domingo, 15 de octubre de 2023

Mañana y tarde, de Jon Fosse



Mañana y tarde, de Jon Fosse

Editorial Nórdica / De Conatus. 102 páginas. Primera edición de 2000; ésta es de 2023

Traducción de Cristina Gómez-Baggethum y Kirsti Baggethum

 

Este 5 de octubre de 2023, como suele ser habitual por estas fechas, la Academia Sueca anunció el nombre del nuevo Premio Nobel de Literatura, que ha resultado ser Jon Fosse (Haugesund, Noruega, 1959), dramaturgo, poeta y novelista. Lo cierto es que, unos días antes, al leer las listas de los posibles ganadores, su nombre –que al parecer estaba presente en ellas desde hacía años– me había pasado desapercibido, porque no tenía ninguna referencia sobre su obra. Tras el fallo, he leído algunos artículos de prensa y he visto que las novelas de Fosse han sido traducidas y comercializadas en España por la pequeña editorial De Conatus, cuyo nombre no me sonaba. Sin embargo, al ver las portadas de sus libros –blancas y con un pequeño dibujo– sí que me ha parecido que recordaba esos libros de algún suplemento cultural o de alguna librería.

De Fosse parece destacar Septología, que se ha publicado en España en cuatro tomos (alguna de sus partes debe ser muy corta), que contiene elementos autobiográficos, y la novela Trilogía. También he leído que se considera a Fosse uno de los padres literarios del también noruego Karl Ove Knausgård, cuyo éxito, al menos en España, ha sido bastante grande con la pentalogía Mi lucha. Aunque diría que Jon Fosse no ha sido, hasta ahora, muy conocido en España, en otros países –donde ha recibido numerosos premios– no ha sido así.

 

El caso es que sentí curiosidad por Jon Fosse y el mismo jueves 5, al salir del trabajo, me acerqué a La Central de Callao para ver cuáles de sus libros temían. Pensaba que lo más fácil para entrar en su mundo sería con la novela Trilogía, pero esta no estaba disponible, y de la Septología solo tenían los dos últimos volúmenes. El librero me explicó que esa misma mañana habían vendido los primeros volúmenes de esa historia. Lo que sí estaba disponible era la novela Mañana y tarde (2000), que había salido al mercado la semana anterior. En la portada aparece el nombre de la editorial Nórdica y De Conatus. Entiendo, aunque no sé de qué forma o grado, que se trata de una colaboración entre ellas.

 

Seguía releyendo Relatos autobiográficos de Thomas Bernhard, y justo el jueves por la mañana había acabado El frío (cuarto libro de la serie), y antes de empezar el quinto, Un niño, decidí hacer, de nuevo, un alto y acercarme al libro del Premio Nobel.

 

Mañana y tarde comienza con una escena cotidiana: la vieja matrona Anna está en la casa de Olei y Marta, ayudando a que llegue al mundo su segundo hijo, que se va a llamar Johannes (el nombre del padre de Olei). Olei es pescador y la pareja vive en un islote, que el lector entiendo que está ubicado en las costas de Noruega. El mismo Olei construyó la casa en la que viven. Todos estos elementos llevan a considerar la idea de que el narrador no está hablando de una historia actual, sino que debe situarse a mediados del siglo XX. Aunque existe un narrador omnisciente, éste cuenta la historia desde el punto de vista de Olei, quien está preocupado por si su hijo (que ha nacido después de que pensasen que su primogénita Magda iba a ser hija única) va a nacer sano y si su mujer no va a tener problemas con el parto. «El niño vendrá al frío de este mundo y aquí estará solo, separado de Marta, separado de todos los demás, estará solo aquí, siempre solo, y luego, cuando todo haya acabado, cuando llegue su hora, se descompondrá y volverá a la nada de la que salió, de la nada a la nada, ese es el curso de la vida», piensa Olai en la página 16.

 

Aunque, como he dicho, existe un narrador omnisciente, éste se acerca constantemente al flujo de conciencia de Olai, en esta primera parte, y al de Johannes en la segunda. Se repite, de forma insistente la forma verbal «piensa» y así el narrador nos lleva a los pensamientos de los dos personajes principales, que van a acabar siendo un padre y un hijo. De hecho, es frecuente la repetición musical de palabras en los párrafos, un rasgo de estilo que me ha recordado al del austriaco Thomas Bernhard, que, como ya dije, andaba yo leyendo, y que, como me he informado, gracias a la prensa, se considera una de las influencias de Jon Fosse. Otra influencia sobre su narrativa (y obra teatral) sería la de Samuel Beckett.

Además de estas repeticiones de palabras, de las que hablaba, el estilo de Fosse se caracteriza por no usar los guiones normativos de los diálogos, y no señalar el final de las frases, cuando corresponde un punto y aparte, con un punto. En muchas páginas, Fosse escribe largos párrafos, y evita el signo del punto y seguido. Da continuidad a sus frases mediante comas, y a veces haciendo un uso repetitivo de la conjunción copulativa «y», normalmente tras una coma. Por ejemplo, en la página 22 podemos leer este fragmento: «Una respiración procedente de algún lugar en calma, fuera del mundo, piensa Olai, junto a la cama en la que Marta descansa y el niño Johannes chilla y chilla y el niño Johannes oye su voz entrar poderosa en el mundo y su chillido llena el mundo en el que se encuentra y ya nada es caloroso y negro y rojizo y húmedo y entero, ya no hay más que su propio movimiento, ahora es él quien llena lo que hay y su voz y él están separados pero a la vez no lo están y también hay algo más, algo de lo que forma parte y viene a su encuentro y suena más fuerte y más fuerte y».

En contadas ocasiones el texto también refleja flujos de conciencia un tanto inconexos y sonidos onomatopéyicos, que imitan a los que produce un bebé.

 

En la segunda parte nos encontramos con un anciano, llamado Johannes, que se levanta en la cama entumecido. Al principio pensaba que este nuevo personaje era el abuelo del niño que acababa de nacer, y que llevará su nombre, pero el lector pronto comprende que este Johannes anciano es el mismo bebé que le ha sido presentado unas páginas atrás. Como especulaba Olei, el padre, el niño venía de la nada y unas décadas después vuelve a la nada. Éste es el juego que nos propone Fosse en su novela: presentarnos el primer día de una persona en la Tierra y a continuación el último. El anciano Johannes se levanta en su casa, de la que ya se fueron sus siete hijos, y en la que ya murió su mujer Erna, y las cosas cotidianas le empiezan a parecer que tienen un halo diferente. Desde este último día de su existencia, Johannes va a evocar algunos momentos clave de su vida, de su paso por la Tierra, y va a empezar a conversar con sus fantasmas. En este sentido, Mañana y tarde me ha recordado a algunas películas existencialistas de Ingmar Bergman, donde se mezclan personajes de diferentes épocas, vivos y muertos.

