domingo, 25 de agosto de 2024

Trabajos, por Juan José Saer

 


Trabajos, de Juan José Saer

Editorial Seix Barral, 251 páginas. Escritura de los textos posterior al 2000; esta edición es de 2005

 

Compré Trabajos (2005) de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) en una Feria del Libro de Madrid, hace ya unos diez años. Lo compré en la caseta de un librero argentino que trae (o traía, porque los últimos años ya no lo he visto en el Retiro, parque donde se celebra la feria) libros editados en Argentina y no en España. Recuerdo el precio; era barato, solo 10 euros. Era un libro editado por Seix Barral Argentina, que no se comercializaba en España. Creo que lo compré en la época en la que estaba leyendo toda la narrativa de Saer y este libro, al ser de artículos periodísticos, se me fue quedando sin leer, hasta que a finales de 2023 me propuse leer todos los libros que me faltaban de Saer y me acerqué a El limonero real (1974), que lo había comprado también hace tiempo, y le solicité a la editorial Rayo Verde su edición de El concepto de ficción. Tras acercarme a este último libro, con textos sobre literatura, escritos por Saer entre 1965 y 1996, me pareció una buena idea seguir con Trabajos que recogía también textos sobre literatura, escritos a partir del 2000. Entre medias leí la novela Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel.

 

Los textos de Trabajos se publicaron principalmente en tres periódicos: Folha de Sao Paulo, El País de Madrid y La Nación de Buenos Aires. Esto hace que, en general, al tener que adaptarse al espacio que le ceden estas publicaciones, los textos de Trabajos sean más cortos que los de El concepto de ficción, ya que en este compendio había textos que Saer había escrito para reflexionar sobre sus lecturas, a título personal, y no habían sido publicados previamente en ningún medio. También diría que los textos de Trabajos, en general, son de línea más clara que algunos que se encontraban en El concepto de ficción, que necesitaban de un alto grado de concentración para seguirlos de un modo adecuado. El orden de los textos de Trabajos no es cronológico.

 

Como ya hice con El concepto de ficción, voy a destacar algunas ideas que me han llamado la atención de Trabajos:

 

El posmodernismo literario vendría a anunciar la muerte de las vanguardias, pero, según Saer, también existiría un argumento unido a la difusión y la recepción de la obra con el que no está de acuerdo: el posmodernismo, a la tiranía de las vanguardias, opone la democratización de la cultura y de este modo, según él, Isabel Allende y Juan Carlos Onetti serían los dos igualmente novelistas. No sé si hay que explicar que para Saer solo Onetti es un novelista. Para Saer esta idea del posmodernismo es liberal: otorgar valor a algo si tiene valor de mercado.

 

Saer habla de la representación de la realidad en la literatura, y compara la lectura de pasajes de la Biblia con la lectura de Homero. «Poco importa la verdad de una historia; es el uso que una sociedad hace de ella lo que cuenta. Las intensas visiones bíblicas repugnan a muchas inteligencias porque quienes suelen apropiarse de ellas con los fines más diversos, las decretan obligatoriamente ciertas, no alegóricas ni simbólicas sino auténticas, afirmación que ninguna mente crítica estaría dispuesta a aceptar.» (pág. 20)

 

Saer critica la narrativa de consumo que apuesta por la épica, la linealidad, la acción, la transparencia, y también la intriga excesiva, caracteres contrastados, conflictos temáticos, cuando, en realidad, el relato moderno, sobre todo a partir de El Quijote, basa su fuera en la antiépica.

 

El Ulises de Joyce acumula en cada uno de sus capítulos varios principios de organización que se superponen y se combinan. Proust compuso En busca del tiempo perdido de un modo opuesto, primero iba a ser un artículo, luego un cuento, una novela breve, y así hasta que todo se le acabó desbordando sin control.

 

Saer habla de la breve obra de Bartolomé Hidalgo (1788 – 1822), padre de la literatura gauchesca. En sus primeros poemas imitaba la retórica neoclásica, hasta que en 1816 aparece Cielito de la independencia, donde, a través de las canciones populares, su lenguaje poético cobra vida. De aquí Saer reivindica el uso privado del lenguaje.

 

Saer habla de la inclusión o no de la Carta al padre en las obras completas de Kafka. «La Carta al padre sería un libro único sino hubieses sido escritas las Confesiones de San Agustín.» (pág. 46), los dos libros tienen una estructura idéntica.

 

Saer se pregunta si sobrevivirá la cultura argentina a la crisis del 2000. Para Saer la literatura argentina ha florecido siempre en medio de la violencia política.

Saer destaca la influencia de los autores brasileños sobre el resto de escritores latinoamericanos que escriben en español, así ensalza, por ejemplo, a Guimaraes Rosa.

 

«Los más grandes nombres de la creación novelística posteriores a Cervantes se confiesan deudores de ese texto inagotable.» (pág. 79), uno de los aportes fundamentales de Cervantes a la narrativa moderna en la moral del fracaso.

 

Saer elogia al poeta francés Francis Ponge, al que no conocía.

Saer pondera positivamente la primera traducción del Ulises, la de J. Salas Subirat.

 

Uno de los mejores artículos del libro es aquel en el que Saer pone en tela de juicio las famosas, pero cuestionables, opiniones sobre literatura de Vladimir Nabokov, las llama «las absurdas opiniones de Nabokov». En su libro sobre literatura, Nabokov afirma que piensa como un genio, pero opina Saer que nada lo justifica. Nabokov habla mal de Freud, Conrad, Eliot, Thomas Mann, Faulkner, Camus, Dostoievski…, pero no escatima su admiración hacia cualquier profesor universitario que haya hablado bien de sus libros.

 

Saer elogia El hombre sin atributos de Robert Musil, a la que considera una de las grandes novelas alemanas.

 

Saer vuelve a hablar en Trabajos, como ya hizo en El concepto de ficción, del movimiento Nouveau Roman, «el último gran movimiento literario significativo de las letras francesas» (pág. 116) y ensalza de nuevo a Robbe-Grillet.

 

Es bonito el artículo sobre Felisberto Hernández, al que considera uno de los grandes autores del siglo XX.

 

Sartre apoyó y lanzó en Francia al autor maldito Jean Genet.

Saer ensalza la novela Respiración artificial (1980) de Ricardo Piglia, que propone la historia no como objeto de representación, sino como tema. Saer no cree en los parámetros de la novela histórica: «Una novela escrita hoy en día y que transcurra en la Edad Media, es solo la proyección de un individuo actual en una fantasmagoría que él confunde con la Edad Media, y la cual sería tan inoportuno aplicarle el epíteto de “histórica” como a un baile de máscaras.» (pág. 145)

 

Es interesante el artículo sobre Robert Walser, quien, mientras estuvo internado en un sanatorio mental, escribía en trozos de papel minúsculos, y adaptaba sus escritos al espacio disponible. 526 manuscritos que necesitan de lentes de aumento para ser descifrados.

 

Saer, como ya hizo Borges, habla de Las mil y una noches y dice que al libro original se le han añadido historias que no proceden de la época en la que fue escrito, como la historia de Aladino y de Simbad el Marino.

 

Saer ensalza la figura del poeta argentino Hugo Gola.

 

Saer habla de la novela Bouvard y Pécuchet de Flaubert y dice que es precursora de la obra de Kafka.

