidad, sin entonces lograr comprender, por supuesto, que esos precarios pasos son irrevocables, que no tienen marcha atrás. A veces pienso que por eso escribo. Para intentar regresar a la ilusoria y frágil pureza de mi niñez, en la Guatemala de los turbulentos años setenta.»

Como el propio autor nos cuenta, los diez cuentos de Mañana nunca lo hablamos nos acercan al Halfon que fue un niño en la década de 1970, antes de irse a vivir a Miami (como sabremos por otros libros; por ejemplo, se habla de esto en Duelo) en 1981, cuando va a cumplir diez años. La voz narrativa de cada cuento es la misma, y por tanto este libro puede leerse como una colección de cuentos o bien como una novela, en la que cada capítulo (o relato) es una estampa que evoca la niñez del autor en su país natal. Al finalizar el volumen, el lector comprenderá que este libro es, en gran parte, una despedida de la infancia y también de un territorio físico.

El primer cuento se titula El baile de la marea y se desarrolla en las playas de Iztapa, un lugar que también aparecía en uno de los cuentos de Signor Hoffman. Es un cuento breve y bello sobre el misterio de la vida captado por un niño. «Quería preguntarle a mi padre quién sería yo sin mi padre.» (pág. 17) El tema narrativo de la búsqueda de la identidad aparece ya en estas páginas iniciales.

Polvo retrata la experiencia de un niño en 1976, cuando Guatemala sufrió un terremoto que acabó con 30.000 vidas. El comienzo de este cuento es muy similar al del comienzo de la novela Formas de volver a casa, que el chileno Alejandro Zambra publicó en 2011, el mismo año que Mañana nunca lo hablamos. Dos niños viviendo el terremoto de asola sus ciudades hispanoamericanas como si tratase de una aventura que rompiera con la rutina. En el cuento de Halfon, el niño será obligado por su tío a mirar a los más desfavorecidos y a tomar conciencia de las tragedias ajenas.

El poder de la euforia nos habla del miedo a decepcionar a los adultos en la infancia –en este caso por unas posibles malas notas del colegio–, de la euforia infantil por salvarse de esa situación, y finalmente de la incapacidad de saber qué hacer con esa euforia y la posibilidad de convertirla, por ejemplo, en crueldad hacia los animales. Todas estas sensaciones están muy bien captadas aquí, sin subrayados innecesarios.
En la página 39, la primera de este cuento, se habla del «abuelo polaco» del narrador. Este dato concordaría con los otros que conozco –gracias a las lecturas anteriores–, de la biografía del personaje y narrador llamado Eduardo Halfon. En Mañana nunca lo hablamos no aparece nunca el nombre del narrador, pero su voz y su biografía son concordantes con las de Monasterio, Signor Hoffman y Duelo. Quizás me ha parecido detectar una pequeña diferencia: en este tercer cuento se habla de un hermano pequeño del padre del narrador, y si no recuerdo mal (que puede ser) en Duelo se nos informa de que el padre no tiene hermanos.

El cuarto cuento –Muerte de un cácher–, como el tercero, recrea algunos de los miedos más reconocibles de la infancia: el miedo a hacer el ridículo en el colegio y a no ser creído; en este caso, al profesor le cuesta creer que al narrador le duele de verdad la cabeza. El niño acabará en el hospital y se hará real para él la idea de la propia muerte, un concepto del que parecía sentirse totalmente a salvo cuando vivió de cerca las consecuencias del terremoto del segundo cuento.
El cierre de este relato es muy sutil, con la idea de la muerte que acabará desviándose desde el cuerpo del niño hasta la muerte del ídolo deportivo. Al leer este cuento, y los anteriores, el lector atento pensará en la forma de componer relatos de los escritores norteamericanos. Estos cuentos de Halfon están influidos por Raymond Carver, Tobias Wolff, Ernest Hemingway, Bernard Malamud o J. D. Salinger. Y por esta influencia de autores norteamericanos de relato breve, pero trasladados a los escenarios hispanoamericanos, he sentido a los cuentos de Halfon cercanos a las propuestas de otros autores americanos de habla española como Edmundo Paz Soldán o Rodrigo Hasbún.

El cuento Quieto a la orilla del lago, en el que Halfon recuerda a un joven trabajador de veinte años de la casa de sus padres, quien le habla de su infancia en las orillas del lago Amatitlán, me ha recordado al final de la novela Duelo. Y no sólo porque aparezca el lago Amatitlán, sino porque se da aquí espacio a la narración oral y a la naturaleza mágica de las tradiciones de los indígenas guatemaltecos.