 

El estilo de Fosse, como ya he dicho, se recrea en la musicalidad de las repeticiones y en una mirada poética sobre la realidad alterada que propone, haciendo uso de un lenguaje sencillo, esencial. Sus escenas se acaban cubriendo de un aire onírico, kafkiano.

Mañana y tarde es una buena novela corta, que me ha abierto el apetito para seguir conociendo la obra de Jon Fosse, este autor noruego, al que el Premio Nobel acaba de poner en el primer plano del interés mundial. Siento bastante curiosidad por su larga novela Septología, que la editorial De Conatus acaba de lanzar al mercado en un solo volumen.

 

 

domingo, 8 de octubre de 2023

Pálida luz en las colinas, por Kazuo Ishiguro

 


Pálida luz en las colinas, de Kazuo Ishiguro

Editorial Anagrama. 203 páginas. 1ª edición de 1982, ésta es de 2017

Traducción de Ángel Luis Hernández Francés

 

Hace ya más de veinte años leí Los restos del día (1989) de Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), que fue un libro que me gustó, pero que no llegó a emocionarme del todo. Tengo el presentimiento de que si lo leyera ahora me gustaría más que entonces. Luego leí Cuando fuimos huérfanos (2000) y de éste sí que recuerdo ya una sensación de decepción, de no conexión con la propuesta. Sin embargo, cuando Ishiguro ganó el Premio Nobel de Literatura en 2017 pensé que, en algún momento tendría que volver con su obra. Ha sido en 2023, seis años después, cuando lo he hecho, acercándome a su primera novela.

De entrada, hay que señalar que el perfil de escritor de Ishiguro no deja de ser curioso. Nació en Japón, en Nagasaki, en 1954, pero sus padres y él se trasladaron a Inglaterra en 1960 y ha desarrollado su carrera literaria en inglés. Si bien Los restos del día, cuyo protagonista es un atildado mayordomo británico, es una novela de temática y forma puramente anglosajona, su primera novela, Pálida luz en las colinas, es mucho más japonesa.

 

Etsuko es la narradora de la novela. Es una mujer de unos cincuenta años, que vive en la campiña inglesa, pero que nació en Nagasaki, en Japón. Durante el tiempo narrativo de la historia, Etsuko recibe la visita de Niki, su hija menor, que vive en Londres. El padre de Niki es inglés, y Etsuko tenía una hija mayor, llamada Keiko, hija de un hombre japonés, que se ha suicidado hace seis años, información que el lector recibe durante las primeras páginas del libro. No sabremos, sin embargo, qué ha ocurrido con el primer marido japonés y el segundo marido inglés de Etsuko. Esta novela está construida sobre muchos silencios y sobreentendidos narrativos; en este sentido, me ha parecido una narración muy medida, muy madura para ser una primera novela y estar publicada cuando el autor tenía veintisiete o veintiocho años.

En la tercera página, la narradora escribe: «Ahora no tengo ganas de hablar de Keiko. No es algo que me consuele. Solo la he mencionado porque ésas fueron las circunstancias que rodearon la visita de Niki el pasado mes de abril, y porque durante esa visita volví a recordar a Sachiko después de tanto tiempo. Nunca conocí bien a Sachiko. En realidad, nuestra amistad fue cosa de unos cuantos meses de verano, hace ahora muchos años.» (pág. 11)

 

El cuerpo principal de la novela se va a centrar en los recuerdos de Etsuko de un verano en Nagasaki en la década de 1950, cuando conoció a Sachiko, una mujer que vivía en una casona, apartada de la urbanización moderna en la que vivía ella, con una niña, de nombre Mariko. No se dice expresamente, pero el lector intuye que el marido de Sachiko murió en la Segunda Guerra Mundial. Sachiko mantiene una relación con un hombre norteamericano, que ha prometido (aunque esta promesa parece, en todo momento, poco clara) llevarse a Sachiko y a Mariko a Estados Unidos. Esta esperanza da fuerza a Sachiko para salir adelante, aunque va a tener que ponerse a trabajar en el restaurante de la Sra. Fujiwara, una viuda de buena familia que, tras la guerra, su fortuna ha ido a menos. Mariko es una niña traumatizada por algunos sucesos que tuvo que vivir al final de la guerra, y de forma habitual abandona su casa y vaga por los bosques de los alrededores. En realidad, tanto la madre, Sachiko, como la hija, Mariko, son dos personajes esquivos, sobre cuyo misterio la narradora, Etsuko, siente cada vez más curiosidad.

 

Una de las ideas de fondo de la novela es el cambio de un Japón clásico y nacionalista a otro más moderno e influenciado culturalmente por los Estados Unidos. Así, por ejemplo, el lector podrá observar las diferentes posturas que se dan entre personajes japoneses al analizar el pasado: el suegro de Etsuko ha ido a visitar a su hijo y a su nuera, que están a punto de convertirse en padres (se supone, aunque esto no se dice nunca explícitamente, que de Keiko) y el suegro (que fue profesor en el instituto local) está preocupado por las opiniones que un amigo del hijo (que ahora es profesor en el mismo instituto en el que había recibido clases del padre de su amigo) ha vertido sobre un colega y él, diciendo que inculcaron ideas equivocadas en las cabezas de los jóvenes, sobre la grandeza imperial de Japón, ideas que condujeron al sacrificio de toda una generación en la guerra. Además, el padre, al recibir una visita de unos compañeros de trabajo de su hijo Jiro (el primer marido de Etsuko) escuchará estupefacto como uno de ellos cuenta que discutió con su mujer porque ella se atrevió a votar en las elecciones por un candidato diferente a su marido, hecho que al suegro le resulta incomprensible y que es para él una muestra de la decadencia del nuevo Japón. Sin embargo, Niki, la hija inglesa de Etsuko vive de una forma muy moderna y distendida en Londres con sus amigos, y no parece tener ningún interés en casarse o tener hijos.