Saer habla de la familia en la literatura, y nos recuerda, como dato curioso, que Sherlock Holmes tenía un hermano que trabajaba en el Foreign Office.

Saer recuerda al paraguayo Augusto Roa Bastos en Argentina. En Buenos Aires fue donde escribió su gran obra Yo el Supremo, cuyo rasgo principal dice que es la desmesura.

Saer habla del rechazo que sufrió, por parte de la crítica, la segunda novela de Dostoievski, El doble, después de la buena acogida que tuvo su primera novela, Las pobres gentes.

 

Es bonito el artículo en el que Saer cuenta cómo la literatura argentina entró en su vida. Los primeros versos de Martín Fierro no los leyó, sino que los escuchó en una película.

Saer vuelve a ensalzar el valor de la poesía brasileña y me llama la atención esta frase: «Vidas secas de Nelson Pereira do Santos, que a mi parecer es la obra maestra del cine latinoamericano.» (pág. 200), no conocía esta película y he sentido curiosidad por ella.

 

Saer rinde homenaje a su admirado poeta de Entre Ríos, Juan L. Ortiz, que murió en 1978. Para Saer, Ortiz es el más grande poeta argentino del siglo XX.

 

Quizás lo mejor del libro son las 45 páginas finales dedicadas a Juan Carlos Onetti. Sobre todo ensalza La vida breve, novela que, para Saer, transita entre el realismo y lo fantástico. Una novela en la que el protagonista Brausen crea la ciudad de Santa María, y sus habitantes saben que han sido creados por él, a quien levantan una estatua en una plaza, como fundador de la ciudad. Sin duda, debo al fin leer La vida breve, la obra fundamental de Onetti, que aún no he leído.

 

Los textos de Trabajos me han parecido más accesibles que los de El concepto de ficción, en general también eran más cortos. De Trabajos destaco, como ya he dicho esas 45 páginas finales sobre Onetti. Algunos otros de sus textos me han interesado menos, pero su nivel general es siempre alto.

domingo, 18 de agosto de 2024

El concepto de ficción, por Juan José Saer


 El concepto de ficción, de Juan José Saer

Editorial Rayo Verde, 346 páginas. Escritura de los textos entre 1965 y 1996; esta edición es de 2016

 

En el verano de 2023 leí El limonero real (1974), que era el último libro de la obra narrativa de Juan José Saer (Serodino, Argentina, 1937 – París, 2005) que me faltaba por leer. Decidí entonces acercarme, a finales de 2023, a sus libros de ensayos. De esta forma, le solicité a la editorial Rayo Verde, que está acometiendo la valiente empresa de reeditar a Saer en España, que me enviara El concepto de ficción para poder leerlo y reseñarlo.

El concepto de ficción reúne textos escritos por Saer entre 1965 y 1996. Algunos aparecieron en diarios. Algunos otros son simples notas de lectura personajes, donde Saer habla consigo mismo sobre el oficio de escribir. El orden de este libro es el inverso al de la escritura, salvo en algunos casos en los que, para dar unidad temática al conjunto, se decidió cambiar algunos textos de lugar.

 

«Nunca sabremos cómo fue James Joyce» (pág. 13) así empieza el primer texto (que Saer no quiere llamar ni «ensayo» ni «artículo»), donde Saer afirma que los biógrafos de Joyce acaban metiendo ficción en sus obras. «Podemos por lo tanto afirmar que la verdad no es necesariamente lo contrario que la ficción, y que cuando optamos por la práctica de la ficción no lo hacemos con el propósito turbio de tergiversar la verdad. En cuando a la dependencia jerárquica entre verdad y ficción, según la cual la primera poseería una positividad mayor que la segunda, es desde luego, en el plano que nos interesa, una mera fantasía moral.» (pág. 15) «Al dar un salto hacia lo inverificable, la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento. No vuelve la espalda a una supuesta realidad objetiva: muy por el contrario, se sumerge en su turbulencia, desdeñando la actitud ingenua que consiste en pretender saber de antemano cómo esa realidad está hecha.» (pág. 16)

 

Uno de los textos que más me ha gustado del libro es el segundo, el titulado La perspectiva exterior: Gombrowicz en la Argentina. El escritor polaco vivió veintitrés años en Argentina y se relacionó con los escritores argentinos relevantes de la época. Llegó a conocer a Borges, pero no se resultaron simpáticos. Me ha interesado esta idea: una parte de la literatura que habla sobre Argentina no ha sido escrita en español. Durante algunas décadas en Argentina llegó a haber más ciudadanos nacidos fuera del país que en él y, nos dice Saer, parte de la que podría llamarse «literatura nacional» (un término al que critica) ha sido escrita en polaco, francés, inglés… En este sentido destaca la historia del ingeniero francés Alfred Ebelot que fue contratado por el gobierno argentino en 1875 para cavar una fosa de 500 kilómetros que frenara las invasiones indias. Ebelot escribió artículos en francés, para un periódico de Francia, pero, dice Saer, interpela a los argentinos y a la formación de su país.

 

En otro texto se habla de la pasión de Borges por la literatura inglesa, de la que, según Saer, destaca a algunos escritores de segunda fila, y su fobia por la francesa. Pierre Menard, considera Saer, es una crítica velada a Paul Valéry, una crítica a un plagiador.

Uno de los autores a los que más relee Saer es a William Faulkner, y elogia Santuario.

«Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito en lengua española en los últimos treinta años, pero ninguna buena novela latinoamericana es superior a Zama.», así elogia a la gran novela de Antonio Di Benedetto en la página 55.

 

En gran medida estos textos representan un recorrido por gran parte de la literatura argentina. Así, en la página 67, llegamos al Martín Fierro de José Hernández, que no se consolidó como la gran obra nacional hasta que la reivindicó como tal Leopoldo Lugones en una conferencia de 1913, hasta entonces se considera que había sido una obra celebrada por demasiada gente inculta.

Saer también homenajea a su amigo el poeta Juan L. Ortiz, al que considera uno de los grandes de la literatura argentina, aunque siempre se moviera en los márgenes. De hecho, en él está basado el personaje de Washington Noriega, habitual en sus novelas.

Sobre Roberto Arlt dice que le parece falsa la afirmación de que escribía mal, una acusación que alcanzó a autores como Shakespeare, Cervantes o Faulkner.

Saer carga contra la cultura oficial, «Si aceptamos la definición de literatura oficial como toda aquella literatura que es excedida y englobada por el sistema de pensamiento al que adscribe», «La verdadera literatura manifiesta o modifica aspectos más oscuros y complejos de la condición humana» (pág. 118), «Donde quiera que esté, el escritor escribe siempre desde ese lugar que lo impregna y que es el lugar de la infancia.» (pág. 122)

 

Saer habla del Facundo de Sarmiento, donde piensa que el repudio a la barbarie coexiste con la fascinación, como en el Martín Fierro también existe esa fascinación. Me ha resultado curiosa la idea de que para Borges el Martín Fierro, que es un poema, se podía leer como una novela, y que para Sabato el Facundo, que es un ensayo, también se podía leer como una novela.

Saer da una lista de grandes autores argentinos (en los que piensa que «el saber ocupa») y cita a los siguientes: Sarmiento, Lugones, Martínez Estrada, Macedonio Fernández, Juan L. Ortiz y Borges. Me ha gustado que en esta lista aparezca Martínez Estrada, porque hace no mucho me compré un libro con sus cuentos completos y este comentario ha hecho que me entren más ganas de leerlo. También Saer cita la más conocida parte ensayística de la obra de Martínez Estrada.