La señora del gabán rojo, el sexto cuento, abre el libro de forma clara a una segunda mitad, en la que va a predominar, cada vez con más fuerza, el tema de la violencia en la Guatemala de la época. Aquí se habla del secuestro que sufrió uno de los abuelos de Halfon, un asunto del que ya he leído en otros de sus libros. Para el niño es difícil asumir la cotidianidad de la violencia, y esta idea está muy bien captada en el relato.

Si hasta ahora estaba pensando que Halfon aún no considera, en este libro, el tema de su pasado judío como uno de sus grades tema narrativos, ahí está el cuento El último café turco para desmentirme. Aunque es cierto que en este cuento se habla de los orígenes de los abuelos, pero todavía no se insiste en el tema del judaísmo, las persecuciones y los conflictos de identidad. Aún no hay conflictos de identidad, parece decirnos Halfon aquí, porque el niño asume cualquier realidad que le rodea como la más lógica y la única posible. De nuevo, en este cuento aparecen los militares como una presencia ominosa.

Mujeres buenas y mujeres malas guarda relación con la composición de los relatos El poder de la euforia y Muerte de un cácher. Aquí se habla de otra de las sensaciones más reconocibles de la infancia: el brote de los primeros deseos sexuales y la sensación de no conocer cuáles son los límites sociales entre lo que es aceptable y lo que no.

Corazón, no moleste nos vuelve a hablar de la extrañeza ante las reglas del mundo de los adultos que los niños no saben cómo asumir. Aquí se habla de la posible desaparición (violenta o no) de un empleado de la fábrica del padre de Halfon.

El último cuento, Mañana nunca lo hablamos, me ha parecido un gran cierre al libro. Un relato muy logrado. Si acabé la reseña de Duelo diciendo que sentía curiosidad por saber qué caminos narrativos iba a seguir Halfon en sus próximos libros y que a mí me gustaría que hablara de la violencia de la que fue testigo en su país, durante la década de los setenta, no me estaba dando cuenta, entonces, que le estaba pidiendo a Halfon que escribiera Mañana nunca lo hablamos. De hecho, comenté que me gustaría saber más cosas sobre el día que pasó encerrado en el colegio porque en la calle se enfrentaban la guerrilla y los militares. Bien, esa historia, que yo reclamaba, está contada en este último relato. De hecho, es el suceso que va a hacer que sus padres decidan dejar el país y trasladarse a Miami, experiencias que son narradas en Duelo. De lo que nunca hablará mañana el narrador con su padre es de quiénes son los guerrilleros y los militares, de quiénes son los indios, los blancos, los ricos, los pobres de su país. El libro acaba cuando el niño Halfon ya puede plantearle a su padre preguntas incómodas.
Y, así, uno cierra este libro, pensando que para Halfon queda atrás su país natal, igual que queda atrás la infancia.

En Mañana nunca lo sabremos Halfon aún no utiliza el recurso estilístico de repetir palabras al comienzo de las frases de un mismo párrafo para conseguir una cadencia poética y, de forma tradicional, los diálogos se muestran con guiones y no insertos en el discurso narrativo como ocurre en los libros publicados en Libros del Asteroide. En Mañana nunca lo sabremos aún no está presente, como ya he comentado, el gran tema para el autor del pasado judío, las persecuciones, los conflictos con el judaísmo y la memoria. Pero diría que el narrador de estos cuatro libros que he leído seguidos de Halfon es básicamente el mismo, aunque la unidad temática es más fuerte entre el tríptico que forman Monasterio, Signor Hoffman y Duelo.
Mañana nunca lo hablamos es un conjunto de relatos muy uniforme, de corte clásica y poso norteamericano, que se puede leer como una novela y que gustará, sin duda, a aquellos lectores que leyeron los tres libros comentados anteriormente, y que me parece que se han vendido más que este otro libro. Y si alguien empieza a leer la obra de Halfon por Mañana nunca lo hablamos no creo, en ningún caso, que quede decepcionado, porque éste es un gran libro de relatos.

sábado, 8 de septiembre de 2018

NUEVA CARTA DE AMOR ABIERTA A MI QUERIDA BIBLIOTECA DE MÓSTOLES

QUERER ES PODER, ME DIJO MI QUERIDA BIBLIOTECA DE MÓSTOLES
Hoy me he pasado por la biblioteca de Móstoles, ya sabéis, esa que os conté que había expurgado (destruido) mi libro «Los insignes» porque lo había sacado poca gente, aunque sea un libro que habla de Móstoles y de la propia biblioteca, y esté escrito por un mostoleño que se ha formado gracias a visitarla. Se expurgan los libros que saca poca gente para dejar espacio a otros.
Bien, hoy me he percatado de que la biblioteca de Móstoles tiene una nueva sección que se llama «Libros de autoayuda». El espacio reservado para ella es bastante grande, como se aprecia en la fotografía de abajo. He tomado al azar un libro de esta sección y ha salido uno titulado «Querer es poder». Claro, he dicho. Yo ahora mismo quiero darme una vuelta, a lomos de un diplodocus, por los anillos de Saturno. Lo he querido y ya está, he podido. Ha sido como un anuncio de Nike real, «Just do it».