El verano de Nagasaki, con su calor insoportable y su tierra cuarteada, se va cubriendo de un manto de inquietud y amenaza. De hecho, al final de los recuerdos de Nagasaki se insinúa una tragedia que no acaba de ser narrada y esta sensación que se le queda el lector de escena o información escamoteada me ha parecido que estaba muy lograda. Como ya apunté al principio, no todos los cabos van a quedar atados en esta novela y éste me parece uno de sus mayores logros, esa sensación de que el lector debe reconstruir partes que le faltan de la historia. Sin embargo, las escenas retratadas son muy bellas y precisas, sin caer estilísticamente Ishiguro en alardes verbales.

Entre la narración de los recuerdos de Nagasaki, Etsuko también nos hablará del recuerdo (mucho más cercano en el tiempo) de la visita de cinco días que le hizo su hija Niki, y estas imágenes, en las que madre e hija rememoran algunas escenas de su pasado en común, teñirán de melancolía inglesa las páginas de la novela.

«Las razones por las que me fui de Japón estaban justificadas y sé que siempre me tomé muy a pecho el bienestar de Keiko.», dice Etsuko en la página 99, pero el lector no sabrá cuáles son esas razones que hacen que la protagonista de la novela acabe en Inglaterra, aunque intuye que tienen que ver con el contagio de deseos de su amiga Sachiko, que soñaba con irse a Estados Unidos. Un halo siniestro parece cubrir esos últimos días en Japón.

 

Como en 2022 leí una decena de novelas japoneses, en más de una ocasión me he encontrado pensado que ésta era una más dentro de esa tendencia lectora. En más de una ocasión me he encontrado sintiendo que la novela estaba escrita originalmente en japonés (de lo japonés que me parecía todo) y no en inglés. Aunque, por otro lado, es una obra en su ritmo muy anglosajona. Esta mezcla de culturas de Ishiburo me ha resultado muy estimulante. Pálida luz en las colinas me ha parecido una novela muy sutil, muy madura para ser una primera novela y, como ya he dicho, estar publicada cuando su autor tenía veintisiete o veintiocho años. Me ha dejado un gran sabor de boca este libro y me han dado ganas de seguir leyendo la obra de este autor, e incluso releer las dos novelas que ya había leído hace más de veinte años.

domingo, 1 de octubre de 2023

Los detectives perdidos, por Leticia Sánchez Ruiz

 


Los detectives perdidos, de Leticia Sánchez Ruiz

Editorial Pez de Plata. 175 páginas. Primera edición de 2022

 

Intercambié unos mensajes con Jorge Salvador, al frente de la editorial asturiana Pez de Plata, y quedamos en que me iba a enviar las novelas Los detectives pedidos de Leticia Sánchez Ruiz (Oviedo, 1980) y La suerte suprema de Mariano Antolín Rato. De Pez de Plata había leído, con anterioridad, Los reinos de Otrora de Manuel Moyano, 2222 y Nueve semanas (justas-justitas) de P. L. Salvador, y Silencio tras el telón del sueño de Mariano Antolín Rato. Pez de Plata edita con mucha exquisitez y le gustan las obras híbridas, aquellas que mezclan géneros, normalmente usando el humor.

 

Conozco a Leticia Sánchez Ruiz de las redes sociales, principalmente de Facebook, donde me gustan las fotos que cuelga imitando imágenes famosas de escritores. Compró mi novela Caminaré entre las ratas, la mostró en su muro de Facebook y tenía ganas de corresponderla y saber cómo era su obra. Los detectives perdidos es su quinta novela publicada.

 

Con el título Los detectives perdidos imaginaba que Sánchez Ruiz, estaba evocando al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes y que, de un modo u otro, su obra interpelaría a la del chileno. Una vez acabado el libro, puedo decir que no ocurre así exactamente, pero sí hasta cierto punto; sobre todo, cuando uno de los personajes de la novela de Sánchez Ruiz afirma «un detective perdido es un poeta exiliado» (pág. 120)

 

El  famoso detective privado Alfredo Casares Biel entra en el despacho de los detectives Homero y Aldara Rosales, padre e hija, para contratar sus servicios: ha desaparecido Andrea Cosano, la que ha sido su novia durante un año y medio, y no puede encontrarla por sí mismo. «Añadió que no estaba en condiciones de buscarla porque temía que al hallar cosas que no le gustaran acabara matando a alguien y terminara en la cárcel antes de encontrarla.» (pág. 6) Los Rosales aceptan el caso y empiezan a indagar en el informe que Casares Biel les ha preparado. Pronto, las escasas pistas sobre la desaparición de Cosano los llevarán a un callejón sin salida. Y para salir de él, los Rosales deciden contratar a otra detective privada, a Marta Margaride, creando ya una cadena de detectives privados que se van pasando el testigo del caso.

 

El lector, después de unas primeras páginas de incertidumbre, acabará comprendiendo que el narrador de esta historia es también un detective privado que le cuenta los avatares del caso Andrea Cosano a otro colega de profesión. Las escasas particularidades del caso de Andrea Cosano actuarán como un leitmotiv en esta novela, en la que el lector principalmente se va a acercar a las vidas, un tanto perdidas, de un puñado de detectives, por cuyas manos va a pasando el caso, que acabarán siendo amigos y que se reunirán a comer, al menos, una vez al año.

En la portada del libro aparece una matrioska, una muñeca rusa, abierta y, por tanto, a punto de mostrarnos a otra muñeca rusa que alberga en su interior. Esta metáfora también se una en el interior del libro, ya que en la página 152 se afirma que esta historia es «una muñeca rusa de detectives».

Sánchez Ruiz nos presenta aquí a un detective detrás de otro. Por tanto, la novela funciona como un relato dentro de otro relato. Y, en este sentido, la novela sí que sería de influencia bolañesca, ya que al chileno le gustaba mucho la construcción de una historia dentro de otra. Cada detective suele destacar en un aspecto de su profesión: infidelidades, seguimientos, búsquedas en el pasado, identificación de rostros… y de cada uno de ellos, Sánchez Ruiz nos contará su historia, así como la de algunos de sus casos y, por tanto, la historia de sus clientes.