Saer dedica varios artículos a hablar de la Nouveau Roman francesa, y llega a afirmar que muchas de las obras destacadas de la narrativa occidental del siglo XX (Proust, Kafka, Musil, Svevo, Gadda, Virginia Woolf, Faulkner, Pavese, Beckett, etc.) cumplen con la idea de que su principal propuesta formal es rechazar lo habitualmente considerado como novelístico.

Es bonito el artículo en el que ensalza la obra de Felisberto Hernández, basada en recuerdos, sobre todo en Tierras de la memoria, Por los tiempos de Clemente Collins o El caballo perdido. Me gusta la especulación sobre que Felisberto llegó a leer a Sigmund Freud y esa influencia se ve en sus escritos.

Saer evoca su casa cuando tenía ocho años y su madre y sus hermanas escuchaban la «novela» en la radio, palabra que para él cambiará de significado cuando lea a Joyce o Faulkner a los veinte años.

Hay un artículo sobre Freud, en el que Saer sostiene que sus teorías son en gran medida literarias y, por esto, buscaba comparaciones y metáforas en el campo de la literatura y no de la ciencia.

Saer habla de La invención de Morel y del prólogo que le escribió Borges, donde dice que este último se equivoca porque escribe que esa narración es una reivindicación de la novela de aventuras, como si así fuera la de Bioy Casares, en contra de la novela psicologista, que es lo que realmente es La invención de Morel según Saer.

«El problema capital que se plantea la literatura es el de cómo representar. No el de qué representar, sino el de cómo.» (pág. 215), parece que en 1972 Saer ya hablaba de la irrelevancia de los spoilers en literatura.

Saer critica la última etapa creadora de Borges, El hacedor y El informe de Brodie, que le parece más simple que la anterior y no exenta de banalidad. Recuerdo que Piglia también hablaba de que la calidad literaria de Borges bajó mucho cuando se quedó ciego y tenía que dictar sus cuentos en vez de escribirlos. Aunque Saer parece más establecer una relación entre la decadencia literaria y las ideas políticas de Borges.

Saer se muestra crítico con la supuesta capacidad educativa de los medios de comunicación de masas (radio y televisión).

«La afirmación de Borges de que no se puede no ser moderno es un sofisma inteligente, pero deja de lado el detalle fundamental de que para un escritor hay un modo preciso de ser moderno, que consiste en saber qué es lo que ha hecho la literatura hasta el momento en el que él comienza a escribir y tratar de enriquecer formalmente esos resultados.» (pág. 233). Saer también piensa que ha ocurrido lo contrario: que, por ejemplo, la prosa de Borges ha influido en la forma de redactar revistas en Argentina.

Saer dedica un artículo a Lovecraft y afirma que no es un escritor de primer orden, pero en él ve el diagrama perfecto de la literatura fantástica. «El problema con la literatura fantástica consiste en saber si nos propone una evasión infinita o un enriquecimiento razonable. Cuanto más maravilloso es el mundo que se nos propone, pero es la literatura a través de la cual nos la proponen. Las maravillas de Lovecraft son inferiores a sus demonios. Las maravillas me distraen del punto de partida, de lo real. Los demonios me lo revelan. Las maravillas más discretas son las más convincentes: el Gran Teatro de Oklahoma, de Kafka, en el cual todo el mundo tiene su lugar» (pág. 256)

A Saer no le convence la crítica literaria sociológica, ya que para él la literatura no es un mero documento social.

 

Saer reivindica la novela policial diciendo que no hay literatura que no sea de evasión,  ya que la gran literatura nos evade a través de un acto de confrontación con las experiencias de nuestra vida imaginaria. Durante varias páginas Saer parece elogiar a Raymond Chandler, para al final de artículo dedicarle un dardo envenenado: «El más pequeño de los escritores americanos de la generación perdida es sin duda más grande que Chandler, pero ningún autor de novelas policiales, ni siquiera Hammett, ni Cain, es superior a él.» (pág. 295). Saer apunta que las novelas policiales trabajan sobre esquemas preestablecidos y, por tanto, al final parece quitarle logros a Chandler.

 

El libro contiene una sección final, titulada Una literatura sin atributos, que ocupa unas 40 páginas, y que presenta textos que se publicaron originalmente en francés.

 

Saer afirma aquí que tres peligros acechan a la novela latinoamericana: el primer es presentarse como latinoamericana. «El error más grande que puede cometer un escritor es el de creer que el hecho de ser latinoamericano es una razón suficiente para ponerse a escribir.» (pág. 309). Otro problema es del “vitalismo”, que supone que el subdesarrollo económico lleva a una relación privilegiada con la naturaleza. Y aquí carga con el realismo mágico. A Saer no le gusta la obra de Gabriel García Márquez.

Otro riesgo es el “voluntarismo” que considera a la literatura como un instrumento inmediato del cambio social.

El escritor latinoamericano no debe darle al mercado europeo el exitismo que este le pide.

«Creo que un escritor en nuestra sociedad, sea cual fuere su nacionalidad, debe negarse a representar, como escritor, cualquier tipo de intereses ideológicos y dogmas estéticos o políticos, aun cuando eso lo condene a la marginalidad y a la oscuridad.» (pág. 317)

Hay aquí un artículo sobre literatura y exilio en el que Saer afirma que «Borges se convierte en un escritor oficial no por las singularidades de su obra, sino al contrario por la interpretación abusiva que el poder político hace de su liberalismo al hacerlo coincidir con las abstracciones totalitarias». Así para el poder la obra de Borges es sagrada, y criticarla se convierte en terrorismo, pero esta obra rechaza un dogmatismo semejante y Saer considera que es una obra ocupada en el sentido militar del término.

 

Borges tiene prejuicios teóricos muy fuertes contra la novela, dice Saer, porque rechaza el realismo inmediato, banal. Sin embargo, toda la obra de Borges invita a la epopeya, que es el origen de la novela.

Saer apunta, en una entrevista final, que el escritor solo debe representarse a sí mismo. Los elementos extraartísticos, nacionales, sociales… deben ser secundarios para él.

 

Algunos de los artículos de El concepto de ficción son realmente sesudos y el lector debe estar atento para captar todas sus sutilezas. Esto ocurre así, sobre todo, en los textos más antiguos y, según Saer se va haciendo mayor, parece que su estilo se vuelve más claro. Quizás algunas de sus reflexiones –sobre todo las que tienen que ver con la Nouveau Roman francesa– se han quedado algo anticuadas, pero no así la mayoría de ellas, que siguen siendo de plena actualidad y muestran su compromiso con el arte literario.

El concepto de ficción es un libro inteligente y que gustará a todas aquellas personas interesadas en la literatura de Saer, en particular, pero también en la literatura en general.

domingo, 11 de agosto de 2024

Sé mía, por Richard Ford


Sé mía
, de Richard Ford

Editorial Anagrama. 393 páginas. 1ª edición de 2023, ésta es de 2024.

Traducción de Damià Alou

 

En mayo de 2001 leí El periodista deportivo, que abría la saga de libros de Richard Ford (Jackson, Mississipi, 1944) protagonizados por Frank Bascombe. En octubre del mismo año leí El día de la independencia, segundo libro de la serie.

