Adiós, señor Chips, de James Hilton
Editorial Trotalibros. 108 páginas. 1ª edición de 1934, esta es de 2025
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, ilustraciones de Jordi Villa
Delclòs
Más de una vez, Jan Arimany, el
editor de Trotalibros, al que
conozco en persona, me había recomendado que leyera de su editorial Adiós,
señor Chips (1934), del escritor James
Hilton (Leigh, Inglaterra,1900 – Long Beach, California, 1954). El sentido
de la recomendación se debía a que Jan sabe que yo llevo trabajando más de
veinte años en el mismo colegio privado del norte de Madrid, y Adiós, señor Chips está protagonizada
por un profesor inglés apegado también a un colegio de secundaria. Durante un
tiempo me resistí a esta recomendación, porque pensaba –quizás prejuiciosamente,
alentado por alguna reseña que recordaba haber leído en internet– que esta
novela podía ser demasiado almibarada para mi gusto y que no la iba a
disfrutar. Sin embargo, cuando, por motivo de la Feria del Libro de Madrid, celebrada en el Retiro, fui a visitar a
Jan en junio de 2025, acabé comprando en la caseta de Andorra, donde vende él
sus libros, Adiós, señor Chips.
Tiene un número de páginas que me resulta incómodo, de un modo que no
debería importar a un lector convencional: apenas llega a las 100 páginas y
esto puede hacer que la lea demasiado deprisa, y haya de escribir su reseña sin
haber tenido tiempo de escribir la de la lectura anterior. Al final me acerque
a ella después de acabar Guerra y guerra de László Krasznahorkai, a tres días del
fallo del Premio Nobel de Literatura de 2025, porque quería llegar a esa fecha
con la posibilidad de empezar, de forma inmediata, a leer un libro del nuevo
ganador. Adiós, señor Chips tenía,
entonces, una longitud perfecta para mis necesidades del momento.
La primera frase de la novela es esta: «Cuando nos hacemos mayores (pero
con salud, desde luego), a veces nos entra mucho sueño y parece que las horas
pasan como vacas perezosas por un paisaje.» El narrador es el propio señor
Chips, quien, desde una edad anciana, de unos ochenta y cinco años, va a
recordar algunos de los momentos más relevantes de su vida como profesor de
lenguas muertas en un internado inglés, al que, incluso después de su
jubilación, sigue muy vinculado.
Chips nació en 1848 y, muy joven, recién acabada su carrera universitaria,
empezó a trabajar en Melbury, donde, debido a su edad, no conseguía hacerse con
la disciplina en la clase. Este es un fenómeno universal, sobre el que he
podido leer en esta novela de 1934, pero también en Botchan, publicada por Natsume Soseki en 1906, y que trataba
de los comienzos de un profesor en una isla de Japón, y también lo he podido
vivir en primera persona al comenzar yo mi vida laboral en el colegio de La
Moraleja, en el que veintidós años después, sigo trabajando.
En su segundo año como profesor, a los veintidós años, Chips empezará a
trabajar en Brookfield, al que se describe como un buen colegio de segunda
final que, en los últimos años, previos a la jubilación de Chips, fue
adquiriendo más prestigio. Chips se quedará en Brookfield toda su vida laboral
y, después de jubilarse, alquilará una habitación en la casa de la señora
Wickett, que fue la mujer que lavaba la ropa en el colegio y que, con sus
ahorros, ha comprado una casa al lado del colegio. Ya jubilado, Chips se ha
aficionado a coger el sueño por las noches leyendo alguna página de una novela
de detectives, y se acercará por el campus del colegio para ver los juegos
deportivos. También invitará por las tardes, a tomar el té a los nuevos
estudiantes y los nuevos profesores.
La mayoría de la gente piensa que Chips siempre ha sido un solterón, pero
el lector descubrirá que sí estuvo casado en el pasado y que en su vida ocurrió
una desgracia relacionada con este tema.
Me ha gustado la forma en la que Hilton une el pasado de Chips a algunos de
los acontecimientos históricos que le tocó vivir, como la guerra de los Bóers,
el hundimiento del Titanic y la Primera Guerra Mundial. Chips, que no
participará en las guerras, tendrá que conocer los nombres de sus exalumnos
muertos en ellas. Este es uno de los temas que más me ha emocionado del libro,
pues que yo, con más de veinte años de carrera docente, ya he de recordar
también los nombres de algunos alumnos muertos, aunque no en guerras, claro.
Siempre es algo extraño recordar a aquellas personas jóvenes que han sido
nuestros alumnos y que ya no están con nosotros.
Después de haber estado leyendo a László Krasznahorkai, el estilo de Hilton
me ha parecido elegante y suave. Un estilo sencillo, pero cuidado, para una
narración que no sufre desviaciones de lo que quiere contar, pero con unos
detalles narrativos muy labrados, muy vívidos. En algún momento de su
jubilación, Chips se planteó escribir unas memorias o una historia de
Brookfield, pero será un proyecto que acabará abandonando. El lector, acabará
sabiendo, que aunque en su juventud Chips tuvo ambiciones, como llegar a ser el
director del colegio, en realidad no tenía el empuje y la constancia para
conseguir algo así. De hecho, acabará siendo una persona ajena a los cambios
que se producen a su alrededor, luciendo, por ejemplo, una toga raída que será
objeto de burla de los alumnos y motivo de preocupación de un nuevo y enérgico
director, que querrá en vano que Chips cambie. Sin embargo, lo que este director
no acaba de entender es que precisamente Chips, con su estilo anticuado, se ha
convertido con el paso de los años en el «espíritu» de Brookfield, alguien que da
solera a un colegio que aspira a la respetabilidad del tiempo. De hecho, Chips
es querido entre los alumnos como una fuente de ocurrencias y de bromas que
acabarán atesorando con el paso de los años. Más de uno de los alumnos vendrá a
preguntarle por diversos temas, con el fin de poder narrar, más tarde, alguna
de las ya famosas salidas ingeniosas del profesor.
Chips acabará siendo para el lector un personaje entrañable, pero la novela
no se limita solo a retratar esa faceta suya, sino que además nos acabará
mostrando sus limitaciones y sus vulnerabilidades; sus ideas sobre la sociedad,
que en algún momento pudieron ser puestas a prueba y cambiadas en parte,
gracias al amor de una mujer.
Muchos de los acontecimientos más importantes de la vida de Chips, quedan
retratados con Hilton con unas pocas pinceladas; entre ellos destacan las
páginas sobre cómo se vivió en el colegio la Primera Guerra Mundial, periodo en
el que el ya por entonces jubilado Chips asumió el cargo de director en
funciones. Al leer Adiós, señor Chips
he tenido el deseo, más de una vez, de que Hilton hubiera escrito un libro más largo
y que detallara más alguna de las escenas claves de la obra, pero esta novela,
breve y hermosa, acaba teniendo el aire melancólico y profundo, aunque bajo una
apariencia de levedad, de la poesía japonesa. Aunque se lee en muy poco tiempo,
uno acaba, sin embargo, la lectura con la sensación de que conoce en
profundidad a su protagonista, tan profundamente humano, y que ha tenido el
privilegio de acompañarlo durante toda su larga y provechosa vida. Adiós, señor Chips es una novela que
cualquier profesor debería leer, y también todos aquellos que no son
profesores, pero, como es lógico, han conocido a más de uno.
Esta novela, traducida con espero por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera,
cuenta con las ilustraciones de Jordi Villa Delclòs y un posfacio del propio
editori, Jan Arimany.

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