Sánchez Ruiz hace en Los detectives perdidos un muestrario de detectives y también de los tipos de clientes que suelen frecuentarlos. Hay clientes que quieren saber si su pareja les es infiel, pero también hay otros que quieren averiguar si una persona, que se puede convertir en la posible pareja del cliente, esconde algo en su vida, antes de empezar una relación con ella, y, en este sentido, los detectives se convierten en «tarotistas». Sin dejar de ser una novela realista (aunque en más de una de las páginas se juega con la idea de verosimilitud narrativa), Sánchez Ruiz hablará aquí de personajes excéntricos y de historias estrambóticas o peculiares, como la del marido que le pone los cuernos a su mujer con su hermana gemela, porque las personas buscan lo cercano, pero también lo diferente.

La novela, dentro de un uso del lenguaje contenido (de escasa adjetivación), se recrea en mostrar más de una sentencia sobre el carácter humano, como por ejemplo ésta de la página 169: «Nadie sabe cometer un fraude como aquel que se dedica a investigarlos.»

 

Según avanzaba en las páginas de Los detectives perdidos me estaba cuestionando por qué a nadie se le ocurría rastrear el teléfono móvil de Andrea Casano, para darme cuenta de que la historia no estaba ambientada –o no partía desde– en la época actual. Las pesquisas sobre Casano llevarán a alguno de nuestros detectives a investigar las películas que sacaba de un videoclub. Así, aunque en la novela no hay fechas explícitas, el lector acabará comprendiendo que la historia de la desaparición de Andrea Casano parte de mediados de los años 80. También aparecerá algún vídeo grabado en una cinta VHS. La historia se irá arrastrando por los años hasta que haga su irrupción internet.

Al principio, tampoco tenía claro, si a pesar de que la mayoría de los nombres de los detectives eran españoles, la acción se situaba en una ciudad española o si Sánchez Ruiz había creado un espacio inventado para situar la acción de su novela; algo que me parecía lógico, puesto que sus detectives suponen, en gran medida, un juego metafísico. Pero en la novela se acabará hablando de la guerra civil, en unos términos que solo se pueden referir a la española.

En la página 103 se habla de «un cachi de cerveza»; un «cachi» es un tipo de envase que en Madrid, por ejemplo, se denomina «mini» y «cachi» es un término del norte. Así que al final he acabado pensando que la ciudad innominada de Sánchez Ruiz era una ciudad del norte de España, que podía ser un trasunto de Oviedo, y la historia, como ya he dicho, partiendo de la década de 1980, se adentraría en el siglo XXI.

 

Quizás Los detectives perdidos pueda decepcionar a aquellos lectores que se acerquen a ella pensando que se van a encontrar con una novela negra al uso, con su detective, su mujer desaparecida, sus bajos fondos… y todo esto, en realidad, está en la novela, pero no de la forma que suele ser habitual en el género; sino que Sánchez Ruiz se sirve de los convencionalismos de este género, para crear una obra personal y juguetona, que tiene que ver más con una búsqueda existencial que con la de una persona desaparecida. En cierto modo, los detectives metafísicos de Sánchez Ruiz me han recordado a los de Paul Auster en su famosa Trilogía de Nueva York, que puede ser una de las referencias ocultas de la novela.

Diría que Leticia Sánchez Ruiz ha investigado sobre la historia de la profesión de detective en España y también que ha elaborado mucho la estructura de su novela. Además, ha hecho un gran uso de la imaginación para crear todos los pequeños relatos sobre detectives y sus clientes que componen el libro. Los detectives perdidos, la primera novela que leo de esta autora, me ha sorprendido gratamente, pareciéndome una obra trabajada y madura.

domingo, 24 de septiembre de 2023

Literatura infantil, por Alejandro Zambra

 


Literatura infantil, de Alejandro Zambra

Editorial Anagrama. 226 páginas. 1ª edición de 2023

 

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es uno de mis narradores latinoamericanos actuales favoritos. He leído casi todas sus novelas y libros de cuentos. Después de la publicación de la gran novela que era Poeta chileno (2020), tenía curiosidad por la siguiente obra del escritor chileno. Cuando vi que la editorial Anagrama anunciaba la publicación de Literatura infantil (2023) se la solicité para poder leerla y reseñarla y ellos, muy amablemente, me la enviaron.

 

La primera parte de Literatura infantil empieza con una  enumeración de capítulos en apariencia extraña: del 0, se pasa al 1, al 14, al 25, al 31… Estos números marcan los días de vida de su hijo Silvestre y, por tanto, el capítulo 0 se corresponde con el del día del nacimiento. «Contigo en brazos, por primera vez aíslo, en la pared, la sombra que formamos juntos. Tienes veinte segundos de vida.», estas son las primeras palabras del libro. La autoficción no es algo nuevo en la obra de Zambra; en muchas de sus narraciones, este autor juega a diluir los límites entre narrador y personaje. En este nuevo libro, el narrador principal (ya veremos que no siempre) es el propio Alejandro Zambra y habla de su hijo Silvestre y de su mujer Jazmina con sus nombres reales.

El lector se adentra en las páginas de Literatura infantil como si estuviera accediendo al diario de notas de un escritor que admira, donde éste reflexiona sobre su nueva experiencia de ser padre por primera vez a los cuarenta y dos años, y no, por ejemplo, a los veinticuatro años, como en la generación de sus padres.

«He conocido a hombres que ejercen la paternidad con lucidez, humor y humildad, pero también he visto a amigos queridos, que parecían tener el corazón bien puesto, alejarse de sus hijos para entregarse a la recuperación desesperada y caricaturesca de su juventud. Y también abundan quienes enfrentan la pulsión de la muerte agobiando a los niños a punta de misiones y decálogos, con la explícita o velada intención de prolongar a costa de ellos sus sueños interrumpidos.», escribe Zambra en la página 15, después de comentar una cita del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro sobre la paternidad.