Entre diciembre de 2015 y febrero de 2016 decidí leer seguida toda la serie de Bascombe. Así que releí El periodista deportivo (1986), El día de la independencia (1995), y me acerqué, por primera vez a Acción de gracias (2006) y Francamente, Frank (2014). Fue una gran experiencia lectora.

El periodista deportivo está ambientando en 1983 y su protagonista, Frank Bascombe, tiene treinta y ocho años. En esta novela, Frank se ha divorciado hace poco de su mujer Ann, tras la muerte de su hijo mayor Raph, a los nueve años, y se encuentra bastante descentrado vitalmente. El día de la independencia se sitúa en 1988, y Frank –que ya ha dejado se ser periodista deportivo y se dedica a vender casas– hace un viaje, junto a su hijo Paul, de quince años, para visitar los Salones de la Fama deportivos. Su hijo ha empezado a tener comportamientos extraños y Frank quiere pasar más tiempo con él. En Acción de gracias, estamos en el 2000 y Frank tiene ya cincuenta y cinco años. Sigue en el negocio inmobiliario, aunque ahora con una empresa propia y ayudado por Mike Mahoney, un inmigrante de origen tibetano. Le han diagnosticado un cáncer de próstata y, para tratarlo, le han inyectado semillas radioactivas, lo que hace que tenga que orinar casi cada hora.

Francamente, Frank es un libro notablemente más corto que los anteriores y tiene una estructura diferente. Está formado por cuatro relatos. Frank tiene sesenta y ocho años, y en estos cuatro relatos, ambientados en diciembre de 2012, se va a encontrar con diferentes personajes. Frank ha superado el cáncer que le aquejaba en el libro anterior, pero esta cuarta entrega de la saga está llena de símbolos funestos.

 

Richard Ford publicó Francamente, Frank en 2014, el año que cumplía setenta años, y llegué a pensar al leerlo que había escrito un libro más corto que los anteriores y con una estructura en apariencia más sencilla, porque ya estaba mayor y no tenía fuerzas para enfrentarse a una obra de largo aliento como las tres anteriores, que tenían un buen número de páginas. Sin embargo, la calidad literaria de este conjunto de relatos entrelazados no bajaba respecto a las anteriores entregas. Y lo que sí que, desde luego, creía era que Francamente, Frank era una coda para la serie de Bascombe y ni se me ocurría imaginar que pudiera aparecer un quinto libro. Por esto mismo, mi alegría fue enorme al ver anunciada Sé mía, una novela de casi 400 páginas de Richard Ford, retomando una vez más el universo de Frank Bascombe. El libro se ha publicado en Estados Unidos en 2023, cuando Ford cumplía ya setenta y nueve años, y habría empezado a escribirla –supongo– unos años antes, pasados ya, en cualquier caso, los setenta y cinco años. ¿Estaría Sé mía a la altura de la serie de Frank Bascombe o Ford habría ya, definitivamente, bajado el nivel? Le pedí a Anagrama la novela antes de que existiera físicamente; no mucho después de que llegara a casa, me puse a leerla.

 

En Sé mía, Bascombe tiene setenta y cuatro años. Nos encontramos, por tanto, en 2019. Como telón histórico de fondo están los Estados Unidos del presidente Donald Trump. Frank es abiertamente demócrata, y hablar de su mirada política del mundo ha sido siempre un punto importante en esta serie. Sin embargo, también –como representante masculino promedio de su generación– se va a sentir amenazado por lo políticamente correcto y el feminismo. Así leemos en la página 120: «Es el viejo chiste del agente inmobiliario de cuando las bromas eran legales: “Traiga a su mujer y negociamos”. Eso ya no volverá»; o en la 147: «A los hombres ya no se nos permite decir que simplemente nos gustan las mujeres». En la página 192: «Le he preparado el desayuno, que ha tomado solo (gachas de trigo, le gusta el feliz chef negro que sale en la caja, que, naturalmente, en estos tiempos que corren están retirando poco a poco)». Estas mismas ideas, las leí hace unos meses en Sale el espectro (2007), donde Philip Roth nos hablaba de la última etapa de la vida de su personaje Nathan Zuckerman.

 

Paul, el hijo varón superviviente de Frank, tiene cuarenta y siete años y ha enfermado de ELA, en su variedad más agresiva, la que hace que la degeneración muscular sea muy rápida y esté abocado a una muerte prematura. Frank, que aún trabajaba en Haddam unas horas a la semana como agente inmobiliario, a las órdenes ahora de su antiguo empleado, Micke Mahoney, convertido en millonario, ha pasado a ser el cuidador de su hijo.  Paul y Frank se han trasladado a vivir a Rochester, en el estado de Minnesota, para que Paul pueda ser atendido en la prestigiosa clínica Mayo, donde ha sido recomendado con Catherine, una doctora que Frank conoce desde 1983, y que era su joven amante en El periodista deportivo. En 1983, Catherine tenía veinticuatro años y ahora tiene sesenta. Frank y Paul viven, desde hace siete semanas, en una casa prestada por Mike Mahoney.

 

Como ocurría en los tres primeros volúmenes de la saga, la acción de Sé mía transcurre en unos pocos días, cuatro o cinco, que terminarán el día de San Valentín de 2019. También, como ocurría en el resto de novelas, la información que va a recibir el lector sobre la vida de Bascombe es mucho más amplia que la acumulada en esos pocos días, ya que, mediante el recurso de la analepsis, Bascombe repasará amplias zonas de su biografía; algunas conocidas por el lector de la serie, a las que se vuelve aportando más detalles, y otras nuevas. Como ocurría en Acción de gracias, al cuerpo principal de la novela le antecede un preludio y un epílogo –ambos titulados Felicidad– en el primero, Bascombe expone las circunstancias vitales de sus últimos dieciocho meses, y en el epílogo le explicará al lector cómo fue su vida en los meses posteriores a los acontecimientos narrados en las páginas centrales de la novela.

 

Frank ha tenido la idea de hacer un pequeño viaje desde Rochester (Minnesota) hasta el monte Rushmore (Dakota del Sur), para lo que su hijo y él han de alquilar una caravana. En gran medida, Sé mía es una novela de carretera. De hecho, Sé mía juega a repetir la estructura de El día de la independencia treinta y un años después. En El día de la independencia Frank iniciaba un viaje con Paul para visitar los Salones de la Fama deportivos y, de este modo, compartir con su hijo adolescente una experiencia puramente norteamericana que les permitiera acercarse y conocerse. Paul estaba pasando entonces por un momento vital complicado, ya que, a sus quince años, había intentado robar condones en una tienda y había agredido a la dependienta que trató de frenarle, lo que le iba a llevar a un juez de menores, además se había empezado a expresar mediante ladridos y relinchos. En la actualidad de 2019, Frank sigue teniendo problemas de comunicación con su hijo, quien ya ha abandonado su empleo de creador de tarjetas cómicas (como descubrimos en Acción de gracias) y se dedicaba a la logística humana (una especie de guarda de seguridad sin armas), antes de empezar a tratarse el ELA, trabajo que le fascinaba. Paul es un hombre de cuarenta y siete años con un sentido del humor peculiar y no siempre entendible por los demás, que en el pasado quiso ser ventrílocuo (su muñeco de madera viajará con ellos al monte Rushmore), pero que usaba a su muñeco para lanzar pullas a sus padres y que nunca consiguió hacerle hablar sin mover él su propia boca. Frank nos acabará confesando que no le acaba de caer bien su hijo, que fue un niño raro y que él y su mujer imaginaron que se volvería normal cuando creciera, pero que no llegó a ser así.