Querida Biblioteca de Móstoles, a ver si va a ser que los ciudadanos del municipio, aquejados de problemas de desempleo y salarios bajos, en vez de salir de su zona de confort y reciclarse, como diría Milton Friedman y los defensores de la sonrisa que evita la queja y la toxicidad, en vez de necesitar una sección tan grande de libros de autoayuda, lo que les viene bien son unos cuantos libros que los animen a formar comités de empresa en sus centros de trabajo y afiliarse a sindicatos.
Bueno, pues como lo del diplodocus y los anillos de Saturno no ha funcionado, inspirado por el libro «Querer es poder», he pensado en un segundo deseo, que ha sido: no quiero que mi querida Biblioteca de Móstoles destruya mis libros. Así que me he sacado mis dos libros de poesía, «Siempre nos quedará Casablanca» y «El bar de Lee», con la intención de pasearlos hasta mi casa y devolverlos en unas semanas. De este modo, constará en algún registro elevado que alguien saca mis libros y evitaré así que los bibliotecarios los destruyan.
Oye, que al final lo de los «Libros de autoayuda» no va a estar tal mal, que el libro «Querer es poder» ha contribuido a que alcance mis sueños. «Just do it».

domingo, 2 de septiembre de 2018

Duelo, por Eduardo Halfon



Editorial Libros del Asteroide. 106 páginas. Primera edición de 2017, ésta es de 2018.

Ya comenté al hablar de Monasterio y Signor Hoffman que en la pasada Feria del Libro de Madrid compré los tres libros que a Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) le había publicado la editorial Libros del Asteroide. Como los libros de Halfon son cortitos y me están gustando mucho, decidí continuar con Duelo, una vez terminado Signor Hoffman. He leído Duelo en un día. Es cortito –106 páginas– pero también es adictivo. Se junta todo.


«Se llamaba Salomón. Murió cuando tenía cinco años, ahogado en el lago de Amatitlán. Así me decían de niño, en Guatemala. Que el hermano mayor de mi padre, el hijo primogénito de mis abuelos, el que hubiese sido mi tío Salomón, había muerto ahogado en el lago Amatiltán, en un accidente, cuando tenía mi misma edad, y que jamás encontraron el cuerpo.», así comienza la novela. El Halfon adulto se dirige a la casa que sus abuelos poseían en las orillas del lago Amatiltán para ver si consigue averiguar algo sobre la muerte del que podría haber sido su tío.

La novela tiene dos tiempos narrativos principales, que se van alternando: uno inicial, en el que el personaje y narrador Eduardo Halfon va en un coche prestado por un amigo (un Saab color zafiro del que también se habla en uno de los cuentos de Signor Hoffman, creando las conexiones subterráneas propias de su obra) a la casa que fue de sus abuelos, en las orillas del lago Amatiltán. Allí quiere ver si puede ponerse en contacto con don Isidoro, un jardinero que había trabajado para sus abuelos en la década de 1970. «Se me ocurrió que ese chalet había tenido ya varios dueños desde que mis abuelos lo habían vendido a finales de los años setenta, pero siempre con don Isidoro ahí para todos, al servicio de todos. Como si don Isidoro, más que un hombre o un empleado, fuese un mueble del chalet, incluido en el precio.», leemos en la página 21. Un párrafo que me ha hecho pensar en esas relaciones de complicidad que los escritores de las clases medias-altas (o clases altas) de Hispanoamérica establecen con el personal de servicio de sus casas, y que han aparecido con tanta fuerza en las historias de escritores como Alfredo Bryce Echenique o Jaime Bayly.
El otro tiempo narrativo es el que habla de la familia Halfon en Estados Unidos, de su traslado a Florida a principios de la década de 1980. «Una mudanza temporal, insistían mis papás, sólo mientras mejorara la situación política del país.» (pág. 16). Una situación política ­­–y bélica– de la que el niño Halfon ha permanecido al margen, a pesar de haber visto las consecuencias de la violencia de cerca («Pese al combate entre el ejército y unos guerrilleros justo delante de mi colegio, en la colonia Vista Hermosa, que nos mantuvo a todos los alumnos encerrados en un gimnasio el día entero.» (pág. 17). Las anécdotas de la familia en Halfon en Estados Unidos me han hecho pensar en la melancolía poética de los cuentos de la inmigración del dominicano Junot Díaz en Los boys.
Entiendo también que estas asociaciones que establezco (Alfredo Bryce Echenique, Jaime Bayly, Junot Díaz…) pueden ser muy subjetivas.