También abundan las reflexiones sobre las nuevas formas de asumir la paternidad por parte de los hombres (a las que podríamos llamar «nuevas masculinidades»), en contraposición a las formas de las generaciones anteriores, «Nuestros padres intentaron, a su manera, enseñarnos a ser hombres, pero no nos enseñaron a ser padres. Y sus padres tampoco les enseñaron a ellos. Y así.» (pág. 16)

 

Una reflexión bonita surge alrededor de la palabra «infantil» que, nos dice Zambra, en muchos casos, y al menos en Chile, es pronunciada como un insulto o de forma condescendiente. A este respecto, escribe: «Toda la literatura es, en el fondo, infantil. Por más que nos esforcemos en disimularlo, quienes nos dedicamos a escribir lo hacemos porque deseamos recuperar percepciones borradas por el presunto aprendizaje que nos volvió tan frecuentemente infelices.» (pág. 18). Al final la literatura viene a ser, nos dice el autor, una forma de recuperar aquellos primeros cuentos de la infancia que nos leían nuestros padres.

 

«Durante siglos la literatura ha evitado el sentimentalismo como a una peste. Tengo la impresión de que hasta el día de hoy muchos escritores preferirían ser ignorados antes de correr el riesgo de ser considerados cursis o sensibleros. Y es verdad que a la hora de escribir sobre nuestros hijos, la felicidad y la ternura desafían nuestra antigua y masculina idea de lo comunicable.» (pág. 22). En este sentido, Zambra reflexiona sobre que en la literatura existe mucha más tradición de cartas al padre (cartas normalmente tristes y rencorosas), que cartas al hijo; en principio, más celebrativas y alegres. Y esto es lo que él se ha propuesto en este libro. Escribir una carta al hijo, que éste habrá de leer en el futuro, cuando tenga edad para ello. De este modo, esta primera parte está escrita en segunda persona, como un mensaje al hijo, que es el verdadero receptor de este texto.

Sin embargo, ya dentro de esta primera parte, escrita principalmente en segunda persona, hay capítulos escritos en primera persona, como uno en el que para combatir el dolor que le producen a Zambra las migrañas en racimo, un amigo le pasa al autor un hongo, conocido como pajarito, que mitiga esos dolores. Zambra se excede con la dosis y este capítulo, sobre un viaje alucinógeno, acaba siendo uno de los más divertidos del libro. Como es habitual, el humor ligero y tierno de Zambra es un rasgo de estilo destacable en Literatura infantil.

 

En Tiempo de pantalla la persona pasa a ser la tercera y aquí se hablará de la relación del hijo con la pantalla del televisor, que será inexistente, en contrario con la infancia en Chile del protagonista. No he comentado que Zambra y su familia viven en Ciudad de México, y que, además, en el tiempo narrativo se irá incorporando el tema del encierro, y sus consecuencias (sobre todo en un niño de tres años), por la pandemia mundial de corona virus.

 

En la página 66 nos encontramos un apunte que me ha llamado la atención. Zambra escribe «Trato de volver a la novela en la que trabajo». Por las fechas, me imagino que está hablando de Poeta chileno. En este momento, el lector puede tener la sensación de que el principal trabajo literario de Zambra, durante los años de los que está hablando en este libro, es la elaboración de Poeta chileno, su novela más larga hasta la fecha. Y que, por tanto, Literatura infantil es una obra secundaria o menor, elaborada a través de apuntes de diario sobre la paternidad.

Sin embargo, no va a ser esta la sensación con la que el lector, o al menos el lector que soy yo, acabe este libro, porque, lo digo desde ya, me ha parecido una obra destacada dentro de la gran obra de Zambra.

 

En la página 101 empieza una segunda parte, con el texto Garabatos que es un cuento de casi treinta páginas, donde los protagonistas son dos niños chilenos de once años, y que habla de su amistad. Garabatos es un cuento a la altura de las mejores piezas de Mis documentos, el libro de cuentos de Zambra.

 

Rascacielos habla de la mala relación de un hijo de veinte años con su padre, y de la forma en la que una discusión lleva al hijo a dejar la casa paterna. También es una historia de amor. Un buen relato.

 

Introducción a la tristeza futbolística es, posiblemente, el texto más divertido (y también melancólico) del libro. Trata sobre un joven, que se puede identificar con Zambra, que para salir con una chica ha de fingir ante ella que no le gusta el fútbol, aunque esto no es cierto. Y los quiebros que ha de hacer para ver los partidos son tomados por ella como sospechosas infidelidades. Zambra llama a este texto, y a otros del libro, «ensayo» y no relato. Un rasgo muy interesante de su construcción es que algunos de sus personajes leen las páginas que ha escrito Zambra y opinan sobre ellas, y esto se incorporará al propio material del relato. También es un texto sobre las relaciones entre padres e hijos y esa «tristeza futbolística» se marca como metáfora de la escasa muestra de sentimientos de los hombres de la generación del padre de Zambra, cuyas mayores manifestaciones sentimentales se daban cuando su equipo ganaba o perdía.

Este tercer cuento entronca de forma directa con la primera parte del libro porque vuelve a aparecer en él el hijo de un narrador escritor llamado Zambra.

 

El cuarto relato es Cogoteros de ojos azules y en él Zambra reflexiona sobre una historia de su adolescencia: a los quince años, él y su padre fueron asaltados por unos ladrones y Alejandro defendió a su padre de uno de ellos. La historia es sencilla, pero la anécdota le sirve al autor para reflexionar sobre temas como el racismo o, de nuevo, las relaciones paterno filiales. «¿Estás escribiendo sobre mí? ¿De nuevo? ¡Hasta cuándo! -me dice mi padre.», leemos en la primera página.

 

En Lecciones tardías de pesca con mosca Zambra junta, de forma más intensa esta vez, a las tres generaciones Zambra: al abuelo, a él y a su hijo. El abuelo llama por vídeo llamada, los domingos por la mañana desde Santiago para hablar con su nieto, en Ciudad de México, e invitarle a pescar con él, una afición que ya quiso compartir con el narrador y por la que este nunca se interesó. Es un relato muy bello sobre las relaciones entre padres e hijos, donde, de nuevo, los diferentes personajes pueden leer lo escrito del relato y su lectura se incorpora al texto como material del relato.

 

El libro acaba con el texto Recado para mi hijo; y aquí se recupera la segunda persona para conversar con el hijo, que ahora ha empezado a leer por sí mismo y se adentra en una novela infantil de Juan Villoro. Es un texto más corto que los anteriores y actúa como emotivo broche final.