 

En 1954, Frank, a sus diez años, viajó con sus padres al monte Rushmore, y él quiere ahora repetir esta experiencia con su propio hijo, aunque las circunstancias sean muy distintas y la idea de que Frank va a tener que sobrevivir a la muerte de su segundo hijo planea sobre toda la novela.

Respecto al resto de la serie, Ford sigue jugando con las fiestas y estas tienen un significado y una evolución temporal, de forma simbólica, con distintas etapas de la vida. El periodista deportivo se articulaba alrededor de la Pascua, que se celebra a finales de marzo o principios de abril y en ese primer libro Frank tiene treinta y ocho años para cumplir treinta y nueve, lo que podría simbolizar el final de la primavera. En El día de la Independencia se evoca el 4 de julio, es verano y Frank tiene cuarenta y cuatro años y ha alcanzado la madurez. En Acción de Gracias, la fiesta evocada tiene lugar en noviembre y esta novela está llena de avisos de muerte, aunque Frank tiene solo cincuenta y cinco años. En Francamente, Frank nos acercamos a la Navidad, con un Frank de sesenta y ocho años, que ha dejado atrás su cáncer y tenemos aquí un libro melancólico, pero más luminoso que en el anterior. En Sé mía la fiesta evocada es la San Valentín, a mediados de febrero; por tanto, aunque se sobrepasa el fin de año, la lógica temporal de las fiestas se mantiene, y el paisaje de fondo es el de una gélida Minnesota, con nevadas y un gran frío invernal, que acaba actuando de modo simbólico sobre la situación vital de los personajes, ambos al final –posiblemente– de sus experiencias vitales. Sin embargo, en Acción de gracias, con un Frank de cincuenta y cinco años, había un aire de amenaza en la narración mayor que el que Ford ha plasmado en Sé mía, que es una novela más luminosa sobre la experiencia vital de sus protagonistas.

 

Richard Ford, como ya he hecho otras veces en su serie de novelas de Bascombe, va desgranando al personaje por partes; es decir, que Ford suele sorprendernos con una nueva faceta de la vida de Bascombe, que hasta entonces había permanecido oculta. Así, en este libro, me ha llamado la atención que Bascombe se había enamorado, en las semanas que llevaba en Rochester, de una mujer mucho más joven que él. Es esta parte de la novela particularmente patética y emocionante, y nos descubre la capacidad eterna de hacer el ridículo y autoengañarse de los hombres, a pesar de la edad, en busca del amor.

La descripción de las gentes y los lugares de Estados Unidos sigue siendo muy minuciosa, significativa y poética.

 

Me ha parecido detectar dos pequeños errores en la novela. En la página 56 leemos: «Ann es su madre, que murió hace dos años (…). La semana de San Valentín es el aniversario de su muerte» y en la página 64: «El octubre pasado se cumplieron dos años de la muerte de Ann». En la página 327 leemos: «hace dos noches, cuando estaba dormido frente al ordenador y Tiger ganaba su quinto Masters de Augusta.» Al buscar en internet descubro que Tiger Wood ganó su «quinto Masters de Augusta» el 14 de abril de 2019, y la trama está ubicada en febrero de ese año. A pesar de estos pequeños detalles, en realidad creo que Richard Ford está en plena forma y no tiene problemas para manejar la información que le ha dado al lector en las cerca de 2.000 páginas anteriores de la serie de Frank Bascombe y volver a evocarla con precisión y dibujando nuevos detalles.

 

Como ya he dicho, a pesar de la descripción de los síntomas y avances de la enfermedad de Paul, Sé mía es una novela menos oscura que Acción de gracias y Francamente, Frank; en esta última entrega, Bascombe se esfuerza por mirar el mundo con optimismo, en su búsqueda sin fin de la felicidad.

No es esperable ya que Richard Ford vaya a continuar con la serie de Frank Bascombe, y considero que este quinto libro es un magnífico broche a esta saga narrativa, que es una de las obras más importantes de la literatura en lengua inglesa de los últimos cincuenta años.

domingo, 28 de julio de 2024

Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez

 Después de leer "En agosto nos vemos", me apeteció volver a releer "Memoria de mis putas tristes" de Gabriel García Márquez. La leí, escribí su reseña y grabé su vídeo reseña para mi canal de YouTube.

Algo extraño sucedió con el documento Word en el que escribí la reseña: en algún momento le di al botón que no era y se borró casi toda, solo se conservó el párrafo inicial.

Así que, en vez de dejar aquí la reseña escrita, voy a dejar un enlace a la vídeo reseña, que eso sí se conservó:




domingo, 21 de julio de 2024

Navarra-Madrid, de Eduardo Laporte

 


Navarra-Madrid, de Eduardo Laporte

Editorial Sílex. 361 páginas. 1ª edición de 2024.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979), navarro residente en Madrid, es amigo mío. De él he leído la novela de no ficción La tabla (Demipage, 2015) y los libros de diarios titulados Diarios 2015-2016 (Pamiela, 2017) y Tiempo ordinario (Papelesmínimos, 2021). Este último libro se lo presenté yo en Madrid. Si no recuerdo mal, nos conocimos en persona, pro primera vez, en un encuentro de blogs literarios, que tuvo lugar en 2012.

 

Laporte estudió periodismo y esta es su profesión. Navarra-Madrid recopila artículos aparecidos en el periódico navarra.com entre 2016 y 2021. Laporte ha hecho una selección de los cientos de artículos que publicó en ese periódico, con temática navarra, y los ha ordenado, procurando que tengan de esta forma sentido narrativo. Son artículos –nos cuenta en su introducción– escritos en Madrid mirando a Pamplona.

 

La primera sección del libro se titula Navarra-Madrid, y el primer artículo nos habla de una visita que el autor hace a la clínica pamplonica donde nació, en ruinas en ese momento. Es un texto significativo, ya que esta primera parte nos hablará de la dicotomía entre «ser» de un lugar, pero «vivir» en otro. Este primer texto parece querer decirnos que, en realidad, nunca se puede volver al lugar al que uno cree pertenecer, independientemente de que se siga viviendo allí o no, ya que todo cambia con el tiempo. El autor llegó a Madrid en 2004, hace ya veinte años, después de haber vivido hasta sus veinticinco en Pamplona. También nos hablará de la casa familiar, en un edificio diseñado por el arquitecto Víctor Eura, al que llamaban «el Gaudí navarro». Más de uno de los artículos de este primer bloque hablaran del concepto de «cuadrilla», palabra con la que se conoce en el norte de España a los grupos de amigos. Por un lado, está la idea de pertenencia a un lugar, al pertenecer a esa cuadrilla de amigos, pero también la tensión de pasar el tiempo con gente con la que en realidad no se tiene demasiado en común. En Madrid, Laporte parece haber hecho esos amigos que sí guardan más relación con sus inquietudes. En más de una ocasión, Laporte a citar textos de su admirado Pío Baroja, quien al parecer también estaba en contra de las cuadrillas.

