Madame Vargas Llosa, de Gustavo Faverón
Editorial Fulgencio Pimentel. 187 páginas. 1ª edición de 2026.
De Gustavo Faverón (Lima, 1966)
había leído, hasta ahora, toda la obra narrativa y ensayística que ha publicado
(después de que algunos de sus libros aparecieran en Perú) en la española editorial Candaya, El anticuario (2010), Vivir
abajo (2018), El orden del Aleph (2019) y Minimosca
(2024). Y esta no abundante obra le había convertido para mí en uno de los
escritores más en forma de la narrativa latinoamericana actual. En algún
momento me pareció escucharle a Faverón decir que iba a publicar algunas
novelas cortas en la editorial de Logroño Fulgencio
Pimentel. Desconozco el motivo por el que estos libros no aparecen en
Candaya, su editorial de referencia en España. La primera de esta serie de
novelas cortas es Madame Vargas Llosa (2026).
Las novelas que más fama han dado a Faverón –Vivir abajo y Minimosca–
son bastante largas, novelas ambiciosas que se bifurcan en multiples caminos
narrativos y que se dispersan en senderos sin fin. Uno se adentra, en
principio, en la lectura de Madame Vargas
Llosa con la sensación de que la apuesta, esta vez, está más controlada y
que la tendencia al laberinto de sus libros anteriores está aquí minimizada. Pero
ese mismo lector no debe descuidarse, porque Faverón vuelve a usar en este
nuevo libro sus recursos habituales, como el relato dentro del relato o la
digresión disruptiva. Madame Vargas Llosa
cuenta con cuatro narradores principales, y está planteada –ya desde el título–
como un homenaje al escritor Mario
Vargas Llosa, que murió en abril de 2025, y es un autor al que Faverón
admira mucho. De hecho, a principios de 2024 leí La guerra del fin del mundo
(1981), una de las novelas más importantes de Vargas Llosa que me faltaban por
leer, porque sorprendí una conversación, en Facebook, en la que Faverón
afirmaba que La guerra del fin del mundo
era la mejor novela escrita en español después de El Quijote. De hecho, Madame Vargas Llosa también es, en gran
medida, un homenaje a esta novela.
El lector debe tener cuidado con los juegos de narradores, porque al
empezar la primera parte tendrá la sensación de que el narrador es Mario Vargas
Llosa, que ha viajado a Brasil para visitar la zona de Canudos, que fue el
escenario de la llamada «guerra de Canudos», cuya historia se recogerá en La guerra del fin del mundo. Así,
nuestro narrador, que en apariencia es Vargas Llosa, va a conocer en Río de
Janeiro a Manoel Magalhaes, un escritor de telenovelas al que apodan Fittipaldi
por su capacidad para acabar rápido los guiones. Vargas Llosa va a llegar a
Fittipaldi gracias al cineasta Ruy Guerra, al que conoció en París. He buscado
información sobre Ruy Guerra y es un cineasta brasileño de origen mozambiqueño
con el que realmente Vargas Llosa trabajó para escribir un guion sobre el libro
Los
sertones de Euclides da Cunha.
La película, por problemas de la productora, no se llegó a rodar, pero toda la
investigación llevada a cabo le sirvió a Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo. En la
realidad, por lo que he leído en internet, el Guerra y el Vargas Llosa reales
se conocieron al trabajar juntos en este proyecto que no fructificó y no en
París. Como ocurría con algunas películas de las que se hablaba en Vivir abajo, las telenovelas (en total
tres) de Fittipaldi van a tener el poder de adelantar sucesos que le
acontecerán al autor más tarde, grandes desgracias familiares a las que tendrá
que enfrentarse. Como también ocurría en la narración de Vivir abajo y Minimosca,
el tono de Madam Vargas Llosa no
acaba de ser realista. En más de un pasaje, el lector tendrá la sensación de
haberse dejado arrastrar a la descripción de un sueño, o más bien de una
pesadilla.