 

Como ya adelanté más arriba, empecé leyendo Literatura infantil como si se tratase de un libro menor de Alejandro Zambra, compuesto con textos de apuntes que tomaba sobre la paternidad, mientras elaboraba la ambiciona y conseguida novela que es Poeta chileno, y he acabado pensando que Literatura infantil es una obra bellísima y que entra con derecho propio entre las más emotivas y logradas de su autor.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Cuentistas latinoamericanos clásicos

 En mi canal de YouTube Bienvenido, Bob hablo de los cuentistas latinoamericanos clásicos que he leído. He grabado dos vídeos más sobre cuentistas latinoamericanas y ya los iré publicando. La serie empieza aquí:




domingo, 10 de septiembre de 2023

Cuentos completos 3, por Philip K. Dick



 Cuentos completos 3, de Philip K. Dick

Editorial Minotauro. 635 páginas. Relatos escritos entre 1953 y 1954; ésta edición es de 2020

Traducción de Eduardo G. Murillo. Prólogo de John Brunner.

 

En julio de 2021 leí Cuentos completos 1 de Philip K. Dick (Chicago, 1928 – Santa Ana, 1982), un autor del que en la adolescencia había leído muchas de sus novelas. En julio de 2022 me acerqué a los Cuentos completos 2 y ya instauré un ritual, al que he dado continuidad en 2023, leyendo los Cuentos completos 3. El volumen 1 reunía 25 cuentos, escritos entre 1951 y 1952; el segundo 27, escritos entre 1952 y 1953; y el tercero 23, escritos entre 1953 y 1954. Hemos de tener en cuenta que la primera novela de Dick, Lotería solar, no apareció hasta 1956; así que todos los cuentos de estos tres primeros volúmenes están escritos antes de haber empezado a escribir novelas, y fueron publicados en revistas de ciencia ficción y fantasía de la época.

 

Coto de caza es el primer cuento y en él un afamado profesor de física llega a su casa, trata de relajarse y al sentarse en el sofá ocurre esto: «Había un gran ojo en la ventana. Un ojo inmenso que escudriñaba la habitación y le examinaba. El ojo abarcaba toda la ventana.» (pág. 16) Empezará entonces una narración con elementos puramente Dick, que aparecerán luego en muchas de sus novelas: el protagonista empezará a dudar de los límites de la realidad y la paranoia de sentirse vigilado y perseguido le llevará a huir. El cuento acaba con un giro final que contiene un toque de humor. Esto es algo típico de esta primera etapa narrativa de Dick, dejar para los finales una sorpresa cómica que, en buena medida, estropean un tanto el cuento y que (imagino) eran del gusto de los lectores de revistas baratas de la época. Nada que enturbie demasiado el buen sabor de boca inicial, en cualquier caso.

 

El ahorcado también es un cuento paranoico sobre una persona que siente que el pueblo en el que vive ha cambiado: en una farola de la plaza hay un cuerpo colgado y a nadie, salvo a él mismo, parece llamarle la atención. Este es un cuento muy de aquella época en la que las películas de invasores del espacio en realidad hablaban del miedo a las ideas comunistas. Su intención es muy parecida a la del primer cuento, pero este segundo funciona mejor.

 

Peculiaridades de los ojos es un cuento mucho más corto que los anteriores. Un hombre lee un relato sobre una invasión extraterrestre y piensa que describe algo real. Este cuento es más flojo que los previos.

 

El hombre dorado es uno de los cuentos más famosos de este conjunto. En él aparecen por primera vez mutantes, que va a ser una de las obsesiones más claras de este volumen 3 de cuentos. En las páginas finales, se le indican al lector las fechas de escritura y publicación de cada cuento y, a veces, Dick explica el contexto en el que fue escrito el cuento o alguna característica de su recepción. Sobre El hombre dorado dice que los editores de revistas de la época querían relatos que presentaran a los mutantes como buenos y al mando de la situación. Su relato va a ser más ambiguo. Después de una guerra, la radioactividad ha hecho que nazcan mutantes con diversos poderes. La humanidad ha tratado de destruirlos porque los considera una amenaza, pero aún no se han encontrado con «el hombre dorado» que vive escondido en una granja, y que podría acabar con la humanidad tal y como la conocemos. Como suele ocurrir en Dick, el relato se convierte en una persecución paranoide; pero las reflexiones sobre el futuro de la humanidad hacen que esta composición destaque sobre los anteriores.

 

Y gira la rueda trata sobre un futuro posbélico en el que se ha instaurado una sociedad de castas, en las que los seres humanos buscan consuelo en sectas religiosas, mientras se enfrentan al azar. Me ha parecido un tanto confuso.

 

El último experto también trata de un mundo posbélico en el que la humanidad ha destruido a los robots contra los que tuvo que luchar en el pasado, pero en una pequeña comunidad –después de doscientos años– aún funciona un viejo robot capaz de organizar una sociedad. El relato gana en altura debido a su ambigüedad sobre si la existencia del robot es buena o no para una comunidad de personas. Es un gran relato.

 

El padre-cosa no es un relato de ciencia-ficción, sino de terror fantástico, en el que un niño percibe que su padre ha sido sustituido por algo que no es su padre. Es un relato muy a lo Stephen King y me gusta.

 

En Un extraño paraíso dejamos por primera vez La Tierra y la narración transcurre en un planeta lejano. Una nave espacial llega a un planeta con una vegetación similar a la de una selva terrestre y uno de los tripulantes empieza a explorarla. La gravedad y la atmósfera son similares a las de La Tierra. En este relato, como en muchos relatos barateros de la época, aparecerá una bella joven y el cuento pasará a ser levemente erótico, con chiste final. Aquí no está Dick en su mejor momento.

 

Tony y los escarabajos también transcurre en un planeta lejano y el protagonista, como en El padre-cosa, es un niño. El niño pertenece a una familia terráquea que ha colonizado otros planetas donde viven seres con caparazón. Las dos civilizaciones se encuentran en guerra, y el niño tendrá que aprender a soportar el peso del racismo por ser hijo de colonos. Es un cuento, como ocurre tantas veces en Dick, profundamente inverosímil, pero también imaginativo y poético y ha conseguido emocionarme. Es un buen cuento.

 

Null-O es un cuento sobre un niño psicópata, un mutante paranoico sin empatía, que entra a formar parte de una élite que podría acabar con la humanidad. Me ha parecido un cuento un tanto exagerado y me ha gustado menos que otros.