 

Como también he podido observar en los otros libros que he leído de él, a Laporte le gusta mezclar registros orales del lenguaje con otros usos que resultan más anticuados. Por ejemplo, usa términos como «ni de coña», con otras expresiones como «viandas y caldos de postín». Aunque sé que esta mezcla es un rasgo de estilo, en algunas ocasiones me ha resultado pertinente y en otras me saca un poco del texto. También es dado Laporte a la creación de diminutivos y derivaciones de palabras chocantes, como «tibiorra» de «tibia», o «chupinacil» de «cupinazo»- Asimismo, también emplea algunas palabras que se pusieron de moda en otros artículos, en la época en la que él escribía los suyos, como «cipotudo» por «prosa que trata de ser muy masculina», debida a Íñigo Lomana. En este contraste entre lo coloquial y lo antiguo suele moverse a gusto Laporte en sus creaciones. Lo nuevo y lo viejo son concepto que se van alternando constantemente en este conjunto de artículos. «Baroja fue un hater», llegará a afirmar en su juego de contrastes, gustando también Laporte, de un modo ligeramente irónico, de los anglicismos de moda.

 

Lógicamente los artículos periodísticos tienen una limitación de palabras o de caracteres muy clara. Lo que hace que los textos tengan una longitud muy similar; aunque también es cierto que existen aquí varios formatos. Me llama la atención que Laporte escribe algunos artículos encadenados, para vencer la limitación espacial del periódico, y, de este modo, algunos de los artículos tienen sentidos si el lector conoce el anterior, al que se hace referencia y se da continuidad en el nuevo texto. Imagino que esto es un riesgo para un articulista, puesto que nadie le garantiza que su lector le tenga absoluta fidelidad y le siga todos los días, pero bajo esta premisa parece escribirlos Laporte. Aunque también es cierto que este riesgo es menor ahora, que los periódicos son digitales, y las entregas anteriores están a disposición del lector.

 

Otra de las secciones del libro de llama Hiperlocalismos, y en ella Laporte ha reunido artículos que hablan de comercios de Pamplona que ya no existen, de sus sensaciones sobre una tómbola que se instalaba debajo de su casa cada año, etc. En realidad, esta parte posiblemente es la más emocionante del libro, ya que está escrita con gran aliento poético. Aunque Laporte de un modo irónico trata de quitar importancia a sus propios textos, con esa exageración de «hiperlocalismos», que también contiene un contraste entre lo grande y lo pequeño, estos escritos apelan a la conciencia colectiva del lector, puesto que todos nosotros podemos recordar un comercio de nuestra infancia que ya no existe, o una clase del colegio que, lógicamente, nunca más va a volver.

También, algo de lo que ya se hablaba al escribir sobre la idea de cuadrilla, Laporte remarcará su capacidad para no casarse con nadie; puesto que Pamplona ha sido un lugar de grandes contrastes políticos, entre nacionalistas vascos y españoles, por ejemplo, que se transformaban en hábitos de vestir, de relacionarse o de vivir con el propio folclore local. En este sentido, Laporte, emulando las ideas de Manuel Chaves Nogales sobre la guerra civil, reivindica una tercera Pamplona, alejada de la polarización política. En este sentido, Laporte da cuenta de la pena que le causó que desapareciera la sofisticación europea del llamado Café Vienés, para que el espacio se transformara en una taberna, más acorde con el gusto del nacionalismo vasco.

 

Los artículos no están ordenados cronológicamente, sino de forma temática, y por eso, resultan significativos, a nivel histórico, aquellos que hablan de la pandemia y el confinamiento. Primero se habla desde la incredulidad de que fuera a ocurrir todo lo que acabo ocurriendo y de que una fiesta tan popular y tan significativa para Pamplona como la de San Fermín pudiera suspenderse en su edición de 2020, como, luego se ve, así acabó ocurriendo.

 

Las partes que menos me han gustado del libro son aquellas en las que Laporte comenta algún libro que ha leído sobre la historia de Navarra, y nos resume información sobre sus reyes o reinas. Estos artículos le resultaran más ajenos al lector no interesado por esa parte de la historia local, que aquellos en los que el propio Laporte habla de su pasado o de sus recuerdos, páginas que nos acercan más al placer de la pura narrativa; páginas más cercanas a los objetivos de la literatura, en definitiva. Hay otras partes políticas que resultan más emocionantes, como cuando se evoca el asesinato de Gregorio Ordóñez.

 

Hacia el final del libro se habla también de la figura colosal de Ernest Hemingway y la publicidad que la obra del autor norteamericano y su presencia en la ciudad ha significado para Pamplona, y se recogen también unas crónicas que hizo Laporte sobre los encierros en las fiestas de San Isidro de 2017 y 2018, que se llaman Encierros a vuelapluma. En estos artículos, Laporte habla de la historia de la carrera, así como de su sociología. Aunque yo no soy aficionado a los toros o la tradición de los encierros, son páginas que han conseguido interesarme.

En principio, el tema central de este libro es Navarra, pero la recopilación de artículos acaba siendo una suerte de análisis sobre la identidad, la nostalgia, los lugares que ya no existen, los que nunca existieron… y acaba reflejando, de un modo muchas veces poético, una experiencia universal que nos interpela a todos. Esta lectura no ha sido una experiencia muy diferente que la de leer los diarios de Laporte, que ya apunté en su momento que me gustaron.

domingo, 30 de junio de 2024

domingo, 23 de junio de 2024

Los perros hambrientos, de Ciro Alegría

 


Los perros hambrientos, de Ciro Alegría

Editorial Alianza. 153 páginas. Primera edición de 1939; ésta es de 1982

 

En el verano de 2022 estuve en la pequeña feria del libro de Guadarrama y en una de sus dos casetas encontré tres libros de Ciro Alegría (Sartimbamba, Perú, 1909 – Lima, 1967), que eran Los perros románticos (1936), La serpiente de oro (1935) y Relatos; los tres publicados por la editorial Alianza en la década de 1980. Si no recuerdo mal, su precio era de dos o tres euros cada uno. No tenían su novela más famosa, El mundo es ancho y ajeno (1941), pero acabé comprando esos tres libros que cito.

Estaba releyendo los Relatos autobiográficos del austriaco Thomas Bernhard, que me fascinaron hace ya más de veinte años, y al acabar el segundo (El sótano), decidí hacer un alto para leer Los perros hambrientos. Además, acabé El sótano un jueves y empezaría con Los perros hambrientos en viernes, que siempre es una sensación que me agrada.

 

Los perros hambrientos se abre con una imagen idílica: La Antuca, una joven pastora de doce años, está en una montaña de la cordillera del norte de Perú con su rebaño de ovejas. Le ayudan en su trabajo los perros de la familia. De hecho, la presencia que los perros van a tener en la novela queda remarcada desde el primer momento. Así empieza el primer capítulo: «Guau…, guau…, guauuúu…  El ladrido monótono y largo, agudo hasta ser taladrante, triste como un lamento, azotaba el vellón albo de las ovejas, conduciendo la manada.». La Antuca habla con los perros y pronto aparecerá en su camino Pancho, otro jovencísimo pastor, que –según nos insinúa el narrador– es muy posible que acabe siendo, en el futuro, la pareja de la pastora.