Como dije, la novela cuenta con cuatro narradores. Leí la primera parte pensando
que el narrador era Vargas Llosa, para darme cuenta más tarde de que en
realidad era Maria Trindade, una brasileña transexual que cree ser Vargas Llosa
y que juega a escribir las novelas de Vargas Llosa, antes de que se traduzcan al
portugués, por lo que le sugiere el título en español, convirtiéndose así en
una especie de Pierre Menard.
Favarón es un gran admirador de Roberto
Bolaño y se nota, por ejemplo, en su gusto por hablar en su novela de
argumentos de novelas o de películas que funcionan como pequeños relatos dentro
del relato. De esta manera, nos acercaremos a los argumentos inventados por
Maria Trindade sobre las novelas originales de Vargas Llosa, desarrollados a
partir de lo que le sugiere el título. Así funcionan también los argumentos de
las telenovelas de Fittipaldi.
El segundo narrador será Ruy Guerra, que narrará su ruptura personal con
Vargas Llosa, después de su giro ideológico hacia la derecha. Ruy Guerra se irá
encontrando en diferentes, e inverosímiles, partes del mundo con Zebode
Anzesul, un marroquí que viaja dando ideas a cineastas africanos para que las
rueden en sus películas. Este personaje, en cierto modo, me ha parecido un
guiño a Miguel de Cervantes y su
narrador árabe Cite Hamete Benengeli.
El tercer narrador es Fittipaldi, y en esta parte descubriremos quién de
verdad ha escrito sus exitosas telenovelas, una persona que se convertirá en un
nuevo personaje de esta novela repleta de autores verdaderos, interpretes de la
obra de otro y falsos autores. En esta parte va a hacer un cameo el «verdadero»
Mario Vargas Llosa que, disfrazado de santón, recorre los sertones brasileños
con la intención de documentarse para su novela La guerra del fin del mundo.
Y la cuarta narradora es Rita Fonseca, mujer de Fittipaldi, que puede
hablarle al lector desde la ultratumba.
La novela también presenta un homenaje a la literatura brasileña, y por
ella desfilan nombres como los de Rubem
Fonseca o Jorge Amado. Faverón
es también un gran amante del cine, y en la novela aparecen continuas
referencias al barco de la película Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog.
Durante la primera parte me estaba extrañando que Faverón, que normalmente
es un escritor de lenguaje muy cuidado, usase algunas frases hechas en su
novela, como las expresiones «haberse metido en camisa de once varas» o «como
Pedro por su casa». Más tarde he pensado que, tal vez, quisieran reflejar el
lenguaje oral de Madame Vargas Llosa, que al fin y al cabo solo era una
imitadora de Vargas Llosa y no el propio Vargas Llosa, o puede que sean
expresiones que el verdadero Vargas Llosa ha usado en alguna de sus novelas y
Faverón las usa como un juego. Porque en el lenguaje de esta novela Faverón
también ha jugado (sin dejar de ser él mismo) a homenajear a Vargas Llosa, y
algunas frases o párrafos de la novela me han recordado a las construcciones
lingüísticas de La guerra del fin del
mundo. Por ejemplo, en la página 54 leemos: «Me vinieron a la memoria, como
los rápidos del río, las imágenes de aquel tiempo: yo, adentrándome en un
páramo roto como un jagunço de
Lampiao; yo, huroneando en bibliotecas paradójicas en pueblecitos de iletrados;
yo, tomando notas taquigráficas en papelitos rotos; yo, hundido hasta las
rodillas en trincheras imaginarias, fantaseando con las batallas entre los
fanáticos milenaristas de Antonio Conselherio y las tropas del demonio del
progreso –yo, ¿montado en un burrito entre las dunas, detrás de un hombre a
lomo de bestia sobre un caballo raquítico?–», y aquí me ha parecido percibir
una emulación del estilo de Vargas Llosa.
Igual que hacía en Vivir abajo y Minimosca, Faverón ha planteado en esta
novela un laberinto narrativo sobre la locura, la creación artística y las
pesadillas. Quizás he percibido una repetición de esquemas e intenciones
literarias, respecto a las obras anteriores, pero, en cualquier caso, Madame Vargas Llosa es una buena novela
y Faverón sigue siendo uno de los escritores latinoamericanos actuales más en
forma.