 

En Servir al amo un trabajador manual toma un atajo para acudir al trabajo. Desde un barranco oye una voz que pide ayuda. Se da cuenta que se trata de un robot semidestruido, que habían desaparecido en una guerra anterior. El trabajador está dispuesto a ayudarle. Me ha parecido uno de los mejores cuentos del conjunto.

 

En Pieza de colección volvemos a un relato paranoico sobre alteraciones de la realidad y la dificultad de distinguir lo que es real de lo que no lo es. Desde el futuro, un experto en el siglo XX está montando una exposición sobre este siglo, que tal vez se convierta en real para él.

 

En Los reptadores volvemos con los mutantes. Ahora son mutantes que se arrastran y cavan ciudades subterráneas. Este es uno de los más inquietantes y mejores relatos del libro.

 

En Campaña publicitaria un hombre vuelve a casa después del trabajo, desde Gamínedes a la Tierra, en su nave espacial, y le van asaltando anuncios publicitarios por el camino; en la tierra los robots-anuncio también le perseguirán por la calle. El colmo será cuando un robot se presente en su casa, como ayudante del hogar, y quiera hacerle las demostraciones de sus funciones, y no se irá hasta que lo compré. Según la nota final éste fue uno de los cuentos que peor fue aceptado por el público, porque acaba de un modo muy siniestro, pero a mí me parece un gran relato, una gran crítica al consumismo y a los excesos de la publicidad.

 

La estratagema es un relato sobre mutantes paranoicos, y sobre el control mental de la población con el miedo. Acaba siendo algo confuso y no me ha gustado demasiado.

 

Sobre la desolada Tierra es un relato que tiene más que ver con el terror que con la ciencia-ficción. Una joven tiene la capacidad de contactar con seres de otra dimensión, a la que acaba pasando, y su novio tratará de revertir la situación, con imprevisibles y paranoicas consecuencias, que alterarán toda la realidad.

 

Foster, estás muerto es un relato de corte más realista que los anteriores. En él, un niño vive angustiado porque su padre no quiere comprar un refugio casero para que proteja a la familia en caso de una posible guerra nuclear. Como ya hiciera George Orwell, Dick habla del control de la población a través del miedo a la guerra. Aquí no hay vuelta de tuerca final, donde Dick nos muestra una sorpresa a través de un chiste. Éste es un cuento mucho más maduro en ese sentido. Foster, estás muerto es uno de los cuentos más emocionantes y mejores del libro.

 

En La paga del duplicador los supervivientes de una guerra mundial se mueven entre las cenizas de la antigua civilización, sin saber construir nada. Pero a los pequeños grupos dispersos de personas les ayudan los biltong. «Eran nativos del sistema de Centauro, probablemente. Habían hecho acto de presencia en los últimos días de la guerra, atraídos por los destellos de las bombas H…, y encontraron los restos de la raza humana, que se arrastraba a través de la ceniza negra radiactiva y trataba de salvar todo lo posible de su civilización destruida.» (pág. 406). Los biltong tienen la capacidad de duplicar objetos, como coches, lavadoras…, pero sus vidas se están agotando y la humanidad tendrá que salir adelante por sus medios. Me ha encantado la libertad imaginativa de este relato.

 

Veterano de guerra, con sus 66 páginas es el relato más largo del conjunto y podríamos hablar ya de novela corta. Nos encontramos aquí con el Dick más desatado: paradojas de viajes en el tiempo, paranoias, persecuciones, engaños, una posible guerra… Un gran relato antibélico y antirracista.

 

La barrera de cromo es un relato político sobre la necesidad continúa de que el individuo se posicione en sociedad, por cuestiones sobre las que puede no tener una postura clara En esta fábula, los ciudadanos tienen que elegir entre su derecho a oler o la necesidad de extirparse las glándulas sudoríparas. Comparado con el nivel de otros cuentos, éste se queda más al nivel de la broma.

 

Desajuste es un cuento extraño sobre individuos que pueden miran la realidad de un modo esquizofrénico y cómo esta mirada puede acabar absorbiendo las realidades ajenas, una idea que Dick desarrollará en novelas como Ubik u Ojo en el cielo. Este relato contiene alguna imagen curiosa.

 

Un mundo de talentos es un nuevo relato sobre mutantes. El protagonista es hijo de dos mutantes, que tienen la capacidad de precognizar el futuro. Los padres aún no saben si el niño ha heredado algún poder especial. En este ecosistema de mutantes aparecerán también personas cuya capacidad será la de ser inmunes a los poderes de los mutantes. Es un cuento ambicioso, pero me ha gustado menos que otros similares.

 

¡Cura a mi hija, mutante! es, de nuevo, un cuento sobre una Tierra postapocalítica, donde una pareja trata de sanar a su hija enferma con la ayuda de una curandera mutante. Tanto en este relato como en el anterior, Dick introduce en la trama elementos sobre los viajes en el tiempo y los dos resultan un tanto confusos.

 

Como ocurre siempre con Philip K. Dick, su imaginación y la fuerza de sus ideas es muy superior a la calidad de su prosa –que es, en cualquier caso, eficiente–, y su capacidad para crear personajes. En este tercer volumen, he visto ya cuentos más maduros que en los anteriores (donde había también relatos muy buenos), en los que abandona el recurso un tanto barato de sorprender al lector con un final un tanto absurdo y bromista, y elegir finales más melancólicos o tremendos, que inciden en la hondura del relato.

Tengo ya ganas de llegar a los volúmenes cuatro y cinco, donde deben encontrarse los relatos más maduros de Dick, los que escribió en la misma época que sus grandes novelas. Igual que me ha ocurrido en los dos últimos veranos, he vuelto a disfrutar mucho en julio de 2023 con estos cuentos de Philip K. Dick.

domingo, 3 de septiembre de 2023

Clases de chapín, por Eduardo Halfon

 

Clases de chapín, de Eduardo Halfon

Editorial Fulgencio Pimentel. 169 páginas. 1ª edición de 2007, 2009; esta es de 2017

 

Clases de chapín (2017) de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) fue una de mis compras en la Feria del Libro de Madrid 2023. Nunca había leído un libro de la editorial Fulgencio Pimentel, originaria de Logroño, que compartía caseta con Pepitas de Calabaza, otra editorial de la misma ciudad. Me había fijado en Fulgencio Pimentel porque sus libros son objetos bellos y me daba la impresión de que tienen buen gusto a la hora de seleccionar autores. Entre otras, tienen varias novelas del ruso Sergéi Dovlátov, por las que siente curiosidad.