En este primer capítulo hay ya más de un elemento a destacar sobre la composición de esta obra: desde la primera página se hace hincapié en la importancia compositiva de mostrar al lector el mundo indígena del Perú. En este sentido, sabremos que la Antuca cuenta las ovejas de su rebaño por pares («Todavía, para simplificar aún más el asunto, iban en su auxilio los pares, enraizados en la contabilidad indígena, con las fuertes raíces de la costumbre)». El narrador muestra también su conocimiento sobre el vocabulario rural del norte de Perú (por ejemplo: el verbo «macollar», que significa «brotar las flores de una planta»), así como de las costumbres de sus gentes, y cuando hablan los personajes refleja sus giros lingüísticos, aunque estos se alejen del español normativo, y a veces cueste seguirlo, por los persistentes errores del habla oral. También se muestran las canciones populares que cantan los personajes.

Los perros hambrientos se inscribe dentro de la corriente literaria del indigenismo, mediante la cual los autores querían (esta corriente surge en Latinoamérica en la década de 1920) mostrar las vidas de los indios y mestizos de diversos países latinoamericanos, con un gran conocimiento de sus costumbres y tradiciones, que ahondan sus raíces en las civilizaciones precolombinas del continente americano. Los máximos representantes de esta corriente serían escritores como José María Arguedas (Los ríos profundos), Jorge Icaza (Huasipungo), Alcides Arguedas (Raza de bronce) y el mismo Ciro Alegría, con novelas como El mundo es ancho y ajeno, o ésta de Los perros hambrientos.

 

El segundo capítulo se titula Historias de perros, y el narrador retrocede en el tiempo narrativo del relato para contarnos como los perros pastores llegaron a la familia Robles, a la que pertenece la Antuca, hija de Simón Robles y la Juana, y cuyos hermanos son Timoteo y Vicenta. Diría que en la importancia que Ciro Alegría da a la presencia de los perros en el relato, que en más de un caso llegan a ser protagonistas de lo narrado, podemos ver una influencia del escritor norteamericano Jack London, que también hace protagonistas de sus narraciones a los perros en novelas como La llamada de lo salvaje (1903) y Colmillo blanco (1906).

 

Durante al menos un tercio de la novela, el lector se acercará a una narración costumbrista, en la que aparecen personajes, tanto humanos como animales, en diversos momentos del tiempo, sin que quede muy claro cuál es el núcleo central del relato ni el conflicto narrativo. A algunos personajes –como, por ejemplo, a Simón Robles– les gusta contar historias, que se incorporarán a la novela como si fuesen pequeños relatos. En unos pocos capítulos, el cambio de dueños de un perro, mediante el robo de unos maleantes, constituirá lo que acabará siendo una pequeña subtrama de la novela. En otro capítulo, se nos contará cómo la policía rastrea las zonas rurales buscando a hombres jóvenes que aún no hayan cumplido con su servicio militar; hombres que serán arrancados de sus hogares, aunque sean los que consigan el sustento de la familia.

Otra de las intenciones de la novela indigenista –como vemos en la última subtrama mostrada– es la de denunciar las malas condiciones de vida de los indios americanos, y, en muchos casos, su situación de abandono.

 

En el segundo tercio del libro arrancará el que va a ser el suceso desencadenante de los dramas que se van a narrar: la región sobre la que Alegría nos narra va a sufrir una sequía que persistirá durante dos años, haciendo que cambien las condiciones de vida entre los habitantes de la zona y también su relación con los animales. Las personas no tendrán casi comida para ellas y será difícil compartir su escasez de alimentos con los perros, que, fuera de la protección de los humanos, tendrán que volver a sus costumbres ancestrales y, de este modo, en vez de proteger a las ovejas de los pumas y los zorros, pueden acabar convirtiéndose ellos mismos en depredadores de ovejas, lo que les hará sufrir el rechazo y la persecución de los humanos, que antes los trataban como si fueran miembros de la familia. También las relaciones entre los humanos van a cambiar: los más pobres de la cordillera van a ser los que peor lo van a pasar y tratarán de pedir protección a Cipriano Ramírez, el cacique local, el dueño de la tierra que los indios y los cholos cultivan. En este sentido, quizás la novela peca de cierto maniqueísmo, ya que el cacique, perteneciente a la clase alta de Perú y blanco de piel, mostrará sus miserias, frente a los pobres, indios y cholos, que se comportarán de un modo mucho más noble y solidario entre ellos.

 

Como ya dije, el lenguaje de Los perros hambrientos trata de reflejar el propio de la gente que vive en la Cordillera de Perú, y el vocabulario propio de un entorno rural. En este sentido, es un lenguaje poético, aunque, en alguna ocasión (muy pocas en realidad) cae en algún exceso romántico, como ocurre en la página 14, cuando se describe a la luna: «Ladran a la luna. Ella, la muy pingüe y alba, amada de poetas y damas románticas, hace ante los perros el papel de puma o zorro hambriento.»

La novela contiene también más de una escena notable y emocionante, sobre todo aquellas en la que se muestra el trato cruel en que, a veces, caen las personas con los animales.

En definitiva, he leído Los perros hambrientos, pese a los defectos comentados (como la falta de tensión narrativa de su primer tercio y la dispersión temática) con interés, disfrutando de algunas de sus bellas y emotivas escenas y del vocabulario serrano peruano. Se me ha abierto el apetito para seguir leyendo alguna obra más de indigenismo latinoamericano

 

 

domingo, 16 de junio de 2024

Cartas II, Diario de sueños, de H. P. Lovecraft


Cartas II, Diario de sueños
, de H. P. Lovecraft

Editorial Aristas Martínez. 252 páginas. 1ª edición de 2024.

Traducción y edición de Javier Calvo

 

El año pasado, en 2023, leí Cartas I, Escribir contra los hombres, de H. P. Lovecraft (Providence, 1890-1937), que publicó la editorial Aristas Martínez. Al principio, la editorial anunció que iba a sacar dos libros con su selección de las cartas de Lovecraft, pero al final van a ser tres. En el mundo anglosajón existe una edición completa en 23 volúmenes de estas cartas, de las que se conservan unas 10.000, aunque se supone que Lovecraft escribió unas 75.000. Como decía el editor y traductor Javier Calvo, en el prólogo de Cartas I: el 99% de lo que escribió Lovecraft fueron cartas, ya que su obra artística es relativamente breve, con solo 52 relatos o novelas cortas.

En el prólogo de Cartas II, Javier Calvo nos dice que este nuevo volumen de cartas es un spin-off del volumen anterior, Escribir contra los hombres. Es decir, la idea original de edición era que este conjunto de sueños de Lovecraft, contados en cartas a sus amigos, fuese incluido en Cartas I. Al final, la editorial Aristas Martínez y Calvo decidieron que lo mejor sería publicar este Diario de sueños como volumen independiente.

De entrada debería decir que la edición del Diario de sueños es muy bonita. Como en Cartas I, en Cartas II también hay ilustraciones con portadas de revistas de los años 1920 o 1930, en las que Lovecraft publicaba sus relatos, y aquí, en Cartas II, hay también alguna ilustración que cita Lovecraft y que le había obsesionado, como un grabado de Gustave Doré para ilustrar El paraíso perdido de John Milton. Pero ahora, Cartas II, además está editado con dos colores, el negro habitual y otra tinta roja, lo que enriquece las ilustraciones.

 

En total, Lovecraft narró en cartas a sus amigos veintidós sueños. Calvo nos contará que a veces Lovecraft narraba el mismo sueño a diferentes interlocutores y, en estos casos, ha seleccionado la versión más larga y enriquecedora. También, si en las cartas contaba aspectos diferentes del mismo sueño, ha fusionado las versiones.