En Duelo, Halfon juega otra vez (como ya hizo en el libro Signor Hoffman) a confundir su nombre con el de Hoffman, un segundo nombre falso que, en más de una ocasión, le abre más puertas que el propio. Y este juego del doble nombre también se repite en una historia (en las que, como es habitual, se bifurca el libro) que tiene que ver con el abuelo materno. Cuando Halfon viaja a Alemania, con la intención de luego pasar a Polonia, y buscar el domicilio en Łódź del abuelo, visita un campo de concentración alemán y el pasar del nombre León Tenenbaum al de Leib Tenenbaum le va a permitir abrir el candado para descifrar las anotaciones sobre el paso de su abuelo por diversos campos de concentración durante los años de la Segunda Guerra Mundial.

Duelo también repite temas narrativos que ya han aparecido en Monasterio y Signor Hoffman: la visita a Polonia, y el alojamiento de Halfon en el Hotel Savoy de Łódź, y como pensé al leer Signor Hoffman –y se afirma aquí– el nombre del hotel es un homenaje a la novela Hotel Savoy, del escritor judío austriaco Joseph Roth. También se habla aquí –como en Monasterio– de la bisabuela enterrada en Córcega; o del número tatuado en el brazo del abuelo (su recuerdo del paso por Auschwitz), quien contaba a sus nietos que era su número de teléfono y que lo llevaba ahí escrito para no olvidarlo (narrado también en Monasterio). Y estas historias se matizan aquí, o se cuentan también aledaños narrativos no contados antes, como la experiencia del abuelo materno como trabajador esclavo en una fábrica de aviones alemana.

Algunas de las ideas recurrentes de la obra de Halfon siguen estando aquí: se narran las experiencias del joven Halfon en torno a su Yom Kipur (o paso a la vida adulta para los judíos) y se habla de su desafecto respeto a los ritos milenarios. «Recuerdo la sensación de que todo era un teatro.» (pág. 34). O bien, la sensación de vacío al visitar los campos de concentración: «Para mí todo campo de concentración no era más que un parque turístico dedicado a lucrar con el sufrimiento humano.» (pág. 39)

En realidad, conoceremos ya avanzada la novela, Halfon ya sabe, cuando ha comenzado esta historia, cómo murió su tío Salomón, y lo que realmente quiere hacer cuando viaja al lago es descubrir de dónde procede lo que sabe que es una confusión, sobre este tema, que se generó en su niñez. Y lo cierto es que si bien el planteamiento de un misterio, en torno a la muerte de un niño, hace que avance la trama y que el lector siga las páginas de la novela con intriga, el recurso de averiguar cómo murió el tío no es más que una excusa narrativa –o leitmotiv– para que Halfon nos hable, como acostumbra, de su familia y de su pasado.


Duelo se abre también a núcleos narrativos nuevos en la obra de Halfon (o lo que yo conozco de la obra de Halfon): las historias de la fábrica de bikinis del padre en Miami, conocer a su tío Emile, que estuvo en la cárcel por estafador (de esto se habló de pasada en otro libro); y sobre todo, en su tramo final, la novela propone un nuevo e interesante camino narrativo. En las páginas finales de Duelo, Halfon nos hablará de los ritos ancestrales y mágicos de su país, Guatemala; aunque, en la antepenúltima página, un niño le diga que él no parece de allí. Y en esta búsqueda de la identidad, del ser y no ser, del nombre falso y del verdadero, de las raíces reales e impostadas, se mueve la obra de Eduardo Halfon.
Tengo curiosidad por saber cuáles serán los temas narrativos de sus próximas obras. A mí me gustaría que me hablara más de la guerra en Guatemala, de aquellas horas que estuvo encerrado en el colegio porque había un enfrentamiento en la calle, por ejemplo, o de los cadáveres de guerrilleros que aparecieron muertos en el lago de su infancia. Me está generando mucho interés la obra futura de Eduardo Halfon. Por ahora diré que ayer fue a visitar librerías y me traje a casa tres de sus libros más antiguos, publicados antes de los de Libros del Asteroide. Creo que comentar esto, hace innecesarios más elogios sobre la obra de un autor.