 

Me apeteció también comprar Clases de chapín porque es uno de los pocos libros de Halfon que me faltaban por leer. O al menos es uno de los pocos que me faltan por leer y que se puede comprar, porque, ahora mismo, creo que no están disponibles en España Esto no es una pipa (2003), Siete minutos de desasosiego (2007) –que contiene algún cuento que está en Clases de chapín–, y Morirse un poco (2009).

 

Clases de chapín, publicado en 2017, contiene cuentos que se había publicado antes: Clases de hebreo (AMG, 2007) y Clases de dibujo (AMG, 2009), junto a otros cuentos inéditos. La primera parte se titula Mucho macho, y observo también que algunos de sus cuentos se publicaron en el libro Siete minutos de desasosiego, publicado en 2007 en Colombia.

Mucho macho está formado por cuatro cuentos: el primero es Mucho macho y trata sobre un turista austriaco que ha llegado hasta un pueblo de Guatemala y no deja de hacer fotos a todo lo que le llama la atención, algo que puede que no guste a todo el mundo. Una violencia soterrada, inminente, recorre las páginas de este relato inicial.

El segundo cuento es Sacerdote, sobre un libanés mayor, afincado en Guatemala y recientemente viudo, que lleva cincuenta años vendiendo telas, en un negocio moribundo. Este cuento parece un homenaje al de Ernest Hemignway titulado Un lugar limpio y bien iluminado.

Muñequita es un cuento terrible sobre violencia hacia la infancia, pero que, a la vez, dentro de su concentración de horrores, tiene un punto tierno. «El pueblo de Comalapa olía a florifundia, a leña vieja, a cloacas estancadas, a esa dejadez que adquieren siempre los pueblos latinoamericanos.» (pág. 39)

El mejor cuento de estos cuatro iniciales me ha parecido el último, titulado El buen machete, que, con sus veintidós páginas, también es el más largo. Si los tres anteriores nos mostraban breves pinceladas, estallidos o insinuaciones de violencia, en este último Halfón puede desarrollar más temas. Su hilo conductor sería el de las frustraciones de la adolescencia y el descubrimiento del deseo, pero también está aquí, de nuevo, la violencia de Guatemala de fondo.

 

La segunda parte del libro se titula Clases de dibujo. El primer cuento es Corazón, no moleste y una voz narrativa adulta recuerda un episodio de su niñez, que tiene que ver de nuevo con la violencia centroamericana. En la segunda página (la 74) leo esta escena: «el día entero que todos los estudiantes del colegio estuvimos recluidos en el gimnasio, esperando que cesara el combate justo enfrente –que incluía una tanqueta y que se volvería, según mis papás, uno de los motivos de nuestra huida a Miami–». Estas imágenes las narra también Halfon en uno de los cuentos de Mañana nunca lo hablamos (Pretextos, 2011), en los que se acercaba a su infancia.

Después de algunos tanteos iniciales (los cuentos de la primera parte de este libro son una muestra) en la que Halfon creaba personajes, más o menos alejados de sí mismo, este autor acabó de encontrar su sitio creando al personaje «Eduardo Halfon», muy cercano a sí mismo, aunque no idéntico, y su obra comenzó a ser autoficcional y a hablar de la búsqueda de la identidad y de las historias de su gran familia judía afincada en Guatemala. En esta parte de su obra se incluyen ya los cuentos de Clases de dibujo.

Corazón, no moleste es un gran cuento en el que se muestra la mirada de un niño sobre una situación que no conoce, que tiene que ver con una persona desaparecida por la violencia.

 

El poder de la euforia es un cuento más corto, más íntimo y donde la mirada desde la infancia funciona a una escala menor que el anterior. Me gusta más el siguiente, Polvo, donde, de nuevo recreando la infancia, un niño ha de enfrentarse al mundo de los adultos, en el contexto de una ciudad en la que un terremoto ha devastado muchas casas y el niño ha de probarse ante su tío.

El último cuento de esta segunda parte se titula Clases de dibujo, y la misma voz narrativa que el lector habitual de Halfon identifica con él mismo –o su personaje autorreferencial– es ya un adulto joven que visita Lisboa. Allí va a cenar a un restaurante, y entabla conversación con una mujer de una mesa próxima. Creo que a este cuento le falta tensión narrativa.

 

La tercera y última parte se titula Clases de hebreo. El primero se titula igual que el grupo. Desde la tercera persona, nos acercamos a un niño de nueve años, llamado Daniel, que vive en Guatemala y que es de origen judío. Su familia le hace ir a aprender hebreo a la sinagoga, y él aún no parece tener muy claro cuál es su herencia o qué significa ser judío. Sabe que los nazis hicieron algo malo en el pasado, y esto va a generar un conflicto con su vecino alemán. Es un cuento bien resulto, que me ha recordado a alguno de los primeros de Philip Roth, sobre la condición de los judíos, y que puede ser una influencia sobre esta composición. Me refiero al libro de Roth Goodbye, Columbus de 1959.

 

El segundo cuento es Llanta pache y es muy corto, de unas dos páginas. El narrador escucha a una mujer que trabaja para él, en su casa, planchando camisas, contando la historia de su yerno, que trabaja para israelís. El lector intuye que el narrador es Halfon, pero no lleva a saber si es él, y si la mujer que plancha sabe que es judío. Es un cuento sobre la percepción de los otros sobre uno, pero me parece que le falta algo de desarrollo.

 

Luto también es un cuento muy breve y trata del choque cultural de un niño al enfrentarse a las costumbres judías, extrañas para él, de su propia gente. Como al anterior, le falta algo de desarrollo. Son dos cuentos que acaban consistiendo en una breve pincelada sobre la realidad.

 

El lenguaje de los elefantes me parece un buen cierre para el libro. Un narrador, que seguramente es el personaje de autoficción llamado «Halfon», se encuentra en Miami y ha de visitar al padre de un amigo, que no conoce, y entregarse un sobre blanco. La relación entre padre e hijo llevaba tiempo rota por un tema que tiene que ver con la condición de judío y el nazismo. De nuevo, su desenlace me recuerda al de alguno de los cuentos de Philip Roth.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Halfon es uno de los autores latinoamericanos actuales que más me interesan. Me ha gustado completar esta pieza que me faltaba del universo Halfon.