Calvo, después de traducir cada sueño, lo comentará y rastreará en la obra de Lovecraft para mostrarle al lector cómo alguno de los sueños que ha leído se han incorporado a la obra del autor. En la página 17 leemos: «Lovecraft duda mucho a la hora de dar validez a sus sueños como material narrativo. Sigue usándolos como motor inicial de sus argumentos, pero solo los integra en forma de detalles o imágenes aisladas dentro de una trama provista de muchos estratos.»

Calvo comenta que los sueños que describe Lovecraft se parecen a la forma de escribir sus relatos: el narrador de sus los cuentos suele ser un testigo impotente.

Algo que me ha llamado la atención del prólogo de Calvo es un trapo sucio que le saca a August Derleth, uno de los amigos escritores de Lovecraft, del que cuenta que escribió dieciséis relatos a los que puso la etiqueta de «colaboraciones póstumas» con Lovecraft. En ellos, lo que hizo Derleth fue saquear el Cuaderno de ideas de Lovecraft, tomando de ahí argumentos y escribiendo los cuentos imitando el estilo de Lovecraft. Otro de sus amigos Frank Belknap Long tomó la narración de un sueño de Lovecraft de una carta que le había enviado y la metió en uno de sus relatos, no sé si con su consentimiento o sin él.

 

Cada sueño tiene un título, y Calvo juega con la idea de que este Diario de sueños podría ser leído como un nuevo libro de relatos de Lovecraft, porque están contados con sentido narrativo.

Es llamativo el primero sueño que se describe aquí, el titulado Descarnados de la noche. Lovecraft rememora unas pesadillas que tenía de niño, entre los tres y los ocho años, unas monstruosas criaturas le agarraban del vientre y le llevaban por el aire. Desde ahí, el podía ver la cúspide de montañas. En algún momento, le dejaban caer y él se despertaba antes de chocar contra el suelo. Luego trataba de hacer esfuerzos por no dormirse de nuevo y recibir otra vez la visita de los «descarnados de la noche». El propio Lovecraft, en sus cartas, trata de dar una explicación a sus sueños; en este caso, piensa que se debían a problemas digestivos que sufría y a la impresión que le causaron los grabados de Doré para el libro El paraíso perdido de Milton (una de estos grabados está reproducido en el libro). Calvo nos va a comentar que estos «descarnados de la noche» van a aparecer, con este nombre, en la novela corta La búsqueda en sueños de la ignota Kadath y también en un soneto de Hongos de Yuggoth.

 

En otro sueño narra cómo sobrevuela sobre una extraña ciudad deshabitada, algo que me ha recordado a esas ciudades que evoca en relatos como Las montañas de la locura.

 

El tercer sueño es bastante narrativo y se parece bastante a un cuento. Incluso Lovecraft introduce diálogos entre los personajes. Se titula Loveman está muerto y en él se cuenta como este amigo suyo, que era escritor, desciende por el hueco abierto en una tumba de un cementerio, acompañado por Lovecraft, que se queda arriba, ayudándole y comunicándose con él a través de una especie de teléfono. En el momento de más horror del cuento, Lovecraft se desmayará, como ocurre con muchos de los narradores de sus cuentos.

 

En el cuarto sueño, Los brazos del doctor Chester tengo la sensación de que Lovecraft lo está recreando en forma de relato, porque los detalles sobre lo contado me parecen excesivos para provenir de un sueño. Calvo va a opinar lo mismo. Sueña que es un médico y visita a un colega con una extraña enfermedad.

 

En la página 75, Lovecraft escribe: «Mis sueños son igual de nítidos que en mi juventud, aunque no más.»

En un cuento vende un bajorrelieve extraño a un museo. Esta idea del bajorrelieve aparece en el cuento La llamada de Cthulhu.

 

El sueño más largo es el titulado El sueño romano. Parece un cuento y en él Lovecraft se ha transformado en un romano que ha de luchar en una campaña contra los salvajes de una ciudad llamada Pompelo, que sería la actual Pamplona. En el relato se insinúa la presencia de elementos fantásticos. Este sueño sí que se planteó meterlo en un relato que no acabó de cuajar. He tenido la sensación, de nuevo, de que Lovecraft añade elementos al narrar el sueño para darle más forma. Aunque yo de niño sí que soñaba historias que se podían contar de un modo narrativo, me ha llamado la atención que él pueda seguir teniendo esos sueños y que los pueda recordar con esa claridad en la vigilia.

El sueño del romano me ha hecho pensar en esa fantasía de Philip K. Dick, según la cuál él no era un californiano de la década de 1970, sino un romano del año 70. Y aquí se unirían mis dos ídolos de la adolescencia.

 

 

En otro sueño viaja en tranvía y el conductor acaba teniendo una cara de tentáculo.

Es interesante la reflexión sobre que en los sueños Lovecraft suele verse como un niño y le retrotraen al mundo de la infancia.

 

El sueño La buhardilla del clérigo pasó a ser su relato El clérigo malvado. Lovecraft envió una versión del sueño a su amigo Austin Duyer y este lo copió y se lo mandó a la revista Weird Tales, donde se publicó en abril de 1939 con el título de El clérigo malvado. La carta original se ha perdido y el texto que se reimprime como «sueño» es el relato de la revista.

 

El último cuento que narrará Lovecraft se titula La aldea de los gatos negros y es de 1936; en él se habla de un pueblo de casa humanas, que parece habitado solo por gatos. Sirve de puente para la ultima sección del libro. Javier Calvo ha decidido finalizar y completar su edición de Diario de sueños con una sección titulada Las fabulosas aventuras de la Fraternidad Kappa Alpha Tau donde Lovecraft habla de los gatos que rondan su vecindario, durante sus últimos años, a sus amigos. En 1933, nos cuenta Calvo, Lovecraft y su tía Annie se vieron obligados a mudarse una vez más por razones económicas. La habitación de Lovecraft va a dar a un patio, donde ser reúnen los gatos del vecindario sobre un tejado que queda enfrente de su ventana. Lovecraft se entretendrá en poner nombres a todos y a familiarizarse con ellos, de tal modo, que acabarán entrando en su habitación y él jugará con ellos en vez de escribir. Escribe Calvo: «También un testimonio de que Lovecraft siempre fue un niño grande, atrapado en un aislamiento vital no del todo elegido y terriblemente necesitado de afecto.» Las cartas sobre los gatos que, como señala Calvo, debían de desconcertar a sus interlocutores (quienes a su vez le hablaban de sus mascotas gatunas), están llenas de humor y muestran a un Lovecraft sensible, que lo pasa mal cada vez que sus amigos gatos mueren, o las familias a las que pertenecen cambian de domicilio. Al leer estas páginas alegres me he acordado de la amargura de las últimas cartas de Lovecraft en Escribir contra los hombres cuando dejaba constancia de su fracaso artístico, que son de la misma época. Sabiendo esto, sus relatos sobre los gatos del vecindario resultan más entrañables y ha sido una bonita forma de acabar este libro.

 

Considero que Cartas I, Escribir contra los hombres es más interesante que Cartas II, Diario de sueños. En cualquier caso, este segundo volumen seguirá gustando a todos los seguidores, como yo mismo, del gran autor de Providence.